Los verdaderos socialistas

Friedrich Engels

Los verdaderos socialistas

Escrito de enero a abril de 1847.

Desde que se escribieron las anteriores descripciones de los verdaderos socialistas, han transcurrido varios meses. Durante este tiempo, el verdadero socialismo, que hasta ahora solo aparecía aisladamente, aquí y allá, ha cobrado un auge grandioso. Ha encontrado representantes en todas las partes de la patria común, e incluso se ha elevado a una cierta significación partidista literaria. Más aún, ya se escinde en varios grupos, estrechamente unidos por el vínculo común de la cordialidad y la cientificidad alemanas, por aspiraciones y fines comunes, pero separados netamente entre sí por la particular individualidad de cada uno. De este modo, «la caótica masa luminosa», como dice tan bellamente el señor Grün, del verdadero socialismo se ha transformado con el tiempo en una «claridad ordenada»; se ha concentrado en estrellas con grupos de estrellas, a cuyo suave y tranquilo resplandor el ciudadano alemán puede entregarse sin preocupación a sus planes para la honesta adquisición de un pequeño patrimonio y a sus esperanzas de elevación de las clases bajas del pueblo.

No podemos separarnos del verdadero socialismo sin haber observado antes, al menos, más de cerca a los más desarrollados de estos grupos. Veremos cómo cada uno de ellos, difuminándose al principio en la Vía Láctea del amor universal a la humanidad, mediante la fermentación agria que sobreviene —el «verdadero entusiasmo por la humanidad» (como lo expresa el Dr. Lüning, una autoridad sin duda competente)—, se constituye como un copo particular y se separa del suero liberal-burgués; cómo luego figura durante un tiempo como nebulosa en el cielo socialista, cómo la nebulosa aumenta en tamaño y luminosidad y, finalmente, como un cohete, se descompone en un deslumbrante grupo de estrellas y constelaciones.

El grupo más antiguo, el que más tempranamente se desarrolló de manera independiente, es el del
socialismo westfaliano
. Gracias a los sumamente importantes altercados de este grupo con la policía real prusiana, gracias al celo de estos hombres del progreso westfalianos por la publicidad, el público alemán ha tenido la ganancia de poder leer toda la historia de este grupo en la «Kölnische ....», «Trier'sche ...» y otros periódicos. Por tanto, solo necesitamos mencionar aquí lo más indispensable.

El socialismo westfaliano es oriundo de la región de Bielefeld, en el bosque de Teutoburgo. Los periódicos contenían en su momento indicios misteriosos sobre el carácter místico de su época más temprana. Pero pronto superó la fase de nebulosa; con el primer cuaderno del «Westphälisches Dampfboot» se reveló y mostró al ojo asombrado un ejército de estrellas centelleantes. Nos encontramos al norte del ecuador y, dice una vieja rima:

En el Norte se ven el Carnero y el Toro,
los Gemelos, el Cangrejo y el León, junto con una Virgen por adorno.

La existencia de las «Vírgenes» fue afirmada ya tempranamente por la «buena prensa»; el «León» era el mismísimo Hermann el Querusco, quien, poco después de revelarse la nebulosa westfaliana, abandonó a sus íntimos amigos y ahora, como tribuno del pueblo desde América, sacude sus rubias crines. No mucho después le siguió el Cangrejo «a causa de desagradables historias de cambios», con lo cual el socialismo westfaliano quedó viudo, pero no por ello dejó de continuar el negocio. De los Gemelos, uno también se fue a América para fundar una colonia; mientras allí se extraviaba, el segundo inventó «la economía nacional en su configuración futura» (cf. Lüning, «Este libro pertenece al pueblo», II. año). No obstante, todas estas diversas figuras son relativamente insignificantes. El peso del grupo se concentra en el Carnero y el Toro, esos astros auténticamente westfalianos, bajo cuya tutela el «Westphälisches Dampfboot» surca seguro las olas.

El «Westphälisches Dampfboot» se mantuvo durante largo tiempo en el mode simple <manera simple> del verdadero socialismo. «No pasaba una hora de la noche» sin que derramara amargas lágrimas sobre la miseria de la humanidad doliente. Predicaba el evangelio del hombre, del verdadero hombre, del hombre verdadero y real, del hombre verdadero, real y tangible, con todas sus fuerzas, las cuales, ciertamente, no eran particularmente grandes. Tenía un ánimo blando y amaba el arroz con leche más que la pimienta española. Por eso su crítica poseía un carácter muy apacible y prefería adherirse a recensionistas igualmente compasivos y amorosos, antes que a la incipiente frialdad despiadada, a la fría agudeza del juicio. Pero tenía un corazón ancho con poco coraje, y así incluso la insensible «Sagrada Familia» encontró gracia ante sus ojos. Con la mayor escrupulosidad informaba sobre las diversas fases de las asociaciones locales de Bielefeld, Münster, etc., para la elevación de las clases trabajadoras. La mayor atención se dedicaba a los importantes acontecimientos en el Museo de Bielefeld. Y para que el ciudadano y el campesino westfalianos se enteraran de lo que sonaban las campanas, en el panorama mensual de los «Acontecimientos mundiales» al final de cada número se elogiaba a los mismos liberales que habían sido atacados en los restantes artículos del número. De paso, se comunicaba también al ciudadano y al campesino westfalianos cuándo había dado a luz la reina Victoria, que en Egipto asolaba la peste y que los rusos habían perdido una batalla en el Cáucaso.

Como se ve, el «Westphälisches Dampfboot» era una revista que podía aspirar plenamente al agradecimiento de todos los bienintencionados y a las rebosantes alabanzas del señor Fr. Schnake en el «Gesellschaftsspiegel». El Toro redactaba con la más sonriente complacencia en los pantanosos pastos del verdadero socialismo. Si bien el censor de cuando en cuando le hincaba el diente, nunca tuvo que suspirar: «era el mejor trozo»; el toro westfaliano era un buey de tiro y no un toro de cría. Ni siquiera el «Rheinische Beobachter» se atrevió jamás a reprochar al «Westphälisches Dampfboot» en general, ni al Dr. Otto Lüning en particular, atentado alguno contra la moralidad. En resumen, uno podía figurarse que el «Dampfboot» —que, desde que le fue prohibido el Weser, solo navega ya por el río Erídano, míticamente trasladado a las estrellas (pues por Bielefeld no corre otra agua)—, el «Dampfboot» había alcanzado el más alto grado de perfección humana.

Pero en todos sus esfuerzos anteriores, el «Dampfboot» solo había desarrollado la fase más simple del verdadero socialismo. Hacia el verano de 1846 salió del signo del Toro y se aproximó al del Carnero, o, mejor dicho, para hablar con mayor exactitud histórica, el Carnero se aproximó a él. El Carnero era un hombre hecho y derecho y se hallaba plenamente a la altura de los tiempos. Explicó al Toro cómo pintaban realmente las cosas en el mundo, que las «relaciones reales» eran ahora lo principal y que, por tanto, era preciso dar un nuevo giro. El Toro estuvo completamente de acuerdo, y desde ese instante el «Westphälisches Dampfboot» ofrece un espectáculo aún mucho más edificante: el mode composé <la manera compuesta> del verdadero socialismo.

«El Carnero y el Toro» creyeron que no podían ejecutar mejor esta airosa pirueta que mediante la publicación de nuestra crítica del «Volks-Tribun» de Nueva York, que habíamos enviado en manuscrito a ese periódico y que había sido acogida por él. El «Dampfboot», que ahora no temía arremeter contra su propio León, que se encontraba lejos, en América (el mode composé del verdadero socialismo otorga mucha más osadía que el mode simple), fue, por lo demás, lo bastante astuto como para añadir a la mencionada crítica la siguiente observación filantrópica: «Si alguien quisiera ver en el anterior artículo una autocrítica (?!) del “Dampfboot”, nada tenemos que objetar.»

Con esto queda suficientemente introducido el mode composé del verdadero socialismo, y ahora se avanza a galope tendido por la nueva vía. El Carnero, criatura guerrera por naturaleza, no puede tranquilizarse con el bondadoso modo de crítica hasta ahora practicado; al nuevo morueco guía del rebaño de corderos westfalianos le tiembla el deseo de lucha por todos los miembros, y antes de que sus compañeros, más timoratos, puedan impedírselo, se lanza al trote, con los cuernos bajos, contra el Dr. Georg Schirges, en Hamburgo. El Dr. Schirges no gozaba antes de tan mal concepto entre los timoneles del «Dampfboot», pero ahora las cosas han cambiado. El pobre Dr. Schirges representa el mode simplicissimus <la manera simplísima> del verdadero socialismo, y esta simpleza, compartida todavía no hace mucho, no se la perdona el mode composé. Por eso, en el cuaderno de septiembre de 1846 del «Dampfboot», pp. 409-414, el Carnero le embiste abriendo las más despiadadas brechas en los muros de su «Werkstatt». Disfrutemos un instante de este espectáculo.

Algunos verdaderos socialistas y comunistas soi-disant <supuestos> han traducido las brillantes sátiras de Fourier sobre las condiciones de vida de la burguesía, en la medida en que habían llegado a conocer algo de ellas, al lenguaje de la moralidad burguesa alemana. En esta ocasión descubrieron la teoría, ya conocida por los ilustrados y fabulistas del siglo pasado, de la desdicha de los ricos, obteniendo así materia para las más inagotables tiradas moralizantes. El Dr. Georg Schirges, aún no suficientemente iniciado en los misterios de la verdadera doctrina, no comparte en absoluto la opinión de que «los ricos sean tan desdichados como los pobres». El morueco guía westfaliano le propina por ello un indignado empujón, como lo merece una persona a la que «una ganancia en la lotería ... podría convertir en el hombre más feliz y satisfecho del mundo».

«Sí», exclama nuestro estoico Carnero, «es, pues, a pesar del señor Schirges, verdad que la posesión no basta para hacer felices a las personas, que una gran parte de nuestros ricos ... no se sienten nada felices.» (Tienes razón, buen Carnero. La salud es un bien que no puede pagarse con todo el oro.) «Aunque no tenga que padecer hambre ni frío, hay aún otros males» (por ejemplo, enfermedades venéreas, lluvias persistentes, en Alemania a veces también remordimientos de conciencia), «de cuya presión no puede sustraerse.» (Señaladamente, contra la muerte no hay hierba que crezca.) «Una mirada al interior de la mayoría de las familias ... todo podrido y carcomido ... El hombre, completamente absorbido por los negocios bursátiles y mercantiles» (beatus ille qui procul negotiis <dichoso aquel que lejos de los negocios (Horacio, «Épodos», Oda II, verso 1)> — ¡es asombroso que al pobre le quede todavía tiempo para hacer un par de hijos) ... «degradado a esclavo del dinero» (¡pobrecillo!), «la mujer, educada para ser una dama de salón hueca y vacua» (salvo cuando está embarazada) «o formada como una buena ama de casa que no tiene sentido para nada más que para cocinar, lavar y cuidar de los niños» (¿habla el Carnero aún de los «ricos»?) «y, a lo sumo, algunas tertulias de chismorreo» (estamos, como se ve, todavía en terreno exclusivamente alemán, donde la «buena ama de casa» tiene la más bella ocasión de consagrarse a aquello para lo que «tiene sentido»; razón suficiente para ser sumamente «desdichada»); «además, ambos no rara vez en guerra ininterrumpida entre sí..., incluso el vínculo entre padres e hijos es desgarrado a menudo por las relaciones sociales», etc., etc.

El sufrimiento más grave lo ha olvidado nuestro autor. Cualquier «rico» padre de familia alemán podrá decirle que la discordia conyugal puede convertirse con el tiempo en una necesidad, que a los hijos descarriados se les puede enviar a Batavia y olvidarlos, pero que los sirvientes ladrones y rebeldes son un «mal» insoportable y, ante la creciente desmoralización del hombre y la mujer vulgares, hoy casi inevitable.

Si los señores Rothschild, Fulchiron y Decazes en París, Samuel Jones Loyd, Baring y Lord Westminster en Londres leyeran esta descripción de las tribulaciones de los «ricos», ¡cómo compadecerían al buen carnero westfaliano!

... «Pero con ello se demuestra» (como se ha hecho más arriba), «que la presión de nuestras circunstancias» (señaladamente la presión de la atmósfera a 15 libras por pulgada cuadrada) «gravita también sobre el rico, aunque no de manera tan fuerte como sobre el pobre, y de ahí resulta lo que resulta siempre de la descripción de nuestras circunstancias y condiciones: ilustración para todo aquel que procure conocerlas». (Casi parece que del *mode composé* del verdadero socialismo «resulta» todavía menos que del *mode simple*.) «Del descontento del rico no surgirá, ciertamente, ninguna subversión en favor del proletario; para ello se requieren resortes más poderosos» (en particular, resortes de escribir); «tampoco se despacha la cosa con lo de: '¡Abráceos, millones, este beso al mundo entero!'; pero, asimismo, de nada sirve atormentarse con remiendos y paliativos» (como los intentos de reconciliación en la desdichada economía doméstica antes referida) «y olvidar por completo, a causa de ello, lo grande, las verdaderas reformas» (probablemente el divorcio).

