[E E n g e l s ]
C
O LO N IA , 13 DE JU N IO . PO R FIN , LA A SA M B L E A D EL PACTO SE
ha manifestado sin ambages.56 Ha desautorizado la revolu
ción y se ha manifestado en favor de la teoría del pacto.57
La situación de hecho acerca de la cual debía pronunciarse era
la siguiente:
El 18 de marzo, el rey prometió una Constitución, introdujo la
libertad de prensa con fianzas58 y, en una serie de propuestas, se
manifestó en el sentido de que la unidad de Alemania debía llevar
se a cabo mediante la absorción de Alemania por Prusia.
Tales fueron las concesiones del 18 de marzo, reducidas a su ver
dadero contenido. El hecho de que los berlineses se declararan con
tentos con estas concesiones y se congregasen ante el Palacio para
dar las gracias al rey, demuestra con palpable claridad la necesidad
de la revolución del 18 de marzo. Era necesario revolucionar no sólo
al Estado, sino también a sus ciudadanos. Sólo en una sangrienta
lucha de liberación podían éstos despojarse de su condición de súb
ditos.
56 Véase supra, nota 19.
57 Véase supra, nota 40.
58 Los editores de diarios políticos debían depositar una suma de dinero como fianza
para responder de que no se publicaría en ellos nada que fuera desagradable a las autorida
des gubernamentales. Hasta la Ley de prensa del año 1874, se mantuvo vigente en Alemania
este sistema de multas a la prensa que había sustituido el régimen de la previa censura, supri
mido en 1848.

Fue el consabido “malentendido” el que provocó la revolución.
Y no cabe duda de que hubo un malentendido. El ataque de los sol
dados, la prolongación de la lucha por espacio de dieciséis horas y
la necesidad en que se vio el pueblo de obligar a las tropas a reple
garse, demuestran sobradamente que el pueblo estaba completa
mente equivocado con respecto a las concesiones del 18 de marzo.
Los resultados de la revolución fueron: de una parte, el arma
mento del pueblo, el derecho de asociación, la soberanía del pue
blo, arrancada de hecho; de otra parte, el mantenimiento de la
monarquía y el ministerio Camphausen-Hansemann, es decir, el
gobierno de los representantes de la alta burguesía.
Así pues, la revolución llegaba a dos resultados necesariamente
contradictorios. El pueblo había vencido, había conquistado liber
tades de carácter claramente democráticas; pero el poder inmedia
to no estaba en sus manos, sino en las de la gran burguesía.
En una palabra, la revolución no había terminado. El pueblo
había consentido la formación de un gobierno de grandes burgue
ses, y los grandes burgueses revelaron inmediatamente sus tenden
cias ofreciendo una alianza a la vieja nobleza prusiana y a la buro
cracia. Entraron en el ministerio Arnim, Kanitz y Schwerin.
Por miedo al pueblo, es decir, a los obreros y al sector democrá
tico de la población, la alta burguesía, siempre antirrevolucionaria,
selló una alianza ofensiva y defensiva con la reacción.
Los partidos reaccionarios coaligados comenzaron su lucha
contra la democracia al poner en tela de juicio la revolución. Se negó
la victoria del pueblo; se fabricó la famosa lista de los “diecisiete
militares muertos”59 y se hizo todo lo posible por desacreditar a los
combatientes de las barricadas. Pero las cosas no pararon ahí. El
gobierno reunió realmente a la Dieta que había sido convocada
antes de la revolución60 y construyó a posteriori el paso legal del
59 Además de la cifra oficial de quince soldados y dos suboficiales muertos, se sabía de
bastantes más soldados caídos en lucha, sepultados en secreto, tratando así de negar impor
tancia a los enfrentamientos del 18 de marzo.
60 Véase supra, nota 17.

absolutismo a la Constitución. Con ello, negaba en redondo la revo
lución. Inventó, además, la teoría del pacto, con la que volvía a negar
la revolución, negando al mismo tiempo la soberanía del pueblo.
Se ponía, pues, realmente en tela de juicio la existencia de la
revolución, cosa que podía hacerse porque ésta no era más que
una revolución a medias, el comienzo de un largo movimiento
revolucionario.
No podemos entrar aquí a examinar por qué y hasta qué punto
la dominación momentánea de la alta burguesía constituye en Prusia una fase necesaria de transición hacia la democracia y por qué
la alta burguesía se inclinó hacia la reacción inmediatamente des
pués de entronizarse en el poder. Nos limitamos, por el momento,
a registrar el hecho.
Ahora, la Asamblea del Pacto tenía que manifestar si reconocía
o no la revolución.
Pero, en estas condiciones, reconocer la revolución equivalía a
reconocer el lado democrático de la revolución, frente a la alta bur
guesía, que trataba de confiscarla.
Reconocer la revolución significaba cabalmente, en este mo
mento, admitir que la revolución se había llevado a cabo a medias,
reconociendo por tanto el movimiento democrático, dirigido con
tra una parte de los resultados de la revolución. Significaba recono
cer que Alemania se halla impulsada por un movimiento revolu
cionario, en el que el ministerio Camphausen, la teoría del pacto,
las elecciones indirectas, el poder de los grandes capitalistas y los
productos emanados de la Asamblea misma, aun pudiendo ser pun
tos inevitables de transición, no son en modo alguno, los resulta
dos finales.
Ambas partes llevaron el debate abierto en la Cámara en torno
al reconocimiento de la revolución con gran amplitud y gran inte
rés, pero manifiestamente con poco ingenio. Resultaría imposible
leer algo más aburrido que estos difusos debates, interrumpidos a
cada paso por rumores o por sutilezas reglamentarias. En vez de las
grandes pasiones de la lucha de partidos, una fría tranquilidad de

