La «Kölnische Zeitung» y la «Rheinische Volkshalle»

Colonia, 15 de noviembre.

Núm. 144, 16 de noviembre de 1848

Neue Rheinische Zeitung.

En un momento en que toda Alemania se estremece con el grito de indignación porque el servidor chorreante de sangre del idiota austríaco, porque un Windischgrätz ha osado hacer fusilar como a un perro al diputado del Parlamento de Frankfurt, Robert Blum… en semejante momento es hora de volver sobre dos periódicos alemanes, uno de los cuales ha intentado mancillar con rara perfidia los últimos días de vida del fallecido, y el otro le ha perseguido hasta la tumba con su insulso cretinismo.

Hablamos de la «Kölnische Zeitung» y de la «Rheinische Volkshalle». Hasta ahora habíamos evitado mencionar la «Rheinische Narhalla», llamada Volkshalle. Un ataque a ese periodicucho de torpes, propio de un escolar de cuarto curso, estaba por debajo de nuestra dignidad.

En el núm. 262, la Kölnische Zeitung informaba: «El 22 del corriente (octubre), los entusiastas jefes del partido democrático (siguen varios nombres) se ausentaron de Viena; lo mismo hicieron Fröbel y Robert Blum.» La «Kölnische» hacía esta comunicación sin más añadido, pero imprimió esa denuncia contra Blum en tipo garmond, para grabarla con tanta mayor facilidad en la memoria de sus lectores.

La «Kölnische Zeitung» se superó a sí misma en sus números posteriores. No vaciló en recoger en sus columnas incluso artículos del periódico más negro-amarillo de la camarilla, comunicaciones del órgano de la archiduquesa Sofía, las noticias de la más infame de todas las gacetas austríacas, la «Presse» de Viena, con el fin de degradar a un hombre cuyo único error, a menudo censurado por nosotros, era no haber actuado con mayor energía y decisión, en una palabra, de manera más terrorista.

Las comunicaciones de la «Presse» vienesa, que la Kölnische Zeitung acogió tan gustosa, decían lo siguiente:

«Robert Blum no ha cosechado laureles en Viena, y la Wiener Presse está incluso muy indignada contra él. En efecto, habló en el Aula de los enemigos interiores de la pusilanimidad, de la falta de valor y perseverancia; “pero si además de este enemigo interior existieran otros —y esperaba que no los hubiera—, o si aún hubiera en la ciudad quienes prefiriesen la victoria de las tropas a la victoria de la libertad, entonces la lucha de aniquilamiento contra las masas ante la ciudad debería volverse también contra ellos con arma tajante”. Si el Sr. Robert Blum ha pronunciado realmente estas palabras, dice por ejemplo la “Presse”, no vacilamos ni un instante en expresar nuestra indignación. Queremos la libertad, la plena libertad sin restricciones del pueblo. Pero en interés de esa libertad tenemos que rechazar con horror semejante lenguaje como el que emplea el señor Robert Blum; los bienintencionados de todos los partidos sin excepción deben coincidir en que humanidad y civilidad son inseparables de la libertad. No es la bomba con que el enemigo exterior arroja el incendio sobre la ciudad lo más terrible que nos amenaza; el enemigo interior, que en el momento de la crisis arroja a los ánimos la antorcha de la discordia, de la suspicacia y del odio político, es más de temer. En el discurso del Sr. Blum se encierra la locura de un septembrista, la perfidia de la denuncia política. Si el Sr. Robert Blum tiene el valor y las ganas de hacer de Danton, que considere que éste compartió el peligro de la sangrienta tiranía que provocó. El Sr. Blum es, como forastero, como miembro del Parlamento alemán, inviolable dentro de los muros de Viena; tiene en sus manos los medios para escapar a cada momento de la tormenta que quiere desencadenar. Por eso su traición a la santa causa de la civilidad es doblemente punible. ¿Quién le ha dado al Sr. Robert Blum el mandato de incitar al pueblo de Viena a la locura del terrorismo, para que las páginas de la historia en que se registren los acontecimientos de estos últimos días queden manchadas con manchas de sangre y de ignominia? Si el Sr. Robert Blum ha pronunciado estas palabras, entonces —lo decimos sin ambages— se ha deshonrado.»

Hasta aquí la Kölnische Zeitung.

Pero Robert Blum, el forastero dentro de los muros de Viena, que «como miembro del Parlamento alemán era inviolable», no hizo caso de la mezquindad de algunos literatos asalariados: «el entusiasta jefe del partido democrático» no se ausentó de Viena, empuñó las armas y combatió al frente de la Guardia Móvil hasta el último instante, y cayó, desgarrado el pecho por las balas, un hombre del que podemos estar orgullosos, cuyo nombre perdurará en los corazones del pueblo junto al recuerdo de la heroica lucha por la libertad en Viena.

Floja, miserable, llorona, la «Rheinische Narhalla» renquea tras la «Kölnische Zeitung». La «Rheinische Volkshalle» opina, ciertamente, que Windischgrätz «no tenía derecho sobre la vida de ese hombre», pero no por ello deja de afirmar: «que a Robert Blum no le ha sucedido más de lo que merecía» y que «el rápido proceder de la justicia en Austria es digno de elogio».

Como a veces se despide a un patán con una patada, así nos despedimos de la Rheinische Volkshalle.

¡La buena prensa! – Cuando hace unas semanas, en una asamblea popular aquí celebrada, se comunicó la muerte de Lichnowsky, y ello dio ocasión a algunas personas sin tacto para manifestar un aplauso inapropiado, la «buena prensa» difundió por todas partes el rumor de que la democracia de la provincia del Rin había saludado este acontecimiento con alegría satánica…

La democracia hace la guerra a los vivos, no a los muertos.