[EL STATUS QUO EN ALEMANIA] **

[Escrito en marzo-abril de 1847]

I

La literatura socialista alemana empeora de mes en mes. Se limita cada vez más a las expectoraciones de los socialistas verdaderos, cuya sabiduría se reduce, en su totalidad, a una amalgama de la filosofía alemana y del probo sentimentalismo alemán con algunos tópicos comunistas, cada vez más recortados, Y exhibe un pacifismo que incluso le permite expresar bajo censura sus pensamientos más recónditos. Hasta la policía alemana encuentra poco que reprocharle, prueba más que suficiente de que esta corriente no se cuenta entre los elementos progresivos y revolucionarios, sino entre los elementos estáticos y reaccionarios de la literatura alemana.

Entre estos socialistas verdaderos figuran no sólo quienes se llaman socialistas por excelencia, sino también la mayoría de los escritores alemanes que han aceptado el calificativo de partido de comunistas. Y éstos son incluso, si cabe, todavía peores.

En estas condiciones, no hace falta decir que estos sedicentes escritores comunistas no representan en modo alguno al partido de los comunistas alemanes. Ni el partido los reconoce como sus portavoces literarios ni ellos representan los intereses del partido. Abrazan, por el contrario, intereses totalmente distintos y defienden principios completamente diferentes, desde todos los puntos de vista contrapuestos a los del partido comunista,

Los socialistas verdaderos, entre los que se cuentan también, como decimos, la mayoría de los sedicentes escritores comunistas, han apren. dido de los comunistas franceses que el paso de la monarquía absoluta al moderno Estado representativo no acaba, ni mucho menos, con la miseria de la gran masa del pueblo, sino que se limita a colocar en el poder a una nueva clase, a la burguesía. Y han aprendido también de ellos que es precisamente esta burguesía, con sus capitales, la que más oprime a la masa del pueblo, lo que hace de ella el adversario por excelencia de los comunistas y los socialistas, que son los que representan los intereses de esa masa. No se han tomado la molestia de pararse a comparar el grado de desarrollo social y político de Alemania con el de Francia o a estudiar las condiciones reales vigentes en Alemania, de las que depende todo desarrollo ulterior; aplican a Alemania, al vuelo y sin detenerse en meditar, los conocimientos adquiridos por ellos a la carrera. Si fuesen gentes de partido preocupadas por obtener un resul. tado práctico y tangible y que representasen determinados intereses, pra.

pios de toda una clase, se habrían fijado, por lo menos, en cómo los adversarios de la burguesía en Francia, desde los redactores de la Réforme *80 hasta los ultracomunistas y, sobre todo, el representante caracterizado de la gran masa del proletariado francés, el viejo Cabet, se comportan en su polémica contra la burguesía. Fijándose en ello, habría tenido que llamarles la atención, necesariamente, el que algunos de estos representantes de partido no sólo intervienen constantemente en la política diaria, sino que incluso mantienen una actitud que no es la de un desprecio soberano ante medidas políticas, como, por ejemplo, las propuestas de reforma electoral que, muchas veces, no presentan un interés - directo para el proletariado. Pero nuestros verdaderos socialistas no son hombres de partido, sino teóricos alemanes. Para ellos, no se trata de intereses y resultados prácticos, sino de la verdad eterna. Los intereses que ellos aspiran a defender son los “del Hombre”; los resultados que buscan no trascienden del área de las “conquistas” filosóficas. Les bas. ta, pues, con que sus nuevas revelaciones se hallen en consonancia con su propia conciencia filosófica, para proclamar enseguida ante Alemania entera, a golpes de trompeta, que el progreso político, como toda política en general, no puede hacer ningún bien, que la libertad constitucional, sobre todo, es funesta, porque entroniza a la clase más peligrosa para el pueblo, a la burguesía, y que la burguesía debe ser el blanco principal del ataque.

En Francia, la burguesía lleva ya decisiete años en el poder, gobernando con una fuerza mayor que en ningún país del mundo. Los ataques del proletariado francés, de sus jefes de partido y de sus representantes literarios contra la burguesía son, pues, ataques dirigidos contra la clase dominante, contra el sistema político vigente, ataques resueltamente revolucionarios. Y la burguesía dominante lo sabe perfectamente, como lo demuestran los interminables procesos contra periódicos y asociaciones, las suspensiones de mítines y banquetes, los cientos de ar. dides policiacos a que se recurre para perseguir a los reformistas ya los comunistas.

En Alemania, la situación es otra. Aquí, la burguesía no sólo no está en el poder, sino que es, incluso, la más peligrosa enemiga de los gobiernos existentes. A éstos les viene muy bien la maniobra de diversión de los socialistas verdaderos. La lucha contra la burguesía, que a los comunistas franceses les vale con tanta frecuencia la prisión o el exilio, les consigue a nuestros socialistas verdaderos, sencillamente, el “imprimatur”.s El fuego revolucionario que arde en la polémica de los proleta. rios franceses se apaga en el frío pecho de los teóricos alemanes para acomodarse razonablemente a las exigencias de la censura y suministra a los gobiernos alemanes, en el presente estado de castración, un aliado muy propicio contra la presión de la burguesía. El socialismo verdadero ha logrado convertir las frases más revolucionarias que se hayan pronunciado en un dique para la charca del status quo alemán. El'socialismo verdadero es reaccionario de los pies a la cabeza.

a Imprímase,

Hace ya mucho tiempo que la burguesía se ha dado cuenta de esta tendencia reaccionaria del socialismo verdadero. Pero ha tomado esta corriente, sin más, por la representante literaria del comunismo alemán, reprochándoles pública y privadamente a los comunistas el laborar en favor de los gobiernos, la burocracia y la nobleza con sus polémicas en contra del Estado representativo, el tribunal del jurado y la libertad de prensa y.con sus gritos en contra de la burguesía.

