El comunismo del "Rheinischen Beobachters"

[Karl Marx]

El comunismo del "Rheinischen Beobachters"

Escrito el 5 de septiembre de 1847.

["Deutsche-Brüsseler-Zeitung", núm. 73, del 12 de septiembre de 1847]

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Bruselas, 5 de septiembre. – En el número 70 de este periódico se introduce un artículo del "Rheinischen Beobachters" con estas palabras:

"El 'Rheinische Beobachter' predica en su número 206 el comunismo como sigue."

Sea esta observación irónica o no, los comunistas deben protestar contra la posibilidad de que el "Rheinische Beobachter" pueda "predicar" el comunismo, y en especial contra la pretensión de que el artículo reproducido en el número 70 de la "Deutsche-Brüsseler-Zeitung" sea comunista.

Cuando cierta fracción de socialistas alemanes ha clamado incesantemente contra la burguesía liberal, y lo ha hecho de un modo que a nadie ha reportado ventaja salvo a los gobiernos alemanes; cuando ahora periódicos gubernamentales como el "Rheinische Beobachter", apoyándose en las frases de esta gente, afirman que no es la burguesía liberal, sino el gobierno, quien representa los intereses del proletariado, los comunistas no tienen nada en común ni con aquélla ni con éste.

Se ha querido, ciertamente, cargar la responsabilidad de esto sobre los comunistas alemanes; se les ha acusado de alianza con el gobierno.

Tal acusación es ridícula. El gobierno no puede aliarse con los comunistas, ni los comunistas con el gobierno, por la sencilla razón de que los comunistas son, de todos los partidos revolucionarios de Alemania, el más revolucionario de todos, y porque el gobierno lo sabe mejor que nadie.

¿Acaso habían de aliarse los comunistas con un gobierno que los declara reos de alta traición y como tales los trata?

¿Había de propagar el gobierno en sus órganos principios considerados en Francia como anárquicos, incendiarios, disolventes de todas las relaciones sociales, principios a los que ese mismo gobierno atribuye constantemente idénticas propiedades?

Ni pensarlo. Examinemos el pretendido comunismo del "Rheinischen Beobachters" y veremos que es de lo más inocente.

El artículo comienza:

"Cuando examinamos
nuestra
(!) situación social, por doquier se muestran los mayores males y las más urgentes necesidades (!), y hemos de decirlo, se ha omitido mucho. He ahí un hecho; y surge
solo
(!) la pregunta de a qué se debe. Estamos convencidos de que la culpa no la tiene nuestra Constitución, ¡pues (!) en Francia e Inglaterra están (!) las cosas mucho peor en cuanto a la situación social! ¡Sin embargo (!), el liberalismo busca el remedio únicamente en la representación; si el pueblo estuviera representado, se ayudaría a sí mismo. Esto es, desde luego, completamente ilusorio, pero igualmente (!!) sumamente plausible."

En esta frase se ve al "Beobachter" en cuerpo y alma, royendo la pluma con embarazo en busca de un comienzo, especulando, escribiendo, tachando, volviendo a escribir, hasta lograr al fin, tras un lapso considerable, el espléndido pasaje arriba citado. Para llegar al liberalismo, su particular caballo de batalla, empieza con "nuestra situación social", es decir, exactamente la situación social del "Beobachter", que sin duda tendrá sus inconvenientes. Mediante la trivialísima observación de que nuestra situación social es miserable y de que se ha omitido mucho, llega, por el camino de unas cuantas frases muy espinosas, a un punto en que
solo
le surge la pregunta de a qué se debe. Pero esta pregunta le surge
solo
para desaparecer de inmediato. Porque el "Beobachter" no nos dice a qué se debe, ni tampoco nos dice a qué no se debe; se limita a decirnos de qué está
convencido
de que no se debe, y eso es, naturalmente, de la Constitución prusiana. De la Constitución prusiana pasa, mediante un audaz "pues", a Francia e Inglaterra, y de aquí no tiene ya más que dar un pequeño salto hasta el liberalismo prusiano, salto que, apoyado en un "sin embargo" lo más inmotivado posible, realiza con soltura. Y así llega por fin al tan querido terreno donde puede exclamar: "Esto es, desde luego, completamente ilusorio, pero igualmente sumamente plausible."
¡Pero igualmente sumamente!

