Nueva Gaceta Renana – Debates de la Asamblea de Acuerdo

Debates de la Asamblea de Acuerdo

[“Nueva Gaceta Renana” nº 34, del 4 de julio de 1848]

Colonia
, 2 de julio. Después de la tragedia, el idilio; después del trueno de las jornadas de junio en París, el tamborileo de los conciliadores berlineses. Habíamos perdido de vista por completo a los señores, y he aquí que descubrimos que, en el mismo momento en que Cavaignac cañoneaba el Faubourg Saint-Antoine, el señor Camphausen pronunciaba un melancólico discurso de despedida y el señor Hansemann presentaba el programa del nuevo ministerio.

Observamos ante todo, con satisfacción, que el señor Hansemann ha seguido nuestro consejo <Véase “El gabinete Hansemann”> y no se ha convertido en ministro presidente. Ha comprendido que es más grande hacer ministros presidentes que ser ministro presidente.

El nuevo ministerio es y sigue siendo, pese al préstamo de nombre (prête-nom) de Auerswald, el ministerio Hansemann. Y se manifiesta como tal al presentarse como el ministerio de la acción, de la ejecución. ¡El señor Auerswald no tiene verdaderamente ningún derecho a ser ministro de la acción!

El programa del señor Hansemann es conocido. No entraremos en sus puntos políticos, que ya han pasto de los periódicos alemanes más o menos pequeños. Sólo hay un punto que no se ha osado tocar, y para que el señor Hansemann no salga perjudicado, queremos ocuparnos de él.

El señor Hansemann declara:

“Para animar la actividad productiva y, por tanto, para acabar con la penuria de las clases trabajadoras manuales, no hay por ahora medio más eficaz que restablecer la debilitada confianza en el mantenimiento del orden legal y en la pronta y firme fundamentación de la monarquía constitucional. Persiguiendo esta meta con todas nuestras fuerzas, combatimos pues, del modo más seguro, la falta de trabajo y la miseria.”

Al comenzar su programa, el señor Hansemann ya había dicho que, con ese fin, presentaría nuevas leyes represivas en la medida en que la vieja legislación (¡la legislación del Estado policial!) no fuera suficiente.

Esto es bastante claro. ¡La vieja legislación despótica no es suficiente! ¡No es el ministro de Obras Públicas ni el ministro de Hacienda, sino el ministro de la Guerra, en cuyo departamento corresponde la tarea de remediar la penuria de las clases trabajadoras! Leyes represivas en primera línea, metralla y bayonetas en segunda; en efecto, “¡no hay medio más eficaz”! ¿Acaso el señor Schreckenstein, cuyo solo nombre, a raíz de aquella proclama de Westfalia, infunde pavor a los agitadores, tendrá ganas de continuar sus hazañas de Tréveris y convertirse en un Cavaignac a escala reducida prusiana?

Pero el señor Hansemann tiene otros medios aparte de este medio “más eficaz”:

“Pero procurar ocupación mediante obras públicas que reporten verdadera utilidad al país es también necesario para ello.”

El señor Hansemann “dispondrá, pues, obras aún mucho más vastas para la salvación de todas las clases productivas del país” que el señor Patow. Pero lo hará “tan pronto como el ministerio consiga disipar los temores, alimentados por los disturbios y las provocaciones, acerca del derrocamiento de las relaciones estatales y restablecer la confianza general, necesaria para procurar los medios dinerarios requeridos.”

El señor Hansemann no puede hacer emprender obras por el momento, porque no puede obtener dinero. Y no puede obtener dinero hasta que se haya restablecido la confianza. Pero tan pronto como se restablezca la confianza, tal como él mismo dice, los obreros están ocupados, y el gobierno ya no necesita procurar más ocupación.

En este círculo, en modo alguno vicioso, sino muy burgués y virtuosamente virtuoso, giran las medidas del señor Hansemann para remediar la penuria. Por el momento, el señor Hansemann no tiene nada que ofrecer a los obreros, salvo leyes de septiembre y un Cavaignac en miniatura. En efecto, ¡este es un ministerio de la acción!

