Protección aduanera o sistema de libre comercio

[Friedrich Engels]

Protección aduanera o sistema de libre comercio

Escrito a principios de junio de 1847.

["Deutsche-Brüsseler-Zeitung" Nr. 46 del 10 de junio de 1847]

Desde el instante en que el rey de Prusia, por falta de dinero y de crédito, se vio obligado a promulgar los edictos del 3 de febrero, a ningún hombre sensato podía caberle duda de que la monarquía absoluta en Alemania, la tradicional administración «cristiano-germánica», conocida también con el nombre de «gobierno paternal», había abdicado para siempre, a pesar de todas las resistencias y de todos los discursos del trono henchidos de ira. Con ello despuntó el día a partir del cual la burguesía en Alemania puede fechar su dominación. Los propios edictos no son más que un reconocimiento del poder de la burguesía, envuelto aún en mucho humo y niebla potsdamianos. Una gran parte de ese humo y esa niebla ha sido ya disipada por algunos soplos débiles de la Dieta Unida, y muy pronto toda la figura nebulosa y espectral cristiano-germánica se habrá disuelto en la nada.

Pero tan pronto como comenzó la dominación de las clases medias, debió surgir en primer término la exigencia de que toda la política comercial de Alemania, o sea del Zollverein, fuera arrancada de las manos incapaces de los príncipes alemanes, de sus ministros y de una burocracia arrogante, pero de mentalidad extraordinariamente limitada e ignorante en cuestiones comerciales e industriales, y que se la hiciera depender y decidir por aquellos que poseen tanto la perspicacia necesaria como el interés más inmediato en la materia. Dicho en otras palabras: la cuestión de las tarifas protectoras y diferenciales o del libre comercio debía someterse a la decisión exclusiva de la burguesía.

La Dieta Unida de Berlín ha mostrado al gobierno que la burguesía sabe lo que le conviene; en las recientes negociaciones aduaneras se le ha declarado al sistema gubernamental de Spandau con palabras bastante claras y amargas que es incapaz de comprender, proteger y fomentar los intereses materiales. El solo asunto de Cracovia habría bastado para imprimir en la frente del sacro Guillermo de la Santa Alianza <Federico Guillermo IV> y de sus ministros el sello de la ignorancia más crasa o de la traición más punible contra el bienestar del país. Para horror del altísimo señor y de sus excelencias, salieron a relucir empero una cantidad de otras cosas en las que las capacidades y perspicacias reales y ministeriales —tanto vivas como fenecidas— pudieron sentirse de todo, menos halagadas.

Dentro de la propia burguesía imperan, ciertamente, dos opiniones diferentes en lo tocante a la industria y el comercio. Sin embargo, no cabe duda de que el partido favorable a las tarifas protectoras, o sea diferenciales, es con mucho el más poderoso, numeroso y predominante. La burguesía tampoco puede, en realidad, sostenerse, consolidarse, ni alcanzar un poder ilimitado si no protege y cultiva su industria y su comercio por medios artificiales. Sin protección contra la industria extranjera, en un decenio quedaría aplastada y aniquilada. Es muy posible que ni siquiera la protección le sirva mucho ni por mucho tiempo. Ha esperado demasiado, ha yacido con demasiada calma en los pañales en que sus caros príncipes la tuvieron envuelta durante tantos años. Se le ha aventajado por todos lados, se le ha tomado la delantera, se le han arrebatado sus mejores posiciones, mientras en casa se dejaba dar tranquilamente «sopapos» y ni siquiera poseía energía suficiente para librarse de sus preceptores y maestros paternales, en parte idiotas, en parte astutísimos.

Ahora la hoja ha vuelto. Los príncipes alemanes no pueden ser en adelante sino los servidores de la burguesía, el punto sobre la i de la burguesía. En la medida en que aún hay tiempo y ocasión para el poder de ésta, la protección a la industria y al comercio alemanes es el único cimiento sobre el que aquélla puede asentarse. Y lo que la burguesía quiere y debe querer frente a los príncipes alemanes, sabrá también imponerlo.

Junto a la burguesía existe, sin embargo, un número bastante considerable de hombres a los que se llama proletarios: la clase trabajadora y desposeída.

Cabe preguntarse, pues: ¿qué gana ésta con la introducción del sistema proteccionista? ¿Recibirá por ello un salario mayor, podrá alimentarse y vestirse mejor, vivir más sano, ahorrar algo más de tiempo para el recreo y la educación, algunos medios para una educación más racional y cuidadosa de sus hijos?

Los señores de la burguesía que preconizan el sistema proteccionista no dejan nunca de poner en primer plano el bienestar de la clase obrera. A juzgar por sus palabras, con la protección de la industria comienza al mismo tiempo una vida verdaderamente paradisíaca para los trabajadores, y Alemania se convierte en un Canaán, donde para el proletario «fluye leche y miel». Por otro lado, si se escucha a los partidarios del librecambio, sólo con la aplicación
de su
sistema podrían vivir los desposeídos «como Dios en Francia», es decir, de manera muy alegre y divertida.

En ambos partidos hay todavía bastantes cabezas limitadas que creen más o menos en la verdad de sus propias palabras. Los más inteligentes de entre ellos saben muy bien que todo esto es vano engaño y está calculado únicamente para despistar y ganarse a la masa.

A ningún burgués inteligente hay que decirle que el trabajador, ya impere el sistema proteccionista, el librecambista o uno mixto de ambos, no recibe un salario superior al que alcanza justamente para su sustento más indispensable. El trabajador obtiene, en uno u otro lado, netamente lo que necesita para mantenerse en marcha como máquina de trabajo.

Al proletario, al desposeído, podría, pues, serle en apariencia muy indiferente que sean los proteccionistas o los librecambistas quienes lleven la voz decisiva.

Pero como, según queda dicho, la burguesía en Alemania necesita de la protección frente al extranjero para barrer los residuos medievales de una aristocracia feudal y la moderna alimaña «por la gracia de Dios», y para que su ser más propio e íntimo se despliegue puro y libre, también la clase obrera tiene interés en aquello que ayuda a la burguesía a alcanzar una dominación sin menoscabo.

Sólo cuando ya no se yerga más que
una
clase —la burguesía— en actitud explotadora y opresora, cuando la penuria y la miseria no puedan ya inscribirse, ora en la cuenta de este estamento, ora en la de aquél, o simplemente en la del monarca absoluto con sus burócratas, sólo entonces se entabla la última lucha decisiva, la lucha entre poseedores y desposeídos, entre la burguesía y el proletariado.

Entonces queda el campo de batalla limpio de todas las barreras superfluas, de todo accesorio que induzca a error; la posición de los dos ejércitos hostiles es clara y nítida.

Con la dominación de la burguesía alcanzan también los trabajadores, forzados por las circunstancias, un progreso infinitamente importante: el de que ya no se alzan y se rebelan contra lo existente como individuos, como unos pocos cientos o miles a lo sumo, sino que todos juntos, como
una
clase, con sus intereses y principios particulares, se lanzan contra su postrer y peor enemigo hereditario —la burguesía— según un plan común y con fuerzas unidas.

El desenlace de esta lucha no puede ser dudoso. La burguesía se hundirá y deberá hundirse ante el proletariado del mismo modo que la aristocracia y la monarquía absoluta recibieron de la clase media el golpe mortal.

Junto con la burguesía se derrumba la propiedad privada, y la victoria de la clase obrera pone fin para siempre a toda dominación de clases y de castas.