gels, descubrieron este importantísimo documento histórico, y el primero de ellos lo dio a conocer, acompañado de notas, en su libro titulado D iaeuLs odnednonJearhrKenom1m84u7n-4is8tis(cLheeipZzeigit,scih9r2ifit).unSdobarnedere Urkunden su texto se basa nuestra traducción. En el original forma un cuaderno de 16 páginas impresas en antiqua. Por la gran importancia que tiene en la historia de los orígenes del Manifiesto Comunista lo reproducimos íntegro.

Número de prueba REVISTA COMUNISTA ¡Proletarios de todos los países, unios!

Núm. 1. Londres, septiembre 1847. Precio: 2 peniques. Rogamos a todos nuestros amigos del extranjero que envíen sus artículos y pedidos a este periódico, franco de porte, a la Asociación de Cultura Obrera, 191, Drury Lane, High, London. Precio para Alemania, 2 silbergr o 6 cruzados; para Francia y Bélgica, 4 sous; para Suiza, l 1/^ batzes.

SUMARIO: Introducción.—El Plan de emigración del ciudadano Cabet.—La Dieta prusiana y el proletariado de Prusia y de toda Alemania.—Los emigrados alemanes.— Revista política y social.

Introducción Miles de periódicos y revistas salen a la luz; todos los partidos políticos, todas las sectas religiosas encuentran su vocero; sólo el proletariado, la masa inmensa de los desposeídos, estuvo condenada hasta hoy a no poseer un órgano permanente que defendiera incondicionalmente sus intereses y sirviese de guía a 374 MARX Y EN G ELS. EL MANIFIESTO COMUNISTA los obreros en su aspiración por ilustrarse. La necesidad de un periódico así concebido ha sido sentida no pocas veces y en gran extensión por los proletarios, y en varios sitios se acometió el intento de fundarlo, pero desdichadamente siempre fracasaba. En Suiza aparecieron en breve tiempo, uno tras otro, La Joven Generación, La Buena Nueva, las Hojas Actuales; en Francia, el Adelante, las Hojas del Porvenir; en la Prusia renana, El Espejo de la Sociedad, etc., pero todos morían, tras una vida fugaz, unas veces porque la policía tomaba cartas en el asunto, dispersando a los redactores; otras veces porque faltaban los medios económicos para continuar la empresa: los proletarios no podían y los burgueses no querían prestarle ayuda. Después de todos estos intentos fracasados, hacía ya mucho tiempo que se nos requería desde distintos sitios a que aventurásemos una nueva tentativa aquí en Inglaterra, donde la libertad de Prensa es absoluta y donde, por tanto, no tenemos por qué temer persecuciones policíacas. Intelectuales y obreros nos prometían su colaboración, pero aún vacilábamos, temerosos de que se nos agotasen en poco tiempo los recursos necesarios para llevar adelante la empresa. Finalmente, se nos propuso la creación de una imprenta propia, para de este modo asegurar la vida del periódico que se fundase. Fué abierta una suscripción, los afiliados a las dos asociaciones de Cultura Obrera de Londres hicieron cuanto pudieron y aun más, y en poco tiempo se reunieron 25 libras. Con este dinero trajimos de Alemania los originales necesarios; los cajistas de nuestras organizaciones los compusieron gratuitamente, y así puede ver la luz hoy el primer número de nuestro periódico, cuya existencia, por poca ayuda que reciba del continente, estará asegurada. Sólo nos falta una prensa, y tan pronto como reunamos el dinero necesario para adquirirla dispondremos de una imprenta en marcha, en la cual podremos imprimir, ademas de nuestra revista, otra serie de folletos de defensa del proletariado. Ateniéndonos a nuestro plan de avanzar con pie firme, nos limitaremos por ahora a expedir este número de prueba y esperaremos a ver los recursos que se nos envían antes de reanudar la publicación. De aquí a fines de año esperamos haber recibido las contestadones necesarias, y para entonces podremos decidir si el periódico ha de publicarse quincenal o semanalmente. La publicación mensual está casi asegurada con la venta de Londres. El precio de cada número se fija provisionalmente en 2 peniques, 4 sous, 2 silbergrosen o 6 cruzados; sin embargo, tan pronto como el número de suscriptores llegue a los 2,000, este precio podrá abaratarse considerablemente.

Y ahora, proletarios, sois vosotros quienes tenéis la palabra. Enviadnos artículos, suscribios, por poco que podáis, difundid el periódico, aprovechando todas las ocasiones, y laboraréis por una causa.santa y justa: por la causa de la justicia contra la injusticia, por la causa de los oprimidos contra los opresores; nuestra lucha es la lucha por la verdad contra la superstición, contra la mentira. No aspiramos a ninguna recompensa, a ningún pago por lo que hacemos, pues nos limitamos a cumplir con nuestro deber. Proletarios, si queréis ser libres, sacudid vuestra modorra y apretad bien vuestras filas. ¡La humanidad exige de cada hombre el cumplimiento de su deber!

i Proletarios!

Gomo para muchos serán seguramente desconocidos los orígenes de esta palabra con que nos dirigimos a vosotros, comenzaremos dando aquí una pequeña explicación de lo que significa. Guando en la antigüedad el Estado romano alcanzó su poderío, al acercarse al punto culminante de su civilización, sus ciudadanos se dividían en dos clases: los poseedores y los desposeídos. Los poseedores pagaban al Estado impuestos directos; los que no poseían nada le entregaban sus hijos, a quienes se empleaba en defender a los ricos y se enviaba a regar con su sangre los inacabables campos de batalla, para aumentar más todavía el poderío y la riqueza de la clase poseedora. La prole significa, en la lengua latina, los hijos, la descendencia; los proletarios eran, pues, una clase de ciudadanos que no tenían más patrimonio que sus brazos y sus hijos. Hoy, en que la sociedad moderna se acerca al punto culminante de la civilización, con la invención de las máquinas y la creación de las grandes fábricas; hoy, en que la propiedad tiende 376 MARX Y ENGELS. EL MANIFIESTO COMUNISTA a concentrarse cada vez más en manos de unas cuantas personas, se ha desarrollado también en nuestros países, cada vez más nutrido, él proletariado. Un puñado de privilegiados posee en propiedad todos los bienes, mientras que a la gran masa del pueblo no le quedan más que sus brazos y sus hijos. Y lo mismo que en Roma, los proletarios de hoy y nuestros hijos nos vemos embutidos en el capote del soldado, amaestrados como máquinas llamadas a proteger a sus propios opresores y a derramar la propia sangre a la menor seña de' aquéllos. Nuestras hermanas y nuestras hijas sirven, ni más ni menos que en tiempos pasados, para satisfacer los apetitos animales de unos cuantos ricos crapulosos. Sigue siendo el mismo el odio de los pobres oprimidos contra los ricos opresores. Pero el proletariado de nuestra sociedad ocupa una posición muy distinta y muy superior a la del proletariado romano. Los proletarios romanos no disponían de los medios necesarios ni de la cultura imprescindible para poder emanciparse; no les quedaba más salida que la venganza, sucumbiendo en ella. Muchos de los proletarios de hoy poseen ya, gracias a la imprenta, un alto grado de cultura y los demás progresan día a día en su tendencia a la unión, y mientras que en este campo el progreso es cada día más señalado y la cohesión más firme, la clase privilegiada nos da el espectáculo del más espantoso egoísmo y del desenfreno más repugnante. La civilización actual brinda medios sobrados para hacer felices a todos los hombres de la sociedad; por eso el objetivo del proletariado de hoy no es simplemente destruir, vengarse y buscar en la muerte su liberación, sino cooperar a la creación de una sociedad en la que todos puedan vivir como hombres libres y dichosos. Proletarios de la sociedad actual son todos los que no pueden vivir de sus capitales, lo mismo el obrero que el intelectual, igual el artista que el pequeñoburgués, pues aunque la pequeña burguesía conserve aún algunos bienes de fortuna, marcha visiblemente, y a pasos agigantados, bajo la espantosa concurrencia del gran capital, hacia una situación que la confundirá con la masa de los proletarios. Y a hoy podemos, pues, contarla entre nosotros, no siendo como no es menor su interés de librarse de una situación de total penuria que el nuestro por salir de ella. Unámonos, pues, y ambas partes saldremos ganando. La mira de este periódico es laborar por la emancipación del proletariado y ofrecer a éste un portavoz para que pueda llevar su aliento a todos los oprimidos y apretar en sus filas la solidaridad. Le hemos dado el nombre de Revista Comunista, convencidos como lo estamos de que esta emancipación no puede ser alcanzada por más camino que el de una radical transformación del régimen de propiedad existente. La liberación de los oprimidos sólo puede ser realizada, para decirlo de otro modo, sobre una sociedad basada en la .propiedad común. Era nuestro propósito insertar aquí una breve profesión de fe comunista, fácilmente comprensible para todos y cuyo proyecto tenemos ya redactado ( i ). Sin embargo, como esta profesión de fe ha de servir en lo futuro de norma para nuestra propaganda y tiene por consiguiente una importancia grandísima, nos hemos creído obligados a enviar antes de nada este proyecto a nuestros amigos del continente para que nos digan su opinión. Tan pronto como la conozcamos, introduciremos, en el proyecto las enmiendas y adiciones necesarias, para insertarlo en el número próximo. El movimiento comunista es interpretado por mucha gente de un modo tan falso, se ve tan calumniado e intencionadamente torcido, que no podemos menos de decir aquí algunas palabras acerca de él, en aquello en que lo conocemos y en que tenemos de él una experiencia propia. Nos limitaremos principalmente a explicar lo que no somos, saliendo así desde el principio al paso de algunas de las calumnias con que se nos ha querido combatir. Nosotros no somos ningunos urdidores de sistemas: sabemos por experiencia cuán necio es discutir y cavilar acerca de las instituciones que habrán de implantarse en una sociedad futura, sin pararse a pensar en los medios que pueden llevarnos a su instauración. Dejamos a los filósofos y a los eruditos el cuidado de inventar sistemas para la organización de una nueva sociedad, y hasta lo juzgamos bueno y provechoso; pero si nosotros, los proletarios, nos pusiéramos a discutir seriamente sobre la organización de los talleres y la forma de administrar la comunidad de bienes en la sociedad del mañana, si nos pusiéramos a disputar acerca del corte de los trajes o del procedimiento más recomen - ( i ) Y . supra, Circulares del Comité Central de la Liga, pág. 367. 378 MARX Y ENGELS. EL MANIFIESTO COMUNISTA dable para limpiar los retretes, etc., caeríamos en el ridículo y mereceríamos en justicia ese nombre de soñadores sin sentido práctico que tantas veces se nos adjudica. El deber de nuestra generación es descubrir y acarrear los materiales constructivos necesarios para levantar el nuevo edificio,* el deber de la generación venidera será construirlos, y estamos seguros de que para esa obra no faltarán arquitectos.

