La revolución de Junio
[El curso de la insurrección en Paris]
Poco a poco, se van reuniendo los elementos necesarios para for
marse una idea de conjunto acerca de la revolución de Junio; se
completan los informes, se va haciendo posible distinguir los
hechos de los rumores y de las mentiras, y se destaca cada vez con
mayor claridad el carácter de la insurrección. Y cuanto más vamos
logrando ver en su entrelazamiento los acontecimientos de las cua
tro jornadas de junio, más nos asombran las proporciones gigan
tescas de la insurrección, su heroísmo, la organización rápidamente
improvisada y la unanimidad de los insurrectos.
El plan de batalla de los obreros, atribuido a Kersausie, amigo
de Raspad y ex oficial del ejército, era el siguiente:
Los insurrectos avanzaron en cuatro columnas y en movimien
to concéntrico sobre el Ayuntamiento.
La primera columna, cuya base de operaciones eran los subur
bios de Montmartre, La Chapelle y La Villete, avanzó hacia el Sur
desde las barreras de Poissonnière, Rochechouart, Saint Denis y La
Villette, ocupó los bulevares y se acercó al Ayuntamiento por las
calles de Montorgueil, Saint Denis y Saint Martin.
La segunda columna, que tenía como base los faubourgs del
Temple y de Saint Antoine, habitados casi en su totalidad por obre
ros y cubiertos por el canal de Saint Martin, avanzó hacia el centro
de la ciudad por las calles del Temple y de Saint Antoine, atrave
sando los muelles de la orilla norte del Sena y por todas las calles
paralelas del barrio intermedio.
La tercera columna, apoyada en el Faubourg Saint Marceau,
avanzó sobre la isla de la Cité por la calle de Saint Victor y los mue
lles de la orilla sur del río.
Por último, la cuarta columna, tomando como base el Faubourg
Saint Jacques y la zona de la Escuela de Medicina, avanzó también

sobre la Cité por la calle de Saint Jacques. Desde la Cité, las dos
columnas, unidas, avanzaron por la orilla derecha del Sena y toma
ron el Ayuntamiento de flanco y por detrás.
Este plan se basaba, por tanto, con mucho acierto, en los barrios
de la ciudad habitados exclusivamente por obreros, que rodean en
semicírculo toda la mitad este de París y que van ensanchándose
conforme se avanza hacia el Este. Se trataba de limpiar primero de
enemigos el este de París y de avanzar luego por las dos márgenes
del Sena hacia el Oeste y sus centros, las Tullerías y la Asamblea
Nacional.
Las columnas avanzaban apoyadas por una serie de cuerpos
volantes, operaban entre ellas y en sus flancos, pero por cuenta pro
pia, levantaban barricadas, ocupaban las pequeñas calles y mante
nían los contactos.
Para el caso de un repliegue, las bases de operaciones habían
sido fuertemente, atrincheradas y convertidas con todas las reglas
del arte en temibles fortalezas, como ocurría con el Clos Saint Laza
re, el Faubourg y el barrio de Saint Antoine y el Faubourg de Saint
Jacques.
Si este plan adolecía de algún defecto era el no tener en cuenta
para nada, al comienzo de las operaciones, la parte oeste de París.
En esta parte, a los dos lados de la calle de Saint Honoré y junto a
los Halles y el Palais National, hay varios barrios que se prestan
magníficamente para revueltas populares, con calles muy estrechas
y tortuosas, habitadas preferentemente por obreros. Habría sido
importante haber establecido aquí una quinta columna de la insu
rrección, aislando así el Ayuntamiento y obligando a concentrar
una gran masa de tropas en este baluarte avanzado. El triunfo de la
insurrección dependía de que los insurrectos pudieran llegar lo
antes posible al centro de París y asegurarse la conquista del edifi
cio del Ayuntamiento. No sabemos hasta qué punto resultaría
imposible para Kersausie organizar aquí la insurrección. Pero es un
hecho que jamás ha logrado imponerse en París un movimiento
insurreccional sin apoderarse desde el primer momento de este cen

tro de la capital que linda con las Tullerías. Baste recordar la insu
rrección que estalló en el entierro del general Lamarque,112 la cual,
habiendo logrado penetrar también hasta la calle Montorgueil, fue
luego rechazada.
