Nachträgliches über die Lage der arbeitenden Klassen in England

Ein englischer Turnout

De: "Das Westphälische Dampfboot", Bielefeld 1846. Número de enero, págs. 17-21, número de febrero, págs. 61-67.

En mi libro sobre el tema arriba mencionado no me fue posible aportar pruebas fácticas para cada uno de los puntos. A fin de que el libro no resultara demasiado voluminoso e indigesto, tuve que dar por suficientemente probadas mis afirmaciones cuando las había acreditado con pasajes de documentos oficiales, de escritores imparciales o de escritos de aquellos partidos contra cuyos intereses yo comparecía. Esto bastaba para protegerme, en aquellos casos en que no podía hablar por experiencia propia, de la contradicción, en la medida en que me ocupaba de descripciones particulares de determinadas situaciones vitales. Pero no bastaba para generar en el lector la certeza irrefutable que sólo puede ser proporcionada por hechos contundentes e irrefutables, y que, sobre todo en un siglo que, por la infinita “sabiduría de los padres”, se ve forzado al escepticismo, no puede producirse mediante meros raciocinios, por muy buenas que sean las autoridades en que se apoyen. Y, más aún, cuando se trata de grandes resultados, cuando los hechos se resumen en principios, cuando no ha de exponerse la situación de pequeñas secciones aisladas del pueblo, sino la posición recíproca de clases enteras, los hechos son absolutamente necesarios. Por las razones que acabo de mencionar, no pude ofrecerlos en todas partes en mi libro. Ahora subsanaré aquí esa carencia inevitable y presentaré de tiempo en tiempo hechos tal como los encuentro en las fuentes de que dispongo. Para demostrar al mismo tiempo que mi descripción sigue siendo correcta también hoy, sólo tomo aquellos hechos que han ocurrido después de mi partida de Inglaterra, el año pasado, y de los que he tenido conocimiento sólo después de la impresión del libro.

Los lectores de mi libro recordarán que me interesaba ante todo la descripción de la posición recíproca de la burguesía y el proletariado y de la necesidad de la lucha entre estas dos clases; que me importaba especialmente demostrar la plena legitimidad del proletariado para esa lucha y desplazar las bellas frases de la burguesía inglesa mediante sus feas acciones. Desde la primera página hasta la última escribí el acta de acusación contra la burguesía inglesa. Ahora presentaré todavía algunas bonitas piezas probatorias. Por lo demás, ya he expresado bastante pasión acerca de estos burgueses ingleses; no se me ocurre volver a exaltarme a posteriori, y, en lo que de mí dependa, conservaré mi buen humor.