Nosotros no somos comunistas de esos que pretenden arreglarlo todo con el amor ( i ) . No derramamos lágrimas amargas a la luz de la luna plañendo la miseria de los hombres, para extasiarnos luego ante la idea de un dorado mañana. Sabemos que los tiempos en que vivimos son serios, que reclaman los mayores esfuerzos de cada hombre y que esos vahidos de amor no son más que una especie de desfallecimiento espiritual que incapacita para la acción a quien se entrega a él. Nosotros no somos de esos comunistas que andan por ahí predicando ya la paz eterna, mientras sus enemigos se pertrechan en todas partes para la lucha. Sabemos muy bien que en ningún país, exceptuando quizá a Inglaterra y a los estados libres de Norteamérica (2), podremos entrar en un mundo mejor sin antes haber conquistado por la fuerza los derechos políticos. .No importa que haya gentes a quienes esto sirva de fundamento de acusación para tacharnos a gritos de revolucionarios: todo eso nos tiene sin cuidado. Nosotros, por lo menos, no queremos poner una venda sobre los ojos del pueblo, sino decirle la verdad y hacer que se fije en la tormenta que se avecina para que pueda tomar posiciones ante ella. Nosotros no somos ningunos conspiradores de esos que pretenden hacer estallar una revolución o asesinar a un príncipe en un día determinado, pero no somos tampoco mansas ovejas que cargan con la cruz sin rechistar. Sabemos muy bien que en el continente es inevitable la lucha entre (1 ) V . Manifiesto Comunista, supra, pág. 104. Y a en mayo de 1846, M arx había redactado y enviado una circular en nombre de los comunistas de Bruselas contra la campaña de agitación del “ apóstol del amor” Hermann Kriege y sus campañas sentimentales de Norteamérica. (2) Todavía en 18 71, en una carta a Kugelmann (V . M arx, Cartas a Kugelmann, págs. 9 6 s.), preveía M arx la remota posibilidad de una forma pacífica de transición para Inglaterra y Norteamérica. C fr . sobre esto Lenin, E l Estado y la Revolución, pág. 37.

los elementos aristocráticos y democráticos, y nuestros enemigos lo saben también y se aprestan a ella; es, pues, deber de todo hombre prepararse para esa lucha, para que el enemigo no nos ataque por sorpresa y nos aniquile. Nos espera todavía la última y definitiva batalla, una ruda batalla, y en tanto que nuestro partido no salga triunfante de ella no habrá llegado el momento de deponer, esperamos que para siempre, las armas. Nosotros no somos de esos comunistas que creen que, una vez dada victoriosamente la batalla, podrá implantarse el comunismo como por encanto. Sabemos que la humanidad no avanza a saltos, sino paso a paso. No puede pasarse en una noche de un régimen inarmónico a un régimen de armonía: para ello será necesario un período de transición, que podrá durar más o menos según las circunstancias. La propiedad privada sólo puede transformarse gradualmente en propiedad social. Nosotros no somos de esos comunistas que destruyen la libertad personal y pretenden convertir el mundo en un inmenso cuartel o en una inmensa fábrica. Hay, indudablemente, comunistas que se las arreglan muy cómodamente negando y pretendiendo abolir la libertad personal, por entender que es incompatible con la armonía: a nosotros no se nos ha pasado jamás por las mientes comprar la igualdad con el sacrificio de la libertad. Tenemos la convicción, y procuraremos demostrarlo en los siguientes números, de que en ninguna sociedad puede la libertad de la persona ser mayor que en la basada sobre un régimen de comunidad.

Nos hemos limitado a decir lo que no somos; en nuestra profesión de fe pondremos en claro lo que somos y lo que queremos. Hoy sólo nos resta dirigir unas cuantas palabras a los proletarios que forman en otros partidos políticos o sociales. Todos luchamos contra la sociedad actual, que nos oprime y nos deja perecer en la miseria; desgraciadamente, lejos de tener esto en cuenta para unirnos, lo que hacemos, con harta frecuencia, es combatirnos los unos a los otros, para fruición de nuestros opresores. En vez de poner, todos unidos, manos a la obra, para levantar un Estado democrático en el que cada partido pueda luchar con las armas de la palabra hablada y escrita para atraerse a la mayoría, nos dejamos llevar de la discordia en torno a lo que deberá y no 38o MARX Y ENGELS. EL MANIFIESTO COMUNISTA deberá suceder una vez que hayamos vencido. No podemos menos de recordar aquí la fábula de aquellos cazadores que, antes de haberse echado a la cara el oso, se liaban a golpes sobre quién había de llevarse la piel. Tiempo es ya de que dejemos a un lado nuestras rivalidades y nos tendamos la mano en mutua ayuda. Y si queremos sellar la solidaridad es necesario que los portavoces de los diferentes partidos cesen en sus rabiosos ataques contra cuantos ostentan otras opiniones y pongan fin a la execración de los partidarios de otras teorías. Nosotros respetamos a cuantos, incluso aristócratas y pietistas, tengan opiniones propias y estén prestos a defender, firme y resueltamente, lo que crean la razón. Pero aquellos que, detrás de la careta de tal o de cual religión, de tal o de cual partido político o social, no persiguen más mira que la defensa de sus propios intereses, serán inexorablemente combatidos por nosotros. Todo hombre de honor tiene el deber de desenmascarar a esos hipócritas, presentándolos ante el mundo en toda su repugnante desnudez. Una persona puede equivocarse y mantener doctrinas falsas, pero no debemos pensar mal de él porque lo haga, si cree en la doctrina que profesa y es fiel a su divisa. Por eso Carlos Heinzen incurre en injusticia cuando ataca a los comunistas como lo hace en el segundo número del Tribuno. Una de dos. O Carlos Heinzen ignora de medio a medio lo que significa el comunismo, o se vale de sus rivalidades personales con ciertos comunistas para prejuzgar su idea acerca de un partido que forma en la vanguardia de los ejércitos que luchan por la democracia. Cuando leimos este ataque contra los comunistas nos quedamos suspensos de asombro. Sus acusaciones no nos conmueven en lo más mínimo, por una sencilla razón, y es que esos comunistas que describe Heinzen no existen. Han sido creados probablemente por su calenturienta imaginación, para luego rebatirlos. Cuando decimos que la lectura de este artículo nos llenó de asombro, queremos decir que era muy duro para nosotros creer que un demócrata pudiera incurrir en la responsabilidad de lanzar la manzana de la discordia entre las filas de sus propios camaradas de armas. Pero nuestro asombro fué en aumento cuando, al final del artículo, leimos aquellos nueve puntos llamados a formar las bases del nuevo orden social. Estos puntos coinciden casi al pie de la letra con las reivindicaciones presentadas por los comunistas. No hay más diferencia, al parecer, sino que el ciudadano Carlos Heinzen ve en sus nueve puntos las bases del nuevo orden social, mientras que nosotros las consideramos simplemente como el cimiento del período de transición que debe preceder a la creación de una sociedad plenamente comunizada. Es, pues, razonable esperar que acabemos uniéndonos para llevar a la práctica lo que Carlos Heinzen propone. Y cuando lo hayamos conseguido, si vemos que el pueblo vive contento y tan cumplidamente satisfecho que no apetece nuevos avances, nos deberemos someter a la voluntad popular. Pero si el pueblo desea seguir avanzando hasta la implantación del comunismo, suponemos que el ciudadano Heinzen no tendrá nada que objetar. Sabemos de sobra que el ciudadano Heinzen es el blanco de los ataques y calumnias de nuestros comunes opresores y que esto fomenta en él un estado de aguda irritabilidad. Nosotros, por nuestra parte, no queremos molestarle. Lejos de ello, no nos negaremos a tenderle la mano en señal de concordia (1). La unión hace la fuerza, y sólo ella puede llevarnos al fin perseguido.

Así, pues, proletarios de todos los países, unámonos; públicamente, allí donde la ley lo permita, pues nuestros actos no tienen por qué rehuir la luz del día, y secretamente donde el despotismo de los tiranos no consienta otra cosa.-- Leyes que prohíben a los hombres asociarse para debatir los problemas de la época y defender sus derechos, no son leyes, sino actos de fuerza de la tiranía, y quien los acate y respete obra cobarde y deshonrosamente; mas quien los desprecie y los infrinja procede virilmente y con honor.

