LOS COMUNISTAS Y KARL HEINZEN ** [Deutsche Briisseler Zeitung, núm. 79, 3 de octubre de 1847]

Bruselas, 26 de septiembre. El número de hoy de la Gaceta Alemana de Bruselas publica un artículo de Heinzen, en el que éste, so pretexto de defenderse de una insignificante imputación de la redacción del periódico, inicia una larga polémica contra los comunistas. La Redacción aconseja a ambas partes que no se enreden en polémicas. Para ser consecuente, habría tenido que limitarse a publicar la parte del artículo de Heinzen en que éste se defiende contra la acusación de haberse adelantado a atacar a los comunistas. El hecho de que “Heinzen no tenga. un periódico a su disposición” no es razón para poner a su disposición un periódico en el que dé publicidad a ataques que la propia Redacción considera inadmisibles, Por lo demás, difícilmente podría prestarse a los comunistas mejor servicio que el que se les hace con la publicación de este artículo. Ja. más se han dirigido contra un partido reproches más necios y disparata. dos que los que aquí se enderezan contra los comunistas. El artículo es la más brillante justificación de éstos. Heinzen demuestra que, si los comunistas no lo hubiesen atacado, tendrían que haberlo hecho in. mediatamente.

El señor Heinzen se presenta desde el primer momento como el representante de todos los radicales alemanes no comunistas y quiere discutir con los comunistas de partido a partido. “Tiene derecho a exi. gir”, declara sin ambages, qué “debe esperarse” de los comunistas, qué “se les debe atribuir”, cuál es “el deber de los verdaderos comunistas”. Identifica su separación de los comunistas con la de los “republicanos y demócratas alemanes” y habla, al decir “nosotros”, en nombre de estos republicanos.

¿Quién es, pues, el señor Heinzen y qué representa? El señor Heinzen es un antiguo funcionario liberal de inferior categoría, que todavía en el año 1844 se entusiasmaba con el progreso legal y la deplorable situación de la Alemania constitucional y que, en el seno de la mayor confianza y muy en voz baja, se atrevía, a lo sumo, a confesar que allá para un porvenir muy remoto podría tal vez ser deseable y posible una república. Pero el señor Heinzen se equivocaba, al admitir la posibilidad de una resistencia legal en Prusia. Tuvo que huir a causa de un libro bastante malo que escribió sobre la burocracia (hasta el mismo Jacobus Venedey publicó, hace muchos años, otro mucho mejor sobre Prusia) .2*6 Ahora, comenzaba a ver claro. Declaraba que la resistencia legal era imposible, se proclamaba revolucionario y, como es [641]

natural, también republicano. En Suiza, trabó amistad con el savant séricux 2 Ruge, quien le imbuyó su poquito de filosofía, consistente en una confusa mescolanza de ateísmo y humanismo feuerbachiano, remi. niscencias hegelianas y tópicos retóricos stirnerianos. Así pertrechado, el señor Heinzen se consideró ya maduro para el combate y, apoyándose por la derecha en Ruge y por la izquierda en Freiligrath, abrió el fuego de su propaganda revolucionaria.

No reprochamos al señor Heinzen, por supuesto, el que se haya pasado del liberalismo al radicalismo sediento de sangre. Pero sí afirmamos que ha dado este paso llevado de motivos puramente personales. Mientras creyó poder desplegar una resistencia legal, atacó a cuantos sostenían la necesidad de una revolución. Apenas se le hizo ver que la resistencia legal era imposible y la declaró imposible en absoluto, sin pararse a con. siderar que esta resistencia representa todavía, en buena parte, una posibilidad para la burguesía alemana, la cual sigue oponiendo constan. témente una resistencia altamente legal. Apenas se le cortó la retirada, proclamó la necesidad de una inmediata revolución. En vez de estudiar la situación de Alemania, verla en su conjunto y deducir de ello qué progresos, qué desarrollo y qué medidas son necesarios y posibles; en vez de llegar a conclusiones claras acerca de 'la complicada posición de las diversas clases de Alemania entre sí y con respecto al gobierno, deduciendo de aquí la política a seguir, en vez de atenerse, en una palabra, al desarrollo de Alemania, el señor Heinzen exige, sin-el menor empacho, que el desarrollo de Alemania se atenga a él. El señor Heinzen fue un violento enemigo de la filosofía, mientras ésta mantuvo un rumbo progresivo. Apenas se volvió reaccionaria y se convirtió en refugio de todos los irresolutos, inválidos e industriales de la literatura, el señor Heinzen. tuvo, irremisiblemente, la desgracia de sumarse a ella. Y, peor aún, tenía que sucederle lo que le sucedió: que el señor Ruge, que no había sido toda su vida más que un simple prosélito, consiguiese su único prosélito. en el señor Heinzen. De este modo, el señor Heinzen servirá de consuelo al señor Ruge, haciéndole creer que ha habido, por lo menos, una persona que ha sabido escrutar los arcanos de su prosa.

