EL CONGRESO DEL LIBRECAMBIO EN BRUSELAS

[The Northern Star, núm. 520, 9 de octubre de 1847]

Los días 16, 17 y 18 de septiembre se celebró aquí (en Bruselas) un Congreso de economistas, industriales, comerciantes, etc., para discutir el problema del librecambio. Se reunieron más de 150 congresistas de todas las naciones. Los librecambistas ingleses estaban representados por los miembros del parlamento Dr. Bowring, coronel Thompson, los señores Ewart y Brown, director del Economist,?2% James Wilson, esq., etc.; de Francia vinieron el señor Wolowski, profesor de jurisprudencia, el señor Blanqui, diputado, profesor de economía, autor de una historia de esta ciencia y de otras obras, el señor Horace Say, hijo del famoso economista, el señor Ch. Dunoyer, miembro del Consejo secreto de Es. tado, autor de diversas obras de política y economía, y algunos más. Ale. mania no envió al congreso ningún librecambista, pero Holanda, Dinamarca, Italia y otros países estuvieron representados en él. Estaba anunciada la presencia del señor Ramón de la Sagra, de Madrid, pero llegó tarde. Y huelga decir que estaban también presentes gran número de librecambistas belgas.

Se. reunieron, pues, los maestros de la ciencia para deliberar acerca del importante problema de los beneficios que el librecambio proporciona al mundo. De inmediato puede suponerse que las discusiones de gentes tan escogidas, en las que han brillado grandes luminarias, tenían que ser altamente interesantes. Pueden ustedes estar seguros de que hombres como el Dr. Bowring, el coronel Thompson, Blanqui y Dunoyer pronunciaron discursos muy impresionantes, de que emplearon argumentos extraordinariamente convincentes y expusieron los problemas bajo una luz del todo nueva y asombrosa, manejando las más elevadas ideas. Pero, por desgracia, tengo que decir que, de haber estado presentes, habrían quedado ustedes decepcionados. Así es que sus mayores esperanzas y sus más bellas ilusiones se habrían esfumado en menos de una hora.

He asistido a innumerables asambleas y discusiones públicas. Más de cien veces, durante mi estancia en Inglaterra, he oído a los oradores de la League* exponer sus argumentos contra las leyes sobre el trigo, pero jamás, puedo asegurárselo, había escuchado tanta huera charlatanería, una sarta tan insulsa, aburrida e intrascendente de lugares comunes, expuestos con tanta fatuidad. Jamás antes me había sentido tan defraudado. Lo que allí se trató no merece siquiera el nombre de discusión; fue simplemente una cháchara de tertulia de café. Las gran.

a La Anti-Comn League o Liga Anticerealista (v. nota 73).

des luminarias de la ciencia no rozaron mi una sola vez el campo de la economía en el estricto sentido de la palabra, y no acertaría a comunicarles a ustedes todas las trilladas necedades que allí se ensartaron en los dos primeros días del Congreso. Les bastará leer dos o tres números de la League o del Manchester Guardian ?%% y encontrarán en ellos todo lo que allí se dijo, con excepción tal vez de dos o tres frases agra. dables del señor Wolowski. Claro está que se había limitado a plagiarlas del panfleto del señor Bastiat (jefe de los librecambistas franceses) titulado Sophismes économiques+ :

Los librecambistas no esperaban escuchar más voz de la oposición que la del señor Rittinghausen, un proteccionista alemán, que es, por lo demás, en general, un sujeto bastante gris. Pero se levantó un señor Duchateau, industrial y proteccionista francés —un hombre que habla en nombre de su dinero, como el señor Ewart o el señor Brown en nombre del suyo— y les dio tanto qué hacer con sus argumentos en contra, que al segundo día de la discusión gran número de los congresistas partidarios del librecambio hubieron de reconocer que no esta. ban en condiciones de rebatirlos. Pero se vengaron a la hora de votar, pues todos los acuerdos se aprobaron, naturalmente, casi por unani. midad.