Diremos, para terminar, que las columnas de nuestra revista (1 ) Desde la Gaceta Alemana de Bruselas, M arx y Engels atacaban con bastante más dureza al "ciudadano Heinzen” , en unos artículos publicados en octubre y noviembre de 1847, con este títu lo: “ La crítica moralizante y la moral crítica. Contribución a la historia de la cultura alemana. Contra Carlos Heinzen.” (V . Marx-Engels, Escritos varios, ed. Mehring, t. II, págs. 454 ss.). Carlos Heinzen (1809-1880) era un republicano federal burgués, empleado de contribuciones de Prusia y colaborador de varios periódicos radicales. Procesado en 1844 por un libro publicado contra la burocracia prusiana, emigró a Bélgica y luego a Suiza, donde en 1846 publicó un libro contra los comunistas alemanes. 382 MARX Y ENGELS. EL MANIFIESTO COMUNISTA no estarán nunca abiertas para librar polémicas personales ni para llenar de elogios a aquellos que cumplen con su deber. En cambio, cuantos proletarios se sientan oprimidos y maltratados no tienen mas que dirigirse a nosotros, que saldremos sin vacilar a la palestra en defensa suya y entregaremos los nombres de sus opresores a la execración de la opinión pública, ante la cual empiezan ya a temblar hasta los tiranos más ensoberbecidos. El plan de emigración del ciudadano Cabet El ciudadano Cabet, de París, ha lanzado a los comunistas franceses una proclama, en la que dice: “Y a que aquí nos vemos perseguidos, calumniados y blasfemados por el Gobierno, por los curas, por la burguesía y hasta por los republicanos revolucionarios; ya que se llega incluso a querer privarnos de medios de vida, para reducirnos así a la ruina física y moral, salgamos de Francia y trasladémonos a Icaria.” Y calcula que estarán dispuestos a seguirle, para fundar una colonia comunista en otro continente, unos 20 a 30.000 comunistas. Cabet no ha dicho todavía adonde piensa encaminar su emigración; probablemente piensa establecer su Icaria en los Estados libres de Norteamérica o en Texas, o acaso en la península de California, conquistada hace poco por los norteamericanos (1).

Reconocemos con satisfacción, como hacen sin duda todos los (1) El llamamiento aquí comentado apareció en mayo de 1847, bajo el títu lo de Alons en lcarie, en Le Populajre, revista editada por Cabet; al mismo tiempo, éste publicó un folleto titulado Realisation de la Conimunauté d’lcarie. Pasaron siete meses antes de que el periódico cabetiano revelase el misterio del punto de destino, señalando como meta Texas. Se añadía: "Tenemos ya más de un m illón de acres de tierra a lo largo del río Rojo, hermoso curso navegable hasta nuestra colonia, y podremos extendernos indefinidamente.” El 3 de febrero de 1848 salía del puerto de El Havre la primera expedición de icarios, compuesta de 69 personas, a las que desde el 3 de junio hasta el 18 de diciembre del mismo año siguieron otras, hasta formar un total de 415 emigrantes. Cabet envió también su llamamiento a la Asociación de Cu ltu ra Obrera de Londres, y poco después se trasladó personalmente a esta capital, esforzándose en vano por convencer a los londinenses de las excelencias de su plan. F. Lessner dice, en sus Recuerdos de un comunista veterano, publicados en alemán en 1898, pág. 107, que la discusión abierta acerca de la proposición de Cabet duró toda una semana.

comunistas, que Cabet ha luchado con éxito y con celo incansable y perseverancia digna de admiración por la causa de la humanidad oprimida, y que, previniendo al proletariado contra toda clase de conspiraciones, le ha prestado un servicio inapreciable; pero esto no es razón para que allí donde Cabet abraza, a nuestro juicio, una senda falsa, le dejemos seguirla sin protesta de nuestra parte. Con todo el respeto que sentimos por la persona del ciudadano Cabet no tenemos más remedio que combatir su plan de emigración, y estamos persuadidos de que si ésta se lleva a cabo inferirá el mayor de los agravios al principio del comunismo, haciendo triunfar a los gobiernos y empañando con amargos desengaños los últimos días de Cabet. Las razones en que apoyamos nuestra opinión son las siguientes: 1) El creer que cuando en un país están a la orden del día las corrupciones más escandalosas, cuando el pueblo se ve oprimido y explotado de la manera más infame, cuando el derecho y la justicia ya no son nada, cuando la sociedad empieza a disolverse en la anarquía, que es lo que actualmente acontece en Francia, es deber de todo militante de la justicia y de la verdad permanecer en el país para ilustrar al pueblo, infundir nuevos ánimos a los que desfallezcan, echar las bases para una nueva organización social y hacer frente gallardamente a los malvados. Si los hombres justos y honrados, si los que han de luchar por un mañana mejor abandonan el campo a los oscurantistas y a los canallas, Europa tendrá necesariamente que hundirse y se hundirá, y con ella el continente, en el que, aunque sólo sea por razones estadísticas y económicas, primero y más fácilmente puede implantarse el comunismo, y la pobre humanidad tendrá que pasar por una nueva prueba de fuego y de miseria, que aún durará varios siglos.

2) El estar convencidos de que el plan de Cabet, encaminado a fundar en América una Icaria, es decir, una colonia basada en los principios del comunismo, no puede llevarse todavía a efecto, por las siguientes consideraciones: a) porque aunque todos los que emigren con Cabet sean celosos comunistas, conservan todavía demasiado vivas, por su educación, las huellas de los vicios y prejui384 MARX Y ENGELS. EL MANIFIESTO COMUNISTA cios de la actual sociedad, para poder desnudarse de ellos instantáneamente al pisar el suelo de Icaria; b) porque esto hará inevitablemente que en la colonia se promuevan desde el primer momento rozamientos y litigios, que la sociedad circundante, potente y hostil, y los espías de los gobiernos europeos, procurarán atizar más todavía, hasta conseguir dar al traste definitivamente con la sociedad comunista; c) porque la mayoría de los emigrantes son artesanos, cuando lo que allí más falta hace son recios agricultores que puedan emplearse en la roturación y cultivo de -la tierra, sin que sea tan fácil, como muchos piensan, transformar un obrero en campesino; d) porque las privaciones y las enfermedades que lleva consigo el cambio de clima infundirán en no pocos el desaliento, moviéndolos a abandonar la empresa. Hoy son muchos los que se entusiasman con el plan, en el que • no ven más que el lado bello; pero cuando la áspera realidad hable, cuando tengan que someterse a privaciones de todo género, cuando se vean obligados a renunciar a todas esas pequeñas comodidades de la civilización, que en parte hasta el obrero más humilde puede procurarse en Europa, los más sentirán que el entusiasmo cede el paso a un indecible desaliento; e) porque tratándose de comunistas que reconocen el principio de la libertad personal, como sin duda lo reconocen también los icarios, el implantar el comunismo sin un período democrático de transición, en que la propiedad personal se vaya transformando gradualmente en patrimonio social, es algo tan imposible como para el labrador recoger sin sembrar.

3) Porque el fracaso de un intento como el de Cabet, si bien no puede imposibilitar para siempre el principio comunista ni su práctica realización, puede hacer que deserten de sus filas, desilusionados, muchos miles de comunistas, contribuyendo con ello, probablemente, a seguir manteniendo en la miseria durante una o varias generaciones más al proletariado oprimido. 4) Porque unos cuantos cientos o miles de personas no bastan para fundar o mantener en pie un régimen comunista, sin que éste adopte un carácter totalmente exclusivista y sectario, como ocurrió, por ejemplo, con el de Rapp (1) en América, etc. Y no es nuestra intención, ni esperamos que sea tampoco la de los icarios, fundar un régimen semejante.

Y aun no hemos aludido a las persecuciones a que los icarios se exponen, probablemente y hasta casi con absoluta seguridad en América, si quieren mantener contacto con la sociedad circundante. Los que deseen acompañar a Cabet a América deben leer antes cualquier relato de las persecuciones a que se vieron expuestos allí, y aun se ven, los mormones, secta comunista de carácter religioso. Tales son las razones por las que creemos funesto el proyecto de emigración de Cabet, y acogiéndonos a ellas, gritamos a los comunistas de todos los países: ¡Hermanos, permanezcamos en la vieja Europa, junto a la brecha; actuemos y luchemos aquí, pues sólo aquí, en Europa,‘se dan ya todos los elementos para la instauración de un régimen comunista, que o se implantará aquí por vez primera o no se implantará en parte alguna! La Dieta prusiana y el proletariado de Prusia y de toda Alemania Desde 1815 la burguesía viene luchando en Alemania con los terratenientes medievales y el sistema absolutista de gobierno, el sistema del “ derecho divino” , por la conquista del Poder. La transformación cada vez mayor experimentada por todos los factores de la industria y del cambio en los demás países, a la zaga de los cuales renqueaba Alemania con paso modesto y mortecino, había planteado la necesidad de esta lucha. Las nuevas circunstancias reclamaban nuevas formas; la potencia creciente de la burguesía, basada en el capital y en la libre concurrencia, no se avenía a seguir desempeñando por más tiempo un papel mudo (1) Jorge Rapp (175 7-18 4 7 ) fué un alemán de W urtemburgo, fu n  dador de la colonia comunista de los "Arm onistas” , establecida en N orteamérica, primero en Pensilvania (18 0 5 ), luego en Indiana (1824) y por ultimo, desde 1824, otra vez en Pensilvania.

386 MARX Y EN GELS. EL MANIFIESTO COMUNISTA y secundario. Pero la tradicional cobardía de la burguesía alemana, y sobre todo su dispersión y su desunión, no le permitían alcanzar una rápida victoria. Dividida en 38 partes o estados, enfrentados los unos con los otros como extraños, y no pocas veces como celosos enemigos, la burguesía se esforzaba, tan pronto en una como en otra de las patrias alemanas, en esfuerzos aislados, por alcanzar la meta de sus deseos. En varios sitios consiguió arrancar a la monarquía pactos— bautizados con el nombre de constituciones— en que se le garantizaba una participación más o menos grande en el gobierno y en la gestión de los negocios públicos. Pero la promesa se quedaba, en lo fundamental, sobre el papel, y en la realidad seguía imperando el sistema del “ derecho divino” y d$ la aristocracia de los terratenientes y los burócratas aliada a él.