espíritu, que amenaza con caer a cada paso en el tono de la plática;
en vez del tajante filo de la argumentación, una prolija y confusa
cháchara sobre minucias; en vez de una respuesta categórica, abu
rridas prédicas éticas sobre la naturaleza y la esencia de la moral.
Tampoco la izquierda se ha distinguido gran cosa en este deba
te.61 La mayoría de sus oradores se repiten unos a otros; ninguno se
atreve a ir directamente al problema y a manifestarse abiertamente
en un sentido revolucionario. Todos temen escandalizar, herir,
espantar. Mal estarían las cosas en Alemania si los combatientes del
18 de marzo no hubiesen dado pruebas de mayor energía y pasión
en la lucha que los señores de la izquierda en su debate.
[Neue Rheinische Zeitung, núm. 14,14 de junio de 1848]
Colonia, 14 de junio. El diputado Berends, de Berlín, inició el deba
te, con la presentación de la siguiente propuesta:
La Asamblea, reconociendo la revolución, declara que los combatientes
del 18 y 19 de marzo han merecido el bien de la patria.
La forma de la propuesta, el lacónico estilo arcaico romano,
hecho suyo por la gran Revolución francesa, eran perfectamente
adecuados. Más inadecuada resultaba, en cambio, la manera como
el señor Berends desarrolló su propuesta. Su modo de expresarse
no era el de un revolucionario, sino el de un conciliador. En vez de
dar rienda suelta a la cólera de los combatientes de las barricadas
injuriadas ante una asamblea de reaccionarios, hablaba como un
profesor tranquilo y seco en su clase, como si siguiese dando cáte
Formaban parte de la izquierda en la Asamblea Nacional prusiana, entre otros, Waldeck, Jacoby, Georg Jung y J. Berends. La Nueva Gaceta Renana criticaba con frecuencia su
actitud vacilante, animándola a proceder con mayor energía y a recurrir a la lucha extrapar
lamentaria.

í*
dra en la Asociación de artesanos de Berlín. Para defender una cau
sa perfectamente simple y clara, empleaba el lenguaje más embro
llado del mundo.
El señor Berends comenzó diciendo:
[Señores!: el reconocimiento de la revolución se halla implícito en la natu
raleza misma de la cosa (!). Nuestra misma Asamblea es un reconoci
miento formal del gran movimiento que ha sacudido a todos los países
civilizados de Europa. La Asamblea ha salido de esta revolución; su mis
ma existencia es, por tanto, de hecho, el reconocimiento de la revolución.
Primero. No se trata, en modo alguno, de reconocer como un
hecho, en general, “el gran movimiento que ha sacudido a todos los
países civilizados de Europa”, pues esto sería superfluo e inoperan
te. Se trata, concretamente, de reconocer como una verdadera y
auténtica revolución la lucha librada en las calles de Berlín, que se
pretende presentar como una simple revuelta.
Segundo. Es cierto que la Asamblea de Berlín constituye, en un
aspecto, un “reconocimiento de la revolución” por cuanto que, de
no haber mediado la lucha en las calles de Berlín, no tendríamos
una Constitución “pactada”, sino, cuando más, una Constitución
otorgada. Pero, por el modo como ha sido convocada y por el man
dato recibido por ella de la Dieta Unificada y del ministerio, esta
mos también ante una repulsa de la revolución. Una Asamblea “fun
dada en la revolución” no pacta, sino que decreta.
Tercero. La Asamblea había reconocido ya la teoría del pacto en
su voto de respuesta al Mensajea y había negado ya la revolución
en su voto en contra del desfile hacia la tumba de los caídos.62 Ha
negado la revolución, al “coexistir” con la Asamblea de Francfort.
Por tanto, la propuesta del señor Berends había sido ya rechazaa Véase supra, pp. 83-85 del presente volumen.
El 3 de junio de 1848, la Asamblea Nacional de Berlín rechazó por mayoría de votos la
propuesta de unirse a la manifestación luctuosa organizada por los estudiantes ante las tum
bas de los caídos durante lo jornadas de marzo de 1848 en Berlín.

