El programa agrario de los cartistas

[Friedrich Engels]

[El programa agrario de los cartistas]

Escrito el 30 de octubre de 1847.
[«La Réforme» del 1 de noviembre de 1847]

Hace aproximadamente dos años los obreros cartistas fundaron una cooperativa cuyo fin es comprar parcelas de tierra para luego distribuirlas entre los miembros en forma de pequeños arriendos. Se espera con ello reducir la competencia, cada vez más desenfrenada, entre los obreros fabriles, retirando del mercado de trabajo a una parte de estos obreros para formar con ellos una clase completamente nueva, democrática por su propia naturaleza, de pequeños campesinos. Este proyecto, cuyo autor no es otro que el propio Feargus O'Connor, ha encontrado tal acogida que la
Sociedad de la Tierra de los cartistas
cuenta ya con doscientos o trescientos mil miembros, dispone de un fondo social de 60.000 libras esterlinas (un millón y medio de francos) y sus ingresos semanales, anunciados en el
«Northern Star»
, superan las 2.500 libras esterlinas. Por último, la sociedad, sobre la cual les daré más adelante un informe más detallado, ha adquirido tales dimensiones que ya empieza a inquietar a la aristocracia terrateniente. Resulta evidente que, si este movimiento continúa extendiéndose con la misma intensidad que hasta ahora, terminará por transformarse en una agitación nacional en pro de la toma de posesión de la tierra por el pueblo.

Tampoco la burguesía halla del gusto de sus ojos a esta sociedad; ve en ella una palanca en manos del pueblo que le permitirá emanciparse sin tener que recurrir a la ayuda de las clases medias. Precisamente la pequeña burguesía más o menos liberal mira con malos ojos a la Sociedad de la Tierra, al darse cuenta de que los cartistas son ya mucho más independientes de su apoyo que antes de la fundación de la cooperativa. Los mismos radicales que no aciertan a explicarse por qué el pueblo les testimonia tanta indiferencia —a saber, como consecuencia inevitable de su propia tibieza— atacan, además, incesante e infatigablemente a O'Connor, al que presentan como el único obstáculo que se opone a la unión de los partidos cartista y radicales. Con que la formación de la Sociedad de la Tierra fuese obra de O'Connor bastó, pues, para atraer sobre ella todo el odio de los burgueses más o menos radicales. En un principio no hicieron caso de ella; cuando la conspiración del silencio dejó de ser sostenible, se esforzaron encarnizadamente por demostrar que la sociedad estaba organizada de tal manera que habría de acabar infaliblemente en la más escandalosa bancarrota; y como ni este recurso dio resultado y la sociedad siguió prosperando, volvieron finalmente a la táctica que llevaban diez años empleando contra O'Connor sin tregua y siempre sin el menor éxito: se dedicaron a desacreditar su carácter, a poner en duda su desinterés, a disputarle el derecho que él reivindicaba de llamarse el defensor insobornable y gratuito de los obreros. Así que, cuando O'Connor publicó hace algún tiempo su informe anual de gestión, los seis periódicos más o menos radicales —
«Weekly Dispatch»
,
«Globe»
,
«Nonconformist»
,
«Manchester Examiner»
,
«Lloyd's Weekly Newspaper»
y
«Nottingham Mercury»
—, al parecer de común acuerdo, se dispusieron a combatirlo. Acusaron a O'Connor de los más desvergonzados robos y malversaciones, que pretendían probar o hacer verosímiles mediante las propias cifras del informe de gestión. Pero, lejos de darse por satisfechos con eso, hurgaron en la vida del célebre agitador: un cúmulo de acusaciones, cada vez más graves, se amontonó sobre él, y sus adversarios bien podían creer que acabaría aplastado por semejante montaña.

Pero O'Connor, que desde hacía diez años combatía sin tregua contra la llamada prensa radical, no vaciló bajo el peso de tales calumnias. Publicó en el
«Northern Star»
del 23 de este mes una respuesta a los seis periódicos. Esta respuesta, una obra maestra de la polémica que recuerda a los mejores escritos de combate de
William Cobbett
, refuta una por una las acusaciones, pasa luego a la ofensiva y lanza ataques sumamente peligrosos, henchidos de orgulloso desprecio, contra los seis redactores. Esta respuesta ha bastado para justificar a O'Connor a los ojos del pueblo. El
«Northern Star»
del 30 de este mes publica las votaciones que, en más de cincuenta localidades, han confirmado en asambleas públicas de los cartistas la confianza ilimitada en O'Connor. Pero O'Connor quiso dar a sus adversarios la ocasión de atacarlo ante el pueblo reunido. Los desafió a sostener sus acusaciones en asamblea pública en Manchester y en Nottingham. Ninguno de ellos hizo acto de presencia. En Manchester, O'Connor habló durante cuatro horas ante más de diez mil personas, que lo abrumaron con atronadores aplausos y le confirmaron por unanimidad la confianza que en él depositan. La multitud era tan inmensa que, fuera del gran mitin en el que O'Connor se defendió personalmente, hubo de celebrarse otra asamblea al aire libre, en la que varios oradores hablaron a los diez o quince mil hombres que ya no pudieron encontrar cabida en la sala. Al final de los mítines, O'Connor declaró que estaba dispuesto a recoger en el acto las suscripciones y cotizaciones de los miembros de la Sociedad de la Tierra. La suma ingresada aquella misma noche por mediación de su persona ascendió a más de 1.000 libras esterlinas (25.000 francos).

En Nottingham, O'Connor convocó al día siguiente una de las mayores asambleas que jamás se habían celebrado allí; su discurso despertó el mismo entusiasmo entre las masas populares.

Por lo menos por centésima vez triunfó O'Connor de manera tan brillante sobre las calumnias de la prensa burguesa. Inquebrantable en medio de todos esos ataques, el incansable patriota prosigue su obra, y la unánime confianza del pueblo inglés es la mejor prueba de su valor, de su energía y de su incorruptibilidad.