El discurso de Louis Blanc en el banquete de Dijon

[Friedrich Engels]

El discurso de Louis Blanc en el banquete de Dijon

["Deutsche-Brüsseler-Zeitung" n.º 104, del 30 de diciembre de 1847]

El "Northern Star", en su informe sobre el banquete de Dijon, somete el discurso del señor Louis Blanc a una crítica con la cual coincidimos plenamente. La unión de los demócratas de las distintas naciones no excluye la crítica recíproca. Es imposible sin dicha crítica. Sin crítica no hay entendimiento y, por consiguiente, no hay unión. Reproducimos las observaciones del "Northern Star" para protestar, también por nuestra parte, contra prejuicios e ilusiones que son absolutamente hostiles a las tendencias de la democracia moderna y que, por tanto, han de ser abandonados si la unión de los demócratas de las distintas naciones ha de ser algo más que una frase.

El señor Blanc dijo en el banquete de Dijon:

"Necesitamos la unión en la democracia. Y que nadie se llame a engaño sobre esto: no pensamos ni trabajamos únicamente para Francia, sino para el mundo entero, pues el porvenir de Francia es el porvenir de la humanidad. En efecto, nos hallamos en esta admirable situación: sin dejar nunca de ser nacionales, somos necesariamente cosmopolitas, e incluso más cosmopolitas que nacionales. Quien se llama demócrata y al mismo tiempo quiere ser inglés, reniega de la historia de su propio país, pues la participación de Inglaterra en la historia fue siempre la lucha por el egoísmo contra la "fraternité" <"fraternidad">. Del mismo modo, el francés que no quisiera ser al mismo tiempo cosmopolita renegaría de la historia de su país: pues Francia jamás pudo hacer imperar una idea, a no ser en beneficio del mundo entero. ¡Señores míos! En la época de las Cruzadas, cuando Europa partió a conquistar el Santo Sepulcro, Francia cobijó el movimiento bajo sus alas protectoras. Más tarde, cuando los sacerdotes quisieron imponernos el yugo de la supremacía papal, obispos galicanos defendieron los derechos de la conciencia. Y en los últimos días de la antigua monarquía, ¿quién apoyó a la joven América republicana? ¡Francia, siempre Francia! Y lo que era cierto, incluso para la Francia monárquica, ¿cómo no iba a serlo para la Francia republicana?

¿En qué página del libro de la historia encontramos, siquiera de lejos, ese admirable desinterés abnegado de la república francesa que, exhausta por la sangre derramada en nuestras fronteras y en el cadalso, halló aún sangre que verter por sus hermanos bátavos! Vencida o victoriosa, iluminaba a sus propios enemigos con los rayos de su genio. ¡Enviadnos dieciséis ejércitos, Europa, y os enviaremos a cambio vuestra libertad!"

El "Northern Star" observa al respecto:

"No pretendemos en modo alguno rebajar las heroicas luchas de la Revolución francesa ni regatear la gratitud que el mundo debe a los grandes hombres de la República. Sin embargo, creemos que la posición recíproca de Francia e Inglaterra con respecto al cosmopolitismo <Las palabras "cosmopolitismo" y "cosmopolita" son empleadas aquí por Engels no en el sentido del cosmopolitismo burgués expresado en el discurso de Louis Blanc y criticado en el presente artículo, sino en su significado propio de universalmente humano, "libres de prejuicios nacionales".> está designada de manera absolutamente incorrecta en el bosquejo anterior. Negamos por completo el carácter cosmopolita que se atribuye a la Francia anterior a la Revolución. ¡Las épocas de Luis XI y de Richelieu pueden servir de prueba! Ahora bien, ¿qué es lo que realmente afirma el señor Louis Blanc acerca de Francia? 'Que jamás pudo hacer imperar una idea a no ser en beneficio del mundo entero.' Pues bien, creemos que el señor Blanc no puede nombrarnos ningún país del mundo que, en este aspecto, se distinga de Francia o que siquiera pueda distinguirse. Tomemos, por ejemplo, a Inglaterra, que el señor Blanc contrapone directamente a Francia: Inglaterra inventó la máquina de vapor, Inglaterra construyó los ferrocarriles, dos cosas que, a nuestro juicio, compensan una buena parte de ideas. ¡Muy bien! ¿Los inventó Inglaterra para sí misma o para el mundo? Los franceses se jactan de difundir la civilización por doquier, especialmente en Argel. Y, ¿quién ha difundido la civilización en América, Asia, África y Australia sino Inglaterra? ¿Quién fundó precisamente aquella república en cuya liberación Francia tuvo alguna participación? Inglaterra… siempre Inglaterra. Si Francia apoyó a la república americana en su lucha de liberación contra la tiranía inglesa, Inglaterra, dos siglos antes, liberó a la república holandesa de la opresión española. Si a fines del siglo pasado Francia dio un glorioso ejemplo al mundo entero, no debemos pasar en silencio el hecho de que Inglaterra dio ese ejemplo 150 años antes, y que en aquel momento ni siquiera encontró a Francia dispuesta a seguirla. Y en lo que atañe a las ideas que los filósofos franceses del siglo XVIII —Voltaire, Rousseau, Diderot, D'Alembert y otros— popularizaron tanto, ¿dónde tuvieron su origen esas ideas sino en Inglaterra? No olvidemos jamás a Milton, el primer defensor del regicidio, a Algernon Sidney, a Bolingbroke y a Shaftesbury, por encima de sus más brillantes sucesores franceses."

"Un inglés que se llama demócrata —dice el señor Blanc— reniega de la historia de su propio país."

¡Pues bien! Consideramos que el rasgo más decidido de la verdadera democracia es que ésta tiene que renegar de su país, que tiene que repudiar toda responsabilidad por un pasado colmado de miseria, tiranía, opresión de clase y superstición. ¡Que los franceses no constituyan una excepción frente a los demás demócratas; que no carguen sobre sí la responsabilidad por los actos de sus reyes y aristócratas de tiempos pasados! Lo que, por tanto, el señor Blanc considera un inconveniente de los demócratas ingleses, nosotros lo tenemos por una gran ventaja: el que ellos tengan que repudiar el pasado y mirar exclusivamente hacia el futuro.

"Un francés —dice el señor Blanc— es necesariamente un cosmopolita." Sí, ¡en un mundo donde sólo imperasen la influencia francesa, las costumbres, los hábitos, las ideas y las condiciones políticas francesas! ¡En un mundo donde cada nación hubiera adoptado los rasgos característicos de la nacionalidad francesa! Pero justamente contra eso tienen que protestar los demócratas de las demás naciones. Completamente dispuestos a abandonar la estrechez de su propia nacionalidad, esperan lo mismo de los franceses. No les basta en absoluto la afirmación de los franceses de que, como franceses, ya son cosmopolitas. Semejante afirmación equivale a la exigencia de que todos los demás se conviertan en franceses.

Compárese con Alemania. Alemania es la patria de un número enorme de inventos —por ejemplo, la imprenta. Alemania ha producido, como generalmente se reconoce, una cantidad mucho mayor de ideas generosas y cosmopolitas que Francia e Inglaterra juntas. Y en la práctica, Alemania fue siempre humillada, siempre defraudada en sus esperanzas. Ella es la que mejor puede contar de qué naturaleza fue el cosmopolitismo francés. En la misma medida en que Francia tuvo que lamentar la deslealtad de la política inglesa, Alemania experimentó una política igualmente desleal por parte de Francia, desde Luis XI hasta Luis Felipe. Si quisiéramos aplicar la medida del señor Blanc, serían los alemanes los verdaderos cosmopolitas. Pero los demócratas alemanes están muy lejos de semejante pretensión.