Decadencia y próxima caída de Guizot

[Friedrich Engels]

La decadencia y la próxima caída de Guizot –

La posición de la burguesía francesa

["The Northern Star" núm. 506 del 3 de julio de 1847]

El teatro inglés haría mejor en retirar
*The School for Scandal*
del cartel, pues la mayor escuela de este género se ha erigido efectivamente en París, en la Cámara de Diputados. La cantidad de material escandaloso que se ha recogido y expuesto allí durante las últimas cuatro o cinco semanas no tiene, en verdad, ejemplo en los anales de las discusiones parlamentarias. Recuerdo la inscripción que el señor Duncombe propuso en otro tiempo para vuestra gloriosa Cámara de los Comunes:
«Las cosas más indignas y vergonzosas suceden dentro de estos muros».
He aquí, pues, una réplica a vuestra parentela de legisladores burgueses; aquí suceden cosas de las que incluso los bribones británicos se avergonzarían. El honor de la vieja y buena Inglaterra está a salvo; mister Roebuck ha sido superado por monsieur de Girardin; sir James Graham ha sido batido por monsieur Duchâtel.

No me tomaré la molestia de presentaros la lista entera de los escándalos que se han destapado aquí en las últimas semanas; no diré palabra de los numerosos casos de soborno llevados ante los tribunales; ni una palabra del señor Gudin, el oficial de ordenanza del rey, que, no sin cierta habilidad, intentó introducir las costumbres del mundo de los estafadores en las Tullerías; no os daré un informe prolijo sobre el sucio affaire del general Cubières, par de Francia, antiguo ministro de la Guerra, quien, bajo el pretexto de comprar la aprobación del gobierno para formar una sociedad minera, estafó a dicha sociedad por 40 acciones, que se embolsó a sangre fría, razón por la cual ha de responder ahora ante la Cámara de los Pares. No, quiero ofreceros solo unas pequeñas muestras –unos pocos ejemplos de dos o tres sesiones de la Cámara de Diputados– que os permitirán juzgar los demás.

El señor Émile de Girardin, diputado y director del periódico
*La Presse*
, que en ambas calidades apoya al nuevo partido de los
conservadores progresistas
y es desde hace algún tiempo uno de los más violentos adversarios del gobierno (al que hasta hace poco había apoyado), es un hombre de gran talento y gran actividad, pero sin principios. Desde el comienzo de su carrera política, recurrió sin vacilar a todos los medios para convertirse en una personalidad relevante de la vida pública. Fue él quien obligó a batirse en duelo y mató de un tiro a Armand Carrel, el célebre director de
*Le National*
, librándose así de un competidor peligroso. El apoyo de un hombre semejante, propietario de un periódico influyente y miembro de la Cámara de Diputados, era naturalmente de gran importancia para el gobierno; pero el señor de Girardin vendió su apoyo (pues siempre lo
vendió
) a un precio muy elevado. Se realizaron diversos negocios entre el señor de Girardin y el gobierno, si bien no siempre a plena satisfacción de ambas partes. Entretanto, el señor de Girardin se preparaba para cualquier posible giro de los acontecimientos. Previendo la probabilidad de una ruptura con el gabinete Guizot, fue reuniendo informes sobre escándalos, sobornos y chanchullos, que por su posición podía conocer mejor que nadie y que le transmitían sus amigos y agentes de alta posición. La marcha de las discusiones partidistas en la presente sesión le mostró que la caída de Guizot y Duchâtel se aproxima. Fue una de las principales personas en la fundación del nuevo partido de los «conservadores progresistas» y amenazó en repetidas ocasiones al gobierno con todo el peso de su cólera si persistía en su rumbo. El señor Guizot rechazó, con expresiones bastante despectivas, todo compromiso con el nuevo partido. Este se separó de la mayoría e inquietó al gobierno con su oposición. Las discusiones financieras y de otra índole en la Cámara sacaron a la luz pública tantos escándalos, que los señores Guizot y Duchâtel se vieron obligados a arrojar por la borda a varios de sus colegas para salvarse a sí mismos. Sin embargo, los escaños libres fueron ocupados por hombres tan insignificantes, que ningún partido quedó satisfecho y el ministerio resultó más debilitado que fortalecido. Luego vino el affaire Cubières, que incluso en la mayoría hizo surgir algunas dudas respecto a la posibilidad de mantener al señor Guizot en el cargo. Ahora, por fin, al ver al gabinete completamente desorganizado y debilitado, el señor de Girardin consideró llegado el momento de sacar su caja de Pandora de los escándalos y de lograr la caída de un gobierno tambaleante mediante revelaciones capaces de conmover incluso la fe del «vientre» de la Cámara.