da de hecho por dos veces. Y con tanta mayor razón tenía que ser
derrotada ahora en que se llamaba a la Asamblea a pronunciarse
abiertamente.
Siendo la Asamblea, como lo era, reaccionaria, y sabiéndose a
ciencia cierta que el pueblo nada podía esperar de ella, la izquierda
estaba interesada en que la minoría que votara en favor de la pro
puesta fuese lo más reducida posible y sólo incluyera a los miem
bros más resueltos.
El señor Berends no tenía, pues, por qué inquietarse. Debía
actuar del modo más resuelto y más revolucionario que fuera posi
ble. En vez de aferrarse a la ilusión de que la Asamblea era y quería
ser una Asamblea constituyente, una Asamblea que se mantenía
sobre el terreno de la revolución, tenía que haberle hecho saber que
ya había renegado indirectamente de la revolución e invitarla a
que lo hiciera abiertamente.
Pero ni él ni los oradores de la izquierda siguieron esta política,
la única adecuada al partido democrático. Se dejaron llevar por la
ilusión de que podrían convencer a la Asamblea de dar un paso
revolucionario. Hicieron, por tanto, concesiones, suavizaron su len
guaje, hablaron de reconciliación y ellos mismos negaron así la revo
lución.
En seguida, el señor Berends comienza a hablar, con fría menta
lidad y en lenguaje bastante opaco, de las revoluciones en general y
de la revolución berlinesa en particular. Y, al hilo de sus disquisi
ciones, entra a examinar la objeción de que la revolución era inne
cesaria, ya que el rey se había mostrado de antemano de acuerdo
con todo. He aquí su respuesta:
Es cierto que Su Majestad el Rey se había mostrado de acuerdo con
m uchas cosas... pero ¿se daba con ello satisfacción a la voluntad del pue
blo? ¿Y se nos daba a nosotros la garantía de que aquella declaración se
convirtiera en realidad? Yo creo que esta garantía... ¡sólo la tuvimos des
pués de la lucha!... Está demostrado que semejante transformación del
Estado sólo puede surgir y establecerse firmemente en las grandes catás

trofes de la lucha. El 18 de marzo aún no se había accedido a un gran
hecho: éste fue el armamento del pueblo... Sólo al verse armado se sintió
seguro contra la posibilidad de malos entendidos... La lucha es, p o r tanto
(!), evidentemente, una especie de suceso natural (!), pero un suceso nece
sario..., la catástrofe en que se hace realidad, en que se hace verdad la
transformación de la vida del Estado.
De esta larga y confusa disquisición, abundante en redundan
cias, se desprende claramente que el señor Berends no ve absoluta
mente nada claro en cuanto a los resultados y a la necesidad de la
revolución. Lo único que conoce de sus resultados es la “garantía”
de las promesas del 18 de marzo y el “armamento del pueblo”; la
necesidad de la revolución es construida por él por la vía filosófica,
transcribiendo una vez más la “garantía” en elevado estilo y asegu
rando, por último, que ninguna revolución puede ponerse en prác
tica sin revolución.
Decir que la revolución era necesaria sólo significa, evidente
mente, que lo era para alcanzar lo que ahora hemos alcanzado. La
necesidad de la revolución se halla en razón directa a sus resulta
dos. Y como el señor Berends no ve claro acerca de los resultados,
tiene que recurrir, naturalmente, a grandilocuentes aseveraciones
para construir su necesidad.
¿Cuáles fueron los resultados de la revolución? Lejos de residir
en la “garantía” de lo prometido el 18 de marzo, residen, por el con
trario, en haber echado por tierra estas promesas.
El 18 de marzo se había prometido una monarquía en la que
seguirían empuñando el timón la nobleza, la burocracia, los milita
res y los curas, pero consintiendo a la alta burguesía ejercer el con
trol mediante una Constitución otorgada y libertad de prensa con
fianzas.63 Para el pueblo, banderas alemanas, una flota alemana y
servicio militar obligatorio alemán, en vez de la bandera, la flota y el
servicio obligatorio alemán de Prusia.
La revolución derrocó a todos los poderes de la monarquía
63 Véase supra, nota 58.

