* Colonia, en enero. Mientras que en Italia surge ya el primer contragolpe
N.º 194, 13 de enero de 1849
Neue Rheinische Zeitung.
contra la contrarrevolución del último verano y otoño, en las llanuras húngaras se está completando la última lucha de represión contra el movimiento surgido directamente de la revolución de febrero. El nuevo movimiento italiano es el preludio del movimiento de 1849, la guerra contra los magiares el epílogo del movimiento de 1848. Probablemente, este epílogo se arrastrará aún hacia el nuevo drama que se prepara en silencio.
Heroico, como las primeras escenas de la tragedia revolucionaria del 48 que se sucedieron rápidamente, como la caída de París y de Viena, benéficamente heroico tras las escenas intermedias en parte cansadas, en parte mezquinas, entre junio y octubre, es también el epílogo. El último acto de 1848 desemboca en el primero de 1849 mediante el terrorismo.
Por primera vez en el movimiento revolucionario de 1848, por primera vez desde 1793, una nación rodeada por la abrumadora superioridad contrarrevolucionaria se atreve a oponer a la cobarde furia contrarrevolucionaria la pasión revolucionaria, al terreur blanche el terreur rouge. Por primera vez en mucho tiempo encontramos un carácter verdaderamente revolucionario, un hombre que se atreve a recoger el guante de la lucha desesperada en nombre de su pueblo, que para su nación es Danton y Carnot en una sola persona: Ludwig Kossuth.
La superioridad es terrible. Toda Austria, encabezada por 16 millones de eslavos fanatizados, contra 4 millones de magiares.
La insurrección en masa, la fabricación nacional de armas, los asignados, el proceso sumarísimo contra todo aquel que obstaculice el movimiento revolucionario, la revolución en permanencia, en suma, todos los rasgos principales del glorioso año 1793 los encontramos de nuevo en Hungría, armada, organizada y entusiasmada por Kossuth. Esta organización revolucionaria, que por así decirlo debe quedar dispuesta en 24 horas bajo pena de perdición, faltó en Viena, de lo contrario Windischgrätz jamás habría entrado. Ya veremos si logra entrar en Hungría, a pesar de esta organización revolucionaria.
Examinemos más de cerca la lucha y los partidos combatientes.
La monarquía austríaca surgió del intento de unificar Alemania en una sola monarquía, del mismo modo que los reyes franceses lo llevaron a cabo en Francia hasta Luis XI. El intento fracasó debido a la miserable estrechez de miras localista de los alemanes y de los austríacos, y al correspondiente espíritu mezquino y tendero de la casa de Habsburgo. En lugar de toda Alemania, los Habsburgo sólo obtuvieron aquellos países del sur de Alemania que se hallaban en lucha directa contra tribus eslavas aisladas, o en los que una nobleza feudal alemana y una burguesía alemana unidas dominaban a tribus eslavas subyugadas. En ambos casos, los alemanes de cada provincia necesitaban apoyo exterior. Este apoyo les fue proporcionado por la asociación contra los eslavos, y esta asociación se llevó a cabo mediante la unificación de las provincias en cuestión bajo el cetro de los Habsburgo.
Así surgió la Austria alemana. No hay más que leer el primer manual que caiga en las manos, sobre cómo surgió la monarquía austríaca, cómo volvió a separarse y de nuevo se constituyó, todo ello en lucha contra los eslavos, para ver lo exacta que es esta exposición.
A Austria alemana limita Hungría. En Hungría, los magiares libraron la misma lucha que los alemanes en la Austria alemana. La cuña alemana, avanzada entre bárbaros eslavos en el archiducado de Austria y Estiria, tendió la mano a la cuña magiar, igualmente avanzada entre bárbaros eslavos, en el Leita. Como en el sur y en el norte, en Bohemia, Moravia, Carintia y Carniola, la nobleza alemana dominaba, germanizaba y arrastraba con ello al movimiento europeo a las tribus eslavas, del mismo modo en el sur y en el norte, en Croacia, Eslavonia y los países de los Cárpatos, la nobleza magiar dominaba igualmente a tribus eslavas. Los intereses de ambos eran los mismos, los adversarios de ambos eran aliados naturales. La alianza de los magiares y de los alemanes austríacos era una necesidad. Sólo faltaba un gran hecho, un poderoso ataque contra ambos, para hacer indisoluble esta alianza. Este hecho se produjo con la conquista del Imperio bizantino por los turcos. Los turcos amenazaron Hungría y, en segunda instancia, Viena, y Hungría quedó ligada indisolublemente por siglos a la casa de Habsburgo.
Pero los adversarios comunes de ambos fueron debilitándose gradualmente. El Imperio turco cayó en la impotencia y los eslavos perdieron la fuerza para levantarse contra magiares y alemanes. Es más, una parte de la nobleza alemana y magiar que dominaba en los países eslavos adoptó la nacionalidad eslava, con lo cual las propias naciones eslavas quedaron interesadas en la conservación de una monarquía que debía proteger a la nobleza cada vez más, y contra la burguesía alemana y magiar en desarrollo. Las oposiciones nacionales desaparecieron y la casa de Habsburgo adoptó una política diferente. La misma casa de Habsburgo que se había encaramado al trono imperial alemán sobre los hombros de la pequeña burguesía alemana, se convirtió, más decididamente que cualquier otra dinastía, en la representante de la nobleza feudal frente a la burguesía.
