El movimiento reformista en Francia

[Friedrich Engels]

El movimiento reformista en Francia

Escrito a principios de noviembre de 1847.

[“The Northern Star” nº 526 del 20 de noviembre de 1847]

Cuando, durante la última sesión de la asamblea legislativa, el señor É[mile] de Girardin sacó a la luz aquellos numerosos y escandalosos casos de corrupción que, según suponía, derribarían al gobierno, y cuando, al final, el gobierno logró sostenerse contra la tormenta, cuando los famosos doscientos veinticinco <la mayoría de la Cámara de Diputados que apoyaba al gobierno Guizot> declararon estar “convencidos” de la inocencia del gabinete, todo parecía acabado, y la oposición en el parlamento recayó, hacia el final de la sesión, en la misma impotencia y letargo que había mostrado al principio. Pero no todo había terminado. Los señores Rothschild, Fould, Fulchiron y Cía. estaban ciertamente satisfechos, pero el pueblo no lo estaba, y una gran parte de la burguesía tampoco. La mayoría de la burguesía francesa, sobre todo la burguesía media y pequeña, tuvo que reconocer que los actuales electores se habían convertido, cada vez más, en dóciles servidores de un pequeño grupo de banqueros, corredores de bolsa, especuladores ferroviarios, grandes fabricantes y propietarios de tierras y minas, cuyos intereses son los únicos que preocupan al gobierno. Comprendieron que no tenían esperanza alguna de recuperar jamás en las cámaras la posición que desde 1830 venían perdiendo día a día, mientras no extendieran el derecho electoral. Sabían que el intento de una reforma electoral y parlamentaria era para ellos un experimento peligroso; pero ¿qué otra cosa les quedaba? Viendo que el gobierno y ambas cámaras estaban comprados por la
haute finance
<
aristocracia financiera
>, los reyes de la Bolsa de París, y que sus propios intereses eran pisoteados abiertamente, se hallaban

ante la alternativa de someterse pacientemente y esperar, humildes y modestos, a que la codicia de los señores del dinero dominantes los redujera a la mendicidad, o arriesgarse a una reforma parlamentaria. Optaron por esto último.

Por eso, hace unos cuatro meses, se unió la oposición de todos los matices para organizar una manifestación en pro de la reforma electoral. Se preparó un banquete público que tuvo lugar en julio en los salones del Château-Rouge de París. Todos los grupos reformistas estaban representados, y era una sociedad bastante variopinta; pero los demócratas, por ser los más activos, llevaban visiblemente la voz cantante. Habían aceptado participar únicamente con la condición de que no se brindara por la salud del rey, sino que, en su lugar, se lanzara un vítor a la soberanía del pueblo. Como el comité sabía perfectamente que en la ciudad más democrática de Francia era imposible una manifestación efectiva sin los demócratas, tuvo que ceder. Si mal no recuerdo, usted publicó por entonces un extenso informe sobre este banquete, que, en todos los sentidos, fue más que cualquier otra cosa una demostración de la fuerza de la democracia en París, tanto numérica como intelectualmente.

El
“Journal des Débats”
no dejó de armar un espantoso alboroto a propósito de este banquete.

“¡Cómo! ¡Ni un solo brindis por el rey! Y este brindis no fue omitido por negligencia o por falta de decoro — ¡oh, no!—: ¡un sector de los organizadores puso la omisión como condición de su apoyo! ¡Vaya, el tranquilo y pacífico señor Duvergier de Hauranne, el adalid de la fuerza moral y monárquico señor Odilon Barrot, se han juntado con una buena compañía! ¡Esto no es mero republicanismo, physical forcism <doctrina de la aplicación de la fuerza física>, socialismo, utopismo, anarquismo y comunismo! ¡Oh, no, señores míos, los calamos: hemos conocido sobradamente los ejemplos de sus sangrientas hazañas; podemos demostrar por qué luchan! ¡Hace cincuenta años, caballeros, se llamaban ustedes
Club de los Jacobinos
!”

Al día siguiente, el
“National”
respondió al gruñido fieramente salvaje del periódico
moderado que bufaba de cólera
con una catarata de citas del diario personal de Luis Felipe de 1790 y 1791, según las cuales las anotaciones del entonces “Citoyen Égalité < Ciudadano Igualdad (nombre que adoptó el duque de Orleans, padre de Luis Felipe, durante la Revolución Francesa)> junior” empezaban todos los días con las palabras: “Hoy estuve con los Jacobinos” — “Hoy me permití dirigir unas palabras a los Jacobinos, que fueron acogidas con cálido aplauso” — “Hoy fui llamado para el cargo de guardián de la puerta de los Jacobinos”, etc.

