III

San Max

San Max explota el Concilio, "usa" y "abusa" de él para ofrecernos un largo comentario apologético "del Libro", que no es otro que "el Libro", así, sin más, el libro por antonomasia, es decir, el libro perfecto, el Libro sagrado, más aún, lo sacrosanto hecho libro, el libro celestial, a saber: "El Único y su propiedad". Como es sabido, "el Libro" descendió del cielo sobre la tierra allá por los finales de 1844, para encarnar bajo figura de siervo humano en la editorial de O. Wigand, de Leipzig. Se entregó, así, a las vicisitudes de la vida terrenal y hubo de sufrir los ataques de los tres "Únicos", o sea de la misteriosa personalidad llamada Szeliga, del gnóstico Feuerbach y de Hess. Y aunque San Max, como augusto Creador, se halle en todo momento muy por encima de su propia criatura y de todas las demás, ello no le impide apiadarse a las veces de su tierno vástago prorrumpir, en su defensa y protección, en un "jubiloso grito crítico". Para poder penetrar en toda la significación y profundidad tanto de este "jubiloso grito crítico" como de la misteriosa personalidad de Szeliga, no tenemos más remedio que detenernos aquí un poco en la Historia Sagrada y pararnos a examinar de cerca "el libro". O, para decirlo con San Max: nos proponemos "insertar episódicamente" "en este punto" una "reflexión" histórico-sagrada acerca del "Único y su propiedad", "sencillamente porque" "se nos antoja que ello puede contribuir a esclarecer lo demás".

"¡Levantad, oh puertas, vuestros dinteles, y alzaos, portones antiquísimos, para que entre el Rey de la gloria! ¿Quién es este Rey de la gloria? Jehová, fuerte y poderoso; Jehová, poderoso en la batalla. ¡Levantad, oh puertas, vuestros dinteles, y alzaos, portones antiquísimos, para que entre el Rey de la gloria! ¿Quién es este Rey de la gloria? Es el Señor Único. Él es el Rey de la gloria". (Salmos, 24, 7-10).

1

EL ÚNICO Y SU PROPIEDAD

El hombre que "ha cifrado su causa en la nada" comienza, como buen alemán, inmediatamente, la larga tirada de un "jubiloso grito crítico" con una jeremiada. "¿Qué no será mi causa?" (pág. 5 del libro). Y nos dice, con lastimero tono que le desgarra a uno el corazón, que "todo tiene que ser su causa", que sobre sus hombros se hace pesar "la causa de Dios, la causa de la Humanidad, de la Verdad, de la Libertad, la causa de Su Pueblo y de Su Príncipe" y qué sé yo cuántas buenas causas más. ¡Pobre hombre! El burgués inglés y el francés se lamentan de la falta de débouchés [Mercados], de las crisis comerciales, de los pánicos bursátiles, de las coyunturas políticas del momento, etc.; el pequeño burgués alemán, cuya participación activa en el movimiento de la burguesía es sólo ideal y que, por lo demás, sólo puede llevar al mercado su propio pellejo, se representa su propia causa simplemente como "la buena causa", como "la causa de la Libertad, de la Verdad, de la Humanidad", etc.

Y nuestro maestro de escuela alemán toma tout bonnemet [Sin más ni más, sin más explicaciones] como moneda de buena ley tales quimeras y dedica tres páginas enteras a tratar de todas estas virtuosas causas.

Investiga, en las págs. 6 y 7, la "causa de Dios" y la "causa de la Humanidad" y encuentra que son éstas "cosas puramente egoístas", de que tanto "Dios" como "la Humanidad" sólo se preocupan de lo suyo, de que "la Verdad, la Libertad, la Humanidad y la Justicia" sólo se interesan por ellas mismas y no por nosotros, por su bien solamente y no por el nuestro; para llegar a la conclusión de que a todas estas personas "les va extraordinariamente bien con ese proceder". Y llega, incluso, a convertir estas frases idealistas, Dios, la Verdad, etc., en ciudadanos bien intencionados a quienes "les va extraordinariamente bien" y que se complacen en un "rentable egoísmo". Lo cual aflige al santo egoísta, quien exclama a la vista de ello: ¿Y yo? "Yo, por Mi parte, saco de eso una enseñanza y, en vez de seguir sirviendo a esos grandes egoístas, prefiero ser el egoísta Yo" (pág. 7).

Vemos, pues, cuán nobles son los designios que guían a San Max, al pasarse al campo del egoísmo. No son los bienes de este mundo, no son los tesoros que las polillas y el orín devoran, no son los capitales de sus Co-Únicos, sino los tesoros del cielo, los capitales de Dios, de la Verdad, la Libertad y la Humanidad, etc., los que a él le roban la quietud. Y si no se le atribuyera la misión de servir a las muchas buenas causas, jamás habría llegado a descubrir que también él tiene su causa "propia" ni habría llegado tampoco jamás a "cifrar" esta causa suya "en la nada" (es decir, en "el Libro").

Si San Max se hubiese parado a considerar un poco más de cerca las diferentes "causas" y a los "propietarios" de ellas, por ejemplo, a Dios, la Humanidad o la Verdad, habría llegado, de seguro, a la conclusión contraria, a saber: la de que un egoísmo basado en el comportamiento egoísta de estas personas tiene necesariamente que ser algo tan imaginario como estas personas mismas.

Pero, en vez de ello, nuestro santo se decide a hacer la competencia a "Dios" y a la "Verdad" y a cifrar su propia causa en Sí mismo, "en Mí, que soy, lo mismo que Dios, la nada de todo lo demás, Mi todo, Yo, el Único. No soy nada en el sentido de lo vacío, sino la nada creadora, la nada de la que Yo mismo, como Creador, lo creo todo".

El santo Padre de la Iglesia habría podido también interpretar esta última afirmación del siguiente modo: Yo lo soy todo en el vacío de la carencia de sentido, "sino" el nulo creador, el todo, del que yo mismo, como creador, no creo nada.

Cuál de estas dos variantes es la exacta, se verá más tarde. Hasta aquí, el prólogo.

"El Libro" mismo se divide, como el Libro "de otro tiempo" en el Antiguo y el Nuevo Testamento, a saber: en la historia única del hombre (la Ley y los Profetas) y la historia no humana del Único (el Evangelio del Reino de Dios). La primera es la Historia dentro de la Lógica, el Logos sujeto al pasado; la segunda, la Lógica en la Historia, el Logos liberado, que lucha con el presente y lo domina victoriosamente.

EL ANTIGUO

TESTAMENTO: EL HOMBRE

1. EL GÉNESIS; ES DECIR,

LA VIDA DEL

HOMBRE

San Max pretexta aquí escribir la biografía de su enemigo mortal, "del hombre", no la de un "Único" o "individuo real". Y esto le embrolla en divertidas contradicciones.

Como debe ser en un Génesis normal, la "vida del hombre" comienza ab ovo[Desde el huevo, desde el principio], con el "niño". El niño nos es presentado en la pág. 13, "vive como en lucha contra el mundo entero, forcejea contra todo y todo forcejea contra él". "Ambos son enemigos", pero "en respeto y veneración", y "están siempre al acecho, acechando el uno las debilidades del otro"; lo que, en la pág. 14, se desarrolla en el sentido de "que nosotros", como niños, "tratarnos de indagar el fundamento de las cosas o mirar detrás de éstas"; "por eso" (es decir, ya no por encono) "acechamos las debilidades de todos". (Aquí anda el dedo de Szeliga, del tendero de misterios). Como vemos, el niño se convierte inmediatamente en metafísico, que pugna por descubrir "el fundamento de las cosas".

Este niño especulativo, que se preocupa más por la "naturaleza de las cosas" que por sus juguetes, se pone "a veces", a la larga, al tanto del "mundo de las cosas", triunfa sobre él y entra entonces en una nueva fase, la de la juventud, en la que tiene que afrontar una nueva y "amarga lucha por la vida", la lucha contra la razón, pues "espíritu significa" "la primera propia creación" y "Nosotros estamos por encima del mundo, somos espíritu" (pág. 15). El punto de vista del joven es "el celestial"; el niño limitábase a "aprender", "no se detenía en problemas puramente lógicos o teológicos", lo mismo que "Dilato" (el niño) pasaba rápidamente de largo por delante de la pregunta: "¿Qué es la verdad?" (pág. 17). El joven, en cambio, "trata de apoderarse del pensamiento", "entiende las ideas, el espíritu" y "pugna por ideas"; "sigue a sus pensamientos" (pág. 16), tiene "pensamientos absolutos, es decir, solamente pensamientos, pensamientos lógicos". Este joven que "así se comporta", en vez de correr detrás de las muchachas y de otras cosas profanas, no es otro que el joven "Stirner", el joven estudioso berlinés, que cultiva la lógica de Hegel y admira al gran Michelet. De este joven se dice en la pág. 17, y con razón: "Promover el pensamiento puro, aferrarse a él, es un goce juvenil, y todas las figuras luminosas del mundo del pensamiento, la Verdad, la Libertad, la Humanidad, el Hombre, etc., iluminar y entusiasman al alma juvenil". Este joven "da de lado" luego "al objeto" y "se ocupa" simplemente "de sus pensamientos"; "todo lo no espiritual lo resume bajo el nombre despectivo de las exterioridades, y si a veces se deja llevar de las exterioridades, por ejemplo de las asociaciones estudiantiles, etc., es porque descubre en ello algo de espíritu, es decir, porque se trata, para él, de símbolos". (¿Quién no "descubrirá" en estas palabras a "Szeliga"?). ¡Oh, buen joven berlinés! Las reuniones de los estudiantes para beber cerveza eran, para él, solamente "un símbolo"; y solamente en gracia a "un símbolo" habrá caído rodando, lleno de cerveza, debajo de la mesa, donde probablemente habrá querido "descubrir" también algo de "espíritu". Cuán bueno es este buen joven, de quien habría podido aprender el viejo Ewald, autor de dos volúmenes sobre los "buenos jóvenes", lo revela también el hecho de que "valga" (pág. 15) para él aquello de "abandonar padre y madre y considerar destruido todo el poder de la naturaleza". Para él, "hombre racional, no hay más familia que el poder natural y debe renunciarse a padres, hermanos, etc.", todos los cuales, sin embargo, "renacerán como poderes espirituales y racionales", por donde el buen joven pone en armonía con su conciencia especulativa la obediencia y el temor a los padres, quedando todo como antes. Y asimismo "vale ahora" para él (pág. 15): "Se debe obedecer más a Dios que a los hombres". Más aún, el buen joven alcanza la cumbre más alta de la moralidad en la pág. 16, donde leemos: "Debe uno obedecer a su conciencia más que a Dios". Este alto sentimiento moral lo coloca incluso por encima de "las vengadoras Euménides" y hasta lo sustrae "a la cólera de Poseidón", y a nada teme más que a "la conciencia".

Después de descubrir que "el espíritu es lo esencial", no teme ni siquiera el llegar a las siguientes temerarias conclusiones: "Pero, después de reconocer el espíritu como lo esencial, ello constituye, sin embargo, una diferencia, pues el espíritu es pobre o rico, y se procura, por tanto" (!) "llegar a ser rico en espíritu; el espíritu pugna por extenderse, por fundar su reino, un reino que no es de este mundo, que acaba de ser superado. Y, así, ansía llegar a ser todo en todo" ¿cómo así?), "es decir, aunque yo soy espíritu, no soy sin embargo espíritu acabado, y debo" (?) "empezar por buscar el espíritu acabado" (pág. 17).

"Ello constituye, sin embargo, una diferencia". "¿Ello?" ¿Qué "ello" constituye esa diferencia? Con este misterioso "ello" volveremos a encontrarnos muy frecuentemente en el sagrado hombre, hasta que averigüemos que se trata del Único desde el punto de vista de la sustancia, del comienzo de la lógica "única" y, como tal, de la verdadera identidad del "ser" y la "nada" hegelianos. De cuanto este "ello" haga, diga y obre constituimos en responsable a nuestro santo, quien se comporta para con él como el creador para con la criatura. Primeramente, este "ello" establece, como hemos visto, una diferencia entre pobre y rico; y ¿por qué, concretamente? Porque "el espíritu se reconoce como lo esencial". ¡Pobre "ello", que sin este reconocimiento jamás habría llegado a la distinción entre pobre y rico! "Y se busca, en vista de ello", etc. "¡Se!" Nos encontramos aquí con la segunda persona impersonal puesta, además del "ello"", al servicio de Stirner, quien le obliga a ejecutar las faenas y los servicios más duros. Y vemos ahora cómo ambas están habituadas a secundarse y complementarse. En vista de que "ello" establece una diferencia entre si el espíritu es pobre o rico, "se" busca (¿a quién sino al leal vasallo de Stirner podía habérsele ocurrido esta idea?), "se busca, por tanto, llegar a ser rico en espíritu". "Ello" da la señal, e inmediatamente "se" hace coro a todo pulmón. La división del trabajo se establece a la manera clásica.

Porque "se busca llegar a ser rico en espíritu", por eso "quiere el espíritu ensancharse, fundar su reino", etc. "Pero si" existe aquí una concatenación, "hay, sin embargo, una diferencia" entre "llegar a ser rico en espíritu" a que "el espíritu" quiera "fundar su reino". "El espíritu", hasta ahora, aún no ha querido nada, "el espíritu" aún no ha figurado como persona, sólo se ha tratado del espíritu del "adolescente", no de "el espíritu" por antonomasia, del espíritu en cuanto sujeto. Pero el sagrado escritor necesita ahora otro espíritu que el del joven, para podérselo oponer a éste como un espíritu extraño y, en última instancia, como Espíritu Santo. Escamoteo núm.1.

"Y así el espíritu anhela llegar a ser todo en todo", sentencia un tanto misteriosa, que se explica en los términos siguientes: "Aunque yo soy espíritu, no soy, sin embargo, espíritu acabado y debo empezar por buscar el espíritu acabado". Ahora bien, si San Max es un "espíritu no acabado", "existe una diferencia" entre que tenga que "perfeccionar" su espíritu o tenga que buscar "el espíritu acabado". Dos o tres líneas antes, había hablado solamente del espíritu "pobre" y del espíritu "rico" -diferencia cuantitativa, profana-, pero ahora, de pronto, se pone a hablar del espíritu "no acabado" y del espíritu "acabado", diferencia cualitativa y misteriosa. La aspiración de desarrollar el propio espíritu puede convertirse, ahora, en la caza del "espíritu no acabado "al espíritu acabado". El Espíritu Santo se pasea como espectro. Escamoteo núm. 2.

El sagrado autor prosigue: "Pero con esto" (es decir, al convertirse la aspiración a "perfeccionar" mi espíritu en la búsqueda "del espíritu acabado") "vuelvo a perderme inmediatamente, después de haberme encontrado como espíritu. al inclinarme ante el espíritu acabado como ante algo que no Me es propio, sino que se halla más allá de Mí, y sentir Mi vaciedad". Pág. 18.

Esto no es sino un ulterior desarrollo del escamoteo núm. 2. Una vez que el "espíritu acabado" se presupone como algo existente y se lo contrapone al "espíritu no acabado", se comprende de suyo que el "espíritu no acabado", el joven, siente dolorosamente "su vaciedad" hasta el fondo de su corazón. Prosigamos.

"Es cierto que todo depende del espíritu, pero, ¿acaso todo espíritu es el espíritu verdadero? El verdadero y auténtico espíritu es el ideal del espíritu, el «Espíritu Santo». No es Mi espíritu ni Tu espíritu., sino cabalmente" (!) "un espíritu ideal, ultraterrenal; es «Dios». «Dios es el Espíritu». Pág. 18.

De pronto, como vemos, el "espíritu acabado" se convierte en el "verdadero espíritu", e inmediatamente después en el "verdadero y auténtico espíritu". Y, definiéndolo más detalladamente, se nos dice que éste es "el ideal del espíritu, el Espíritu Santo", lo que se demuestra diciendo que "no es Mi Espíritu ni Tu espíritu, sino cabalmente un espíritu ultraterrenal, ideal, Dios". El verdadero espíritu es el ideal del espíritu ¡porque es "cabalmente" un espíritu ideal! ¡Qué "virtuosidad de pensamiento"! Y, de pasada, observaremos que, hasta ahora, no se había hablado para nada de "Tu" espíritu. Escamoteo núm. 3.

Por tanto, si deseo formarme o "acabarme", para decirlo con San Max, como matemático, lo que tengo que hacer es buscar al matemático "acabado", es decir, al "verdadero y auténtico matemático", al "ideal" del matemático, al matemático "sagrado", que es un matemático distinto de ti y de mí (aunque tú puedes ser considerado por mí como un matemático acabado, al modo como para el joven berlinés su profesor de filosofía pasa por ser el espíritu acabado), "sino cabalmente" un matemático "ideal, ultraterrenal", el matemático en el cielo, "Dios". Dios es matemático.

A todos estos grandiosos resultados llega San Max, porque "existe una diferencia entre que el espíritu sea rico o pobre", es decir, en buen romance, entre que uno sea rico o pobre en espíritu, y porque el "joven" ha descubierto este hecho maravilloso.

San Max prosigue, en la pág. 18: "El hombre se separa del joven, pues toma el mundo tal y como es", etc. No se nos dice, pues, cómo el joven se las arregla de pronto para tomar el mundo "tal y como es", ni vemos tampoco a nuestro sagrado dialéctico obrar el tránsito del joven al hombre, sino que sólo se nos dice que "se" opera aquí este paso y que el joven tiene que "separarse" necesariamente del hombre. Pero el "se" por sí solo no basta para poner en marcha el pesado carro de los únicos pensamientos, pues después que el "se" ha "separado al hombre del joven", el hombre recae nuevamente en el joven, vuelve a ocuparse otra vez "exclusivamente de lo espiritual" y no se pone de nuevo en marcha hasta que no viene en su ayuda el "se" con un nuevo tiro de caballos. "Sólo entonces, cuando se ha contraído el amor corpóreo, etc.", pág. 18, "sólo entonces", vuelven a marchar las cosas como es debido, el hombre descubre que tiene un interés personal y "por segunda vez se encuentra a sí mismo", al encontrarse no solamente "en cuanto espíritu", como el joven, para "perderse de nuevo enseguida en el espíritu general", sino en cuanto "espíritu corpóreo", pág. 19. Y este "espíritu corpóreo" logra, por fin, encontrar "un interés no solamente en su espíritu" (como el joven), "sino en la total liberación, en la satisfacción de todo el individuo" (¡un interés en la satisfacción de todo el individuo!); logra "encontrar un placer en sí, tal y como vive corpóreamente". Como buen alemán, el "hombre" de Stirner llega demasiado tarde para todo. En los bulevares de París y en la Regentsstreet de Londres puede ver callejear a cientos de "jóvenes", petimetres y dandis que aún no se han descubierto como "espíritu corpóreo", lo que no es obstáculo para que "encuentren un placer en sí, tal y -como viven corpóreamente", poniendo todo su interés en la "satisfacción de todo el individuo".

Este segundo "descubrimiento de sí mismo" entusiasma tanto a nuestro sagrado dialéctico, que, olvidando de pronto su papel, se pone a hablar de si mismo en vez de hablar del hombre y nos descubre que "el hombre" es él mismo, él, el Único, y que "el hombre" = "el Único". Nuevo escamoteo.

"Así como yo me" (debiera decir "como el joven se") "encuentro detrás de las cosas, y me encuentro como espíritu, así también debo encontrarme" (debiera decir "el hombre debiera encontrarse") "más tarde detrás de los pensamientos, a saber: como su creador y propietario. En el tiempo de los espíritus, Me han brotado" de han brotado al joven) "los pensamientos por sobre la cabeza, de la que eran fruto; como delirios febriles me cercaban y estremecían, a modo de una potencia espantosa. Los pensamientos cobraban cuerpo por sí mismos, eran espectros, como Dios, el Emperador, el Papa, la Patria, etc.; al destruir su corporeidad, los retrotraigo a lo mío y digo: Yo sólo soy lo corpóreo. Y, así, tomo el mundo como lo que para mí es, como lo mío, como mi propiedad: todo lo refiero a mí mismo".

Así, pues, una vez que el hombre, identificado aquí con "el Único", infunde por vez primera corporeidad a los pensamientos, es decir, los convierte en espectros, vuelve a destruir esta corporeidad, al retrotraerlos a su propio cuerpo, con lo que éste se erige en el cuerpo de los espectros. El hecho de que sólo mediante la negación de los espectros arribe a su propia corporeidad indica qué clase de corporeidad especulativa del hombre es ésta, que el hombre necesita "predicarse" para creer en ella. "Y, además", ni siquiera "se predica" certeramente lo que "se predica". El hecho de que aparte de su "único" cuerpo moren, y no solamente en su cabeza, diversos cuerpos independientes, espermatozoos, es convertido por él en la "leyenda": Yo solamente soy corpóreo. Nuevo escamoteo.

Prosigamos. El hombre que, como joven, se pone en la cabeza toda una serie de estúpidas ideas acerca de las potencias y relaciones existentes, tales como el Emperador, la Patria, el Estado, etc., y sólo las ha conocido como sus propios "delirios febriles" bajo la forma de su propia representación, destruye según San Max realmente estas potencias al quitarse de la cabeza su falsa opinión acerca de ellas. Y, a la inversa, al no ver ya el mundo a través de las gafas de su fantasía, tiene que preocuparse, ahora, de su concatenación práctica, de estudiar ésta y de atenerse a ella. Al destruir su corporeidad fantástica, la que para él tenía, encuentra fuera de su fantasía su corporeidad real. Al desaparecer para él la corporeidad fantasmal del emperador, no desaparece para él la corporeidad, sino la fantasmalidad del emperador, cuyo poder real puede precisamente ahora valorar en toda su extensión. Escamoteo núm. 3 [a].

El joven en cuanto hombre ni siquiera se comporta críticamente ante pensamientos que son también valederos para otros y circulan como categorías, sino solamente ante pensamientos que son "simples frutos de su cabeza", es decir, que, paridos de nuevo por su cabeza, constituyen representaciones generales acerca de relaciones existentes. Por ejemplo, ni siquiera resuelve la categoría "Patria", sino solamente la opinión privada que él tiene de esta categoría, dejando en pie con ello la categoría de validez general y comenzando la labor solamente en el campo del "pensamiento filosófico. Pero quiere hacernos creer que ha resucito la categoría misma, por haber resuelto simplemente su actitud privada de ánimo hacia ella, que ha destruido la potencia imperial por haber desechado sencillamente su idea fantástica del emperador. Escamoteo núm. 4.

"Y así", prosigue San Max, "tomo el mundo como lo que para Mí es, como lo Mío, como Mi propiedad". Toma el mundo como lo que para él es, es decir, como aquello por lo que debe tomarlo, con lo cual se apropia el mundo, lo convierte en propiedad suya, un modo de adquirir que, si bien no se encuentra en ningún economista, habrá de revelarnos tanto más ostentosamente, en su método y en sus resultados, "el Libro" mismo. Pero, en el fondo, sólo "toma" como lo suyo y se apropia, no "el mundo", sino solamente su "delirio febril" del mundo. Toma el mundo como su representación del mundo, y en cuanto su representación, el mundo es su propiedad representada, la propiedad de su representación, su representación como propiedad, su propiedad como representación, su representación propia y peculiar o su representación de la propiedad, todo lo cual lo expresa en la incomparable frase: "todo lo refiero a mí mismo". Después de haber reconocido el hombre, según su propia y sagrada confesión, que el mundo sólo está poblado por espectros porque el joven veía espectros por todas partes y después de haberse esfumado para él el mundo imaginario del joven, se encuentra ya en un mundo real, independiente de las quimeras juveniles.

Y ahora, debe decir, por tanto, tomo el mundo como lo que es independientemente de Mí, como el suyo ("el hombre toma", pág. 18, "el mundo tal y como es", y no como a él se le antoja), primeramente como Mi no-propiedad (pues sólo como espectro era, hasta ahora, Mi propiedad): Me refiero Yo a todo y sólo en este sentido lo refiero todo a Mí.

"Si como espíritu repudiaba el mundo en la más profunda misantropía, como propietario repudio los espíritus o las ideas en su vanidad. Ya no tienen ningún poder sobre mí, como sobre el espíritu no tiene poder ningún «poder de la tierra»". Pág. 20.

Vemos aquí cómo el propietario, el hombre de Stirner, recoge inmediatamente sine beneficio deliberanti atque inventarii [Sin reservarse plazo para deliberar ni a beneficio de inventario] la herencia del joven, que, como él mismo dice, sólo consiste en "delirios febriles" y en "espectros". Cree que, como niño que se hace joven, ha despachado realmente al mundo de las cosas y como joven que se hace hombre al mundo del espíritu; que, como hombre, tiene en su bolsillo, ahora al mundo entero y no necesita ya preocuparse de nada, Si, como se jacta ante el joven, ninguna potencia del mundo fuera de él tiene poder sobre el espíritu y el espíritu es, por tanto, el más alto poder de la tierra, y Él, el hombre, ha sometido a ese dominio este espíritu omnipotente, ¿no será él omnipotente en absoluto? Se olvida de que sólo ha destruido la forma fantástica y fantasmal que las ideas de Patria, etc., adoptaban en el cerebro "del joven", pero sin tocar todavía para nada estas ideas, en cuanto expresan relaciones reales. Muy lejos de haberse convertido en dueño y señor de las ideas, tan sólo ahora ha llegado a poder "pensar".

"Puede verse claro ahora, para terminar con esto" (pág. 199), que el hombre sagrado ha llevado su construcción de las edades de la vida a la meta deseada y predestinada. Y nos comunica el resultado obtenido en unas líneas, en una sombra fantasmal, que queremos confrontar con su cuerpo desaparecido.

Tesis única, pág. 20

Titular de la sombra

Adjunta emancipada

"El niño vivía realistamente prisionero de las cosas de este mundo, hasta que poco a poco logró penetrar detrás de estas cosas. El joven se dejaba entusiasmar idealistamente por ideas, hasta que se remontó trabajosamente a la fase del hombre, del hombre egoísta, que trataba a las cosas y las ideas como mejor le parecía, poniendo su interés personal por encima de todo. ¿Y, por último, el anciano? Cuando yo llegue a serlo, ya habrá tiempo de hablar de ello".

El asirio vivía realmente prisionero en el mundo de sus cosas, hasta que poco a poco (pobre escamoteo del desarrollo) logró dejar estas cosas detrás. Joven era fantástico, aturdido por el entusiasmo, hasta que lo desplazó el hombre, el burgués egoista, manejado a su antojo por las cosas y las ideas, porque su personal interés lo pone a todo por encima de él. ¿Y, por último, el anciano - "¿Mujer, qué tengo yo que ver contigo?".

Toda la historia "de la vida de un hombre" se desarrolla, por tanto, "para terminar con esto", del modo siguiente:

1. Stirner concibe las diferentes fases de la vida solamente como "autoinvenciones" del individuo, las cuales se reducen siempre, además, a una determinada relación de conciencia. La diversidad de conciencia es aquí, por tanto, la vida del individuo. Los cambios físicos y sociales que en los individuos se operan y que crean un cambio de conciencia no le interesan, por tanto, para nada. He ahí por qué el niño, el joven y el hombre, en Stirner, encuentran siempre el mundo ya dispuesto, al "inventarse" a "sí mismos"; no se hace absolutamente nada para procurar que se encuentren con algo ante sí. Pero, ni siquiera la relación de la conciencia se concibe certeramente, sino solamente en su tergiversación especulativa. Eso explica por qué todas esas figuras adoptan, además, una actitud filosófica ante el mundo: "el niño, realistamente", "el joven, idealistamente", el hombre, como la unidad negativa de lo uno y lo otro, como la negatividad absoluta, lo que se trasluce claramente en la frase final anterior. Aquí se revela el misterio "de la vida de un hombre", aquí se destaca que: "el niño"' no es más que la transfiguración del "realismo", "el joven" la del "idealismo" y "el hombre" el intento de solución de esta antítesis filosófica. Esta solución, esta "negatividad absoluta", sólo se logra, como ya ahora puede verse, por el hecho de que el hombre acepta de buena fe las ilusiones tanto del niño como del joven, creyendo con ello haber superado tanto el mundo de las cosas como el mundo del espíritu.

2. Como San Max hace caso omiso de la "vida" física y social del individuo, sin hablar para nada de la "vida", se abstrae también, de un modo totalmente consecuente, de las épocas históricas, de la nacionalidad, la clase, etc., o lo que tanto vale, infla la conciencia dominante de la clase que está más cerca de él en lo que directamente le rodea, para hacer de ella la conciencia normal "de la vida de un hombre" Para sobreponerse a esta limitación local de horizontes, propia de un maestro de escuela, no tendría más que comparar "su" joven, con cualquier joven oficinista, con cualquier obrero joven de una fábrica inglesa, o con un joven yanqui, para izo hablar de un joven cosaco kirguís.

3. La enorme credulidad de nuestro santo -el verdadero espíritu de su libro- no se contenta con hacer que su joven crea a su niño, y su hombre a su joven. Él mismo confunde sin darse cuenta de ello las ilusiones que ciertos "jóvenes", "hombres", etc., se hacen o dicen hacerse acerca cae sí mismos con la "vida", con la realidad de estos jóvenes y hombres extraordinariamente equívocos.

4. Toda esta construcción de las edades del hombre se contiene ya, de un modo prototípico, en la tercera parte de la "Enciclopedia" de Hegel y, "con diversas variantes", en otras obras del mismo autor. San Max, que persigue sus "propios" fieles, tuvo que introducir aquí, naturalmente, algunas "variantes"; mientras que Hegel, por ejemplo, se deja llevar hasta tal punto por el mundo empírico, que presenta al burgués alemán como siervo del mundo que lo rodea, Stirner hace de él el dueño y señor de este mundo, cosa que no es ni siquiera en su imaginación. Y San Max aparenta también abstenerse de hablar del anciano por razones empíricas, como queriendo aguardar a serlo (también aquí vemos, por tanto, cómo "la vida de un hombre" = Su única vida de hombre). Hegel construye directamente las cuatro edades de la vida del hombre, porque en el mundo real la negación se establece, según él, de dos modos, a saber: como luna y como cometa (cfr. la filosofía de la naturaleza de Hegel), razón por la cual la cuadruplicidad desplaza aquí a la trinidad. Stirner cifra su unicidad en hacer coincidir la luna y el cometa, eliminando así de "la vida de un hombre" al desventurado anciano. Y la razón de ser de este escamoteo se verá en seguida, tan pronto entremos en la construcción de la historia única del hombre.

2. LA ECONOMÍA DEL ANTIGUO TESTAMENTO

Tenemos que saltar aquí, por un momento, de "la Ley" a "los Profetas", revelando ya en este lugar el misterio de la economía doméstica única que se lleva en el cielo y en la tierra. La historia del imperio del Único también en el Antiguo Testamento, donde reina todavía la Ley, el hombre, como un ayo sobre el Único (Gál. 3, 24), responde a un sabio plan, decretado desde hace toda una eternidad. Todo fue previsto y ordenado para que el Único pudiera advenir al mundo al llegar la hora, con la misión de redimir a los hombres sagrados de su santidad.

El libro primero, "La vida de un hombre", se llama también, por ello, "Génesis", porque contiene en germen toda la economía doméstica única y hace desfilar prototípicamcnte ante nosotros todo el desarrollo posterior, hasta llegar al momento en que suena la hora y adviene el final de los tiempos. Toda la historia única gira en torno a las tres fases: el niño, el joven y el hombre, que reaparecen "con diversas variantes" y en círculos que van ampliándose cada vez más, hasta que por último toda la historia del mundo de las cosas y del mundo del espíritu se reduce a "niño, joven y hombre". Por todas partes encontramos solamente "al niño, el joven y el hombre "transfigurados, del mismo modo que ya en ellos encontrábamos las transfiguraciones de tres categorías.

Hemos hablado más arriba de la concepción filosófica alemana de la historia. En San Max encontramos un brillante ejemplo de ella. La idea especulativa, la representación abstracta se convierte en la fuerza propulsora de la historia, lo que hace de la historia, por tanto, simplemente la historia de la filosofía. Pero, incluso ésta no se concibe siquiera tal y como se ha desarrollado con arreglo a las fuentes existentes, ni mucho menos tal y como se ha desarrollado bajo la acción de las relaciones históricas reales, sino tal y como ha sido concebida y expuesta por los modernos filósofos alemanes, especialmente por Hegel y Feuerbach. Además, de estas exposiciones sólo se toma lo que puede adaptarse al fin perseguido y lo que tradicionalmente ha llegado a nuestro santo. La historia se convierte, con ello, en la simple historia de las supuestas ideas, en una historia de espíritus y de fantasmas, y la historia real y empírica sobre que descansa esta historia fantasmal se explota únicamente para dotar de cuerpos a estos fantasmas; de ella se toman los nombres necesarios, encargados de dar a estos fantasmas una sombra de realidad. Pero, en este experimento, vemos cómo nuestro santo se sale frecuentemente de su papel y escribe una historia fantasmal clara y desembozada.

En él encontramos este modo de escribir la historia con el candor más simplista y más clásico. Las tres categorías simples: realismo, idealismo y negatividad absoluta como la unidad de ambos (aquí se la llama "egoísmo"), con que nos encontrábamos ya como el Niño, el joven y el hombre, se toman como base de toda la historia, provistas de diferentes etiquetas históricas; forman, con su modesto séquito de categorías auxiliares, el contenido de todas las fases ya señaladas, fases presuntamente históricas. San Max vuelve a dar pruebas, aquí, de su gigantesca fe, llevando la fe en el contenido especulativo de la historia preparado por los filósofos alemanes más allá que ninguno de sus predecesores. En esta solemne, larga y farragosa construcción histórica sólo se trata, pues, de encontrar una pomposa serie de sonoros nombres para tres categorías tan trilladas, que sus nombres propios no dicen ya públicamente nada. Nuestro consagrado autor habría podido pasar perfectamente bien del "hombre", pág. 20, directamente al "Yo", pág. 207, y mejor aún al "Único", pág. 485; pero esto habría resultado demasiado simple. Por otra parte, la enorme competencia desatada entre los especuladores alemanes impone a todo nuevo competidor el deber de rodear su mercancía de una publicidad histórica estruendosa.

La "fuerza del verdadero curso", para expresarnos a la manera del Dottore Graciano, discurre del modo más vigoroso" en las siguientes "mutaciones":

Fundamento:

I. Realismo.

II. Idealismo.

III. Unidad negativa de ambos. "Se" (pág. 435).

Primera imposición de nombres:

I. Niño, supeditado a las cosas (realismo).

II. Joven, supeditado a las ideas (idealismo).

III. Hombre - (como unidad negativa)

(egoísmo)

positivamente expresado: acopiador de ideas y de cosas,

negativamente expresado: desligado de ideas y de cosas.

Segunda imposición, histórica, de nombres:

I. Negro (realismo, el niño).

II. Mongol (idealismo, el joven).

III. Caucasiano (unidad negativa de realismo e idealismo, el Hombre).

Tercera, la más general, imposición de nombres:

I. Egoísta realista (egoísta en el sentido usual de la palabra) - El niño, el negro.

II. Egoísta idealista (el que se sacrifica) - el joven, el mongol.

III. Verdadero egoísta (el Único) - el hombre, el caucasiano.

Cuarta imposición, histórica, de nombres. Repetición de las fases anteriores dentro del caucasiano.

I. Los antiguos. Caucasianos negroides - hombres infantiles - paganos - supeditados a las cosas - realistas - mundo.

Transición (el niño, que aparece tras las "cosas de este mundo") sofistas, escépticos, etc.

II. Los modernos. Caucasianos mongoloides - Hombres adolescentes - Cristianos - supeditados a los pensamientos - Idealistas - El espíritu.

1. Historia pura de espíritus, el cristianismo como espíritu. "El espíritu".

2. Historia de espíritus no pura. El espíritu en relaciones con otros. "Los posesos".

A) Historia pura no pura de espíritus.

a) El aquelarre, el fantasma, el espíritu en estado negroide, como espíritu convertido en cosa y cosa espiritual - ente objetivado para el cristianismo, el espíritu como niño.

b) La obsesión, la idea fija, el espíritu en estado mongólico, como espiritual en el espíritu, determinación en la conciencia, ente pensado en el cristiano - el espíritu como joven.

B) Historia no pura no pura (histórica) de espíritus.

a) Catolicismo - Edad Media (negro, niño, realismo, etc.).

b) Protestantismo - Época Moderna en los tiempos modernos - (mongol, joven, idealismo, etc.). Dentro del protestantismo, cabe establecer nuevas subdivisiones, por ejemplo:

ά) filosofía inglesa - realismo, niño, negro.

β) filosofía alemana - idealismo, joven, mongol.

3. La jerarquía - unidad negativa de ambos, dentro del punto de vista mongol-caucásico. Ésta se presenta, en efecto, allí donde la relación histórica se convierte en una relación actual o donde los contrarios se representan como paralelamente existentes. Tenemos, pues, aquí dos fases coexistentes:

A) Los incultos - (malos, burgueses, egoístas en el sentido usual de la palabra) = negros, niños, católicos, realistas, etc.

B) Los cultos (buenos, citoyens [Ciudadanos], los que se sacrifican, los sacerdotes, etc.) = mongoles, jóvenes, protestantes, idealistas.

Estas dos fases existen paralelamente, de donde se desprende "fácilmente" que los cultos dominan sobre los incultos: en esto consiste la jerarquía. En el desarrollo histórico ulterior, tenemos que

del inculto sale el no hegeliano,

del culto el hegeliano[1],

de donde se sigue que los hegelianos dominan sobre los no hegelianos. De este modo, Stirner convierte la representación especulativa del imperio de la idea especulativa en la historia en la representación del imperio de los mismos filósofos especulativos. Su anterior concepción de la historia como el imperio de la idea se convierte, en la jerarquía, en una relación realmente existente y actual, en el imperio universal de los ideólogos. Ello revela hasta qué honduras llega Stirner en la especulación. Este imperio de los especuladores y los ideólogos se desarrolla a la postre, "al llegar la hora", hasta conducir a la siguiente imposición final de nombres:

a) El liberalismo político, supeditado a las cosas, supeditado a las personas - realismo, el niño, el negro, antiguos, aquelarre, catolicismo, los incultos, sin dueño.

b) El liberalismo social, independiente de las cosas, supeditado al espíritu, sin objeto - idealismo, el joven, el mongol, los modernos, la obsesión, protestantismo, los cultos, desposeídos.

c) El liberalismo humano, sin dueño y desposeído, a saber: sin Dios, puesto que Dios es al mismo tiempo el supremo señor y la suprema posesión, jerarquía - unidad negativa dentro de la esfera del liberalismo, y en cuanto tal imperio sobre el mundo de las cosas y de las ideas, y al mismo tiempo el egoísta acabado en la superación del egoísmo - la jerarquía acabada. Forma, al mismo tiempo,

la transición (el joven, que descubre lo que hay detrás del mundo de las ideas) al

III. "Yo" - es decir, al cristiano acabado, al hombre acabado, al caucasiano caucásico y al egoísta verdadero, que, así como el cristiano se convierte, mediante la superación del mundo antiguo, en el espíritu, llega a ser, mediante la disolución del reino de los espíritus, el corpóreo, al recoger sine beneficio deliberandi et inventarii la herencia del idealismo, del joven, del mongol, de los modernos, de los cristianos, de los posesos, de los protestantes, de los cultos, del hegeliano y del liberal humanista.

NB. 1. Pueden "intercalarse episódicamente" "de vez en cuando", en su ocasión oportuna, para realzar el colorido del cuadro y producir nuevos efectos, ciertas categorías feuerbachianas y de otro tipo, tales como las de entendimiento, corazón, etc. Y se

2. El tan crédulo San Max, Jacques le bonhomme [Juan, el simple], no sabe decirnos acerca de la historia real y profana otra cosa sino que la contrapone siempre, bajo el nombre de "naturaleza", el "mundo de las cosas", el "mundo del niño", etc., a la conciencia como algo acerca de lo cual especula, como un mundo que, a pesar de su constante cancelación, sigue existiendo en una penumbra mística para reaparecer a la primera ocasión; probablemente porque siguen existiendo los niños y los negros y también, por tanto, "fácilmente", su mundo, el llamado mundo de las cosas. Acerca de semejantes construcciones históricas y ahistóricas, ya dijo el buen viejo Hegel, a propósito de Schelling, el campeón de todos los constructores, lo que acerca de esto había que decir: "El instrumento de este monótono formalismo no es más difícil de manejar que la paleta de un pintor en la que sólo hubiera dos colores, por ejemplo el negro" (realista, infantil, negroide, etc.) "y el amarillo" (idealista, juvenil, mongólico, etc.), "para cubrir con el primero una superficie, cuando se trate de pintar un trozo histórico" (el "mundo de las cosas") "y con el segundo otra en que se quiera pintar un paisaje" ("el cielo", el espíritu, lo sagrado, etc.). Fenomenología, pág. 39. Y aun más certeramente se burla la "conciencia vulgar" de esta clase de construcciones en la siguiente canción:

El señor manda la yunta
Para segar la avena,
Pero la yunta no siega la avena
Ni vuelve tampoco a la casa.

El señor manda entonces al perro
Para morder la yunta.
Pero el perro no muerde la yunta,
La yunta no siega la avena
Y ni uno ni otro vuelven a la casa.

El señor manda entonces al látigo
Para azotar el perro.
Pero el látigo no azota el perro,
El perro no muerde la yunta,
La yunta no siega la avena,
Y ninguno vuelve a la casa.

El señor manda entonces al fuego
Para quemar el látigo.
Pero el fuego no quema el látigo,
El látigo no azota al perro,
El perro no muerde la yunta,
La yunta no siega la avena,
Y ninguno vuelve a la casa.

El señor manda entonces al agua,
Para que apague el fuego.
Pero el agua no apaga el fuego,
El fuego no quema el látigo,
El látigo no azota al perro,
El perro no muerde la yunta,
La yunta no siega la avena,
Y ninguno vuelve a la casa.

El señor manda entonces al buey,
Para que se beba el agua.
Pero el buey no se bebe el agua,
El agua no apaga el fuego,
El fuego no quema el látigo,
El látigo no azota al perro,
El perro no muerde la yunta,
La yunta no siega la avena,
Y ninguno vuelve a la casa.

El señor manda entonces al carnicero,
Para que sacrifique al buey,
Pero el carnicero no sacrifica al buey,
El buey no se bebe el agua,
El agua no apaga el fuego,
El fuego no quema el látigo,
El látigo no azota al perro,
El perro no muerde la yunta,
La yunta no siega la avena,
Y ninguno vuelve a la casa.

El señor manda entonces al verdugo,
Para que cuelgue al carnicero,
Pero el verdugo no cuelga al carnicero,
El carnicero no sacrifica al buey,
El buey no se bebe el agua,
El agua no apaga el fuego,
El fuego no quema el látigo,
El látigo no azota al perro,
El perro no muerde la yunta,
La yunta no siega la avena,
Y ninguno vuelve a la casa.

En seguida, vamos a tener ocasión de ver con qué "virtuosidad de pensamiento" y con qué material de liceal llena Jacques le bonhomme este esquema.

3.

LOS ANTIGUOS

Propiamente, debíamos comenzar aquí con los negros; pero San Max, que sin duda ocupa un puesto en el "Consejo de los Guardianes", en su inescrutable sabiduría, no introduce a los negros hasta más tarde, y aun entonces "sin la pretensión de algo concienzudo y comprobado". Así, pues, si hacemos que la filosofía griega preceda a la era negra, es decir, a las campañas de Sesostris y a la expedición napoleónica a Egipto, lo hacemos llevados de la confianza de que nuestro sagrado escritor lo haya ordenado todo sabiamente.

"Contemplamos, pues, el tráfago que despliegan" los antiguos de Stirner.

"Para los antiguos, el mundo era una verdad, dice Feuerbach; pero se olvida de añadir la siguiente importante adición: una verdad cuya falta de verdad trataban de averiguar y acabaron, por último, averiguando". Pág. 22.

"Para los antiguos" su "mundo" (no el mundo) era una verdad", con lo que, naturalmente, no se dice ninguna verdad acerca del mando antiguo, sino solamente que los antiguos no mantenían una actitud cristiana ante su mundo. Tan pronto como la falta de verdad se reveló detrás de su mundo (es decir, tan pronto como este mundo se desintegró en sí mismo por colisiones prácticas - y el poner empíricamente de manifiesto este desarrollo materialista habría sido lo único interesante-), los antiguos filósofos se esforzaron en descubrir el mundo de la verdad o la verdad de su mundo, y descubrieron entonces, naturalmente, que se había convertido ya en un mundo carente de verdad. Ya su misma búsqueda era un síntoma de la decadencia interior de aquel mundo. Jacques le bonhomme convierte el síntoma idealista en la causa material de la decadencia y hace, como un Padre de la Iglesia alemán, que la misma Antigüedad busque su propia negación, el cristianismo. Este modo de situar a la Antigüedad es necesaria en él, ya que los antiguos son los "niños" que tratan de descubrir lo que hay detrás del "mundo de las cosas". "Y tal vez fácilmente también": al convertir el mundo antiguo en la conciencia posterior del mundo antiguo, Jacques le bonhomme puede, naturalmente, pasar de un salto del mundo materialista antiguo al mundo de la religión, al cristianismo. Al mundo real de la Antigüedad se enfrenta así, inmediatamente, "la palabra divina", al antiguo concebido como filósofo, el cristiano concebido como escéptico moderno. Su cristiano "no puede llegar a convencerse nunca de la inocuidad de la palabra divina" y "cree", en virtud de esta falta de convencimiento, "en la eterna e inconmovible verdad de la misma", pág. 22. Y, como su antiguo es antiguo porque es no cristiano, aún no cristiano o cristiano escondido, su cristiano primitivo es cristiano porque es el no ateo, aún no ateo o ateo escondido. Hace, pues, que los antiguos nieguen el cristianismo y los primitivos cristianos el ateísmo moderno, y no a la inversa. Jacques le bonhomme, como todos los demás especuladores, lo agarra todo por la cola filosófica. Citaremos a continuación un par de ejemplos de esta infantil credulidad:

"El cristiano debe considerarse como un «peregrino sobre la tierra»" (Hebr. 11., 13), pág. 23. A la inversa: los peregrinos sobre la tierra (engendrados por causas extraordinariamente naturales, por ejemplo por la gigantesca concentración de la riqueza en todo el mundo romano, etc., etc.) debían considerarse necesariamente como cristianos. No era su cristianismo el que hacía de ellos vagabundos, sino su vagabundaje el que los convertía en cristianos. En la misma página, vemos cómo el santo varón salta de la Antígona de Sófocles y de la santidad de la sepultura relacionada con ella, al Evangelio de Mateo 8, 22 (dejad que los muertos entierren a sus muertos) , mientras que Hegel, por lo menos en la Fenomenología, pasa gradualmente de Antígona, etc., al romanticismo. Con el mismo derecho habría podido San Max pasar directamente a la Edad Media y oponer a los cruzados, con Hegel, aquella sentencia bíblica o incluso, para ser verdaderamente original, contrastar el enterramiento de Polinices por Antígona con el traslado de Santa Elena a París de la urna con las cenizas de Napoleón. Y se dice, además: "En el cristianismo se expone la inquebrantable verdad de los lazos familiares" (que en la pág. 22 se consigna como una de las "verdades" de los antiguos) "como una falta de verdad de la que no sabríamos desembarazarnos demasiado pronto (Marc. 10, 29), y así en todo" (pág. 23). Esta tesis, en la que de nuevo se vuelve del revés la realidad, debe .enderezarse del modo siguiente: la efectiva carencia de verdad de los lazos familiares (acerca de esto habría que consultar todavía los documentos que aún se conservan de la legislación romana anterior al cristianismo) es expuesta por el cristianismo como una verdad inquebrantable, "y así en todo".

A la luz de estos ejemplos, vemos, pues, cómo Jacques le bonhomme, que "no sabe desembarazarse demasiado pronto" de la historia empírica, vuelve los hechos del revés, hace que la historia ideal produzca la historia material, "y así en todo". Lo único que averiguamos de antemano es lo que los antiguos opinaban, al parecer, de su mundo; se los contrapone como dogmáticos al mundo antiguo, a su propio mundo, en vez de aparecer como productores de él; se trata solamente de la relación entre la conciencia y el objeto, la verdad; se trata, por tanto, solamente de la actitud filosófica de los antiguos ante su mundo - en vez de la historia antigua, se nos ofrece la historia de la antigua filosofía, y además tal y como San Max se la representa, conforme a Hegel y a Feuerbach.

La historia de Grecia desde la época de Pericles, inclusive, se reduce así a la lucha entre los factores abstractos entendimiento, espíritu, corazón, secularidad, etc. Tales son los partidos griegos. En este mundo fantasmal, que se hace pasar por el mundo griego, "maquinan" diversos personajes alegóricos, como la dama Pureza de Corazón, y figuras míticas como Pilato (que no puede faltar nunca donde hay niños) ocupan seriamente un lugar al lado de Timón el Fliasio.

Después de brindarnos algunas sorprendentes revelaciones acerca de los sofistas y de Sócrates, San Max salta inmediatamente a los escépticos. Descubre en ellos a los que llevan a término la labor iniciada por Sócrates. Para Jacques le bonhomme no existen, pues, en absoluto, la filosofía positiva de los griegos, que viene precisamente después de los sofistas y de Sócrates, a saber: la ciencia enciclopédica de Aristóteles. "No es demasiado pronto" para "desembarazarse" de los anteriores: vuela a la transición hacia los "modernos" y la encuentra en los escépticos, los estoicos y los epicúreos. Veamos lo que el santo varón nos revela acerca de éstos.

"Los estoicos quieren realizar al sabio -el hombre que sabe vivir- y lo encuentran en el desprecio del mundo, en una vida sin desarrollo de vida (---), sin contacto con el mundo, es decir, en una vida aislada (---), no en la convivencia; sólo el estoico vive, todo lo demás se halla muerto para él. Los epicúreos, por el contrario, reclaman una vida dinámica". (Pág. 30).

Remitimos a Jacques le bonhomme, el hombre que quiere realizarse y que sabe vivir, entre otros, a Diógenes Laercio, donde encontrará que el sabio, sofos, no es sino el estoico idealizado, y no el estoico el sabio realizado; donde encontrará que el sofos no es, ni mucho menos, una figura puramente estoica, sino que aparece también y exactamente igual entre los epicúreos, los neoacadémicos y los escépticos. Por lo demás, el sofos es la primera figura en que se nos presenta el filósofo griego; esta figura aparece míticamente en los siete sabios, prácticamente en Sócrates y como ideal en los estoicos, epicúreos, neoacadémicos y escépticos. Cada una de estas escuelas tiene, naturalmente, su propio σοφός [Sabio], como San Bruno tiene su propio "sexo único". Más aún, San Max puede volver a encontrarse con "le sage" [El sabio] en el siglo XVIII, en la filosofía de la Ilustración, e incluso en los "hombres sabios" de Jean Paul, como Emanuel, etc.

El sabio estoico no se propone una vida "sin desarrollo de vida", sino una vida absolutamente dinámica, lo que responde ya a su propia concepción de naturaleza, que es la concepción heracliteana, dinámica, viva, en desarrollo, mientras que para los epicúreos es la mors immortalis [Muerte inmortal], como dice Lucrecio, el átomo, el principio de la concepción de la naturaleza, y en vez de la "vida activa" se representa como ideal de vida el ocio divino, por oposición a la divina energía de Aristóteles.

"La ética de los estoicos (su única ciencia, puesto que lo único que sabían decir acerca del espíritu era cómo debía comportarse ante la naturaleza, y de la naturaleza -la física- decían únicamente que el sabio debía afirmarse frente a ella) no es una doctrina del espíritu., sino solamente una doctrina de renunciación del mundo y de afirmación de si mismo frente al mundo". (Pág. 31).

Los estoicos sabían "decir de la naturaleza" que la física era una de las ciencias más importantes para el filósofo, razón por la cual se impusieron incluso el esfuerzo de seguir desarrollando la física de Heráclito; y "sabían decir además" que la ŵρα, la belleza varonil, era lo más alto que podía representarse en el individuo y festejaban precisamente la vida en armonía con la naturaleza, aunque cayeran en contradicciones a propósito de ello. Según los estoicos, la filosofía se divide en tres doctrinas: "física, ética y lógica". "Comparan la filosofía al animal y al huevo; la lógica a los huesos y los tendones del animal y a la cáscara del huevo; la ética a la carne del animal y a la albúmina del huevo; y la física al alma del animal y a la yema del huevo" (Dióg. Lacre., Zenón).

Ya esto solo indica cómo no es cierto que "la ética" sea "la única ciencia de los estoicos". Añádase a ello que los estoicos fueron, según Aristóteles, los principales fundadores de la lógica formal y de la sistemática en general.

Tan poco cierto es que los estoicos no sabían decir nada "acerca del espíritu", que con ellos comienzan incluso los visionarios de espíritus, razón por la cual Epicuro se enfrenta a ellos como racionalista y los tilda de "viejas comadres", y es de los estoicos precisamente de quienes tornan los neoplatónicos una parte de sus historias de espíritus. Estas visiones de espíritu de los estoicos responden, de una parte, a la imposibilidad de llevar a cabo una concepción dinámica de la naturaleza sin el material que tiene que suministrar una ciencia natural empírica y, de otra parte, a sus intentos de interpretar especulativamente el viejo mundo griego e incluso la religión, y por analogía con el espíritu pensante.

"La ética estoica" es hasta tal punto "una doctrina de renunciación del mundo y de afirmación de sí mismo frente al mundo", que entre las virtudes estoicas se cuenta, por ejemplo, el "tener una patria ilustre, un fiel amigo", que "solamente lo bello" se considera como "lo bueno" y que al sabio estoico se le consiente mezclarse de cualquier modo con el mundo, cometiendo por ejemplo incesto, etc., etc. El sabio estoico lleva hasta tal punto una "vida aislada, no en la convivencia", que Zenón dice acerca de él: "El sabio no debe admirar nada de cuanto parece admirable, pero el virtuoso no vivirá en la soledad, pues es social por naturaleza y prácticamente activo" (Dióg. Lacre., lib. VII, 1). Por lo demás sería demasiado pedir el que se desarrollara la intrincadísima y contradictoria ética de los estoicos, frente a esta sabiduría de liceal de Jacques le bonhomme.

Con motivo de los estoicos, existen también para Jacques le bonhomme los romanos (pág. 31), de quienes, naturalmente, no nos sabe decir nada, ya que carecen de filosofía. Lo único que acerca de ellos nos dice es que ¡Horacio! "no fue más allá de la sabiduría de vida de los estoicos". (Pág. 32). Integer vitæ, scelerisque puros! [De vida integra y no manchado por el crimen. - Horacio, Carminurn, Oda XXII, 1]

A propósito de los estoicos se cita también .a Demócrito, copiando de cualquier manual un confuso pasaje de Diógenes Laercio (Demócr., lib. IX, 7, 45), mal traducido además, y basando en él una larga diatriba contra Demócrito. Esta diatriba se caracteriza por el hecho de que se halla en directa contradicción con el texto que le sirve de base, con aquel pasaje confuso y mal traducido a que nos referíamos, convirtiendo la "paz del ánimo" (traducción stirneriana de la palabra la εύδυμία [Alegría, optimismo] en la "renunciación del mundo". Stirner considera, pues, a Demócrito como un estoico, y un estoico, además, tal y como se lo imaginan el Único y la conciencia vulgo- del estudiante de bachillerato; según él, "toda su actividad se concentra en el esfuerzo de desembarazarse del mundo" y, por tanto, "en la repulsa del mundo", y así, puede combatir en Demócrito a los estoicos. Que la agitada vida de Demócrito, peregrino del mundo, se da de bofetones. con esta representación de San Max; que la verdadera fuente para estudiar la filosofía de Demócrito es Aristóteles, y no el par de anécdotas recogidas por Diógenes Laercio; que Demócrito, lejos de renunciar al mundo, es, por el contrario, un investigador empírico de la naturaleza y la primera cabeza enciclopédica entre los griegos; que su ética, apenas conocida, se reduce a unas cuantas glosas hechas al parecer por él en su vejez, después de haber viajado mucho; que sus cosas científiconaturales sólo abusivamente pueden calificarse de filosofía, ya que en él el átomo, a diferencia de Epicuro, no es más que una hipótesis física, un recurso para la explicación de ciertos hechos, exactamente lo mismo que en las proporciones de las mezclas de la química moderna (Dalton, etc.) son todas circunstancias que no encajan en el revoltijo de Jacques le bonhomme; Demócrito debe ser interpretado de un nodo "único", Demócrito habla de la euthymia y, por tanto, de la paz del ánimo y, por tanto, del repliegue sobre sí mismo y, por tanto, de la renunciación al mundo, lo que quiere decir que Demócrito es un estoico y sólo se distingue del faquir indio que musita "Brahma" (debiera decir "Om")como el comparativo del superlativo, es decir, "solamente por el grado".

De los epicúreos sabe nuestro amigo exactamente lo mismo que sabe de los estoicos, o sea la inevitable cantidad de saber de un estudiante de bachillerato. Contrapone la hedoné de los epicúreos a la ataraxia de los estoicos y los escépticos e ignora que esta ataraxia se da también en Epicuro y, concretamente, como subordinada a la hedoné, lo que echa por tierra toda su contraposición. Nos dice que los epicúreos "sólo enseñan otro comportamiento ante el mundo" que los estoicos, y querría mostrarnos al filósofo (no estoico) de la "vieja y la nueva época" que no hace "solamente" lo mismo. Por último, San Max nos enriquece con una nueva sentencia de los epicúreos: "Hay que engañar al mundo, pues es nuestro enemigo"; hasta ahora, sólo sabíamos que los epicúreos habían dicho: debe desengañarse al mundo -a saber, del temor a los dioses, pues es nuestro amigo. Para dar a nuestro santo una ligera idea de la base real sobre que descansa la filosofía de Epicuro, baste decir que en él aparece formulado por vez primera el pensamiento de que el Estado se basa en una convención mutua entre los hombres, en un contrat social [Contrato socialContrato social].

Hasta qué punto las conclusiones de San Max acerca de los escépticos discurren por el mismo cauce se desprende ya del hecho de que considera su filosofía como más radical que la de Epicuro. Los escépticos reducían el comportamiento teórico de los hombres ante las cosas a la apariencia y, en la práctica, lo dejaban estar todo como antes, al atenerse a esta apariencia lo mismo que los otros se atenían a la realidad: no hacían más que dar otro nombre a la cosa. Epicuro era, por el contrario, el verdadero racionalista radical de la antigüedad, que atacaba abiertamente a la religión antigua y de quien arrancó también el ateísmo de los romanos, en la medida en que llegó a existir entre éstos. De aquí que lo ensalce también como un héroe Lucrecio, el primero que derrocó a los dioses y pisoteó la religión, y ello explica por qué Epicuro se ganó entre todos los Padres de la Iglesia, desde Plutarco hasta Lutero, la fama del filósofo impío por excelencia, del cerdo, razón por la cual dice Clemente de Alejandría que cuando San Pablo se indigna contra la filosofía quiere referirse exclusivamente a la epicúrea. (Strom. lib.1 [cap. XI], pág. 295 de la ed. de Colonia, 1688). Vemos, pues, de qué modo tan "astuto, engañoso" y "prudente" se comportaba ante el mundo este ateo franco y abierto, atacando sin recato la religión de aquél, mientras que los estoicos aderezaban especulativamente la vieja religión y los escépticos tomaban su "apariencia" como pretexto para poder acompañar su juicio por doquier de una reservatio mentalis [Reserva mental].

Según Stirner, los estoicos llegan por último a una actitud de "renunciación al mundo" (pág. 30), los epicúreos adoptan "la misma sabiduría de vida que los estoicos", pág. 32, y los escépticos "dejan estar el mundo y no se preocupan para nada de él". Por consiguiente, según Stirner, los tres acaban en una actitud de indiferencia ante el mundo, en la "repulsa del mundo" (pág. 485). Ya mucho tiempo antes que él había expresado esto Hegel del modo siguiente: el estoicismo, el escepticismo y el epicureísmo "tendían a la indiferencia del espíritu hacia todo lo que ofrece la realidad". Fil. de la Hist., pág. 327.

"Los antiguos", dice San Max, resumiendo su crítica del mundo del pensamiento antiguo, "tenían sin duda pensamientos, pero el pensamiento no lo conocían", pág. 30. Y, a este propósito, se nos recuerda "lo que se ha dicho más arriba acerca de nuestros pensamientos infantiles" (Ibíd.). La historia de la filosofía antigua debe atenerse a la construcción de Stirner. Para que los griegos no se salgan de su papel de niños, no debe haber vivido Aristóteles ni aparecer en él el pensamiento dotado de ser en y para sí, el entendimiento que se piensa a sí mismo y el pensamiento que se piensa a sí mismo; no deberían existir, para ello, en general, su Metafísica ni el libro tercero de su Psicología.

Del mismo modo que San Max nos recuerda aquí "lo que se ha dicho más arriba acerca de nuestros años de infancia", habría podido decir, al hablar de "nuestros años de infancia": véase lo que se dirá más abajo acerca de los antiguos y de los negros y lo que no se dirá acerca de Aristóteles.

Para valorar el verdadero significado de las últimas filosofías antiguas durante el período de disolución de la Antigüedad, Jacques le bonhomme no habría tenido más que examinar la posición real de vida de sus sostenedores bajo la dominación romana. Y así, podría haber visto, entre otras cosas, cómo Luciano describe con todo detalle la idea que el pueblo tenía de ellos como payasos públicos y cómo los capitalistas romanos, los procónsules, etc., los alquilaban para divertirse con ellos como bufones, encargados de distraer a los grandes señores y a sus invitados con divertidas frases sobre la ataraxia, la afasia, la hedoné, etc., después de disputar a los postres con los esclavos sobre la posesión de los huesos y las migajas del banquete y de beber unos cuantos vasos de selecto vino agrio.

Por lo demás, si nuestro buen hombre quería convertir la historia de la filosofía antigua en la historia de la Antigüedad, de suyo se comprende que necesitaba hacer que las doctrinas de los estoicos, epicúreos y escépticos se disolvieran en las de los neoplatónicos, cuya filosofía no es otra cosa que la fantástica combinación de la doctrina estoica, epicúrea y escéptica con el contenido de la filosofía de Platón y de Aristóteles. Pero, en vez de esto, hace que estas doctrinas se disuelvan directamente en el cristianismo.

"Stirner" no tiene "tras si" a la filosofía griega, sino que es la filosofía griega la que tiene tras ella a "Stirner". (Cfr. Wig., pág. 186). En vez de decirnos cómo "la Antigüedad" llega a un mundo de las cosas y "termina" con él, este ignorante maestro de escuela lo hace desaparecer beatamente con una cita de Timón, con lo que la Antigüedad consigue tanto más naturalmente su "último propósito" en cuanto los antiguos, según San Max, "se vieron colocados" "por la naturaleza" en la "comunidad" antigua, lo que, "para concluir con esto", "puede evidenciarse" tanto más claramente en cuanto se califica a esta comunidad, familia, etc., como "los llamados lazos naturales" (pág. 33). Es la naturaleza la que crea el antiguo "mundo de las cosas", y Timón y Pilato son los que lo destruyen (pág. 32). En vez de pintar el "mundo de las cosas" que sirve de base material al cristianismo, hace que este "mundo de las cosas" se vea cancelado en el mundo del espíritu, en el cristianismo.

Los filósofos alemanes están acostumbrados a contraponer la Antigüedad, como la época del realismo, a la época cristiana y moderna, como la época del idealismo, mientras que los economistas, historiadores y naturalistas franceses e ingleses acostumbran concebir la Antigüedad como el período del idealismo, frente al materialismo y al empirismo de la época moderna. Y del mismo modo puede concebirse la Antigüedad como idealista, por cuanto los antiguos representan en la historia al "citoyen", al político idealista, mientras que los modernos tienden en última instancia hacia el "bourgeois", hacia el ami du commerce[Amigo del comercio] realista, o de nuevo de un modo realista, porque en ellos la comunidad era "una verdad", mientras que para los modernos es una "mentira" idealista. Poco es, como se ve, lo que se consigue con todas estas abstractas contraposiciones y construcciones de la historia.

Lo "único" que podemos aprender de toda esta exposición de los antiguos es que Stirner, aunque "sabe" muy pocas "cosas" del mundo antiguo, en cambio "penetra mejor en ellas". (Cfr. Wigand, pág. 191).

Stirner es realmente aquel "hijo varón" del Apocalipsis de San Juan 12, 5, del que se profetiza "que apacentará a todas las naciones con cetro de hierro". Ya hemos visto cómo descarga el cetro de hierro de su ignorancia sobre los pobres paganos. Y los "modernos" no lo pasarán mejor que los "antiguos".

4. LOS MODERNOS

De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es: las cosas viejas han pasado, y he aquí que todas son hechas nuevas" (2.a Cor. 5, 17) (pág. 33).

Por medio de esta cita de la Biblia el viejo mundo se convierte todo él, realmente, en un mundo "pasado", o como San Max quiso decir, en rigor, "todo es hecho nuevo" y hemos dado un salto al mundo nuevo, cristiano, juvenil, mongólico, al "mundo del espíritu". Mundo éste que "todos" veremos también surgir ante nosotros en el más breve plazo.

"Si arriba se dijo: «Para los antiguos, el mundo era una verdad», ahora debemos decir: «Para los modernos, era una verdad el espíritu», pero sin olvidar ni entonces ni ahora añadir algo importante: «una verdad cuyo error se esforzaban por descubrir y que, por último, llegaron a descubrir, realmente»", pág. 33. Si no queremos hacer construcciones stirnerianas, "ahora debemos decir": Para los modernos, la verdad era un espíritu, a saber: el Espíritu Santo. Jacques le bonhomme vuelve a representarse a los modernos, no en su entronque histórico real con el "mundo de las cosas", que a pesar de envejecer, sigue existiendo, sino en su comportamiento teórico y, concretamente, religioso; de nuevo nos encontramos con que la historia de la Edad Media, y de la Época Moderna, sólo existe para él como historia de la religión y de la filosofía; todas las ilusiones de estas épocas y las ilusiones filosóficas acerca de estas ilusiones son creídas a pie juntillas. Y, después que San Max ha dado, así, a la historia de los modernos el mismo giro que a la de los antiguos, le es fácil descubrir y demostrar en ella "una trayectoria semejante a la que presentaba la de la Antigüedad", y con la misma rapidez con que pasa de la filosofía antigua a la religión cristiana, pasa de ésta a la filosofía alemana moderna. Él mismo caracteriza su ilusión histórica, pág. 37, cuando descubre que "los antiguos no podían poner de manifiesto más que la sabiduría universal" y que "los modernos no han ido ni van nunca más allá del conocimiento de Dios" y cuando formula la solemne pregunta: "¿Qué trataban los modernos de descubrir?" Lo mismo los antiguos que los modernos no hacen, en la historia, otra cosa que "tratas de descubrir algo", los antiguos el intuido de las cosas, los modernos el mundo del espíritu. Y, a la postre, los antiguos se encuentran "sin mundo" y los modernos "sin espíritu"; los antiguos se empeñaban en ser idealistas y los modernos en ser realistas (pág. 485), pero a unos y a otros les preocupaba solamente lo divino (pág. 488) : "La historia, hasta ahora", es "solamente la historia del hombre espiritual" (¡qué fe, la suya!), pág. 442; en una palabra, volvemos a encontrarnos aquí con el niño y el joven, el negro y el mongol y con toda esa terminología de las "múltiples mutaciones". La tradición especulativa según la cual los hijos engendran a los padres y lo anterior es obra de lo posterior se adapta ahora a las exigencias de la fe. Los cristianos tienen necesariamente que descubrir de antemano "el error de su verdad", tienen que ser necesariamente, desde el primer momento, ateos y críticos embozados, como ya se sugirió al hablar de los antiguos. Y, no contento con esto, San Max nos da un nuevo ejemplo de su "virtuosismo en el pensamiento" (especulativo), pág. 230:

"Ahora, una vez que el liberalismo ha proclamado al hombre, se puede decir que con ello no ha hecho más que extraer la consecuencia final del cristianismo y que éste no se había planteado de suyo otra misión que la de realizar... el hombre".

Una vez que, al parecer, se ha extraído la consecuencia final del cristianismo, ya "se" puede decir que... esta consecuencia ha sido extraída. Una vez que los que lean venido después han transformado lo de antes, ya "se puede decir" que los de antes, "de suyo", es decir, "en verdad", en esencia, en el cielo, como judíos embozados, "no se habían planteado otra misión" que el ser transformados por los que vinieran después. El cristianismo es, para Jacques le bonhomme, un sujeto autárquico, el espíritu absoluto, que estatuye "de suyo su final como su comienzo. Cfr. Hegel, Encicl., etc.

"De ahí" (es decir, porque se puede atribuir al cristianismo una misión imaginaria) "la quimera" (naturalmente, antes de Feuerbach no era posible saber qué misión "se había planteado de suyo el cristianismo") "de que el cristianismo atribuye al yo un valor infinito, tal como se revela, por ejemplo, en la teoría de la inmortalidad y en la cura de las almas. No, a quien atribuye este valor es exclusivamente al hombre, solamente el hombre es inmortal, y sólo por ser hombre soy inmortal Yo". Y, aunque ya de toda la construcción y de todo el planteamiento stirnerianos se desprende con bastante claridad que el cristianismo sólo puede atribuir la inmortalidad "al hombre" feuerbachiano, ahora nos enteramos, a mayor Alindamiento, de que esto es así, además, porque el cristianismo no atribuye también esta inmortalidad. ... a las bestias.

Sigamos construyendo el razonamiento a la manera de San Max.

"Ahora, una vez que" la moderna gran posesión de la tierra, surgida de la parcelación, "ha proclamado" de hecho el mayorazgo, "se puede decir que, con ello, no ha hecho más que extraer la consecuencia final" de la parcelación de la propiedad de la tierra "y que" la parcelación "no se había planteado de suyo otra misión que la de realizar" el mayorazgo, el verdadero mayorazgo. "De ahí la quimera de que" el mayorazgo atribuye a los derechos iguales de los miembros de la familia "un valor infinito, tal como se revela, por ejemplo", en el derecho hereditario del Code Napoléon [Código Napoleón]. "No, a quien atribuye este valor es exclusivamente" al hijo mayor; "solamente" el hijo mayor, el futuro titular del mayorazgo, se convierte en gran terrateniente, "y sólo por ser Yo" el hijo mayor, llego yo a serlo.

Por este camino, resulta infinitamente fácil dar a la historia giros "únicos", presentando sus novísimos resultados como "la misión" que "en verdad se planteaba de suyo". De este modo, no cabe duda de que los tiempos antiguos aparecen bajo una faz peregrina y nunca vista hasta ahora. Esto choca, sin necesitar mucho del camino de los costos de producción. Por ejemplo, si decimos que la verdadera "misión" que la institución de la propiedad de la tierra "se planteaba de suyo" era sustituir a los hombres por las ovejas, consecuencia que ha sido extraída modernamente en Escocia, etc., o que la proclamación de los Capetos "se planteaba de suyo, en verdad, la misión" de llevar a Luis XVI a la guillotina y a M. Guizot al gobierno. Basta con exponer todo esto en un tono solemne, sagrado, sacerdotal, respirando hondo, para luego definir categóricamente: "Ahora se puede decir, por fin ..."

Lo que San Max dice, en el capítulo que tenemos a la vista, págs. 33-37, acerca de los modernos no es más goce el prólogo de la historia de espíritus que después nos va a contar. Vemos también aquí cómo "no puede desembarazarse lo bastante a tiempo" de los hechos empíricos y cómo vuelve a sacar a escena los mismos personajes que en los antiguos: el entendimiento, el corazón, el espíritu, etc., aunque dándoles otros nombres. Los sofistas se convierten en escolásticos sofísticos, "humanistas, maquiavelismo (el arte de la imprenta, el Nuevo Mundo", etc., cfr. Hegel, Historia de la filosofía, 111, pág. 128), que representan el entendimiento; Sócrates se convierte en Lutero proclamando los derechos del corazón (Hegel, 1. c., pág. 227), y de la época posterior a la Reforma se nos dice que en ella se trataba solamente de "la pura cordialidad" (que los antiguos llamaban "pureza de corazón", cfr. Hegel, l. c., pág. 241). Todo esto figura en la pág. 31. De este modo, San Max "muestra en el cristianismo una trayectoria semejante a la de la Antigüedad". En cuanto a Lutero, no se molesta siquiera en vestir con nombres sus categorías; avanza a pasos agigantados hacia la filosofía alemana moderna -cuatro aposiciones ("hasta que queda solamente en pie la pura cordialidad, todo el amor general por el prójimo, el amor del hombre, la conciencia de la libertad, la «autoconciencia»", pág. 34; Hegel, 1. c., págs. 228, 229), cuatro palabras, llenan el abismo entre Lutero y Hegel, y "así se consuma por vez primera el cristianismo". Toda esta argumentación se lleva a cabo en una frase magistral y con ayuda de palancas tales como "finalmente", y "desde entonces", "mientras se", "también", "de día en día", "basta que, por último". etc., pasaje que el lector puede consultar por sí mismo en la citada y clásica página 34.

Por último, San Max nos ofrece un par de botones de muestra de su fe, y no guarda grandes consideraciones al Evangelio cuando dice: "Y espíritu y solamente espíritu somos nosotros, realmente" -insistiendo en que "el espíritu", al final del mundo antiguo y "tras largos esfuerzos" "se desembarazó realmente del mundo" -, para descubrir una vez más, en seguida, el misterio de su construcción, al decir del espíritu cristiano que "anda de un lado para otro, como un joven, con sus planes de mejoramiento o redención del mundo". Todo en la pág. 36.

"Y me llevó a un desierto en espíritu; y vi a una mujer sentada sobre una bestia purpúrea, repleta de nombres de blasfemias... Escrito sobre la frente la mujer tenía un nombre, un misterio: Babilonia la grande... Y vi a la mujer ebria de la sangre de los santos", etc. Apoc. de San Juan, 17 vers. 3, 5, 6. Pero la profecía del Apocalipsis no es, esta vez, del todo exacta. Ahora, por fin, una vez que Stirner ha proclamado al hombre, podemos asegurar que la visión apocalíptica debiera haber rezado así: Y me llevó a un desierto en espíritu; y vi al hombre sentado sobre una bestia purpúrea, repleta de nombres de blasfemias... Escrito sobre su frente tenía un nombre, un misterio, el Único... Y vi al hombre ebrio de la sangre del santo, etc.

Hemos caído, pues, en el desierto del espíritu.

A. - EL ESPÍRITU (Una historia pura de espíritus)

Lo primero que se nos dice del "espíritu" es que, no el espíritu, sino "el reino de los espíritus es inmensamente grande". Lo único que San Max sabe decirnos inmediatamente del espíritu es que existe "un reino de los espíritus inmensamente grande", exactamente lo mismo que lo único que sabe de la Edad Media es que fue "una época larga". Después de preestatuir como existente este "reino de los espíritus", se procede a demostrar a posteriori su existencia por medio de diez tesis.

1. El espíritu no es un espíritu libre antes de ocuparse consigo mismo exclusivamente, hasta que "se ocupa exclusivamente" de su mundo, del "mundo espiritual" (primero de sí mismo y después de su mundo);

2. "Sólo es espíritu libre en un mundo propio de él";

3. Sólo por medio de un mundo espiritual es el espíritu realmente espíritu";

4. "Antes de que el espíritu se cree su mundo espiritual, no es espíritu";

5. "Sus creaciones hacen de él un espíritu";

6. "Sus creaciones son su mundo";

7. "El espíritu es el creador de un mundo espiritual";

8. "El espíritu sólo existe en cuanto crea lo espiritual";

9. "Sólo coexiste realmente con lo espiritual, creación suya";

10. "Pero las obras o los hijos del espíritu no son otra cosa que... espíritus". (Págs. 38-39).

En la tesis 1, el "mundo espiritual" se preestatuye en seguida como ya existente, en vez de desarrollarlo, y esta tesis 1 se nos predica y repite luego en las tesis 2 a 9 en ocho nuevas variantes. Al llegar al final de la tesis 9 nos encontramos, pues, donde nos encontrábamos al final de la tesis 1, hasta que, de pronto, en la tesis 10 nos encontrarnos, después de un "pero", con "los espíritus", de los que hasta ahora no se nos había dicho nada.

"Puesto que el espíritu sólo existe en cuanto crea lo espiritual, volvamos ahora la vista a sus creaciones", pág. 41. Ahora bien, según las tesis 3, 4, 5, 8 y 9 el espíritu es su propia creación. Esto mismo se expresa ahora diciendo que el espíritu, es decir, la primera creación del espíritu, "tiene necesariamente que brotar de la nada"..., "tiene que empezar por crearse a sí mismo"..., "su primera creación es él mismo, el espíritu" (Ibíd.). "Hecho esto, viene luego una trasplantación natural de creaciones, así como según el mito bastó con crear los primeros hombres y el género humano se reprodujo luego por sí mismo" (Ibíd.).

"Por muy místico que esto parezca, todos los días lo vivimos como una experiencia cotidiana. ¿Acaso eres un ser pensante antes de pensar? Al crear tu primer pensamiento, te creas a ti mismo, al ser pensante, pues no piensas hasta que no concibes un pensamiento, es decir" -¡es decir!- "hasta que no lo has concebido. ¿No es tu primera canción la que hace de ti un cantante, la primera palabra que pronuncias la que te convierte en un ser que habla? Pues bien, del mismo modo, es la creación de lo espiritual la que hace de ti un espíritu".

Este santo escamoteador presupone que el espíritu crea lo espiritual, para deducir de ello que se crea a sí mismo en cuanto espíritu, y de otra parte lo presupone como espíritu para llegar, partiendo de aquí, a sus creaciones espirituales que, "según el mito, se reproducen por sí mismas" y se convierten en espíritus). Hasta aquí, archiconocidas frases ortodoxo-hegelianas. El desarrollo realmente "único" de lo que San Max se propone decir comienza en rigor con su ejemplo. En efecto, cuando Jacques le bonhomme ya no puede seguir adelante, cuando ni siquiera con el "se" ni el "ello" puede desencallar de nuevo su barca varada, "Stirner" llama en su auxilio a su tercer siervo, al "tú", que no le deja nunca en la estacada y en el que sabe que puede confiar para que lo saque de los mayores apuros. Este "tú" es un individuo con el que ya no es la primera vez que nos encontrarnos, un devoto y fiel jornalero al que hemos visto salir de todos los trances, uno de esos operarios de la viña del Señor a quienes nada asusta y que no retroceden ante nada: es, para decirlo con una palabra, Szeliga.[2] Cuando "Stirner" se ve muy apurado, grita: ¡Szeliga, auxilio!, y el fiel escudero Szeliga arrima en seguida el hombro para sacar el carro del atranco. Más adelante, tendremos ocasión de decir más acerca de la relación entre San Max y Szeliga.

Se trata del espíritu que se crea a sí mismo de la nada; es decir, de la nada que de la nada se convierte en espíritu. Partiendo de aquí, San Max saca de Szeliga la creación del espíritu de Szeliga. ¿Y a quién sino a Szeliga podía "Stirner" encomendar el deslizarse, a la manera como más arriba se hace, en la nada? ¿A quién podía imponer semejante escamoteo sino a Szeliga, que se siente halagado hasta lo indecible por el solo hecho de que se le haga aparecer en escena como un personaje? San Max estaba obligado a probar, no que un "tú" dado, es decir, el Szeliga dado, se convierte en ser pensante, hablante o cantante cuando comienza a pensar, hablar o cantar, sino que el ser pensante brota de la nada en el momento en que comienza a pensar, que el cantante brota de la nada en el momento en que comienza a cantar, etc., y no ya el ser pensante y el cantante, sino que el pensamiento y el canto mismos, en cuanto sujetos, brotan de la nada al comenzar a pensar y a cantar. De otro modo, "Stirner se limita a proponer la más simple de las reflexiones" y expresa tan sólo la tesis "perfectamente popular" (cfr. Wigand, pág. 156) de que Szeliga desarrolla una de sus cualidades, al desarrollarla. Claro está que no tiene nada de "asombroso" el hecho de que San Max no "proponga" ni siquiera correctamente "tan simples reflexiones", sino que las exprese de un modo falso, para demostrar así ante el mundo, por medio de la más falsa de las lógicas, una tesis todavía más falsa. Muy lejos de que yo me cree de la nada. por ejemplo como ser "hablante", es la nada que aquí sirve de base un algo muy diverso, sus órganos del lenguaje, una determinada fase del desarrollo físico, la existencia de lenguas y dialectos, de oídos que escuchan y de un medio humano en el que existe algo que escuchar, etc., etc. En la formación de una cualidad, se crea, pues, siempre algo de algo y por medio de algo, sin que se llegue, ni mucho menos, como en la lógica de Hegel, a la nada, partiendo de la nada y a través de la nada.

Ahora que San Max tiene ya a mano a su leal Szeliga, se reanuda viento en popa la travesía. Veremos cómo, por medio de su "tú", convierte de nuevo al espíritu en un joven, exactamente lo mismo que antes había convertido al joven en el espíritu; nos encontraremos aquí con toda la misma historia del joven, casi al pie de la letra, solamente con algunos retoques para encubrirla, ni más ni menos que el "reino de los espíritus inmensamente grande" de la pág. 37 no era otra cosa que el "reino del espíritu", al cual el espíritu del joven, pág. 17, tenía "el propósito" de crear y ensanchar.

Así como tú, sin embargo, te distingues del ser pensante, cantante y hablante, te distingues también del espíritu y sientes perfectamente bien que eres algo más que espíritu. Pero, así como el Yo pensante pierde fácilmente en el entusiasmo del pensar la facultad de escuchar y de ver, así también se apodera de ti el entusiasmo del espíritu, y tú anhelas, ahora, con todas tus fuerzas, convertirte totalmente en espíritu y desaparecer en éste. El espíritu es tu ideal, lo no alcanzado, el más allá: espíritu es el nombre de tu Dios -«Dios es espíritu»-. Te indignas contra ti mismo, por no lograr desembarazarte de un resto de lo no espiritual. En vez de decir: Yo soy más que espíritu, dices con rabia: soy menos que espíritu, y bien puedo representarme el espíritu, el espíritu puro o el espíritu que es solamente espíritu, pero no lo soy, y puesto que no lo soy, tiene que serlo otro, tiene que existir como otro, al que llamo «Dios»".

Después de habernos ocupado antes durante algún tiempo del malabarismo consistente en sacar de nada algo, de pronto nos encontramos del modo más "natural" del mundo con un individuo que es algo más que espíritu, es decir, que es algo, y quiere convertirse en espíritu puro, es decir, en dada. Y este problema, mucho más fácil (el de convertir algo en nada) trae en seguida de nuevo ante nosotros toda la historia del joven que "tiene que empezar por buscar el espíritu acabado", y nos basta con recurrir de nuevo a las viejas frases de las páginas 17 a 18, para salir de todos los apuros. Sobre todo, contando con un criado tan obediente y leal como Szeliga, a quien "Stirner" puede atribuirle el que así como él, "Stirner", llevado por "el entusiasmo del espíritu", "pierde fácilmente" (!) "la facultad de escuchar y de ver", así también él, Szeliga, "anhela, ahora, con todas sus fuerzas convertirse en espíritu", en vez de estar dotado de él; es decir, desempeña ahora el papel del joven de la página 18. Y Szeliga, convencido de ello, obedece temblando y lleno de santo temor; obedece cuando San Max le grita con voz tonante: ¡El espíritu es Tu ideal. Tu Dios; haz esto y haz aquello y lo de más allá; ahora, "Te indignas", ahora "dices", ahora "puedes imaginarte" esto o lo otro!, etc., etc. Cuando "Stirner" le imputa que "el espíritu puro es otro, pues que él" (Szeliga) "no lo es", solamente un Szeliga está realmente en condiciones de creérselo y de repetir con él, como un papagayo, palabra por palabra, toda esa necedad. Por lo demás, el método de que se vale Jacques le bonhomme para amasar esta necedad ya ha sido analizado detenidamente a propósito del joven. En vista de que te das perfecta cuenta de que eras algo más que matemático, anhelas llegar a ser todo tú matemático, desaparecer en la matemática, el matemático es tu ideal, matemático es el nombre de tu Dios; dices con rabia: soy menos que matemático, sólo puedo representarme al matemático, y puesto que yo no lo soy tiene que serlo otro, tiene que existir otro que lo sea y a quien yo llamo "Dios". Otro que no fuera Szeliga diría: déjame en paz.

