Neue Rheinische Zeitung - Debates de la Asamblea de Acuerdo de Berlín

Procesos judiciales contra la "Neue Rheinische Zeitung"

El ministerio de la acción

Debates de la Asamblea de Acuerdo de Berlín

["Neue Rheinische Zeitung" nº 37 del 7 de julio de 1848]

Colonia, 6 de julio. Mientras en Berlín la crisis ministerial nº 2 sigue su curso, queremos entretanto, para hablar con el diputado Mätze, retirarnos "de estas tormentas" al hasta ahora tan "plácido lago" del debate de la Asamblea de Acuerdo. Dígase lo que se quiera, aquí hemos pasado más de una hora de jovial regocijo -

Aquí aún reinan disciplina y buenas costumbres, Y más de un placer callado florece También aquí, en medio de nosotros.

<H. Heine, "Alemania. Un cuento de invierno", Caput XXV>

Le toca el turno a la sesión del 30 de junio. Ya de entrada se abre con importantes acontecimientos, muy particularmente característicos.

¿Quién no ha oído hablar de la gran campaña de los cincuenta y siete padres de familia de Berg y Mark para la salvación de la patria? ¿Quién no sabe con qué desprecio de la muerte esta flor y nata de la conservadora burguesía filistea se puso en marcha, dejando en la estacada a mujer e hijo y negocio, para acudir a la brecha, para librar a la revolución una batalla a vida o muerte, para, en una palabra, marchar a Berlín y entregar al ministerio una petición contra los agitadores?

Pues bien, estos cincuenta y siete paladines han presentado a la Asamblea de Acuerdo un escrito que contiene quedos deseos piadosos reaccionarios. El escrito es leído. Algunos señores de la derecha desean oír también las firmas. El secretario empieza a leer, se produce una interrupción, se grita: "¡Basta, basta!"

Diputado Berg:

"El escrito leído es o bien una propuesta o bien una petición. Si es una propuesta, quisiera saber qué miembro la hace suya. Si es una petición, que se remita a la comisión correspondiente y no se nos siga fastidiando con ella."

Esta lacónica respuesta del señor Berg zanja el asunto. El presidente balbucea algunas excusas y deja de lado el escrito de los cincuenta y siete padres de familia.

Acto seguido se levanta nuestro viejo amigo y de la izquierda, el diputado Schultz de Wanzleben:

"Anteayer retiré mis propuestas sobre el matrimonio civil, etc., con la declaración de que los proyectos de ley debían ser formulados por mí de otra manera. Al respecto encuentro anotado en los informes estenográficos: 'Risas'. Puede ser que uno u otro se haya reído con esto, pero ciertamente sin motivo." (nuevas risas.)

El diputado Schultz de Wanzleben expone ahora con la más honrada bonhomía que él solo quiere lo mejor y se deja instruir gustosamente por algo mejor; que se ha dejado instruir sobre la imperfección de los proyectos de ley por él presentados, que ahora no puede presentar él mismo enmiendas a sus propias propuestas, y que por ello considera su deber no "someter" la propuesta a la Asamblea en su forma original, sino retirarla provisionalmente.

"No encuentro nada ridículo en ello y debo protestar si mediante la palabra 'Risas' se presenta mi bien motivada manera de proceder como una manera ridícula."

Al diputado Schultz de Wanzleben le ocurre como al caballero Tannhäuser:

Cuando pienso en estas risas, De pronto lloro lágrimas.

<H. Heine, "Tannhäuser", Caput 2>

El diputado Brill observa que en los por lo demás tan excelentes informes estenográficos falta una frase del ministro Hansemann, según la cual el programa del presente ministerio es una continuación del discurso del trono. Esto se le ha quedado particularmente en la memoria porque, como impresor, pensó en la frase tantas veces impresa por él: "Continuación seguirá".

Este tratamiento frívolo de los objetos más serios indigna sobremanera al señor diputado Ritz. Se precipita a la tribuna y expresa:

"Señores míos, creo que corresponde a la dignidad de la Asamblea que nos abstengamos de los símiles en los discursos y de las comparaciones que están aquí fuera de lugar. Tampoco son parlamentarias. (Gran agitación.) Nosotros pasamos la sesión anterior con gran hilaridad, cosa que no considero adecuada a la dignidad de la Asamblea... yo recomendaría, en interés de la dignidad de esta Asamblea, una cierta sobriedad."