El primer buen ciudadano y honrado padre de familia que nos sale al paso es un viejo amigo, o, mejor dicho, son dos. Los señores Pauling & Henfrey ya habían tenido en el año 1843, Dios sabe por cuantísima vez, disputas con sus obreros, quienes, sin dejarse disuadir por ninguna buena razón de su exigencia de querer un salario mayor por un trabajo mayor, suspendieron el trabajo. Los señores Pauling & Henfrey, importantes contratistas de obras que ocupan a muchos ladrilleros, carpinteros, etc., tomaron a otros obreros; esto provocó disputas y, al final, una batalla sangrienta con fusiles y garrotes en la ladrillería de Pauling & Henfrey, que terminó con la deportación de media docena de obreros a la Tierra de Van Diemen, tal como puede leerse con más detalle en el escrito citado. Pero los señores Pauling & Henfrey tienen que vérselas todos los años con sus obreros; de lo contrario, no son felices, y así, en octubre de 1844, volvieron a las andadas. Esta vez fueron los carpinteros, cuyo bienestar se habían propuesto promover los filantrópicos contratistas de obras. Desde tiempo inmemorial reinaba entre los carpinteros de Manchester y sus alrededores la costumbre de no “encender luz” desde la Candelaria <2 de febrero> hasta el 17 de noviembre, es decir, trabajar durante los días largos desde las seis de la mañana hasta las seis de la tarde, y durante los días cortos empezar en cuanto clareaba y terminar en cuanto oscurecía. A partir del 17 de noviembre se encendían entonces las luces y se trabajaba el tiempo completo. Pauling & Henfrey, hartos ya desde hacía tiempo de esta costumbre “bárbara”, decidieron aniquilar ese resto de los “tiempos oscuros” con ayuda de la iluminación de gas, y una tarde en que los carpinteros ya no podían ver hasta las seis, dejaron sus herramientas y echaron mano a sus chaquetas, el capataz encendió el gas y observó que debían trabajar hasta las seis. Los carpinteros, a quienes esto no les gustó, convocaron una asamblea general de los obreros de su oficio. El señor Pauling preguntó, sumamente asombrado, a sus obreros si acaso no estaban contentos, ya que habían convocado una asamblea. Algunos observaron que no la habían convocado ellos directamente, sino la junta directiva de la asociación gremial, a lo que el señor Pauling respondió que a él le importaba un diablo la asociación gremial, pero que quería hacerles una proposición: si se aviniesen a que se encendiera la luz, él les daría libres tres horas los sábados y —el magnánimo— ¡les permitiría también trabajar diariamente un cuarto de hora extraordinario, que se les pagaría por separado! ¡A cambio de lo cual, desde luego, cuando todos los demás talleres empezasen a encender las luces, deberían trabajar media hora más! Los obreros reflexionaron sobre esta proposición y calcularon que con ello, durante los días cortos, los señores Pauling & Henfrey se beneficiarían diariamente de una hora entera de trabajo, que cada obrero tendría que trabajar en total 92 horas, es decir, 9 días y 1/4 extraordinarios, sin recibir un penique por ello, y que, dado el número de obreros empleados por la firma, los citados señores se ahorrarían con ello 400 libras esterlinas (2.100 táleros) en salarios durante los meses de invierno. Los obreros celebraron, pues, su asamblea, expusieron a sus compañeros de oficio que, si una firma lograba imponer esto, todas las demás la seguirían y se llegaría así a una reducción salarial general e indirecta que despojaría a los carpinteros del distrito de unas 4.000 libras esterlinas anuales. Se acordó, por tanto, que todos los carpinteros de Pauling & Henfrey presentasen el lunes siguiente su dimisión trimestral y que, si sus patronos no entraban en razón, suspendiesen el trabajo al término de la misma. Para ello, la asociación gremial prometió apoyarlos, durante la eventual huelga, mediante una contribución general.

El lunes 21 de octubre, los obreros fueron y presentaron la dimisión, a lo que se les respondió que podían irse de inmediato, cosa que hicieron naturalmente. Esa misma tarde tuvo lugar otra asamblea de todos los oficios de la construcción, en la que cada una de las ramas empleadas en la construcción prometió su apoyo a los huelguistas. El miércoles y el jueves siguientes, todos los carpinteros de los alrededores empleados por Pauling & Henfrey suspendieron igualmente el trabajo, y el strike quedó así en pleno desarrollo.

Los contratistas de obras, puestos tan repentinamente en seco, enviaron de inmediato emisarios en todas direcciones, incluso hasta Escocia, para contratar obreros, ya que en todo el contorno no se encontraba alma viviente que quisiera venderse a ellos. A los pocos días llegaron efectivamente trece hombres de Staffordshire. Pero tan pronto como los huelguistas tuvieron ocasión de hablar con ellos y explicarles que habían suspendido el trabajo a causa de disputas, y por qué razones, varios de los recién llegados se negaron a seguir trabajando. Contra esto disponían los patronos de un medio práctico: hicieron citar a los desobedientes, junto con el seductor, ante el juez de paz, Daniel Maude, Esquire. Antes de seguirlos hasta allí, hemos de poner primero bajo la luz que les corresponde las virtudes de Daniel Maude, Esquire.

Daniel Maude, Esquire, es el “stipendiary magistrate” o juez de paz asalariado de Manchester. Por lo común, los jueces de paz ingleses son burgueses ricos o propietarios de tierras, a veces también clérigos, nombrados por el ministerio. Pero como estos Dogberries no entienden nada de leyes, cometen las mayores torpezas, ponen en ridículo a la burguesía y la perjudican, pues incluso frente a un obrero, cuando éste es defendido por un abogado astuto, se ven muy a menudo confundidos y, o bien descuidan, al condenarlo, una forma legal que acarrea una apelación exitosa, o se dejan llevar incluso a una absolución. Además, los ricos fabricantes de las grandes ciudades y distritos industriales no tienen tiempo de aburrirse a diario en el tribunal de paz, y prefieren poner un sustituto. En esas ciudades se emplean, por tanto, sobre todo jueces de paz asalariados, juristas instruidos, a petición de las propias ciudades, los cuales están en condiciones de hacer valer en favor de la burguesía todas las artimañas y distinciones del derecho inglés, con añadidos y mejoras en caso necesario. Cómo se portan en ello, lo veremos en el presente ejemplo.