En este sentido, Austria participó en el reparto de Polonia. Los grandes starostas y voivodas de Galitzia, los Potocki, Lubomirski y Czartoryski, traicionaron a Polonia entregándola a Austria y se convirtieron en los más fieles puntales de la casa de Habsburgo, la cual les garantizó a cambio sus posesiones contra los ataques de la nobleza inferior y de la burguesía.
Pero la burguesía de las ciudades fue ganando cada vez más riqueza e influencia, y la agricultura, que progresaba con la industria, dio a los campesinos una posición cambiada frente a los señores territoriales. El movimiento de los burgueses y campesinos contra la nobleza se hacía cada vez más amenazador. Y como el movimiento de los campesinos, que en todas partes son los portadores de la estrechez de miras nacional y local, es necesariamente local y nacional, con él resurgieron al mismo tiempo las viejas luchas nacionales.
En esta situación, Metternich realizó su obra maestra. Con excepción de los barones feudales más poderosos, a la restante nobleza le quitó toda influencia en la dirección del Estado. A la burguesía le quitó su fuerza ganándose a los más poderosos barones de las finanzas — tuvo que hacerlo, las finanzas le obligaban a ello. Apoyado así en la alta nobleza feudal y en la alta finanza, así como en la burocracia y el ejército, alcanzó más plenamente que todos sus rivales el ideal de la monarquía absoluta. Mantenía a raya a los burgueses y campesinos de cada nación mediante la nobleza de esa misma nación y mediante los campesinos de cada otra nación, y a la nobleza de cada nación mediante el temor a los burgueses y campesinos de su nación. Los distintos intereses de clase, las estrecheces de miras nacionales y los prejuicios locales, por complicados que fueran, se mantenían recíprocamente en jaque por completo, y permitían al viejo bribón de Metternich el movimiento más libre. Hasta dónde llegó en este azuzamiento mutuo de los pueblos lo prueban las escenas de asesinato en Galitzia, donde Metternich hizo que el movimiento polaco, democrático y iniciado en interés de los campesinos, fuera reprimido por los propios campesinos rutenos, fanatizados religiosa y nacionalmente.
El año 1848 trajo en un primer momento la más espantosa confusión a Austria, al dejar libres por un instante a todas esas distintas tribus, que hasta entonces Metternich había hecho que se esclavizaran mutuamente. Alemanes, magiares, checos, polacos, moravos, eslovacos, croatas, rutenos, rumanos, ilirios, serbios entraron en conflicto entre sí, mientras que en cada una de estas naciones las distintas clases se combatían igualmente. Pero pronto surgió el orden en esta confusión. Los contendientes se dividieron en dos grandes campamentos; en el lado de la revolución, los alemanes, polacos y magiares; en el lado de la contrarrevolución, los demás, todos los eslavos a excepción de los polacos, los rumanos y los sajones de Transilvania.
¿De dónde procede esta división por naciones, qué hechos le sirven de base?
Esta división corresponde a toda la historia anterior de las tribus en cuestión. Es el comienzo de la decisión sobre la vida o la muerte de todas estas grandes y pequeñas naciones.
Toda la historia anterior de Austria lo demuestra hasta el día de hoy, y el año 1848 lo ha confirmado. Entre todas las naciones y nacioncitas de Austria, sólo hay tres que fueron portadoras del progreso, que han intervenido activamente en la historia, que aún ahora son viables: los alemanes, los polacos, los magiares. Por eso son ahora revolucionarias.
Todas las otras tribus y pueblos, grandes y pequeños, tienen por misión inmediata perecer en la tormenta revolucionaria mundial. Por eso son ahora contrarrevolucionarios.
En lo que respecta a los polacos, remitimos a nuestro artículo sobre el debate de Polonia en Frankfurt. Para domeñar su espíritu revolucionario, ya Metternich apelaba a los rutenos, una tribu que se diferencia de los polacos por un dialecto algo distinto y, sobre todo, por la religión griega, que desde siempre había pertenecido a Polonia y que sólo a través de Metternich se enteró de que los polacos eran sus opresores. ¡Como si en la antigua Polonia los polacos mismos no hubieran sido oprimidos exactamente igual que los rutenos, como si bajo el dominio austríaco Metternich no hubiera sido su opresor común!
Con esto basta sobre Polonia y los rutenos, los cuales, por lo demás, están tan separados de la Austria propiamente dicha por su historia y su situación geográfica, que ante todo tuvimos que desembarazarnos de ellos para poner en claro la restante confusión de pueblos.