¿Habrán caído tan bajo los comunistas, que se les pueda atribuir la paternidad de tales frases, de tales transiciones clásicas, de tales preguntas que surgen y desaparecen con esa ligereza, de tan famosos
solo
,
pues
y
sin embargo
y, sobre todo, del giro: "pero igualmente sumamente"?

Aparte del "viejo general" Arnold Ruge, hay pocos hombres en Alemania capaces de escribir así, y esos pocos son todos consejeros consistoriales en el ministerio del señor Eichhorn.

No se puede exigir que nos ocupemos del contenido de este pasaje introductorio. No tiene más contenido que su forma torpe; es solo la puerta por la que entramos en los salones donde nuestro consejero consistorial observador predica una cruzada contra el liberalismo.

Escuchemos:

"El liberalismo tiene de antemano la ventaja de acercarse al pueblo en formas más fáciles y complacientes que la burocracia." (Desde luego, ni el mismo señor Dahlmann o Gervinus escriben de manera tan pesada y angulosa.) "Habla de bienestar del pueblo y de derechos del pueblo. Pero en verdad solo antepone al pueblo para amedrentar con él al gobierno; el pueblo solo le sirve de carne de cañón en la gran tempestad contra el poder gubernamental. Arrebatar el poder del Estado, tal es la verdadera tendencia del liberalismo; el bienestar del pueblo es para él solo cosa secundaria."

¿Cree el señor consejero consistorial haber dicho con esto al pueblo algo nuevo? El pueblo, y en particular la parte comunista del pueblo, sabe muy bien que la burguesía liberal solo persigue su propio interés, que poco hay que fiar en sus simpatías por el pueblo. Pero si el señor consejero consistorial infiere de aquí que los burgueses liberales explotan al pueblo, en la medida en que este participa en el movimiento político, para sus propios fines, hemos de responderle: Eso es, desde luego, sumamente plausible para un consejero consistorial, pero igualmente sumamente ilusorio.

El pueblo o, para sustituir esta expresión vaga e imprecisa por la precisa, el proletariado, razona de manera muy distinta a como se sueña en el ministerio eclesiástico. El proletariado no pregunta si el bienestar del pueblo es para los burgueses cosa secundaria o principal, si
quieren
utilizar o no a los proletarios como carne de cañón. El proletariado no pregunta lo que los burgueses simplemente
quieren
, sino lo que
tienen que hacer
. Pregunta si el actual estado político, la dominación de la burocracia, o el estado al que aspiran los liberales, la dominación de la burguesía, le ofrecerá más medios para alcanzar sus propios fines. Para ello le basta comparar la posición política del proletariado en Inglaterra, Francia y América con la de Alemania, para ver que la dominación de la burguesía no solo pone en manos del proletariado armas enteramente nuevas para la lucha
contra
la burguesía, sino que le proporciona una posición completamente distinta, una posición de partido reconocido.

¿Cree acaso el señor consejero consistorial que el proletariado, que se adhiere cada vez más al partido comunista, no sabrá utilizar la libertad de prensa, la libertad de asociación? ¡Que lea los periódicos obreros ingleses y franceses, que asista una sola vez a un mitin cartista!

Pero en el ministerio eclesiástico, donde se redacta el "Rheinische Beobachter", se tienen representaciones singulares del proletariado. Se cree estar tratando con campesinos pomeranios o con los esquineros de Berlín. Se cree haber alcanzado los límites extremos de la profundidad cuando se promete al pueblo no ya panem et circenses <pan y circo>, sino panem et religionem <pan y religión>. Se imaginan que el proletariado desea que se le ayude; no piensan que no espera ayuda de nadie más que de sí mismo. No sospechan que el proletariado cala tan a fondo la retórica de los señores consejeros consistoriales sobre "bienestar del pueblo" y pésima situación social como la retórica similar de la burguesía liberal.

¿Y por qué es el bienestar del pueblo cosa secundaria para los burgueses? El "Rheinische Beobachter" responde:

"La Dieta Unida lo ha demostrado; la perfidia del liberalismo salta a la vista. El liberalismo debía pasar la prueba con el impuesto sobre la renta, y no la ha pasado."

¡Estos bienintencionados consejeros consistoriales, que en su inocencia económica se imaginan poder echar arena a los ojos del proletariado con el impuesto sobre la renta!