"Por fin, ahora, una vez" que hemos demostrado que la tesis de Stirner no es sino la repetición del "joven", "podemos ya afirmar" que "no se planteaba, en verdad, de suyo otra misión" que la de identificar con el espíritu en general el espíritu del ascetismo cristiano, y la frívola riqueza de espíritu del siglo XVIII, por ejemplo, con la ausencia de espíritu del cristianismo.

Por tanto, no es, como Stirner afirma, "porque Yo y el espíritu son nombres distintos de cosas distintas, horque Yo no soy espíritu y el espíritu no es Yo" (pág. 42), como se explica la necesidad de que el espíritu more en el más allá, es decir, sea Dios, sino por el "entusiasmo del espíritu" imputado a Szeliga sin razón alguna y que hace de él un asceta, es decir, un aspirante a convertirse en Dios (en espíritu puro) y que, al no poder hacerlo, estatuye a Dios fuera de sí. Pero de lo que se trataba era de que el espíritu se crease de la nada y crease luego de su seno espíritus. En vez de esto, nos encontramos con que Szeliga produce a Dios (el único espíritu que aquí se nos presenta), no porque él, Szeliga, sea el espíritu, sino porque es Szeliga, es decir, el espíritu imperfecto, el espíritu no espiritual, es decir, al mismo tiempo, el no espíritu. San Max no nos dice una palabra acerca de cómo surge la representación cristiana del espíritu como Dios: a pesar de que esto ya no constituye, ahora, una gran hazaña; sencillamente, presupone su propia existencia, para explicarla.

La historia de la creación del espíritu "no se plantea en verdad, de suyo, otra misión" que la de colocar el estómago de Stirner entre las estrellas.

Precisamente porque no somos el espíritu que mora en nosotros, tenemos que situarlo

Precisamente porque no somos el estómago que mora en nosotros, tenemos que situarlo

fuera de nosotros; no era Nosotros, y por ello no podíamos concebirlo de otro modo que existiendo fuera de Nosotros, más allá de Nosotros, en el más allá", pág. 43,

De lo que se trataba era de que el espíritu se crease primero a sí mismo y crease luego de su seno algo distinto; el problema estaba en saber qué era esto otro. A esta pregunta no se contesta, sino que se la retuerce a vuelta de las "diversas mutaciones" y de los giros expuestos más arriba, para convertirla en esta otra pregunta nueva: "El espíritu es algo distinto que yo. Pero, este algo distinto, ¿qué es?" (pág. 45). Lo que ahora se pregunta es, por tanto: ¿qué es el espíritu que no sea yo?, mientras que antes se preguntaba; ¿qué es el espíritu, por su creación de la nada, que no sea él mismo? Con ello, San Max da un salto a la siguiente "mutación".

B. – LOS POSESOS (una historia impura de espíritus)

Hasta ahora, sin saberlo, San Max no nos ha ofrecido otra cosa que una introducción a la visión de los espíritus, al concebir el viejo y el nuevo mundo solamente como "cuerpo aparente de un espíritu", como una aparición espectral, viendo en ellos solamente combates entre espíritus. Ahora, nos ofrece conscientemente y ex profeso una introducción a la visión de los espíritus.

Introducción a la visión de los espíritus. - Lo primero que hay que hacer es convertirse en un satán archinecio, es decir, transmutarse en un Szeliga, y luego hablarse a sí mismo como San Max habla a este Szeliga: "¡Mira al mundo en torno de Ti y di por Ti mismo si no Te contempla en todo un espíritu!" Una vez que se consigue imaginarse esto, los espíritus se presentan "fácilmente" por sí mismos, en la "flor" se ve solamente al "Creador", en las montañas "al espíritu de lo sublime", en el agua "el espíritu del anhelo" o el anhelo del espíritu y se oye cómo "en los hombres hablan millones de espíritus". Y cuando se llega hasta este punto, se puede ya exclamar con Stirner: "Si, andan duendes por el mundo entero", desde donde "no es difícil avanzar" (pág. 93), dando un paso más, hasta esta otra exclamación: "¿Solamente en el mundo? No, es el mundo mismo el que se nos aparece como un fantasma". (En vuestro discurso, sí debe ser sí, y no, no; lo que vaya más allá de eso será malo, será un salto lógico). El mundo "es el cuerpo aparente de un espíritu que se mueve, es un fantasma". Después de esto, "mira" tranquilamente "cerca o lejos, y veras elle. Te rodea un mundo fantasmal... verás espíritus". Y con esto podrás darte por satisfecho, si eres hombre vulgar y corriente; pero si crees poder compararte con Szeliga, podrás mirar también dentro de ti mismo y no deberás "asombrarte" si, con este motivo y al llegar a esta altura, descubres la szeligaidad de que también "Tu espíritu es un fantasma que anda en tu cuerpo", de que tú mismo eres un fantasma que "espera su redención, es decir, un espíritu". Con lo que habrás llegado hasta el punto de poder ver en "todos" los hombres "espíritus" y "fantasmas", y así, la visión de los espíritus habrá alcanzado "su propósito final", págs. 46, 47.

El fundamento de esta introducción aparece, sólo que expresado mucho más certeramente, en Hegel, en la Historia de la filosofía, III, págs. 124, 125. Pero San Max siente tanta fe en su propia iniciación, que se presenta él mismo ante Szeliga y le dice: "Desde que la palabra se ha hecho carne, el mundo se ha espiritualizado, se ha encantado, es un fantasma", pág. 47. "Stirner" "ve espíritus".

San Max se propone ofrecernos una fenomenología del espíritu cristiano y, siguiendo su costumbre, sólo destaca uno de los lados. Ante los cristianos, el mundo no sólo se había espiritualizado, sino también, y en la misma medida, desespiritualizado, como Hegel por ejemplo, lo había reconocido en el pasaje citado más arriba, poniendo en relación los dos lados del problema, como habría debido hacer también San Max, si hubiera querido proceder históricamente. Frente a la desespiritualización del mundo en la conciencia cristiana, con la misma razón podría considerarse a los antiguos, "que veían dioses por doquier", como espiritualizadores del mundo, concepción que nuestro santo dialéctico rechaza, sin embargo, con esta bien intencionada repulsa: "Los dioses, mi querido moderno, no son espíritus", pág. 47. Y es que el devoto Max no reconoce más espíritu que el Espíritu Santo.

Pero, aunque nos hubiese ofrecido esta fenomenología (cosa, por lo demás, que después de Hegel, resulta superflua), no nos habría ofrecido, con ello, nada. El punto de vista que se adopta como satisfactorio, con estas historias de espíritus, es de por sí un punto de vista religioso, ya que en él se tranquiliza el hombre con la religión, se concibe la religión como causa sui [Causa de sí misma] (pues también "la autoconciencia" y "el hombre" siguen siendo religiosos), en vez de explicarla partiendo de las condiciones empíricas y de demostrar cómo determinadas condiciones industriales y de intercambio llevan necesariamente aparejada una determinada forma de sociedad y, por tanto, una determinada forma de Estado, y con ello, a la par, una determinada forma de la conciencia religiosa. Si Stirner se hubiese fijado en la historia real de la Edad Media, habría podido descubrir por qué la representación que los cristianos se formaban del mundo en la Edad Media adoptó precisamente esta forma y cómo sucedió que más tarde pasó a ser otra; habría podido descubrir que "el cristianismo" no tiene absolutamente historia y que las diferentes formas en que fue concebido en diferentes épocas no eran "autodeterminaciones" ni "desarrollos" "del espíritu religioso", sino que obedecían a causas totalmente empíricas, sustraídas a toda influencia del espíritu religioso.

En vista de que Stirner "no se ajusta a la pauta" (pág. 45), podemos decir ya aquí, antes de entrar más a fondo en la visión de los espíritus, que las diversas "mutaciones" de los hombres de Stirner y de su mundo sólo consisten en la transformación de toda la historia universal en el cuerpo de la filosofía hegeliana; en espectros que sólo en apariencia son un "ser otro" de los pensamientos del profesor berlinés. En la Fenomenología, la Biblia hegeliana, "el Libro", se empieza convirtiendo a los individuos en "la conciencia" [y al] mundo en "el objeto", con lo que la multiplicidad de la vida y de la historia se reduce a un distinto comportamiento "de la conciencia" hacia "el objeto". Y este distinto comportamiento se reduce, a su vez, a tres actitudes cardinales: 1.º actitud de la conciencia hacia el objeto como de la verdad o hacia la verdad en cuanto mero objeto (por ejemplo, conciencia sensible, religión natural, filosofía jónica, catolicismo, Estado de autoridad, etc.). 2.° Actitud de la conciencia como de lo verdadero hacia el objeto (entendimiento, religión espiritual, Sócrates, protestantismo, Revolución Francesa). 3.º Actitud verdadera de la conciencia hacia la verdad en cuanto objeto o hacia el objeto en cuanto verdad (pensamiento lógico, filosofía especulativa, el espíritu como para el espíritu). Hegel concibe también lo primero como el Dios Padre, lo segundo como Cristo, lo tercero como el Espíritu Santo, etc. Stirner ha expuesto ya estas mutaciones como el niño y el joven, los antiguos y los modernos, y las repite más tarde como el catolicismo y el protestantismo, el negro y el mongol, etc., y ahora acepta en base a la buena fe esta serie de disfraces de un pensamiento como el mundo contra el que él tiene que hacerse valer, que afirmarse, en cuanto "individuo corpóreo".

Segunda introducción en la visión de los espíritus.- Cómo se convierte el mundo de la verdad y uno mismo en un santificado o en un espectro. Diálogo entre San Max y Szeliga, su siervo (págs. 47, 48).

San Max.- "Tienes espíritu, puesto que tienes pensamientos. ¿Qué son tus pensamientos?"

Szeliga.- "Entes espirituales".

San Max.- "¿No son, pues, cosas?".

(pues también "la autoconciencia" y "el hombre" siguen siendo religiosos), en vez de explicarla partiendo de Szeliga.- "No, sino el espíritu de las cosas, lo fundamental de las cosas todas, su entraña más profunda, su... idea".

(pues también "la autoconciencia" y "el hombre" siguen siendo religiosos), en vez de explicarla partiendo de San Max.- "Lo que piensas, ¿no es, por consiguiente, simplemente tu pensamiento?"

(pues también "la autoconciencia" y "el hombre" siguen siendo religiosos), en vez de explicarla partiendo de Szeliga.- "Por el contrario, es lo más real, lo que en rigor hay de verdadero en el mundo: es la verdad misma; cuando pienso de un modo verdadero, pienso la verdad. Cierto que puedo equivocarme acerca de la verdad y desconocerla; pero cuando conozco de un modo verdadero, el objeto de mi conocimiento es la verdad".

(pues también "la autoconciencia" y "el hombre" siguen siendo religiosos), en vez de explicarla partiendo de San Max.- "Entonces, ¿de lo que tratas por siempre es de conocer la verdad?".

(pues también "la autoconciencia" y "el hombre" siguen siendo religiosos), en vez de explicarla partiendo de Szeliga.- "La verdad es, para mí, sagrada. Yo no puedo descartar la verdad; creo en la verdad, por eso indago en ella; nada hay más alto que la verdad, que es eterna. Sagrada, eterna es la verdad, es lo sagrado, lo eterno".

. - Lo primero que

hay que hacer es convertirse en un satán archinecio, es decir, transmutarse en

un Szeliga, y luego hablarse a sí mismo como San Max habla a este Szeliga:

"¡Mira al mundo en torno de Ti y di por Ti mismo si no Te contempla en todo un

espíritu!" Una vez que se consigue imaginarse esto, los espíritus se presentan

"fácilmente" por sí mismos, en la "flor" se ve solamente al "Creador", en las

montañas "al espíritu de lo sublime", en el agua "el espíritu del anhelo" o el

anhelo del espíritu y se oye cómo "en los hombres hablan millones de

espíritus". Y cuando se llega hasta este punto, se puede ya exclamar con

Stirner: "Si, andan duendes por el mundo entero", desde donde "no es difícil

avanzar" (pág. 93), dando un paso más, hasta esta otra exclamación: "¿Solamente

en el mundo? No, es el mundo mismo el

que se nos aparece como un fantasma". (En vuestro discurso, sí debe ser sí, y

no, no; lo que vaya más allá de eso será malo, será un salto lógico). El mundo

"es el cuerpo aparente de un espíritu que se mueve, es un fantasma". Después de

esto, "mira" tranquilamente "cerca o lejos, y veras elle. Te rodea un mundo

fantasmal... verás espíritus". Y con esto podrás darte por satisfecho, si

eres hombre vulgar y corriente; pero si crees poder

compararte

con Szeliga, podrás mirar también dentro de ti mismo y no deberás "asombrarte"

si, con este motivo y al llegar a esta altura, descubres la szeligaidad de que

también "Tu espíritu es un fantasma que anda en tu cuerpo", de que tú mismo

eres un fantasma que "espera su redención, es decir, un espíritu". Con lo que

habrás llegado hasta el punto de poder ver en "todos" los hombres "espíritus" y

"fantasmas", y así, la visión de los espíritus habrá alcanzado "su propósito

final", págs. 46, 47.

El fundamento de esta introducción aparece, sólo que expresado mucho más certeramente, en Hegel, en la Historia de la filosofía, III, págs. 124, 125. Pero San Max siente tanta fe en su propia iniciación, que se presenta él mismo ante Szeliga y le dice: "Desde que la palabra se ha hecho carne, el mundo se ha espiritualizado, se ha encantado, es un fantasma", pág. 47. "Stirner" "ve espíritus".

San Max se propone ofrecernos una fenomenología del espíritu cristiano y, siguiendo su costumbre, sólo destaca uno de los lados. Ante los cristianos, el mundo no sólo se había espiritualizado, sino también, y en la misma medida, desespiritualizado, como Hegel por ejemplo, lo había reconocido en el pasaje citado más arriba, poniendo en relación los dos lados del problema, como habría debido hacer también San Max, si hubiera querido proceder históricamente. Frente a la desespiritualización del mundo en la conciencia cristiana, con la misma razón podría considerarse a los antiguos, "que veían dioses por doquier", como espiritualizadores del mundo, concepción que nuestro santo dialéctico rechaza, sin embargo, con esta bien intencionada repulsa: "Los dioses, mi querido moderno, no son espíritus", pág. 47. Y es que el devoto Max no reconoce más espíritu que el Espíritu Santo.

Pero, aunque nos hubiese ofrecido esta fenomenología (cosa, por lo demás, que después de Hegel, resulta superflua), no nos habría ofrecido, con ello, nada. El punto de vista que se adopta como satisfactorio, con estas historias de espíritus, es de por sí un punto de vista religioso, ya que en él se tranquiliza el hombre con la religión, se concibe la religión como causa sui [Causa de sí misma]las condiciones empíricas y de demostrar cómo determinadas condiciones industriales y de intercambio llevan necesariamente aparejada una determinada forma de sociedad y, por tanto, una determinada forma de Estado, y con ello, a la par, una determinada forma de la conciencia religiosa. Si Stirner se hubiese fijado en la historia real de la Edad Media, habría podido descubrir por qué la representación que los cristianos se formaban del mundo en la Edad Media adoptó precisamente esta forma y cómo sucedió que más tarde pasó a ser otra; habría podido descubrir que "el cristianismo" no tiene absolutamente historia y que las diferentes formas en que fue concebido en diferentes épocas no eran "autodeterminaciones" ni "desarrollos" "del espíritu religioso", sino que obedecían a causas totalmente empíricas, sustraídas a toda influencia del espíritu religioso.

En vista de que Stirner "no se ajusta a la pauta" (pág. 45), podemos decir ya aquí, antes de entrar más a fondo en la visión de los espíritus, que las diversas "mutaciones" de los hombres de Stirner y de su mundo sólo consisten en la transformación de toda la historia universal en el cuerpo de la filosofía hegeliana; en espectros que sólo en apariencia son un "ser otro" de los pensamientos del profesor berlinés. En la Fenomenología, la Biblia hegeliana, "el Libro", se empieza convirtiendo a los individuos en "la conciencia" [y al] mundo en "el objeto", con lo que la multiplicidad de la vida y de la historia se reduce a un distinto comportamiento "de la conciencia" hacia "el objeto". Y este distinto comportamiento se reduce, a su vez, a tres actitudes cardinales: 1.º actitud de la conciencia hacia el objeto como de la verdad o hacia la verdad en cuanto mero objeto (por ejemplo, conciencia sensible, religión natural, filosofía jónica, catolicismo, Estado de autoridad, etc.). 2.° Actitud de la conciencia como de lo verdadero hacia el objeto (entendimiento, religión espiritual, Sócrates, protestantismo, Revolución Francesa). 3.º Actitud verdadera de la conciencia hacia la verdad en cuanto objeto o hacia el objeto en cuanto verdad (pensamiento lógico, filosofía especulativa, el espíritu como para el espíritu). Hegel concibe también lo primero como el Dios Padre, lo segundo como Cristo, lo tercero como el Espíritu Santo, etc. Stirner ha expuesto ya estas mutaciones como el niño y el joven, los antiguos y los modernos, y las repite más tarde como el catolicismo y el protestantismo, el negro y el mongol, etc., y ahora acepta en base a la buena fe esta serie de disfraces de un pensamiento como el mundo contra el que él tiene que hacerse valer, que afirmarse, en cuanto "individuo corpóreo".

Segunda introducción en la visión de los espíritus .- Cómo se convierte el mundo de la verdad y uno mismo en un santificado o en un espectro. Diálogo entre San Max y Szeliga, su siervo (págs. 47, 48).

San Max.- "Tienes espíritu, puesto que tienes pensamientos. ¿Qué son tus pensamientos?"

Szeliga .- "Entes espirituales".

San Max.- "¿No son, pues, cosas?".

Szeliga.- "No, sino el espíritu de las cosas, lo fundamental de las cosas todas, su entraña más profunda, su... idea".

San Max.- "Lo que piensas, ¿no es, por consiguiente, simplemente tu pensamiento?"

Szeliga.- "Por el contrario, es lo más real, lo que en rigor hay de verdadero en el mundo: es la verdad misma; cuando pienso de un modo verdadero, pienso la verdad. Cierto que puedo equivocarme acerca de la verdad y desconocerla; pero cuando conozco de un modo verdadero, el objeto de mi conocimiento es la verdad".

San Max.- "Entonces, ¿de lo que tratas por siempre es de conocer la verdad?".

Szeliga.- "La verdad es, para mí, sagrada. Yo no puedo descartar la verdad; creo en la verdad, por eso indago en ella; nada hay más alto que la verdad, que es eterna. Sagrada, eterna es la verdad, es lo sagrado, lo eterno".

San MaxSzeliga.- "La verdad es, para mí, sagrada. Yo no puedo descartar la verdad; creo en la verdad, por eso indago en ella; nada hay más alto que la verdad, que es eterna. Sagrada, eterna es la verdad, es lo sagrado, lo eterno".

Szeliga.- "La verdad es, para mí,

sagrada. Yo no puedo descartar la verdad;

creo en la verdad, por eso indago en ella; nada hay más alto que la verdad, que

es eterna. Sagrada, eterna es la verdad, es lo sagrado, lo eterno".

(enojado).- "Pues bien, tú, en quien quieres que more esa santidad, ¡sé también

santificado!"

Por tanto, cuando Szeliga conoce verdaderamente un objeto, el objeto deja de ser tal objeto y se convierte en "la verdad". Primera fabricación de espectros en gran escala. No se trata ya de conocer los objetos, sino de conocer la verdad; primero, Szeliga conoce verdaderamente objetos, luego fija esto como verdad del conocimiento y, por último, lo convierte en conocimiento de la verdad. Y, una vez que Szeliga ha dejado que el tonante santo le imponga la verdad como espectro, su severo señor le asalta con el problema de conciencia de si está "por siempre" grávido del anhelo de verdad, a lo que el desconcertado Szeliga prorrumpe antes de tiempo con la respuesta de que la verdad es, para él, sagrada. Pero, en seguida se da cuenta de su desliz y trata de corregirlo, convirtiendo, avergonzado, los objetos en verdades, ya no en la verdad, y abstrayendo como la verdad de estas verdades "la verdad", que ya no puede descartar, una vez que la ha diferenciado de las verdades descartables. Y, con ello, la verdad es "eterna". Pero, no contento con atribuirle predicados como los de "sagrada y eterna", la convierte en lo sagrado y en lo eterno como sujeto. Ahora, San Max puede explicarle, naturalmente, que, al hacer que "more en él" lo santo, él mismo queda "santificado" y que "no debe asombrarse" si, a partir de ahora, ya no encuentra en él "más que un fantasma". Tras de lo cual el santo comienza un sermón: "Tampoco lo sagrado es para Tus sentidos", y termina muy consecuentemente con un "y": "jamás descubrirás como hombre sensible su huella"; una vez, por supuesto, que los objetos sensibles "han llegado a ser todos" y ha aparecido en su lugar "la verdad", "la sagrada verdad", "lo sagrado". "Sin que sea" -pie suyo se comprende"- "para Tu fe o, más concretamente todavía para Tu espíritu" (para tu falta de espíritu), "puesto cure es de suyo un algo espiritual" (per appositionem [Por aposición]), "un espíritu" (también per appos.), "es espíritu para el espíritu". Tal es el arte de convertir el mundo profano, los "objetos", por medio de una serie aritmética de aposiciones, en "espíritu para el espíritu". Por ahora, no podemos hacer otra cosa que admirar este método dialéctico de las aposiciones; más tarde, tendremos ocasión de entrar a fondo en él y exponerlo en toda su clasicidad. El método de la aposición puede también invertirse - por ejemplo, aquí donde, después de haber creado ya "lo sagrado", no recibe nuevas aposiciones, sino que se convierte en la aposición de una determinación nueva: es la conjunción de la progresión con la ecuación. Así, "el pensamiento restante" de cualquier proceso dialéctico se convierte "en otro" al que "Yo debo servir más que a Mí mismo" (per appos.), "que debe ser más importante para Mí que todo" (per app.), "en una palabra, algo en que tendría que buscar Mi propia salvación" (y, finalmente, per appos., el retorno a la primera serie), "...un algo «sagrado»" (pág. 48). Estamos ante dos progresiones equiparadas entre sí y que, de este modo, pueden dar ocasión a una gran variedad de ecuaciones. De esto hablaremos más tarde. Mediante este método, tenemos también que "lo sagrado", que hasta ahora sólo conocíamos como una determinación puramente teórica para actitudes puramente teóricas, adquiere un nuevo sentido práctico, como "algo en que tendría que buscar mi propia salvación", lo que permite convertir a lo sagrado en la antítesis del egoísta. Por lo demás, apenas hace falta decir que todo este diálogo, con el sermón que viene después, no es sino una repetición más de la historia del joven, con la que nos liemos encontrado ya por tres o cuatro veces. Una vez aquí, habiendo llegado ya al "egoísta", cortamos el "hilillo" de Stirner, de una parte porque tenemos que exponer su construcción en toda su pureza libre de todos los intermezzos intercalados y, de otra parte, porque estos intermezzi (Sancho, por analogía "del lazaroni", Wig. pág. 159 -debería decir lazzarone-, diría: intermezzi's) se presentarán ya de suyo en otros pasajes del libro, donde Stirner, muy lejos de "replegarse en sí mismo", según él supone, por el contrario, se vuelca constantemente, una vez y otra, hacia afuera. Nos limitaremos a señalar que la pregunta formulada en la pág. 45: ¿qué es esto distinto del Yo que es el espíritu?, aparece contestada ahora diciendo que es lo sagrado, es decir, lo ajeno al Yo, y que todo lo ajeno al Yo -por virtud de algunos aposiciones tácitas, aposiciones "en sí"- se concibe según esto, sin más, como espíritu. El espíritu, lo sagrado, lo ajeno, son representaciones idénticas, a las que se declara la guerra, como ya había sucedido casi literalmente muy al principio, con motivo del joven y del hombre. Estamos, pues, exactamente donde estábamos en la página 20; no hemos avanzado un solo paso.

a) Las apariciones. - San Max toma ahora en serio los "espíritus", que "son los hijos del espíritu" (pág. 39), con la fantasmagoría de todos (pág. 47). Por lo menos, así se lo imagina. Pero, en realidad, lo que hace es simplemente atribuir otro nombre a su anterior concepción de la historia, según la cual los hombres eran de antemano los representantes de conceptos generales. Estos conceptos generales se presentan aquí, primeramente, en estado de negrura, como espíritus objetivos, como objetos que se enfrentan a los hombres, y recogen, al llegar a esta fase, el nombre de espectros o de... apariciones. El espectro principal es, naturalmente, "el hombre" mismo, ya que los hombres, según lo que queda expuesto, sólo existen como representantes de algo general, de la esencia, el concepto, lo sagrado, lo ajeno, el espíritu, lo que significa que son los unos con respecto a los otros como fantasmas, como algo espectral, y puesto que, ya según la Fenomenología de Hegel, pág. 255 y en otros lugares, el espíritu, cuando cobra "la forma de lo objetivo" para el hombre, es otro hombre. (Véase más abajo, acerca de "el hombre").

Vemos, pues, aquí el cielo abierto y a los diferentes fantasmas ir desfilando por turno ante nosotros. Sólo que Jacques le bonhomme se olvida de que ya ha hecho que desfilen por delante de nosotros, como fantasmas gigantescos, la Antigüedad y la Época Moderna, en comparación con las cuales las inocentes ocurrencias acerca de Dios, etc., son verdaderas bagatelas.

Fantasma núm. 1: la Esencia suprema, Dios (pág. 53). Como era de esperar por lo dicho anteriormente, este Jacques le bonhomme, cuya fe mueve todas las montañas de la historia universal, cree que "los hombres se han planteado por miles de años la misión" de "torturarse con la cruel imposibilidad, con el infinito trabajo de las Danaides" de "demostrar la existencia de Dios". Acerca de esta increíble creencia, no hace falta perder más palabras.

Fantasma núm. 2: la esencia. Lo que nuestro buen hombre dice acerca de la esencia, si descontamos lo que copia de Hegel, se limita a "pomposas palabras y míseros pensamientos" (pág. 53). "La trayectoria de la" esencia "a" la esencia universal "no es difícil", y esta esencia universal es, naturalmente, el

fantasma núm. 3, la vanidad del mundo. Acerca de esto no hay nada que decir, como no sea que., partiendo de aquí, se llega "fácilmente" al

fantasma núm. 4, las esencias buenas y las malas. Acerca de esto sí habría algo que decir, pero no se dice nada, y se pasa inmediatamente al siguiente, el

fantasma núm. 5, la esencia y su reino. El que tengamos aquí ante nosotros la esencia por segunda vez no puede, en modo alguno, extrañarnos, tratándose de un escritor tan honrado como el nuestro, que conoce muy bien su "desmaño" (Wigand, pág. 166), razón por la cual dice todas las cosas varias veces, para que no se las comprenda mal. La esencia se determina primeramente como la titular de un "reino", y en seguida se nos dice de ella que es "la esencia" (pág. 51) la que se convierte volando en el

fantasma núm. 6, "la esencia". En conocerlas y reconocerlas, a ellas, y exclusivamente a ellas, en eso consiste la religión. "Su reino" (el de las esencias) "es... un reino de las esencias" (pág. 54). Y, de pronto, irrumpe aquí el

fantasma núm. 7, el Hombre-Dios, Cristo, sin motivo alguno visible. Lo que Stirner sabe decirnos acerca de él es que tenía existencia "corpórea". Si San Max no cree en Cristo, cree por lo menos en su "cuerpo real". Según Stirner, Cristo trajo a la historia muchos sufrimientos, y nuestro santo sentimental cuenta con lágrimas en los ojos "cómo los más vigorosos cristianos se martirizaron para comprenderle"; sí, "el martirio de las almas aún no ha sido nunca un espectro, y ningún chamán, atormentado por sus ataques coléricos de furia y por las convulsiones desgarradoras de sus nervios, podría llegar a soportar los tormentos que los cristianos hubieron de padecer, impuestos por aquel fantasma, el más inconcebible de todos". San Max derrama una sensible lágrima sobre la tumba de las víctimas de Cristo, y pasa en seguirla a "la pavorosa esencia",

al fantasma núm. 8, al hombre. Al llegar aquí, nuestro avisado escritor "se aterra" sin cesar: "se aterra de sí mismo", ve en todo hombre un "pavoroso fantasma", una "inquietante aparición", en la que todo "da vueltas" (págs. 55, 56). Se siente extraordinariamente desazonado. El divorcio entre la manifestación y la esencia no le deja en paz. Es como Nabal, el esposo de Abigail, de quien está escrito que también su esencia se divorció de su manifestación: era un hombre para Maón y su esencia para el Carmelo (1.º de Samuel, 25, 2). A su debido tiempo y antes de que San Max, con su "alma martirizada", se pegue un tiro en su desesperación, se le vienen a las mientes de pronto los antiguos, que "no apreciaban algo como esto en sus esclavos". Y esto le lleva al

fantasma núm. 9, el espíritu del pueblo (pág. 56), acerca del cual San Max, a quien ya nada puede contener, se forma también "pavorosas" imaginaciones, para luego convertir el

fantasma núm. 10, "Todo", en una aparición y, por último, terminada ya la enumeración, incluir en montón en la clase de los fantasmas el "Espíritu Santo", la verdad, el derecho, la ley, la buena causa (de la que todavía, a pesar de todo, no se ha olvidado) y media docena de cosas más, confundidas y revueltas.

Por lo demás, en todo este capitulo no hay nada de notable más que el desplazamiento de una montaña histórica por obra de la fe de San Max. Dice, en efecto, en la pág. 56, que "en todos los tiempos vemos que sólo en gracia a una esencia superior se es honrado, considerado como un espectro que representa a una persona santificada, es decir" (¡es decir!) "a una persona protegida y reconocida". Si colocamos en su verdadero lugar esta montaña removida de su sitio simplemente por la fe, deberá decir: solamente en gracia a las personas protegidas, es decir, que se protegen a si mismas, y privilegiadas, es decir, que se rodean de privilegios ellas mismas, se adoraba a los seres superiores y se santificaba a los espectros. San Max se imagina. por ejemplo, que en la Antigüedad, en que cada pueblo era mantenido en cohesión por condiciones e intereses materiales, v. gr. por la hostilidad entre las diferentes tribus, etc. en que, por la escasez de las fuerzas productivas, cada cual tenía que ser esclavo o sostener esclavos, etc.., etc., en que, por tanto, había un "interés natural" (Wigand, pág. 162) en pertenecer a un pueblo; que, en aquellos tiempos, el concepto de pueblo o "la esencia pueblo" era lo que creaba por su propia virtud estos intereses; y que en los tiempos modernos. en que, la libre competencia y el mercado mundial crean el hipócrita cosmopolitismo burgués y el concepto del hombre, es, a la inversa, la construcción filosófica a posteriori del hombre la que engendra aquellas condiciones como "revelaciones" suyas (pág. 51). Y lo mismo en cuanto a la religión, el reino de las esencias, que considera como el único reino, pero acerca de cuyas esencias no sabe nada, pues si supiese algo sabría que ella, en cuanto tal religión, carece tanto de esencia como de reino. En la religión, los hombres convierten su mundo empírico en una esencia puramente concebida, imaginaria, que se enfrenta a ellos como algo extraño. Y esto no puede explicarse, en modo alguno, partiendo de otros conceptos, partiendo de "la autoconciencia" y demás zarandajas, sino de todo el modo anterior de producción y de intercambio, que es algo tan independiente del concepto puro como el invento de la self-acting mule [Máquina automática de hilar] y el tendido de ferrocarriles lo fueron de la filosofía hegeliana. Y si se empeña en hablar de una "esencia" de la religión, es decir, de un fundamento material de esta no-esencia, no debe buscarla ni en la "esencia del hombre" ni en los predicados de Dios, sino en el mundo material, anterior a todas y cada una de las fases del desarrollo religioso. (Cfr. supra Feuerbach) .

Todos los "fantasmas" a que hemos pasado revista eran representaciones. Estas representaciones, prescindiendo de su fundamento real (del que prescinde también, por lo demás, Stirner), concebidas como representaciones dentro de la conciencia, como pensamientos en la cabeza del hombre, arrancadas de su objetividad para retrotraerlas al sujeto, elevadas de la sustancia a la autoconciencia, no son otra cosa que manías o ideas fijas.

Acerca del origen de la historia de los espectros de San Max, véase Feuerbach, en las Anekdotis, II, pág. 66, donde se dice: "La teología es la creencia en los fantasmas. Pero, mientras que la teología usual tiene sus espectros en la imaginación sensorial, la teología especulativa los tiene en la abstracción ajena a los sentidos". Ahora bien, como San Max comparte con todos los especuladores críticos de los tiempos modernos la creencia de que los pensamientos objetivados, corporeizados -los fantasmas- han dominado y dominan el mundo, de que toda la historia, hasta ahora, ha sido la historia de la teología, nada más fácil que convertir esta historia en una historia de fantasmas. La historia de los fantasmas de Sancho descansa, por tanto, sobre la creencia tradicional de los especuladores en los fantasmas.

b) Las manías. - "¡Hombre, Tu cabeza ve visiones! - ¡Tienes una idea fija!", le grita San Max, con voz tonante, a su esclavo Szeliga. "Y no creas que bromeo", le amenaza. No te atrevas a creer que el solemne "Max Stirner" es capaz de hablar en broma.

El hombre de Dios necesita una vez más a su leal Szeliga, para pasar del objeto al sujeto, de la manía al fantasma.

La manía es la jerarquía en el individuo concreto, la dominación del pensamiento "en él y sobre él". Una vez que el mundo se enfrenta al joven fantaseador de la página 20, como el mundo de sus "delirios febriles", como un mundo fantasmal, los "propios frutos de su cabeza" brotan de su cabeza y mandan sobre ella. El mundo de sus fantasías -ésa es su ventaja- existe ahora como el mundo de su desternillada cabeza. San Max, el hombre, al que se enfrenta el "mundo de los modernos" como fantaseador joven, tiene necesariamente que declarar que "casi todo el mundo de los hombres está formado por verdaderos locos, por locos recluidos en el manicomio" (pág. 57).

Las manías que San Max descubre en las cabezas de los hombres no son más que las propias manías, las manías "del santo" que contempla el mundo sub specie æeterni [Desde el punto de vista de lo eterno (la eternidad)] y que confunde tanto las frases hipócritas como las ilusiones de la gente con los verdaderos móviles de sus actos; ésta es la razón de que el inocente y el creyente pronuncien, tranquilamente, la gran frase: "Casi todo el mundo de los hombres busca lo más alto" (pág. 57).

La "manía" es "una idea fija", es decir, "una idea que se ha apoderado de los hombres", o, como dice más tarde, en términos más vulgares, toda suerte de absurdos que "a la gente se le meten en la cabeza". Con una gran facilidad, como jugando, San Max llega a la conclusión de que todo aquello que se apodera de los hombres, por ejemplo la necesidad de producir para vivir y las relaciones que ello lleva aparejadas, constituye uno de esos "absurdos" o "ideas fijas". Y como el mundo infantil es el único "mundo de las cosas", según hemos podido verlo en el mito de la "vida del hombre", resulta que todo aquello que no existe "para el niño" (y, de vez en cuando, tampoco para los animales) es, en todo caso, "una idea" y "también, fácilmente", una "idea fija". Como se ve, todavía no nos hemos librado, ni mucho menos, del joven y del niño.

El capítulo sobre la manía no tiene otra finalidad que la de comprobar la categoría de lo maniático en la historia "del hombre". La verdadera lucha contra la manía se extiende a lo largo de todo el "Libro" y se ventila, sobre todo, en su segunda parte. Nos limitaremos, pues, a recoger aquí dos o tres ejemplos.

En la pág. 59, cree Jacques le bonhomme que "nuestros periódicos rebosan política porque han dado en la manía de pensar que el hombre ha sido creado para llegar a ser un zóon politikón" [En griego, animal (o ser) político]. Así, pues, según Jacques le bonhomme si se hace política es porque nuestros periódicos vienen rebosantes de ella. Si un Padre de la Iglesia leyese las noticias de la bolsa en nuestros periódicos, se formaría el mismo juicio que San Max y diría: estos periódicos rebosan de noticias bursátiles porque han dado en la manía de pensar que el hombre ha sido creado para especular en títulos y valores. No son, pues, los periódicos los que tienen la manía, sino que es la manía la que tiene a "Stirner".

La condenación del incesto y la institución de la monogamia se declaran "sagradas", son "lo sagrado". Y como entre los persas no se condena el incesto y entre los turcos rige la institución de la poligamia, "lo sagrado", en estos pueblos, son la poligamia y el incesto. Y la única diferencia que podría registrarse entre "lo sagrado" en uno y otro caso sería la de que a los persas y a los turcos "se les ha metido en la cabeza" otra necesidad que a los pueblos cristiano-germánicos. Es una manera de "desembarazarse" "a tiempo" de la historia, al modo de los Padres de la Iglesia. Jacques le bonhomme se halla tan lejos de sospechar siquiera cuáles son las causas reales, materialistas, de la condenación de la poligamia y del incesto, en ciertas condiciones sociales, que ve en ello simplemente un artículo de fe y se imagina, coincidiendo con cualquier filisteo, que, cuando se encarcela a alguien por cometer uno de estos delitos, es "la pureza de las costumbres" la que lo recluye en una "correccional" (pág. 60), y las cárceles en general -en lo que se halla por debajo del burgués culto, mejor enterado que él de estas cuestiones, como puede comprobar cualquiera que lea la literatura sobre las cárceles- son, para él, instituciones encaminadas a corregir las costumbres. Las "cárceles" "stirnerianas" constituyen las más triviales ilusiones del burgués berlinés, aunque en lo tocante a él difícilmente se las podría considerar como "correccionales".

Después de haber descubierto Stirner mediante una "reflexión histórica" "episódicamente intercalada", que "necesariamente tenían que ocurrir las cosas de tal modo que el hombre en su integridad se demostrara como un ser religioso con todas sus capacidades" (pág. 64), "no tiene, en realidad", "nada de extraño", "ya que ahora socios totalmente religiosos", "que" el juramento "de los jurados nos condene a muerte y que el alguacil, como un buen cristiano, nos recluya detrás de las rejas, «juramentado» por los deberes de su cargo". Si le detiene un gendarme por fumar en el parque zoológico, no es el gendarme de S.M. el rey de Prusia, funcionario pagado e interesado en las multas, el que le quita el cigarro de la boca, sino "el juramento de su cargo". Del mismo modo, el poder del burgués en el tribunal de jurados se convierte para él, por el aparente y santificado prestigio de que aquí se rodean los amis du comnmerce, en la fuerza del juramento, en "lo sagrado". En verdad, en verdad os digo, en ninguno de Israel he hallado tanta fe. (S. Mat. 8, 10).

"En muchos, un pensamiento se convierte en máxima, de tal modo que no tiene él a la máxima, sino que es ésta, por el contrario, la que lo tiene a él, y en la máxima encuentra un firme punto de apoyo". "Así que no es obra del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia" (Rom. 9, 16). He aquí por qué San Max, en la misma página, siente que se le clavan algunas espinas en la carne y él mismo nos da algunas máximas. La primera de todas es la máxima de no tener ninguna clase de máximas, la segunda máxima la de no adoptar ningún punto de vista fijo, la tercera la máxima de que "si debemos, ciertamente, tener espíritu, en cambio, el espíritu no debe tenernos a nosotros"; y la cuarta, la máxima de que debe uno escuchar también a su carne, "pues sólo cuando el hombre escucha a su carne se escucha íntegramente a sí mismo, y solo quien se escucha íntegramente es razonable o racional".

C.- HISTORIA IMPURA NO PURA DE ESPIRITUS

a) NEGROS Y MONGOLES

Volvemos ahora al comienzo de la "única" construcción histórica y asignación de nombres. El niño se convierte en negro, el joven en mongol. Véase la economía del Antiguo Testamento.

"La reflexión histórica sobre Nuestro Mongolismo, que quiero intercalar episódicamente aquí, no la abordo con pretensiones de fundamentación ni tampoco de comprobación, sino solamente porque me parece que puede contribuir a aclarar lo demás", pág. 87.

San Max trata de "aclarar" sus frases acerca del niño y del joven dándoles nombres de ámbito universal y deslizando de contrabando por debajo de ellos sus frases sobre el niño y el joven. "La Negricidad representa la Antigüedad, la supeditación a las cosas" (niño); "la mongolicidad el periodo de la supeditación a los pensamientos" el período cristiano" (joven). (Cfr. "Economía del Antiguo Testamento"). "Al futuro están reservadas las palabras: soy dueño del mundo de las cosas y dueño del mundo de los pensamientos" (págs. 87, 88). Este "futuro" se ira realizado ya ocasionalmente una vez, en la pág. 20, a propósito del hombre, y volverá a ocurrir más tarde, a partir de la pág. 226.

Primera "reflexión histórica sin pretensiones de fnndamentación ni tampoco de comprobación": como Egipto forma parte de África, donde moraron los negros, tenemos que, en la pág. 88, las "campañas de Sesostris", nunca registradas, y la "importancia de Egipto" (y también entre los Tolomeos, la expedición de Napoleón a Egipto, Mohamed Alí, el problema oriental, los folletos de Duvergier de Hauranne, etc.) "y del Norte de África en general" (incluyendo, por tanto, Cartago, la campaña de Aníbal. en Italia y "también, fácilmente", de Siracusa y España, los vándalos, Tertuliano, los moros, al-Hussein Abu Ali ben Abdallah Ebn Sina, los estados berberiscos, los franceses en Argel, Abd el Kader, Père Enfantin y los cuatro nuevos sapos del "Charivari") "pertenecen" "a la época negra", pág. 88. Por tanto, Stirner aclara aquí las campañas de Sesostris, etc., situándolas dentro de la época negra, "intercalándolas episódicamente" como ilustración histórica de su único pensamiento "sobre nuestros años de infancia".

Segunda "reflexión histórica": "De la época mongólica forman parte los rasgos de los hunos y los mongoles, hasta remontarse a los rusos" (y los polacos de la Alta Silesia), volviendo a encontrarnos con que los rasgos de los hunos y de los mongoles, unidos a los de los rusos, se "aclaran" diciéndonos que pertenecen a la "época mongólica", y la "época mongólica" haciéndonos ver que se trata del periodo de la frase de la "supeditación a los pensamientos", con que nos hemos encontrado ya como el joven.

Tercera "reflexión histórica": En la época mongólica "es imposible que adquiera una alta estimación el valor de lo mío, porque el duro diamante del no-yo se cotiza entonces muy alto, porque es todavía demasiado medular e indomeñable para poder ser absorbido y devorado por mí. Lejos de ello, los hombres se afanan en dar vueltas en torno a este algo inmóvil, a esta sustancia, como los bichos parásitos sobre el cuerpo de cuyos jugos se nutren, pero sin que por ello puedan devorarlo. Es el tráfago de las sabandijas, la afanosidad de los mongoles. Entre los chinos, todo sigue como antes, etc. -- Por eso" (es decir, porque entre los chinos todo sigue como antes) "en nuestra época mongólica, todos los cambios fueron simplemente reformadores y correctivos, ninguno destructivo o devorador o aniquilador. La sustancia, el objeto, permanece. Todo nuestro ajetreo es simplemente el ajetreo de las hormigas y el salto de las pulgas… Artes de malabarista sobre la cuerda de lo objetivo", etc., (pág. 88. Cfr. Hegel, Fil. de la hist., págs. 113, 118, 119 –la sustancia no reblandecida-, 140, etc., donde se considera a China como la "sustancialidad").

Aquí nos enteramos, pues, de que en la verdadera época caucásica los hombres profesarán la máxima de tragarse, "devorar", "destruir", "absorber", "aniquilar", la "sustancia", "el objeto", lo "inmóvil", y a la par con la Tierra el sistema solar, que no puede separarse de ella. El "Stirner" devorador del universo nos ha presentado ya la "actividad reformatoria o correctiva" del mongol como "los planes de redención y corrección del universo" del joven y el cristiano, en la pág. 36. No hemos avanzado, pues, ni un solo paso. Característico de toda esta "única" concepción de la historia es el que la fase suprema de esta actividad mongólica sea la única que merece el nombre de "científica", de donde se deduce ya lo que más adelante nos dice San Max de que la consumación del cielo mongólico es el reino hegeliano de los espíritus.

Cuarta "reflexión histórica". El mundo sobre el que se arrastraron, dando vuelta los mongoles se convierte ahora, por medio de un salto de pulga, en "lo positivo", esto en "lo estatuido" y lo estatuido, por medio de un párrafo de la pág. 89, en la "moral". "Ésta se presenta, bajo su primera forma, como costumbre"; comparece, pues, como una persona; pero al vuelo se convierte en un espacio: "Obrar con arreglo a los usos y costumbres de su país se llama allí" (es decir, en la moral) "ser moral". "De donde" (porque esto acaece en la moral como costumbre) "es en China - donde más fácil resulta un proceder puro, moral"!

San Max no es muy feliz en sus ejemplos. En la pág. 116 atribuye también a los norteamericanos la "religión de la honestidad". Califica a los dos pueblos más bribones de la tierra, a los estafadores patriarcales, los chinos, y a los estafadores civilizados, los yanquis, como "austeros", "morales" y "honestos". Si se hubiera ocupado de fijarse con mayor atención en su puente de los asnos, habría podido ver que los norteamericanos aparecen en la pág. 81 de la Filosofía de la Historia, y los chinos en la pág. 130, clasificados como estafadores.

Pero el amigo "se" ayuda nuevamente a nuestro buen hombre santo a introducir la innovación; desde ésta se encarga una partícula "y" de llevarlo de nuevo a la costumbre, con lo cual queda preparado el material para pasar a la

Quinta reflexión histórica, mediante un golpe de efecto. "Y tampoco cabe en realidad ninguna duda de que el hombre se asegura por medio de la costumbre contra la oficiosidad de las cosas [,] del mundo", por ejemplo, contra el hambre,

"y", como de aquí se deduce del modo más natural,

"funda un mundo propio", mundo que ahora necesita Stirner,

"en el que él mora solo y se halla como en su casa", "solo" después de instalar su "morada" por medio de la costumbre en el mundo "existente"

"es decir, se crea un cielo", ya que China se llama el Celeste Imperio.

"Y puesto que el cielo no tiene otro sentido que el ser la verdadera morada del hombre", en la que tiene presente, por contraposición, la imaginaria inidoneidad de su verdadera morada,

"en la que no se mueve ya por nada ajeno", es decir, en la que lo propio le mueve como lo ajeno, y por allí adelante, para no seguir con la retahíla. "Mis bien", para decirlo con San Bruno, o "tal vez fácilmente", con San Max, este párrafo debiera decir:

Párrafo de Stirner, sin pretensiones de fundamentación ni tampoco de comprobación:

Párrafo depurado:

"Y tampoco cabe en realidad ninguna duda de que el hombre se asegura por medio de la costumbre contra la oficiosidad de las cosas, del mundo, y funda un mundo propio en el que él mora solo y se halla como en su casa, es decir, se crea un cielo. Y puesto que el «cielo» no tiene otro sentido que el ser la verdadera morada del hombre, en la que no se mueve ya por nada ajeno ni nada ajeno lo limita, ninguna influencia de lo terrenal lo enajena ya de él mismo; en una palabra, donde han saltado las escorias de lo terrenal y ha terminado ya la lucha contra el mundo, donde ya, por tanto, nada se le niega". Pág. 89.

"Y tampoco cabe en realidad ninguna dula de que", por llamarse China el Celeste Imperio y porque "Stirner" habla precisamente de China y está "acostumbrado" a ella se asegura" por la ignorancia "contra la oficiosidad de las cosas, del mundo, y funda un mundo propio en el que él mora solo y se halla como en su casa", se construye del Celeste Imperio chino "un cielo" "Puesto que" la oficiosidad del mundo, de las cosas, "no tiene otro sentido que el ser" "el verdadero" infierno del Único, "en el que" todo lo ajeno "lo mueve" y lo domina, pero que sabe convertir en un "cielo", "enajenándose" de toda "influencia de lo terrenal", de los hechos y las conexiones de lo histórico, y por tanto no se enajena ya de ellos, "en una palabra, donde han saltado las escorias de lo terrenal", de lo histórico y donde Stirner no "encuentra" ya en el "final" "del mundo" ninguna "lucha", cota lo que está ya dicho todo.

Sexta "reflexión histórica". En la pág. 90, Stirner se imagina lo siguiente: "En China todo se ha previsto; suceda lo que suceda, el chino sabe siempre cómo tiene que comportarse, y no necesita atenerse a las circunstancias; ningún caso imprevisto lo arranca del cielo de su serenidad". Ni siquiera un bombardeo inglés, pues sabe "cómo tiene que comportarse", sobre todo frente a los barcos de vapor y a las granadas de shrapnels [Granada de metralla con espoleta de tiempo], completamente desconocidas para él. San Max ha abstraído esto de la Filosofía de la Historia de Hegel, págs. 118 y 127, añadiendo, naturalmente, algo único de su propia cosecha, para poder llegar a su anterior reflexión.

"Por tanto", prosigue San Max, "la humanidad sube en la escala de la cultura, por la costumbre, el primer escalón, e imaginándose que, al escalar la cultura, escala al mismo tiempo el cielo, el reino de la cultura o la segunda naturaleza, sube realmente el primer escalón - de la escala del cielo", pág. 90. "Por tanto", es decir, porque Hegel hace arrancar de China la historia y porque "el chino no se sale de quicio", por ello convierte "Stirner" la humanidad en una persona que sube "el primer escalón de la escala de la cultura", y lo sube precisamente "por la costumbre", ya que China no tiene, para Stirner, otra significación que la de ser "la costumbre". Ahora, sólo se trata para nuestro fanático contra lo sagrado de convertir la "escala" en la "escala del cielo", puesto que China se llama también el Celeste Imperio. "Como la humanidad se imagina" ("de donde sólo" Stirner "sabe todo lo que" se imagina la humanidad, Wigand, pág. 189 -lo que Stirner tenía que demostrar-), primeramente convertir "la cultura" en el "cielo de la cultura", y en segundo lugar en "la cultura celestial" (una supuesta representación de la humanidad que en la pág. 91 aparece como la representación de Stirner, con lo que cobra su certera expresión), "sube realmente el primer escalón de la escala del cielo". En vista de que se imagina subir el primer escalón de la escala del cielo -en vista de ello- ¡lo sube realmente! ¡"Puesto que" "el joven" "se imagina" convertirse en espíritu puro, se convierte realmente en eso! Véase el "joven" y el "cristiano" sobre el tránsito del mundo de las cosas al mundo del espíritu, donde se encuentra la fórmula simple para esta escala del cielo de los pensamientos "únicos".

Séptima reflexión histórica, pág. 90. "Si el mongolismo" (esto viene inmediatamente después de la escala del cielo, con la que "Stirner", por medio de la supuesta representación de la humanidad ha comprobarlo la existencia de un ente espiritual) - "si el mongolismo ha establecido la existencia de entes espirituales" (es más bien "Stirner" quien ha establecido su imaginación acerca de la entidad espiritual de los mongoles), "los caucasianos se han debatido miles de años con estos entes espirituales, para llegar al fundamento de ellos". (Joven que se hace hombre y "penetra en los pensamientos"; cristiano que "pugna todo el tiempo" por "sondear las profundidades de la divinidad"). Porque los chinos han comprobado la existencia de Dios sabe qué entes espirituales ("Stirner" no comprueba, fuera de su escala del cielo, ninguna otra), necesariamente tienen los caucasianos que andarse disputando miles de años con "estos" entes espirituales" chinos; más aún, Stirner afirma dos líneas más abajo que "han asaltado" realmente "el cielo mongol, el Thien", y prosigue: "¿Cuándo destruirán este cielo, cuando llegarán a ser, por fin, verdaderos caucasianos y se encontraran a sí mismos?". Tenemos aquí la unidad negativa, que antes se había presentado ya como el hombre, como el "caucasiano real", es decir como el caucasiano no negro, no mongol, como el caucasiano caucásico, separado aquí, por tanto, como concepto, como esencia, de los caucasianos reales y que se les contrapone como el. "ideal del caucasiano", como la "misión" en la que deberán "encontrarse a sí mismos", como "destino", como "objetivo", como "lo sagrado", "el sagrado" caucasiano, el caucasiano "perfecto", "que es precisamente" "el" caucasiano, que es "Dios en el cielo".

"En la industriosa pugna de la raza mongólica habían construido los hombres un cielo", así lo cree en la pág. 91. "Stirner", quien olvida que a los verdaderos mongoles les preocupaban más las ovejas y los corderos que los cielos, "cuando los de la raza caucásica, mientras - tienen que ver con el cielo - asumieron la acción asaltadora de cielos". Habían asaltado un cielo, cuando - tienen que ver cuando asumieron. Esta "reflexión histórica" sin pretensiones se expresa en una consecutio temporum [Correlación de los tiempos verbales], que no, tiene tampoco la menor "pretensión" de clasicidad "ni tampoco" de corrección gramatical; a la construcción de la historia corresponde la construcción de las oraciones; "a esto se limitan" las "pretensiones" de "Stirner", y "con ello alcanzan su propósito final".

Octava reflexión histórica, que es la reflexión de las reflexiones, el alfa y la omega de toda la historia stirneriana: Jacques le bonhomme ve en todo el movimiento de los pueblos hasta ahora, como desde el primer momento le señalamos, solamente una sucesión de cielos (pág. 91), lo que podría también expresarse diciendo que, hasta ahora, las generaciones sucesivas de la raza caucásica, no han hecho otra cosa que disputar en torno al concepto de la moral (pág. 92) y que "a ello se limita su acción" (pág. 91). Si se hubiesen sacado de la cabeza la enojosa moral, este fantasma, habrían llegado a hacer algo; pero así no han logrado hacer nada, lo que se dice nada, y tienen que resignarse a que San Max les ponga un deber como a chicos de la escuela. Y a esta concepción suya de la historia corresponde plenamente el hecho de que, al final (pág. 92), se conjure a la filosofía especulativa, para que "en ella encuentre su acertada ordenación este reino de los cielos, el reino de los espíritus y los espectros" y en un pasaje posterior esté concebido como el mismo "reino acabado de los espíritus",

"Stirner" podía haber visto muy sencillamente resuelto en el propio Hegel el misterio de por qué, cuando se concibe la historia a la manera hegeliana, se acaba llegando necesariamente, como resultado, al mundo de los espíritus que la filosofía especulativa se encarga de perfeccionar y de poner en orden. Para llegar a este resultado, "hay que parstrar luego que la histora es el proceso mismo del espíritu" (¡Historia de la filosofía, III, pág. 91!) . Una vez que por debajo de cuerda se desliza en la historia, como fundamento, "el concepto del espíritu", resulta muy fácil, naturalmente, "demostrar", que por doquier nos encontramos con él y hacer luego que aquélla encuentre, como un proceso, "su acertada ordenación".

Ahora puede San Max, después de haber hecho que todo "encuentre su acertada ordenación", exclamar, entusiasmado:

"Querer que el espíritu adquiera libertad, es mongolismo", etc. (Cfr. pág. 77: "Poner de manifiesto el pensamiento no puro, es afán juvenil", etc.) e incurrir en la hipocresía de decir: "Salta, por tanto, a la vista que el mongolismo - representa la falta de sensualidad, lo antinatural", etc., cuando habría debido decir: Salta a la vista que el mongol no es más que el joven disfrazado, el cual, como negación del mundo de las cosas, podría llamarse "antinatural", "falto de sensualidad", etc.

Al llegar a este punto de desarrollo, el "joven" puede ya convertirse en el "hombre": "Pero, ¿quién disolverá el espíritu en su nada? Aquél, el que por medio del espíritu, se representaba la naturaleza como lo nulo, lo finito y lo perecedero" (es decir, que se lo imaginaba tal, que es lo que en la pág. 16 y siguientes hacía el joven, y después el cristiano y más tarde el mongol, y posteriormente el caucasiano mongólico, pero en realidad solamente el idealismo), "solamente aquél puede degradar al espíritu como algo nulo" (y, concretamente, en su imaginación) (¿es decir, el cristiano, etc.? No, exclama "Stirner", recurriendo al mismo escamoteo de las págs. 19-20 con respecto al hombre), "yo puedo hacerlo y puede hacerlo también cualquiera de vosotros que" (en su imaginación) "actúe y cree como un yo ilimitado"; "puede hacerlo, en otras palabras, el egoísta" (pág. 93), es decir, el hombre, e1 caucasiano caucásico, que será en seguida el cristiano acabado, el verdadero cristiano, el santo, lo sagrado.

Pero, antes de pasar a la ulterior imposición de nombres, queremos "intercalar" "en este lugar", asimismo, una reflexión histórica" acerca del origen de la "reflexión histórica" de Stirner "sobre nuestro mongolismo", pero que se distingue de las stirirerianas por el hecho de que ésta sí tiene "pretensiones de fundamentación y de comprobación". Toda su reflexión histórica, lo mismo que la que se refiere a los "antiguos", está urdida basándose en Hegel.

La negricidad se concibe como "el niño" porque Hegel, en la Filos. de la hist., pág. 89, dice: "África es el país infantil de la historia". "Para determinar el espíritu africano" (negro), "tenemos que renunciar totalmente a la categoría de lo general", pág. 90; es decir, el niño, o el negro posee ya, ciertamente, pensamientos, pero no posee aún el pensamiento. "En los negros, la conciencia no ha llegado aún a una objetividad plasmada como, por ejemplo, Dios o la ley, en que el hombre tiene la intuición de su esencia" - "en lo que se echa totalmente de menos el conocimiento de una esencia absoluta. El negro representa al hombre natural totalmente indomeñado" (pág. 90). "Aunque tengan necesariamente que darse cuenta de que dependen de lo natural" (de las cosas, como dice "Stirner"), "esto no conduce a la conciencia de algo superior", pág. 91. Volvemos a encontrarnos aquí con todas las determinaciones stirnerianas del niño y del negro: supeditación a las cosas, independencia de los pensamientos, en especial "del pensamiento", "de la esencia", "de la esencia absoluta" (sagrada), etc. Los mongoles y especialmente los chinos aparecen ya en Hegel como el comienzo de la historia, y como también para él la historia es una historia de espíritus (aunque no tan infantilmente como para "Stirner"), ello quiere decir que los mongoles han traído el espíritu a la historia y son los primeros representantes de todo lo "sagrado". En la pág. 110, Hegel concibe especialmente "el reino, mongol" (del Dalai Lama) como el reino "espiritual", como "el reino del poder teocrático", como un "reino espiritual, religioso", frente al reino chino secular. Como es natural, "Stirner" tenía que identificar a China con los mongoles. En la pág. 140, nos encontramos en Hegel incluso con "el principio mongol", que "Stirner" convierte luego en el "mongolismo". Por lo demás, cuando luego se empeña en reducir a los mongoles a la categoría "el idealismo", habría podido "encontrar plasmadas" en la economía del Dalai Lama y en el budismo muy otras "esencias espirituales" que su endeble "escala del cielo". Pero no tuvo tiempo siquiera para fijarse debidamente en la filosofía hegeliana de la historia. La peculiaridad y la unicidad de la actitud stirneriana ante la historia consiste, sencillamente, en que el egoísta se convierte en un "desmañado" copista de Hegel.

b) CATOLICISMO Y PROTESTANTISMO

(Cfr. la "Economía del Antiguo Testamento")

Lo que aquí llamamos catolicismo lo llama "Stirner" "la Edad Media"; pero, como él confunde la esencia sagrada, religiosa de la Edad Media, la religión de la Edad Media, con la Edad Media real, profana y corpórea (como "en todo"), preferimos dar a la cosa, ya desde el primer momento, su verdadero nombre.

"La Edad Media" fue "una larga época" durante la cual la gente se contentaba con la quimera" (no se exigía ni se hacía más que esto) "de poseer la verdad, sin pararse seriamente a pensar si uno tenía que ser por sí mismo verdadero para poseer la verdad". "En la Edad Media se mortificaban" (se mortificaba, por tanto, toda la Edad Media) "para volverse capaces de recibir en sí lo sagrado". Pág. 108.

Hegel en la Hist. de la filos., III, pág. 148, y en otras partes, define la actitud de la Iglesia Católica ante lo divino diciendo "que se comportaba ante lo absoluto como ante un objeto simplemente exterior" (cristianismo bajo la forma del ser exterior). Es cierto que el individuo debe purificarse para poder llegar a la verdad, pero "también esto se hace de un modo puramente externo, mediante indulgencias, ayunos, mortificaciones, procesiones y peregrinaciones" (pág. 140, ibíd.). Este tránsito lo convierte "Stirner" en lo siguiente: "Claro está, a la manera como el ojo se esfuerza para ver lo que está lejos, así se mortificaban", etc.

Y, como "Stirner" identifica la Edad Media con el catolicismo, esa época acaba, naturalmente, con Lutero, pág. 108. Y éste se ve reducido a la siguiente determinación conceptual, con la que nos encontramos ya en el joven, en la plática con Szeliga y en otros lugares: "Que el hombre, si quería concebir la verdad, necesitaba ser tan verdadero como la verdad misma. Sólo quien posea ya la verdad en la fe puede llegar a participar de ella".

Hegel dice del luteranismo: "La verdad del Evangelio […] sólo existe en el comportamiento verdadero hacia él. El comportamiento esencial del espíritu es para el espíritu solamente. Es, por consiguiente, el comportamiento del espíritu hacia este contenido, el que el contenido sea igualmente esencial, el que el espíritu sagrado y santificante se comporte hacia él" (Hist. de la filos. III, pág. 234). "Ésta es la fe de Lutero; su fe" (es decir, la del hombre) es la que se exige y la única que verdaderamente puede importar (1. c., pág. 230). "Lutero - afirma que spiriualidad de la fe"d bra el conocimiento de que la verdad, por sombre debe sencillaotro punto de vista, el de la fel de la ciencia o el punto de vista del pensamiento, frente a su objeto, el pensamiento". Pág. 110.

Fuera de la repetición que "Stirner" vuelve a "intercalar" aquí, sólo hay que destacar el paso de la fe al pensamiento. Hegel opera este paso como sigue: "Este espíritu" (a saber, el espíritu sagrado y santificante "es tam-bién, en segundo lugar, esencialmente, espíritu pensante. El pensamiento en cuanto tal tiene también que desarrollarse necesariamente en ello", etc., pág. 234.

"Stirner" prosigue: "Este pensamiento" (el de "que yo soy espíritu, solamente espíritu") "informa hasta hoy toda la historia de la Reforma", pág. 111. Y para "Stirner" no existe, desde el siglo XVI, otra historia chic la de la Reforma; y, además, ésta solamente en la concepción que Hegel expone.

San Max vuelve a dar pruebas de su formidable fe. Vuelve a tomar como moneda de buena ley, al pie de la letra, todas las ilusiones de la filosofía especulativa alemana, y hasta las convierte en ilusiones todavía más especulativas, más abstractas. Para él, sólo existe la historia de la religión y la filosofía, y ésta existe solamente a través de Hegel, que con el tiempo ha llegado a convertirse en el puente general de los asnos, en diccionario manual de conversación de todos los nuevos especuladores en principios y fabricantes de sistemas de Alemania.

Catolicismo = comportamiento hacia la verdad como cosa, Niño, Negro, "Antiguo".

Protestantismo = comportamiento ante la verdad en el espíritu, Joven, Mongol, "Moderno".

Toda la construcción salía sobrando, pues todo esto estaba presente ya en el "espíritu".

Como ya se apuntaba en la "Economía del Antiguo "Testamento", dentro del protestantismo podemos sacar de nuevo a escena al Niño y al Joven bajo nuevas "variantes", como en efecto lo hace "Stirner" en la página 112, donde concibe la filosofía empírica inglesa como al Niño, en contraste con la filosofía especulativa alemana, que es el Joven. En lo que se limita a copiar de nuevo a Hegel, que aparece aquí, como en otros muchos lugares "del Libro", frecuentemente, bajo la forma del "Se". "Se expulsó" -es decir, expulsó Hegel‑ "a Bacon del reino de la filosofía". "Lo que se llama la filosofía inglesa no parece haber llegado, ciertamente, más allá de los descubrimientos de las llamadas cabezas claras como, Bacon y Hume" (pág. 112), lo que Hegel expresa así: "Bacon es, en realidad, propiamente, el guía y representante de lo que en Inglaterra se llama filosofía, sin que los ingleses hayan pasado para nada, hasta hoy, más allá de esto", Hist. de la filos. III, pág. 251. Lo que "Stirner" llama "cabezas claras" es lo que llama Hegel, 1, c., pág. 255, "hombres de mundo cultos", lo que San Max, en un sitio, convierte a su modo en "la ingenuidad del espíritu infantil", porque los filósofos ingleses tienen necesariamente que representar al Niño. Y por la misma razón infantil, no pudo "Bacon preocuparse de los problemas y puntos cardinales de la teología", como lo indican sus obras (principalmente, De Augmentis Scientiarum, el Novum Organum y los Essays). En cambio, "el pensamiento alemán es el primero que ve en el conocimiento mismo la vida" pág. 112), pues es el joven. Ecce iterum Crispinus! [He aquí de nuevo a Crispín. Primer verso de la sátira IV de Juvenal]

Cómo Stirner convierte a Descartes en un filósofo alemán puede verlo personalmente quien lo desee en la pág. 112 "del Libro".

D.- LA JERARQUÍA

Jacques le bonhomme, en su anterior exposición, sólo concibe la historia como el producto de los pensamientos abstractos -o, mejor dicho, del modo como él se los representa-, como dominada por estas representaciones, que van a parar todas ellas, en última instancia, a "lo sagrado". Y presenta este imperio de lo "sagrado", del pensamiento, de la idea absoluta de Hegel sobre el mundo empírico, como la relación histórica actual, como el imperio de los santos., los ideólogos, sobre el mundo profano, como jerarquía. En esta jerarquía, nos encontramos con lo que antes se presentaba como un orden de sucesión en un plano de coexistencia, de tal modo que una de las dos formas de desarrollo coexistentes domina sobre la otra. Así, el Joven está por encima del Niño, el Mongol por encima del Negro, el Moderno por encima del Antiguo, el Egoísta capaz de sacrificio (el citoyen) por encima del Egoísta en el sentido vulgar de la palabra (del bourgeois), etc.; véase la "Economía del Antiguo Testamento"- La "destrucción" del "mundo de las cosas" por el "mundo de1 espíritu" aparece aquí convertida en el "imperio" del "mundo de los pensamientos" sobre el "mundo de las cosas". Y llegará, naturalmente un día cuando el imperio que el "mundo de los pensamientos" ejerce desde el primer momento en la historia se convierta, al final de ésta, en el imperio real y efectivo de los pensantes -y como veremos, en última instancia, de los filósofos especulativos- sobre el mundo de las cosas, y entonces San Max sólo tendrá que luchar a contra los pensamientos y las representaciones de los ideólogos, y vencerlos, para convertirse en "dueño del mundo de las casas y del mundo de los pensamientos"

"Jerarquía es imperio del pensamiento, imperio del espíritu". En una jerarquía vivimos hasta hoy, oprimidos por quienes se apoyan en pensamientos, y los pensamientos son -¿quién no se había dado cuenta de ello, desde hace mucho tiempo?- "lo sagrado" (pág. 97). (Stirner se precave de antemano contra el reproche de que en todo su libro se limita a elaborar "pensamientos" es decir, "lo sagrado" por el hecho de que no se encuentra en él, por ninguna parte, un solo pensamiento. Cierto es que se atribuye, en Wigand, "virtuosidad de pensamiento", es decir, según él, en la fabricación de "lo sagrado" y esto sí hay que concedérselo). "Jerarquía es soberanía del espíritu", pág. 467. "Aquella jerarquía medieval no era más que una jerarquía endeble, puesto que dejaba discurrir junto a ella, sin ponerle coto, toda posible barbarie de lo profano" (pronto veremos "de dónde sabe Stirner todo lo que debía hacer la jerarquía"), "y sólo la Reforma aceró la fuerza de la "jerarquía", pág. 110. "Stirner" cree, en efecto, que "nunca el imperio del espíritu fue tan extenso y omnipotente" como a partir de la Reforma; y cree que este imperio del espíritu, "en vez de hacer que el principio religioso se divorciara del arte, el Estado y la ciencia, elevó a éstos totalmente de la realidad al reino del espíritu y los hizo religiosos".

En esta concepción de la historia moderna no hace más que expandirse, una vez más, la vieja ilusión de la filosofía especulativa acerca del poder del espíritu en la historia. Más aún, las palabras citadas revelan incluso cómo el creyente Jacques le bonhomme acepta constantemente la concepción del mundo que toma de Hegel y que se convierte para él en tradicional, a pies juntillas, como el mundo real, para ponerse a "maquinar" sobre este terreno. Lo que en las palabras que acabamos de citar podría parecer "peculiar" y "único" es la concepción de este imperio del espíritu como jerarquía, y acerca de esto nos permitiremos "intercalar", una vez más, una breve "reflexión histórica" sobre el origen de la "jerarquía" stirneriana.

Hegel se expresa en las siguientes "variantes" acerca de la filosofía de la jerarquía: "En la República de Platón hemos encontrado la idea de que los filósofos deben gobernar; ahora" (en la Edad Media católica), "ha llegado la época en que se proclama que debe imperar lo espiritual; pero lo espiritual ha adquirido el sentido de que debe gobernar lo eclesiástico, los eclesiásticos. Lo espiritual cobra, así, una forma específica, se convierte en el individuo" (Hist. de la filos. III, pág. 132). "La realidad, lo terrenal, se ve así abandonado por Dios - sólo unos cuantos individuos sueltos son sagrados, los demás son profanos" (1. c., pág. 136). Y el "abandono de Dios" se precisa todavía más, así: "Todas estas formas" (la familia, el trabajo, la vida del Estado, etc.) "se consideran nulas, profanas" (Filos. de la Rel. II, pág. 343). "Es una asociación irreconciliada con lo secular, la tosca secularidad en sí" (otras veces, Hegel emplea también la palabra barbarie, por ej. en Hist. de la filos. III, pág. 136) "y que, por ser tosca en sí, sólo es dominada" (Filos. de la rel. II, págs. 342, 343). "Esta dominación" (la jerarquía de la Iglesia católica) "es, por tanto, aunque trate de ser la dominación de lo espiritual, un imperio de la pasión" (Hist. de la filos. III, pág. 134). "Pero, el verdadero imperio del espíritu no debe ser un imperio del espíritu en el sentido de que lo que se halla enfrente deba ser reprobado" (l. c., pág. 131). "El sentido certero es el de que lo espiritual en cuanto tal" ("lo sagrado", según "Stirner") "debe ser lo determinante, lo que ha sucedido hasta llegar a nuestra época: así, vemos en la Revolución Francesa" (lo que "Stirner" pasa por alto en Hegel) "que el pensamiento abstracto debe dominar; él debe dar la pauta para las constituciones de los estados y las leyes, él debe establecer el nexo entre los hombres, y la conciencia de los hombres , la libertad y la igualdad, etc." (Hist. de la filos. III, pág. 132). El verdadero imperio del espíritu, por oposición a su forma imperfecta en la jerarquía católica, tal y como lo trajo consigo el protestantismo, se determina con mayor precisión diciendo que "lo secular es espiritualizado en sí" (Hist. de la filos. III, pág. 185). "Que lo divino se realiza en el campo de la realidad" (termina, por tanto, el católico abandono de la realidad por Dios, Filos. de la rel. II, p. 343) que la "contradicción" entre santidad y realidad "se disuelve en la moral" (Filos. de la rel. II, pág. 343); que "las instituciones de la moral" (el matrimonio, la familia, el Estado, el ganarse la vida por sí mismo, etc.) "son divinas, sagradas" (Filos. de la rel. II, pág. 344). Hegel expresa en dos formas este verdadero imperio del espíritu: "el Estado, el gobierno, el derecho, la propiedad, el orden civil" (y, como sabemos por otras obras suyas, también el arte, la ciencia, etc.), "todo esto, es lo religioso -proyectado sobre la finitud" (Hist. de la filos. II, pág. 185). Y, por último, este imperio de lo religioso, de lo espiritual, etc., se proclama como el imperio de la filosofía: "La conciencia de lo espiritual es aliara" (en el siglo XVIII) "esencialmente, el fundamento, razón por la cual le ha sido otorgado el imperio a la filosofía" (Filos. de la hist. pág. 440).

Hegel atribuye, por tanto, a la jerarquía católica de la Edad Media el propósito de haber querido ser "el imperio del espíritu" y la concibe, por ello, como una forma limitada, imperfecta, de este imperio del espíritu, cuya consumación ve él en el protestantismo y en su supuesto desarrollo. Por muy ahistórico que esto sea, Hegel es, sin embargo, lo bastante histórico para no extender el nombre de jerarquía más allá de la Edad Media. Pero San Max sabe, por haberlo aprendido en el mismísimo Hegel, que la época posterior es la "verdad" de la anterior y, por tanto, la época del imperio perfecto del espíritu, la verdad de la época en que el espíritu dominaba todavía de un modo imperfecto; es decir, que el protestantismo es la verdad de la jerarquía y, por tanto, la jerarquía verdadera. Y, siendo así que sólo la jerarquía verdadera merece el nombre de jerarquía, es evidente que la jerarquía de la Edad Media tenía que ser necesariamente fina jerarquía "endeble", cosa que le resulta tanto más fácil demostrar por cuanto en los pasajes anteriores y en cien más de Hegel se había expuesto ya la imperfección del imperio del espíritu en la Edad Media, cosa que a él le bastaba con copiar, reduciendo toda su actividad "propia" a sustituir la expresión "imperio del espíritu" por la palabra "jerarquía". Y ni siquiera necesita desarrollar la simple deducción mediante la cual el imperio del espíritu se convierte para él, sencillamente, en la jerarquía, después de haberse puesto de moda entre los teóricos alemanes el dar al efecto el nombre de causa y arrojar, por ejemplo, en la categoría de la teología todo lo que había salido de la teología y no se hallaba aún del todo a la altura de los principios de estos teóricos, por ejemplo, la especulación hegeliana, el panteísmo de Strauss, etc.-, juego de manos que estaba en el orden del día, especialmente, en el año 1842. De los pasajes citados se desprende, asimismo, que Hegel: 1.° considera la Revolución Francesa como una fase nueva y más acabada de este imperio del espíritu; 2.° ve en los filósofos los dominadores del mundo del siglo XIX; 3.° afirma que ahora sólo rigen entre los hombres los principios abstractos; 4.° ya en él se consideran el matrimonio, la familia, el Estado, el ganarse la vida por sí mismo, el orden civil, la propiedad, etc., como "divinos y sagrados", como "lo religioso", y 5.° que la moral, como la santidad secularizada o la temporalidad santificada, se expone como la forma última y más alta del imperio del espíritu sobre el mundo, cosas todas que "Stirner" repite al pie de la letra.

Según esto, con respecto a la jerarquía stirneriana no habría absolutamente nada más que decir y que probar sino el porqué San Max ha copiado a Hegel, hecho cuya explicación requiere, a su vez, otros hechos materiales y que, por tanto, sólo es explicable para quienes conocen la atmósfera berlinesa. Otro problema es el de saber cómo nació la concepción hegeliana del imperio del espíritu, acerca de lo cual puede verse lo que ya dejamos dicho.

La adopción por San Max del imperio hegeliano universal de los filósofos y su transformación en una jerarquía es el resultado tanto de la credulidad totalmente acrítica de nuestro santo como de una "santa" e incurable ignorancia, que se contenta con "escrutar" la historia (mejor dicho, con escrutar lo que de la historia dice Hegel), sin "saber" acerca de ella muchas "cosas". Al "aprender", tenía que sentir por fuerza el temor de no comportarse ya de un modo "cancelatorio y disolvente" (pág. 96), es decir, de limitarse al "tráfago de las sabandijas", lo que es una razón suficiente para no "seguir adelante" con la obra de "cancelación y disolución" de su propia ignorancia.

Quien, como Hegel, se lanza por vez primera a una construcción como ésta, válida para toda la historia y para el mundo actual en toda su extensión, tiene necesariamente que disponer de amplios conocimientos positivos, referirse de vez en cuando, por lo menos, a la historia empírica y poseer una gran energía y sagacidad. En cambio, quien se limite a explotar y adaptar para sus propios fines una construcción recibida de otros y trate de demostrar esta concepción "propia" a la luz de unos cuantos ejemplos (por ejemplo, negros y mongoles, católicos y protestantes, la Revolución Francesa, etc.) -que es lo que hace nuestro fanático contra lo sagrado-, no necesita conocer para nada la historia. Claro está que el resultado de semejante explotación no puede por menos de ser cómico; lo más cómico del mundo cuando se salta del pasado al presente más inmediato, como lo hemos visto ya en algunos ejemplos, al hablar de las "manías".

Ahora bien, por lo que se refiere a la jerarquía real de la Edad Media, nos limitaremos a observar que no existía para el pueblo, para la inmensa mayoría de la gente. Para la gran masa existía tan sólo el feudalismo, y la jerarquía simplemente en cuanto era feudalismo o antifeudal (dentro del feudalismo). Y el feudalismo, por su parte, descansa sobre relaciones totalmente empíricas. La jerarquía y sus luchas con el feudalismo (las luchas de los ideólogos de una clase contra la clase misma) no son más que la expresión ideológica del feudalismo y de las luchas que en su seno se desarrollan, de las que forman parte también las luchas de las naciones feudalmente organizadas entre sí. La jerarquía es la forma ideal del feudalismo; el feudalismo, la forma política de las relaciones de producción e intercambio de la Edad Media. Partiendo de la exposición de estas relaciones prácticas, materiales, es, pues, como únicamente se puede comprender la lucha del feudalismo contra la jerarquía; pero, con esta exposición deja de existir por sí misma la concepción de la historia que hasta aquí venía sosteniéndose y que aceptaba a pies juntillas las ilusiones de la Edad Media, ilusiones que el emperador y el papa hacían valer en la lucha del uno contra el otro.

Como San Max se limita a reducir a "pomposas frases y míseros pensamientos" las abstracciones hegelianas en torno a la Edad Media y a la jerarquía, no hay para qué seguir hablando aquí de la jerarquía histórica real.

De lo dicho más arriba se desprende que es posible también invertir el truco y ver en el catolicismo, no la fase previa, sino la negación de la verdadera jerarquía; y, entonces, tendremos que catolicismo = negación del espíritu, carencia de espíritu, sensualidad, por donde se llega a la gran frase de nuestro Jacques le bonhomme según la cual los jesuitas "nos han salvado de la desaparición y el hundimiento de la sensualidad" (pág. 118). Lo que no averiguamos es qué habría sido de "nosotros", si el "hundimiento" de la sensualidad hubiera llegado a producirse. Para "Stirner" no existe todo el movimiento material que arranca del siglo XVI y que no "nos" salvó de la "desaparición" de la sensualidad, sino que, por el contrario, la sigue desarrollando, pues los que han logrado todo esto han sido, según él, los jesuitas. Consúltese, por lo demás, acerca de esto, la Filos. de la hist. de Hegel, pág. 425.

San Max, al trasplantar el imperio de los curas a los tiempos modernos, concibe al mismo tiempo la Época Moderna como "el régimen de la clerecía"; y, al concebir, a su vez, este imperio de los curas trasplantado a la Época Moderna en lo que lo diferencia del viejo imperio de los curas en la Edad Media, lo presenta como el imperio de los ideólogos, como "el régimen de los maestros de escuela". Por donde el régimen de la clerecía = jerarquía como imperio del espíritu, y régimen de los maestros de escuela = imperio del espíritu como jerarquía.

"Stirner" lleva a cabo este simple tránsito a la clerecía, que no es, en realidad, tránsito alguno, por medio de tres difíciles mutaciones. En la primera fase, "encuentra" el "concepto del sacerdocio" en todo el que "vive para una gran idea, para una buena causa" (¡siempre la buena causa!), "para una buena doctrina", etc. En la segunda, "tropieza" Stirner, en su mundo de la quimera, con "la antiquísima quimera del mundo que no sabe todavía sustraerse a los sacerdotes", es decir, "vivir y crear para una idea", etc. Al llegar a la tercera fase, asistirnos al "imperio de la idea o de la clerecía", y así, vemos que "Robespierre, por ejemplo" (¡por ejemplo!), "St.-Just, etc." (¡etcétera!) "eran en todo y por todo sacerdotes", pp.[Perge, perge! = (en latín) ¡continúa, continúa!, vale decir, etcétera] Todas las tres variante, en las que se "descubre", "pone de relieve" y "proclama" la clerecía (todas en la página 100) no expresan, por tanto, más que lo que ya San Max había dicho repetidas veces, a saber: el imperio del espíritu, de la idea, de lo sagrado sobre "la vida" (ibíd.). Y, naturalmente, después de deslizar en la historia por debajo de cuerda "el imperio de la idea o la clerecía", a San Max le resulta fácil volver a encontrarse en toda la historia anterior con "la clerecía", y así puede presentar a "Robespierre, por ejemplo" y a "St.-Just, etc." como sacerdotes, equiparándolos a un Inocencio III y un Gregorio VII, con lo que desaparece ante el Único toda unicidad. Todos ellos son, en rigor, simplemente nombres distintos, distintos ropajes de una sola persona, "de la" clerecía, que llena toda la historia, desde los orígenes del cristianismo. Y en seguida nos ofrece San Max, con su "Robespierre, por ejemplo, St.-Just, etc." el más palmario ejemplo de cómo en este modo de concebir la historia "todos los gatos son pardos", al "superar" y "disolver" en "el concepto de la clerecía" todas las diferencias históricas. Aquí, se nos pone a Robespierre como "ejemplo" de Saint-Just y a Saint-Just como "etcétera" de Robespierre. Y, en seguida, se añade: "A estos representantes de intereses sagrados se enfrenta un mundo de innumerables intereses «personales», profanos". ¡.Quiénes se enfrentaban a ellos? Los girondinos y los termidorianos (5), quienes constantemente reprochaban a aquéllos, a los verdaderos representantes de la fuerza revolucionaria, es decir, de la sola clase realmente revolucionaria, de la mpel á a la postérité; Mémoires de J. B. Louvet; e incluso los asquerosos Essais historiques por Beaulieu, etc., así como todas las actas de los procesos ante el tribunal revolucionario, "etc."), la violación de los "intereses sagrados", de la constitución, de la libertad y la igualdad, de los derechos humanos, del republicanismo, de la ley, de la sainte propriété [Santa propiedad], "por ejemplo" de la separación de los poderes, de la humanidad, de la moral, de la moderación, "etc.". Frente a ellos se hallaban todos los sacerdotes, que los acusaban de violar todos los preceptos, los principales y los accesorios, del catecismo religioso y moral (véase, "por ejemplo", Histoire du clergé de France pendant la révolution, por M. R., París, Libraire Catholique, 1828, "etc."). La glosa histórica del ciudadano según la cual, durante el régne de la terreur [Reino del terror], Robespierre por ejemplo, St.-Just etc." cortaban la cabeza a las honnêtes gens [Gente honesta] (véanse los innumerables escritos del ingenuo señor Peltier "por ejemplo", la Conspiration de Robespierre, por Montjoie, "etc.") es la que San Max expresa en el siguiente giro: "Los sacerdotes o maestros de escuela revolucionarios servían al, hombre, y por eso cortaban la cabeza a los hombres". Con lo cual San Max se siente, naturalmente, relevado del esfuerzo de decir ni una "única" palabrilla acerca de los intereses reales, empíricos, profanos en el más alto grado de la palabra, pero no de los agiotistas, sino de la "innumerable" masa, que servían de base a las razones por las que se cortaban aquellas cabezas. Un "sacerdote" anterior, Spinoza, tuvo ya en el siglo XVII la desvergüenza de dirigir una "reprimenda" a San Max, al escribir: "La ignorancia no es argumento". Y a esto se debe el que San Max odie al sacerdote Spinoza hasta tal punto que acepta a su antisacerdote, al sacerdote Leibniz, y aduzca para explicar tales fenómenos peregrinos, como el terrorismo "por ejemplo", el cortar las cabezas, "etc.", un "fundamento suficiente", a saber, el de que los "hombres espirituales se habían metido semejante cosa en la cabeza" (pág. 98).