Empezó acusando al gobierno de haber vendido una dignidad de par por 80.000 francos, pero de no haber cumplido la promesa tras haber embolsado ya el dinero. La Cámara de los Pares se sintió ofendida por esta afirmación, publicada en el periódico
*La Presse*
, y pidió permiso a los diputados para llevar al señor de Girardin ante su tribunal. Esta exigencia provocó una discusión en la Cámara de Diputados, en cuyo curso el señor de Girardin mantuvo plenamente su afirmación y declaró estar en posesión de pruebas; pero se negaba a dar nombres, pues no quería desempeñar el papel de un
denunciante
. En todo caso, dijo, había mencionado el asunto personalmente tres veces al señor Guizot, quien jamás negó el hecho. También había hablado de ello una vez con el señor Duchâtel y recibido la siguiente respuesta: «Ocurrió durante mi ausencia, y después desaprobé la cosa; el señor Guizot lo ha hecho». Todo esto fue negado rotundamente por el señor Duchâtel. «Pues bien –dijo el señor de Girardin–, os aportaré la prueba de que no es en absoluto ajeno a los hábitos del gobierno proponer tales negocios», y leyó una carta del general Alexandre de Girardin (según creo, padre del señor Émile de Girardin; este último es hijo ilegítimo) al rey. Esa carta expresaba la gratitud del general de Girardin por la oferta de una dignidad de par que se le había hecho; pero añadía al mismo tiempo que el señor Guizot puso luego la condición de que él (el general de G.) hiciese valer su influencia sobre el señor Émile de G. para apartarlo de la oposición contra el gobierno. En semejante negocio el general de G. no quiso tomar parte y rechazó, por tanto, la dignidad de par. «Oh –dijo el señor Duchâtel–, si no hay más que eso, quisiéramos solo mencionar que el propio señor Émile de Girardin nos ofreció abandonar su oposición si lo nombrábamos par; pero nosotros rechazamos esa oferta.»
Hinc illae lacrimae!
<¡De ahí esas lágrimas!>

Sin embargo, Duchâtel no respondió ni una sola sílaba a la afirmación contenida en esa carta. La Cámara votó entonces que el señor Émile de G. fuera entregado a los pares para un procedimiento de investigación. Fue interrogado, mantuvo la afirmación, pero explicó que, puesto que las dignidades de par vendidas no estaban probadas, no podía haber atacado a la Cámara de los Pares, sino únicamente al gobierno. En consecuencia, fue absuelto por los pares. Luego, Girardin sacó a relucir otro escándalo. El año pasado se fundó un gran periódico,
*L’Époque*
, que debía apoyar al gobierno, barrer del campo a todos los periódicos de oposición y volver superfluo el costoso sostenimiento del periódico del señor de Girardin,
*La Presse*
. El experimento fracasó en medida sorprendente, en parte también por las intrigas personalmente del señor de Girardin, que mete la mano en todo asunto de esta índole. Ahora, cuando se acusaba al señor Duchâtel de haber sobornado a la prensa, este respondió que el gobierno jamás había pagado subsidio dinerario alguno a ningún periódico. Frente a esta afirmación, el señor de Girardin mantuvo el hecho notorio de que el señor Duchâtel, después de muchas súplicas por parte de los directores de
*L’Époque*
, les había dicho: «Pues bien, oro y plata no tengo, pero lo que tengo os lo daré»…, y les dio el privilegio para un tercer teatro de ópera en París. Este privilegio lo vendieron los «finos caballeros» de
*L’Époque*
por 100.000 francos, de los cuales 60.000 se emplearon para sostener el periódico y los 40.000 restantes fueron a saber Dios adónde. También esto fue negado rotundamente por el señor Duchâtel; pero el hecho es, sin embargo, generalmente conocido.

Por lo demás, el señor de Girardin sacó a la luz pública aún algunos negocios similares; pero estas muestras bastarán.

Ayer, el señor de Girardin volvió a levantarse en la Cámara de Diputados y leyó algunas cartas de las que resultaba que el señor Duchâtel había dispuesto que la discusión sobre el antedicho affaire de la dignidad de par se imprimiese a expensas del Estado y se enviase a todos los concejales del país, pero que en ese informe oficial no se reproducían correctamente ni los discursos del señor de Girardin ni los del señor Duchâtel, sino que, por el contrario, ambos habían sido retocados para hacer aparecer al señor de Girardin como un calumniador ridículo y al señor Duchâtel como el más puro y virtuoso de todos los hombres. En lo tocante al asunto mismo, repitió todas sus afirmaciones y desafió al gobierno a que las hiciese refutar por un comité parlamentario o a que lo llevase a él, como calumniador, ante un jurado. En ambos casos, dijo, se vería obligado a dar a conocer los nombres de los implicados y todos los detalles, para poder probar sus acusaciones sin desempeñar el papel de un vulgar soplón. Esto provocó un tumulto general en la Cámara. El señor Duchâtel se negó: el señor de Girardin repitió su exigencia; el señor Duchâtel volvió a negarse; el señor de Girardin repitió su exigencia una vez más, y así sucesivamente; todo ello acompañado de los gritos y contragritos de los «coros» de la Cámara. Otros miembros de la oposición instaron de nuevo al gobierno a aclarar el asunto, bien en una investigación parlamentaria, bien en un proceso judicial. Por fin, el señor Duchâtel dijo:

«Una investigación parlamentaria, señores míos, presupondría dudas acerca de la probidad del gobierno por parte de la mayoría; por consiguiente, el día en que se aprobase esa investigación, nuestros puestos serían ocupados por otros; si abrigáis alguna duda, decídnoslo abiertamente y dimitiremos de inmediato».

«Entonces –dijo el señor de Girardin–, no queda más remedio que un proceso judicial. Estoy dispuesto a someterme a él. Llevadme ante un jurado, si os atrevéis.»

«No –replicó el señor Hébert, ministro de Justicia–, no lo haremos, porque la mayoría de la Cámara juzgará.»

«Pero –objetó el señor Odilon Barrot– esto no es una cuestión política; es una cuestión
jurídica
, y tal cuestión no es de nuestra competencia, sino de la de los tribunales ordinarios. Si el señor de Girardin ha calumniado al gobierno en su periódico, ¿por qué no se lo lleva ante un tribunal?»

«¡No queremos!»

«Bien, pero también hay una acusación clara contra otros implicados respecto al tráfico de dignidades de par; ¿por qué no se la saca a la luz? Y ese affaire de
*L’Époque*
y del privilegio del teatro de ópera…: si vosotros no estáis implicados, como decís, ¿por qué no denunciáis a los que
sí
están implicados en tan vergonzoso negocio? Existen acusaciones inequívocas e incluso pruebas parciales de crímenes presuntamente cometidos; ¿por qué los abogados de la Corona no proceden judicialmente, como su deber les obliga, contra aquellos que son acusados de esos crímenes?»

«No presentamos acusación –respondió el señor Hébert– porque el carácter de las afirmaciones y el carácter de quienes las presentan no son tales que los consejeros de la Corona puedan siquiera considerar fundadas esas acusaciones.»

Todo esto fue constantemente interrumpido por silbidos, gritos, golpes y toda clase de ruidos. Esta sesión incomparable, que ha sacudido al gabinete Guizot hasta sus cimientos, terminó con una votación de la que se desprende que, aunque es posible quebrantar la confianza de la mayoría, ¡no lo es quebrantar su sistema de votación!

«La Cámara, tras haber tomado conocimiento de las explicaciones del gobierno y habiéndolas hallado
satisfactorias
, ¡pasa al orden del día!»