Daniel Maude, Esquire, es uno de los jueces de paz liberales que fueron nombrados en masa bajo el gobierno del ministerio whig. De sus hazañas dentro y fuera de la arena del Manchester Borough Court, queremos mencionar dos. Cuando en 1842 los fabricantes lograron forzar a los obreros del sur de Lancashire a una insurrección que estalló a principios de agosto en Stalybridge y Ashton, el 9 de agosto marcharon de allí a Manchester unos 10.000 obreros, con Richard Pilling, el cartista, a la cabeza, “para parlamentar con los fabricantes en la bolsa de Manchester y también para ver cómo se desenvolvía el mercado de allí”. A la entrada de la ciudad los recibió Daniel Maude, Esquire, con toda la loable fuerza policial, un destacamento de caballería y una compañía de fusileros. Pero todo esto era sólo por pura forma, puesto que interesaba a los fabricantes y liberales que la insurrección se extendiese y forzara la abolición de las leyes de cereales. Daniel Maude, Esq., estaba plenamente de acuerdo en esto con sus dignos colegas, empezó a parlamentar con los obreros y los dejó entrar en la ciudad bajo la promesa de “guardar la paz” y seguir una ruta determinada. Sabía muy bien que los insurgentes no harían eso, y ni siquiera lo deseaba —con un poco de energía habría podido dispersar de raíz toda la insurrección forzada, pero entonces no habría actuado en interés de sus amigos abolicionistas de las leyes de cereales, sino en interés del señor Peel; así que hizo retirarse a los militares y dejó entrar a los obreros en la ciudad, donde enseguida paralizaron todas las fábricas. Pero cuando la insurrección adoptó un carácter decidido contra la burguesía liberal e ignoró por completo las “infaustas leyes de cereales”, entonces Daniel Maude, Esq., volvió a revestirse de su dignidad judicial, mandó detener por docenas a los obreros y los hizo desfilar al presidio sin piedad por “quebrantamiento de la paz” —de modo que primero provocó los quebrantamientos de paz y después los castigó. Otro rasgo característico de la carrera de este Salomón de Manchester es el siguiente. La Liga contra las leyes de cereales celebra en Manchester, desde que ha sido apaleada públicamente en varias ocasiones, asambleas secretas para las que se necesitan boletos de entrada; sus resoluciones y peticiones, sin embargo, deben pasar ante el gran público por las de una asamblea pública, por manifestaciones de la “opinión pública” de Manchester. Para poner fin a esta jactancia mentirosa de los fabricantes liberales, tres o cuatro cartistas, entre ellos mi buen amigo James Leach, se procuraron algunos boletos y entraron en una de tales asambleas. Cuando el señor Cobden se levantó para hablar, James Leach dirigió al presidente la pregunta de si aquella era una asamblea pública. En lugar de toda respuesta, éste hizo entrar a la policía y ¡detener sin más a Leach! Un segundo cartista repitió la pregunta, un tercero, un cuarto, y uno tras otro fueron apresados por los “cangrejos crudos” (la policía) que aguardaban en masa a la puerta y expedidos al ayuntamiento. A la mañana siguiente comparecieron ante Daniel Maude, Esq., quien ya estaba informado de todo. Se les acusó de haber perturbado una asamblea; apenas se les permitió hablar, y escucharon luego un solemne discurso de Daniel Maude, Esq., en el que les dijo que los conocía, que eran vagabundos políticos que no hacían sino armar escándalo en todas las asambleas, inquietar a la gente de orden y asentada, y que aquello debía terminarse. Por ello —Daniel Maude, Esq., bien sabía que no podía condenarlos a una pena efectiva—, por ello quería condenarlos esta vez al pago de las costas.

