"Neue Rheinische Zeitung" - Debates de la Asamblea de Acuerdo

Debates de la Asamblea de Acuerdo

["Neue Rheinische Zeitung" N.° 35, del 5 de julio de 1848]

Colonia, 4 de julio. Llegamos hoy a la sesión de la Asamblea de Acuerdo del 28 de junio. La Asamblea se halla frente a un nuevo presidente, un nuevo reglamento y nuevos ministros. Puede imaginarse, pues, cuán grande es la confusión.

Tras largos debates previos de carácter reglamentario y de otra índole, toma por fin la palabra el diputado Gladbach. La soldadesca prusiana ha desarmado hace unos días en Spandau, de manera violenta, a los voluntarios de la 6.ª Compañía del Cuerpo Franco, disuelta por sus convicciones republicanas, que regresaban de Schleswig-Holstein, e incluso ha detenido a algunos. No tenía absolutamente ningún fundamento legal ni autorización legal. El ejército, legalmente, no puede en absoluto emprender por su propia cuenta semejantes actos. Pero la mayoría de estos voluntarios eran combatientes de las barricadas de Berlín, y los señores de la Guardia tenían que vengarse en ellos.

El señor Gladbach interpeló al ministerio por este acto de despotismo militar.

El ministro de la Guerra, Schreckenstein, declara no saber nada al respecto y tener que reservarse pedir un informe sobre ello a la autoridad competente.

¡Así que para esto paga el pueblo un ministro de la Guerra, para que el 28 en Berlín todavía no sepa nada de lo que el 25, a tres horas de Berlín, en Spandau, ha hecho en materia de pasos el ejército, y para que, a tres horas de Berlín, por así decirlo ante sus propios ojos, los tenientes de la Guardia ocupen las estaciones de ferrocarril y arrebaten al pueblo armado las armas que le pertenecen, las que conquistó en el campo de batalla, sin dignarse siquiera honrar al señor ministro de la Guerra con un parte! Pero claro, el señor teniente coronel Schlichting, que llevó a cabo esta heroica hazaña, actuó según

«instrucciones» que probablemente recibe de Potsdam,
¡y a donde probablemente rinde también parte!

¡Mañana, implora el bien informado ministro de la Guerra, mañana quizá podré

dar una respuesta! <Véase «Debates de la Asamblea de Acuerdo de Berlín»,
págs. 180-183>

Sigue una interpelación de Zacharias: El ministerio ha prometido un proyecto de ley sobre la milicia ciudadana. ¿Se basará dicho proyecto en el principio del armamento general del pueblo?

El nuevo ministro del Interior, señor Kühlwetter, responde: Ciertamente hay un proyecto de ley sobre la milicia ciudadana, pero aún no ha sido discutido en el ministerio, por lo cual no puede decir nada más preciso al respecto.

¡Así que el nuevo ministerio está tan precipitadamente improvisado, se ha puesto tan poco de acuerdo sobre los principios rectores, que ni siquiera la candente cuestión del armamento del pueblo ha llegado aún a debate!

Una segunda interpelación del diputado Gladbach se refería al nombramiento definitivo de alcaldes y otros funcionarios por las autoridades hasta ahora encargadas de ello. Como toda la administración anterior subsiste sólo con carácter interino, sólo podrá también llenar interinamente las vacantes que surjan, hasta que la legislación haya estatuido cómo y por quién deben ser nombradas las diversas autoridades. A pesar de ello, se ha procedido al nombramiento definitivo de alcaldes y otros funcionarios.

El ministro Kühlwetter se manifiesta en líneas generales de acuerdo con el señor Gladbach y hará que sólo se nombren alcaldes provisionales.

Otra interpelación del señor Gladbach acerca de la suspensión de los numerosos funcionarios odiosos para sus administrados, de los cuales algunos, especialmente en el campo, fueron expulsados en el primer fervor revolucionario, es hábilmente escamoteada por el señor presidente Grabow.

Tras algunas negociaciones reglamentarias, pasó al orden del día la interpelación del diputado Dierschke sobre la circular de Köslin y su difusión por los gobiernos y las jefaturas de distrito. Pero el señor diputado había olvidado por completo que su moción figuraba en el orden del día y por tanto tampoco había traído los papeles necesarios para fundamentarla. No le quedó, pues, otra cosa que perderse en algunas frases generales sobre la reacción, recibir una respuesta muy poco satisfactoria del ministro y dejarse decir luego por el presidente que probablemente quedaría satisfecho.

Pero tiene que formular aún una segunda interpelación: Si los ministros

se proponen hacer frente a los intentos reaccionarios de la nobleza y del partido de los funcionarios.

Parece haber olvidado también para esto los papeles. En lugar de hechos, vuelve a aducir expresiones declamatorias y no sabe pedir nada mejor al ministerio que el que promulgue una proclama contra la reacción.