El impuesto sobre el degüello y la molienda recae directamente sobre el salario; el impuesto sobre la renta recae sobre la ganancia del capital. Sumamente plausible, señor consejero consistorial, ¿no es verdad? Pero los capitalistas no se dejarán ni podrán dejarse gravar impunemente sus ganancias. La competencia ya lo trae consigo. A los pocos meses de introducirse el impuesto sobre la renta, el salario habría bajado justo en la misma medida en que efectivamente había subido por la supresión del impuesto sobre el degüello y la molienda y por la consiguiente reducción de los precios de los medios de subsistencia.

El nivel del salario expresado no en dinero, sino en los medios de subsistencia necesarios para el obrero, es decir, el nivel del salario
real
, no del
nominal
, depende de la relación entre la oferta y la demanda. Un cambio en el modo de tributación puede causar momentáneamente una perturbación, pero a la larga no modifica nada.

La única ventaja económica del impuesto sobre la renta es que es más barato recaudarlo, y de ello no habla el consejero consistorial. Por lo demás, el proletariado tampoco gana nada con esta circunstancia.

Así pues, ¿a qué se reduce toda esa cháchara sobre el impuesto sobre la renta?

Primero: el proletariado no está en absoluto interesado en todo este asunto, o solo momentáneamente.

Segundo: el gobierno, que con la recaudación del impuesto sobre el degüello y la molienda entra diariamente en contacto directo con el proletariado y se le enfrenta de modo odioso, pasa, con el impuesto sobre la renta, a un segundo plano y obliga a la burguesía a cargar por entero con la odiosa tarea de hacer bajar los salarios.

El impuesto sobre la renta, pues, solo sería ventajoso para el gobierno, y de ahí el enojo de los consejeros consistoriales por su rechazo.

Pero aun admitiendo por un momento que el proletariado estuviera interesado en el asunto, ¿debía esta Dieta otorgarlo?

De ninguna manera. No debía otorgar dinero alguno; debía dejar el sistema financiero exactamente como estaba mientras el gobierno no hubiera satisfecho todas sus exigencias. La denegación de los recursos es, en todas las asambleas parlamentarias, el medio para obligar al gobierno a ceder ante la mayoría. Esta denegación consecuente de los recursos es lo único en lo que la Dieta se mostró enérgica, y por eso los decepcionados consejeros consistoriales tienen que tratar de desacreditar precisamente esto ante el pueblo.

"Y sin embargo", prosigue el "Rheinische Beobachter", "los órganos del liberalismo han sido propiamente quienes han puesto sobre el tapete el impuesto sobre la renta."

Exacto, y es también una medida puramente burguesa. Precisamente por eso los burgueses pueden rechazarla cuando se les propone a destiempo por unos ministros de los que no pueden fiarse ni tres pasos.

Tomamos nota en todo caso de esta confesión sobre la paternidad del impuesto sobre la renta; más tarde nos será útil.

Después de un parloteo lo más vacío y confuso posible, el consejero consistorial tropieza de repente con el proletariado como sigue:

"¿Qué significa eso de proletariado?" (He aquí otra de esas preguntas que
solo
surgen para no ser respondidas.) "No es exageración si nosotros" (es decir, los consejeros consistoriales del "Rheinische Beobachter", pero no los demás periódicos profanos) "decimos: una tercera parte del pueblo no tiene suelo en que fundar su existencia, y otra tercera parte está al borde del abismo. La causa de los proletarios es la causa de la gran mayoría del pueblo, la cuestión cardinal."

¡Qué rápido una sola Dieta Unida con un poco de oposición hace entrar en razón a estos burócratas! ¡Cuánto tiempo hace que el gobierno prohibía a los periódicos afirmar tales exageraciones, como la de que en Prusia tuviéramos un proletariado; que se amenazó con la prohibición a la "Trier'sche Zeitung" y a otros --¡inocentes!-- porque malignamente querían hacer ver que las pésimas condiciones del proletariado francés e inglés existían también en Prusia! Pero, en fin, como el gobierno quiera. Tomemos nota también de que la gran mayoría del pueblo son proletarios.

"La Dieta", prosigue, "ha considerado la cuestión de principios como la cuestión cardinal, es decir, la cuestión de si la alta asamblea debía obtener el poder del Estado. ¿Y qué debía obtener el pueblo? ¡Ni ferrocarril, ni bancos de rentas, ni alivio fiscal! ¡Dichoso pueblo!"