Observemos, sin embargo, previamente, que revela una gran perspicacia política y un sentido auténticamente revolucionario en los polacos el hecho de que ahora se alíen con sus viejos enemigos, los alemanes y los magiares, para hacer frente a la contrarrevolución paneslavista. Un pueblo eslavo que prefiere la libertad al eslavismo demuestra ya con ello su vitalidad, con ello se asegura ya su porvenir.

Pasemos ahora a Austria propiamente dicha.

Austria, al sur de los Sudetes y los Cárpatos, la cuenca alta del Elba y la región media del Danubio, constituye un territorio que en la alta Edad Media estuvo habitado exclusivamente por eslavos. Estos eslavos pertenecen, por su lengua y sus costumbres, al mismo tronco que los eslavos de Turquía: los serbios, bosníacos, búlgaros y eslavos de Tracia y Macedonia; al tronco de los llamados eslavos del sur, por contraposición a polacos y rusos. Fuera de estos troncos eslavos emparentados, la inmensa zona que va desde el mar Negro hasta la Selva de Bohemia y los Alpes tiroleses sólo estaba habitada, al sur de los Balcanes, por griegos aislados, y en la región del bajo Danubio, por valacos dispersos de habla romance.

En medio de esta compacta masa eslava se incrustaron, en forma de cuña, por el oeste los alemanes y por el este los magiares. El elemento alemán conquistó la parte occidental de Bohemia y avanzó a ambos lados del Danubio hasta más allá del Leitha. El archiducado de Austria, una parte de Moravia y la mayor parte de Estiria fueron germanizados, separando así a los checos y moravos de los carintios y los carniolos. De igual modo, Transilvania y la Hungría central hasta la frontera alemana fueron completamente limpiadas de eslavos y ocupadas por los magiares, que separaron aquí a los eslovacos y a algunas comarcas rutenas (en el norte) de los serbios, croatas y eslavonios, y sometieron a todos estos pueblos. Los turcos, por último, sojuzgaron, siguiendo el precedente de los bizantinos, a los eslavos al sur del Danubio y del Sava, y el papel histórico de los eslavos del sur quedó definitivamente terminado.

El último intento de los eslavos del sur de intervenir de manera independiente en la historia fue la guerra husita, una guerra campesina nacional checa, bajo bandera religiosa, contra la nobleza alemana y la soberanía imperial alemana. El intento fracasó, y desde entonces los checos quedaron encadenados sin interrupción a la estela del Imperio alemán.