¿En pro de qué agita, en realidad, el señor Heinzen? En pro de una república alemana que deberá instaurarse inmediatamente, república montada sobre las tradiciones norteamericanas y las de 1793 y sobre al. gunas de las medidas propugnadas por los comunistas y que deberá tener un aspecto muy negro-rojo-oro.** Por su inercia industrial, Alemania ocupa en Europa una posición tan lamentable, que jamás podrá tomar una iniciativa, adelantarse a proclamar por su cuenta una gran revolu. ción o instaurar por sí y ante sí una república, sin contar con Francia e Inglaterra. Cualquier república alemana que haya de instaurarse al margen del movimiento de los países civilizados, cualquier revolución alemana que se pretenda hacer por propia iniciativa y que, como ocurre en el señor Heinzen, pase totalmente por alto el movimiento real de las ' a Serio sabio.

clases dentro de Alemania, cualquier república y revolución de éstas no pasará de ser un puro misticismo negro-rojo-oró. Y, para glorificar todavía más esta gloriosa república alemana, el señor Heinzen la adorna con su humanismo feuerbachiano a la Ruge y la proclama como el reino “del Hombre”, cuyo advenimiento es inminente. ¿Y todos estos sueños místicos atolondrados son los que han de realizar los alemanes? Veamos ahora cómo propaga sus ideas el gran “agitador” Heinzen. Declara que los príncipes son los principales causantes de toda esta penosa situación y esta penuria. Afirmación no sólo ridícula, sino dañina en el más alto grado. El señor Heinzen no podía dedicar mejor halago a los príncipes alemanes, a esta impotente y lamentable marioneta, que el de atribuirles una fantástica, supraterrenal y demoníaca omnipoten. cia. Al afirmar el señor Heinzen que los príncipes podían causar tantos males, les reconoce con ello el poder necesario para conferir beneficios igualmente grandes. De donde se deduce, no la necesidad de una revolución, sino el piadoso deseo de que surja un valeroso príncipe, un buen emperador José. Por lo demás, el pueblo sabe mucho mejor que el señor Heinzen de dónde viene la opresión. El señor Heinzen no lo. grará nunca desviar sobre la cabeza de los príncipes el odio de los cam. pesinos sujetos a prestaciones contra los señores de las tierras o el de los obreros contra los patronos. Pero no cabe duda de que el señor Heinzen labora en interés de los terratenientes y. los. capitalistas, cuando achaca, no a ellos, sino a los príncipes, la culpa de la explotación del pueblo; y es evidente que la explotación llevada a cabo por los terratenientes y los capitalistas es la causa de las nueve décimas partes de toda la miseria y la triste situación de Alemania. : El señor Heinzen llama a una inmediata sublevación. Imprime ma. nifiestos incitando a ella 2% y trata de difundirlos en Alemania. Nosotros nos preguntamos si esa atolondrada y absurda propaganda no daña en el más alto grado a los intereses de la democracia alemaña.: Nos preguntamos si la experiencia no se-ha encargado ya de demostrar su inutilidad. ¿Acaso, en tiempos en que el país se hallaba bastante más agitado que ahora, en los años treintas, no se' inundó a Alemania de manifiestos y panfletos, etc., de este tono, sin resultados de ninguna clase? Nos preguntamos si nadie que esté en su sano juicio puede llegar a imaginarse que el pueblo” preste la menor atención a ese tipo de prédicas y admoniciones políticas. Nos preguntamos si el señor Heinzen, con sus manifiestos, ha hecho alguna vez algo que no sea exhortar y predicar? Nos preguntamos si no es sencillamente ridículo esto de lanzar, venga o no a cuento, al buen tuntún, sin conocer ni tener en cuenta la situación, con tonante voz, intimaciones a la revolución. ¿Qué es lo que tiene que hacer la prensa de un partido? Ante todo, discutir, razonar las reivindicaciones del partido, argumentarlas, defen. derlas, rechazar y refutar las exigencias y afirmaciones del campo de enfrente, ¿Qué ha hecho y qué hace la prensa democrática alemana? Demostrar la necesidad de la democracia a base de la indignidad del gobierno existente, que representa más o menos a la nobleza, a base de la insuficiencia del sistema constitucional, que pone en el timón a la burguesía, a base de la imposibilidad en que el pueblo se encuentra de marchar por un camino seguro mientras no conquiste el poder político. Tiene que explicar y hacer ver, por tanto, que los proletarios, los pequeños campesinos y la pequeña burguesía, que son los que en Alemania forman el “pueblo”, se hallan oprimidos por la nobleza, la burocracia y la burguesía; entendiendo por tal no sólo la opresión política, sino sobre todo la opresión social, y poniendo de manifiesto por qué medios puede ser eliminada; tiene que explicar y hacer ver que la conquista del poder político por los proletarios, pequeños campesinos y pequeños burgueses es la primera condición para poner en práctica estos medios. Tiene que investigar; además, hasta qué punto es posible contar con la pronta implantación de la democracia, de qué medios dispone el partido para ello y a qué otros partidos debe unirse, mientras no cuente con la fuerza necesaria para actuar por sí solo. ¿Es' que el señor Heinzen ha hecho algo de esto? Nada. No se ha tomado esta molestia. No ha explicado nada, absolutatmente nada, al pueblo, es decir, a los proleta. rios, a los pequeños campesinos y a la pequeña burguesía. No: se ha detenido a investigar para nada la posición de las clases y de los parti. dos. Se ha limitado a hacer oír una serie de variaciones sobre el mismo tema: ¡Duro y a la cabeza, duro y a la cabeza, duro y a la cabeza! - ¿Y a quién dirige el señor Heinzen sus exhortaciones revolucionarias? Las dirige, sobre todo, a los pequeños campesinos, a la clase menos capaz, en nuestro tiempo, de adoptar una iniciativa revolucionaria. Desde hace seiscientos años, todo movimiento de progreso parte de las ciudades; los movimientos democráticos independientes. de la población del campo (Wat Tyler, Jack Cade, la Jacquerie, la guerra de los campesinos),?4 empezaron siempre manifestándose en un sentido reaccionario y, además, resultaron siempre aplastados. El proletariado industrial de las ciudades ha pasado a ser la corona de toda moderna democracia; los pequeños burgueses, y más aún los campesinos, dependen totalmente de su. iniciativa. La Revolución francesa de 1789 y la más reciente historia de Inglaterra, Francia y los Estados orientales de América lo demuestran. ¿Y el señor Heinzen confía en el levantamiento de los campesinos, ahora, en el siglo x1x? Pero el señor Heinzen promete también reformas sociales. Ha ido empujándolo poco a poco a ello, evidentemente, la indiferencia del pueblo ante sus llamamientos, ¿Y qué reformas son las que el señor Heinzen promete? Son reformas muy parecidas a las que los comunistas proponen para preparar el camino hacia la abolición de la propiedad privada. Lo único que habría que reconocerle a Heinzen ha sido tomado por él de los comunistas, a quienes ataca con tanta violencia, e incluso esto se convierte en sus manos en puro absurdo y puro misticismo. To. das las medidas encaminadas a coartar la competencia, a poner coto a la acumulación de grandes capitales en manos de unos cuantos, a restringir o abolir el derecho hereditario, toda organización del trabajo por el Estado, etc., todas estas medidas son, como medidas revolucionarias, no sólo posibles, sino incluso necesarias. Son posibles, porque está tras ellas todo el proletariado puesto en pie, apoyándolas con las armas en la mano. Son posibles, a despecho de todas las dificultades y todos los males con que contra ellas amenazan los economistas, porque precisamente estas dificultades y estos males obligarán al proletariado a ir más y más hacia adelante, hasta la abolición total de la propiedad privada, para no perder lo ya ganado. Son posibles, como camino y fases inter. medias transitorias hacia la abolición de la propiedad privada, pero solamente así. Pero el señor Heinzen presenta todas estas propuestas como medidas fijas y últimas. No como medidas preparatorias, sino como medidas definitivas. No como medios, sino como fines. No se las relaciona con una situación revolucionaria, sino con una situación pacífica, burguesa. Con ello, estas medidas se tornan en imposibles y, al mismo tiempo, en medidas reaccionarias. Los economistas burgueses tienen toda la razón al objetar al señor Heinzen que estas medidas, tal como él las propugna, representan una posición reaccionaria con respecto a :la libre competencia. La libre competencia es la última, la. más alta y más desarrollada forma de existencia de la propiedad privada. Por tanto, todas las medidas que, partiendo de la base de la propiedad privada, van dirigidas contra la libre competencia son reaccionarias, tratan de restablecer formas. inferiores de desarrollo de la propiedad y están condenadas, por tanto, a sucumbir en última instancia ante la competencia y a conducir al restablecimiento del estado de cosas actual. Estas objeciones de los burgueses, que pierden toda su fuerza tan pronto se consideran las reformas sociales, apuntadas como fures mesures de salut public,» como medidas revolucionarias y transitorias, resultan aplastantes, en cambio, para la república agrario socialista-negro-rojo-dorada de Heinzen. Cierto: es :que el señor Heinzen se figura que es posible modificar y componer a su gusto y antojo las relaciones del derecho de propiedad, el derecho hereditario, etc. El señor Heinzen —uno de los hombres más ignorantes de este siglo— no puede saber, ciertamente, que las relaciones de propiedad de cada época son resultado necesario del modo de producción y circulación de esa época. El señor Heinzen no puede saber que no es posible transformar el régimen de la gran propiedad sobre la tierra en régimen de pequeña propiedad sin transformar todo el sistema de la agricultura y que, de otro modo, la gran propiedad territorial no tardaría en restaurarse. El señor Heinzen no puede saber que un país industrialmente tan dependiente y tan sojuzgado como Alemania no podrá lanzarse jamás a transformar por su cuenta las rela. ciones de propiedad más que en interés de la burguesía y de la libre concurrencia.