El señor Kühlwetter responde naturalmente que las convicciones de los propietarios de bienes nobiliarios y de los funcionarios no le incumben, sino sólo sus actos; esas personas tienen la misma libertad que el señor Dierschke, y por lo demás el señor Dierschke debería aducir hechos. La necia idea de un «decreto» contra la reacción la rechaza con la debida altivez. El señor Dierschke aduce ahora como hecho que en su distrito, el distrito de Ohlau, el jefe de distrito ha dicho que la Asamblea Nacional no se pondrá de acuerdo hasta que se la unifique a fuerza de metralla, y que su diputado (el propio Dierschke) ha manifestado que colgar a un ministro es una nimiedad.

De ello dedujo el presidente que el señor Dierschke se había dado también por satisfecho en relación con la segunda interpelación, y el señor Dierschke no encontró nada que objetar.

Pero el señor Hansemann no se da por satisfecho. Reprocha al orador haberse desviado de la cuestión. «Deja al criterio de la Asamblea juzgar en qué medida considera adecuado elevar acusaciones personales contra funcionarios si no se aducen al mismo tiempo las pruebas correspondientes».

Con este orgulloso desafío y bajo los sonoros bravos de la derecha y de los centros, el señor Hansemann toma asiento.

El diputado Elsner presenta una moción urgente. Debe nombrarse inmediatamente una comisión para investigar la situación de los hilanderos y tejedores, así como de toda la manufactura prusiana del lino.

En un breve y contundente discurso, el señor Elsner relata a la Asamblea cómo el viejo gobierno ha sacrificado la industria del lino en cada caso concreto a intereses dinásticos y legitimistas, o más bien a caprichos. España, México, Polonia, Cracovia sirvieron de prueba.

Afortunadamente, los hechos eran contundentes y sólo recaían sobre el viejo gobierno. Por eso no se suscitaron dificultades en ningún lado; el gobierno se puso de antemano a disposición de la comisión, y la moción fue aprobada por unanimidad.

Sigue la interpelación de d'Ester por el asunto de los polacos rapados.

D'Ester explica que no quiere sólo aclaraciones sobre el hecho, sino concretamente sobre las medidas adoptadas por el ministerio contra este proceder. Por eso se dirige no al ministro de la Guerra, sino a todo el ministerio.

Señor Auerswald: Si d'Ester no desea que se le responda sobre el caso particular, entonces «el ministerio no tiene ningún interés» en entrar en ello.

¡Verdaderamente, el ministerio no tiene ningún «interés» en entrar en la cuestión! ¡Qué novedad! En efecto, ¡sólo se suelen plantear interpelaciones sobre aquellas cuestiones en las que entrar «el ministerio» no tiene absolutamente «ningún interés»! ¡Precisamente porque no tiene interés en responderlas, precisamente por eso, señor presidente del consejo de ministros, se interpela al ministerio!

El señor presidente del consejo de ministros, por lo demás, debe de haber creído que no se hallaba ante sus superiores, sino ante sus subalternos. ¡Intenta hacer depender la respuesta a una pregunta del interés que en ella tiene, no la Asamblea, sino el ministerio!

Atribuimos únicamente a la inexperiencia del señor presidente Grabow el que no llamase al orden al señor Auerswald por esta arrogancia burocrática.

El presidente del consejo de ministros aseguró, por lo demás, que se actuaría enérgicamente contra el rapado de polacos, aunque no podía comunicar detalles hasta más tarde.

D'Ester accede de muy buen grado al aplazamiento, pero desea que se le indique el día en que Auerswald quiera responder.

El señor Auerswald, que debe de ser seguramente duro de oído, responde: Creo que en mi declaración no hay nada que indique que el ministerio no quiera volver más tarde sobre el asunto (!); aún no puede determinar el día.

Behnsch y d'Ester declaran además expresamente que exigen también aclaraciones sobre el hecho mismo.

Luego sigue la segunda interpelación de d'Ester: Qué significan los preparativos militares en la provincia del Rin y sobre todo en Colonia, y si tal vez se ha hecho necesaria una cobertura de la frontera francesa.

El señor Schreckenstein responde: Salvo algunos reservistas sueltos, hace meses que no se han enviado tropas al Rin. (Ciertamente, bravo Bayardo, pero ya hacía tiempo que había demasiadas allí.)
Todas
las fortalezas están siendo artilladas, no sólo Colonia <Véase «Colonia en peligro»>, para que la patria no corra peligro.