Los insurrectos avanzaron con arreglo a los planes trazados.
Inmediatamente, se pusieron a separar su territorio, el París de los
obreros, del París de los burgueses, mediante dos grandes obras de
defensa: las barricadas de la Puerta Saint Denis y las de la Cité. Fue
ron desalojados de las primeras, pero lograron mantenerse en las
segundas. El primer día, el 23, fue un simple preludio. El plan de los
insurrectos estaba ya claro (y la Nueva Gaceta Renana supo com
prenderlo certeramente desde el primer momento, véase núm. 26
suplemento extra),a sobre todo después de los primeros encuentros
de la mañana entre las avanzadas. El bulevar Saint Martin, que cru
za a través de la línea de operaciones de la primera columna, se con
virtió en escenario de enconadas luchas, las cuales terminaron aquí
con la victoria de las fuerzas del “orden”, impuesta en parte por las
condiciones locales.
Fueron cortados los accesos a la Cité, a la derecha por un cuer
po volante que fue a emplazarse en la calle de Planche-Mibray, y a
la izquierda por la tercera y la cuarta columnas, que ocuparon y
fortificaron los tres puentes del sur de la Cité. También aquí se tra
bó un combate muy violento. Las fuerzas del “orden” lograron apo
derarse del puente Saint Michel y avanzar hasta la calle de Saint Jacques. Se jactaban de que pondrían fin a la revuelta antes de que
cayera la noche.
Si el plan de los insurrectos estaba ya claro, más lo estaba aún el
El 5 de junio de 1832 las fuerzas del ala izquierda del partido republicano, entre ellos la
Sociedad de los Amigos del Pueblo, aprovecharon los funerales del general Lamarque para
organizar una manifestación pacífica. Lamarque era el portavoz de los pocos diputados repu
blicanos de la nueva Cámara. Esta manifestación se convirtió, por culpa del gobierno, en un
choque sangriento que se prolongó hasta la tarde del 6 de junio, principalmente en los alre
dedores del antiguo convento de Saint Merry, donde lucharon tras las barricadas los últimos
republicanos, entre los que se encontraban muchos obreros.
a Véase supra, pp. 130 y ss.

de las fuerzas del “orden”. Este plan se reducía por el momento a
aplastar la insurrección por todos los medios. Esta intención fue
dada a conocer a los insurrectos mediante el disparo de granadas
de cañón y cohetes incendiarios.
Pero el gobierno creía habérselas con una banda desorganizada
de revoltosos que actuaban sin plan alguno. Después de despejar
hacia el anochecer las calles principales, declaró que la revuelta esta
ba liquidada y ocupó con tropas, bastante descuidadamente, las par
tes conquistadas de la ciudad.
Los insurrectos supieron aprovechar magníficamente esta negli
gencia para iniciar la gran batalla, después de las escaramuzas del
día 23 entre las avanzadas. Es en verdad asombrosa la rapidez con
que los obreros se asimilaron el plan de operaciones, la uniformi
dad con que combinaban sus movimientos y la pericia con que
sabían aprovechar un terreno tan complicado como aquel en que se
movían. Todo lo cual habría sido inexplicable si los obreros no
se hubieran hallado ya bastante bien organizados militarmente en
los Talleres Nacionales113 y distribuidos en compañías, gracias a lo
cual les bastaba con trasplantar su organización industrial a las acti
vidades de la guerra para poner en pie inmediatamente un ejército
perfectamente estructurado.