Resumiendo: para los comunistas, estas medidas a que nos referimos tienen sentido y razón de ser porque no se las concibe como medidas arbitrarias, sino como resultados necesarios que se desprenderán por si mismos del desarrollo de la industria, de la agricultura, del comercio y b Puras medidas de salud pública, las comunicaciones, del desarrollo de la consiguiente lucha de clases entre burguesía y proletariado; que se desprenderán,'no como medidas definitivas, sino como medidas transitorias, como mesures de salut public emanadas por sí mismas de la lucha transitoria entre las clases. En el señor Heinzen, estas medidas no tienen sentido ni razón de ser, porque se presentan como quimeras de mejoramiento del mundo, fruto de una especulación arbitraria y de las cavilaciones de un filisteo; porque no se ve para nada el entronque de estas medidas con el desarrollo histórico; porque el señor Heinzen no se preocupa en lo más mínimo de la posibilidad material de sus propuestas; porque no trata de formular las necesidades industriales, sino, por el contrario, de descartaras por decreto. o El mismo señor Heinzen que sólo puede adoptar las exigencias de los comunistas después de haberlas embrollado tan lamentablemente y de haberlas convertido en vacuas quimeras, acusa a los comunistas de “embrollar las cabezas de las gentes incultas”, de “andar a caza de fantasías” y de “no pisar sobre el suelo firme (1) de la realidad”. Este es el señor Heinzen en toda su actividad como agitador, y lisa y llanamente declaramos que consideramos esta actividad como absolutamente nociva y censurable para todo el partido radical alemán. Un escritor de partido debe reunir cualidades muy distintas de las del señor Heinzen, quien, como queda dicho, es uno de los hombres más ignorantes de nuestro siglo. El señor Heinzen puede tener, no lo discutimos, la mejor voluntad del mundo, puede ser el hombre mejor intencionado de toda Europa. Sabemos también que es, personalmente, un hombre honesto, valeroso y tenaz. Pero, todo esto no basta para hacer un escri. tor de partido. Para ello hace falta algo más que las buenas intenciones, la buena voluntad y una voz estentórea; hace falta algo más de inteligencia, algo más de claridad, mejor estilo y más conocimientos de los que el señor Heinzen reúne y de los que, como revela una larga experiencia, está en condiciones de asimilarse. Sin embargo, el señor Heinzen se ha visto colocado por su fuga, en la necesidad de llegar a ser un escritor de partido. Se ha visto obligado a formarse un partido entre los radicales. Se encuentra, así, en una posición a cuya altura no está, y los esfuerzos fallidos que hace para ocupar debidamente esta posición sólo sirven para ponerlo en ridículo, Con lo cual pondría en ridículo, además, a los radicales alemanes, si éstos dejasen flotar la apariencia de que un hombre como el señor Heinzen los representa y cae en ridículo en nombre de ellos. Pero el señor Heinzen no representa a los radicales alemanes. Estos cuentan con otros representantes muy distintos, por ejemplo Jacoby y otros. El señor Heinzen no representa a madie mi ha sido reconocido por nadie como su representante, como no sea por unos pocos burgueses alemanes que le suministran dinero para su labor de agitación. Sin em. bargo, nos equivocamos: hay en Alemania una clase que lo reconoce como representante, que se entusiasma con él, que lo aclama y ahoga en sus clamores, a favor de él, mesas enteras de fondas (exactamente lo mismo que, según el señor Heinzen, los comunistas “ahogan. con sus clamores los gritos de toda la oposición: literaria”). Esta clase es la numerosa, ilustrada, honorable. e influyente clase de los viajantes de comercio. , ¿Y este señor Heinzen exige que los comunistas lo reconozcan como representante de los burgueses radicales y discutan con él en calidad de tal? : Creemos que son éstas razones bastantes para justificar la polémica de los comunistas contra el señor Heinzen. En el próximo número entraremos a examinar los reproches que el señor Heinzen hace a los co. munistas en el número 77 de este periódico.