Al tercer día del Congreso, se puso a debate una cuestión interesante para los lectores de este periódico. Se trataba de lo siguiente: “La im. plantación del librecambio general ¿beneficiará a las clases trabajadoras?” Se pronunció en sentido afirmativo, con un prolijo discurso en inglés, el señor Brown, librecambista de Lancashire. Fueron él y el señor Wilson los únicos que hablaron en esta lengua. Los demás se expresaron en francés; el Dr. Bowring muy bien, el coronel Thompson pasablemente, y el señor Ewart en un francés espantoso. Se limitó a repetir una parte de los viejos documentos de la League, en un tono plañidero que recordaba al que suelen emplear los curas anglicanos.

A continuación, se levantó a hablar el señor Weerth, de la Prusia renana. Doy por supuesto que conocen ustedes a este señor: es un joven viajante de comercio cuyas poesías som muy conocidas y estimadas en Alemania y a quien una estancia de varios años en Yorkshire ha hecho testigo presencial de la situación de los obreros. Ha dejado allí gran número de amigos, que sin duda se alegrarán de que no los haya olvidado. Como su discurso será probablemente lo más interesante de todo el Congreso para los lectores de su periódico, informaré acerca de él con cierto detenimiento. Dijo, entre otras cosas, lo siguiente: 242

“Estáis discutiendo, señores, la influencia del librecambio sobre la situación de las clases trabajadoras. Manifestáis la mayor de las simpatías hacia estas clases. Mucho me satisface esto, pero me extraña no ver entre vosotros a ningún representante de los trabajadores. La burguesía de Francia está representada aquí por un Par, la de Inglaterra por varios miembros del parlamento, la de Bélgica por un exministro y hasta la de Alemania tiene su portavoz en un

b “Sofismas económicos”,

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señor que ha presentado aquí un cuadro de la situación de su país bastante apegado a la verdad. Pero, ¿dónde —me pregunto— están los representantes de los obreros? No los veo por ninguna parte y por eso, señores, me permitiréis que traiga yo aquí la voz de sus intereses. Me tomo la libertad de hablaros en nombre de los hombres trabajadores, especialmente en nombre de los cinco mi“Tlonés de trabajadores ingleses, cerca de los cuales he pasado los más bellos años de mi vida y a quienes conozco y estimo. (Ápleusos.) No cabe duda, señores, de que los obreros necesitan recibir un trato mejor. Hasta ahora, no han sido tratados como hombres, sino como -bestias de carga o, mejor dicho,. como mercancías o como máquinas; los fabricantes ingleses saben esto-tan bien, que nunca dicen: demos empleo a tantos o cuantos obreros, sino a tantos o cuantos brazos. La clase poseedora, obrando con arreglo a este principio, no ha vacilado nm un momento en extraer ganancias de los servicios de sus trabajadores cuando los necesitaba, para arrojarlos a la calle en cuanto dejan de suministrarle un beneficio. De ahí que la situación en que se hallan estos proscritos de la sociedad moderna revista las formas más espantosas. A donde quiera que mire- * mos, a las orillas del Ródano o a las sucias y apestadas callejuelas de Manchester, Leeds y Birmingham, a las montañas de Sajonia y de Silesia o a las planicies de Westfalia, por todas partes encontramos la misma miseria y la mis.ma sorda desesperación pintada en los ojos de estos hombres, que reclaman en vano sus derechos y su posición dentro de la sociedad civilizada.” (Grandes rumores.)