El bienaventurado Max, que ha encontrado el fundamento suficiente para todo ("He encontrado el fundamento en el que se agarra eternamente mi áncora", ¿y dónde sino en la idea, "por ejemplo" en el "sacerdocio", "etc.", de "Robespierre por ejemplo, St.-Just, etc.", de Jorge Sand, Proudhon, la casta costurera berlinesa, etc.) "no toma a mal a la clase burguesa el que, llevada de su egoísmo, se preguntase hasta qué punto debía dejar margen a la idea revolucionaria". Para San Max, "la idea revolucionaria" de los habits bleus y las honnêtes gens de 1789 es la misma "idea" de los sansculottes(5) de 1793, la misma idea acerca de la que se delibera si se le deberá "dejar margen", sin poder "dejar margen" a ninguna "idea" más.

Llegamos así a la jerarquía actual, al imperio de la idea en la vida corriente. Toda la segunda parte "del Libro" está llena de la lucha contra esta "jerarquía". Sólo entraremos, pues, en ella en esta segunda parte. Sin embargo, como ya aquí San Max, exactamente igual que al hablar de las "manías", se recrea provisionalmente en sus ideas y repite al comienzo lo que vendrá después, como después lo que ha dicho al comienzo, nos vemos obligados a comprobar ya ahora unos cuantos ejemplos de su jerarquía. Su método, al hacer el libro, es el del egoísmo "único" que a lo largo de todo el libro se encuentra. Su propio goce y el goce del lector se hallan en razón inversa.

Porque los burgueses exigen que se ame a su reino y a su régimen, quieren, según Jacques le bonhomme, "fundar un reino de amor sobre la tierra" (pág. 98). Porque exigen que se respeten su dominación y las condiciones en que ésta se desenvuelve, es decir, porque pretenden usurpar la dominación sobre el respeto, exigen, según el mismo buen hombre, la dominación del respeto en general, se comportan hacia el respeto como hacia el Espíritu Santo que en ellos vive (pág. 95). La forma tergiversada bajo la que la beata e hipócrita ideología del burgués proclama sus intereses propios y específicos como intereses generales es aceptada por la fe capaz de mover montañas de nuestro Jacques le bonhomme como el fundamento real, profano, del mundo burgués. Por qué esta falacia ideológica adopta en nuestro santo precisamente esta forma, lo veremos cuando tratemos del "liberalismo político",

San Max nos da un nuevo ejemplo en la pág. 115, en lo tocante a la familia. Nos explica que es muy fácil para uno emanciparse del poder de su propia familia, pero que "la obediencia a la que se le declara la guerra pesa mucho sobre la conciencia", y así, se siente uno atado al amor por la familia, al concepto de la familia, se profesa el "sagrado concepto de la familia", de "lo sagrado" (página 116). El buen joven vuelve a encontrarse con el imperio de lo sagrado, aquí, donde imperan condiciones perfectamente empíricas. El burgués se comporta ante las instituciones de su régimen como el judío ante la Ley: la burla siempre que puede, en todos y cada uno de los casos concretos, pero quiere que los demás se atengan a ella y la respeten. Si todos los burgueses, en masa y al mismo tiempo, burlasen las instituciones de la burguesía, dejarían de ser burgueses, actitud que a ellos, naturalmente, no se les ocurre adoptar y que en modo alguno depende de su voluntad. El burgués mujeriego burla el matrimonio y cae secretamente en el adulterio; el comerciante burla la institución de la propiedad, al despojar de sus bienes a otros por medio de la especulación, la bancarrota, etc.; el joven burgués se hace independiente de su familia en cuanto puede, declarando prácticamente abolida la familia con respecto a su persona; pero el matrimonio, la propiedad, la familia se mantienen teóricamente indemnes, pues son, prácticamente, los fundamentos sobre los que ha erigido su poder la burguesía, por ser, en su forma burguesa, las condiciones que hacen del burgués un burgués, exactamente lo mismo que la Ley, constantemente burlada, hace del judío religioso un judío religioso. Esta actitud del burgués ante sus condiciones de existencia reviste una de sus formas generales en la moralidad burguesa. No hay por qué hablar "de la" familia en general. La burguesía imprime históricamente a la familia el carácter de la familia burguesa, que tiene como nexo de unión el hastío y el dinero y de la que forma parte también la disolución burguesa de la familia, pero de tal modo que la familia persiste siempre. A su sucia existencia corresponde el concepto sagrado que prevalece en los tópicos de los discursos oficiales y en la hipocresía general. Allí donde la familia se disuelve realmente, como ocurre en el proletariado, ocurre exactamente al contrario de lo que sostiene "Stirner". Allí no existe para nada el concepto de familia, mientras que, en ocasiones, nos encontramos, en cambio, con verdadero afecto familiar., basado en condiciones extraordinariamente reales. En el siglo XVIII, el concepto de familia fue disuelto por los filósofos porque la familia real, en las cumbres más altas de la civilización, se hallaba ya en trance de liquidación. Se habían desatado los vínculos interiores de la familia, los elementos de que el concepto de familia se halla compuesto, por ejemplo la obediencia, el respeto, la fidelidad conyugal, etc.; quedaban en pie, en cambio, aunque muy quebrantados en parte, el cuerpo real de la familia, las relaciones patrimoniales, la órbita aparte con respecto a otras familias, las relaciones impuestas por la existencia de hijos, por la estructura de las ciudades modernas, la formación del capital, etc., porque la existencia de la familia está impuesta como una necesidad por su entronque con el modo de producción, independiente de la voluntad de la sociedad burguesa. Hasta qué punto es indispensable lo revela mejor que nada la Revolución Francesa, en la que la familia, al llegar a un determinado momento, se declaró punto menos que abolida por la ley. Y la familia siguió existiendo incluso en el siglo XIX, con la diferencia de que, ahora, la actividad que la desintegraba se generalizó, no precisamente en el campo del concepto, sino al desarrollarse la industria y la competencia; y sigue existiendo en nuestros días, a pasar de haber sido proclamada desde hace mucho tiempo su disolución por los socialistas franceses e ingleses y de que este postulado, a través de las novelas francesas, ha penetrado por último hasta entre los Padres de la Iglesia alemanes.

He aquí ahora otro ejemplo del imperio de la idea en la vida corriente. Por el hecho de que los maestros de escuela parecen resignarse con su pequeña soldada y con la santidad de la causa a la que sirven (cosa que sólo podía ocurrir en Alemania), Jacques le bonhomme está realmente convencido de que este tópico es la causa a que obedece que cobren sueldos tan bajos (pág. 100). Cree que "lo sagrado" posee en la sociedad burguesa de hoy un valor pecuniario real; cree que los míseros recursos con que cuenta el estado prusiano, acerca de los cuales puede cónsultarse, entre otros, a Browning, podrían aumentar mediante la supresión de "lo sagrado" hasta el punto de permitir de pronto pagar a cualquier maestro rural sueldos tan altos como a los ministros.

Es ésta la jerarquía del absurdo.

Pero "la clave de bóveda de la sublime catedral", como diría el gran Michelet, de la jerarquía es, "a veces", la hazaña del "se". "Se divide a veces a los hombres en dos clases, la de los cultos y la de los incultos". (Se divide a veces a los monos en dos clases, la de los que tienen rabo y la de los que, carecen de rabo). "Los primeros se ocupan, cuando son dignos de su nombre, de pensamientos, del espíritu". Estos "eran en la época posterior a Cristo los dominantes y exigían para sus pensamientos... respeto". Los incultos (el animal el niño, el negro) son "débiles" en materia de pensamientos "y se dejan dominar por ellos. Tal es el sentido de la jerarquía".

Los cultos (el joven. el mongol, el moderno) se ocupan solamente "del espíritu", del pensamiento puro, etc., son metafísicos de profesión y, en última instancia, hegelianos. "De aquí" que los incultos sean los no hegelianos. No cabe duda de que Hegel era el más culto de los hegelianos, y por eso "se revela" precisamente en él "cuán grande es el anhelo de los más cultos por las cosas". El culto y el inculto chocan también el uno contra el otro, y dentro de cada ser humano choca el inculto contra el culto. Y como en Hegel se revela el mayor anhelo por las cosas, es decir, por lo que es propio del inculto, se revela también aquí que el más culto de todos es, al mismo tiempo, el más inculto. "Allí" (en Hegel), "la realidad debe corresponder totalmente al pensamiento y ningún concepto debe carecer de realidad". Lo que debe decir es esto: la representación usual de la realidad debe cobrar por entero su expresión filosófica, si bien Hegel se imagina, a la inversa, que, "por tanto", toda expresión filosófica crea la realidad que a ella corresponde. Jacques le bonhomme toma la ilusión que Hegel se hace de su filosofía por la moneda de buena ley de la filosofía hegeliana.

La filosofía de Hegel, que, como el imperio de los hegelianos sobre los no hegelianos, se presenta como la coronación de la jerarquía, conquista ahora el último reino universal. "El sistema hegeliano era el más alto despotismo y la mayor autocracia del pensamiento, la omnipotencia del espíritu" (pág. 97). Caemos, pues, aquí en el reino de los espíritus de la filosofía hegeliana, que va desde Berlín hasta Halle y Tubinga, el reino de los espíritus cuya historia ha escrito el señor Bayrhoffer y en la que se han reunido los datos estadísticos del gran Michelet.

La preparación para este reino de los espíritus fue la Revolución Francesa, que "no hizo otra cosa que convertir las cosas en representaciones de las cosas" (pág. 115). Cfr. Más arriba Hegel acerca de la revolución, pág. [175]. "Así se era ciudadano del Estado" (es cierto que esto, en "Stirner", aparece antes, pero "lo que Stirner dice no es lo que piensa, y lo que piensa es inexpresable", Wig., pág. 149) y "se vivía en la reflexión, se tenía un objeto sobre el que reflexionar, por el que se" (per appos.) "sentía respeto y temor". "Stirner" dice en algún lugar, pág. 98: "E1 camino del infierno está empedrado de buenas intenciones". Nosotros decimos, por el contrario: el camino que lleva al Único está empedrado de los peores postpósitos, de aposiciones que son su "escala del cielo" tomada de los chinos y su "salvación de lo objetivo" (pág. 88) y sobre las que da sus "saltos de pulga". Después de esto, resultaba fácil "para la filosofía o la Época Moderna" -puesto que, desde el entronizamiento del reino de los espíritus, la Época Moderna no es otra cosa que la filosofía moderna- "convertir los objetos existentes en objetos representados, es decir, en conceptos", pág. 114, labor que San Max lleva adelante.

Ya al comienzo de su libro, "antes de que fuesen las montañas" que él mueve después con su fe, hemos visto a nuestro Caballero de la Triste Figura galopar a rienda suelta hacia el gran resultado de su "sublime catedral". Su "rocín", la aposición, no galopaba todo lo que él quería; pero, ahora, por fin, al llegar a la pág. 114, alcanza su meta, y por medio de un poderoso "o" convierte a la Época Moderna en la moderna filosofía.

Con ello, ha "alcanzado su propósito final" la época antigua (es decir, la antigua y la moderna, la del negro y la del mongol, pero en rigor solamente la anterior a Stirner. Ahora, podemos descubrir por qué San Max titula toda la primera parte de su obra "El Hombre" y presenta toda su historia de magia, espectros y cuentos de caballerías como la historia "del hombre". Las ideas y los pensamientos de los hombres eran, naturalmente, ideas y pensamientos acerca de sí mismos y de sus relaciones, la conciencia que se formaban de sí mismos, de los hombres, pues no era solamente la conciencia de la persona individual, sino del individuo en conexión con toda la sociedad y de la sociedad toda en que vivían. Las condiciones, independientes de ellos mismos, dentro de las que producían su vida, las formas necesarias de intercambio con ellas relacionadas y las correspondientes relaciones personales y sociales tenían que revestir necesariamente, en la medida en que se expresaban en pensamientos, la forma de condiciones y relaciones necesarias ideales, es decir, cobrar su expresión en la conciencia como determinaciones emanadas del concepto del hombre, de la esencia humana, de la naturaleza del hombre, emanadas del hombre mismo. Lo que los hombres eran, lo que eran sus relaciones, aparecía en la conciencia como la representación del hombre, de su modo de ser o de sus más precisas determinaciones conceptuales. Una vez que los ideólogos habían dado por supuesto que las ideas y los pensamientos dominaban toda la historia anterior, que la historia de los pensamientos y las ideas era toda la historia hasta entonces, una vez que se habían imaginado que las relaciones reales se habían ajustado siempre al hombre y a sus relaciones ideales, es decir, a las determinaciones conceptuales; una vez que habían convertido, en general, la historia de la conciencia de los hombres acerca de sí mismos en el fundamento de su historia real, nada era más fácil que llamar a la historia de la conciencia, de las ideas, de lo sagrado, de las representaciones establecidas la historia "del hombre" y hacer pasar ésta de contrabando como la historia real. San Max sólo se distingue de todos sus antecesores en que no sabe nada de estas representaciones, incluso en su arbitrario aislamiento de la vida real, de la que eran productos, y limita su nula creación a registrar, en su copia de la ideología hegeliana, la ignorancia incluso de aquello mismo que copia. Y ya de aquí se desprende cómo puede contraponer a su fantasía de la historia del hombre la historia del individuo real bajo la forma del Único.

La historia única ocurre, al comienzo, en la nada snadatoa de Atenas, más tarde casi exclusivamente en Alemania y, por último, junto al Kupfergraben de Berlín, donde ha levantado su castillo el déspota de "la filosofía o la época Moderna". Ya sólo por esto puede verse qué asunto exclusivamente nacional y local es el que aquí se trata. En vez de la historia universal, San Max nos sirve unas cuantas glosas, extraordinariamente pobres y torcidas, además, acerca de la historia de la teología y la filosofía alemanas. Y si alguna que otra vez salimos en apariencia del marco de Alemania, es exclusivamente para ver cómo los hechos y los pensamientos de otros pueblos, por ejemplo la Revolución Francesa, "alcanzan su propósito final" en Alemania, y precisamente junto al Kupfergraben. Sólo se citan hechos de la nación alemana, se los examina y concibe a la manera nacional alemana y el resultado es, naturalmente, un resultado nacional-alemán. Pero, no sólo esto. La concepción y la cultura de nuestro santo no sólo son alemanas, sino que son, además, en todo y por todo, berlinesas. El papel que se asigna a la filosofía hegeliana es el mismo que esta filosofía desempeña en Berlín, y Stirner confunde a la capital de Prusia con el mundo y su historia. El "joven" es un berlinés, y los buenos burgueses con que nos encontramos a lo largo del libro son filisteos sacados de una cervecería de Berlín. Partiendo de semejantes premisas, sólo puede llegarse, naturalmente, a resultados encerrados dentro de horizontes nacionales y locales. "Stirner" y toda su cofradía filosófica, cuyo miembro más endeble y más ignorante es él mismo, suministran el comentario práctico a aquellos inteligentes versillos del inteligente Hoffmann von Fallersleben:

Solamente en Alemania, en Alemania,
Quisiera yo vivir eternamente.

El resultado local berlinés de nuestro inteligente santo, a saber; que el mundo entero se ha plasmado en la filosofía hegeliana, le permite llegar ahora, sin gran esfuerzo, a un mundo universal "propio'". La filosofía hegeliana lo ha convertido todo en pensamientos, en lo sagrado, en visiones, en espíritu, en espíritus, en espectros. Y "Stirner" se encargará de combatirlos, de superarlos en su imaginación, y fundará sobre sus cadáveres su "propio", "único" y "corpóreo" reino universal, el reino universal de "todo el fulano".

"Porque para nosotros la lucha no es contra sangre y carne, sino contra los principados, contra las potestades, contra los poderes mundanos de estas tinieblas, contra los espíritus de la maldad en lo celestial" (Efes., 6, 12).

Ahora, "Stirner", "calzado de botas, se halla ya preparado" para afrontar la lucha contra los pensamientos. No necesita "embrazar" "el escudo de la fe", pues no lo ha dejado nunca de la mano. Armado con el "yelmo" del infortunio y con la "espada" de la carencia de espíritu (cfr. Ibíd.), parte al combate. "Y le fue permitido también hacer guerra contra lo sagrado", pero no "vencerlo" (Apocalipsis de San Juan, 13, 7).

5. EL "STIRNER"

COMPLACIDO EN SU PROPIA CONSTRUCCIÓN

Estamos ahora exactamente donde estábamos en la pág. 19, al hablar del joven que se convierte en hombre, y en la pág. 90, donde se nos hablaba del caucasiano mongólicoque se convierte en caucasiano caucásico y "se encuentra a sí mismo". Estamos, pues, ante el tercer autoencuentro del misterioso individuo en cuyas "amargas luchas de vida" nos inicia San Max, Lo que ocurre es que ahora tenemos detrás de nosotros toda la historia y el gran acopio de material que hemos elaborado nos obliga a echar unta mirada retrospectiva al descomunal cadáver del hombre arruinado.

En una página posterior, habiendo olvidado ya su historia desde hace largo tiempo, afirma San Max que "hace ya mucho que se considera la genialidad como la creadora de las nuevas producciones de la historia universal" (pág. 214); pero ya hemos visto que ni sus peores enemigos pueden echar esto en cara a su historia, en la que no hay personas, ni mucho menos genios, sino simplemente pensamientos tullidos y petrificados y vestigios hegelianos.

Repetitio est mater studiorum[La repetición es la madre del estudio]. San Max, que sólo nos ofrece toda su historia de la "filosofía o época" como pretexto para estudiar a prisa y corriendo a Hegel, acaba repitiendo una vez más. Pero, al hacerlo, le da un giro histórico-natural que nos ofrece una clave importante para comprender la ciencia "única" de la naturaleza, cuya explicación está en que el "mundo", cuantas veces tiene que desempeñar un papel importante, se convierte en seguida, para él, en la naturaleza. La ciencia "única" de la naturaleza comienza inmediatamente con la confesión de su impotencia. No se para a considerar la actitud real, creada por la industria y las ciencias naturales, sino que proclama la fantástica actitud del hombre ante la naturaleza. "¡Cuán poco es lo que el hombre puede domeñar! Tiene que dejar que el Sol siga su curso, que el mar impulse sus olas, que las montañas se alcen al cielo" (pág. 122). San Max, que como todos los santos gusta de los milagros, pero que no va más allá del milagro lógico, se enoja de no poder poner al Sol a bailar el cancán, le disgusta el no ser capaz de detener las marcas, le indigna el tener que permitir que las montañas se levanten hacia el cielo. A pesar de que en la pág. 124 el mundo, al final de la época antigua, se hace ya "prosaico", para nuestro santo sigue siendo, a pesar de todo, extraordinariamente antiprosaico. Para él, sigue siendo "el Sol" el que sigue su curso, y no la Tierra, y se siente rabioso al no poder ordenarle, a lo Josué: "¡Detente, oh Sol!" En la pág. 123 descubre Stirner que "el espíritu", al final del mundo antiguo, "volvió a espumear inconteniblemente, porque en su interior se desarrollaron gases (espíritus) y, paralizado ya el impulso mecánico que viene de fuera, comenzaron a producir su maravilloso juego las tensiones químicas provocadas en el interior". Esta frase contiene los más importantes datos de la filosofía "única" de la naturaleza, que ya en la página anterior había llegado a la conclusión de que la naturaleza es, para el hombre, "lo indomeñable". La física profana nada sabe de un impulso externo que luego se paraliza; el mérito de este descubrimiento pertenece exclusivamente a la física única. La química profana no conoce ninguna clase de "gases" que provoquen "tensiones químicas" y, además, "en el interior". Gases que entran en nuevas mezclas, en nuevas combinaciones químicas, no provocan tensión alguna, sino a lo sumo descargas, al pasar a un estado de condensación destilado, reduciéndose con ello su volumen a menos de una milésima parte del anterior. Si San Max, siente "en" su propio "interior" "tensiones" producidas por "gases", se tratará, cuando más, de "impulsos mecánicos", y en modo alguno de "tensiones químicas"; serán "tensiones" provocadas por cambios químicos de ciertas mezclas en otras, determinados por causas fisiológicas, que hacen que una parte de los elementos de la mezcla anterior se vuelva gaseiforme, ocupando con ello un volumen mayor y que, al no disponer de espacio suficiente, [pro]voquen Un "impulso mecánico" o una presión hacia el exterior. [Que] estas inexistentes "tensiones [quími]cas" "producen un mara-[villoso] juego" "en el interior", es decir, esta vez, en la cabeza de San Max, "lo vemos [ahora]" en el papel que desempeñan en la ciencia "única" de la naturaleza. Por lo demás, sería bueno que San Max no siguiera ocultando a los investigadores profanos de la naturaleza la falta de sentido que se oculta en esa disparatada expresión de "tensiones químicas", y además, "tensiones químicas" "provocadas en el interior" (como si un "impulso mecánico" en la boca del estómago no "provocase" repercusiones también "en el interior").

La ciencia "única" de la naturaleza ha sido escrita pura y simplemente porque, esta vez, San Max no podía entrar en contacto con los antiguos sin decir, al mismo tiempo, un par de palabras acerca del "mundo de las cosas", acerca de la naturaleza.

Al final del mundo antiguo, los antiguos se disuelven, según aquí se nos asegura, en puros estoicos, "a quienes no saca de quicio ningún hundimiento del mundo" (¿cuántas veces y con cuánta frecuencia ha de hundirse el mundo?) (pág. 125). Los antiguos se convierten, pues, en chinos, a quienes "ningún caso imprevisto" (o ningún desplome), "arranca del cielo de su serenidad" (pág. 88). Más aún, Jacques le bonhomme está realmente convencido de que "el impulso mecánico que viene de fuera" quedará "paralizado" ante los últimos antiguos. Basta leer, entre otros autores, a Luciano para darse cuenta de hasta qué punto corresponde esto a la situación real de los romanos y los griegos al final del mundo antiguo, a aquel estado de total precariedad e inseguridad incapaz de oponer al "impulso mecánico" ni un residuo de vis inertiæ [Fuerza de la inercia]. Los formidables impulsos mecánicos que el Imperio Romano recibió al ser repartido entre diversos emperadores y por las guerras de éstos entre si, por la gigantesca concentración de la propiedad, principalmente de la propiedad de la tierra en Roma y por la merma de la población de Italia que ello trajo consigo, por los hunos y los germanos, fueron, según nuestro santo historiador, ineficaces; sólo las "tensiones químicas'', sólo los "gases" "provocados en el interior" por el cristianismo, echaron por tierra al Imperio Romano. Los grandes cataclismos [en Occidente] y en Oriente, entre otras causas, los cientos de miles de seres sepultados entre las ruinas] de sus ciudades [por las] "fuerzas mecánicas", [lo que] no dejó de conmover también espiritualmente a los hombres, [fueron] también, según "Stirner", "[in]eficaces" o tensiones químicas. Y "en realidad" (!), "la historia antigua termina cuando Yo me conquisto mi propiedad en cal mundo", lo que se demuestra por medio de la sentencia bíblica: "A Mí" (es decir, al Cristo) "Me ha sido transmitido todo por Mi Padre". Por tanto, aquí, el Yo al Cristo. Y a propósito de esto, Jacques le bonhomme no desperdicia la ocasión para expresar su fe de que Cristo podía mover las montañas, "siempre y cuando ello le interesara". Se proclama, como Cristo, señor del mundo, pero solamente en cuanto Cristo; se proclama "propietario del mundo" "Con ello había alcanzado el egoísmo su primera victoria total, al levantarme Yo a ser el propietario del mundo" (pág. 124). Para levantarse como el Cristo acabado y perfecto, el Yo stirneriano sólo tenía que librar el combate que le convirtiera también en carente de espíritu (cosa que logró, ya antes de que fueran las montañas). "Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos". San Max lleva a la perfección la pobreza de espíritu y, llevado de su gran alegría, se gloría de ello ante el Señor.

San Max, ya carente de espíritu, cree en las formaciones fantásticas de gases de los cristianos, que brotan de la disolución del mundo antiguo. El antiguo cristiano no era dueño de nada en este mundo; se contentaba, por tanto, con sus propiedades imaginarias en el cielo y con sus títulos divinos de posesión. En vez de poseer sobre el mundo la propiedad del pueblo, se proclamaba a sí mismo y proclamaba a su sociedad de desharrapados en el "pueblo de la propiedad" (1.ª de S. Pedro, 2, 9). La representación cristiana del mundo es, según "Stirner", el mundo en que se disuelve realmente el mundo antiguo, a pesar de que sólo es, cuando más, [un mundo] imaginario, imaginación en la que [el m] undo de las antiguas representaciones se [disuelve en u] n mundo en el que el cristiano [en la fe] puede también mover montañas, sentirse [poderoso] y empujar hacia la "paralización del impulso mecánico". Como los hombres, según "Stirner", no se mueven ya por el mundo [exterior], ni tampoco [por] el impulso mecánico de la necesidad de producir y como, en general, el movimiento mecánico, incluyendo, por tanto, el acto sexual, ha perdido su eficacia, sólo pueden haberse perpetuado por el milagro. Naturalmente que, para espíritus ingeniosos y maestros de escuela alemanes pletóricos de gases como un "Stirner" resulta mucho más fácil, en vez de exponer la transformación de las relaciones reales de la propiedad y la producción del mundo antiguo, contentarse con las fantasías cristianas acerca de la propiedad, que no es, en realidad, sino la propiedad de la fantasía cristiana. El mismo cristiano primitivo que, [en] la fantasía de Jacques le bonhomme, era el dueño del mundo antiguo, pertenecía casi siempre, en la realidad, al mundo de los apropiadores, era esclavo y podía comprarse y venderse. Pero "Stirner", complacido con su construcción, sigue cantando inconteniblemente victoria. "¡La primera propiedad, el primer señorío, han sido adquiridos!" (pág. 124). Y del mismo modo sigue el egoísmo stirneriano adquiriendo propiedades y señoríos y celebrando "victorias totales". En la actitud teológica del cristiano primitivo ante el mundo antiguo se consuma prototípicamente toda su propiedad y todo su señorío.

Esta propiedad del cristiano se razona del modo siguiente: "El mundo fue arrancado a los dioses... se hizo prosaico, se ha convertido en propiedad Mía, de la que puedo hacer lo que se me antoje a mí (es decir, al espíritu) ", pág. 124. Lo que quiere decir: el mundo ha sido arrancado a los dioses y, por tanto, ha sido liberado por Mis fantasías y para Mi propia conciencia, se ha hecho prosaico, se comporta, por tanto, prosaicamente hacia Mí y obra conmigo con arreglo a su amada prosa, pero en modo alguno en gracia a Mí. Prescindiendo de que "Stirner" cree realmente aquí que en la Antigüedad no existió ningún mundo prosaico y que lo divino gobernaba el mundo, falsea incluso la representación cristiana, que se queja constantemente de su impotencia ante el mundo y que ve su victoria sobre el mundo, en su fantasía, como una victoria simplemente ideal, al aplazarla para el día del Juicio Final. Sólo a partir del momento en que el cristianismo se vio confiscado y explotado por los poderes reales del mundo, con lo que dejó, naturalmente, de ser algo ajeno al mundo; sólo a partir de entonces, pudo imaginarse ser el dueño del mundo, San Max atribuye al cristiano la misma actitud falsa ante el mundo antiguo que el joven ante el "mundo del niño"; y atribuye al egoísta la misma actitud ante el mundo del cristiano que al hombre ante el mundo del joven.

Ahora, al cristiano ya no le queda más que despojarse lo antes posible de su espíritu y reconocer al mundo del espíritu en su vanidad como lo había hecho ya con el mundo de las cosas, para poder así "hacer y obrar a su antojo" con el mundo del espíritu, con lo que se convierte en el cristiano acabado y perfecto, en el egoísta. La actitud del cristiano ante el mundo antiguo da, pues, la pauta para la actitud del egoísta ante el mundo moderno. La preparación para esta carencia de espíritu forma el contenido de una vida "casi bimilenaria", vida que, naturalmente, en sus épocas capitales, sólo sucede en Alemania.

", el Espíritu Santo se convirtió con el tiempo en la idea absoluta, que, a su vez, y en múltiples refracciones, se desdobló en las diferentes ideas del humanismo, las virtudes cívicas, la racionalidad, etc.", págs. 125, 12.6. El cavilador alemán, metido en su cuarto, vuelve a invertir aquí las cosas. Las ideas del amor al hombre, etc., monedas cuyo cuño estaba ya completamente desgastado a fuerza de circular en el siglo XVIII, fueron condensadas por Hegel en el sublimado de la idea absoluta, pero sin que, a pesar de esta reacuñación„ llegaran a adquirir en el extranjero mayor cotización que el papel moneda prusiano.

La conclusión consecuente, repetida hasta la saciedad, de la concepción stirneriana de la historia es la siguiente: "Las ideas deben decidir siempre y dondequiera, las ideas deben reglamentar la vida, deben gobernar. Tal es el mundo religioso, al que Hegel da expresión sistemática" (pág. 126) y que nuestro bondadoso y simple hombre confunde hasta tal punto con el mundo real, que en la página siguiente, 127, puede decir: "Actualmente, sólo impera en el mundo el espíritu". Y, lanzándose a galopar por este mundo de la quimera, puede, al llegar a la pág. 128, construir primero un altar" y luego, "en torno a este altar" "levantar una iglesia", iglesia cuyos "muros" tienen piernas de progreso y "avanzan cada vez más". Y "pronto aquella iglesia abarca toda la Tierra". Él, el Único, y Szeliga, su siervo, permanecen fuera, "rondan en torno a estos muros y se ven impulsados hasta el límite extremo"; "clamando en el hambre que le devora.", grita San Max a su siervo: "¡Un paso más, y el mundo de lo sagrado habrá vencido!" De pronto, Szeliga "se hunde" "en el extremo abismo" que se alza sobre él, un milagro literario. En efecto, como la Tierra es esférica, el abismo, una vez que la iglesia abarca toda la Tierra, sólo puede hallarse sobre Szeliga. De este modo, San Max invierte las leyes de. la gravedad, se pone de espaldas al cielo y honra con ello a la ciencia "única" de la naturaleza, cosa tanto más fácil para él por cuanto después de lo dicho en la pág. 126, "la naturaleza de la cosa y el concepto de la relación" son indiferentes para "Stirner", "no le guían en el tratamiento de la cosa ni en la conclusión de ella" y "la relación que" Szeliga "contrae" con la gravedad es "a su vez, única por la unicidad" de Szeliga y no "depende" en modo alguno de la naturaleza de la gravedad o del modo "como otros", por ejemplo los investigadores de la naturaleza, "la rubriquen". Además y por último, "Stirner" se indigna ante el hecho de que "se separe" el "acto de" Szeliga del Szeliga "real" y se lo "enjuicie con arreglo al valor humano".

Después que San Max ha encontrado, así, un acomodo decente en el cielo a su fiel criado, avanza hacia su propia Pasión. En la pág. 95 había descubierto que hasta la "horca"' adquiere el "color de lo sagrado"; "el hombre siente horror ante el contacto con ella, hay en ella algo de desazonados, es decir, de terrorífico, de no propio". Y, para superar esta impropiedad de la horca, la convierte en su propia horca, lo que sólo puede conseguir de un modo: colgándose en ella. El León de Judá no retrocede siquiera ante este supremo sacrificio al egoísmo. El santo Cristo se hace clavar en la cruz, no en gracia a la cruz, sino para redimir a los hombres de su falta de santidad; el cristiano no santo se cuelga por si mismo en la horca para redimir a la horca de su santidad e redimirse a sí mismo de la impropiedad de la horca.

"¡El primer señorío, la primera propiedad han sido adquiridos, se ha alcanzado la primera victoria total!" El sagrado campeón ha superado ahora la historia, la ha reducido a pensamientos, a pensamientos puros que no son más que puros pensamientos y, al final de los tiempos, tiene frente a sí solamente un ejército de pensamientos. Y se pone en campaña, Él, San Max, llevando ahora sobre sus espaldas la cruz, acompañado de Szeliga, su escudero, que, recibido en el cielo a puntapiés, se presenta de nuevo ante su señor con la cabeza gacha, para dar la batalla a este ejército de pensamientos o, mejor dicho, sólo a la aureola de estos pensamientos, Esta vez es Sancho Panza, lleno de dichos morales, máximas y proverbios el que se lanza a la lucha contra lo sagrado, mientras Don Quijote asume el papel de su piadoso y fiel escudero. El honesto Sancho lucha con la misma valentía con que en otro tiempo luchara el caballero manchego [En español, en el original], y al igual que él no deja de confundir varias veces un rebaño de ovejas mongólicas con un escuadrón de fantasmas. La descarada Maritornes aparece convertida, "bajo diversas mutaciones, con el tiempo y en múltiples refracciones", en fina casta costurera berlinesa, que se muere de anemia, mientras Sancho entona una elegía, elegía que lleva a la conciencia de todos los pasantes y tenientes de la guardia aquella frase de Rabelais de que "el arma más importante del lansquenete" liberador del mundo "es la bragueta".

Sancho Panza lleva a cabo sus hazañas al reconocer en su nulidad y su vanidad todo el ejército de pensamientos con que se enfrenta. Toda la gran acción se limita simplemente a reconocer que, al final de los tiempos, todo seguirá siendo como era y sólo cambiará su representación, pero ni siquiera de las cosas, sino de las frases filosóficas acerca de las cosas.

Y ahora. después de habernos encontrado con los antiguos como el niño, el negro, el caucasiano negroide, el animal, el católico, la filosofía inglesa, el inculto, el no hegeliano, el mundo de las cosas y los realistas, y con los modernos como el joven, el mongol, el caucasiano mongólico, el hombre, el protestante, la filosofía alemana, el culto, el hegeliano, el mundo de los pensamientos, los idealistas, después de haber sucedido todo lo que el Consejo de los Guardianes había decretado desde hacía una eternidad, los tiempos, por fin, se han consumado. La unidad negativa de ambos, que se había manifestado va como el hombre, el caucasiano, el caucasiano caucásico, el cristiano perfecto, en forma de siervo, visto "en un enigma, a través de un espejo" (1.ª a los Cor., 13, 12), puede ahora, después de la Pasión y Muerte de Stirner en la horca y la Ascensión de Szeliga a su gloria, retornando a la más simple imposición de nombres, entronizarse en las nubes del cielo con una gran fuerza y un gran esplendor. "Y ahora está escrito": lo que antes era el "Se" (cfr. Ec. del Ant. Test.) se convierte ahora en el "Yo", en la unidad negativa de realismo e idealismo, del mundo de lascosas y el mundo del espíritu. Esta unidad de realismo e idealismo se llama en Schelling "indiferencia" o, traducido al berlinés Jleichjiltigkeit [Forma dialectal berlinesa de "Gleichgültigkeit", indiferencia]; en Hegel, es la unidad negativa en la que los dos momentos son superados; pero San Max, que, como buen espíritu especulativo alemán, no deja todavía en paz a la "unidad de los contrarios", no se da por contento con esto y quiere ver ante si esta unidad en un "individuo corpóreo", en un "sujeto de cuerpo entero", a lo que le ayuda, sacándole del trance, Feuerbach en las Anekdotis y en la Filosofía del futuro. Este "Yo" stirneriano que sale a relucir al final del mundo actual, no es, pues, un "individuo corpóreo", sino una categoría construida con arreglo al método hegeliano reforzado por aposiciones, cuyos nuevos "saltos de pulga" tendremos ocasión de seguir en el Nuevo Testamento. Aquí, nos limitaremos a observar que este Yo brota, en última instancia, forjándose acerca del mundo del cristiano las mismas fantasías que el cristiano se forja acerca del mundo de las cosas. Así como el cristiano se apropia el mundo de las cosas "metiéndose en la cabeza" toda suerte de fantasías acerca de él, el "Yo" se apropia el mundo cristiano, el mundo de los pensamientos, por medio de una serie de cavilaciones fantásticas acerca de este mundo. "Stirner" cree a pies juntillas lo que el cristianismo se imagina acerca de su actitud ante el mundo, lo da por probado v lo hace suyo bondadosamente.

"En conclusión decimos, pues, que el hombre es justificado por la fe, sin las obras." A los Rom. 3, 28.

Hegel, para quien también el mundo moderno se resuelve en el mundo de los pensamientos abstractos, define la misión de la filosofía moderna, por oposición a la antigua, diciendo que, en vez de liberarse, como los antiguos, de la "conciencia natural" y de "purificar al individuo, haciéndolo salir del modo sensorial inmediato, hace de él una sustancia pensada y pensante" (el espíritu), para "superar los pensamientos plasmados, determinados, fijos". Con lo cual, añade, se consuma "la dialéctica". Fenomenología, págs. 26, 27. "Stirner" se diferencia de Hegel en que lleva a cabo lo mismo que él, pero sin dialéctica.

6. LOS LIBRES

Qué tienen que hacer aquí los "Libres", nos lo dice la Economía del Antiguo Testamento. No podemos nosotros evitar que el Yo, del que nos hemos ocupado tan de cerca, quede ahora relegado ante nosotros a una vaga lejanía. No es, en modo alguno, culpa nuestra el que no pasáramos inmediatamente al Yo desde la pág. 20 "del Libro".

A.- EL LIBERALISMO POLÍTICO

La clave para comprender la crítica del liberalismo en San Max y en sus predecesores es la historia de la burguesía alemana. Destacaremos algunos momentos de esta historia, a partir de la Revolución Francesa.

El estado de Alemania al final del siglo pasado se refleja de un modo completo en la Crítica de la razón práctica de Kant. Mientras que la burguesía francesa, gracias a la revolución más gigantesca que conoce la historia, se elevó al poder y conquistó el continente europeo, y mientras que la burguesía inglesa emancipada revolucionó la industria y sometió políticamente a la India y comercialmente al resto del mundo, los impotentes burgueses alemanes sólo consiguieron remontarse a la "buena voluntad". Kant se daba por contento con la simple "buena voluntad" aunque no se tradujera en resultado alguno, y situaba en el más allá la realización de esta buena voluntad, la armonía entre ella y las necesidades y los impulsos de los individuos. Esta buena voluntad de Kant corresponde por entero a la impotencia, a la pequeñez y a la miseria de los burgueses alemanes, cuyos mezquinos intereses no han sido nunca capaces de desarrollarse hasta convertirse en los intereses comunes, nacionales, de una clase, razón por la cual se han visto constantemente explotados por los burgueses de todas las demás naciones. A estos mezquinos intereses locales correspondían, de una parte, la real limitación local y provincial de horizontes y, de otra, la arrogancia cosmopolita de los burgueses alemanes. Toda la trayectoria alemana, desde la Reforma, cobra un carácter totalmente pequeñoburgués. La vieja nobleza feudal fue, en su mayor parte, destruida por las guerras de los campesinos; todo lo que de ella quedó en pie fueron, bien los diminutos príncipes sometidos directamente al imperio, y que fueron conquistándose poco a poco cierta independencia e imitando a la monarquía absoluta en las pequeñas y mínimas proporciones de las ciudades, o terratenientes todavía más diminutos, que en parte aportaban sus reducidos patrimonios a las pequeñas cortes, para vivir luego de pequeños puestos en los pequeños ejércitos y en las oficinas del Estado, o bien Krautjunker [Hidalgo rural, en Alemania, Inglaterra y Francia respectivamente] cuyo género de vida habría avergonzado al más modesto squire inglés o gentilhomme de province francés. La tierra se cultivaba de un modo que no era el régimen de la parcelación ni el del gran cultivo y que, a pesar de persistir el vasallaje y las prestaciones feudales, jamás impulsó a los campesinos a la emancipación, tanto porque este tipo de explotación no permitía que surgiera una clase activamente revolucionaria como porque no tenía a su lado la burguesía revolucionaria correspondiente a una clase campesina de esas características. Por lo que a los burgueses se refiere, no podemos hacer otra cosa que destacar aquí dos o tres rasgos significativos, Es característico que la manufactura del lienzo, es decir, la industria que descansa sobre la rueda de hilar y el telar de mano, llegase a adquirir cierta importancia en Alemania coincidiendo precisamente con el momento en que estos toscos instrumentos eran desplazados en Inglaterra por las máquinas. Pero lo más significativo son sus relaciones con Holanda. Holanda, el único miembro de la Hansa (6) que llegó a adquirir una importancia comercial, se desprendió de ella, aisló a Alemania del comercio mundial con excepción de dos puertos (Hamburgo y Bremen y pasó a dominar desde entonces todo el comercio alemán. Los burgueses alemanes eran demasiado impotentes para poder poner coto a la explotación por parte de los holandeses. La burguesía de la pequeña Holanda, con sus desarrollados intereses de clase, era más poderosa que los burgueses de Alemania, mucho más numerosos, pero carentes de intereses o dominados por intereses mezquinos y desperdigados. Y a esta dispersión de los intereses correspondía la dispersión de la organización política del país, los pequeños principados y las ciudades libres del Imperio. ¿De dónde iba a recibir la concentración política un país en el que faltaban todas las condiciones económicas para ella? La impotencia de cada uno de los campos de la vida (no se puede hablar de estamentos ni de clases, sino a lo sumo de estamentos pretéritos y de clases futuras) no permitía a ninguno de ellos conquistar la hegemonía exclusiva. Y ello traía como necesaria consecuencia el que, durante la época de la monarquía absoluta, que aquí revestía la forma más raquítica, una forma semipatriarcal, aquella esfera especial a la que se le asignó por la división del trabajo la administración de los intereses públicos adquiriera una anormal independencia, llevada todavía más hacia adelante con la moderna burocracia. El Estado se constituyó, así, como un poder en apariencia independiente y ha conservado hasta hoy, en Alemania, esta posición que en otros países es puramente transitoria, una fase de transición. Partiendo de esta posición se explica tanto la honrada conciencia burocrática, que en otros países no se da nunca, como todas esas ilusiones acerca del Estado que en Alemania se abren paso, y la aparente independencia que en este punto adoptan los teóricos con respecto a los burgueses, la aparente contradicción entre la forma en que estos teóricos defienden los intereses de la burguesía y los intereses racismos.

También en Kant nos encontramos, una vez más, con la forma característica que en Alemania adoptó el liberalismo francés, basado en los intereses de clase reales. Ni Kant ni los burgueses alemanes de los que era aplacador portavoz se daban cuenta de que estos pensamientos teóricos de los burgueses descansaban sobre intereses materiales y sobre una voluntad condicionada y determinada por las condiciones materiales de producción; por eso Kant separaba esta expresión teórica de los intereses por ella expresados, convertía las determinaciones materialmente motivadas de la voluntad de la burguesía francesa en autodeterminaciones puras de la "libre voluntad", de la voluntad en sí y para sí, de la voluntad humana, convirtiéndolas con ello en determinaciones conceptuales puramente ideológicas y en postulados morales. De aquí que los pequeños burgueses alemanes se aterraran ante la práctica de este enérgico liberalismo burgués, tan pronto como se manifestó tanto en el régimen del terror como en el desvergonzado lucro de la burguesía.

Bajo la dominación napoleónica, siguieron los burgueses alemanes entregados a sus mezquinos regateos y a sus grandes ilusiones. Acerca del espíritu de regateo que por aquel entonces prevalecía en Alemania puede San Sancho consultar, entre otros autores, a Jean Paul, para citar tan sólo fuentes de la amena literatura a él asequibles. Los burgueses alemanes que hablaban vial de Napoleón porque les obligaba a beber achicoria y porque venía a perturbar la tranquilidad de su país con la conscripción y el acuartelamiento, derramaban sobre él todo su odio moral y sobre Inglaterra toda su admiración; mientras que Napoleón les prestaba los mayores servicios, al limpiar los establos de Augías de Alemania y al organizar las comunicaciones propias de un país civilizado, los ingleses sólo aguardaban la ocasión de explotarlos á tort et à travers [De arriba abajo, brutalmente]. A la manera pequeñoburguesa, lo mismo en uno que en otro caso, los príncipes alemanes se imaginaban luchar en pro del principio de la legitimidad y en contra de la revolución, cuando en realidad se limitaban a actuar como lansquenetes a sueldo de los burgueses de Inglaterra. Bajo estas ilusiones generales, era perfectamente lógico que llevaran la voz cantante los estamentos que gozaban del privilegio de las ilusiones, los ideólogos, los maestros de escuela, los estudiantes, los afiliados a las Ligas de la Virtud, dando una expresión análoga v superabundante a las fantasías generales y a la ausencia general de intereses.

La revolución de Julio -saltando por encima de las etapas intermedias, ya que sólo se trata de apuntar aquí algunos de los puntos capitales- impuso a los alemanes desde fuera las formas políticas en consonancia con la burguesía desarrollada. Y, como las relaciones económicas no habían alcanzado aún en Alemania, ni con mucho, la fase de desarrollo correspondiente a estas formas políticas, los burgueses aceptaron estas formas políticas solamente como ideas abstractas, como principios de por sí indiferentes, como buenos deseos y frases, como autodeterminaciones kantianas de la voluntad y de los hombres tal y como debieran ser. De aquí que se comportaran hacia ellas en una actitud mucho más moral y desinteresada que otras naciones; dicho en otras palabras, dieron pruebas de una limitación de horizontes verdaderamente extraordinaria, y todas sus aspiraciones se quedaron en letra muerta.

Por último, la competencia cada vez más violenta del extranjero y del comercio mundial, a la que cada vez menos podía sustraerse Alemania, obligó a los desperdigados intereses locales alemanes a una cierta comunidad. Los burgueses alemanes comenzaron, sobre todo desde 1840, a pensar en asegurar estos intereses comunes; se hicieron nacionales y liberales y exigieron aranceles protectores y constituciones, llegaron, pues, ahora, sobre poco más o menos, a donde habían llegado los burgueses franceses de 1789.

Cuando, como hacen los ideólogos berlineses, se enjuicia al liberalismo y al Estado, incluso dentro de los marcos de las impresiones locales de Alemania o hasta limitándose a criticar las ilusiones burguesas alemanas acerca del liberalismo, en vez de enfocarlo en conexión con los intereses reales de los que ha brotado y fuera de los cuales no puede existir realmente, se llega, naturalmente, a los resultados más absurdos con respecto al mundo. Este liberalismo alemán, tal y como se lo proclamaba todavía hasta estos últimos tiempos, es, como liemos visto, ya bajo su forma popular, simplemente una serie de fantasías, una ideología acerca del liberalismo real. Nada más fácil, por tanto, que convertir totalmente su contenido en filosofía, en puras determinaciones conceptuales, en el "conocimiento de la razón". Y si, encima, se es tan desdichado que sólo se conoce el liberalismo ya patentado bajo la forma sublimada que le han dado Hegel y los maestros de escuela puestos a su servicio, se llega a conclusiones que pertenecen exclusivamente al reino de lo sagrado. Un triste ejemplo de esto nos lo suministra nuestro Sancho.

"Tanto se ha hablado en los últimos tiempos", en el mundo activo, de la dominación de los burgueses, "que no debe uno asombrarse de" que "la noticia de ello haya llegado ya hasta Berlín", a través de la traducción de L. B1anc hecha por el berlinés Buhl, etc., y que allí haya atraído la atención de los apacibles maestros de escuela (Wigand, pág. 190). No se puede decir, sin embargo, que "Stirner", en su método de apropiación de las representaciones en curso se Naya "asimilado un giro especialmente beneficioso y rentable" (Wig., ibíd.), como se desprendía ya de su modo de explotar a Hegel y se verá ahora, en lo que sigue.

A nuestro maestro de escuela no se le escapa que, en los últimos tiempos, se identifica a los liberales con los burgueses. Y, como San Max identifica a los burgueses con los buenos burgueses, los pequeños burgueses alemanes, resulta que no recoge lo que se le entrega tal y como ha sido realmente expresado por todos los escritores competentes, a saber: de tal modo que los tópicos liberales sean la expresión idealista de los intereses reales de la burguesía, sino a la inversa, en el sentido de que la mira última del burgués es convertirse en un liberal perfecto, en un ciudadano del Estado. Para él, no es el bourgeois la verdad del citoyen, sino, por el contrario, el citoyen la verdad del bourgeois. Y esta manera, tan santa como alemana, de comprender el problema va tan allá. que en la pág. 130 se nos convierte "la ciudadanía" (debiera decir, la dominación de la burguesía en un "pensamiento, nada más que en un pensamiento" y "el Estado" se presenta como "el verdadero hombre" que, en los "derechos humanos", concede a los burgueses individuales los derechos "del" hombre, la verdadera consagración, y todo ello después que las ilusiones acerca del Estado y los derechos humanos fueron ya suficientemente puestas de manifiesto en los Anales Franco-Alemanes,[3] hecho éste que por fin hubo de poner de manifiesto San Max en un "comentario apologético" del año 1845. Así, puede ahora convertir al burgués, distinguiéndolo del burgués empírico como liberal .de por sí, en el liberal santo, como convierte al Estado en "lo sagrado" y la relación entre el burgués y el Estado moderno en una relación sagrada, en un culto (pág. 131), con lo que, en rigor, pone fin a su crítica acerca del liberalismo político. Lo ha convertido en "lo sagrado".

Pondremos aquí algunos ejemplos de céino San Max adorna esta propiedad suya con arabescos históricos. Se vale para ello de la Revolución Francesa, para lo que su corredor en historia, San Bruno, le transmite, a base de un pequeño contrato de suministro, unos cuantos datos.

Por medio de algunas palabras de Bailly, transmitidas a su vez por las "Cosas notables" de San Bruno, "adquieren" "los que hasta entonces eran súbditos", gracias a la convocatoria de los Estados Generales, "la conciencia de ser los dueños" (pág. 132). Al revés, mon brave [Mi buen amigo], los que ya de antes eran los dueños manifiestan con ello la conciencia de que ya no son simplemente súbditos, conciencia que ya se había adquirido desde mucho antes, por ejemplo en los fisiócratas, y polémicamente contra los burgueses en Linguet, Théorie des lois civiles, 1767, en Mercier, en Mably y en todos los escritos contra la fisiocracia. Y este sentido fue reconocido inmediatamente al comienzo de la revolución, por ejemplo por Brissot, Fauchet, Marat, en el Cercle social, y por todos los adversarios democráticos de Lafayette, Si San .Max hubiese enfocado así el asunto, es decir, tal y como realmente sucedió, independientemente de su corredor en historia, no se asombraría de que "las palabras de Bailly parecieran, ciertamente, significar [que cada cual era un dueño…"].

[… "Stirner" cree que "a «los buenos ciudad] años» puede serles [indiferente quién] [les protege a ellos y a sus principios], si un rey absoluto, un rey constitucional o una república, etc.". Esto es "indiferente", por supuesto, para los "buenos ciudadanos" que beben tranquilamente su cerveza blanca en una bodega berlinesa, pero no lo es, ni mucho menos, para los ciudadanos históricos. Y es que el "buen ciudadano" "Stirner" se imagina aquí una vez más, como en todo el capítulo, que los burgueses de Francia, de Norteamérica y de Inglaterra son los buenos filisteos berlineses bebedores de cerveza blanca. Traducida de la forma de la ilusión política a un buen alemán, la frase anterior quiere decir lo siguiente: a los burgueses "puede serles indiferente" el que su dominación sea ilimitada o el que otras clases contrarresten su poder político y económico. San Max cree que un rey absoluto o quien sea puede proteger a los burgueses tan bien como se protegen ellos mismos. Y que un "rey absoluto" va a poder, incluso, defender "los principios de ellos", que consisten en someter el poder del Estado al chacun pour soi, chacun chez soi [Cada cual para sí, cada cual en lo suyo] y en explotarlo a su servicio. ¿Por qué no nos cita San Max un país donde, desarrolladas ya las relaciones del comercio y de la industria y bajo una gran competencia, los burgueses se dejen proteger por un "rey absoluto"? Después de convertir así a los burgueses históricos en filisteos alemanes al margen de la historia, "Stirner" va no necesita tampoco conocer a otros burgueses que a los "apacibles ciudadanos y leales funcionarios" (!), dos espectros que sólo se dejan ver en el "sacro" suelo alemán, para luego resumir a toda la clase bajo el nombre de "obedientes servidores" (pág. 139). ¿Por qué no echa un vistazo, en busca de estos obedientes servidores, a las bolsas de Londres, Manchester, Nueva York y París? Puesto que San Max se ha puesto en marcha, podría también ahora recorrer the whole hog [Recorrer todo el camino, hacer algo cabalmente] y dar crédito a un limitado teórico de los Ventiún Pliegos cuando dice que "el liberalismo es el conocimiento de la razón aplicado a nuestras condiciones existentes" y declarar que "los liberales son fanáticos de la razón". Por estas [...] frases puede verse hasta qué punto los alemanes [se resisten a] desprenderse de sus primeras ilusiones acerca del libera[lismo]. "Abraham, esperando contra toda esperanza, creyó - por lo cual también le fue imputado a justicia". (Rom. 4, 18 y 22).

"El Estado paga bien para que sus buenos ciudadanos puedan sin riesgo pagar mal; se asegura sus servidores, de los que, con buena paga, forma un poder protector, una policía, para los buenos ciudadanos; y los buenos ciudadanos le pagan a él con gusto altos impuestos, para retribuir con menos salarios a sus obreros", pág. 152. Debiera decir: los burgueses pagan bien a su Estado y hacen que la nación pague por ello, para poder pagar mal sin peligro; se aseguran por medio de un buen pago, un poder protector, una policía en los servidores del Estado; pagan con gusto y hacen que la nación pague altos impuestos para poder imponer luego a sus obreros, sin peligro, como tributos (descontándoselo de los salarios) lo que ellos pagan. "Stirner" descubre aquí la novedad económica de que el salario es un impuesto, un tributo que el burgués paga al proletario, mientras que los demás economistas, los profanos, ven en los impuestos un tributo que el proletario paga al burgués,

De la sagrada burguesía pasa ahora nuestro santo Padre de la Iglesia a hablar del proletariado "único" de Stirner. (pág. 118), formado por "caballeros de industria, cortesanos, ladrones, bandidos y asesinos, jugadores, gente sin oficio ni beneficio y personas desaprensivas" (Ibíd.). Forman "el proletariado más peligroso" y se reducen por un momento a "gritones aislados" y, finalmente, a "vagabundos", cuya expresión más acabada son los "vagabundos espirituales", incapaces de "mantenerse dentro de los límites de un modo de pensar moderado" - "¡Tan amplio sentido tiene el llamado proletariado o" (per appos.) "el pauperismo!" (pág. 159).

[El proletariado, en la pág. 151, "es absorbido, [por el contrario], por el Estado". Todo [el] proletariado se halla formado, pues, por burgueses y proletarios arruinados, por una colección de andrajosos que han existido en todas las épocas y cuya existencia en masa, después del final de la Edad Media, precedió al nacimiento en masa del proletariado profano, cosa de la que San Max podría convencerse leyendo la legislación y la literatura inglesas y francesas. Nuestro santo se forma la misma idea del proletariado que "los buenos apacibles ciudadanos" y, sobre todo, los "leales empleados". Por eso, consecuente con su idea, identifica al proletariado con el pauperismo, siendo así que el pauperismo es la situación del proletariado arruinado, la fase final en que se hunde el proletario incapaz de ofrecer resistencia a la presión de la burguesía, ya que sólo es pobre el proletario despojado de toda energía. Cfr. Sismondi, Wade, etc. "Stirner" y consortes, por ejemplo, podrían, a los ojos de los proletarios, en ciertas circunstancias, pasar probablemente por pobres, pero nunca por proletarios.

He ahí las ideas "propias" de San Max acerca de la burguesía y el proletariado. Pero, en vista de que estas imaginaciones acerca del liberalismo, de los buenos ciudadanos y los vagabundos no le llevan, naturalmente, a nada, se ve obligado, para poder operar el tránsito al comunismo, a traer a escena a los burgueses y proletarios reales, profanos, en la medida en que ha oído hablar de ellos. Así lo hace en las págs. 151 y 152, donde el lumpenproletariado se convierte en los "obreros", en los proletarios profanos, y los burgueses pasan, "con el tiempo" por una serie de "diversas mutaciones" y de "múltiples refracciones". En una de las líneas dice: "los poseedores mandan": son los burgueses profanos, y seis líneas más abajo: "El ciudadano es lo que es por la gracia del Estado": estos ciudadanos son los burgueses sagrados; tras seis líneas más adelante, leemos: "El Estado es el status de la ciudadanía": burgueses profanos, pronunciamiento que se explica diciendo que "el Estado de los poseedores" da "su posesión en feudos" y que "el dinero y los bienes" de los "capitalistas" es ese "patrimonio del Estado" que este da en "feudos": la burguesía sagrada. Al final, este Estado todopoderoso se convierte de nuevo en "el Estado de los poseedores'", es decir de los burgueses profanos, con lo que guarda consonancia la siguiente frase: "La burguesía se hizo omnipotente con la revolución", pág. 156. Nunca San Max habría llegado por sí mismo a estas "horribles" contradicciones que "torturan el alma" o, por lo menos, nunca se habría atrevido a promulgarlas, de no haber venido en su ayuda la palabra alemana "Bürger", que puede interpretar a su antojo, unas veces como "citoyen", otras como "bourgeois" y otras como el "buen ciudadano" alemán.

Antes de seguir adelante, debemos registrar aún dos grandes descubrimientos en materia de economía política que nuestro buen hombre "saca a luz" "en la paz del ánimo" y que tienen de común con el "goce del adolescente" de la pág. 17 el ser también "pensamientos puros".

En la pág. 150, se reducen todos los males de las condiciones sociales existentes al hecho de que "burgueses y obreros creen en la «verdad» .del dinero". Jacques le bonhomme, como se ve, se imagina que depende de los "burgueses" y los "obreros", desperdigados por todos los estados civilizados del mundo, el levantar acta, un buen día por la mañana, de golpe y porrazo, de su "falta de fe" en la "verdad del dinero", y cree incluso que, si semejante absurdo fuese posible, se conseguiría algo con ello. Cree que cualquier literato de Berlín puede abolir la "verdad del dinero" ni más ni menos que como, dentro de su cabeza, le es dable abolir la "verdad" de Dios o de la filosofía hegeliana. A un santo como San Max, que mira al cielo y vuelve su profano trasero al mundo profano, le tiene sin cuidado, naturalmente, el que el dinero sea un producto necesario de ciertas relaciones de producción y de intercambio y se mantenga en pie como una "verdad" mientras estas relaciones existen.

El segundo de los descubrimientos se hace en la pág. 152 y consiste en que "el obrero no puede valorizar su trabajo" - porque "cae en manos" "de aquellos" que han recibido "en feudo" "algún bien del. Estado". Lo que no es sino una nueva explicación de la tesis de la pág. 151, ya citada más arriba, según la cual el obrero es absorbido por el Estado. Ante lo que cualquiera se hace en seguida "la simple reflexión" –que Stirner" no se la haga no es "de extrañar"- de cómo se explica que, simulo así, el Estado no entregue también cualquier "bien del Estado" "en feudo" a los "obreros". De haberse formulado esta pregunta, probablemente San Max se habría ahorrado su construcción de la ciudadanía "sagrada", pues necesariamente se habría dado cuenta de cuáles son las relaciones entre los poseedores y el Estado moderno.

A través de la contraposición entre burguesía y proletariado -esto lo sabe hasta "Stirner"- se llega al comunismo. Pero, cómo se llega a ello, esto lo sabe solamente "Stirner".

"Los obreros tienen en sus manos el poder más formidable: les basta con paralizar el trabajo y considerar y disfrutar lo elaborado como suyo. Tal es el sentido de los disturbios obreros que se producen de vez en cuando", pág. 153. Los disturbios obreros, que ya bajo el emperador bizantino Zenón dieron origen a una ley (Zenón, De novis operibus constitutio [Decreto sobre los nuevos servicios o trabajos]) , que "se produjeron" en el. siglo XIV con la Jacquerie y la sublevación de Wat Tyler, en 1518 en Londres cuando el evil may-day [Fatal día de mayo] y en 1549 con la gran rebelión del curtidor Kett; que luego ocasionaron los Acts 2 y 3 Eduardo VI, 15, y una serie de resoluciones parlamentarias; que poco después„ en 1640 y 1659 (ocho sublevaciones en un solo año) ocurrieron en París y que ya desde el siglo XIV, a juzgar por la correspondiente legislación, debieron de ser frecuentes en Francia e Inglaterra; la continua guerra que, desde 1770 en Inglaterra y desde la revolución en Francia, mantienen los obreros contra los burgueses con las armas de la violencia y la astucia: todo esto sólo existe, para San Max "de vez en cuando", en Silesia, en Posen, en Magdeburgo y en Berlín, "según anuncian los periódicos alemanes". A la manera como se lo imagina Jacques le bonhomme, lo elaborado seguiría existiendo y reproduciéndose .siempre, como objeto de "consideración" y "disfrute", aunque los productores "paralizaran el trabajo". Como hace arriba con el dinero, nuestro buen ciudadano vuelve a convertir aquí a "los obreros", desperdigados por todo el mundo civilizado, en una sociedad cerrada, que no tiene más que tomar un acuerdo, para verse libre de todas las dificultades. San Max ignora, naturalmente, que solamente desde 1830 se han hecho en Inglaterra cincuenta intentos, por lo menos, y que en los momentos actuales todavía se hace otro, para agrupar a todos los obreros, solamente de Inglaterra, en una sola asociación y que razones altamente empíricas han hecho fracasar todos estos proyectos. Ignora que incluso una minoría de los obreros, unidos para paralizar el trabajo, se ve muy pronto obligada a actuar revolucionariamente, hecho que habría podido comprobar en la insurrección inglesa de 1842 y, ya antes, en la insurrección gala de 1839, en cuyo año la excitación revolucionaria entre los obreros cobró por primera vez extensa expresión en el "mes sagrado", que se proclamó simultáneamente con el armamento general del pueblo. Por donde puede verse, una vez más, cómo San Max trata por doquier de hacer pasar sus absurdos por "el sentido" de los hechos históricos, sin conseguirlo más que con respecto a su "Se"; hechos históricos "en los que desliza por debajo de cuerda su sentido y que, con ello, se convierten necesariamente en un contrasentido" Wigand, pág. 194) . Por lo demás, a ningún proletario se le pasa por las mientes ir a aconsejarse con San Max acerca del "sentido" de los movimientos proletarios o de lo que es necesario hacer ahora en contra de la burguesía.

Después de esta gran campaña, nuestro San Sancho se retira junto a su Maritornes con la siguiente fanfarria:

El Estado descansa sobre la esclavitud del trabajo. Cuando el trabajo sea libre, el Estado se verá perdido" (pág. 153).

El Estado moderno, la dominación de la burguesía, descansa sobre la libertad del trabajo. San Max, como de costumbre, aunque con rasgos harto caricaturescos, se abstrae por sí mismo de los Anales francoalemanes, donde se ve que, con la libertad de la religión, del Estado, del pensamiento y por ahí adelante, y también, "por tanto", "así también" y "acaso" del trabajo, no Yo, sino uno de mis déspotas se hace libre. La libertad del trabajo es la libre competencia entre los obreros. San Max tiene muy poca suerte, como en todos los otros campos, también en el de la economía política. El trabajo es libre en todos los países civilizados; no se trata de liberar al trabajo, sino de abolirlo.

B.- EL COMUNISMO

San Max llama al comunismo el "liberalismo social", pues sabe seguramente la mala fama que la palabra liberalismo tiene entre los radicales de 1842 y entre los más avanzados de todos, que son los librepensadores berlineses. Y esta metamorfosis le da ocasión y valor para poner en labios de los "liberales sociales" diversas cosas que nunca habían sido dichas antes de "Stirner" y cuya refutación conducirá, al mismo tiempo, a la refutación del comunismo.

La superación del comunismo se lleva a cabo por medio de una serie de construcciones, en parte lógicas y en parte históricas.

Primera construcción lógica. Porque "Nos veamos convertidos en servidores de egoístas", "no debemos" "convertirnos Nosotros" mismos "en egoístas, sino más bien hacer imposibles a los egoístas. Debemos convertirlos a todos ellos en desharrapados, no querernos poseer nada, para que «todos» posean. Así piensan los sociales. ¿Quién es esa persona a la que llamáis «todos»? Es la «sociedad»", pág. 153.

Por medio de un par de comillas, Sancho convierte aquí a "todos" en una persona, la sociedad como persona, como sujeto = a la sagrada sociedad, a lo sagrado. Ahora, nuestro santo sabe ya donde está y puede dar rienda suelta a su entusiasmo contra "lo sagrado", con lo que, naturalmente, queda destruido el Comunismo.

"No es de extrañar" que, aquí, San Max vuelva a poner en boca de los "Sociales" su propia necedad, atribuyéndosela como el sentido propio de ellos. En primer lugar, identifica el "tercer" como propietarios privados con el "tener" en general. En vez de detenerse a considerar las relaciones específicas entre la propiedad privada y la producción, el "tener" como terrateniente, como rentista, como comerciante, como fabricante y como obrero -en el que la "tenencia" se revela como un tener muy determinado, como el mando sobre el trabajo ajeno-, convierte todas estas relaciones en el "tener"………[Faltan cuatro páginas en el manuscrito]………el liberalismo político, que hacía de la "nación" la suprema propietaria. El comunismo ya no tiene, por tanto, ninguna "propiedad personal" que "abolir", sino, a lo sumo, que equilibrar la distribución de los "feudos", introducir en ello la "égalité". Acerca de la sociedad como "suprema propietaria" y de los "desharrapados", puede consultar San Max, entre otras cosas, el Égalitaire de 1810: "La propiedad social es una contradicción; en cambio, la riqueza social es una consecuencia del comunismo. Fourier dice cien veces, por oposición a los pudorosos moralistas burgueses, que el mal social no está en que unos cuantos posean demasiado, sino en que todos posean poco'", lo que le lleva también a señalar. La fausse industrie, París, 1835, pág. 410, la "pobreza de los ricos". Y ya en 1839, es decir, antes de las Garantías de Weitling, en la revista comunista alemana Die Stimme des Volks [La Voz del Pueblo], que veía la luz en París, cuaderno 11, pág. 14, se decía, por la misma razón: "La propiedad privada, la tan ensalzada, laboriosa, placentera e inocente «adquisición privada», atenta manifiestamente contra la riqueza de la vida". San Sancho abraza aquí la idea de algunos de los liberales que se pasan al comunismo y el modo de expresarse de algunos comunistas que, por razones de orden muy práctico, hablan en forma política en favor del comunismo.

Después de transferir la propiedad a la "sociedad", todos los copartícipes de esta sociedad se convierten inmediatamente, para él, en desposeídos y desharrapados, a pesar de que ellos mismos, en la representación que él se forma del orden de cosas comunistas, "poseen" a la "suprema propietaria". La bien intencionada propuesta que hace a los comunistas de "elevar la palabra «desharrapado» a título de honor. a la manera como hizo la revolución con la palabra ciudadano", es un ejemplo bien palmario de cómo confunde el Comunismo con algo que pertenece ya al remoto pasado. La misma revolución, por oposición a las "honnétes gens", que él traduce muy pobremente por buenos ciudadanos, se ha encargado de "elevar a título de honor" la palabra sans-culotte. San Sancho hace eso para que se cumpla la palabra escrita por el profeta Merlín acerca de los tres mil y trescientos azotes que deberá darse el hombre que ha de venir [Los versos que siguen aparecen citados en español, en el original]:

Es menester que Sancho, tu escudero,
Se dé tres mil azotes y trescientos
En ambas sus valientes posaderas
Al aire descubiertas, y de modo
Que le escuezan, le amarguen y le enfaden.

(Don Quijote, parte II, cap. XXXV).

San Sancho registra "la elevación de la sociedad a la suprema propietaria", como "segundo robo cometido contra lo personal, en interés de la humanidad", mientras que el comunismo sólo es el robo acabado y perfecto contra el "robo de lo personal". "Porque considera el robo como condenable sin ningún género de duda, cree, por ejemplo", San Sancho "haber anatematizado" el comunismo "ya con la anterior" "tesis". ("El Libro", pág. 102). Si "Stirner" "había" "venteado incluso el robo" en el comunismo, ¡"cómo no había de sentir contra él una «profunda repugnancia» y una «legítima indignación»"! (Wig., pág. 156). Retamos por la presente a "Stirner" a que nos nombre al burgués que haya escrito sobre el comunismo (o sobre el cartismo) y no haya prorrumpido con mucho énfasis en la misma necedad. El comunismo cometerá, por supuesto, un "robo" contra lo que el burgués considera como "personal".

Primer corolario, pág. 349: "El liberalismo se presentó en seguida con la explicación de que forma parte de la esencia del hombre el ser, no propiedad, sino propietario. Como de lo que se trataba era del hombre, y no del individuo, el cuánto, que constituía precisamente el interés específico de los individuos, quedaba encomendado a éstos. De aquí que el egoísmo de los individuos retuviese en este cuánto el mayor margen de libertad e impulsase una incansable competencia". Es decir, el liberalismo, o sean los propietarios privados liberales, dieron al comienzo de la Revolución Francesa una apariencia liberal a la propiedad privada, al proclamarla como un derecho humano. Se veían obligados a hacerlo así Por su posición como partido revolucionario; se vieron obligados, incluso, a dar a la masa del pueblo campesino de Francia, no sólo el derecho de propiedad, sino también a dejarle que tomase la propiedad real y efectiva, y podían hacerlo así porque con ello salía indemne y hasta quedaba asegurado su "cuánto", que era lo que fundamentalmente les importaba. Vemos confirmado aquí, además, cómo San Max hace a la competencia brotar del liberalismo, azote que se permite dar a la historia en venganza de los que, como más arriba hemos visto, se tuvo que propinar él a sí mismo. La "explicación más precisa" del manifiesto con que hace que "se presente en seguida" el liberalismo la encontramos en Hegel, quien en 1820 se expresaba así: "Con relación a las cosas exteriores, lo racional" (es decir, lo que me cuadra como razón, como hombre) "es que yo posea propiedad; - qué posea y cuánto, será, por tanto, una contingencia jurídica" (Filos. del der., § 49). Lo característico en Hegel es que convierte la frase del burgués en un concepto real, en la esencia de la propiedad, lo que "Stirner" se apresura a imitar de él sumisamente. San Max hace descansar en el razonamiento anterior la manifestación ulterior de que el comunismo "planteó el problema del cuanto de la posesión, contestándolo en el sentido de que el hombre debe poseer lo que necesita. ¿Se contentará con eso Mi egoísmo? Debo más bien poseer tanto como sea capaz... de apropiarme" (pág. 349). En primer lugar, hay que hacer notar, a este propósito, que el comunismo no ha surgido en modo alguno del § 49 de la Filosofía del derecho de Hegel y de su "qué y cuánto". En segundo lugar, "al comunismo" no se le ocurre dar algo "al hombre", ya que "el comunismo" no piensa que "el hombre" "necesite" algo, como no sea un breve esclarecimiento crítico. En tercer lugar, "Stirner" atribuye al comunismo, por debajo de cuerda, las "necesidades" del burgués actual; introduce, por tanto, una distinción que, en su miserable pobreza, sólo puede tener importancia dentro de la sociedad actual y de su imagen ideal, que es la asociación stirneriana de "gritones individuales" y de costureras libres. "Stirner" revela de nuevo una gran "penetración" con respecto al comunismo. Finalmente, en su postulado acerca de la necesidad de poseer tanto cuanto pueda ser capaz de apropiarse (a menos que no se trate de la frase burguesa habitual de que cada cual debe llegar a poseer lo que pueda, es decir, del derecho de la libre adquisición), da el comunismo ya por implantado, para poder desarrollar y hacer valer libremente su "capacidad", lo que en modo alguno depende sólo de él, ni de su "capacidad", sino que depende también de las condiciones de producción y de intercambio en que vive. (Cfr. más abajo, la "asociación"). Por lo demás, San Max no procede ni siquiera con arreglo a su propia doctrina, ya que en todo su "Libro" revela que "necesita", usa y consume cosas que "no es capaz" de "apropiarse", de asimilarse.

Segundo corolario. "Pero los reformadores sociales nos predican un derecho social. El individuo se convierte aquí en esclavo de la sociedad", pág. 246. "A juicio de los comunistas, cada cual debe disfrutar de los eternos derechos humanos", pág. 238. De las expresiones derecho, trabajo, etc., tal y como las emplean los escritores proletarios y del modo como debe comportarse hacia ellas la crítica, hablaremos al tratar del "verdadero socialismo" (véase tomo II). Por lo que al derecho se refiere, nosotros hemos puesto de relieve, entre muchos otros, la contraposición entre el comunismo y el derecho, tanto el político como el privado y bajo la forma más general de todas, la del derecho humano. Véanse los Anales franco-alemanes, donde se concibe el privilegio, el derecho preferente, como lo que corresponde a la propiedad privada vinculada a un estamento, y el derecho en general como lo que corresponde al estado de la competencia, de la libre propiedad privada, pág. 206 y en otros lugares; y lo mismo el derecho humano como privilegio y la propiedad privada como monopolio; y allí, pág. 72, se entrelaza también la crítica del derecho con la filosofía alemana y se la enfoca como una consecuencia de la crítica de la religión, y se conciben expresamente los axiomas del derecho que deben conducir al comunismo como axiomas de la propiedad privada y el derecho a poseer en común como una premisa imaginaria del derecho de propiedad privada, págs. 98, 99. Por lo demás, solamente a un maestro de escuela berlinés se le podía ocurrir oponer a un Babeuf la fraseología reproducida más arriba y tomarlo por representante teórico del comunismo. Sin embargo, no tiene escrúpulo en afirmar, página 247, que el comunismo, el cual profesa "que los hombres tienen por naturaleza derechos iguales, refuta su propia tesis al decir que no tienen por naturaleza derecho alguno. Pues no quiere, por ejemplo, reconocer que los padres tienen derechos respecto a los hijos, ya que suprime la familia. Todo este principio revolucionario o babeuviano (cfr. Los comunistas en Suiza, Informe de una Comisión, pág. 3) descansa sobre una concepción religiosa, es decir, falsa". Llega un yanqui a Inglaterra, se encuentra con que el juez de paz le impide azotar a su esclavo y exclama, con gran indignación: Do you call this a land of 1iberty, where a man can't larrup his nigger? [¿Llaman ustedes país libre a éste, donde uno no puede zurrar a su negro?] San Sancho se pone aquí en ridículo por partida doble. De una parte, considera como una abolición de los "derechos iguales de los hombres" el hecho de que se hagan valer los "derechos iguales por naturaleza" de los hijos frente a los padres, de que se conceda tanto a los hijos como a los padres el mismo derecho humano. De otra parte, Jacques le bonhomme cuenta, dos paginas antes, que el Estado no se inmiscuye si el hijo es azotado por el padre, porque reconoce el derecho de familia. Por tanto, lo que en un sitio presenta como un derecho particular (el derecho de familia) lo incluye en el otro entre "los derechos iguales por naturaleza de los hombres". Finalmente, nos confiesa que sólo conoce a Babeuf por el informe de Bluntschli, el cual nos confiesa a su vez, pág. 3, que ha extraído su sabiduría del despierto L. Stein, doctor en derecho. Qué profundo conocimiento posee San Sancho del comunismo, se desprende de esta cita. Así como San Bruno es su corredor en materia de revolución, San Bluntschli es su corredor en materia de comunismo. Así las cosas, no puede tampoco sorprendernos si, un par de líneas mas adelante, nuestra voz de Dios en la tierra reduce la fraternité [Fraternidad] de la revolución a la "igualdad de los hijos de Dios" (¿en qué tratado de dogmática cristiana aparece la palabra égalité? [Igualdad]) .

Tercer corolario, pág. 414. Puesto que el principio de la comunidad culmina en el comunismo, tenemos que el comunismo = "gloria del Estado del amor". Del Estado del amor, fabricación propia de San Max, deriva éste aquí el comunismo, que, en estas condiciones, resulta ser también, como es natural, un comunismo exclusivamente stirneriano. San Sancho sólo conoce, de una parte, el egoísmo y, de otra, la exigencia de servicios de amor, de caridad y de limosnas de la gente. Fuera y por encima de este dilema no existe nada, para él.

Tercera construcción lógica. "Como en la sociedad se ponen de manifiesto los males más opresores, piensan especialmente" (!) "los oprimidos" (!) "que la culpa de ello se encuentra en la sociedad y se proponen como misión descubrir la sociedad justa", pág. 155. "Stirner", por el contrario, "se propone como misión" "descubrir" "la sociedad" que a él le cuadra, la sociedad sagrada, la sociedad como lo sagrado. Los hoy "oprimidos" "en la sociedad" "piensan" solamente en imponer la sociedad que a ellos les cuadra y que consiste, ante todo, en la abolición de la sociedad actual sobre la base de las fuerzas productivas preestablecidas. Porque, e.g.*, "se pongan de manifiesto" en una máquina "males opresores" que le impiden, por ejemplo, marchar, y los que la necesitan, por ejemplo para sacar de ella dinero, habiendo descubierto la causa de los males, deciden transformarla, etc., se proponen como misión, según San Sancho, no el arreglar la máquina deteriorada, sino el descubrir la máquina justa, la máquina sagrada, la máquina como lo sagrado, lo sagrado como la máquina, la máquina en el cielo. "Stirner" les aconseja que busquen la culpa "dentro de sí". ¿No es culpa suya, por ejemplo, el que necesiten de la azada y del arado? ¿No podían cavar la tierra con las uñas, para sembrar y desenterrar las patatas? El santo les predica acerca de esto, en la pág. 156: "Es una vieja tendencia la de querer descubrir la culpa en todo los demás menos en uno mismo; querer buscarla en el Estado o en la avaricia de los ricos, aunque es justamente, sin embargo, culpa nuestra". El "oprimido" que busca "en el Estado" "la culpa" del pauperismo no es, como más arriba veíamos, otro que el propio Jacques le bonhomme. Y, en segundo lugar, el "oprimido" que se tranquiliza creyendo haber descubierto la "culpa" en la "avaricia del rico" es también Jacques le bonhomnie. En la obra Facts and Fictions [Hechos y ficciones], del sastre y doctor en filosofía John Watt, en la de Hobson, Poor Man's Companion [El compañero del pobre], etc., habría podido ver con mayor claridad en lo tocante a los otros oprimidos. ¿quién es, en tercer lugar, la persona que sirve de sujeto a "nuestra culpa"? ¿Acaso el niño proletario que nace escrofuloso, al que se cría con opio y que a los siete años entra a trabajar en la fábrica; o tal vez el obrero individual, a quien aquí se incita a "sublevarse" contra el mercado mundial con sus solos puños; o quizá la muchacha condenada o a morir de hambre o a prostituirse? No, sino solamente quien busca "toda la culpa", es decir, la "culpa" de todo el estado actual del mundo, "en sí" mismo; es decir, nadie sino, una vez más, el mismísimo Jacques le bonhomme; "Es la vieja tendencia" de la introspección y la penitencia cristianas bajo forma germánico-especulativa, de la fraseología idealista, en la que yo, el hombre real, no puedo cambiar la realidad, que sólo puedo modificar en unión de otros, pero puedo cambiarme a mí mismo. "Es la lucha interior del escritor consigo mismo" (La sagrada familia, pág. 122, cfr. págs. 73, 121 y 306).

Según San Sancho, los oprimidos por la sociedad buscan, pues, la sociedad justa. Consecuente con esto, debía hacer también que quienes "buscan la culpa en el Estado", y ambos son en él las mismas personas, buscaran el Estado justo. Pero no puede hacerlo, pues ha oído algo de que los comunistas pretenden abolir el Estado. Se cree obligado a componer esta abolición del Estado, para lo que San Sancho recurre una vez más a su "rocín" de la aposición, de un modo que "parece muy simple": "Puesto que los obreros se hallan en estado de necesidad, hay que abolir el actual estado de cosas, es decir, el Estado (status = estado)" (Ibíd.).

Por tanto:

Estado de necesidad = estado actual de cosas.

Estado actual de cosas = estado.

Status = Estado.

Luego, estado de necesidad = Estado.

¿Puede nada "parecer más simple"? "Sólo es de extrañar" que los burgueses ingleses de 1688 y los franceses de 1789 no "establecieran" estas "sencillas reflexiones" y ecuaciones, en aquellos tiempos en que la ecuación estado status = el Estado era todavía más clara que hoy. De donde se sigue que dondequiera que exista un "estado de necesidad", debe abolirse "el Estado", que, naturalmente, es el mismo en Prusia que en Norteamérica.

San Sancho, siguiendo su costumbre, emite ahora unos cuantos proverbios salomónicos.

Proverbio Salomónico núm. 1, pág. 163. "Los sociales no piensan que la sociedad es en modo alguno un Yo que pueda dar, etc., sino un instrumento, del que podemos extraer provecho; que no tenemos deberes sociales, sino simplemente intereses, que no debemos a la sociedad ninguna clase de sacrificios, sino que, al sacrificar algo, nos sacrificamos nosotros; no piensan así, porque se hallan encuadrados dentro del principio religioso y aspiran afanosamente a una sociedad sagrada".

De donde se derivan las siguientes "penetraciones" en lo que es el comunismo:

1) San Sancho se ha olvidado totalmente de que era él mismo quien convertía "la sociedad" en un "Yo" y de que se halla, por tanto, en su propia "sociedad";

2) cree que los comunistas esperan que "la sociedad" les "dé" algo, mientras ellos se dan, a lo sumo, una sociedad;

3) convierte la sociedad, antes de que exista, en un instrumento del que trata de extraer provecho, sin que él y otra gente, mediante su comportamiento social mutuo, haya producido una sociedad y, por tanto, este "instrumento";

4) cree que en la sociedad comunista puede hablarse de "deberes" e "intereses", como dos términos complementarios de una antítesis que se da solamente en la sociedad burguesa (en el interés, el burgués reflexivo intercala siempre un tercer elemento entre sí mismo y sus manifestaciones de vida, manera ésta que se revela de un modo verdaderamente clásico en .Bentham, cuya nariz necesita tener un interés antes de decidirse a oler. Cfr. "el libro", sobre el derecho a su nariz, pág. 2.47);

5) San Max cree que los comunistas tratan de "hacer sacrificios" "a la sociedad", cuando lo que tratan es, a lo sumo, de sacrificar la sociedad existente; por ello, San Max debería sostener que la conciencia comunista de que su lucha es una lucha común a todos los hombres surgidos del régimen burgués, equivale a un sacrificio que se ofrecen a sí mismos;

6) cree que los sociales se hallan encuadrados dentro de un principio religioso, y

7) que aspiran a una sociedad sagrada, lo que ha sido contestado ya más arriba. Cuán "celosamente" "aspira" San Sancho a una "sociedad sagrada", para poder refutar por medio de ella el comunismo, ya lo hemos visto.