Ante este Daniel Maude, Esquire, cuyas virtudes burguesas acabamos de describir, fueron arrastrados, pues, los obreros desobedientes de Pauling & Henfrey. Pero, por precaución, habían traído consigo a un abogado. Primero compareció el obrero recién llegado de Staffordshire que se negaba a trabajar allí donde otros habían suspendido el trabajo en legítima defensa. Los señores Pauling & Henfrey tenían en sus manos un compromiso por escrito de los obreros venidos de Staffordshire (1), que fue presentado entonces al juez de paz. El defensor de los obreros objetó que ese acuerdo había sido firmado en domingo y que, por tanto, era inválido. Daniel Maude, Esq., admitió con mucha dignidad que las “transacciones comerciales” realizadas en domingo no eran válidas; ¡pero no podía creer que los señores Pauling & Henfrey considerasen aquello como una “transacción comercial”! Declaró así al pobre diablo, sin preguntarle largamente si él “consideraba” el documento como una “transacción comercial”, que o bien seguía trabajando o bien se divertiría tres meses en el molino penal. —¡Oh Salomón de Manchester!— Resuelto este caso, los señores Pauling & Henfrey presentaron al segundo acusado. Éste se llamaba Salmon y era uno de los antiguos obreros de la firma que habían suspendido el trabajo. Se le acusaba de haber intimidado a los obreros nuevos para inducirlos igualmente a la huelga. El testigo —uno de estos últimos— declaró que Salmon lo había cogido del brazo y le había hablado. Daniel Maude, Esq., preguntó si el acusado había empleado quizá amenazas o lo había golpeado. —¡No!— dijo el testigo. Daniel Maude, Esq., encantado de encontrar una ocasión para hacer brillar su imparcialidad —después de haber cumplido con sus deberes hacia la burguesía—, declaró que no había nada que incriminase al acusado. Tenía pleno derecho a pasear por la vía pública y hablar con otras personas, mientras no se hiciera culpable de palabras o actos intimidatorios; por consiguiente, lo absolvía. Pero los señores Pauling & Henfrey tuvieron al menos el placer de, mediante el pago de las costas judiciales, hacer pasar una noche en la violina al tal Salmon —y eso ya era algo. Y la alegría de Salmon no duró mucho. Pues después de haber sido puesto en libertad el jueves 31 de octubre, ya el martes 5 de noviembre se hallaba de nuevo ante Daniel Maude, Esq., acusado de haber agredido en la calle a los señores Pauling & Henfrey. El mismo jueves en que Salmon había sido absuelto, había llegado a Manchester un número de escoceses que habían sido atraídos allí con pretextos mentirosos, como que las disputas estaban concluidas y que Pauling & Henfrey no podían encontrar en su región obreros suficientes para sus amplios contratos, etc. El viernes, varios carpinteros escoceses que trabajaban en Manchester desde hacía más tiempo se acercaron a ellos para explicar a sus paisanos la causa de la suspensión del trabajo. Una gran multitud de compañeros de oficio —alrededor de 400— se reunió en torno a la posada donde los escoceses estaban alojados. Pero allí se los mantenía como prisioneros y se había apostado a un capataz como centinela ante la puerta. Al cabo de un rato llegaron los señores Pauling & Henfrey para escoltar personalmente a sus nuevos obreros hasta el taller. Cuando el cortejo salió, los congregados fuera exhortaban a los escoceses a no trabajar contra las reglas gremiales de Manchester y a no deshonrar a sus paisanos. Dos de los escoceses se rezagaron realmente un poco, y el señor Pauling mismo corrió tras ellos para arrastrarlos hacia adelante. La multitud se mantuvo tranquila, sólo estorbaba el andar demasiado rápido del cortejo y pedía a la gente que no se metiera en asuntos ajenos, que se volvieran a casa, etc. El señor Henfrey acabó por irritarse; vio a varios de sus antiguos obreros, entre ellos a Salmon; para poner fin al asunto, agarró a éste por un brazo; el señor Pauling lo cogió por el otro, y ambos gritaron a voz en cuello pidiendo la policía. El comisario de policía se acercó y preguntó qué acusación se formulaba contra aquel hombre; a lo cual los dos socios se hallaron en gran apuro; pero, dijeron —“conocemos al hombre”. ¡Oh!, dijo el comisario, eso es suficiente, entonces podemos dejarlo ir por el momento. Los señores Pauling & Henfrey, obligados a presentar alguna acusación contra Salmon, reflexionaron durante varios días, hasta que finalmente, siguiendo el consejo de su abogado, presentaron la acusación antes mencionada. Cuando todos los testigos de cargo contra Salmon hubieron sido interrogados, se levantó de pronto, por el acusado, W. P. Roberts, “el abogado general de los mineros”, el terror de todos los jueces de paz, y preguntó si aún debía presentar a sus testigos, ya que no se había aducido absolutamente nada contra Salmon. Daniel Maude, Esq., le permitió interrogar a sus testigos, los cuales probaron que Salmon se había comportado pacíficamente hasta que el señor Henfrey lo agarró. Terminados los debates en pro y en contra, Daniel Maude, Esq., declaró que emitiría su fallo el sábado. La presencia del abogado general Roberts lo movía evidentemente a pensarlo dos veces antes de hablar una.