La conexión del anterior «ciertamente» con los siguientes «tampoco» y «pero, asimismo» ofrece «ciertamente» un lamentable ejemplo de la confusión que el tránsito del verdadero socialismo simple al compuesto provoca en la cabeza de un westfaliano; «tampoco» disminuirá nuestra aflicción cuando en la página siguiente (pág. 413) leamos que «en los países políticamente desarrollados… existe un estado sin barrera alguna»; «pero, asimismo», no dice mucho en favor de los conocimientos históricos del socialismo westfaliano que, en la misma página, «el egoísmo… en la época más brillante de la Revolución, en la época de la Convención, fuese incluso castigado no pocas veces» —probablemente a bastonazos—. Con todo, «no tenemos motivo para esperar nada mejor de la ulterior actuación de 'nuestro carnero', y por ello probablemente no volveremos a ocuparnos de él en mucho tiempo».

Miremos más bien hacia el toro. Este se ocupa, entretanto, de los «acontecimientos mundiales», arroja en la pág. 421 (cuaderno de septiembre de 1846) «puras cuestiones que bien vale la pena plantear» y se precipita de cabeza en aquella política a la que, según el *Charivari*, el señor Guizot dio el sobrenombre de «grande». También aquí es manifiesto el progreso frente al período anterior del socialismo simple. Un par de muestras:

A Westfalia ha llegado el rumor de que el gobierno prusiano, a causa de la penuria monetaria en que se encuentra, podría verse muy fácilmente forzado a otorgar una constitución. Al mismo tiempo, los periódicos informan de la penuria monetaria reinante en la Bolsa de Berlín. Nuestro toro de tiro westfaliano, que no es precisamente fuerte en economía política, identifica *tout bonnement* la penuria monetaria del *gobierno* de Berlín con la penuria monetaria, completamente distinta, de los *comerciantes* de Berlín y desarrolla la siguiente hipótesis de profunda mirada:

«… pues quizás todavía en este año se convoque a las Dietas provinciales como Dietas del Reino. *Pues bien*, la penuria monetaria sigue siendo la misma; el Banco no parece poder remediarla. *Más aún*, las construcciones ferroviarias comenzadas y proyectadas podrían incluso verse seriamente amenazadas por la falta de dinero, *en cuyo caso* el Estado *fácilmente* (¡o sancta simplicitas!) «podría verse inducido a hacerse cargo de determinados tramos» (sumamente agudo), «lo que a su vez no es posible sin un empréstito».

Esto último es muy cierto. En la ingenua Westfalia se cree realmente vivir aún bajo un gobierno paternal. ¡Incluso nuestro socialista extremo en *mode composé* atribuye al gobierno prusiano la ingenuidad de otorgar una constitución, simplemente para remediar el aprieto de la Bolsa de Berlín mediante un empréstito exterior —dichosa fe de carbonero!

Pero la fina nariz de nuestro toro de tiro westfaliano se muestra en su máxima finura en sus glosas sobre política exterior. Hace algunos meses, el *mode composé* del verdadero socialismo olfateó los siguientes nuevos misterios de París y Londres, que queremos comunicar para solaz del lector:

Cuaderno de septiembre:

Francia. — «El ministerio ha salido victorioso de la lucha electoral, como no era de esperar otra cosa» (¿dónde habrá esperado jamás un westfaliano otra cosa que «lo que era de esperar»?). «Que haya movido todas las palancas de la corrupción, que el atentado de Henry… en fin, la *antigua* oposición (Thiers, Barrot) ha sufrido una derrota significativa. *Pero* tampoco el señor Guizot podrá contar con un partido tan compacto, conservador y ministerial votante *quand même*; *pues* también el partido conservador se ha escindido en dos secciones, los *conservateurs bornés* con los periódicos 'Débats' y 'Époque', y los *conservateurs progressifs*, cuyo órgano es la 'Presse'. — (El toro solo olvida que el señor Guizot en persona, en su discurso ante sus electores de Lisieux, fue el primero en explotar la frase del conservadurismo progresista.) — *«En general*» (aquí comienza de nuevo la singular inconexión ya advertida en el carnero, «como no era de esperar otra cosa») «las cuestiones partidistas abstracto-políticas, que solo giraban en torno a si Thiers debía ser ministro o Guizot» (¡a eso se le llama en Westfalia «cuestiones partidistas abstracto-políticas», y allí se cree aún que en Francia se había tratado hasta ahora «*solo en torno a* eso»!), «probablemente serán relegadas un tanto a segundo plano. Los economistas políticos Blanqui… han sido elegidos para la Cámara, y con ellos se pondrán sobre el tapete probablemente también» (para ilustración de los westfalianos) «cuestiones de economía política» (¡qué idea se tendrá en Westfalia de las «cuestiones» que «hasta ahora estaban allí sobre el tapete»!). — Pág. 426, 427.

Pregunta: ¿Por qué la aristocracia inglesa insiste en los latigazos para los soldados? Respuesta:

«Si se quiere abolir los bastonazos, hay que establecer otro sistema de reclutamiento, y *si se tienen mejores soldados, se necesitan también mejores oficiales* (!!), que deban su puesto al mérito y no a la compra o al favor. *Por eso* la aristocracia está en contra de 'la abolición de los latigazos', porque con ello pierde un nuevo baluarte, el sustento de sus 'hijos menores'. La clase media, empero, persigue su ventaja paso a paso y también aquí acabará por obtener la victoria».

(¡Qué mitos! Las campañas de los ingleses en la India, Afganistán, etcétera, demuestran que, por el momento, no «necesitan mejores oficiales», y la clase media inglesa no desea ni mejores oficiales ni mejores soldados, ni otro sistema de reclutamiento, ni le importa mucho la abolición de los bastonazos. «Das Dampfboot», sin embargo, no husmea desde hace algún tiempo en Inglaterra otra cosa que lucha de la clase media y la aristocracia.) Pág. 428.

Cuaderno de octubre:

Francia. — «El señor Thiers ha perdido su órgano de largos años, el 'Constitutionnel'; el periódico ha sido comprado por un diputado conservador y ahora es conducido lenta e imperceptiblemente» (por supuesto, imperceptible solo para el *mode composé* del verdadero socialismo) «hacia el campo conservador. El señor Thiers, que ya antes ha amenazado con que, si se le llevaba demasiado lejos, volvería a empuñar su vieja pluma del 'National', parece ahora haber comprado realmente el 'National'».

(Por desgracia, el «'National' de 1830» era un «National» completamente distinto, constitucional y orleanista, del «'National' de 1834» republicano, que el señor Thiers «parece haber comprado realmente» en el año de 1846. Por lo demás, se ha perpetrado una broma pesada e irresponsable contra «Das Dampfboot». Algún malvado sin conciencia y enemigo de la buena causa ha hecho llegar al redactor algunos números del «Corsaire-Satan», y ahora «Das Dampfboot» imprime *bona fide*, como oráculos, los rumores del día que aparecen en ese periódico, que para los lectores westfalianos no es en modo alguno suficientemente moral. ¿Cómo podía «Das Dampfboot» dudar de que un «Corsaire-Satan» no poseyera al menos tanto contenido moral y conciencia de la elevada misión de la prensa como él mismo?)

«Si el señor Thiers se ha pasado con este paso a los republicanos, ya se verá.»

¡Honesto querusco, ese «Si» no se lo debes al «Corsaire»; *cela sent la forêt teutobourgienne d'une lieue*! — En cambio, se deja seducir por el «Corsaire», que ha tomado partido por la libertad de comercio, a atribuir a la agitación por el *libre échange* en Francia un éxito y una importancia que dista mucho de tener.

«Nuestras predicciones de que todos los países industriales deben seguir el mismo curso y llegar a la misma meta que Inglaterra… no parecen, pues, ser del todo incorrectas, ya que ahora se están realizando. Y nosotros, los 'teóricos no prácticos', parecemos, pues, *conocer* las *circunstancias reales*» (¡hurra!) «tan bien y juzgarlas mejor que los 'hombres prácticos', que tan a gusto se pavonean con su experiencia, con su conocimiento de las condiciones prácticas.»

¡Desdichados «teóricos» teutoburguenses! ¡Ni siquiera «conocéis» las «circunstancias reales» del «Corsaire-Satan»! (Estas bellas cosas se encuentran en la pág. 479.)

Cuaderno de noviembre:

Francia. — «En vano se quiebran los sabios la cabeza acerca de dónde pueden provenir estas inundaciones que tan a menudo se repiten. Antaño, *por decreto de la Academia*, los bosques rumorosos de las montañas fueron talados como *causa del mal*, después fueron replantados, y el mal siguió siendo el mismo.» Pág. 522.

«En vano» «se quebrarían los sabios la cabeza» sobre dónde radica aquí el mayor disparate: 1. cree el westfaliano que en Francia la Academia puede dictar decretos y hacer talar bosques; 2. cree que los bosques fueron talados no por la madera y su rendimiento en dinero, sino a causa de las inundaciones; 3. cree que los sabios se quiebran la cabeza sobre las causas de esas inundaciones; 4. cree que los *bosques* fueron considerados alguna vez una causa de las mismas, cuando en Francia cualquier niño sabe que precisamente el *exterminio de los bosques* es esa causa, y 5. cree que los bosques fueron replantados, mientras que en ninguna parte se oyen tantas quejas de la negligencia forestal y de la desforestación cada vez más avanzada, despreocupada de la reproducción, como precisamente en Francia (cfr., además de las revistas especializadas, la «Réforme», «National», «Démocratie pacifique» y otras hojas de oposición de octubre y noviembre de 1846). El toro westfaliano tiene mala suerte en todos los sentidos. Si sigue al «Corsaire-Satan», se enreda; si sigue a su propio genio, se enreda igualmente.

El verdadero socialismo en su segunda potencia ha realizado, como vemos, grandes cosas en el campo de la alta política. ¡Qué mirada penetrante, qué capacidad de combinación en comparación con los anteriores informes sobre «los acontecimientos mundiales»! ¡Qué profundo conocimiento de las «circunstancias reales»! Pero la «circunstancia real» más importante para «Das Dampfboot» es la posición de los oficiales reales prusianos. El teniente Anneke, desde hace algún tiempo inevitable en la prensa periódica alemana, la importante discusión en el Museo de Bielefeld acerca del porte de la espada, los procesos de honor resultantes, etc., constituyen el contenido principal de los cuadernos de octubre y noviembre. También sobre la fracasada…

De la "Deutsche Zeitung", del reino de mendigos francés —hundido en el siglo XVII y descrito por Monteil— y de otras condiciones igualmente "reales" obtenemos interesantes revelaciones. De vez en cuando se pasea por en medio un signo de multiplicación que todavía representa plenamente el mode simple del verdadero socialismo y, con la mayor ingenuidad, suelta a montones todas sus consignas: la teoría alemana y la práctica francesa deben unirse, el comunismo debe imponerse,
para que
el humanismo sea imponible (págs. 455-58), etc. De cuando en cuando, hasta al Carnero o al Toro mismo se les escapa una reminiscencia semejante, aunque sin perturbar lo más mínimo la divina armonía de las "condiciones reales".

Abandonemos ahora el grueso del ejército westfaliano para seguir las evoluciones de un cuerpo destacado que se ha atrincherado en el bendito valle del Wupper, bajo las enaguas de una maciza Némesis. Desde hace tiempo, un tal señor Fr. Schnake, en el papel de
Perseo,
ha estado presentando al público el escudo de Gorgona del
"Gesellschaftsspiegel"
y, a decir verdad, con tal éxito que no solo el público se ha quedado dormido sobre el "Gesellschaftsspiegel", sino que también el "Gesellschaftsspiegel" se ha quedado dormido sobre el público. Pero nuestro Perseo es un bromista. Tras alcanzar este envidiable resultado, anuncia (último cuaderno, última página): 1.º que el "Gesellschaftsspiegel" ha expirado; 2.º que, para evitar dilaciones, en lo sucesivo se adquiera mejor por
correo
. Con lo cual, corrigiendo sus últimas erratas, se despide.

