Suiza-Italia

** Berna, 28 de diciembre. Apenas se han
retirado las tropas suizas de la frontera lombarda, recomienzan las chicanas de
Radetzky. Escribe a los representantes federales en el Tesino que en la frontera
se está dando un comercio de armas inquietante, y los representantes de la Confederación
persuaden al gobierno tesinés de que dé su venia para varios registros domiciliarios
en Mendrisio. Se encontraron y confiscaron algunos fusiles. No se alcanza a ver
cómo se pretende justificar semejante violación de la inviolabilidad del domicilio
y semejante embargo de propiedad ajena. Solo cabe asombrarse de que el gobierno
tesinés se haya prestado a ello.

Los reclutamientos napolitanos en Lucerna y en los cantones primitivos
parecen, a fin de cuentas, no conducir a nada. No porque no se hubiera encontrado
un número suficiente de probos hijos de los Alpes dispuestos a vender su pelleja
a cambio de dinero contante y a hacer de croatas a sueldo de Fernando; ¡al
contrario! Pero la cosa naufraga por la imposibilidad de llegar a Nápoles desde
Suiza.

Conforme a los términos de la capitulación, los reclutas han de ser conducidos
a través de Génova, y el gobierno de Turín denegó el paso. Ahora se dice
que los reclutas serían llevados a Trieste y allí embarcados. Esta noticia ha causado
gran espanto entre los enganchados. A Austria no quieren ir. Temen que se les
meta entre los auténticos croatas y se les conduzca contra los magiares, y ahora
elevan una petición al Consejo de gobierno lucernense exigiendo que se insista en
la ruta de Génova. Curioso. ¡Como si a estos guardias de corps de la contrarrevolución
pudiera no resultarles indiferente masacrar a magiares o a mesineneses!
Pero, desde luego, ¡billetes austríacos de veinte y ducados napolitanos de pleno
peso, eso sí que es una diferencia!

Por lo demás, el gobierno de Lucerna parece seguir los pasos del de Berna
y querer suspender la capitulación hasta que los comerciantes suizos de Nápoles
y Mesina sean indemnizados. Al menos, se ha informado ante el Consejo federal
acerca de cómo está la cuestión de esa indemnización. Así pues, solo quedan
los cantones primitivos, y estos no se dejarán arrebatar el derecho de todo ciudadano
a venderse mientras la constitución federal se lo permita, es decir, mientras
sigan vigentes las presentes capitulaciones. Este derecho a venderse a sí
mismo es uno de los más hermosos y antiguos privilegios de los libres primitivos
suizos, y cuando estos valerosos «primogénitos de la libertad» intentaron
«poner a salvo sus derechos de quinientos años» frente a la nueva constitución
federal, apuntaban sobre todo a este derecho específico, que la nueva
constitución federal suprime. Las capitulaciones militares son realmente una cuestión
vital para los cantones primitivos. Desde hace quinientos años han sido el
canal de desagüe de la población excedentaria y, por tanto, la mejor garantía
de los bárbaros estados de cosas existentes. Abólanse las capitulaciones
y se provocará una verdadera revolución en estas llamadas democracias «puras»,
es decir, en la práctica, sumamente impuras.

Los hijos menores de los campesinos, que ahora marchan a Nápoles y a Roma,
tendrán que permanecer en casa; no encontrarán ocupación, ni en sus propios
cantones ni en el resto de Suiza, que ya padece sobradamente de «excedentarios»;
formarán una nueva clase de proletarios campesinos que, por su mera
existencia, habrá de sumir en la mayor confusión todas las viejas relaciones de
propiedad, de adquisición y de derecho de estas tribus de pastores, basadas en
una tradición milenaria. ¿De dónde han de sacar estos estériles países de montaña
los medios para alimentar a los paupérrimos que, de todas partes, les son
llevados a la fuerza hasta la frontera? Ya ahora existe el germen de semejante
clase de paupérrimos, y amenaza del modo más desagradable al patriarcalismo
heredado. Aunque, pues –y no es de esperar–, la revolución europea guárdase
en los próximos años el mismo respeto a la neutralidad suiza que hasta ahora, se
está preparando, no obstante, a través del artículo de la nueva constitución federal
–quedan prohibidas las capitulaciones militares–, un fermento revolucionario
que terminaría por trastornar de arriba abajo los más antiguos y pertinaces
asientos de la barbarie reaccionaria en Europa. Así como las monarquías perecen
de tisis pecuniaria, de la «pálida melancolía de la penuria financiera», así también
las repúblicas reaccionarias.