absoluta, nobleza, burocracia, militares y curas. Elevó al poder
exclusivamente a la alta burguesía. Entregó al pueblo el arma de la
libertad de prensa sin fianzas, del derecho de asociación y, en parte
al menos, también las armas materiales, los mosquetes.
Pero todo esto no es tampoco el resultado principal. El pueblo
que ha peleado y vencido en las barricadas es un pueblo completa
mente distinto del que el 18 de marzo desfiló ante el Palacio Real
para convencerse, gracias a los ataques de los dragones, de lo que
significaban las concesiones obtenidas. Este pueblo es capaz de cosas
muy distintas y mantiene muy otra actitud ante el gobierno. La más
importante conquista de la revolución es la revolución misma.
Como berlinés, puedo aseguraros que fue para nosotros un sentim iento
doloroso —(¡nada más!)—... ver cómo se desdeñaba esta lucha... Hago
mías las palabras del señor Presidente del Consejo de Ministros, quien...
decía que un gran pueblo y todos su representantes debían contribuir con
clem encia a la reconciliación. Esta clem encia es la qu e yo invoco al propo
ner ante vosotros, como representante de Berlín, el reconocimiento de las
jornadas del 18 y el 19 de marzo. No cabe duda de que el pueblo de Berlín,
en su conjunto, se ha comportado muy honrosa y dignamente durante
todo el tiempo después de la revolución. Puede ser que se hayan cometi
do algunos excesos... Creo, por tanto, que es oportuno que la Asamblea
declare, etc., etc.
A este cobarde final, en que se niega, la revolución, sólo tene
mos que añadir dos palabras: después de semejante exposición de
motivos, la propuesta presentada merecía realmente fracasar.
[Neue Rheinische Zeitung, núm. 16,16 de junio de 1848]
Colonia, 14 de junio. La primera enmienda presentada en contra de
la propuesta de Berends debió su fugaz existencia al diputado Breh-

io6
mer. Era una extensa y bien intencionada declaración, en la que i)
se reconocía la revolución, 2) se reconocía la teoría del pacto, 3) se
reconocía la actuación de cuantos habían contribuido al viraje pro
ducido y 4) se reconocía la gran verdad de que
Ni caballos ni gigantes
Escalan la escarpada altura
Donde se entronizan los príncipes,64
con lo que la revolución volvía a traducirse, a la postre, a un len
guaje auténticamente prusiano. El buen señor maestro de enseñan
za superior Brehmer quiso hacérselo comprender a todos los parti
darios, pero éstos no quisieron saber nada de él. Su enmienda fue
rechazada sin discusión, y el señor Brehmer se retiró de la escena
con toda la resignación de un filántropo decepcionado.
Pasó en seguida a la tribuna el señor Schulze (von Delitzsch). El
señor Schulze es también un admirador de la revolución, aunque
no admira tanto a los combatientes de las barricadas como a la gen
te del día siguiente, a la que se suele llamar ££el pueblo”, para distin
guirla de aquellos combatientes. La “actitud del pueblo después de
la lucha” debe ser — así lo desea él— objeto de especial reconoci
miento. Su entusiasmo no conoció límites, al oír hablar
de la moderación y la prudencia del pueblo, cuando ya no tenía delante a
ningún enemigo (!)..., de la seriedad del pueblo y su actitud conciliado
ra..., de su posición ante la dinastía... Pudimos comprobar que el pue
blo, en aquellos momentos, era indudablemente consciente ¡¡d e m irar
directam ente a la H istoria cara a cara!!
El señor Schulze no se entusiasma tanto con la acción revolu
cionaria del pueblo en la lucha como con su inacción absolutamen
te nada revolucionaria después de ella.
Verso de una canción patriótica, de la cual se tomó la letra para el Himno nacional de
Prusia.

Reconocer la magnanimidad del pueblo después de la revolu
ción sólo puede significar una de dos cosas:
o injuriar al pueblo; o sea, reconocerle como un mérito el no
haber cometido infamias después de la victoria,
o reconocer que el pueblo se ha adormecido después del triun
fo de las armas, permitiendo que la reacción levante de nuevo la
cabeza.
Para “hermanar ambas cosas”, el señor Schulze expresa su
“admiración exaltada hasta el entusiasmo” porque el pueblo se
comportara decorosamente y, además, diera lugar a la reacción para
ponerse de nuevo en pie.
La “posición del pueblo” consistió, según él, en “mirar directa
mente a la Historia, cara a cara”, lleno de entusiasmo, en vez de
hacerla él mismo; en no haber sido, a fuerza de “posición”, “mode
ración y prudencia”, “seriedad” y “actitud conciliadora”, capaz de
impedir que los ministros fuesen escamoteando, trozo a trozo, las
libertades por él conquistadas; en haber dado por terminada la
revolución, en vez de llevarla adelante. ¡Cuán de otro modo se com
portaron los vieneses, al descargar golpe tras golpe contra la reac
ción, logrando conquistar así una Dieta Constituyente, en vez de
una Dieta Unificada!65
Por tanto, el señor Schulze (von Delitzsch) reconoce la revolu
ción bajo la condición de no reconocerla. Fue premiado, por tanto,
con un aplauso resonante.
Tras una breve negociación intermedia reglamentaria, sube a la
tribuna el señor Camphausen en persona. Hace notar que, ante la pro
puesta presentada por Berends, “la Asamblea debe pronunciarse
acerca de una idea, emitir un juicio”. Para el señor Camphausen, la
revolución es solamente una “idea”. Deja, por tanto, al criterio de
la Asamblea el hacerlo o no. En cuanto al fondo mismo del asunto,
cree que “tal vez no haya existido nunca una diferencia de opinio
Bajo la presión del movimiento popular, el emperador austriaco Francisco I se vio
obligado a reconocer a la Dieta del Imperio austriaco poderes propios de una Asamblea cons
tituyente.