Ocurría esto porque los príncipes alemanes podían oponer a la burguesía desunida y dispersa, a los esfuerzos diseminados y a los ataques aislados de sus enemigos, un frente cerrado de batalla que acataba sumiso la jefatura del archibandolero Metternich, triunfando en general, gracias a esta unión, de todas las tentativas de resistencia y de todas las oposiciones. La Dieta federal alemana, formada por las criaturas y gentes a sueldo de los príncipes, era el molino de ventaja que no servía más que para volver a pulverizar las conquistas que la burguesía había arrancado por el momento en cualquiera de los muchos estados o estaditos alemanes. Este sistema tenía para los “ paternales” soberanos la ventaja de que les permitía, llegado el caso, asegurar hipócritamente lo extraordinariamente liberales que eran y cuán de buen grado accederían a todo y cumplirían con todo lo prometido, si por desgracia no estuviera allí la Dieta federal para interponerse en el camino de sus promesas. Daba la fatalidad de que sus estados eran demasiado pequeños o demasiado débiles para hacer frente a la poderosa Prusia o a la potente Austria. No tenían más remedio que someterse, aun con harto dolor de sus personas. Y el “paternal” soberano se reía a carcajadas para sus adentros. Precisamente por eso tiene una importancia extraordinaria el movimiento que actualmente se está desarrollando en Prusia. Prusia, con sus 16 millones de habitantes, echa en la balanza alemana un peso decisivo y tiene una importancia muy distinta APENDICE 3S7 a la que tendría si la cosa partiese de cualquier otra patria alemana con tres o cuatro millones de almas, o acaso con 6.000 nada más (que son las que cuenta el principado LichtensteinVaduz). Los 16 millones de habitantes de Prusia pesan más que los restantes 28 millones, divididos en 33 estados. Cada triunfo alcanzado por la burguesía en Prusia representa a la vez un triunfo para la burguesía de los 28 millones restantes de Alemania. Si la burguesía prusiana sabe hacer entrar en razón a su rey ‘‘cristiano-germano’5 de Potsdam y hacerle sumiso a su voluntad, sometiéndole a una recia disciplina, la burguesía del resto de Alemania tendrá también vía libre. El absolutismo de la Dieta federal alemana habrá pasado a la historia, la burguesía de toda Alemania se irá dando poco a poco la mano para marchar unida, y los reyes de “ derecho divino” y los señores medievales de ía tierra serán mandados por ella al diablo, y si quieren seguir teniendo voz y voto habrán de resignarse a ser meros representantes y miembros de la burguesía. Fijémonos un momento en los trabajos de la Dieta prusiana. Los sucesos que se vienen desarrollando en el salón blanco de Berlín ponen en claro la situación actual de los partidos de Prusia y la importancia del movimiento político prusiano para el resto de Alemania. Sin embargo, sólo nos será dado comprender los procedimientos de la Dieta si antes nos explicamos las razones por las que fué convocada. ¿A qué se debe que el soberano de Potsdam se decidiese por fin a adoptar una medida contra la que venía manifestándose, tan resueltamente y con tanta furia, hasta estos últimos días, desde que subiera al trono? ¿No venía la censura suprimiendo e impidiendo despiadadamente cuantas manifestaciones intentaban hacerse acerca de la necesidad de convocar las Cortes, cuantas referencias se aventuraban a las promesas reales hechas hace más de veinte años? ¿No se acusaba y castigaba como reo de alta traición a todo el que se atreviese a defender, hablando en público, la necesidad de reunir las Cortes? Y de pronto, he aquí que el soberano de Potsdam se convierte él mismo en reo de alta traición, da un mentís a su pasado y hace lo que tantas veces y con tanto empaque asegurara que jamás haría. ¿Qué fué lo que le llevó a incurrir en tamaña contradicción consigo mismo? Fué sencillamente un arca pública 388 MARX Y ENGELS. EL MANIFIESTO COMUNISTA completamente vacía y la imposibildad de volver a llenarla sin la ayuda de las Cortes. A pesar de treinta años seguidos de paz, a pesar de la subida anual de los impuestos y contribuciones, a pesar de los tributos agobiadores de todo género que pesan sobre la población trabajadora, las inauditas disipaciones del rey y de la corte, el contingente ruinoso de gastos consignados para el ejército, las pensiones desvergonzadas pagadas a oficiales y funcionarios civiles ya ricos de por sí, la incapacidad y las dilapidaciones de toda la administración pública consiguieron agotar hasta el último céntimo los recursos existentes. Todos los expedientes intentados por el rey y sus ministros resultaron fallidos; hasta el último plan, el del Banco regio, fracasó en gran parte, sin brindar más que un pequeño consuelo pasajero, pues el Gobierno prusiano se encontró, espantado, con que seguía gozando de tan poco crédito como antes. Había, desdichadamente, en la enojosa ley de 1820, un par de líneas nada más, pero formuladas en términos tales, que ningún capitalista nacional o extranjero podía incurrir en la insensatez de adelantar al Gobierno prusiano un solo táler mientras dicha ley siguiese siendo letra muerta. Por eso la soberana majestad “ cristiano-germana” no tuvo más remedio que soltar la sutil patente regia del 3 de febrero. En su texto estaba todo tan hábil y arguciosamente hilvanado, que parecía como si el monarca absoluto fuese a conseguir lo que tanto y tan apremiantemente necesitaba, sin que su poder despótico sufriese el menor menoscabo. A ese fin se encaminaba, muy bien calculado, el “soberano” orden del día que se le prescribía a la Dieta como a un tropel de chicos de la escuela, y tal era también el designio a que respondía la invención de la Cámara señorial (1).

(1) La Dieta convocada por la patente de 3 de febrero de 1847 era un Parlamento de tipo marcadamente feudal. Los representantes de las ocho Dietas provinciales se congregaban en dos Curias o Cámaras: la primera, la Cámara señorial, formada por 72 diputados de la alta nobleza; la segunda, en la que estaban representados los tres brazos o estamentos, contaba 231 diputados de la nobleza baja, 182 diputados de las ciudades y 120 de los distritos del campo. El círcu lo de atribuciones de este "p arlamento” era reducidísimo, pues se limitaba a la autorización de empréstitos en tiempos de paz, a la aprobación de nuevos impuestos o subida de los ya existentes y a la dictaminación de proyeqtps de ley* APENDICE 3% Esta Cámara, formada— -en fragante contradicción con las leyes vigentes— por unos cuantos príncipes de sangre real, más o menos estúpidos, ricos y orgullosos, y con un puñado de los terratenientes más poderosos y más aristócratas, que tanto vale decir los más reaccionarios, los más viles y los más canallas, se destinaba a servir de freno a la segunda Cámara. Y por si aún era poco esto, en ésta tenía también una desmedida representación la propiedad inmueble medieval, ya que a la sabiduría real había placido dar el nombre de segunda Cámara al montón de las ocho Dietas provinciales reunidas. Por lo que se refiere a los demás diputados de esta Cámara, una ley electoral lamentable se había cuidado de que entre ellos hubiese de todo menos un exceso de individuos inteligentes y enérgicos de la burguesía. Además, el rey confiaba en que, adoptando una conducta ruda e insolente en su Mensaje de la Corona, conseguiría intimidar a aquellos pocos que aún infundían cierto temor a la conciencia poco tranquila del gobierno “ paterna!” . Hechos todos los preparativos, Federico Guillermo, contento de sí mismo, rebosaba alegría y satisfacción. Lo único que le preocupaba era conseguir dinero y restaurar el crédito de su gobierno, completamente destruido. Creía estar seguro de la consecución de sus deseos. “ Tan pronto como tenga en el bolsillo unos cuantos empréstitos de cincuenta a cien millones y vuelva a obtener crédito de los capitalistas, mandaré a casa tranquilamente a estos buenos chicos de diputados, y ya pueden esperar sentados a que vuelva a convocarlos. Me arreglaré con las, comisiones, que me prestarán magníficos servicios. Sobornar a seiscientos diputados cuesta una fortuna. Me resulta mucho más barato tener que habérmelas con un puñado de comisiones nada más. Las condecoraciones, el dinero, los halagos y demás recursos de que dispone un gobierno cristiano no dejarán de surtir su efecto. Y equipado con dinero y con crédito seguiré gobernando como rey “ soberano” , seguiré imponiendo mis antojos y mi capricho en nombre del cielo y trasquilando como hasta aquí, a medida de mis deseos, la lana de mi leal rebaño de súbditos.” Así se expresaba el señor de Potsdam en la intimidad de sus allegados. Veamos lo que le contestó la Dieta.

La Dieta le contestó denegando todas las peticiones de dinero, 390 MARX Y EN G ELS. EL MANIFIESTO COMUNISTA rechazando los proyectos de ley que se le presentaron sobre creación de bancos de renta territorial y sobre el empréstito para las obras del ferrocarril de Berlín a Koenigsberg, y declarando que sólo autorizaría arbitrios al Gobierno si éste restauraba ios derechos del país, coartados por las patentes de 3 de febrero, convocando periódicamente a Cortes y rindiendo a éstas cuentas detalladas sobre la inversión de los fondos públicos: es decir, siempre y cuando que el Gobierno, para decirlo de una vez, renunciase para siempre a sus ridiculas pretensiones de “ derecho divino” , para marchar por la vía constitucional. La misma suerte— la de la denegación— corrió el proyecto de ley sobre los impuestos de molienda y matanza. Las razones alegadas para ello fueron, en parte, las ya aducidas, y en parte la resistencia que los diputados ricos oponían a contribuir con mayores sacrificios a los gastos del Estado. Entre estos diputados se destacó principalmente un grupo numeroso de representantes de la alta nobleza, en el que figuraban los príncipes más ricos de la Casa real (entre otros, el príncipe Alberto) y la mayoría de los terratenientes de la aristocracia. Hubo, además, muchos diputados que votaron en contra, porque conocían demasiado bien la brutalidad, la soberbia y la desvergonzada tiranía de la burocracia prusiana, para poner en sus manos, mientras siguiese vistiendo la librea de “ derecho divino” fuera del mando de la burguesía, un nuevo poder inquisitivo sobre la renta de los ciudadanos.