Ya va siendo hora de que los comunistas alemanes declinen por fin la responsabilidad que se les trata de achacar por los hechos y veleidades reaccionarios de los socialistas verdaderos. Ya va siendo hora de que los comunistas alemanes, que representan al proletariado alemán, con sus necesidades muy claras y muy tangibles, se aparten resueltamente de esa pandilla literaria —pues no otra cosa es— que no sabe ella misma a quién representa, razón por la cual le hace contra su voluntad el juego a los gobiernos alemanes, que cree “realizar el hombre” y sólo realiza, en verdad, la deificación del deplorable buen burgués alemán. En realidad, nosotros, los comunistas, no tenemos nada que ver con las quimeras teóricas y los escrúpulos de conciencia de esa tertulia de ingenios. Nuestros ataques a la burguesía se distinguen de los que lanzan contra ella los socialistas verdaderos, ni más ni menos que de los que les dirige la nobleza reaccionaria, por ejemplo los de los legitimistas franceses ** o los de la Joven Inglaterra.2%2 El status quo alemán no puede explotar, en modo alguno, nuestros ataques, porque van dirigidos mucho más en contra de él que en contra de la burguesía. Si ésta es, por así decirlo, - nuestro enemigo natural, el enemigo cuyo derrocamiento lleva al poder a nuestro partido, mucho más enemigo nuestro es todavía el status quo alemán, porque se interpone entre nosotros y la burguesía y nos impide vérnosla con ésta. Por eso no podemos permanecer, en modo alguno, al margen de la gran masa de la oposición contra el status quo alemán. Formamos, en realidad, la fracción más avanzada de esa oposición, fracción que, al mismo tiempo, ocupa una posición inequívoca y bien definida, por lo que en el fondo de su conciencia piensa en contra de la burguesía.;

Con la reunión de la Dieta Unida prusiana, hemos llegado al punto crítico en la lucha contra el status quo alemán. De la actitud que la Dieta adopte dependerá el que este status quo subsista o se venga a tierra. Los partidos existentes en Alemania, muy confusos todavía, revuel. tos y divididos por sutilezas ideológicas, se ven colocados así ante la necesidad de ver claro, de disociarse y mantener una actitud práctica ante los intereses que representan y ante la táctica que deben seguir. El más joven de estos partidos, el comunista, no puede sustraerse a esta necesidad. También él necesita ver claro acerca de su posición, de su plan de campaña y de los medios de que dispone, y el primer paso en este camino es el desautorizar a los socialistas reaccionarios que tratan de hacerse pasar por él. Y puede dar este paso con rapidez ya que se siente lo bastante fuerte como para estar en condiciones de rechazar la ayuda de todos los aliados que no sirven más que para comprometerle.

u El status quo y la burguesía

El status quo, en Alemania, es el siguiente.

Mientras que en Francia y en Inglaterra, la burguesía se ha hecho lo bastante fuerte para derrocar a la nobleza y escalar el puesto de la clase dominante dentro del Estado, la burguesía alemana no ha tenido hasta ahora tanta fuerza, Ejerce, cierto es, alguna influencia sobre los gobiernos, pero, en todos los casos en que los intereses de la burguesía chocan con los de la nobleza terrateniente, tiene que ceder ante ésta. Mientras que en Francia y en Inglaterra las ciudades dominan al campo, en Alemania el campo domina a la ciudad, la agricultura domina al comercio y a la industria, Y esto acontece no sólo en la monarquía absoluta, sino también en las monarquías constitucionales de Alemania, no sólo en Austria y Prusia, sino también en Sajonia, Wurtemberg y Baden.

La causa de ello está en el nivel de civilización de Alemania, que es inferior al de los países occidentales. En éstos las ramas fundamentales de que vive la masa del pueblo son el comercio y la industria; en Ale. mania, en cambio, es la agricultura. Inglaterra no exporta ninguna clase de productos agrícolas, sino que, lejos de ello,. necesita importarlos; Francia importa, por lo menos, el mismo volumen de productos agrícolas que exporta, y ambos países basan su riqueza, fundamentalmente, en su exportación de artículos industriales, Alemania, en cambio, exporta pocas cantidades de productos de la industria, pero vende al extranjero grandes cantidades de trigo, lana, ganado, etc. La importancia predominante de la agricultura en Alemania era aún mucho mayor que ahora por los años en que se estructuró la organización política del país, en 1815, viéndose reforzada, además, por el hecho de que fueron precisamente las partes casi exclusivamente agrícolas de Alemania las que participaron con mayor ardor en el derrocamiento del Imperio francés.

La representante política de la agricultura es, en Alemania, como en la mayoría de los países europeos, la nobleza, la clase de los grandes terratenientes. El régimen político que corresponde a la dominación exclusiva de la nobleza es el sistema feudal. El feudalismo se ha hundido en todas partes en la misma medida en que la agricultura ha dejado de ser la rama decisiva de producción de un país, en que junto a la clase agrícola surge la clase industrial y al lado de las aldeas aparecen las ciudades.

Esta clase de nueva formación que aparece junto a la nobleza y a los campesinos que dependen más o menos de ella no es la burguesía, que hoy domina en los países civilizados y que en Alemania aspira a domi. nar, es la clase de los pequeños burgueses.