io8
nes importantes”, a tono con el hecho generalmente conocido de
que, cuando dos alemanes discuten, están, en el fondo, de acuerdo.
Si se trata de repetir que... hemos entrado en un periodo que habrá de
traer como consecuencia las más importantes transformaciones —[lo
que quiere decir, lógicamente, que aún no las ha traído]— nadie estará
más de acuerdo con ello que yo.
Pero si, por el contrario, se quiere expresar que el Estado y el poder
público han perdido su razón jurídica de ser, que se ha producido un derro
cam iento, p o r la fuerza, del Estado existen te..., tengo que protestar contra
sem ejante interpretación.
Hasta ahora, el señor Camphausen había considerado siempre
como su gran mérito el haber reanudado el hilo roto de la legali
dad; ahora afirma que ese hilo no se había roto nunca. No importa
que los hechos mismos lo desmientan; el dogma de la transmisión
legal ininterrumpida del poder desde Bodelschwingh hasta Comphausen no tiene por qué preocuparse de los hechos.
Si se trata de dar a entender que nos encontramos en los inicios de situa
ciones como las que conocemos de la historia de la revolución inglesa del
siglo xvii o de la revolución francesa del xvm y que acabarán poniendo
el poder en manos de un dictador,
si se trata de eso, el señor Camphausen tiene también que protes
tar. Como es natural, nuestro amigo reflexivo de la historia66 no
podía dejar pasar la ocasión de formular, con motivo de la revolu
ción berlinesa, las reflexiones que los alemanes gustan de escuchar
y a las que son tanto más aficionados cuanto más las han leído en
el libro de Rotteck. La revolución berlinesa no puede haber sido
Nuestro amigo reflexivo de la historia: nombre irónico que Marx y Engels daban a Cam
phausen en alusión al subtítulo de la obra Historia general desde los inicios del conocimiento
histórico hasta nuestros días, el cual decía: “Para los amigos reflexivos de la historia, redacta
da por Karl von Rotteck”

una revolución, entre otras cosas porque, de haberlo sido, no habría
tenido más remedio que engendrar un Cromwell o un Napoleón,
contra lo que protesta el señor Camphausen.
Por último el señor Camphausen consiente a los pactantes
“expresar sus sentimientos en pro de las víctimas de un funesto cho
que) pero hace notar que, esto, “mucho depende, esencialmente, de
la expresión” y desea que todo el asunto se someta a una comisión.
Finalmente, después de un nuevo intervalo reglamentario, sube
a la tribuna un orador que sabe conmover los corazones y las visce
ras, porque va al fondo del problema. Se trata de Su Reverencia el
señor pastor Müller de Wohlau, quien aboga en pro de la enmienda
de Schulze. El señor pastor “no va a entretener mucho tiempo la aten
ción de la Asamblea, sino a tocar solamente un punto muy esencial”
Con este fin, formula a la Asamblea la siguiente pregunta:
La propuesta nos lleva al terreno moral, y si no la tomamos en su superfi
cie [¿cómo podrá tomarse una cosa en su superficie], sino en su profundi
dad [existe una profundidad vacía, como existe una anchura vacía], no
podremos por menos de reconocer, por difícil que se nos haga esta consi
deración, que se trata ni más ni menos que del reconocimiento moral de
la insurrección, y yo pregunto: ¿es una insurrección moral, o no lo es?
No se trata, pues, de un problema político de partido, sino de
algo infinitamente más importante: de un problema teológico-filosófico-moral. La Asamblea no tiene por qué pactar con la Corona
una Constitución, sino un sistema de filosofía moral. “¿Es una insu
rrección moral, o no lo es?” De eso depende todo. ¿Y qué contesta
el señor pastor ante la Asamblea, temblorosa de expectación?
¡¡Pero yo no creo que estemos en condiciones de tener que resolver aquí este
elevado principio moral!!
El señor pastor sólo ha entrado en el fondo del asunto para
declarar que no puede encontrar en él fondo alguno.