El sábado, Pauling & Henfrey presentaron, además de la anterior, una acusación criminal por conspiración e intimidación contra tres de sus antiguos obreros, Salmon, Scott y Mellor. Querían asestar así un golpe mortal a la asociación gremial, y para estar seguros frente al temido Roberts, hicieron venir a un destacado jurista de Londres, el señor Monk. El señor Monk presentó como testigo, en primer lugar, a uno de los escoceses recién contratados, Gibson, quien ya el martes anterior había servido de testigo contra Salmon. Declaró que el viernes 1 de noviembre, cuando él y sus compañeros salieron de la posada, una multitud de personas los rodeó, los empujó y los zarandeó aquí y allá, y que los tres acusados se encontraban entre la multitud. Roberts empezó entonces a interrogar a este testigo, lo careó con otro obrero y le preguntó si él, Gibson, no había dicho la noche anterior a ese obrero que el martes pasado, al prestar declaración como testigo, no había sabido que estaba siendo interrogado bajo juramento, y que, en general, no había sabido lo que tenía que hacer y decir en el tribunal. Gibson respondió: No conocía a aquel hombre; la noche anterior había estado en compañía de dos personas; pero como estaba oscuro, no podía decir si éste era una de ellas; también era posible que hubiera dicho algo por el estilo, ya que la fórmula del juramento en Escocia era distinta que en Inglaterra, no lo recordaba con exactitud. Aquí se levantó el señor Monk y afirmó que el señor Roberts no tenía derecho a hacer semejantes preguntas, a lo que el señor Roberts replicó que tales objeciones venían muy a cuento cuando se tenía que defender una mala causa, pero que él tenía derecho a preguntar lo que quisiera, no sólo dónde había nacido el testigo, sino también dónde se había alojado cada día desde entonces y lo que había comido cada día. Daniel Maude, Esq., confirmó este derecho del señor Roberts y sólo le dio el paternal consejo de atenerse en lo posible al asunto. Después de que el señor Roberts hubo hecho declarar aún al testigo que no había empezado realmente a trabajar para Pauling & Henfrey hasta el día siguiente al suceso que fundaba la acusación, es decir, el dos de noviembre, lo despidió. A continuación compareció como testigo el propio señor Henfrey y declaró lo mismo que Gibson sobre el incidente. Acto seguido, el señor Roberts le formuló la pregunta: ¿No busca usted una ventaja desleal sobre sus competidores? El señor Monk volvió a plantear objeciones contra esta pregunta; —Bien, dijo Roberts, la formularé con mayor claridad. ¿Sabe usted, señor Henfrey, que las horas de trabajo de los carpinteros en Manchester están determinadas por ciertas reglas?

Señor Henfrey: No tengo nada que ver con esas reglas; yo tengo derecho a establecer mis propias reglas.

Señor Roberts: Exactamente. Bajo juramento, señor Henfrey, ¿no exige usted a sus obreros un tiempo de trabajo más largo que los demás contratistas de obras y maestros carpinteros?

Señor Henfrey: Sí.

Señor Roberts: ¿Cuántas horas aproximadamente?

Señor Henfrey no lo sabía con exactitud, pero sacó su libreta de bolsillo para calcular.

Daniel Maude, Esq.: No necesita calcularlo largamente, si sólo quiere decirnos aproximadamente a cuánto asciende.

Señor Henfrey: Pues, aproximadamente una hora por la mañana y una hora por la tarde durante seis semanas antes de la época en que habitualmente se encienden las luces, y otro tanto durante seis semanas después del día en que normalmente se deja de encender la luz.