Nótese cómo nuestro pulcro consejero consistorial empieza a asomar poco a poco la oreja de zorro. "La Dieta ha considerado la cuestión de principios como la cuestión principal." ¡Santa simplicidad de estas culebras ciegas y rebosantes de amor! La cuestión de si se debía poner a disposición del gobierno un empréstito de 30 millones, un impuesto sobre la renta de rendimiento imprevisible, un banco de rentas con el que puede tomar prestados entre 400 y 500 millones sobre los dominios –si todo eso se debía poner a disposición de este actual gobierno disoluto y reaccionario y hacerlo así independiente para siempre, o si se le debía tener a raya, obligarlo a someterse a la opinión pública mediante la denegación de los recursos–, ¡a eso lo llama la cuestión de principios un tal consejero consistorial de paso blandito!

"¿Y qué debía obtener el pueblo?", pregunta el compasivo consejero consistorial.
"Ningún ferrocarril" –
así pues, tampoco tendrá que pagar impuestos para cubrir los intereses del empréstito y la gran pérdida inevitable en la explotación de ese ferrocarril.
"¡Ningunos bancos de rentas!" ¿No hace nuestro consejero consistorial justamente como si el gobierno hubiera querido dar rentas a los proletarios? Al contrario, quería dar rentas a la
nobleza
, que el pueblo habría de pagar. A los campesinos se les facilitaría con ello la redención de las corveas. Si los campesinos esperan aún algunos años, probablemente ya no necesitarán
redimirlas
. Cuando los señores feudales caigan bajo las horcas de los campesinos, cosa que podría ocurrir muy fácilmente en cualquier momento, las corveas cesarán por sí solas.

"Ningún impuesto sobre la renta." Pero mientras el impuesto sobre la renta no reporte renta alguna al pueblo, le puede ser completamente indiferente.

"Dichoso pueblo", prosigue el consejero consistorial, "¡has ganado al fin la cuestión de principios! Y si no entiendes qué cosa es esa, haz que te la expliquen tus representantes; ¡durante el largo discurso quizá olvidarás tu hambre!"

¿Quién se atreve aún a decir que la prensa alemana no es libre? El "Rheinische Beobachter" emplea aquí totalmente impune un giro que más de un jurado provincial francés declararía sin más como una incitación de las diversas clases de la sociedad unas contra otras y castigaría.

Por lo demás, el consejero consistorial se comporta de manera terriblemente torpe. Quiere halagar al pueblo y ni siquiera confía en que sepa qué cosa es la cuestión de principios. Por tener que fingir simpatía hacia su
hambre
, se venga declarándolo estúpido, políticamente incapaz. El proletariado sabe muy bien qué cosa es la cuestión de principios, hasta el punto de que no reprocha a la Dieta haberla ganado, sino
no
haberla ganado. El proletariado reprocha a la Dieta haberse mantenido a la defensiva, no haber atacado, no haber ido diez veces más lejos. Le reprocha no haber actuado con suficiente decisión para hacer posible la participación del proletariado en el movimiento. El proletariado, desde luego, no podía interesarse por los
derechos estamentales
. Pero una Dieta que exigiera juicios con jurado, igualdad ante la ley, abolición de las corveas, libertad de prensa, libertad de asociación y una representación real; una Dieta que hubiera roto de una vez por todas con el pasado y ajustado sus exigencias a las necesidades de la época en lugar de a las viejas leyes, esa Dieta podía contar con el más enérgico apoyo del proletariado.

El "Beobachter" continúa:

"Y quiera Dios que esta Dieta no absorba el poder gubernamental, pues de lo contrario se pondría un obstáculo insuperable a todas las mejoras sociales."

El señor consejero consistorial puede tranquilizarse. Una Dieta que no pudo siquiera con el gobierno prusiano, con ella se las entenderá el proletariado en caso de necesidad.

"Se ha dicho", observa el consejero consistorial, "que el impuesto sobre la renta conduce a la revolución, al comunismo. A la revolución – desde luego, es decir, a una
transformación
de las relaciones sociales, a la eliminación de la
miseria ilimitada
."

O bien el consejero consistorial quiere burlarse de su público y solo decir: el impuesto sobre la renta elimina la miseria
ilimitada
para poner en su lugar la miseria limitada, y más bromas berlinesas de mal gusto por el estilo –, o es el más grande y desvergonzado ignorante en materia económica que existe. No sabe que en Inglaterra el impuesto sobre la renta existe desde hace siete años y no ha transformado ninguna relación social, no ha eliminado ni un ápice de la miseria ilimitada. No sabe que allí donde en Prusia existe la miseria
más ilimitada
, en las aldeas de tejedores de Silesia y Ravensberg, entre los pequeños campesinos de Silesia, Posnania, Mosela y Vístula, allí precisamente
existe
el impuesto por clases, es decir, el impuesto sobre la renta.