i*
Muchos hombres de gran talento se han parado a meditar acerca de este
problema, sin haber podido llegar a n ingu na solución precisa. Tampoco
nosotros alcanzaremos esta claridad en el curso de un rápido debate.
La Asamblea queda como fulminada. El señor pastor le formula
un problema moral, con tajante nitidez y con toda la seriedad que
el objeto reclama; e inmediatamente después de formularlo, decla
ra que el problema es insoluble. Ante esta angustiosa situación, los
pactantes debieron sentir como si se hallasen ya, realmente, “en el
terreno de la revolución”.
Pero todo esto no era más que una simple maniobra de la estra
tegia de cura de almas del señor pastor para mover a la Asamblea a
penitencia. El señor pastor tiene preparada la gotita de bálsamo
para depositarla sobre la herida de quienes sufren:
Creo que hay todavía otro punto que debe ser tenido en consideración:
las víctimas del 18 de marzo obraron en una situación que no les perm itía
adoptar una actitud m oral [!!].
Es decir, los combatientes de las barricadas eran irresponsables.
Pero, si se me pregunta si se los considera dotados de un título moral,
contestaré rotundamente que s í
Nosotros preguntamos si sería moral o inmoral elegir la palabra
de Dios para representar al país en Berlín, simplemente para aburrir
a todo el público por medio de una casuística moralizante.
El diputado Hofer protesta contra todo el asunto, en su calidad
de campesino pomeranio.
¡Pues ¿quiénes eran los militares? ¿No eran nuestros hermanos y nuestros
hijos? Piensen ustedes qué impresión producirá cuando el padre, a la ori
lla del mar [po more., junto al mar, es decir, en la Pomerania], se entere de
cómo han tratado aquí a su hijo!

Los militares pueden haberse comportado como mejor creye
ran, pueden haberse prestado a ser instrumento de la más infame
de las tradiciones: no importa, eran nuestros muchachos poniéra
mos y, por tanto, ¡tres vivas en su honor!
El diputado Schultz, de Wanzleben: señores, hay que reconocer
lo que hicieron los berlineses. Su heroísmo no tuvo límites. Lo úni
co a que no pudieron sobreponerse fue al miedo a los cañones.
Pero, ¿qué significa el miedo a ser destrozados por las granadas, cuando
se piensa, frente a esto, en el peligro de verse condenados a deshonrosas
penas como causantes de desórdenes callejeros? ¡El valor que supone haber
hecho frente a esta lucha es tan sublime, que ante él ni siquiera pue
de tomarse en cuenta para nada el de enfrentarse a las bocas de los ca
ñones!
Por tanto, los alemanes no hicieron la revolución antes de 1848,
por miedo al comisario de policía.
El ministro Schwerin interviene para declarar que dimitirá si se
aprueba la proposición presentada por Berends.
Elsner y Reichenbach se pronuncian en contra de la enmienda
de Schulze.
Dierschke hace notar que debe reconocerse a la revolución por
que “la lucha de la libertad moral aún no ha terminado” y porque
la Asamblea ha sido “convocada también por la libertad moral”.
Jacoby reclamó “el reconocimiento total de la revolución, con
todas sus consecuencias”. Su discurso fue el mejor de cuantos se
pronunciaron en toda la sesión.
Por último, y al cabo de tanta moral, de tanto hastío, de tanta
indignación y conciliación, nos produce alegría ver subir a la tribu
na a nuestro Hansemann. Vamos a escuchar, por fin, algo decisivo,
algo con pies y cabeza; pero no, pues también el señor Hansemann
habla hoy en términos de mediación y conciliación. Y tiene sus
razones para hacerlo así quien como él no hace nada sin su cuenta
y razón. Ve que la Asamblea vacila, que la votación se muestra inse

gura, que aún no se encuentra la enmienda adecuada. Trata de que
el debate se aplace.
Para lograrlo, apela a todas sus fuerzas con el fin de expresarse
en los términos de mayor suavidad posible. El hecho está allí, es
indiscutible. Lo que pasa es que unos lo llaman “revolución” y otros
lo califican de “grandes hechos”. No debemos
olvidar que aquí no se ha producido una revolución, como en París o como
antes en Inglaterra, sino que ha mediado una transacción entre la Corona
y el pueblo [¡una curiosa transacción, con granadas y balas de fusil!]. Pre
cisamente porque nosotros [los ministros] no tenemos, en cierto sentido,
nada que objetar contra la esencia del asunto, debiendo, en cambio, elegir
con cuidado la expresión, de modo que permanezca en pie, dentro de lo
posible, la base del gobierno sobre la que nos mantenemos,
precisamente por ello, debe ser aplazado el debate, para que los
ministros puedan deliberar.
¡Cuánto trabajo tiene que haberle costado a nuestro Hansemann
emplear palabras como éstas y reconocer que “la base” sobre la que
se mantiene el gobierno es tan débil, que puede echarla por tierra
una simple “expresión”! Lo único que le resarce es el placer de poder
convertir de nuevo el asunto en una cuestión de gabinete.
El debate quedó, por tanto, aplazado.
[Neue Rheinische Zeitung, núm. 17,17 de junio de 1848]
Coloniüy 14 de junio. Segundo día. El debate se reanuda nuevamente
con largas disquisiciones parlamentarias. Ventiladas éstas, sube a la
tribuna el señor Zacharia. Presenta la enmienda llamada a sacar a
la Asamblea del atolladero. Se ha encontrado, por fin, la gran con
signa ministerial, que dice así:

