COLONIA, 29 DE NOVIEMBRE. POR FIN, DESPUÉS DE SEIS MESES DE
derrotas casi ininterrumpidas de la democracia y de una serie
de gigantescos triunfos de la contrarrevolución, vuelven a ma
nifestarse síntomas anunciadores de que pronto triunfará en Italia el
partido revolucionario. Italia, el país cuyo levantamiento sirvió de
preludio a la revolución europea de 1848 y cuyo colapso preludió la
caída de Viena, se levanta ahora por segunda vez. Toscana ha impues
to su gobierno democrático y Roma acaba de conquistar el suyo.
El 10 de abril en Londres; el 15 de mayo y el 25 de junio en París;
el 6 de agosto en Milán; el 1 de noviembre en Viena;332 he allí las
cuatro piedras militares que marcan las distancias velozmente
cubiertas en su última marcha triunfal.
El 10 de abril, en Londres, no sólo fue destrozado el poder revo
lucionario de los cartistas,333 sino que quedó rota también, por vez
332 El 10 de abril de 1848 fue disuelta una manifestación cartista por medio de un cuerpo
militar especial, por lo que el Parlamento quiso presentar una tercera petición acerca de la
aceptación de la Carta del Pueblo.
En mayo de 1848, con la ayuda de la Guardia Cívica nacional, se vendría abajo una acción
revolucionaria del proletariado de París.
El 6 de agosto de 1848, con la toma de Milán por parte del ejército austriaco, se vendría
abajo el movimiento de liberación nacional del norte de Italia.
El 25 de junio de 1848, la insurrección del proletariado de París fue ahogada en sangre.
El 1 de noviembre de 1848 las tropas del mariscal de campo Windischgrátz tomaron la
ciudad de Viena.
333 Véase supra, nota 49.

primera, la propaganda revolucionaria de la victoria de Febrero.
Quien conozca bien Inglaterra y la posición que este país ocupa en
la historia moderna no pudo sorprenderse de que, por el momen
to, las revoluciones del continente pasaran de largo ante él, sin dejar
huella en su suelo. Inglaterra, el país que con su industria y su
comercio domina a todas las naciones que revolucionan el conti
nente y que, sin embargo, depende relativamente poco de su clien
tela, gracias al dominio que ejerce sobre los mercados de Asia, Amé
rica y Australia; el país en que más se han desarrollado y agudizado
las contradicciones de la moderna sociedad burguesa, las luchas de
clase entre la burguesía y el proletariado, Inglaterra, sigue más que
cualquier otro país su trayectoria propia e independiente. Inglate
rra no necesita de estos tanteos de los gobiernos provisionales del
continente para acercarse a la solución de los problemas y a la supe
ración de las contradicciones que es misión suya resolver y superar
antes que todos los demás países. Inglaterra no acepta la revolución
del continente; Inglaterra, cuando su hora llegue, dictará al conti
nente la revolución. Tal era la posición de Inglaterra, tal la conse
cuencia necesaria de esta solución, y ello hace perfectamente expli
cable la victoria lograda por el “orden” el 10 de abril. Pero, ¿quién
no recuerda cómo esta victoria del “orden”, el primer contragolpe
asestado después de los golpes de febrero y marzo, brindó en todas
partes nuevo asidero a la contrarrevolución e hinchó con audaces
esperanzas el pecho de los llamados conservadores? ¿Quién no
recuerda cómo la actuación de los agentes especiales de la policía
de Londres sirvieron en seguida de modelo a toda la Milicia Cívica de
Alemania? ¿Quién no recuerda qué impresión tan enorme causó
esta primera prueba de que el movimiento desencadenado no era
irresistible?
El 15 de mayo, en París, aportó inmediatamente la contraparti
da de la victoria alcanzada por el partido de la inmovilidad en Ingla
terra. El 10 de abril había puesto un dique a las olas extremas de la
marejada revolucionaria; el 15 de mayo hizo que su fuerza se estre
llara en el punto por el que iba a desbordarse. El 10 de abril demos-