El régimen que actualmente impera en Alemania no es otra cosa que un compromiso entre la nobleza y la pequeña burguesía, encaminado a

poner el gobierno del país en manos de una tercera clase: la burocracia. En la composición de esta clase participan las dos altas partes contratantes, con arreglo a su posición respectiva: la nobleza, que representa la rama de producción más importante, se reserva los puestos más elevados; la burguesía se contenta con los más bajos y sólo excepcionalmente presenta candidatos a los altos cargos administrativos. Donde la burocracia se halla sujeta a su control directo, como ocurre en los Estados constitucionales de Alemania, nobleza y pequeña burguesía se reparten del. mismo modo los puestos en ella, y es fácil comprender que también aquí se reserva la nobleza la parte del león. Los pequeños burgue. ses mo pueden nunca derrocar a la nobleza ni ponerse al mismo nivel de ella; lo único que pueden conseguir es debilitarla. Para derrocar a la nobleza, hace falta otra clase con intereses más amplios, con bienes mayores y una decisión más enérgica: la burguesía.

La burguesía ha brotado en todas partes de la pequeña burguesía, con el desarrollo del comercio mundial y de la gran industria y con la libre competencia y la centralización de la propiedad, que sobrevienen como secuelas de aquéllos. El pequeño burgués representa al comercio interior y al del litoral, al artesanado y a la manufactura basada en el trabajo manual, ramas de lucro todas ellas que se mueven en un terreno limitado, requieren pequeños capitales de lenta rotación y engendran una concurrencia soñolienta y local. El burgués, en cambio, representa al comercio mundial, al intercambio directo de productos de todas las zonas, al comercio basado en el dinero y a la gran industria fabril basada en el trabajo por medio de maquinaria, ramas que requieren el terreno más amplio posible, grandes capitales y. una rápida rotación y que engendran una concurrencia vertiginosa y universal. El pequeño burgués re. presenta intereses locales, el burgués intereses universales. El pequeño burgués considera su posición suficientemente asegurada cuando, influyendo de un modo indirecto sobre la legislación del Estado, participa directamente en el gobierno provincial y es dueño y señor de su administración municipal, El burgués no puede asegurar sus intereses sin el control directo y constante de la administración central, de la política exterior y la legislación de su Estado. La creación clásica del pequeño burgués fueron las ciudades alemanas del Reich; la creación clásica del burgués es el Estado representativo en Francia. El pequeño burgués es conservador, con tal de que la clase dominante le haga algunas concesiones; el burgués es revolucionario hasta que él mismo toma el poder y el Estado en sus manos. Véamos ahora qué posición mantiene la burguesía alemana ante las dos clases que comparten el poder político.

Mientras que en Inglaterra, a partir del siglo xvi1, y en Francia desde el xvi se formó una rica y poderosa burguesía, en Alemania sólo puede hablarse de la existencia de una burguesía desde comienzos del siglo x1x. Hasta entonces, existían, ciertamente, algunos armadores ricos en las ciudades hanseáticas y unos cuantos banqueros ricos en el interior del país, pero no podía hablarse de una clase de grandes capitalistas y, me-

nos aún, de grandes capitalistas industriales. El creador de la burguesía alemana fue Napoleón. Su sistema continental 232 y la libertad industrial impuesta por su presión sobre Prusia dieron a los alemanes. una indus. tria y extendieron su minería. A la vuelta de unos cuantos años, estas nuevas o ensanchadas ramas de producción eran ya tan importantes y la burguesía creada por ellas se había hecho tan influyente, que en: 1818 el gobierno prusiano se vio obligado a acceder a su sistema arancelario protector. Esta Ley aduanera prusiana de 1818 fue el primer reconoci. miento oficial de la burguesía por el gobierno. No hubo más remedio que confesar —a la fuerza y de mala gana— que la burguesía se había convertido en una clase indispensable para el país. La siguiente concesión hecha a la burguesía fue la Unión aduanera.152 Es verdad que la incorporación de la mayoría de los Estados alemanes al sistema aduanero prusiano obedeció en sus comienzos a consideraciones meramente fis. cales y políticas, pero lo cierto es que sólo favorecía a la burguesía alemana y, muy especialmente, a la prusiana. Aunque la Liga Aduanera favoreciera en algún que otro detalle suelto a la nobleza y a la pequeña burguesía, vista la cosa en su conjunto perjudicaba mucho más a ambas clases con el auge que daba a la burguesía, con la intensificación de la competencia y con el desplazamiento de los anteriores medios de pro. ducción. De entonces acá, la burguesía alemana se ha desarrollado con bastante rapidez, sobre todo en Prusia. Y aunque en estos últimos trein. ta años no haya cobrado ni con mucho el brío de la burguesía inglesa y francesa, es evidente que ha implantado en el país la mayoría de las ramas de la moderna industria, ha desplazado en algunos distritos el patriarcalismo campesino o pequeñoburgués, ha concentrado en cierta medida los capitales, ha creado ciertos núcleos del proletariado y ha construido líneas ferroviarias bastante extensas. Ha llegado, por lo menos, hasta un punto en que tendrá que seguir adelante por su camino, erk giéndose en clase dominante, o renunciar, si no lo hace, a sus conquistas anteriores; hasta el punto en que es ya la única clase que puede, por el momento, representar un progreso en Alemania y gobernar al país. Es ya, de hecho, la clase dirigente de Alemania y toda su existencia depende de que llegue a serlo también en el terreno legal. '