Teniendo en cuenta que es indiscutible [!!] la alta significación de los
grandes acontecimientos de marzo, a los que, en unión de la aquiescencia
constitucional [que fue también un “acontecimiento de marzo”, aunque
no “grande”], debemos agradecer el actual estado de derecho constitu
cional, y considerando, además, que no es misión de la Asamblea emitir
juicios [lejos de ello, la Asamblea debe reconocer que carece de juicio],
sino arm onizar la Constitución con la Corona, la Asamblea decide pasar al
orden día.
Esta confusa y precaria proposición, que dobla el espinazo hacia
todos lados y de la que el señor Zachariá se jacta diciendo que “todo
el mundo, incluso el señor Berends, encontrará en ella todo cuanto
haya podido proponerse” en el buen sentido en que ha sido presen
tada por él la propuesta, esta amarga papilla es, por tanto, “la expre
sión” “sobre la que se mantiene” y puede mantenerse el ministerio
Camphausen.
El señor pastor Sydow, de Berlín, sube también a la tribuna, esti
mulado por el éxito de su colega Müller. La cuestión moral le da
vueltas en la cabeza. Cree que puede resolver él lo que no había
logrado resolver Müller.
Permítanme ustedes, señores, expresar inm ediatam ente [después que lle
vaba media hora hablando], desde este lugar, lo que mi sentimiento del
deber me impulsa a decir: si el debate sigue su curso, nadie podrá, en mi
opinión, callarse antes de haber cumplido con su deber de conciencia.
(Aplausos)
Permítanme ustedes una observación de carácter personal. M i punto
de vista acerca de la revolución es que [gritos de: “¡Al grano¡ ¡Al grano]
allí donde estalla una revolución, ésta es solamente el síntoma de que
ambas partes, gobernantes y gobernados, son culpables. Y esto [es decir,
esta vulgaridad, la manera más barata de liquidar el asunto] constituye el
alto criterio m oral acerca del problema, y [!] no nos adelantemos al ju icio
cristiano-m oral de la nación. [¿Para qué creen que están allí esos señores?]
(Animación en la sala. Gritos de “¡Al orden del día!”)

Pero yo, señores [sigue diciendo, impertérrito, el campeón del alto
criterio moral y del imprejuzgable juicio cristiano-moral de la nación],
yo no opino que no puedan llegar a presentarse los tiempos en que el
derecho de legítima defensa política [!] de un pueblo estalle con el empu
je de un acontecimiento natural, y si sucediera, entiendo que el individu o
debe p articipar en ese acontecimiento de un m odo totalm ente m oral [¡Gra
cias a la casuística, estamos salvados!] Y tam bién, claro está, tal vez de un
m odo inm oral, ¡¡eso depende de su conciencia!!
Los combatientes de las barricadas no tienen su puesto en la lla
mada Asamblea Nacional, sino en el tribunal de la penitencia. Y no
hay más que decir.
El señor pastor Sydow sigue hablando y explica que es hombre
de “valor”, se manifiesta ampliamente acerca de la soberanía del pue
blo desde el punto de vista del alto criterio moral, se ve interrum
pido tres veces más por impacientes rumores y se vuelve a su sitio
con la alegre conciencia de haber cumplido con su deber moral. El
mundo sabe ahora qué piensa y qué no piensa el pastor Sydow.
El señor Plónnis declara que hay que dejar la cosa en paz. Real
mente, una declaración atormentada hasta el cansancio mortal por
tantas enmiendas y subenmiendas, por tantos debates y minucias,
carece ya de todo valor. El señor Plónnis tiene razón al pensar así.
Pero no podía hacer más flaco servicio a la Asamblea que el de
poner sobre el tapete este hecho, esta prueba de la cobardía de tan
tos diputados de ambas partes.
El señor Reichensperger, de Tréveris:
No hemos venido aquí a construir teorías ni a decretar historia, sino, den
tro de lo posible, a hacerla.
¡Nada de esto! Al votar el orden del día razonado, la Asamblea
acuerda que su misión consiste, por el contrario, en lograr que la
historia no se haga. Lo cual es también, después de todo, una mane
ra de “hacer historia”.