Después de todo esto hubiera podido creerse que la Dieta iba a perseverar impasible en la defensa de lo que tantas veces y con tanto ahinco proclamó ser el derecho de las Cortes. Pero no hubo tal. Poco antes de clausurarse sus sesiones, el 26 de julio, se puso en su conocimiento la respuesta del rey. En ella, el de Potsdam se aviene a algunas de las peticiones de sus “ leales” estamentos, aplaza otras, de más importancia, hasta “ más madura reflexión” , pasa otras en silencio, y finalmente, en lo que se refiere a las comisiones — el punto más importante de todos— , ordena proceder a su elección sin demora con arreglo a las prescripciones contenidas en la, patente de 3 de febrero. ¿Qué hacen las Cortes? Obedecer. Un grupo de diputados de la provincia del Rin, de Silesia, etc., hace honor a sus convicciones y se niega a tomar partean la elección; otros intervienen ’ APENDICE 391 en ella, pero formulando protesta y dejando a salvo expresamente los derechos del Parlamento; los demás votan como lacayos humildosos de su señor germánico. A este viraje final, altamente vergonzoso a todas luces para la Dieta, contribuyó lo suyo la tradicional cobardía de la burguesía alemana, a que más arriba aludimos. El arrojo de no pocos representantes de la oposición liberal se vió en un duro trance; a última hora se amedrentaron y dieron media vuelta, abandonando armas y bagaje. También contribuyeron no poco a este resultado los manejos y la perfidia de algunos diputados que pasaban por ser los primeros gallitos liberales. Uno de éstos, el señor de Auerbach, había tenido ya repetidas ocasiones, sobre todo al elevarse la petición sobre la libertad de Prensa — que, por ahora, se ha ido a pique— , de revelarse bien a las claras como un truhán y tramposo político de primer orden. Si además tenemos en cuenta la estructura de las Cortes, la preponderancia en ellas de la propiedad feudal y el número inmenso de funcionarios reales que tenían asiento en la segunda Cámara, y si además ponemos en cuenta lo mucho que pesaban en el ánimo de aquellos señores los convites a la mesa regia, las palabras de halago, las sonrisas y demás artes cortesanas infalibles todavía, no tenemos por qué maravillarnos de que el resultado final fuera ése. Pero por muy mezquino que sea todavía, hoy por hoy, el triunfo alcanzado y grande la satisfacción del partido del Gobierno, aquél no tardará en traer consigo otras concesiones ni pasará mucho tiempo sin que esta alegría se convierta en duelo. La diputación de la Deuda pública y las comisiones están en una situación tal, que les es imposible prestar al Gobierno ninguno de los servicios que éste esperaba de ellas. No pueden atreverse, enfrentándose con la opinión pública, a pisotear los derechos propios de las Cortes. Pero aun puestos en el caso, poco probable, de que la mayoría de la diputación y de las comisiones se solidarizasen con el Gobierno y votasen contra la fracción liberal, la monarquía absoluta no saldría ganando con ello ni un ápice. No habría ningún capitalista que fuese lo bastante candoroso para poner su dinero en manos de este Gobierno, después de los debates sostenidos en la Dieta, después de las reiteradas negativas de la oposición y haciendo caso omiso de la letra de las 392' MARX Y ENGELS. EL MANIFIESTO COMUNISTA leyes vigentes, hasta hoy incumplidas. Y si a pesar de ello lo hiciese, no tendría que quejarse a nadie si a la vuelta de muy poco tiempo se encontraba con que sus créditos se veían anulados por imperio de la ley.

No se olvide que toda la cuestión gira sobre dinero. Y como la monarquía no tiene bastante y lo necesita irremisiblemente, la burguesía podrá y deberá aprovechar esta ocasión para hacer valer sus pretensiones. El que se dice trono “ soberano” es ya impotente para contener la ola arrolladora del “ espíritu de los tiempos” modernos. La importancia extraordinaria de la Dieta prusiana no hay que medirla por las declaraciones finales que hizo llegar a ella Federico Guillermo. La importancia de sus debates consiste en que, durante once semanas, la opinión pública de Prusia ha dado un avance para el cual hubiera necesitado, sin la Dieta, de muchos años. La burguesía prusiana aparece en ella luchando por vez primera en la historia, ante los ojos de todo el mundo, contra la burocracia y la monarquía absoluta, y asesta a sus dos enemigos golpes tan rudos, les inflige una derrota tan formidable, que los vencidos tendrán que rendirse, no tardando, a merced del vencedor. Hasta ahora, un ministro prusiano era un ente tan inaccesible, que un vulgar ciudadano no podía osar siquiera levantar la vista hacia él. La Dieta ha hecho morder el polvo a esa grandeza imaginaria. Ni un solo ministro ha intervenido en los debates parlamentarios sin poner al desnudo, estridentemente, su incapacidad. Las once semanas de sesiones han sido un tormento constante para todos los ministros, uno tras otro; su soberbia, su vaciedad, su jactancia mediocre y su mala administración dé los negocios públicos se han visto castigadas con la amarga burla, con el desprecio, y a las veces, con explosiones de justa cólera. Jamás se han desempeñado papeles más miserables que los de estos “ consejeros de la corona” . Eichorn ( i ), blando como un corderito, hizo un triste papel ante la Dieta, con su “ Estado prusiano” ; el antihistórico Savigny (2) hubo de guardarse en el bolsillo, corrido de ver- (1) J. A . Federico Eichorn (17 7 9 -18 5 6 ), ministro de Enseñanza y Cultos desde 1840.

(2) Federico Carlos von Savigny (1789 -18 6 1), jurista prusiano y jefe de la "escu e la histórica del derecho” , ministro de Legislación desde 1842. güenza, su falta de sentido histórico; su rancia mercancía no encontraba salida en la Dieta; no encontraba más que burlas. Y otro tanto le aconteció a Thiele ( i ) , a Duesberg (2), a Boyen (3) y a los demás. Ni el cinismo de Bodelschwingh (4) pudo salvar ni el más leve resto de la aureola que venía rodeando a todo el ministerio. Y todos los golpes descargados sobre las espaldas de los ministros repercutían en el señor de Potsdam. Jamás un Mensaje de la Corona fué objeto de más burlas que el suyo en casi todas las sesiones de la Dieta.. Sin mentarlo, los debates no eran más que una protesta constante contra lo que el 11 de abril proclamara en su mensaje el rey “ cristiano” , protesta en la que no faltaban la sátira ni la seriedad de razonamiento. Y como los debates se desarrollaban en la más completa publicidad, comentados y reflejados por cientos de periódicos, acabaron despertando en el público un sentido de colaboración en los negocios públicos de q u e, antes sólo se descubría algún rastro en ciertas localidades, sobre todo en las ciudades populosas. Hoy, ese sentido intervencionista se ha corrido por todo el país y ha hecho presa en personas que no estaban acostumbradas a pensar por encima de las cuatro paredes de su casa o de los mojones de su municipio. Y los sucesos de Berlín no sólo se siguen con emoción en Prusia, sino en toda Alemania. Se ha sabido comprender que cada triunfo de la burguesía prusiana es un triunfo de la burguesía alemana en general, y que cuanto se arranque en Prusia acabará por imponerse rápidamente en los demás estados de la Confederación.

Pero ¿qué nos interesa a nosotros, proletarios — oigo que exclaman muchos de los nuestros— , las luchas de la burguesía? ¿No son acaso.los burgueses nuestros peores enemigos? ¿No acaban precisamente de manifestar en la Dieta prusiana con bastante elocuencia el desprecio que sienten contra nosotros y las malí- (1 ) L. Gustavo vpn Thiele (1 7 8 1 -1 8 5 2 ), general de infantería y ministro del Tesoro desde 1841.

(2) Franz von Duesberg (179 3 -18 7 2 ), ministro de Hacienda desde 1846.

(3) L. von Boyen (17 7 1 -1 8 4 8 ), ministro de la Guerra y encargado de la cartera de Estado desde 1841.

(4) Ernesto von Bodelschwingh (179 4 -18 5 4 ), ministro de Gabinete y del Interior desde 1841.

394 MARX Y ENGELS. EL MANIFIESTO COMUNISTA simas intenciones que contra nosotros abrigan, al tratar de las peticiones relacionadas con la situación de las clases trabajadoras? ¿Qué nos importa a nosotros que la burguesía suba o no suba al Poder? Y caso de importarnos algo, ¿no saldremos ganando más con oponernos a su triunfo, luchando más bien a favor que en contra del Gobierno?

Preguntas e ideas tales sólo pueden partir de aquellos de nosotros que, cegados por el odio — un odio perfectamente justificado, sin duda— contra la burguesía, no han sabido comprender claramente ni la situación que actualmente ocupa el proletariado ni el camino que ha de seguir si quiere realmente emanciparse.