Proverbio salomónico núm. II, pág. 277. "Si el interés por la cuestión social fuese menos apasionado y ofuscado, se reconocería... que una sociedad no puede ser nueva mientras los que la forman y constituyen sigan siendo los mismos de antes".

Stirner" cree aquí que los proletarios comunistas que revolucionan la sociedad y establecen las relaciones de producción y la forma de intercambio sobre una nueva base, es decir, que se establecen sobre sí mismos como los nuevos, sobre su nuevo modo de vida, siguen siendo "los mismos de antes". La incansable propaganda a que se entregan estos proletarios, las discusiones que diariamente mantienen entre sí demuestran suficientemente hasta qué punto no quieren seguir siendo "los mismos de antes", ni quieren que lo sean los hombres. "Los mismos de antes" lo serían si, con San Sancho, "buscasen la culpa en sí mismos"; pero, saben demasiado bien que sólo al cambiar las circunstancias, dejarán de ser "los mismos de antes", y por eso están resueltos a hacer que estas circunstancias cambien en la primera ocasión. En la actividad revolucionaria, el cambiarse coincide con el hacer cambiar las circunstancias. Este gran proverbio es esclarecido por medio de un ejemplo igualmente grande, tomado también, como es natural, del mundo de "lo sagrado". "Si del pueblo judío surgiese, por ejemplo, una sociedad que difundiese por la tierra una nueva fe, estos apóstoles no deberían seguir siendo unos fariseos".

Los primeros cristianos

=

una sociedad para la difusión de la fe (fundada en el año 1)

=

Congregatio de Propaganda Fide [Congregación para la Propagación de la fe] (fundada en 1640)

Año 1

=

año 1640.

Esta sociedad que debe

nacer

=

estos apóstoles.

Estos apóstoles

=

no judíos.

El pueblo judío

=

fariseos.

Cristianos

=

no fariseos

=

no el pueblo judío

¿Puede haber algo más simple?

Fortalecido por estas ecuaciones, San Max proclama tranquilamente la gran frase histórica: "Los hombres, lejos de dejarse desarrollar, han querido siempre fundar una sociedad". Los hombres, lejos siempre de querer fundar una sociedad, dejaron sin embargo que la sociedad se desarrollara, porque ellos sólo han querido desarrollarse como individuos, razón por la cual sólo en la sociedad y a través de ella alcanzaron su propio desarrollo. Por lo demás, sólo a un santo de la estirpe de nuestro Sancho se le podía ocurrir separar el desarrollo de "los hombres" del desarrollo de "la sociedad" en que estos hombres viven, y seguir fantaseando sobre esta base fantástica. Se ha olvidado, por otra parte, de la tesis que San Bruno le había inspirado y en la que, poco antes, formulaba a los hombres el postulado moral de cambiar ellos mismos y hacer cambiar así a su sociedad, postulado en el que, como se ve, identifica el desarrollo de los hombres con el desarrollo de su sociedad.

Cuarta construcción lógica. "Stirner", en la pág. 156, hace decir al comunismo, por oposición a los ciudadanos del Estado, lo siguiente: "Nuestra esencia" (!) "no reside en que todos seamos hijos iguales del Estado" (!), "sino en que todos somos los unos para los otros. Somos todos iguales en cuanto somos los unos para los otros, en que cada uno trabaja para el otro, en que cada uno de Nosotros es un obrero". Para él, pues, el "existir como obreros" = "cada uno de Nosotros sólo puede existir por el otro", en que, por tanto el otro "trabaja, por ejemplo, para que Yo me vista, Yo trabajo para que él satisfaga su necesidad de divertirse, él para que Yo me alimente, Yo para que él se instruya. El trabajar constituye, por tanto, Nuestra dignidad y Nuestra igualdad. ¿Qué beneficios Nos trae la ciudadanía? Cargas. ¿Y en qué estimación se tiene Nuestro trabajo? En la más baja posible. ¿Qué podéis oponer a Nosotros? ¡Solamente trabajo también!" "Solamente por el trabajo Os somos deudores de una recompensa"; "sólo por lo que [Nos] ofrecéis de útil" "tenéis algún derecho sobre Nosotros". "Sólo queremos valer para Vosotros lo que os suministramos, y el mismo valor debéis Vosotros tener para Nosotros". "Las prestaciones que valen algo para Nosotros, es decir, los trabajos de utilidad común, determinan el valor. Quien suministra algo útil no se halla por debajo de nadie, o... todos los trabajadores (de utilidad común) son iguales. Y como el operario es digno de su remuneración, también el salario debe ser igual", págs. 157, 158.

En "Stirner", "el comunismo" comienza por fijarse en "la esencia"; como un buen "joven" sólo pretende ver "lo que hay detrás de las cosas". A nuestro santo le tiene, naturalmente, sin cuidado el que el comunismo sea un movimiento extraordinariamente práctico, que persigue fines prácticos con medios prácticos y que, a lo sumo, solamente en Alemania y frente a los filósofos alemanes puede detenerse por un momento en "la esencia". Se comprende, pues, que este "comunismo" stirneriano, que tanto suspira por "la esencia", sólo llegue a una categoría filosófica, la del "ser los unos para los otros", que después, por medio de unas cuantas violentas ecuaciones,

Ser los unos para los otros existir = solamente por el otro

= existir como obrero

= el trabajar general,

se acerca algo al mundo empírico. Por lo demás, se desafía a San Sancho a que cite, por ejemplo en Owen (que, como representante del comunismo inglés, puede invocarse en favor "del comunismo" tanto como, por ejemplo, el no comunista Proudhon, del que San Sancho abstrae y adereza por cuenta propia la mayoría de las tesis anteriores), un solo pasaje en el que figure algo, lo que sea, de las tesis anteriores acerca de "la esencia", el trabajar general, etc. Pero no hace falta siquiera que vayamos tan lejos. La revista comunista alemana ya citada más arriba, Die Stimme des Volkes [La voz del pueblo] se expresa así, en el tercer cuaderno: "Lo que hoy se llama trabajo no es más que un fragmento diminuto y miserable de la formidable y poderosísima producción a saber, la religión y la moral honran sólo aquella producción repulsiva y peligrosa, bautizándola con el nombre de trabajo, y, encima, se atreven a poner en circulación toda suerte de máximas de bendición (o de brujería) acerca de ello, tales como las de «trabajar con el sudor de su frente», como prueba de Dios, o «el trabajo endulza la vida», como estímulo, etc. La moral del mundo en que vivimos se guarda prudentemente de llamar también trabajo a los lados divertidos y libres de las actividades de los hombres, a pesar de que también eso es producir. Lo condena con los nombres de vanidad, vanos placeres o voluptuosidad. El comunismo desenmascara estas hipócritas prédicas, esta mísera moral". Bajo el nombre del "trabajar general", San Max reduce ahora todo el comunismo al salario igual, descubrimiento que luego se repite en las tres siguientes "refracciones", pág. 357: "Contra la competencia se alza el principio de la sociedad de los desharrapados, la distribución. ¿Acaso Yo, que poseo mucho, no he de llevar ninguna ventaja a quienes no poseen nada`?" Más adelante, en la pág. 363, nos habla de una "tasa general para la actividad humana, en la sociedad comunista". Y, por último, en la pág. 350, donde atribuye a los comunistas el que consideran "el trabajo" como "el único patrimonio" de los hombres. Como se ve, San Max desliza de nuevo en el comunismo la propiedad privada bajo sus dos formas, como distribución y como trabajo asalariado. Como había hecho ya más arriba, a propósito del "robo", San Max vuelve a manifestar las ideas burguesas más triviales y más limitadas como sus "propias" "penetraciones" del comunismo. Se hace perfectamente digno del honor de tener por maestro a Bluntschli. Como auténtico pequeño burgués, le entra luego el temor de que él, "que posee mucho", no vaya a "llevar ninguna ventaja a quienes no poseen nada" -a pesar de que a nada debería temer tanto como a verse confiado a su propio "patrimonio"-. De pasada, el "que posee mucho" se imagina que la ciudadana del Estado es indiferente para los proletarios, después de haber dado Por supuesto que la poseían. Exactamente lo mismo que más arriba se imaginaba que la forma de gobierno era indiferente para los burgueses. A los obreros les importa tanto la ciudadanía del Estado, es decir, la ciudadanía activa, que allí donde la poseen, como ocurre en Norteamérica, la "valorizan", y donde no la tienen quieren adquirirla. Basta con seguir las deliberaciones de los obreros norteamericanos en innumerables mítines, toda la historia del cartismo inglés y la del comunismo y el reformismo franceses.

Primer corolario. "El obrero, en su conciencia de que lo esencial en él es el obrero, se mantiene alejado del egoísmo y se somete a la autoridad superior de una sociedad de obreros, lo mismo que el ciudadano se entregaba con devoción" (!) "al Estado de la competencia", pág. 162. El obrero se atiene, a lo sumo, a la conciencia de que lo esencial en él para el burgués es el obrero, el cual puede hacerse valer por ello mismo en cuanto tal contra el burgués. Los dos descubrimientos de San Sancho, la "devoción del burgués" y el "Estado de la competencia", pueden registrarse como nuevas pruebas de "capacidad" del que "posee mucho".
Segundo corolario. "El comunismo debe procurar el «bien de todos». Lo que parece realmente como si, en este punto, nadie necesitara quedarse atrás. Pero, ¿cuál será este bien? ¿Acaso es uno y el mismo para todos? ... Si ello es así, se tratará del «verdadero bien». Pero, ¿no llegamos con ello exactamente al punto donde la religión inicia su régimen de poder?... La sociedad ha decretado mi bien como el «verdadero bien», y si este bien fuese, por ejemplo, los goces honradamente adquiridos y tú prefirieras la placentera ociosidad, la sociedad se guardaría prudentemente... de velar por lo que para Ti es el bien. El comunismo, al proclamar el bien de todos, destruye precisamente el bienestar de quienes hasta ahora vivían de sus rentas, etc.", págs. 411, 412..

Y "si ello es así", se derivan de aquí las siguientes ecuaciones.

El bien de todos = comunismo
= ello es asi
= uno y el mismo bien para todos
= el bienestar igual de todos con uno y lo mismo
= el verdadero bien
= [el sagrado bien, lo sagrado, el imperio de lo sagrado, la jerarquía]
= regimen de poder de la religión

Comunismo = regimen de poder de la religion

Tal "parece realmente" como si "Stirner" hubiese dicho aquí del comunismo lo mismo que hasta ahora había dicho de todas las demás cosas.

Cuán profundamente ha "penetrado" nuestro santo el comunismo se desprende, una vez más, del hecho de que se le atribuya el querer hacer valer "los goces honradamente adquiridos" como el "verdadero bien". ¿Quién, fuera de "Stirner" y de unos cuantos maestros zapateros y sastres berlineses, piensa en "los goces honradamente adquiridos"? ¡Y no digamos el atribuir esto a los comunistas, en los que desaparece la base de toda esta contraposición entre el trabajo y el disfrute! El santo moral puede estar tranquilo, en lo que a esto se refiere. El "adquirir honradamente" queda reservado para él y para aquellos a quienes, sin él saberlo, representa: sus pequeños maestros artesanos arruinados por la libertad industrial y moralmente "indignados". También la "placentera ociosidad" figura íntegramente entre las más triviales ideas burguesas. Pero la corona de toda la frase es ese ladino reparo que hace a los comunistas, cuando dice que pretenden destruir el "bienestar" de los rentistas, hablando sin embargo del "bienestar de todos". Cree, pues, que en la sociedad comunista seguirá habiendo rentistas, cuyo "bienestar" habrá que destruir. Afirma que el "bienestar" en cuanto rentista es inherente a los individuos que son actualmente rentistas, algo inseparable de su individualidad; se imagina que para estos individuos no puede haber otro "bienestar" que el condicionado por su ser de rentistas. Cree, además, que la sociedad se halla ya organizada de un modo comunista mientras tiene que seguir luchando contra los rentistas y otros elementos por el estilo. Los comunistas no tienen, ciertamente, empacho en decir que tratan de derrocar el poder de la burguesía y de destruir su "bienestar", tan pronto como cuenten con la fuerza necesaria para hacerlo. Y no les preocupa ni en lo mínimo que este "bienestar" común a sus enemigos y condicionado por las relaciones de clase se dirija también, en cuanto "bienestar" personal, a un sentimentalismo que las mentes limitadas presuponen.

Tercer corolario. En la pág. 190, volvemos a encontrarnos con que en la sociedad comunista "resurge el cuidado como trabajo". El buen ciudadano "Stirner", que se alegra Ya de descubrir de nuevo en el comunismo su amado "cuidado, se equivoca esta vez de medio a medio. El "cuidado" no es otra cosa que el estado de ánimo angustiado y abatido que, bajo la burguesía, acompaña necesariamente al trabajo, a la miserable actividad de ganarse la vida a duras penas. El "cuidado" florece bajo su forma más pura en el buen ciudadano alemán, como algo crónico, miserable y despreciable y siempre igual a sí mismo", mientras que la penuria del proletario reviste una forma aguda y violenta, le empuja a la lucha a vida o muerte, hace de él un revolucionario y no produce, por tanto, "cuidado", sino pasión. Por tanto, si el comunismo trata de acabar tanto con el "cuidado" del ciudadano como con la penuria del proletario, de suyo se comprende que no podrá hacerlo sin abolir la causa de ambos, el "trabajo".

Llegamos así a las construcciones históricas del comunismo.

Primera construcción histórica. "Mientras bastaba la fe para el honor y la dignidad de los hombres, nada había que objetar contra ningún trabajo, por fatigoso que fuera". "Las clases oprimidas solamente pudieron soportar toda su miseria mientras fueron cristianas" (a lo sumo, podría decirse, a la inversa, que fueron cristianas mientras soportaron su miseria), "pues el cristianismo" (que está detrás de ellas con el palo) "no deja que se manifieste su descontento y su indignación", pág. 518. "De dónde sabe «Stirner» todo" lo que las clases oprimidas podían y no podían, lo averiguamos por el cuad. I de la Gaceta Gen. de la Liter., donde "la crítica, en forma de maestro encuadernador" cita el siguiente pasaje de un libro insignificante: "El pauperismo moderno ha asumido un carácter político; mientras que el viejo mendigo soporta su suerte con resignación., viendo en ella una prueba divina, el desharrapado moderno se pregunta si está obligado a marchar miserablemente por la vida porque el azar lo haya traído al mundo entre andrajos". Esta fuerza del cristianismo es la que explica por qué, al llegar la hora de la emancipación de los siervos, hubieron de librarse las luchas más sangrientas v enconadas precisamente contra los señores feudales eclesiásticos y por qué la emancipación se impuso a pesar de todos los gruñidos y toda la indignación del cristianismo encarnado en los curas (cfr. Eden, History of the Poor, book I., [Historia de los pobres, libro I]; Guizot, Histoire de la civilisation en France [Historia de la civilización en Francia]; Montheil, Histoire des Français des divers états [Historia de los franceses de los diversos estados], etc.), mientras que, de otra parte, el bajo clero, sobre todo a comienzos de la Edad Media, incitaba a los siervos a "gruñir" y a "sublevarse" contra los señores feudales seculares (cfr. ya, entre otras cosas, la conocida capitular de Carlomagno). Cfr. también lo que más arriba, con motivo de "los disturbios obreros que se producen de vez en cuando", se dijo acerca de las clases oprimidas y de sus levantamientos en el siglo XIV. Las formas anteriores de las insurrecciones obreras se hallaban relacionadas con el desarrollo del trabajo en cada época y con la correspondiente forma de propiedad; la insurrección directa o in[dir]ectamente comunista, aparece con la gran industria. En vez de entrar en esta prolija historia, San Max da un salto desde las pacientes clases oprimidas hasta las clases oprimidas impacientes: "Ahora que todo individuo debe desarrollarse hasta el hombre" (¿"de dónde saben", por ejemplo, los obreros catalanes que "todo individuo debe desarrollarse hasta el hombre"?), "la condenación del hombre al trabajo en las máquinas coincide con la esclavitud", pág. 158. Antes de Espartaco y de la guerra de los esclavos era, pues, el cristianismo el que no hacía "coincidir con la esclavitud" "la condenación del hombre al trabajo en las máquinas'"; y en tiempo de Espartaco fue el concepto hombre el que suprimió esta relación y engendró la esclavitud. ¿"O acaso" Stirner ha oído "incluso" algo acerca de la relación entre los modernos disturbios obreros y la maquinaria y ha querido aplicarlo aquí? En este caso, no será la introducción del trabajo en las máquinas el que convierte a los obreros en rebeldes, sino la introducción del concepto "hombre" el que convierte al trabajo maquinizado en esclavitud. Y "si ello es así", tal "parece realmente" como si ésta fuese una historia "única" de los movimientos obreros.

Segunda construcción histórica. "La burguesía ha proclamado el evangelio del disfrute material y se asombra, ahora, de que esta doctrina encuentre secuaces entre nosotros, los proletarios", pag. 159. Cuando ya se disponían los obreros a realizar el concepto "del hombre", lo sagrado, aparece ahora el "disfrute material", lo secular; más arriba, la "tortura" del trabajo, ahora, solamente el trabajo de disfrutar. San Sancho se azota aquí "en ambas sus valientes posaderas" [(En español, en el original)], primero en la historia material y luego en la stirneriana, en la sagrada. Según la historia material, fue la aristocracia la que primero sustituyó el disfrute del evangelio por el evangelio del disfrute, para lo que la sobria burguesía se puso primeramente a trabajar y le cedió, con mucha astucia, el disfrute que a ella le estaba vedado por sus propias leyes (con motivo de lo cual el poder de la aristocracia fue a parar en forma de dinero a los bolsillos de los burgueses) Según la historia stirneriana, la burguesía se contentó con buscar "lo sagrado", con dedicarse al culto del Estado y "convertir todos los objetos existentes en objetos representados", y fue necesario que vinieran los jesuitas, para "salvar a la sensualidad de su total desaparición". Según la misma historia stirneriana, la burguesía, con la revolución, arrebató para sí todo el poder, incluyendo, por tanto, su evangelio, el evangelio del disfrute material, a pesar de que, según la misma historia stirneriana, sabemos ya que "en el mundo sólo imperan los pensamientos". La jerarquía stirneriana se asienta ahora, por tanto, "entre ambas posaderas".[(En español, en el original)]

Tercera construcción histórica, pág. 159. "Después de librarse la ciudadanía de las órdenes y la arbitrariedad de algunos, quedó en pie la arbitrariedad nacida de la coyuntura de las relaciones y que podríamos llamar el azar de las circunstancias". San Sancho hace, entonces, que los comunistas "encuentren una ley y un nuevo orden que ponen fin a estas oscilaciones" (de las cosas), de las que él sabe tanto, que, según él, los comunistas deben ahora exclamar: "¡Éste orden es sagrado!" (aunque más debiera exclamar él: el desorden de mis figuraciones es el orden sagrado de los comunistas). "Aquí la sabiduría" (Apoc. de S. Juan, 13, 18). "Quien tiene entendimiento, calcule la cifra" de las necedades que el Stirner siempre tan prolijo y tan amigo de hablar de sí, acumula aquí en pocas [líneas]. Formulada en los términos más generales, la primera frase viene a decir: Después que la burguesía hubo suprimido el feudalismo, permaneció la burguesía. O, después que, en la imaginación de "Stirner", se suprimió la dominación de las personas, quedó por hacer precisamente lo contrario. "Parece realmente" como si dos épocas históricas tan alejadas la una de la otra se pudieran reducir a una conexión, que es la conexión sagrada, la conexión como lo sagrado, la conexión en el cielo. Por lo demás, esta frase de San Sancho no se contenta con el mode simple [Modo simple de expresarse] de la necedad de más arriba, sino que se cree obligada a expresarse en el mode composé y bicomposé" [Modo complejo y bicomplejo] de la necedad. En efecto, San Max, primero, cree al burgués que se ha liberado él, que al liberarse a sí de las órdenes y la arbitrariedad de algunos, ha liberado en general de las órdenes y la arbitrariedad de algunos a la masa de la sociedad. En segundo lugar, no se liberaron realmente de "las órdenes y la arbitrariedad de algunos", sino del poder de la corporación, del gremio, de los estamentos, pudiendo por tanto, ahora, ejercer sus "órdenes y arbitrariedad" como reales burgueses individuales frente al obrero. Y, en tercer lugar, se limitaron a suprimir la apariencia plus ou moins [Más o menos] idealista de las anteriores órdenes y de la anterior arbitrariedad de algunos, para sustituirlas por las mismas órdenes y la misma arbitrariedad en su tosquedad material. Él, el burgués, no quería seguir viendo sus "órdenes y arbitrariedad" limitadas por las "órdenes y arbitrariedad" anteriores del poder político concentrado en el monarca, en la nobleza y en la corporación, sino, a lo sumo, por los intereses comunes de toda la clase burguesa, expresados en las leyes de la burguesía. No hizo otra cosa que suprimir las órdenes y la arbitrariedad que pendían sobre las órdenes y la arbitrariedad de los burgueses individuales (véase el liberalismo político). Como San Sancho, en vez de analizar realmente la coyuntura de las relaciones, que, con la dominación de la burguesía, se convierte en una coyuntura totalmente distinta de relaciones totalmente diferentes, la deja en pie como la categoría general "coyuntura, etc." y, por si ello fuera poco, le pone encima el nombre todavía más vago de "azar de las circunstancias" -como si "las órdenes y la arbitrariedad de algunos" no fuesen por sí mismas una "coyuntura de las relaciones"-; como, al proceder así, descarta el fundamento real del comunismo, que es la determinada coyuntura de las relaciones bajo el régimen burgués, puede ahora convertir un comunismo tan en el aire en su comunismo sagrado. Tal "parece realmente" como si "Stirner" fuese "un hombre" de una "riqueza" histórica "puramente ideal", imaginativa, el "desharrapado perfecto". Ver "el Libro", pág. 362.

Esta gran construcción, o mejor dicho su primera parte, se nos vuelve a presentar, con mucho énfasis, en la pág. 189, bajo la siguiente forma: "El liberalismo político supera la desigualdad de señores y servidores"; "implantó la falta de dueños, la anarquía" (!); "el señor fue alejado ahora del individuo, del egoísta, para convertirse en un espectro, en la ley o en el Estado". Imperio de los espectros = (jerarquía) anarquía, igual a imperio del "todopoderoso" burgués. Como vemos, este imperio de los espectros es, más exactamente, la dominación de los muchos señores reales; por tanto, con la misma razón podría concebirse el comunismo como la liberación de este imperio de los muchos, cosa que, sin embargo, no podía hacer San Sancho, ya que con ello se habrían venido al suelo tanto sus construcciones lógicas del comunismo como toda su construcción de los "Libres". Pero así sucede a lo largo de todo "el Libro". Una sola conclusión sacada de las propias premisas de nuestro santo, un solo hecho histórico, echa por tierra series enteras de penetraciones y resultados.

Cuarta construcción histórica. En la pág. 350, San Sancho deriva directamente el comunismo de la abolición de la servidumbre de la gleba.

Premisa I: "Se consiguió extraordinariamente mucho cuando se logró ser considerado" (!) "titular. Fue superada con ello la servidumbre de la gleba, y todo el que hasta entonces había sido propiedad se convirtió en dueño". (En el mode simple de la necedad, esto quiere decir: la servidumbre de la gleba fue superada al ser superada). El mode composé de esta necedad consiste en que San Sancho cree que se llega a ser "titular" mediante la santa contemplación, mediante el acto de "considerar" y "ser considerado", siendo así que la dificultad consistía en llegar a ser "titular", y la consideración venía luego por sí misma; y el mode bicomposé, que, una vez que la abolición, en un principio todavía particular, de la servidumbre de la gleba había comenzado a desarrollar sus consecuencias, haciéndose con ello general, se dejó de poder "lograr" ser digno de ser "considerado" [como] "titular" (al titular le resultaba demasiado costoso lo que tenía bajo su título); en que, por tanto, la gran masa que "hasta entonces" "había sido propiedad", es decir, trabajadores forzosos, se convirtieron con ello, no precisamente en "dueños", sino en obreros libres.

Premisa histórica II, que abarca aproximadamente ocho siglos y que "indudablemente, no deja ver cuán preñada de contenido" se halla (cfr. Wigand, pág. 194). "Sin embargo, en lo sucesivo Tu tener y lo que Tú tienes ya no bastan y ya no son reconocidos; en cambio, aumentan de valor Tu trabajar y Tu trabajo. Ahora, apreciamos Tu sojuzgamiento de las cosas, como antes" (?) "Tu tenerlas. Tu trabajo es Tu patrimonio. Ahora, eres dueño o titular de lo elaborado, no de lo heredado" (Ibíd.). "En lo sucesivo", "ya no", "en cambio", "ahora" "como antes", "ahora", "o", "no": he ahí el contenido de toda esa proposición. Aunque "Stirner" ha llegado "ahora" a la conclusión de que Tú (es decir, Szeliga) eres dueño de lo elaborado, no de lo heredado, se le ocurre más bien pensar "ahora" que hoy en día ocurre cabalmente lo contrario, y ello le lleva a parir el comunismo como un monstruo, producto de los abortos de estas dos premisas.

III. Conclusión comunista. - "Pero, como ACTUALMENTE todo es heredado y cada centavo que posees tiene un cuño hereditario y no de trabajo" (necedad culminante), "RESULTA que es necesario refundirlo todo". Con lo que Szeliga se imagina haber llegado tanto a la aparición y a la desaparición de las comunas medievales como al comunismo del siglo XIX. Y San Max, por su parte, llega así a pesar de todo lo "heredado" y "elaborado", no a un "sojuzgamiento de las cosas", sino, a lo sumo, a un "tener" de la necedad.

Los aficionados a construcciones pueden ver ahora, en la pág. 421, cómo San Max, después de haber construido el comunismo partiendo de la servidumbre de la gleba, lo construye ahora como una servidumbre de la gleba bajo un señor feudal, que es la sociedad, con arreglo al mismo modelo con que más arriba convierte el medio por el que adquirimos algo en lo "sagrado", por "gracia" de lo cual se nos entrega algo. Y, ahora, finalmente, algunas "penetraciones" del comunismo, que se desprenden de las premisas anteriores.

En primer lugar, "Stirner" nos suministra una nueva teoría de la explotación, consistente en que "el obrero de una fábrica de alfileres no elabore más que una sola pieza, trabaje solamente en manos de otro y sea utilizado, explotado por éste", pág. 158. "Stirner" descubre, por tanto, aquí que los obreros de una fábrica se explotan mutuamente porque trabajan unos "en manos de otros", mientras que el fabricante, cuyas manos no trabajan para nada, no está por ello en condiciones de explotar a los obreros. "Stirner" nos da con ello un ejemplo palmario de la triste situación en que el comunismo coloca a los teóricos alemanes. Se ven obligados a ocuparse también ahora de cosas profanas, tales como fábricas de alfileres, etc., con las que se comportan como verdaderos bárbaros, como los indios ojibwa o los neozelandeses.

"En cambio, se dice ahora" en el comunismo stirneriano, l.c.: "Todo trabajo debe perseguir como finalidad que el «hombre» sea satisfecho. Por eso, él" ("el" hombre) "debe convertirse también en su dueño, es decir poder crearlo como una totalidad" ¡"El hombre" debe convertirse en dueño! "El hombre" sigue siendo fabricante de cabezas de alfiler, pero tiene la conciencia tranquilizadora de que las cabezas de alfiler forman parte de éste y de que puede fabricar el alfiler entero. Gracias a esta conciencia, la fatiga y el asco que causa la eterna repetición de la faena de fabricar cabezas de alfiler se convierte en la "satisfacción del hombre". [¡Oh, P] roudhon!

Veamos ahora otra penetración. "Como los comunistas declaran que sólo la libre actividad es la esencia" (iterum Crispinus) "del hombre, necesitan, como todo afán laborioso, de un domingo, de una exaltación y edificación junto a su trabajo carente de espíritu". Prescindiendo de la "esencia del hombre" aquí intercalada, el desdichado Sancho se ve obligado a convertir la "libre actividad", que en los comunistas es la manifestación vital creadora que brota del libre desarrollo de todas las capacidades, de "todo el sujeto" (para hacernos entender de "Stirner"), en un "trabajo carente de espíritu", sencillamente porque el berlinés se da cuenta de que no se trata aquí del "amargo trabajo de pensar". Por medio de esta simple metamorfosis, puede encuadrarse ahora a los comunistas en el "afán laborioso". Y, con los días de trabajo del ciudadano, reaparece también en el comunismo, naturalmente, su domingo, pág. 163. "El lado dominical del comunismo es que el comunista ve en Ti al hombre, al hermano". El comunista aparece, pues, aquí, como "hombre" y como "trabajador". Esto es lo que llama San Sancho, l.c., "un doble destino del hombre por el comunista, la función de la adquisición material y la de la espiritual". De este modo, vuelve a introducir, por tanto, en el comunismo hasta la "adquisición" y la burocracia, con lo que el comunismo, por supuesto, "alcanza su propósito final" y deja de ser comunismo. Por lo demás, no tiene más remedio que hacer esto, ya que después, en su "asociación" cada cual obtendrá también "un doble destino", como hombre y como "Único". Provisionalmente, legitima este dualismo achacándoselo al comunismo, según un método con que volveremos a encontrarnos cuando hablemos de su feudalismo y de su valorización.

En la pág. 344, cree "Stirner" que los "comunistas" pretendían "resolver amistosamente el problema de la propiedad", y en la pág. 413 se los presenta, incluso, apelando al espíritu de sacrificio de los hombres [y a la] abnegación de los capitalistas! Los pocos burgueses que se han manifestado como comunistas desde los tiempos de Babeuf y que no eran revolucionarios, pueden contarse con los dedos; la gran masa de los comunistas es, en todos los países, revolucionaria. Qué opinan los comunistas acerca de "la abnegación de los ricos" y del "espíritu de sacrificio de los hombres" puede verlo San Max en un par de pasajes de Cabet, que es precisamente el comunista que más parece apelar al dévoûment, a la abnegación. Estos pasajes están dirigidos contra los republicanos, y especialmente contra los ataques que ha dirigido al comunismo el señor Buchez, quien tiene todavía en París un pequeñísimo número de obreros bajo su mando:

"Otro tanto ocurre con la abnegación (dévoûment); es ésta la doctrina del señor Buchez, despojada esta vez de su forma católica, sin duda porque el señor Buchez teme que su catolicismo repugne y repela a la masa de los obreros. «Para cumplir dignamente con su deber (devoir) -dice Buchez- hace falta abnegación (dévoûment)». Que comprenda quien pueda qué diferencia existe entre devoir y dévoûment. «Exigimos a todos abnegación, tanto en aras de la gran unidad nacional como en favor de la asociación obrera...; es necesario que marchemos unidos y que nos mostremos siempre abnegados (dévoués) los unos hacia los otros». Es necesario, es necesario: esto es fácil de decir y hace mucho tiempo que se viene diciendo, y seguirá diciéndose todavía durante largo tiempo sin más resultados, si no se inventan otros medios. Buchez se queja del egoísmo de los ricos, ¿pero de qué sirven tales quejas? Buchez declara enemigos a todos los que no den pruebas de abnegación".

"«¿Qué debe hacerse», pregunta, «cuando un hombre, impulsado por el egoísmo, se niega a sacrificarse por los demás?... Nuestra respuesta no se hará esperar: la sociedad tiene siempre el derecho de despojarnos de aquello que nuestro deber nos ordena sacrificar a ella... El sacrificio es el único medio de cumplir con su deber. Cada uno de nosotros debe sacrificarse, siempre y dondequiera. Y quien por egoísmo se niegue a cumplir con su deber, debe ser obligado a ello». Buchez grita, pues, a todo el mundo: ¡Sacrificaos, sacrificaos! ¡No penséis en otra cosa que en sacrificaros? ¿No es eso desconocer y pisotear la naturaleza humana? ¿No responde eso a una falsa concepción, y casi nos atreveríamos a decir que a una concepción infantil y de mal gusto?" ("Réfutation des doctrines de 1'Atelier", par Cabet, págs. 19, 20. En la pág. 22. Cabet demuestra al republicano Buchez que llega necesariamente a una "aristocracia del sacrificio", con distintos escalones, y pregunta luego, irónicamente: "¿Qué se hace ahora del dévoûment? ¿Dónde queda el dévoûment, si el que se sacrifica lo hace para escalar las cumbres más altas de la jerarquía? ... Un sistema así sólo podía surgir en la mente de quien ambiciona llegar a papa o a cardenal ¡¡¡pero en la cabeza de los obreros!!!" "El señor Buchez no quiere que el trabajo se convierta en una agradable distracción ni que el hombre trabaje para su propio bienestar y se procure nuevos goces. Afirma... que el hombre sólo ha sido traído al mundo «para cumplir una función, un deber (une fonction, un devoir)». «No», predica a los comunistas, «el hombre, esta gran potencia, no ha sido creado en gracia a sí mismo (n'a point été fait pour luimême) ... Este modo de pensar es muy tosco. El hombre es un obrero (ouvrier) en el mundo, tiene que llevar a cabo la obra (œuvre) que la moral ha impuesto a sus actividades, ése es su deber... No perdamos nunca de vista que tenemos que cumplir una alta función (une haute fonction), la cual comienza con el primer día de la vida del hombre y sólo [termin]ará con la humanidad». Pero, ¿quién ha revelado al [señor] Buchez todas estas cosas tan hermosas?" (Mais qui a révelé toutes ces belles choses à M. Buchez luimême?, palabras que Stirner traduciría por estas otras: ¿de dónde sabe el señor Buchez todo lo que el hombre debe hacer?) "Du reste, comprenne qui pourra [Por lo demás, comprenda quien pueda]. Y Buchez continúa: «¡Cómo! ¿El hombre ha tenido que aguardar miles de siglos a que vosotros, comunistas, le enseñaseis que ha sido creado en gracia a sí mismo y no tiene otro fin en la vida que el de vivir en medio de todos los goces posibles?... Pero, no nos extraviemos. No debemos olvidar que hemos sido creados para trabajar (faits pour travailler), para trabajar siempre, y que lo único que podemos exigir es lo necesario para vivir (la siuffisante vie), es decir, un bienestar que baste para ponernos en condiciones de poder realizar adecuadamente nuestra misión. Fuera de estos límites, todo es absurdo y peligroso». Pero, veamos, ¡demuestre usted algo! ¡Demuestre, y no se limite a pronunciar oráculos, como un profeta! Al Principio, habla usted de miles de siglos. ¿Quién afirma que se nos haya estado esperando en todos los siglos? ¿Y a usted le han estado esperando, con todas sus teorías del dévoûment, el devoir, la nationalité francaise y la association ouvriére [La abnegación, el deber, la nacionalidad francesa y la asociación obrera]? «Por último», dice Buchez, «os rogamos que no os sintáis molestos por lo que os hemos dicho». Nosotros somos franceses igualmente corteses y os rogamos, asimismo, que no os molestéis por nuestras palabras" (pág. 31). "Creednos", dice Buchez, "existe una communauté [Comunidad] instaurada desde hace mucho tiempo y a la que pertenecéis también vosotros". "Créanos usted, Buchez", concluye Cabet, "¡hágase comunista!" "Sacrificio", "deber", "deber social", "derecho de la sociedad", "la misión, el destino del hombre", "el trabajo como misión humana", "obra moral", "asociación obrera", "creación de lo indispensable para la vida": ¿no son exactamente las mismas cosas que San Sancho reprocha a los comunistas, cuya ausencia echa en cara a los comunistas el señor Buchez y de cuyos solemnes reproches se burla Cabet? ¿No nos encontramos ya aquí con la misma "jerarquía" de Stirner?

Por último, San Sancho, en la pág. 169, da el golpe de gracia al comunismo, al prorrumpir en la siguiente tirada: "Los socialistas, al suprimir" (!) "la propiedad", "no se dan cuenta de que ésta se asegura su supervivencia en lo propio de cada cual. ¿Acaso sólo son propiedad el dinero y los bienes? ¿No son también Mías, propias, Mis opiniones? haría falta, pues, suprimir o despersonalizar toda opinión". ¿O son las opiniones de San Sancho, en la medida en que no se convierten también en opiniones de otros, un mando sobre algo, incluso sobre las opiniones ajenas? San. Max, al defender aquí el capital de sus opiniones en contra del comunismo, no hace otra cosa que aducir en contra de él las más viejas y más triviales objeciones burguesas, creyendo que dice algo nuevo, porque estas trilladas vulgaridades son algo nuevo para él, para el berlinés culto. Entre otros y después de muchos otros, ha dicho lo mismo, sólo que mucho mejor dicho, Destila de Tracy hace como unos treinta años y más tarde, en el libro que aquí citamos. Por ejemplo, en estas palabras: "Se ha instruido formalmente el proceso contra la propiedad, aduciéndose razones en pro y en contra, como si dependiese de nosotros el hacer que en este mundo existiera o no la propiedad; esto equivale a desconocer totalmente nuestra naturaleza" (Traité de la volonté [Tratado de la voluntad], París 1826, pág. 18). Después de lo cual, el señor Destutt de Tracy trata de demostrar que propriété, individualité y personnalité [Propiedad, individualidad, personalidad] son cosas idénticas y que en el moi [Yo] va implícito también el mien [Lo mío], y encuentra el fundamento natural de la propiedad privada en el hecho de que "la naturaleza ha dotado al hombre de una propiedad inevitable e inalienable, que es la de su individualidad" (pág. 17). El individuo "ve claramente que este yo es propiedad exclusiva del cuerpo por él animado, de los órganos a los que infunde movimiento, de todas sus capacidades, de todas sus energías, de todos los resultados producidos por ellas, de todas sus pasiones y de todos sus actos, pues todo ello termina y comienza con este yo, existe sólo gracias a él, se mueve solamente por medio de su acción; y ninguna otra persona podría manejar estos mismos instrumentos ni verse afectada por ellos de igual modo" (pág. 16). "La propiedad existe, si no precisamente dondequiera que existe un individuo dotado de sensaciones, por lo menos dondequiera que existe un individuo dotado de voluntad" (pág. 19) , Después de haber identificado, como vemos, la propiedad privada y la personalidad, lo que en "Stirner" se hace por medio del juego de palabras con Mein [Lo mío] y Meinung [Opinión], con Eigentum [Propiedad] y Eigenheit [Lo propio, de cada cual] y en Destutt de Tracy con propriété y propre [Propiedad y propio] se llega a la siguiente conclusión: "Es, pues, completamente ocioso ponerse a discutir si no sería mejor que ninguno de nosotros tuviese nada propio (de discuter s´il ne vaudrait pas mieux que rien ne fût propre Chacun de nous), - en todo caso ello equivaldría a preguntarse si no sería de desear que fuésemos seres totalmente distintos de lo que somos, e incluso a indagar si no valdría más que no existiésemos" (pág. 22).

Son éstas objeciones "extraordinariamente extendidas" y ya tradicionales en contra del comunismo, razón por la cual "no es de extrañar que Stirner" las recoja y las repita.

Si el limitado burgués dice a los comunistas: al destruir la propiedad, es decir, al destruir mi existencia como capitalista, como terrateniente o como fabricante, y vuestra existencia como obreros, destruís mi individualidad y la vuestra; al imposibilitarme explotaros como obreros, embolsarme mis ganancias, mis réditos o mis rentas, me imposibilitáis el existir como individuo; cuando, pues, el burgués declara al comunista: al suprimir mi existencia como burgués, destruís mi existencia como individuo, al identificarse, así, en cuanto burgués, consigo mismo como individuo, hay que reconocer, por lo menos, su franqueza y su desvergüenza. En cuanto al burgués, así sucede realmente: sólo cree ser verdaderamente un individuo en la medida en que es un burgués. Pero, tan pronto como entran en liza los teóricos de la burguesía y dan a esta afirmación una expresión general, identificando también teóricamente la propiedad del burgués con la individualidad y tratando de justificar lógicamente esta identificación, la necedad comienza a cobrar un tono solemne y sagrado.

"Stirner" refutaba más arriba la abolición comunista de la propiedad privada convirtiendo la propiedad privada en el "tener" y declarando luego al verbo "tener" por una palabra indispensable, por una verdad eterna, ya que también en la sociedad comunista podría darse el caso de que él "tuviera" dolores de vientre. Del mismo modo fundamenta aquí la imposibilidad de suprimir la propiedad privada, convirtiéndola en el concepto de la propiedad en general, explotando la relación etimológica entre la "propiedad" y lo "propio" y proclamando la palabra "propio" como una verdad eterna, porque también bajo el régimen comunista puede darse el caso de que le sean "propios" los dolores de vientre. Todo este absurdo teórico, que busca su asilo en la etimología, no podría darse si no se convirtiera la propiedad privada real, que es la que los comunistas, quieren abolir, en el concepto abstracto de "la propiedad". Con ello se rehúye, de una parte, el esfuerzo de decir y hasta de saber algo acerca de la propiedad privada real y concreta de que se trata y, de otra parte, resulta fácil descubrir en el comunismo una contradicción, ya que, evidentemente, aun después de suprimida la propiedad (real), seguirá habiendo en la sociedad comunista diversas cosas que podrán incluirse bajo el concepto de "la propiedad".

Pero, en la realidad el problema se plantea exactamente al contrario. En la realidad sólo es propiedad privada mía aquello que puedo vender o de que puedo disponer, lo que no ocurre con mucho que es mío propio. Mi chaqueta, por ejemplo, sólo es propiedad privada mía siempre y cuando pueda disponer de ella, venderla o empeñarla, siempre y cuando sea negociable. Si pierde esta cualidad, si se convierte en un guiñapo por el que nadie daría nada, la chaqueta podrá tener cuantas cualidades se quiera, que la hagan valiosa para mí; podrá, incluso, ser algo mío propio, que haga de mí, vestido con ese andrajo, un individuo andrajoso, pero a ningún economista se le ocurrirá clasificarme como propietario, decir que es propiedad privada mía ese guiñapo. Que no me permite disponer ni de la más insignificante cantidad de trabajo ajeno. Es posible que el jurista, el ideólogo de la propiedad privada, siga charlando de propiedad, aun en este caso. La propiedad privada no enajena solamente la individualidad de los hombres, sino también la de las cosas. La tierra nada tiene que ver con la renta que el terrateniente percibe, la máquina no tiene nada que ver con la ganancia que obtiene el fabricante. Para el terrateniente, la tierra no significa más que la renta percibida por ella, que se embolsa al arrendar su finca; la tierra puede perder esta cualidad de arrojar una renta sin perder ninguna de las cualidades que le son inherentes, por ejemplo una parte de su fertilidad: la cualidad o propiedad de rendir una renta depende en cuanto a su cuantía y a su misma existencia de relaciones sociales que se crean y se destruyen sin que en ello intervenga para nada el terrateniente individual. Y lo mismo ocurre con la máquina. Cuán poco tenía que ver el dinero, la forma más general de la propiedad, con las cualidades o propiedades personales y hasta qué punto es precisamente lo opuesto a ellas, lo sabía ya Shakespeare bastante mejor que nuestro teorizante pequeño burgués:

"Con él se torna blanco el negro y hermoso el feo,
Bueno el malo, joven el viejo, valiente el cobarde, noble el ruin,

Sí, este esclavo amarillo
Hace amable la lepra...
.... conquista pretendientes

A la viuda cargada de años y encorvada;
El tullido asqueroso, que sale del hospital con sus heridas

Purulentas rejuvenece balsámicamente
Como un botón de mayo...
... ¡Oh, visible deidad,

Que enlazas y hermanas lo imposible,
Haciendo que se abracen y se besen
Los más irreconciliables enemigos!"

En una palabra, la renta del suelo, la ganancia, etc., es decir, las modalidades reales de existencia de la propiedad privada, son relaciones sociales, que corresponden a una determinada fase de la producción, y sólo pueden considerarse "individuales" mientras no se convierten en trabas de las fuerzas productivas existentes.

Según Destutt de Tracy, hace mucho tiempo que la mayoría de los hombres, los proletarios, tendrían que haber perdido toda individualidad, a pesar de que, hoy, todo parece indicar que es precisamente entre ellos donde la individualidad cobra su más alto grado. Al burgués le es tanto más fácil demostrar con su lenguaje la identidad de las relaciones mercantiles y de las relaciones individuales e incluso de las generales humanas, por cuanto este mismo lenguaje es un producto de la burguesía, razón por la cual, lo mismo en el lenguaje que en la realidad, las relaciones del traficante sirven de base a todas las demás. Así, por ejemplo, propriété expresa, al mismo tiempo, la propiedad y la cualidad; property designa la propiedad y la peculiaridad, lo "propio" en sentido mercantil y en sentido individual, indica el valeur, el value, el valor; commerce el tráfico comercial; échange, exchange, el intercambio, etc., palabras empleadas tanto para designar las relaciones comerciales como para expresar las cualidades y relaciones de los individuos como tales. Y exactamente lo mismo sucede en las demás lenguas modernas. Por eso, cuando San Max se dedica afanosamente a explotar este doble sentido del lenguaje, puede fácilmente hacer una brillante serie de nuevos descubrimientos económicos, sin saber una palabra de economía, y ya veremos cómo también los nuevos hechos económicos apuntados por él y que registraremos más adelante se mueven, asimismo, todos ellos, dentro de este círculo de la sinonimia.

El buen y crédulo de Jacques toma tan al pie de la letra, cree tan a pies juntillas, como algo sagrado, el juego de palabras del burgués a base de los vocablos "propiedad" y "cualidad", que hasta tiende, como más adelante veremos, a considerarse propietario privado de sus propias cualidades.

Finalmente, en la pág. 412 "Stirner" adoctrina al comunismo sobre el hecho de que, "en verdad", no "se" ataca (es decir, el comunismo no ataca) "a la propiedad, sino a la enajenación de la propiedad". En esta nueva revelación, San Max se limita a repetir un viejo chiste, que muy a menudo habían explotado, por ejemplo, los sansimonianos. Cfr. por ejemplo, las Leçons sur l'industrie et les finances ["Lecciones sobre la industria y las finanzas"], París, 1832, donde se dice, entre otras cosas: "No es abolida la propiedad, sino que se cambia su forma: -se la convertirá en verdadera personificación, cobrará así su verdadero carácter individual" (págs. 42, 431. Como esta frase, introducida por los franceses y llevada a su extremo, sobre todo, por Pierre Leroux, ha sido acogida con gran complacencia por los socialistas especulativos alemanes, que han seguido especulando en torno a ella, tomándola por último como base para sus manejos reaccionarios y sus raterías prácticas, no nos detendremos a tratar de ella aquí, donde no dice nada, sino más adelante, cuando hablemos del verdadero socialismo.

San Sancho se complace aquí, [siguiendo el] modelo de Wöniger [explotado] por Reichardt, en convertir a los proletarios [y con ello] a los comunistas en "desharrap[ados]". Y en la pág. 362 define a su "des-harrapado" diciendo que es "un hombre de riqueza puramente ideal". Si algún día los "desharrapados" stirnerianos llegan a fundar el reino de los desharrapados, como en el siglo XV los mendigos de París, San Sancho será proclamado rey suyo, ya que es, indudablemente, el desharrapado "acabado y perfecto", un hombre dotado con una riqueza que no es ni siquiera ideal y que vive, por tanto, comiéndose los intereses del capital de sus opiniones.

C.- EL LIBERALISMO HUMANO

Después de haberse amañado el liberalismo y el comunismo como modalidades imperfectas dé existencia del "hombre" filosófico y, por tanto, de la moderna filosofía alemana en general (cosa que tenía perfecto derecho a hacer, por cuanto, en Alemania, no sólo el liberalismo, sino también el comunismo ha cobrado una forma pequeño-burguesa y, al mismo tiempo, ideológicamente superabundante), a San Max le resulta ya fácil presentar las formas más modernas de la filosofía alemana, lo que él llama el "liberalismo humano" como el liberalismo y el comunismo acabados y cabales y, al mismo tiempo, como la crítica de uno y otro.

Por medio de esta construcción sagrada se obtienen las tres siguientes mutaciones, bastante divertidas (cfr. también la Economía del Antiguo Testamento)

1) El individuo no es el hombre; no vale, por tanto, nada -ninguna voluntad personal, sumisión a ordenanzas-; "su nombre deberá ser": "sin dueño"; liberalismo político, del que ya hemos tratado más arriba.

2) El individuo no tiene nada humano, razón por la cual no rige ningún mío o tuyo, o propiedad: "sin posesión"; comunismo, del que también nos hemos ocupado.

3) El individuo debe dejar el puesto, en la crítica, al hombre, sólo ahora descubierto: "sin Dios" identidad de "sin dueño" y "sin posesión"; liberalismo hermano, págs. 180, 181. Al desarrollar más de cerca esta última unidad negativa, la inconmovible credulidad de Jacques llega al siguiente extremo, pág. 189: "El egoísmo de la propiedad ha sacrificado lo último, aunque rol «Dios mío» haya perdido aquí todo su sentido, pues" (¡grandioso pues, éste!) "Dios sólo existe cuando lo importante es la salvación del individuo, lo mismo que éste busca en Dios su salvación". Según esto, el burgués francés habría "sacrificado" su "última" "propiedad" si [hubiera] desaparecido del lenguaje la palabra adieu [Adiós]. En total consonancia con la construcción ant[erior], la propiedad sobre Dios, la sagrada propiedad en el cielo, la propiedad de la fantasía, la fantasía de la propiedad, se declara aquí como la propiedad suprema y el áncora última de salvacion de la propiedad.

Basandose en estas tres ilusiones en torno a liberalismo, al comunismo y a la filosofía alemana, amasa ahora San Max su ultimo transito -que esta vez, gracias sean dadas al "Santo", es ya el último- hacia el "Yo". Pero, antes de seguirle en esto, echemos un vistazo a su último "amargo combate vital" con el "liberalismo humano".

Después que nuestro buen Sancho, en su nuevo papel de caballero andante, y precisamente de caballero de la tristisima figura [(Ambas frases ocurren en espanol en el original)], ha recorrido toda la historia y a combatido y "tumbado a soplos" por doquier los espiritus y los espectros, "los dragones y los avestruces, los demonios del campo y los duendes, las lechuzas y los cuervos, los mochuelos y los puercoespines" (cfr. Isaias, 34, 11-14), ¡cuán tranquilo debe sentirse, all llegar por fin de todas estas diversas tierras a su ínsula Barataria, a "la tierra" como tal, en la que "el hombre" mora "in puris naturalibus" [En estado puro de naturaleza]! Evoquemos una vez más en el recuerdo su gran principio, el dogma que le ha sido impuesto, a saber: que "las verdades que se desprenden del concepto del hombre son adoradas y santificadas precisamente como revelaciones de este concepto"; las "revelaciones de este sagrado concepto" "no son despojadas de su santidad ni siguiera aunque se supriman algunas de las verdades que en dicho concepto se manifiestan" (pág. 51). Y apenas necesitamos repetir aquí lo que ya a la luz de todos sus ejemplos hemos demostrado al sagrado escritor, a saber: que se construye a posteriori, se expone, se representa, se afianza y se justifica como revelación del concepto "hombre", lo que son las relaciones empíricas, creadas por el hombre real en su comercio real, y en modo alguno por el concepto sagrado del hombre. Basta recordar, para ello, su jerarquía. Pero, pasemos ahora al liberalismo humano.

[En la pág. 4]4, donde San Max, "brevemente", "contrapone la concepción [teo]lógica de Feuerbach y la nuestra", sólo se contrapone a Feuerbach, de momento, alguna fraseología. Como ya veíamos a propósito de la fabricación de espíritus, donde "Stirner" exalta a su estómago para colocarlo entre las estrellas (tercer dióscuro, patrono protector contra el mareo), ya que él y su estómago no son más que "distintos nombres para expresar cosas completamente distintas" (pág. 42), la esencia aparece aquí, primeramente, también como cosa existente, y así, "se dice, ahora", pág. 44: "La suprema esencia es, ciertamente, la esencia del hombre, pero precisamente por ser su esencia y no él mismo, permanece totalmente igual lo mismo si la vemos fuera de ella y la enfocamos como «Dios» y encontramos a éste en ella, y si la llamamos la «esencia del hombre» o «el hombre». Yo no soy ni Dios ni el hombre, ni la esencia suprema ni Mi esencia, razón por la cual es, fundamentalmente, lo mismo que piense la esencia en Mí o fuera de Mí". Por tanto, la "esencia del hombre" se presupone aquí como una cosa ya existente, es "la esencia suprema", es el no "Yo", y San Max, en vez de decir algo acerca de "la esencia", se limita a declarar sencillamente que es indiferente el que la "piense" "en Mí o fuera de Mí", en esta o en aquella localidad. Y que esta indiferencia en cuanto a la esencia no es, ni mucho menos, un descuido estilístico se desprende ya del hecho de que él mismo distingue entre lo esencial y lo no esencial, de que en él mismo pueda figurar, incluso, "la noble esencia del egoísmo", pág. 72. Por lo demás, lo que hasta ahora han dicho los teóricos alemanes acerca de lo esencial y lo inesencial puede verse en su totalidad, mero mucho mejor, en la Lógica de Hegel.

La ilimitada credulidad de "Stirner" en cuanto a las ilusiones de la filosofía alemana la encontramos concentrada en el hecho de que deslice constantemente al hombre, como el único personaje actuante, por debajo de la historia y crea que es "el hombre" quien hace la historia. Con esto volveremos a encontrarnos también en Feuerbach, cuyas ilusiones acepta a pies juntillas San Max, para seguir construyendo en torno a ellas.

Pág. 77. "Lo único que hace Feuerbach es trasponer el sujeto y el predicado, dando preferencia al segundo. Pero puesto que él mismo dice: «El amor no es sagrado (de aquí que nunca considere al hombre sagrado por ello) porque sea un predicado de Dios, sino que es un predicado de Dios porque es de por sí algo totalmente divino», pudo llegar a la conclusión de que debía abrirse la lucha contra los predicados mismos, contra el amor y contra todas las santidades. ¿Cómo podía esperar en apartar a los hombres de Dios, si les dejaba lo divino? Y si Dios mismo no es nunca lo fundamental para ellos, como sostiene Feuerbach, sino solamente sus predicados, tenía que dejar en ellos, a pesar de todo, el oropel, puesto que seguía en pie la crisálida, el verdadero meollo". Por tanto, porque Feuerbach diga "él mismo" eso, Jacques le bonhomme ya no necesita más fundamento para creerle que los hombres han considerado el amor "porque es de por sí algo totalmente divino". Pues bien, si ocurre exactamente lo contrario de lo que dice Feuerbach –y "nos atrevemos a decir esto" (Wigand, pág. 157) -, si para los hombres no han sido nunca lo fundamental ni Dios ni sus predicados, si esto no es mas que la ilusión religiosa de la teoría alemana, volverá a sucederle a nuestro Sancho lo mismo que ya le sucedió en la novela de Cervantes, cuando, mientras dormía, le colocaron cuatro estacas debajo de la albarda y le sustrajeron el rucio.

Apoyándose en estas manifestaciones de Feuerbach, comienza Sancho el combate que aparece descrito ya de antemano en el capítulo XIX del libro de Cervantes, donde el ingenioso hidalgo [(En español, en el original)] lucha contra los predicados, los personajes disfrazados que llevan a la tumba el cadáver del mundo y que, envueltos en sus trajes talares y en sus sudarios no pueden moverse, lo que facilita a nuestro hidalgo la empresa de embestidos con su lanza y de darles una buena paliza. La última tentativa que se hace para seguir explotando como una esfera propia la crítica de la religión, ya azotada hasta el agotamiento, para mantenerse dentro de las premisas de la teoría alemana, pero aparentando salirse fuera de ella, para extraer de este hueso, chupado ya hasta la última hebra de carne, una abundante sopa rumfordiana [para "el] libro", consiste en combatir las relaciones materiales, pero no en su forma real, ni siquiera a través de la ilusión profana de quienes viven prácticamente prisioneros dentro del mundo actual, sino en el extracto celestial de su forma profana, como predicados, como emanaciones de Dios, como ángeles. Volvía a poblarse, así, el reino de los cielos y se suministraba gran cantidad de nuevos materiales a la vieja manera de explotación de este reino celestial. La lucha contra la ilusión religiosa, contra Dios, volvía a deslizarse, así, por debajo de la lucha real. San Bruno, cuyo medio de ganarse la vida es la teología, se entrega en su "amarga lucha por la vida" al mismo esfuerzo pro aris et focis [Por el altar y el hogar] contra la sustancia, que como teólogo por salir de la teología. Su "sustancia" no es otra cosa que los predicados de Dios compendiados en un nombre, con exclusión de la personalidad (divina) que él restringe, de los predicados de Dios, los cuales no son, a su vez, más que los nombres celestificados de las ideas que los hombres se forman acerca de sus determinadas relaciones empíricas, ideas que más tarde conservan hipócritamente, por razones de orden práctico. Claro está que el comportamiento empírico, material, de estos hombres no puede ni siquiera comprenderse con el instrumental teórico heredado de Hegel. Al mostrar Feuerbach que el mundo religioso no era sino la ilusión del mundo terrenal que en él mismo aparecía solamente como frase, se planteaba también, para la teoría alemana, por sí mismo, un problema a que él no daba solución, a saber: ¿cómo explicarse que los hombres "se metan en la cabeza" estas ilusiones? Y esta pregunta abrió incluso a los teóricos alemanes el camino hacia una interpretación materialista del mundo, que no sólo no carecía de premisas, sino que, por el contrario, observaba empíricamente las premisas materiales de la realidad en cuanto tales y era, por ello, cabalmente, una concepción realmente crítica del mundo.

Esta trayectoria se apuntaba ya en los Anales franco-alemanes, en la Introducción a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel y en el trabajo Sobre la cuestión judía. Y como esto se hizo, por aquel entonces, todavía en el plano de la fraseología filosófica, los términos filosóficos tradicionales que en dichos trabajos se deslizaban, tales como los de "esencia humana", "género", etc., dieron a los teóricos alemanes el deseado pie para desconocer y tergiversar el sentido real del razonamiento, creyendo que se trataba, una vez más, de una nueva manera de usar sus desgastadas levitas teóricas; no en vano el doctore Graziano de la filosofía alemana, el doctor Arnold Ruge, pensó que podía seguir agitando ante estos razonamientos sus desmanados brazos y seguir ostentando su careta pedantesco-burlesca. Hay que "dejar a un lado la filosofía" (Wig. pág. 187, cfr. Hess, Die letzten Philosophen [ Los últimos filósofos], pág. 8), hay que saltar fuera de ella y afrontar como un hombre sencillo y corriente el estudio de la realidad, para lo que se dispone, también en el terreno literario, de un inmenso material, desconocido naturalmente por los filósofos; cuando, situándose en este plano, se enfrenta uno de nuevo con gentes como Krummacher o "Stirner", se ve que hace mucho tiempo que se han quedado "atrás" y por debajo. Entre la filosofía y el estudio del mundo real media la misma relación que entre el onanismo y el amor sexual. San Sancho, que a pesar de su ausencia de pensamientos, corroborada por nosotros con gran paciencia y ostentada por él enfáticamente, permanece dentro del mundo de los pensamientos puros, sólo puede salvarse de él, naturalmente, por medio de un postulado moral, el postulado de la "ausencia de pensamientos" (página 196 del "Libro"). Es el burgués que se salva del aprieto por medio de la banqueroute cochonne [Quiebra fraudulenta], con lo que, como es natural, no se convierte en un proletario, sino sencillamente en un burgués quebrado. No se convierte en hombre apegado a la realidad, sino sencillamente en un filósofo quebrado y carente de pensamientos.

Los predicados de Dios, recibidos de Feuerbach como potencias reales sobre los hombres, como jerarcas, son los vestiglos, deslizados por debajo del mundo empírico, con que se encuentra "Stirner". Hasta tal punto todo lo que es suyo "propio" se basa simplemente en lo que otros le "inspiran". Y cuando "Stirner" (v. también pág. 63) reprocha a Feuerbach que no llega a resultado alguno por convertir el predicado en sujeto, y viceversa, a menos resultados todavía puede llegar él mismo, [ya que] acepta a pies juntillas estos predicados feuerbachianos conv[ertidos en suj]etos como personalidades reales que domi[nan al mundo], toma con la mayor lealtad estas frases sobre las relaciones como las relaciones mismas de la realidad, les atribuye el predicado de lo sagrado, y convierte este predicado en un sujeto, "lo sagrado"; es decir, hace exactamente lo mismo que reprocha a Feuerbach y, después de haberse desembarazado totalmente, así, del contenido determinado de que se trataba, declara su lucha, es decir, su "repugnancia" en contra de este algo "sagrado", que, naturalmente, sigue siendo lo mismo que antes era. En Feuerbach se conserva todavía la conciencia, que San Max le echa en cara, de "que, en ello, «sólo se trata de destruir una ilusión»" (pág. 77 "del Libro"), a pesar de que Feuerbach sigue concediendo a esta lucha contra la ilusión excesiva importancia. En "Stirner", esta conciencia "ha devenido todo", pues él cree realmente en el imperio de los pensamientos abstractos de la ideología en el mundo actual; cree que, en su lucha contra los "predicados", contra los conceptos, no ataca ya a una ilusión, sino a las potencias reales que dominan el mundo. De ahí su manera de ponerlo todo de cabeza, de ahí la enorme credulidad con que acepta como moneda de buena ley todas las ilusiones aparentemente consagradas, todas las hipócritas afirmaciones de la burguesía. Por lo demás, cuán poco queda en pie de la "crisálida", del "verdadero meollo" y del "oropel", y cuán necio es este bello símil lo demuestra mejor que nada la propia "crisálida" de "Stirner", "el Libro", en el que no se encontrará ningún "meollo", ni "propio" ni im"propio" y donde lo poco que se encuentra en las 491 páginas apenas si merece el nombre de "oropel". Pero si acaso encontrásemos aquí algún "meollo", este meollo sería el pequeño burgués alemán.

Por lo demás, el propio San Max se encarga de explicarnos de un modo extraordinariamente ingenuo, en el comentario apologético, de dónde proviene su odio contra los "predicados". Aquí, cita el siguiente pasaje de la Esencia del cristianismo, pág. 31: "Sólo es verdadero ateo aquel para quien no significan nada los predicados de la esencia divina, tales como, por ejemplo, el amor, la sabiduría y la justicia, pero no aquél para quien solamente el sujeto de estos predicados carece de significación". Y, después de citar estas palabras, exclama triunfalmente: "¿No se aplica esto perfectamente a Stirner?" ... "Aquí la sabiduría". San Max descubrió en el citado pasaje una pista respecto a cómo se debe empezar para proceder "del más sabio de los modos". Cree a Feuerbach cuando le dice que lo indicado más arriba constituye la "esencia" del "verdadero ateo" y se ajusta a la "misión" que él le enseña de llegar a convertirse en el "verdadero ateo". El "Único" es "el verdadero ateo".

Y todavía más crédulamente que contra Feuerbach, maquina San Max contra San Bruno o "la crítica". Ya tendremos ocasión de ver abundantemente todo lo que deja que "la crítica" le imponga, cómo se somete a su fiscalización policíaca, cómo "la crítica" le inspira su tipo de vida, su "misión". Por el momento, baste con señalar como botón de muestra de su fe en la crítica que en la pág. 186 trata a la "critica" y a la "masa" como dos personas distintas que se combaten mutuamente y "tratan de liberarse del egoísmo", Y en la pág. 187 las acepta a las dos "como aquello por lo que ellas se quieren hacer pasar".

Con la lucha contra el liberalismo humano, termina el combate del Antiguo Testamento, en el que el hombre actuaba como un carcelero del Único; los tiempos se han cumplido y sobre la humanidad pecadora irrumpe el evangelio de la gracia y el gozo.

La lucha en torno "al hombre" es la realización de aquellas palabras escritas por Cervantes en el capítulo XXI de su obra, "que trata de la alta aventura y rica ganancia del yelmo de Mambrino". Nuestro Sancho, que todo lo imita en su antiguo amo y señor y actual escudero, ha "jurado conquistar el yelmo de Mambrino" a los hombres para sí. Y después de buscar en vano el ansiado yelmo, en sus distintas "salidas", entre los antiguos y los modernos, los liberales y los comunistas, "descubrió un hombre a caballo, que traía en la cabeza una cosa que relumbraba como si fuera de oro", y habló así a Don Quijote-Szeliga: "Si no me engaño, hacia nosotros viene alto que trae en su cabeza puesto el yelmo de Mambrino, sobre el que yo hice el juramento que sabes". "Mire vuestra merced bien lo que dice, y mejor lo que hace", replicó a esto Don Quijote, a quien los años habían enseñado la cordura. ¿No veis aquel caballero que hacia nosotros viene, sobre un caballo rucio rodado, que trae puesto en la cabeza un yelmo de oro?" "Lo que yo veo y columbro", respondió Don Quijote, "no es sino un hombre sobre un asno, pardo como el vuestro, que trae sobre la cabeza una cosa que relumbra". - "Pues ése es el yelmo de Mambrino", dijo Sancho. Entre tanto, se acercó, cabalgando apaciblemente sobre su borrica, la crítica, el santo barbero Bruno, con su bacía de barbero sobre la cabeza; San Sancho endereza contra él su lanza, San Bruno salta de la burra al suelo, deja atrás la bacía (por eso aquí, en el Concilio, lo vemos entrar sin este aditamento) y corre a campo traviesa, "porque es el crítico en persona". San Sancho recoge, loco de contento, el yelmo de Mambrino, y como Don Quijote observe que es completamente igual a una bacía de barbero, contesta Sancho : "Sin duda esta famosa pieza deste encantado yelmo por algún extraño accidente debió de venir a manos de quien no supo conocer ni estimar su valor y, sin saber lo que hacía, viéndola de oro purísimo, debió de fundir la otra mitad para aprovecharse del precio, y de la otra mitad hizo ésta que parece bacía de barbero, como tú dices; pero, parezca lo que pareciere a ojos profanos, para Mí que conozco su valor, todo es uno y lo mismo".

"¡La segunda magnificencia, la segunda propiedad, ha sido adquirida!".

Ahora, habiendo conquistado ya su yelmo "para el hombre", se encara con éste, se conduce hacia él como hacia su "más irreconciliable enemigo" y le declara sin andarse con rodeos (el porqué, lo veremos más tarde) que él (San Sancho) no es "el hombre", sino "el no hombre, lo inhumano". Y, convertido así en "lo inhumano", se dirige a Sierra Morena, para prepararse por medio de penitencias y expiaciones, para la magnificencia del Nuevo Testamento. Una vez allí, se quedó "desnudo como ha venido al mundo" (pág. 184) con objeto de cobrar su propia personalidad y superar con ello lo que su predecesor hace en el capítulo XXV de la obra de Cervantes: "Y desnudándose con toda prisa los calzones„ quedó en carnes y en pañales, y luego, sin más ni más, dio dos zapatetas en el aire y dos tumbas la cabeza abajo y los pies en alto, descubriendo cosas que, por no verlas otra vez, volvió su escudero la rienda a Rocinante". Pero "lo inhumano" supera con mucho a su profano modelo. "Se vuelve resueltamente la espalda a sí mismo, con lo que, al mismo tiempo, se vuelve de espaldas al inquietante crítico" y "lo deja estar". "Lo inhumano" se enzarza luego en una disputa con la crítica, a la que ha dejado plantada, "se desprecia a sí mismo", "se piensa en comparación con otro", "ordena a Dios", "busca fuera de sí mismo su YO mejor", hace penitencia por no ser todavía único, se declara como lo Único, "lo egoísta y lo Único", a pesar de que no necesitaba ya declararlo, después de haberse vuelto resueltamente la espalda a si mismo. Todo esto ha conseguido hacer de sí mismo "lo inhumano" (véase Pfister, Geschichte der Teutschen [ Historia de los teutones]), después de lo cual marcha, cabalgando sobre su rocín, purificado y triunfante, hacia el reino del único.

Fin del Antiguo Testamento

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[1] El chamán y el filósofo especulativo representan el escalón más bajo y el más alto en la escala del hombre interior, del mongol, p. 453. (Nota de Marx y Engels).

[2] Cfr. La Sagrada Familia, o crítica de la Crítica crítica, donde fueron ya ensalzadas las anteriores hazañas heroicas de este hombre de Dios. (Nota de Marx y Engels).

[3] En los "Anales Franco-Alemanes" sólo se hacía esto, por guardar la ilación, en relación con los derechos del hombre de la Revolución Francesa. Por lo demás, toda esta concepción de la competencia como uno "de los derechos del hombre" puede documentarse ya un siglo antes en los representantes de la burguesía. (John Hamp [den], Petty, Boisguillebert, Child, etc.). Sobre la actitud de los liberales teóricos ante los burgueses, consúltese [más arriba] acerca de la posición de los ideólogos de una clase ante esta clase misma. (Nota de Marx y Engels).

EL NUEVO TESTAMENTO: EL "YO"

1

LA ECONOMÍA DEL NUEVO TESTAMENTO

Si en el Antiguo Testamento nos ha servido como objeto de edificación la lógica "única" dentro del pasado, ahora tenemos ante nosotros el presente dentro de la lógica "única". Ya hemos ilustrado suficientemente al "Único" en sus múltiples "refracciones" antediluvianas, como hombre, como caucasiano caucásico, como cristiano acabado y perfecto, como la verdad del liberalismo humano, la unidad negativa de realismo e idealismo, etc., etc. Con la construcción histórica del "Yo", desaparece el "Yo" mismo. Este "Yo", el final de una construcción histórica, no es un Yo corpóreo, carnalmente engendrado por hombre y mujer, que no necesita, para existir, de ninguna suerte de especulación; es un "Yo" espiritualmente engendrado por dos categorías, "idealismo" y "realismo", una mera existencia discursiva.

El Nuevo Testamento, disuelto y resuelto ya con su supuesto anterior, el Antiguo Testamento, lleva una economía doméstica literalmente tan sabia como el Antiguo, a saber, "a través de diversas mutaciones", la misma, como se desprende del siguiente cuadro:

I. La propia individualidad = los antiguos, el niño, el negro, etc., en su verdad, o sea el desentrañamiento del "mundo de las cosas" para la "propia" intuición y toma de posesión de este mundo. Resultado, entre los antiguos, el desprendimiento del mundo, entre los modernos el desprendimiento del espíritu, entre los liberales el desprendimiento de la persona, entre los comunistas el desprendimiento de la propiedad, entre los humanos el desprendimiento de Dios, es decir, en general, la categoría del desprendimiento (libertad) como meta. La categoría negada del desprendimiento es la de la propia individualidad, que, naturalmente, no tiene más contenido que este desprendimiento. Lo propio es la propiedad construida de todas las propiedades del individuo stirneriano.

II. El apropiador.- En cuanto tal, descubre Stirner la falta de verdad del mundo de las cosas y del mundo del espíritu, es decir, los modernos, fase del cristianismo dentro del desarrollo lógico; el joven, el mongol. Y así como los modernos se desagregan en libres triplemente determinados, el apropiador se descompone en las tres determinaciones siguientes:

1) Mi poder, correspondiente al liberalismo político, donde se revela la verdad del derecho, donde el derecho se disuelve, como el poder "del hombre", en el poder como el derecho del "Yo". Lucha contra el Estado en cuanto tal.

2) Mi intercambio, correspondiente al comunismo, donde se revela la verdad de la sociedad y donde la sociedad, como el intercambio de que son mediadores "los hombres" (en sus formas de sociedad carcelaria, de familia, de Estado, de sociedad civil, etc.), se resuelve en el intercambio del "Yo".

3) Mi autodisfrute, correspondiente al liberalismo humano, crítico, donde se revelan la verdad de la critica, el consumir, el disolver y la verdad de la autoconciencia absoluta en tanto autoconsumir, y donde la crítica, en tanto el resolverse en interés del hombre, se convierte en el resolverse en interés del "Yo".La peculiaridad de los individuos se resolvía, como hemos visto, en la categoría general de lo propio, que era la negación del desprendimiento, de la libertad en general. Por tanto, la descripción de las cualidades o propiedades especiales del individuo sólo puede consistir, a su vez, en la negación de esta libertad en sus tres "refracciones"; cada una de estas libertades negativas se convierte ahora por medio de su negación en una cualidad positiva. Y de suyo se comprende que, así como en el Antiguo Testamento el desprendimiento del mundo de las cosas y del mundo de los pensamientos se concebía ya como una apropiación de estos dos mundos, así también aquí este ser propio o esta apropiación de las cosas y de los pensamientos vuelve a exponerse como un desprendimiento acabado y perfecto.

El "Yo", con su propiedad, con su mundo, consistente en las cualidades que acaban de "señalarse", es el apropiador. Como sujeto que disfruta de sí mismo y se consume a sí mismo, es el "Yo" en la segunda potencia, el apropiador del apropiador, que al mismo tiempo que se desprende se pertenece a sí mismo; es, por tanto, la "absoluta negatividad", en su doble determinación como indiferencia y relación negativa consigo mismo, con el apropiador. Su propiedad sobre el mundo y su desprendimiento de él se han convertido ahora en esta relación negativa consigo mismo, en este disolverse a sí mismo y este pertenecerse a sí mismo del apropiador. El Yo, así determinado, es

III. El Único, que, por tanto, no tiene tampoco otro contenido que el apropiador más la determinación filosófica de la "relación negativa consigo mismo". El profundamente cavilador Jacques aparenta como si no pudiera predicarse nada de este Único, por tratarse de un individuo corpóreo, no construible. Pero, más bien ocurre con él lo que con la idea absoluta hegeliana al final de la Lógica y con la personalidad absoluta al final de la Enciclopedia, de las que tampoco puede predicarse nada, pero es porque la construcción contiene cuanto pudiera predicarse de tales personalidades construidas. Hegel sabe esto y no tiene el menor empacho en reconocerlo, mientras que Stirner cae en la hipocresía de sostener que su "Único" es más todavía que el único construido, pero algo que no es posible decir, a saber: un individuo corpóreo. Esta hipócrita apariencia desaparece cuando la cosa se invierte, cuando se determina el único como el apropiador y se predica de éste que tiene la categoría general de lo propio como su determinación general; con lo cual no sólo se predica todo lo que es "predicable" acerca del Único, sino que se dice de él, además, todo lo que él es, descontando lo que acerca de él se imagina Jacques le bonhomme.

"¡Oh, qué profundidad de riqueza, qué sabiduría y qué conocimiento, los del Único! ¡Y cuán insondables son sus pensamientos y cuán inescrutables sus caminos!".

"Esto es sólo el borde de sus caminos, es un leve susurro que hemos oído de él". (Job, 26, 14)

2

FENOMENOLOGÍA DEL EGOÍSTA UNO CONSIGO, MISMO, 0 TEORÍA DE LA

JUSTIFICACIÓN

Como ya veíamos en la Economía del Antiguo Testamento y posteriormente, el verdadero egoísta de San Sancho, uno consigo mismo, no debe confundirse, en modo alguno, con el trivial egoísta de todos los días, con el "egoísta en sentido vulgar". Tiene como premisa tanto a éste (al egoísta cautivo del mundo de las cosas, al niño, al negro, al antiguo, etc.) como al egoísta capaz de sacrificio (al egoísta prisionero piel mundo de los pensamientos, el joven, el mongol, el moderno, etc.). Pero, de la naturaleza de los misterios del Único forma parte el que esta contraposición y la unidad negativa que de ella brota -el "egoísta uno consigo mismo"- sólo puedan considerarse aquí, en el Nuevo Testamento.

Como San Max trata de presentar al "verdadero egoísta" como algo totalmente nuevo, como la meta de toda la historia anterior, tiene que demostrar, de una parte, a los partidarios del sacrificio, a los predicadores del dévoûment, que son egoístas sin quererlo, y, de otra parte, a los egoístas en el sentido vulgar de la palabra, que son en realidad gente abnegada, y no verdaderos, sagrados egoístas. Comencemos por los primeros, por los partidarios del sacrificio,

Incontables veces ya hemos visto que en el mundo de Jacques le bonhomme todos se hallan poseídos por lo sagrado. "Hay, sin embargo, una diferencia" entre "ser culto o ser inculto". Los cultos, los que se ocupan del pensamiento puro, se nos presentan aquí como los "poseídos" par excellence [Por antonomasia] por lo sagrado. Son, vistos bajo su forma práctica, los que "se sacrifican".

"¿Quién es, pues, el que sacrifica? Totalmente" (!), "sin embargo" (!!), "sin duda" (!!!), "aquel que pone todo lo demás a algo, a un fin, a una pasión. - Se halla dominado por una pasión, a la que sacrifica lo demás. ¿Y acaso estos abnegados no son egoístas? Como sólo tienen una pasión dominante, sólo se preocupan también de una satisfacción, pero afanándose tanto más por ella. Toda su conducta, todos sus actos son egoístas, pero de un egoísmo unilateral, no esclarecido, limitado; es un estado de posesos", pág. 99. Sólo tienen, pues, según San Sancho, una pasión dominante; ahora bien, ¿deberán preocuparse también de las pasiones que tienen otros, no ellos, para elevarse al egoísmo omnilateral, esclarecido e ilimitado, para ajustarse a esta pauta ajena del egoísmo "sagrado"?

Incidentalmente, se habla también en este pasaje del "avaro" y del "voluptuoso" (probablemente porque Stirner cree que éste busca "el placer" como tal, el sagrado placer, y no los placeres reales de toda suerte), así como también de "Robespierre, por ejemplo, de Saint-Just, etc." (pág. 100), como ejemplos del "egoísta abnegado, poseso". "Desde cierto punto de vista de la moral, se razona" (es decir, razona nuestro egoísta sagrado, el "egoísta uno consigo mismo", desde su propio punto de vista, extraordinariamente discrepante consigo mismo) "sobre poco más o menos, así": "Si sacrifico varias pasiones a otra, no me sacrificaré Yo a ella, ni le sacrificaré nada de aquello por lo que Yo soy verdaderamente Yo mismo" (pág. 386). Y San Max se ve obligado por estas dos tesis "discrepantes consigo mismas" a establecer la "mezquina" distinción de que tal vez se pueda sacrificar, "por ejemplo", seis pasiones, siete, "etc.", a una sola sin dejar por ello de ser "verdaderamente Yo mismo", pero ya no, bien entendido, diez e incluso más. Robespierre y Saint-Just no eran, por supuesto, "verdaderamente Yo mismo", como no eran tampoco verdaderamente "el hombre", pero eran verdaderamente Robespierre y Saint-Just, estos únicos e incomparables individuos.

El juego malabar de demostrar a los "abnegados" que son egoístas es un viejo truco, que explotaron ya con largueza Helvecio y Bentham. Lo que hay de "propio" en el juego malabar de San Sancho es el convertir a los "egoístas en el sentido vulgar", a los burgueses, en no egoístas. Es cierto que Helvecio y Bentham tratan de hacer ver a los burgueses que se perjudican prácticamente con su limitación, pero lo "propio" del juego malabar de San Max consiste en hacerles ver que no se ajustan al "ideal", al "concepto", a la "esencia", a la "misión", etc., del egoísta y no se comportan, respecto a sí mismos como negación absoluta. Ante sus ojos flota, una vez más, el pequeño burgués alemán. Y diremos de pasada que nuestro santo, mientras que en la pág. 99 hace figurar al "avaro" como "egoísta abnegado", en la pág. 78 incluye a los "codiciosos" entre los "egoístas en sentido vulgar", entre los "impuros" y "profanos".

Esta segunda clase de los hasta ahora egoístas se define, en la pág. 99, del modo siguiente: "Esta gente" (los burgueses) "no es, pues, abnegada, no es inspirada, no es ideal, no es consecuente, no es entusiasta; es egoísta en sentido vulgar, procura su provecho propio, trata de buscar su propia ventaja, es prosaica, calculadora, etc."

Como "el Libro" no sigue una pauta, ya tuvimos ocasión de ver, al tratar de las "manías" y del "liberalismo político" cómo Stirner lleva a cabo su juego malabar de convertir a los burgueses en no egoístas, principalmente por obra de su gran ignorancia de lo que son los hombres y las condiciones reales. Y, aquí, le sirve de palanca esta misma ignorancia.

"A ello" (es decir, a la figuración stirneriana de la abnegación) "se opone la testarudez del hombre secular, pero hace ya miles de años que éste ha sido derrotado, por lo menos, hasta el punto de tener que doblar la tozuda cerviz y adorar a potencias superiores" (pág. 104). Los egoístas en sentido vulgar "se comportan mitad clericalmente y mitad secularmente, sirven a Dios y a Mammon" (pág. 105). Y en la pág. 78 se nos dice: "El Mammon del cielo y el Dios de la tierra reclaman ambos el mismo grado de abnegación", sin que sea posible comprender cómo puedan contraponerse la abnegación a Mammon y la abnegación a Dios como lo "secular" y lo "clerical".

En la pág. 106, se pregunta Jacques le bonhomme. "¿Cómo explicarse, sin embargo, que el egoísmo de quienes afirman el interés personal se someta siempre, a pesar de todo, a un interés clerical o propio de un maestro de escuela, es decir, a un interés ideal?" ("Señalemos" de pasada que aquí los burgueses se nos presentan como los representantes de los intereses personales). Ello se explica porque "su persona se les antoja demasiado pequeña, demasiado insignificante, y lo es, en efecto, para poder reclamarlo todo e imponerse totalmente. Un signo seguro de ello lo tenemos en el hecho de que se desdoble, a su vez, en dos personas, una eterna y otra temporal, velando los domingos por la primera y en los días de semana por la segunda. Llevad dentro de sí al cura, del que no aciertan a desprenderse". Al llegar aquí, Sancho siente escrúpulos y se pregunta, preocupado, si no "ocurrirá lo mismo" con lo propio, con el egoísmo en el sentido extraordinario de la palabra. Ya veremos más adelante que esta angustiosa pregunta no carece de fundamento. Antes de que el gallo haya cantado dos veces, "renegará" tres veces de sí mismo San Jacobo (Jacques le bonhomme).

Nuestro santo descubre en la historia, con desagrado de su parte, que de los dos lados que en ella se manifiestan, el interés privado de los individuos y el llamado interés general, el uno acompaña siempre al otro. Y descubre esto, como de ordinario, bajo una forma falsa, bajo su forma sagrada, por el lado de los intereses ideales, de lo Sagrado, de la ilusión. Se pregunta: ¿cómo explicarse que los egoístas vulgares, los representantes de los intereses personales, se hallen al mismo tiempo bajo el imperio de los intereses generales, de los maestros de escuela, que se hallen bajo la jerarquía? Y contesta a su pregunta, diciendo que los burgueses, etc., "se antojan demasiado pequeños" y encuentra el "signo seguro" de ello en el hecho de que se comportan religiosamente, desdoblándose en una persona temporal y otra eterna; es decir, explica su comportamiento religioso por su modo religioso de comportarse, habiendo convertido antes la lucha entre los intereses personales y generales en la imagen reflejada de la lucha, en un simple reflejo dentro de la fantasía religiosa. Qué significa realmente el imperio de lo ideal, puede verse más arriba, donde se habla de la jerarquía.