Recordemos las palabras de Vergniaud: la revolución nace para devorar a
sus propios hijos.
¡Desgraciadamente, no! Nace más bien para ser devorada por ellos.
El señor Riedel ha descubierto que la propuesta de Berends, “no
debe interpretarse exclusivamente por lo que dicen las palabras, sino
que envuelve una lucha de principios”. ¡Y esta víctima del “alto cri
terio moral”5 es consejero, archivero áulico y profesor!
De nuevo ocupa la tribuna un venerable señor párroco. Es el
señor Jonasy el predicador de las damas berlinesas. Y parece como
si realmente hablara en la Asamblea a un auditorio de hijas de la
buena sociedad. Con toda la pretenciosa prolijidad de un auténtico
discípulo de Schleiermacher, el párroco predica una serie inacaba
ble de los más vulgares lugares comunes sobre la importantísima
diferencia entre una revolución y una reforma. Por tres veces se ve
interrumpido, antes de poder terminar el preámbulo a su sermón;
hasta que, por fin, pronuncia las grandiosas frases siguientes:
La revolución es algo que contradice rotundamente a nuestra actual con
ciencia religiosa y moral. Una revolución es un hecho que sin duda pasa
ba por ser grande y glorioso entre los antiguos griegos y romanos, pero
bajo el cristianismo... [Santa interrupción. Confusión gen eral Esser, fu n g,
Elsner, el Presidente e incontables voces se m ezclan en el debate. Por últim o,
el adm irado predicador recobra el uso de la palabra.]
En todo caso, niego a la Asamblea el derecho de votar acerca de prin
cipios religiosos y morales; estos principios no puede decidirlos por sufra
gio ninguna Asamblea. [¿Y el Consistorio y el Sínodo?] Empeñarse en
decretar o declarar que la revolución constituye un elevado ejemplo moral
o cualquier otra cosa [es decir, en general, que es algo] me parece exacta
mente lo mismo que si la Asamblea quisiera decidir por votación si existe
un Dios o existen varios dioses o ninguno.
Allí lo tenemos. El predicador para damas ha logrado situar de
nuevo el problema en el terreno del “alto criterio moral”, y, así for

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mulado, sólo compete resolverlo, como es natural, a los concilios
protestantes, a los fabricantes de catecismos del Sínodo.
¡Gracias a Dios! Después de todos estos tormentos morales, apa
rece por fin nuestro Hansemann. Ante este espíritu práctico, pode
mos sentirnos completamente seguros del “alto criterio moral”. El
señor Hansemann da de lado a todo el punto de vista moral con esta
despectiva observación.
Me pregunto si disponen ustedes del ocio necesario para poder dedicarse
a estas luchas en torno a los principios.
El señor Hansemann recuerda que un diputado hablaba ayer de
obreros sin pan. Y se apoya en esta referencia para pronunciar unas
ingeniosas palabras. Habla de la penuria de la clase obrera, deplora
su miseria, y se pregunta:
¿Cuál es la causa de la penuria general? Yo creo... que todo el mundo abri
ga el sentimiento de que nadie puede sentirse seguro de lo existente mien
tras no se ponga orden en las normas jurídicas de nuestro Estado
El señor Hansemann habla aquí con el corazón en la mano.
“¡Hay que restablecer la confianza!”, exclama, y el mejor medio para
restablecer la confianza es renegar de la revolución. Y, ahora, el ora
dor del ministerio, que “no ve ninguna reacción”, se entrega a pin
tar con pavorosos colores la importancia de los amistosos senti
mientos de la reacción.
Apelo ante ustedes para que se fomente a toda costa la concordia entre
todas las clases [¡al paso que se injuria a las que han hecho la revolución!];
apelo ante ustedes para que se estimule la unidad entre pueblo y ejército;
tengan ustedes presente que sobre el ejército descansan nuestras esperan
zas de afirmar nuestra independencia [¡en Prusia, donde cada ciudadano
es un soldado!]; consideren ustedes en qué situación tan difícil nos en
contramos; no tengo para qué detenerme más en esto, pues quien lea aten

tam ente ¡os periódicos [y seguramente todos esos señores lo harán] reco
nocerá que la situación es difícil, sum am ente difícil. En estas condiciones,
considero inoportuno emitir una declaración que vendría a sembrar una
sim iente de discordia en el país... Por eso, señores, deben ustedes conciliar
a los partidos, no plantear ningún problema que provoqu e al adversario,
pues así sucedería> ciertam ente. La aceptación de la propuesta acarrearía
las más dolorosas consecuencias.
¡Cómo debieron de reírse los reaccionarios, al ver que un hom
bre tan resuelto como Hansemann no sólo inculcaba el miedo a la
Asamblea, sino que se lo inculcaba a sí mismo!
Esta apelación al miedo de los grandes burgueses, abogados y
maestros de escuela de la Cámara produjo mayor efecto que todas
las frases sentimentales acerca del “alto criterio moral”. El asunto
estaba zanjado. D’Ester se lanzó de nuevo al combate con el fin de
contrarrestar el efecto de aquellas palabras, pero infructuosamente;
se cerró el debate y por 196 votos contra 177 se acordó pasar al orden
del día con los razonamientos de Zachariá.
La Asamblea emitía, con ello, un juicio acerca de sí misma, al
manifestar que carecía de todo juicio.
[Nene Rheinische Zeitung, núm. 17,17 de junio de 1848]