El orador pasó luego a explicar que, a su juicio, el sistema proteccionista no amparaba en realidad a los trabajadores, pero que tampoco el librecambio —y lo decía clara y llanamente, a pesar de ser librecambista— haría cambiar jamás la deplorable situación de la clase obrera. No compartía en modo alguno las falsas ideas de los partidarios del librecambio con respecto a los beneficios que la implantación de este sistema aportaría a los trabajadores. Por el contrario, el librecambio, es decir, la implantación total de la libre competencia arrastraría a los obreros a una competencia desenfrenada de los unos contra los otros, «obligando al mismo tiempo a los capitalistas a competir todavía más duramente entre sí. La libertad total de la competencia traería consigo inevitablemente un auge enorme en la invención de nuevas máquinas y, como consecuencia de ello, más y más obreros serían arrojados diariamente a la calle. Impulsaría la producción en todos los órdenes y contribuiría con ello precisamente a fomentar en la misma medida la superproducción, el abarrotamiento de los mercados y los estancamientos comerciales. Los librecambistas afirman —dijo el orador— que bajo el sistema de la libertad de comercio se acabaría con estas espantosas conmociones. Pero ocurriría precisamente lo contrario de esto, las perturbaciones aumentarían y se multiplicarian más que nunca. Es posible y hasta seguro que el abaratamiento de los medios de sustento beneficiaría en un principio a los obreros, que la baja de los costos de producción determinaría el incremento del consumo y de la demanda de mano de obra, pero estos beneficios se trocarían enseguida en la miseria, y la competencia desatada en el seno de la clase obrera no tardaría en llevar de nuevo a ésta a su estado anterior de postración y de penuria. Y, después

de exponer estos y otros argumentos (que parecían representar una gran novedad para los reunidos, a juzgar por la atención con que eran escuchados y a pesar de que el reportero del Times trató de darles de lado despectivamente con la cínica frase de “¡Bah! ¡Son los tópicos del cartismo!”), el señor Weerth terminó su discurso así:

“Y no vayais a pensar, señores, que esto que digo son simplemente ideas personales mías; no, son también las ideas de los trabajadores ingleses, de una clase a la que yo apoyo y respeto, porque se trata en realidad de hombres inteligentes y enérgicos. (Aplausos “corteses”.) Os lo demostraré con algunos ejemplos. Seis años se pasaron los señores de la Ledgue a quienes aquí hemos escuchado cortejando en vano a la clase obrera, para obtener su apoyo. Los trabajadores jamás olvidaron que los capitalistas son sus enemigos naturales, Recordaron los trastornos provocados por la Liga en 1842 242 y la resistencia opuesta por los fabricantes a la Ley sobre la jornada de trabajo de Diez horas. Solamente hacia el final del año 1845 accedieron los cartistas, la élite de la clase obrera, a sellar una alianza temporal con la Liga para dar la batalla al enemigo común, que era la nobleza de la tierra. Pero este acuerdo fue sólo por breve tiempo y sin que se dejasen engañar jamás por las turbias promesas de los Cobden, los Bright y Cía., ni concibieran esperanzas de que los burgueses llegaran a suministrarles nunca pan barato, trabajo abundante y salarios altos. No; ni por un momento dejaron de cifrar toda su confianza exclusivamente en sus propias fuerzas y en la creación de su propio partido, dirigido por destacados jefes como el infatigable. Duncombe y Feargus O'Connor, quienes, a pesar de todas las calumnias de que se les hizo objeto” (y, al decir esto, el señor Weerth miró-al Dr. Bowring, quien no pudo reprimir un movimiento convulsivo), “se sentaron junto a ustedes en el mismo banco de la Cámara de los Comunes. Pues bien, en nombre de estos millones de hombres, quienes no creen que el librecambio vaya a hacer milagros por ellos, os invito a que penséis*en otros medios, si realmente aspiráis a mejorar la situación de los trabajadores. Y os insto, señores, a que lo hagáis en vuestro propio interés. Ya no tenéis por qué temer al zar de todas las Rusias o a la invasión de los cosacos, pero, si no andáis con cuidado, deberéis temer a una insurrección de vuestros propios obreros, quienés os tratarían bastante peór que todos los cosacos del mundo. Los obreros, señores, ya no quieren de vosotros solamente palabras, quieren hechos, y no tenéis razones para asombraros de que'así sea. Los obreros se acuerdan muy bien de los años 1830 y 1831, cuando en Londres arrancaron para vosotros la- victoria de la Ley de reformas y lucharon por vosotros en las calles de París y Brusclas,243 recuerdan cómo en aquellos días los cortejábais, estrechábais sus manos y los ensalzábais en todos los tonos y cómo, algunos años más tarde, cuando pedían pan, los recibisteis con descargas de fusilería y cargas de. bayoneta (Gritos de “¡No es cierto!”, a los que el orador replica “¡Sí, lo es, acordaos de Buzangais y Lyon!”) .24* Por eso os repito: poned en práctica vuestro librecambio, está bien, pero pensad al mismo tiempo en otras medidas a favor de las clases trabajadoras, o algún día tendréis que arrepentiros.” (Grandes aplausos.)