Traduciendo la pregunta de Sancho de su forma superabundante al lenguaje profano, tenemos lo siguiente:

¿Cómo explicarse que los intereses personales se desarrollen siempre, a despecho de las personas, hasta convertirse en intereses de clase, en intereses comunes, que adquieren su propia sustantividad frente a las personas individuales de que se trata y, así sustantivados, cobran la forma de intereses generales, enfrentándose como tales a los individuos reales y pudiendo, en esta contraposición, determinados ahora como intereses generales, aparecer ante la conciencia como intereses ideales, e incluso religiosos, sagrados? ¿Cómo explicarse que, dentro de esta sustantivación de los intereses personales como intereses de clase, el comportamiento personal del individuo tenga necesariamente que objetivarse, que enajenarse y, al mismo tiempo, se mantenga como una potencia independiente de él, creada sin él por el intercambio, se convierta en relaciones sociales, en una serie de potencias que determinan y subordinan al individuo y aparecen, por tanto, idealmente, como potencias "sagradas"? Si Sancho hubiese comprendido de una vez el hecho de que, dentro de ciertos modos de producción, que, naturalmente, no dependen de la voluntad, hay siempre potencias prácticas ajenas, independientes no sólo de los individuos aislados, sino incluso de la colectividad de éstos y que se imponen a los hombres, le sería poco más o menos indiferente el que este hecho se representara religiosamente o a través de la representación del egoísta, que lo tergiversa todo en el sentido de que no concibe nada por encima de sí mismo. Sancho descendería, así, en absoluto, del reino de la especulación al campo de la realidad, del mundo de lo que los hombres se imaginan al mundo de lo que son, del plano de lo que ellos creen y se imaginan al de su modo de comportarse y al de cómo tienen necesariamente que comportarse, en determinadas circunstancias. Lo que se le aparece como producto del pensamiento, lo comprendería entonces como producto de la realidad. Y no caería en el mal gusto, digno de él, de explicar la dualidad entre los intereses personales y generales diciendo que los hombres se representan también religiosamente esta dualidad y se imaginan ser así o del otro modo, lo que no es más que otra manera de expresar lo que "se representan" ellos ser.

Incluso bajo la absurda forma pequeñoburguesa alemana en que Sancho concibe la contradicción entre los intereses personales y los generales, tendría que ver, por lo demás, que los individuos, como no podía ser de otro modo, parten y han partido siempre de sí mismos, razón por la cual los dos lados que él pone de manifiesto son dos lados del desarrollo personal de los individuos, engendrados ambos por condiciones igualmente empíricas de vida de los individuos, y simples expresiones, ambos, del mismo desarrollo personal de los hombres y entre los que sólo media, por tanto, una aparente contraposición. Por lo que se refiere al problema de cuál es el lugar que al individuo asignan las condiciones especiales de desarrollo y la división del trabajo, al problema de si el individuo de que se trata representa más bien uno o el otro lado de la antítesis, aparece más bien como egoísta o como abnegado, se trata de un problema completamente secundario, que incluso sólo cobra cierto interés cuando se plantea con vistas a determinados individuos y dentro de determinadas épocas históricas. De otro modo, sólo podrá conducir a frases de charlatanismo moral.

Pero Sancho se deja engañar aquí como un dogmático y no sabe encontrar otra salida que declarar que Sancho Panza y Don Quijote han nacido, y hacer que los Sandios se metan en la cabeza las locuras de los Quijotes; como dogmático que es, destaca uno de los dos lados, concebido a la manera del maestro de escuela, se lo explica de este modo a los individuos y expresa su repugnancia por el otro lado. Como dogmático, sólo ve, por tanto, en el otro lado, en parte una afección del ánimo, el dévoûment, y en parte un simple ``principio", y no una relación que brota necesariamente del anterior modo de ser natural de los individuos. El "principio" puede, consecuentemente, "quitárselo" uno "de la cabeza", a pesar de que, con arreglo a la ideología sanchesca, crea diversas cosas empíricas. Así, por ejemplo, en la pág. 180 el "principio de vida o de sociedad" "ha creado... la vida social, todo intercambio, toda confraternidad y todo eso...". Más exacto sería decir, a la inversa, que la realidad ha creado el principio.

El comunismo resulta, por ello, sencillamente inconcebible para nuestro santo, porque los comunistas no hacen valer ni el egoísmo en contra del espíritu de sacrificio ni el espíritu de sacrificio en contra del egoísmo, ni envuelven teóricamente esta contraposición en aquella superabundante forma ideológica, sino que ponen de manifiesto, por el contrario, su fuente material, con la que desaparece la contraposición misma. Los comunistas no predican absolutamente ninguna moral, lo que Stirner hace con gran largueza. No plantean a los hombres el postulado moral de ¡amaos los unos a los otros!, ¡no seáis egoístas!, etc.; saben muy bien, por el contrario, que el egoísmo, ni más ni menos que la abnegación, es, en determinadas condiciones, una forma necesaria de imponerse los individuos. Los comunistas no se proponen, por tanto, en modo alguno, como cree San Max y repite en sus oraciones su fiel Dottore Graziano (Arnold Ruge) (lo que San Max le Premia, Wigand pág. 192, llamándole "una cabeza extraordinariamente ladina y política"), superar al "hombre privado" en aras del "hombre general", abnegado, creencia ésta acerca de la cual ambos podrían aleccionarse con lo que se ha dicho ya en los Anales franco-alemanes. Los comunistas teóricos, los únicos que disponen de tiempo para ocuparse de la historia, se distinguen precisamente por el hecho de ser los únicos que han descubierto en toda la historia la creación del "interés general" por obra de los individuos determinados como "hombres privados". Saben que esta contraposición es puramente aparente, porque uno de los dos lados, lo que se llama lo "general", es constantemente engendrado por el otro, por el interés privado y no es, en modo alguno, una potencia independiente frente a él, con su historia propia y aparte; que, por tanto, esta contraposición se ve, prácticamente, destruida y engendrada de continuo. No se trata, por consiguiente, de una "unidad negativa" hegeliana de dos lados de una antítesis, sino de la negación materialmente condicionada de un modo de existencia hasta ahora materialmente condicionado de los individuos, con el que desaparecen, al mismo tiempo, aquella contraposición y su unidad.

Vemos, pues, cómo el "egoísta uno consigo mismo", por oposición al "egoísta en sentido vulgar" y al "egoísta abnegado" descansan desde el primer momento sobre una ilusión acerca de ambos y de las relaciones reales entre los hombres reales. El representante de los intereses personales sólo es "egoísta en el sentido vulgar" por razón de su necesario enfrentamiento a los intereses comunes, que dentro del modo actual de producción y de intercambio se sustantivan como intereses generales y se representan y hacen valer bajo la forma de intereses ideales. Y el representante de los intereses comunes es "abnegado" simplemente por razón de su enfrentamiento a los intereses personales plasmados como intereses privados, por razón de la determinación de los intereses comunes como intereses generales.

Ambos, tanto el "egoísta abnegado" como el "egoísta en sentido vulgar", coinciden en última instancia en la negación de sí mismos. Pág. 78: "La negación de sí mismos es, por tanto, común al santo y al profano, al puro y al impuro: el impuro reniega de los mejores sentimientos, del pudor y hasta de la timidez natural, para seguir solamente el camino de los apetitos que le dominan. El puro reniega de su actitud natural ante el mundo... Empujado por la sed de dinero, el avaro reniega de todos los postulados de la conciencia, del sentimiento del honor, de la dulzura y la compasión; pierde toda clase de miramientos: se deja arrastrar por la codicia. El santo hace lo uno y lo otro: se convierte en blanco de las burlas del mundo, es «duro de corazón» y «severamente justo», pues se deja arrastrar por el anhelo".

El "avaro" al que aquí se presenta como el egoísta impuro, profano, es decir, como el egoísta en sentido vulgar, no es sino una figura trillada [por los] cuentos morales para chicos y las novelas, pero que en la realidad sólo aparece como un fenómeno anormal, y en modo alguno el representante del codicioso burgués, que, por el contrario, no necesita renegar ni de "los postulados de la conciencia", del "honor", etc., ni entregarse a la sola pasión de la avaricia. Su avaricia trae, por, el contrario, como cortejo toda otra serie de pasiones políticas y de otra clase, cuya satisfacción no sacrifican los burgueses en modo alguno. Pero no entraremos aquí en ellas Y nos limitaremos, por el momento, a la "negación de sí mismo" de que habla Stirner.

San Max desliza aquí por debajo del Yo que se sacrifica otro Yo, que sólo existe en la imaginación de San Max. Hace que "el impuro" sacrifique cualidades generales tales como los "mejores sentimientos", el "pudor", la "timidez", el "sentimiento del honor", etc., sin preguntarse para nada si el impuro posee realmente estas cualidades. ¡Como si el impuro tuviera necesariamente que poseer todas estas cualidades que se enumeran! Pero, aun cuando "el impuro" las poseyese todas, el sacrificio de estas cualidades no significaría aún la negación de sí mismo, sino que el "sí mismo", como un hecho añadido a la moral "una consigo misma" sería sencillamente un hecho justificativo y demostrativo de que se sacrifican varias pasiones a una sola. Finalmente, con arreglo a esta teoría es "renegar de sí mismo" todo lo que Sancho hace y deja de hacer. Puede plantearse o no plantearse [...]

Aunque San Max dice en la pág. 420: "Sobre las puertas de nuestro [tiempo] no aparece escrito... el conócete a ti mismo [sino] el valórate a ti mismo" (donde el maestro de escuela convierte, una vez más, la valoración por él descubierta en el precepto moral de la valoración), [en vez del] anterior "egoísta abnega[do", para el] "egoísta en [sentido] vul[gar"] debe regir "aquella [frase apolínea" que dice:] "¡Conócete, [es decir, conoced lo que realmente sois, y dejad estar vuestro necio afán de ser algo distinto de lo que sois!" "Pues" "esto produce el fenómeno del egoísmo defraudado, con el que no me satisfago a mí mismo, sino que satisfago] uno de [mis apetitos, por] ejemplo, el [afán de] bien [aventuranza. Todos] vuestros actos e imp[ulsos son secr] eto, encubierto... [egoísmo], egoísmo inconsciente, y, por tanto, no egoísmo, sino servidumbre, servicio, negación de sí mismo. Sois egoístas y no lo sois, en cuanto renegáis del egoísmo" (pág. 217).

"Ninguna oveja, ningún perro se esfuerza en ser verdadero" egoísta (pág. 443); "ningún animal" grita a los otros: reconoceos a vosotros mismos, conoced lo que realmente sois, "vuestra naturaleza es una naturaleza" egoísta, "sois" "naturalezas" egoístas, "es decir", sois egoístas. "Pero, precisamente porque ya lo sois, no es necesario que lleguéis a serlo" (Ibíd.). Y de lo que sois forma parte también vuestra conciencia, y puesto que sois egoístas, tenéis también la conciencia que a vuestro egoísmo corresponde, y no hay por tanto razón alguna para prestar el menor acatamiento a la prédica moral de Stirner, que os pide que os encerréis en vosotros mismos y hagáis penitencia.

Stirner explota aquí, una vez más, [el] viejo juego filosófico de palabras sobre [el] cual volveremos más adelante. El filósofo no dice directamente: No sois hombres. Siempre lo habéis sido, pero os faltaba la conciencia de que lo erais, razón por la cual no habéis sido hasta ahora, en realidad, verdaderos hombres. De aquí que vuestra manifestación no correspondiera a vuestra esencia. Erais hombres y no lo erais. El filósofo confiesa aquí, por medio de un rodeo, que a una determinada conciencia corresponden también determinados hombres y determinadas circunstancias. Pero se imagina, al mismo tiempo, que su exhortación moral dirigida a los hombres para que cambien de conciencia hará brotar esta conciencia cambiada, y no ve en los hombres, a quienes el cambio de las condiciones empíricas hace cambiar y que ahora tienen también, naturalmente, otra conciencia, otra cosa que una [conciencia] cambiada. Y asimismo, [vuestra conciencia de asp[irar secretamente a algo]; [por eso sois] egoístas secr[etos, inconscientes] ; es decir, sois egoístas reales en cuanto sois inconscientes, pero sois no egoístas en cuanto sois conscientes. O bien: vuestra [conciencia] actual descansa sobre un determinado ser, [que] no es el ser a que yo aspiro; vuestra conciencia es la conciencia del egoísta como no debe [ser] y demuestra, por tanto, que vosotros mismos sois egoístas como no debierais serlo o que debierais ser de otro modo que como realmente sois. Este divorcio total entre la conciencia y los individuos que le sirven de base y sus condiciones reales, esta figuración de que el egoísta de la actual sociedad burguesa no posee la conciencia que corresponde a su egoísmo, no es más que una vieja quimera filosófica, que Jacques le bonhomme acepta y repite a pies juntillas.

Detengámonos en el "emotivo ejemplo" stirneriano del avaro. Este avaro, que no es el "avaro" en general, sino el avaro "Juan o Pedro", un avaro "único" e individualmente determinado y cuya avaricia no es la categoría "de la avaricia" (la abstracción de su manifestación amplia, complicada y "única" de vida. vista por San Max) y "no depende de otros" (por ejemplo, de San Max) "el rubricarla"; a este avaro trata San Max de convencerle con prédicas morales de que "no se satisface así mismo, sino a uno de sus apetitos". Pero, "solamente en el [inst]ante eres Tú Tú mismo, sólo momentáneamente eres realmente Tú. Algo separado [de Ti], del momentáneo", es un algo absolutamente superior, es, por ejemplo, el dinero. Pero "que para Ti" el dinero es "más [bien"] un goce superior, que es para Ti [un algo "absolutamente superior" o no] lo es [1] …………………………………….acaso ["renegar"] de mí mismo? Él encuentra que [la avaricia me] posee día y noche; [pero esto] sólo ocurre en su reflexión. Es él quien de los muchos momentos en los que Yo soy siempre lo momentáneo, siempre Yo mismo, siempre real, hace "el día y la noche", como es solamente él quien compendia los diferentes momentos de Mi manifestación de vida en un juicio moral y dice que son la satisfacción de la avaricia. Cuando San Max emite el juicio de que Yo sólo doy satisfacción a uno de Mis apetitos, y no a Mí mismo, Me enfrenta a Mí, como ser pleno y total, conmigo mismo. "¿Y en qué consiste este ser pleno y total? No, cabalmente, en tu ser momentáneo, no en lo que momentáneamente eres"; consiste, pues, según el propio San Max en la "esencia" sagrada (Wigand, pág. 171). Cuando "Stirner" dice que debo cambiar Mi conciencia, yo sé, por Mi parte, que Mi conciencia momentánea forma también parte de Mi momentáneo ser y que San Max, al atacar esta conciencia Mía, ataca como moralista solapado todo Mi modo de vivir. Y, luego, "¿eres Tú solamente cuando piensas en Ti, eres solamente Tú por la autoconciencia?" (Wig., págs. 157, 158). ¿Cómo puedo ser sino un egoísta? Por ejemplo, ¿cómo puede Stirner ser otra cosa que un egoísta, ya reniegue del egoísmo o no? "Sois egoístas y no lo sois, según que reneguéis del egoísmo", predicas Tú. - ¡Oh, inocente, "engañado", "inconfeso" maestro de escuela! La cosa es cabalmente al revés. Nosotros, los egoístas en sentido vulgar, nosotros, los burgueses, sabemos muy bien que charité bien ordonnée commence par soi-même [La caridad bien entendida empieza por casa], y hace mucho tiempo que interpretamos el mandamiento de ama a tu prójimo como a ti mismo en el sentido de que cada cual es el prójimo de sí mismo. Pero, negamos que seamos mezquinos egoístas, explotadores, egoístas vulgares cuyos corazones son incapaces de elevarse al sentimiento superior de convertir los sentimientos de los semejantes en los suyos propios, lo que,dic[ho sea] entre nosotros, equivale a [de]fen[der] nuestros propios in[tereses] como los de nuestros semejantes. [Tú sólo] niegas el] egoísmo "vulgar" del egoísta individual [porque "renieg] as de tus relacio[nes naturales] con el [mundo"]. No comprendes, por tanto, por qué llevamos a su perfección el egoísmo práctico precisamente al renegar del tópico del egoísmo, nosotros, a quienes lo que importa es hacer valer los intereses egoístas reales, y no el interés sagrado del egoísmo. Por lo demás, era de prever -y, al decir esto, el burgués, sin perder su sangre fría, vuelve la espalda a San Max- que vosotros, los maestros de escuela alemanes, si un buen día os poníais a defender el egoísmo, no proclamaríais el egoísmo real, "profano y al alcance de la mano" ("El Libro", pág. 455), es decir, "no ya lo que se llama" egoísmo, sino el egoísmo en el sentido extraordinario de la palabra, en el sentido que le dan los maestros de escuela, es decir, el egoísmo filosófico o de los desharrapados.

"Se ha descubierto por vez primera" el egoísta en el sentido extraordinario de la palabra. "Detengámonos un poco a examinar de cerca este nuevo hallazgo" (pág. 13).

De lo que acaba de decirse se desprende que los anteriores egoístas no tienen más que cambiar su conciencia para convertirse en egoístas en el sentido extraordinario de la palabra; que, por tanto, el egoísta uno consigo mismo sólo se distingue de los anteriores por la conciencia, es decir, en cuanto hombre que sabe, en cuanto filósofo. De toda la concepción de la historia de San Max se desprende, además, que, puesto que los anteriores egoístas sólo estaban dominados por "lo Sagrado", el verdadero egoísta sólo contra "lo Sagrado" tiene que luchar. La historia "única" ha revelado cómo San Max convierte las condiciones históricas en ideas y, después, al egoísta en un pecador contra estas ideas, cómo se convierte toda imposición egoísta en un pecado [contra estas] ideas y [el poder de los] privilegiados en un pecado [contra la idea] de la igualdad, en el des[potismo; tratándose de la] idea de la libertad [de competencia], puede decirse, por tanto en "el Libro", que el egoísta [considera la propiedad privada como] "lo personal" (pág. 155) […..….] gran [……...…. a los abnegados] ego [ístas], que, necesaria e ineluctab [lemente ……..] sólo puede combatirse si [el egoísta] los convierte en lo sagrado y afirma disolver lo sagrado en ellos, es decir, la idea sagrada que de ellos se forma, si dejan de existir, [por tanto], como algo sagrado.

Pág. 50: "Tal como eres en cada momento, eres Tu criatura, y cabalmente en esta criatura no puedes perderte Tú, el creador. Eres Tú mismo un ser superior a Ti, es decir, que no eres simplemente criatura, sino que eres también y al mismo tiempo creador; esto es precisamente lo que desconoces como involuntario egoísta, por eso es el ser superior algo ajeno para Ti". Y, en una variante algo distinta, esta misma sabiduría es expresada así, en la pág. 239 "del. Libro": "El género no es nada" (más tarde, lo será todo, y, el autodisfrute), "y cuando el individuo se eleva por sobre los límites de su individualidad, es entonces precisamente cuando es él mismo como individuo; sólo lo es en cuanto se eleva, lo es solamente en cuanto no permanece lo que es, pues de otro modo se acabaría, moriría". Stirner se comporta inmediatamente como "creador" con respecto a estas tesis, que son su "criatura", "no perdiéndose en ellas": "Sólo en el momento eres Tú, sólo como momentáneo eres Tú realmente... Yo soy en cada momento plenamente lo que soy... un alguien separado de Ti, del momentáneo", "un absolutamente superior"... (Wigand, pág. 170); y en la pág. 171 ibíd., se determina "Tu esencia" como ".Tu esencia momentánea". Mientras que en "el. Libro" dice San Max que tiene todavía otra esencia superior, como una esencia momentánea, en el comentario apologético la "esencia momentánea" de [su] individuo se identifica con su "plena [y total] esencia" y toda [esencia] se convierte, como la "esencia momentánea" [en una] "esencia absolutamente superior". Por tanto, "en el Libro" hay en cada momento una esencia superior a la que en este momento es, mientras que en el comentario todo lo que no es directamente en este momento es una "esencia absolutamente superior", una esencia sagrada. Y frente a todo este divorcio aparece la pág. 200 "del Libro": "Nada sé del divorcio entre un Yo «perfecto» y otro «imperfecto»".

El "Egoísta uno consigo mismo" no necesita sacrificarse ya a nada más alto, pues él mismo es el más alto y este divorcio entre un algo "más alto" y un algo "más bajo" se desplaza a él mismo. Y así, en, realidad (San Sancho contra Feuerbach, "El Libro", pág. 243) "no se opera en la esencia suprema más que una metamorfosis". El verdadero egoísmo de San .Max consiste en el comportamiento egoísta hacia el egoísmo real, hacia sí mismo tal y como "en cada momento" es. Este comportamiento egoísta hacia el egoísmo es la abnegación. San Max, como criatura, es en este aspecto el egoísta en sentido vulgar; como creador es el egoísta abnegado. Tendremos ocasión de conocer también el lado opuesto, pues ambos lados se legitiman como auténticas determinaciones reflexivas, al recorrer la dialéctica absoluta, en la que cada uno de ellos es en sí mismo el contrario a él.

Antes de entrar más de cerca en este misterio bajo su forma esotérica, tenemos que obs[ervar] ahora en detalle [su amarga] lucha por la vida.

[La] cualidad más general, la de poner en consonancia [al egoísta], como creador, consigo mismo [desde el punto de vista del mundo] del espíritu, [la lleva a cabo Stirner en las págs. 82 y 83:]

["El cristianismo tendía] a redim[irnos del destino nat]ural [(determinación por la naturaleza), de los apeti] tos [como propulso] ras, [quería, por tanto, que el hombre] no se [dejara gobernar por sus concupiscencias]. Eso [no quiere decir que] el hombre no [deba tener apetitos], sino que [los apetitos] no deben tenerle a él, que no deben ser imperativas, indomeñables e indestructibles. Ahora bien, lo que el cristianismo maquinaba contra las concupiscencias, ¿no podríamos aplicarlo nosotros a su propio precepto de que debe gobernarnos el espíritu?... En este caso, se trataría de la disolución del espíritu, de la disolución de todos los pensamientos. Como debería decir..., diría ahora: debemos tener, indudablemente, espíritu, pero el espíritu no debe tenernos a nosotros".

"Porque los que son de Cristo han crucificado la carne con las pasiones y las concupiscencias" (Gál., 5, 24), con lo cual, según Stirner, proceden como verdaderos propietarios con las pasiones y las concupiscencias crucificadas. San. Max acepta el cristianismo tal y como lo recibe, pero no se contenta con crucificar la carne, sino que quiere crucificar también su espíritu, es decir, "todo el sujeto".

El cristianismo sólo trataba de librarnos del imperio de la carne y de "las concupiscencias como propulsoras", porque consideraba nuestra carne y nuestras concupiscencias como algo ajeno a nosotros; sólo quería redimirnos de nuestro destino natural, porque consideraba que nuestra naturaleza no era adecuada a nosotros. En efecto, si yo mismo no soy naturaleza, si mis apetitos naturales y todo mi ser natural -tal es la doctrina del cristianismo- no son parte integrante de mi, todo lo que sea verme determinado por la naturaleza, tanto por la mía propia como por la llamada naturaleza exterior, tiene que ser considerado por mí como la determinación por algo extraño, como una traba, como una coacción que se me impone, como la heteronimia por oposición a la autonomía del espíritu. Pues bien, Stirner acepta sin más esta dialéctica cristiana y la aplica a nuestro espíritu. Por lo demás, el cristianismo no ha llegado nunca hasta tratar de librarnos del imperio de los apetitos, salvo en el sentido del justo medio, que San Max desliza por debajo de cuerda, sino que se detiene en el puro precepto moral, prácticamente inoperante. Stirner, por su parte, toma el precepto moral por el hecho real y lo completa con este imperativo categórico: "Debemos tener indudablemente, espíritu, pero el espíritu no debe tenernos a nosotros", razón por la cual todo su egoísmo uno consigo mismo discurre "más de cerca", como diría Hegel, por los cauces de una filosofía moral no menos divertida que contemplativa y edificante.

El que un apetito llegue a ser imperativo o no, es decir, el que [se convierta] en un [poder] exclusivo [sobre nosotros], [sin] que esto excluya, por lo demás, un posible [progreso ulterior], depende de que las circuístancias materiales, las condiciones "malas" del mundo, permitan satisfacer estos apetitos normalmente y, de otra parte, desarrollar un conjunto de apetitos. Y esto último depende, a su vez, de que vivamos en circunstancias que nos consientan una actividad multilateral y, con ello, un desarrollo de todas nuestras capacidades. Y asimismo depende de la conformación de las condiciones reales y de la posibilidad de desarrollo de cada individuo que en ellas se dé, el que los pensamientos se fijen o no, como ocurre, por ejemplo, con las ideas fijas de los filósofos alemanes, estas "víctimas de la sociedad", qui nous font pifié [Nos dan lástima], que son inseparables de las condiciones de Alemania. Por lo demás, en Stirner el imperio de los apetitos es una mera frase, que lo consagra a él como un santo absoluto. Así, para seguirnos ateniendo al "emotivo ejemplo" del avaro: "Un avaro no es un apropiador, sino un siervo, y nada puede hacer en gracia a él mismo sin hacerlo, al mismo tiempo, en aras de su señor", pág. 400. Nadie puede hacer algo sin hacerlo, al mismo tiempo, en aras de una de sus necesidades y del órgano de esta necesidad, con lo que, para Stirner, esta necesidad y su órgano se convierten en señores de él, exactamente lo mismo que antes había convertido el medio para la satisfacción de una necesidad (cfr. el Liberalismo político y el Comunismo) en señor sobre sí mismo. Stirner no puede comer sin comer en aras de su estómago. Y si las condiciones del mundo le impiden dar satisfacción a su estómago, este estómago suyo se convierte en señor sobre él, el apetito de comer se convierte en un apetito imperativo y el pensamiento de la comida en una idea fija, lo que puede servirle, al mismo tiempo, de ejemplo en cuanto a la influencia de las circunstancias del mundo sobre la fijación de sus apetitos y de sus ideas. La "indignación" de Sancho contra la fijación de los apetitos y los pensamientos se traduce, según esto, en el impotente precepto moral de la necesidad de dominarse a sí mismo y suministra una nueva prueba de cómo lo que hace San Max es dar una expresión ideológicamente grandilocuente a las más triviales opiniones de los pequeños burgueses.

En este primer ejemplo, San Max combate, pues, de una parte, sus apetitos carnales y, de la otra, sus pensamientos espirituales, de una parte su carne y de otra parte su espíritu, cuando éstos, sus criaturas, tratan de independizarse contra él, contra el creador. Veamos ahora cómo nuestro santo libra este combate, cómo se [comporta] en cuanto creador para con sus cria[turas].

En el cristiano "en sentido vulgar", el chrétien "simple" [Cristiano "sencillo"], para decirlo con Fourier, "sólo tiene poder el espíritu, sin que se dé oídas a ningún argumento de la «carne». Y, sin embargo, sólo por medio de la «carne» puedo Yo abatir la tiranía del espíritu, pues sólo cuando el hombre da oídas a su carne se escucha totalmente a sí mismo, y sólo cuando se escucha totalmente es comprensivo o razonable... Pero si la carne torna la palabra y su tono es, como no puede ser por menos, pasional... cree él" (el chrétien simple) "estar oyendo la voz del diablo, una voz en contra del espíritu... y se revuelve con razón en contra de ella. No sería cristiano, si quisiese tolerarla", pág. 83.

Por tanto, si su espíritu trata de independizarse en contra de él, San Max llama en su ayuda a la carne, y si su carne se rebela recuerda que es también espíritu. Lo que el cristiano hace en una sola dirección, lo hace San Max en los dos sentidos. Él es el chrétien "composé"[Cristiano "complejo"], demuestra una vez más ser un cristiano acabado y perfecto.

Aquí, en este ejemplo, San Max, el espíritu, no aparece como el creador de su carne, y viceversa; se encuentra ya con su carne y con su espíritu y, cuando una de las dos partes se rebela, se limita a recordar que lleva también en sí la otra, y hace valer esta otra parte como su verdadero Yo en contra de la primera. Por tanto, San Max sólo es, aquí, creador en la medida en que es "también determinado de otro modo", en cuanto posee otra cualidad además de aquella que gusta precisamente de incluir en la categoría de la criatura. Toda su actividad creadora estriba, aquí, en el buen propósito de escucharse, y de escucharse plenamente o de ser razonable,[2] de escucharse como una "esencia completa y total", en cabal oposición a la esencia que "momentáneamente" es.

Pasemos ahora a uno [de los "amargos] combates vitales" [de nuestro santo:]

[Págs. 80, 81: "Mi cel]o no tiene por qué [ser menor que el] más fanático, [pero Yo me mantengo, al mis]mo tiempo [heladamente frío, incrédu]lo frente a [él y soy] su [más irreconciliable enemigo]; me mantengo [como su juez, porque soy su] propietario".

[Con objeto de] dar [a entender] el sentido de lo que San [Sancho] dice acerca de sí, su actividad creadora se limita aquí a que, en su celo, conserva una conciencia acerca de su celo, en que reflexiona acerca de él, en que se comporta como un Yo reflexivo hacia sí mismo como Yo real. Es la conciencia a la que da voluntariamente el nombre de "creador". Él sólo es "creador" en cuanto es consciente.

"Esto te llevaría a olvidarte de ti mismo, en un dulce autoolvido. - Pero, ¿sólo eres Tú cuando piensas en Ti, y pereces cuando te olvidas de ti? ¿Quién no se olvidaría de sí todos los momentos, quién en una hora no se perdería mil veces de vista a sí mismo?" (Wigand, págs. 1.57, 158). Naturalmente, Sancho no puede olvidar a su "autoolvido" y "se mantiene", por tanto, "al mismo tiempo como su más irreconciliable enemigo".

San Max, la criatura, siente un enorme celo en el mismo instante en que San Max, el creador, por medio de su reflexión, se remonta por encima de este celo. Este remontarse en la reflexión por encima de lo que realmente es se nos describe, en frases novelescas, de un modo muy divertido y a manera de aventura, diciendo que deja que subsista su celo, es decir, que no toma realmente en serio su hostilidad contra él, pero se mantiene en contra de sí "heladamente frío, incrédulo", como el "más irreconciliable enemigo". En la medida en que San Max mantiene su celo, es decir, en cuanto el celo es su propiedad real, no se comporta hacia él como creador, y en la medida en que se comporta como creador, no mantiene realmente su celo, el celo le es ajeno, es su no-propiedad. Mientras mantiene su celo, no es el propietario del celo, y tan pronto como se hace propietario suyo, deja de mantenerlo. Él, el complejo total, es en todo momento, como criatura y propietario, la suma y compendio de todas sus cualidades, menos una, que él se opone a sí mismo, como criatura y como propiedad, por donde le es siempre ajena precisamente aquella cualidad en la que hace hincapié como la suya.

Pero, por muy superabundante que la verdadera historia de San Max acerca de sus heroicas hazañas resuene en sí misma en su conciencia, es, sin embargo, un hecho notorio que hay individuos reflexivos que, en su reflexión y a través de ella, creen estar por encima de todo, sencillamente porque en la realidad no están nunca por encima de la reflexión.

Este juego malabar de hacerse valer contra una determinada cualidad como un también-determinado-de-otro-modo, y en el ejemplo de que se trata como el portador de la reflexión sobre lo opuesto, puede aplicarse cuantas veces se quiera a cualquier cualidad, con las necesarias variaciones. Por ejemplo. Mi indiferencia no necesita ser menor que la del más presuntuoso; pero yo me mantengo, al mismo tiempo, desdeñoso, incrédulo frente a ello y como su más irreconciliable enemigo, etc.

No [debemos] olvidar que el complejo [total] de todas sus pro[piedades, el apropia]dor, en cuyo carácter [San] Sancho [se enfrenta reflexivamente] a una propiedad, no es, en este [caso] más que la simple [reflexión de Sancho sobre esta] propiedad, [que él] convierte [en su Yo], al hacer valer, en vez del [complejo] total, la [cualidad] puramente reflexiva y al oponer a cada una de sus cuali[dades, por] turno, [la sola] cualidad de la reflexión, un Yo, y a sí mismo como Yo representado.

Este comportamiento hostil hacia sí mismo, esta solemne parodia de la contabilidad benthamiana acerca de los propios intereses y cualidades, es expresada ahora por él mismo:

Pág. 188: "Un interés, por lo que sea, conquista en Mí, si no sé desembarazarme de él, un esclavo, deja de ser mi propiedad y paso yo a ser la suya. Adoptemos Nosotros, por tanto, la indicación que Nos hace la crítica, en el sentido de no sentirnos bien más que en el desprendimiento". "¡Nosotros!" - ¿Quiénes somos "Nosotros"? No se "Nos" antoja, en modo alguno, "adopta" "la indicación que Nos hace la crítica". San Max, que se halla momentáneamente bajo la vigilancia policíaca "de la crítica", postula aquí, por tanto, "uno y el mismo bienestar para todos", "el bienestar igual de todos con uno y lo mismo", "el poder autoritario directo de la religión". Su interés en el sentido extraordinario se revela aquí como una falta de interés celestial. Por lo demás, no necesitamos seguir insistiendo aquí en que, en la sociedad existente, no depende en modo alguno de San Sancho el que "un interés" "conquiste en él un esclavo" y en que "no sepa desembarazarse de él". La fijación de los intereses mediante la división del trabajo y las relaciones de clase es algo que se halla mucho más al alcance de la mano que la de los "apetitos" y los "pensamientos".

Para sobrepujar a la crítica crítica, nuestro santo habría tenido que llegar hasta el desprendimiento del desprendimiento, pues de otro modo el desprendimiento será también un interés del que no pueda desembarazarse y que hará de él un esclavo. El desprendimiento no será propiedad suya, sino él propiedad del desprendimiento. Si, en el ejemplo que acabamos de citar, hubiera querido ser consecuente, habría [tenido que] tratar su [celo contra su] "celo" como [un interés] y comportarse hacia él [como un "irrecon]ciliable enemigo", Y habría tenido también que considerar su "heladamente fría" falta de interés] hacia su ["heladamente frío" celo] y mostrarse también [del todo "heladamente frío", con lo que], naturalmente, [se ahorraría su orig]inario "interés" [, y con ello la "impu]gnación" del mismo[, dando especulativamente] vueltas alrededor del mismo sitio. En cambio, prosigue, ya tranquilizado (ibíd.): "Sólo quiero preocuparme de asegurarme Mi propiedad" (es decir, de asegurarme contra Mi propiedad), "y, para asegurarla, la retrotraigo de nuevo a mí a cada momento, destruyo en ella todo afán de independencia y la devoro antes de que se fije y pueda llegar a convertirse en una idea o una tendencia fija". ¡He ahí cómo Stirner "devora" las personas que son propiedad suya!

Stirner acaba de hacer que "la crítica" le asigne una "misión". Y afirma que inmediatamente vuelve a devorar esta "misión", cuando dice, pág. 189: "Pero no hago esto en gracia a Mi misión humana, sino porque Me siento llamado a ello". Si no me siento llamado a ello, soy, como hemos oído antes, esclavo, no propietario, no verdadero egoísta, no me comporto hacia mí mismo como creador, que es lo que debo hacer como verdadero egoísta; por tanto, cuando uno quiere ser verdadero egoísta, tiene que sentirse llamado a esta misión que "la crítica" le asigna. Es ésta, por consiguiente, una misión general, una misión para todos, no sólo Su misión, sino también misión suya. De otra parte, el verdadero egoísta aparece aquí como mi ideal inasequible para la mayoría de los individuos, pues (pág. 434) "las cabezas limitadas congénitas forman, indiscutiblemente, la clase humana más numerosa", y ¿cómo estas cabezas limitadas podrían penetrar en el misterio del ilimitado autodevorarse y devorar al mundo? Por lo demás, estas horrorosas expresiones: destruir, devorar, etc., no son más que una nueva manera de expresar aquella hostilidad "heladamente fría, irreconciliable" de que se hablaba más arriba.

Es ahora cuando, por fin, podemos penetrar en las objeciones de Stirner contra el comunismo. Éstas no eran otra cosa que una legitimación provisional y solapada de su egoísmo uno consigo mismo, en el que resucitan en forma corpórea. El "bienestar igual de todos en uno y lo mismo" renace en el postulado de que ["sólo] debemos sentir[nos] bien en el desprendimiento". ["El cuidado reaparece [en el cínico cuidado"], que es el de asegurarse [su Yo como propiedad; [pero, "con el tiempo"], resurge ["el cuidado de cómo se"] puede [llegar a una unidad], a saber: [a la unidad de creador y criatura]. Y, por último, [reaparece el] humanismo, que se enfrenta [a los] individuos empíricos [como el] verdadero egoísta, como ideal inasequible. En la pág. 117 debería decir, por tanto: El egoísmo uno consigo mismo trata de convertir a cada hombre, en rigor, en un "Estado secreto de policía". La "reflexión" del delator y el confidente vigila todos los movimientos del espíritu y del cuerpo, todos los actos y todos los pensamientos, y cualquier manifestación de vida es para él materia de reflexión, es decir, materia de policía. En este desgarramiento del hombre en "impulso natural" y "reflexión" (chusma interior, criatura y policía interior, creador) consiste el egoísta uno consigo mismo.

Hess (Los últimos filósofos, pág. 26) había reprochado a nuestro santo lo siguiente: "Se halla constantemente sometido a la policía secreta de su conciencia crítica... No olvida «la indicación de la crítica... de sentirnos bien solamente en el desprendimiento». .. El egoísta evoca constantemente en su recuerdo su conciencia crítica y no puede interesarse por nada hasta el punto de entregarse totalmente a su objeto", etc.

San Max "se permite" contestar a esto lo siguiente: cuando "Hess dice de Stirner que se halla constantemente, etc., ¿qué quiso, por lo demás, decir sino que éste, cuando critica, no quiere criticar al buen tuntún" (es decir, entre paréntesis, de un modo único), "no quiere charlar, sino precisamente" (es decir, humanamente) "eso, criticar?".

"Qué quiso, por lo demás, decir" Hess, cuando hablaba de la policía secreta, etc., se desprende con tanta claridad de sus propias palabras, que la interpretación "única" que San Max da de ellas sólo puede considerarse como una tergiversación deliberada. Su "virtuosismo en el pensar." .se convierte, aquí, en virtuosismo para mentir, pero no hay que tomárselo demasiado a mal, ya que no tenía, en realidad, otro recurso para salir del trance, aunque, por otra parte, no se compagina muy bien con aquellas sutiles distincioncillas sobre el derecho a la mentira que formula en otra parte "del Libro". Y que este Sancho, "cuando critica!", no "critica, precisamente", sino que "critica al buen tuntún" y "charla", ya se lo hemos demostrado más de lo que él merece.

Así, pues, el comportamiento del verdadero egoísta, como creador, hacia sí mismo en cuanto criatura, se determina en el sentido de que se hace valer contra una determinación en la que se ha fijado como criatura, por ejemplo contra si mismo como ser pensante, como espíritu, como determinado también de otro modo, como carne. Pero, más tarde, ya no se hace valer como realmente determinado también de otro modo, sino como la simple representación del ser determinado también de otro modo en general; es decir,. en el ejemplo anterior, como ser tampoco pensante, como carente de pensamientos o como indiferente ante el pensar, representación esta que deja caer de nuevo tan pronto como se pone de manifiesto el absurdo que encierra. Véase más arriba el movimiento giratorio sobre el talón especulativo. Por tanto" la actividad creadora estribaba aquí en la reflexión de que esta determinabilidad, que aquí es el pensamiento, puede ser también indiferente... en el reflexionar en general; con lo que, naturalmente, suponiendo que cree algo, sólo crea determinaciones basadas en la reflexión (por ejemplo, la representación de la antítesis, cuya esencia simple y llana se encubre bajo una serie de arabescos que escupen fuego).

Por lo que se refiere al contenido de sí mismo en cuanto criatura, ya hemos visto que no crea nunca ni en parte alguna este contenido, estas cualidades determinadas, por ejemplo su pensamiento, su celo, etc., sino solamente la determinación por reflexión de este contenido como criatura, la representación de que estas determinadas cualidades son criaturas suyas. Se encuentran en él todas sus cualidades, y de dónde provengan le es indiferente. No necesita, por consiguiente, desarrollarlas, por ejemplo aprender a bailar, para llegar a ser dueño de sus piernas, ni ejercitar su pensamiento sobre un material que no a todos les es dado ni puede procurarse cualquiera, para llegar a hacerse propietario de su pensamiento; ni tiene tampoco por qué preocuparse de las condiciones del mundo, de las que en realidad depende la medida en que un individuo pueda desarrollarse.

Realmente, Stirner, sólo por medio de una cualidad se desprende de la otra (es decir, reprime sus demás cualidades por medio de esta "otra"). Pero, en realidad, sólo se logra esto en cuanto esta cualidad no llega a desarrollarse libremente, no sólo se queda en simple capacidad, sino también en la medida en que las condiciones del mundo le han permitido desarr[ollar] por igual una totalidad de cua[lidades], es decir, también por medio de la división [del trabajo y, con ello], como ya hemos puesto de manifiesto, la manifestación preferente de una sola pasión, por ejemplo la de escribir: libros. Es, [en gene]ral, un [contrasentido] creer, como da por supuesto San [Max] que se puede satisfacer una [pasión] separada de todas las demás, que se la puede satisfacer sin darse satisfacción a sí, al individuo viviente en su totalidad. Si esta pasión asume un carácter abstracto, disociado, si se enfrenta a mí como una potencia extraña, si, por tanto, la satisfacción del individuo se manifiesta como la satisfacción [uni]lateral de una sola pasión, ello no dependerá en modo alguno de la conciencia o la "buena voluntad", y menos que nada de la falta de reflexión acerca del concepto de la cualidad, como San Max se imagina. No dependerá de la conciencia, sino del ser; no del pensamiento, sino de la realidad; dependerá del desarrollo empírico y de las manifestaciones de vida del individuo, determinadas, a su vez, por las condiciones del mundo. Si las circunstancias en las que este individuo vive sólo le consienten desarrollar una de sus cualidades a costa de todas las demás, [si] sólo le brindan material y tiempo para el desarrollo de esta cualidad solamente, el desarrollo de este individuo será necesariamente unilateral y desmedrado. Contra esto no vale ninguna clase de prédicas morales. Y el modo como se desarrolle esta cualidad sola, favorecida con preferencia sobre todas las demás, depende, a su vez, por una parte, del material de formación que se le ofrezca y, por otra, del grado y del modo en que sean reprimidas las otras cualidades. Precisamente por el hecho de que, por ejemplo, el pensamiento sea el pensamiento de este determinado individuo, sigue siendo su pensamiento, determinado por su individualidad y por las condiciones en que vive; por tanto, el individuo pensante no necesita empezar por declarar, por medio de una larga y trabajosa reflexión sobre el pensamiento como tal, que su pensamiento es su propio pensamiento, propiedad suya, ya que es de antemano su pensamiento propio y peculiar, así determinado, y precisamente lo suyo propio había sido [presentado en San] Sancho como lo "contrario" de ello, [como] lo propio "en sí". En un individuo, por ejemplo, cuya vida abarque un gran círculo de múltiples actividades y relaciones prácticas con el mundo, que lleve, por tanto, una vida multilateral, tendrá el pensamiento el mismo carácter de universalidad que toda otra manifestación de vida del mismo individuo. No se fijará, por tanto, como pensamiento abstracto, ni serán necesarias prolijas operaciones de reflexión cuando ese individuo pase del pensamiento a otra manifestación de vida. El pensamiento de tal individuo será siempre, desde el primer momento, un momento de la vida total del individuo, momento que tenderá a desaparecer o a reproducirse, según sea necesario. En cambio, en un maestro de escuela o escritor localizado en Berlín, cuyas actividades se limiten al amargo trabajo de ganarse la vida, de una parte, y de otra a los goces del pensamiento, cuyo mundo sólo abarque el espacio que va de Moabit a Köpenick y se halle cerrado con tablas clavadas detrás de la Puerta de Hamburgo y cuyas relaciones con este mundo se vean reducidas a un mínimum por el miserable puesto que ocupa en la vida; en un individuo así, no puede evitarse, naturalmente, el que sienta la necesidad de pensar y el que su pensamiento se convierta en algo tan abstracto como el mismo individuo y su propia vida, el que ese pensamiento llegue a ser, frente al individuo incapaz de oponerle resistencia, una potencia fija, cuya acción permite al individuo la posibilidad de salvarse momentáneamente de su "mundo malo", mediante la entrega a un goce momentáneo. En un individuo así, los pocos apetitos restantes, que brotan no tanto del intercambio mundial como de la constitución del cuerpo humano, se manifiestan solamente por medio de la repercusión; es decir, adoptan dentro de su limitado desarrollo el mismo carácter unilateral y brutal que el pensamiento de tal individuo, se presentan solamente a grandes intervalos y estimulados por los estragos de los apetitos precedentes (provocados por causas físicas inmediatas, v. gr. por la compresión del bajo vientre) y [se] manifiestan de un modo brusco, violento, con el más brutal desplazamiento de los apetitos ordinarios, [naturales,] y pugnando por imponerse sobre [el pensamiento.] Fácil es comprender que el pensamiento del maestro [de escuela] tiene necesariamente que [reflejarse fantasmagóricamente] al modo de un maestro de escuela, sobre este [hecho] empírico. [Pero la simple afirm] ación de que Stirner "crea" de un modo general sus cualidades, no [basta para] explicar de por sí su determinado desarrollo. La medida en que estas cualidades se desarrollen de un modo universal o local, en que se sobrepongan a las limitaciones localistas o se dejen captar por ellas, no depende precisamente de él, sino del intercambio mundial y de la participación que en él tengan el individuo de que se trate y la localidad en que vive. Lo que permite a los individuos desembarazarse, en condiciones favorables, de su limitación no es, en modo alguno, el que ellos, en su reflexión, se imaginen o se propongan acabar con su limitación local, sino el hecho de que, en su realidad empírica y movidos por necesidades empíricas, logren realmente producir un intercambio universal.

Lo único que nuestro santo consigue, con su amarga reflexión en torno a sus cualidades y pasiones, es amargarse sus goces y su satisfacción con su continuo cavilar y torturarse acerca de ellas.

San Max, como ya hemos dicho, no hace más que crearse como criatura, es decir, se limita a incluirse en esta categoría de criatura. Su actividad [como] creador consiste en considerarse como criatura, sin proceder siquiera a disolver de nuevo como su propio [producto] este desdoblamiento que opera dentro de sí como [creador y como] criatura. El desdoblamiento [en lo "esencial." y lo] "inesencial" se convierte [, en él] en un proceso de vida permanente, [esto es, en] rasera apariencia; es decir, su verdadera vida existe solamente [en la "pura"] reflexión, no es [ni siquiera] una existencia real, [pues, como ésta está en todo momento] fuera de él [y de su reflexión], se esfuerza [vanamente] por presentar [a esta] como lo esencial. ["Pero, por cuanto] este enemigo" (a saber, el verdadero egoísta como criatura) "nace de su derrota, por cuanto la conciencia que en él se fija, lejos de librarse de ello, permanece constantemente en ello y se contempla siempre impurificada y por cuanto, al mismo tiempo, este contenido de su aspiración es lo más bajo de todo, vemos solamente una personalidad limitada a sí misma y a sus pequeños actos" (inactividad) "y que se incuba, una personalidad tan desventurada como mezquina" (Hegel).

Lo que hasta ahora liemos venido diciendo nosotros acerca del desdoblamiento de Sancho en creador y criatura lo expresa él mismo ahora, por último, en forma lógica: creador y criatura se convierten en lo que presupone y en lo presupuesto, o bien, respectivamente (en la medida en que su presuposición [la de su Yo] es un poner), en lo que pone y en lo puesto:

"Yo, por mi parte, arranco de una presuposición, en cuanto me presupongo a mí; pero mi presuposición no pugna por su perfección" (lejos de ello, San Max pugna por su rebajamiento), "sino que sólo me sirve para disfrutarla y devorarla" (¡envidiable disfrute!). "Yo me alimento precisamente de mi presuposición exclusivamente, y sólo soy en cuanto me alimento de ella. Pero por ello" (¡grandioso "por ello"!) "aquella presuposición no lo es; pues, puesto que" (¡grandioso "puesto que"!) "Yo soy el Único" (debiera decir, el verdadero egoísta, el egoísta uno consigo mismo), "no sé nada de la dualidad de un Yo que presupone y es presupuesto (de un Yo o de un Hombre) «imperfecto» y otro «perfectos)" -debiera decir, la perfección de Mi Yo consiste solamente en saberme en todo momento como un Yo imperfecto, como criatura-, "sino" (¡el más grandioso "sino"!) "que el que Me devoro a Mí mismo significa solamente que soy". (Debiera decir: el que Yo sea significa, aquí, solamente el que devoro en Mí, en la imaginación, la categoría de lo presupuesto). "No me presupongo a Mí porque Me ponga o Me cree a Mí en todo momento" (a saber, como lo presupuesto, lo puesto o lo creado), "y solamente soy Yo por cuanto no soy presupuesto, sino puesto" (debiera decir: y solamente soy por cuanto soy presupuesto a Mi ser puesto); "y, al mismo tiempo, sólo soy puesto en el momento en que me pongo a mí; es decir, soy criatura y creador a un tiempo mismo".

Stirner es un "hombre puesto", ya que es siempre un Yo puesto y su Yo es "también hombre" (Wig. pág. 183). "Por eso" es un hombre puesto; "pues, puesto que" nunca le arrastran las pasiones a excesos, es lo que los burgueses llaman un hombre asentado, "Sino" que el que sea un hombre asentado o puesto, "significa solamente" que lleve siempre la contabilidad de sus propias mutaciones y refracciones.

Lo que hasta ahora, para expresarnos, con Stirner, en la terminología de Hegel, sólo era "para nosotros", a saber: el que toda su actividad creadora no tenía otro contenido que las determinaciones generales de la reflexión, es "puesto" ahora por Stirner mismo. La lucha de San Max contra "la esencia" se remonta aquí, en efecto, a su "propósito último" al identificarse el mismo San Max con la esencia, y además, con la esencia pura, especulativa. La relación de creador y criatura se convierte en una explicación del presuponerse a sí mismo; es decir, San Max [convierte] en una representación "desmañada" y confusa hasta más no poder lo que Hegel, en "la [teoría de la esencia"], dice acerca de la reflexión. En efecto, [como] San Max destaca un [momento de su] reflexión, la [reflexión que pone], [sus fantasías] se convierten en algo "negativo", por cuanto él se convierte en "mito [presuposición", a] diferencia entre [sí como el que pone] y lo puesto, [y a la reflexión] en la antítesis mística entre creador y criatura. Y hay que advertir, de pasada, que Hegel, en esta sección de la Lógica, explica las "maquinaciones" de la "nada creadora", lo que da entender también por qué San Max, ya en la pág. 8, tenía necesariamente que "ponerse" como esta "nada creadora".

"Intercalaremos episódicamente" ahora algunas frases tomadas de la explicación hegeliana del presuponerse a sí mismo, para compararlas con las explicaciones de San Max. Pero, como Hegel no escribe de un modo tan incoherente y "al buen tuntún" como nuestro Jacques le bonhomme, nos vemos obligados a seleccionar estas citas de distintas páginas de la Lógica, para que haya cierta correspondencia entre ellas y la gran frase de Sancho.

"La esencia se presupone a sí misma y la superación de esta presuposición es la esencia misma. Siendo como es repulsión de sí por sí misma o indiferencia hacia sí, actitud negativa con respecto a sí, se pone por tanto frente a sí misma... el poner no tiene presuposición alguna... lo otro sólo es puesto por la misma esencia... La reflexión sólo es, pues, como lo negativo de sí mismo. Como lo que presupone, es ella pura y simplemente reflexión que pone. Consiste, por tanto, en ello, en sí misma y no en sí misma, formando una unidad" ("creador y criatura a un tiempo mismo"). Hegel, Lógica, II, págs. 5, 16, 17, 18, 22.

Cabría haber esperado del "virtuosismo en el pensar" de Stirner que hubiera avanzado hacia nuevas y ulteriores investigaciones en la Lógica de Hegel. Pero, sabiamente, se ha abstenido de hacerlo así. En efecto, de haberlo hecho, habría encontrado que, en cuanto Yo meramente "puesto", en cuanto criatura, es decir, en cuanto dotado de existencia, es un simple Yo aparente, y sólo es "esencia", creador, en cuanto no existe, sino que simplemente se representa. Ya hemos visto y aún habremos de ver más adelante que todas sus cualidades, toda su actividad y todo su comportamiento hacia el mundo es una mera apariencia que él se imagina, nada más que "juegos malabares sobre la cuerda de lo objetivo". Su Yo es siempre un "Yo" mudo, oculto, escondido en su Yo representado como esencia.

Como el verdadero egoísta, en su actividad creadora, no es, pues, más que una paráfrasis de la reflexión especulativa o de la esencia pura, de aquí se desprende, "con arreglo al mito", "por trasplantación natural", lo que ya se manifestaba a propósito de las "amargas luchas por la vida" del verdadero egoísta, a saber: que sus "criaturas" se limitan a las más simples determinaciones de la reflexión, tales como la identidad, la diferencia, la igualdad, la desigualdad, la contraposición, etcétera; determinaciones [de la reflexión] que San Max trata de explicarse en ["sí"] y "cuya noticia ha [llegado hasta Colonia"]. Acerca de su [Yo] sustraído a toda presuposición aún tendremos ocasión de oír de pasada "una pequeña palabrilla". Véase, por ejemplo, el "Único".

Así como en la construcción de la historia por Sancho, siguiendo el método hegeliano, el fenómeno histórico posterior se convierte en causa, en creador del anterior, así en el egoísta uno consigo mismo el Stirner de hoy se convierte en creador del Stirner de ayer, a pesar de que, para decirlo en su lenguaje, el primero es la criatura del segundo. Claro está que la reflexión se encarga de dar la vuelta a esto, y en la reflexión, como producto de la reflexión, como representación, es el Stirner de ayer la criatura del Stirner de hoy, exactamente lo mismo que las condiciones del mundo, dentro de la reflexión, son las criaturas de su reflexión.

Pág. 216. "¡No busquéis en la negación de Vosotros, la libertad que Os hace divorciaros de Vosotros mismos, sino buscaos a Vosotros mismos" (es decir, buscaos a Vosotros mismos en Vuestra propia negación), "haceos egoístas, que cada uno de Vosotros se convierta en un Yo todopoderoso!"

Después de lo que queda expuesto, no debe maravillarnos que San Max se comporte más tarde hacia esta tesis, una vez más, como creador y como el más irreconciliable enemigo y que su sublime postulado moral: "¡Conviértete en un Yo todopoderoso!" se "resuelva" en el sentido de que cada cual haga, sin más, lo que pueda y pueda lo que haga, con lo que, naturalmente, será, para San Max, "todopoderoso". Por lo demás, en la frase anterior se reúne y compendia todo el absurdo del egoísta uno consigo mismo. Primeramente, el precepto moral de la búsqueda, y concretamente del buscarse a sí mismo. Lo que se determina diciendo que se debe llegar a ser algo que aún no se es, a saber, un egoísta, y este egoísta se determina, a su vez, diciendo que es "un Yo todopoderoso", con lo que la peculiar capacidad se resuelve de lo real en el Yo, en la omnipotencia, en la fantasía de la capacidad. Buscarse a sí mismo significa, por tanto, llegar a ser algo distinto de lo que se es, y concretamente, llegar a ser todopoderoso, es decir, nada, un absurdo, una fantasmagoría.

Hemos avanzado tanto, que podemos ya descubrir y resolver, ahora, uno de los más profundos misterios del Único y, al mismo tiempo, un problema que desde hace mucho tiempo tiene al mundo civilizado en angustiosa tensión.

¿Quién es Szeliga? Es la pregunta que, desde la Liteatur-Zeitung crítica (véase La Sagrada Familia, etc.), se hace todo el que ha seguido el desarrollo de la filosofía alemana. ¿Quién es Szeliga? Todos preguntare, todos aplican el oído a la bárbara resonancia de este nombre, pero nadie contesta.

¿Quién es Szeliga? San Max nos ofrece la clave para resolver este "misterio de todos los misterios".

Szeliga es Stirner como criatura; Stirner, Szeliga como creador. Stirner es el "Yo", Szeliga el "Tú" "del Libro". Stirner, el creador, se comporta, por tanto, hacia Szeliga, la criatura, como hacia su "más irreconciliable enemigo". Tan pronto como Szeliga trata de independizarse de Stirner -de lo cual realizó un desventurado intento en las Nord-deutschen Blättern-, San Max "lo retrotrae hacia sí", experimento que se lleva a cabo, contra dicho intento de Szeliga, en las págs. 176 a 179 de Wigand. Sin embargo, La lucha del creador contra la criatura, de Stirner contra Szeliga, no es más que aparento: Szeliga arremete ahora contra su creador con las frases de éste; le dice, por ejemplo, "que [el simple,] escueto cuerpo es la ausencia de pensamientos" (Wig, pág. 148). San [Max] sólo se [representaba,] como hemos visto, la carne [escueta], el cuerpo antes de s[u formación] ti, con este [moti]vo [, determinaba] el cuerpo como "lo otro del pensamiento", como [el] no pensamiento y el no pensante; es decir, como la ausencia de pensamientos; más aún, en un pasaje posterior, dice redondamente que sólo la ausencia de pensamientos (como antes sólo la carne, identificándose, por tanto, así, una y otra) le salva de los pensamientos (pág. 196).

Y una prueba todavía más palmaria de esta misteriosa trabazón la encontramos en Wigand. Ya veíamos en la pág. 7 del Libro" que "yo", es decir, Stirner, es "el único". En la pág. 153 del Comentario habla así, dirigiéndose a su "Tú": "Tú" - "eres el contenido frascológico", o sea el contenido del "Único", y en el mismo pasaje leemos: "Szeliga no toma en consideración que él mismo, Szeliga, es el contenido fraseológico". "El Único" es la frase, como literalmente lo dice San Max. Concebido como "Yo", es decir, como creador, "el Único" es apropiador de frases, y esto es San Max. Concebido como "Tú", es decir, como criatura, es contenido fraseológico, y esto es Szeliga, según se nos acaba de descubrir. Szeliga, la criatura, actúa como egoísta abnegado, como un Don Quijote echado a perder; Stirner, el creador, actúa como egoísta en sentido vulgar, como un Sancho Panza sagrado.

Nos encontramos, pues, aquí con el otro lacto de la antítesis de creador y criatura, en la que cada uno de los dos lados lleva en sí también el lado contrario. Sancho Panza Stirner, el egoísta en sentido vulgar, supera aquí al Don Quijote Szeliga, el egoísta abnegado e ilusorio, cabalmente como a Don Quijote, por su fe en el imperio mundial de lo Sagrado. ¿Qué era el egoísta stirneriano en sentido vulgar sino Sancho Panza y qué el stirneriano egoísta abnegado sino Don Quijote, y qué sus mutuas relaciones, en la forma [hasta aquí conocida], más que las que median entre [Sancho Panza Stirner] y Don Quijote [Szeliga? Ahora, como] Sancho Panza, [Stirner sólo se pertenece] en cuanto Sancho para hacer creer [a Szeliga como] Don Quijote que le sobrepuja en quijotismo y, [como corresponde a este papel] que representa, como el quijotismo general presupuesto, y no emprende nada contra el qui[jotismo de su] antiguo señor (en el que cree a pies juntillas, con la fe inconmovible del criado), dando pruebas con este motivo de la astucia que ya vemos desarrollada en la novela de Cervantes. Es, por tanto, en cuanto a su contenido real, el defensor del pequeño burgués práctico, pero combate la conciencia correspondiente al pequeño burgués y que en última instancia se reduce a las representaciones idealizantes que el pequeño burgués se forma acerca de la para él inasequible burguesía. Así, pues, Don Quijote hace ahora, en la persona de Szeliga, las veces de lacayo al servicio de su antiguo escudero.

En cada una de las páginas revela Sancho hasta qué punto se mantiene fiel, en su nueva "mutación", a sus antiguos hábitos. El "tragar" y el "devorar" sigue siendo una de sus cualidades principales, y el "temor natural" sigue teniendo tal dominio sobre él, que el rey de Prusia y el príncipe Enrique LXXII se convierten a sus ojos en el "emperador de la China" o en el "sultán" y sólo acierta a hablar de … "Cámaras a...";[3] y, como en otros tiempos, sigue volcando sus alforjas llenas de refranes y sentencias morales y temblando ante los "fantasmas", hasta el punto de considerarlos como lo único temible; la única diferencia está en que Sancho, mientras todavía no había alcanzado la santidad, era engañado en la taberna por los campesinos y ahora, en cambio, ya santo, se engaña constantemente a sí mismo.

Volvamos, sin embargo, a Szeliga. ¿Quién no ha descubierto desde hace ya largo tiempo en todas las "frases" que San Sancho pone en labios de su "Tú" el dedo de Szeliga? Y no sólo en las frases del "Tú", sino también en aquellas en que Szeliga se presenta como creador y, por tanto, como Stirner, podemos seguir constantemente el rastro de Szeliga. Y por eso, porque Szeliga es la criatura, sólo podía actuar en La Sagrada Familia como un "misterio" El descubrir este misterio sólo podía competir a Stirner, el creador. Barruntábamos, ciertamente, que se escondía aquí una gran aventura, una aventura sagrada. Y no nos engañábamos. Nadie ha visto ni oído, realmente, esta única aventura, que supera a la de los batanes, de que Cervantes nos habla en el capítulo XX.

3

EL APOCALIPSIS (la revelación) DE JUAN EL TEÓLOGO, O "LA

LÓGICA DE LA NUEVA SABIDURÍA"

En principio era el Verbo, el Logos. En él era la Vida, y la Vida era la luz de los hombres. Y la luz ilumina las tinieblas, y las tinieblas no la han comprendido. Era la luz de >la Verdad, que iluminaba el mundo, y el mundo no la conocía.

El llegó a su propiedad, y los suyos no le acogieron. Pero, a cuantos le acogieron les infundió el poder necesario para que llegaran a ser propietarios, por creer en [el nombre del Único. [Pero, ¿quié]n ha visto nunca al Único?

[Detengámonos ahora] a considerar esta "luz del mundo" en la "Lógica de la nueva sabiduría", [ya que San] Sancho no se aviene a sus anter[iores destruc]ciones.

[Tratándose de nuestro] escritor "único", se comprende [de suyo que] el fundamento de su [genialidad] reside en una brillante [serie de] méritos personales, que forman su peculiar [virtuosismo] como pensador. Y, como todos estos méritos han sido ya puestos prolijamente de manifiesto en las páginas anteriores, bastará con que resumamos aquí los más importantes entre ellos: chapucería en el pensamiento; confusión; incoherencia; desmaño confesado; interminables repeticiones; constantes contradicciones consigo mismo; símiles sin igual; intentos de intimidación contra el lector; captaciones fraudulentas en la argumentación valiéndose de recursos como el "Tú", "ello", el "se", etc. y del burdo abuso de conjunciones y adverbios, pues, por tanto, por consiguiente, porque, según eso, sino, etc.; ignorancia; torpes y ceremoniosas aseveraciones; solemne ligereza; fraseología revolucionaria y apacibles pensamientos; ruido de palabras; inflada vulgaridad y coqueteos con una falta barata de decoro; exaltación del recadero Nante [Personaje de "'Tragedia en Berlín" (del humorista Karl von Holtei); exponente de desvelo y confusión] al plano de concepto absoluto; sometimiento a las tradiciones hegelianas y a las frases manidas berlinesas; en una palabra, fabricación acabada y perfecta de una insustanciosa y aguada sopa para mendigos (491 páginas), a la manera de Rumford.

En esta sopa para mendigos nadan y dan vueltas, como huesos, toda una serie de transiciones, de las que citaremos algunos ejemplos para general regocijo del público alemán, de suyo tan abatido: "Si no pudiéramos; ahora bien; se dice, a veces; podríamos ahora; de la eficacia... forma parte, especialmente, lo que... frecuentemente se oye decir; y esto significa; parece, ahora, evidente, para terminar con esto; entre tanto; podríamos decir aquí de pasada; si no fuese que; o si tal vez no; no sería difícil inferir; desde cierto punto de vista, se razona sobre poco más o menos así; por ejemplo, etc." y etc., etc., en todas las posibles "mutaciones" y variaciones.

Podemos aducir aquí, desde ahora, un truco [lógico] del que [no] sabríamos decir si debe [su] existencia a la [ensalzada] virtuosidad de Sancho [o a la] torpeza de sus [pensamientos]. Este [truco consiste] en destacar [un aspecto] de una representación, [de un] concepto que presenta varios aspectos [determinados], como el aspecto hasta ahora único [y exclusivo] y en deslizarlo por debajo de cuerda [dentro del concepto] como su única determina [bilidad], haciendo valer [frente a él] todos [los demás] aspectos bajo un [nombre nuevo], como algo original. Tal ocurre, como más adelante veremos, con la libertad y lo pro[pio].

Entre las categorías que no deben su origen tanto a la personalidad de Sancho como a la penuria general por la que atraviesan los teóricos alemanes figura a la cabeza la harapienta distinción, la perfección de lo harapiento. Como nuestro santo se revuelve en medio de contradicciones que "atormentan el alma", tales como las de lo singular y lo universal, el interés privado y el interés general, el egoísmo vulgar y la abnegación, etc., se llega por último a las más ruines concesiones y transacciones de ambos términos entre sí, que descansan a su vez en las distinciones más sutiles, cuya coexistencia paralela se expresa por medio de un "también", manteniéndose la separación entre los dos términos, a su vez, mediante un pobre "en tanto que". Tales harapientas distinciones son, por ejemplo: cómo los hombres se explotan los unos a los otros, pero nunca a costa del otro; en tanto que algo me es propio o me es inducido, la construcción de un trabajo humano y de un trabajo único, que coexisten entre sí, el uno al lado del otro; lo indispensable para la vida humana y lo indispensable para la vida única; lo que forma parte de la personalidad pura y lo que es objetivamente fortuito, en lo que San Max, desde el punto de vista, no tiene criterio alguno; qué pertenece a los andrajos y qué a la piel del individuo; de qué se desembaraza totalmente y qué se apropia mediante la negación; hasta qué punto sacrifica simplemente su libertad o lo propio, allí donde sacrifica algo, pero sólo en cuanto que propiamente no sacrifica nada; qué me mantiene en contacto con los otros como nexo y qué como relación personal. Una parte de estas distinciones es absolutamente andrajosa y otra pierde, por lo menos en Sancho, todo sentido y fundamento.

Y como culminación y remate de esta andrajosa distinción puede considerarse la que se establece entre la creación del mundo por el individuo y el impulso que éste recibe del mundo. Si Sancho, aquí por ejemplo, se hubiese detenido a examinar más de cerca el impulso, en toda la extensión y con toda la variedad con que actúa sobre él, se pondría de manifiesto, en fin de cuentas, la contradicción de que, de una parte, [depende] ciegamente del mundo, mientras que, por otra parte, lo crea egoísta-ideológicamente. (Véase "Mi autodisfrute"). De haberlo hecho así [no empalmaría, unos junto a otros] sus "también" y sus "en cuanto que" ni pondría el trabajo "humano" al lado del trabajo "único", ni el uno frente al otro, como términos litigiosos, haciendo que el uno [se abalance] contra el otro, ni daría totalmente por supuesto al "egoísta uno [consigo mismo"], aunque sabemos que no necesita darse por supuesto, sino que constituye desde el primer momento el punto de partida.

Esta basura de distinciones se extiende a lo largo de todo "el Libro" y es también uno de los principales recursos de los otros trucos lógicos y se manifiesta, asimismo, en una casuística moral tan complaciente consigo misma como irrisoriamente barata. Así, se nos hace ver a la luz de ejemplos cuándo el egoísta puede y cuándo no puede mentir; cuándo es "despreciable", y cuándo no, defraudar la confianza puesta en uno; hasta qué punto el emperador Segismundo y Francisco I de Francia podían lícitamente faltar a sus juramentos, y otras finas ilusiones más, por este estilo. Ante estas trabajosas distinciones y questiunculis, se comprende muy bien la indiferencia de nuestro Sancho, para quien todo es uno y lo mismo y que da de lado a todas las distinciones reales, prácticas y discursivas. En general, podemos decir ya desde ahora que su arte en materia de distinguir no llega ni con mucho a su arte para confundir, para hacer que todos los gatos sean pardos en la noche de lo sagrado y para reducirlo todo a todo, arte que encuentra su expresión adecuada en el método de la aposición.

¡Abraza a tu rucio, Sancho ya que lo has encontrado! Mira cómo salta alegremente a tu encuentro, sin dar importancia a las patadas que le han propinado, y cómo te saluda con su clara voz. ¡Arrodíllate ante él, abrázate a su pescuezo y cumple con tu misión, a la que Cervantes te ha llamado en el [capítulo] treinta!

La aposición es el rucio de San Sancho, su locomotora lógica e histórica, la fuerza propulsora "del Libro", reducida a su más breve y más simple expresión. Para convertir una representación en otra o demostrar la identidad de dos cosas completamente dispares, se recurre a algunos eslabones intermedios, que, apoyándose en el sentido, en la etimología y en la simple consonancia de las palabras, sirvan para establecer una aparente coordinación entre ambas representaciones. Y luego, éstas se cuelgan en forma de aposición a la primera de las dos representaciones, de tal modo que se vaya uno apartando cada vez más de lo que sirvió de punto de partida y acercándose más cada vez al punto a que se quiere ir a parar.. Y, una vez que la cadena de aposiciones se ha ido trenzando con la amplitud necesaria para poder concluir sin peligro alguno, se traza una raya mental, se cuelga la aposición final a modo de conclusión, y el juego de manos ha terminado. Es éste un método muy recomendable para el contrabando de pensamientos, tanto más eficaz cuanto más se lo convierte en palanca de razonamiento fundamental. Habiendo empleado este mecanismo varias veces con éxito, ya se puede, como hace San Sancho, prescindir poco a poco de algunos eslabones intermedios y reducir, por último, la serie de las aposiciones a los garfios estrictamente necesarios.

Se puede también, como hemos visto más arriba, invertirla aposición, logrando así trucos nuevos y complicados y resultados asombrosos. También hemos visto ya cómo la aposición es la forma lógica de la serie infinita de las matemáticas.sinonimia, que San Sancho explota en todos y cada uno de sus lados. Basta con que dos palabras guarden alguna relación etimológica o tengan parecida consonancia para que se conviertan en solidarias o en responsables la una de la otra, y si una palabra encierra distintos significados, se la interpreta, según convenga, bien en el uno, bien en el otro, pero de tal modo que San Sancho parezca hablar de una y la misma cosa en distintas. "refracciones". Una sección especial de la sinonimia es, además, la traducción, en la que una palabra francesa o latina es complementada por otra alemana, que expresa a la primera sólo a medias y que, a veces, expresa cosas completamente distintas, por ejemplo, cuando la palabra respektiere [En alemán, respetar] se traduce, como más arriba veíamos, por "infundir temor o veneración", etc. Baste recordar los juegos malabares que se hacen con las palabras Estado, status, estado, estado de necesidad, etc. Al tratar del comunismo, hemos tenido ya ocasión de encontrarnos con abundantes ejemplos de este empleo de expresiones de doble sentido. Veamos ahora, brevemente, otro ejemplo de sinonimia etimológica.

"La palabra «Gesellschaft» [En alemán, Sociedad; sal, saal, en alemán sala] se origina de la palabra «Sal». Si en una sala se hallan reunidas muchas personas, sala viene a indicar sociedad. Esas personas se hallan en sociedad y forman, a lo sumo, una sociedad de salón, por cuanto se expresan con los tópicos de salón tradicionales. Si se llega a un intercambio real, éste debe considerarse como independiente de la sociedad" (pág. 286).

Por el hecho de que "la palabra «sociedad» se origine de «Sala" (lo que, dicho sea entre paréntesis, no es verdad, ya que las raíces originarias de todas las palabras son verbos), es (litigado que "Sal" = "Saal". En el antiguo alto alemán, "Sal" significa un edificio, "Kisello", "Geselle" [En alemán, compañero], de donde viene "Gesellschaft", equivale a un Hausgenosse [En alemán, convecino; miembro de la comunidad doméstica] y, partiendo de aquí, se introduce, arbitrariamente, lo de "Saal", sala. Pero, no importa; la "sala" se convierte inmediatamente en "salón", como si entre el "Sal" del antiguo alto alemán y el "salón" del francés moderno no mediara una distancia de más de mil años, y de otras tantas millas. De este modo, se convierte la sociedad en una sociedad de salón, en la que, según la idea que de ella se forma el filisteo ademán, sólo media un intercambio de frases v de la que se halla excluido todo intercambio real.

Por lo demás, San Max, a quien lo único que interesa es convertir la sociedad en "lo sagrado", habría podido acortar mucho más la historia si hubiese abordado la etimología con un poco más de precisión y se hubiese molestado en consultar cualquier diccionario de raíces. ¡Qué magnífico hallazgo no habría representado para él descubrir allí el entronque etimológico entre las palabras "Gesellschaft; y "selig" [Bienaventurado, en alemán]! Sociedad - bienaventurado - sagrado - lo Sagrado: ¿cabe imaginarse nada más sencillo?

Si la sinonimia etimológica de "Stirner" es exacta, los comunistas luchan en procura del verdadero "Grafschaft", el condado como "lo sagrado". En efecto, si "Gesellschaft" viene de "Sal" edificio, "Graf" [Conde, en alemán] (got. garâvjo) viene del gótico râvo, casa. Sal, edificio = râvo, casa, y, por tanto, sociedad igual condado. La primera y última sílaba coinciden en las dos palabras y las sílabas radicales tienen el mismo significado; por tanto, la sociedad sagrada de los comunistas es el sagrado condado, el condado como lo sagrado: ¿cabe imaginarse nada más sencillo? Seguramente que San Sancho barruntaba esto cuando veía en el comunismo la culminación del sistema feudal, es decir, del régimen de los condes.

La sinonimia sirve a nuestro santo, de una parte, para convertir relaciones empíricas en relaciones especulativas, empleando en su sentido especulativo una palabra que se presenta tanto en la práctica como en la especulación, recurriendo a unas cuantas frases en torno a este significado especulativo y presentando luego las cosas como si hubiese criticado también, con ello, las relaciones reales para designar las cuales se emplea la misma palabra. Así ocurre con la especulación. En la pág. 406, "la especulación" "aparece" en dos sentidos como una esencia que se reviste de una "doble manifestación". ¡Oh, Szeliga! Se indigna contra la especulación filosófica y cree haber liquidado también, con ella, [la] especulación comercial, de [la] que no sabe nada.

Por otra parte, esta sinonimia le sirve a él, al pequeño burgués encubierto, para convertir las relaciones burguesas (véase lo que más arriba, a propósito del "comunismo", se dice acerca de la conexión del lenguaje con las relaciones burguesas) en relaciones personales, individuales, a las que no se puede tocar sin atentar contra el individuo en su individualidad, en lo que le es "propio" y "único". Así, Sancho explota, por ejemplo, la relación etimológica entre Geld y Geltung [Geld, en alemán, dinero; Geltung, validez, vigencia, prestigio], entre Vermögen y vermögen [Vermögen, patrimonio, fortuna; vermögen, infinitivo de poder], etc.

La sinonimia, combinada con la aposición, le ofrece la palanca principal para sus escamoteos, que ya han sido puestos al descubierto innumerables veces por nosotros. Para poner un ejemplo de cuán fácil es este arte, nos permitiremos escamotear una vez a la manera de Sancho.

El cambio, en cuanto cambio es la ley de los fenómenos, dice Hegel. De ahí, podría seguir diciendo "Stirner", el rigor de la ley contra las letras de cambio [Wechsel, en alemán, significa cambio y letra de cambio] falsificadas, pues estamos ante la ley entronizada sobre el fenómeno, ante la ley en cuanto tal, ante la ley sagrada, ante la ley como lo sagrado; lo sagrado contra lo que se peca y que se venga con la pena. O bien: el Wechsel "bajo su doble manifestación", como letras de cambio (lettres de change) y como cambio (changement), conduce al Verfall (échéance y décadence) [La palabra alemana Verfall admite la doble traducción francesa que indican Marx y Engels: en español, vencimiento y decadencia]. La decadencia, como consecuencia del cambio, se manifiesta en la historia, entre otras cosas, en la decadencia del Imperio Romano, del feudalismo, del Imperio Germánico y del dominio de Napoleón. "La trayectoria que va desde" estas grandes crisis históricas "hasta" las crisis comerciales de nuestros días "no es difícil" de descubrir, y ello explica también por qué estas crisis comerciales son provocadas siempre por el vencimiento de letras de cambio.

O podría también, como hace con el patrimonio y el dinero, justificar etimológicamente el cambio y razonar, "desde cierto punto de vista, poco más o menos, así": los comunistas se proponen suprimir, entre otras cosas, la letra de cambio (lettre de change). Pero, ¿acaso no es precisamente en el cambio (changement) donde reside el fundamental goce del mundo? Los comunistas quieren, pues, la muerte, lo inerte, China; es decir, el chino acabado y perfecto, eso es el comunista. "De ahí" las declamaciones de los comunistas contra las letras de cambio y los cambistas. ¡Como si toda carta no fuese una carta de cambio, una carta comprobatoria de un cambio, y todo hombre no fuese alguien que cambia, un cambista!

Para dar una apariencia muy diversa a la sencillez de su construcción y a sus malabarismos lógicos, San Sancho necesita del episodio. De vez en cuando, intercala "episódicamente" un pasaje que debería figurar en otra parte del libro o que no debería figurar en ninguna, con lo cual interrumpe todavía más el hilo va de suyo bastante desgarrado de su presunto razonamiento. Y se hace con la simplista explicación de que "no marchamos de una cuerda'', provocando en el lector, a fuerza de repetirse esto, una especie de embotamiento contra todas las incoherencias, por grandes que ellas sean. Y lo cierto es que quien lee "el libro" se acostumbra a todo y soporta ya las cosas más disparatadas. Por lo demás, estas episodios son, como no otra cosa podía esperarse de San Sancho, puramente aparentes y simples [repetic]iones de frases ya cientos de veces leídas bajo otras fir]mas.

Después de manifestarse así San Max en sus cualidades personales, y luego en la distinción, en la sinonimia y en el episodio, como ["apariencia" y] como "esencia", llegamos a la verdadera cúspide y culminación [de la] lógica, al "concepto".

[El] concepto es el "Yo" (véase Hegel, Lógica, parte III), la lógica [como Yo]. Es la relación pura [del Yo con el mundo, la relación [desnuda] de todas. las existencias reales para ella existentes, [una fórmu]la para todas las ecuaciones a [que un san]to puede reducir los [conceptos] del mundo. Ya más arriba se puso de [manif]iesto cómo Sancho sólo "trata" en vano de esclarecer a la luz de todas las cosas posibles las diversas determinaciones puras de la reflexión.

Fijémonos en cualquier ejemplo determinado, v.gr. en la relación entre el "Yo" y el pueblo.

Yo no soy el pueblo.
El pueblo = al no-Yo.
Yo = al no-pueblo.

Yo soy, por tanto, la negación del pueblo, el mello se disuelve en Mí.

La segunda ecuación puede expresarse también en la siguiente ecuación accesoria:

El Yo-pueblo no es,
o: El Yo del pueblo no es mi Yo

Todo el mecanismo consiste, pues: 1) en desplazar primeramente al sujeto y luego al predicado la negación, que al comienzo forma parte de la cópula; 2) en que la negación, el "no", se concibe, según convenga, como expresión de diversidad, de diferencia, de antítesis y de destrucción directa. En el ejemplo que acabamos de poner se la concibe como disolución absoluta, como negación total; y ya veremos que se la emplea también con otros significados, a conveniencia de San Max. Así, vemos que la afirmación tautológica de que Yo no soy el pueblo se convierte violentamente en el inesperado descubrimiento de que soy la destrucción del pueblo.

Para las anteriores ecuaciones, no era siquiera necesario que San Sancho tuviera ni la menor idea del pueblo; bastaba con saber que Yo y el pueblo "son nombres totalmente distintos para expresar cosas totalmente diferentes"; bastaba con que estas dos palabras no tuviesen ni una sola letra de común. Para seguir especulando en torno al pueblo desde el punto de vista de la lógica del egoísmo, basta con asociar al pueblo y al "Yo", desde fuera, en función de la experiencia diaria, cualquier determinación trivial, la primera que a uno se le ocurra, lo que da pie para nuevas ecuaciones. Con ello se suscita, al mismo tiempo, la apariencia de que se critican de distinto modo distintas determinaciones. De este modo, se especula ahora en torno a la libertad, a la dicha y a la riqueza:

Ecuación fundamental: El pueblo = no-Yo.

Ecuación núm. I: Libertad del pueblo = no Mi libertad.
Libertad del pueblo = mi no libertad.
Libertad del pueblo = mi falta de libertad.

(Y cabe también dar la vuelta a la cosa, con lo que obtenemos la siguiente grandiosa ecuación: Mi falta de libertad = la servidumbre es la libertad del pueblo)
Ecuación núm. II: Dicha del pueblo = no mi dicha.
Dicha del pueblo = mi no dicha.
Dicha del pueblo = mi desdicha.

(Inversión: Mi desdicha, Mi miseria es la dicha del pueblo).

Ecuación núm. III: Riqueza del pueblo = no mi riqueza
Riqueza del pueblo = mi no riqueza,
Riqueza del pueblo = mi pobreza.

(Inversión: Mi pobreza es la riqueza del pueblo). Y la madeja puede seguir devanándose ad libitum [Hasta donde se quiera], y extenderse a otras determinaciones.

Para formar estas ecuaciones sólo se necesita, aparte de un conocimiento extraordinariamente vago de las ideas que es posible asociar en una frase con el "pueblo", el conocimiento de la forma positiva para expresar el resultado obtenido en forma negativa, por ejemplo pobreza para expresar lo contrario de la riqueza, etc.; es decir, un conocimiento de lenguaje como el que se puede adquirir en la práctica diaria de la vida es suficiente para llegar por este camino a los descubrimientos más sorprendentes.

Todo el asunto consiste, pues, aquí en convertir esa no Mi riqueza, no Mi dicha, no Mi libertad en mi no riqueza, mi no dicha, Mi no libertad. El no que en la primera ecuación [es] la negación general y puede expresar todas las formas posibles de la diversidad, expresar por ejemplo que se trata de nuestra riqueza común, y no exclusivamente de la Mía, se convierte en la [segunda] ecuación en la negación de Mi rique[za, de Mi] dicha, etc., y Me atribuye a Mí [la no di]cha, la desdicha, la servidumbre. [En cuanto] se Me niega una determinada riqueza, [la rique] za del pueblo, y en modo alguno la [riqueza] en general, [cree Sancho que] se me debe atribuir la [pobreza]. [Pero] a este resultado se llega también traduciendo positivamente Mi no libertad y convirtiéndola, así, en Mi ["falta de libertad"]. Sin embargo, Mi [no libertad] puede ser también [otras] cien cosas fuera de esto, por ejemplo mi "pri[vación de libertad"], mi falta de libertad con respecto a mi cuerpo, etc.

En este ejemplo, hemos partirlo de la segunda ecuación el pueblo = no-Yo. Exactamente lo mismo habríamos podido partir de la tercera: "Yo = no pueblo, donde entonces habríamos llegado por último, siguiendo el mismo camino anterior, con respecto a la riqueza, a este resultado: "Mi riqueza es la pobreza del pueblo". Pero aquí, San Sancho no habría procedido así, sino que habría destruido las relaciones patrimoniales del pueblo en general y el pueblo mismo, para llegar luego a este resultado: Mi riqueza es la destrucción, no sólo de la riqueza del pueblo, sino del pueblo mismo. Y aquí se revela cuán arbitrariamente procedía San Sancho cuando, hace un momento, convertía la no riqueza en la pobreza. Nuestro santo aplica mezclados y revueltos estos diferentes métodos y explota la negación tan pronto en un significado como en otro. Qué confusión resulta de todo esto "lo ve inmediatamente también cualquiera que no haya leído el libro de Stirner" (Wigand, pág. 191).

Y del mismo modo "maquina" el "Yo" contra el Estado.

Yo no soy el Estado.
Estado = no Yo.
Yo = no del Estado.
No del Estado = Yo.

O, dicho en otros términos: Yo soy la "nada creadora" en que desaparece el Estado.

Esta melodía simple puede entonarse a propósito de cualquier tema, el que se desee.