En cambio, sus vencedores, los alemanes y los magiares, asumieron la iniciativa histórica en las comarcas danubianas. Sin los alemanes y, sobre todo, sin los magiares, los eslavos del sur se habrían vuelto turcos, como realmente les sucedió a una parte de ellos —incluso mahometanos, como siguen siendo hoy los bosníacos eslavos. Y éste es un servicio que los eslavos del sur austríacos no pagan demasiado caro ni siquiera con el trueque de su nacionalidad por la alemana o la magiar.

La invasión turca de los siglos XV y XVI fue la segunda edición de la árabe del siglo VIII. La victoria de Carlos Martel se alcanzó nuevamente, una y otra vez, bajo las murallas de Viena y en las llanuras húngaras. Como entonces en Poitiers, como después en Wahlstatt con la irrupción de los mongoles, también aquí se vio amenazada toda la evolución europea. Y donde se trataba de salvarla, ¿iba a depender la cuestión de unas cuantas nacionalidades largo tiempo extinguidas, impotentes ya, como los eslavos austríacos, que, por añadidura, fueron salvados junto con ella?

Tanto hacia afuera como hacia adentro. La clase impulsora, la portadora del movimiento, la burguesía, era en todas partes alemana o magiar. Los eslavos difícilmente, y los eslavos del sur sólo de manera muy esporádica, han podido alumbrar una burguesía nacional. Y con la burguesía, el poder industrial, el capital estaba en manos alemanas y, respectivamente, magiares; fue la cultura alemana la que se desarrolló, y los eslavos cayeron también intelectualmente bajo la tutela de los alemanes, hasta en Croacia. Lo mismo ocurrió, sólo que más tarde y, por tanto, en menor medida, en Hungría, donde los magiares, junto con los alemanes, asumieron la dirección intelectual y comercial. Pero los alemanes húngaros, a pesar de conservar la lengua alemana, se han convertido, por su mentalidad, carácter y costumbres, en auténticos magiares. Sólo los colonos campesinos recién introducidos, los judíos y los sajones de Transilvania constituyen una excepción y se empeñan en mantener una nacionalidad absurda en medio de un país extraño.

Y si los magiares se habían quedado algo rezagados en civilización con respecto a los austríacos alemanes, en los tiempos más recientes lo han compensado brillantemente mediante su actividad política. De 1830 a 1848 existió sólo en Hungría más vida política que en toda Alemania, y las formas feudales de la vieja constitución húngara fueron explotadas en interés democrático mejor que las formas modernas de las constituciones del sur de Alemania. ¿Y quién estaba al frente del movimiento? Los magiares. ¿Quién apoyaba la reacción austríaca? Los croatas y los eslavonios.

Frente a este movimiento magiar, así como frente al movimiento político que volvía a despertar en Alemania, los eslavos austríacos fundaron una alianza particular: el paneslavismo.

El paneslavismo no ha surgido en Rusia ni en Polonia, sino en Praga y en Agram. El paneslavismo es la alianza de todas las pequeñas naciones y nacioncillas eslavas de Austria y, en segunda línea, de Turquía, para la lucha contra los alemanes austríacos, los magiares y, eventualmente, los turcos. Los turcos entran aquí sólo por casualidad y, como nación igualmente completamente venida a menos, pueden quedar enteramente fuera de cuestión. El paneslavismo está dirigido, según su tendencia fundamental, contra los elementos revolucionarios de Austria y es, por tanto, reaccionario desde un principio.

El paneslavismo demostró de inmediato esta tendencia reaccionaria mediante una doble traición: al sacrificar la única nación eslava que hasta ahora ha actuado de manera revolucionaria, los polacos, a sus mezquinas estrecheces nacionales, y al venderse él mismo y a Polonia al zar ruso.