La burguesía es, indiscutiblemente, nuestro enemigo; todo su poder se apoya en la propiedad privada, en el capital y en lo que forma una unidad con todo eso. Y nosotros, proletarios, sólo podemos emanciparnos aboliendo la propiedad privada, lo que equivale a destruir la clase burguesa y a poner fin para siempre a todas las diferencias de clase. Entre ellos y nosotros la lucha es a vida o muerte; una lucha en que el arma no es sólo la palabra, sino el puño y el fusil. ¿Pero es que nosotros, los proletarios alemanes, hemos hecho ya tantos progresos que podemos transformar de raíz el desorden social en nuestro propio interés, es decir, que podemos echar inmediatamente por la borda a la burguesía y realizar sin más espera los principios del comunismo? ¿No tenemos, junto a la burguesía y antes que ella, otro enemigo al que hemos de dar la batalla antes de ajustar cuentas con la burguesía? Sí, y ese otro enemigo es la monarquía absoluta, la monarquía despótica que se titula “ de derecho divino” , que nos explota en nombre del cielo, que nos sujeta en las garras de los terratenientes medievales, que nos acogota entre las mallas del Estado “ cristiano-germano” y pone al servicio del capital su policía, sus gendarmes, sus clérigos y sus cañones cuantas veces, llagados por las cadenas de la esclavitud, intentamos sacudirlas. ¿Es que este Poder es merecedor de que le guardemos gratitud y le ayudemos en sus luchas contra la burguesía? ¿Qué es lo que ha hecho para merecer de nosotros ninguna de ambas cosas? Ha dilapidado— para atenernos tan sólo a los últimos tiempos— , en treinta años de paz, 850 millones de tálers en gastos militares, en sostener con los productos de los impuestos pagados por nosotros bailarinas y prostitutas reales ( i ) , ha nutrido a costa nuestra un ejército cada vez mas numeroso y más grosero de funcionarios públicos, ha pagado pensiones desvergonzadamente altas a gentes ya ricas de suyo, ha sostenido, con los llamados “fondos de gracia” , a un tropel de terratenientes e hidalgos haraganes, ha llenado de privilegios a la nobleza, ha degradado nuestras vidas por debajo de las de las fieras de sus cotos señoriales de caza, ha entregado a nuestras personas al arbitrio despótico de la policía, ha construido para nosotros presidios y máquinas de tormento, ha entregado nuestro trabajo al capital y a la libre concurrencia, ha sacado de nuestros bolsillos, por medio de una ingeniosa bomba de impuestos, los últimos frutos de nuestro trabajo y confiado nuestros estómagos a los rayos del sol, por ser éste el alimento más barato. ¿Podía la monarquía absoluta hacer más por nosotros, los proletarios? Sí podía. El Federico Guillermo de Potsdam, llamado por otro nombre el Cuarto, ha demostrado que también en su actitud para con los proletarios saben hacer progresos las artes “ paternales” de gobierno. La ordenanza industrial de policía del año 1845 entregó a las clases trabajadoras, por si aún lo estaban poco, atadas de pies y manos a los capitalistas y patronos (2). En esta nueva ley se castiga con severas penas la menor tentativa de asociarse y organizar de ese modo sus fuerzas, sea para oponerse a una rebaja de salarios o para conseguir salarios mejores, que basten por lo menos para cubrir las más perentorias necesidades. A los capitalistas, en cambio, con tal de que den gusto al Gobierno, se les conceden todas las libertades apetecidas contra los trabajadores. En la nueva ordenanza de domésticos, el “ paternal” Gobierno prusiano autoriza a los señores no sólo para cubrir a sus criados con todo género de insultos, sino hasta para apalearlos, siempre y cuando que el apaleado no quede tullido por la paliza. Salvo en este caso, el que se ve obligado a servir no puede quejarse ni reclamar. En una orden secreta de gabi- (1) Esta acusación no va, naturalmente, contra Federico G uillermo IV en persona, pues ¿qué iba a hacer éste con ellas? (N . de la R .) (2) Esa ordenanza mantenía en pie las antiguas normas contra las coaliciones, recargando sus penas.

39^ MARX Y ENGELS. EL MANIFIESTO COMUNISTA nete del 14 de junio de 1844, el rey “ cristiano” de Potsdam ordena a los censores que no dejen pasar en la Prensa la menor alusión a las relaciones entre las clases poseedoras y desposeídas, ni la menor referencia a la situación de los obreros frente a los terratenientes medievales y la burguesía. Cuando en 1844 miles de tejedores de las montañas silesianas, acosados por la miseria y la desesperación, se sublevaron contra los señores de las fábricas, el “ piadoso” rey de Prusia dejó que los ametrallasen y los matasen a bayonetazos como perros, y a los que no murieron los sepultó en el presidio, y encima, a la mayoría de ellos, aun les arrancaron la carne de la espalda vareándolos de veinte a cuarenta veces.* He ahí las bendiciones que los proletarios tenemos que agradecerle a la monarquía “ cristiano-germana” . El año 1847, año de hambre, nos ha dado nuevas pruebas de esto. Mientras miles de proletarios de la provincia del Rin, de Westfalia, de Silesia, de Posen y de la Prusia oriental sucumbían de hambre y de fiebres engendradas por ésta, la monarquía prusiano-germana” y sus criaturas seguían regodeándose, como si nada ocurriese, en todos los deleites que la abundancia y la ociosidad son capaces de inventar. Hasta que, por fin, cayó en la cuenta de que tenía que hacer algo para aparentar la pena que le daban aquellas poblaciones hambrientas. Y así surgió la ley prohibiendo el empleo de patatas en las destilerías, y unos cuantos decretos mas por el estilo, con que se quería tapar los ojos a la clase trabajadora. El miedo a los proletarios fué creciendo, sobre todo cuando en Berlín y en algunos otros sitios estallaron disturbios por la falta de pan. El miedo llevó al “ paternal” Gobierno prusiano a hacer un nuevo esfuerzo “ en bien de las clases trabajadoras” . ¿En qué consistía ese esfuerzo? En enviar un consejero de gobierno de Berlín a Bremen con el encargo de comprar urgentemente y bajo cualesquiera condiciones 6.000 toneladas de trigo y expedirlas sin demora a Berlín y otras localidades. El consejero de gobierno se dirigió a la casa Delins de Bremen, donde exhibió sus poderes. Y como era necesario reunir las 6.000 toneladas a cualquier precio, los marchantes de trigo se pusieron en campaña, y a las dos horas, la tonelada había experimentado ya un alza de cerca de 40 tálers oro. Y la subida no •paro ahí. En Bremen sólo lograron reunirse 1.500 toneladas. Para el resto, ios tratantes en trigo de Bremen remitieron al emisario a sus existencias de Stettin, Danzig, etc., a las que dieron salida, de este modo, a los enormes precios desencadenados por el consejero de gobierno de Prusia. Esta alza de trigo en Bremen hizo que a la vuelta de unos cuantos días los precios del grano subiesen al mismo nivel en todo el norte de Alemania y que las clases trabajadoras tuviesen que pagar su pan una tercera parte más caro y encima soportar como contribuyentes la carga que aquel negocio, tan torpemente llevado por el Gobierno, echaba sobre la Hacienda. Eso es lo que se llama en alemán “ gobernar paternalmente” , y el ser rey absoluto por “ la gracia de Dios” consiste en hacer fuego o lanzarse a la bayoneta sobre los obreros hambrientos apelotonados en Berlín, en Stettin, etc., mientras el “ piadoso rey” manda fabricar con el dinero de la clase trabajadora panoplias por valor de medio millón y se las envía como juguete regio a su ahijado de Londres, un arrapiezo que apenas sabe sorber los mocos.

No acabaríamos nunca si quisiéramos enumerar todo lo que debemos a la “ monarquía absoluta” ; basten, pues, los ejemplos aducidos. De ellos se desprende ya claramente que esa monarquía es, por lo menos, tan enemiga nuestra como lo es la burguesía. Pero no perdamos de vista que ésta necesita, para consolidar su hegemonía, libertades políticas que la “ monarquía absoluta” deniega obstinadamente y que nosotros, los proletarios, utilizaremos, tan pronto como sean concedidas, como palanca para derribar lo antes posible lo existente; enfocada así la cosa, se comprenderá nuestro interés en el movimiento político actual, pues ayudando a acelerar la caída de esa monarquía laboraremos en nuestro propio provecho. Hasta allí, pero no más, discurren juntos nuestros caminos. Derribado el enemigo de “ derecho divino” , derribado el Estado “ cristiano” de policía, derribado el gobierno “ paternal” , ya no tendremos más enemigos que la burguesía; el palenque de nuestras luchas se simplificará y el plan de batalla no será difícil de trazar.

Pero mientras no apretemos nuestras filas de proletarios, mientras no nos unamos y organicemos, mientras no laboremos con nuestras fuerzas unidas por transformar radicalmente nuestra situación, será inútil cuanto hagamos por luchar contra este 39& MARX Y ENGELS. EL MANIFIESTO COMUNISTA “ sistema paternal de gobierno” ni contra la burguesía. Hasta ahora no disponemos en Alemania ni de libertad de Prensa para defender nuestros intereses ni de derecho para reunirnos públicamente y poder manifestarnos e ilustrarnos linos a otros acerca de las condiciones sociales, acerca de la situación de poseedores y desposeídos, en una palabra, acerca de todas las cuestiones que afectan al proletariado. Es indudable que esas libertades políticas facilitan la obra de emancipación, pues con ayuda de ellas el proletariado puede organizarse más rápidamente; por eso el actual movimiento político, encaminado también hacia la libertad de Prensa y el derecho de libre asociación, tiene gran importancia para nosotros. Pero no seamos tan necios que, entretanto, pongamos las manos tranquilamente en el regazo, en espera de que se proclamen esos derechos. Hagamos contra la ley lo que ésta nos prohibe. La ley es obra de nuestros enemigos, fruto del gobierno “ paternal” en interés de los ricos y poseedores; a nosotros, los desposeídos, la ley sólo obliga mientras no tenemos fuerza bastante para derribarla. Hagamos en secreto ló que se nos prohibe hacer públicamente; aquí no podemos acatar más ley que la ilegalidad. Cuantas más dificultades se nos pongan en el camino, más actividad y energía debemos desplegar para organizamos y unirnos en una actuación común por encima de ella. “Ayúdate a ti mismo” , dice el proverbio; y verdaderamente, si nosotros, los proletarios, no sabemos emanciparnos por nosotros mismos, no esperemos que nadie nos emancipe.

