El manifiesto del señor de Lamartine

[Friedrich Engels]

Escrito a principios de noviembre de 1847.

Del inglés.

["The Northern Star" núm. 525 del 13 de noviembre de 1847]

Este singular elaborado fue publicado recientemente por ustedes. Consta de dos partes estrictamente separadas: las medidas *políticas* y las medidas *sociales*. Ahora bien, todas las medidas políticas, casi sin modificación alguna, están tomadas de la Constitución de 1791; es decir, representan el retorno a las reivindicaciones de la burguesía al comienzo de la Revolución. En aquella época, toda la burguesía, incluidos incluso los pequeños comerciantes, estaba pertrechada con el poder político, mientras que en la actualidad solo participan en él los grandes capitalistas. ¿Cuál es, pues, el sentido de las medidas políticas propuestas por el señor de Lamartine? Poner el poder gubernamental en manos de las capas inferiores de la burguesía, pero bajo la apariencia de entregarlo a todo el pueblo (tal es, y no otro, el sentido de su sufragio universal con su sistema electoral de doble grado). ¿Y sus medidas *sociales*? Pues bien, son o bien medidas que presuponen que una revolución triunfante ha llevado ya el poder político al pueblo —como, por ejemplo, la instrucción escolar gratuita para todos—, o bien puras medidas de beneficencia, es decir, medidas para mantener reprimida la fuerza revolucionaria de los proletarios, o meras palabras altisonantes sin significado práctico alguno, tales como la extirpación de la mendicidad por decreto ministerial, la supresión legal de la miseria pública, un ministerio para el bienestar del pueblo, etc. Por consiguiente, o son completamente inútiles para el pueblo, o están destinadas a otorgarle solo tantas ventajas como sean necesarias para asegurar cierta tranquilidad pública; o son meras promesas vacías que nadie puede cumplir y, en estos dos últimos casos, son peores que inútiles. En resumen, el señor de Lamartine se revela, tanto desde el punto de vista social como político, como

fiel representante del pequeño comerciante, de las capas inferiores de la burguesía, y comparte también la ilusión propia de esta clase: la de representar a los trabajadores. Por último, es también lo bastante cándido como para dirigirse al gobierno exigiéndole apoyo para sus medidas. Ahora bien, el actual gobierno de los grandes capitalistas hará cualquier cosa, menos eso. Por eso "La Réforme" está en lo absolutamente cierto cuando, aunque con gran benevolencia y reconociendo sus buenas intenciones, ataca la viabilidad práctica tanto de las medidas como de su manera de imponerlas.

"Ciertamente", dice "La Réforme", "son palabras espléndidas que revelan un gran corazón y un espíritu que simpatiza con la causa del derecho. Un corazón fraternalmente compasivo late de manera inconfundible tras sus grandes palabras, y nuestros poetas y filósofos se entusiasmarán con ellas como antaño la Grecia de Pericles se entusiasmó con la teoría de las ideas de Platón. Pero ahora no tenemos que habérnoslas con Pericles; vivimos bajo el dominio de los señores Rothschild, Fulchiron y Duchâtel, es decir, bajo la triple encarnación del dinero, el miedo insensato y la policía; nos gobiernan las ganancias, los privilegios y la gendarmería. ¿Cree realmente el señor de Lamartine que la liga de los intereses firmemente atrincherados, la liga especial <Sonderbund: en "The Northern Star" en alemán (alusión a la reaccionaria Liga Especial suiza)> de los táleros, los cargos y el monopolio, cederá y depondrá las armas solo ante su llamamiento a la soberanía nacional y a la fraternidad social? Para bien o para mal, todas las cosas en este mundo están relacionadas entre sí; una condiciona la otra, nada está aislado, y esta es la razón por la que el generosísimo programa del diputado de Mâcon <Lamartine> pasará como los perfumados céfiros del verano, se extinguirá como vacíos sones de trompeta, mientras lleve el estigma de todos los monopolios: la violación feudal del derecho y la igualdad. La liga de las clases privilegiadas está ahora mismo más estrechamente unida que nunca, precisamente porque el sistema de gobierno es presa de un miedo convulsivo.