El objetivo directo del paneslavismo es la creación de un imperio eslavo desde los montes Metálicos y los Cárpatos hasta los mares Negro, Egeo y Adriático, bajo la tutela rusa; un imperio que, además de la lengua alemana, italiana, magiar, valaca, turca, griega y albanesa, comprendería todavía alrededor de una docena de lenguas y dialectos principales eslavos. El todo se mantendría unido, no por los elementos que hasta ahora han mantenido y desarrollado a Austria, sino por la propiedad abstracta del eslavismo y por la llamada lengua eslava, que, ciertamente, es común a la mayoría de los habitantes. Pero ¿dónde existe ese eslavismo más que en la cabeza de algunos ideólogos, dónde la «lengua eslava» más que en la fantasía de los señores Palacký, Gaj y consortes, y de manera aproximada en la liturgia del antiguo eslavo de la iglesia rusa que ya ningún eslavo entiende? En la realidad, todos estos pueblos tienen los más diversos grados de civilización, desde la industria y la cultura modernas de Bohemia, desarrolladas (por alemanes) hasta un nivel bastante alto, hasta la barbarie casi nómada de croatas y búlgaros; y en la realidad, todas estas naciones poseen, por tanto, los más antagónicos intereses. En la realidad, la lengua eslava de estas diez o doce naciones se compone de otros tantos dialectos, en su mayoría incomprensibles entre sí, que pueden incluso reducirse a distintos troncos principales (checo, ilirio, serbio, búlgaro); dialectos que, por el total abandono de toda literatura y la rudeza de la mayoría de los pueblos, han degenerado en un mero patois y que, con pocas excepciones, han tenido siempre por encima una lengua no eslava, extranjera, como lengua escrita. La unidad paneslavista es, pues, o una pura ensoñación, o bien... el knut ruso.

¿Y qué naciones serán las llamadas a ponerse al frente de este gran imperio eslavo? Precisamente las mismas que desde hace mil años, dispersas, despedazadas, han recibido de otros pueblos no eslavos su provisión de elementos vitales y capaces de desarrollo, las que fueron salvadas por las armas victoriosas de pueblos no eslavos de sucumbir en la barbarie turca: ¡pequeñas tribus, separadas unas de otras por doquier, impotentes, despojadas de su fuerza nacional, que van desde unos pocos millares hasta menos de dos millones! Tan débiles han llegado a ser que, por ejemplo, la tribu que en la Edad Media era la más fuerte y temible, los búlgaros, hoy son conocidos en Turquía sólo por su mansedumbre y pusilanimidad, y ponen su gloria en llamarse «dobre chrisztian», buen cristiano. ¿Dónde hay una sola de estas tribus, sin exceptuar a checos y serbios, que posea una tradición histórica nacional que viva en el pueblo y trascienda los más pequeños combates locales?

La época del paneslavismo fue en los siglos VIII y IX, cuando los eslavos del sur ocupaban todavía íntegramente Hungría y Austria y amenazaban a Bizancio. Si no pudieron entonces resistir la invasión alemana y magiar, si no pudieron conquistar la independencia y formar un imperio duradero, incluso cuando sus dos enemigos, los magiares y los alemanes, se desgarraban mutuamente, ¿cómo quieren hacerlo ahora, después de mil años de sojuzgamiento y desnacionalización?

No hay ningún país en Europa que no posea en algún rincón una o varias ruinas de pueblos, residuos de una población anterior, rechazada y sojuzgada por la nación que más tarde se convirtió en portadora del desarrollo histórico. Estos restos de una nación pisoteada sin misericordia por la marcha de la historia, como dice Hegel, estos despojos de pueblos se convierten cada vez y permanecen, hasta su total exterminio o desnacionalización, en los portadores fanáticos de la contrarrevolución, del mismo modo que toda su existencia en general es ya una protesta contra una gran revolución histórica.

Así en Escocia los gaélicos, los puntales de los Estuardo desde 1640 hasta 1745.
Así en Francia los bretones, los puntales de los Borbones desde 1792 hasta 1800.
Así en España los vascos, los puntales de Don Carlos.
Así en Austria los paneslavistas eslavos del sur, que no son otra cosa que el despojo de pueblos de un desarrollo milenario sobremanera enredado. Que este despojo de pueblos, asimismo sobremanera enredado, vea su salvación únicamente en la inversión completa del movimiento europeo, que para él no debería ir de oeste a este, sino de este a oeste, que el arma liberadora, el lazo de la unidad sea para él el knut ruso, eso es lo más natural del mundo.