¡Qué pavor infundimos ya hoy tanto a la monarquía de “ derecho divino” como a la burguesía, hoy, en que estamos casi solos, en que no somos más que un puñado de individuos sueltos, desgarrados no pocas veces por las discordias intestinas e inconscientes de la fuerza que da la unión! ¿No bastaron unos cuantos cientos de proletarios en Berlín, participando en los tumultos de protesta por la falta de pan, sin plan, sin previo acuerdo, sin un objetivo común, para hacer temblar a toda la capital y hacer perder la cabeza durante medio día a todas las autoridades, hasta las más supremas e inaccesibles? ¿No han confesado dos altos funcionarios ministeriales que, pese a todas las tropas, Berlín hubiera caído en manos de los proletarios a poco que éstos hubiesen sabido explotar su fuerza y actuar en común? Es cierto; Berlín estuvo cinco horas enteras en manos del pueblo, sin que éste lo advirtiese. Y lo mismo aconteció en muchos otros sitios de Prusia y del resto de Alemania. Y si un montón de proletarios aislados e insignificantes, obrando sin plan ni concierto, bastan para hacer peligrar de ese modo lo existente, fácilmente se comprenderá que, una vez unidos y organizados como un solo hombre, no habrá poder en el mundo capaz de arrancarnos la victoria. Aislados no somos ni seguiremos siendo más que pobres esclavos entregados al hambre y a la miseria, a la soberbia y a la misericordia de los grandes y los ricos* unidos y organizados, los barrotes que forjan para nosotros la propiedad privada o los gobiernos “ cristiano-germanos” se quebrarán en nuestras manos como mimbres secos.

Los emigrantes alemanes Y a en la antigüedad aspiraban los hombres a un mundo mejor, a un mundo nuevo, en el que confiaban en ser felices, y sus aspiraciones siguen siendo las mismas de entonces. Desgraciadamente, pese a todas las aspiraciones, poco es lo que hasta hoy se ha conseguido, pues durante mucho tiempo se ha estado buscando ese mundo mejor donde no podía encontrarse, y aun es hoy el día en que son muy pocos los que saben y comprenden que ese mundo mejor está bien cerca de nosotros, que para alcanzarlo basta con unir y organizar a los oprimidos, con imponerse un recio esfuerzo. Se equivocan de medio a medio, naturalmente, los que piensan que basta con buscar, con emigrar a América, para dar con ese mundo mejor. Ese mundo mejor no hay que buscarlo, sino conquistarlo, y el cielo no nos ayudará si nosotros mismos no nos unimos firmemente y nos ayudamos. En otro tiempo, millones de europeos se precipitaban hacia el Oriente para escapar a la tiranía de los señores feudales, para ganar el cielo con la conquista de los Santos Lugares y esperanzados en que en el suelo que había pisado su Redentor les sería dado ya sobre la tierra un avance de las delicias celestiales; pero fueron muy pocos los que alcanzaron la meta, pues los más cayeron sin haber visto la tierra 4oo MARX Y EN GELS. EL MANIFIESTO COMUNISTA de Jerusalén, derribados por las enfermedades y por el acero de los turcos.

Hoy, millones de europeos acuden a las costas de O ccidente esperando encontrar allí un suelo libre y un porvenir dichoso para sí y sus familiares; pero los más sucumben sin ver cumplidas sus esperanzas. Miles de emigrantes mueren ya en las bodegas abarrotadas de los barcos, barridos por las enfermedades, sin haber divisado la orilla del Nuevo Mundo. Miles y miles más caen, no segados ciertamente por el acero turco, pero sí arruinados física y moralmente, despojados por truhanes y engañadores de cuanto poseían, en las esquinas o en los asilos obreros de la Unión; y miles de hombres, obligados a entregar sus brazos a la burguesía americana para poder vivir, se ven explotados tanto y aun más que si estuviesen en Europa, y cuando las fuerzas se les acaban tienen que dar gracias, exactamente lo mismo que en Europa, si los dejan morir en un hospital o en un asilo obrero, jCuán pocos son los que consiguen cimentar una existencia para sí y sus familias! Los buenos alemanes, a quienes hay que reconocer que su libre y unida Alemania, con sus treinta y cuatro príncipes y principillos soberanos, no ofrece gran aliciente, están atravesando por una verdadera borrachera de emigración, y lo malo es que, de todos los emigrantes, ningunos se ven tan estafados, tan tirados por los rincones, tan explotados y maltratados como los alemanes.

En las ciudades de Alemania, Holanda y Bélgica, en Londres y Nueva York, en todos los lugares del mundo donde embarcan o desembarcan emigrantes alemanes, se ha formado una clase especial de hombres que tienen por profesión estafar a esas pobres gentes, las más inexpertas del mundo. Los ingleses llaman a esa casta de hombres “tiburones de tierra” (land sharks)3 nombre muy adecuado, pues devoran con la misma codicia el cruzado del pobre que el ducado de quien tiene un poco más de fortuna. Tan pronto como llegan aquí, a Londres, emigrantes alemanes, se .ven rodeados por estos pájaros, acompañados a ciertas moradas, y ya no les dejan de la mano mientras tengan algo que perder. Los más afortunados son los que han pagado por adelantado el'pasaje, pues esos llegan por lo menos a las costas de América; los demás tienen que quedarse por el camino, y a la postre, la necesidad los obliga a desnudar a los compatriotas que vienen detrás de ellos, lo mismo que a ellos los desnudaron. ¿Pero es que la policía no interviene?, se preguntará el lector, maravillado. La respuesta no puede ser más sencilla: la ley inglesa tiene por principio que “ donde no hay demandante, no hay tampoco juez” . Y como los pobres alemanes no entienden el idioma ni saben orientarse por esta ciudad gigantesca, como nadie se preocupa de ellos, raro es el caso en que consiguen dar con las personas que los estafaron para entregarlos a los tribunales. Los tiburones de tierra no tienen más que saltar de tugurio en tugurio y recatarse, aguardando a que se haga a la mar el barco que lleva sus víctimas; luego, pueden salir de nuevo a la calle y reanudar el negocio. Pero, aun supuesto el caso de que el emigrante consiga entregar uno de esos pájaros a la policía, no habrá salido ganando nada; el ladrón es enviado, sin duda, a la prisión, pero lo robado no aparece, y antes de que el proceso se abra, el barco parte y la víctima del robo con él; y no presentándose nadie a mantener la querella, el tiburón de tierra queda en libertad. Y lo mismo que en Londres, les pasa a miles de emigrantes en El Havre, en Amberes, en Rotterdam, etc., y los afortunados que logran desembarcar con algo todavía en Nueva York, caen allí en las garras de los tiburones americanos. Nos han contado infamias increíbles cometidas con emigrantes alemanes, y en los números siguientes de nuestra revista diremos algunas, para que sirvan de aviso a todos los emigrantes. Y rogamos a nuestros amigos de los barrios del puerto que comuniquen a esta redacción todos los abusos y estafas, cometidos contra los emigrantes, de que tengan noticia.

Muchos alemanes se preguntarán: De todos nuestros embajadores y cónsules de Londres, ¿ninguno se ha ocupado de los emigrantes?

Los ingleses y los franceses, por dondequiera que vayan, sean viajeros o emigrantes, encuentran protección, consejo y ayuda en los cónsules y embajadores de su país; no así los alemanes, sobre todo si son proletarios; en cuanto salen de las 402 MARX Y EN GELS. EL MANIFIESTO COMUNISTA fronteras de la Confederación que los tiene por súbditos, en cuanto abandonan el suelo alemán, ningún embajador o cónsul de su país se cuida de ellos. Los embajadores y cónsules alemanes en Inglaterra, a quienes el pueblo alemán paga sueldos de cientos de miles todos los años, tienen otras cosas de que ocuparse. Él piadoso Bunsen ( i) se dedica a fundar asociaciones juveniles y sociedades evangélicas para inmunizar a los proletarios contra el veneno del ateísmo y el comunismo y enchiquerarlos en el gran establo del Estado “ cristiano-germano” ; los demás envían de vez en cuando a las asociaciones obreras algún que otro espía y se dedican a divertirse.

¡Quién se preocupa de proletarios, y sobre todo de proletarios que aspiran a ser republicanos! Y a propósito, camaradas, ¿qué tal estaría si un buen día, en vez de emigrar a la remota república de Norteamérica, dejándoos desnudar y explotar en el viaje, apretaseis un poco vuestras filas, pusieseis término a ese absurdo “ cristiano-germano” y enviaseis a vuestros príncipes paternales y bondadosos a hacer un viaje bajo cielos más suaves (a Texas, por ejemplo, o al Africa central, adonde tan de buena gana quieren expediros los píos hermanos), o a un clima más adecuado para su constitución (a Rusia, pongamos por caso), y os decidieseis a instituir en Alemania una república en la que todo el que quisiera trabajar encontrara medios de vida? ¿Eh, qué decís a eso? Nos parece que bien valdría la pena de intentarlo; se ahorraría mucho tiempo y dinero, y podéis estar seguros de que costaría diez veces menos víctimas que las que siembran la ruta de los emigrantes hacia el Nuevo Mundo.

¡Proletarios, pensad alguna vez en esto!