En cuanto a las instituciones que propone, serán llamadas por los círculos oficiales del país y sus dirigentes los bombones de la filosofía; los señores Duchâtel y Guizot se burlarán de ellas, y si el diputado de Mâcon no busca en otra parte armas y soldados para defender sus ideas, pasará toda su vida pronunciando bellas palabras sin que se registre ningún progreso. Y si en lugar de dirigirse al gobierno se dirige a la masa, le decimos que sigue un camino falso, que con su sistema electoral de grados, su impuesto de pobres y su bienestar filantrópico no podrá ganar ni a la revolución, ni a los hombres pensantes, ni al pueblo. En realidad, los principios de la regeneración social y política fueron descubiertos hace ya cincuenta años. El sufragio universal, la elección directa, la remuneración de los diputados: estas son las condiciones esenciales de la soberanía política.

Igualdad, libertad, fraternidad: estos son los principios que deben regir todas las instituciones sociales. Ahora bien, el impuesto de pobres es todo lo contrario de una institución fundada en la fraternidad; es, por el contrario, una negación insolente y muy poco sólida de la igualdad. Lo que necesitamos no es un remedio de emergencia de la burguesía inglesa, concebido para un fin determinado, sino un sistema económico-social radicalmente nuevo, para realizar el derecho y satisfacer las necesidades de todos."

Algunos días después apareció el segundo manifiesto del señor de Lamartine sobre la política exterior de Francia. En él afirma que el sistema de paz seguido por el gobierno francés después de 1830 fue el único modo de proceder adecuado. Con frases ampulosas encubre la vergonzosa manera en que el gobierno francés primero azuzó a Italia y otros países a la rebelión y luego los abandonó a su suerte. He aquí la enérgica respuesta de "La Réforme" a su manifiesto insulso y sin fuerza:

"El señor de Lamartine sacrificó el medio legal y único de nuestra liberación —la santa guerra de los principios— a una teoría de la paz que no es más que debilidad, mentira e incluso alta traición, mientras las relaciones de pueblo a pueblo se basen en la política de los diplomáticos y el egoísmo de los gobiernos. Sin duda, la paz es la última necesidad de la civilización, pero ¿qué significa la paz con Nikolaus de Rusia? ¡El estrangulador de naciones enteras, el verdugo que clava niños en la horca, que libra una guerra mortal incluso contra la esperanza y el recuerdo, que ahoga en sangre y lágrimas a un país grande y magnífico! ¡Por el bien de la humanidad, de la civilización y de la propia Francia, la paz con ese loco Jack Ketch <verdugo inglés de la época de Jacobo II> significa cobardía; por el bien de la justicia, del derecho y de la revolución, significa un crimen! ¿Qué es, pues, la paz con Metternich, que paga cuadrillas enteras de asesinos a sueldo, que, en beneficio de epilépticos coronados, despoja de su libertad a naciones enteras? ¿Qué significa la paz con todos esos pequeños Césares de Europa, los libertinos venidos a menos, los bribones hipócritas que hoy gobiernan para los jesuitas y mañana para una cortesana? ¿Qué significa la paz con el aristocrático gobierno inglés, acaparador de dinero, que tiraniza los mares, que ahoga la libertad en Portugal, que exprime dinero hasta de los harapos de su pueblo? La paz con estos judíos, estos mercaderes de veneno, lo repetimos, es para un país que se halla en revolución cobardía, vergüenza, crimen, deserción moral y bancarrota total no solo de la causa, sino también del derecho y del honor."

Los demás periódicos parisinos han manifestado igualmente su desaprobación del programa del señor de Lamartine en diversos puntos. Él, mientras tanto, continúa exponiendo sus principios en su periódico, el "Bien Public" de Mâcon. Dentro de pocos meses estaremos en condiciones de juzgar el efecto que su nuevo paso tendrá en la Cámara de Diputados.