Un documento burgués

Karl Marx / Georg Weerth

* Colonia, 4 de enero. La beneficencia pública ha tomado, como se sabe, en
núm. 187, 5 de enero de 1849,
Neue Rheinische Zeitung,
Inglaterra, donde la dominación de la burguesía está más desarrollada, también las formas más nobles y magnánimas. Las workhouses inglesas — establecimientos públicos en los que la población obrera excedente sigue vegetando a costa de la sociedad burguesa — combinan de manera verdaderamente refinada la beneficencia con la venganza que la burguesía descarga sobre los miserables que se ven forzados a apelar a su caridad. A los pobres diablos no sólo se los alimenta con los víveres más miserables, más mezquinos y apenas suficientes para la reproducción física, sino que su actividad queda limitada a un trabajo simulado, improductivo, embotador del espíritu y del cuerpo, repugnante — por ejemplo, la tensión en los treadmills. Para que a los desgraciados les quede clara, por fin, toda la magnitud de su crimen, un crimen que consiste en haberse convertido, en lugar de ser, como en el curso normal de la vida, materia explotable y generadora de ganancia para la burguesía, en materia costosa para sus usufructuarios natos, algo así como toneles de aguardiente que quedan almacenados y se convierten en materia costosa para el tratante en licores; para que aprendan a sentir toda la magnitud de este crimen, se les priva de todo lo que se deja al criminal más vulgar: trato con la mujer y los hijos, esparcimiento, palabra... todo. Y esta misma “cruel beneficencia” de la burguesía inglesa no descansa en absoluto en razones sentimentales, sino en razones muy prácticas, enteramente calculables. De un lado, el orden burgués y la actividad comercial podrían sufrir de manera inquietante si los paupers de toda Gran Bretaña fuesen arrojados de repente a la calle. De otro lado, la industria inglesa se mueve ora en períodos de febril superproducción, en los que apenas puede satisfacerse la demanda de brazos y los brazos han de procurarse sin embargo lo más baratos posible; ora en períodos de languidez mercantil, en los que la producción se adelanta con mucho al consumo, y sólo con dificultad puede ocuparse productivamente a la mitad del ejército obrero, pagándole medio jornal. ¿Qué medio más ingenioso que las workhouses para tener dispuesto un ejército de reserva para los períodos favorables y, a la vez, durante el período comercial desfavorable, irlo criando en esos establecimientos gratos a Dios hasta convertirlo en una máquina sin voluntad, sin resistencia, sin exigencias y sin necesidades?

La burguesía prusiana se distingue ventajosamente de la inglesa, en que opone al orgullo político británico, que recuerda las maneras paganas de los romanos, un anonadamiento sumiso en cristiana contrición y humildad ante el trono, el altar, el ejército, la burocracia y el feudalismo; en que, en lugar de la energía comercial que somete continentes enteros, practica el menudeo propio de un súbdito imperial chino y sonroja al inquieto y gigantesco espíritu inventivo industrial mediante el apego sencillo y virtuoso al tradicional y semigremial rutinismo. Pero en un punto se aproxima la burguesía prusiana a su ideal británico: en la desvergonzada vejación de la clase obrera. Si, considerada como corporación en general, también aquí se queda a la zaga de los británicos, ello se explica simplemente porque, considerada en general, como clase nacional, por falta de coraje, inteligencia y energía, nunca ha llegado a nada y nunca llegará a nada presentable. No existe de manera nacional, sólo existe provincial, urbana, local, privadamente, y en estas formas se enfrenta a la clase obrera con mayor desconsideración aún que la burguesía inglesa. ¿Por qué los pueblos, desde la época de la Restauración, suspiraban por Napoleón, al que acababan de encadenar a una roca solitaria en el Mediterráneo? Porque la tiranía de un genio es más soportable que la tiranía de un idiota. Así, el obrero inglés puede hacer valer frente al alemán cierto orgullo nacional, pues el señor que lo oprime, oprime al mundo entero, mientras que el señor del obrero alemán, el burgués alemán, es un lacayo de todo el mundo, y nada hay más fatal, más humillante, que ser el lacayo de un lacayo.

Como documento histórico del cinismo de nuestra burguesía frente a la clase obrera, publicamos textualmente la “Cartilla del obrero”, que los proletarios ocupados en los trabajos municipales en la buena ciudad de Colonia han de firmar.

Cartilla del obrero

§ 1. Todo obrero deberá cumplir puntualmente las instrucciones y disposiciones de todos los inspectores municipales, quienes a la vez están juramentados como funcionarios de policía. La desobediencia y la insubordinación acarrean el despido inmediato.

§ 2. Sin permiso especial del inspector de obras, ningún obrero podrá pasar de una sección a otra ni abandonar el lugar de la obra.

§ 3. Los obreros que sustraigan carretillas, plataformas de carretilla u otros útiles de otra sección para utilizarlos en su trabajo serán despedidos.

§ 4. La embriaguez, el alterar el orden, la provocación de rencillas, disputas o riñas acarrean el despido inmediato del trabajo. – Además, en los casos que correspondan se procederá a la persecución legal de los culpables por los tribunales competentes.