( i ) El barón de Bunsen (179 2 -18 6 0 ), embajador prusiano en Londres desde 1845, era un celoso propagandista de las "misiones interiores” . En una de las alocuciones de la Liga de los Justicieros, la de noviembre de 1846 (V . supra, pág. 363), se habla de la labor desarrollada por Bunsen en este terreno y de las asociaciones de artesanos y jóvénes cristianos, fundadas en Londres bajo sus auspicios, a semejanza de las que también existían en B erlín, Hamburgo, Stuttgart, Basilea y París. Revista política y social En los números siguientes abdicar.— Las a rc a s públicas daremos un breve resumen de están vacías, el país plagado los acontecimientos políticos y de bandas de salteadores y el sociales de todos los países, en comercio y los negocios parafocados desde el punto de vista lizados. ¿Hasta cuándo se decomunista; hoy, el escaso espa jará maltratar el pueblo espacio de que disponemos sólo nos ñol? permite apuntar algunos de los sucesos más notables de la ac F r a n c i a . El sistema de Luis tualidad. Felipe está en las últimas y extiende por toda Francia, al desP o r t u g a l . Una reina perju componerse, un hedor pestilenra (1) es restaurada a la fuer cial. Ladrones, salteadores y za por los ingleses, franceses y asesinos manipulan sin recatarespañoles en el trono de que la se casi, y entre la clase goberarrojara la general y justa nante el honor y la justicia son cólera del pueblo portugués. — ya palabras vanas (4). — Los Los proletarios de las ciudades republicanos y comunistas, fuempiezan a abrir los ojos y for sil al brazo, contemplan impaman asociaciones republicanas sibles .el espectáculo. Cuando y comunistas. el paciente exhale el último suspiro enterrarán el cadáver, E s p a ñ a . Grandes escándalos y como primer remedio para en la corte. Isabel (2), la jo purificar el aire proclamarán ven reina a quien el viejo mer la república. cader de almas (3) de París impuso por marido un ser im A l e m a n i a . El Gran Duque potente, busca c o n s u e l o en de Hessen (5) prohibe a los amantes más viriles, y como proletarios el matrimonio. No sus ministros no le consienten nos preocupa, pues sabemos esos devaneos, amenaza con procrear y multiplicarnos sin (1) M aría II da Gloria, que subió al trono en 1834 y fué restaurada en él en 1847. (2) Isalbel II.

(3) Luis Felipe, rey de Francia.

(4) Alude a la larga serie de escándalos que en 1847 se produjeron en la alta sociedad de Francia. (5) Luis II de Hessen-Darmstadt.

404 MARX Y ENGELS. EL MANIFIESTO COMUNISTA la bendición del cura. — Lola Feargus O ’Connor (5) produMontes (1) sigue abofeteando ce gran sensación, y la acogia los leales súbditos bávaros; da que encuentra demuestra ¡que les aproveche!— Federi que el pueblo aspira seriamenco Guillermo el Gordo, Señor te a emancipar la tierra. Desde Berlín (2), hace decretos graciad am ente, el plan de sobre los bigotes y manda con O ’Connor descansa en el redenar a los nobles polacos que parto y no en la comunidad quieren emancipar a su desdi de bienes. Más detalles acerca chada patria (3). — La bur de esto en nuestro próximo núguesía prusiana sigue avanzan mero. — Las elecciones para el do lentamente y Federico el nuevo Parlamento han termiGordo, con toda su Real Casa, nado, habiendo salido elegidos acabará sirviendo, además de algunos hombres de valer. — al señor, a los amos del dine La reina y el príncipe Alberto ro. — Fernando de Viena cuen se dedican a hacer viajes de ta los cristales de su palacio recreo, mientras los proletarios (4), y Metternich se relame suspiran en la miseria más esbarruntando sangre. — Los de pantosa. T out comme chez más príncipes patriarcales de nous.

A l e m a n i a emprenden viajes de recreo, y el pueblo ale En P a í s e s e s c a n d i n a v o s . mán. . . muerde el pañuelo Suecia, la doctrina comunista para matar el hambre. encuentra buena acogida en el pueblo. Como en todas partes, B é l g i c a y H o l a n d a . Se di los más rabiosos enemigos del ce que los reyes de Holanda y comunismo son aquí los sacerBélgica encuentran demasiado dotes. La igualdad de esos segravoso el peso de sus coronas ñores no es de este mundo. Pey que tienen el propósito de ro vuestros esfuerzos, negros osabdicar y salir a viajar. Bon curantistas, son en vano, no os uoyage. molestéis. G r a n B r e t a ñ a . El plan S u i z a . Los jesuítas y sus leaagrario del conocido cartista les arman un ruido espantoso; (O Bailarina española, amante del anciano rey de Baviera Luis I, (2) Federico Guillermo IV.

( 3) Alude a las consecuencias de la insurrección polaca de 1846. (4 ) Fernando I de Austria, demente y m uy enfermo. ( 5) V . supra, pág. 223.

Metternich les envía pertrechos H u n g r í a . También aquí, en de guerra, y actualmente se de el país más libre de la monardican a aniquilar a todos los quía austríaca, se siembra la radicales . .. con el pico; pero simiente del comunismo y cae en cuanto las tropas federales en tierra fructífera. — Dónde y avancen, lo que confiamos que cómo no se lo descubriremos no se hará esperar, es muy pro por ahora al señor de M etbable que los señores de la ternich. Sonderbund (1) corran a refugiarse en sus casas. P o l o n ia . En Lemberg (Galitzia), dos grandes hombres, I t a l i a . El Papa Pío IX ha Teófilo Wisniowsky y José Kalevantado la bandera de la li puscinsky, han sufrido la muerbertad y del progreso y el pue te de los mártires. Murieron blo italiano se ha congregado como dos hé r oe s , gritando: junto a él con verdadero en “ ¡Viva Polonia!55 y “ ¡Hombres, tusiasmo. El sangriento M et aprended de nosotros cómo se ternich, descontento de esto, muere por una causa justa!55 quiso organizar en el Estado Camino del cadalso, el pueblo eclesiástico una segunda edi les arrojaba por todas partes ción de las matanzas de Ga- coronas de flores. — ¡Todavía litzia; en vista de que no lo no está perdida la causa de Poconsiguió, parece que se dispo lonia! (2). ne a emplear la fuerza para que en Italia siga todo bonita . R u s i a . Los bravos circasiamente en las tinieblas. Se dice nos han vuelto a infligir a los que el Papa ha declarado que rusos varias derrotas de imporsi Metternich le atacaba, sal tancia. — Pueblos, a p r e n d e d taría sobre un caballo y sal ahí todo lo que son capaces de dría al encuentro de los mer hacer hombres que quieren ser cenarios austríacos a la cabeza libres.

de su pueblo. {Bravo! Esta vez puede que el astuto Metter T u r q u í a . El sultán ha abonich se haya equivocado. lido la esclavitud y rinde culto al progreso. — ¡Mírate en este (1) Los cantones separatistas, acaudillados por los católicos. (2) En febrero de 1846 estalló en Galitzia una insurrección de los nacionalistas polacos, lamentablemente fracasada; el 31 de julio de 1847 fueron ejecutados brutalmente en Lemberg por el verdugo austríaco los dos insurrectos mencionados más arriba.

4o6 MARX Y EN G ELS. EL MANIFIESTO COMUNISTA espejo, tú, que sólo quieres ser N o r t e a m é r i c a . L os nortevir al señor con toda tu casa americanos s i g u e n liados en ( i ); estás hasta por debajo de guerra con los mexicanos. Hay los turcos! que esperar que se adueñen de la mayor parte del territorio G r e c ia . E l bávaro Otto (2) mexicano y sepan utilizar meha declarado a sus fieles esta jor el país de lo que éstos lo mentos que se ve en la más re han hecho (3). La Liga para pugnante penuria de dinero y la emancipación de la tierra, la que nadie quiere prestarle na Joven América, cuenta cada da. ¡Oh, Rothschild, apiádate día con nuevos afiliados (4). de él!

De venta en Londres, en la Librería Alemana, 8, Marylebone Street, Regent’s Street, Quadrant; en el Westend, en la Liga de Cultura Obrera, 191, D rury Lane, H igh H olborn; y en el Ostend, en la Asociación de Cultura Obrera, Castle Goodman’s Style, Whitechapel. Printed for the Proprietors by Meldolas Cahn Css' Co., 18, St. M ary Axe, City, London.

(1 ) Alusión a Federico Guillermo IV de Prusia.

(2) O tón I de Grecia.

(3) La guerra de los Estados Unidos contra M éxico estalló por la anexión de Texas. Terminó con la paz de Guadalupe-Hidalgo, el 2 de febrero de 1848, por la que los Estados Unidos — abonando una indemnización de i 8 millones de dólares— obtenían, ademas de Texas, una faja de tierra bastante extensa que iba desde el noroeste de Texas hasta el O céano Pacífico. (4) En 1847, Engels aprobaba expresamente la inteligencia entre los comunistas norteamericanos y los reformadores agrarios, ya que éstos " v o lvían la Constitución democrática contra la burguesía y pretendían u tilizarla en interés del proletariado” . (Véase Principios de comunismo, respuesta a pregunta 25.) III ESTATU TOS DE LA LIGA COM UN ISTA (1) .

¡Proletarios de todos los países, unios!

S e c c i ó n i .— L a l i g a Art. 1. La finalidad de la Liga es el derrocamiento de la burguesía, la instauración del régimen del proletariado, la abolición de la vieja sociedad burguesa, basada en los antagonismos de clase, y la creación de una sociedad nueva, sin clases ni propiedad privada.

Art. 2. Las condiciones para ser miembro de la Liga son: a) vida y actuación en consonancia con el fin propuesto; b ) energía revolucionaria y celo para la propaganda de estas ideas; c) profesión del credo comunista; d) los miembros de la Liga no podrán pertenecer a nin- ' guna sociedad anticomunista (2), política o nacional, y deberán dar cuenta de su pertenencia a cualesquiera sociedades a l a s ,autoridades competentes de la Liga; e) deberán someterse a las decisiones de la Liga; f) guardar sigilo en cuanto concierna al régimen interno de la Liga, y g) ser admitidos unánimemente en una Comuna.

Quienes dejen de ajustarse a estas condiciones serán expulsados. (V. infra, sec. V III.) (1 ) Tomados de la obra de Grünberg, D ie Londoner K o m m unistiscbe Z e itsch r ift (Leipzig, 1 9 2 1 ), págs. 86 ss.

(2) Lo mismo Grünberg, 1. c., que Riazanof, en la versión inglesa de su edición del Manifiesto Comunista ( T h e C o m m u nist M anifestó o f K . M arx and F. Engels, Londres, 1930, pág. 340), al reproducir los Estatutos de la Liga, transcriben "com unista” en vez de "anticom unista” . Nosotros aceptamos esta segunda lectura que da H . Duncííer, Das K om - m unistische M anifest (7* ed., Berlín, 1 9 3 1 ), pág. 56, por parecemos la más racional.