EL CONGRESO ECONÓMICO * [Deutsche Brüsseler Zeitung, núm. 76, 23 de septiembre de 1847]

Hay aquí, como es sabido, unos cuantos abogados, funcionarios, médicos, rentistas, comerciantes, etc., que, bajo el pretexto de una Association pour le libre échange (d V'instar de Paris)" se instruyen mutuamente acerca de los rudimentos de la Economía política. Durante los últimos tres días de la semana pasada, estos señores han estado en sus glorias. Celebraron su gran Congreso de los más señalados economistas de todos los países y gozaron de la inefable delicia de escuchar las grandes verdades de la economía, no ya de labios de un señor Jules Bartal, de un Le Hardy de Beaulieu, de un Faider o Fader? o de cualquier otro gran hombre desconocido, sino directamente por boca de los primeros maestros de la ciencia. Se sentían felices, arrobados, dichosos, transportados al séptimo cielo.

Por su parte, los maestros de la ciencia allí presentes ya no se sentían tan felices. Habían creído en un triunfo fácil, pero hubieron de afrontar una dura lucha; creían haber ido allí simplemente para ver y vencer, pero vencieron solamente en la votación, pues en el terreno de la discusión salieron totalmente derrotados al segundo día? y el tercero sólo se libraron de una derrota todavía más desastrosa gracias a sus in. trigas. Aunque el público, embobado, no se diese cuenta de esto, ellos no pudieron por menos de sacar una dolorosa sensación de la realidad. Hemos tenido ocasión de asistir al Congreso. Nunca hemos sentido el menor respeto por estos maestros de la ciencia cuya ciencia fundamental consiste en contradecirse constantemente los unos a los otros y consigo mismos, con la mayor tranquilidad de espíritu. Pero, confesamos que el Congreso mató en nosotros hasta el último vestigio de respeto que aún pudiéramos sentir por los hombres cuyos escritos y discursos nos eran menos conocidos. Confesamos nuestro asombro ante el hecho de vernos obligados a escuchar tantas simplezas y necedades, tales banalidades y lugares comunes. Confesamos que no habíamos €sperado de aquellos señores de la ciencia tal incapacidad para ofrecernos algo mejor que los primeros rudimentos de la economía, nuevos tal vez para niños de siete u ocho años, pero que, tratándose de personas adul. tas y sobre todo de miembros de una Association pour le libre ¿change parece que debían darse por supuestos. Sin embargo, los señores Oradores conocían a su público mejor que nosotros. a Asociación para el Librecambio (a imitación de París). b Juego de palabras: Fade, del francés fade, insustancioso; Faider, nombre de uno de los asistentes al Congreso económico.