Pero, ¿quién puede responder seriamente a tales insulseces? Continúa:

"También al
comunismo
, tal como se lo entiende justamente... Allí donde el comercio y la industria han entrelazado y puesto en movimiento todas las relaciones de tal modo que el individuo no puede mantenerse a flote en la corriente de la competencia, allí se ve remitido, por la naturaleza de las relaciones, a la sociedad, la cual
debe
compensar en el
individuo
las consecuencias de las fluctuaciones
generales
. Allí la sociedad está
obligada solidariamente
por la subsistencia de sus miembros."

He aquí el comunismo del "Rheinische Beobachter". Es decir: en una sociedad como la nuestra, donde ningún hombre está seguro de su existencia, de su situación vital, la sociedad tiene la obligación de asegurar a cada cual su existencia. Primero confiesa el consejero consistorial que la sociedad existente no
puede
hacerlo, y luego le exige que haga justamente eso imposible.

Pero ha de recuperar en el individuo lo que no puede tener en cuenta en sus fluctuaciones generales, así lo entiende el consejero consistorial.

"Una tercera parte del pueblo no tiene suelo en que fundar su existencia, y otra tercera parte está al borde del abismo."

Es decir, diez millones de individuos en los que hay que
compensar
individualmente. ¿Cree de veras el consejero consistorial que el pobre gobierno prusiano será capaz de lograrlo?

Desde luego, y precisamente por medio del impuesto sobre la renta, que conduce al comunismo, tal como el "Rheinische Beobachter"
lo entiende justamente
.

Excelente. Después de habérsenos despotricado una sarta de disparates sobre un pretendido comunismo, después de haberse declarado que la sociedad está obligada solidariamente por la subsistencia de sus miembros, que
debe
cuidar de ellos aunque no pueda hacerlo, después de todos estos extravíos, contradicciones, exigencias imposibles, se nos exige aún que aceptemos el impuesto sobre la renta como la medida que ha de resolver todas las contradicciones, hacer posible lo imposible, restablecer la solidaridad de todos los miembros de la sociedad.

Remitimos al memorándum del señor von Duesberg sobre el impuesto sobre la renta, presentado a la Dieta. En dicho memorándum ya se había encontrado destino para el último céntimo del rendimiento del impuesto sobre la renta. El gobierno, en apuros, no tenía ni un ardite sobrante para compensar en el individuo las fluctuaciones generales, para cumplir las obligaciones solidarias de la sociedad. Y si en lugar de diez millones, solo diez individuos hubieran sido remitidos por la naturaleza de las relaciones al señor von Duesberg, el señor von Duesberg habría tenido que despedir a los diez.

Pero no, nos engañamos; aparte del impuesto sobre la renta, el señor consejero consistorial tiene todavía otro medio para introducir el comunismo, tal como él lo entiende justamente:

"¿Qué es el alfa y la omega de la fe cristiana? El dogma del pecado original y de la redención. Y ahí reside la solidaridad de la humanidad en su más alta potencia; uno para todos y todos para uno."

¡Dichoso pueblo! La
cuestión cardinal
está resuelta para siempre. El proletariado encontrará bajo las dobles alas del águila prusiana y del Espíritu Santo dos fuentes inagotables de vida: en primer lugar, el excedente del impuesto sobre la renta sobre las necesidades ordinarias y extraordinarias del Estado, excedente que es igual a cero; y en segundo lugar, las rentas procedentes de los dominios celestiales del pecado original y la redención, las cuales son igualmente iguales a cero. Estos dos ceros ofrecen un magnífico suelo para la tercera parte del pueblo que no tiene suelo en que fundar su existencia, un gigantesco sostén para la otra tercera parte que está al borde del abismo. ¡Desde luego, excedentes imaginarios, pecado original y redención calmarán el hambre del pueblo de manera muy distinta a los largos discursos de los diputados liberales! Prosigue:

También rezamos en el «Padre Nuestro»: «No nos dejes caer en la tentación». Y lo que rogamos para nosotros, debemos practicarlo con nuestro prójimo. Mas nuestras condiciones sociales tientan ciertamente al hombre, y la demasía de la miseria incita al crimen.