El comité central de la oposición había exhortado a sus amigos en todo el país a seguir el ejemplo de la metrópoli y a organizar en todas partes banquetes similares en pro de la reforma. Así se hizo, y en casi todas las regiones de Francia se celebró un gran número de banquetes en apoyo de la reforma. Pero no en todas partes pudo alcanzarse la misma unanimidad entre todos los grupos reformistas. En muchas ciudades pequeñas, los liberales burgueses fueron bastante fuertes para imponer el brindis por la salud del rey, con lo que los demócratas quedaron excluidos de la participación. En otras localidades, intentaron hacer pasar el brindis de la siguiente forma: “Por el rey constitucional y por la soberanía del pueblo”. Como los demócratas tampoco estaban de acuerdo con esto, se recurrió a una nueva argucia y se reemplazó al “rey constitucional” por las “instituciones constitucionales”, en las que, por supuesto, quedaba tácitamente incluida la monarquía. Entre los liberales del campo se planteó entonces la gran cuestión de si debían renunciar incluso a esta formulación y abandonar todo intento de beber a la salud del rey en forma alguna, o si debían romper abiertamente con los demócratas, que, en ese caso, habrían organizado sus propios banquetes y les habrían hecho una grave competencia. Pues el partido demócrata insistía en el acuerdo original de que no se mencionara en absoluto al rey en todo el asunto, y si bien el “National” vaciló en una ocasión, el partido de la “Réforme” se mantuvo firmemente en el lado republicano. En las grandes ciudades, los liberales tuvieron que ceder en todas partes, y si en las localidades de menor importancia se bebió a la salud del rey, ello solo fue posible porque esos banquetes cuestan mucho dinero y el pueblo, por consiguiente, queda naturalmente excluido de ellos. A propósito del banquete de Bar-le-Duc, escribía la “Réforme”:

“Quienes se figuran que estas manifestaciones son expresión de la opinión pública en Francia se equivocan por completo; son realizadas únicamente por la burguesía, y el pueblo está excluido de ellas. Si este movimiento sigue transcurriendo dentro de los estrechos límites de un banquete al estilo de Bar-le-Duc, desaparecerá como todos los movimientos burgueses, del mismo modo que el movimiento librecambista entregó el alma muy pronto, después de unos cuantos discursos huecos.”

El primer gran banquete tras el banquete de París tuvo lugar a principios de septiembre en Estrasburgo. Fue bastante democrático, y al final

un obrero lanzó un vítor a la organización del trabajo. Con ello se designa en Francia lo que en Inglaterra se intenta llevar a cabo con la
National Association of United Trades
<
Asociación Nacional de los Oficios Unidos
>, a saber, la liberación del trabajo de la opresión del capital, continuando la industria, la agricultura y otras esferas bajo un gobierno democrático, ya sea en beneficio de los propios trabajadores unidos o en beneficio del pueblo entero.

Siguieron luego los banquetes de Bar-le-Duc, una manifestación de la burguesía que el alcalde cerró con un brindis por la salud del rey constitucional (verdaderamente constitucional en extremo); los banquetes de Colmar, Reims y Meaux, los cuales estuvieron completamente dominados por la burguesía, que en estas ciudades de segundo orden siempre logró imponer su voluntad.

Pero el banquete de Saint-Quentin fue de nuevo más o menos democrático, y el de Orleans, en los últimos días de septiembre, fue, de principio a fin, una reunión completamente democrática. Lo prueba el brindis por la clase obrera que pronunció el señor Marie, uno de los abogados más célebres de París y demócrata. Abrió su alocución con las siguientes palabras:

“¡Por los obreros, por esos hombres que siempre han sido descuidados y olvidados, pero que han servido siempre con fidelidad a los intereses de su país, que estuvieron siempre prestos a morir por él, ya fuera para defender la patria contra invasiones del exterior, ya para proteger nuestras instituciones cuando se ven amenazadas por enemigos del interior! ¡Por aquellos a quienes pedimos las Jornadas de Julio y que nos las dieron; que son terribles en sus actos, generosos en su victoria y magníficos en su valentía, sinceridad y desinterés!”

Concluyó el brindis con las palabras: “¡Libertad, Igualdad, Fraternidad!”. Es característico que el banquete de Orleans fuera el único en el que se reservaron oficialmente cubiertos para los representantes de la clase obrera.

Los banquetes de Coulommiers, Melun y Cosne fueron, ciertamente, de nuevo reuniones exclusivas de la burguesía. El
“centro izquierda”
, los liberales burgueses del
“Constitutionnel”
y del
“Siècle”
, se regodearon con los discursos de los señores Barrot, Beaumont, Drouyn de Lhuys y semejantes buhoneros de la reforma. En Cosne, los demócratas se manifestaron abiertamente contra la manifestación porque se había insistido en el brindis por el rey. La misma estrechez de espíritu imperó en el banquete de La Charité sur Loire.