Cuando el señor Weerth terminó de hablar, se levantó el Dr. Bow. ring para replicarle:

“Debo comunicar a ustedes —comenzó diciendo—- que el honorable miem.

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bro que me ha precedido en el uso de la palabra no ha sido elegido por los trabajadores ingleses para representarlos en este Congreso. El pueblo inglés en su totalidad nos ha designado a nosotros para hacer oír aquí su voz, razón por la cual reivindicamos el derecho a ser considerados .como sus verdaderos representantes.”

Después de lo cual pasó a enumerar los beneficios del librecambio, que durante el año anterior se manifestaron en Inglaterra, según. él, en un aumento de la importación de productos alimenticios, después de implementadas las tarifas aduaneras. Tantos más cuantos huevos, tantos más cuantos quintales de mantequilla, queso, jamones, grasa, tantas más cuantas cabezas de ganado, etc., etc. Pues bien, ¿quién pudo comer todos estos alimentos si no los obreros de Inglaterra? Se olvidó de decir, claro está, qué cantidades de los mismos artículos dejaron de producirse en el país, al implantarse la competencia extranjera. Dio por supuesto que el aumento de las importaciones constituye una prueba decisiva en pro del aumento del consumo. No se cuidó de decir de dónde van a sacar el dinero para pagar el aumento del consumo y los beneficios del librecambio los obreros de Manchester, Bradford y Leeds que hoy se hallan en la calle, sin poder trabajar, ya que hasta ahora nadie nos ha hablado de patronos que les regalen huevos, mantequilla, queso, jamones y carne como premio por estar parados. No dijo ni una palabra de la mala situación actual del comercio, que todos los periódicos pintan como desastrosa. Parecía ignorar que todas las previsiones de los librecambistas desde la implantación de sus medidas se han revelado en la realidad totalmente fallidas. Y no tuvo ni una palabra de simpatía para los sufrimientos de los obreros, sino que, lejos de ello, pintó la sombría situa. ción por la que actualmente atraviesan como la más hermosa, dichosa y agradable que imaginarse pueda. :

Los obreros ingleses pueden ahora elegir entre sus dos representantes en el Congreso. Desfilaron luego toda una serie de oradores, que hablaron de los más diversos temas menos del que estaba puesto a debate. El señor M'Adam, miembro del parlamento por Belfast (?), urdió un interminable discurso sobre la industria textil del lino en Irlanda y abrumó a la concurrencia con estadísticas. El señor Ackersdijk, profesor holandés, disertó acerca de la antigua y la nueva Holanda y de las universi. dades de Lieja, Walpole y Dewit. El señor de Casteele discurrió sobre Francia, Bélgica y el gobierno; el señor Asher, de Berlín, nos habló del patriotismo alemán y en torno a un nuevo tema, al que llamó producto espiritual, y el señor Den Tex, de Holanda, se extendió acerca de Dios sabe qué. "Al final, cuando ya el auditorio estaba medio dormido, lo sacó de su sopor el señor Wolowski, volviendo al tema crucial para replicar al señor Weerth. Su discurso, como los de todos los franceses, vino a demostrar cuánto temen los capitalistas franceses que las profecías del señor Weerth se cumplan. Hablan de los sufrimientos de la clase obrera con una simpatía tan engañosa, tan farisaica y tan plañidera, que casi se dejaría uno seducir si sus orondos vientres, el profundo