Daniel Maude, Esq.: ¿De modo que son 72 horas antes de encender la luz y 72 horas después, es decir, 144 horas en doce semanas, lo que cada uno de sus trabajadores debe trabajar de más?

El señor Henfrey: Sí.

Este anuncio fue acogido por el público con fuertes muestras de desagrado; el señor Monk miró furioso al señor Henfrey, y el señor Henfrey, confuso, a su abogado, y el señor Pauling tiró de los faldones de la levita al señor Henfrey — pero ya era demasiado tarde; Daniel Maude, Esq., que veía bien que también hoy debía hacer de imparcial, había oído y hecho pública la confesión.

Después de ser interrogados otros dos testigos insignificantes, dijo el señor Monk que con esto daba por terminada su prueba contra los acusados.

Daniel Maude, Esq., dijo entonces que la parte acusadora no había fundamentado ninguna causa criminal contra los acusados, ya que no había demostrado que los escoceses amenazados hubieran sido contratados al servicio de Pauling y Henfrey antes del primero de noviembre, no habiéndose probado ningún contrato de arrendamiento ni ocupación de esas personas antes del
dos
de noviembre, mientras que la denuncia había sido depositada el
primero
de noviembre; por lo tanto, en ese día esas personas no estaban aún al servicio de Pauling y Henfrey, y los acusados tenían derecho a impedírselo por todos los medios legales. El señor Monk contestó que los

acusadores habían estado contratados desde el momento en que abandonaron Escocia y subieron al barco de vapor. Daniel Maude, Esq., observó que, ciertamente, se había dicho que tal contrato de arrendamiento se había hecho, pero ese documento no había sido presentado. El señor Monk replicó que ese documento se hallaba en Escocia, y rogó al señor Maude que dejara el caso en suspenso hasta que pudiera ser aportado. Aquí intervino el señor Roberts: Que eso era nuevo para él. La prueba de la acusación había sido declarada cerrada y, sin embargo, el acusador exigía que el asunto se aplazara para presentar nuevas pruebas. Él insistía en que se prosiguiera. Daniel Maude, Esq., decidió que ambas cosas eran superfluas, por no existir una acusación fundada; tras lo cual los acusados fueron puestos en libertad.

Entretanto, los trabajadores tampoco habían permanecido inactivos. Semana tras semana celebraban asambleas en el Salón de los Carpinteros o en el Salón de los Socialistas, solicitaban el apoyo de las diversas sociedades de oficio, que llegó en abundancia, no cesaban de divulgar por todas partes el proceder de Pauling y Henfrey, y, finalmente, enviaron delegados en todas direcciones para dar a conocer en todos los lugares donde Pauling y Henfrey hacían enganches la causa de esos enganches entre sus compañeros de oficio y evitar así que entraran al servicio de esa firma. A las pocas semanas de comenzar la huelga, ya había siete delegados viajando y en las esquinas de todas las ciudades importantes del país aparecían carteles que advertían a los carpinteros sin trabajo contra Pauling y Henfrey. El 9 de noviembre, algunos de esos delegados que habían regresado rindieron informe de su misión. Uno de ellos, llamado
Johnson,
que había estado en Escocia, contó cómo el enviado de Pauling y Henfrey había enganchado a treinta trabajadores en Edimburgo; pero en cuanto supieron por él el verdadero estado de cosas, declararon que preferían morirse de hambre antes que ir a Manchester en tales circunstancias. Un segundo había estado en Liverpool y había vigilado los barcos de vapor que llegaban; pero no había llegado ni un solo hombre, de modo que no había encontrado nada que hacer. Un tercero había recorrido Cheshire, pero adondequiera que iba no encontraba ya nada que hacer, pues el "Northern Star", el periódico de los trabajadores, había divulgado en todas partes el verdadero estado de la cuestión y quitado a la gente todo deseo de ir a Manchester; es más, en una ciudad, en Macclesfield, los carpinteros habían hecho ya una colecta en apoyo de los huelguistas y prometido contribuir después, en caso necesario, con un chelín por hombre. En otros lugares indujo a los compañeros de oficio a hacer tales colectas.