En cambio, el banquete de Chartres fue enteramente democrático. Ni un brindis por el rey, sino por la más amplia reforma electoral y parlamentaria, brindis por Polonia e Italia, por la organización del trabajo.

Esta semana tendrán lugar banquetes en Lille, Valenciennes y Avesnes, y en todo el departamento del Norte. Al menos las reuniones de Lille y Valenciennes tomarán con toda probabilidad un cariz decididamente democrático. En el sur de Francia, en Lyon, y en el oeste, se están preparando también manifestaciones. El movimiento reformista dista mucho de estar concluido.

Por este informe puede usted ver que el movimiento reformista de 1847 está caracterizado desde el principio por la lucha entre liberales y demócratas; que, mientras los liberales imponían su voluntad en todas las localidades pequeñas, los demócratas eran más fuertes en todas las grandes ciudades: en París, Estrasburgo, Orleans, Chartres e incluso en una ciudad más pequeña, a saber, Saint-Quentin; que los liberales concedieron muchísimo valor al apoyo de los demócratas, que dieron vueltas y revueltas e hicieron concesiones, mientras que los demócratas no cedieron ni un ápice de las condiciones que habían puesto para su apoyo; y que los demócratas salieron vencedores en todas las reuniones en las que participaron. Así, todo el movimiento se inclinó finalmente a favor de la democracia, puesto que todos aquellos banquetes que de algún modo despertaron el interés público fueron decididamente democráticos.

El movimiento reformista fue apoyado por los consejos de los departamentos reunidos en septiembre, compuestos enteramente por burgueses. Los consejos de los departamentos de Côte-d’Or, Finistère, Aisne, Moselle, Haut-Rhin, Oise, los Vosgos, el Norte y otros reclamaron reformas más o menos amplias que, naturalmente, se mantienen todas dentro de los límites del liberalismo burgués.

Pero, preguntarán ustedes, ¿qué aspecto tienen las reformas reclamadas? Hay tantas propuestas de reforma diferentes como matices de liberales y radicales. La exigencia mínima es la extensión del derecho electoral a las
capacidades
—a las que en Inglaterra quizá llamen ustedes académicos—, incluso cuando no pagan los 200 francos de contribución directa mediante los cuales se obtiene hoy el derecho al voto. Los liberales, además, comparten en mayor o menor medida con los radicales algunas otras propuestas. Rezan así:

1. La extensión de la
incompatibilidad
, es decir, la declaración de que ciertos cargos gubernamentales son incompatibles con las funciones de un diputado.

El gobierno tiene actualmente a más de 150 de sus empleados subordinados en la Cámara de Diputados, todos los cuales pueden ser destituidos en cualquier momento y son, por tanto, enteramente dependientes del gabinete.

2. La ampliación de algunos distritos electorales; varios de ellos tienen menos de 150 electores, por lo que están completamente sometidos a la influencia que el gobierno ejerce sobre sus intereses locales y personales.

3. La elección de todos los diputados de un departamento en una asamblea plenaria de electores que tenga lugar en la capital del departamento correspondiente, de modo que los intereses locales se sumerjan más o menos en los intereses generales de todo el departamento y, de esta manera, se inutilicen la corrupción y la influencia del gobierno.

Existen además propuestas para reducir gradualmente las condiciones del censo. La más radical de estas propuestas provino del
"National"
, el periódico de los pequeños comerciantes republicanos, que quiere extender el derecho electoral a todos los miembros de la Guardia Nacional. Esto concedería el derecho de voto a toda la clase de los pequeños comerciantes y tenderos, y ampliaría el sufragio en la misma medida que la Reform Bill en Inglaterra, pero las consecuencias de semejante medida tendrían en Francia un alcance mucho mayor. La pequeña burguesía es en este país tan oprimida y exprimida por los grandes capitalistas, que tendrá que recurrir a medidas agresivas directas contra los señores del dinero tan pronto como haya recibido el derecho electoral. Como ya expuse hace meses en un artículo que les remití, se dejaría arrastrar cada vez más, incluso contra su propia voluntad; se vería forzada o bien a abandonar las posiciones ya conquistadas, o bien a sellar una alianza abierta con la clase obrera, y eso conduciría, más pronto o más tarde, a la república. En cierta medida, ella es también consciente de ello. Su mayoría apoya el sufragio universal. Lo mismo hace el
"National"
, que respalda la medida arriba mencionada solo en la medida en que se la considera un paso preparatorio en el camino hacia la reforma. Sin embargo, entre todos los periódicos parisinos solo hay uno que no se contenta con nada menos que con el sufragio universal y que bajo el término "república" no entiende solo reformas
políticas
que, a la postre, dejarán a la clase obrera en la misma miseria que antes, sino reformas
sociales
, y precisamente reformas bien determinadas. Este periódico es la
"Réforme"
.