En realidad, con la aparición y la creciente influencia de la burguesía, corre pareja la creciente importancia de las clases hasta ahora oficial mente dominantes. La nobleza se ve cada vez más empobrecida y cargada de deudas, desde la época napoleónica. El rescate de las cargas feudales hizo que aumentara el costo de producción de su trigo y expuso a los terratenientes a la competencia de una nueva clase de pequeños cultivadores independientes, perjuicios que a la larga no se vieron compensados, mi mucho menos, por la estafa de que se hizo objeto a los campesinos, al abolir aquellas cargas. La competencia del trigo ruso y norteamericano pone coto a la salida de sus granos y la competencia australiana, que algunos años se complica con la del sur de Rusia, res. tringe las ventas de su lana. Y cuanto más aumentan los costos de producción y la competencia más se revelará la incapacidad de la nobleza

para cultivar ventajosamente sus fincas y asimilarse los nuevos avances técnicos de la agricultura. Al igual que la nobleza francesa e inglesa del siglo pasado, no ha sabido aprovecharse de la creciente civilización más que para dilapidar alegremente su patrimonio en las grandes ciudades. Se ha abierto entre la nobleza y la burguesía ese pugilato en el terreno de la cultura social e intelectual, de la riqueza y el derroche, que en todas partes es preludio de la dominación política de la burguesía y que acaba, como todos los pugilatos,-con la victoria del más fuerte. La nobleza rural se ha trocado en la nobleza cortesana, para marchar así más rápida y seguramente hacia la ruina. Las rentas al tres por ciento de la nobleza tenían que sucumbir necesariamente ante las ganancias al quince por:ciento de la burguesía; y el tres por ciento fue a refugiarse al crédito hipotecario y a las cajas de crédito de los caballeros para poder hacer frente al tren de vida propio de su clase, acelerando con ello la ruina. Los pocos hidalgos rurales que fueron lo bastante juiciosos para no querer arruinarse formaron con los nuevos terratenientes burgueses que surgían la nueva clase de los terratenientes industriales. Esta clase explota la agricultura, sin caer en ilusiones feudales ni en la “apatía caballeresca, como un negocio, como una industria, con los recursos burgueses que son el capital, el conocimiento de la materia y el trabajo. Esta nueva clase no es, en modo alguno, incompatible con la dominación de la burguesía, como lo demuestra el hecho de que en Francia conviva pacíficamente con ella y participe en su dominación proporcionalmente a su riqueza. Es, en realidad, la fracción de la burguesía dedicada a explotar la agricultura,

Por tanto, la burguesía se ha vuelto tan impotente, que ella misma se ha convertido ya, parcialmente, en burguesía.

Los pequeños burgueses eran ya débiles frente a la nobleza; ahora, frente a la burguesía, su posición es todavía más precaria. La pequeña burguesía es, después de los campesinos, la más miserable de cuantas clases han desfilado, renqueando, por la historia. Llevada de sus mezquinos intereses locales, sólo logró, en su época más gloriosa, en la baja Edad Media, poner en pie organizaciones, entablar luchas y alcanzar progresos de carácter local, llevando una existencia tolerada al lado de la nobleza, pero sin escalar nunca el poder político, general. Con el nacimiento de la burguesía, esta clase pierde hasta la mera apariencia de iniciativa histórica. Atrapada entre la nobleza y la burguesía, y Oprimida tanto por la supremacía política de la primera como por los grandes capitales de la segunda, la pequeña burguesía se divide hoy en dos fracciones. Una, la de los pequeños burgueses ricos de las grandes ciudades, se suma de un modo más o menos vacilante a la burguesía revolucionaria; la otra, que nutre sus filas de los habitantes empobrecidos de las ciudades, principalmente en las villas rurales, se aferra al orden existente y apoya a la nobleza con todo el peso de su inercia. Cuanto más se desarrolla la burguesía, más empeora la situación de los pequeños burgueses. Poco a poco, también, esta fracción a que nos referimos va dándose cuenta de que, en las condiciones existentes, marcha hacia una

ruina segura, mientras que, bajo la dominación de la burguesía, contaría, a la par con la verosimilitud de la misma ruina, por lo menos con la posibilidad de hacer avanzar a la clase burguesa. Cuanto más segura es su ruina, más va agrupándose bajo las banderas de la burguesía. Tan pronto como ésta llega al poder, los pequeños burgueses vuelven a escindirse. Suministran reclutas a cada fracción de la burguesía y forman, además, entre la burguesía y el proletariado que ahora hace valer sus intereses y reivindicaciones, una cadena de sectas políticas y socialistas más o menos radicales como las que pueden estudiarse más de cerca en las cámaras de diputados y en la prensa diaria de Francia e Inglaterra. Cuanto mayor es el empuje con que la burguesía, manejando la artillería pesada de sus capitales y las columnas cerradas de sus compañías anónimas, irrumpe entre el tropel de esta pequeña burguesía indisciplinada y mal pertrechada, mayor es la perplejidad de ésta y más desordenada su fuga, hasta que no les queda más camino de salvación que el congregarse detrás de las largas líneas del proletariado y sumarse a éste o el rendirse sin condiciones a merced de la burguesía. Es el divertido espectáculo que podemos observar en Inglaterra a cada crisis comercial y al que asistimos actualmente en Francia. En Alemania nos encontramos solamente en aquella fase en que la pequeña burguesía, en un momento de desesperación y atenazada por los apuros financieros, toma la heroica y atinada decisión de abandonar a la nobleza para echarse en los brazos de la burguesía,::

Por tanto, los pequeños burgueses se hallan tan lejos como la nobleza de poder presentarse como la clase dominante de Alemania. Por el contrario, también ellos van colocándose más y más, con cada día que pasa, bajo el mando de la. burguesía,

Sólo restan, pues, los campesinos y las clases desposeídas.