Para dar una vez más a los señores Pauling y Henfrey la oportunidad de entenderse con los trabajadores, el lunes 18 de noviembre se reunieron todos los oficios que participan en la construcción en el Salón de los Carpinteros, nombraron una diputación que debía entregar un mensaje a esos señores, y desfilaron en procesión, con banderas y emblemas, hacia el local de Pauling y Henfrey. Primero la diputación, a la que seguía el comité para la organización del cese del trabajo, luego venían los carpinteros, los formadores y cocedores de ladrillos, los jornaleros, los albañiles, los aserradores, los cristaleros, los yeseros, los pintores, una banda de músicos, los canteros, los ebanistas. Pasaron por delante del hotel de su abogado general Roberts y le saludaron al pasar con fuertes hurras. Llegados ante el local, la diputación se adelantó mientras la multitud seguía adelante para formarse en Steversons Square en asamblea pública. La diputación fue recibida por la policía, que les exigió sus nombres y direcciones antes de dejarles seguir. Llegados a la oficina, los socios, los señores
Sharps y Pauling,
les declararon que no recibirían ningún mensaje escrito de una masa reunida con el mero propósito de intimidar. La diputación negó tal propósito, puesto que la procesión ni siquiera se había detenido, sino que había seguido de largo inmediatamente. Sin embargo, mientras esta procesión de cinco mil miembros seguía su marcha, la diputación fue finalmente recibida y conducida a una habitación en presencia de los jefes de policía, de un oficial y de tres reporteros de periódico. El señor Sharps, socio de Pauling y Henfrey, usurpó la silla de la presidencia con la observación de que la diputación tuviera cuidado con lo que decía, ya que todo sería debidamente protocolizado y, según las circunstancias, utilizado judicialmente contra ella. Se empezó entonces a preguntarles de qué se quejaban, etc.; se dijo que se quería dar trabajo a la gente según las reglas usuales en Manchester. La diputación preguntó si la gente recogida en Staffordshire y Escocia trabajaba según las disposiciones del oficio en Manchester. — No, fue la respuesta, con esas personas tenemos un acuerdo especial. — ¿De modo que sus hombres deben recibir trabajo de nuevo, y bajo las condiciones usuales? — Oh, nosotros no negociamos con ninguna diputación, pero que vengan los hombres y ya sabrán bajo qué condiciones queremos darles trabajo. — El señor Sharps añadió que todas las firmas en las que figuraba su nombre se habían comportado siempre bien con los trabajadores y habían pagado el salario más alto. La diputación respondió que, si él participaba en la firma Pauling, Henfrey & Co., como habían oído, esa firma se había opuesto violentamente a los mejores intereses de los trabajadores. — Se preguntó a un ladrillero,

miembro de la diputación, de qué se quejaba entonces su oficio. — Oh, de nada en este momento, pero ya hemos tenido bastante
(2)
. — ¡Oh, habéis tenido bastante, habéis tenido bastante!, respondió sonriendo con sorna el señor Pauling, y aprovechó la ocasión para dar una larga conferencia sobre las sociedades de oficio, los ceses del trabajo, etc., y sobre la miseria en que sumían al trabajador; a lo que uno de la diputación observó que no estaban dispuestos en modo alguno a dejarse arrebatar sus derechos pieza a pieza y, por ejemplo, a trabajar 144 horas al año gratis, como se les exigía ahora. — El señor Sharps observó que la pérdida que sufrían los participantes en la procesión por no trabajar ese día, como los costes de la huelga, la pérdida de salario de los huelguistas, etc., también debía calcularse. — Uno de la diputación: Eso no incumbe a nadie más que a nosotros, y no os pediremos que contribuyáis de vuestro bolsillo con un solo céntimo. Acto seguido la diputación se retiró y rindió informe a los artesanos reunidos en el Salón de los Carpinteros, haciéndose público que no sólo todos los trabajadores que trabajaban para Pauling y Henfrey en los alrededores (que no eran carpinteros, por lo que no habían cesado el trabajo) habían acudido a participar en la procesión, sino que esa misma mañana varios de los escoceses recién importados habían abandonado el trabajo. También un pintor anunció que Pauling y Henfrey habían planteado a su oficio las mismas exigencias injustas que a los carpinteros, pero que ellos estaban igualmente dispuestos a oponer resistencia. Se decidió, para simplificar la cuestión y acortar la lucha, que todos los oficios de la construcción empleados por la firma Pauling y Henfrey cesaran el trabajo. Así se hizo. El sábado siguiente los pintores dejaron de trabajar y el lunes los cristaleros, y en el nuevo teatro, para cuya construcción habían contratado Pauling y Henfrey, en pocos días ya no trabajaban, en lugar de 200 hombres, más que dos albañiles y cuatro jornaleros. También varios de los recién llegados cesaron el trabajo.