Si no estuviésemos plenamente convencidos de que el señor Heinzen es totalmente incapaz para ser un escritor de partido, le aconsejaríamos que estudiase cuidadosamente la Philosophie de la misére de Marx. Tal como están las cosas, podemos recomendarle, en retribución del consejo que él nos da de que leamos la Nueva Política de Fróbél,?50 que se esté callado y quietecito hasta que “estalle” la cosa. Llegado ese momento, estamos seguros de que el señor Heinzen será tan buen jefe de batallón como ahora es un mal escritor, Y, para que el señor Heinzen no pueda quejarse de ataques anóni. mos, firmamos- este artículo. : F. EncELs.

[Deutsche Briisseler Zeitung, núm. 80, 7 de octubre de 1847]

Los comunistas —así lo explicábamos en el primer artículo— no atacan a Heinzen porque sea comunista, sino porque es un mal escritor democrático de partido. No lo atacan en su calidad de comunistas, sino en su calidad de demócratas. El hecho de que sean precisamente los comunistas quienes han abierto la polémica contra él constituye un hecho casual; aunque no hubiese comunistas en el mundo, lo mismo habrían tenido que manifestarse en contra de Heinzen los demócratas. En todo este pleito sólo se trata de lo siguiente: 1) de si el señor Heinzen, como escritor de partido, puede favorecer a la democracia alemana, cosa que nosotros negamos; 2) de si su tipo de agitación es acertado o simplemente tolerable, lo que «nosotros negamos también. No se trata, pues, ni de comunismo ni de democracia, sino solamente de la persona y de las extravagancias personales del señor Heinzen.