Ya por esta consideración de las "condiciones reales" se ve que también aquí nos las habemos con el mode composé del verdadero socialismo. Existe, empero, una diferencia significativa entre el Carnero y el Toro, por un lado, y nuestro Perseo, por el otro. Hay que reconocer al Carnero y al Toro el mérito de atenerse lo más fielmente posible a las "condiciones reales", a saber, las de Westfalia y, en general, las de Alemania. Prueba de ello la escena lamentable del Carnero que citamos arriba; prueba las apacibles descripciones del Toro —que tuvimos que pasar por alto— tomadas de la vida política alemana. Del mode simple han trasladado a su nuevo punto de vista sobre todo la sencilla y desadornada pequeñoburguesía, la realidad alemana; la reivindicación del hombre, de la teoría alemana, etc., queda abandonada a diversos signos de multiplicación y a otros astros subordinados. En el "Gesellschaftsspiegel" ocurre exactamente lo contrario. Aquí el caudillo Perseo se desposee cuanto puede de la realidad pequeñoburguesa —que deja para que su séquito la explote— y, fiel al mito, se eleva hasta las altas esferas de la teoría alemana. Tanto más puede
manifestar cierto menosprecio hacia las "condiciones reales" cuanto que se sitúa en un punto de vista mucho más definido. Si los astros propiamente westfalianos representan el mode composé, Perseo es tout ce qu'il y a de plus composé en Allemagne [lo más compuesto que hay en Alemania]. Incluso en su más audaz vuelo ideológico se mantiene siempre sobre la "base material", y este firme soporte le da en la lucha una audacia que recordarán aún años después los señores Gutzkow, Steinmann, Opitz y otros caracteres insignes. Ahora bien, la "base material" de nuestro Perseo consiste principalmente en lo siguiente:

1. "Solo con la supresión de la
base material
de nuestra sociedad, de la adquisición privada, el hombre se transformará en otro." (Cuaderno X, pág. 53.)

Si el mode simple, que tantas veces expresó este pensamiento antiquísimo, hubiera sabido que la adquisición privada es la base material de nuestra sociedad, habría sido el mode composé y habría podido continuar, bajo los auspicios de nuestro Perseo, llevando una vida tranquila y humilde en toda santidad y honorabilidad. Pero, tal como era, ni él mismo tenía base material alguna, y se cumplió en él lo que está escrito en el profeta Goethe:

Y si carece
de trasero,
¿cómo podrá sentarse el noble?

Hasta qué punto esta base —la adquisición privada— es "material" se desprende, entre otros, de los siguientes pasajes:

"El egoísmo, la adquisición privada" (que son, pues, idénticos, y según lo cual también el "egoísmo" es una
"base material")
"trastorna el mundo con el principio: cada cual para sí", etc. (pág. 53.)

O sea, una "
base material
" que no "trastorna" con hechos "materiales", sino con "principios" ideales. – La miseria es, como se sabe (y a quien no lo sepa aún, Perseo mismo se lo explica en el lugar citado), también un aspecto "de nuestra sociedad". Pero, nos enteramos, no "la base material, la adquisición privada", sino – au contraire [por el contrario] – "la trascendencia ha precipitado a la humanidad en la miseria" (pág. 54... los tres pasajes proceden de un mismo artículo).

¡Quiera "la trascendencia" "liberar" cuanto antes de "la miseria en que la base material le ha sumido" al desdichado Perseo!

2. "La masa real tampoco pone en movimiento una idea, sino el 'interés bien entendido' ... En la revolución social ... al egoísmo del partido
conservador se le enfrentará el egoísmo más
noble del pueblo necesitado de redención" (¡un pueblo "necesitado de redención" que hace una revolución!) "... lucha precisamente por su 'interés bien entendido' contra el interés exclusivo y brutal de los particulares, apoyado y sostenido por una
fuerza moral
y un celo infatigable" (Cuaderno XII, pág. 86).

El "interés bien entendido" de nuestro "necesitado de redención" Perseo, "apoyado y sostenido sin duda por una fuerza moral y un celo infatigable", consiste en hacer que "al egoísmo del partido conservador se le enfrente el egoísmo más noble" del silencio; pues él, Perseo, "tampoco pone en movimiento
una
idea" sin comprometer a la vez el mode composé del verdadero socialismo.

3. "¡La pobreza es una consecuencia de la propiedad, que es propiedad privada y, por su naturaleza, excluyente!!" (XII, 79.)

4. "¡¡
Qué
asociaciones se
aluden aquí no
es posible determinar
; pero
si el autor
alude
a las asociaciones egoístas de los capitalistas, entonces ha olvidado las importantes asociaciones de los artesanos contra la arbitrariedad de los patronos!!" (XII, 80.)

Perseo es más afortunado. "No es posible determinar qué sinsentido ha querido decir; pero si" se refería al meramente estilístico, no ha "olvidado" en absoluto el lógico, igualmente "importante". A propósito de la asociación, mencionemos aún que en la pág. 84 se nos da información sobre "las asociaciones en
sentido propio,
que elevan la conciencia del proletario y forman la enérgica (!) oposición proletaria (!!) general (!!!) contra el estado de cosas existente".

Ya más arriba, a propósito del señor Grün, hablamos de la costumbre de los verdaderos socialistas de apropiarse desarrollos no comprendidos aprendiendo de memoria frases sueltas y consignas. El mode composé se distingue del mode simple solo por la cantidad de tales bocados, introducidos por caminos furtivos y por eso mismo engullidos con tanta mayor prisa, sin digerir, y por el horroroso dolor de vientre que ello les causa. Hemos visto cómo a los westfalianos, a cada palabra, les subían a la boca "las condiciones reales", "las cuestiones económico-nacionales", etc.; cómo el intrépido Perseo padece de la "base material", del "interés bien entendido", de la "oposición proletaria". Este último caballero del espejo lleva además consigo, para emplearlo a discreción, "el feudalismo del dinero", que mejor habría hecho en dejar a su autor, Fourier. Tan poco reflexiona sobre esta consigna, que en el cuaderno XII,
pág. 79 afirma que este feudalismo "crea, en lugar de la aristocracia feudal, una aristocracia de la posesión", con lo cual 1. el "feudalismo del dinero", es decir, la "aristocracia de la posesión",
se crea a sí mismo,
y 2. la "aristocracia feudal" jamás fue "aristocracia de la posesión". Luego, en la pág. 79, opina que el "feudalismo del
dinero
" (es decir, el de los banqueros, que tiene por vasallos a los
capitalistas menores
e
industriales,
si se quiere conservar la imagen) y el "de la industria" (que tiene por vasallos a los
proletarios
) son "una
sola y la misma cosa
".

A la "base material" se enlaza, además, sin forzarlo, el siguiente piadoso deseo del caballero del espejo, que recuerda la gozosa esperanza de los westfalianos de que la Cámara de Diputados francesa dictase un curso de economía nacional para ilustrarles a ellos, los teutoburguenses:

"Solo debemos hacer notar que en los números que se nos han remitido del 'Volks-Tribun' (de Nueva York) hasta ahora apenas nos enteramos de nada... sobre el
comercio
y la
industria
de América... Escasez de noticias
instructivas
acerca de las condiciones industriales y económico-nacionales de América, de las que,
sin embargo
" (¡eh?), "parte siempre la reforma social", etc. (X, pág. 56.)

Así pues, al "Volks-Tribun", periódico que en América quiere hacer propaganda popular directa, no se le censura por emprender su tarea de modo equivocado, sino por omitir transmitir al "Gesellschaftsspiegel" "noticias instructivas" sobre cosas con las que, del modo aquí exigido, no tiene nada que ver en absoluto. Desde que Perseo ha atrapado la "base material", sin saber a qué atenerse con ella, exige de todo el mundo que le dé explicaciones al respecto.

Por lo demás, Perseo nos cuenta que la competencia arruina a la pequeña clase media, que "el lujo en la vestimenta... por los
recios
tejidos... resulta muy gravoso" (XII, pág. 83 — probablemente Perseo cree que un vestido de raso pesa lo mismo que una cota de malla) y otras cosas por el estilo.

Y para que al lector no le quepa ninguna duda de cuál es la "base material" de las representaciones de nuestro Perseo, se dice, en X, pág. 53:

"El señor Gutzkow haría bien en enterarse primero de la
ciencia alemana
de la sociedad, a fin de que los recuerdos del
proscrito comunismo
francés, Babeuf, Cabet... no se le atraviesen en el camino",

y en la pág. 52:

"el
comunismo alemán
quiere exponer una sociedad en la cual
trabajo
y
disfrute sean idénticos
y ya no estén
separados
por el
salario exterior
".

Hemos visto más arriba en qué consisten tanto la "ciencia alemana de la sociedad" como la sociedad misma que se ha de "exponer"; y no nos hemos hallado, precisamente, en la mejor de las sociedades.

En cuanto concierne a los camaradas del caballero del espejo, "exponen" una "sociedad" sumamente aburrida. Durante un tiempo se habían propuesto hacer de Providencia del burgués y del campesino alemanes. Sin conocimiento ni voluntad del "Gesellschaftsspiegel", ningún techador caía del tejado y ningún niño pequeño se ahogaba. Por fortuna para el periódico aldeano, al que esta competencia empezaba a resultarle peligrosa, la cofradía del espejo abandonó pronto tan fatigosa actividad: uno tras otro se durmieron de puro agotamiento. En vano se pusieron en juego todos los medios para sacudirlos, para infundir savia nueva al periódico; la influencia petrificante del escudo de Gorgona
se dejó sentir también sobre los colaboradores; al final, nuestro Perseo, con su escudo y su "base material", permaneció solitario, "entre cadáveres el único pecho sensible", la cintura imposible de la maciza Némesis se desplomó hecha pedazos, y — el "Gesellschaftsspiegel" dejó de existir.

¡Paz a sus cenizas! Entretanto, demos un viraje y busquemos en un lugar vecino del hemisferio boreal otro astro más radiante. Con cola luminosa nos deslumbra Ursa Major, el
gran Bar
o mayor Bar Püttmann, llamado también el Septentrión, porque siempre comparece en número de siete para sacar adelante los veinte pliegos requeridos. ¡Un bravo héroe de guerra! Harto ya de su vieja posición cuadrúpeda en el mapa celeste, se ha alzado por fin sobre sus patas traseras, se ha pertrechado, como está escrito: Vestíos, pues, el uniforme del carácter y la banda de la convicción; poneos sobre los hombros las charreteras de la ampulosidad, y calaos el tricornio del entusiasmo y adornad vuestro pecho varonil con la cruz de la abnegación de tercera clase; ceñíos con el asador del odio a los tiranos y calzaos las botas de la propaganda, para impulsarla con los menores costes de producción posibles. Así ataviado, nuestro mayor se planta ante el frente de su batallón, desenvaina el sable, ordena: ¡Firmes! y pronuncia la siguiente arenga:

¡Soldados! ¡Desde la altura de aquella ventana del editor os contemplan cuarenta luises de oro! ¡Mirad a vuestro alrededor, heroicos defensores de la «reforma social total», veis el sol? ¡Es el sol de Austerlitz, que nos anuncia la victoria, soldados!

«El valor, la intrepidez para resistir hasta el fin nos la da la conciencia de luchar
solo
por los
pobres
y los
desechados,
por los
traicionados
y los
desesperanzados.
No es nada
a medias
lo que defendemos, no es nada
confuso
» (sino más bien algo totalmente confuso), «lo que queremos; ¡y por eso somos decididos y permanecemos, a pesar de todo, eternamente fieles al
pueblo,
al
pueblo oprimido
!» («Rheinische Jahrbücher», tomo II, prólogo.)

¡Sobre el arma! – ¡Atención – presenten armas! ¡Viva el nuevo orden social, que nosotros, mejorado según Babeuf, hemos distribuido en 14 capítulos y 63 artículos de guerra!

«En último término, por supuesto, da igual si las cosas ocurrirán como las hemos expuesto, pero ocurrirán de otro modo del que cree el enemigo, ¡de otro modo del que han sido hasta ahora! ¡Todas las instituciones infames, engendradas con trabajo prostituido a lo largo de los siglos para ruina de los pueblos y de los hombres, perecerán!» («Rheinische Jahrbücher», II, pág. 240.)

¡Cruz y maldita sea! ¡Atención – arma al brazo! ¡Izquierda! ¡Descansen armas! ¡Retirarse! – Pero el oso es por naturaleza un animal auténticamente germánico. Después de haber despertado con este discurso un general y tempestuoso hurra, y de haber ejecutado así una de las más audaces hazañas de nuestro siglo, se sienta en su casa y da libre curso a su blando y amoroso corazón en una larga y lacrimosa elegía sobre la «Hipocresía» («Rheinische Jahrbücher», II, págs. 129-149). En nuestra época, interiormente putrefacta, roída en cuerpo y alma por el gusano del egoísmo, ¡existen por desgracia! individuos que no albergan en el pecho un corazón cálido y palpitante, a quienes jamás ha brillado en los ojos una lágrima de compasión, jamás un rayo resonante de entusiasmo luminoso por la humanidad ha cruzado su yermo cráneo: lector, si encuentras a uno de ésos, ¡oh, hazle leer la «Hipocresía» del gran oso, y llorará, llorará, llorará! Aquí verá cuán mísero, mezquino y desnudo es, pues ya sea teólogo, jurista, médico, estadista, comerciante, fabricante de escobas o portero de teatro, aquí hallará al descubierto, para cada estamento, su hipocresía particular. Aquí verá cómo la hipocresía ha anidado por doquier y cómo en particular «una grave condenación es la de los juristas». Si esto no lo lleva a la penitencia y a la conversión, entonces no merece haber nacido en el siglo del gran oso. En efecto, ¡había que ser un
oso
honrado, un oso, como dicen los ingleses, «unsophistizierter», para ir husmeando a cada paso la hipocresía del mundo perverso! A dondequiera que se vuelva y revuelva, el gran oso tropieza por todas partes con la hipocresía. Le sucede como a su predecesor en «El parque de Lili»:

¡Pues, ah!, cuando estoy así en una esquina

y oigo de lejos el cotorreo,

veo el revoloteo, el aleteo,

me doy la vuelta

y gruño,

y retrocedo un trecho.