En la mañana del 24, los insurrectos no sólo habían recuperado
todo el terreno perdido, sino que habían conquistado, además, nue
vas posiciones. Es cierto que la línea de los bulevares, hasta la del
Temple, seguía ocupada por las tropas, lo que hacía que la primera
columna de los insurrectos quedara cortada por el centro; pero, a
cambio de ello, la segunda columna avanzó desde el barrio de Saint
Antoine hasta lograr cercar casi por completo el Ayuntamiento. Esta
bleció su cuartel general en la iglesia de Saint Gervais, a 300 pasos
del Ayuntamiento, y se apoderó del convento de Saint Merry y calles
adyacentes; y, avanzando hasta mucho más allá del Ayuntamiento,
logró aislarla casi totalmente, junto con las columnas de la Cité. Sólo
quedó libre un acceso a ella: los muelles de la orilla derecha del Sena.
113 Véase supra, nota 86.

En el Sur, los insurrectos volvían a ocupar totalmente el Faubourg
Saint Jacques, habían restablecido las comunicaciones con la Cité, la
fortificaron y prepararon el paso hacia la orilla derecha.
Estaba claro que no había tiempo que perder. El Ayuntamiento,
centro revolucionario de París, se hallaba amenazado y debía caer
antes de que el enemigo procediese a adoptar medidas decisivas.
[Neue Reihnische Zeitung, núm. 31,1 de julio de 1848]
[VI]
La revolución de Junio
La Asamblea Nacional, empavorecida, nombró dictador a Cavaignac114 y éste, habituado desde Argelia a intervenir “enérgicamente”,
sabía lo que tenía que hacer.
Inmediatamente, avanzaron diez batallones a lo largo del mue
lle de PÉcole hacia el Ayuntamiento. Cortaron las comunicaciones
de los insurrectos de la Cité con la margen derecha, aseguraron el
Ayuntamiento y se permitieron, incluso, lanzar asaltos contra las
barricadas levantadas a su alrededor.
Fue despejada y mantenida constantemente limpiada calle de
Planche-Mibray y su continuación, la calle de Saint Martin. La arti
llería pesada barrió el puente de Notre-Dame, situado en frente y
que conduce a la Cité. Logrado esto, Cavaignac avanzó directamente
sobre la Cité para proceder allí con toda “energía”. El puesto princi
pal de los insurrectos, el almacén de la “Belle Jardinière”, fue caño
neado primero por la artillería y luego incendiado por medio de
cohetes; tres puentes tendidos hacia la orilla izquierda fueron toma
dos por asalto, y los insurrectos, rechazados, hubieron de replegarse
sobre aquella margen del río. Entre tanto, los 14 batallones empla
zados en la plaza de Grève y en los muelles del Sena levantaron el
Se hace referencia a la sesión de la Asamblea Nacional francesa, del 24 de junio de
1848.

cerco del Ayuntamiento, y la iglesia de Saint Gervais quedó reducida
de cuartel general a un puesto avanzado y perdido de los insurrectos.
La calle de Saint Jacques no sólo fue atacada por la artillería des
de la Cité, sino tomada además de flanco desde la orilla izquierda.
El general Damesme avanzó a lo largo del Jardín de Luxemburgo
hacia la Sorbona, tomó el Barrio Latino y envió sus columnas hacia
el Panteón. La plaza del Panteón estaba convertida en una temible
fortaleza. Hacía ya mucho tiempo que había sido tomada la calle
de Saint Jacques, cuando las fuerzas del “orden” seguían encontrán
dose aquí con un baluarte inexpugnable. Habían fracasado los
cañones y los ataques a la bayoneta, hasta que, por último, la fatiga,
la falta de municiones y la amenaza formulada por los burgueses
de pegar fuego al barrio obligaron a los 1 500 obreros, cercados por
todas partes, a rendirse. Casi al mismo tiempo caía en manos de las
fuerzas del “orden” la plaza Maubert, tras larga y valerosa resisten
cia, y los insurrectos, desalojados de sus posiciones más sólidas,
veíanse forzados a abandonar toda la orilla izquierda del Sena.
