"Neue Rheinische Zeitung" - Debates de la Asamblea de Acuerdo

Debates de la Asamblea de Acuerdo

["Neue Rheinische Zeitung" Nr. 45 del 15 de julio de 1848]

** Colonia, 14 de julio. Llegamos hoy a la segunda mitad de la sesión de la Asamblea de Acuerdo del 7 del corriente. Después del debate sobre la Comisión de Finanzas, tan doloroso para el señor Hansemann, aún sobrevinieron una serie de pequeñas tribulaciones para los señores ministros. Fue el día de las proposiciones de urgencia y de las interpelaciones, el día de las impugnaciones y del aprieto ministerial.

El diputado Wander propuso que todo funcionario que hiciera detener injustamente a un ciudadano quedase obligado a la indemnización total de daños y perjuicios y, además, sufriese una reclusión cuatro veces mayor que la del detenido por él.

La proposición, por no ser urgente, pasa a la comisión competente.

El ministro de Justicia, Märker, declara que la aprobación de esta proposición no sólo no agravaría la legislación vigente contra los funcionarios que practican detenciones ilegales, sino que incluso la atenuaría. (¡Bravo!)

El señor ministro de Justicia sólo ha olvidado señalar que, según las leyes vigentes hasta ahora, en particular las de la vieja Prusia, es casi imposible que un funcionario detenga a alguien ilegalmente. La detención más arbitraria puede ser justificada por los artículos del venerabilísimo Derecho territorial general.

Por lo demás, llamamos la atención sobre el método sumamente antiparlamentario que los señores ministros han adquirido por costumbre. Esperan a que la proposición haya sido remitida a la comisión competente o a la sección, y luego hablan todavía sobre ella. Entonces están seguros de que nadie puede replicarles. Así lo hizo el señor Hansemann con la proposición del señor Borries <Véase "Debates de la Asamblea de Acuerdo del 7 de julio", pág. 207>, y así lo hace ahora el señor Märker. En Inglaterra y en Francia, si los señores ministros hubiesen intentado alguna vez semejantes inconveniencias parlamentarias, se les habría llamado al orden de manera muy distinta. ¡Pero en Berlín!

Señor Schulze (de Delitzsch): Proposición de exhortar al gobierno a que los proyectos de leyes orgánicas ya terminados o a punto de serlo se entreguen inmediatamente a la asamblea para su debate en las secciones.

Esta proposición contenía de nuevo una censura indirecta al gobierno por su negligencia o su demora deliberada en la presentación de las leyes orgánicas complementarias de la constitución. La censura era tanto más sensible cuanto que esa misma mañana se habían presentado dos proyectos de ley, entre ellos el de la guardia ciudadana. El primer ministro, pues, con un poco de energía, habría debido rechazar esta proposición categóricamente. Pero en vez de ello, se limita a soltar algunas frases generales sobre el empeño del gobierno en salir al encuentro, en todos los sentidos, de los justos deseos de la asamblea, y la proposición es aprobada por gran mayoría.

Señor Besser interpela al ministro de la Guerra sobre la falta de un reglamento de servicio. El ejército prusiano es el único al que le falta un reglamento semejante. De ahí que en todas las unidades del ejército, hasta las compañías y escuadrones, reine la mayor diversidad de opiniones sobre los asuntos más importantes del servicio y, en particular, sobre los derechos y deberes de los distintos grados. Existen, ciertamente, miles de órdenes, decretos y disposiciones, pero precisamente por su innumerable cantidad, su confusión y las contradicciones que en ellas imperan, son peores que inútiles. Además, cada uno de estos documentos está embrollado y vuelto irreconocible por tantos apéndices, explicaciones, glosas marginales y glosas de las glosas marginales como instancias intermedias ha recorrido. Esta confusión beneficia naturalmente al superior en todas las arbitrariedades, mientras que el subordinado sólo carga con las desventajas. Por eso el subordinado no conoce derechos, sino sólo deberes. Antaño existió un reglamento de servicio, llamado el reglamento de piel de cerdo, pero éste fue confiscado a sus poseedores particulares en los años 20. Desde entonces, ningún subordinado puede alegarlo en su favor, ¡mientras que las autoridades superiores pueden alegarlo constantemente en contra de los subordinados! Otro tanto ocurre con las disposiciones de servicio para el cuerpo de guardias, que nunca se comunicaron al ejército ni se pusieron al alcance de los subordinados, y según las cuales éstos, naturalmente, sólo sacan perjuicio de esta confusión, que permite a los superiores la mayor arbitrariedad y la más dura tiranía, ¡pero a pesar de ello son castigados! Los señores oficiales de estado mayor y generales se benefician, pero los oficiales subalternos, los suboficiales y los soldados sufren las consecuencias, y en interés de ellos interpela el señor Besser al general Schreckenstein.