Los que mejor se comportaron: en el Congreso fueron los ingleses, Eran los más interesados por el asunto, porque toman a pecho la apertura de los mercados continentales y el problema de la libertad de comercio es para ellos un problema vital. Y así lo hicieron notar también muy claramente, pues estos hombres, que en general se niegan a hablar otra lengua que no sea el inglés, se dignaron ahora manifestarse en francés a la mayor honra y gloria de su free-trade.* Se veía a todas luces cuán de cerca toca a su bolsa este problema. Los franceses, por su parte, se manifestaron como puros ideólogos, animados por el entusiasmo científico. No se distinguieron ni siquiera por el proverbial esprit d fran. cés ni por la originalidad de sus ideas. Pero, por lo menos, hablaban un: buen francés, lo que no es frecuente en Bruselas. Los holandeses hablaron en un tono aburrido y doctoral, Al danés, un señor David, no hubo manera de entenderle. Los belgas parecían asumir más bien el papel de oyentes pasivos; por lo menos, no hablaron jamás en defensa de su industria nacional, que es la contrefagon.e Por último, los alemanes, con excepción del señor Weerth, que habló más bien como inglés que como alemán, representó la partie honteuse* de todo el Congreso. A ellos les tocaría la palma, si al final no se la hubiese arrebatado un belga para su nación, Primer día. Discusión general. La abrió Bélgica por medio del señor Faider, quien hizo gala, en su actitud y en su manera de hablar, de esa marcada ostentación que se aprecia a cada paso, tan desagradablemente, en las calles y en los paseos de Bruselas. 'El señor Faider se limitó a pronunciar frases y más frases, sin elevarse apenas a las verdades eco. nómicas más elementales. No nos detendremos en su discurso con tanta morosidad como él lo hizo, al servirnos su sopa aguada. Subió a la tribuna el señor Wolowski, profesor etc., en París. Se tra. ta de un judío polaco francés, petulante, retórico y superficial, que aúna en su persona las malas cualidades de las tres naciones, sin ninguna de las buenas. El señor Wolowski provocó un enorme entusiasmo con su discurso preparado de antemano y que revela un sorprendente talento para la sofística. Lo malo es que este discurso no pertenecía precisamente al señor Wolowski, pues había sido urdido con ideas de los Sophismes économiques s del señor Frédéric Bastiat. Claro que esto no podían saberlo los claqueursh de Bruselas. El señor Wolowski se la. mentó de que un proteccionista alemán levara la voz de la oposición, arrebatando así la iniciativa a los proteccionistas franceses. Fue casti. gado por ello. Al final de su discurso, el señor Wolowski mostró un alto grado de comicidad. Pasó a hablar de las clases trabajadoras, a quienes prometió que la libertad de comercio depararía montañas de oro y acometió en su nombre, con fingida furia, contra los proteccionistas, ¡Sí, clamó, elevando patéticamente el falsete de su voz, sí son estos proteccionistas, “ces gens qui n'ont rien la qui batte pour les classes e Librecambio, d Ingenio, e Imitación, £ La mancha negra. g “Sofismas económicos.” h Ovacionadores.

laboricuses” 3 —y, al decir esto, se golpeó la oronda tripita—, quienes nos impiden realizar nuestros más caros deseos de ayudar a los obreros a salir de la miseria! Desgraciadamente, su arrebato de furia era demasiado fingido para impresionar a los pocos obreros sentados en la galería. El señor Rittinghausen, de Colonia, que representaba allí a la patria alemana, leyó una disertación interminable y aburrida en defensa del sistema proteccionista. Lo hizo como una auténtico alemán. Se lamentó con el gesto más amargo del mundo, de la mala situación de Alema. nia, de su impotencia industrial e imploró formalmente a los ingleses que permitiesen a los alemanes defenderse de su arrolladora competencia. ¿Queréis —dijo— damos la libertad comercial, queréis que nosotros compitamos libremente con todas las naciones, cuando nos atenazan casi por doquier los gremios y ni siquiera podemos competir libremente entre nosotros mismos?

El señor Blanqui, profesor, diputado y conservador progresivo de París, autor de una lamentable “Historia de la Economía” y de otras obras bastante malas y puntal de la llamada “École frangaise” 3 de Economía, se encargó de contestar al señor Rittinghausen. Es un señor bien nutrido y atildado, con una cara en que se mezclan de un modo repelente la farisaica severidad, la untuosidad y la filantropía. Caballero de la Legión de Honor, cela va sans dire.* El señor Blanqui habló con la mayor volubilidad posible y el menor ingenio imaginable, lo que necesariamente tenía que causar gran impresión a los librecambistas de Bruselas. Por lo demás, lo que dijo es diez veces más insignificante que todo lo que había escrito anteriormente. No hace falta que nos detengamos en sus frases.