No nos detendremos más en el reconocimiento de la revolución que aparece en el programa. El “corresponsal bien informado de G.” de la “Kölnische Zeitung” ya ha dado a entender al público en qué medida el señor Hansemann ha salvado el terreno jurídico para provecho de publicistas vecinos. El señor Hansemann ha reconocido de la revolución que, en el fondo, no fue una revolución.

Apenas había terminado el señor Hansemann, se levantó el ministro presidente Auerswald, que también tenía que decir algo. Sacó un papel escrito y leyó lo siguiente, poco más o menos, pero sin gracia:

¡Señores diputados! Soy feliz hoy
de demorar en medio vuestro,
donde tantos ánimos nobles me
aúllan su amor al encuentro.

Lo que en este instante
siento es inconmensurable;
¡ah! Esta hermosa hora
me será eternamente inolvidable.

<H. Heine, “Alemania. Un cuento de invierno”, capítulo XII>

Observamos que hemos dado aquí la interpretación más favorable al papel bastante incomprensible del señor ministro presidente.

Apenas termina el señor Auerswald, nuestro Hansemann se levanta de nuevo de un salto para probar, mediante una cuestión de gabinete, que sigue siendo el mismo de siempre. Exige que el proyecto de mensaje <Véase “La cuestión del mensaje”> vuelva a la comisión, y dice:

“La acogida que esta primera moción encuentre en la Asamblea dará la medida de la mayor o menor confianza con que la alta Asamblea reciba al nuevo ministerio.”

Esto fue ya demasiado. El diputado Weichsel, sin duda un lector de la “Nueva Gaceta Renana” <Véase “Cuestiones de vida o muerte”>, corre enfurecido a la tribuna y expresa una decidida protesta contra ese invariable método de la cuestión de gabinete. Hasta aquí, muy bien. Pero cuando un alemán ha tomado una vez la palabra, no se la deja arrebatar tan pronto, y de este modo el señor Weichsel se explayó en un largo discurso sobre esto y aquello, sobre la revolución, el año 1807 y el año 1815, sobre un corazón cálido bajo una blusa y varios otros temas. Todo ello porque “le era necesario desahogarse”. Un ruido terrible, mezclado con algunos bravos de la izquierda, obligó al buen hombre a bajar de la tribuna.

El señor Hansemann aseguró a la Asamblea que no era en modo alguno la intención del ministerio plantear cuestiones de gabinete a la ligera. Y que tampoco se trataba esta vez de una cuestión entera, sino sólo de una media cuestión de gabinete, por lo cual no valía la pena hablar más de ella.

Ahora se entabla un debate como rara vez se ve. Todos hablan a la vez y la discusión pasa de un asunto a otro sin ton ni son.

Cuestión de gabinete, orden del día, reglamento, nacionalidad polaca, aplazamiento, con los correspondientes bravos y ruidos, se entrecruzaron durante un tiempo. Finalmente, el señor Parrisius observa que el señor Hansemann ha presentado una moción en nombre del ministerio, cuando el ministerio como tal no puede presentar moción alguna, sino sólo hacer comunicaciones.

El señor Hansemann responde: Ha sido un lapsus linguae; la moción no es en el fondo una moción, sino simplemente un deseo del ministerio.

¡La grandiosa cuestión de gabinete se reduce, pues, a un simple “deseo” de los señores ministros!

El señor Parrisius salta desde el lado izquierdo a la tribuna. El señor Ritz, desde el derecho. Arriba se encuentran. Una colisión es inevitable —ninguno de los dos héroes quiere ceder—; entonces el presidente, el señor Esser, toma la palabra, y ambos héroes se retiran.

El señor Zachariä hace suya la moción del ministerio y exige el debate inmediato.

El señor Zachariä, el servicial auxiliar de este ministerio como del anterior, el mismo que en la moción de Berends apareció como ángel salvador con una enmienda presentada en el momento justo <Véase “El debate berlinés sobre la revolución”, pág. 74>, no encuentra nada más que decir para motivar su moción. Lo que ha dicho el señor ministro de Hacienda basta plenamente.

Se entabla ahora un debate más largo con las imprescindibles enmiendas, interrupciones, tamborileos, golpes y sutilezas reglamentarias. No se puede pretender que conduzcamos a nuestros lectores a través de este laberinto; sólo podemos abrirles algunas de las perspectivas más graciosas de esta confusión.