Los comunistas, muy lejos de entablar, en las condiciones actuales, pleitos ociosos con los demócratas, ellos mismos actúan por el momento, como demócratas, en todas las cuestiones prácticas de partido. La democracia conduce en todos los países civilizados, como consecuencia necesaria, a la dominación política del proletariado, y la dominación política del proletariado es la primera premisa de todas las medidas comunistas. Mientras no se haya conquistado la democracia, comunistas y demócratas lucharán, pues, juntos y los intereses de los demócratas serán también los de los comunistas. Entre tanto que eso suceda, las di. ferencias entre ambos partidos serán puramente teóricas y podrán ser discutidas abiertamente, sin que ello entorpezca en modo alguno la acción común. E incluso será posible ponerse de acuerdo acerca de algunas medidas que deberán adoptarse inmediatamente después de conquis. tar la democracia, en interés de las clases hasta ahora oprimidas, tales como la explotación de la gran industria y de los ferrocarriles por el Estado, la educación a costa del Estado de todos los niños, etc. Pero, volvamos al señor Heinzen.

El señor Heinzen alega que los comunistas iniciaron la disputa contra él, y no él contra los comunistas. Es, por tanto, el consabido argumento del hombre de la esquina, al que de buena gana accedemos. Llama a su conflicto con los comunistas “la absurda escisión que los comunistas han provocado en el campo de los radicales alemanes”. Y dice que, hace ya tres años, trató de prever, en la medida de sus fuerzas y aprovechando la ocasión, la escisión que se avecinaba. Estos estériles esfuerzos, añade, fueron seguidos de los ataques de los comunistas en contra suya. : Hace tres años, como creemos que es bien sabido, el señor Heinzen no militaba todavía, ni mucho menos, en el campo de los radicales. En aquel entonces, el señor Heinzen era liberal y partidario del progreso liberal. Una escisión con él no era, por tanto, en modo alguno, una escisión en el campo de los radicales.

El señor Heinzen se acercó a los comunistas, aquí en Bruselas, a comienzos de 1845. Y los comunistas, lejos de atacarlo por su supuesto radicalismo político, hicieron los mayores esfuerzos por traer precisa. mente a este campo del radicalismo al señor Heinzen, por aquel entonces liberal, Pero sin conseguirlo. El señor Heinzen sólo en Suiza ingresó en las filas de la democracia.

“Más tarde, fui convenciéndome cada vez más (!) de la necesidad de luchar enérgicamente contra los comunistas”; es decir, de la nece. sidad de una absurda escisión en el campo de los radicales. Pues bien, preguntamos a los demócratas alemanes, si alguien que se contradice de un modo tan grotesco puede ser considerado apto para actuar como escritor de partido.

Pero, ¿quiénes son los comunistas de los que el señor Heinzen afirma que le han atacado? Las anteriores alusiones y, sobre todo, las imputaciones que a continuación se hacen a los comunistas ponen esto claramente de relieve, Los comunistas, dice, “ahogaban en clamores a los gritos de todo el campo de la oposición literaria, embrollaban las cabezas de las gentes incultas, menospreciaban sin la menor consideración hasta a los hombres más radicales. .., se afanaban en paralizar lo más posible la lucha política..., más aún, y por último, se aliaban incluso directamente con la 1eacción. Además, degeneraban no pocas veces, en la vida práctica, manifiestamente como consecuencia de su doctrina, en unos viles y falsos intrigantes...” Entre la brumosa vaguedad de estas imputaciones se perfila una si. lueta muy claramente identificable: la del industrial de la literatura señor Karl Griin. Hace tres años, el señor Griin tuvo algo que ver per. sonalmente con el señor Heinzen; el señor Griin atacó luego al señor Heinzen:en la Gaceta de Tréveris,131 el señor Griin ha intentado ahogar con sus clamores los gritos de todo el campo de la oposición literaria; el señor Griin se ha afanado en paralizar lo más posible la lucha polí. tica, etc.

Pero, ¿desde cuándo es el señor Griin un representante del comu. nismo? El que, hace tres años, haya tratado de insinuarse entre los comunistas, no quiere decir que haya sido reconocido nunca como tal, que se haya declarado nunca abiertamente comunista y que, desde hace más de un año, no haya considerado oportuno arremeter contra los co. munistas.

Y, a mayor abundamiento, ya entonces hubo Marx de desautorizar al señor Griin en presencia del señor Heinzen, como más tarde y a la primera ocasión lo desautorizó públicamente en su propia presencia, Finalmente, por lo que se refiere a la “vil y falsa” insinuación del señor Heinzen contra los comunistas, se basa, pura y exclusivamente, en un hecho ocurrido entre el señor Griin y el señor Heinzen. Este hecho afecta a los dos señores mencionados, pero nada tiene que ver con los comunistas. Nosotros no conocemos este hecho con la minu. ciosidad necesaria para poder emitir un juicio acerca de él. Supongamos, sin embargo, que tenga razón el señor Heinzen. Pues bien, si después de haber sido desautorizada la persona en cuestión por Marx y otros comunistas y de haberse puesto de manifiesto con meridiana cla ridad que dicha persona no era comunista; si, después de esto, el señor Heinzen sigue presentando ese hecho como una consecuencia necesaria de la doctrina comunista, incurre en una perfidia incalificable, Por lo demás, si el señor Heinzen, con sus imputaciones anteriores quiere referirse a otras gentes además del señor Griin, sólo puede refe. rirse a aquellos “verdaderos” socialistas, cuyas teorías ciertamente reaccionarias hace ya mucho tiempo que han desautorizado los comunistas. Todas las gentes capaces de evolucionar, dentro de esta tendencia que hoy ha desaparecido totalmente, se han pasado al campo de los comunistas y ahora atacan ellos mismos al llamado “socialismo verdadero”, donde todavía se dan tales ideas. Por eso, el señor Heinzen habla de nuevo con la crasa ignorancia habitual en él cuando desentierra estas veleidades ya hace mucho tiempo prescritas, para achacárselas a los comunistas. El señor Heinzen hace aquí reproches a los socialistas yerdaderos, a quienes confunde con los comunistas, para atribuir luego a los comunistas los mismos disparates que los socialistas verdaderos les han imputado. No tiene, pues, derecho a atacar a los socialistas verdaderos, pues en uno de los aspectos se cuenta entre ellos. Mientras los comunistas escribían duros ataques contra estos socialistas, el mismo señor Heinzen se estaba sentado en Zurich, dejando que el señor Ruge le iniciase en aquellos fragmentos del socialismo verdadero que ha. bían encontrado un lugarcito en la confusa cabeza del segundo de los dos señores. ¡No cabe duda de que el señor Ruge ha encontrado un discípulo digno de él!