La gran tesis que sirve de base a todas estas ecuaciones es ésta: Yo no soy el no-Yo. A este no-Yo se le dan diferentes nombres, que, de una parte, pueden ser puramente lógicos, como por ejemplo el ser en sí o el ser otro y, de otra parte, los nombres de representaciones concretas, tales como el pueblo, el Estado, etc. Y de este modo puede suscitarse la apariencia de un razonamiento, partiendo de estos nombres y luego, por medio de la ecuación o de la serie de aposiciones, reduciéndolos de nuevo al no-Yo que al comienzo les había servido de base. Pero, como las relaciones reales introducidas de este modo sólo se presentan como distintas modificaciones -distintas, además, solamente en cuanto al nombre- del no-Yo, no es necesario decir absolutamente nada acerca de estas relaciones reales mismas. Lo cual resulta tanto más cómico en cuanto las relaciones [reales] son las relaciones [de los] individuos mismos, y por el hecho de declararlas como relaciones [del no-] Yo se demuestra que no se sabe nada acerca de ellas. Esto simplifica tanto la cosa, que este truco puede ser aprendido en diez minutos a lo sumo por "la gran mayoría, compuesta por cabezas congénitamente limitadas". Y ello proporciona, al mismo tiempo, un criterio acerca de la "Unicidad" de San Sancho.

El no-Yo enfrentado al Yo es definido ahora por San Sancho en el sentido de que es lo y pertenecientes a él. Prescindiendo por el momento de la arbitrariedad con que presenta o no presenta una relación cualquiera, la que sea, como una relación de enajenación (ya que todo encaja en las ecuaciones anteriores), vemos ya aquí que, para él, sólo [se] trata de hacer que todas las relaciones reales se encuentren ya [como enajenadas] (para seguir empleando, de momento, esta [expresión] filosófica), de convertirlas en la frase, perfectamente [abstracta], de la enajenación; por tanto, en vez del problema de presentar a los individuos [reales] en su [real] enajenación y en las condiciones empíricas de ésta, nos encontramos aquí, otra vez, con lo mismo exactamente de antes: en vez del desarrollo de todas las relaciones [puramente] empíricas, se pone, el [mero pensamien]to de la enajenación, [de lo ajeno], de lo sagrado. [El] deslizamiento por debajo de cuerda de la categoría [de la] enajenación (una nueva determinación de la reflexión, que puede ser concebida como antítesis, como diferencia, como no identidad, etc.) cobra su expresión última y más alta en el hecho de que "lo ajeno" se convierte de nuevo en "lo sagrado", la enajenación en la actitud del Yo ante cualquier objeto, el que sea, como lo sagrado. Nosotros preferirnos esclarecer el proceso lógico en la actitud de San Sancho ante lo sagrado, ya que es ésta la fórmula predominante y señalamos de pasada que "lo ajeno" se concibe también como "lo existente" (por aposición), lo que existe sin mí, independientemente de mí, por aposición, lo que es dependiente por mi independencia, de tal modo que San Sancho puede, por tanto, presentar como lo sagrado cuanto independientemente de él existe, por ejemplo el Blocksberg.[4]

Por ser lo sagrado algo ajeno, todo lo ajeno se convierte en lo sagrado; por ser lo sagrado un vínculo, una traba, todo vínculo, toda traba se convierte en lo sagrado. Con ello, San Sancho consigue que todo lo ajeno se convierta en una simple apariencia, en una mera representación, de la que él se libera sencillamente protestando contra ella y declarando que no se da en él semejante representación. Exactamente como, al hablar del egoísta no uno consigo mismo, veíamos que a los hombres les bastaba con cambiar de conciencia para que todo el mundo marchase all right [Perfectamente].

Toda nuestra exposición ha puesto de manifiesto cómo San Sancho critica las relaciones reales todas limitándose a declararlas como lo sagrado, y las combate combatiendo la representación sagrada que él se forma en ellas. Este simple truco, consistente en convertirlo todo en lo sagrado, se lleva a cabo, como más arriba hemos visto prolijamente, por el hecho de que Jacques le bonhomme acepta a pies juntillas las ilusiones de la filosofía, toma la expresión ideológica, especulativa, de la realidad, divorciada de su base empírica, por la realidad misma, y considera las ilusiones que los pequeños burgueses se forjan [acerca de] la burguesía como la ["esencia sagrada" de la] burguesía misma, lo que le permite imaginarse que sólo tiene que habérselas con pensamientos y representaciones. Y con la misma facilidad se convierten los hombres en "santos": después de desglosar sus ideas acerca de ellos de sus condiciones empíricas, ya se puede convertir a los hombres en simples receptáculos de estas ideas y convertir, por ejemplo, al burgués en el sagrado liberal.

La actitud positiva de este en última instancia [crédulo Sancho] ante lo sagrado ([que él] llama respeto) figura también [bajo el] nombre de "amor". "Amor" [se llama a la] actitud de reconocim>el [hombre"], hacia lo sagrado, lo ideal, hacia la esencia superior, una actitud humana, sagrada, ideal, esencial. Así, Sancho puede presentar también como "otro ejemplo" del amor lo que en otros lugares se expresa como existencia de lo sagrado, por ejemplo el Estado, las prisiones, las torturas, la policía, el comercio y el tráfico, etc. Y esta nueva nomenclatura le permite escribir nuevos capítulos sobre lo que ya había anatematizado sobre la rúbrica de lo sagrado y del respeto. Es la vieja historia de las cabras de la pastora Torralba, bajo su forma sagrada, con ayuda de la cual, como antes a su señor, agarra ahora de la nariz al público y se agarra a sí mismo, a lo largo de todo el Libro, aunque sin poner fin a dicha historia tan ingeniosamente como en otros tiempos, cuando todavía no era más que un profano escudero. Hay que decir que, desde su canonización, Sancho deja de dar pruebas de su ingenio congénito.

La primera dificultad parece provenir del hecho de que lo sagrado, es, en sí, muy diverso y de que, por tanto, al criticar a un algo sagrado concreto, debería dejarse a un lado la santidad, para criticar el contenido concreto mismo. San Sancho sortea este escollo mediante el recurso de presentar todo lo determinado simplemente como un "ejemplo" de lo sagrado, exactamente lo mismo que en la Lógica de Hegel es indiferente el que, para ilustrar el "ser para sí", se cite el átomo o la persona o, como ejemplo de la atracción, se mencione el sistema solar, el magnetismo o el amor sexual. Si "el Libro" es un hormiguero de ejemplos no debe verse en ello, pues, ni mucho menos, algo fortuito, sino algo que tiene su fundamento en la esencia íntima del método de razonamiento que en él se desarrolla. Es, para San Sancho, la "única" posibilidad de sugerir una apariencia de contenido, como lo encontrarnos ya prototípicamente en la propia obra de Cervantes, donde Sancho habla siempre también en forma de ejemplos. Esto permite a Sancho decir: "Otro ejemplo de lo sagrado" (de lo no interesante) "es el trabajo". Y podría seguir diciendo, del mismo modo: otro ejemplo es el Estado, otro ejemplo es la familia, otro ejemplo es la renta del suelo, otro ejemplo es San Jacobo (Jacques, le bonhonmme), otro ejemplo Santa Úrsula y las once mil vírgenes. Todas estas cosas tienen de común, en su representación, ciertamente, el ser "lo sagrado". Pero son, al mismo tiempo, cosas totalmente distintas las unas de las otras, y esto es precisamente lo que hace de ellas cosas determinadas y concretas. [En cuanto] se habla de ellas en su determinabilidad, se habla de ellas [en cuanto no] son "lo sagrado". [El trabajo] no es la renta del suelo y [la renta del suelo] no es el Estado; [se trata], por tanto, de determinar [hasta qué punto] el Estado, la renta del suelo o el trabajo son, prescindiendo de su imaginaria santi[dad], y San Max lo hace ahora así. [Hace como si] hablara del Estado, [del trabajo], etc., pero presentando ["al" Estado] como la realidad de [una] idea, del amor, del ser [para otro], de lo existente, de la autoridad sobre los [individuos] y, por medio de una raya trazada [en el pensamiento], "de lo sagrado", [lo que] habría [podido] decir de antemano. O [se dice] acerca del trabajo que vale como una misión de vida, como un destino, como "lo sagrado". Es decir, el Estado y el trabajo se incluyen primeramente en una modalidad especial de lo sagrado, amañada ya de antes del mismo modo, y este sagrado específico se reduce después a lo "sagrado" general; todo lo cual puede llevarse a cabo sin necesidad de decir ni una palabra acerca del trabajo y del Estado. Y esta papilla ya mascada puede volver a mascarse a cada paso y en cada ocasión que se presente, ya que todo lo que aparentemente es objeto de crítica sólo sirve a nuestro Sancho de pretexto para explicar las ideas abstractas y los predicados convertidos en sujetos (que no son otra cosa que lo sagrado surtido y de lo que se tienen siempre abundantes reservas en almacén) como aquello en que ya se los había convertido de antemano, en lo sagrado. En efecto, lo ha reducido todo a la expresión exhaustiva, clásica, al decir que son todos otros tantos "ejemplos de lo sagrado". Las determinaciones que se presentan de oídas y que deben guardar relación con el contenido son totalmente superfluas y, cuando se las examina de cerca, se ve, además, que ni son tales determinaciones ni aportan un contenido, y se reducen todas ellas a cosas de mal gusto y nacidas solamente de la ignorancia. Este barato "virtuosismo en el pensar", capaz de abordar y explicar todos los objetos ya antes de conocerlos, puede, naturalmente, apropiárselo cualquiera, no ya en diez minutos, como antes, sino en cinco. San Sancho nos amenaza en el Comentario con "estudios" sobre Feuerbach, sobre el socialismo, sobre la sociedad civil y lo sagrado sabe sobre cuántas cosas más. Estos estudios pueden ya, antes de ser escritos, reducirse aquí a su más simple expresión, en los términos siguientes:

Primer estudio: otro ejemplo de lo sagrado es Feuerbach.

Segundo estudio: otro ejemplo de lo sagrado es el socialismo.

Tercer estudio: otro ejemplo de lo sagrado es la sociedad civil.

Cuarto estudio: otro ejemplo de lo sagrado es el "estudio" stirnerizado.

Y así sucesivamente, in infinitum [Hasta el infinito].

El segundo escollo en que necesariamente tenía que tropezar San Sancho, a poco que hubiese reflexionado, es su propia afirmación de que todo individuo difiere completamente de todos los demás, es único. Pues bien, si todo individuo es totalmente otro y, por tanto, lo otro, lo que para un individuo es ajeno, sagrado, no necesita serlo, ni mucho menos, para otro individuo, e incluso no puede serlo. Y los nombres comunes, tales como el del estado, la religión, la moral, etc., no deben inducirnos a engaño, ya que estos nombres son solamente abstracciones del comportamiento real de los distintos individuos y estos objetos, a través del comportamiento totalmente diferente de los distintos individuos hacia ellos, se convierten en objetos únicos para cada uno, es decir, en objetos totalmente distintos, que no tienen de común entre sí más que el nombre. Por tanto, San Sancho habría podido decir, a lo sumo: el estado, la religión, etc., son para Mí, para San Sancho, lo ajeno, lo sagrado. Pero, en vez de esto, tienen que ser para él lo absolutamente sagrado, lo sagrado para todos los individuos, pues de otro modo, ¿cómo habría podido fabricar su Yo construido, su egoísta uno consigo mismo, etc., cómo habría podido escribir todo su "Libro"? Cuán poco se le ocurre, en general, convertir a cada "Único" en pauta de su propia "uncídad" y cuán mucho aplica su "unicidad" como pauta, como norma moral, a todos los demás individuos y los obliga a acostarse, como auténtico moralista, en su lecho de Procusto, se desprende ya, entre otras cosas, de su juicio sobre el difunto Klopstock. A éste le enfrenta con la máxima moral de que habría debido "comportarse de un modo perfectamente propio hacia la religión", en cuyo caso no habría obtenido como resultado, y ésta habría sido la conclusión justa (una conclusión a la que el propio "Stirner" llega innumerables veces, p. ej. con respecto al dinero), una religión propia, sino una "disolución y absorción de la religión" (pág. 85), es decir, habría obtenido un resultado general, en vez de un resultado propio, único. Y como si Klopstock no hubiese obtenido también como resultado una "disolución y absorción de la religión", y una disolución absolutamente suya propia, única, como sólo este Klopstock habría podido "aportar", una disolución cuya unicidad pudo comprobar ya "Stirner" a la luz de las muchas imitaciones fracasadas. Se nos dice que la actitud de Klopstock ante la religión no era una actitud "propia", a pesar de que era una actitud completamente peculiar, una actitud ante la religión que convertía precisamente a Klopstock en Klopstock. Su actitud ante la religión sólo habría sido "propia", según esto, si se hubiese comportado hacia ella, no como Klopstock, sino como un moderno filósofo alemán.

El "egoísta en sentido vulgar", que no es tan sumiso como Szeliga y ya más arriba hubo de oponer toda suerte de objeciones, objeta aquí a nuestro santo lo siguiente: Yo obro en la realidad, y nadie lo sabe mejor que yo -rien pour la gloire [Nada por la gloria; es decir, nada desinteresadamente]-, en mi interés y provecho, y nada más. Aparte esto, me divierte pensar que obtendré también ventajas en el cielo, que soy inmortal. ¿Acaso debo sacrificar esta representación egoísta en aras de la simple conciencia del egoísmo uno consigo mismo, que no me proporcionará un solo centavo? Los filósofos me dicen que esto es inhumano. ¿Qué se me da a mí de eso? ¿Acaso yo no soy un hombre? ¿No es humano todo lo que yo hago y porque lo hago, sin que me preocupe para nada cómo "otros" "rubriquen" mis actos? Tú, Sancho, que eres también, ciertamente, un filósofo, pero un filósofo en quiebra y que por el solo hecho de ser filósofo no eres digno de crédito pecuniario, ni de crédito como pensador por el hecho de estar en quiebra, me dices que no mantenga una actitud propia ante la religión. Me dices, pues, lo mismo que me dicen los demás filósofos, sólo que en ti, como de ordinario, lo que me dices pierde todo sentido, por cuanto tú llamas "propio" lo que ellos llaman "humano". ¿Acaso de otro modo podrías hablar de otra propiedad que de la tuya propia y convertir de nuevo la actitud propia en una actitud general? Si quieres, también yo me comporto, a mi manera, críticamente hacia la religión. No vacilo en sacrificarla cuando interfiere como un obstáculo en mi commerce [Comercio], y, de otra parte, me es útil para mis negocios el pasar por religioso (como lo es para mi proletario el comer, por lo menos en el cielo, los pasteles que yo como en la tierra), y por último hago del cielo algo mío propio. El cielo es une propriété ajoutée à la propriété [ Una propiedad añadida a la propiedad], aunque Montesquieu, que era un sujeto muy distinto de ti, trataba de hacerme creer que era une terreur ajoutée à la terreur [ Un terror añadido al terror]. Como yo me comporto hacia el cielo no se comporta ningún otro, y por medio de esta relación única que con él contraigo el cielo es un objeto único, un cielo único. Lo que a lo sumo puedes criticar es tu representación de mi cielo, pero no mi cielo. ¿Y qué decir de la inmortalidad? En este punto, te me apareces ridículo. Yo reniego de mi egoísmo, como tú afirmas en gracia a los filósofos, porque lo eternizo y declaro nulas y canceladas las leyes de la naturaleza y el pensamiento, desde el momento en que pretenden asignar a mi existencia un destino .que no es producto de mí mismo y que me resulta altamente desagradable, a saber: la muerte. Tú llamas a la inmortalidad una "pobre estabilidad", como si yo no pudiera llevar constantemente una vida "movida" mientras, sea en este mundo o en el otro, los negocios marchen bien y pueda participar en otros asuntos que en tu "Libro". ¿Y puede haber algo más "estable" que la muerte, que pone fin a mis movimientos contra mi voluntad y me hunde en lo general, en la naturaleza, en el género, en lo... sagrado? Y no hablemos del Estado, de la ley, de la policía! Es posible que a muchos "Yos" se les antojen potencias ajenas, pero yo sé que son mis potencias propias. Por lo demás -y, al llegar aquí, el burgués vuelve de nuevo la espalda a nuestro santo, esta vez con una amable inclinación de cabeza-, puedes seguir, si quieres, tronando contra la religión, el cielo, Dios, y por ahí adelante. Yo sé bien que, en todo lo que atañe a mi interés, a la propiedad, al valor, al precio, al dinero, a la compra y a la venta, ves siempre lo tuyo "propio".

Acabamos de ver cómo los individuos difieren entre sí. Pero cada individuo es, a su vez, distinto en sí mismo. Y así, San Sancho, al reflejarse en cualquiera de estas cualidades, es decir, al concebirse, al determinarse como "Yo" en una de estas determinabilidades, puede determinar el objeto de las otras cualidades y estas otras cualidades mismas como lo ajeno, como lo sagrado, y del mismo modo con todas sus propiedades, una tras otra. Así, por ejemplo, lo que es objeto para su carne es lo sagrado para su espíritu, o lo que es objeto para su necesidad de reposo es lo sagrado para su necesidad de movimiento. Este truco se basa en su anterior transformación de toda actividad y de toda pasividad en la negación de sí mismo. Por lo demás, su Yo no es un yo real, sino solamente el Yo de aquellas ecuaciones a que nos referíamos más arriba, el mismo Yo que en la lógica formal figura en la teoría del juicio bajo el nombre de Cayo.

"Otro ejemplo", a saber, un ejemplo más general de la canonización del mundo es la transformación de los conflictos entre los individuos, con sus condiciones prácticas de vida, en conflictos ideales, es decir, en conflictos entre estos individuos, con las representaciones que ellos se forman o que se meten en la cabeza. También este truco es muy sencillo. Del mismo modo que San Sancho sustantivaba ya antes los pensamientos de los individuos, desglosa aquí la imagen ideal de los conflictos reales de estos conflictos mismos, y la sustantiva. Las contradicciones reales en que se mueve el individuo se convierten, así, en contradicciones del individuo con lo que él se representa, o, como San Sancho lo expresa también de un modo más simple, con la representación, con lo sagrado. Con lo cual obtiene como resultado el convertir el conflicto real, el prototipo de su imagen ideal, en una consecuencia de esta apariencia ideológica. Por donde la conclusión es que no se trata de la solución práctica del conflicto real, sino simplemente de abandonar la representación que él se forma de este conflicto, a lo que, como un buen moralista, exhorta apremiantemente a los hombres.

Una vez que San Sancho ha convertido, así, todos los conflictos y contradicciones en que se mueve un individuo en simples contradicciones y conflictos entre este individuo y sus representaciones, representaciones que se han hecho independientes de él y han llegado a dominarlo, metamorfoseándose de este modo, "fácilmente", en la representación, en la sagrada representación, en lo sagrado, al individuo no le queda ya, por tanto, más camino que cometer el pecado contra el Espíritu Santo de abstraerse de esta representación y declarar que lo sagrado es un espectro. Esta estafa lógica que el individuo comete consigo mismo es considerada por nuestro santo como uno de los más altos esfuerzos del egoísta. Pero, por otra parte, cualquiera puede darse cuenta de cuán fácil es, por este camino, declarar como subordinados, desde el punto de vista del egoísmo, todos los conflictos y movimientos que se presentan en la historia, sin necesidad de saber nada de ellos, pues basta para eso con destacar algunos de los tópicos con ellos relacionados, convirtiéndolos en "lo sagrado" a la manera ya indicada, presentando a los individuos como subyugados por esta potencia de lo sagrado y manifestando luego en contra de ellos su desprecio por "lo sagrado en cuanto tal".

Otra ramificación de este mismo truco lógico, que constituye por cierto la maniobra predilecta de nuestro santo, es la explotación de las palabras destino, misión, etc., lo que le facilita infinitamente el convertir lo que quiera en lo sagrado. En efecto, en la misión, el destino, etc., el individuo se representa a sí mismo como algo distinto de lo que realmente es, como lo ajeno, como lo sagrado, y hace valer su representación de lo que debiera ser, como lo legítimo, lo ideal, lo sagrado, frente a su ser real. Esto permite a San Sancho, cuando ello le interese, convertirlo todo en lo sagrado por medio de la siguiente cadena de aposiciones: determinarse, es decir, trazarse una determinación o un destino (viértase aquí el contenido que se quiera), trazarse el destino en cuanto tal, trazarse el destino sagrado, trazarse el destino como lo sagrado, es decir, lo sagrado como el destino. O bien: ser determinado, es decir, tener una determinación o un destino, tener el destino, el destino sagrado, el destino como lo sagrado, lo sagrado como el destino, lo sagrado en cuanto determinación, la determinación o el destino de lo sagrado.

Ahora, ya sólo le resta, naturalmente, exhortar enérgicamente a los hombres a trazarse la determinación de lo indeterminado, el destino de la falta de destino, la misión de la carencia de misión, a pesar de que a lo largo de todo "el Libro", "hasta llegar" al Comentario, no hace otra cosa que trazar a los hombres toda serie de destinos, plantearles misiones y llamarlos como predicador en desierto al evangelio del verdadero egoísmo, del que, por lo demás, reza aquello de que todos son llamados y sólo uno -O'Connell- el elegido.

Ya hemos visto más arriba cómo San Sancho desglosa las representaciones que los individuos se forman de sus condiciones de vida, de sus conflictos y colisiones prácticas, para convertirlas luego en lo sagrado. Pues bien, aquí estas representaciones se presentan bajo la forma de la determinación, de la misión y del destino. La misión reviste, en San Sancho, una doble forma; de una parte, como la misión que otros me asignan, de lo que ya más arriba hemos tenido ocasión de ver ejemplos en los periódicos que rebosan de política y en las prisiones, que nuestro santo reputaba por establecimientos de corrección de costumbres. De otra parte, la misión aparece como una misión en la que el propio individuo cree. Si se arranca al individuo de todas sus condiciones de vida empíricas, del mundo que le sirve de base y de su propio cuerpo, es evidente que no tendrá ya otra misión ni otro destino que el de representar al Cayo de los juicios lógicos y ayudar a San Sancho en las ecuaciones de que hablábamos más arriba. En la realidad, por el contrario, donde los individuos tienen necesidades, esto se encarga ya de asignarles una misión y un destino, siendo indiferente, de momento, el que en su representación llagan: de esto una misión suya, o no. Por lo demás, de suyo se comprende que los individuos, puesto que tienen ama conciencia, se forman una representación propia de esta misión que su existencia empírica les asigna, con lo que brindan a San Sancho ocasión para aferrarse a la palabra "misión", a la expresión imaginativa de sus condiciones de vida reales, perdiendo de vista estas condiciones de vida mismas. El proletario, por ejemplo, que tiene la misión de satisfacer sus necesidades, al igual que cualquier otro hombre, y que ni siquiera puede dar satisfacción a las necesidades que le son comunes con los demás hombres, a quien la necesidad de trabajar catorce horas diarias equipara a una bestia de carga, a quien la competencia degrada al plano de una cosa, de un articulo comercial, que se ve desplazado de su ''posición de fuerza productiva, la única que se le tolera, por otras fuerzas productivas más eficaces; este proletario recibe ya con ello y por ello la misión real de revolucionar sus condiciones de vida. Puede, ciertamente, representarse esto como su "misión" y puede también, si quiere hacer propaganda, expresar esta "misión" suya diciendo que es misión humana del proletario hacer esto o lo otro, tanto más en cuanto su misión no le consiente ni siquiera la satisfacción de las necesidades emanadas directamente de su naturaleza humana. Pero San Sancho no se preocupa ni en lo mínimo de la realidad que sirve de base a esta representación, de los fines prácticos de este proletario, sino que se aferra a la palabra "misión", y la erige en lo sagrado y al proletario en un siervo de lo sagrado, que es la mejor manera de saberse por encima de todo y de todos y de "seguir su camino".

En las condiciones actuales, sobre todo, en que impera siempre una clase, en que las condiciones de vida de un individuo coinciden siempre con las de una clase, en que, por tanto, la misión práctica de toda nueva clase que surge tiene necesariamente que aparecer ante cada individuo de ella como una misión general y en que, realmente, ninguna clase puede derrocar a su antecesora más que liberando a los individuos de todas las clases de sus cadenas concretas anteriores; en estas circunstancias, sobre todo, era necesario que la misión de los individuos de una clase que aspira a dominar se presentara como la misión general humana.

Por lo demás, cuando el burgués hace ver al proletario, por ejemplo, que la misión humana de éste consiste en trabajar catorce horas diarias, el proletario se halla totalmente en su derecho de contestar, hablando en el mismo lenguaje, que su misión consiste más bien en derrocar todo el régimen burgués.

Repetidas veces hemos visto ya cómo San Sancho plantea una serie de misiones que se resuelven, todas, en la misión última, existente para los hombres, del verdadero egoísmo. Pero incluso allí donde no reflexiona, donde no se sabe criador y criatura, arriba por medio de las siguientes andrajosas distinciones a una misión.

Pág. 466: "Si quieres seguirte ocupando en lo sucesivo del pensamiento, eso depende de Ti. Si quieres llegar a algo importante en el pensamiento" (comienzan las condiciones y determinaciones para Ti), "no cabe duda de que quien desea pensar tiene una misión, que, consciente o inconscientemente, él se asigna por su voluntad; pero la misión de pensar no la tiene nadie".

Prescindiendo por el momento del restante contenido de esta tesis, es ya falsa, desde el punto de vista de San Sancho, por cuanto el egoísta uno consigo mismo tiene desde luego, quiéralo o no, la "misión" de pensar. Tiene que pensar, de una parte, para refrenar la carne, que sólo es posible tener a raya por el espíritu, por el pensamiento, y, de otra parte, para poder hacer frente a su destino de reflexión como creador y como criatura, De ahí que plantee la "misión" de autoconocerse a la totalidad de los egoístas defraudados, "misión" que no puede llevarse a cabo, evidentemente, sin pensamiento.

Ahora bien, para trasplantar esta tesis de la forma de una distinción andrajosa a una forma lógica, lo primero que hay que hacer es suprimir lo "importante". Lo "importante" a que puede llegar en el pensamiento difiere para cada hombre según su grado de cultura, sus condiciones de vida y su objetivo momentáneo. Así, pues, San Max no nos suministra aquí ningún criterio fijo para saber cuándo comienza la misión que se plantea con el pensamiento que hasta qué punto es posible pensar sin plantearse una misión, sino que se limita a emplear el término relativo de "importante". Ahora bien, "importante" es para mí todo lo que solicita mi pensamiento, todo aquello acerca de lo que me paro a pensar. Por eso, en vez de si quieres llegar a algo importante en el pensamiento, debiera decir: si, en general, quieres pensar. Pero esto no depende de que tú lo quieras o no lo quieras, puesto que posees una conciencia y sólo puedes satisfacer tus necesidades mediante una actividad, en la que tienes también que proceder de un modo consciente. "Si quieres pensar", te planteas de antemano la misión de pensar; para decir esta perogrullada, no necesitaba San Max haber recurrido a las trompetas de lo solemne. Lo que ocurre es que envuelve la tesis bajo esta forma de la andrajosa distinción y la pomposa tautología para encubrir el siguiente contenido: como determinado, como real, tienes un destino, una misión. Puedes ser consciente de ello o no. Esa misión emana de tus necesidades y de la conexión de éstas con el mundo existente. En rigor, la sabiduría de Sancho estriba en afirmar que depende de tu voluntad el pensar, el vivir, etc., y, en general, el hallarse sujeto a una determinabilidad. De otro modo, teme que la determinación dejaría de ser tu autodeterminación. Si tú identificas tu Yo con tu reflexión o, en caso necesario, con tu voluntad, se comprende de suyo que, en esta abstracción, escapa a la autodeterminación todo lo que proviene de tu reflexión o de tu voluntad, entre otras cosas, por ejemplo, tu respiración, la circulación de tu sangre, el pensamiento, la vida, etc. Pero, para San Sancho, la autodeterminación no consiste ni siquiera en la voluntad, sino, como ya veíamos al hablar del verdadero egoísta, en la reservatio mentalis de la indiferencia hacia toda determinabilidad indiferencia que vuelve a presentarse aquí como ausencia de determinación. En su propia cadena de aposiciones, esto se presentaría así: frente a cada real determinación, se traza la ausencia de determinación como determinación o destino, distingue de sí en cada momento lo indeterminado y es, así, en cada momento, otro del que es, una tercera persona, sencillamente el otro, el otro sagrado, el otro que se enfrenta a cada unicidad, el carente de determinación, el general, el común, el... andrajoso.

Como vemos, San Sancho huye de la determinación mediante el salto a la indeterminabilidad (que es, a su vez, una determinación, y además, la peor de todas), y el contenido práctico, moral de todo este truco, aparte lo que ya tuvimos ocasión de decir más arriba, a propósito del verdadero egoísta, es, simplemente, la apología de la misión o profesión que en el mundo actual se le impone a cada individuo. Si los obreros, por ejemplo, afirman en su propaganda comunista que es la misión, el destino, la determinación de todo hombre el desarrollarse .de un modo general, el desarrollar todas y cada una de sus dotes, entre ellas, v. gr., también la facultad de pensar San Sancho ve en ello solamente la misión. de lo ajeno, la afirmación de "lo sagrado", de la que trata de liberar al hombre amputándolo a costa de sí mismo por medio de la división del trabajo y encajonándolo en una misión o profesión aislada, defendiéndolo contra su propia necesidad, proclamada por otros como misión, de llegar a ser otra cosa. Lo que aquí se hace valer bajo la forma de una misión, de una determinación, es precisamente la negación que hasta ahora viene siendo prácticamente engendrada por la división del trabajo, de la única misión realmente existente y, por tanto, la negación de toda misión. La realización del individuo en todas y cada una de sus facetas sólo dejará de representarse como ideal, como misión, etc., cuando el impulso mundial que reclama el desarrollo real de las dotes de los individuos se coloque bajo el control de los individuos mismos, como quieren los comunistas.

Finalmente, toda esta basura sobre la misión, en la lógica egoísta, tiene a su vez la misión de permitir penetrar dentro de lo sagrado en las cosas y hacer posible la destrucción de éstas sin tocarlas para nada. Así, por ejemplo, el trabajo, la vida de los negocios, etc., son consideradas por éste o por aquél como su misión. Con ello, se convierten en el sagrado trabajo, en la sagrada vida de los negocios, en lo sagrado. Pero el verdadero egoísta no las considera como una misión, y con ello da al traste con el sagrado trabajo y la sagrada vida de los negocios. Con lo cual, éstas siguen siendo lo que son, y él lo que era. No se le ocurre siquiera pararse a indagar si el trabajo, la vida de los negocios, etc., si estas modalidades de existencia de los individuos, no conducirán necesariamente, por su contenido y su proceso reales, a las representaciones ideológicas que él combate como entidades sustantivas, es decir, que él y dentro de él canoniza.

Exactamente lo mismo que San Sancho canoniza el comunismo, para luego convencer a los demás más fácilmente de la sagrada representación que de él hace, en forma de asociación, como una invención "propia", exactamente lo mismo, sólo acomete contra "la misión, la determinación, el destino", para reproducirlos en todo su libro como un imperativo categórico. Dondequiera que surgen dificultades, San Sancho las afronta con uno de estos imperativos categóricos: "¡Valorízate!", "¡Conoceos a vosotros mismos!", "¡Que cada cual se convierta en un Yo todopoderoso!". etc. Acerca del imperativo categórico, véase la "Asociación"; acerca de la "misión", etc., véase el "Autodisfrute".

Hemos puesto ya de manifiesto los principales trucos lógicos mediante los cuales Sancho canoniza y, con ello, critica y devora el mundo existente. En realidad, sólo devora lo sagrado en el mundo, sin siquiera rozar a éste. Y huelga decir que, al proceder así, se comporta por fuerza de un modo prácticamente conservador. Si se propusiera criticar, la crítica profana comenzaría precisamente allí donde termina la gloriola de lo sagrado. Cuanto más la forma normal de intercambio de la sociedad v, por tanto, las condiciones de la clase dominante se enfrentan al progreso de las fuerzas productivas; cuanto mayor es, por consiguiente, la discordia en el seno de la misma clase dominante y con la clase dominada, más se falsea, naturalmente, la conciencia que originariamente correspondía a esta forma de cambio, es decir, más va dejando de ser la conciencia que a ella corresponde, más se degradan las anteriores ideas tradicionales de estas relaciones de intercambio, en las que los verdaderos intereses personales, etc., se expresaban como intereses generales, hasta convertirse en frases deliberadamente idealizantes en una ilusión consciente, en una deliberada hipocresía. Y cuanto más las desmiente la realidad y más se desvalorizan ante la conciencia misma, con mayor energía se las hace valer,… más hipócrita, más moral y más sagrado se torna el lenguaje de esta sociedad normal. Y cuanto más hipócrita se torna esta sociedad, más fácil le es a un hombre crédulo como Sancho descubrir por todas partes la representación de lo sagrado, de lo ideal. De la hipocresía general de la sociedad puede él, el crédulo, abstraer la creencia general en lo sagrado, el imperio de lo sagrado y ver en lo sagrado, incluso, el pedestal de esa sociedad. Es víctima de la misma hipocresía a partir de la cual precisamente habría debido llegar a la conclusión contraria.

El mundo de lo sagrado se cifra y compendia, en intima instancia, en "el hombre". Como ya veíamos en el Antiguo

Testamento, San Max desliza "el hombre" como sujeto activo de toda la historia anterior a nosotros; en el Nuevo Testamento, nace este imperio "del hombre" extensivo a todo el mundo físico y espiritual existente, presente. Todo es "del hombre" y, por tanto, el mundo se convierte en "el mundo del hombre". Lo sagrado personificado es "el hombre", que en San Max es, simplemente, un nombre distinto para expresar el concepto, la idea. Las representaciones e ideas de los hombres divorciados de las cosas reales deben tener como fundamento, naturalmente, no los individuos reales, sino el individuo de la representación filosófica, el individuo desglosado de su realidad, puramente pensado, "el hombre", en cuanto tal, el concepto "del hombre". Es el remate o apogeo de su fe en la filosofía.

Ahora, una vez convertido todo en "lo sagrado" o en lo que es "del hombre", puede nuestro santo proceder a la apropiación, mediante el procedimiento de abandonar la representación de lo "sagrado" o del "hombre" como un poder que se halla por encima de él. Por el hecho de convertir lo ajeno en lo sagrado, es decir, en una mera representación, esta representación de lo ajeno, en que él ve lo realmente ajeno, pasa a ser, naturalmente, propiedad suya. Las fórmulas fundamentales para la apropiación del mundo del hombre (el modo como el Yo toma ahora posesión del mundo, después de haber perdido todo respeto por lo sagrado) se contienen ya en las ecuaciones de que hablábamos más arriba.

Como veíamos, San Sancho es ya señor y dueño de sus cualidades como el egoísta uno consigo mismo. Para hacerse señor y dueño del mundo, le basta con convertirlo en cualidad suya. Y la manera más sencilla para ello es precisar directamente como cualidad suya la cualidad "del hombre", con todo el absurdo que lleva consigo. Así, por ejemplo, reivindica para sí, como cualidad del Yo, el absurdo del amor humano universal, al afirmar que ama a "todos" (pág. 387), y además con la conciencia del egoísmo, porque "el amor le hace dichoso". Con un temperamento así, tan dado a la dicha, es natural que se pertenezca a aquellos de quienes se ha dicho: ¡Ay de vosotros, si molestáis a uno de estos pequeñuelos!

El segundo método consiste en que San Sancho trate de conservar algo como su propiedad, al paso que, si aparece ante él necesariamente como una relación, lo convierte en una relación, en una modalidad de existencia "del hombre", en una relación sagrada, con lo que lo rechaza. Y esto lo hace San Sancho incluso allí donde la propiedad, al separarse de la relación mediante la cual se realiza, se convierte en un puro absurdo. Así, por ejemplo, en la pág. 322 trata de conservar el orgullo nacional, declarando "la nacionalidad como su propiedad y la nación como su dueña y señora". Lo mismo podría continuar diciendo: la religiosidad es propiedad Mía, pero renunciar a ella como Mi propiedad es algo que se halla lejos de mí, pues la religión es Mi señora, lo Sagrado. La vida familiar es propiedad Mía, la familia Mi señora. La juridicidad es propiedad Mía, el derecho Mi señor, la política Mi propiedad, el Estado Mi señor.

El tercer método de apropiación se emplea cuando San Sancho rechaza en absoluto como sagrado, sin apropiárselo, un poder ajeno cuya presión siente prácticamente. En este caso, ve en el poder ajeno su propia impotencia, y reconoce ésta como su propiedad, como su criatura, fuera de la cual se halla en todo momento como creador. Es lo que ocurre, por ejemplo, con el Estado. También en este caso logra felizmente tener que vérselas, no con nada ajeno, sino solamente con su propia cualidad, frente a la que le basta con afirmarse como creador, para superarla. Y, en caso necesario, considera también como una propiedad la falta de una propiedad. Si San Sancho pasa hambre, la causa de ello no debe buscarse en la carencia de alimentos, sino en su propio hecho de tener hambre, en su propia cualidad de ser hambriento. Si se cae de una ventana y se rompe la cabeza, no es porque le arrastre la fuerza de gravedad, sino por su cualidad de la falta de alas, de la incapacidad de volar.

El cuarto método, que San Sancho emplea con el más brillante de los éxitos, consiste en declarar que todo lo que es objeto de sus cualidades es objeto de su propiedad, porque se relaciona con ello por medio de una de sus cualidades, cualquiera que sea y del modo que sea esta relación. Por tanto, lo que hasta ahora era ver, oír, sentir, etc., lo llama este inocente acaparador que es Sancho adquirir una propiedad. La tienda que yo veo es, en cuanto objeto visto, objeto de mi ojo, y su reflejo sobre mi retina propiedad de éste.

Y así, la tienda se convierte, fuera de la relación con el ojo, en su propiedad, y no sólo en la propiedad de su ojo, una propiedad que se halla en su cabeza, exactamente lo mismo que el reflejo proyectado por la tienda sobre su retina. Cuando el tendero baja el rouleau [ Cortina metálica] (lo que Szeliga llama "visillos y cortinas"), cesa su propiedad y sólo conserva, como el burgués en quiebra, el doloroso recuerdo del esplendor pasado. Si "Stirner" pasa por delante de la cocina de palacio, adquiere, evidentemente, la propiedad de los olores que despiden los faisanes asados allí dentro, pero sin llegar siquiera a ver los faisanes. La única propiedad duradera que en este punto adquiere es un cosquilleo más o menos sensible en el estómago. Por lo demás, qué y cuánto le sea dable ver no depende solamente del estado real del mundo, no creado por él, ni mucho menos, sino también de su bolsa y de la situación que en la vida le asigne la división del trabajo, situación que tal vez se le cierre demasiado, aunque tenga ojos y oídos muy acaparadores.

Si Sancho hubiera dicho, lisa y llanamente, que cuanto es objeto de su representación, como objeto por él representado, es decir, como representación suya de un objeto, es su representación, es decir, propiedad suya (y lo mismo lo que él ve, etc.), nos limitaríamos a admirar la simpleza del hombre que cree haber hecho, con semejante trivialidad, un hallazgo y demostrado su capacidad. Pero el identificar por debajo de cuerda esta propiedad especulativa con la propiedad pura y simple necesariamente tenía que ejercer un gran efecto mágico sobre los ideólogos alemanes carentes de toda propiedad.

Su objeto es también todo otro hombre en su órbita, "y, en cuanto su objeto, su propiedad", su criatura. Cada uno de los Yos dice al otro (véase pág. 184): "Ante Mí sólo eres aquello que eres para Mí"(por ejemplo, mi explotador), "a sabes: Mi objeto, y en cuanto Mi objeto, Mi propiedad". Y también, por ello, Mi criatura, que Yo puedo, en todo momento, como creador, devorar y hacer retornar a Mí. Cada Yo toma, por tanto, a lo otro, no como un propietario, sino como su propiedad; no como "Yo" (véase [pág. 184)], sino como su ser para él, como objeto; no como algo que se pertenece a sí mismo, sino que le pertenece a él, a otro, que se ha enajenado. "Los tomamos, pues, a ambos como aquello por lo que quieren pasar" (pág. 197), por propietarios, por pertenecientes a sí mismos, "y por lo que se toman el uno al otro", por propiedad, por pertenecientes a lo ajeno. Son propietarios y no lo son (cfr. pág. 187). Pero para San Sancho es importante, en todas las relaciones con los demás, no fijarse en la relación real, sino en lo que cada cual pueda imaginarse, en su reflexión en sí.

Como todo lo que es objeto para el "Yo" es también, por medio de cualquiera de sus cualidades, su objeto y también, por tanto, su propiedad -por ejemplo, los azotes que recibe, como objeto de sus miembros, de su sentimiento, de su representación, son su objeto y por tanto, su propiedad-, puede proclamarse como propietario de todo objeto para él existente y, por consiguiente, declarar como su propiedad, y proclamarse él como su propietario, el mundo que le rodea, por mucho que éste le desprecie y le rebaje al plano de un "hombre de riqueza puramente ideal, a un andrajoso". Y, por otra parte, como todo objeto es, para el "Yo", no sólo Mí objeto, sino también mi objeto, es posible declarar a cada objeto, con la misma indiferencia hacia el contenido, como lo no propio, lo ajeno, lo sagrado. De este modo, puedo declarar, con el mismo desembarazo y el mismo éxito un mismo objeto y una misma relación como lo sagrado y como Mi propiedad. Todo depende de que el acento se cargue sobre el Mi o sobre el objeto. Los métodos de la apropiación y la canonización son solamente dos "refracciones" distintas de una misma "variante.

Todos estos métodos son expresiones meramente positivas de la negación de lo que en las ecuaciones de más arriba se establece como ajeno al Yo; sólo que la negación se concibe de nuevo, cómo se hacia más arriba, en diferentes determinaciones. En primer lugar, puede determinarse la negación de un modo puramente formal, de tal modo que no afecta para nada al contenido, como ocurría arriba con respecto al amor por los hombres y en todos los casos en que toda la modificación se limita a añadir la conciencia de la indiferencia. O puede negarse toda la esfera del objeto o del predicado, todo el contenido, como se hace con respecto a la religión o al Estado. Y cabe también, en tercer lugar, negar solamente la cópula, mi relación con el predicado, hasta ahora ajena y cargar el acento sobre el Mi, de modo que Yo me comporte como propietario con respecto a lo Mío, como en el caso del dinero, por ejemplo, convirtiéndolo así en moneda de Mi propio cuño. En este último caso, puede perder todo sentido tanto la cualidad del hombre como su relación. Cada una de las cualidades del hombre se disuelve en Mi Yo, al reclamarlas de nuevo para Mí. Ya no puede decirse de ella lo que es. Sólo nominalmente es lo que era. En cuanto "Mía", en cuanto deterniinabilidad disuelta en Mí, ya no tiene determinabilidad alguna frente a lo otro ni frente a Mí, es algo simplemente puesto en Mí, una cualidad aparente. Así, por ejemplo, mi pensamiento. Y cabalmente lo mismo que ocurre con mis propiedades, acontece con las cosas que guardan una relación conmigo y que, como ya hemos visto más arriba, no son tampoco, en el fondo, más que Mis propiedades, como ocurre, por ejemplo, con Mi tienda contemplada. [Por tanto,] en cuanto en Mí el pensamiento de todas [las otras] propiedades, por ejemplo de la tienda del aurífice, es totalmente distinto, a su vez, de la tienda de salchichonería, etc., la diferencia reaparece de nuevo como proyectada sobre la apariencia y de nuevo se impone hacia el exterior, en mi exteriorización con respecto a otros. Con lo cual esta determinabilidad disuelta existe afortunadamente de nuevo y tiene que ser reproducida, asimismo, en las viejas expresiones, en la medida en que se la pueda expresar por medio del lenguaje. (Por lo demás, ya tendremos ocasión de escuchar más adelante alguna pequeña palabrilla acerca de las ilusiones no etimológicas de San Sancho en torno al lenguaje).

La simple ecuación de más arriba deja aquí el puesto a la antítesis. En su forma más simple, dice así, por ejemplo:

Pensamiento del hombre - Mi pensamiento, pensamiento egoísta,

donde el Mi significa que puede ser también ausencia de pensamiento, donde, por tanto, el Mi destruye el pensamiento. La antítesis se complica ya más en el ejemplo siguiente:

El dinero, como medio de -El dinero de mi propio cuño,

cambio del hombre como medio de cambio del egoísta,

donde el absurdo se patentiza. Y la antítesis se complica todavía más cuando San Max introduce una determinación y quiere darse las apariencias de un razonamiento prolijo. La antítesis aislada se convierte aquí en una cadena de antítesis. Primero, dice, por ejemplo:

El derecho en general, como - Derecho es lo que a mí Me

derecho del hombre conviene,

donde podría poner, en vez de derecho, cualquier otra palabra, pues ésta no tiene ya, según se reconoce, el menor sentido. Pero, a pesar de que esta falta de sentido discurre constantemente, se ve obligado, para seguir adelante, a introducir otra determinación, notoria, del derecho, que pueda emplearse tanto en un sentido puramente personal como en un sentido ideológico; por ejemplo, el poder, como base del derecho. Sólo ahora, al adquirir el derecho en la primera tesis otra determinabilidad retenida en la antítesis, puede la antítesis engendrar un contenido. Ahora, se dice:

Derecho - el poder del Hombre - poder - Mi derecho, lo que, a su vez, se puede reducir sencillamente a esto:

el poder, como Mi derecho = Mi poder.

Estas antítesis no son otra cosa que los retorcimientos positivos de las ecuaciones negativas de más arriba, al final de las cuales se desprendían constantemente antítesis. Y superan a las ecuaciones por su más simple grandeza y su mayor simpleza.

Así como San Sancho podía antes considerarlo todo como ajeno, como existente sin él, como sagrado, ahora puede considerarlo todo, con la misma facilidad, como obra suya, como existente sólo para él, como sn propiedad. En efecto, al convertirlo todo en propiedades suyas, sólo tiene, para ello, que comportarse como más arriba se comportaba hacia sus propiedades originarias como egoísta uno consigo mismo, procedimiento que no hay para qué repetir aquí. Por este camino, nuestro maestro de escuela berlinés se hace dueño absoluto del mundo - "claro está que esto ocurre también con cualquier ganso, cualquier perro o cualquier caballo" (Wig., p. 187).

En rigor, el experimento lógico que sirve de base a todas estas formas de apropiación es una simple forma del lenguaje,a saber: la paráfrasis, la descripción de una relación como expresión, como modalidad de existencia de otra. Lo mismo que acabamos de ver que toda relación podía exponerse como ejemplo de la relación de la propiedad, exactamente lo mismo puede exponerse como relación del amor, del poder, de la explotación, etc. San Sancho se encontró, ya listo y acabado, con este método de la paráfrasis en la especulación allí donde desempeña su papel fundamental. Véase, más abajo, la "Teoría de la explotación".

Las diferentes categorías de la apropiación se convierten en categorías emocionales tan pronto como se introduce en ellas la apariencia de la práctica y se quiere tomar en serio la apropiación. La forma emocional de la afirmación del Yo frente a lo ajeno, a lo sagrado, al mundo "del hombre", es la fanfarronería. A lo sagrado se le anuncia la pérdida de respeto (respeto, estimación, etc., estas categorías emocionales son consideradas por él como la actitud hacia lo sagrado o hacia un tercero como lo sagrado), y este anuncio permanente se titula una hazaña, hazaña tanto más burlesca en cuanto San Sancho sólo lucha continuamente contra el espectro de su santificante representación. Por otra parte, como el mundo, a pesar de esa declaración de no respetar lo sagrado, sigue tratándolo sin respeto alguno, esto le da la satisfacción interior de declararle que le basta con alcanzar el poder en contra de él para poder adoptar ante él una actitud irrespetuosa. Esta amenaza, con su reservatio mentalis de destrucción del mundo, lleva la comicidad a su extremo. A la primera forma de la fanfarronería pertenece el que San Sancho, pág. 16, "no tema ni la cólera de Poseidón ni a las vengativas Euménides", el que, pág. 58, "no tema a la maldición", el que pág. 242, "no implore ninguna clase de perdón", etc., y el que, al final, asegure cometer "la más desmedida profanación" de lo sagrado. A la segunda forma, su amenaza contra la Luna, pág. 218: "Si pidiera aprehenderte, Te aprehendería de verdad, y si encontrase un medio para llegar a Ti, no Me amedrentarías... no Me rebelo en contra de Ti sino que aguardo a que llegue Mi hora. Y si, por ahora, Me abstengo de hacer nada contra Ti, no creas que Te pierdo de vista", apóstrofe en el que nuestro santo cae más bajo que el gozquecillo de Pfeffel en la tumba; y lo mismo en la pág. 425, donde "no renuncia al poder sobre la vida y la muerte", etc.

Finalmente, la práctica de la fanfarronería [puede] convertirse de nuevo en una simple [práctica] dentro de la teoría, [en cuanto] el santo [se jacta] en las palabras más pomposas de cosas que jamás ha hecho, tratando de pasar de contrabando como creaciones originales, por medio de frases muy sonoras, una serie de trivialidades tradicionales. Esto ocurre, en rigor, con todo el Libro, y especialmente con su construcción de la historia, que trata de imponernos como un razonamiento y que no es, en realidad, más que una mala copia, con la afirmación de que "el Libro" "parece escrito contra el Hombre" (Wig., pág. 168), y con toda una serie de aseveraciones por el estilo de las siguientes: "Infundo a los pueblos el hálito del Yo viviente" (pág. 219 del Libro) ; "Descargo mis golpes vigorosos" (pág. 254) ; pág. 285: "El pueblo está muerto"; la afirmación de "hurgo en las entrañas del derecho", pág. 275, y el bando retador, acompañado de citas y pequeñas sentencias, llamando al palenque a "un adversario corpóreo", pág. 280.

La fanfarronería es ya, en sí y de por sí, algo sentimental. Pero, aparte de ello, el sentimentalismo aparece en el Libro como categoría expresa, categoría que desempeña especialmente un papel en la apropiación positiva que no es ya una simple afirmación frente a lo ajeno. Aunque los métodos de apropiación aplicados hasta aquí fuesen muy simples, desarrollada la cosa más de cerca tiene que suscitarse necesariamente la apariencia de que el Yo adquiere también, con ello, una propiedad puramente aparente, cosa que sólo se consigue mediante una expansión forzada de este Yo, haciendo que éste se envuelva y envuelva a otros en una magia sentimental. El sentimentalismo es, en general, algo inevitable, desde el momento en que, sin darse cuenta, reivindica para sí, como suyos propios, los predicados "del hombre", por ejemplo "ama" a "todo" hombre "por egoísmo", dando así a sus propiedades una inflación superabundante. Así, en la pág. 351 vemos que declara "la sonrisa del niño" Como una "propiedad suya", y que en el mismo pasaje se habla en los términos más conmovedores de la fase de la civilización en la que ya no se mata a los ancianos, presentándola como un triunfo de éstos. Entre estas efusiones del sentimentalismo figura también su actitud ante Maritornes.

La unidad de sentimentalismo y fanfarronería es la rebelión. Vista hacia el exterior, frente a otros, es la fanfarronería; vista hacia adentro, como el refunfuño en sí, es el sentimentalismo. Es la expresión específica de la resistencia impotente del filisteo. Éste se rebela con sólo pensar en el ateísmo, el terrorismo, el comunismo, el regicidio, etc. El objeto contra el que se rebela San Sancho es lo sagrado; de aquí que la rebelión, caracterizada también, por lo demás, como un delito, sea en última instancia un pecado. No es, pues, necesario, en modo alguno, que la rebelión se manifieste como un hecho, puesto que es solamente "el pecado" contra "lo sagrado". Por eso San Sancho se contenta con "quitarse de la cabeza" "la santidad" o el "espíritu de lo ajeno" y con llevar a cabo su apropiación ideológica. Pero, como en su cabeza se mezclan y confunden de un modo general lo presente y lo futuro y como tan pronto afirma habérselo apropiado ya todo como tener que empezar por adquirirlo, también a propósito de la rebelión se le ocurre, a veces, de un modo completamente casual, que sigue teniendo frente a él lo realmente ajeno, aun cuando haya acabado con la apariencia de santidad de lo ajeno. En este caso o, mejor dicho, en esta ocurrencia, la rebelión se convierte en un hecho imaginario y el Yo en un "Nosotros". Pero acerca de esto hablaremos más adelante más en detalle. (Véase "La rebelión").

El verdadero egoísta, que hasta aquí se ha revelado, en realidad, como el más grande conservador, reúne por último doce canastas llenas de las migajas del "mundo del hombre'", pues "¡nada más lejos de que todo esté perdido!" Limitándose, como se limita, toda su acción a probar algunos trucos casuísticos y ya muy gastados del mundo de pensamientos transmitidos por la tradición filosófica, es fácil comprender que el mundo real, para él, no existe en absoluto y que, por tanto, sigue existiendo. La prueba de esto nos la suministrará, en detalle, el contenido del Nuevo Testamento.

Así "llegamos a las fronteras de la mayoría de edad, y se nos habla como a mayores de edad" (pág. 86).

4

LA PROPIA

INDIVIDUALIDAD

"Fundarse un mundo propio significa edificarse un cielo", pág. 89 "del Libro".

Hemos "penetrado" ya en el santuario más íntimo de este cielo. Nos esforzaremos ahora en conocer "más cosas" de él.

En el Nuevo Testamento volveremos a encontrarnos, sin embargo, con la misma hipocresía que hemos descubierto ya a lo largo del Antiguo. Así como en éste las fechas históricas no eran más que nombres puestos a dos o tres categorías simples, también aquí, en el Nuevo Testamento, veremos que todas las relaciones seculares son, simplemente, disfraces y denominaciones distintos para envolver el pobre contenido que hemos ido reuniendo en la fenomenología y en la lógica. Aparentando hablar del mundo real, San Sancho habla siempre, exclusivamente, de estas escuálidas categorías.

"Tú no quieres poseer la libertad, todas estas bellas cosas... Quieres poseerlas realmente... como Tu propiedad... No te contentas con ser un libre, sino que necesitas ser también un apropiador", pág. 205.

Aquí, se eleva a una de las máximas del "egoísta uno consigo mismo" una de las más viejas fórmulas a que había llegado el movimiento social en sus inicios, la contraposición del socialismo, bajo su forma más miserable, frente al liberalismo. Cuán vieja es esta contraposición incluso para Berlín puede nuestro santo comprobarlo en el hecho de que ya se llama con espanto la atención hacia ella en la Historischpolitische Zeitschrift [ Revista histórico-política] de Ranke (Berlín, 1831).

"El modo como yo la use" (la libertad) "depende de Mi propiedad", pág. 205. El gran dialéctico podría también invertir esto y decir: el modo como yo use Mi propiedad depende de Mi libertad. Y luego, prosigue: "¿Libre. . . de qué?" La libertad, como vemos, se convierte aquí, por medio de un simple guión, en la libertad de algo, por aposición de "todo. Sin embargo, esta vez la aposición cobra la forma de fina tesis que, al parecer, habrá de determinarse con mayor precisión. En efecto, después de llegar a este gran resultado, Sancho se torna sentimental: "¡Oh, cuántas cosas no podrían sacudirse!", dice. En primer lugar, "el yugo de la servidumbre de la gleba", y luego toda otra serie de yugos, que, por último e insensiblemente, conducen al resultado de que "la más completa negación de sí mismo no es sino libertad, libertad... del propio Yo y de que el impulso de la libertad como algo absoluto... Nos priva de la propia individualidad". A través de una serie de yugos, carentes de arte en el más alto grado, la liberación de la servidumbre de la gleba, que fue la afirmación de la individualidad de los siervos y, al mismo tiempo, la destrucción de un determinado valladar empírico, se identifica con la libertad idealista cristiana, muy anterior, de las Epístolas a los Romanos y a los Corintios, con lo que la libertad se trueca, en general, en la negación de sí mismo. Con lo cual hemos despachado ya todo lo referente a la libertad, puesto que es ahora, indiscutiblemente, "lo sagrado". De este modo, San Max convierte un determinado acto histórico de liberación propia en la categoría abstracta "de la libertad" y se determina con mayor precisión esta categoría, partiendo de otro fenómeno histórico completamente distinto, que puede incluirse también en "la libertad". En esto consiste todo el truco, en convertir el derrocamiento de la servidumbre de la gleba en la negación de sí mismo.

Para hacer que el burgués alemán vea clara como la luz del sol su teoría de la libertad, Sancho comienza ahora a declamar en el lenguaje propio del burgués, especialmente del burgués de Berlín: "Sin embargo, cuanto más libre soy, mayor coacción se acumula ante Mis ojos, más impotente Me siento. El hijo de la selva, que aún no es libre, no siente todas las limitaciones que acosan a un hombre culto: cree ser más libre que éste. A medida gire Me conquisto libertad, Me creo nuevos límites y nuevos problemas; si invento el ferrocarril, vuelvo a sentirme pequeño por no ser capaz de cruzar los aires como el pájaro, y si resuelvo un problema cuya oscuridad torturaba Mi espíritu, Me esperan ya otros, innumerables", págs. 205, 206. ¡Oh, "desmañado" literato para burgueses y campesinos!

No es él hijo de la selva, que aún no es libre", sino "el hombre culto" el que "cree" que el salvaje es más libre que el hombre de la cultura. Que el "hijo de la selva" (traído a la escena por F. Halm) no conoce las limitaciones del hombre culto, porque no puede experimentarlas, es algo tan claro como que el burgués "culto" de Berlín, que sólo conoce al "hijo de la selva" del teatro, no sabe nada de la limitación con que tropieza el salvaje. El hecho puro y simple es éste: las limitaciones del salvaje no son las del hombre civilizado. La comparación que nuestro santo establece entre uno y otro es la comparación fantástica propia de un berlinés "culto", cuya cultura consiste en no saber nada de uno ni de otro. Que no sepa nada de las limitaciones del salvaje es explicable, a pesar de que no le sería tan difícil saber algo de ellas, después de tantos relatos de viajes como se han publicado en los últimos tiempos; y que no conoce tampoco a los hombres cultos lo demuestra su ejemplo del ferrocarril y de los vuelos. El pequeño burgués ocioso, para quien los ferrocarriles han caído del cielo y que cree, por tanto, que los ha inventado él, se pone inmediatamente a fantasear acerca de los viajes aéreos, después de hacer un viaje en tren. En la realidad, surgió primero el globo y luego el ferrocarril. Pero San Sancho necesitaba darle la vuelta a esto, ya que de otro ¡nodo cualquiera se habría dado cuenta de que la invención del globo no había traído consigo ni de lejos el postulado de los ferrocarriles, y en cambio era fácil imaginarse lo contrario. Vuelve, en general, las condiciones empíricas del revés. Cuando ya la diligencia y la carreta no satisfacían las exigencias más desarrolladas del comercio, cuando, entre otras cosas, la centralización de la producción por la gran industria exigía nuevos recursos para el más rápido y más voluminoso transporte de sus masas de productos, se inventó la locomotora y, con ella, la aplicación del ferrocarril al tráfico en gran escala. Para el inventor y los accionistas, esto era beneficioso, como lo era también para el commerce en general, ya que venía a reducir los gastos de producción; la posibilidad, más aún, la necesidad absoluta de este invento se hallaba implícita en las condiciones empíricas. La aplicación del nuevo invento en distintos países descansaba sobre distintas condiciones empíricas; así, por ejemplo, en Norteamérica, en la necesidad de unificar los diversos estados de aquel inmenso territorio y de comunicar los distritos semicivilizados del interior con el mar y los lugares de almacenamiento de sus productos. Cfr., entre otros, M. Chevalier, (Lettres sur l'Amérique du Nord) [ Cartas sobre Norteamérica]. En otros países, donde a cada nueva invención se lamenta que aquélla no venga a poner fin al reino de los inventos, como, por ejemplo, en Alemania; en estos países tras muchas resistencias contra los reprobables ferrocarriles, que no dan alas al hombre, la competencia obliga por último a adoptarlos y a dar el pasaporte a la carreta y la diligencia, lo mismo que a la vieja, venerable y moral rueca. La falta de otras inversiones rentables para el capital, hizo de la construcción de ferrocarriles la rama industrial dominante en Alemania. El desarrollo de sus construcciones ferroviarias y sus descalabros en el mercado mundial discurrieron paralelamente. Pero nunca ni en parte alguna se construyen ferrocarriles en aras de la categoría "de la libertad de", como el propio San Max podría ya inferir del hecho de que nadie construye ferrocarriles para liberarse de su bolsa de dinero. El meollo positivo del desprecio ideológico del burgués por los ferrocarriles, en el ansia de volar, es la predilección por la diligencia, la carreta y los viejos caminos. Sancho siente nostalgia de su "propio mando", que, como hemos visto más arriba, es el cielo. Por eso prefiere sustituir la locomotora por el carro de fuego de Elías y viajar hacia el cielo.

Después que la real destrucción de las barreras, que es al mismo tiempo un desarrollo muy positivo de las fuerzas productivas, de las energías reales y de la satisfacción de indeclinables necesidades, de la expansión del poder de los individuos, se ha convertido para este espectador ocioso e ignorante en el simple liberarse de una limitación -lo que, a su vez, puede aderezar luego, lógicamente, como el postulado de liberarse de la limitación en general-, llegamos por último, como conclusión de todo el razonamiento, a lo que se daba ya por supuesto desde el principio: "Hallarse libre de algo significa, sencillamente, hallarse descargado o desembarazado", pág. 206. Y enseguida, pone un ejemplo muy desdichado de lo que quiere decir: decir que alguien "se halla libre de dolor de cabeza" equivale a decir que se halla "desembarazado de él", como si este hallarse "desembarazado" no equivaliera a una capacidad de disposición perfectamente positiva sobre mi cabeza, algo así como a la propiedad sobre ella, mientras que, cuando siento dolor de cabeza soy yo propiedad de mi cabeza enferma. "En el hallarnos «desembarazados» realizamos la libertad predicada por el cristianismo, nos hallamos desembarazados del pecado, de Dios, de la moral, etc.", pág. 206. Por donde nuestro "cristiano acabado y perfecto" encuentra también su propiedad solamente en el hallarse "desembarazado" "de pensamientos", "de determinaciones", "de misión", "de leyes", "de constituciones", etc., etc., y exhorta a sus hermanos en Cristo a que "sólo se sientan bien en la disolución", es decir, en el producir ese "hallarse desembarazados", en la "libertad cristiana" "acabada y perfecta". Y luego, prosigue:

"¿Acaso porque la libertad se descubre como un ideal cristiano, debemos renunciar a ella? No, nada debe perderse" (voilà notre conservateur tout trouvé) [ He ahí a nuestro conservador de cuerpo entero], "tampoco la libertad; pero debemos hacerla nuestra propia, y no llegará a serlo bajo la forma de la libertad", pág. 207.

Nuestro "egoísta uno consigo mismo" (toujours et partout) [ Siempre y dondequiera] se olvida aquí de que ya en el Antiguo Testamento nos habíamos "apropiado" del "mundo de las cosas" mediante el ideal cristiano de la libertad, es decir, mediante la representación imaginaria de la libertad; y se olvida, asimismo, que, según ello, sólo necesitábamos desembarazarnos del "mundo de los pensamientos" para convertirnos también en "apropiadores" de él; que, aquí, la "propiedad" se desprendía para él como consecuencia de la libertad, del desembarazamiento.

Una vez que nuestro santo se ha aderezado la libertad como el ser libre de algo y, a su vez, esto como el hallarse "desembarazado", esto como el ideal cristiano de la libertad y, con ello, de la libertad "del hombre", ya puede darnos un curso práctico de su lógica sobre este material preparado. La primera antítesis, la más simple de todas, dice así:

Libertad del hombre - mi Libertad,

donde, en la antítesis, la libertad deja de existir "bajo la forma de la libertad'". O bien:

Hallarse desembarazado en interés del hombre. -Hallarse desembarazado en mi interés.

Estas dos antítesis llenan, con un numeroso séquito de declamaciones, todo el capítulo sobre la propia individualidad, pero solamente con ellas nuestro Sancho conquistador del mundo no llegará lejos, ni siquiera a la ínsula Barataria. Más arriba, al pararse a considerar los actos de los hombres desde su "propio mundo", desde su "cielo", en su abstracción de la libertad, dejó a un lado dos momentos de la liberación real. El primero es que los individuos, al liberarse a sí mismos, satisfacen una determinada necesidad, realmente sentida. En vez de los individuos reales se ponía, eliminando este momento, "el hombre", y en vez de la satisfacción de una necesidad real, la búsqueda de un ideal fantástico, de la libertad en cuanto tal, de la "libertad del hombre". El segundo momento es que una capacidad hasta ahora existente solamente como dote en los individuos que han de liberarse sólo se manifiesta como un poder real, o un poder ya existente se acrecienta mediante la eliminación de una barrera. Es cierto que la eliminación de una barrera, que es simplemente una consecuencia de la creación del nuevo poder, se puede considerar también como lo fundamental. Pero, a esta ilusión sólo se llega cuando se ve en la política la base de la historia empírica o cuando, como hace Hegel, se trata de poner de manifiesto por doquier la negación de la negación, o bien, finalmente, cuando, una vez creado el nuevo poder, el espectador se para a reflexionar acerca de la nueva creación como un ignorante berlinés. San Sancho, al dejar a un lado por su propia conveniencia este segundo momento, obtiene una determinabilidad, que puede contraponer al restante, abstracto caput mortuum "de la libertad". Por donde llega a las nuevas antítesis siguientes:

Libertad, el alejamiento sin contenido respecto del poder ajeno -propiedad, la posesión real del propio poder

O también

Libertad, defensa contra el propio poder. -propiedad, posesión del poder ajeno

Para hacer ver a San Sancho hasta qué punto ha escamoteado su propio "poder", que aquí contrapone a la libertad, partiendo de la misma libertad y dentro de sí, no queremos remitirle a los materialistas o a los comunistas, sino simplemente al Dictionnaire de l'académie, donde encontrará que la palabra liberté se emplea con mayor frecuencia que en ningún otro sentido en el de puissance [ Poder]. Y si San Sancho afirmara que él no lucha contra la "liberté", sino contra la "libertad", podría consultar a Hegel acerca de la libertad negativa y positiva. Como pequeño burgués alemán, podrá deleitarse con la observación final de este capítulo.

La antítesis puede expresarse también así:

Libertad, pugna idealista por desembarazarse y luchar -Propiedad, real desembara zamiento y disfrute de la

contra el ser de otro modo propia existencia.

Después de haber distinguido así, mediante una abstracción barata, la propia individualidad de la libertad, aparenta comenzar solamente ahora a desarrollar esta distinción, y exclama: "¡Qué diferencia la que media entre libertad y propia individualidad!", pág. 207. Veamos cómo, fuera de estas antítesis generales, no saca nada en limpio y color, junto a esta determinación de la propiedad, sigue discurriendo constantemente, del modo más divertido, la propiedad "en sentido vulgar".

"Interiormente, se puede ser libre a pesar del estado de esclavitud, aunque solamente libre de mucho, pero no de todo; pero no se es libre del látigo, de los caprichos imperativos, etc., del señor".

"En cambio, la propiedad es toda Mi esencia y existencia, soy Yo mismo. Soy libre de aquello de que estoy desembarazado y propietario de lo que tengo en Mi poder o de aquello de que soy poderoso. Mío propio lo soy en todo tiempo y bajo cualesquiera circunstancias, si sé mantenerme a Mí mismo y no Me arrojo a otros. El ser libre no puedo Yo verdaderamente quererlo, ya que no puedo. . . hacerlo: puedo simplemente desearlo y aspirar a ello, pues se trata de un ideal, de una quimera. Los grilletes de la realidad muerden a cada momento en Mi carne, dejando en ella las cicatrices más agudas. Pero sigo siendo Mío propio. Entregado en cuerpo a un dueño, pienso solamente en Mí y en Mi beneficio; sus golpes caen sobre Mí, ciertamente: no soy libre de ellos; pero los tolero solamente en beneficio Mío, tal vez para engañarle aparentando paciencia y asegurarme de él, o acaso también para no exponerme a algo más amargo aun si le ofrezco resistencia. Pero, como pienso siempre en Mí y en Mi propio provecho" (mientras que los golpes toman posesión de él y de sus espaldas), "aprovecho la primera ocasión que se Me presente" (es decir, "desea" que se le presente una ocasión, "aspira" a ella. pero la ocasión no pasa de ser "un ideal, una quimera") "para pisotear al esclavista. El que luego Me libere de él y de su látigo, es simplemente la consecuencia de Mi precedente egoísmo. Tal vez se diga que ya en estado de esclavitud era también libre, «en sí» o «interiormente» libre; pero el «libre en sí» no es «realmente libre» y el serlo «interiormente» no es serlo «exteriormente». Propio, en cambio, Mío propio, lo era ya totalmente, interior y exteriormente. De los horrores de la tortura y de los latigazos no es «libre» mi cuerpo bajo el imperio de un señor cruel; pero son Mis huesos los que crujen bajo la tortura, Mis fibras las que se estremecen bajo los golpes, y Yo gimo porque gime Mi cuerpo. El hecho de que Yo suspire y tiemble demuestra que Yo estoy todavía en Mí, que soy Mi propio", págs. 207, 208.

Nuestro Sancho, que vuelve a hacer de literato para pequeños burgueses y campesinos, demuestra aquí que, a pesar de los muchos palos que recibiera ya en las páginas de Cervantes, sigue siendo "propietario" de sí mismo y que estos palos; le pertenecen más bien en "propiedad". Sigue siendo Su "propio", "en todo tiempo y bajo cualesquiera circunstancias", si sabe mantenerse. La propiedad, aquí, es, pues, hipotética y depende de que sepa o no, entendiendo por este saber una casuística de esclavos. Y este saber se convierte más tarde en pensar, cuando el esclavo "piensa" en sí mismo y en su "beneficio", cuyo pensamiento y cuyo "beneficio" pensado son su pensada "propia individualidad". Y se da luego la explicación de que tolera los golpes "en su provecho", donde la propiedad vuelve a consistir en la representación del "provecho" y donde "soporta" lo amargo para no tener que convertirse en "propietario" de algo "más amargo" todavía. Más adelante, el intelecto se revela también como "propietario" de la reserva de la "primera ocasión" favorable que se presente, es decir, de una simple reservatio mentalis, y, por último, como el "pisoteamiento" del "esclavista" en la anticipación de la idea, siendo él, entonces, "propietario" de esta anticipación, mientras que el esclavista, al presente, lo pisotea a él de un modo real. Así, pues, mientras que aquí se identifica con su conciencia, que trata de apaciguarse recurriendo a diversas máximas de prudencia, al final se identifica con su cuerpo, por donde es, en absoluto, interior y exteriormente, "suyo propio", mientras conserva una chispa de vida, siquiera sea ésta una vida inconsciente. Fenómenos como el crujir de los "huesos", el estremecimiento de las fibras, etc., fenómenos tomados del lenguaje de las ciencias naturales únicas y traducidos al lenguaje patológico y que mediante el galvanismo pueden provocarse en un cadáver descolgado de la horca inmediatamente después de la ejecución, y que es posible provocar incluso en el cuerpo de una rana muerta, le sirven a él, aquí, de pruebas de que sigue siendo "totalmente", "interior y exteriormente", "su yo propio", de que sigue siendo dueño de sí. Aquello mismo en que se manifiesta el poder y la propia individualidad del esclavista, el hecho de que se le azote precisamente a él y no a otro, de que sean precisamente sus huesos los que "crujan" y sus músculos los que se estremezcan, sin (que él pueda hacer nada para evitarlo, es considerado aquí por nuestro santo como una prueba de su propia individualidad y de su poder. Así, pues, cuando se encuentra atado al spanso bocho del Surinam [ Instrumento de tortura], sin poder mover los brazos ni las piernas ni un solo miembro, teniendo que soportar cuanto quieran hacerle, su poder y su individualidad no consisten en que pueda disponer de sus miembros, sino en el hecho de que estos miembros son los suyos. Una vez más salva aquí su individualidad al considerarse determinado de otro modo, ya sea como simple conciencia, ya como cuerpo inconsciente (véase la Fenomenología).

San Sancho, hay que reconocerlo, "tolera" su azotaina con más dignidad que los esclavos reales. Es inútil que los misioneros, en interés de los esclavistas, quieran hacerles ver, reiteradamente, que se les "azota por su propio bien": los esclavos no se dejan convencer por semejantes necedades. No se hacen la fría y temerosa reflexión de que, de otro modo, se "expondrían a algo más amargo aún", ni piensan tampoco que "engañan a los esclavistas aparentando paciencia", sino que, por el contrario, insultan a sus verdugos. y maldicen de su propia impotencia, la cual no puede, sin embargo, obligarlos a humillarse, y reprimen todo "gemido", toda queja, mientras sus sufrimientos físicos se lo consientan. (Véase Charles Comte, Traité de légíslation) [ Tratado de legislación]. No son, pues, ni "interior" ni "exteriormente, sus "propietarios", sino simplemente los "propietarios" de su orgullo, lo que puede expresarse también diciendo que no son ni "interior" ni "exteriormente" "libres", sino que son libres solamente en un sentido, a saber: "interiormente" libres de su propia humillación, como lo demuestran también "exteriormente". "Stirner", al recibir los palos, es propietario de los palos y, por tanto, libre de su no apaleamiento, y esta libertad, este desembarazamiento, forma parte de su individualidad. Del hecho de que San Sancho considere como una característica especial de su individualidad la reserva mental de huir "en la primera ocasión favorable que se presente" y vea en su "liberación" así conseguida "solamente la consecuencia de su precedente egoísmo", se desprende que se representa que los negros sublevados de Haití y los negros fugitivos de todas las colonias no querían liberarse ellos mismos, sino liberar "al hombre". El esclavo que toma la resolución de liberarse debe haberse sobrepuesto ya a la idea de que la esclavitud es su "propia individualidad". Tiene necesariamente que hallarse "libre" de esta "propia individualidad". Ahora bien, la "propiedad" de un individuo puede, evidentemente, consistir en "escaparse". Si "se" pretendiera sostener lo contrario, se aplicaría "una pauta ajena".

Para terminar, San Sancho se venga de sus azotes con la siguiente alocución que dirige al "propietario" de su "individualidad propia", al esclavista: "Mi pierna no se halla «libre» del palo del amo, pero es Mi pierna y no se Me puede arrebatar. ¡Que Me la arranque y se convenza de si tiene todavía Mi pierna! Lo que tendrá en su mano será simplemente el cadáver de Mi pierna, pero no Mi pierna, lo mismo que un perro muerto no es ya un perro", pág. 208. ¡Que él, Sancho, quien cree que el esclavista pretende apoderarse de su pierna viva, probablemente para usarla él, "se convenza", por su parte, de que lo que le queda de su pierna "no se le puede arrebatar"! Lo único que le quedará será la pérdida de su pierna, y se convertirá en el propietario cojo de su pierna arrancada. Si se le obliga a dar vueltas y más vueltas durante ocho horas al día en una calandria, será él quien con el tiempo se vuelva idiota, y el idiotismo se convertirá, entonces, en su "propia individualidad". Y que el juez que le condene a esa pena "se convenza" de si "tiene en su mano" el intelecto de Sancho. Con lo cual el pobre Sancho no saldrá ganando gran cosa.

"¡La primera propiedad, la primera soberanía, ha sido adquirida!"

Después de haber descubierto, en estos ejemplos dignos de un asceta, la diferencia entre la libertad y la propia individualidad, con gran alarde de amena literatura, nuestro santo, de un modo completamente inesperado, declara en la pág. 209 que "entre la propia individualidad y la libertad existe un abismo más profundo que la simple diferencia de palabras". Este "abismo más profundo" consiste en repetir, bajo "diversas variantes" y "refracciones" y muchos "intercalamientos episódicos", la determinación de la libertad dada más arriba. De la determinación "de la libertad" como "el desembarazamiento" se desprenden las siguientes preguntas: de qué tienen que ser libres los hombres (pág. 209), etc., los litigios en torno a este de qué (Ibíd.) (como pequeño burgués alemán, vuelve a ver, aquí, en la lucha de los intereses reales, simplemente la disputa en torno a este "de qué", a propósito de lo cual le resulta, naturalmente, muy asombroso que "el burgués" no quiera liberarse "de la burguesía", pág. 210), y luego viene la repetición de la tesis de que la supresión de una limitación es el establecimiento de una limitación nueva, bajo la forma de que "el impulso hacia una determinada libertad implica siempre el propósito de una nueva dominación" (pág. 210) (con motivo de lo cual nos enteramos de que los burgueses, en la revolución, no tendían a implantar su propia dominación, sino "el imperio de la ley": véase más arriba, acerca del liberalismo), y luego el resultado de que no quiere uno desembarazarse de aquello "que le parece a uno bien, por ejemplo de la mirada irresistible de la amada" (pág. 211). Se llega, además, a la conclusión de que la libertad es un "fantasma" (pág. 211), un "sueño" (pág. 212) ; y en seguida, nos enteramos de pasada de que también "la voz de la naturaleza" se convierte un día en la "propia individualidad" (pág. 213), mientras que la "voz de Dios y de la conciencia" debe considerarse como "obra diabólica", después de lo cual encontramos esta fanfarronada: "Existen hombres impíos de éstos" (es decir, de los que consideran eso como obra diabólica) ; "¿cómo podríais acabar con ellos?" (págs. 213, 214). Pero no es la naturaleza la que debe determinarme a Mí, sino que soy Yo quien debo determinar Mi naturaleza, prosigue diciendo el Egoísta uno consigo mismo, conciencia es también una "voz de la naturaleza". Con este motivo, averiguamos también que los animales "dan pasos muy certeros" (pág. 214). Y, además, "la libertad no nos dice que ocurrirá una vez que ya soy libre" (pág. 215). (Véase "El cantar de los cantares"). La oposición del "más profundo abismo" de que se nos hablaba más arriba, termina al repetir San Sancho la escena de los azotes y expresarse esta vez un poco más claramente acerca de la propia individualidad. "Aun privado de libertad. Aun atado por mil trabas, soy sin embargo Yo, y no soy Yo cual si existiera en el futuro y en la esperanza, como la libertad, sino que soy también Yo presente como el más miserable de los esclavos" (pág. 215). Como vemos, aquí contrapone su "yo" y "La libertad" como dos personas y la propia individualidad se convierte en mera existencia, en presente, que es, además, "el más miserable" de los presentes. La propia individualidad se reduce, aquí, a la simple comprobación de la identidad personal. Stirner, que ya más arriba se había constituido en el "Estado secreto de policía", se erige aquí en una oficina de pasaportes. ¡"Nada puede perderse" en "el mundo del hombre"! (Véase "El cantar de los cantares"). Según la pág. 218, se puede "renunciar" también a su propia individualidad por la "sumisión", por la "resignación", a pesar de que más arriba se había dicho que no puede cesar mientras se "existe", aunque sea del modo más "miserable" o más "resignado". ¿O acaso el esclavo "más miserable" no es también el "más resignado"? Según una de las descripciones anteriores de la propia individualidad, sólo se puede "renunciar" a ella cuando se pierde la vida. En la pág. 218, se hace valer de nuevo la propia individualidad como uno de los lados de la libertad, como poder, como la libertad en cuanto desembarazamiento, y entre los recursos mediante los cuales pretexta Sancho asegurar su propia individualidad se citan la "hipocresía", el "fraude" (recursos que Mi propia individualidad emplea ante la necesidad de "resignarse" a las condiciones del mundo), etc., "pues los medios por Mí empleados se atienen a lo que Yo soy". Ya hemos visto que, entre estos recursos, desempeña un papel fundamental la carencia de recursos, como vuelve a ponerse una vez más de manifiesto con motivo de su proceso contra la Luna (véase más arriba, Lógica). Luego, la libertad, para variar, se concibe como "autoliberación", "es decir, que Yo sólo puedo tener tanta libertad cuanta sea capaz de procurarme a Mí por medio de mi propia individualidad", donde aparece como la propia individualidad la determinación de la libertad que todos, especialmente los ideólogos alemanes, llaman autodeterminación. Lo que se nos aclara diciendo que "a las ovejas" de nada "les sirve" que "se les otorgue la libertad de palabra" (pág. 200). Cuán trivial es aquí su concepción de la propia individualidad como autoliberación se ve ya Por su repetición de las conocidísimas frases sobre libertad otorgada, liberación, liberarse, etc. (págs. 220, 221). Y ahora, se nos pinta en colores poéticos la contraposición entre la libertad como desprendimiento y la propia individualidad como negación de este desprendimiento: "La libertad provoca vuestra cólera contra todo aquello que no sois" (es, pues, la colérica propia individualidad, ¿o acaso, según San Sancho, los temperamentos biliosos, por ejemplo Guizot, carecen de "propia individualidad"?), "el egoísmo os mueve a alegría con vosotros mismos, al autodisfrute" (es, por tanto, la libertad que se goza en sí misma; por lo demás, ya hemos tenido ocasión de conocer el goce y el autodisfrute del egoísta uno consigo mismo). "La libertad es y sigue siendo un anhelo" (como si el anhelo no fuese también una propiedad, el autodisfrute de individuos especialmente conformados y, concretamente, de los individuos cristiano-germánicos, ¿y acaso debe "perderse" el anhelo?). "La propia individualidad es una realidad que descarta por sí misma cuanta falta de libertad se interpone como un obstáculo en vuestro camino" (donde, por tanto, antes de descartar la falta de libertad, mi propia individualidad es una individualidad propia bloqueada. También aquí es característico del pequeño burgués alemán el creer que todos los obstáculos y barreras se derrumban "por sí mismos", ya que él no mueve nunca ni un dedo para derribarlos y la costumbre lo lleva a convertir en su propia individualidad los obstáculos que no se derrumban "por si mismos". Y, dicho sea de pasada, la propia individualidad aparece aquí como persona en acción, a pesar de que más adelante se la rebaja a una simple descripción del propietario) (pág. 215).

La misma antítesis se nos vuelve a presentar bajo la siguiente forma: "Como propios, estáis realmente desembarazados de todo, y lo que lleváis adherido lo habéis adoptado vosotros y es vuestra elección y vuestro gusto. El propio es el libre de nacimiento y el libre, por el contrario, sólo el que aspira a la libertad". A pesar de que San Sancho "reconoce'", pág. 252, "que todos nacen como hombres y, por tanto, los recién nacidos son iguales en esto", y aquello de que no "estáis desembarazados" como propios es "nuestra elección y vuestro gusto", como más arriba los azotes para el esclavo. ¡Paráfrasis de bastante mal gusto! La propia individualidad se reduce aquí, por tanto, a la creencia de que San Sancho ha adoptado y retenido por su libre voluntad todo aquello de que no está "desembarazado", por ejemplo el hambre, si carece de dinero. Prescindiendo de otras muchas cosas, tales como por ejemplo el dialecto, la escrofulosis, las hemorroides, la pobreza, la amputación de una pierna, la obligación de filosofar impuesta por la división del trabajo, etc.; prescindiendo de que no depende en modo alguno de él el "adoptar" o no estas cosas, y aunque convengamos por un momento en sus propias premisas, tendrá siempre que escoger entre determinadas cosas que se hallan dentro de su ámbito y que en manera alguna le son dadas por su propia individualidad. Como campesino irlandés, por ejemplo, tendrá que escoger entre comer patatas o pasar hambre, y ni siquiera esta elección será siempre, para él, una elección libre. En la tesis anterior merece notarse, además, la bella aposición mediante la cual, exactamente lo mismo que los juristas, la "aceptación" aparece lisa y llanamente identificada con la "elección y con el "gusto". Por lo demás, resulta imposible saber, ni dentro del contexto ni fuera de él, lo que San Sancho entiende por "libre de nacimiento". ¿Un sentimiento que le ha sido inspirado no es también un sentimiento adoptado por él? ¿Y no se nos dice, en las págs. 84, 85, que los sentimientos "inspirados" no son sentimientos "propios"? Por lo demás, resalta aquí, como ya veíamos a propósito de Klopstock (a quien aquí citamos a titulo de ejemplo), que el "propio" comportamiento no coincide, ni mucho menos, con el comportamiento individual; a pesar de que el cristianismo era, al parecer, "muy bueno" para Klopstock y no representó, ni mucho menos, "un obstáculo en su camino".

