El movimiento revolucionario

* Colonia, 31 de diciembre. Jamás un movimiento revolucionario se inició con una obertura tan edificante como el movimiento revolucionario de 1848. El Papa lo bendijo con su sanción eclesiástica, el arpa eolia de Lamartine vibró con melodías de suave y filantrópico acento, cuyo texto era la *fraternité*, el hermanamiento de los miembros de la sociedad y de las naciones.
“¡Abrazaos, millones de criaturas,
este beso va para el mundo entero!”*
En este instante, el Papa está sentado en Gaëta, expulsado de Roma, bajo la protección del tigre idiota Fernando, el “Iniciatore” de Italia, intrigando contra Italia con su enemigo mortal hereditario, con Austria, a la que en su período de gloria había amenazado con la excomunión. Las últimas elecciones presidenciales francesas proporcionaron las tablas estadísticas de la impopularidad de Lamartine, el traidor. Nada más filantrópico, más humano, más débil que las revoluciones de Febrero y de Marzo; nada más brutal que las consecuencias necesarias de esta humanidad de la debilidad. Testigos: Italia, Polonia, Alemania y, sobre todo, los vencidos de junio.
Con la derrota de los obreros franceses en junio, fueron derrotados a su vez los vencedores de junio. Ledru-Rollin y los demás hombres de la Montaña fueron desplazados por el partido de los republicanos burgueses, por el partido del *National*; el partido del *National*, por la oposición dinástica, Thiers-Barrot, y esta misma tendría que ceder ante los legitimistas si el ciclo de las tres restauraciones no estuviera agotado y Luis Napoleón no fuera más que una urna hueca en la que los campesinos franceses depositaron su ingreso al movimiento revolucionario-social y los obreros franceses sus votos de condena contra todos los líderes de las épocas transcurridas, Thiers-Barrot, Lamartine y Cavaignac-Marrast. Pero consignemos el hecho de que la derrota de la clase obrera revolucionaria francesa trajo como consecuencia inevitable la derrota de la burguesía republicana francesa, ante la cual aquella acababa de sucumbir.
La derrota de la clase obrera en Francia, la victoria de la burguesía francesa, fue al mismo tiempo el nuevo sojuzgamiento de las nacionalidades que habían respondido al canto del gallo galo con heroicos intentos de emancipación. Polonia, Italia e Irlanda fueron nuevamente saqueadas, ultrajadas, asesinadas alevosamente por esbirros prusianos, austríacos e ingleses. La derrota de la clase obrera en Francia, la victoria de la burguesía francesa, fue al mismo tiempo la derrota de las clases medias en todos los países europeos, donde las clases medias, unidas un instante al pueblo, habían respondido al canto del gallo galo con sangrientos alzamientos contra el feudalismo. ¡Nápoles, Viena, Berlín! La derrota de la clase obrera en Francia, la victoria de la burguesía francesa, fue al mismo tiempo el triunfo de Oriente sobre Occidente, la derrota de la civilización sojuzgada por la barbarie. En Valaquia comenzó la opresión de los rumanos por los rusos y sus instrumentos, los turcos; en Viena, croatas, panduros, checos, serezanos y canalla semejante estrangularon la libertad germánica, y en este instante el zar es omnipresente en Europa. El derrocamiento de la burguesía en Francia, el triunfo de la clase obrera francesa, la emancipación de la clase obrera en general, es, pues, la consigna de la liberación europea.
Pero el país que ha convertido a naciones enteras en sus proletarios, que con sus brazos gigantescos mantiene abarcado el mundo entero, que con su dinero sufragó ya una vez los gastos de la restauración europea, en cuyo propio seno los antagonismos de clase se han desarrollado hasta alcanzar la forma más acusada y desvergonzada — Inglaterra parece la roca en la que se estrellan las olas revolucionarias, la que deja morir de hambre a la nueva sociedad ya en el seno materno. Inglaterra domina el mercado mundial. Un trastorno de las relaciones económico-nacionales en cada país del continente europeo, en todo el continente europeo sin Inglaterra, es una tempestad en un vaso de agua. Las relaciones de la industria y del comercio dentro de cada nación están dominadas por su intercambio con otras naciones, están condicionadas por su relación con el mercado mundial. Pero Inglaterra domina el mercado mundial, y la burguesía domina Inglaterra.
La liberación de Europa, ya sea el alzamiento de las nacionalidades oprimidas hacia su independencia, ya sea el derrocamiento del absolutismo feudal, está, pues, condicionada por el alzamiento victorioso de la clase obrera francesa. Pero todo trastorno social francés fracasa necesariamente ante la burguesía inglesa, ante la supremacía industrial y comercial de Gran Bretaña en el mundo. Toda reforma social parcial en Francia y en el continente europeo en general, en la medida en que haya de ser definitiva, es y sigue siendo un vano y piadoso deseo. Y la vieja Inglaterra sólo será derrocada por una guerra mundial, la única que puede ofrecer al partido cartista, al partido obrero inglés organizado, las condiciones para un alzamiento victorioso contra sus gigantescos opresores. Los cartistas a la cabeza del gobierno inglés — sólo a partir de ese instante sale la revolución social del reino de la utopía para entrar en el reino de la realidad. Pero toda guerra europea en la que Inglaterra se vea envuelta es una guerra mundial. Se librará en Canadá como en Italia, en las Indias Orientales como en Prusia, en África como en el Danubio. Y la guerra europea es la primera consecuencia de la revolución obrera victoriosa en Francia. Inglaterra estará, como en tiempos de Napoleón, a la cabeza de los ejércitos contrarrevolucionarios, pero, por la guerra misma, será arrojada a la cabeza del movimiento revolucionario y saldará su deuda con la revolución del siglo XVIII.
Alzamiento revolucionario de la clase obrera francesa, guerra mundial — ese es el sumario del año 1849.