Pero, ¿dónde quedan, entonces, los comunistas de verdad? El señor Heinzen habla de honorables excepciones y de hombres de talento, de los que supone que rechazan la solidaridad (1) comunista. Los comunistas ya se han encargado de rechazar la solidaridad con los pasos y los hechos de los socialistas verdaderos. De todas las imputaciones formuladas más arriba ninguna cuadra a los comunistas, como no sea el final de todo el pasaje, que reza así: “Los comunistas... se burlan, llevados de la soberbia de su supuesta superioridad, de todo aquello que es lo único que puede servir de base a una asociación de gentes honradas.” El señor Heinzen parece querer dar a entender con. esto que los comunistas toman a chacota sus actitudes altamente morales y se ríen de todas aquellas ideas sagradas y sublimes, de la Virtud, la Justicia, la Moral, etc., que el señor Heinzen considera como el fundamento de toda sociedad. Este reproche sí lo aceptamos. Los comunistas no- dejarán de burlarse de estas verdades eternas porque ello subleve moralmente al honorable señor Heinzen. Por lo demás, los comunistas afirman que las tales verdades eternas no son, en modo alguno, el fundamento, sino, por el contrario, el producto de la sociedad en la que figuran. Ahora bien, si el señor Heinzen preveía que los comunistas habrían de rehusar su solidaridad con las gentes que a él se le antoje meterles de contrabando, ¿a qué vienen todos sus reproches de mal gusto y pérfidas insinuaciones? Si el señor Heinzen sólo conoce a los comunistas de oídas, como casi hay que suponer, si hasta tal punto ignora. quiénes son que exige de ellos que se describan en detalle, que se le presenten, por decirlo así, ¿qué desenfado no hace falta para polemizar contra ellos, en estas condiciones?

“El señalamiento de quienes representan propiamente al comunismo o lo mantienen en toda su pureza probablemente excluiría por entero a la gran masa de quienes se apoyan en el comunismo o son utilizados en favor de él, y diftcilmente serían las gentes de la Gaceta de Tréveris las únicas que protestarían contra semejante reivindicación.” Y, unas cuantas líneas más abajo: “A quienes son realmente comunistas debemos acreditarles la consecuencia y la honradez” (¡oh, hombre probo!) “de sostener abiertamente su doctrina y desprenderse de quienes no son comunistas. Hay que suponer de ellos” (son todos, como se ve, giros de una gran probidad) “que no mantienen sin conciencia alguna (1) la confusión que en las cabezas de miles de personas sacrificadas e incultas es provocada por la imposibilidad (!1) soñada o pintada como posibilidad de encontrar, partiendo del terreno de la realidad, un camino que lleve a la realización de aquella doctrina (1). Es deber” (otra vez el hombre probo) “de los comunistas auténticos, con respecto a las mentes confusas que se atienen a ellos, aclarar plenamente sus ideas .y encaminarlas hacia una deter. minada meta, o separarse de ellas, no utilizarlas” Si el señor Ruge fuese el autor de estos tres últimos pasajes, podría considerarse satisfecho de ello. A la probidad de las imputaciones coresponde por entero la probidad en la confusión de los pensamientos, a la que sólo le interesa el asunto mismo y no la forma, razón por la cual dice exactamente lo contrario de lo que se propone decir. El señor Heinzen exige que los comunistas auténticos se separen de los puramente aparentes. Que aquéllos pongan fin a la confusión que nace (eso es lo que quiere decir) de la mescolanza de dos tendencias distintas. Pero, al chocar en su cabeza las dos palabras, “confusión” y “comunismo”, surge en ella misma una confusión. El señor Heinzen pierde el hilo; su fórmu. la constante de que los comunistas en general siembran la confusión en las cabezas de las gentes incultas se le enreda entre los pies, se olvi. da de los comunistas auténticos y los no auténticos, se da, en cómica torpeza, de traspiés con toda suerte de imposibilidades soñadas y pintadas como posibilidades, hasta que, por último, cae cuan largo es sobre el suelo de la realidad, tendido en el cual recobra luego la conciencia, -Ahora, cae de nuevo en la cuenta. de que quería hablar de algo completamente distinto, de que no se trataba de si esto o aquello era o no posible. Vuelve nuevamente sobre su tema, pero está todavía tan aturdido, que ni siquiera tacha la magnífica oración en la que acaba de llevar a cabo la maroma a que nos hemos referido. .. Esto, por lo que se refiere al estilo. En lo tocante a la cosa, Tepeti. mos que el señor Heinzen, como buen alemán probo y honrado, llega tarde con sus pretensiones y que los comunistas hace ya mucho tiempo que han desautorizado -a aquellos “socialistas verdaderos”. Y. una vez más volvemos a encontrarnos aquí con que el manejo de solapadas :insinuaciones como éstas no es, ni mucho menos, incompatible con el carácter de un hombre probo. El señor Heinzen da claramente a entender, en efecto, que los escritores comunistas no hacen: más que utilizar a los obreros comunistas. Dice bastante redondamente que, si estos escritores manifestasen de un modo abierto sus intenciones, ello haría que se: apartase totalmente;la gran masa de los que son utilizados por el comunismo. Ve a los escritores comunistas como profetas, sacerdotes O curas que poseen una sabiduría secreta para ellos solos, ocultándo. sela a las gentes incultas, para poder llevarlos del ronzal. Todas sus probas insinuaciones de que deben aclararse las ideas de todas las mentes confusas y no utilizarlas parten bien claramente de la premisa de que los representantes literarios del comunismo se hallan interesados en man. tener a los obreros en la ignorancia, de que se limitan a utilizarlos, a la manera como los iluminados ?5: querían utilizar al pueblo en el siglo pasado. Esta necia creencia da también pie para que el señor Heinzen, con su confusión en-las cabezas de las gentes incultas, se equivoque siempre de sitio y de que, como castigo por no hablar claramente, tenga que hacer verdaderas maromas estilísticas, Nos limitamos a consignar estas insinuaciones, sin entrar a discutirlas. Dejamos que sean los mismos obreros comunistas quienes se formen juicio acerca de ellas, Finalmente, después de todos estos preliminares, divagaciones, insinuaciones y maromas del señor Heinzen, llegamos a sus ataques y reser. vas teóricas contra los comunistas.

