El presupuesto de los Estados Unidos y el presupuesto cristiano-germánico

Karl Marx / Georg Weerth
El presupuesto de los Estados Unidos y
el presupuesto cristiano-germánico
* Colonia, 6 de enero. Lo que el gobierno prusiano le cuesta al país,
núm. 189, 7 de enero de 1849
Neue Rheinische Zeitung.
tenemos por fin desde hace unos días negro sobre blanco. El «Preußische
Staats-Anzeiger» nos ha mostrado por fin, con el presupuesto financiero para el año 1849,
con qué desvergüenza se nos ha mentido en los presupuestos anteriores.
Sólo se han llevado una sorpresa con este magnífico obsequio de Año Nuevo aquellos
que hasta ahora tomaban cada palabra del gobierno por la gracia de Dios como verdad
sagrada y todo el timo de las finanzas estatales que se nos viene haciendo desde 1820
como una prueba de la excelencia de nuestro presupuesto del Estado policial.
Prusia es un país de aproximadamente 5000 millas cuadradas y algo más de
16 millones de habitantes.
Los Estados Unidos de Norteamérica abarcan un territorio cuya superficie se aproxima
hoy bastante a la de toda Europa y cuyo número de habitantes supera los 21 millones.
No hay introducción más adecuada a las consideraciones sobre el presupuesto
prusiano para 1849 que el presupuesto de los Estados libres norteamericanos.
Una comparación de ambos presupuestos muestra lo caro que el burgués prusiano
tiene que pagar el placer de ser dominado por un gobierno por la gracia de Dios,
maltratado por sus mercenarios con y sin estados de sitio y tratado en canaille por una
turba de funcionarios orgullosos y de hidalgüelos rurales. Pero al mismo tiempo
se ve lo barato que una burguesía valiente, consciente de su poder y decidida a emplearlo,
puede organizar su gobierno.
Los presupuestos de ambas partes son ya prueba suficiente de la cobardía,
la estrechez de miras y el espíritu pequeñoburgués de los unos, como del sentimiento
de sí mismos, la perspicacia y la energía de los otros.
Todos los gastos de los Estados Unidos durante el año 1848 ascendieron a 42 millones
811970 dólares. En ellos están incluidos los costes de

la guerra de México, una guerra que se libró a 2000 millas de la sede del gobierno
central. Se comprende qué enormes gastos exigió el transporte del ejército y de todos
los objetos necesarios para él.
Los ingresos de la Unión ascendieron a 35 millones 436750 dólares, a saber:
31 millones 757070 dólares en derechos de aduana, 3 millones 328642 dólares por la
venta de tierras del Estado y 351037 dólares de ingresos diversos y fortuitos. Puesto que
los ingresos ordinarios no fueron suficientes a causa de los gastos de guerra, el déficit
se cubrió mediante empréstitos que se colocaron por encima de la par. ¡Pregúntese una
vez en el mercado de dinero si el gobierno «cristiano-germánico» estaría en condiciones
de obtener ni siquiera 1000 táleros en condiciones tan ventajosas!
En los Estados Unidos el año fiscal comienza el 1 de julio de cada año.
Hasta julio de 1849 los gastos seguirán siendo —a causa de la guerra de México—
considerables en comparación con lo habitual, aunque no, desde luego, en comparación
con Prusia. En cambio, el presidente Polk anuncia en su mensaje al Congreso, para el
próximo año fiscal que termina el 1 de julio de 1850, el presupuesto ordinario de paz.
¿A cuánto ascienden los gastos de este poderoso Estado —la república burguesa
norteamericana— en tiempos de paz?
A 33213152 dólares, incluidos los intereses (3799102 dólares) de la deuda pública
y los 3540000 dólares que deben pagarse a México el 30 de mayo de 1850.
Si se deducen estas dos últimas sumas, que figuran de manera extraordinaria
en el presupuesto, todo el gobierno y la administración de los Estados Unidos no cuesta
anualmente ni siquiera 26 millones de dólares.
¿Y cuánto pagan anualmente los ciudadanos prusianos al Estado en tiempos de paz?
La respuesta es amarga. Nos la da el «Preußische Staats-Anzeiger».
Dice así: ¡Más de 94 millones de táleros al año!
Así, mientras los 21 millones de habitantes de la república norteamericana, con su
bienestar, más aún, con su riqueza, entregan a la caja del Estado apenas 26 millones
de dólares —es decir, ni siquiera 38 millones de táleros de moneda corriente prusiana—,
los 16 millones de prusianos, con su pobreza relativa, tienen que arrojar cada año a las
fauces del tesoro público unos 94 millones de táleros, y ni aun así queda satisfecho.
Pero no seamos injustos.
La república norteamericana no posee a cambio más que un presidente elegido
cada 4 años, que ciertamente trabaja por el país más que una docena de reyes
y emperadores juntos. Pero, en contraste, percibe sólo el mísero salario anual de 37000

