Agitación cartista

[Friedrich Engels]

Agitación cartista

Escrito a fines de diciembre de 1847.

Del francés.

[*La Réforme* del 30 de diciembre de 1847]

Desde la apertura del Parlamento, la agitación cartista se ha desarrollado de manera extraordinariamente intensa. Se preparan peticiones, se celebran meetings, los hombres de confianza del partido recorren el país en todas direcciones. Además de la gran petición nacional en favor de la Carta del Pueblo, que, según se espera, será presentada esta vez con cuatro millones de firmas reunidas, se han sometido al pueblo para su aprobación otras dos peticiones — para la Sociedad Cartista de la Tierra. La primera, redactada por O’Connor y publicada esta semana en el *Northern Star*, se puede resumir como sigue:

«A los honorables Comunes de Gran Bretaña e Irlanda reunidos en Parlamento:

Señores:

Nosotros, los abajo firmantes, miembros de la Sociedad Cartista de la Tierra y trabajadores de nuestra condición,

considerando:

que la especulación excesiva con los productos de nuestro trabajo, la competencia sin trabas y el constante aumento de los medios mecánicos de producción han cerrado por doquier los mercados para nuestro trabajo;

que a medida que aumentan los medios mecánicos de producción, disminuye el trabajo manual y los obreros pierden su trabajo;

que su reciente decisión sobre la suspensión provisional de las obras ferroviarias dejará sin trabajo a miles de obreros, recargará gravemente el mercado de trabajo y dará así a los fabricantes la posibilidad de reducir de nuevo los salarios, ya tantas veces recortados;

que nosotros únicamente reclamamos poder vivir de los productos de nuestro trabajo;

que rechazamos todo impuesto de pobres como un insulto y como un medio que solo sirve para mantener a los capitalistas una reserva que pueden arrojar en cualquier momento

al mercado de trabajo para bajar los salarios mediante la competencia entre los propios obreros;

que, si la industria no está ya en condiciones de ocupar a las masas de proletarios que ella misma ha creado, la agricultura ofrece todavía un vasto campo a nuestro trabajo — pues está demostrado que el rendimiento de la tierra de nuestro país puede aumentarse por lo menos al cuádruple mediante la aplicación de trabajo;

hemos fundado en consecuencia una sociedad para la compra de tierras, en las que cada uno de nosotros pueda vivir con su familia del producto de su trabajo, sin ser una carga para la comunidad ni para la caridad de particulares y sin rebajar con su competencia los salarios de los demás obreros.

Por consiguiente, les rogamos, estimados señores, que se sirvan dictar una ley que exima y libere a la
Sociedad de la Tierra
del pago de los derechos de timbre, así como del arbitrio sobre ladrillos, madera de construcción y otros materiales, y les pedimos que aprueben el
proyecto de ley
que se les presentará con este fin.»

Este proyecto de ley está siendo elaborado también por Feargus O’Connor; en breve lo presentará al Parlamento.

La segunda petición reclama que la tierra baldía, que actualmente es propiedad de los municipios, sea devuelta al pueblo. Estos terrenos, que desde hace 30 años se venden en bloque a los grandes terratenientes, deben, según la demanda de la petición, dividirse en parcelas para ser arrendadas o vendidas con facilidades de pago a los obreros avecindados en el lugar. Esta petición fue aprobada en un gran mitin en Londres, donde fue defendida por los redactores del *Northern Star*, Harney y Jones, en ausencia de O’Connor, que tenía asuntos en el Parlamento. Acaba de ser aprobada igualmente en un gran mitin en Norwich, donde el señor Jones, uno de los mejores oradores de Inglaterra, le otorgó una vez más el apoyo de su brillante e irresistible elocuencia.

Finalmente, en un multitudinario mitin celebrado en Londres, se ha aprobado la Petición Nacional. Los principales oradores de esta asamblea fueron los señores Keen, Schapper (Alemania) y Harney. En especial, las intervenciones de este último se distinguieron por la fuerza de su convicción democrática:

«Todo nuestro sistema social y político —dijo— no es más que una monstruosa estructura de mentira y fraude en beneficio de holgazanes y estafadores descarados.

Mirad a la Iglesia: los arzobispos y obispos se embolsan sueldos enormes, mientras que a los párrocos, que se afanan en la labor espiritual, les dejan solo unas pocas libras al año. Bajo el nombre de diezmo eclesiástico se sustraen al pueblo varios millones. Este diezmo estaba destinado originalmente, en gran parte, al

sostenimiento de las iglesias y de los pobres; ahora hay para ello impuestos especiales, y la Iglesia se guarda íntegro el importe del diezmo. Yo os pregunto: ¿no es esta Iglesia un fraude organizado? (Aplausos.)

Mirad nuestra Cámara de los Comunes. No representa al pueblo, sino a la aristocracia y a la burguesía, y condena a seis séptimas partes de los habitantes varones adultos del país a la esclavitud política, al negarles el derecho de voto. ¿No es esta cámara un fraude legalizado? (Atronadores aplausos.)

Mirad a esos venerables lores que, sin consideración al grito de necesidad de todo un país, se reúnen noche tras noche para esperar con toda tranquilidad el proyecto de coerción que ha de enviarles la Cámara de los Comunes. ¿Hay uno solo entre vosotros que quiera exponerme la utilidad de semejante institución para incurables, uno solo que se atreva a defender ese fraude sancionado por la herencia? (Aplausos.)

Naturalmente, el respeto a la monarquía, esa gloriosa pieza probatoria de la sabiduría de nuestros padres, me prohíbe hablar de esa interesante reina Victoria en otros términos que no sean los de la mayor lealtad; ella que, cada año, vuelve a darnos un discurso de la Corona y un bebé real. (Risas.) Acabamos de recibir el discurso, y, según los periódicos, el bebé nos lo regalarán en marzo. Su muy graciosa Majestad manifiesta un gran interés por los sufrimientos de su pueblo, abriga admiración por su paciencia y le promete un nuevo hijo. ¡Y en este único punto, por desgracia, cumple lo que promete! (Carcajadas.) Y luego tenemos al príncipe Alberto, que inventa sombreros, que engorda cerdos, que es además un eminente mariscal de campo y que, por todas sus hazañas, se hace pagar a razón de treinta mil libras al año. ¡Oh no, queridos conciudadanos, no, la monarquía no es un fraude!» (Risas y aplausos.)

Después de contraponer a este cuadro de la alta sociedad el cuadro de los sufrimientos del pueblo, el orador terminó exhortando a aprobar la petición nacional en favor de la Carta. La petición fue aprobada por unanimidad. El señor Duncombe la presentará a la Cámara de los Comunes en cuanto haya recorrido el país. Les enviaré una traducción tan pronto como obtenga una copia.