sello de la hipocresía impreso en sus caras, las lamentables recetas que ofrecen y el ostensible contraste que se manifiesta entre sus palabras y sus hechos no se encargaran de desmentirlos clamorosamente, Hasta ahora, no han logrado engañar a un solo obrero. Se levantó luego el duque de Harcourt, que es un Par de Francia, y también reclamó para los capitalistas, diputados y otros elementos franceses presentes en el Congreso el derecho de hablar en nombre de los obreros de su país. El mismo derecho con que el Dr. Bowring habla en nombre de los cartistas ingleses. Enseguida, subió a la tribuna el señor James Wilson, quien con el mayor desenfado y en el tono adormilado de un cuáquero de Filadelfia, se puso a repetir las más trilladas frases de los oradores de la Liga.

Como ustedes ven, la discusión no ha podido ser más instructiva. Estaba también inscrito para hablar el Dr, Marx, de Bruselas, a quien ustedes conocen como el representante incomparablemente más talen. toso de la democracia alemana. El Dr. Marx había preparado un discurso, que, de haber podido pronunciarse, no habría permitido a los “señores” del Congreso poner el asunto a votación. Pero las palabras de Weert habían puesto en guardia a los congresistas. Estaban firmemente deci. didos a no dejar hablar ya a nadie de cuyas opiniones ortodoxas no estuvieran totalmente seguros. En vista de ello, los señores Wolowski, Wilson y los demás honorables compadres se las arreglaron para consu. mir el tiempo con sus charlatanerías, y cuando dieron las cuatro de la tarde y aún había seis o siete señores con la palabra pedida, el presidente cortó bruscamente la discusión y toda aquella asamblea de necios, tontos y granujas llamada Congreso económico procedió a votar unánimemente la resolución propuesta con un solo voto en contra (el de aquel pobre irlandés de origen alemán, el proteccionista a que nos hemos referido) —los demócratas se abstuvieron todos ellos de votar—, decidiendo que el librecambio es extraordinariamente beneficioso para la clase obrera y la panacea que la librará de su miseria y su penuria.

Como quiera, el discurso del señor Marx, aunque no llegara a pronunciarse, es el mejor de todos y constituye la más convincente refutación que puede ofrecerse a esta desvergonzada mentira, y como su contenido, a pesar de los muchos cientos de páginas escritas en pro y en contra de estas posiciones, sigue siendo completamente nuevo para Inglaterra, ofrezco a ustedes a continuación algunos extractos de él.

Discurso del Dr. Marx sobre los aranceles protectores, el librecambio y la clase obrera

Hay dos escuelas de proteccionistas. La primera es la que representa en Alemania el Dr. List, quien no se propone ni por asomo proteger el trabajo manual; muy por el contrario, los representantes de esta escuela propugnan los aranceles protectores para destruir el trabajo manual bajo el peso de la maquinaria, para desalojar la manufactura patriarcal por la moderna manufactura. Se han propuesto siempre preparar la domina-

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ción de las clases poseedoras (de la burguesía), y muy especialmente la de los grandes capitalistas industriales. Presentan abiertamente la ruina de los pequeños fabricantes, de los pequeños artesanos y los pequeños campesinos como un hecho doloroso, pero al mismo tiempo inevitable. >

La segunda escuela de los proteccionistas no se contenta con exigir un sistema de protección arancelaria, sino que aboga por un sistema prohibitivo absoluto. Propone proteger al trabajo manual tanto contra la penetración de las máquinas como contra la competencia extranjera. Pide, además, que se proteja mediante elevados aranceles, no sólo la industria nacional, sino también la agricultura interior y la producción de materias primas. ¿Y a dónde conduce a la postre esta escuela? A prohibir, no sólo la importación de productos extranjeros manufactura. dos, sino también el progreso. de la misma industria nacional.