§ 5. Quien se presente en el lugar de trabajo con diez minutos de retraso no recibirá trabajo durante el medio día correspondiente; en el tercer caso de reincidencia podrá sobrevenir la exclusión total del trabajo.

§ 6. Cuando los obreros sean despedidos a petición propia o como castigo, su pago se efectuará en el próximo día de pago regular, en proporción al trabajo realizado por ellos.

§ 7. El despido del obrero se anotará en la cartilla de trabajo. – Si el despido se produce como castigo, se le negará al obrero, según las circunstancias, la readmisión en el mismo lugar de trabajo o en todos los trabajos municipales.

§ 8. Del despido punitivo de los obreros y de su causa se dará conocimiento a la autoridad policial en cada caso.

§ 9. Si los obreros tuvieran que presentar quejas contra el inspector de obras, deberán hacerlo mediante una diputación elegida compuesta por tres obreros ante el maestro mayor de obras municipal. Éste investigará el objeto de la queja en el lugar mismo y decidirá sobre ella.

§ 10. La jornada de trabajo queda fijada desde las seis y media de la mañana hasta las 12 del mediodía, y desde la una de la tarde hasta el anochecer. (¡Bonito estilo!)

§ 11. Bajo estas condiciones el obrero recibirá ocupación.

§ 12. El pago se efectuará el sábado por la tarde en el lugar de la obra.

El inspector de obras juramentado, cuyas disposiciones han de acatarse en primer lugar.

Colonia.

Firma del obrero.

{

Será destinado a la sección del...

respectivo signo distintivo, etc., y tiene...

Firma del inspector de obras.

¿Pueden redactarse de manera más asiática los decretos rusos del autócrata de todas las Rusias a sus súbditos?

Karl Marx / Georg Weerth

A los inspectores municipales, e incluso a “todos los inspectores municipales, quienes a la vez están juramentados como funcionarios de policía”, se les ha de “prestar cumplimiento puntual. La desobediencia y la insubordinación acarrean el despido inmediato.” ¡Así pues, ante todo, obediencia pasiva! Después, según el § 9, se les concede a los obreros el derecho de presentar “quejas ante el maestro mayor de obras municipal”. Este pachá decide irrevocablemente — naturalmente contra los obreros, ya en interés de la jerarquía. Y cuando ha decidido, cuando los obreros han incurrido en el entredicho municipal — ¡ay de ellos!, quedan entonces bajo vigilancia policial. Hasta el último resto de su libertad burguesa se pierde, pues según el § 8 “se da conocimiento a la autoridad policial en cada caso del despido punitivo de los obreros y de su causa”.

Pero, señores míos, si despedís al obrero, si le habéis rescindido el contrato mediante el cual él empeña su trabajo a cambio de vuestro salario, ¿qué diablos tiene aún que ver la policía con esa anulación de un contrato burgués? ¿Acaso el obrero municipal es un presidiario? ¿Se le denuncia a la policía porque ha infringido la veneración debida a vosotros, su autoridad innata, sapientísima y noblemente poderosa? ¿No os burlaríais del burgués que os denunciase a la policía porque habéis roto tal o cual contrato de suministro, o no habéis pagado una letra de cambio en la fecha de vencimiento, o habéis bebido en demasía la víspera de Año Nuevo? ¡Pero, por supuesto! Frente al obrero no os halláis en una relación contractual burguesa; ¡vosotros estáis entronizados sobre él con toda la irritabilidad de los señores por la gracia de Dios! La policía, a vuestro servicio, ha de llevar sobre él una lista de conducta.

Según el § 5, quien llega 10 minutos tarde es castigado con medio día de trabajo. ¡Vaya relación entre la falta y la pena! Vosotros habéis llegado con siglos de retraso y el obrero ¿no ha de poder presentarse 10 minutos después de las seis y media sin perder medio día de trabajo?

Para que, finalmente, esta arbitrariedad patriarcal no se vea menoscabada de ningún modo y el obrero quede entregado por completo a vuestro capricho, habéis dejado la modalidad de castigo en lo posible al arbitrio de vuestros lacayos de librea. En los “casos que correspondan”, es decir, en los casos que os parezca que corresponden, según el § 4, al despido y a la denuncia ante la policía sigue la “persecución legal de los culpables por los tribunales competentes”. Según el § 5, “podrá” sobrevenir la exclusión total del obrero cuando llegue por tercera vez 10 minutos tarde después de las seis y media. En caso de despido como castigo, según el § 7, “se le negará al obrero, según las circunstancias, la ocupación en el lugar de trabajo correspondiente o en todos los trabajos municipales”, etc., etc.

¡Qué margen para los caprichos del burgués malhumorado en este código penal de nuestros Catones municipales, estos grandes hombres que se arrastran por el polvo ante Berlín!

Bien se puede ver, por esta ley modelo, qué carta impondría a nuestro pueblo nuestra burguesía si tuviera el timón en la mano.