El señor Heinzen “ve el meollo de la doctrina comunista, sucintamente, en la abolición de la propiedad privada” (incluyendo la adquirida por medio del trabajo) “y en el principio del disfrute común de los bienes de la tierra que inexcusablemente se sigue de aquella abolición.” El señor Heinzen se imagina que el comunismo es una cierta doc. trina que parte de un determinado principio teórico como meollo y saca de él ulteriores consecuencias. Pero el señor Heinzen se equivoca de medio a medio. El comunismo no es una doctrina, sino un movimien. to; no arranca de principios, sino de hechos. Los comunistas no parten de esta o la otra filosofía, sino de toda la historia anterior, y especial. mente de los résultados de hecho a que esta historia ha llegado en los países civilizados. El comunismo ha surgido de la gran industria y de sus consecuencias, de la creación del mercado mundial y de la compe. tencia ilimitada que de él se deriva, de las crisis comerciales cada vez más violentas y generalizadas, que ya hoy se han convertido en crisis completas del mercado mundial, de la creación del proletariado y de la concentración del capital y de la consiguiente lucha de clases entre proletariado y burguesía. El comunismo, en la medida en que teóricamente es, es la expresión teórica de la posición que el proletariado ocupa en esta lucha y la síntesis teórica de las condiciones para la liberación del proletariado. : El señor Heinzen probablemente se dará cuenta ahora de que, al enjuiciar el comunismo, tiene algo más que hacer que ver su meollo, sucintamente, em la abolición de la propiedad privada; que haría mejor en emprender ciertos estudios económicos, en vez de lanzarse a charlar a la buena de Dios sobre la abolición de la propiedad privada; que no puede saber ni lo más mínimo acerca de las consecuencias de la abolición de la propiedad privada, si no conoce también sus condiciones, Y el señor Heinzen se halla en una ignorancia tan crasa acerca de éstas, que llega incluso a pensar que el “disfrute común de los bienes de la tierra” (lo que es también una hermosa manera de expresarse) es la consecuencia de la abolición de la propiedad privada. La verdad es totalmente lo contrario. La propiedad privada será abolida porque la gran industria, el desarrollo de la maquinaria, de las comunicaciones y del mercado mundial han cobrado tan gigantescas dimensiones que su €xplotación por capitalistas aislados resulta cada día más imposible; porque LOS. COMUNISTAS Y KARL. HEINZEN 653 las crisis cada vez «mayores del mercado mundial son la prueba más patente de ello; porque las fuerzas de producción y los medios de tráfico del modo actual de producción y circulación rebasan diariamente los moldes del cambio individual y de la propiedad privada; porque, en una palabra, va acercándose el momento en que la explotación común de la industria, de la agricultura y:del cambio será una necesidad imaterial para ellas mismas. : , Por tanto, si el señor Heinzen descoyunta de sus propias condiciones la abolición dela propiedad privada, que es, ciertamente, condición para la liberación del proletariado, y si la considera al margen de toda relación con el mundo real, como un simple capricho especulativo, se convertirá con ello en una mera frase, acerca de la cual sólo podrá decirnos unas cuantas vacuas necedades. Y esto es, en efecto, lo que hace, en el pasaje siguiente: “Con la citada abolición de toda propiedad privada, el comunismo suprime también la existencia individual”. (El señor Heinzen.nos achaca, pues, el querer convertir a los hombres en gemelos siameses.) “Consecuencia de ello es, a su vez, el embutir a cada individuo en una especie de régimen de cuartel, organizado a la manera de una comunidad”. (El lector se servirá tomar amablemente nota de que esto, según se confiesa, es solamente la consecuencia de las propias necedades del señor Heinzen acerca de la existencia individual.) “Con ello, el comunismo destruye la individualidad..., la independencia... y la libertad”. (Es la vieja cháchara de los' socialistas verdaderos y los burgueses. ¡Como si fuera posible destruir alguna individualidad en los individuos a los que la división del trabajo convierte 'ahora contra su voluntad en zapateros, obreros fabriles, burgueses, juristas, campesinos, es decir, en «siervos de un determinado trabajo y de las costumbres, tipo de vida, prejuicios, limitaciones, etc., que a él corresponden!) “El comunismo sacrifica la persona individual, con su necesario atributo o fundamento” (este “o” es magnífico), “la propiedad privada adquirida, al “fantasma de la comunidad o la sociedad” (¿también aquí Stimer?), “siendo así que la comunidad no puede ni debe ser” (¡¡debel!) “fin, sino simplemente medio para toda persona individual.” El señor Heinzen da una importancia especial a la propiedad privada adquirida, con lo: cual demuestra una vez más su crasa ignorancia de aquello de que habla. La recta equidad del señor Heinzen, que da a cada cual lo que merece, se ve frustrada desgraciadamente por la gran industria. Mientras la gran industria no llega a desarrollarse en tales proporciones que se libere totalmente de las trabas de la propiedad privada, no permite otra división de sus productos que la que actualmente se lleva a cabo y, entre tanto, el capitalista seguirá embolsando sus ganancias y el obrero se convencerá prácticamente cada vez más de lo que es el salario mínimo. El señor Proudhon ha querido desarrollar sistemáticamente la propiedad adquirida y ponerla en consonancia con las relaciones existentes y, como sabemos, ha fracasado estrepitosamente. El señor Heinzen no realizará nunca, ciertamente, tal intento, pues para ello tendría que estudiar, lo que no está dispuesto a hacer. Pero el ejemplo del señor Proudhon debería enseñarle a exponer menos a la publicidad su propiedad adquirida.