Los campesinos, entendiendo por tales solamente los pequeños agricultores, arrendatarios o propietarios modestos, con excepción de los jornaleros agrícolas y los obreros, forman una clase tan desamparada como los pequeños burgueses, aunque 'se distinguen ventajosamente de éstos por su mayor decisión. En cambio, también ellos son incapaces de todo lo que sea iniciativa histórica. Hasta para emanciparse del yugo de la servidumbre de la gleba necesitaron recurrir a la ayuda de la burguesía. Alú donde la ausencia de burguesía y de nobleza les permite llegar al poder, como ocurre-en los cantones montañieses de Suiza y en Noruega, imperan con ellos la barbarie prefeudal, la cerrazón local de horizontes, el sordo fanatismo, la probidad y la austeridad. Y cuando, como en Alemania, se mantiene en pie a su lado la burguesía, estos elementos se ven, como los pequeños burgueses, totalmente comprimidos entre la burguesía y la nobleza. Para proteger los intereses de la agricultura fren. te al poder ascendente del comercio y de la industria, tienen-que plegarse a la nobleza. Y, si quieren defenderse de la competencia predominante de la nobleza y, sobre todo, de los terratenientes burgueses, se ven obligados a marchar detrás de la burguesía. El lado del que definitivamente se inclinen dependerá de la naturaleza de sus propiedades. Los grandes

labradores del Este de Alemania, que ejercen una especie de poder feu. dal sobre sus braceros, se hallan demasiado entrelazados con la nobleza en todos sus intereses como para que puedan desprenderse seriamente de ella. En cambio, los pequeños propietarios del Oeste, que han brotado del fraccionamiento de las fincas feudales, y los pequeños campesinos del Este sujetos todavía a la jurisdicción patrimonial?%* y sobre los que, en parte, siguen pesando aún las prestaciones feudales, se hallan tan directamente oprimidos por la nobleza o chocan tan abiertamente con los intereses de ésta, que no tienen más remedio que ponerse al lado de la burguesía. Y la prueba de que es así la tenemos en las Dietas provinciales prusianas.

No cabe pensar, por tanto, afortunadamente, en la posibilidad de que ejerzan el poder los campesinos. Hasta tal punto se halla esta posibili. dad lejos de su pensamiento, que la mayor parte de ellos se ha puesto ya desde ahora a disposición de la burguesía.

¿Y las clases desposeídas, vulgo trabajadoras? Más adelante, hablaremos detalladamente de ellas; de momento, nos basta con referirnos a su dispersión. Esta dispersión, que divide a los trabajadores en braceros agrícolas, jornaleros, oficiales artesanos, obreros fabriles y lumpenproletariado, unida a su diseminación a lo largo de un extenso territorio con baja densidad de población y pocos y débiles centros, impide que estos elementos adquieran ya desde ahora una conciencia clara acerca de su comunidad de intereses, que lleguen a entenderse y a constituirse en una clase. Esta dispersión: y diseminación no les deja otro camino que el limitarse a luchar por sus intereses cotidianos y más inmediatos, el apetecer un buen salario en pago de un buen trabajo. Dicho de otro modo, hace que los obreros, así limitados, vean su interés identificado con el de sus patronos, lo que convierte a cada fracción obrera en una especie de tropa auxiliar de la clase para quien trabaja. El bracero y el jornalero defienden los intereses del noble o del agricultor en cuya tierra sirven. El oficial artesano se halla bajo la férula intelectual y política de su maestro. El obrero fabril deja que el fabricante lo utilice como instrumento suyo en la campaña de agitación por los aranceles protectores. El “lumpen” vende sus puños por un par de pesos en las reyertas e intrigas entre la policía, la burguesía y la nobleza. Y cuando dos clases de empresarios tratan de imponer intereses encontrados, vemos que la misma lucha existe entre los dos bandos de obreros que trabajan para ellos.

Como se ve, la masa obrera se halla, en Alemania, muy poco preparada para asumir la dirección de los asuntos públicos.

Resumiendo. La nobleza se halla muy de capa caída, los pequeños burgueses y los campesinos ocupan en la vida posiciones todavía muy débiles y los obreros están todavía muy lejos de haber madurado, para poder erigirse en la clase dominante de nuestro país. Queda solamente la burguesía.

La miseria del status quo alemán reside principalmente en el hecho de que, hasta ahora, ninguna clase ha sido lo bastante fuerte para imponer su rama de producción como la rama de producción nacional por

excelencia, erigiéndose de este modo ella misma en representante de los intereses de toda la nación. Todos los estamentos y clases que han surgido en la historia desde el siglo x, nobles, siervos de la gleba, campesinos feudales, campesinos libres, pequeños burgueses, oficiales artesanos, Obreros manufactureros, burgueses y proletarios, coexisten conjunta. mente. Aquellos de estos estamentos o clases que representan, gracias a su propiedad, una rama de producción, a saber, la nobleza, los campesinos libres, la pequeña burguesía y los burgueses, han compartido el poder político en proporción a su número, a su riqueza y a su participa. ción en la producción global del país. El resultado de este reparto es que, como hemos dicho, la nobleza haya obtenido la parte del león y la pequeña burguesía la parte mínima, que, oficialmente, los burgueses sólo cuenten como pequeños burgueses y los campesinos no cuenten para nada como campesinos, porque se distribuyen, con su escasa influen. cia, entre las demás clases. Este régimen, representado por la burocracia, es la condensación política de la impotencia y el desprecio generales, del sordo hastío y la basura de la sociedad alemana. A esto corresponde el fraccionamiento de Alemania en treinta y ocho Estados locales y pro. vinciales, unido al fraccionamiento de Austria y Prusia en una serie de provincias independientes hacia el interior y expuestas vergonzosamente a la explotación y los puntapiés desde el exterior. El fundamento de este triste panorama general hay que buscarlo en la penuria de capitales. Cada clase ha impreso a la pobre Alemania desde el primer momento el sello de la mediocridad burguesa y ha sido siempre, si la comparamos con la misma clase en otros países, una clase pobre y oprimida. Basta fijarse en el aire pequeñoburgués que desde el siglo x1r tienen la alta y la baja nobleza alemana, en comparación con la riqueza, la despreocupación, la alegría de vivir y la seguridad de que da pruebas la aristocracia en Francia e Inglaterra. Basta ver cuán mezquinos, insignificantes y localmente limitados parecen los vecinos de las ciudades hanseáticas, comparados con los rebeldes vecinos de París en los siglos xrv y xv o con los puritanos londinenses del xv1r. O ver de qué modo pequeñoburgués se comportan en Alemania los primeros magnates de la industria, la fi. nanza y la navegación, junto a los de París, Lyon, Londres, Liverpool o Manchester. Hasta las clases trabajadoras tienen en Alemania ún sello completamente pequeñoburgués. Por donde la pequeña burguesía, cuya posición política y social, es la de una clase oprimida y humillada, tiene, por lo menos, el consuelo de ser la clase normal de Alemania y de haber comunicado a todas las demás su humillación específica y sus dificulta. des para alimentarse.