Pero no ha de creerse que el movimiento reformista sea hoy el único en Francia. ¡Todo lo contrario! En todos esos banquetes, ya fuesen liberales o democráticos, predominó la burguesía, y tan solo en el banquete de Orleans tomaron parte también obreros. El movimiento obrero discurre en paralelo a estos banquetes, con todo sigilo, subterráneamente y casi invisible para quien no lo siga con atención. Pero es hoy más fuerte que nunca. El gobierno lo sabe muy bien. Ha tolerado todos esos banquetes de la burguesía, pero cuando los obreros impresores de París solicitaron en septiembre la autorización para su reunión anual, que hasta entonces se había celebrado todos los años y no revestía absolutamente ningún carácter político, les fue denegada. El gobierno tiene tanto miedo a la clase obrera que no le concede la menor libertad. Tiene miedo porque el pueblo ha renunciado por completo a todo intento de insurrección y de levantamiento. El gobierno anhela un levantamiento, lo provoca con todos los medios. La policía arroja pequeñas bombas con octavillas de contenido sedicioso que, al estallar, quedan esparcidas por toda la calle. Un conflicto en un taller de la Rue Saint-Honoré fue utilizado para los más brutales ataques contra el pueblo, a fin de provocarlo al tumulto y a la violencia. Decenas de miles se congregaron durante catorce días cada noche; se los trató de la manera más infame; estuvieron a punto de responder a la violencia con violencia, pero se mantuvieron firmes y no dieron al gobierno pretexto alguno para apretar aún más el tornillo de la ley. Imagínese qué tácito entendimiento, qué común sentimiento de lo que había que hacer debió de reinar en ese momento, qué superación debió de costarle al pueblo de París soportar un trato tan infame antes que arriesgarse a un levantamiento sin esperanza. ¡Qué enorme progreso significa este autodominio precisamente en los obreros de París, que rara vez han salido a las calles sin hacer trizas todo lo que se les ponía por delante, para quienes los levantamientos se han convertido en costumbre y que marchan a una revolución tan alegres como a una taberna! Pero si de ello se sacara la conclusión de que el fuego revolucionario del pueblo se está extinguiendo, se estaría en un error. Al contrario, la clase obrera siente aquí, más fuerte que nunca, la necesidad de una revolución mucho más drástica, mucho más radical que la primera. Pero sabe, por su experiencia de 1830, que la lucha por sí sola no basta, que, una vez derrotado el enemigo, tiene que tomar medidas que garanticen la perdurabilidad de su victoria, que destruyan no solo el poder político, sino también el poder social del capital, que le aseguren el bienestar social y también la fuerza política. Por eso aguarda muy tranquilamente la oportunidad adecuada, pero mientras tanto se sumerge seriamente en el estudio de aquellas cuestiones socioeconómicas cuya solución mostrará qué medidas son las únicas que pueden

traer el bienestar de todos sobre una base firme. En el plazo de uno a dos meses se vendieron en los talleres de París 6.000 ejemplares del libro del señor Louis Blanc sobre "La organización del trabajo", debiéndose tener en cuenta además que ya antes habían aparecido cinco ediciones de este libro. Los obreros leen, además, toda una serie de otras obras sobre estos problemas; se reúnen en pequeños grupos de diez a veinte hombres y discuten los distintos planes que en ellas se proponen. No hablan mucho de la revolución, puesto que es un asunto sobre el que no caben dudas y en el que todos están de acuerdo; cuando llegue el momento en que el choque entre el pueblo y el gobierno sea inevitable, estarán en las calles y plazas, y en un abrir y cerrar de ojos levantarán los adoquines, atravesarán en las calles ómnibus, carros y carruajes, levantarán barricadas en cada avenida, convertirán cada callejuela estrecha en una fortaleza y, venciendo toda resistencia, avanzarán desde la Bastilla hacia las Tullerías. Entonces, me temo, los altos señores de los banquetes reformistas se esconderán en el rincón más oscuro de sus casas o serán dispersados como hojas marchitas ante la tormenta del pueblo. Entonces se habrá acabado con los señores Odilon Barrot, de Beaumont y otros fanfarrones liberales, y entonces el pueblo los juzgará con la misma implacabilidad con que ellos juzgan hoy a los gobiernos conservadores.