Y miro en derredor

y gruño,

y otra vez echo a correr un trecho

y al final, no obstante, vuelvo a darme la vuelta.

¡Naturalmente, pues cómo escapar a la hipocresía en nuestra sociedad radicalmente corrompida! ¡Pero es triste!

«Cualquiera puede ser maledicente, petulante, pérfido, malicioso <difamador, engreído, insidioso, maligno> y todo lo demás, porque se ha encontrado la forma
decorosa
» (pág. 145).

¡Es realmente para desesperarse, sobre todo cuando se es Ursa Major!

Y «¡por desgracia, también la
familia
está mancillada por la mentira… y el hilo de la mentira atraviesa la familia y se transmite por herencia de miembro en miembro!».

¡Ay, tres veces ay de los padres de familia de la patria alemana!

De pronto empieza a enfurecerse,

un poderoso espíritu resopla por la nariz,

se embravece <se revela en su innata ferocidad animal> la naturaleza interior…

y Ursa Major vuelve a alzarse sobre sus patas traseras:

«¡Maldición al egoísmo! ¡Cuán horripilante te ciernes sobre las cabezas de los hombres! Con tus negras alas… con tu chillón graznido… ¡Maldición al egoísmo!… Millones y millones de pobres esclavos… llorando y sollozando, lamentándose y gimiendo… ¡Maldición al egoísmo!… ¡Maldición al egoísmo!… ¡Pandilla de sacerdotes de Baal… hálito pestífero… Maldición al egoísmo!… ¡Monstruo del egoísmo…!» (págs. 146-148.)

Erizo mi hirsuta cerviz,

no acostumbrada a servir.

¡De mí se mofa todo arbolillo acicalado!

Huyo del Bowlinggreen <del césped cortado>,

de la hierba pulcramente segada;

el boj me hace burla,

.......................................................

Me extenúo trabajando, y cuando estoy bastante agotado,

me tiendo junto a cascadas artificiales,

y mastico y lloro y me revuelco medio muerto,

¡y, ah, de mi cuita solo se enteran

las oréades de porcelana!

Pero la mayor «hipocresía» de toda esta jeremiada estriba en hacer pasar semejante miserere, zurcido con vulgares frases de literato y reminiscencias novelescas, por una pintura de la «hipocresía» en la sociedad actual, y en aparentar que uno se acalora poderosamente por este espantajo en interés de la humanidad doliente.

Quien esté medianamente versado en el mapa celeste sabe que Ursa Major se encuentra allí en íntima conversación con un individuo de tedioso aspecto exterior, que lleva varios lebreles atados a una cuerda y se llama
Bootes
. Esta conversación se reproduce en el cielo estrellado del verdadero socialismo en las páginas 241-256 del tomo II de las «Rheinische Jahrbücher». El papel de Bootes lo asume el mismo señor Semmig, cuyo artículo sobre «Socialismo, comunismo, humanismo» ya fue comentado más arriba. Nos hallamos con él en el
grupo sajón
, del cual es el astro más eminente, razón por la cual también ha escrito un librito sobre las «Condiciones sajonas». Sobre este librito emite Ursa Major, en el lugar citado, un complacido gruñido y recita «con enérgico regocijo» páginas enteras del mismo. Estas citas bastan para caracterizar todo el opúsculo, y son tanto más bienvenidas cuanto que los escritos de Bootes, por lo demás, no se consiguen en el extranjero.

Aunque Bootes, en las «Condiciones sajonas», ha descendido de las alturas de su especulación a las «relaciones reales», pertenece sin embargo con todo su grupo sajón, como ya también Ursa Major, en cuerpo y alma al
mode simple
del verdadero socialismo. El
mode composé
se agota, en general, con los westfalianos y la cofradía de los espejos, en particular con Aries, Tauro y Perseo. El grupo sajón y todos los que siguen no nos ofrecen, por tanto, sino desarrollos ulteriores del
simple
verdadero socialismo ya caracterizado más arriba.

Bootes, como ciudadano y descriptor del Estado constitucional modélico alemán, suelta ante todo uno de sus lebreles contra los
liberales
. Sobre esta impetuosa filípica tenemos tanto menos motivo de detenernos cuanto que, como todas las tiradas semejantes de los verdaderos socialistas, no es más que una burda
germanización
de la crítica del mismo objeto hecha por los socialistas franceses. A Bootes le ocurre exactamente como a los capitalistas; posee, para emplear sus propias palabras, «los productos creados por los obreros» de Francia y sus representantes literarios «en virtud de la
herencia ciega
de capitales ajenos» («Rheinische Jahrbücher», II, pág. 256). Ni siquiera los ha germanizado, pues esto ya lo habían hecho otros antes que él (cfr. «Deutsches Bürgerbuch», «Rheinische Jahrbücher», I, etc.). Él no ha hecho sino aumentar esta «herencia ciega» con algunas «cegueras» no meramente alemanas, sino específicamente
sajonas
. Así, opina (ibíd., pág. 243) ¡que los liberales abogan por «el procedimiento judicial público, para declamar sus ejercicios retóricos en la sala de audiencia!». Bootes, pues, a pesar de su celo contra la burguesía, los capitalistas, etc., no ve en los liberales tanto a éstos como a sus criados asalariados, los
abogados
.

El resultado de las penetrantes investigaciones de nuestro Bootes sobre el liberalismo es digno de mención. Jamás ha expresado el verdadero socialismo su tendencia político-reaccionaria de manera tan decidida:

«Vosotros… proletarios…, que antaño os dejasteis poner en movimiento por esta burguesía liberal y os dejasteis seducir para tumultos (pensad en 1830), ¡sed precavidos! No los apoyéis en sus aspiraciones y luchas… dejad que ventilen solos lo que… emprenden solo en su interés; pero, sobre todo,
no participéis nunca en revoluciones políticas
, que siempre parten solo de una minoría descontenta que, ambiciosa de poder, quiere derrocar a la autoridad imperante y arrogarse el gobierno!» (págs. 245, 246.)

Bootes tiene los más fundados títulos al agradecimiento del real gobierno sajón: una corona de ruda es lo mínimo con que éste puede recompensarlo. Si cupiera pensar que el proletariado alemán siguiera su consejo, la existencia del modélico Estado feudal-pequeñoburgués-campesino-burocrático de Sajonia quedaría asegurada por largo tiempo. Bootes sueña que lo bueno para Francia e Inglaterra, donde la burguesía
domina
, tiene que serlo también para Sajonia, donde aún está lejos de dominar. Por lo demás, lo poco que el proletariado, incluso en Inglaterra y Francia, puede permanecer indiferente ante cuestiones que, de momento, solo constituyen un interés de la burguesía o de una fracción de ésta, puede leerlo Bootes a diario en los periódicos proletarios de aquellos países. Tales cuestiones son, entre otras, en Inglaterra la abolición de la Iglesia del Estado, el llamado equitable adjustment <ajuste equitativo> de la deuda nacional, la imposición directa; en Francia, la extensión del derecho electoral a la pequeña burguesía, la supresión de los impuestos de consumos municipales, etc.

En fin de cuentas, toda la «cacareada liberalidad sajona es puro viento y espuma… mero juego de palabras», no porque con ella no se consiga nada y la burguesía no avance un paso, sino porque «vosotros», los liberales, «no lográis con ello curar de raíz a la sociedad enferma» (pág. 249). Lo que tanto menos logran cuanto que ni siquiera consideran enferma a la sociedad.

Basta de esto. En la página 248, Bootes suelta un segundo lebrel económico.

En Leipzig... «barrios enteros han surgido nuevos» (Bootes conoce barrios que no surgen «nuevos», sino, desde un principio, viejos). «Con ello se ha puesto de manifiesto en los alojamientos una desproporción agobiante, pues faltan viviendas de un precio medio (!). Cada constructor nuevo, a causa del alto interés del alquiler» (!, es decir, del más alto alquiler) «solo acondiciona su casa para grandes hogares; ya por falta de otras viviendas, muchas familias se ven obligadas a alquilar un alojamiento mayor del que necesitan y pueden pagar. ¡Así se acumulan deudas, embargos, arrestos por letras de cambio, etc.!» (Este «!» merece un segundo !.) «En suma, se pretende desplazar formalmente a la clase media.»

¡Admírese la primitiva candidez de este lebrel económico! Bootes ve cómo la pequeña burguesía de la culta ciudad de Leipzig se arruina de un modo que a nosotros nos resulta sumamente divertido. «En nuestros días, en que todas las diferencias se borran en la especie» (pág. 251), este fenómeno debería resultarle igualmente grato; pero, por el contrario, le entristece y le impulsa a buscar sus causas. Encuentra esas causas... en la malicia de los especuladores de la construcción, que se afanan por alojar a cada compadre sastre y guantero en un palacio a cambio de un alquiler desorbitado. Los «nuevos constructores» de Leipzig, según nos explica Bootes en un sajón lo más torpe y embrollado posible —alemán no es—, están por encima de todas las leyes de la competencia. Construyen viviendas más caras de lo que necesitan sus compradores; no se orientan por la situación del mercado, sino por el «alto alquiler»; y mientras en cualquier otro lugar la consecuencia sería que tendrían que alquilar sus viviendas por debajo del precio, ¡en Leipzig logran someter el mercado a su propio bon plaisir <capricho, arbitrariedad> y obligar a los arrendatarios a arruinarse a sí mismos con alquileres elevados! Bootes ha tomado un mosquito por un elefante, un desequilibrio momentáneo entre oferta y demanda en el mercado de viviendas por un estado permanente, más aún, por la causa de la ruina de la pequeña burguesía. Pero semejantes simplezas son perdonables al socialismo sajón, mientras todavía «realice una obra digna del hombre y por la cual los hombres lo bendecirán» (pág. 242).

Ya sabemos que el verdadero socialismo es un gran hipocondríaco. Sin embargo, se podía abrigar la esperanza de que Bootes, que en el primer volumen de los "Rheinischen Jahrbücher" demostró una tan simpática audacia de juicio, estuviese libre de esa enfermedad. De ningún modo. Bootes suelta en las págs. 252, 253 el siguiente lebrel gimoteante y con ello hace entrar en éxtasis a Ursa Major:

«El tiro de pájaros de Dresde... una fiesta popular, y apenas se pisa la pradera, nos salen al encuentro los lamentos de los organillos de los ciegos, a los que la Constitución no da de comer... ya nos repugnan las fanfarrias de los “artistas” que solazan a la sociedad con las contorsiones de sus miembros, sociedad cuyo orden mismo está grotesca y repulsivamente dislocado.»

(Cuando un funámbulo se pone cabeza abajo, eso representa para Bootes el mundo invertido de hoy; el sentido místico de la voltereta es la bancarrota; el secreto del baile del huevo es la carrera del escritor verdaderamente socialista, que a pesar de todas las «contorsiones» a veces resbala y se mancha toda la «base material» con yema de huevo; un organillo significa una Constitución que no da de comer, una espineta la libertad de prensa que no da de comer, un baratillo el verdadero socialismo que tampoco da de comer. Sumido en este simbolismo, Bootes deambula suspirando entre el gentío y llega así al orgulloso sentimiento de ser, como ya Perseo allá arriba, «bajo máscaras el único pecho que siente».)

«Y allí, en las tiendas, los dueños de burdeles... ejercen su desvergonzado oficio» (sigue una larga diatriba sobre)... «Prostitución, monstruo exhalador de pestes, tú eres el último fruto de nuestra sociedad presente» (no siempre el último, quizá después venga todavía un hijo ilegítimo) Podría contar historias de cómo una muchacha se arrojó a los pies de un hombre extraño»... (sigue la historia)... «podría contar historias, pero no, no quiero hacerlo» (pues, en realidad, ya acaba de contarlas)... «No, no las acusa a ellas, las pobres víctimas de la necesidad y la seducción, sino que las conduce ante el tribunal: a los desvergonzados alcahuetes... no, no, ¡tampoco a ellos! ¿Qué hacen sino lo que todos los demás, comerciar donde todo el mundo comercia,» etc.

Con esto, el verdadero socialista ha descargado toda culpa de todos los individuos y se la ha endosado a la intangible «sociedad». Cosi fan tutti —se trata, en último término, sólo de quedar bien con todo el mundo. El verdadero socialismo ignora el aspecto más característico de la prostitución, a saber, que es la explotación más palpable, la que va directamente al cuerpo, del proletariado por la burguesía; el aspecto en que el «dolor del corazón fecundo en actos» de la pág. 253, con sus amplias sopas bóbiles morales, quiebra, y donde empieza la pasión, el odio de clase sediento de venganza. Más bien, deplora en las prostitutas la pérdida de las epicieras <vendedoras> y de las pequeñas maestras, en las que ya no puede admirar «la obra maestra de la creación», los «cálices de flores, perfumados por los sentimientos más santos y dulces». ¡Pauvre petit bonhomme!