¿Cómo salir de esta triste situación? Sólo hay un camino. Es necesa. rio que una clase se haga lo bastante fuerte para condicionar a su auge el auge de toda la nación, al progreso y al desarrollo de sus intereses el progreso de los intereses de todas las demás clases. El interés de esta clase debe considerarse, por el momento, como interés nacional, viendo en esta clase misma, momentáneamente, la representante de la nación. A partir de este instante, esta clase y con ella toda la nación entra en

conflicto con el status quo político. El status quo político corresponde a un estado de cosas que ha dejado de existir: a la pugna entre los intereses de las distintas clases. Los muevos intereses se ven ahora com. primidos, e incluso una parte de las clases que el status quo trataba de favorecer ya no ve sus intereses defendidos por él. Consecuencia obli. gada de ello es la abolición del status quo, pacíficamente o por la fuer. za. El equilibrio cede el puesto a la dominación de la clase que representa por el momento a la mayoría de la nación, y bajo su poder comienza un nuevo proceso de desarrollo,

Y, como la penuria de capitales es el fundamento del status quo, de la debilidad general, solamente la posesión de capitales y su concentra. ción en manos de una clase puede dar a ésta la fuerza necesaria para romper el status quo.

Ahora bien, ¿existe en Alemania esta clase capaz de acabar con el status quo? Sí existe, aunque es cierto que si la comparamos con la misma clase en Inglaterra y en Francia, resulta un tanto pequeñoburgués, pero existe, a pesar de todo, y es la burguesía.

La burguesía es la clase que en todos los países echa por tierra el compromiso que la monarquía burocrática establece entre la nobleza y la pequeña burguesía, conquistándose el poder de este modo.

La burguesía es, en Alemania, la única clase que ha hecho participar de sus intereses y ha unido bajo sus banderas, por lo menos, a gran parte de los terratenientes industriales, pequeños burgueses, campesinos, obreros e incluso a una minoría de la nobleza.

El partido de la burguesía es, en Alemania, el único que sabe claramente lo que ha de poner en lugar del status quo; el único que no se limita a principios abstractos y deducciones históricas, sino que trata de imponer soluciones muy precisas, tangibles e inmediatamente visibles; el único que se halla en cierto modo organizado, por lo menos en un plano local y provincial, y posee una especie de plan de campaña; en una palabra, el partido que lucha en primera línea contra el status quo y participa directamente en su derrocamiento.

El partido de la burguesía es, por tanto, el único que cuenta, por el momento, con posibilidades de éxito.

A la vista de lo anterior, cabe únicamente preguntarse si la burguesía comprende la necesidad de conquistar el poder, rompiendo el status quo, y si es lo bastante fuerte para ello, por su propia fuerza y por la debili. dad de sus adversarios. l

Veamos cómo están las cosas.

La fracción decisiva de la burguesía alemana son los fabricantes. Del florecimiento de la industria depende el florecimiento de todo el comercio interior, del comercio marítimo de Hamburgo y Bremen e incluso el de Stettin, dependen los negocios bancarios y depende el rendimiento de los ferrocarriles y, con ellos, de la parte más importante de los negocios bursátiles. Los únicos que no dependen de la industria son los exportadores de granos y de lana de las ciudades del Báltico y la insignificante clase de los importadores de artículos industriales extranjeros. Las nece-

sidades de los fabricantes representan, por tanto, las necesidades de toda la burguesía y de las clases que momentáneamente dependen de ella,

Los fabricantes se dividen, a su vez, en dos sectores: uno de ellos da su primera elaboración a las materias primas y las coloca, semielaboradas, en el comercio; el otro es el que se encarga de lanzar al mercado las mercancías ya terminadas. Del primer sector forman parte los fabricantes de hilados, en el segundo se hallan los fabricantes de tejidos. For. man parte también del primer sector, en Alemania, los productores de hierro.