Pauling, Henfrey & Co. echaban espumarajos. Cuando otros tres de los recién llegados empezaron a hacer huelga, fueron arrastrados el viernes 22 de noviembre ante Daniel Maude, Esq. Los reveses anteriores no habían servido de nada. Primero compareció un tal
Read,
acusado de ruptura de contrato; se presentó un contrato que el acusado había firmado en Derby. Roberts, que se hallaba de nuevo en su puesto, observó en seguida que entre el contrato y la acusación no existía el menor parentesco, que eran

dos cosas completamente distintas. Daniel Maude, Esq., lo comprendió en seguida, porque lo había dicho el temible Roberts, pero hubo de esforzarse largo tiempo en vano para hacérselo comprender al procurador de la parte contraria. Finalmente, éste pidió permiso para modificar esto, y al cabo de un tiempo regresó con una acusación aún mucho peor que la primera. Cuando vio que esto tampoco prosperaba, pidió un nuevo aplazamiento, y Daniel Maude, Esq., le permitió recapacitar hasta el viernes 30 de noviembre; es decir, toda una semana. Si salió adelante entonces, no lo encuentro registrado, pues me falta precisamente el número de la serie del periódico que debe contener la decisión. Roberts, sin embargo, pasó ahora a la ofensiva e hizo citar a varios de los trabajadores enganchados, así como a un capataz de Pauling y Henfrey, por haber irrumpido en casa de uno de los huelguistas y maltratado a su mujer; en otros dos casos, algunos de los trabajadores en huelga habían sido atacados. Daniel Maude, Esq., hubo de condenar a los acusados, muy a su pesar, pero los trató con la mayor indulgencia posible y se limitó a hacerles pagar una fianza de buena conducta futura.

Finalmente, en los últimos días de diciembre, los señores Pauling, Henfrey & Co. consiguieron obtener una sentencia contra dos de sus adversarios, igualmente por maltrato a uno de sus trabajadores. Pero esta vez el tribunal no fue tan indulgente. Los condenó sin más a un mes de prisión y a fianza de buena conducta tras ese tiempo.

A partir de ahora las noticias sobre la huelga son escasas. El 18 de enero aún estaba en plena marcha. No he encontrado informes posteriores. Probablemente haya terminado como la mayoría de las otras; Pauling, Henfrey & Co. se habrán procurado con el tiempo un número suficiente de trabajadores de regiones apartadas y de tránsfugas individuales del bando contrario; la masa de los huelguistas, tras un cese del trabajo más o menos prolongado y la miseria a ello ligada —por lo que les consuela la conciencia de no haber cedido en nada y de haber mantenido el salario de sus compañeros— habrá encontrado acomodo en otra parte; y en cuanto a los puntos en litigio, Pauling, Henfrey & Co. habrán descubierto que no se pueden imponer tan estrictamente, ya que también para ellos la huelga estuvo vinculada a muchas pérdidas, y los demás empresarios, después de una lucha tan enconada, no pensarán en modificar tan pronto las antiguas reglas del oficio de carpintero.

Bruselas
F. Engels

Notas de F. E.:

(1)
¡Este contrato contenía lo siguiente: El trabajador se obligaba a trabajar seis meses para Pauling y Henfrey y a darse por satisfecho con el salario que ellos le dieran; Pauling y Henfrey, en cambio, no estaban obligados a conservarlo seis meses, sino que podían despedirlo en cualquier momento con una semana de preaviso; y Pauling y Henfrey adelantarían sus gastos de viaje de Staffordshire a Manchester, ¡pero deberían retenérselos de su salario mediante descuentos semanales de 2 chelines (20 S[ilber]gr[oschen])! ¡Qué os parece esta hermosa pieza de contrato!

(2)
Véase arriba el sangriento combate en la fábrica de ladrillos de Pauling y Henfrey [véase
pág. 592
, cf. también
págs. 442/43
].