[GOBIERNO Y OPOSICIÓN EN FRANCIA] ** [The Northern Star, núm. 460, 5 de septiembre de 1846]

Las Cámaras se han reunido a deliberar. La Cámara alta, después de haber resuelto el caso del moderno regicida Joseph Henry, no tiene, como de costumbre, nada que hacer. Por su parte, la Cámara de diputados se halla laboriosamente ocupada en examinar la elección de sus miembros y se vale de esta ocasión para demostrar el espíritu que la anima. No ha habido, desde la: revolución de 1830, un ejemplo tan descarado de insolencia y desprecio por la opinión pública. “Tres quintas partes por lo menos de diputados son amigos muy cercanos del gobierno; son, para decirlo en otras palabras, o bien grandes capitalistas, traficantes en valores y especuladores en acciones ferroviarias de la Bolsa de París, banqueros, grandes fabricantes, etc., o bien obedientes cria. dos de estos señores.

El actual poder legislativo representa, en mucho mayor medida que ninguno de los anteriores, el cumplimiento de la consigna lanzada por Laffitte al día siguiente de la revolución de Julio: “De ahora en adelante, seremos los banqueros quienes gobernaremos a Francia”. Este poder legislativo es la prueba más palmaria de que el gobierno de Francia se halla, en efecto, en manos de la aristocracia del dinero, de la haute bourgeoisie2 El destino de Francia no se ventila en el gabinete de las Tullerías, ni en la Cámara de los Pares, ni siquiera en la Cámara de los diputados, sino en la Bolsa de París. Los verdaderos ministros no son los señores Guizot y Duchátel, sino los señores Rothschild, Fould y además grandes banqueros parisinos, cuyas gigantescas fortunas hacen de ellos los más eminentes representantes de su clase. Estos grandes banqueros dominan el gobierno y el gobierno vela por que sólo triunfen en las elecciones los hombres sumisos al sistema vigente o que se enri. quecen con él.

Esta vez, han obtenido un éxito rotundo: la protección por parte del gobierno y los sobornos de todas clases, unidos a la influencia de los grandes capitalistas sobre un número limitado de electores (menos de 200 000), pertenecientes todos ellos, en mayor o menor medida, a su propia clase, el terror que produjo entre los adinerados la tentativa, emprendida en el momento más oportuno, de asesinar al rey y, por últi. mo, la certeza de que Luis Felipe no sobrevivirá al parlamento actual (cuya legistatura terminará el año 1851); todos estos factores juntos bastaron para sofocar toda oposición seria en la mayoría de las asambleas electorales, a Alta burguesía.

Ahora, ya reunida esta excelente Cámara, ella misma se ocupa de velar debidamente por sí. Los electores independientes han dirigido cientos de peticiones y protestas contra la elección de miembros del gobierno, en las que consignan y prueban o se declaran dispuestos a probar que las victorias electorales se han conseguido en casi todos los casos por las más burdas transgresiones a la ley perpetradas por los funcionarios del gobierno; en las que se pone de manifiesto cómo se han puesto en acción el cohecho, la corrupción, la intimidación y el favori. tismo. Pero la mayoría de la Cámara no se da por enterada de estos hechos. “Los diputados de la oposición que intentan levantar la voz para protestar contra tales hechos escandalosos son reducidos al silencio por siseos, ruidos o gritos de “¡A votar, a votar!” Todas las ilegalidades son puestas a cubierto bajo una votación que las sanciona. Los money lords * se refocilan con su poder y, presintiendo que éste no va a durar mucho, procuran sacar el mayor partido posible del momento. Fácilmente podemos 'imaginarnos que, junto a este reducido círculo de capitalistas, existe un' movimiento general de oposición contra el gobierno actual y quienes se hallan al servicio de sus intereses. El centro de esta oposición es la ciudad de París, donde los money lords ejercen una influencia tan reducida sobre los círculos de electores que de los catorce diputados por el departamento del Sena solamente dos son partidarios del gobierno y doce se hallan en las filas de la oposición. La mayoría de los electores de la burguesía de París milita en el partido de Thiers y Odilon Barrot; trata de eliminar el predominio de los Rothschild y Cía., de asegurar a Francia una posición independiente y prestigiosa en sus relaciones con el extranjero y tal vez también de lograr una pequeña reforma electoral. La mayoría de los comerciantes, tenderos, etc., que no gozan del derecho de sufragio. constituyen un sector radical y son partidarios de una reforma que les dé a ellos el derecho a votar; en parte, sienten también simpatías por el National o la Réforme?? y marchan tras el partido democrático, que encuadra a la gran masa de la clase obrera y se halla dividido en varios sectores, el más importante de los cuales —por lo menos, en París— es el comunista. El sistema vigente es atacado por todos estos diversos sectores, cada uno de ellos, como es natural, a su manera.

Hace poco tiempo, ha comenzado a ponerse en práctica un tipo de ataque que vale la pena mencionar. Un obrero ha publicado un folleto contra el jefe máximo del sistema, no contra Luis Felipe, sino contra “Rothschild 1, rey de los judíos”.220 El éxito logrado por este folleto (que hasta el día de hoy ha alcanzado veinte ediciones) revela hasta qué punto ha dado en el clavo este tipo de ataques, Su Majestad Rothschild se ha visto obligado a salir dos veces a la prensa en defensa propia contra los ataques de un hombre a quien nadie conoce y cuyo patrimonio se reduce a las dos prendas de ropa que viste. La opinión pública ha acogido con el mayor interés la controversia. Se han publicado como unos b Señores del dinero.

treinta panfletos en pro y en contra. El odio contra Rothschild y los money lords es inmenso y un gran periódico llega a escribir que Roth. schild debe escuchar estas advertencias y plantar su cuartel general en algún sitio, y no sobre el volcán en ebullición de París,