La flor del socialismo sajón es un pequeño semanario titulado: "Veilchen. Blätter für die harmlose moderne Kritik", redactado y editado por G. Schlüssel, de Bautzen. Las "Veilchen" (violetas) son, pues, en el fondo, flores de Schlüssel. Estas suaves florecillas son anunciadas en la "Trier'sche Zeitung" (12 de enero de este año) por un corresponsal de Leipzig, también de la compañía, del siguiente modo:

«Un progreso, un desarrollo en la bella literatura sajona podemos saludar en “Veilchen”; por joven que sea la hoja, con empeño media entre la vieja tibieza política sajona y la teoría social del presente.»

Esa «vieja tibieza sajona» no es aún suficientemente tibia para estos archisajones; tienen que dividirla por la mitad una vez más, al «mediarla». ¡Sumamente «inocente»!

Tan sólo hemos tenido ante la vista una sola de esas violetas, pero:

Encogida en sí y desconocida,
era una linda violeta.

El amigo Bootes, en este número —el primero de 1847—, pone a los pies de las damas «modernas inocentes» unos primorosos versecillos en señal de homenaje. En ellos se dice, entre otras cosas:

Y hasta los tiernos corazones de las mujeres
adorna la espina del odio a los tiranos...

—metáfora cuya audacia entretanto habrá «adornado» seguramente el «tierno corazón» de nuestro Bootes con la «espina» del remordimiento.

No solo ardiendo de bromas amorosas...

—¿acaso Bootes, que aunque «podría contar historias», pero no «quiere» contarlas porque ya las ha contado, que no habla de otra «espina» que «la del odio a los tiranos», acaso este hombre decente y culto estaría realmente en condiciones de hacer «arder» las «bellas mejillas» de mujeres y doncellas con equívocas «bromas amorosas»?

No solo ardiendo de bromas amorosas,
Ardiendo de clara cólera de libertad,
De la sagrada, arden las bellas mejillas,
Que como rosas esplenden graciosas.

El rubor de la «cólera de la libertad» ha de distinguirse fácilmente, por supuesto, por un color más casto, más moral, «más claro», del rojo oscuro de las «bromas amorosas», sobre todo para un hombre como Bootes, que sabe distinguir la «espina del odio a los tiranos» de todas las otras «espinas».

Las "Veilchen" nos brindan en seguida la ocasión de conocer a una de esas beldades cuyo «tierno corazón adorna la espina del odio a los tiranos» y cuyas «bellas mejillas arden de clara cólera de libertad». La Andrómeda del firmamento verdaderamente socialista (la señorita Louise Otto), la mujer moderna encadenada a la roca de las relaciones contra natura, batida por el oleaje de prejuicios caducos, proporciona una «crítica moderna inocente» de las obras poéticas de Alfred Meißner. Es un espectáculo singular, pero encantador, ver cómo aquí el entusiasmo desbordante lucha con el delicado pudor de la doncella alemana, el entusiasmo por el «rey de los poetas», que hace vibrar las cuerdas más profundas del corazón femenino y les arranca tonos de homenaje que rayan en sentimientos más profundos y tiernos, tonos que, en su inocente franqueza, son la más bella recompensa del cantor. Escúchese en toda su ingenua originalidad estas lisonjeras confesiones de un alma virginal, para quien aún tantas cosas en este mundo malo permanecen oscuras. Escúchese y no se olvide que para el puro todo es puro:

Sí, «la profunda interioridad que alienta en los poemas de Meißner solo puede ser sentida, mas no dar cuenta de ella a quienes son incapaces de ello. Estas canciones son el reflejo dorado de las cálidas llamas que el poeta, en sacrificio, hace brotar sobre el altar de la libertad en el santuario de su corazón; un reflejo a cuya luz recordamos palabras de Schiller: la posteridad pasará por alto al escritor que no fue más que sus obras... nosotros sentimos que este poeta mismo es aún más que sus bellas canciones» (muy cierto, señorita Andrómeda, muy cierto), «que hay en él algo Inefable, Algo “por encima de toda apariencia”, como dice Hamlet». (¡Ángel lleno de presentimientos!) «Este Algo es lo que falta a tantos nuevos poetas de la libertad, por ejemplo, totalmente a Hoffmann von Fallersleben y a Prutz» (¿será realmente el caso?), «en parte también a Herwegh y Freiligrath; ese Algo... tal vez sea el genio».

¡Tal vez sea la «espina» de Bootes, bella señorita!

«Pero,» dice en el mismo artículo, «la crítica tiene su deber... pero la crítica me resulta muy envarada frente a un poeta semejante!»

¡Qué virginal! Ciertamente, un alma joven y pura de doncella debe sentirse «muy envarada» frente al poeta que posee un «Algo» tan maravilloso.

«Leemos y leemos hasta el último verso, que quede fielmente en la memoria de todos nosotros:

Y al fin llega, sin embargo...
El día...
Entonces los pueblos, cogidos de la mano, entrelazados,
Cual niños bajo la gran sala del cielo
Y otra vez se alzará un cáliz, un cáliz,
El cáliz del amor en el ágape de los pueblos.»

Con esto, la señorita Andrómeda se hunde en un silencio muy elocuente, «como un niño, cogido de la mano, entrelazado». Guardémonos bien de turbarla.

Nuestros lectores, después de esto, estarán ansiosos por conocer más de cerca al «rey de los poetas», Alfred Meißner, y su «Algo». Él es el Orión del firmamento verdaderamente socialista, y, en verdad, no deshonra su puesto. Ceñido con la reluciente espada de la poesía, envuelto «en el manto de su pesar» (págs. 67 y 260 de las "Gedichte" de A. Meißner, segunda edición, Leipzig 1846), blande en nervudo puño la maza de la ininteligibilidad, con la que derrota triunfalmente a todos los adversarios de la buena causa. Le pisa los talones, como perro faldero, un tal Moritz Hartmann, que también, en pro de la buena causa, profiere un enérgico ladrido bajo el título de "Kelch und Schwert" (Leipzig 1845). Hablando en términos terrenales, con estos héroes nos adentramos en una región que desde hace ya tiempo venía suministrando numerosos y recios reclutas al verdadero socialismo: a saber, los bosques de Bohemia.

El primer verdadero socialista en los bosques de Bohemia fue, como es sabido, Karl Moor. A este no le fue posible llevar a término la obra de la regeneración; su tiempo no lo comprendió, y él mismo se entregó a la justicia. Orión-Meißner ha emprendido ahora seguir las huellas de ese noble y acercar al menos en espíritu su sublime obra a la meta. A él,
Karl Moor Segundo
, lo asiste aquí el mencionado Moritz Hartmann, Canis Minor, en calidad de fiel
Schweizer
, mientras celebra en tonos elegíacos a Dios, al rey y a la patria y derrama, en particular sobre la tumba de aquel bonhomme, el emperador José, lágrimas de agradecido recuerdo. Del resto de la banda, observamos tan solo que ninguno de ellos parece haber desarrollado hasta ahora suficiente entendimiento e ingenio para asumir el papel de Spiegelberg.

A Karl Moor Segundo se le nota a primera vista que no es un hombre ordinario. Ha aprendido alemán en la escuela de Karl Beck y se expresa, en consecuencia, con una pompa de lenguaje más que oriental. La fe es para él «una mariposa» (pág. 13), el corazón «una flor» (pág. 16), después un «bosque yermo» (pág. 24), finalmente un «buitre» (pág. 31). El cielo vespertino le es (pág. 65)

rojo y fijo como una cuenca vacía,
sin ojo, sin brillo y sin alma.

La sonrisa de su amada es «un hijo de la tierra que coquetea con los hijos de Dios» (pág. 19).

Pero mucho más aún que su pomposo lenguaje figurado lo distingue de los mortales comunes su descomunal Weltschmerz. Con ello se califica como genuino hijo y sucesor de Karl Moor Primero, como lo demuestra en la pág. 65, donde prueba que el «salvaje Weltschmerz» es uno de los primeros requisitos de todo «redentor del mundo». En efecto, en lo tocante al Weltschmerz, Orión-Moor supera a todos sus predecesores y competidores. Oigámoslo a él mismo:

«Crucificado por la aflicción,
estaba yo muerto» (pág. 7). «Este corazón, consagrado
a la muerte
» (pág. 8). «Mi ánimo es
sombrío
» (pág. 10). En él «se lamenta, en el yermo bosque del corazón, un
dolor antiquísimo
» (24). «
Nunca haber nacido
sería mejor, pero buena también sería la muerte» (pág. 29).

En esta amarga, mala hora
en que el frío mundo te olvida,
confiésalo, corazón mío, con pálida boca,
que eres
indeciblemente miserable
(pág. 30).

En la pág. 100 «sangra» él «por muchas heridas ocultas» y en la pág. 101 se encuentra tan indispuesto en interés de la humanidad que tiene que apretarse los brazos «contra el pecho, que amenazaba estallar… como dos ganchos», y en la pág. 79 es una grulla herida que no puede volar con sus hermanas hacia el sur en otoño y que, «con las alas atravesadas por el plomo», se agita en la maleza y «bate un ancho y ensangrentado plumaje» [pág. 78]. ¿Y de dónde todo este dolor? ¿Son todas estas quejas solo cotidiano lamento amoroso wertheriano, acrecentado por el descontento por las desdichas privadas de nuestro poeta? De ninguna manera; — nuestro poeta ha sufrido ciertamente mucho, pero ha sabido extraer de todos sus sufrimientos un aspecto universal. Indica con frecuencia, por ejemplo, en la pág. 64, que las féminas le han jugado más de una mala pasada (suerte habitual de los alemanes, en especial de los poetas), que ha tenido amargas experiencias en la vida; pero todo eso

demuestra para él únicamente la maldad del mundo y la necesidad de un cambio de las relaciones sociales. En él no ha sufrido Alfred Meißner, sino la humanidad, y por eso de todas sus cuitas extrae solo la conclusión de que ser hombre es una gran proeza y un grave padecimiento.

Aquí (en la soledad), aprende, corazón, a soportar con valor
en todas las situaciones de la vida la
gravedad del ser hombre
(pág. 66).

¡Oh dulce dolor, oh maldición llena de bendición,
oh dulce aflicción, ser un hombre!
(pág. 90).

Semejante noble dolor, en nuestro mundo insensible, solo puede contar con indiferencia, rechazo hiriente y escarnio. Karl Moor Segundo hace también esta experiencia. Ya hemos visto más arriba que «el frío mundo lo olvida». Realmente le va muy mal en este aspecto:

Para evitar el frío escarnio de los hombres,
me construí el calabozo, frío como la tumba (pág. 227).

Una vez aún se rehace:

Tú que me denigras, pálido hipócrita, nómbrame
un dolor que no haya desgarrado este corazón,
un alto sentimiento en el que yo no me inflame (pág. 212).

Pero al fin se le hace ya demasiado, se retira, va a la pág. 65 «a la soledad» y a la pág. 70 «al desierto de las montañas». Exactamente como Karl Moor Primero. Allí se hace explicar por un arroyo que
todo
sufre: por ejemplo, que el cordero desgarrado por el águila sufre, el halcón sufre, la caña sufre que chirría en el viento — «cuán pequeñas son entonces las penas de un hombre» y cómo no le quedaba más remedio que «exultar de júbilo y perecer». Pero como el «exultar de júbilo» no le sale de corazón y el «perecer» no parece convenirle en absoluto, cabalga para escuchar las «voces en el páramo». Allí le va todavía mucho peor. Tres jinetes misteriosos cabalgan hacia él uno tras otro y le dan, en palabras bastante secas, el buen consejo de que se haga enterrar:

En verdad, mejor sería que tú…
te enterraras entre hojas muertas,
y murieras cubierto de hierba y tierra húmeda (pág. 75).

Esta es la corona de sus sufrimientos. Los hombres lo rechazan con su miseria, él se vuelve hacia la naturaleza, y también de esta recibe solo rostros enfurruñados y respuestas groseras. Y después de habernos batido así el

dolor de Karl Moor Segundo «su ancho y ensangrentado plumaje…» hasta la náusea, encontramos en la pág. 211 un soneto donde el poeta cree tener que defenderse,

… porque
mudo
y
en cautela
llevo mi dolor y mis heridas,
y porque mi boca,
desdeñando la vana queja
,
¡¡no quiere jactarse
con experiencia horrenda!!

Pero no solo doloroso, sino también
salvaje
ha de ser el «redentor del mundo». Por eso «ruge a través de su pecho el
salvaje
impulso de la pasión» (pág. 24); cuando ama, «arden sus soles con calor» (pág. 17); su «amar es
relampagueo de tormenta
, una
tempestad
es su poesía» (pág. 68). Pronto tendremos ejemplos de cuán salvaje es esa salvajez.