tro que la revolución de Febrero no era incontenible; el 15 de mayo
aportó la prueba de que era posible cerrar el paso al movimiento
insurreccional de París. La revolución, derrotada en el centro, tenía
que sucumbir también, naturalmente, en la periferia. Esto es lo que
fue sucediendo día tras día, cada vez más, en Prusia y en los peque
ños Estados alemanes. Pero la corriente revolucionaria era aún lo
bastante fuerte para hacer posible en Viena dos victorias del pue
blo, la primera de las cuales se produjo el mismo 15 de mayo y la
segunda el 26 de ese mes,334 y el triunfo del absolutismo en Nápoles, logrado también el 15 de mayo, más bien sirvió, por sus exce
sos, de contrapeso a la victoria conseguida por el Orden en París.
Aún faltaba algo; no sólo debía ser derrotado en París el movimien
to revolucionario, sino que en el mismo París había que despojar a
la insurrección armada del hechizo de su invencibilidad; solamente
entonces podría sentirse tranquila la contrarrevolución.
Y esto fue precisamente lo que sucedió en París en los cuatro
días que duró la batalla del 23 al 26 de Junio. Cuatro días de caño
neo y se esfumó la creencia de que las barricadas eran inexpugna
bles y el pueblo armado invencible. ¿Acaso no demostró Cavaignac,
con su victoria, que las leyes del arte de la guerra son, sobre poco
más o menos, las mismas en las calles que en los desfiladeros de las
montañas, frente a las barricadas y frente a las fajinas o los bastio
nes? ¿Que 40 000 obreros armados, sin disciplina, sin cañones y sin
obuses ni abastecimiento de municiones, no son capaces de resistir
más de cuatro días a un ejército organizado de 120 000 soldados
veteranos y 150 000 guardias nacionales, apoyados por la mejor y
más numerosa artillería y abundantemente amunicionados? La vic
toria de Cavaignac fue, pura y simplemente, el aplastamiento de la
minoría por la superioridad abrumadora del número, en una pro
Las victorias del pueblo de Viena del 15 y 26 de mayo de 1848 tuvieron lugar en la mis
ma ciudad durante las luchas armadas de los trabajadores y estudiantes, en un movimiento
dirigido contra la promulgación, el 25 de abril, de la Constitución del ministerio Pillersdorf.
Esta Constitución estipulaba un sistema bicameral que excluía de las elecciones a los traba
jadores y campesinos.

porción de siete a uno, la victoria menos gloriosa que jamás se haya
obtenido, tanto menos gloriosa cuanta más sangre llegó a costar, a
pesar de la gigantesca superioridad numérica. Y, sin embargo, el
mundo la admiró como un milagro, porque esta victoria había
arrancado a la supremacía del pueblo de París, a las barricadas pari
sinas, el nimbo de la invencibilidad. Los trescientos mil hombres
de Cavaignac no habían vencido solamente a los 40 000 trabajado
res parisinos, sino habían derrotado en ellos, sin saberlo, a la revo
lución europea. Todos sabemos qué reacción turbulenta inconteni
ble se desencadenó, a partir de aquel día. Ya no era posible detenerla;
la violencia conservadora había derrotado al pueblo de París con
bombas y granadas, y lo que había podido lograrse en París podía
imitarse también en otros sitios. Después de esta derrota decisiva, a
la democracia no le queda otro camino que emprender la retirada
del modo más honroso que pudiera e ir defendiendo, por lo menos,
paso a paso, el terreno que ya no era posible sostener en la prensa,
los mítines y concentraciones populares y los parlamentos.
El siguiente gran golpe fue la caída de Milán. En realidad, la
reconquista de Milán por Radetzky constituye el primer hecho de
la contrarrevolución europea desde su victoria de junio en París. El
águila bicéfala ondeando sobre la cúpula de la catedral de Milán no
significaba solamente la caída de toda Italia, sino el resurgimiento
de Austria. Italia, derrotada, y Austria de nuevo en pie: ¿qué más
podía apetecer la contrarrevolución? Y es evidente que con la caída
de Milán se adormeció momentáneamente la energía revoluciona
ria en Italia, irrumpió Mamiani en Roma, fueron derrotados los
demócratas en el Piamonte. Y, a la par con ello, volvió a levantar
cabeza el partido reaccionario en Austria y se puso a urdir de nue
vo, con redoblado ánimo, sus intrigas por todas las provincias des
de el cuartel general de Radetzky, donde tenía su centro. Fue ahora
y solamente ahora cuando Jellachich pasó a la ofensiva y cuando se
selló la gran alianza de la contrarrevolución con los esclavos de
Austria.
No voy a hablar de los pequeños intermezzos en los que la con