"El propio no necesita comenzar por liberarse, pues de antemano rechaza todo lo que es exterior a él… Cautivo de su respeto infantil, labora ya, sin embargo, por «liberarse» de esa cautividad". Porque el propio no necesita comenzar por liberarse, labora ya de niño por liberarse, y todo eso porque, según veíamos, es "libre de nacimiento". "Cautivo de su respeto infantil", reflexiona ya libremente., es decir, Como una individualidad propia, acerca de su propia cautividad. Pero esto no debe extrañarnos, pues ya veíamos al comienzo del Antiguo Testamento qué niño prodigio era el egoísta uno consigo mismo. "La propia individualidad labora en el pequeño egoísta y le procura la ansiada libertada". No vive "Stirner", sino que lo que vive, "labora" y "procura" en él es la "propia individualidad". Nos enteramos aquí de que no es la propia individualidad la descripción del propio, sino el propio solamente la transcripción de la propia individualidad.

El "desembarazamiento" era, como hemos visto, llevado a su máxima expresión, el desembarazamiento del propio Yo, la negación de sí mismo. Y veíamos también que, en cambio, se hacía valer la propia individualidad como la afirmación de sí mismo, como el autodisfrute. Y asimismo veíamos que este autodisfrute era, a su vez, la negación de sí mismo.

Hace tiempo que echamos de menos, dolorosamente, a "lo sagrado". Volvemos a encontrarnos con ello, de pronto, al final de la propia individualidad, de un modo muy recatado, en la pág. 224, donde se legitima bajo el nuevo giro siguiente: "Con aquello que Yo persigo en mi propio provecho" (o que no persigo en modo alguno) "mantengo otra relación que con aquello a lo que sirvo desinteresadamente" (o que persigo también). Y, no contento con esta notable tautología, que San Max "adopta" por "su elección y gusto", reaparece de repente el "se", que habíamos perdido de vista durante tanto tiempo, como el sereno que comprueba la identidad de "lo sagrado" y dice "que se podría aducir la característica siguiente: contra lo primero podría Yo pecar o incurrir en pecado" (¡bonita tautología!) ; "en cambio, lo segundo sólo puede dejarlo perder, alejarlo de Mí", privarme de ello, es decir, "cometer una torpeza" (con lo que puede dejarse perder, privarse de su vida, ser privado de ella). "Estas dos maneras de considerar afectan a la libertad de comercio, en cuanto" es considerada como lo sagrado o no lo es, o como Sancho dice, más prolijamente, "en cuanto se ve en ella una libertad que, según las circunstancias, se otorga o se sustrae, o bien una libertad que en todas las circunstancias hay que reputar como sagrada", págs. 224, 225. Sancho revela aquí, una vez más, su "propia" "penetración" del problema de la libertad de comercio y de la protección arancelaria. Le es otorgada, aquí, la "misión" de poner de relieve un único caso en que la libertad de comercio se tiene por sagrada, 1.º porque es una "libertad", y 2.º "en todas las circunstancias". Lo sagrado es útil para todo.

Después de construir la propia individualidad, como hemos visto, por medio de las antítesis lógicas y del fenomenológico "ser-determinado-también-de-otro-modo", en función de la libertad previamente aderezada, de tal modo que San Sancho incluye en la propia individualidad cuanto se le antoja (por ejemplo, los azotes), "rechazando" para incluirlo en la libertad cuanto no le parece bien, se nos dice, a la postre, que todo esto no es todavía la propia individualidad. "La propia individualidad", leemos en la pág. 225, "no es una idea al modo de la libertad, etc., sino solamente una descripción del - propietario". Como veremos, esta "descripción del propietario" consiste en negar la libertad de sus tres refracciones deslizadas por debajo de cuerda por San Sancho: las del liberalismo, el comunismo y el humanismo, captándolo en su verdad y llamando la descripción de un Yo real a este proceso discursivo extraordinariamente sencillo según la lógica desarrollada.

Todo el capítulo sobre la propia individualidad se reduce a las excusas más triviales a que recurre el pequeño burgués alemán para consolarse de su propia impotencia. Cree, exactamente lo mismo que Sancho, que en la lucha de los intereses de la burguesía contra los restos del feudalismo v la monarquía absoluta, en otros países, se trata solamente del problema de principio de aquello de que tiene que liberarse "el hombre". (Véase también más arriba, el liberalismo político). Por eso ve en la libertad de comercio solamente una libertad y divaga, dándose gran importancia y exactamente lo mismo que Sancho, acerca de si "el hombre" debe "en todas las circunstancias" tener libertad de comercio, o no. Y si, como en estas condiciones tiene necesariamente que suceder, sus aspiraciones de libertad acaban desastrosamente, se consuela, siempre igual que Sancho, pensando que "el hombre" no puede, o él mismo no puede, "liberarse de todo", que la libertad es un concepto muy vago y que hasta un Metternich y un Carlos X pudieron apelar a la "verdadera libertad" (pág. 210 "del Libro", acerca de lo que hay que hacer notar que son precisamente los reaccionarios, principalmente la escuela histórica y los románticos, también exactamente igual que Sancho, los que interpretan la verdadera libertad como la propia individualidad, por ejemplo, de los campesinos del Tirol, y en general como el desarrollo peculiar de los individuos, de las localidades, las provincias y los estamentos) y que, como alemán, aun cuando no sea libre, se ve compensado de todos sus males, por lo menos, por obra y gracia de su indiscutible propia individualidad. Siempre al igual que Sancho, no ve en la libertad un poder que hay que procurarse, razón por la cual proclama su impotencia como su poder.

Lo que el pequeño burgués alemán vulgar y corriente se dice en voz baja para consolarse, lo trompetea el berlinés a todos los vientos como una salida ingeniosa. Se siente orgulloso de su andrajosa propia individualidad y de sus propios andrajos.

5

EL PROPIETARIO

Véase la Economía del Nuevo Testamento, donde aparece cómo el "propietario" se desdobla en las tres "refracciones" que son "Mi poder" "Mi intercambio" y "Mi autodisfrute". Pasamos sin más a la primera de las tres.

A) MI PODER

El capítulo sobre el poder se divide también en tres partes: 1) el derecho, 2) la ley y 3) el delito, tricotomía en cuyo diligente tratamiento recurre Sancho con mucha frecuencia al "episodio". Nosotros expondremos toda la materia en forma de cuadro, con los añadidos episódicos necesarios.

I. EL DERECHO

A.- CANONIZACIÓN EN GENERAL

Otro ejemplo de lo sagrado es el derecho.

Lo Sagrado:

El derecho es no Yo = no Mi derecho

= el derecho ajeno

Nota núm. 1. El lector se extrañará de que el segundo término de la ecuación núm. 4 figure de pronto como primer término de la ecuación núm. 5 frente al segundo de la ecuación núm. 3, con lo que, en vez "del derecho", nos encontramos de repente con "todo derecho existente", como primer término de la ecuación. Esto se hace para suscitar la apariencia de que San Sancho habla del derecho real, existente, lo que ni siquiera se le pasa por las mientes. Él sólo habla del derecho en cuanto se lo representa como un "predicado" sagrado.

Nota núm. 2. Después de determinar el derecho como "derecho ajeno", se le pueden dar ya los nombres que se quiera, tales como los de "derecho sultanesco", "derecho del pueblo", etc., según el modo concreto como San Sancho desee determinar al extraigo de quien el derecho se recibe. Y se puede decir, asimismo, que "el derecho ajeno está dado por la naturaleza, por Dios, por la elección popular, etc." (pág. 250), es decir, "no por Mí". El modo como nuestro santo trata de dar a las simples ecuaciones establecidas más arriba, por medio de la sinonimia, la apariencia de un razonamiento, no puede ser más ingenuo.

"Si un imbécil Me da la razón" (¿y si el imbécil que le da la razón fuese él mismo?), "mi razón me inspirará Recht) es algo

completamente independiente de que Me la dé un

sabio o un necio. Y, sin embargo, hasta ahora hemos aspirado siempre a este

derecho (Recht [en alemán razón y derecho]). Impetramos el

derecho y acudimos, para ello, a los tribunales... ¿Que es, pues, lo que busco

ante los tribunales? Busco el derecho del sultán, no mi derecho, busco el

derecho ajeno... ante un tribunal superior de censura, busco, por tanto, el

derecho de la censura", págs. 244-245.

En esta frase magistral hay que admirar el empleo tan astuto de la sinonimia. Se identifican aquí el dar la razón (Recht geben [en alemán, dar la razón o declarar el derecho]) en el sentido usual de una conversación y el declarar el derecho (recht geben) en el sentido jurídico de la palabra. Y aún es más admirable la fe capaz de mover montañas de que la gente "acude a los tribunales" por el gusto de salirse con la suya, fe que explica los tribunales partiendo del empeño en tener razón. Por último, es digna de notar la astucia con que Sancho, lo mismo que más arriba, en la ecuación 5, mete previamente de contrabando el nombre más concreto, que aquí es el "derecho del sultán", para después poder introducir con tanta mayor seguridad su categoría general del "derecho ajeno".

Derecho ajeno = no Mi derecho.

Tener Mi derecho ajeno = no tener derecho
= no tener ningún derecho
= carecer de derecho (p.247).

Mi derecho = no tu derecho
= tu falta de derecho.

Tu derecho = Mi falta de derecho.

Nota. "Queréis tener razón contra los demás" (debiera decir: estar en vuestro derecho). "No podéis, pues frente a ellos «carecéis de derecho» eternamente, ya que no serían vuestros adversarios si no se hallaran en «su» derecho. Os «quitarán la razón» constantemente... Si os mantenéis en el terreno del derecho, no saldréis del empeño de tener razón a todo trance", págs. 248, 253.

"Entre tanto, enfoquemos la cosa bajo otro aspecto".

Después de haber documentado así, ampliamente, sus conocimientos acerca del derecho, San Sancho puede ahora limitarse a determinar el derecho, una vez más, como lo sagrado, y con este motivo repetir, con el añadido "el derecho", algunos de los adjetivos atribuidos a lo sagrado ya con anterioridad.

"¿No es el derecho un concepto religioso, es decir, algo sagrado?", pág. 247.

"¿Quién puede, si no se sitúa en el punto de vista religioso, preguntar por el «derecho»?", íbíd.

"El derecho «en sí y de por Sí». ¿Es decir, sin referirlo a Mí? ¡«Derecho absoluto»! Por tanto, separado de Mí. ¡Un algo que «es en sí y para sí»! ¡Un algo absoluto! ¡Un derecho eterno, como una verdad eterna!"; lo Sagrado, pág. 270.

"¡Retrocedéis, espantados, ante los otros, porque creéis ver a su lado el fantasma del derecho!", pág. 253.

"Rondáis por todas partes, para atraeros al espectro", ibíd.

"El derecho es una manía, infundida por un espectro" (síntesis de las dos tesis anteriores), pág. 276.

"El derecho es... una idea fija", pág. 270.

"El derecho es el espíritu...", pág. 244.

"Pues el derecho sólo puede ser infundido por un espíritu", pág. 275.

San Sancho expone aquí, de nuevo, lo que había expuesto ya en el Antiguo Testamento, a saber: lo que es una "idea fija", con la única diferencia de que ahora intercala por doquier "el derecho" como "otro ejemplo" de las "ideas fijas".

"El derecho es, originariamente, Mi pensamiento, o él" (!) "tiene su origen en Mí. Ahora bien, si brota de Mí" (vulgo si se escapa de mí), "si la «palabra» se exterioriza, se hace carne" (San Sancho puede comer de ella hasta hartarse), "una idea fija", razón por la cual todo el libro de Stirner está lleno de `ideas fijas" que han "brotado" "de" él y que nosotros agarramos para encerrarlas en el predilecto "establecimiento correccional". "Ahora, ya no acierto a desembarazarme del pensamiento" (¡una vez que el pensamiento se ha desembarazado de él!); "a donde quiera que Me vuelva, lo veo ante Mí" (es la coleta, que le cuelga por detrás). "De este modo, los hombres no han podido hacerse Es el derecho absoluto,

creado" (¡oh, la sinonimia!) "por Mi" "y desprendido de Mí. Al adorarlo como

algo absoluto, ya no podemos reabsorberlo y Nos roba la fuerza creadora; la

criatura puede más que el creador, es algo en sí y para sí. No dejéis que el

derecho siga moviéndose libremente..." (Nos atendremos en seguida a

este consejo y a esta tesis, y lo pondremos en la cadena, hasta nueva orden),

pág. 270.

San Sancho, después de hacer pasar al derecho, como vemos, por todas las posibles pruebas del agua y del fuego de la santificación v de haberlo canonizado, ha acabado por aniquilarlo.

"Con el derecho absoluto perece el derecho mismo, se extingue al mismo tiempo el imperio del concepto del derecho" (la jerarquía). Pues no debe olvidarse que, de entonces acá, hemos vivido dominados por los conceptos, las ideas y los principios y que entre estos dominadores desempeñaba uno de los papeles más importantes el concepto del derecho o el concepto de la justicia", pág. 276. Ya estamos acostumbrados a la idea de que las relaciones jurídicas se presenten, al igual que en otros casos, como el imperio del concepto del derecho, lo que le permite matar al derecho convirtiéndolo en un concepto y, por tanto, en lo sagrado; véase acerca de esto, la "Jerarquía". Según él, el derecho no nace de las relaciones materiales entre los hombres y de los consiguientes conflictos entre ellos, sino del conflicto entre los hombres y sus representaciones., que no tienen más que "quitarse de la cabeza". Véase "Lógica".

A esta última forma de la canonización del derecho pertenecen, además, las tres notas siguientes.

Nota 1. - "En tanto que este derecho ajeno coincida con el Mío, no cabe duda de que encontrará también éste en él", pág. 245. Dejemos a San Sancho, por el momento, meditar acerca de esta tesis.

Nota 2. "Al deslizarse por acaso un interés egoísta, la sociedad se corrompía..., como lo demuestran, por ejemplo, los romanos con el desarrollo de su derecho privado", pág. 278. Según esto, la sociedad romana tuvo que ser desde el primer momento la sociedad romana corrompida, ya que en las Doce Tablas el interés egoísta prevalece de un modo derecho privado se concibe como un

síntoma del egoísmo, y no de lo sagrado. Dejemos también que San Sancho

cavile hasta qué punto el derecho

privado coincide con la propiedad privada

y en qué medida el derecho privado trae consigo toda otra masa de relaciones

jurídicas (cfr. "La propiedad privada, el Estado y el derecho"),

acerca de las cuales lo único que sabe decir San Max es que son lo sagrado.

Nota 3. - "Aunque el derecho provenga también del concepto, sin embargo, sólo cobra existencia porque resulta útil para las necesidades". Así lo dice Hegel (Filos. del der., § 209, adición), de quien nuestro santo toma la jerarquía de los conceptos en el mundo moderno. Hegel explica, pues, la existencia del derecho partiendo de las necesidades empíricas de los individuos y sólo salva el concepto por un simple aseguramiento. Como se ve, Hegel procede de un modo infinitamente más materialista que nuestro "corpóreo Yo", es decir. San Sancho.

B. - APROPIACIÓN POR ANTITESIS SIMPLE

a) El derecho del hombre - El derecho de Mí.

b) El derecho humano - El derecho egoísta.

c) Derecho ajeno = recibir - Mi derecho = recibir el derecho

el derecho de otros de Mí.

d) Derecho es lo que conviene - Derecho es lo que me conviene

al hombre a Mí.

"Éste es el derecho egoísta; es decir, Me conviene a Mí, por eso es derecho" (passim [Acá y allá, en diversos lugares, a lo largo de toda la obra]cometer un desafuero, matando", pág. 249. Debiera decir: Yo mato si no Me lo prohíbo a Mí mismo, si no tengo miedo a matar.

Toda esta tesis es un cumplimiento fanfarrón de la segunda ecuación en la antítesis, donde el "recibir el derecho" ha perdido todo sentido.

Nota 2. - "Yo decido si el derecho se halla en Mí; fuera de Mí no existe el derecho", pág. 249. "¿Somos lo que es en nosotros? Tan poco como lo que es fuera de nosotros... Precisamente porque no somos el espíritu que mora en nosotros, tenemos que trasponerlo fuera de nosotros... pensarlo como existente fuera de nosotros... en el más allá", pág. 43.

Por tanto, según su propia tesis de la pág. 43, San Sancho tiene necesariamente que trasponer de nuevo el derecho "en él" "fuera de sí", y concretamente "en el más allá". Pero si quiere apropiarse de este modo, puede trasponer la moral, la religión, todo lo "sagrado" "en sí" y decidir si lo moral, lo religioso, lo sagrado se halla "en él": "fuera de él no existe" moral, religión o santidad, para luego trasponerlo, según la pág. 43, de nuevo fuera de sí, en el más allá. Con lo que se establece el "retorno de todas las cosas", según el modelo cristiano".

Nota 3. - "Fuera de Mí no existe derecho alguno. Si Me conviene a Mí, es justo. Aunque posiblemente no por ello convenga a los otros", pág. 249, Debiera decir: Si Me conviene a Mí, es justo para Mí, pero no por ello para los otros. Tenemos ya ahora ejemplos bastantes de los "saltos de pulga" sinonímicos que San Sancho hace dar a la palabra "derecho". Derecho y conveniente, el "derecho" jurídico, los "derechos" morales, lo que le "conviene", etc., se mezclan y revuelven a su antojo y conveniencia. San Max debiera intentar expresar sus tesis acerca del derecho en cualquier otro lenguaje en que el absurdo se pusiera completamente de manifiesto. Como esta sinonimia ha sido tratada en detalle al hablar de la lógica, basta con que aquí nos remitamos a lo que entonces se dijo.

La misma tesis de más arriba se expresa en las tres "variantes" siguientes:

A. "No hay otro juez sino Yo mismo que pueda fallar si tengo derecho o no. Lo único que los otros pueden juzgar y fallar es si acceden a Mi derecho y si éste es también derecho para ellos", pág. 246.

B. "La sociedad quiere, ciertamente, que cada cual haga valer su derecho, pero solamente el derecho sancionado por la sociedad, el derecho social, y no realmente su derecho" (debiera escribir Su; la palabra derecho no dice nada, aquí. Y, en seguida, fanfarronea del modo siguiente:) "Pero Yo Me doy o Me quito el derecho por Mi propia autoridad plena... Propietario y creador de Mi derecho" ("creador" solamente en cuanto declara el derecho como un pensamiento suyo y luego asegura reabsorberlo en seguida de nuevo), "no reconozco irás fuente del derecho que Yo mismo, ni Dios ni el Estado, ni la naturaleza ni el hombre, ni el derecho divino ni el derecho humano", pág. 269.

C. "Como el derecho humano es siempre algo dado, se retrotrae siempre, cn realidad, al derecho que los hombres se dan, es decir, se conceden, unos a otros", pág. 251. El derecho egoísta, por el contrario, es el derecho que Yo Me doy o Me tomo Yo mismo. "Puede", sin embargo, "para terminar con esto, ser evidente" que el derecho egoísta, en el milenio sanchesco, acerca del cual "se entienden" ambas partes, no difiera gran cosa de lo que se "dan" o se "toman" los unos a los otros.

Nota 4. - "Para terminar, debo volver al modo de expresarme a medias del que sólo he querido hacer uso mientras buceaba en las entrañas del derecho, dejando en pie, por lo menos, la palabra. Pero, en realidad, la palabra pierde también su sentido al desaparecer el concepto. Lo que Yo llamaba Mi derecho no es ya, en absoluto, tal derecho", pág. 275. Por qué San Sancho mantenía en pie la "palabra" derecho en las anteriores antítesis, cualquiera lo comprende a primera vista. En efecto, como no habla para nada del contenido del derecho, y menos aún lo critica, sólo conservando la palabra puede aparentar hablar del derecho. Si en la antítesis se hiciera desaparecer la palabra derecho, sólo quedarían en pie el "Yo", el "Mí" y las demás formas pronominales de la primera persona. El contenido lo dan siempre únicamente los ejemplos, los cuales, sin embargo, no son, como hemos visto, más que simples tautologías, tales como: si Yo mato, mato Yo, etc., en los que las palabras "derecho", "tener derecho", etc., se introducen sencillamente para encubrir la simple tautología y relacionarla de algún modo con las antítesis. Y también la sinonimia tiene aquí la misión

de aparentar como si se tratara de un contenido cualquiera. Por otra parte, en seguida se da uno cuenta de qué cantera inagotable es la fanfarronería de esta verbosidad carente de todo contenido. .

Por tanto, todo el "bucear en las entrañas del derecho" se reduce a que San Sancho "hace uso del modo de expresarse a medias" y "deja en pie, por lo menos, la palabra", sencillamente porque no sabe decir nada acerca de la cosa misma. Para que la antítesis cobrara algún sentido, cualquiera que él fuese, es decir, si "Stirner" quería expresar con ella, sencillamente, su repugnancia contra el derecho, diríamos que no era él quien tenía que "bucear en las entrañas del derecho", sino el derecho en sus entrañas, y que "Stirner" se limite a dejar constancia de que el derecho no le conviene. "¡Conserva cuidadosamente ese derecho", oh Jacques le bonhomme!

Para que haya algo dentro de esta vaciedad, San Sancho se ve obligado a realizar otra maniobra lógica, que, con un gran "virtuosismo", mezcla y confunde debidamente con la canonización y la antítesis simple, cubriéndola tan perfectamente con frecuentes episodios, que el público alemán y los filósofos alemanes no aciertan a descubrirla.

C. - APROPIACIÓN POR ANTITESIS COMPUESTA

"Stirner" se ve obligado ahora a introducir una determinación empírica del derecho, que pueda reivindicar para el individuo; es decir, a reconocer en el derecho algo distinto a lo sagrado. Y bien podría haberse ahorrado todas sus pesadas maquinaciones a este propósito, ya que desde Maquiavelo, Hobbes, Spinoza, Bodin, etc., en los tiempos modernos, para no hablar de los antiguos, se expone siempre el poder como el fundamento del derecho, lo que lleva implícito la concepción teórica de la política como emancipada de la moral y el postulado del estudio aparte e independiente de la política. Más tarde, en el siglo XVIII en Francia y en el XIX en Inglaterra, se redujo todo el derecho al derecho privado, del que San Max no habla, y el derecho privado a un poder perfectamente determinado y concreto, el poder de los propietarios privados, y todo ello sin contentarse simplemente con frases.

San Sancho deduce, pues, la determinación poder del derecho y la aclara del modo siguiente:

"Solemos clasificar los Estados atendiendo al distinto modo como se distribuye el «poder supremo» ...así, pues, ¡el poder supremo! ¿Poder dirigido contra quién? Contra el individuo.... el Estado ejerce el poder... el comportamiento del Estado es la violencia, y a esta violencia la llama derecho... La colectividad... tiene un poder que se llama legítimo, es decir, que es el derecho", págs. 259, 260.

Por medio de "Nuestro" "solemos" llega nuestro santo a su ansiado poder, y logrado esto, ya puede "cuidarse" de sí mismo.

Derecho, el poder del hombre - Poder, el derecho de Mí.

Ecuaciones intermedias:

Tener derecho = tener poder.

Atribuirse derecho = poderarse.

Antítesis:

Estar autorizado por el hombre - estar autorizado por Mi.

La primera antítesis:

Derecho, poder del hombre - poder, derecho de Mí, se convierte ahora derecho existente.

derecho del hombre - poder de Mí,

- Mi poder,

puesto que en la tesis derecho y poder son términos idénticos y en la antítesis debe "retirarse" el "modo de expresarse a medias", una vez que el derecho ha "perdido todo sentido", según liemos visto.

Nota 1. Botones de muestra de las paráfrasis grandilocuentes y jactanciosas de las antítesis y ecuaciones de arriba:

"Tienes derecho a ser lo que tienes el poder de llegar a ser". "Yo deduzco todo derecho y toda licitud de Mí, Yo tengo derecho a todo aquello que puedo hacer". "Yo no exijo puedo hacer una cosa,

estoy ya autorizado para hacerla y no

necesito de ninguna otra autorización, de ningún otro derecho", págs. 248, 275.

Nota 2. Botones de muestra del modo como San Sancho desarrolla el poder como la base real del derecho:

"Así, «los» comunistas dicen": (¿de dónde sabe "Stirner" todo lo que dicen los comunistas, si jamás ha visto nada de ellos, fuera del informe de Bluntschli, de la Filosofía del pueblo de Becker y de algunas pocas cosas más?) "un trabajo igual da derecho a los hombres a un disfrute igual... No, no es el trabajo igual el que te da derecho a eso, sino solamente el disfrute igual el que te da derecho a un disfrute igual. Disfruta, y tendrás derecho a disfrutar... Si os apoderáis del disfrute, tendréis derecho a él; si, por el contrario, no hacéis otra cosa que aspirar a él sin hacerlo vuestro, seguirá siendo un «derecho bien adquirido» de quienes tienen el privilegio de disfrutar. Será vuestro derecho en la medida en que lo adquiráis al apoderarse de el", pág. 250.

Sobre lo que aquí se pone en boca de los comunistas, véase más arriba, el "Comunismo". San Sancho vuelve a presuponer aquí a los proletarios como una "sociedad cerrada", a la que le basta con tomar el acuerdo de "apoderarse" para, de un día para otro, poner fin de golpe y porrazo al orden existente. Pero, en la realidad, los proletarios sólo llegan a adquirir esta unidad mediante un largo desarrollo, desarrollo en el que desempeña también un papel la apelación a su derecho. Por lo demás, esta apelación a su derecho no es más que un medio para convertirlos en "Vos", en una masa revolucionaria, unificada. Por lo que se refiere, en lo demás, a la tesis que comentamos, hay que decir que es, desde el principio hasta el fin, un brillante ejemplo de tautología, como se ve con toda claridad inmediatamente que, cosa que puede hacerse sin detrimento del contenido, se deja a un lado tanto el poder como el derecho. En segundo lugar, el propio San Sancho distingue entre el poder personal y el poder material, lo que equivale, por tanto, a distinguir entre el disfrutar y el poder de disfrutar. Puedo tener un gran poder (una gran capacidad) personal para disfrutar, sin que por ello tenga el poder material necesario (el dinero, etc.). Mi "disfrute" real será, por tanto, puramente hipotético.

"El que el hijo del rey se coloque por encima de los demás niños", sigue diciendo el maestro de escuela, en sus ejemplos muy adecuados para el amigo de los niños, "es ya un hecho suyo que le asegura la superioridad, y el que los otros niños aprueben este hecho y lo reconozcan es ya un hecho de ellos, que los hace dignos de ser súbditos", pág. 250.

En este ejemplo, se concibe la relación social en que el hijo del rey se halla con respecto a los otros niños como el poder, y concretamente como el poder personal del hijo del rey y como la impotencia de los demás niños. Pero, si se quiere concebir como el "hecho" de los demás niños el que se dejan mandar por el hijo del rey, ello sólo demostrará, cuando más, que estos niños son egoístas. "La propia individualidad labora en los pequeños egoístas" y los impulsa a explotar al hijo del rey, a extraer de él un beneficio.

"Se dice" (es decir, dice Hegel) "que la pena es el derecho del delincuente. Pero también es su derecho la impunidad. Si logra salirse con la suya, ha obrado en justicia, y si no lo logra, también. Si alguien, atolondradamente, corre hacia un peligro y pierde la vida en él, decimos que le está bien empleado, pues él se lo ha buscado. Pero si triunfa del peligro, es decir, si triunfa su poder, tiene también derecho. Si un niño juega con un cuchillo y se corta, le está bien empleado, pero si no se corta, el resultado es justo también. Por eso es justo que el delincuente sufra, ya que se arriesgó a ello: ¿por qué se arriesgó, si conocía las consecuencias a que se exponía?", pág. 255.

En las últimas palabras de esta frase, en la pregunta dirigida al delincuente: ¿por qué se arriesgó?, aparece latente el pedantesco absurdo de toda la tesis. Ante preguntas tan importantes y que sólo podrían preocupar a un San Sancho, como la de si a un delincuente le está bien empleado el que, al escalar una casa, se venga abajo y se rompa una pierna o la de si un niño se corta con un cuchillo, sólo se revela una cosa, y es que, aquí, el azar se convierte en mi poder. Así, pues, en el primer ejemplo "Mi poder" era un hecho mío, en el segundo una relación social independiente de mí, y en el tercero el azar. Pero, estas determinaciones contradictorias no son nuevas; ya nos habíamos encontrado con ellas al tratar de la propia individualidad.

Entre estos ejemplos dignos del amigo de los niños, desliza Sancho la regocijante interpolación siguiente:

"En otro caso, el derecho sería precisamente una burla. El tigre que se lanza sobre Mí tiene derecho, y Yo, que lo derribo y lo mato, tengo derecho también. No es Mi derecho el que defiendo contra él, sino que Me defiendo a Mí mismo". pág. 250.

En el primer término de la antítesis, San Sancho se representa en una relación jurídica con el tigre, pero en el segundo término de ella se da cuenta, de pronto, de que, en el fondo, no media aquí relación jurídica alguna. Por eso "precisamente es el derecho una burla". El derecho "del hombre" se resuelve en el derecho "del tigre".

Con esto, termina la crítica del derecho. Cuando ya sabíamos por cien autores anteriores, desde hace largo tiempo, que el derecho es un producto del poder, nos enteramos ahora por San Sancho de que "el derecho" es "el poder del hombre", con lo que despacha felizmente todos los problemas acerca de la conexión del derecho con los hombres reales y sus relaciones y produce sus antítesis. Se limita a descartar el derecho como aquello que él mismo ha estatuido, es decir, como lo sagrado, es decir, a descartar lo sagrado y a dejar en pie el derecho.

Esta crítica del derecho aparece adornada por una multitud de episodios, es decir, con toda suerte de cosas, de las que "se suele" hablar en lo de Stehely por las tardes, de dos a cuatro.

Episodio 1. "Derecho humano" y "derecho bien adquirido". - "Cuando la revolución hizo de la «igualdad» un derecho, la igualdad fue a refugiarse al campo de lo religioso, a la región de lo sagrado, del ideal. De ahí, desde entonces, la lucha por los derechos humanos, sagrados e inalienables. Contra el derecho humano eterno se hace valer de un modo muy natural e igualmente legítimo, el «derecho bien adquirido de lo existente»; derecho contra derecho, litigio en el cual, naturalmente, el uno es condenado por e1 otro como ilegítimo. Tal es la disputa del derecho, desde la revolución", pág. 248. Primeramente, se repite que los derechos humanos sola "lo sagrado" y que de ahí proviene, desde entonces, la lucha en torno a los derechos humanos. Con lo que San Sancho no hace más que demostrar que la base material de esta lucha permanece para él sagrada, es decir, ignorada. Por el hecho de que tanto el "derecho humano" como el "derecho histórico. Porque ambos

sean "derechos" en sentido jurídico, hay que llegar a la conclusión de que son también

"igualmente legítimos" en sentido histórico.

Por este procedimiento puede despacharse todo en muy poco tiempo sin necesidad

de saber nada acerca del asunto y, por ejemplo, acerca de la lucha en torno a

las leyes cerealistas en Inglaterra, decir: contra e1 beneficio (ganancia) "se hace

valer" "de un modo muy natural e igualmente

legítimo la renta, que es también beneficio (ganancia). Ganancia contra

ganancia, "litigio en el cual, naturalmente, una es condenada por la otra. Tal es la

lucha" en torno a las leyes cerealistas desde 1815, en Inglaterra. Por lo

demás, Stirner podría haber dicho de antemano que el derecho existente es el

derecho del hombre, el derecho humano. También se le "suele" llamar por algunos

"derecho bien adquirido". ¿Dónde está, entonces, la diferencia entre

el "derecho humano" y el "derecho bien adquirido"?

Ya sabemos que el derecho ajeno, el derecho sagrado es el que me es dado por los otros. Pero, como los derechos del hombre se llaman también los derechos naturales innatos y para San Sancho el nombre es la cosa misma, llegamos a la consecuencia de que son los derechos que me han sido dados por la naturaleza, es decir, por el nacimiento. Pero, "los derechos bien adquiridos equivalen a lo mismo, es decir a la naturaleza que me da un derecho, a saber: el nacimiento y después la herencia", y así sucesivamente. "He nacido hombre es lo mismo que he nacido hijo de rey", págs. 249, 2 50, donde se reprocha también a Babeuf el no haber tenido el talento dialéctico necesario para resolver la diferencia. Y como el. "Yo" es "también", "en todas las circunstancias", hombre, según concede más adelante San. Sancho, y a este Yo, por tanto, le beneficia "también" lo que tiene de hombre, al modo como, por ejemplo, en cuanto berlinés, le beneficia el Tiergarten de Berlín, le benefician "también", "en todas las circunstancias", los derechos del hombre. Pero como, en modo derechos del hombre son

derechos adquiridos, y por tanto bien

adquiridos, y los derechos bien adquiridos

son derechos poseídos, derechos humanos, derechos del hombre. Por lo demás, que

a estos conceptos, cuando se los separa de la realidad empírica que les sirve

de base, se les puede dar la vuelta como a un guante lo ha demostrado y con

bastante detalle Hegel, en quien este método era lícito, frente a los

ideólogos abstractos. San Sancho no necesitaba, pues, ponerlo en ridículo con

sus "desmañadas" "maquinaciones".

Hasta aquí, el derecho bien adquirido y el derecho humano "se reducían a lo mismo", para que San Sancho pudiera esfumar en la nada una lucha existente en la historia fuera de su cabeza. Pues bien, nuestro santo nos demuestra ahora que es tan sagaz en las distinciones como todopoderoso en la confusión, lo que le permite hacer brotar una nueva y terrible lucha que sólo existe en la "nada creadora" de su cabeza.

"Quiero conceder" (¡oh, generoso Sancho!) "que todos nacen hombres" (y, por ende, según la objeción que más arriba se hacía a Babeuf, "hijos de rey") "y que, por tanto, los recién nacidos son iguales entre sí en ese aspecto..., pero sólo y únicamente porque, en cuanto recién nacidos, sólo se manifiestan y actúan precisamente como simples criaturas humanas, como hombrecillos desnudos". En cambio, los adultos son "hijos de sus propias obras". "Poseen más que derechos puramente innatos; poseen derechos adquiridos". (¿Cree Stirner que el niño sale del claustro materno sin poner nada de su parte para ello, hecho éste por el que adquiere precisamente el "derecho" a salir a la luz del mundo, y acaso no se por nacimiento un delincuente contra el Estado", de donde el crimen contra el Estado se convierte en un derecho humano innato y el niño delinque ya contra algo que aún no existe para él, sino para lo que él mismo existe. Por último, "Stirner" habla más adelante de "mentes congénitamente limitadas", de "poetas congénitos", "músicos congénitos", etc. Y como aquí el poder (la limitada capacidad poética, musical, etc.) es un poder innato y derecho = poder, vemos cómo "Stirner" reivindica para el "Yo" los derechos humanos innatos, aunque esta vez no figure entre ellos la igualdad.

Episodio 2. Privilegios e igualdad de derechos. - Nuestro Sancho comienza por convertir la lucha en torno a los privilegios y a la igualdad de derechos como la lucha que se ventila en torno a los meros "conceptos" de la igualdad de derechos y el privilegio. Con lo cual se evita la preocupación de tener que saber algo acerca del modo medieval de producción, cuya expresión política es el privilegio, y del modo de producción moderno, que tiene como expresión, en general, el derecho y la igualdad de derecho, y acerca de las relaciones entre estos dos modos de producción y sus respectivas relaciones jurídicas. Y puede, incluso, reducir los dos citados "conceptos" a la expresión todavía más simple de lo igual y lo desigual y demostrar que una misma cosa (por ejemplo, los otros hombres, un perro, etc.) puede, según los casos, serle a uno indiferente, es decir, igual, o no indiferente, es decir, desigual, distinta, privilegiada, etc., etc. "Que el hermano que es de baja suerte se glorie de su alteza". Saint-Jacques le bonhomme, 1, 9.

II. LA LEY

Debemos revelar aquí al lector un gran misterio de nuestro santo hombre, a saber: que comienza todo su estudio sobre el derecho con una explicación general del derecho que se le "escapa" al hablar del derecho y a la que sólo vuelve cuando se pone a hablar de algo completamente distinto: de la ley. Fue entonces cuando el Evangelio gritó a nuestro santo: No juzguéis si no queréis ser juzgados, y nuestro santo despegó los labios, habló y definió:

"El derecho es el espíritu de la sociedad". (Y la sociedad es lo sagrado). "Si la sociedad tiene una voluntad, esta voluntad es precisamente el derecho; la sociedad existe solamente por el derecho. Y puesto que sólo existe por el hecho" (no por el derecho, sino sólo por esto, por el hecho) "de que ejerce un imperio sobre los individuos, tenemos que el derecho es su voluntad de dominio", pág. 244. Es decir, que "el derecho... es... tiene... así... de este modo... precisamente... consiste solamente... allí donde... pero sólo existe por el hecho... de que... tenemos que... voluntad de dominio". Una frase en que se contiene todo Sancho.

Esta frase se le escapó "entonces" a nuestro santo porque no encajaba en sus tesis, y ahora vuelve a ella, en parte, porque encaja otra vez en ellas, parcialmente.

"Los estados perduran mientras hay una voluntad soberana y esta voluntad soberana se considera equivalente a la propia voluntad. La voluntad del señor es ley", pág. 256.

La voluntad de dominio de la sociedad = derecho,

La voluntad de dominio = ley – derecho = ley.

"A veces", es decir, como insignia de hospedería de su "estudio" sobre la ley, se manifestará además una diferencia entre el derecho y la ley, que, cosa curiosa, guarda casi tan poca relación con su "estudio" sobre la ley como la definición del derecho que se le "escapó" con el "estudio" sobre el "derecho": "Lo que en una sociedad es legítimo, lo que en ella es justo, se expresa también en la ley", pág. 255. Tesis ésta que no es más que una copia "desmañada" de Hegel: "Lo ajustado a ley es la fuente de conocimiento de lo que es justo o, más exactamente, de lo que es legitimo". Lo que Sancho llama "expresarse" es lo que Hegel llama también "lo puesto", "lo sabido", etc., Fil. del der., § 211 ss.

Se comprende perfectamente por qué Sancho tenía que excluir de su "estudio" sobre el derecho el derecho como "la voluntad" o la "voluntad de dominio" de la sociedad. Solamente en cuanto determinaba el derecho como el poder del hombre, podía retrotraerlo a sí como su poder. Veíase, pues, obligado, en gracia a su antítesis, a retener la determinación materialista del "poder" y a dejar que se le "escapara" la determinación idealista de la "voluntad". Por qué ahora, al hablar de la "ley", vuelve de nuevo a la "voluntad", lo veremos al examinar las antítesis en torno a la ley.

En la historia real, los teóricos que consideraban el poder como el fundamento del derecho se hallaban en oposición directa frente a los que veían la base del derecho en la voluntad, contraposición que San Sancho podía presentar también como la que mediaba entre el realismo (el niño, el antiguo, el negro, etc.), y el idealismo (el. joven, el moderno, el mongol, etc.). Si se ve en el poder el fundamento del derecho, como hacen Hobbes, etc., tendremos que el derecho, la ley, etc., son solamente el signo, la manifestación de otras relaciones., sobre las que descansa el poder del Estado. La vida material de los individuos, que en modo alguno depende de su simple "voluntad", su modo de producción y la forma de intercambio, que se condicionan mutuamente, constituyen la base real del Estado y se mantienen como tales en todas las fases en que siguen siendo necesarias la división del trabajo y la propiedad privada, con, absoluta independencia de la voluntad de los individuos. Y estas relaciones reales, lejos de ser creadas por el poder del Estado, son, por e1 contrario, el poder creador de él. Los individuos que dominan bajo estas relaciones tienen, independientemente de que su poder deba constituirse como Estado, que dar necesariamente a su voluntad, condicionada por dichas determinadas relaciones, una expresión general como voluntad del Estado, como ley, expresión cuyo contenido está dado siempre por las relaciones de esta clase, como con la mayor claridad demuestran el derecho privado y el derecho penal. Así como no depende de su voluntad idealista o de su capricho el que sus cuerpos sean pesados, no depende tampoco de ellos el que hagan valer su propia voluntad en forma de ley, colocándola al mismo tiempo por encima del capricho personal de cada uno de ellos. Su dominación personal tiene necesariamente que construirse, al mismo tiempo, como una dominación media. Su poder personal descansa sobre condiciones de vida que se desarrollan como confines a muchos y cuya continuidad ha de afirmarlos como dominantes frente a los demás y, al mismo tiempo, como vigentes para todos. La expresión de esta voluntad condicionada por sus intereses comunes es la ley. Precisamente la tendencia a hacerse valer los individuos, independientes los unos de los otros, y de hacer valer su propia voluntad, teniendo en cuenta que, sobre estas bases, su mutuo comportamiento es forzosamente egoísta, hace necesaria la renuncia a sí mismo en la ley y en el derecho, renuncia a sí mismo que es excepcional, y afirmación de sus propios intereses en el caso medio (que, por tanto, ellos no consideran como renuncia a sí mismos, aunque al "egoísta uno consigo mismo" se le antoje tal). Y lo mismo ocurre con las clases dominadas, de cuya voluntad no depende tampoco la existencia de la ley y del Estado. Por ejemplo, mientras las fuerzas productivas no se hallen todavía lo suficientemente desarrolladas para hacer superflua la competencia y tengan, por tanto, que provocar constantemente ésta, las clases dominadas se propondrían lo imposible si tuvieran la "voluntad" de abolir la competencia, y con ella el Estado y la ley. Por lo demás, antes de que alcancen el desarrollo necesario las relaciones que, tienen que producirla, esta "voluntad" sólo nace en la imaginación del ideólogo. Y, cuando ya las relaciones se hayan desarrollado lo suficiente para llegar a producirla, el ideólogo puede representarse esta voluntad como fruto del libre arbitrio y susceptible, por tanto, de ser apreciada en todo tiempo y bajo cualesquiera circunstancias.

Y, lo mismo que el derecho, tampoco el delito, es decir, la lucha del individuo aislado contra las condiciones dominantes, brota del libre arbitrio. Responde, por el contrario, a las mismas condiciones que aquella dominación. Los mismos visionarios que ven en el derecho y en la ley el imperio de una voluntad general dotada de propia existencia y sustantividad, pueden ver en el delito simplemente la infracción del derecho y de la ley. El Estado no existe, pues, por obra de la voluntad dominante, sino que el Estado, al surgir como resultante del modo material de vida de los individuos, adopta también la forma de una voluntad dominante. Si ésta deja de ser dominante, cambiará no sólo la voluntad, sino también la existencia y la vida materiales de los individuos, como consecuencia de lo cual cambiará también su voluntad. Cabe también que los derechos y las leyes "se transmitan por herencia", pero en este caso dejarán de ser dominantes para convertirse en puramente nominales, de lo que tenemos ejemplos bien patentes en la historia del viejo derecho romano y en la del derecho inglés. Ya hemos visto más arriba cómo, por medio del divorcio de los pensamientos con respecto a los individuos que les sirven de base y a sus relaciones empíricas, puede surgir en los filósofos un desarrollo y una historia de los simples pensamientos. Del mismo modo, es posible separar también aquí el derecho de su base real, con lo que se obtendrá una "voluntad de dominio", que va modificándose a través de los diferentes tiempos y que encuentra su propia historia sustantiva en sus creaciones, en las leyes. Con lo cual la historia política y civil se reduce, ideológicamente a la historia de la vigencia o el imperio de las sucesivas leyes. Tal es la ilusión específica de juristas y políticos, que Jacques le bonhomme hace suya sans façon [Sin miramientos]. Se hace la misma ilusión que un Federico Guillermo IV, digamos, quien también considera las leyes como simples exteriorizaciones de la voluntad del soberano, lo que le lleva a pensar que fracasan siempre por tropezar contra "un algo pesado" del mundo. De este modo, apenas logra realizar más que en forma de órdenes de gabinete [alguna d]e sus quimeras, por lo demás absolutamente inofensivas. Que se le ocurra un día ordenar un empréstito de 25 millones, la centésima parte de la deuda pública inglesa, y ya verá qué clase de voluntad es su voluntad soberana. Por lo demás, ya veremos más adelante cómo Jacques le bonhomme invoca también como documentos los fantasmas o espectros de su soberano y convecino berlinés, para urdir sobre ellos sus propias manías teóricas en torno al derecho, la ley, el delito, etc. Lo cual no debe extrañarnos, teniendo en cuenta que hasta el fantasma de la Vossische Zeitung le "presenta" repetidas veces algo, por ejemplo el Estado de derecho. La consideración más superficial de la legislación, por ejemplo de las leyes sobre los pobres en todos los países, convencerá a cualquiera de lo que consiguen los soberanos cuando se imaginan que pueden conseguir algo simplemente por medio de su "voluntad soberana", es decir, por el solo hecho de quererlo. Por lo demás, San Sancho no tiene más remedio que aceptar la ilusión de juristas y políticos acerca de la voluntad soberana para de ese modo hacer que brille soberanamente su propia voluntad en las ecuaciones y las antítesis con las que en seguida nos regocijaremos y llegar así a la conclusión de que pueda sacar de nuevo fuera de su cabeza cualquier pensamiento que se haya metido en ella.

"Tenedlo, hermanos míos, por sumo gozo, cuando cayereis en pruebas de todo género". Saint-Jacques le bonhomme, 1. 2.

Ley = voluntad soberana del Estado
= voluntad del Estado.

Antítesis:

Voluntad del estado, voluntad ajena - voluntad propia de Mí
- Mi propia voluntad.
- Mi obstinación.

Servidores del Estado, portadores de la ley del Estado "Servidores de sí mismos
- (Únicos),, que llevan en sí mismos su ley", pág. 268.

Ecuaciones:

A) La voluntad del Estado = No Mi voluntad.

B) Mi voluntad = No la voluntad del Estado.

C) Voluntad = querer.

D) Mi voluntad = No querer del Estado.

= Voluntad contra el Estado.

= Aversión contra el Estado.

E) Querer el No-Estado= Obstinación.

Obstinación = no querer el Estado.

F) La voluntad del Estado = la nada de mi voluntad.

= Mi falta de voluntad.

G) Mi falta de voluntad = el ser de la voluntad del Estado.

(Sabemos ya de antes que el ser de la voluntad del Estado equivale al ser del Estado, de donde se desprende la siguiente nueva ecuación)

H) Mi falta de voluntad = ser del Estado.

I) El No de mi falta de voluntad = No ser del Estado.

K) La obstinación = La Nada del Estado.

L) Mi voluntad = No ser del Estado.

Nota 1. Según la frase citada más arriba de pág. 256, ya sabemos que "los estados perduran mientras la voluntad soberana se considera equivalente a la propia voluntad".

Nota 2. "Quien, para subsistir" (palabras dirigidas a la conciencia del Estado) "tenga que contar con la falta de voluntad de otros, será un amaño de estos otros, como el señor es un amaño de su criado", pág. 257. (Ecuaciones F, G, H, 1.).

Nota 3. "La voluntad propia de Mí es la corruptora del Estado. Por eso éste la fustiga como obstinación. La voluntad propia y el Estado son potencias mortalmente enemigas, entre las que no habrá nunca una paz perpetua", pág. 257. "De aquí que él los vigile realmente a todos y vea en cada uno un egoísta" (una voluntad egoísta) ", y tenga miedo al egoísta", pág. 263. "El Estado... se opone al duelo... y se castiga incluso cualquier reyerta" (aunque no se llame a la policía), pág. 245.

Nota 4. "Para él, para el Estado, es inexcusablemente necesario que nadie tenga una voluntad propia; si la tuviera, el Estado se vería obligado a eliminarlo" (a encarcelarlo o desterrarlo); "si la tuvieran todos" ("¿quién es esa persona a la que llamáis «todos»?"), "acabarían con el Estado", pág. 257. Lo que, retóricamente, puede también expresarse así: "¿De que sirven tus leyes si nadie las acata, de qué tus órdenes si nadie se deja ordenar?", pág. 256.

Nota 5. La simple antítesis: voluntad del Estado - Mi voluntad, adquiere en lo que sigue una aparente motivación: "Aunque se supusiera el caso de que todo individuo hubiese manifestado en el pueblo la misma voluntad, produciéndose así una voluntad común perfecta" (!), "la cosa seguiría siendo la misma. ¿Acaso no seguiría Yo atado hoy y más adelante a Mi voluntad de ayer?... Mi criatura, es decir, una determinada manifestación de voluntad, se habría convertido en mi dueño; y Yo..., el creador, Me vería entorpecido en Mi flujo y en Mi disolución... Por haber sido ayer un sujeto de voluntad, carezco hoy de ella, ayer tenía libre arbitrio, hoy no lo tengo", pág. 258.

San Sancho trata de asimilarse aquí de un modo "desmañado" la vieja tesis, muchas veces proclamada tanto por revolucionarios como por reaccionarios, de que en la democracia los individuos sólo pueden ejercer su soberanía durante un momento, para dejar de ser soberanos inmediatamente después, aplicando a esa tesis su teoría fenomenológica del creador y la criatura. Pero la teoría del creador y la criatura priva de todo sentido a esta tesis. San Sancho, según esta teoría suya, no es hoy un sujeto carente de voluntad porque ha modificado su voluntad de ayer, es decir, porque tiene una voluntad determinada de otro modo y porque las necedades que ayer elevó a ley como su manifestación de voluntad pesan hoy como una atadura o una traba sobre su voluntad actual, mejor esclarecida. Según su teoría, su voluntad de hoy tiene que ser más bien la negación de la de ayer, porque tiene, en cuanto creador, el deber de obrar como disolvente sobre su voluntad de ayer. Sólo en cuanto "carente de voluntad" es creador; como sujeto dotado de una voluntad real, es siempre criatura. (Véase la "Fenomenología"). Pero, si esto es así, "por haber sido ayer un sujeto de voluntad" no es hoy, en modo alguno, un ser "carente de voluntad", sino más bien reacio a su voluntad de ayer, adopte ésta la forma de ley, o no. En ambos casos puede disolverla, como él acostumbra a disolver o resolver, precisamente como su voluntad. Con lo cual da plena satisfacción al egoísmo uno consigo mismo. El que su voluntad de ayer haya cobrado forma de existencia como ley fuera de su cabeza o no, es algo de todo punto indiferente aquí, sobre todo si tenemos en cuenta cómo "la palabra" que más arriba "se le ha escapado", se rebela también ahora contra él. Además, en la frase anterior, San Sancho no pretende salvaguardar su obstinación, sino su libre voluntad, su libertad de voluntad, su libertad, lo que es un grave atentado contra el código de moral del egoísta uno consigo mismo. Cautivo de este atentado, San Sancho llega a proclamar como la verdadera propia individualidad la libertad interior contra la que tanto se clamaba más arriba, la libertad de la aversión.

"¿Cómo hacer cambiar esto?", exclama Sancho. "Sólo negándome a reconocer ningún deber, es decir, no vinculándome ni dejándome vincular. ¡Pero Me vincularán! ¡Mi voluntad nadie puede vincularla y Mi voluntad en contrario permanece libre!, pág. 258.

"Tambores y trompetas
Proclaman su joven esplendor"[5]

San Sancho se olvida aquí de "hacerse la simple reflexión" de que su "voluntad", sin embargo, se halla "vinculada" por cuanto es, en contra de su voluntad, una "aversión".

Por lo demás, en la frase anterior sobre la vinculación de la voluntad individual por la voluntad general expresada como ley llega a su culminación la concepción idealista del Estado, según la cual éste consiste simplemente en voluntad, y que ha conducido en los escritores franceses y alemanes a las más sutiles quœstiunculis [Minucias].

Por otra parte, si sólo se trata de "querer", no del "poder", y en el peor de los casos solamente de la "aversión", no se comprende por qué San Sancho trata de eliminar lisa y llanamente un asunto tan preñado de "querer" y de "aversión" como es la ley del Estado.

"La ley en general, etc. - hasta aquí hemos llegado, actualmente", pág. 256. ¡Qué no llegará a creer Jacques le bonhomme!

Las ecuaciones que hasta ahora hemos examinado conducían a la total aniquilación del Estado y de la ley. El verdadero egoísta debía adoptar una actitud totalmente aniquiladora ante uno y otra. Hemos echado de menos la apropiación, aunque a cambio de ello hemos tenido la alegría de ver a San Sancho realizar la gran hazaña de destruir al. Estado mediante un simple cambio de voluntad, que, a su vez, depende, naturalmente, de la simple voluntad. Sin embargo, tampoco aquí falta la apropiación, aunque aparezca en un plano completamente secundario y sólo pueda tener resultados "a veces".

Las dos antítesis de más arriba:

Voluntad del Estado, voluntad ajena - Mi voluntad, propia voluntad

Voluntad soberana del Estado - Propia voluntad de Mí

pueden comprenderse también así:

Imperio de la voluntad ajena - Imperio de la propia voluntad.

Sin embargo, San Sancho no llega a esta sencillez de expresión.

En la antítesis III, tenemos ya "una ley en él" pero él se apropia la ley todavía más directamente en la siguiente antítesis:

Ley, declaración de voluntad - Ley, declaración de voluntad de Mí,
del Estado Mi declaración de voluntad.

"Cualquiera puede, sin duda, declarar lo que aceptará y, por tanto, exigir por medio de una ley que no se haga lo contrario", etc., pág. 256. Esta exigencia irá acompañada de las obligadas conminaciones. Esta última antítesis es importante para lo referente al delito.

Episodios. En la pág. 256 se nos dice que la "ley" no se distingue de la "orden arbitraria u ordenanza", porque ambas = "declaración de voluntad" y, por tanto, "orden". En las págs. 254, 255, 260, 263, so capa de hablar "del Estado", se desliza por debajo de cuerda el Estado prusiano y se tratan los más importantes temas de la Vossische Zeitung acerca del Estado de derecho, la amovilidad de los funcionarios públicos, el orgullo de los funcionarios y demás necedades por el estilo. Lo único importante es el descubrimiento de que los viejos parlamentos franceses insistían en el derecho de registrar los edictos de la corona porque pretendían "juzgar con arreglo a su propio derecho". El registro de las leyes por los parlamentos franceses surgió al mismo tiempo que la burguesía y de la necesidad que ello llevaba aparejada para los reyes que iban convirtiéndose en absolutos de parapetarse, tanto frente a la nobleza feudal como frente a los estados extranjeros, detrás de una voluntad ajena de la que decían depender, ofreciendo al propio tiempo una garantía a los burgueses. San Max puede convencerse de esto por la historia de su amado Francisco 1; y, por lo demás, puede documentarse, antes de volver a abrir la boca, en los catorce volúmenes Des Etats généraux et autres assemblées nacionales [De los Estados generales y otras asambleas nacionales], París, 1788, acerca de lo que querían y no querían los parlamentos franceses y acerca de lo que estos parlamentos significaban. Y no creemos que quedaría fuera de lugar intercalar, aquí, un breve episodio sobre la erudición de nuestro santo conquistador. Aparte los libros teóricos, como los de Feuerbach y B. Bauer, y de la tradición hegeliana, que constituye su fuente fundamental; aparte estas fuentes teóricas absolutamente imprescindibles, nuestro Sancho utiliza y cita las siguientes fuentes históricas: para la Revolución Francesa, los Discursos políticos de Rutenberg y las Memorias de Bauer; para el comunismo, Proudhon, la Filosofía del pueblo de A. Becker, los Einundzwanzig Bogen [Veintiún pliegos] y el informe de Bluntschli; para el liberalismo, la Vossische Zeitung [Gaceta de Voss], las Sachsischen Vaterlandsblätter [Hojas patrióticas de Sajonia], la Cámara de Baden, otra vez los Einundzwanzig Bogen y la grandiosa obra de E. Bauer; fuera de esto, se citan de vez en cuando, como referencias históricas, la Biblia, el Siglo XVIII de Schlosser, la Histoire de dix ans [Historia de los diez años] de Louis Blanc, las Lecciones políticas de Hinrich, Este libro pertenece al rey, de Bettina, la Triarquía de Hess, los Anales franco-alemanes, la Anécdota de Zurich, Moritz Carriere acerca de la catedral de Colonia, la sesión de la Cámara de los Pares de París del 25 de abril ele 1844, Karl Nauwverck, Emilia Galotti y la Biblia; en una palabra, todo el gabinete de lectura de Berlín en unión de su propietario Willibaid Alexis Cabanis. A la luz de esta exhibición de los profundos estudios de Sancho, resulta fácil comprender que haya en este mundo, para él, una cantidad tan infinita de cosas ajenas, es decir, sagradas.

III. EL DELITO

Nota 1. “Si dejas que otro te dicte el fuero, tienes que dejar también que él te imponga el desafuero. Si recibes de él la justificación y la recompensa, de él debes esperar también la acusación y el castigo. Junto al fuero marcha el desafuero, junto a la legalidad, el delito. ¿Qué - eres - tú? - Tú - eres - un - delincuente !!”, pág. 262.

Al lado del code civil [Código civil] marcha el code pénal [Código penal], y al lado del code pénal el code de commerce [Código de comercio]. ¿Qué eres tú? ¡Tú eres un commerçant [Comerciante]!

San Sancho habría podido librarnos de esta sorpresa deprimente. En él, lo de “si dejas que otro te dicte el fuero, tienes que dejar también que él te imponga el desafuero” ha perdido todo sentido por cuanto debe añadir una determinación nueva, pues ya sabemos que, con arreglo a una ecuación anterior, la tesis, según él, es ésta: si dejas que otro te dicte el fuero, dejas que te impongan un fuero ajeno y, por tanto, tu desafuero.

A. - SIMPLE CANONIZACIÓN DEL CRIMEN Y DEL CASTIGO

a) El delito. El delito es, como ya veíamos, el nombre con que se designa una categoría general del egoísta uno consigo mismo, la negación de lo sagrado, el pecado. En las antítesis y las ecuaciones en torno a los ejemplos de lo sagrado: el Estado, el derecho y la ley, la actitud negativa del Yo ante lo Sagrado o la cópula podía llamarse también delito, lo mismo que ante la Lógica de Hegel, que es también un ejemplo de lo sagrado, San Sancho puede decir: Yo no soy la Lógica de Hegel, sino que soy un pecador en contra de ella. Y ahora debiera, al hablar del derecho, del Estado, etc., proseguir: otro ejemplo del pecado o del delito son los llamados delitos jurídicos o políticos. En vez de eso, nos expone de nuevo detalladamente que estos delitos son los pecados contra lo sagrado,

” ” la idea fija.

” ” el espectro.

” ” “el hombre”

“Solamente contra algo sagrado hay delincuentes”, página 268.

“El código penal sólo existe a través de lo sagrado”, pág. 318.

“Los delitos nacen de la idea fija”, pág. 269,

“Como vemos, es una vez más «el hombre» el que pone por obra del concepto del delito, del pecado y también, por tanto, el del derecho”. (Antes, era a la inversa). “Un hombre en quien Yo no reconozco al hombre, es un pecador”, pág. 268.

Nota 1. “¿Puedo admitir que alguien cometa un delito contra Mí” (se afirma por oposición al pueblo francés en la revolución) “sin admitir que se halle obligado a obrar como Yo juzgue conveniente? Y este modo de obrar lo llamo Yo lo justo, lo bueno, etc., y a lo que difiere de ello delito. Por tanto, pienso que los demás deben proceder conmigo marchando hacia el mismo fin... como seres que deben obedecer a una ley «razonable» cualquiera” (¡Misión! ¡Destino! ¡Determinación! y ¡¡¡Lo sagrado!!!). “Yo estatuyo lo que el hombre es y lo que significa obrar de un modo verdaderamente humano, y exijo de cada cual que esta ley sea para él norma e ideal, ya que en caso contrario se acreditará como un pecador y un delincuente...”, pág. [267], 268. Y, a este propósito, derrama una lágrima cargada de presentimiento sobre la tumba de los “hombres únicos”, que, en nombre de lo sagrado, fueron sacrificados por el pueblo soberano en la época del Terror. Y muestra a la luz de otro ejemplo cómo pueden construirse, desde este punto de vista sagrado, los nombres de los delitos reales. “Si, como en la revolución, lo que es el fantasma, el hombre, se concibe como el «buen vecino», este concepto del hombre engendra los conocidos «delitos y crímenes políticos»“. (Debiera decir: este concepto, etc., conduce de por sí a los conocidos crímenes), pág. 269. Tenemos aquí un brillante ejemplo de cómo la credulidad es la cualidad sobresaliente de nuestro Sancho en el capítulo sobre el delito, por cuanto, mediante una abusiva sinonimia de la palabra citoyen, convierte a los sansculottes en “buenos vecinos” berlineses. “Buenos vecinos” y “leales funcionarios” forman, según San Max, una unidad inseparable. “Robespierre, por ejemplo, Saint-Just, etc.”, serían, por tanto, los “leales funcionarios”, mientras que Danton incurrió en un quebranto de caja y dilapidó los dineros del Estado. San Sancho comienza bien a escribir una historia de la revolución apta para el uso del burgués y el campesino prusianos.

Nota 2. San Sancho, después de habernos expuesto así el cielito político y jurídico como un ejemplo del delito en general, es decir, de su categoría del delito, del pecado, de la negación, de la hostilidad, de la ofensa, del desprecio de lo sagrado, del comportamiento indecoroso contra lo sagrado, puede ya declarar, tranquilamente: “Hasta aquí, el egoísta se ha afirmado en el delito y ha hecho mofa de lo sagrado”, pág. 319. En este punto, se abonan en cuenta del egoísta uno consigo mismo todos los delitos anteriores, aunque más adelante tendremos que inscribir algunos de ellos en el debe. Sancho cree que, hasta ahora, sólo se han cometido delitos para burlarse de “lo sagrado” y hacerse valer, no frente a las cosas, sino frente a lo sagrado en ellas. Como el hurto de un pobre diablo que se apropia una moneda ajena puede hacerse entrar en la categoría del delito contra la ley, este pobre diablo hurta la moneda sin otra razón que la de darse el gusto de infringir la ley. Exactamente lo mismo que Jacques le bonhomme se imaginaba más arriba que las leyes sólo existen en gracia a lo sagrado y que sólo en gracia a lo sagrado se mete a los ladrones en la cárcel.

b) La pena. Puesto que nos ocupamos precisamente de los delitos jurídicos y políticos, resulta que estos delitos “en sentido ordinario” suelen llevar aparejada una pena o que, como está escrito, “el salario del pecado es la muerte”. Ahora, después de todo lo que se nos ha dicho acerca del delito, se comprende fácilmente que la pena constituye la auto-defensa y la reacción de lo sagrado contra los infractores.

Nota 1. “La pena sólo tiene sentido si se propone ser la expiación por haber ofendido a algo sagrado”, pág. 316. Con el castigo, “caemos en la necedad de querer dar satisfacción al derecho, al fantasma” (a lo sagrado). “Lo sagrado debe defenderse aquí contra el hombre”. (San Sancho “cae en la necesidad” de tomar aquí “al hombre” por “los únicos”, por los “propios Yos”, etc.), pág. 318.

Nota 2. “El código penal sólo existe a través de lo sagrado y desaparecería por sí mismo si se renunciara al castigo”, pág. 318. San Sancho quiere decir, en realidad: la pena desaparecería por sí misma si se renunciara al código penal; es decir, el código penal es lo que da existencia a la pena. “Pero., ¿acaso no es un absurdo un” código penal que sólo exista mediante la pena y “no es también un absurdo una” pena que sólo exista mediante el código penal? (Sancho contra Hess, Wig., pág. 186). Sancho confunde aquí el código penal con un tratado de teología moral.

Nota 3. A título de ejemplo de cómo el delito nace de la idea fija, lo siguiente: “La santidad del matrimonio es una idea fija. De la santidad se sigue que la infidelidad es un delito, de donde una cierta ley matrimonial (con gran indignación de las Cámaras a[lemanas]...” y del “emperador de todas las R[usias]..", así como también del “emperador del Japón”, del “emperador de China”, y muy especialmente del “Sultán”) “estatuye en contra de ello una pena más corta o más larga”, pág. 269. Federico Guillermo IV, quien cree que, siguiendo la pauta de lo sagrado puede dar leyes y riñe a este propósito contra todo el mundo, puede consolarse pensando que ha encontrado, por lo menos, un creyente del Estado en nuestro Sancho. Que San Sancho compare la ley matrimonial prusiana, que sólo existe en la cabeza de su autor, con las normas del Code civil, prácticamente en vigor, y así podrá encontrar la diferencia entre las leyes sagradas y las leyes temporales sobre el matrimonio. En la fantasmagoría Prusiana, se trata de hacer valer la santidad del matrimonio, por razón de Estado, tanto respecto al hombre como a la mujer; en la práctica francesa, donde a la mujer se la considera como propiedad privada del marido, sólo puede perseguirse y castigarse por adulterio a la esposa, y siempre y cuando así lo exija el marido, haciendo valer su derecho de propiedad sobre ella.

B.- APROPIACIÓN DEL CRIMEN Y EL CASTIGO POR ANTÍTESIS

Delito, en el sentido del hombre = Infracción de la ley del hombre (de la declaración de voluntad del Estado, del poder del Estado), págs. 259 ss.

Delito, en sentido de Mi = Infracción de la ley de Mi (de Mi declaración de voluntad, de Mi poder), págs. 256 y passim.

Estas dos ecuaciones se enfrentan antitéticamente y se desprenden, sencillamente, de la contraposición entre “el hombre” y “Yo”. No son más que el compendio de lo que ya sabemos.

Lo sagrado castiga al “Yo” - “Yo castigo al «Yo»

Delito = hostilidad contra la ley del hombre (lo sagrado). - Hostilidad = delito contra la

ley de Mi

Delincuente = el enemigo o adversario - delincuente

sagrado (lo sagrado como persona

moral) contra “Yo”, el Penas = autodefensa de lo sagrado contra “Yo”. - Defenderme = pena de Mí contra “Yo”

Pena = Reparación (venganza) del hombre contra “Yo”. - Reparación (venganza) Mí autoreparación, puesto que se trata de la reparación de Mí, por oposición a la reparación del hombre.

Ahora bien, si en las anteriores ecuaciones antitéticas nos fijamos solamente en el primer término de la antítesis, tendremos la siguiente serie de antítesis simples, donde en la tesis figura siempre el nombre sagrado, general, ajeno, y en la antítesis el nombre profano, personal, propio:

Delito - hostilidad.

Delincuente - enemigo o adversario.

Penas - defenderme.

Pena delincuente, sino solamente un adversario”, pág, 268, y un “enemigo”, en el mismo sentido, pág. 256. Delito, como hostilidad del hombre: como ejemplo de esto se citan, en la pág. 268, los “enemigos de la patria”. “La pena debe” (postulado moral) “dejar el sitio a la reparación, la que, a su vez, no puede tender a reparar el derecho o la justicia, sino procurarnos a nosotros una satisfacción”, pág. 318.

Nota 2. Luchando contra la aureola (el molino de los batanes) del poder existente, San Sancho ignora lo que es este mismo poder, y no lo ataca ni en lo mínimo; se limita a formular el postulado moral de que se haga cambiar formalmente la actitud del Yo ante ella. (Véase Lógica). - “Tengo que resignarme” (presuntuosa afirmación) “a que el” (es decir, Mi enemigo, que tiene tras sí unos cuantos millones) “Me trate como a enemigo; pero en modo alguno a que Me maneje como a su criatura y a que Me obligue a ajustarme a la pauta de su razón o sinrazón”, pág. 256 (donde él deja a San Sancho un margen de libertad muy limitado, a saber: la opción entre dejarse tratar como su criatura o los tres mil y trescientos azotes prescritos por Merlín sobre sus posaderas.[En español, en el original] Es, por lo demás, la libertad que le deja todo código penal, aunque sin pararse a preguntarle, como es natural, de qué modo debe declarar su hostilidad en contra de Sancho) . “Pero aunque os impongáis al adversario como potencia” (aunque seáis, ante él, “una potencia imponente”), “no por ello sois una autoridad santificada, a menos que él sea un tramposo. No os debe respeto ni atención, aunque no haga caso omiso de vosotros y vuestro poder”. pág. 258. Quien aquí aparece como “tramposo” es el propio San Sancho, al entregarse con toda seriedad a la trampa de presentar como una importante diferencia la que existe entre “imponerse” y “ser respetado'“, “no hacer caso omiso” y “atender” que es, a lo sumo, de un dieciseisavo. Cuando San Sancho “no hace caso omiso” de alguien, “vive en la reflexión, y tiene un tema sobre que reflexionar, algo que respeta y ante lo que siente temor y veneración”, pág. 115. En las ecuaciones anteriores, la pena, venganza, reparación, etc., se presenta como algo que arranca meramente de Mí; en cuanto San Sancho es el objeto de la reparación, las antítesis pueden invertirse: con ello, la autorreparación se convierte en que otro-Me-dé-satisfacción-a-Mí o en ir en-detrimento-de-Mi-propia-satisfacción.

Nota 3. Los mismos ideólogos que han podido imaginarse que el derecho, la ley, el Estado, etc., brotan de un concepto general, tal vez, en última instancia, del concepto del hombre, y que se han desarrollado en gracia a este concepto; estos mismos ideólogos, pueden también imaginarse, naturalmente, que los delitos se cometen simplemente para desafiar a un concepto, que no son sino una manera de burlarse de los conceptos y que sólo se castigan para dar reparación a los conceptos violados. Acerca de esto, ya hemos dicho lo que había que decir al hablar del derecho y, más arriba, al referirnos a la jerarquía, a lo que ahora nos remitimos. En las antítesis anteriores, se enfrenta a las determinaciones canonizadas delito, pena, etc., el nombre de otra determinación que San Sancho, siguiendo su manera predilecta, extrae y se apropia de esta determinación primera.

Esta nueva determinación, que, como queda dicho, se presenta aquí como un simple nombre, debe encerrar, en cuanto profana, la actitud directamente individual y expresar la relación material. (Véase Lógica). En la historia del derecho, vemos cómo, en las épocas más primitivas y más toscas, estas relaciones individuales, materiales, bajo su forma más crasa, constituyen sin más el derecho. Las relaciones jurídicas cambian y civilizan su expresión con el desarrollo de la sociedad civil, es decir, al desarrollarse los intereses personales como intereses de clase. Ahora, ya no se las concibe como relaciones individuales, sino como relaciones generales. Al mismo tiempo, la división del trabajo confía la salvaguardia de los intereses encontrados de los diferentes individuos a unas cuantas personas, con lo que desaparece también la imposición bárbara del derecho. Toda la crítica de San Sancho acerca del derecho se limita, en las anteriores antítesis, a explicar la expresión civilizada de las relaciones jurídicas y la división civilizada del trabajo como un fruto de la “idea fija”, de lo sagrado, reclamando en cambio para ellas la expresión bárbara y el modo bárbaro de ventilarse. Para él, sólo se trata de los nombres, sin referirse para nada a la cosa mismita, puesto que ignora las relaciones reales sobre que descansan estas distintas formas del derecho y sólo ve en la expresión jurídica de las relaciones de clase los nombres idealizados de aquellas relaciones bárbaras. Así encontramos, en la declaración de voluntad stirneriana, el reto; en la hostilidad, el defenderse, etc., la reminiscencia del derecho del más fuerte y la práctica del viejo régimen feudal en la reparación, la venganza, etc., el jus talionis, la Gewere de los antiguos germanos, la compensatio, satisfactio, en una palabra, lo fundamental de las leges barbarorum y de las consuetudines feudorum,(8) que San Sancho no saca de las bibliotecas, sino que toma de las narraciones de su antiguo señor Amadís de Gaula, a las que se ha aficionado. Por consiguiente, San Sancho sólo retorna, en última instancia, a un impotente precepto moral, a saber: que cada cual debe procurarse su propia reparación y ejecutar por si mismo la pena. Cree lo que le dice Don Quijote, de que por medio de un simple precepto moral, puede convertir en poderes personales los poderes materiales nacidos de la división del trabajo. Ya por el desarrollo histórico del poder de los tribunales y por las amargas quejas de los señores feudales acerca de la evolución jurídica, podemos convencernos de cómo coinciden las relaciones jurídicas con el desarrollo de estos poderes materiales, a consecuencia de la división del trabajo. (Véase, por ej., Montheil, l. c., siglos XIV, XV). Precisamente en la época situada entre la dominación de la aristocracia y la de la burguesía, al entrar en conflicto los intereses de las dos clases, cuando comenzó a adquirir importancia el comercio entre las naciones europeas y hasta las relaciones internacionales adquirieron, por tanto, un carácter burgués, empezó a hacerse importante el poder de los tribunales, que llegó a su apogeo bajo la dominación de la burguesía, en que esta división desarrollada del trabajo es inexcusablemente necesaria. Lo que a propósito de ello se imaginen los siervos de la división del trabajo, los jueces y, sobre todo, los professores juris [Profesores en derecho], es de todo punto indiferente.

C.- EL DELITO, EN SENTIDO ORDINARIO Y EN SENTIDO EXTRAORDINARIO

Hasta ahora, el delito en sentido ordinario se cargaba, falseándolo, en la cuenta del egoísta en sentido extraordinario, ahora, se pone de manifiesto este falseamiento. El egoísta extraordinario se da cuenta de que sólo comete delitos extraordinarios, que necesariamente deben hacerse valer contra el delito ordinario. Volvernos, pues, a inscribir los delitos ordinarios en la cuenta del egoísta, tanto en el debe como en el haber.

La lucha de los delincuentes ordinarios contra la propiedad ajena podría expresarse también (aunque esto se aplique a cualquier competidor) diciendo que

“buscan los bienes ajenos” (pág. 265),

que buscan los bienes sagrados,

que buscan lo sagrado, con lo que el delincuente

ordinario se convierte en un “creyente” (pág. 265).

Sin embargo, este reproche del egoísta en sentido extraordinario contra el delincuente en sentido ordinario no es más que aparente, pues es él mismo, indudablemente, quien busca la aureola sagrada del mundo entero. Lo que en rigor reprocha al delincuente no es buscar “lo sagrado”, sino el buscar los “bienes”.

San Sancho, después de haberse construido “un mundo propio, un cielo”, que esta vez es el mundo de los juicios de Dios y los caballeros andantes y que se crea para su propia cabeza, dentro del mundo moderno, y después de haber documentado, al mismo tiempo, lo que como delincuente caballeresco lo diferencia de los delincuentes vulgares, emprende una nueva cruzada contra “los dragones y los monstruos, los demonios del campo”, “los espectros, los fantasmas y las ideas fijas”. Su fiel escudero Szeliga cabalga, recogido en sus pensamientos, detrás de él. Y, por el camino, mientras marchan así, les sale al paso la asombrosa aventura de los infelices a quienes llevan mal de su grado a donde ellos no quisierais ir, tal como Cervantes la describe en el capítulo veintidós. Así cabalgando, descalzos, nuestro caballero andante y su escudero Don Quijote, Sancho abre los ojos y ve venir hacia él como a unos doce hombres, con esposas a las manos, atados a una larga cadena y conducidos por un comisario y cuatro guardias de la santa Hermandad [En español, en el original], la hermandad de los santos, lo sagrado. Y cuando estuvieron más cerca, San Sancho rogó a los guardias, muy cortésmente, que fuesen servidos de informarle por qué llevaban a aquella gente conducida de aquel modo. -Son galeotes de Su Majestad, enviados a Spandau [Cárcel de Berlín], y eso es todo lo que necesitáis saber. -¿Cómo?, exclamó San Sancho, ¿gente forzada? ¿Es posible que el rey haga fuerza a ningún “propio Yo”? Entonces, invoco Mi misión de oponerme a semejante violencia. “El comportamiento del Estado es la violencia, y a eso le llama derecho. En cambio, a la violencia ejercida por el individuo la llama delito”. Después de lo cual, San Sancho se puso a adoctrinar a los galeotes y les dijo que no debían afligirse, pues aunque no fuesen “libres”, sí eran “propios”, y si bien sus “huesos” tendrían que “crujir” bajo algunos palos y probablemente se les “arrancaría una pierna”, todo eso, dijo, podéis superarlo con mucho, pues “nadie puede domeñar vuestra voluntad”. “Y estoy bien seguro de que no hay en el mundo brujería capaz de determinar y forzar la voluntad, como ciertos necios se imaginan, pues Nuestra voluntad es Nuestro libre albedrío, y no hay ni hierbas ni fórmulas mágicas que puedan sojuzgarla”. “Sí, nadie puede encadenar vuestra voluntad, y vuestra aversión es libre!” Pero como los galeotes no se apaciguaron con este sermón y cada uno de ellos fue contando, por turno, cuán injustamente habían sido condenados, dijo Sancho: “De todo cuanto me habéis dicho, hermanos carísimos, he sacado en limpio que, aunque os han castigado por vuestras culpas, las penas que vais a padecer no os dan mucho gusto y que vais a ellas muy de mala gana y muy contra vuestra voluntad; y que podría ser que el poco ánimo que aquél tuvo en el tormento, la falta de dineros de éste, el poco favor del otro y, finalmente, el torcido juicio del juez, hubiese sido causa de vuestra perdición y de no haber salido con la justicia que de vuestra parte teníais, con «vuestro derecho». Todo lo cual me fuerza a que muestre con vosotros el efecto para que el cielo me arrojó al mundo. Pero, porque sé que la prudencia del egoísta uno consigo mismo es que lo que se puede hacer por bien no se haga por mal, quiero rogar a estos señores guardianes y comisario sean servidos de desataros y dejaros ir en paz. Cuanto más, señores guardas, que estos pobres no han cometido nada contra vosotros. Mal cuadra a egoístas unos consigo mismos ser verdugos de otros únicos que nada les han hecho. Tal parece como si en vosotros «pasara a primer plano la categoría de lo robado». ¿Por qué «clamáis» «contra el delito»? «En verdad, en verdad os digo que os entusiasmáis por la moral, que estáis llenos de la idea de la moral», «perseguís lo que es ajeno a ella» y queréis «meter» a esos pobres galeotes, «por el juramento de vuestro cargo» en una «mazmorra». ¡Sois lo sagrado! ¡Dejad pues, marchar en paz a esas gentes! Y si no lo hacéis, tendréis que véroslas conmigo, que soy capaz de «infundir el hálito de Mi Yo vivo a los pueblos», de «cometer la más desmedida profanación» y que «no temo ni siquiera a la Luna»”.

“¡Donosa majadería! -respondió el comisario-. Enderécese ese bacín que trae en la cabeza y váyase enhorabuena su camino adelante”.

Pero San Sancho, enfurecido ante esta grosería prusiana, empuña la lanza y arremete contra él con tal presteza, que la aposición, sin poder darse a la fuga, fue derribada en el suelo. Siguió a esto una refriega general, en la que los galeotes lograron liberarse, Szeliga-Don Quijote fue arrojado al canal de la Landwehr [Canal de Berlín] o de las ovejas y San Sancho llevó a cabo las más grandes hazañas en contra de lo sagrado. Pocos minutos después, los guardias se habían dado a la fuga, Szeliga había salido a rastras del canal y lo sagrado había quedado descartado, por el momento.

San Sancho congregó en torno de él a los galeotes puestos en libertad y les dirigió el siguiente discurso (págs. 265, 266 “del Libro”):

“¿Qué es el delincuente ordinario” (el delincuente en el sentido ordinario de la palabra), “sino quien comete el funesto error” (¡funesta barata literatura para buenos burgueses y campesinos?) “de aspirar a lo que es del pueblo, en vez de esforzarse por lo suyo? Ha buscado el despreciable” (refunfuños generales de los galeotes contra este juicio moral) “bien ajeno, ha hecho lo que hacen los creyentes, que aspiran a lo que es de Dios” (el delincuente como alma bella). “¿Qué hace el sacerdote que exhorta al delincuente? Le hace ver la gran injusticia que ha cometido al profanar con su acto lo que el Estado proclama como sagrado, la propiedad del Estado, de la que forma parte, indudablemente, la vida de los que lo componen. Mejor haría en reprocharle el haberse manchado” (risas reprimidas de los galeotes, al escuchar esta apropiación egoísta de los tópicos triviales de los curas) “al no despreciar lo ajeno y considerarlo como algo digno de ser robado” (gruñidos de los galeotes): “podría haberlo hecho así, si no fuese cura” (un galeote: “¡en sentido vulgar?”) . “Pero Yo hablo con el delincuente como con un egoísta, y él se avergonzará” (desvergonzados y clamorosos vivas de los delincuentes. que no quieren que se les considere capaces de avergonzarse), “no de haber obrado contra vuestras leyes y vuestros bienes, sino de haber creído que vuestras leyes merecían ser rehuidas” (esto de “rehuir” se emplea aquí “en sentido vulgar”, como cuando “rehuimos una roca antes de poder saltarla” o “rehuimos”, por ejemplo, incluso “la censura”) “y vuestros bienes merecían ser apetecidos” (nuevos vivas), “se avergonzará...”.

Ginés de Pasamonte, el archiladrón, que por lo demás no era nada bien sufrido, al llegar aquí, grita: “Pero no hemos de hacer otra cosa que entregarnos a nuestra vergüenza y dar pruebas de nuestra resignación, mientras este cura en sentido extraordinario nos «exhorta»?”

“.. Se avergonzará”, prosigue Sancho, “de no haberos despreciado a vosotros y a todo lo vuestro, de no haber sido lo bastante egoísta”. (Aquí, Sancho mide por un rasero ajeno el egoísmo del delincuente. Esto provoca un griterío general entre los galeotes, y Sancho, un poco confuso, cambia de tono y, volviéndose con ademán oratorio hacia los “buenos burgueses” ausentes, añade:) “Pero, vosotros no podéis hablar con él como egoístas, pues no sois tan grandes como un delincuente, no habéis delinquido en nada”.

Ginés vuelve a interrumpirle: “¡Qué credulidad la tuya, buen hombre! Nuestros carceleros delinquen a cada paso, roban y malversan los dineros de las cajas y se entregan a toda clase de profanaciones [...]

[Aquí faltan 12 págs. en el manuscrito]

[...] con ello, no hace más que demostrar una vez más lo crédulo que es. Ya los reaccionarios sabían que los burgueses, con la constitución, suprimen el Estado natural y fundan y hacen un Estado propio; que “le pouvoir constituant, qui était dans le temps (naturel) passe dans la volonté humaine” [El poder constituyente, que se había formado en el curso del tiempo (natural), se incorporó a la voluntad humana], que “este Estado hecho es como un árbol hecho, pintado”, etc. Véase Fiévée, Correspondance politique et administrative [“Correspondencia política y administrativa”], París, 1815 Appel á la France contre la division des opinions - Le drapeau blanc [Llamamiento a Francia contra la división de opiniones - La bandera blanca] de Sarrans aîné y Gazette de France [Gaceta de Francia], del período de la Restauración, y las demás obras de Bonald, de Maistre, etc. Los burgueses liberales, por su parte, les echan en cara a los viejos republicanos, de los que, naturalmente, sabían tan poco como San Max del Estado burgués, el que su patriotismo no era otra cosa que “une passion factice envers un étre abstrait, une idée genérale” [“Una pasión artificial por un ser abstracto, una idea general”] (Benj. Constant, De l'esprit des conquêtes [“Del espíritu de conquista”], París, 1814, pág. 93), mientras que los reaccionarios reprochaban a los burgueses el que su ideología política no era más que “une mystification que la classe aisée fuit subir a celles qui ne le sont pas [Una mistificación que la clase acomodada hace soportar a las que no lo son]” (Gazette de Trance, 1831, Février) .. En la pág. 295, declara San Sancho que el Estado es “una institución para cristianizar al pueblo”, y lo único que sabe decirnos acerca del fundamento del Estado es que éste se mantiene “en cohesión” mediante “el cimiento” del “respeto a la ley” o a lo sagrado (pág. 314).