Entre tanto, las posiciones que las tropas y los guardias nacio
nales ocupaban en los bulevares de la margen derecha fueron utili
zadas también para presionar hacia ambos lados. Lamoriciére, que
mandaba este sector, ordenó que fuesen despejadas por la artillería
gruesa y los rápidos ataques de las tropas las calles de los faubourgs,
Saint Denis y Saint Martin, el bulevar del Temple y media calle del
Temple. Este general podía jactarse de haber logrado brillantes éxi
tos antes del anochecer: había dejado cortada y cercada a medias la
primera columna insurrecta en el Clos Saint Lazare, había logrado
rechazar a la segunda y, con su avance en los bulevares, había intro
ducido una cuña entre las dos.
¿Cómo pudo Cavaignac conseguir estas ventajas?
En primer lugar, gracias a la enorme superioridad de fuerzas
que le fue posible desplegar contra los insurrectos. Para el día 24
tenía a su disposición no sólo los 20 000 hombres de la guarnición
de París, los 20 000 a 25 000 hombres de la Guardia Móvil y los
60 000 a 80 000 de la Guardia Nacional disponible, sino también

i6o
los efectivos de la Guardia Nacional de todos los alrededores de
París y de varias ciudades alejadas (de 20 000 a 30 000 hombres), y
además 20 000 a 30 000 soldados enviados con toda celeridad de las
guarniciones cercanas a la capital. El 24 por la mañana, tenía ya bajo
su mando a más de 100 000 hombres, que en el transcurso del día
aumentaron en 50 000 más. Y los contingentes de los insurrectos
sumaban, cuando mucho, ¡de 40 000 a 30 000 hombres!
En segundo lugar, gracias a los medios brutales que empleó.
Hasta entonces, solamente una vez habían disparado los cañones
en las calles de París: en el Vendimiario de 1795, el día en que Napo
león dispersó con bombas de metralla a los insurrectos, en la calle
de Saint Honoré.115 Pero nunca hasta entonces se había empleado
la artillería contra barricadas y contra casas, y menos aún las gra
nadas y los cohetes incendiarios. El pueblo no estaba todavía pre
parado contra estas armas; se hallaba inerme frente a ellas, y el úni
co recurso que habría podido emplear en contra de tales ataques, el
incendio, repugnaba a sus nobles sentimientos. Hasta ahora, el pue
blo no había sospechado siquiera que en pleno París pudiera des
atarse una guerra de éstas, a la argelina. Por eso retrocedió, y su pri
mer repliegue decidió ya su derrota.
El 25, Cavaignac avanzó a la cabeza de tropas aún muy superio
res. Los insurrectos se hallaban ya circunscritos a un solo barrio, a
los faubourgs de Saint Antoine y el Temple; tenían, además, en sus
manos dos puestos avanzados, el Clos Saint Lazare y una parte del
barrio de Saint Antoine, hasta el puente de Damiette.
Cavaignac, que había vuelto a recibir de 20 000 a 30 000 hom
bres de refuerzo, aparte de considerable parque de artillería, orde
nó que se atacasen primeramente los puestos avanzados de los insu
rrectos, y principalmente el Clos Saint Lazare. Los insurrectos se
habían atrincherado allí como en una ciudadela. Por último, tras
doce horas de continuo cañoneo y lanzamiento de granadas, Lamoriciére logró desalojar a los obreros de sus posiciones y ocupar el
El 12 y 13 Vendimiario (4 y 5 de octubre) de 1795, aplastó Napoleón en París una suble
vación de los realistas, que se oponían a la Convención.

Clos; pero, para conseguir esto, tuvo primero que hacer posible un
ataque de flanco desde las calles de Rochechouart y Poissonnière y
demoler las barricadas, el primer día, con cuarenta cañones, y el
segundo día, con un número todavía mayor de piezas de artillería.
Otra parte de su columna avanzó por el Faubourg Saint Martin
hasta el Faubourg del Temple, pero sin conseguir nada; entre tanto,
otra columna bajada por los bulevares hasta la Bastilla, pero sin
lograr tampoco llegar lejos, pues sólo pudo destruir, después de un
violento cañoneo, una serie de barricadas verdaderamente temi
bles. Allí quedaron espantosamente destruidas las casas.