Y nosotros, los señores burócratas, jueces y consejeros consistoriales del Estado prusiano, ejercemos esta consideración haciendo despedazar, decapitar, encerrar y azotar a placer, y con ello «conducimos a los proletarios a la tentación» de hacernos más tarde despedazar, decapitar, encerrar y azotar también a nosotros. Lo cual no dejará de ocurrir.

«Tales condiciones —declara el señor consejero consistorial— no puede tolerarlas un Estado cristiano; tiene que remediarlas.»

Sí, con absurdas fanfarronadas acerca de las obligaciones solidarias de la sociedad, con excedentes imaginarios y letras de cambio inaceptables giradas contra Dios Padre, Hijo y Compañía.

«También se puede ahorrar la charla, ya de por sí aburrida, sobre el comunismo —opina nuestro observador señor consejero consistorial—. Con tal que desarrollen los principios sociales del cristianismo aquellos que tienen vocación para ello, los comunistas enmudecerán pronto.»

Los principios sociales del cristianismo han tenido ahora mil ochocientos años de tiempo para desarrollarse, y no necesitan ulterior desarrollo por parte de consejeros consistoriales prusianos.

Los principios sociales del cristianismo han justificado la esclavitud antigua, glorificado la servidumbre medieval, y entienden asimismo, llegado el caso, defender la opresión del proletariado, aunque con un gesto un tanto lamentable.

Los principios sociales del cristianismo predican la necesidad de una clase dominante y de una clase oprimida, y para esta última sólo tienen el piadoso deseo de que la primera sea caritativa.

Los principios sociales del cristianismo trasladan al cielo la compensación consejeril-consistorial de todas las infamias, y con ello justifican la perduración de esas infamias en la tierra.

Los principios sociales del cristianismo declaran todas las vilezas de los opresores contra los oprimidos como justo castigo del pecado original y demás pecados, o como pruebas que el Señor, en su infinita sabiduría, impone a los redimidos.

Los principios sociales del cristianismo predican la cobardía, el desprecio de sí mismo, la humillación, el servilismo, la humildad; en suma, todas las cualidades de la canaille; y el proletariado, que no quiere dejarse tratar como canaille, tiene su valor, su sentimiento de sí mismo, su orgullo y su sentido de la independencia mucho más necesarios que su pan.

Los principios sociales del cristianismo son sumisos y rastreros, y el proletariado es revolucionario.

Basta sobre los principios sociales del cristianismo.

Prosigamos:

«Hemos reconocido la reforma social como el más preclaro oficio de la monarquía.»

¿Lo hemos reconocido? Hasta ahora no se ha hablado de ello en absoluto. Pero sea. ¿Y en qué consiste la reforma social de la monarquía? ¡En la imposición de un impuesto sobre la renta robado a los órganos del liberalismo, que ha de proporcionar excedentes de los que nada sabe el ministro de Hacienda; en los malogrados bancos de rentas territoriales; en el ferrocarril de Prusia Oriental, y singularmente en la ganancia de un capital inmenso de pecado original y redención!

«A esto aconseja el interés mismo de la realeza» —¡cuán bajo ha de haber caído, pues, la realeza!

«Esto exige la miseria de la sociedad» —que por el momento exige muchos más aranceles protectores que dogmas.

«Esto recomienda el Evangelio» —el cual recomienda todo en general, salvo el pavorosamente yermo estado de las arcas del Estado prusiano, ese abismo que en tres años habrá devorado irremisiblemente los quince millones rusos. El Evangelio recomienda, por lo demás, muchísimo, entre otras cosas también la castración, como comienzo de la reforma social en sí mismo. Matth[äus] 25.

«La realeza —declara nuestro señor consejero consistorial— es una con el pueblo.»

Esta frase no es sino otra forma del viejo «l'état c'est moi» <«el Estado soy yo»>, y precisamente la misma forma que Luis XVI empleó el 23 de junio de 1789 frente a sus estamentos rebeldes: Si no obedecéis, os mando a casa —«et seul je ferai le bonheur de mon peuple» <«entonces yo solo haré la felicidad de mi pueblo»>.

La realeza tiene que verse ya muy acosada cuando se decide a emplear esta forma, y nuestro docto señor consejero consistorial sabe ciertamente cómo agradeció entonces el pueblo francés a Luis XVI su aplicación.