Repasemos rápidamente algunos de los poemas socialistas de Orión-Moor.

De la pág. 100 a la 106 bate su «ancho y ensangrentado plumaje» para abarcar de un vuelo las lacras de la sociedad actual. En un rabioso ataque de «salvaje Weltschmerz» corre por las calles de Leipzig. Es noche a su alrededor y en su corazón. Finalmente se detiene. Un demonio misterioso se le acerca y le pregunta, en tono de sereno nocturno, qué busca tan tarde en la calle. Karl Moor Segundo, que justo estaba ocupado apretando los «ganchos» de sus brazos contra su caja torácica «amenazante de estallar», mira fijamente al demonio con los «soles ardientes» de sus ojos, de modo hosco, y al fin prorrumpe (pág. 102):

Tanto veo
, a la luz del espíritu
despierto de la noche estrellada de la fe:
¡El del Gólgota, Él aún no ha traído
la redención a este mundo!

¡«Tanto» ve Karl Moor Segundo! ¡Por el yermo bosque del corazón, por el manto de su cuita, por la gravedad del ser hombre, por las alas atravesadas por el plomo de nuestro poeta y por todo lo que a Karl Moor Segundo le sea sagrado — no valía la pena salir corriendo a la calle de noche, poner el pecho en peligro de estallar y de una pulmonía, y citar a un demonio ad hoc para comunicarnos finalmente este descubrimiento! Pero sigamos oyendo. El demonio no se da por satisfecho. Karl Moor Segundo cuenta entonces cómo una muchacha prostituida lo cogió de la mano y con ello suscitó en él toda suerte de reflexiones dolorosas, que al fin se desahogaron en la siguiente apóstrofe:

Mujer, de tu miseria solo tiene culpa
la sociedad, ¡la despiadada!
Pálida víctima, triste de contemplar,
en el pagano (!!) altar del pecado
yaces, para que la inocencia de otras mujeres
se conserve inmaculada en casa! [pág. 103.]

El demonio, que ahora se revela como un burgués muy ordinario, no entra en la teoría verdaderamente socialista de la prostitución contenida en estos versos, sino que responde simplemente: cada cual es forjador de su suerte, «cada uno es culpable de su culpa» y otras frases burguesas; observa: «la sociedad es una palabra vacía» (probablemente había leído a Stirner) y exhorta a Karl Moor Segundo a seguir contando. Este cuenta cómo contempló las viviendas proletarias y oyó el llanto de los niños:

Como el seno mustio de la madre para ellos
no tenía ni una gota de dulce refrigerio,
¡morían sin culpa al cuidado de la madre!
Y sin embargo (!!) es un prodigio, gracioso y suave,
cómo en el seno materno, de la roja sangre
la blanca leche se separa y se forma. [pág. 104.]

Quien ha visto este prodigio, opina, no necesita afligirse si no puede creer que Cristo hiciera vino del agua. La historia de las bodas de Caná parece haber predispuesto muy favorablemente a nuestro poeta hacia el cristianismo. El Weltschmerz se vuelve aquí tan violento que Karl Moor Segundo pierde toda conexión. El demoníaco burgués intenta calmarlo y lo deja seguir contando:

Otros niños, una prole pálida,
vi allí donde altas chimeneas humeaban
y las ruedas de bronce, en el calor,
marcaban una danza a pesado compás. [pág. 105.]

¡Vaya fábrica esa en la que Karl Moor Segundo ha visto «ruedas en el calor» y además «ruedas que marcan una danza, una danza a compás»! Solo puede ser la misma fábrica donde se fabrican los versos de nuestro poeta, que también «marcan una danza a pesado compás». Sigue algo sobre la situación de los niños fabriles. Esto hiere al demoníaco burgués en el bolsillo, quien sin duda es también fabricante. Se excita a su vez y responde que eso son tonterías, que esa chusma de niños proletarios no importa en absoluto, que jamás un genio ha naufragado por tales minucias, que en general no se trata de los individuos, sino solo de la
humanidad
en su conjunto, y que esta también saldrá adelante sin Alfred Meißner. Necesidad y miseria son de una vez la suerte de los hombres y, por lo demás,

Lo que el Creador ha hecho mal,
el hombre nunca lo encaminará hacia lo mejor. [pág. 107.]

Con eso desaparece y deja plantado a nuestro atribulado poeta. Este sacude su confusa cabeza y no sabe hacer nada mejor que irse a casa y llevar
todo eso
literalmente al papel y a la imprenta.

En la pág. 109 «un pobre hombre» quiere ahogarse; Karl Moor Segundo lo retiene generosamente y le pregunta sus motivos. El pobre hombre cuenta que ha viajado mucho:

Donde las chimeneas de Inglaterra llameaban sangrientas (!),
vi en dolores,
torpe
y
mudo
,
los nuevos infiernos y condenados.

El pobre hombre ha visto en Inglaterra, donde los cartistas desarrollan en cada ciudad fabril más actividad que todos los partidos políticos, socialistas y religiosos de toda Alemania juntos, cosas singulares. Él mismo debía de estar «torpe y mudo»,

Al llegar a Francia allende el mar,
vi,
espantado
y
con horror
,
cómo, lava en ebullición en torno mío,
bramaban las masas de proletarios.

«Espantado y con horror» vio aquello, ¡el «pobre hombre»! Así ve por doquier la «lucha de los pobres y de los ricos», él mismo «uno de los ilotas», y porque los ricos no quieren oír y «los días del pueblo están aún lejanos», cree que no puede hacer nada mejor que saltar al agua — y Meißner, convencido, lo suelta: «¡Adiós, no puedo retenerte… por más tiempo!»

Nuestro poeta ha hecho muy bien en dejar que ese pusilánime embotado, que en Inglaterra nada ha visto, a quien el movimiento proletario en Francia ha llenado de «espanto y horror», y que es demasiado cobarde para unirse a la lucha de su clase contra sus opresores, se ahogue tranquilamente. De todos modos, el sujeto ya no servía para nada más.

En la página 237, Orion-Moor dirige un himno tirteo «a las mujeres». «Ahora, cuando los hombres cobardemente pecan», se exhorta a las rubias hijas de Germania a alzarse y «proclamar una palabra de libertad». Nuestras suaves rubias no han esperado siquiera su exhortación; el público ha visto «con espanto y horror» ejemplos de las sublimes hazañas de que es capaz la mujer alemana, tan pronto como lleva pantalones y sabe fumar cigarros.

Busquemos ahora, tras esta crítica de la sociedad existente por nuestro poeta, sus pia desideria <piadosos deseos> en el orden social. Encontramos al final una «Reconciliación» escrita en prosa entrecortada, que imita con creces la «Resurrección» que cierra las poesías completas de K. Beck. Allí se dice, entre otras cosas:

«No porque engendre al individuo, vive y lucha la humanidad. —
Un
hombre es la humanidad.» Conforme a lo cual nuestro poeta, «el individuo» naturalmente, «
no es
hombre». «Y llegará el tiempo… entonces se alzará la humanidad, un mesías, un dios en su despliegue…» Pero este mesías no viene sino «dentro de mil años y mil, el nuevo salvador, que hablará» (la ejecución la deja a otros) «de la división del trabajo, la fraternalmente igual para todos los hijos de la tierra»… y entonces el «arado, símbolo de la tierra ensombrecida por el espíritu… un signo de íntima veneración… se alzará, radiante, coronado de rosas,
más hermoso aún
que la vieja cruz cristiana».

Lo que vendrá «dentro de mil años y mil» puede sernos, en el fondo, bastante indiferente. No necesitamos, pues, investigar si los hombres que entonces existan serán llevados un palmo más adelante por el «hablar» del nuevo salvador, si acaso querrán todavía oír a un «salvador» y si la teoría fraternal de este «salvador» es realizable o está a salvo de los horrores de la bancarrota. «Hasta aquí ve» nuestro poeta esta vez. Lo interesante en todo el pasaje es sólo su devota genuflexión ante el Sakrosanktum <lo inviolable, lo sacrosanto> del futuro, el idílico «arado». En las filas de los verdaderos socialistas hemos hallado hasta ahora sólo al burgués; ya advertimos aquí que Karl Moor el Segundo nos presentará también al campesino con sus galas domingueras. En efecto, lo vemos en la pág. 154 contemplar desde la montaña un valle ameno y dominguero, donde los labriegos y pastores despachan su faena diaria tranquilos, contentos, alegres y con confianza en Dios; y

En mi corazón de escéptico resonó con fuerza:
¡Oh, escucha, qué alegremente puede cantar la pobreza!
Aquí la pobreza «no es una mujer que se vende, es una niña, y su desnudez es inocente!»
Y comprendí que la humanidad, tan probada, sólo será alegre, piadosa y buena
cuando descanse en un olvido bienaventurado
junto a la fatiga y el trabajo en el seno de la tierra.

Y para decirnos aún más claramente cuál es su opinión seria, nos pinta en la página 159 la felicidad familiar de un herrero rural y desea que sus hijos

no conozcan nunca las pestes
que, en tono de triunfo,
los malvados o los necios llaman:
cultura, civilización.

El verdadero socialismo no descansó hasta que, junto al idilio burgués, también el idilio campesino, y junto a las novelas de Lafontaine, también las escenas pastoriles de Geßner fueron rehabilitados. En la persona del señor Alfred Meißner, se ha colocado sobre el terreno del «Kinderfreund» de Rochow y proclama desde este sublime punto de vista que el destino del hombre es convertirse en campesino. ¿Quién habría esperado tanta puerilidad del poeta del «salvaje dolor del mundo», del poseedor de «soles ardientes», del «fulminante como tormenta» Karl Moor el Joven?

A pesar de su anhelo campesino de paz en la vida rural, él declara, sin embargo, que las grandes ciudades son su verdadero campo de acción. Conforme a ello, nuestro poeta se ha dirigido a París, para ver aquí también

… con espanto y horror
cómo, hirviendo como lava, a su alrededor
braman las masas de los proletarios [pág. 111].

Hélas! il n’en fut rien. <Pero ¡ay! nada resultó de ello.> En los «Grenzboten» —en una correspondencia desde París— se declara terriblemente decepcionado. El honesto poeta ha buscado por todas partes estas masas rugientes de proletarios, incluso en el Cirque Olympique, donde en aquel tiempo se representaba la Revolución Francesa con timbales y cañones; pero en lugar de los buscados sombríos héroes de la virtud y del farouchen <salvaje> republicano, encontró sólo un pueblo risueño, vivaz, de una jovialidad indestructible, que mostraba mucho más interés por las mujeres bonitas que por las grandes cuestiones de la humanidad. Del mismo modo, buscó en la Cámara de Diputados «a los representantes del pueblo francés»

y no encontró más que un montón de bien nutridos ventrus <vientres> que parloteaban confusamente.

Es en verdad imperdonable que los proletarios parisienses no hayan ejecutado, en honor de Karl Moor el Joven, una pequeña revolución de julio para darle ocasión de adquirir, «con espanto y horror», una mejor opinión de ellos. Sobre toda esta desgracia, nuestro honesto poeta eleva un gran lamento y, como un nuevo Jonás vomitado del vientre del verdadero socialismo, profetiza la ruina de la Nínive del Sena, como puede leerse con más amplitud en los «Grenzboten» de 1847, núm. [14], corresponsalía «Desde París», donde nuestro poeta relata también de manera sumamente divertida cómo tomó a un bon bourgeois du marais <un sencillo filisteo> por un proletario y qué extraños malentendidos surgieron de ello.

Su «Zišika» queremos regalárselo, pues es sencillamente aburrido. Ya que estamos hablando de poesías, queremos mencionar con unas pocas palabras las seis provocaciones a la revolución que nuestro Freiligrath ha lanzado bajo el título: «Ça ira», Herisau 1846. La primera de ellas es una Marsellesa alemana y canta a un «audaz pirata» que «tanto en Austria como en Prusia se llama revolución». A este barco bajo bandera propia, que aporta un refuerzo considerable a la famosa flota alemana in partibus infidelium, se le dirige la exhortación:

Sobre las flotas de plata de la propiedad
apunta audaz la boca de los cañones,
sobre el fondo podrido del mar
deja que los tesoros de la codicia se pudran. [pág. 9.]

Por lo demás, toda la canción está compuesta con tanto desenfado que, a pesar de la métrica, se canta mejor con la melodía: «¡Arriba, marineros, el ancla levada!».