Le llegó luego el turno al Dr. Bowring, miembro radical del parlamento, heredero de la sabiduría de Bentham, de cuyos huesos es depositario.287 El mismo es una especie de esqueleto bentamiano. Se advertía que las elecciones ya habían pasado. El señor Bowring no creyó necesario hacer ya concesiones al pueblo y se manifestó como un auténtico burgués. Habló un fluido y correcto francés con fuerte acento inglés, realzando el efecto de sus palabras con las más violentas e histriónicas gesticulaciones que recordemos haber visto nunca. El señor Bowring, representante de la interesadísima burguesía inglesa, declaró que había llegado la hora de arrojar a un lado el egoísmo y de basar el bienestar propio en el de los demás. Era, naturalmente, la vieja “verdad” económica de que, al tratar con un millonario, se pueden hacer mejores negocios y obtener mayores ganancias que entendiéndose con quien no posea más de mil táleros. Y, por último, entonó un himno apasionado al contrabandista, cet envoyé du ciel.! Tras él, subió a la tribuna el señor Duchateau, presidente de la Association pour la protection du travail national» de Valence, quien, Saliendo al paso de la provocación del señor Wolowski, hizo la defensa 1 Estas gentes que no tienen nada que digan algo a las clases laboriosas. i “Escuela francesa”. E Huelga decirlo, 1 Ente enviado del cielo, m Asociación para la protección del trabajo nacional, del sistema proteccionista francés. Repitió, con gran tranquilidad y claridad, las consabidas tesis de los proteccionistas, partiendo de la acertada idea de que éstas se bastaban y se sobraban para amaigar todo el Congreso a los señores librecambistas. Fue, sin ningún género de duda, el mejor orador de la jornada.

Le contestó el señor Ewart, miembro del parlamento, quien habló en un francés casi ininteligible y empleando los tópicos más vulgares y más trillados de la Liga Anticerealista,?3 que cualquier muchacho de las calles, en Inglaterra, se sabe de memoria.

Del señor Campan, diputado de la Sociedad de Librecambistas de Burdeos, hacemos mención solamente por guardar el orden de la discusión. Lo que dijo fue algo tan insignificante, que no recordamos una sola palabra de ello, o Por su parte, el señor coronel Thompson, miembro del parlamento, redujo el problema a una sencilla historia. Supongamos, dijo, que en una ciudad haya cocheros que cobren a razón de franco y medio por viaje. Si se crea una compañía de ómnibus en que el pasaje cueste un franco, los cocheros podrán decir que se sustrae:al comercio, con esta innovación, medio franco por viaje. Pero, ¿es verdad esto? ¿A dónde va a parar el medio franco? El pasajero lo dedicará a comprarse otras cosas, dulces o pasteles, por ejemplo. El medio franco seguirá, pues, circulando y el consumidor le sacará mayor rendimiento. Pues bien, eso es lo que ocurre con los proteccionistas, que defienden al cochero, en contraste con los librecambistas, que asumen la defensa del-ómnibus. El buen coronel Thompson olvida, sin embargo, una cosa, y es que la com-. petencia se encarga. de anular enseguida esta ventaja del consumidor, descontándole a favor de otro lo que ha salido ganando con el primero. Por último, habló el señor Dunoyer, Consejero de Estado: de París, autor de varias obras, entre otras un libro De la liberté du tra. vail,” en el que acusa a los obreros de procrear demasiados hijos. Habló con una violencia propia de un Consejero de: Estado para decir una serie de cosas insignificantes. El señor Dunoyer es un ventru * bien alimentado, calvo y colorado, con cara de perro de malas pulgas y que se ve que no está acostumbrado a que lo contradigan, pero que dista mucho de ser tan temible como él se imagina. El señor Blanqui dijo, refiriéndose a sus baratas invectivas contra el proletariado: “Monsieur Dunoyer dit aux peuples les mémes vérités austeres qu'au dernier siócle les Voltaire et Rousseau disaient dux princes” .»

Con esto terminó la discusión general. En el número siguiente informaremos acerca de la discusión sostenida acerca de los puntos especiales en los días segundo y tercero del Congreso.238 n “Sobre la libertad del trabajo”. o Barrigudo. p “El señor Dunoyer les dice:a los pueblos las mismas verdades austeras que en el siglo pasado les decían a los príncipes los Voltaire y Rousseau.”