«El trono —asegura además el señor consejero consistorial— debe descansar sobre la ancha base del pueblo; así se sostiene mejor.»

A saber, mientras los anchos hombros no arrojen esta gravosa superestructura de un potente empellón a la cuneta.

«La aristocracia —concluye el señor consejero consistorial— deja a la realeza su dignidad y le da un adorno poético, pero le sustrae el poder real. La burguesía le roba el poder tanto como la dignidad, y sólo le da una lista civil. El pueblo conserva a la realeza su poder, su dignidad y su poesía.»

En este pasaje, el señor consejero consistorial toma desgraciadamente demasiado en serio la jactanciosa apelación de Federico Guillermo a Su Pueblo en el discurso del trono. Su última palabra es: derrocamiento de la aristocracia, derrocamiento de la burguesía, instauración de una monarquía que se apoye en el pueblo.

Si estas exigencias no fueran puras fantasías, encerrarían una revolución completa.

No queremos siquiera detenernos en que la aristocracia no puede ser derrocada sino por la burguesía y el pueblo juntos, en que un dominio del pueblo en un país donde aristocracia y burguesía aún subsisten una al lado de la otra es un puro desatino. A tales fábulas de un consejero consistorial eichhorniano no se puede responder con desarrollos serios.

A los señores que querrían salvar a la acongojada monarquía prusiana mediante un salto mortale hacia el pueblo, sólo queremos hacerles algunas benévolas observaciones.

De todos los elementos políticos, el pueblo es para un rey el más peligroso. No el pueblo del que habla Federico Guillermo, que da las gracias con ojos lacrimosos por una patada y un real de plata; ese pueblo es del todo inofensivo, pues sólo existe en la imaginación del rey. Pero el pueblo real, los proletarios, los pequeños campesinos y la chusma, es, como dice Hobbes, puer robustus, sed malitiosus, un muchacho robusto y malicioso, y no se deja embaucar ni por reyes flacos ni por reyes gordos.

Este pueblo arrancaría ante todo a Su Majestad una constitución junto con el sufragio universal, la libertad de asociación, la libertad de prensa y otras cosas desagradables.

Y una vez tuviera todo eso, lo utilizaría para explicar lo más rápidamente posible el poder, la dignidad y la poesía de la realeza.

El actual y digno titular de esta realeza podría tenerse por feliz si el pueblo lo emplease como declamador público en la Asociación de Artesanos de Berlín, con 250 táleros de lista civil y una rubia fresca al día.

Si los señores consejeros consistoriales, que ahora gobiernan el destino de la monarquía prusiana y del «Rheinischen Beobachters», dudaran de esto, que miren tan solo la historia. La historia presenta a los reyes que apelaron a Su pueblo horóscopos muy distintos.

Carlos I de Inglaterra apeló también a Su pueblo desde sus estamentos. Llamó a su pueblo a las armas contra el Parlamento. Pero el pueblo se declaró contra el rey, echó del Parlamento a todos los miembros que no representaban al pueblo y, finalmente, hizo decapitar al rey por medio de aquel Parlamento que así se había convertido en verdadero representante del pueblo. Así terminó la apelación de Carlos I a Su pueblo. Tal cosa ocurrió el 30 de enero de 1649, y en 1849 celebra su segundo centenario.

Luis XVI de Francia apeló igualmente a Su pueblo. Apeló durante tres años, siempre de una parte del pueblo a la otra, buscó a Su pueblo, al verdadero pueblo, al pueblo entusiasta por él, y no lo encontró en ninguna parte. Al fin lo encontró en el campamento de Coblenza, tras las filas del ejército prusiano y austríaco. Pero eso le resultó demasiado a su pueblo en Francia. El 10 de agosto de 1792 encerró al apelante en el Temple <prisión del Estado durante la Revolución Francesa (1789-1794)> y convocó la Convención Nacional, que lo representaba en todos los aspectos.

Esta Convención se declaró competente para juzgar sobre la apelación del ex rey y, tras algunas deliberaciones, mandó al apelante a la plaza de la Revolución, donde fue guillotinado el 21 de enero de 1793.

Eso es lo que sucede cuando los reyes apelan a Sus pueblos. Pero lo que sucederá cuando los consejeros consistoriales quieran fundar una monarquía democrática, aún tenemos que esperarlo.