"En interés" de la "sobriedad" recomendada por el diputado Ritz, recomendaríamos al diputado Ritz, "en interés de la dignidad de la Asamblea", que tomara la palabra lo menos posible, ya que la "gran hilaridad" le sigue siempre los pasos.

Pero cuán malinterpretadas son siempre en este perverso mundo las bienintencionadas intenciones de tales honrados varones como los señores Schultz de Wanzleben y Ritz, se mostró enseguida. El presidente, el señor Grabow, nombró a los escrutadores y, entre ellos, para el centro izquierda al señor Schultz de Wanzleben (Risas) y para el centro derecha al señor Brill (Hilaridad). En lo que respecta al señor Brill, deben saber nuestros lectores que este diputado, que pertenece a la izquierda más decidida, se ha sentado en el centro derecha, en medio de los campesinos de la Alta Silesia y de Pomerania, entre quienes su popular talento oratorio ha hecho fracasar más de una insidiosa insinuación del partido reaccionario.

Sigue la interpelación del señor Behnsch a propósito de la nota rusa que se dice ha provocado la retirada de Wrangel de Jutlandia. Auerswald niega, a pesar del "Morning Chronicle" y de la "Abeja" rusa, la existencia de esta nota. Creemos que el señor Auerswald tiene razón; no creemos que Rusia haya enviado una "nota" oficial a Berlín. Pero lo que Nicolás ha enviado a Potsdam, tan poco podemos saberlo nosotros como el señor Auerswald.

El señor Behnsch interpela igualmente a propósito de la nota del comandante Wildenbruch al gobierno danés, según la cual la guerra danesa no sería más que una guerra fingida, un juego para ocupar el excedente de fuerza patriótica.

A esta interpelación, el señor Auerswald encuentra motivo para no responder.

Después de una aburrida y enrevesada discusión sobre comisiones especializadas, se produce por fin una escena parlamentaria realmente interesante, una escena en la que algo de indignación, algo de pasión, acalla victoriosamente el estereotipado redoble de tambor de la derecha. Es al diputado Gladbach a quien debemos esta escena. El ministro de la Guerra había prometido contestar hoy a su interpelación sobre el desarme y el arresto de los cuerpos francos retornados. <Véase "Debates de la Asamblea de Acuerdo">

Tan pronto como el presidente anuncia que este asunto está sobre el tapete, se levanta inmediatamente el señor teniente coronel Griesheim, a quien conocemos ya desde hace tiempo, y empieza a hablar. Pero esta impertinencia burocrático-militar es rechazada de inmediato mediante una violenta interrupción.

El presidente declara que, según el artículo 28 del reglamento, los asistentes de los ministros solo pueden tomar la palabra con autorización de la Asamblea.

Griesheim: Estoy aquí como representante del ministro de la Guerra.

Presidente: No se me ha notificado tal cosa.

Griesheim: Si los señores no quieren escucharme... (¡Oh! Agitación.)

¡"Los señores"! ¡Para el señor Griesheim "los señores" siguen siendo probablemente una "alta Asamblea"! El señor presidente habría debido llamar al orden al señor Griesheim por sus repetidos desprecios a toda decencia.

La Asamblea quiere escuchar al señor Griesheim. Antes toma aún la palabra el señor Gladbach para motivar su interpelación. Pero primero declara que ha interpelado al ministro de la Guerra y exige su presencia, facultad que corresponde reglamentariamente a la Asamblea. El presidente desestima esto, sin embargo, y, teniendo en cuenta la urgencia del asunto, el señor Gladbach entra en más detalles sobre la interpelación. Cuenta cómo los miembros de los cuerpos francos, después de haberse retirado y regresado a casa a causa de la aplicación del despotismo militar a su cuerpo, fueron proscritos en Spandau por el "maldito sistema policial, vuelto a salir de sus escondrijos de la noche a la mañana", con el estigma de los vagabundos; cómo se les desarmó en Spandau, se les retuvo y se les envió a casa con un pasaporte forzoso. El señor Gladbach es el primer diputado que ha logrado narrar una acción tan ignominiosa con toda la correspondiente indignación.