..» hacer posibles medios auxiliares recientemente descubiertos, establecer buenas comunicaciones, recibir máquinas y materias primas baratas, formar obreros diestros, lo que requiere todo un sistema indus. trial, el entrelazamiento de ramas industriales enteras y la existencia de ciudades marítimas tributarias del país interior industrial y que desarrollen un comercio floreciente. Esta tesis ha sido demostrada desde hace ya mucho tiempo por los economistas. Y, para poner en pie un sistema industrial de este tipo hace falta también, hoy, en que son los ingleses casi los únicos que no tienen por qué temer a la libre competencia, un amplio y completo sistema proteccionista, que abarque todas las ramas de producción contra las que puede atentar la competencia extranjera y cuyas modificaciones deberán atenerse siempre al estado de la industria. Este sistema no puede suministrarlo el gobierno prusiano existente ni todos los gobiernos de la Liga Aduanera juntos. Sólo puede organizarlo y manejarlo la misma burguesía gobernante. He aquí, entre otras, la razón de que la burguesía alemana no puede seguir privada por más tiempo del poder político.:

Este sistema proteccionista es, en Alemania, tanto más necesario cuanto que en este país se halla agonizando la manufactura. Sin aran. celes protectores, la manufactura sucumbirá ante la competencia de la maquinaria inglesa y perecerán los burgueses, pequeños burgueses y obreros. hasta ahora sostenidos por aquélla. Razón más'que suficiente para que los burgueses alemanes arruinen con máquinas alemanas lo que: to. davía queda de la manufactura.

La burguesía alemana necesita, pues, los aranceles protectores y sola. mente ella puede implantarlos. Es esta una de las razones por las que debe adueñarse del poder del Estado.

Pero los fabricantes, para valorizar totalmente sus capitales, no tropiezan solamente con el escollo de las bajas tarifas aduaneras; tropiezan también con la burocracia, Y si en lo tocante a la legislación aduanera se topan con la indiferencia, en sus relaciones con la burocracia les sale al paso la hostilidad directa del gobierno.

La burocracia ha sido instituida para gobernar sobre pequeños burgueses y campesinos. Estas clases, diseminadas en pequeñas ciudades y aldeas y con intereses que no van más allá del más limitado círculo lo. cal, necesitan moverse dentro de un horizonte también limitado, a tono

b Faltan aquí cuatro páginas del manuscrito,

con sus relaciones de vida restringidas. Son clases que no pueden gobernar un Estado grande, que no poseen ni pueden poseer visión ni conocimientos suficientes para mantener en equilibrio mutuo los dife. rentes intereses encontrados. Y precisamente en la fase de la civilización en que florece la pequeña burguesía es cuando más se enredan y em. brollan los diferentes intereses (baste pensar en los gremios y en sus colisiones). He ahí por qué los pequeños burgueses y los campesinos no pueden prescindir de una potente y numerosa burocracia. Necesitan colocarse bajo la tutela de un poder superior, para sustraerse al gran embrollo y no verse envueltos y arruinados en cientos y miles de procesos.

Pero la burocracia, que es una necesidad para el pequeño burgués, no tarda en convertirse, para el burgués, en una traba insoportable. Ya en el régimen de la manufactura resultan muy gravosas la vigilancia y la intromisión de los funcionarios; y la industria fabril apenas puede desa. rrollarse bajo semejante control. Hasta ahora, los fabricantes alemanes se han quitado de encima, en lo posible, la burocracia por medio de la corrupción, cosa que no se les puede echar en cara. Pero este recurso sólo les libera de la parte menos importante de la carga; aun prescindiendo de la imposibilidad de sobornar a todos los funcionarios con que entra en contacto un fabricante, el soborno no le libera de las espórtulas, honorarios de abogados, arquitectos, mecánicos y otros desembol. sos impuestos por la fiscalización de los trabajos extras y las pérdidas de tiempo. Y cuanto más se desarrolla la industria, van surgiendo más y más “funcionarios cumplidores del deber”, es decir, que, por pura limi. tación o por inquina burocrática, inventan los peores ardides contra la burguesía.

La burguesía se ve, pues, obligada a romper el poder de esta arrogante y pérfida burocracia. Desde el momento en que la administración del Estado y la legislación caen en manos de la burguesía, la burocracia pierde su independencia; más aún, a partir de este instante los funestos espíritus de la burocracia se convierten en los más sumisos servidores del nuevo dueño. Los anteriores reglamentos y decretos que sólo servían para facilitar la labor de los funcionarios a costa de los burgueses industriales dejan el puesto a nuevos reglamentos que facilitan la labor de los industriales a costa de los funcionarios.

La burguesía se ve obligada con tanta mayor razón a hacer esto lo antes posible cuanto que, como hemos visto, todos sus sectores se hallan directamente interesados en fomentar con la mayor rapidez posible la industria fabril, la cual no puede prosperar nunca bajo el régimen de los enredos burocráticos.

La supeditación de las aduanas y la burocracia al interés de la burguesía industrial son las dos medidas cuya aplicación interesa más directamente a la burguesía. Pero sus necesidades no se reducen a esto, ni mucho menos. La burguesía no tiene más remedio que someter a una completa revisión todo el sistema de la legislación, la administración y la justicia de casi todos los territorios alemanes, ya que todo este sistema va encaminado a mantener en pie y apuntalar un estado social que la