Así que, ¿si en Colonia las tropas no son acuarteladas en los fuertes, donde no tienen absolutamente nada que hacer y están muy mal alojadas, si la artillería no recibe fusiles, si no se entregan a las tropas raciones de pan para ocho días por adelantado, si la infantería no es provista de cartuchos de bala y la artillería de proyectiles de metralla y de cañón, corre peligro la patria? Según el señor Schreckenstein, ¡la patria sólo está fuera de peligro cuando Colonia y otras grandes ciudades están en peligro!

Por lo demás, «¡todos los movimientos de tropas tienen que quedar librados exclusivamente a la discreción de un militar, el ministro de la Guerra, pues de lo contrario éste no puede ser responsable!»

¡Se cree estar oyendo a una jovencita requerida por su virtud, y no al Bayardo prusiano pro tempore <actual> sin miedo y sin tacha, barón imperial Roth von Schreckenstein, de aterrador nombre!

Cuando el diputado doctor en medicina d'Ester, que es en verdad un enano junto al poderoso barón imperial Roth v. Schreckenstein, pregunta a dicho Schreckenstein qué significa tal o cual medida, el gran barón imperial cree que el pequeño doctor en medicina quiere arrebatarle la libre disposición sobre el despliegue de tropas, ¡y entonces él ya no podría ser responsable!

En resumidas cuentas: El señor ministro de la Guerra declara que no se le debe exigir responsabilidades, porque de lo contrario no puede ser responsable en absoluto.

¡Además, qué pesa la interpelación de un diputado frente a «la discreción de un militar, y más aún de un ministro de la Guerra»!

D'Ester, ciertamente, no se declara satisfecho, pero de la respuesta de Schreckenstein extrae la conclusión de que los preparativos militares se han hecho para protección de la frontera francesa.

El presidente del consejo de ministros Auerswald rechaza esta conclusión.

Cuando se artillan
todas
las fortalezas fronterizas, todas las fronteras quedan «cubiertas». Si todas las fronteras están cubiertas, también la frontera francesa queda «cubierta».

El señor Auerswald concede las premisas y no acepta la conclusión «en nombre del ministerio de Estado».

Nosotros, en cambio, «aceptamos en nombre» del sano sentido común que el señor Auerswald no es sólo duro de oído.

D'Ester y Pfahl protestan inmediatamente.
Reichenbach
explica que Neisse, la fortaleza más importante de Silesia hacia el este, no está siendo artillada en absoluto y se halla en el estado más lamentable. Cuando da detalles al respecto, la derecha, apoyada por los centros, empieza un espantoso alboroto, y Reichenbach tiene que abandonar la tribuna.

El señor
Moritz
:

«¡El conde Reichenbach no ha indicado ningún motivo por el cual haya tomado la palabra (!). Por
el mismo motivo, creo, puedo tomar yo también la palabra
(!!). Considero antiparlamentario e inaudito hasta ahora en la historia de los parlamentos, de tal manera... (gran agitación) poner al ministerio en aprietos, traer a colación cosas que no pertenecen al dominio público... no hemos sido enviados aquí para poner en
peligro
a la patria.» (Terrible pataleo. Nuestro Moritz tiene que bajar de la tribuna.)

El diputado Esser I apacigua el tumulto mediante una discusión tan minuciosa como pertinente del § 28 del reglamento.

El señor
Moritz
protesta: no ha pretendido rectificar un hecho, sino sólo «¡hablar por el mismo motivo que el conde Reichenbach!». El bando conservador lo ampara y le impone un ruidoso bravo, contra lo cual la extrema izquierda, entretanto, tamborilea.

Auerswald
:

«¿Si es oportuno discutir tales detalles sobre la capacidad defensiva del Estado prusiano en particular o en conjunto?»

Observamos, en primer lugar, que no se ha hablado de la capacidad defensiva, sino de la indefensión del Estado. En segundo lugar, que lo inoportuno radica en que el ministro de la Guerra arma contra el interior y no contra el exterior, y no en que se le recuerde su deber.

La derecha se aburre terriblemente y pide a gritos el fin. El presidente declara, entre todo tipo de ruido, que el asunto está liquidado.

En el orden del día figura una moción de
Jung
. El señor Jung considera conveniente estar ausente. ¡Admirable representación popular!

Ahora viene una interpelación del diputado
Scholz
. Reza textualmente:

«Interpelación al señor ministro del Interior, si éste está en condiciones de dar información o se halla dispuesto a responder acerca de la inconveniente introducción de los "constables" en los distritos.»

Presidente
: Pregunto en primer lugar si se entiende esta interpelación.

(No se entiende y se lee de nuevo.)

Ministro
Kühlwetter
: En verdad no sé sobre qué se me pide información. No entiendo la pregunta.

Presidente
: ¿Se apoya la interpelación? (No es apoyada.)

Scholz
: Retiro mi moción provisionalmente.

También nosotros nos «retiramos» por hoy después de esta impagable escena, «inaudita en la historia de los parlamentos».