Los eslavos del sur ya habían manifestado, pues, su carácter reaccionario de manera clara antes de 1848. El año 1848 lo puso abiertamente al descubierto.

Cuando estalló la tormenta de febrero, ¿quién hizo la revolución austriaca? ¿Viena o Praga? ¿Budapest o Agram? ¿Los alemanes y magiares o los eslavos?

Es cierto: entre los eslavos del sur más cultos existía un pequeño partido democrático que, ciertamente, no quería renunciar a su nacionalidad, pero sí ponerla al servicio de la libertad. Esta ilusión, que logró despertar simpatías también entre los demócratas de Europa occidental, simpatías que estuvieron plenamente justificadas mientras los demócratas eslavos lucharon junto a ellos contra el enemigo común — esta ilusión fue quebrada por el bombardeo de Praga. A partir de este acontecimiento, todas las tribus eslavas del sur, siguiendo el ejemplo de los croatas, se pusieron a disposición de la reacción austriaca. Aquellos jefes del movimiento eslavo del sur que aún siguen fantaseando con la igualdad de derechos de las naciones, con una Austria democrática, etc., son o bien exaltados obtusos, como muchos escribientes de periódicos, o bien canallas, como Jellachich. Sus protestas democráticas no significan nada más que las protestas democráticas de la contrarrevolución oficial austriaca. En suma, en la práctica la restauración de la nacionalidad eslava del sur comienza con la furia más brutal contra la revolución austriaca y magiar, con un primer gran favor que prestan al zar ruso.

La camarilla austriaca encontró apoyo, aparte de la alta nobleza, la burocracia y la soldadesca, únicamente en los eslavos. Los eslavos han decidido la caída de Italia, los eslavos han asaltado Viena, los eslavos son los que ahora se lanzan sobre los magiares por todos lados. A su cabeza, como portavoces, los checos bajo Palacký; como caudillos armados, los croatas bajo Jellachich.

Esa es la gratitud por el hecho de que la prensa democrática alemana simpatizara en todas partes con los demócratas checos en junio, cuando fueron acribillados a metralla por Windischgrätz, el mismo Windischgrätz que ahora es su héroe.

Resumamos:
En Austria, prescindiendo de Polonia e Italia, los alemanes y los magiares han asumido, en 1848 como desde hace mil años, la iniciativa histórica. Ellos representan la revolución.
Los eslavos del sur, remolcados durante mil años por alemanes y magiares, se alzaron en 1848 para restaurar su independencia nacional solo para suprimir con ello a la vez la revolución germano-magiar. Ellos representan la contrarrevolución. A ellos se han sumado otras dos naciones, también degeneradas desde hace mucho tiempo, sin ninguna capacidad de acción histórica: los sajones y rumanos de Transilvania.

La casa de Habsburgo, que fundó su poder mediante la unión de alemanes y magiares en la lucha contra los eslavos del sur, prolonga ahora los últimos instantes de su existencia mediante la unión de los eslavos del sur en la lucha contra alemanes y magiares.

Esta es la cara política de la cuestión. Ahora, la militar.

El territorio habitado exclusivamente por los magiares no constituye aún la tercera parte de toda Hungría y Transilvania. Desde Pressburg, al norte del Danubio y del Tisza, hasta la cresta de los Cárpatos, viven varios millones de eslovacos y algunos rutenos. En el sur, entre el Sava, el Danubio y el Drava, viven croatas y eslavonios; más al este, a lo largo del Danubio, una colonia serbia de más de medio millón de almas. Estas dos franjas eslavas están unidas por los valacos y los sajones de Transilvania.

Los magiares están, pues, rodeados por tres lados de enemigos naturales. Los eslovacos, que ocupan los pasos de montaña, serían, dado lo excelente de sus comarcas para la guerra de guerrillas, enemigos peligrosos si estuviesen menos indiferentes.