¿Qué os parece? ¿Qué preferís, al gobierno o a la mayoría, a la Cámara de Diputados de Francia o a vuestra Cámara de los Comunes? Monsieur Duchâtel o sir James Graham. Me atrevo a afirmar que será una elección difícil. Sin embargo, existe una diferencia. La burguesía inglesa ha tenido que luchar hasta hoy contra una aristocracia que aún no ha sido eliminada, aunque se encuentra en estado de descomposición y disgregación. La aristocracia de Inglaterra ha encontrado siempre apoyo en uno u otro sector de la burguesía, y fue esa escisión de la burguesía la que salvó a la aristocracia del derrumbe total. En la actualidad, la aristocracia de Inglaterra es apoyada por los poseedores de valores bursátiles, banqueros y gente de renta garantizada, así como por una gran parte de los armadores, en la lucha contra los fabricantes. Todo el movimiento por la abolición de las leyes de cereales es una prueba de ello. Por eso, la parte avanzada de la burguesía inglesa (me refiero a los fabricantes) podrá ahora llevar a cabo algunas medidas políticas progresistas que descompondrán más y más a la aristocracia. Los fabricantes se verán incluso
obligados
a actuar así. Tienen que ampliar sus mercados, lo cual no pueden hacer sin bajar los precios; a esta baja debe precederle una reducción de los costes de producción, que se consigue en primer lugar mediante la reducción de los salarios, y para la reducción de los salarios no hay medio más seguro que los precios reducidos de los medios de subsistencia necesarios; y para lograr esto no les queda otro medio que la reducción de los impuestos. Tal es la lógica de las cosas que obliga a los fabricantes de Inglaterra a suprimir la Iglesia estatal, a reducir la deuda pública o a «saldarla de manera justa». Se verán obligados a adoptar estas dos medidas y otras del mismo sentido en cuanto descubran –y tendrán que descubrirlo– que el mercado mundial no basta para comprar sus productos de modo ininterrumpido y regular. Así, la burguesía inglesa ha seguido hasta ahora una dirección progresista; tiene que derribar a una aristocracia y a un clero privilegiado; se verá obligada a llevar a cabo ciertas medidas progresistas, y para ello los burgueses son las personas adecuadas e idóneas. La burguesía francesa, empero, se encuentra en una situación distinta. En Francia no hay ni nobleza de nacimiento ni nobleza terrateniente. La Revolución la barrió por completo. Tampoco hay allí una Iglesia privilegiada ni estatal; por el contrario, tanto el clero católico como el protestante reciben sus salarios del gobierno y están completamente equiparados entre sí. En Francia no es posible una lucha seria entre los poseedores de valores bursátiles, banqueros, armadores y los fabricantes, porque de todos los sectores de la burguesía los poseedores de valores y los banqueros (que son al mismo tiempo los principales accionistas de las compañías ferroviarias, mineras y otras) representan sin duda el sector más fuerte y –salvo pocas interrupciones– tienen en sus manos las riendas del gobierno desde 1830. Los fabricantes, deprimidos por la competencia extranjera en el mercado exterior y amenazados en el propio, no tienen posibilidad alguna de alcanzar un nivel de poder desde el cual pudieran combatir con éxito a banqueros y poseedores de valores. Al contrario, sus posibilidades disminuyen cada año; su partido en la Cámara de Diputados, antes la mitad, no cuenta hoy más que con un tercio de los diputados. De todo esto resulta que ni un sector aislado ni la totalidad de la burguesía gobernante están en condiciones de introducir algo así como el «progreso»; que en Francia, desde la revolución de 1830, la dominación de la burguesía se estableció de manera tan completa que las clases dominantes no pudieron hacer otra cosa que
arrumarse a sí mismas
. Eso es lo que han hecho. En vez de avanzar, se vieron forzadas a retroceder, a restringir la libertad de prensa, a suprimir el derecho de asociación y de reunión y a promulgar toda clase de leyes de excepción para mantener sojuzgada a la clase obrera. Y los escándalos que se han sacado a la luz durante las últimas semanas son la prueba evidente de que la burguesía gobernante de Francia está totalmente extenuada, completamente «gastada».

En efecto, la gran burguesía se encuentra en una situación penosa. Había encontrado por fin en Guizot y Duchâtel a los hombres adecuados para dirigir los asuntos de su Estado. Los mantuvo siete años en el cargo e hizo que en cada elección obtuvieran una mayoría cada vez mayor. Y ahora, después de haber reducido a todos los grupos de oposición de la Cámara a un estado de extremo desamparo, ahora, cuando los días de gloria de Guizot y Duchâtel parecían haber llegado, precisamente en ese momento se descubrieron en las actuaciones del gobierno tantos escándalos que hacen imposible su permanencia en el cargo, aunque fueran apoyados unánimemente por las Cámaras. Está fuera de duda que Guizot y Duchâtel, con sus colaboradores, presentarán muy pronto su dimisión; pueden sostenerse todavía unas semanas en sus sillones ministeriales, pero su fin está cerca, muy cerca. ¿Y quién gobernará después de ellos? ¡Quién sabe! Es posible que digan con Luis XV: «Después de mí, el diluvio, la ruina y el caos». Thiers es incapaz de reunir una mayoría. Molé es un hombre viejo, gastado e insignificante, que chocará con toda clase de dificultades y que, para asegurarse el apoyo de la mayoría, tendrá que cometer actos escandalosos semejantes y, por tanto, acabar exactamente como Guizot. Esta es la mayor dificultad. Los electores actuales elegirán siempre una mayoría semejante a la ahora existente; la mayoría actual exigirá siempre un ministerio como el de Guizot y Duchâtel, enredado en toda suerte de affaires; y cualquier gabinete que obre así será derribado por la mera presión de la opinión pública. Tal es el círculo vicioso en que se mueve el sistema actual. Pero seguir como hasta ahora es imposible. ¿Qué hacer, pues? No hay otro camino que salir de ese círculo y llevar a cabo una reforma electoral: reforma electoral, es decir, admisión de los pequeños comerciantes al sufragio, y eso significa en Francia «el principio del fin». Rothschild y Louis-Philippe saben muy bien que la admisión de la pequeña «burguesía» a las urnas no significa otra cosa que
*LA RÉPUBLIQUE!*

París, 26 de junio de 1847

Del inglés.