¡Cuál no sería la sorpresa del señor Schreckenstein al tener que escuchar este largo "papelorio", para emplear la expresión predilecta del año trece! ¡Cómo! ¡¿El ejército prusiano no tiene un reglamento de servicio?! ¡Qué insipidez! El ejército prusiano, palabra de honor, tiene el mejor reglamento del mundo, que al mismo tiempo es el más breve y consta sólo de dos palabras: "¡Ordre parieren!" Si un soldado del ejército "no apaleado" recibe golpes, puntapiés o culatazos, si un teniente menor de edad recién salido de la casa de cadetes le tira de la barba o de la nariz y se queja: "¡Ordre parieren!" Si un comandante achispado, después de comer, para su particular regocijo hace marchar a su batallón hasta la cintura en un pantano y formar allí el cuadro <formación del batallón en cuadro>, y un subordinado se atreve a quejarse: "¡Ordre parieren!" Si se prohíbe a los oficiales visitar este o aquel café y se permiten una observación: "¡Ordre parieren!" Ése es el mejor reglamento de servicio, pues cuadra en todos los casos.

De todos los ministros, el señor Schreckenstein es el único que aún no ha perdido el valor. ¡El soldado que sirvió bajo Napoleón, que durante treinta y tres años ha practicado el servicio de polainas prusiano, que ha oído silbar muchas balas, no va a asustarse ante los diputados de la Asamblea de Acuerdo y las interpelaciones! ¡Y menos aún cuando el gran "¡Ordre parieren!" está en peligro!

Señores míos, dice, yo tengo que saberlo mejor. Tengo que saber qué hay que modificar en esto. Se trata aquí de una demolición, y la demolición no debe demoler, porque la reconstrucción es muy difícil. La organización militar ha sido obra de Scharnhorst, Gneisenau, Boyen y Grolmann; abarca 600.000 ciudadanos armados e instruidos tácticamente y ofrece a cada ciudadano un porvenir seguro mientras exista la disciplina. Y yo la mantendré, y con eso he dicho bastante.

Señor Besser: El señor Schreckenstein no ha respondido en absoluto a la pregunta. ¡De sus observaciones parece desprenderse, sin embargo, que cree que un reglamento de servicio relajaría la disciplina!

Señor Schreckenstein: Ya he dicho que haré lo que sea oportuno para el ejército y redunde en beneficio del servicio.

Señor Behnsch: Por lo menos tenemos que exigir que el ministro nos responda sí o no, o que declare que no quiere responder. Hasta ahora sólo hemos oído evasivas.

Señor Schreckenstein, irritado: No considero provechoso para el servicio seguir tratando esta interpelación.

¡El servicio, siempre el servicio! El señor Schreckenstein cree aún ser un general de división que habla a su cuerpo de oficiales. ¡Se imagina que, incluso como ministro de la Guerra, sólo tiene que atender al servicio y no a la posición jurídica de los distintos grados del ejército entre sí, y menos aún a la posición del ejército frente al Estado en su conjunto y frente a sus ciudadanos! Seguimos estando bajo Bodelschwingh; el espíritu del viejo Boyen continúa imperando sin interrupción en el ministerio de la Guerra.

El señor Piegsa interpela por los malos tratos infligidos a los polacos en Mielzyn el 7 de junio.

El señor Auerswald declara que primero ha de esperar informes completos.

¡De modo que un mes entero de 31 días después del suceso, el señor Auerswald aún no está informado por completo! ¡Magnífica administración!

El señor Behnsch interpela al señor Hansemann sobre si, al presentar el presupuesto, quiere someter un resumen de la administración de la Seehandlung desde 1820 y del Tesoro estatal desde 1840.