trarrevolución logró victorias locales y conquistó tales o cuales pro
vincias sueltas, del descalabro de Francfort, etc. Son episodios que
pueden tener un valor local y tal vez nacional, pero que carecen de
significación europea.
Por último, el i de noviembre se coronó la obra iniciada en Custozza:335 lo mismo que Radetzky en Milán, ese día entraron en Viena Windischgrátz y Jellachich. Los métodos de Cavaignac fueron
aplicados, y con éxito, en el más importante y más activo de los
focos de la revolución alemana; la revolución fue ahogada en san
gre y entre ruinas humeantes, lo mismo en Viena que en París.
Pero, tal parece como si la victoria del i de noviembre marcara
al mismo tiempo el punto en que el movimiento cambia de rumbo
y se produce la crisis. El intento de repetir al pie de la letra en Prusia la hazaña de Viena, ha fracasado; en el mejor de los casos, aun
cuando el país abandonara a la Asamblea Constituyente, la Corona
sólo puede esperar una victoria a medias, que no decidirá nada, y
en todo caso, el torpe empeño de copiarla en todos sus detalles ha
hecho que se estrellara la primera impresión descorazonadora de la
derrota de Viena.
Y, mientras el norte de Europa vuelve a verse sumido en la ser
vidumbre de 1847 o defiende trabajosamente frente a la contrarre
volución las conquistas logradas durante los primeros meses, Italia,
de pronto, vuelve a levantarse. Liorna, la única ciudad italiana a la
que la caída de Milán sirvió de acicate para emprender una revolu
ción triunfante, ha logrado comunicar, por último, su auge demo
crático a toda la Toscana e imponer un ministerio resueltamente
democrático, más avanzado que ninguno de los instaurados en las
monarquías y como pocos de las repúblicas; ministerio que contes
ta a la caída de Viena y a la restauración de Austria con la procla
mación de la Asamblea Nacional constituyente italiana. Y la llama
revolucionaria lanzada por este ministerio democrático al pueblo
italiano ha prendido: en Roma se han levantado como un solo homEn Custozza (Italia del Norte) el ejército austríaco, bajo el mando de Radetzky, infli
gió un duro descalabro, el 25 de julio de 1848, a las tropas de Cerdeña y Lombardía.

bre pueblo, Guardia nacional, ejército, derribando al gobierno con
trarrevolucionario, implantando un ministerio democrático y colo
cando a la cabeza de sus reivindicaciones impuestas la de un gobier
no ajustado al principio de la nacionalidad italiana, es decir, envío
de diputados a la Constituyente italiana propuesta por Guerazzi.
No cabe la menor duda de que a la Toscana seguirán el Piamonte y Sicilia, como ocurrió el año pasado.
¿Y bien? ¿Encenderá este segundo resurgimiento de Italia, en
término de tres años, como la vez anterior, la aurora de un nuevo
auge de la democracia europea? Casi lo parece. La copa de la con
trarrevolución está colmada hasta desbordarse. Francia, a punto
de echarse en brazos de un aventurero, para no caer bajo el poder de
Cavaignac y Marrast; Alemania, más desgarrada que nunca; Aus
tria, apabullada; Prusia, en vísperas de la guerra civil; todas, abso
lutamente todas las ilusiones de febrero y marzo pisoteadas impla
cablemente por la marcha tempestuosa de la historia. No cabe duda
de que el pueblo ya no tendría nada que aprender de las nuevas
victorias de la contrarrevolución.
¡Ojalá sepa aplicar, cuando la ocasión llegue oportunamente y
sin miedo, las enseñanzas de estos seis últimos meses!
[Neue Rheinische Zeitung, núm. 156, 30 de noviembre de 1848]