La columna de Duvivier, que atacó desde el Ayuntamiento, hizo
retroceder más y más a los insurrectos bajo un fuego constante de la
artillería. Fue tomada la iglesia de Saint Gervais y despejada la calle
de Saint Antoine hasta muy lejos del Ayuntamiento, mientras varias
columnas que avanzaban a lo largo del muelle sobre el Sena y las calles
paralelas limpiaban el puente de Damiette, lo que permitía a los insu
rrectos del barrio de Saint Antoine comunicarse con las islas de Saint
Louis y la Cité. Flanqueado el barrio de Saint Antoine, a los insurrec
tos no les quedaba otro camino que replegarse sobre el faubourg,
como en efecto lo hicieron, en medio de violentos combates, con una
columna que se movía por los muelles hasta la desembocadura del
canal de Saint Martin y desde allí, bordeando el canal, por el bulevar
Bourdon. Unos cuantos que quedaron copados fueron pasados a
cuchillo, y sólo unos pocos fueron entregados como prisioneros.
Mediante esta operación, lograron las fuerzas del gobierno
tomar el barrio de Saint Antoine y la plaza de la Bastilla. Hacia el
anochecer, consiguió la columna de Lamoriciére conquistar total
mente el bulevar Beaumarchais y logrando así, en la plaza de la Bas
tilla, reunirse con las tropas de Duvivier.
La toma del puente de Damiette permitió a Duvivier desalojar
de sus posiciones, a los insurrectos de la isla de Saint Louis y de la
antigua isla Louvier.116 Y lo hizo, hay que reconocerlo, con un ver116 Véase supra, nota 106.

dadero derroche de barbarie argelina. En pocas partes de la ciudad
se empleó la artillería pesada con efectos tan devastadores como en
la isla de Saint Louis. Pero ¿qué importa? Los insurrectos fueron
desalojados o pasados a cuchillo, y el “orden” triunfó sobre un mon
tón de ruinas humeantes y cubiertas de sangre.
En la orilla izquierda del río quedaba todavía un puesto por
conquistar. El puente de Austerlitz, que al este del canal de Saint
Martin une al Faubourg Saint Antoine con la margen izquierda del
Sena, aparecía fuertemente cubierto de barricadas y, en la orilla
izquierda, donde desemboca en la plaza Valhubet delante del Jardín
Botánico, provisto de una fuerte cabeza de puente. Esta cabeza de
puente, que después de la caída del Panteón y de la plaza Maubert
era el último parapeto que les quedaba a los insurrectos en la orilla
izquierda, fue tomado tras una empeñada resistencia.
Para el día siguiente, el 26, sólo les quedaba, pues, a los insu
rrectos su última fortaleza, el Faubourg Saint Antoine y una parte
del Faubourg del Temple. Estos dos faubourgs no son muy apro
piados para combates callejeros; tienen calles bastante anchas y casi
totalmente rectas, que ofrecen magnífico campo a la artillería. Por
el lado oeste aparecen magníficamente cubiertas por el canal de
Saint Martin, mientras que por la parte norte quedan completa
mente al descubierto. De aquí parten cinco o seis calles derechas y
anchas que van a internarse hacia abajo en pleno corazón del Fau
bourg Saint Antoine.
Las principales defensas eran las de la plaza de la Bastilla y la
calle más importante de todo el barrio, la calle del Faubourg Saint
Antoine. Se habían levantado aquí barricadas más poderosas, amu
ralladas en parte con los grandes adoquines y en parte apuntaladas
por fuertes vigas. Se hallaban construidas en ángulo hacia adentro,
de una parte para debilitar el efecto de los cañonazos y, de otra,
para ofrecer un frente de defensa más ancho, que permitiera el fue
go graneado. En las casas se habían derribado los muros mediane
ros, comunicando de este modo entre sí todo un grupo de casas, lo
que permitía a los insurrectos, según las exigencias del momento,

abrir fuego de tiradores sobre el enemigo o parapetados los com
batientes en los puentes y muelles del canal y en las calles paralelas
a éste. En una palabra, los dos faubourgs que todavía se hallaban
en manos de los insurrectos semejaban una perfecta fortaleza, en la
que las tropas tenían que arrancar con fuertes bajas cada pulgada
de terreno.