El señor Griesheim declara que la medida se tomó a requerimiento de la jefatura de policía de Berlín.

El señor Gladbach lee ahora la honorable licencia de uno de los voluntarios, firmada por el príncipe Federico de Schleswig-Holstein, y la contrasta con el pasaporte forzoso, redactado en términos completamente propios de un vagabundo, que al mismo voluntario le fue expedido en Spandau "por resolución ministerial". Señala el arresto, los trabajos forzados y la multa pecuniaria amenazados en el pasaporte forzoso, desmiente con un documento oficial la afirmación del señor Griesheim de que la medida había partido del jefe de policía, y pregunta si acaso hay en Spandau un ministerio ruso especial.

Por primera vez se sorprendía al ministerio en una falsedad directa. Toda la Asamblea cae en la mayor excitación.

El ministro del Interior, el señor Kühlwetter, se ve finalmente obligado, muy a su pesar, a levantarse y balbucir algunas excusas.

No había ocurrido nada más que el que a 18 personas armadas se les hubieran quitado las armas - ¡nada más que una ilegalidad! No se había podido tolerar que bandas armadas atravesaran el país sin permiso - ¡22 hombres de cuerpos francos que regresan a casa! (¡sin permiso!)

Las primeras palabras del señor ministro son acogidas con inequívocos signos de desaprobación. Incluso la derecha está aún demasiado bajo la impresión deprimente de los hechos como para no guardar silencio al menos. Pero pronto, cuando ve a su infortunado ministro serpentear trabajosamente entre las risas y murmullos de la izquierda, se envalentona, grita un ruidoso bravo a sus cojas evasivas, los centros se suman en parte, y así el señor Kühlwetter se vuelve finalmente tan envalentonado que puede decir: No yo, sino mi predecesor ordenó la medida, pero declaro que la apruebo plenamente y que, si se presentase el caso, obraría del mismo modo.

La derecha y los centros coronan la valentía de su heroico Kühlwetter con un bravo estruendoso.

Gladbach, sin embargo, no se deja amedrentar. Entre el ruido y los gritos de los conservadores, sube a la tribuna y pregunta de nuevo: ¿Cómo se explica que el señor Schreckenstein, que sin embargo ya era ministro antes de la historia de Spandau, no supiera nada de ello? ¿Cómo es posible que cuatro miembros de los cuerpos francos con certificados ventajosos puedan poner en peligro la seguridad del Estado? (Interrupción - observaciones reglamentarias de los señores del centro.) La cuestión no está resuelta. ¿Cómo se puede enviar forzosamente a su tierra natal a esta gente como vagabundos? (Interrupción. Ruido.) No he recibido aún respuesta a la pregunta sobre el pasaporte forzoso. Esta gente ha sido maltratada. ¿Por qué se tolera, en cambio, a una manada de heroicos repartidores de panfletos que, para oprobio de la capital (ruido creciente), han llegado armados del valle del Wupper? <véase p. 178> (Ruido. Bravo.)

¡A Kühlwetter se le ocurre finalmente decir que se hizo bajo el pretexto de una legitimación dudosa! Así pues, la licencia, firmada por la comandancia general de Schleswig-Holstein, ¿es para los burócratas policiales del señor Kühlwetter una legitimación que "está sujeta a dudas"? ¡Singular burocracia!

Algunos diputados más hablan contra los ministros, hasta que finalmente el presidente da el asunto por concluido y el diputado Mätze conduce a la Asamblea de las tormentas de este debate al plácido lago de la vida de los maestros de escuela, donde la dejamos, con los mejores augurios de las más hermosas alegrías idílicas.

Nos alegramos de que por fin una vez un diputado de la izquierda haya logrado, mediante una interpelación bien fundada y una intervención decidida, hacer pasar baquetas a los señores ministros y provocar una escena que recuerda a los debates parlamentarios franceses e ingleses.