Karl Marx / Georg Weerth
táleros de moneda corriente prusiana. En esta minúscula suma de 37000 táleros
se puede condensar todo el dolor de un ánimo cristiano-prusiano con Dios por el rey
y la casta de los junkers. Ni chambelanes, ni joyeros de la corte, ni riegos de la calzada
de Charlottenburg para las damas de la corte, ni aparatos de parques de caza a costa
del ciudadano, etc. ¡Oh, es horrible! Pero lo más horrible es que estos norteamericanos
no parecen comprender siquiera esta horribilidad, este yermo, este abandono de Dios.
Cuán distinto es entre nosotros. Aunque paguemos tres y cuatro veces más,
también nos regocijamos con cosas que aquéllos no tienen, que no pueden tener
por 37000 táleros. Nos regocijamos y nos deleitamos con el brillo de una corte
por la gracia de Dios que —no se sabe exactamente, pero según un cálculo
aproximado— le cuesta al pueblo de 4 a 5 millones al año.
Mientras que los americanos son tan ridículos sujetos que prefieren guardar su dinero
para su propio brillo y su propia utilidad, nosotros nos sentimos cristiano-germánicamente
obligados a arrojar lejos de nosotros nuestro brillo, es decir, nuestro dinero,
y dejar que otros brillen con él. Y, dejando de lado el brillo, ¡qué beneficios no ofrece
una corte ricamente dotada a costa de los bolsillos del pueblo para una masa de pobres
condes, barones, señores libres, simples «von», etc.! Una multitud de estas gentes,
que sólo están dispuestas para el consumo y no para la producción, se arruinarían
miserablemente al fin si no recibieran, de manera refinada, una limosna pública.
Si quisiéramos pasar revista una tras otra a todas las gracias y ventajas,
no terminaríamos hoy.
¡Y cuánto se quedan atrás los americanos en otros aspectos a causa de su pequeño
presupuesto!
Entre ellos, por ejemplo, el señor Gobernador provincial Bötticher no recibiría ningún
regalo de 3000 táleros de la caja del Estado. Podría estar contento con su hermoso
sueldo, se diría. Para condes y barones no caería nada para la educación de los hijos.
La república norteamericana diría a estos señores en tal caso: alors il faut s’abstenir
d’avoir des enfants! Un tal «Hüser» sería allí estafado en su gratificación anual
de 6000 táleros y tendría que conformarse con su sueldo, y éste quizá se vería reducido
a 3000 táleros. ¿Con eso habría de vivir una persona, una persona prusiana, un general
cristiano-germánico? ¡Pensamiento infame! ¡Apage!
A los americanos, como al Sr. Hansemann, les falta toda cordialidad en cuestiones
de dinero.
A lo sumo le harían llegar a Don Carlos unos cuantos latigazos, pero nunca jamás
700000 táleros para que él, junto con sus grandes y sus monjes, pueda darse la buena
vida y luchar por la legitimidad metternichiana.

Eso sólo lo puede una monarquía por la gracia de Dios, a la que los bolsillos del pueblo
tienen que permanecer abiertos en todo momento y de derecho.
Si bien los impuestos que paga el americano al Estado son desde luego muy
insignificantes, por otra parte sólo tiene un ejército permanente de 10000 hombres,
que únicamente en tiempos de guerra puede ser aumentado con la mayor rapidez hasta
2 millones de vigorosos combatientes. No conoce ni de lejos la dicha de poder emplear
la mejor parte de los impuestos en un ejército de guerra que en tiempo de paz nos asedia,
nos maltrata, nos hiere y nos mata a tiros —todo para gloria y honor de la patria.
Pero ¿de qué sirve? Estos republicanos burgueses son tan testarudos que no quieren
saber nada de nuestras instituciones cristiano-germánicas, e incluso prefieren pagar
impuestos bajos a pagarlos altos.
Con igual terquedad insiste el burgués alemán en que el régimen de la gracia de Dios,
con su ejército de guerra y ejército de funcionarios, sus legiones de pensionados,
sus gratificaciones, sus gastos extraordinarios, etc., no puede ser pagado nunca
demasiado caro.
El republicano del saco de dinero de Norteamérica y el burgués de Prusia se relacionan
entre sí precisamente como sus presupuestos, como 37 a 94 millones.
El uno autónomo por sí mismo, el otro por la gracia de Dios: ésa es la verdadera
diferencia.