Lamartine y el comunismo

[Karl Marx]

["Deutsche-Brüsseler-Zeitung", núm. 103, de 26 de diciembre de 1847]

Bruselas, 24 de diciembre.

Los periódicos franceses traen de nuevo una carta del señor de Lamartine. Esta vez se trata del comunismo, sobre el cual el socialista poético se pronuncia por fin sin ambages, después de haber sido exhortado a ello por Cabet. Lamartine promete al mismo tiempo hacerse oír en breve y detalladamente sobre este «importante asunto». Por ahora se contenta con unas breves sentencias oraculares:

«Mi opinión sobre el comunismo —dice— se puede resumir en un sentimiento (!), y precisamente en el siguiente: Si Dios me confiase una sociedad de salvajes para civilizarlos y hacer de ellos hombres civilizados, la primera institución que les daría sería la propiedad.»

«Que el hombre se apropie los elementos —prosigue el señor Lamartine— es una ley natural y una condición de vida. El hombre se apropia del aire al respirar, del espacio al recorrerlo, del suelo al cultivarlo, e incluso del tiempo al perpetuarse mediante los hijos; la propiedad es la organización del principio vital en el universo; el comunismo sería la muerte del trabajo y de toda la humanidad.»

«Su sueño —consuela finalmente el señor Lamartine al señor Cabet— es demasiado hermoso para esta tierra.»

El señor Lamartine, pues, combate el comunismo, y no sólo un sistema comunista, sino que sale a la palestra por la «eternidad de la propiedad privada». Pues su «sentimiento» le dice tres cosas: 1. que la propiedad civiliza a los hombres, 2. que es la organización del principio vital en el mundo y 3. que su contrario, el comunismo, es un sueño demasiado hermoso para este mundo malo.

El señor Lamartine, sin duda, «siente» un mundo mejor, en el que el «principio vital» está «organizado» de otra manera. Pero en este mundo malo, la «apropiación» es, de por sí, una condición de vida.

No es necesario analizar el confuso sentimiento del señor Lamartine para disolverlo en sus contradicciones. Sólo queremos hacer una observación. El señor Lamartine cree haber demostrado la eternidad de la propiedad burguesa, al insinuar que la propiedad en general constituye el tránsito del estado de salvajismo al de civilización, y al dar a entender que el proceso de la respiración y el hacer hijos, tan bien como la propiedad privada social, presuponen el derecho de propiedad.

El señor Lamartine no ve diferencia alguna entre la época del tránsito del salvajismo a la civilización y la nuestra, ni tampoco entre la «apropiación» del aire y la «apropiación» de los productos sociales; ¡pues ambas cosas son «apropiaciones», como ambas épocas son «épocas de transición»!

El señor Lamartine hallará sin duda, en su «detallada» polémica contra el comunismo, ocasión de hacer «seguir lógicamente» de estas generalidades que brotan de su «sentimiento» toda una serie de otras generalidades aún más generales. — Acaso entonces también nosotros tendremos ocasión de examinar «más detalladamente» sus generalidades. — Por esta vez nos contentamos con comunicar a nuestros lectores los «sentimientos» que un periódico monárquico-católico contrapone a los del señor Lamartine. Pues la «Union monarchique», en su número de ayer, se expresa en los términos siguientes contra los sentimientos lamartinianos:

«¡Ahí lo vemos, cómo estos ilustradores de la humanidad la dejan sin guía! ¡Desdichados! Han robado al pobre el Dios que lo consuela; le han quitado el cielo; han dejado al hombre solo con su privación, con su miseria. Y luego vienen y dicen: Quieres poseer la tierra; no es tuya. Quieres gozar de los bienes de la vida; pertenecen a otros. Quieres participar de las riquezas; eso no puede ser; permanece pobre, permanece desnudo, permanece abandonado — ¡muere!»

La «Union monarchique» consuela a los proletarios con Dios. El «Bien Public», periódico del señor Lamartine, los consuela con el «principio vital».