Lo más característico es el poema: «Cómo se hace», es decir, cómo Freiligrath hace una revolución. Justamente corren malos tiempos, el pueblo pasa hambre y anda en harapos: «¿De dónde sacar pan y vestidos?» En esta ocasión se presenta «un mozo audaz» que sabe dar consejo. Conduce a todo el tropel al arsenal de la milicia territorial y distribuye uniformes, que son inmediatamente vestidos. «A modo de ensayo» se echa mano también de los fusiles y se encuentra que «sería una broma» llevárselos. En esta coyuntura, a nuestro «mozo audaz» se le ocurre que «a esta broma de los uniformes tal vez se la podría llamar incluso rebelión, allanamiento y robo», y que entonces habría que «enseñar los dientes para defender su chaqueta». Por eso

se llevan también el chacó, el sable y la cartuchera, y como bandera se enarbola un saco de mendigo. Así se sale a la calle. En esta ocasión se presenta entonces «la tropa de línea real»; el general ordena hacer fuego, pero los soldados, jubilosos, caen en brazos de la milicia territorial que bromea con los uniformes. Y como ya se ha entrado en la marcha, se dirige también, «por broma», hacia la capital, encuentra adeptos, y así, con motivo de una «broma de los uniformes»:

«se derrumba el trono, cae la corona, el imperio se estremece en sus goznes», y «el pueblo alza victorioso su cabeza largo tiempo pisoteada».

Todo transcurre tan rápido, tan ligero, que en todo el procedimiento de seguro a ningún miembro del «batallón de proletarios» se le apagó la pipa. Hay que confesar que en ninguna parte se hacen las revoluciones con mayor alegría y desenfado que en la cabeza de nuestro Freiligrath. Realmente se requiere toda la negra hipocondría de la «Allgemeine preußische Zeitung» para olfatear alta traición en una excursión campestre tan inocente e idílica.

El último grupo de verdaderos socialistas al que nos dirigimos es el de Berlín. De este grupo tomamos igualmente sólo un individuo característico, a saber, al señor Ernst Dronke, porque ha adquirido méritos duraderos para la literatura alemana mediante la invención de un nuevo género poético. Los novelistas y autores de novelas cortas de nuestra patria llevaban tiempo escasos de material. Nunca antes se había hecho sentir una tal carestía de la materia prima para su industria. Las fábricas francesas suministraban, ciertamente, mucho aprovechable, pero este suministro era tanto menos suficiente para satisfacer la demanda cuanto que no poco se ofrecía de inmediato a los consumidores en forma de traducción, haciéndose así una peligrosa competencia a los novelistas. Entonces se acreditó el ingenium del señor Dronke: en la figura de Ophiuchus, el portador de la serpiente en el firmamento verdaderamente socialista, alzó la anillada serpiente gigante de la legislación policial alemana, para elaborarla en sus «Polizei-Geschichten» como una serie de las más interesantes novelas cortas. En efecto, esta intrincada legislación, resbaladiza como una serpiente, contiene la materia más rica para este género de poesía. En cada parágrafo se esconde una novela, en cada reglamento una tragedia. El señor Dronke, que como literato berlinés ha librado por sí mismo formidables luchas con la jefatura de policía, podía hablar aquí por experiencia propia. No faltarán sucesores en la senda una vez emprendida; el campo es rico. El Landrecht prusiano, entre otros, es una inagotable cantera de conflictos apasionantes y de escenas de efecto drástico. Con la sola legislación sobre divorcio, alimentos y estupro —sin hablar siquiera de los capítulos sobre placeres privados contra natura—, toda la industria novelística alemana dispone de materia prima para siglos. Además, nada más fácil que elaborar poéticamente semejante parágrafo; la colisión y su solución están ya listas, no hay que añadir más que los accesorios, que se toman de la primera novela que venga a mano de Bulwer, Dumas o Sue y se recortan un poco, y la novela corta está terminada. Así, cabe esperar que el burgués alemán y el campesino, así como el studiosus juris o cameralium <estudiante de derecho general o de derecho administrativo>, lleguen poco a poco a poseer toda una serie de comentarios sobre la legislación vigente que les permitan, jugando y eliminando por completo la pedantería, familiarizarse a fondo con esta materia.

Vemos en el señor Dronke que no nos prometemos demasiado. De la sola legislación sobre el derecho de vecindad hace dos novelas cortas. En una ("Divorcio policial") un literato de Hesse electoral (los literatos alemanes siempre hacen de los literatos los héroes de sus relatos) se casa con una prusiana sin la autorización legalmente prescrita de su concejo municipal. Su mujer y sus hijos pierden con ello el derecho a la condición de súbditos de Hesse electoral, y de ahí se desarrolla la separación de los cónyuges por mediación de la policía. El literato se enfurece, se expresa de modo malquerido sobre lo existente, es por ello retado por un teniente y atravesado a estocadas. Las complicaciones policiales estaban vinculadas a costas que ya habían arruinado su fortuna. Madame ha perdido, por su matrimonio con un extranjero, su condición de súbdita prusiana y cae ahora en la más extrema miseria. – En la segunda novela sobre el derecho de vecindad, un pobre diablo es transportado durante 14 años de Hamburgo a Hannover y de Hannover a Hamburgo, para saborear aquí las dulzuras del torno disciplinario, allí las alegrías de la cárcel, y disfrutar en ambas orillas del Elba de palizas de bastón. De la misma manera se trata el inconveniente de que, contra las extralimitaciones de la policía, solo pueda uno querellarse ante la policía misma. De modo muy conmovedor se describe cómo la policía en Berlín, con su reglamento sobre la expulsión de sirvientes sin trabajo, echa una mano a la prostitución, y otras colisiones desgarradoras.

El verdadero socialismo se ha dejado embaucar de la manera más bonachona por el señor Dronke. Ha tomado las "Historias de policía", lacrimosas descripciones de la miseria pequeñoburguesa alemana en el tono de "Odio a los hombres y arrepentimiento", por cua-

dros de conflictos de la sociedad moderna; ha creído que aquí se hacía propaganda socialista, no ha pensado ni por un momento que tales escenas de lamento son del todo imposibles en Francia, Inglaterra y América, donde impera lo contrario de todo socialismo, que, por tanto, el señor Dronke no hace propaganda socialista, sino
liberal
. Aquí, el verdadero socialismo es tanto más disculpable cuanto que el propio señor Dronke tampoco ha pensado en
todo
eso.

El señor Dronke también ha escrito historias "Del pueblo". Aquí vivimos de nuevo una novela de literatos, en la que la miseria de los escritores industriales es expuesta a la compasión del público. Esta narración parece haber entusiasmado a Freiligrath para el conmovedor poema en el que implora participación para el literato y exclama: "¡Él también es un proletario!". Cuando llegue el momento de que los proletarios alemanes ajusten cuentas con la burguesía y las demás clases poseedoras, les demostrarán a los señores literatos, la más miserable de todas las clases venales, por medio del farol, en qué medida también ellos son proletarios. Las restantes novelas del libro de Dronke están zurcidas con una total falta de fantasía y un considerable desconocimiento de la vida real, y solo sirven para poner los pensamientos socialistas del señor Dronke precisamente en boca de aquellas personas en las que menos vienen a cuento.

Además, el señor Dronke ha escrito un libro sobre Berlín que está a la altura de la ciencia moderna, es decir, en el que se encuentran revueltas concepciones jóvenes hegelianas, bauerianas, feuerbachianas, stirnerianas, verdaderamente socialistas y comunistas, tal como han circulado en la literatura de los últimos años. El resultado final del conjunto es que Berlín sigue siendo, a pesar de todo, el centro de la cultura moderna, el centro de la inteligencia y una ciudad mundial de dos quintos de millón de habitantes, ante cuya competencia París y Londres harían bien en andarse con cuidado. En Berlín hay incluso
grisetas
– ¡pero Dios sabe que también les corresponde el nombre!

A la couleur berlinesa del verdadero socialismo pertenece también el señor Friedrich Saß, quien asimismo ha escrito un libro sobre su patria espiritual. De este señor solo nos ha llegado, sin embargo, un poema, que puede leerse en la pág. 29 del "Álbum" de Püttmann, que habremos de comentar enseguida con más detalle. En este poema, "El futuro de la vieja Europa", según la tonada de "Leonora partió al despuntar el alba", se canta con las expresiones más repugnantes que nuestro autor pudo hallar en toda la lengua alemana, y con la mayor cantidad posible de errores gramaticales. El socialismo del señor

Saß se reduce a que Europa, la "mujer ramera", sucumbirá próximamente:

Te corteja el gusano de la muerte,

¿Oyes, oyes en la tormenta nupcial

A cosacos y tártaros

Recorrer tu lecho carcomido?...

Junto al sarcofago desolado de Asia

Se alineará el tuyo – –

Los cadáveres gigantescos y grises

Reviéntanse (¡puf, diablo!) y ceden – –

¡Como Menfis y Palmira reventó (!)

Construirá un día el aguila salvaje su nido

En tu frente carcomida,

Tú, envejecida ramera!

Se ve que la fantasía y el lenguaje del poeta no están menos "reventados" que su concepción de la historia.

Con esta mirada al futuro cerramos la reseña de los diversos grupos estelares del verdadero socialismo. En efecto, ha sido una brillante serie de constelaciones la que ha desfilado ante nuestro telescopio, ¡es la mitad más resplandeciente del cielo la que el verdadero socialismo mantiene ocupada con su ejército! Y en torno a todos estos luminosos astros se extiende, con el suave resplandor de la filantropía burguesa, como
Vía Láctea
la
"Trier'sche Zeitung"
, un periódico que se ha adherido en cuerpo y alma al verdadero socialismo. No ha ocurrido acontecimiento que rozara siquiera de lejos al verdadero socialismo sin que la "Trier'sche Zeitung" saltara con entusiasmo a la palestra. Desde el teniente Anneke hasta la condesa Hatzfeld, desde el Museo de Bielefeld hasta Madame Aston, la "Trier'sche Zeitung" ha combatido por los intereses del verdadero socialismo con una energía que arrancó de su frente el sudor de los nobles. Es, en el sentido más literal, una Vía Láctea de la mansedumbre, la misericordia y el amor a la humanidad, y solo en muy contados casos suele servir leche agria. ¡Ojalá siga fluyendo su camino tranquila e imperturbada, como conviene a una verdadera Vía Láctea, y continúe proveyendo a los bravos ciudadanos de Alemania con la mantequilla de la debilidad de corazón y el queso de la pequeñoburguesería! Que alguien pueda desnatarle la crema no necesita temerlo, pues es demasiado aguada para que se le forme.

Pero, para que nos despidamos de él con serenidad imperturbada, el verdadero socialismo nos ha preparado una fiesta final en el "Álbum", publi-

cado por H. Püttmann, Borna, editorial Reiche, 1847. Bajo la égida de la Osa Mayor se dispara aquí una girándola como no se puede ver más brillante en la fiesta de Pascua en Roma. Todos los poetas socialistas han aportado cohetes, voluntariamente o forzados, que ascienden al cielo en haces siseantes y chispeantes, estallan en los aires en millones de estrellas y conjuran por doquier la claridad del día en la noche de nuestras condiciones. Pero, ay, el bello espectáculo solo dura un instante – los fuegos artificiales se consumen y no dejan más que un humo denso que hace parecer la noche aún más oscura de lo que realmente es, un humo a través del cual, como estrellas de brillo inmutable, solo centellean los siete poemas de
Heine
, que se encuentran, para nuestro gran asombro y no pequeña turbación de la Osa Mayor, en esta compañía. Pero no dejemos que eso nos moleste, ni nos escandalicemos tampoco de que varias cosas de
Weerth
aquí reimpresas tengan que sentirse incómodas en semejante compaña, y gocemos de la plena impresión de los fuegos artificiales.

Encontramos aquí tratados temas muy interesantes. La primavera es cantada tres o cuatro veces con todo el lujo del que el verdadero socialismo es capaz. No menos de ocho muchachas seducidas se nos presentan [bajo] todos los puntos de vista posibles. No solo se nos muestra el acto de la seducción, sino también sus consecuencias; cada época principal del embarazo está representada por al menos un sujeto, luego viene el parto, como es de rigor, y en su séquito el infanticidio o el suicidio. Solo es de lamentar que no se haya incluido también "La infanticida" de Schiller; pero el editor habrá pensado que ya era suficiente con que la conocida exclamación: "¡Joseph, Joseph!", etc., resonara a través de todo el libro. De cómo están hechas estas canciones de seducción que dé testimonio una estrofa – según una conocida melodía de cuna. El señor Ludwig
Köhler
canta en la pág. 299:

¡Llora, madre, llora!

¡El corazón de tu hija está enfermo!

¡Llora, madre, llora!

¡La inocencia de tu hija se hundió!

Tu máxima: ¡Sé buena, hija mía!

¡La arrojó al viento impíamente!

En general, el "Álbum" es una verdadera apoteosis del crimen. Además de los numerosos infanticidios mencionados, se canta un "Desacato forestal" – por el señor Karl
Eck
, y el suabo Hiller, que asesinó a sus cinco hijos, es celebrado por el señor Johannes
Scherr
en un breve poema y por

la Osa Mayor en persona en uno interminable. Uno se cree estar en una feria alemana, donde los organilleros cantan con su letanía sus historias de asesinatos:

Niño rojo, tú, hijo del infierno,

Di, ¿cuál fue tu existencia aquí?

Ante ti y tu cueva asesina,

De ello se estremece todo hombre.

