Banquete cartista para celebrar las elecciones de 1847

[Friedrich Engels]

[El banquete de los cartistas para celebrar las elecciones de 1847]

Escrito el 1 de noviembre de 1847

Del francés.

[«La Réforme» del 6 de noviembre de 1847]

Anteayer me había esforzado en una carta por defender a los cartistas y a su líder Feargus O'Connor contra los ataques de los periódicos de la burguesía radical. Hoy puedo comunicarle, para mi gran satisfacción, un suceso que confirma lo que he afirmado sobre el espíritu de ambos partidos. Juzgará usted entonces por sí mismo a quién debe el movimiento democrático de Francia conservar sus simpatías: ¿a los cartistas, es decir, a demócratas sinceros y sin doblez, o a los burgueses radicales, que tan cuidadosamente evitan palabras como
Carta del Pueblo
o
sufragio universal
y se limitan a proclamar su fe en el
sufragio pleno
.

El mes pasado tuvo lugar en Londres un banquete para celebrar el triunfo de las convicciones democráticas en las últimas elecciones. Se invitó a dieciocho diputados radicales, pero como la iniciativa del banquete había partido de los cartistas, todos estos señores se abstuvieron de asistir, con excepción de O'Connor. Se ve, pues, que los radicales muestran una conducta que permite muy bien deducir cuán fieles seguirán siendo a sus recientes promesas electorales.

Se prescindió de ellos, y tanto más cuanto que nos habían asignado a un representante tan honorable como el Dr. Epps, tímido, reformador de pequeñeces; un espíritu conciliador con todo el mundo, salvo con los defensores activos y enérgicos de nuestras ideas; un filántropo burgués que, según dice, arde en deseos de liberar al pueblo, pero que no quisiera que el pueblo se liberara sin él; un digno partidario, pues, del radicalismo burgués.

El Dr. Epps fue el primero en proponer un brindis por la
soberanía del pueblo,
pero que, a pesar de algunos pasajes un poco más vivos, fue en general tan tibio que la asamblea empezó varias veces a impacientarse.

«No creo —dijo— que la soberanía del pueblo pueda alcanzarse mediante una revolución. Los franceses lucharon durante tres días; su soberanía nacional se la hicieron desaparecer hábilmente ante sus propios ojos. Tampoco creo que pueda alcanzarse mediante grandes discursos. Los que menos hablan, son los que más hacen. No me gustan esos hombres que alborotan mucho; y no son las grandes palabras las que conducen a grandes acciones.»

Estos ataques indirectos contra los cartistas fueron acogidos con numerosas muestras de desaprobación. No podía ser de otro modo, sobre todo cuando el Dr. Epps añadió:

«¡Se ha calumniado a la burguesía ante los obreros; como si no fuera precisamente la burguesía la clase que, por sí sola, puede proporcionar derechos políticos a los obreros! (¡No! ¡no!) ¿No? ¿Acaso no son los burgueses quienes votan? ¿Y no son los electores los únicos que pueden conceder el derecho al sufragio a quienes no lo tienen? ¿Acaso hay entre vosotros alguien que no querría convertirse en burgués, de poder hacerlo? Sí, si los obreros abandonaran las tabernas y el tabaco, entonces les sobraría dinero para apoyar su agitación política, y tendrían así una fuente de energía que contribuiría a su emancipación, etc., etc.»

¡Así son las arengas de quienes rechazan a O'Connor y a los cartistas!

Los oradores que sucedieron al Sr. Epps rechazaron con poderosa energía, entre numerosas manifestaciones de aprobación de los presentes, las extrañas teorías del doctor radical.

El Sr. MacGrath, miembro del comité ejecutivo de la Asociación Cartista, recordó que el pueblo no debe depositar confianza alguna en la burguesía y que ha de conquistar sus derechos por sí mismo: no es digno del pueblo mendigar lo que le pertenece.

El Sr. Jones recordó a los reunidos que la burguesía siempre se ha olvidado del pueblo; y ahora, dijo, cuando la burguesía se da cuenta de que el movimiento democrático avanza, ahora quiere servirse primero de los demócratas para derrocar a la aristocracia terrateniente, para luego aniquilar a los demócratas en cuanto haya alcanzado su objetivo.

El Sr. O'Connor respondió al Sr. Epps con mayor claridad aún y le preguntó quién, si no la burguesía, ha abrumado al país con el peso de una deuda enorme. ¿Quién, si no la burguesía, ha despojado a los obreros de sus derechos políticos y sociales? ¿Quiénes, si no los diecisiete honorables ciudadanos a quienes los demócratas, en hora aciaga, dieron su voto, han rehusado esta noche responder a la invitación del pueblo? ¡No, no, el capital jamás representa al
trabajo! ¡Antes reinará la paz entre el tigre y la oveja que puedan capitalistas y obreros unificarse en sus intereses y sentimientos!

El redactor del
«Northern Star»,
el Sr. Harney, propuso el último brindis:
«¡Por nuestros hermanos, los demócratas de todos los países! ¡Por el éxito de sus esfuerzos
en pro de
la libertad y la igualdad!»
Los reyes, los aristócratas, los curas, los capitalistas de todos los países, dijo, están aliados entre sí. ¡Ojalá sigan su ejemplo los demócratas de todos los países de la tierra! Por doquier avanza el movimiento democrático a pasos de gigante. En Francia, un banquete tras otro reclama la reforma electoral, y el movimiento cobra tales proporciones que ha de conducir a un feliz resultado. Esperemos que esta vez las masas sean las beneficiarias de la agitación, y que la reforma que los franceses arrancarán valga más que la que nosotros obtuvimos en 1831.

No hay verdadera reforma mientras la soberanía no pertenezca plena y enteramente a la nación; no hay soberanía nacional mientras los principios de la constitución de 1793 no se hayan hecho realidad.

El Sr. Harney dio a continuación un panorama de los progresos del movimiento democrático en Alemania, en Italia, en Suiza, y para terminar, rechazó también de la manera más enérgica las extrañas teorías del Sr. Epps sobre los derechos de la burguesía.