La lucha debía reanudarse el 26 por la mañana. Pero Cavaignac
no tenía ninguna gana de aventurar a sus tropas en aquel dédalo de
barricadas. Amenazó, pues, con un bombardeo. Fueron emplaza
dos los morteros y los obuses. Se abrieron negociaciones. Entre tan
to, Cavaignac mandó minar las casas más cercanas — aunque sólo
pudo hacerse de manera muy limitada, dado el poco tiempo de que
se disponía y teniendo en cuenta el canal que cubría una de las líneas
de ataque— y desde las casas ya ocupadas se abrieron comuni
caciones interiores con las adyacentes por medio de boquetes reali
zados en los muros medianeros.
Las negociaciones fracasaron y se reanudó la lucha. Cavaignac
ordenó al general Perrot atacar desde el Faubourg del Temple y al
general Lamoriciére desde la plaza de la Bastilla. En ambos puntos se
desató un intenso fuego de artillería contra las barricadas. Perrot
avanzó bastante aprisa, tomó el resto del Faubourg del Temple y en
algunos lugares llegó incluso al Faubourg Saint Antoine. Lamoriciére
se movió más lentamente. Sus cañones encontraron la resistencia de
las primeras barricadas, a pesar de haber sido incendiadas por las
granadas las primeras casas del suburbio. Lamoriciére volvió a par
lamentar. Reloj en mano, aguardó tranquilamente el minuto que
habría de depararle el placer de reducir a escombros el barrio más
poblado de París. Por fin, capituló una parte de los insurrectos, mien
tras que la otra, atacada por los flancos, se replegaba tras breve lucha.
Así terminaron los combates de barricadas de la revolución de
Junio. En las afueras de la ciudad seguían librándose algunos com
bates aislados de tiradores, pero ya sin importancia. Los insurrec
tos fugitivos se dispersaron por los alrededores de la capital y fue
ron apresados uno a uno por la caballería.

Hemos hecho este relato puramente militar de la lucha para
poner de manifiesto ante nuestros lectores la heroica bravura, la
unanimidad, la disciplina y la pericia militar con que se batieron
los obreros de París. En número de 40 000 pelearon durante cuatro
días contra fuerzas cuatro veces mayores y no faltó mucho para que
triunfaran. Estuvieron a punto de llegar al centro de París, toman
do el edificio del Ayuntamiento, instituyendo un Gobierno provi
sional y duplicando sus efectivos con los contingentes de los barrios
de la ciudad conquistados y los de la Guardia Móvil, que, tal como
estaban las cosas, sólo necesitaban de un empujón para pasarse al
otro bando.
Algunos periódicos alemanes sostienen que esta batalla ha sido
la decisiva entre la República roja y la tricolor, entre los obreros y
los burgueses. Nosotros estamos convencidos de que esta batalla no
decidirá nada, como no sea la división de los vencedores entre ellos
mismos. Por lo demás, la marcha de las cosas, vista en su conjunto,
demuestra aunque enfoquemos la cosa desde el punto de vista pura
mente militar, que los obreros habrán de vencer en plazo no muy
lejano. ¡Si 40 000 obreros han podido desplegar una lucha tan gigan
tesca frente a fuerzas cuatro veces mayores, hay que imaginarse de
lo que será capaz la gran masa de los obreros de París cuando actúen
todos juntos y de un modo coherente!
Kersausie ha sido hecho prisionero y es muy posible que a estas
horas haya sido fusilado. Los burgueses podrán quitarle la vida,
pero no la gloria de haber sido el primero en organizar la lucha urba
na. Podrán fusilarlo pero no habrá poder en el mundo capaz de
impedir que sus planes y sus ideas sean utilizados en el futuro en
todos los combates callejeros. Podrán fusilarlo, pero no impedir que
su nombre quede inscrito para siempre en la historia como el del
primer general de las barricadas.
[Neue Rheinische Zeitungy núm. 32, 2 de julio de 1848]