El señor Hansemann declara entre sonoras carcajadas que podrá responder en ocho días.

El señor Behnsch interpela de nuevo acerca del apoyo a la emigración por parte del gobierno.

El señor Kühlwetter responde que se trata de un asunto alemán y remite al señor Behnsch al archiduque Juan.

El señor Grebel interpela al señor Schreckenstein acerca de los funcionarios de la administración militar que a la vez son oficiales de la Landwehr, entran en servicio activo durante los ejercicios de la Landwehr y, con ello, privan a otros oficiales de ésta de la oportunidad de formarse. Propone que estos funcionarios sean eximidos de la Landwehr.

El señor Schreckenstein declara que cumplirá con su deber e incluso tomará el asunto en consideración.

El señor Feldhaus interpela al señor Schreckenstein por los soldados muertos el 18 de junio en la marcha de Posen a Glogau y por las medidas adoptadas para castigar esta barbarie.

Señor Schreckenstein: El hecho ha ocurrido. El informe del comandante del regimiento ha sido presentado. Falta aún el informe de la comandancia general que dispuso las etapas. Así pues, todavía no puedo decir si se ha excedido la orden de marcha. Además, aquí se está juzgando a un oficial de estado mayor, y tales juicios son dolorosos. La "alta asamblea general" (!!!) esperará, sin duda, hasta que hayan llegado los informes.

¡El señor Schreckenstein no juzga esta barbarie como barbarie, sino que se limita a preguntar si el comandante en cuestión ha "Ordre pariert"! ¿Y qué importa que 18 soldados mueran miserablemente en la carretera como otras tantas cabezas de ganado, con tal de que se ordre pariere!

Señor Behnsch, que había presentado la misma interpelación que el señor Feldhaus: Retiro mi interpelación, que ahora es superflua, pero exijo que el ministro de la Guerra fije un día en el que quiera responder. Han transcurrido ya tres semanas desde el suceso, y los informes podrían estar aquí desde hace tiempo.

Señor Schreckenstein: No se ha perdido un solo instante; los informes de la comandancia general han sido reclamados de inmediato.

El presidente quiere pasar por encima del asunto.

Señor Behnsch: Sólo pido al ministro de la Guerra que responda y fije un día.

Presidente: ¿Quiere el señor Schreckenstein...?

Señor Schreckenstein: No se puede prever en absoluto cuándo será eso.

Señor Gladbach: El artículo 28 del reglamento impone a los ministros la obligación de fijar un día. Yo también insisto en ello.

Presidente: Pregunto de nuevo al señor ministro.

Señor Schreckenstein: No puedo fijar un día determinado.

Señor Gladbach: Mantengo mi exigencia.

Señor Temme: Soy de la misma opinión.

Presidente: ¿Acaso el señor ministro de la Guerra en unos 14 días...?

Señor Schreckenstein: Bien posible. Tan pronto como sepa si se ha Ordre pariert, responderé.

Presidente: Pues en 14 días.

¡Así cumple el señor ministro de la Guerra "su deber" para con la asamblea!

El señor Gladbach tiene aún que dirigir una interpelación al ministro del Interior por la suspensión de funcionarios mal vistos y por la ocupación provisional, meramente interina, de plazas vacantes.

El señor Kühlwetter responde de manera muy insuficiente, y las observaciones ulteriores del señor Gladbach son ahogadas, tras una valiente resistencia, bajo el murmullo, los gritos y el tamborileo de la derecha, indignada por fin ante tanta desvergüenza.

Una proposición del señor Berends de que la Landwehr convocada para el servicio interior sea puesta bajo el mando de la guardia ciudadana no es reconocida como urgente y, en consecuencia, retirada.

A continuación comienza una agradable charla sobre todo tipo de sutilezas relacionadas con la comisión de Posen. La tormenta de interpelaciones y proposiciones de urgencia ha pasado, y como suave susurro del céfiro y el apacible murmullo del arroyo del prado se desvanecen los últimos sonidos conciliadores de la famosa sesión del 7 de julio. El señor Hansemann se marcha a casa con el consuelo de que el estrépito y tamborileo de la derecha le ha tejido unas pocas flores en su corona de espinas, y el señor Schreckenstein, complacido, se atusa el bigote y murmura: "¡Ordre parieren!"