burguesía se esfuerza constantemente en derribar. Las condiciones bajo las cuales pueden coexistir la nobleza y la pequeña burguesía difieren totalmente de las condiciones de vida de la burguesía, y en los Estados alemanes sólo están oficialmente reconocidas las primeras. Tomemos como ejemplo el status quo alemán. Si los pequeños burgueses se someten a la burocracia jurídica como a la administrativa, si han podido confiar sus bienes y sus personas a la discreción y la somnolencia de una judicatura “independiente”, es decir, autónoma desde el punto de vista burocrático, que, a cambio de ello, les protege de los desafueros de la nobleza feudal y, a veces, incluso de los desmanes de la burocracia administrativa, la burguesía no puede hacerlo. La burguesía requiere para sus procesos de propiedad, por lo menos, la garantía de la publicidad y para sus procesos criminales, además, la institución del jurado, que es la fiscalización constante de la justicia por una diputación de elementos de la burguesía. El pequeño burgués puede acceder a que los nobles y los funcionarios queden exentos de la jurisdicción ordinaria, porque esta humillación oficial de que se les hace objeto corresponde plenamente a la baja posición social que ocupan. Pero el burgués, colocado ante la disyuntiva de perecer o convertir a su clase en la primera dentro de la sociedad y del Estado, no puede resignarse a eso. El pequeño burgués puede dejar exclusivamente en manos de la nobleza la legislación sobre la propiedad territorial, sin que ello vaya en menoscabo de su modesto modo de vida; y se ve, además, obligado a hacerlo, porque tiene bastantes quebraderos de cabeza con defender sus propios intereses urbanos de la influencia y los abusos de la nobleza. El burgués no puede, en modo alguno, dejar a merced de la nobleza la regulación de las relaciones de propiedad en el campo, pues la expansión completa de sus propios intereses requiere también la explotación más industrial que sea posible de la agricultura, la creación de una clase de agricultores industriales, la libre alienabilidad y movilidad de la propiedad de la tierra. La necesidad del terrateniente de conseguir dinero a base de hipotecas brinda aquí un asidero al burgués y obliga a la nobleza a con. ceder a la burguesía cierta influencia sobre la legislación acerca de la propiedad territorial, por lo menos en lo que se refiere a las leyes hipotecarias. Mientras que el pequeñoburgués, con sus escasos y pobres negocios, su lento ritmo de rotación y el número reducido de sus clientes, concentrados en un pequeño radio, no se sentía especialmente Opri. mido por la lamentable legislación comercial de la vieja Prusia, sino que, lejos de ello, aún se mostraba agradecido por el poquito de garantía que le brindaba, el burgués no puede soportar ya esa legislación. El pequeñoburgués, cuyas transacciones sencillas a más no poder rara vez son negocios de comerciante a comerciante, pues casi siempre se limitan a simples ventas hechas directamente por el detallista o el artesano al consumidor, casi nunca da en quiebra, y esto le permite someterse fácil. mente a la vieja ley prusiana sobre la quiebra y la bancarrota. Según esta ley, las deudas cambiarias se pagan de la masa de bienes del concurso con preferencia sobre todas las deudas escriturarias, pero lo que

generalmente ocurre es que casi todos los bienes son devorados por la justicia. Esta ley ha sido concebida preferentemente en interés de los burócratas jurídicos encargados de administrar los bienes del concursado y luego en interés de todos los no burgueses contra los burgueses. Por ejemplo, los terratenientes nobles, que se cobran el trigo expedido con letras libradas sobre el comprador o el consignatario, quedan cubiertos al año y retiran del comercio el importe en forma de letras de cambio. La legislación comercial protege también a los banqueros y a los comerciantes al por mayor, dejando más bien en la estacada al fabricante. Estas leyes absurdas sólo pueden representar la ruina para el burgués, que sólo hace negocios de comerciante a comerciante, que tiene los clientes desperdigados por todas partes, que recibe letras de cambio sobre el mundo entero, que se ve obligado.a moverse en medio de un sistema de transacciones complicadísimo y que a cada paso se ve enredado en una quiebra. El pequeño burgués sólo se halla interesado en la política general de su país por cuanto que desea y necesita la paz; su limitado círculo de vida le incapacita para abarcar con la mirada las relaciones entre Estados. El burgués, que negocia o tiene que competir con los países extranjeros más alejados, no puede estar a la altura de sus negocios sin influir del modo más directo sobre la política exterior de su Estado, El pequeño burgués puede resignarse a que la burocracia y la nobleza le carguen de impuestos, por las mismas razones por las que se somete a la burocracia; el burgués tiene un interés muy directo en distribuir las cargas públicas de modo que afecten lo menos posible a sus ganancias,

Resumiendo, si el pequeño burgués podía contentarse con oponer a la nobleza y a la burocracia su masa inerte, con asegurarse por medio de la fuerza de la inercia una influencia sobre la opinión pública, el burgués no puede hacerlo. El burgués tiene que hacer de su clase la clase dominante, de sus intereses los intereses decisivos en los campos de la legislación, la administración, la justicia, la tributación y la polí. tica exterior. La burguesía necesita desarrollarse hasta el último límite, incrementar diariamente sus capitales, reducir diariamente el costo de producción de sus mercancías, extender diariamente sus relaciones comerciales, sus mercados, mejorar diariamente sus comunicaciones, si no quiere perecer. La competencia en el mercado mundial le empuja a ello, Y, para poder desarrollarse libremente y hasta el último límite, necesita cabalmente el poder político, necesita que todos los demás intereses se sometan a los suyos,

Ahora bien, que la burguesía alemana necesita, precisamente ahora, de la dominación política para no perecer, lo hemos demostrado más arriba, al referirnos al problema del proteccionismo arancelario y al hablar de la posición de la burguesía ante la burocracia. Pero la prueba más palmaria de ello es la situación por que está atravesando en el momento actual el mercado alemán de dinero y de mercancías.

La prosperidad de la industria inglesa en 1845 y las consiguientes especulaciones en torno a los ferrocarriles ejercieron esta vez una reper-

cusión más intensa que en ninguno de los periodos anteriores sobre Francia y Alemania. Los fabricantes alemanes hicieron buenos negocios y, con los suyos, mejoró el negocio alemán en general. Los distritos agrícolas encontraron un buen mercado para su trigo en Inglaterra. La prosperidad general estimuló al mercado de dinero, facilitó el crédito y atrajo al mercado a multitud de pequeños capitales, como los que en Alemania se hallan en gran número medio ociosos. Y, como en Francia y en Alemania, sólo que algo más tarde y en algo...e

c Aquí se interrumpe el manuscrito,