Por donde el sistema proteccionista en su conjunto cae inevitablemente en las tenazas del siguiente dilema: o prohibir el progreso :de la industria nacional, sacrificando con ello el: trabajo manual, o proteger el trabajo manual a costa del sacrificio de la industria nacional,

Los proteccionistas de la primera escuela, quienes consideran incontenible el progreso de la maquinaria, la división del trabajo y la competencia, dicen a los obreros: “Si tenéis que dejaros estrujar, más vale que os estrujen vuestros connacionales que los extranjeros”. ¿Se resignará para siempre a esto la clase obrera? Yo creo que no. Quienes producen todo el bienestar y el lujo de los ricos no se darán por satisfechos con tan pobre consuelo. Exigirán un bienestar material mayor por sus productos materiales. A

Pero los proteccionistas dicen: “Después de todo, nosotros mantenemos en pie, por lo menos, al actual estado de cosas de la sociedad. Bien o mal, aseguramos a-los obreros el trabajo de sus brazos e impedimos que la competencia extranjera los arroje a la calle”. Puede que sea así. Ya por este solo hecho demuestran los proteccionistas su incapacidad para lograr algo mejor que el simple mantenimiento del status quo. Pero la clase obrera, por su parte, no aspira precisamente a perpetuar el or. den actual, sino a transformarlo en algo mejor.

Un último subterfugio le queda todavía al proteccionista. El de decir que:él no se opone, ni mucho menos, a una reforma social dentro del país, pero que lo primero que hay que hacer para asegurar el éxito es descartar todo peligro nacido de la competencia extranjera. “Mi sis. tema —viene a decir— no es un sistema de reformas sociales, pero si hemos de reformar la sociedad, ¿no deberemos proceder comenzando por muestro propio país, antes de hablar de reformas en muestras rela. ciones con otros países?”

El razonamiento es en verdad evidente, pero bajo esta conclusión en apariencia tan plausible se oculta una contradicción extraordinariamente extraña. Mientras que el sistema proteccionista pone en manos del capital de un país las armas necesarias para luchar contra el de los países extranjeros, mientras fortalece al capital frente a los de fuera, cree

que este capital, así armado y robustecido, se tornará en débil y transigente frente a la propia clase obrera. Esto valdría tanto como apelar a la caridad del capital, como si el capital en cuanto tal pudiera ser nunca caritativo, Pero las reformas sociales no se logran nunca por la debilidad de los fuertes, sino. que son siempre el fruto de la fuerza de los débiles. o :

Por lo demás, no hay para qué detenerse en este punto. Desde el momento en que los. proteccionistas reconocen que las reformas sociales no entran necesariamente dentro de la competencia de su sistema ni son parte de éste, sino que constituyen una cuestión completamente aparte, desde este momento, se cae por su pie el problema planteado. Podemos, por tanto, dejarlo a un lado y pasar a estudiar las consecuen. cias que el librecambio tiene para la situación de la clase obrera.

El problema de la influencia que la libertad total de comercio ejerce sobre la situación de la clase obrera es muy fácil de resolver. No es, en realidad, tal problema. Si algo está claro en economía es la suerte que a la clase obrera le aguarda bajo el régimen del librecambio. Todas las leyes relativas a esto que aparecen expuestas en las obras clásicas de los economistas sólo actúan realmente bajo el supuesto de que el comercio se vea libre de toda clase de trabas, de que la competencia funcione con absoluta libertad, no sólo en un país, sino en toda la tierra. Estas leyes, descubiertas por A. Smith, Say y Ricardo —las leyes que determi. nan la producción y distribución de la riqueza— se vuelven más exactas y precisas y dejan de ser meras abstracciones a medida que se impone el librecambio, También los maestros de la ciencia nos dicen a Cada paso, cuando tratan de un tema económico, que sus conclusiones descansan, todas y cada una de ellas, sobre el supuesto de que el comercio se halle - libre de todas las trabas hasta ahora existentes. Y, cuando emplean este método, les asiste toda la razón, pues no crean ninguna clase de abstracciones caprichosas, sino que se limitan a descartar de su pensamiento una serie de circunstancias puramente 'fortuitas.