Así, pues, los magiares por el norte solo tienen que resistir los ataques de los ejércitos irrumpidos desde Galitzia y Moravia. En cambio, por el este se alzaron en masa los rumanos y los sajones y se unieron al cuerpo de ejército austriaco allí apostado. Su posición es excelente, en parte por la naturaleza montañosa del país, en parte porque ocupan la mayoría de las ciudades y fortalezas.

En el sur, por último, los serbios del Banato, apoyados por colonos alemanes, por valacos y también por un cuerpo austriaco, están cubiertos por el enorme cenagal de Alibunar y son casi inatacables.

Los croatas están cubiertos por el Drava y el Danubio, y como disponen de un fuerte ejército austriaco con todos los recursos, avanzaron ya antes de octubre hacia territorio magiar y ahora mantienen su línea defensiva a lo largo del bajo Drava con poco esfuerzo.

Y del cuarto lado, por último, desde Austria, avanzan ahora Windischgrätz y Jellachich en columna cerrada. Los magiares están cercados por todos lados, cercados por una enorme superioridad numérica.

La lucha recuerda a la lucha contra Francia en 1793. Solo con la diferencia de que al país magiar, poco poblado y solo semicivilizado, no le están disponibles ni de lejos los recursos que entonces tenía la república francesa.

Las armas y municiones fabricadas en Hungría tienen que ser necesariamente de muy mala calidad; la fabricación, sobre todo de la artillería, no puede avanzar rápidamente de ninguna manera. El país no es ni de lejos tan grande como Francia, y cada pulgada de terreno perdido es, por tanto, una pérdida mucho mayor. A los magiares no les queda más que su entusiasmo revolucionario, su valentía y la enérgica y rápida organización que Kossuth ha sabido darles.

Pero no por ello ha ganado Austria todavía. «Si no batimos a los imperiales en el Leita, los batiremos en el Rabnitz; si no en el Rabnitz, los batiremos en Pest; si no en Pest, los batiremos en el Tisza, pero los batiremos de todas formas.» Así dijo Kossuth, y hace todo lo posible por mantener su palabra.

Incluso si cayera Budapest, les queda a los magiares la gran llanura de la Baja Hungría, un terreno como hecho para la guerra de guerrillas a caballo, y que ofrece numerosos puntos casi inexpugnables entre los pantanos donde los magiares pueden hacerse fuertes. Y los magiares, que casi todos van montados, poseen todas las cualidades para librar esta guerra. Si el ejército imperial se aventura en esta desolada región, donde tendrá que traer todas sus provisiones desde Galitzia o Austria, porque no encontrará nada, absolutamente nada, no se ve cómo podrá sostenerse. En cuerpos cerrados no logrará nada; y si se divide en columnas volantes, está perdido. Su pesadez la entregaría sin remedio en manos de las rápidas escuadras de jinetes magiares, incluso sin posibilidad de persecución allá donde llegara a vencer; y cada imperial disperso encontraría en cada campesino, en cada pastor, un enemigo mortal. La guerra en estas estepas se parece a la guerra de Argelia, y el torpe ejército austriaco necesitaría años para acabarla. Y los magiares se salvarán si logran resistir solo un par de meses.

La causa de los magiares no está ni mucho menos tan mal como quisiera hacer creer el entusiasmo asalariado negro-amarillo. Aún no han sido derrotados. Pero si caen, caerán gloriosamente como los últimos héroes de la revolución de 1848, y solo por poco tiempo. Entonces, por un instante, la contrarrevolución eslava con toda su barbarie inundará la monarquía austriaca, y la camarilla verá lo que tiene en sus aliados. Pero en el primer levantamiento victorioso del proletariado francés, que Luis Napoleón se esfuerza con todas sus fuerzas en provocar, los alemanes y magiares austriacos serán libres y tomarán sangrienta venganza de los bárbaros eslavos. La guerra general que estallará entonces hará saltar por los aires esta liga particular eslava y aniquilará a todas estas pequeñas naciones testarudas hasta borrar hasta su nombre.

La próxima guerra mundial no solo hará desaparecer de la faz de la tierra a clases y dinastías reaccionarias, sino también a pueblos reaccionarios enteros. Y eso también es un progreso.