1. El diputado Waldeck nos instruye: El mensaje no puede volver a la comisión, pues la comisión ya no existe.

2. El diputado Hüffer desarrolla: El mensaje no es una respuesta a la Corona, sino a los ministros. Los ministros que redactaron el discurso del trono ya no existen; ¿cómo responder, pues, a alguien que ya no existe?

3. El diputado d’Ester extrae de aquí, en forma de enmienda, la siguiente conclusión: La Asamblea quiere dejar caer el mensaje.

4. Esta enmienda es descartada por el presidente, Esser, del siguiente modo: Esta propuesta parece ser una moción nueva y no una enmienda.

Este es todo el esqueleto del debate. Pero alrededor de este flaco esqueleto se agrupa una masa de carne esponjosa en forma de discursos de los señores ministros Rodbertus y Kühlwetter, de los señores diputados Zachariä, Reichensperger II, etc.

La situación es en grado sumo desconcertante. Como dice el propio señor Rodbertus, ¡es “algo inaudito en la historia de los parlamentos que un ministerio dimita cuando el proyecto de mensaje estaba ya presentado y el debate sobre él a punto de comenzar”! Prusia tiene, en general, la suerte de que en sus seis primeras semanas parlamentarias casi sólo han ocurrido cosas “inauditas en la historia de los parlamentos”.

El señor Hansemann se halla en el mismo apuro que la Cámara. El mensaje, de fachada una respuesta al discurso del trono de Camphausen-Hansemann, debe ser, en el fondo, una respuesta al programa Hansemann-Auerswald. La comisión, complaciente con Camphausen, debe, por tanto, mostrar igual complacencia con el señor Hansemann. La dificultad estriba únicamente en hacer comprender a la gente esta exigencia “inaudita en la historia de los parlamentos”. Se emplean todos los medios. Rodbertus, esa arpa eólica del centro izquierda, susurra sus tonos más dulces. Kühlwetter calma por todos lados; ¡bien podría ser que, con el nuevo examen del proyecto de mensaje, se “pudiera llegar a la convicción de que tampoco ahora hay que introducir modificación alguna (!), pero para alcanzar esta convicción” (!!), el proyecto debe volver una vez más a la comisión! El señor Hansemann, por último, a quien este largo debate aburre como siempre, corta el nudo diciendo claramente por qué debe volver el proyecto a la comisión: no quiere que las nuevas modificaciones se cuelen por la puerta trasera como enmiendas ministeriales, sino que deben entrar pavoneándose en la sala por la gran puerta cochera, con las hojas abiertas de par en par, como propuestas de la comisión.

El ministro presidente declara que es necesario que “el ministerio colabore de manera constitucional en el proyecto de mensaje”. Qué significa esto y qué constituciones tiene en mente el señor Auerswald, no somos capaces de decirlo ni siquiera tras una larga reflexión. Tanto menos cuanto que Prusia, en este momento, no tiene constitución alguna.

Del lado opuesto sólo hay que mencionar dos discursos: los de los señores d’Ester y Hüffer. El señor d’Ester ha parodiado con mucho acierto el programa del señor Hansemann, aplicando sus anteriores y despectivas manifestaciones sobre las abstracciones, las inútiles disputas de principios, etc., a su muy abstracto programa. D’Ester exhortó al ministerio de la acción a “pasar por fin a la acción y dejar a un lado las cuestiones de principios”. Ya mencionamos antes su moción, la única razonable del día.

El señor Hüffer, que había expresado con la máxima agudeza el punto de vista correcto en lo tocante al mensaje, lo formuló también del modo más tajante respecto a la exigencia del señor Hansemann: El ministerio pide que, por confianza hacia él, devolvamos el mensaje a la comisión, y hace depender su existencia de esta decisión. Ahora bien, el ministerio no puede reclamar un voto de confianza más que por actos que él mismo realiza, no por actos que exige de la Asamblea.

En resumidas cuentas: el señor Hansemann exigía un voto de confianza, y la Asamblea, para ahorrar un mal rato al señor Hansemann, votó una censura indirecta a su comisión del mensaje. Los señores diputados aprenderán pronto, bajo el ministerio de la acción, lo que es la famosa Treasury-Whip (el látigo ministerial).