Podemos, pues, afirmar fundadamente que los economistas —Ricardo y otros— saben más de la sociedad que será que de la que actual. mente es. Saben más acerca del futuro que del presente. Quien quiera leer en el libro del futuro, abra las páginas de Smith, Say o Ricardo. En ellas encontrará descrita con la: mayor claridad apetecible la situación que le está reservada a la clase obrera bajo el régimen del librecambio, cuando éste se desarrolle en toda su plenitud.

“Tomemos por ejemplo 'una autoridad como Ricardo, una autoridad insuperable. ¿Cuál es, económicamente hablando, el precio natural, normal, del trabajo de un obrero? Ricardo contesta: “El salario reducido al mínimo, a su límite más bajo”. El trabajo 173 es una mercancía igual que otra cualquiera. Ahora bien, el precio de una mercancía se deter. mina por el tiempo de trabajo necesario para su producción. ¿Y qué se necesita para producir la mercancía trabajo? Exactamente lo necesario para producir la suma de las mercancías indispensables para el mantenimiento del obrero y para la reposición del consumo de sus energías,

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para que pueda seguir viviendo y perpetuar de un modo o de otro su raza.

Pero no por ello debemos creer que el obrero no puede elevarse nunca por encima de este límite mínimo o verse reducido por debajo de él. En modo alguno; con arreglo a esta ley, podrá la clase obrera, temporal. mente, vivir mejor. Podrá disfrutar temporalmente de algo más que el mínimo de existencia, pero esta diferencia en más sólo servirá para compensar lo que en otros periodos —en los periodos de estancamiento industrial — perciba de menos, por debajo de aquel minimum.

Lo que quiere decir que durante cierto lapso, que se presenta siempre periódicamente, aquellos en que la economía recorre el ciclo de prosperidad, superproducción, estancamiento y crisis —+tomando como promedio lo que el obrero percibe de más o de menos sobre el mínimo de existencia—, se pone de manifiesto que el obrero, en conjunto, no petcibe ni más ni menos que dicho minimum; o, dicho en otras palabras, que la clase.obrera se sostendrá siempre en medio de una gran miseria y de grandes sufrimientos y después de haber dejado muchos cadáveres sobre el campo de batalla de la industria.

Pero, ¿qué importa esto?"Lo importante es que la clase obrera exista, y no sólo existe, sino que crece y se extiende. Y esta ley, según la cual es el salario mínimo el que constituye el precio natural de la mercancía trabajo, se impondrá a medida que se cumpla la predicción ricardiana de que el librecambio llegue a ser una realidad.

Aceptamos todo lo que se ha dicho acerca de los beneficios del librecambio. Se incrementarán las fuerzas productivas, desaparecerán los impuestos que han traido al país los aranceles protectores y todas las mercancías se venderán a un precio más bajo. Pero, ¿qué nos dice, una vez más, Ricardo? Que “el trabajo, una mercancía igual que otra cualquiera, se venderá también a bajo precio”, que se la podrá obtener por poco dinero, ni más ni menos que la pimienta o la sal. Y así como todas las demás leyes de la Economía política verán acentuada su verdad al reali. zarse el libre cambio, la ley de la población proclamada por Malthus llegará a realizarse bajo el régimen del librecambio en las proporciones más grandiosas que pueda apetecerse.

Así, pues, habrá que optar por una de dos cosas: O rechazar toda la Economía política, tal como actualmente existe, o admitir que, bajo el régimen de la libertad comercial, todo el peso de las leyes de la Economía política se descargue sobre la clase obrera. ¿Quiere esto decir que nosotros estemos en contra del. librecambio? No; el librecambio nos parece bien, porque hará que todas las leyes económicas, con sus clamorosas contradicciones, se desplieguen en mayor medida y en mayor ex. tensión por toda la tierra, y porque todos estos puntos contradictorios, aglutinados en un haz de contradicciones que se enfrentarán directamente las unas a las otras, harán estallar la lucha que conducirá a la emancipación del proletariado,