Noventa y seis vidas humanas

Asesinó el malvado;

No las dejó vivir por más tiempo,

Rápido les rompió el cuello, etc.

Resulta difícil hacer una selección entre estos poetas de fuerza juvenil y sus producciones llenas de vida; pues en el fondo da lo mismo si uno se llama Theodor Opitz o Karl Eck, Johannes Scherr o Joseph Schweitzer, las cosas son todas igual de bellas. Metamos la mano al azar.

Ahí encontramos primero a nuestro amigo Bootes –
Semmig
de nuevo, ocupado en elevar la primavera a la altura especulativa del verdadero socialismo (pág. 35):

¡Despertad! ¡Despertad! Pues quiere hacerse primavera – –

Con paso de tormenta toma sobre valles y montañas

la
Libertad
su carrera sin cadenas –

Qué es esa libertad lo averiguamos a continuación:

¿Por qué miráis servilmente al signo de la cruz?

Un hombre libre no puede arrodillarse ante el Dios

Que nos derribó las encinas de la patria,

¡Ante el cual tuvieron que huir los dioses de la libertad!

Es decir, la libertad de las selvas primitivas germanas, a cuya sombra Bootes puede reflexionar tranquilamente sobre "socialismo, comunismo, humanismo" y cultivar a su antojo "la espina del odio al tirano". Sobre esta última nos enteramos:

Pues no florece rosa alguna sin espina,

con lo cual cabe esperar, pues, que también la "rosa" en capullo Andrómeda encuentre pronto una "espina" adecuada y entonces ya no "se sienta tan de palo" como más arriba. También en interés de las "violetas", que entonces ciertamente aún no existían, opera Bootes, al expedir aquí un poema

aparte cuyo título y estribillo rezan: "¡Compre violetas? ¡Compre violetas! ¡Compre violetas!" (pág. 38.)

El señor N..h..s <Neuhaus> se esfuerza con laudable celo en pergeñar 32 páginas de versos de generosa interlínea, sin alumbrar en ellos ni un solo pensamiento. Ahí está, por ejemplo, una "Canción proletaria" (pág. 166). Los proletarios salen a la naturaleza libre – si quisiéramos decir
de dónde
salen, no acabaríamos nunca – y se deciden, tras largos preámbulos, por fin a la siguiente apóstrofe:

¡Oh Naturaleza! ¡Tú, madre de todos los seres,

Que a todos quieres con amor labar,

A todos has elegido para la bienaventuranza,

Inescudriñablemente grande eres y sublime!

¡Escucha nuestras santísimas resoluciones!

¡Escucha lo que fiel y cálidamente te juramos!

¡Llevad la nueva al mar, vosotros, ríos,

Susúrrala, brisa primaveral, entre los pinos oscuros!

Con ello se ha ganado un nuevo tema, y así sigue durante un buen rato en ese tono. Por fin, en la decimocuarta estrofa, nos enteramos de lo que la gente quiere en realidad, y no vale la pena consignarlo aquí.

También el señor Joseph Schweitzer es un conocido interesante:

El pensamiento es el alma, y la acción es el cuerpo;
Marido es la chispa de fuego, y el acto su esposa,

a lo que se enlaza de manera natural lo que el señor J. Schweitzer quiere, a saber:

Crepitar quiero, llamear quiero, luz de libertad
en el bosque y el llano,
Hasta que el gran cubo de agua, llamado muerte,
apague la astilla. (pág. 213.)

Su deseo se ha cumplido. En estos poemas «crepita» ya a sus anchas, y una «astilla» es también, eso se ve a primera vista. Pero una astilla divertida:

Alta la cabeza, la mano cerrada,
ahí estoy, feliz, libre. (pág. 216.)

Debió de ser impagable en esa postura. Desgraciadamente, el tumulto de agosto en Leipzig lo arrastra a la calle, y allí ve cosas conmovedoras:

Ante mí absorbe en ávidos sorbos, empapada en sangre,
¡oh vergüenza, oh horror!
Una tierna yema de hombre con presteza su rocío mortal (pág. 217).

Hermann Ewerbeck tampoco deshonra su nombre de pila. Comienza en la pág. 227 un «Canto de batalla», que sin duda ya fue bramado por los queruscos en el bosque de Teutoburgo:

Luchamos por la libertad,
Por el ser en nuestro pecho.

¿Acaso debería ser éste un canto de batalla para mujeres embarazadas?

Y no por oro ni condecoraciones,
Tampoco por vano placer.
Luchamos por generaciones venideras, etc.

En un segundo poema [pág. 229] nos enteramos:

Los sentidos del hombre son sagrados,
Altamente sagrado es el sentido puro.
Todos los espíritus, ellos se desvanecen
Ante el sentido y los sentidos.

Con la misma razón que «sentido y sentidos» nos «desvanecen» ante semejantes versos.

Amamos ardientemente lo bueno,
Lo bello de esta tierra,
Obramos y creamos sin descanso
En el auténtico campo de la humanidad;

y este campo recompensa nuestro trabajo con una cosecha de versos ramplones y llenos de buena intención, como el propio Luis el Bávaro no habría podido producir.

Un joven tranquilo y serio es el señor Richard Reinhardt. Él «camina largo tiempo en callada calma el paso del sosegado desarrollo de sí mismo» y entrega un poema de cumpleaños «A la joven humanidad», en el cual se da por satisfecho con:

cantar
El sol de amor de la pura libertad,
La luz de libertad del puro amor,
La amable luz de la paz del amor [págs. 234, 236].

En estas seis páginas nos sentimos a gusto. El «amor» aparece dieciséis veces, la «luz» siete, el «sol» cinco, la «libertad» ocho, para no hablar de las «estrellas», «claridades», «días», «delicias», «alegrías», «paces», «rosas», «llamas», «verdades» y demás especias subalternas de la existencia. Si uno ha tenido la dicha de ser cantado de este modo, puede en verdad irse en paz a la tumba.

Pero ¿a qué detenernos en torpes chapuceros, cuando podemos considerar a maestros como el señor Rudolf Schwerdtlein y Ursa Major! ¡Dejemos todos esos intentos, amables sin duda pero aún muy imperfectos, a su suerte, y volvámonos a la perfección de la poesía socialista!

El señor Rudolf Schwerdtlein canta:

«¡En marcha!»

Somos los jinetes de la vida. ¡Hurra! (ter) <(tres veces)>
¿Adónde, vosotros, jinetes de la vida?
Cabalgamos hacia la muerte. ¡Hurra!

Tocamos la trompeta. ¡Hurra! (ter)
¿Qué proclamáis con la trompeta?
Proclamamos, tronamos muerte. ¡Hurra!

El ejército se quedó muy atrás. ¡Hurra! (ter)
¿Qué hace vuestro ejército allá atrás?
Duerme el sueño eterno. ¡Hurra!

¡Escuchad! ¿No tocan los enemigos? ¡Hurra! (ter)
¡Ay de vosotros, pobres trompeteros!
Ahora cabalgamos hacia la muerte. ¡Hurra! [págs. 199, 200.]

¡Ay, pobre trompetero! — Se ve que el jinete de la vida no solo cabalga con risueño valor hacia la muerte, sino que también se mete con igual descaro en el más espeso disparate, en el que se siente tan a gusto como el piojo en la lana de oveja. Unas páginas más adelante, el jinete de la vida da «Fuego»:

Somos tan sabios, sabemos mil cosas,
El progreso ha avanzado a raudales — —
Pero no puedes rizar una ola con el remo
Sin que espíritus te susurren al oído. [pág. 204.]

Es de desear que al jinete de la vida le «susurre al oído» cuanto antes un cuerpo bien contundente, para ahuyentarle los susurros de espíritus.

¡Muerde la manzana! Entre la fruta y los dientes
Se te alza un fantasma al instante;
Agarra a un corcel por las fuertes crines,
Un espíritu se encabrita con la oreja del potro —

al jinete de la vida también se le «encabrita» algo a ambos lados de la cabeza, pero no es «la oreja del potro» —

Pensamientos te acosan como hienas
Cuando abrazas a aquella que tu corazón eligió.

Al jinete de la vida le sucede lo mismo que a otros valientes héroes de guerra. No teme a la muerte, pero los «espíritus», «fantasmas» y sobre todo los «pensamientos» le hacen temblar como una hoja de álamo. Para salvarse de ellos, decide incendiar el mundo, «osar el incendio universal del mundo»:

Demoler es la gran consigna de la época,
Demoler es la única conciliación del conflicto;
A fin de que el cuerpo y el espíritu se carbonicen
Para una escrutación a fondo de la naturaleza y de la esencia;
Y como el mineral en el crisol, así encuentre
El mundo en el fuego la nueva condensación.
El demonio tras el juicio final de fuego
Es el comienzo de la nueva historia universal. [pág. 206.]

El jinete de la vida ha dado en el clavo. El conflicto de la única conciliación en la gran consigna de la época de la escrutación a fondo de la naturaleza y de la esencia es precisamente que el mineral en el crisol se carbonice al cuerpo y al espíritu, es decir, la demolición de la nueva historia universal es la nueva condensación del juicio final de fuego o, en otras palabras, el demonio encuentre al mundo en el fuego del comienzo.

Ahora pasamos a nuestro viejo amigo Ursa Major. Ya mencionamos la Hilleriada. Ésta comienza con una gran verdad:

Tú, pueblo de la gracia de Dios, no comprendes
Cuán malo es saludar al mundo como un miserable;
De eso no se libra uno jamás. [pág. 256.]

Después de que hemos tenido que escuchar toda la lamentable historia con los más pequeños detalles, Ursa Major prorrumpe otra vez en «Hipocresía»:

¡Ay, ay de ti, mundo malvado y perverso —
Maldición, eterna maldición sobre ti! ¡Maldito dinero!
Sin ti no habría ocurrido este asesinato,
¡Sin vosotros, ricos monstruos! —
La sangre de los niños caiga sobre vosotros solos!
La verdad habla por mi boca de poeta,
Os la arrojo a la cara,
Y espero el golpe de la hora de la venganza. [pág. 262.]

¿No habría de creerse que Ursa Major comete aquí la más temible temeridad, al «arrojar verdades por su boca de poeta a la cara de la gente»? Pero tranquilícense, no tiemblen por su hígado ni por su seguridad. Los ricos le hacen al gran oso tan poco daño como el gran oso les hace a ellos. Pero, opina éste, habría que haber hecho decapitar al viejo Hiller o bien:

El más suave vello de la tierra bajo la cabeza
Del asesino debíais colocar con cuidado,
Para que, lo que de amado le habíais arrebatado,
En sueño firme lo olvidara — para bendición vuestra.
Y cuando despertase, alrededor de él
Doscientas arpas debían vibrar dulces acordes,
Para que el estertor de los niños nunca más
Le desgarrara el oído y le estallara el corazón.
Y otras cosas aún en expiación — lo que sea,
Lo más amable que el amor pueda imaginar —
Tal vez entonces os libraríais del crimen,
Y podríais ganar la quietud de la conciencia (pág. 263).

¡Esa es, en efecto, la bonhomía de todas las bonhomías, la verdad del verdadero socialismo! ¡«Para bendición vuestra»! ¡«Quietud de la conciencia»! Ursa Major se vuelve pueril y cuenta cuentos de nodriza. Que sigue todavía «esperando el golpe de la hora de la venganza», es sabido.

Pero aún mucho más divertidos que la Hilleriada son los «Idilios del cementerio». Primero ve enterrar a un pobre hombre y oye los lamentos de su viuda, luego a un joven soldado caído en la guerra, único apoyo de su anciano padre, después a un niño asesinado por su madre y, por fin, a un hombre rico. Cuando ha visto todo esto, empieza a «pensar», y he aquí:

... mi mirada se volvió clara y lúcida
Y radiante penetró profundamente en las tumbas, [pág. 284]

desgraciadamente no se volvió «lúcida» para penetrar «profundamente en» sus versos.

Lo más misterioso se me hizo manifiesto.

En cambio, lo que a todo el mundo le es «manifiesto», a saber, la espantosa nulidad de sus versos, le quedó completamente «misterioso». Y el oso clarividente vio «cómo casi al vuelo se producían los más grandes milagros». Los dedos del pobre hombre se convierten en corales, sus cabellos en seda, y con ello su viuda alcanza gran riqueza. De la tumba del soldado brotan llamas que devoran el palacio del rey. De la tumba del niño brota una rosa, cuya fragancia penetra hasta el calabozo de la madre — ¡y el hombre rico, por medio de la transmigración de las almas, se convierte en una víbora que Ursa Major se reserva el placer privado de hacer aplastar por su hijo menor! Y así, opina Ursa Major, «a todos nos toca sin embargo la inmortalidad».

Por lo demás, nuestro oso tiene sin embargo coraje. En la pág. 273 desafía con voz de trueno a «su desgracia»; la desafía, porque:

Un fuerte león llevo en el corazón —
Es tan valiente, tan grande y veloz —
¡Tú, ponte a salvo de sus garras!

Sí, Ursa Major «siente ansia de lucha», «no teme las heridas».