Italia. 10 de julio de 1848

Tenemos a la vista una instrucción del ministro de Asuntos Exteriores napolitano, fechada a comienzos de este mes y dirigida a los agentes consulares, en la que se imparten instrucciones de lo más pulcras respecto a los voluntarios que regresan de Lombardía.

Dicho documento reza así:

«Cinco batallones de voluntarios partieron hacia Lombardía; dos de ellos no pidieron nada, tres exigieron y recibieron soldada del real gobierno de aquí. Ni a aquellos ni a estos, en caso de que regresen del campo, les concederán ustedes indemnización alguna bajo ningún pretexto; antes bien, denunciarán ustedes a los 3 últimos batallones ante la autoridad local como desertores; en consideración a que Su Majestad ha hecho regresar a las tropas de línea, quiere que los voluntarios continúen tomando parte en la lucha por la independencia.»

La perfidia de esta circular salta a los ojos hasta de los más ciegos. Los valerosos jóvenes que marcharon a Lombardía eran el núcleo de los patriotas napolitanos. Sentían, al igual que nosotros, que Italia se extiende desde los Alpes hasta el cabo Lilibeo; saben, como nosotros, que el rey y su gobierno han traicionado la causa de Italia; ‒ y por eso ya no deben regresar al reino; tal es el pensamiento de la circular, que con inaudita desfachatez se coloca la máscara del amor de Su Majestad por la causa de la independencia. (En Alemania sabemos contar historias semejantes, igual de pulcras y aún mucho peores, de la estofa de Camphausen-Auerswald-Schreckenstein en relación con los voluntarios que marcharon a Schleswig.)

Mayr encuentra que al proyecto de ley le falta el valor debido. Mucho hay en él velado; hay que decir al pueblo abiertamente lo que en verdad son sus representantes. Exige que en el mensaje se hable de la secularización del gobierno, de la unidad de Italia mediante la creación de un Estado federal; y que esta propuesta, justamente, ha de partir de Roma. Echa de menos en el mensaje la mención de la exigencia de una unión aduanera italiana y de ferrocarriles. Farini habla a favor del proyecto. Aunque en parte lo está, Sterbini descubre sin embargo dos defectos importantes. El uno consiste más en la forma. La comisión se ha atenido de modo demasiado servil a la gastada costumbre de otros países constitucionales, donde se sigue período por período los llamados discursos del trono. El segundo defecto, mayor, es que falta un lenguaje claro y preciso que haga necesarias de nuevo aclaraciones. Las ideas que queremos expresar están envueltas en una bonita niebla de frases. Pero sobre todo falta la idea contenida en los deseos de todos nosotros: reunir aquí, en Roma, una Dieta italiana compuesta por diputados de todas las asambleas legislativas de las distintas partes de Italia, bajo la presidencia del Papa. En lo que respecta a Nápoles, desearía yo más indignación y una censura más fuerte por la palabra quebrantada y el daño infligido a la causa italiana. En cuanto a las trabas de la propiedad territorial provenientes de la Edad Media, apenas hay una leve observación, como si se hubiera temido ofender a una cierta clase de la sociedad. Pantaleoni echa de menos particularmente el tratamiento de la cuestión social ‒ esta cuestión que se debate en todas las partes de Europa, que ha derribado el trono francés y que se alza cada vez más amenazadora en el horizonte, como una oscura nube de tormenta. Entra aquí en los detalles de la cuestión desde su aspecto material y moral, y exige que se prevengan las consecuencias del abandono de las clases más pobres. El presidente Sereni, también miembro de la comisión, intenta defender el proyecto frente a las objeciones presentadas. Después de que otros oradores hicieran algunas observaciones, el debate se aplaza a la próxima sesión.