¿A quién habría, pues, que aplicar el reproche formulado por el señior Heinzen cuando dice que los comunistas andan a caza de fantasías y no pisan. sobre el terreno de la realidad? o , El: señor Heinzen escribe, además, algunas otras cosas en: las cuales no necesitamos entrar aquí. Diremos solamente que sus oraciones van empeorando más y más, a medida que avanza. La torpeza de su expresión, que no: encuentra nunca la palabra adecuada, debería bastar para comprometer a cualquier partido que lo reconociera comio su:representante literario. La reciedumbre de sus intenciones. lo. lleva siempre a decir «algo completamente. distinto de lo. que se propone. sostener. En cada una de sus proposiciones se encierra, así, un doble absurdo: primeramente, el absurdo que él pretende decir y, en segundo lugar, el que no se propone decir, pero dice. Ya hemos puesto más arriba un ejemplo de esto. Observaremos solamente, todavía, que el señor Heinzen reincide en su vieja superstición acerca de la fuerza de los príncipes, al decir que el poder que se trata de derrocar y que no es otro que el po: der del Estado, es-y ha sido siempre el fundador y sostenedor de todas las injusticias, que se propone instaurar un verdadero Estado de dere. cho (!) y que dentro de este edificio fantasmagórico “trata de emprender' todas aquellas reformas sociales que se. han desprendido del desatrollo general (!) como teóricamente certeras (1) y. prácticamente viables (1)”11! , _ Las intenciones son tan buenas como malo es el estilo; es el destino que le está reservado a la rectitud en, este pícaro mundo. Es la seducción del espíritu de los tiempos, del sansculotte de la selva virgen, Nuestros artículos infundirán al señor Heinzen, sin duda alguna, la justa decepción del hombre probo mortificado, pero: no por ello 'abandonará, podemos estar seguros, ni su manera de escribir ni su tipo de agitación, inútil y comprometedor, Su amenaza de iluminar con la linterna el día de la acción y la: decisión nos ha divertido. mucho. En una palabra: los comunistas deben y quieren actuar conjuntamente con los radicales. Pero se reservan el derecho de. atacar a cual quier escritor que compromete a todo el partido. En este sentido solaménte, no en ningún otro, hemos atacado a Heinzen, Bruselas, 3 de octubre de 1847.

F. EncELs N. B. Acabamos de recibir un folleto escrito por un obrero y titulado El Estado de Heinzen, una crítica de Stephan, Berna, Rátzer.253 Si el señor Heinzen escribiera' tán bien: como éste obrero, podría darse por contento. El señor Heinzen puede percatarse claramente por este folle. to, entre otras cosas, de por qué los obreros no quieren saber nada de su república agraria. Señalaremos, además, que este folleto es el primero salido de la pluma de un-obrero que no adopta una actitud moral, sino que trata de explicar las luchas políticas del presente por la lucha que libran unas contra otras las diferentes clases de la sociedad.