CARLOS MARX LOS PROTECCIONISTAS, LOS LIBRECAMBISTAS Y LA CLASE OBRERA35 Los proteccionistas nunca han protegido la pequeña industria, el verdadero trabajo manual. ¿0 acaso, en Alemania, el doctor List y su escuela han reclamado aranceles protectores para la pequeña industria manual, para el trabajo textil y el trabajo manual? No; cuando abogaban por una política arancelaria era, simplemente, para desplazar al trabajo por medio de las máquinas, para sacrificar la industria patriarcal a la industria moderna. Trataban, en una palabra, de extender el dominio de la burguesía y, especialmente, el de los grandes capitalistas industriales. Y llegaron hasta el punto de pregonar la decadencia y la ruina de la pequeña industria, de la pequeña burguesía, de los pequeños campesinos, como algo penoso, pero inevitable y necesario para el desarrollo industrial de Alemania.

Además de la escuela del doctor List, como Alemania es el país de las escuelas, hay otra que propugna, no simplemente un sistema proteccionista, sino un verdadero sistema prohibitivo. El jefe de esta escuela, Von Giilich, ha escrito una historia muy científica de la industria y del comercio, traducida también al francés. Este señor Von Gülich es mr filántropo sincero, que toma en serio la protección de los trabajadores manuales y del trabajo nacional. Pues bien, ¿qué hace, para llevar a cabo su propósito? Comienza refutando al doctor List, demuestra que en el sistema de éste el bienestar de la clase obrera no es más que una falsa apariencia, una frase hueca y retórica, y pasa luego a proponer lo siguiente: 1) Prohibir la importación de productos manufacturados del extranjero; 2) Imponer elevados aranceles de importación a las materias primas procedentes del extranjero, tales como algodón, seda, etc., para proteger la lana y los tejidos nacionales; 3) Hacer lo mismo con los artículos coloniales, con objeto de desplazar con productos del interior el azúcar, el café, el añil, la cochinilla, las maderas preciosas, etc.

4) Recargar con altos impuestos las máquinas nacionales, con el fin de proteger de la maquinaria al trabajo manual.

Como se ve, el señor Von Gülich es un hombre que acepta el sistema con todas sus consecuencias. ¿Y a dónde le llevan éstas? No sólo a im Escritos económicos.—21 pedir la entrada de productos industriales extranjeros, sino a entorpecer incluso el progreso de la industria nacional.

El señor List y el señor Von Gülich son los dos extremos entre los que se mueve el sistema. En uno de ellos, empeñado en proteger el progreso de la industria, sacrifica incluso la labor manual, el trabajo; en el otro, tratando de proteger el trabajo, lo hace a costa de cerrar el paso al progreso industrial. Pero volvamos a los verdaderos proteccionistas, quienes no comparten las ilusiones que se hace el señor Von Gülich.

Cuando hablan a la clase obrera en términos científicos y libremente, envuelven su filantropía en las siguientes palabras: vale más que os exploten vuestros compatriotas que no los extranjeros. Yo creo que la clase obrera no se contentará por siempre con esta solución, que es muy patriótica, hay que reconocerlo, pero demasiado ascética y espiritualista para gentes que tienen como única ocupación el producir riquezas, bienestar material.

Pero los proteccionistas dirán: “Por lo menos, nosotros mantenemos el estado actual de la sociedad. Bien o mal, aseguramos al obrero ocupación para sus brazos e impedimos que la competencia del extranjero le arroje a la calle.” No pretendo refutar esta afirmación. La acepto, sin más. Así, pues, el mejor resultado a que llegarían los proteccionistas sería el mantenimiento, la conservación del actual estado de cosas. Está bien, pero lo que a la clase obrera le interesa no es mantener el estado de cosas actual, sino transformarlo en lo contrario de lo que es. El último subterfugio que le queda a los proteccionistas es el siguiente. Dicen que su sistema no tiene la menor pretensión de ser un medio para llegar a reformas sociales, pero que no hay más remedio que comenzar por reformas sociales en el interior del país, antes de poder abordar las reformas económicas en el plano internacional. Por donde el sistema proteccionista, que había comenzado siendo reaccionario para hacerse luego conservador, se torna a la postre en un sistema conservador-proteccionista. Basta señalar la contradicción que se oculta bajo esta teoría, que a primera vista parece tener no sé qué de seductor, práctico, racional. ¡Extraña contradicción! El sistema proteccionista pone en manos del capital de un país las armas para hacer frente a los capitales de otros países; vigoriza la fuerza de aquel capital frente al capital extranjero y, al mismo tiempo, que con ayuda de los mismos medios puede empequeñecer y debilitar el mismo capital con respecto a la clase obrera. Ello equivaldría a invocar, en última instancia, la filantropía del capital, como si el capital en cuanto tal pudiera tener nada de filántropo.

En general, las reformas sociales no pueden lograrse nunca mediante la debilidad del fuerte, sino que deben obtenerse y se obtienen siempre gracias a la fuerza del débil. Por lo demás, no tenemos para qué detenemos en esto. Desde el momento en que los proteccionistas reconocen que las reformas sociales no entran dentro de los ámbitos de su sistema, que no son una emanación de éste, sino que representan un problema aparte, desde ese mismo momento se alejan de la cuestión social. Por esta razón, dejaré a un lado a los proteccionistas y pasaré a hablar del librecambio en relación con la situación de la clase obrera.

Borrador de un discurso, redactado entre el 18 y el 28 de septiembre de 1847. El original francés no se ha conservado; traducción alemana de Joseph Weydemeyer, Hamm, 1848. Tomado de Karl Marx-Friedrich Engels, Historisch-kritische Gesamtausgabe, sección primera, tomo VI, Berlín, 1932, págs. 432-434. PROTECCIONISTAS, LIBRECAMBISTAS Y CLASE OBRERA 323