Nota 4. “Si el Estado es sagrado, tiene que haber una censura”, pág. 316. “El gobierno francés no discute la libertad de prensa can cuanto. derecho humano, pero exige del individuo la garantía e que sea realmente hombre”. (Quel bonhomme! [¡Qué necio!] Jacques le bonhomme es “llamado” a estudiar las leyes de setiembre). Pág. 380.

Nota 5, donde encontramos las más profundas revelaciones acerca de las diferentes formas de Estado, que Jacques le bonhomme sustantiva y en las que ve solamente diversos intentos de realizar cal verdadero Estado. “La república es exactamente lo mismo que la monarquía absoluta, pues tanto da clase el monarca sea un príncipe o se llame el pueblo, ya que ambos son una majestad” (lo sagrado) “...El constitucionalismo va más allá que la república, porque es el Estado ya en trance de disolución”. Disolución que se explica del modo siguiente: “En el. Estado constitucional... el gobierno pretende ser absoluto y lo mismo pretende el pueblo. Estos dos absolutos” (es decir, estos dos sagrados) “se desgastan el uno al otro, al chocar entre sí”, pág. 302. “Yo no soy el Estado, Yo soy la creadora Nada del Estado”; “con ello, se hunden en su verdadera Nada todos los .problemas” (acerca de la .Constitución, etc.), pág. 310. A lo que habría debido añadir que tampoco las afirmaciones de más arriba acerca de las formas de Estado son otra cosa que una paráfrasis de esta “Nada”, cuya única afirmación creadora es la aseveración anterior: Yo no soy el Estado. San Sancho habla aquí como un verdadero maestro de escuela alemán de “la” república, que es, naturalmente, muy anterior a la monarquía constitucional, como lo demuestran, por ejemplo, las repúblicas griegas. Ignora, por supuesto, que en un Estado democrático representativo como Norteamérica los conflictos de clase han alcanzado ya una forma hacia la que sólo tienden las monarquías constitucionales. Sus frases sobre la monarquía constitucional revelan que desde el año 1842 del calendario berlinés este maestro de escuela no ha aprendido ni olvidado nada.

Nota 6. “El Estado sólo debe su existencia a la falta de estimación que Yo siento por Mí” y “se extinguirá totalmente errando este desdén desaparezca” (según lo cual sólo depende de Sancho el que todos los estados del mundo tarden más o menos tiempo en “desaparecer”. Repetición de la nota 3 en ecuación inversa; véase Lógica): el Estado “sólo existe cuando existe sobre Mí, sólo en cuanto poder o en cuanto poderoso. O” (curioso o éste, que demuestra precisamente lo contrario de lo que debe demostrar) “¿podríais representaros un Estado cuyos habitantes, todos ellos” (salto del “Yo” al “Nosotros”) “no se preocuparan para nada de él?”, pág. 377. No tenemos para .qué entrar ya en la sinonimia de “poder”, “poderoso, etc. Del hecho de que en todo Estado haya personas que se preocupan de él, es decir, que en. el Estado y gracias a él hacen algo de sí mismas, deduce Sancho que el Estado representa un poder sobre estas personas. Se trata aquí, una vez más, de que hay que quitarse de la cabeza la idea lija del Estado. Jacques le bonhomme sigue soñando con que el Estado es una nuera idea y cree en el poder sustantivo de esta idea del Estado. Es el verdadero “creyente en el Estado, el poseso del Estado, el político” (pág. 309). Hegel idealizaba la representación que los ideólogos políticos se formaban del Estado, partiendo todavía de los individuos sueltos, aunque fuera meramente de la voluntad de estos individuos; Hegel convierte la voluntad común de estos individuos en la voluntad Absoluta; pues bien, Jacques le bonhomme toma de buena fe esta idealización de la ideología como la concepción certera del Estado y, a base de esta fe, la critica, declarando lo absoluto como lo absoluto.

5. La sociedad, como sociedad burguesa

Nos detendremos un poco más largamente en este capítulo, porque es, y no sin intención, el más confuso de tollos los confusos capítulos contenidos en “el Libro” y porque, al mismo tiempo, demuestra del modo más brillante hasta qué punto fracasa nuestro santo en el conocimiento de las cosas bajo su forma profana. En vez de profanadas, lo que hace es santificarlas, haciendo simplemente que el lector “se beneficie” con su propia y santa representación.

Antes de entrar a tratar de la verdadera sociedad burguesa, hemos de escuchar aún algunas nuevas revelaciones acerca de la propiedad en general y en sus relaciones con el Estado. Revelaciones que se presentan como tanto más nuevas en cuanto ofrecen ocasión a San Sancho para colocarnos una vez más sus predilectas ecuaciones sobre el derecho y el Estado, dando con ello a su “estudio” “más variadas mutaciones” y “refracciones”. Nos bastará, naturalmente, con citar los términos finales de estas ecuaciones ya conocidas, puesto que el lector las recordará todavía, en su contexto, del capítulo titulado “Mi poder”.

Propiedad privada, o propiedad burguesa = no Mi propiedad= propiedad sagrada
= propiedad ajena
= propiedad respetada, o respeto a la propiedad ajena
= propiedad del hombre
(págs. 327, 369).

De estas ecuaciones se derivan en seguida las siguientes antítesis:

Propiedad en sentido burgués - Propiedad en sentido egoísta (pág. 327),

Propiedad “del hombre” - “propiedad de Mi”.
(“Bienes humanos” - Mis bienes), pág. 324.

Ecuaciones: El hombre = derecho
= poder del Estado.

Propiedad privada o
propiedad burguesa = propiedad jurídica (pág. 324).
= Mío mediante el derecho (pág. 332),
= propiedad garantizada,
= propiedad de extraños,
= propiedad perteneciente a extraños,
= propiedad perteneciente al derecho,
= propiedad de derecho (págs. 367, 332),
= un concepto jurídico.
= algo espiritual,
= algo general,
= ficción,
= pensamiento puro
= idea fija,
= fantasma,
= propiedad del fantasma (págs. 368, 324, 332, 367, 369).

Propiedad privada = propiedad del derecho.

Derecho = poder del Estado.

Propiedad privada = propiedad en poder del Estado.
= propiedad del Estado.

o también

propiedad = propiedad del Estado.

propiedad del Estado = No propiedad de Mí.

Estado = el único propietario (págs. 339, 334).

Llegamos así a las antítesis.

Propiedad privada - propiedad egoísta.

Legitimado como propiedad (por el Estado, el hombre) - autorizado por Mí como propiedad, pág. 339.

Mío por derecho - Mio por Mi fuerza o Mi poder (pág. 332).

Propiedad conferida por otros - Propiedad tomada por Mi (pág. 339)

Propiedad jurídica de otros - propiedad jurídica del otro es lo que yo acepto como derecho (pág. 339).

Lo que puede repetirse en otras cien fórmulas, en las que, por ejemplo, se emplee la palabra autorización en vez de poder, usando fórmulas ya anteriormente empleadas.

Propiedad privada = todos los demás son ajenos a esta propiedad - Mi propiedad = propiedad sobre la propiedad de todos los demás

o también:

propiedad sobre algo = propiedad sobre todo (pág. 343).

La enajenación como relación o copula, en las ecuaciones anteriores, puede también expresarse en las siguientes antítesis:

Propiedad privada - propiedad egoísta

“Referirse a la propiedad como a lo Sagrado, como al fantasma”, “respetar" la propiedad, “Sentir respeto a la propiedad” (pág. 324)

“Abandonar la actitud sagrada ante la propiedad”, no considerarla ya como algo ajeno, no sentir ya temor ante el fantasma, no tener ningún respeto por la propiedad ,falta de respeto a la propiedad” (págs. 368, 340, 343).

Los modos de apropiación contenidos en las anteriores ecuaciones y antítesis se estudiarán a fondo al tratar de la “Asociación”; como, por el momento, aún nos encontramos en la “sociedad sagrada”, sólo nos interesa aquí la canonización.

Nota. Por qué los ideólogos pueden concebir la relación de propiedad como una relación “del hombre”, cuyas diferentes formas se determinan en las diferentes épocas según el modo como los individuos se representan “al hombre”, ya lo hemos examinado al hablar de la “Jerarquía”. Aquí nos basta con remitirnos a lo dicho más arriba.

Tratamiento 1: sobre la parcelación de la propiedad de la tierra, el rescate de las servidumbres y la absorción de la pequeña propiedad sobre la tierra por la gran propiedad.

Todas estas cosas se deducen de la propiedad sagrada y de la ecuación propiedad burguesa = respeto a lo sagrado. 1.“Propiedad en sentido burgués significa propiedad sagrada, de tal modo que Yo tengo que respetar tu propiedad. «¡Respeto a la propiedad!» De ahí que los políticos quisieran que cada cual tuviera su pedacito de propiedad y, llevados en parte por esta tendencia, han provocado, en parte, una increíble parcelación”, págs. 327, 328. - 2. “Los liberales políticos procuran que, en lo posible, sean rescatadas todas las servidumbres y que cada cual sea libre dueño de su finca, siquiera ésta tenga solamente un contenido de suelo” (¡una finca que tiene un contenido de suelo!) “como para ser abonada por el excremento de un solo hombre... No importa que la propiedad sea pequeñísima; lo importante es tener algo propio, a saber: una propiedad respetada. Cuanto más propietarios de éstos tenga, más hombres libres y buenos patriotas tendrá cal Estado”, pág. 328. - 3. “El liberalismo político, como todo lo religioso, cuenta con el respeto, con la humanidad, con las virtudes del amor. Por eso vive en una irritación constante. Pues en la práctica la gente no respeta nada, y todos los días vemos que las pequeñas propiedades son compradas por los grandes propietarios y que los «hombres libres» se convierten en jornaleros. Si, por el contrario, los «pequeños propietarios» se pararan a pensar que también la gran propiedad es suya, no se habrían excluido respetuosamente de ella y no se verían tampoco ellos excluidos”, pág. 328.

1) En primer lugar, como vemos, todo el movimiento de la parcelación, del que San Sancho sólo sabe que es lo sagrado, se explica como una gran figuración, que “los políticos” “se han metido en la cabeza”. Porque “los políticos” exigen que “se respete la propiedad”, “querrían” por esa razón, la parcelación, que, además, ¡es impuesta en todas partes por el no respeto a la propiedad ajena! Realmente, “los políticos” han provocado, en parte, una increíble parcelación”. Era, pues, obra de los “políticos” el hecho de que en Francia, ya antes de la revolución, congo todavía hoy en Irlanda y en parte en Gales, la parcelación con respecto al cultivo de la tierra existiera de largo tiempo atrás y de que faltaran los capitales y todas las demás condiciones para la introducción del cultivo en gran escala. Por lo demás, hasta qué punto “querrían” hoy los políticos llevar a cabo la parcelación puede comprobarlo San Sancho a la vista del hecho de que todos los burgueses de Francia están descontentos con la parcelación, tanto porque va en detrimento de la competencia de los obreros entre sí como por razones políticas; y, además, por la circunstancia de que todos los reaccionarios (como Sancho puede comprobarlo en las Memorias del viejo Arndt) no veían en la parcelación otra cosa que la transformación de la propiedad territorial en propiedad moderna, industrial, enajenable, profanada. No podemos seguir ilustrando aquí a nuestro santo sobre las razones económicas que obligan a los burgueses, no obstante, a llevar a cabo, una vez que suben al poder, esta transformación -transformación que puede llevarse a la práctica tanto mediante la abolición de la renta del suelo que exceda de la ganancia como por medio de la parcelación-. Y tampoco podemos explicarle cómo la forma en que esta transformación se lleva a cabo depende del grado a que hayan llegado la industria, el comercio, la navegación, etc., de un país. Las frases anteriores acerca de la parcelación no son más que una paráfrasis grandilocuente del simple hecho de que, en diversos lugares, “aquí y allá”, existe una gran parcelación, expresada en el lenguaje canonizador de nuestro Sancho, que encaja en todo y no encaja en nada. Por lo demás, las anteriores frases de Sancho encierran solamente las fantasías del pequeño burgués alemán acerca de la parcelación, que es, para él, por supuesto, lo ajeno, “lo sagrado”. Cfr. el liberalismo polít.

2) El rescate de las servidumbres, miseria que solo encontraremos en Alemania, donde el gobierno se ve obligado a proceder a estas medidas por el estado progresivo de los países vecinos y por sus propios apuros financieros, es considerado aquí por nuestro santo como algo que quieren “lote políticos liberales”, para dar al Estado “hombres libres y buenos ciudadanos”. De nuevo nos encontramos con que el horizonte visual de Sancho no va ruin allá de la Dieta) de Pomerania y de la Cámara) de Diputados de Sajonia. Este rescate de las servidumbres alemanas no ha conducido nunca a ningún resultado político y económico y, como medida a medias, resultó completamente estéril. Sancho, naturalmente, ignora una vez más todo lo referente al rescate históricamente importante de las servidumbres en los siglos XIV y XV, a consecuencia del desarrollo inicial del comercio, de la industria y de las necesidades pecuniarias de los terratenientes. La misma gente que en Alemania quería rescatar las servidumbres para, según cree Sancho, formar buenos ciudadanos y hombres libres, como por ejemplo Stein y Vincke, descubrieron más tarde que, para crear “buenos ciudadanos y hombres libres” era necesario restablecer las servidumbres, como en efecto intenta hacerse ahora en Westfalia. De donde se sigue que el “respeto, como el temor de Dios, sirve para todo”.

3) Las “compras” de las pequeñas propiedades por los “grandes propietarios” se deben, según San Sancho, a que en la práctica no “se respeta la propiedad”. Dos de las consecuencias más habituales de la competencia, la concentración y el acaparamiento, es decir, en general, la competencia, que no existe sin concentración, se le antojan, aquí, a nuestro Sancho violaciones de la propiedad burguesa, que se desenvuelve en la competencia. La propiedad burguesa resulta violada por el solo hecho de existir. Según Sencillo, no se fuelle comprar nada sin atentar contra la propiedad.(“s) Con cuánta profundidad penetra San Sancho en la concentración de la propiedad sobre la tierra lo indica ya el hecho de que sólo vea en ella el acto de la concentración que mas salta a la vista, o sea el simple hecho de “comprar” les tierras. Por lo demás, a través de Sancho no se ve en qué medida los pequeños propietarios dejan de ser propietarios por el hecho de convertirse en jornaleros. El propio Sancho explica en la página siguiente (Pág. 329), polemizando del modo más solemne contra Proudllon, que siguen siendo “propietarios de la parte que les queda en el disfrute de la tierra”, es decir, del salario. “A veces, nos encontramos en la historia” con que, alternativamente, la gran propiedad de la tierra devora a la pequeña Y la pequeña a la grande, dos fenómenos que San Sancho reduce tranquilamente a la razón suficiente de que “en la práctica, la gente no respeta nada”. Y lo mismo puede decirse de las restantes y múltiples formas de la propiedad territorial. Y luego viene aquello de cale “si los pequeños propietarios hubiesen”, etc. En el Antiguo Testamento veíamos cómo San Sancho, a la manera especulativa, hacía que los anteriores tuviesen en cuenta las experiencias de los posteriores; ahora, vernos cómo, a la manera de los politicastros, se queja de que los anteriores no sólo no tuviesen en cuenta lo que acerca de ellos pensaban los posteriores, sino que hicieran también caso omiso de las propias necedades de Sancho. ¡Qué “inteligencia” de maestro de escuela, la suya! Si los terroristas hubiesen parado mientes en que llevarían al trono a Napoleón; si los barones ingleses de Runnymede y de la Carta Magna) se hubiesen parado a pensar que en 1849 se abolirían las leves cerealistas; si Creso se hubiese dado cuenta de que Rothschild le aventajaría en riqueza; si Alejandro Magno hubiese pensado que sería condenado por Rotteck y que su imperio caería en manos de los turcos; si Temístocles hubiera caído en la cuenta de que derrotaría a los persas en interés de Otón el Niño; si Hegel hubiera parado mientes en que iba a ser explotado de un modo tan “vulgar” por San Sancho; ¡si hubiera, si hubiera, si hubiera! ¿De qué “pequeños propietarios” se imagina, pues, San Sancho que habla? ¿De los campesinos sin tierras que, al fraccionarse la gran propiedad territorial, se convierten en “pequeños propietarios”, o de aquellos que hoy se ven arruinados por la concentración? En ambos casos se parece San Sancho a sí mismo como un huevo a otro huevo. En el primer caso, no se excluían en modo alguno de la “gran propiedad”, sino que cada uno tomaba posesión de ella en la medida en que no se veía excluido por los otros y contaba con los medios necesarios para seguir siendo propietario. Pero estos medios no eran precisamente la fanfarrona capacidad de Stirner, sino una capacidad condicionada por circunstancias totalmente empíricas, v. gr., por su propio desarrollo y por todo el desarrollo anterior de la sociedad burguesa, por la localidad en que vivían y por sus conexiones más o menos estrechas con la vecindad, por la extensión de las fincas de que se tomaba posesión y el número de los que se la apropiaban, por las condiciones de la industria, del comercio, de los medios de comunicación, los instrumentos de producción, etc., etc. Hasta qué punto no se excluían de la gran propiedad de la tierra lo demuestra el hecho de que muchos de ellos se convirtieron, personalmente, en grandes terratenientes. San Sancho se pone en ridículo incluso ante Alemania con su hipótesis de que estos campesinos saltaron por encima de la parcelación, que entonces para nada existía y que era la única forma revolucionaria para ellos, lanzándose de golpe a su egoísmo uno consigo mismo. Sin hablar de la necedad de él, les era completamente imposible organizarse a la manera comunista, puesto que carecían de todos los medios necesarios para ello, y la primera condición para una asociación comunista es el poder implantar el cultivo en común, y fue, por el contrario, la parcelación misma, simplemente una de las condiciones que más tarde liarían surgir la necesidad de semejante asociación. Por lo demás, un movimiento comunista no nace nunca en el campo, sino siempre, exclusivamente, en la ciudad. En el segundo caso, suponiendo que San Sancho quiera referirse a los pequeños propietarios arruinados, estos se hallan siempre unidos por un interés común a los grandes terratenientes, frente a la clase totalmente desposeída y frente a la burguesía industrial. Y, aunque no mediara este interés común, carecen de poder para apropiarse la gran propiedad de la tierra, ya que viven desperdigados y toda su actividad y situación de vida les veda asociarse, lo que constituye la condición primordial para tal apropiación, y porque semejante movimiento presupone, a su vez, otro mucho más general, que no depende en modo alguno de ellos. En, último resultado, toda esta declamación de Sancho equivale a sostener que deben, simplemente, quitarse de la cabeza el respeto a la propiedad de los otros. Acerca de lo cual habremos de decir urea palabrilla más abajo.

Por último, tomemos nota de esta otra afirmación “En la práctica, la gente no respeta nada”, lo que indica que no es precisamente e “respeto” el culpable del asunto.

Estudio núm. 2: propiedad privada, Estado y derecho.

“¡Si hubiera, si hubiera, si hubiera!”

Si San Sancho “hubiera” dejado a un lado, por un momento, las ideas en curso de los juristas y los políticos acerca de la propiedad privada y la polémica en contra de ellas, si hubiera concebido, sencillamente, esta propiedad privada en su existencia empírica, en su relación con las fuerzas productivas de los individuos, toda esa sabiduría salomónica con la que ahora nos entretiene, se disolvería en la nacía. De haberlo hecho así, difícilmente se le “habría escapado” (a pesar de que es, como Habacuc, capable de tout [ Capaz de todo]) que la propiedad privada es tina forma de intercambio que corresponde necesariamente a ciertas fases de desarrollo de las fuerzas productivas, que no puede descartarse ni de la que se puede prescindir para pasar a la producción directa de la vida material, mientras no se hayan creado fuerzas productivas para las que la propiedad privada represente un obstáculo y tala traba. Y, entonces, no se le “hubiera” podido escapar tampoco al lector que Sancho debía necesariamente atenerse a condiciones materiales, en vez de disolver el mundo entero en un sistema de moral teológica, para contraponer a él mi nuevo sistema de moral, el de los postulados morales egoístas. No “hubiera” podido dejar de ver que se trata de algo completamente distinto del “respeto” o de la falta de respeto. “¡Si hubiera, si hubiera, si hubiera!”

Por lo demás, este “hubiera” no es alas que un eco de la frase de Sancho citada más arriba, pires si Sancho “hubiera” hecho todo eso que decimos claro está que no hubiera podido llegar a escribir su libro.

San Sancho, al aceptar a pies juntillas la ilusión de los políticos, juristas y demás ideólogos, ilusión que vuelve del revés todas las condiciones empíricas, poniendo además algo de su cosecha, a la manera alemana, se encuentra con que la propiedad privada se convierte para él en la propiedad del Estado o bien, respectivamente, en la propiedad del derecho, sobre lo que ahora puede experimentar en justificación de sus ecuaciones de más arriba. Fijémonos, anta todo. en la transformación de la propiedad privada en propiedad del Estado.

“Sólo la fuerza decide de la propiedad” (aunque, por el momento, es más bien la propiedad la que decirle de la fuerza), “y como el Estado, ya sea el Estado de los burgueses, el Estado de los andrajosos” (la “asociación” stirneriana) “o el Estado de los hombres, es sencillamente el único poderoso, es también el único propietario”, pág. 333.

Junto al hecho del “Estado de los burgueses” alemán figuran de nuevo aquí, en el mismo plano las quimeras cerebrales de Sancho y de Bauer, sin que encontremos, en cambio, por ninguna parte los estados históricamente importantes. San Sancho empieza convirtiendo el Estado en una persona, en el poderoso”. Entiende y tergiversa a la manera pequeñoburguesa alemana el hecho de que la clase dominante erija su dominación común en poder público, en Estado, en el sentido de que “el Estado” se erige en una tercera potencia frente a la clase dominante y absorbe todo poder con respecto a ella. Ahora, va a confirmar su fe a la luz de una serie de ejemplos.

La propiedad, bajo el régimen de la burguesía como en todos los tiempos, se halla vinculada a ciertas condiciones, que son en primer lugar condiciones económicas, dependientes del grado de desarrollo de las fuerzas productivas y del comercio y que cobran necesariamente una expresión jurídica y política; pues bien, San Sancho cree, en su simpleza, que “el Estado vincula la posesión de la propiedad” (car tel est son bon plaisir [ Pues así le place]) “a ciertas condiciones, como lo vincula todo, por ejemplo el matrimonio”, pág. 335.

Porque los burgueses no permiten al Estado inmiscuirse en sus intereses privados y sólo le confieren el poder necesario para su propia seguridad y para la salvaguardia de la competencia; porque, en general, los burgueses sólo actúan colmo ciudadanos del Estado en la medida en que su situación privada se lo ordena así, cree Jacques le bonhomme que “no son nada” ante el Estado. “El Estado sólo tiene interés en enriquecerse él mismo; el que Miguel sea rico y Pedro pobre le tiene sin cuidado... pues ambos son nada ante él”, pág. 334. Es la misma sabiduría que en la pág. 345 extrae de la tolerancia de la competencia dentro del Estado.

Por el hecho de que la dirección de una compañía de ferrocarriles sólo tenga por qué ocuparse de los accionistas en la medida en que hacen efectivas las cantidades suscritas y cobran los dividendos, concluye el maestro de escuela berlinés, en su inocencia, que los accionistas “no son nada ante ella, al igual que ante Dios todos somos pecadores”. De la impotencia del Estado frente a los manejos de los propietarios privados deduce Sancho la impotencia de los propietario; privados con respecto al Estado y su propia impotencia ante ambos.

Además. Porque los burgueses hayan organizado la defensa de su propiedad en el Estado y “Yo” no pueda, por tanto, arrebatar su fábrica a “aquel fabricante”, como no sea ateniéndome a las condiciones de la burguesía, es decir, a la competencia, cree Jacques le bonhomme que “el Estado tiene la fábrica como propietario y el fabricante solamente como feudatario, como patrimonio”, pág. 347. Del mismo modo podríamos decir que el perro que guarda mi casa es “propietario” de ella y que yo soy “feudatario, patrimonio”, con respecto al perro.

Del hecho de que las condiciones materiales encubiertas de la propiedad privada tengan que entrar frecuentemente en contradicción con la ilusión jurídica acerca de la propiedad privada, como se pone de manifiesto, por ejemplo, en el caso de la expropiación, deduce Jacques le bonhomme que “aquí salta claramente a la vista el principio, generalmente encubierto, de que solamente el Estado es el propietario, y el individuo, por el contrario, simple feudatario”, pág. 335. Lo que aquí salta a la vista es que nuestro buen pequeño burgués, bajo el manto de “lo sagrado”, pierde de vista las condiciones profanas de la propiedad y que sigue acudiendo a China para que le preste una “escala al cielo” para “escalar” un “escalone de la cultura” al que en los países civilizados llegan ya basta los maestros de escuela. Al igual que, según veíamos, hacía más arriba con las contradicciones en el seno de la familia burguesa, Sancho convierte aquí las contradicciones que forman parte de la existencia de la propiedad privada en la negación de ésta.

Por el hecho de que los burgueses, y en general todos los miembros de la sociedad burguesa, se vean obligados a constituirse como Nosotros, es decir, como una persona moral, como un Estado, para salvaguardar sus intereses Comunes y a delegar en unos cuantos, aunque sólo sea en razón a la división del trabajo, el poder colectivo que así nace, se imagina Jacques le bonhomme que “cada cual tiene solamente el usufructo de la propiedad mientras lleve en si el Yo del Estado o sea un miembro leal de la sociedad... Quien sea un Yo del Estado, es decir, un buen ciudadano o súbdito, seguirá disfrutando tranquilamente su feudo como tal Yo, no como un Yo propio”, págs. 334, 335. Según esto, cada accionista sólo disfrutará la posesión de una acción ferroviaria mientras “lleve en sí” “el Yo” de la dirección de la compañía de ferrocarriles, lo que quiere decir que sólo en cuanto santo se puede poseer una acción ferroviaria.

Y, después de haberse demostrado así la identidad de la propiedad privada y de la propiedad del Estado, San Sancho puede proseguir: “Decir que el Estado no sustrae arbitrariamente al individuo lo que éste ha recibido del Estado vale tanto como afirmar que el Estado no se roba a sí mismo”, págs. 334, 335. Decir que San Sancho no arrebata arbitrariamente a otro su propiedad equivale a decir que San Sancho no se roba a sí mismo, puesto que “considera” toda propiedad como suya.

No se esperará que entremos a examinar las demás fantasías de San Sancho acerca del Estado y la propiedad, por ejemplo la de que el Estado “domestica” y “recompensa” a los individuos mediante la propiedad; que, maliciosamente, ha inventado las elevadas tasas de impuestos para arruinar a los ciudadanos, caso que éstos no se comporten lealmente, etc., etc., ni, en general, la quimera pequeñoburguesa alemana de la omnipotencia del Estado, quimera con que ya nos encontramos en los viejos juristas alemanes y que ahora se nos expone en frases grandilocuentes.

Por último, Sancho trata de demostrar por medio de la sinonimia etimológica su identidad ya suficientemente probada de la propiedad privada y la propiedad del Estado, a propósito de lo cual vemos, sin embargo, que su erudición se da de azotes en ambas posaderas.[ En español, en el original]

“Mi propiedad privada es solamente aquello que el Estado me confiere de lo suyo, recortando para ello su parte a otros miembros del Estado (privándosela); esa propiedad es propiedad del Estado”, pág. 339.

Pero da la casualidad de que la cosa es exactamente a la inversa. En Roma, a donde únicamente puede referirse ese chiste etimológico, la propiedad privada se hallaba en la más directa oposición a la propiedad del Estado. Es cierto que el Estado concedía a los plebeyos propiedad privada, pero no es cierto, por el contrario, que para ello redujera a “otros” su propiedad privada, sino que privaba a estos plebeyos mismos de su propiedad del Estado (ager publicus [ Terrenos públicos]) y de sus derechos políticos, razón por la cual ellos mismos se llamaban privati, privados, despojados, y no a aquellos fantásticos “otros miembros del Estado” con que sueña San Sancho. Jacques le bonhomme se pone en ridículo en todos los países, en todas las lenguas y en todas las épocas tan pronto comienza a hablar de hechos concretos de los que “lo sagrado” no puede tener ningún conocimiento apriorístico.

La desesperación de ver que el Estado absorbe toda la propiedad le empuja a su más íntima autoconciencia “sublevada”, donde se ve asombrado ante el descubrimiento de que es un literato. Y expresa este asombro en las siguientes notables palabras:

“Por contraposición al Estado, siento cada vez más claramente que resta todavía en Mí un gran poder, el poder sobre Mí mismo”; pensamiento que luego desarrolla del modo siguiente: “Sobre Mis pensamientos soy Yo el verdadero propietario, y puedo comerciar con ellos”, pág. 339. El “andrajoso” Stirner, el “hombre de riqueza puramente ideal'“, llega pues, a la desesperada conclusión de que tiene que comerciar con la leche agria y cuajada de sus pensamientos. ¡Y cuán astutamente procede cuando el Estado declara sus pensamientos por contrabando! Escuchad: “Renuncio a ellos” (en lo que, ciertamente, obra de un modo muy cuerdo) “y los cambio por otros” (es decir, suponiendo que se encuentre con algún comerciante 'que entienda tan mal sus intereses como para aceptar. semejante trato), “que pasan a ser, así, Mi nueva propiedad, propiedad comprada”, pág. 339. El honesto buen burgués no queda tranquilo hasta que se le acredita negro sobre blanco que su propiedad ha sido honradamente adquirida. He ahí el consuelo del buen burgués de Berlín en todas sus tribulaciones políticas y dificultades policíacas: “¡Los pensamientos no pagan aduana!”

La transformación de la propiedad privada en propiedad del Estado se reduce, en fin de cuentas, a la idea de que el burgués sólo es poseedor en cuanto ejemplar de la especie burguesa, que en su conjunto recibe el nombre de Estado y que confiere a sus enfeudados el derecho de propiedad. Volvemos a ver aquí cómo se vuelven las cosas del revés. En la clase burguesa, corro en cualquier otra, no hacen más que desarrollarse las condiciones personales en las condiciones generales y comunes bajo las que poseen y viven los miembros individuales de la clase. Y si semejantes ilusiones filosóficas pudieron tener curso, antes, en Alemania, ahora resultan ya completamente ridículas, a partir del momento en que el comercio mundial se ha encargado de demostrar palmariamente que el lucro burgués es totalmente independiente de la política y que ésta, por el contrario, se halla totalmente subordinada al lucro burgués. Ya en el siglo XVIII se hallaba la política tan completamente supeditada al comercio, que, por ejemplo, cuando el Estado francés quería emitir un empréstito, era necesario que un particular respondiera del Estado ante los holandeses.

La afirmación de que “la carencia de valor de Mí.” o “el pauperismo” es la “valorización” o la “existencia” del “Estado” (pág. 336) constituye una de las mil y una ecuaciones stirnerianas, que aquí mencionaremos simplemente porque ello nos permitirá escuchar, con este motivo, algunas novedades acerca del pauperismo.

“El pauperismo es la carencia del valor de Mí, el hecho de que Yo no puedo valorizarme. Estado y pauperismo son, por tanto, una y la misma cosa... El Estado tiende siempre a sacar provecho de Mí, es decir, a explotarme, a utilizarme, aunque esta utilización consista simplemente en hacerme velar por una prole (proletariado). El Estado pretende que 'Yo sea su criatura”, pág. 336.

Prescindiendo de que aquí se pone de manifiesto cuna poco depende de él. el hacerse valer, aunque pueda imponer siempre y dondequiera su propia individualidad y de que, por oposición a lo que antes se había asegurado, se vuelven. a separar totalmente aquí la esencia y el fenómeno, se pone de nuevo sobre el tapete la anterior concepción pequeñohurguesa de nuestro bonhomme de que “el Estado” trata de explotarle. Lo único que nos interesa es el antiguo origen etimológico romano del proletariado, que aquí se desliza simplistamente de contrabando en el Estado moderno. ¿Es posible que San Sancho ignore realmente que, dondequiera que se ha desarrolladlo el Estado moderno, el “velar por la prole” es, para el Estado, es decir, para los burgueses oficiales, precisamente la actividad más desagradable del proletariado? ¿No habría que recomendarle, en su propio interés, que tradujera al alemán a Malthus y al ministro Duchâtel? San Sancho “sentía” antes “cada vez más claramente”, como pequeño burgués alemán, que, “por oposición al Estado, seguía teniendo todavía un gran poder”, a saber: el de concebir sus propios pensamientos a despecho del Estado. Si fuese un proletario inglés, habría sentido que “seguía teniendo el poder” de engendrar hijos a despecho del Estado.

¡Una nueva jeremiada en contra del Estado! ¡Una nueva teoría del pauperismo! Lo primero que hace, suprimiendo de antemano la división del trabajo, es “crear”, como “Yo”, “harina, lienzo o hierro y carbón”. Luego, comienza a “lamentarse ” “largamente” de que su trabajo no se le retribuye con arreglo a su valor y entra, primeramente, en conflicto con los que pagan. El Estado se interpone como “apaciguador”. “Si no Me avengo al precio que él” (es decir, el Estado) “fija para Mi mercancía y Mi trabajo; si, por el contrario, intento establecer Yo mismo el precio de Mi mercancía, es decir, hacerme pagar, entro en conflicto ante todo” (grandioso “ante todo”, que quiere decir, no con el Estado, sino) “con los compradores de la mercancía”, pág. 337. Y si pretende entrar en “relación directa” con estos compradores, es decir, “agarrarlos por los pelos”, entonces, “interviene” el Estado, “impide que el hombre llegue a las manos con el hombre” (a pesar de que aquí no se trata precisamente “del hombre”, sino del obrero y el patrono o, aunque él lo embrolla todo, del vendedor y el comprador de la mercancía) ; bien entendido que el Estado obra así con la maligna intención de “colocarse en el medio” “como espíritu” (desde luego, como el Espíritu Santo). “Los obreros que reclaman salarios más altos son tratados como criminales, tan pronto como tratan de arrancarlos a la fuerza”, pág. 337.

Estamos ante un nuevo florilegio de sandeces. El señor Senior podría haberse ahorrado el trabajo de escribir sus cartas sobre el salario de haberse puesto antes en “relación directa” con Stirner; sobre todo porque, en este caso, probablemente el Estado no habría tratado de impedir que “el hombre llegara a las manos con el hombre”. Sancho hace aparecer aquí por tres veces al Estado. Primero, como “apaciguador”, luego como dictador de precios, y por último como “espíritu”, como lo sagrado. El hecho de que San Sancho, después de identificar gloriosamente la propiedad privada con la propiedad del Estado, haga que el Estado determine también los salarios revela la misma gran consecuencia e ignorancia de las cosas de este mundo. Asimismo es un hecho desconocido para nuestro santo el de que “los obreros que tratan de arrancar a la fuerza salarios más altos” no son, ni mucho menos, tratados en seguida “como criminales” en Inglaterra, Norteamérica y Bélgica, sino que, por el contrario, consiguen, no pocas veces, imponer a la fuerza estos salarios, hecho que viene a echar por tierra su leyenda acerca del salario. El que los obreros, aunque el Estado no “se colocara en el medio”, cuando “agarran de los pelos” a sus patronos nada consiguen con ello, y menos aun por medio de la asociación y la huelga -precisamente mientras ellos sigan siendo obreros y sus adversarios capitalistas- es también un hecho que sería difícil demostrar, incluso en Berlín. Y no hace falta tampoco pararse a analizar que la sociedad burguesa, basada en la competencia, y su Estado burgués, con arreglo a todo el fundamento material sobre que descansa, no pueden permitir entre los ciudadanos más lucha que la de la competencia, y que, para ello, no se interpone precisamente como “espíritu”, sino echando mano de las bayonetas, cuando la gente “se agarra de los pelos”.

Por lo demás, la ocurrencia de Stirner de que sólo el Estado se enriquece cuando los individuos se hacen más ricos a base de la propiedad burguesa o de que, hasta ahora, toda la propiedad privada ha sido propiedad del Estado, vuelve a invertir la verdadera realidad histórica. Con el desarrollo y la acumulación de la propiedad burguesa, es decir, con el desarrollo del comercio y de la industria, se enriquecieron cada vez más los individuos, a la par que el Estado se cargaba más y más de deudas. Este hecho se puso ya de manifiesto en las primeras repúblicas comerciales italianas y llegó más tarde a su culminación desde el siglo pasado, en Holanda, donde ya en 1750 Pinto, el especulador en títulos del Estado, llamó la atención acerca de este hecho, como vuelve a manifestarse actualmente en Inglaterra. Y se pone también de manifiesto, por la misma razón, que, tan pronto como la burguesía acumula dinero, el Estado tiene que mendigarlo de ella, hasta llegar, por último, a venderse a la burguesía. Y esto ocurre en un período en que la burguesía tiene todavía frente a sí a otra clase y en que, por tanto, el Estado puede guardar las apariencias de una cierta independencia frente a ambas. Incluso después de venderse, el Estado sigue hallándose necesitado de dinero y supeditado, por ello, a la burguesía, aunque puede, si así lo exige el interés de los burgueses, disponer de medios más abundantes que otros estados menos desarrollados y, por tanto, menos cargados de deudas. Pero, incluso los estados menos desarrollados de Europa, los de la Santa Alianza), marchan irremisiblemente hacia ese destino y son subastados por los burgueses; claro está que pueden consolarse de esa triste suerte con la identidad de la propiedad privada y de la propiedad del Estado que preconiza Stirner, sobre todo su propio soberano, quien en vano trata de alargar la hora de la venta del poder del Estado a los “malvados” “burgueses”.

Y llegamos así a las relaciones entre la propiedad privada y el derecho, donde nos encontramos exactamente con las mismas cosas, expuestas bajo una forma distinta. La identidad entre la propiedad del Estado y la propiedad privarla cobra ahora, aparentemente, un nuevo giro. El reconocimiento político de la propiedad privada por el derecho se enuncia ahora como la base de la propiedad privada.

“La propiedad privada vive de la gracia del derecho. Solamente en el derecho tiene su garantía. La posesión no es todavía propiedad y sólo se convierte en lo Mío mediante la sanción del derecho; no es un hecho, sino una ficción, un pensamiento. Tal es la propiedad de derecho, la propiedad jurídica, la propiedad garantizada; no es lo Mío por Mí, sino a través del derecho”, pág. 332.

La frase anterior lleva hasta una altura todavía más cómica la ya conocida necedad de la propiedad del Estado. Pasemos, pues, inmediatamente a ver cómo Sancho explota el ficticio jus utendi et abutendi.

Por la pág. 332 nos enteramos -aparte de la bella sentencia que acabamos de copiar- de que la propiedad “es el poder ilimitado sobre algo de lo que Yo puedo usar y disponer como mejor Me parezca”. Pero “el poder” “no es algo que exista de por sí, sino que existe solamente en el poderoso Yo, en Mí, en el poderoso”„ pág. 336. La propiedad no es, por tanto, una “cosa”, “no es este árbol, sino que es Mi poder, la disposición sobre él es lo Mío”, pág. 366. Sancho sólo conoce “cosas” o “Yos”. El “poder” “desglosado del Yo, sustantivado frente a él, convertido en un “espectro”, es “el derecho”. “Este poder perpetuado” (véase el capítulo solare el derecho hereditario) “no se extingue ni siguiera cola Mi muerte, sino que se transfiere a otro o se transmite por herencia. Y es que las cosas no me pertenecen realmente a Mí, sino que pertenecen al derecho. Por otra piarte, éste no es, a su vez, más que una ofuscación, pues el poder del individuo no se convierte en un poder permanente y en un derecho más que cuando otros asocian su poder al suyo propio. La quimera consiste en que creen que ya no pueden retirar sal propio poder”, págs. 366, 367. “Un perro ve el hueso en poder de otro y sólo se retira cuando se siente demasiado débil. Pero el hombre respeta el derecho del otro a sus huesos... Y, cuando así ocurre, se dice siempre que esto es «humano», cuando se ve en todo algo espiritual, como el derecho, es decir, cuando se convierte todo en un fantasma y se comporta ante esto como si fuera un fantasma... Humano es no considerar al individuo romo lo individuad, sino como lo general” págs. 368, 369.

Todo el daño nace, una vez más, de la creencia de los individuos. en el concepto del derecho, que deben quitarse de la cabeza. San Sancho sólo conoce “cosas” y “Yos”, y de todo lo que no entra bajo ninguna de estas dos rúbricas, de todas las relaciones, sólo conoce los conceptos abstractos, que, por esta razón, se convierten para él también en “fantasmas”. “Por otra parte”, entrevé a veces, ciertamente, que todo esto “no es más que ofuscación” y que “el poder- del individuo„ depende en mucho de que otros vinculen su propio poder con el suyo. Pero, en fin de cuentas, todo se reduce a “la quimera” de que los individuos “no creen poder volver a retirar su poder”. El ferrocarril aro pertenece ya, ahora, “realmente” a los accionistas sino a los estatutos, Sancho pone en seguida el palmario ejemplo del derecho hereditario. No explica este derecho por la necesidad de la acumulación y de la familia existente antes del derecho, sino por la ficción jurídica de la prolongación del poder más allá de la muerte. Esta ficción jurídica es abandonada cada vez más por todas las legislaciones, a medida que la sociedad feudal se va convirtiendo en la sociedad burguesa. (Consúltese, por ejemplo, el Código Napoléon). No hace falta entrar a explicar aquí que la patria potestad absoluta y el mayorazgo, tanto el mayorazgo natural dado en feudo cono el posterior, responden a condiciones materiales muy determinadas. Lo mismo ocurre entre los pueblos antiguos en la época de la desintegración de la comunidad, sustituida por la vida privada. (La mejor prueba de ello la tenemos en la historia del derecho hereditario romano). Sancho no pudo elegir más desdichado ejemplo que este del derecho de herencia, que es el que más claramente demuestra la supeditación del derecho a las condiciones de la producción. Compárense, por ejemplo, el derecho hereditario romano y el germánico. Claro está que ningún perro ha hecho aún de un hueso fósforo, harina de huesos o cal, del mismo modo que todavía “no se ha metido en la cabeza” algo acerca de su “derecho” sobre los huesos; y a San Sancho, por su parte, no “se le ha metido tampoco en la cabeza” el pararse a pensar si el derecho que los hombres reivindican sobre los huesos, y los perros no, no dependerá del modo como los hombres tratan productivamente estos huesos, a diferencia de los perros. Tenemos aquí ante nosotros, en un ejemplo, toda la manera de la crítica sanchesca y su inconmovible fe en las ilusiones en curso. Las relaciones de producción de los individuos que hasta ahora han venido dominando no tienen más remedio que manifestarse también en el plano do las relaciones políticas y jurídicas (véase más arriba). Y, dentro del régimen de la división del trabajo, estas relaciones cobran necesariamente existencia sustantiva frente a los individuos. Todas las relaciones se pueden expresar en el lenguaje de los conceptos. Y el que estos conceptos y generalidades se hagan valer como potencias misteriosas es una consecuencia necesaria de la sustantivación de las relaciones reales y efectivas, de las que son expresión. Además de esta vigencia en la conciencia usual, dichas generalidades adquieren aun otra vigencia y desarrollo especiales por obra de los políticos y los juristas, a quienes la división del trabajo encomienda la misión de practicar el culto a estos conceptos, viendo en ellos, y no en las condiciones de la producción, el verdadero fundamento de todas las relaciones reales de la propiedad. San Sancho adopta esta ilusión a la buena de Dios y consigue, con ello, erigir la propiedad jurídica en base de la propiedad privada y el concepto del derecho en base de la propiedad jurídica, lo que le permite limitar toda su crítica a la declaración de que el concepto del derecho es mi concepto, un fantasma. Con lo cual San Sancho se da por satisfecho. Para su tranquilidad, podemos decirle que el procedimiento de los perros, cuando se encuentran un hueso, aparece reconocido como derecho por todos los códigos primitivos: vim vi repellere licet [ Es lícito repeler la fuerza por la fuerza], dicen las Pandectas;(9) idque jus natura comparatur [ Y este derecho ha sido establecido por la naturaleza], entendiendo por ello jus quod natura omnia animalia -hombres y perros- docuit [ El derecho que la naturaleza ha enseñado a todos los animales], y que, más tarde, la repulsión organizada de la violencia por la violencia se convierte “precisamente” en el derecho.

Ya puesto en marcha, San Sancho documenta su erudición en materia de historia del derecho disputando sus “huesos” a Proudhon. Proudhon, dice, “trata de hacernos creer, embrollando las cosas, que la sociedad es la poseedora originaria y la propietaria única del derecho imprescriptible, que los llamados propietarios son ladrones contra ella y que cuando la sociedad arrebata sus propiedades a quienes en algún momento las detentaron no les roba nada, sino que hace, sencillamente, valer su derecho imprescriptible. Hasta ese extremo se llega con la quimera de la sociedad concebida como una persona moral”, págs. 330, 331. En contra de esto, Stirner trata de hacernos creer, embrollando las cosas”, en las págs. 340, 367 y 420 y en otros lugares, que nosotros, los desposeídos, hemos regalado a los propietarios sus propiedades por ignorancia, cobardía, bondad, etc., y nos invita a recobrar lo que es nuestro. Entre uno y otro “embrollo” hay la diferencia de que Proudhon se apoya en un hecho histórico, mientras que San Sancho se “ha metido en la cabeza” algo, para dar a la cosa “un nuevo giro”. En efecto, las modernas investigaciones de historia del derecho han puesto de manifiesto que, tanto en Roma como en los pueblos germánicos, celtas y eslavos, el desarrollo de la propiedad tuvo como punto de partida la propiedad comunal o de la tribu y que la verdadera propiedad privada nació en todas partes por vía de usurpación, cosa que San Sancho no podía, naturalmente, desentrañar de su profunda concepción de que el concepto del derecho es un concepto. Proudhon tenía toda la razón al hacer valer este hecho histórico en contra de los juristas dogmáticos, y a combatirlo, además, partiendo de sus propias premisas. “Hasta ese extremo se llega con la quimera” del concepto del derecho como un concepto. A Proudhon sólo se le podría atacar, a la vista de su tesis, tal como se establece más arriba, si, frente a la propiedad privada surgida de aquella originaria propiedad común, defendiera la forma anterior y más tosca de propiedad. Sancho resume stt crítica de Proudhon en la siguiente orgullosa pregunta: “¿Por qué, pobre despojado, invocar de un modo tan sentimental, la misericordia de otros?”, pág. 420. El sentimentalismo, que por lo demás para nada aparece en Proudhon, sólo es lícito con respecto a Maritornes. Sancho se imagina realmente ser “todo un hombre” frente a un creyente en los fantasmas como Proudhon. Considera como muy revolucionario su ampuloso estilo de púlpito, del que se habría avergonzado un Federico Guillermo IV. ¡Tu fe te ha salvado!”

En la pág. 340 se nos dice lo siguiente: “Todos los intentos de promulgar leyes racionales acerca de la propiedad nacen del seno del amor y se pierden en el desolado mar de las reglamentaciones”. Con lo que cuadra muy bien la siguiente frase aventurera: “Hasta ahora, el intercambio se basaba en el amor, en los recíprocos miramientos, en los actos de los unos a favor de los otros”, pág. 385. San Sancho se asombra aquí a sí mismo con una pasmosa paradoja sobre el derecho y el intercambio. Pero si recordamos que por “el amor” entiende el amor hacia “el hombre” en general, algo que es en y para sí, algo general, la actitud ante un individuo o una cosa como un ente, ante lo sagrado, esta brillante apariencia se derrumba. Las frases oraculares transcritas se reducen, así, a las viejas trivialidades que nos aburren a lo largo de todo el “Libro” de que dos cosas acerca de las que Sancho no sabe nada, el derecho antiguo y el intercambio antiguo, son “lo sagrado” v de que hasta ahora sólo “los conceptos han dominado el mundo”. La actitud ante lo sagrado, comúnmente llamada “respeto”, puede titularse también, en ocasiones, con el nombre de “amor”. (Véase “Lógica”).

Solamente un ejemplo de cómo San Sancho convierte la legislación en una relación de amor y el comercio en un comercio amoroso. “En una ley de registro para Irlanda, propuso el gobierno que se dejase votar como electores a quienes pagasen un impuesto de beneficencia de cinco libras esterlinas. Por tanto, quien da limosnas obtiene los derechos políticos o es nombrado, por otra parte, caballero de la Orden) del Cisne”, pág. 344. En primer lugar, hay que advertir que esta “ley de registro” de la que se dice que confiere “derechos políticos”, era una ley municipal o corporativo o, para hacernos entender de Sancho, una “ordenanza urbana”, que no se proponía, en modo alguno, conceder tales “derechos políticos”, sino simplemente derechos municipales, derechos para elegir a los funcionarios locales. En segundo lugar. Sancho, que aquí traduce a MacCulloch, debiera saber qué significa to be asessed to the poor-rates at five pounds. No significa precisamente “pagar un impuesto de beneficencia de cinco libras esterlinas”, sino estar inscrito en el registro del impuesto de beneficencia como inquilino de una casa de cinco libras esterlinas de alquiler. El bonhomme berlinés ignora que en Inglaterra e Irlanda el impuesto de beneficencia tiene carácter local y varía en cada ciudad y con cada año, razón por la cual sería sencillamente imposible condicionar cualquier derecho a una determinada tasa fiscal de este impuesto. Finalmente, Sancho cree que el impuesto inglés e irlandés de beneficencia es una “limosna”, cuando en realidad es un medio para reunir los recursos pecuniarios destinados a una guerra de ataque abierto y directo de la burguesía dominante contra el proletariado. Lo obtenido por este medio se destina a cubrir los gastos de las casas correccionales, que son, como es sabido, un medio maltusiano de intimidación contra el pauperismo. Véase cómo Sancho “nace del seno del amor y se pierde en el desolado mar de las reglamentaciones”.

Dicho sea de pasada, la filosofía alemana, por arrancar solamente de la conciencia, tiene necesariamente que acabalen la filosofía moral, donde los diferentes héroes disputan entonces en torno a la moral verdadera. Feuerbach ama al hombre por el hombre mismo, San Bruno lo ama porque lo “merece” (Wig., pág. 137), y San Sancho ama a “todos” porque se le antoja, con la conciencia del egoísmo (“el Libro”, pág. 387). Ya hemos visto más arriba, en el primer estudio, cómo los pequeños propietarios de la tierra se han eliminado respetuosamente de la gran propiedad territorial. Este eliminarse de la propiedad ajena por respeto se presenta, en términos generales, como el carácter de la propiedad burguesa. Partiendo de este carácter, se las arregla Stirner para explicarse por qué “dentro de la burguesía, a pesar de su designio de que todos sean propietarios, la mayoría de la gente no tiene apenas zurda”, pág. 348. Esto “se debe a que los más se alegran de ser poseedores, aunque sólo sea de unos cuantos harapos”, pág. 349. El que “los más” sólo posean “unos cuantos harapos” lo explica Szeliga, del modo más natural del mundo, por la alegría que los harapos les producen.

Pág. 343: “¿Sería Yo simplemente poseedor? No, hasta aquí sólo se era poseedor, asegurado en la posesión de una parcela, por el hecho de dejar que también otros poseyeran una; pero, ahora, Me pertenece todo a Mí. Yo soy propietario de todo aquello que necesito y de que puedo apoderarme”. Al igual que, hace poco, nos presentaba a los pequeños propietarios de la tierra eliminándose respetuosamente de la gran propiedad territorial y que ahora nos presenta a los pequeños propietarios excluyéndose los unos a los otros, podría seguir dando más y más detalles, hacer pie la propiedad comercial fuese eliminada por la propiedad del suelo, la propiedad fabril por la estrictamente comercial, etc., y todo por el camino del respeto, poniendo así en pie una economía totalmente nueva, sobre la base de lo sagrado. Con lo cual le bastará con quitarse de la cabeza el respeto para suprimir de un plumazo la división del trabajo y la estructuración de la propiedad, resultado de ella. Un botón de muestra de esta nueva economía nos lo ofrece Sancho en la pág. 128 del Libro”, donde lo vemos comprando las agujas, no al shopkeeper [ Tendero], sino al respeto, y no al shopkeeper mediante el dinero, sino a la aguja mediante el respeto. Por lo demás, la dogmática autoeliminación de cada cual por la propiedad ajena, a la que Sancho declara la guerra, es una ilusión puramente jurídica. Bajo el modo actual de producción y de intercambio, todo el mundo se mofa de ella y trata precisamente de excluir a los demás de su propiedad momentánea. Y a lo que en realidad queda reducida la “propiedad de todo”, de que habla Sancho, se desprende de la misma adición complementaria: “de todo aquello que necesito y de que puedo apoderarme”. El mismo se encarga de explicarlo más de cerca en la pág. 353: “Si digo que el mundo Me pertenece, esto no es más que vacua palabrería, la que sólo cobra .sentido en la medida en que Yo no respeto ninguna propiedad ajena”. Es decir, en la medida en que sea su propiedad el no respeto a la propiedad ajena.

Lo que molesta a Sancho en su querida propiedad privada es cabalmente la exclusividad, sin la que no tendría sentido alguno, el hecho de .que, aparte de ella, existan además otros propietarios privados. La propiedad privada ajena es, en efecto, sagrada. Ya veremos cómo, en su “Asociación” pone remedio a este mal. Veremos, en efecto, que su propiedad egoísta, la propiedad en sentido extraordinario, no es otra cosa que la propiedad ordinaria o burguesa, esclarecida por su santificadora fantasía.

Terminemos con el proverbio salomónico: “Si los hombres llegan a perder el respeto a la propiedad, cada cual será propietario... y entonces [las asociaciones se encargarán también en este asunto de multiplicar los medios del individuo y de salvaguardar su impugnada propiedad”, pág. 342

[ Aquí faltan en el manuscrito 4 págs.]

[Estudio 3: sobre la competencia en sentido ordinario y extraordinario]. El autor de estas líneas se dirigió una buena mañana, vestido con arreglo a la ocasión, a visitar al señor ministro Eichhorn: “En vista de que los negocios del fabricante no marchan” (hay que advertir que el señor ministro de Hacienda no le concedió ni locales ni dinero para montar una fábrica propia y que el señor ministro de Justicia no le autorizó tampoco para arrebatar la fábrica a su propietario; v. más arriba, sobre la propiedad burguesa), “quiero hacerle la competencia a este profesor en derecho; el tal es un necio, y Yo, que sé cien veces más que él, le quitaré todo su auditorio”. - ¿Acaso has seguido los cursos y obtenido el título, mi buen amigo?” - “No, pero ¿qué importancia tiene eso? Sé sobradamente todo lo que hay que saber sobre la materia”. “Lo siento mucho, pero en estos asuntos no rige la libre competencia. Nada tengo que decir contra tu persona, pero te falta la cosa, el título de doctor. Y Yo, que soy el Estado, exijo ese título”. - “He ahí, pues, libre competencia”, suspira el autor de las presentes líneas, “el Estado. Mi dueño y señor, es el que Me autoriza a competir”. Después de lo cual, se vuelve, abatido, a su morarla, pág. 347.

En un país desarrollado, no se le habría ocurrido pensar que se hallaba obligado a pedir al Estado autorización para competir con un profesor en derecho. Pero, si se dirige al Estado en calidad de patrono y le pide una retribución, es decir, un salario, es decir, si se coloca él mismo en el plano de la competencia, no hay, evidentemente, razones para suponer, después de todos sus estudios acerca de la propiedad privada y los privati, de la propiedad comunal, del proletariado, de las lettres patentes ,(10) del Estado y el status, etc., que “tenga suerte en su demanda”. A lo sumo y teniendo en cuenta los méritos anteriormente acreditados por él, el Estado lo empleará como sacristán (custos) “de lo sagrado” en algún señorío de la Pomerania Ulterior.)

Para mayor regocijo, podemos “intercalar” aquí, “episódicamente” el gran descubrimiento de Sancho de que entre los “pobres” y los “ricos” no existe “más diferencia” “que la que media entre los dotados de medios y los privados de ellos”, pág. 354.

Lancémonos de nuevo, ahora, al “desolado mar” de las “determinaciones” stirnerianas acerca de la competencia: “La competencia lleva menos” (¡oh, “menos”!) “aparejada la intención de hacer las cosas lo mejor posible que las otras la de hacerlas lo más beneficiosas, lo más rentables que sea posible. Por eso se estudia para llegar a ocupar un puesto (para ganarse la vida), se aprende a doblar el espinazo, a decir cosas agradables, se aprende la rutina y el conocimiento de los negocios, se trabaja por pura apariencia. Aparentando tratar de hacer las cosas bien, sólo se aspira en realidad a obtener buenos negocios y a ganar dinero. No le gustaría a uno, en verdad, ser censor, pero se busca el ascenso..., se teme a verse postergado y tal vez incluso destituido”, págs. 354, 355.

Nuestro bonhomme haría bien en abrir un manual de economía, en el que incluso los teóricos afirman que, en la competencia, se trata de “hacer las cosas bien”, “lo mejor posible”, v no de “hacerlas lo más rentables que sea posible”. Por lo demás, en cualquiera de esos libros se encontrará con dile, dentro de la propiedad privada, la competencia desarrollada, como por ejemplo en Inglaterra, “hace las cosas”, ciertamente, “lo mejor posible”. El pequeño fraude comercial e industrial sólo reina bajo las condiciones mezquinas de la competencia, entre los chinos, los alemanes y los judíos, y en general entre los buhoneros y los pequeños tenderos. Pero, nuestro santo no se molesta ni siquiera en mencionar el comercio de buhoneros; él sólo conoce la competencia entre los supernumerarios y los pasantes de bufete, revelándose aquí como un perfecto funcionario subalterno de la monarquía prusiana. Lo mismo habría podido citar como ejemplo de competencia los codazos de los cortesanos de todos los tiempos por disputarse el favor de su príncipe, pero esto quedaba muy lejos de su horizonte visual de pequeño burgués.

Después de estas formidables aventuras con los supernumerarios, los pagadores de salarios y orden forma parte de la esencia del Estado, la subordinación se funda también en su naturaleza” (¡agradable modulación entre “esencia” y “naturaleza”, las “cabras” que Sancho ha observado en su vuelo!), “vemos que los postergados” “se hallan desmedidamente agiotizados y expoliados por los subordinados” (debiera decir lo contrario: por los superiores) “o privilegiados”, pág. 357.

“Suponiendo que... vemos que”. Debiera decir: “suponiendo que, suponemos que...” Suponiendo que en el Estado existan “superiores” y “subordinados”, “suponemos” asimismo que los primeros son “privilegiados” con respecto a los segundos. Sin embargo, la belleza estilística de la frase y el repentino reconocimiento de la “esencia” y la “naturaleza” de una cosa los cargamos en cuenta del miedo y el desconcierto, que tiembla bamboleándose en lo alto de Clavileño, y a los cohetes encendidos debajo de sus narices. Nosotros mismos no nos asombramos de que San Sancho no se explique los efectos de la competencia por la competencia misma, sino por la burocracia y haga, una vez más, que el Estado determine el salario.

No se para a pensar que las oscilaciones constantes de los salarios se dan de bofetones con toda su hermosa teoría; si conociera un poco más de cerca las condiciones industriales, sin duda conocería ejemplos de casos en que un fabricante, según las leyes

generales de la competencia, se ve “agiotizado” y “expoliado” por sus

obreros, si estas expresiones jurídicas y morales no perdieran toda su razón

de ser dentro del régimen de la competencia.

De qué modo tan simple y pequeñoburgués se reflejan en el cráneo único de Sancho las relaciones que abarcan el mundo y hasta qué punto se siente, como maestro de escuela, obligado a abstraer de todas ellas lecciones morales y a refutarlas con postulados de carácter moral, lo comprueba una vez más la figura tan enana a que se reduce, según él, la competencia. No tenemos más remedio que reproducir in extenso este precioso pasaje, “para que no pierda nada”.

“Para volver una vez más sobre la competencia, ésta debe su existencia precisamente al hecho de que no todos se ocupen de sus cosas y de que no se entiendan entre sí. Todos los vecinos de una ciudad necesitan, por ejemplo, pan, razón por la cual podrían fácilmente ponerse de acuerdo y abrir una panadería pública. Pero, en vez de hacerlo así, confían a los panaderos competidores el suministro del pan necesario para el consumo. Y lo mismo pasa con la carne, cuyo suministro corre a cargo de los carniceros, del vino, suministrado por los vinateros, etc.... Si. Yo no Me ocupo de Mis cosas, tengo que conformarme con lo que los otros tengan a bien concederme. Tener pan es cosa Mía, Mi deseo y Mi afán, y, sin embargo, lo confiamos a los panaderos, esperando obtener, a lo sumo, gracias a sus disputas, a su rivalidad, a su emulación, en lana palabra, a su competencia, una ventaja, con la que no se podía contar en los tiempos de los gremios, que poseían total y exclusivamente en propiedad el derecho al negocio de la panadería”, pág. 365.

Es característico de nuestro pequeño burgués el hecho de que recomienda aquí a sus cofilisteos una institución como esta de las panaderías públicas, que existió en muchas partes en la época de los gremios y que fue suplantada por el modo de producción., más barato, de la competencia, la cual, al acabar con la estrechez local, tenía necesariamente que imponerse. Ni siquiera ha aprendido de la competencia que la “necesidad” de pan, por ejemplo, es distinta cada día, que no depende en modo alguno de él el que el pan de mañana sea “su cosa” o que sus necesidades sean consideradas por los otros como una cosa propia, ni tampoco el que, dentro de la competencia, el precio del pan se determina por el costo de la producción, y no por los deseos de los panaderos. Sancho ignora todas las condiciones creadas por la competencia, la abolición de las trabas locales, la apertura de vías de comunicación, el desarrollo de la división del trabajo, el mercado mundial, el proletariado, la maquinaria, etc., y se limita a echar una melancólica mirada retrospectiva a los filisteos medievales. Lo único que sabe de la competencia es que trae consigo “disputas, rivalidad y emulación”, pero no se preocupa ni en lo mínimo de su relación, en otros aspectos, con la división del trabajo, con el juego de la oferta y la demanda, etc.” Que los burgueses, cuando su interés se lo aconseja (y acerca de ello su juicio es, por supuesto, bastante más fundado que el de Sancho), llegan a “entenderse” siempre entre sí, en la medida en que lo consienten la competencia y la propiedad privada, lo demuestran las sociedades por acciones, que surgen al aparecer el comercio marítimo y la manufactura, conquistando todVossische

Zeitung.)

Por lo que se refiere a los proletarios, hay que decir que éstos, por lo menos bajo su forma moderna, han surgido de la competencia y han creado ya, muchas veces, establecimientos comunes, llamados sin embargo a desaparecer, por no poder competir con los panaderos, carniceros privados, etc., que se “disputaban” entre sí, y porque entre los proletarios, en virtud de la oposición que la división del trabajo suscita

con frecuencia entre sus intereses, no cabe más “entendimiento” que un entendimiento político dirigido contra el actual estado de cosas. Allí donde el desarrollo de la competencia permite a los proletarios “entenderse”, se “entienden” acerca de cosas muy distintas de las panaderías públicas.” La falta de “entendimiento” que Sancho echa de ver aquí entre los individuos competidores corresponde y contradice plenamente a sus ulteriores desarrollos sobre la competencia, de los que disfrutamos en Wigand, pág. 173. “Se implantó la competencia porque se veía en ella la salvación para todos, la gente se puso de acuerdo acerca de ella, se la puso en práctica de sur modo común..., se convino en ella, sobre poco rusas o menos, a la manera como los cazadores, en una montería..., pueden encontrar beneficioso para sus fines dispersarse en el monte y cazar «cada uno por su parte»... Claro está que, ahora, se pone de manifiesto que no todo el mundo sale beneficiado con la competencia”. “Se pone ale manifiesto” que Sancho sabe de caza tanto como de la competencia, es decir, nada. No habla de una batida ni de un acoso, sino de la caza en el sentido extraordinario de la palabra. Sólo le resta escribir, ateniéndose a los principios establecidos más arriba, una nueva historia de la industria y del comercio y crear una “asociación” para la caza en este sentido extraordinario de la palabra.

Y en los mismos términos tranquilos, apacibles y propios de un periódico de aldea nos habla de la relación catre la competencia y las relaciones morales.

“Tenemos derecho a arrebatarle al hombre lo que el hombre en cuanto tal” (!) “no puede defender, en lo tocante a los bienes materiales: tal es el sentido cae la competencia, de la libertad industrial. Y asimismo nos pertenecen a nosotros aquellos bienes espirituales que él no sea capaz de defender. Son intangibles, en cambio, los bienes consagrados. ¿Consagrados y garantizados, por quién?... Por el hombre o por cal concepto, por el concepto de la cosa”. Y cita como ejemplos de estos bienes consagrados “la vida”, la “libertad personal”, la “religión”, el “honor”, el “`sentimiento del decoro y del pudor”, etc., pág. 325.

En los países desarrollados, Stirner “tiene derecho” a arrebatar todos estos “bienes consagrados”, claro está .que no “al hombre en cuanto tal”, pero sí al hombre real, naturalmente por la vía y dentro de las condiciones de la competencia. La gran conmoción de la sociedad por obra de la competencia, que ha venido a reducir las relaciones de los burgueses entre sí y las de los burgueses con los proletarios a simples relaciones pecuniarias y a convertir en artículos comerciales todos los “bienes consagrados” citados más arriba y a destruir, entre los proletarios, todas las relaciones naturales y tradicionales, por e j., las relaciones familiares y políticas, con toda su supraestructura ideológica; esta formidable revolución, no partió, ciertamente, de Alemania; Alemania desempeñó en ella un papel puramente pasivo, dejó que le arrebataran sus bienes consagrados, sin obtener siquiera, por ellos, el precio corriente a que se cotizaban. Por eso nuestro pequeño burgués alemán sólo conoce las hipócritas declaraciones de los burgueses acerca de los límites morales de la competencia de los burgueses, que pisotean diariamente los “bienes consagrados” de los proletarios, su “honor”, su “sentimiento del pudor”, su “libertad personal” y los privan, incluso, de la enseñanza de la religión. Estos presuntos “limites morales” son para ellos el verdadero “sentido” de la competencia, y la realidad de ésta existe solamente para su sentido,

Sancho resume los resultados de sus investigaciones sobre la competencia en la siguiente frase: ¿Acaso es libre la competencia que el Estado, el dominador según el principio burgués, comprime dentro de mil límites?”, pág. 347. De nuevo se expresa aquí, con la obligada “sublevación”, el “principio burgués” de Sancho, que consiste en hacer “del Estado”, en todas partes, el “dominador” y en considerar los límites de la competencia que brotan de las condiciones de producción y de intercambio como límites en que “el Estado” “comprime” la competencia.

San Sancho ha tenido noticia “recientemente”, “desde Francia” (cfr. Wigand, pág. 190), de toda suerte de novedades, entre otras de la objetivación de las personas en la competencia y de la diferencia existente entre la competencia y la emulación. Pero, el “pobre berlinés” ha “echado a perder estas cosas tan hermosas, por necedad” (Wig., ibídem, donde habla en él su conciencia intranquila). “Así, dice, por ej.”, en la pág. 346 “del Libro”: “¿Es la libre competencia realmente libre? Más aun, ¿es realmente una competencia, concretamente entre personas, por lo que quiere hacerse pasar, fundando sus derechos en este título?” La dama competencia quiere hacerse pasar por algo, porque funda sus derechos sobre este título (o, mejor dicho, lo fundan algunos juristas, políticos y soñadores pequeños burgueses, los últimos componentes de su séquito). Con esta alegoría comienza Sancho a aderezar para el meridiano de Berlín las “cosas tan hermosas” procedentes “de Francia”. Pasamos por alto la absurda idea, ya descartada más arriba, de que “el Estado nada tiene que objetar contra Mi persona” y me permite, así, tomar parte en la competencia, pero sin entregarme “la cosa” (pág. 347), y pasamos inmediatamente a su demostración de que la competencia no es una competencia entre personas.

“¿Pero, compiten realmente las personas? ¡No, una vez más, solamente las cosas! En primer lugar, el dinero, etc.; en la emulación, siempre quedará el uno detrás del otro. Sin embargo, es distinto el que los medios que faltan puedan adquirirse gracias a la fuerza personal o simplemente por el favor, como un regalo, y concretamente porque, por ejemplo, el más pobre entregue al más rico su riqueza, es decir, tenga que regalársela”, pág. 348.

“Le regalamos” ('s fig., pág. 190) esta teoría del regalo. Le recomendamos que abra cualquier manual jurídico para informarse, en el capítulo sobre “el contrato”, de si un “regalo” que uno “tenga que” hacer es tal “regalo”. En este caso, Stirner nos “regala” nuestra crítica de su libro, porque nos “la entrega”, es decir, “tiene que regalarla”.

Para Sancho no existe el hecho de que de dos competidores cuyas “cosas” son iguales el uno arruina al otro. Y tampoco existe para él el hecho de que los obreros compiten entre sí, a pesar de que no poseen “cosas” (en el sentido stirneriano). Al suprimir la competencia de los obreros entre sí, da satisfacción a uno de los más piadosos deseos de nuestros “verdaderos socialistas”, por lo que éstos no dejarán de tributarle su más cálida gratitud. “Sólo compiten las cosas”, no “las personas”. Sólo luchan las armas, no los soldados que las empuñan y han aprendido a manejarlas. Éstos sólo existen para que los maten. Así se refleja la lucha de la competencia en las cabezas de los maestros de escuela pequeñoburgueses, quienes, frente a los modernos barones de la bolsa y cottonlords [ Reyes del algodón], se consuelan con la conciencia de que sólo les falta “la cosa” para hacer valer en contra de ellos su “fuerza personal”. Y esta visión tan limitada resulta todavía más cómica cuando se entra a examinar un poco más de cerca las “cosas” en vez de limitarse a lo más general y lo más popular, por ejemplo “al dinero” (que no es, sin embargo, tan popular como parece). Entre estas “cosas” figura, por ejemplo, el que el competidor viva en un país y en una ciudad donde goce de las mismas ventajas que los competidores con que se encuentra y que han llegado antes que él; el que la relación entre la ciudad y el campo haya alcanzado ya una fase avanzada de desarrollo; el que la competencia se efectúe en una situación geográfica, geológica e hidrográfica favorable; el que el competidor fabrique como sedero de Lyon o como algodonero de Manchester o efectúe sus negocios, en una época anterior, como armador en Holanda; el que la división del trabajo haya alcanzado ya un alto grado de desarrollo, lo mismo en su rama de producción que en otras que no dependen en modo alguno de ella, y el que las comunicaciones “le aseguren a él el mismo transporte barato que a sus competidores y el que encuentre obreros expertos y capataces idóneos. Todas estas “cosas”, necesarias para la competencia, y en general la capacidad de competencia en el mercado mundial (que él no conoce ni puede conocer, dada su teoría del Estado y de las panaderías públicas, pero que, desgraciadamente, determina la competencia y la capacidad de ésta), no puede adquirirlas ni por su “fuerza personal” ni hacer que se “las regale” “el favor” “del Estado” (cfr. pág. 348). El Estado prusiano, que intentó “regalar” todo esto al comercio marítimo, le puede instruir mejor que nadie acerca de ello. Sancho se acredita aquí como filósofo del comercio marítimo del rey de Prusia, al compartir las ilusiones del Estado prusiano acerca de su omnipotencia y al glosar ampliamente las ilusiones del comercio marítimo acerca de su capacidad de competencia. Por lo demás, hay que decir que la competencia comenzó como una “competencia entre personas” y con “medios personales”. La liberación de los siervos de la gleba, la primera condición de la competencia, la primera acumulación de “cosas”, fueron actos puramente “personales”. Por tanto, cuando Sancho se empeña en sustituir la competencia de las cosas por la competencia entre las personas, esto significa que quiere remontarse de nuevo a los orígenes e la competencia, imaginándose que su buena voluntad y su conciencia egoísta extraordinaria podrán imprimir un rumbo distinto al desarrollo de la competencia.

Este gran hombre, para quien no hay nada sagrado y que no se preocupa ni de la “naturaleza de las cosas” ni del “concepto de las relaciones”, tiene, sin embargo, a la postre, que declarar sagrada la “naturaleza” de la diferencia entre lo personal y lo material y el “concepto de la relación” entre estas dos cualidades, renunciando con ello a comportarse como su “creador”. Cabe, sin embargo, descartar esta distinción, para él sagrada, sin cometer “la más desmesurada profanación”, como él mismo lo hace, en el pasaje citado. Comienza por suprimirla él mismo, al hacer adquirir mediante la fuerza personal medios materiales y convirtiendo así la fuerza personal en un medio material. Después de lo cual puede plantear tranquilamente a los demás el postulado moral de adoptar ante él una actitud personal. Exactamente lo mismo habrían podido los mexicanos pedir a los españoles que no los matasen con sus arcabuces, sino a puñetazos o que, como San Sancho, los “agarrasen de los pelos” para adoptar ante ellos una actitud “personal”. Si uno, mediante una buena alimentación, una educación esmerada y un buen ejercicio físico, llega a desarrollar su fuerza física y su destreza, mientras que otro, por tomar pocos y malos alimentos, por digerir anal., a consecuencia de ello, por el abandono en que se le tuvo en la infancia y por exceso de esfuerzos, no ha llegado a adquirir nunca las “cosas” necesarias para desarrollar sus músculos, y menos aun para adquirir un dominio sobre ellos, no cabe duda de que la “fuerza personal” del uno con respecto a la del otro será puramente material. No adquirirá “los medios de que carece por medio de la fuerza personal”, sino que, por el contrario, deberá su “fuerza personal” a los medios materiales existentes. Por lo demás, la transformación de los medios personales en materiales y de los medios materiales en personales no es más que uno de los aspectos de la competencia, inseparable de ella. La exigencia de que no se compita con medios materiales, sino con medios personales, equivale al postulado moral, de que la competencia y las relaciones que la condicionan deban tener otras consecuencias que las suyas inevitables.

Nuevo y esta vez último resumen de la filosofía de la competencia;

“El mal de que adolece la competencia es que no todo el mundo dispone de los medios necesarios para competir, porque estos medios no proceden de la personalidad, sino de la casualidad. La mayoría carece de medios y, por tanto” (¡oh, por tanto!), de fortuna”, pág. 349.

Ya se le ha hecho ver más arriba que, en la competencia, la personalidad misma es una casualidad, y la casualidad una personalidad. Los “medios” de competencia independientes de la personalidad son las condiciones de producción y de intercambio de las personas mismas, que dentro de la competencia se enfrentan a las personas como una potencia independiente , como medios casuales para las personas. Según San Sancho, para librar a los hombres de estos poderes no hay más que quitarse de la cabeza las representaciones de ellos o, mejor dicho, las tergiversaciones filosóficas y religiosas de estas representaciones, ya sea por medio de la sinonimia etimológica (“Vermögen” y “vermögen”) mediante postulados morales (el de que, por ejemplo, cada cual es un Yo todopoderoso) o recurriendo a muecas simiescas y a fanfarronerías burlescas y sentimentales contra “lo sagrado”.

Ya antes habíamos oído la queja de que, en la sociedad burguesa actual, principalmente por culpa del Estado, el “Yo” no puede hacerse valer o, lo que es lo mismo, no puede hacer que se realicen sus “posibilidades”. Ahora, nos enterarnos, además, de que la “propia individualidad” no le ofrece los medios necesarios para competir, de que “su poder” no es ningún “pode.” y de que permanece “carente de fortuna” a pesar de que todo objeto, “por ser su objeto, es también propiedad suya”. El mentís del egoísmo uno consigo mismo es total y completo. Pero todos estos “males” de la competencia desaparecerán en cuanto “el Libro” se incorpore a la concaencía general de la gente. Entre tanto, Sancho seguirá comerciando con sus pensamientos, aunque sin llegar nunca, sin embargo, a ningún “buen resultado” ni a “hacer las cosas lo mejor posible”.

II.

LA SUBLEVACIÓN

Con la crítica de la sociedad termina la crítica del mundo antiguo, del mundo sagrado. Por medio de la sublevación damos el salto al nuevo mundo egoísta.

Qué es la sublevación lo leemos visto ya en la lógica: la denuncia del respeto a lo sagrado. Sin embargo, esta denuncia torera aquí, además, un carácter práctico especial.

Revolución = santa sublevación.

Sublevación = revolución egoísta o profana

Revolución = conmoción de lo existente.

Sublevación = onmoción de Mí.

Revolución = hecho político o social

Sublevación = Mi hecho egoísta.

Revolución = derrocamiento de lo existente

Sublevación = existencia del derrocamiento, etc.,

etc., págs. 422 y ss. Era necesario, naturalmente, declarar también sagrado el modo como hasta aquí habían venido derrocando los hombres el mundo con que se encontraban y hacer valer en contra de él un modo “propio” de ruptura del mundo existente.

La revolución “consiste en la conmoción del estado o status existente, del Estado o de la sociedad; es, por tanto, un hecho político o social”. La sublevación, “aunque es cierto que trae como consecuencia inevitable la transformación de lo existente, no parte de ésta, sino del descontento de los hombres consigo mismos”. “Es un levantamiento de los individuos, un elevarse, independientemente de las instituciones que de ello surjan. La revolución aspiraba a nuevas instituciones; la sublevación conduce a no dejar que otros Nos organicen, sino a organizarnos Nosotros mismos. No es una lucha contra lo existente, ya que, caso de prosperar, lo existente se derrumba por sí sólo; es, simplemente, la pugna por salirme Yo de lo existente. Si Yo abandono lo existente, esto quedará muerto y entrará en estado de putrefacción. Y como Mi meta no es el derrocamiento de lo existente, sino Mi elevación por encima de ello, Mi intención y Mis actos no son políticos o sociales, sino dirigidos exclusivamente hacia Mí y Mi propia individualidad, es decir, egoístas, págs. 421, 422.

Les beaux esprits se rencontrent [Dios los cría y ellos se juntan]. Las profecías del predicador en el desierto se han cumplido. El impío Juan Bautista “Stirner” ha encontrado su santo Mesías en el “doctor Kuhlmann de Holstein”. Escuchémosle:

“No debéis demoler y destruir los obstáculos que encontréis en vuestro camino, sino sortearlos y abandonarlos. Y cuando los hayáis sorteado y abandonado, dejarán por sí mismos de existir, pires ya no encontrarán sustento”. (El reino del espíritu, etc., Ginebra, 1815, pág. 116).

La revolución y la sublevación stirneriana no se distinguen, como cree Stirner, por el hecho de que la una sea un acto político o social y la otra un acto egoísta, sino por el hecho de que la una es un acto y la otra no lo es. El absurdo de toda esta contraposición se revela en seguida en los términos en que se expresa, hablando de “la revolución”, de una persona moral, llamada a luchar contra otra persona moral, que es “lo existente”. Si San Sancho hubiese recorrido las diferentes revoluciones e intentos revolucionarios reales, tal vez habría descubierto en ellos aquellas formas que oscuramente intuía al crear su “sublevación” ideológica, por ejemplo entre los corsos, los irlandeses, los siervos rusos v los pueblos no civilizados en general. Si, además. se hubiese preocupado de los individuos reales “existentes” en toda revolución y de sus condiciones de vida, en vez de contentarse con el Yo puro y con “lo existente”, es decir, con la sustancia (una frase para cuyo derrocamiento no se necesita de ninguna revolución, Sino simplemente de un caballero andante como San Bruno), tal vez habría llegado a la concepción de que toda revolución y sus resultados se hallan determinados por estas condiciones reales, por las necesidades, y de que “el hecho político o social” no se halla, ni mucho menos, en contradicción con el hecho egoísta”.

Qué visión tan profunda tiene San Sancho de “la revolución” lo revela la frase: “La sublevación, aunque es cierto que trae como consecuencia inevitable la transformación de lo existente, no parte de ésta”. Lo cual, dicho en forma de antítesis, implica que la revolución parte de la “transformación de lo existente”, es decir, que la revolución parte de la revolución. La sublevación, en cambio, “parte” “del descontento de los hombres consigo mismos”. Este “descontento consigo mismos” encaja magníficamente con las frases anteriores sobre la propia individualidad y sobre el “egoísta uno consigo mismo”, que puede seguir siempre “su propio canino”, que vive constantemente en el autodisfrute y que es en todo momento lo que puede ser. El descontento consigo mismo es, o bien el descontento consigo mismo dentro de cierto estado de cosas y por el que se halla condicionada toda la personalidad, por ejemplo el descontento consigo mismo en cuanto obrero, o bien el descontento moral. En el primer caso, por tanto, descontento al mismo tiempo y fundamentalmente con las condiciones existentes; en el segundo caso, una expresión ideológica de estas condiciones mismas, que en modo alguno trasciende de ellas, sino que forma parte de ellas en su integridad. El primer caso conduce, según cree Sancho, a la revolución; para la sublevación sólo queda, por tanto, el segundo caso, el del descontento moral consigo mismo. “Lo existente” es, como sabemos, “lo sagrado”; el “descontento consigo mismo” se reduce, por tanto, al descontento moral consigo mismo como sagrado, es decir, como alguien que cree en lo sagrado, en lo existente. Sólo a un maestro de escuela descontento se le podía ocurrir basar su razonamiento sobre la revolución y la sublevación en un estado de contento o descontento, en estados de ánimo que corresponden por entero al círculo pequeñoburgués, en el que San Sancho, como reiteradamente hemos visto, va a buscar su inspiración.

Qué sentido tiene eso de “salirse de lo existente” es cosa que ya sabemos. Es la vieja creencia de que el Estado se derrumba por sí solo tan pronto como todos los miembros se salen de él y de que el dinero pierde su valor cuando todos los obreros se niegan a aceptarlo. El carácter fantástico y la impotencia de los buenos deseos se manifiestan ya en la forma hipotética de esta tesis. Es la vieja ilusión de que el hacer cambiar las condiciones existentes depende tan sólo de la buena voluntad de los hombres y de que las condiciones existentes son ideas. Los cambios de la conciencia, separados de las condiciones, tal como los filósofos los ejercen, como una profesión, es decir, como un negocio, son a su vez un producto de las condiciones existentes y forman parte de ellas. Esta elevación ideal por encima del mundo es la expresión ideológica de la impotencia de los filósofos ante el mundo. La práctica se encarga de dar un mentís todos los días a sus baladronadas ideológicas.

En todo caso. Sancho no se ha “sublevado” contra su estado de confusión, al escribir estas líneas. Para él, aparecen de un lado la “transformación de lo existente” y, de otro, los “hombres”, como dos lados completamente separados el uno del otro. Sancho no piensa ni remotamente que lo “existente” en otro tiempo era lo existente para aquellos hombres y que no pudo llegar a transformarse sin que se transformaran los hombres, para lo cual era necesario que éstos se mostraran “descontentos consigo mismos” dentro del estado de cosas existente. Cree asestar el golpe de muerte a la revolución al decir que ésta instaura nuevas instituciones, al paso que la sublevación nos lleva a no dejarnos organizar, sino a organizarnos nosotros mismos. Pero ya en el hecho de que “Nosotros” “Nos” organicemos, de que seamos “Nosotros” los sublevados, está implícito el que, a pesar de la “aversión” de San Sancho contra ello, el individuo tiene que “dejarse organizar” por “Nosotros”, por lo que revolución y sublevación sólo se distinguen en que en una se sabe esto y en la otra se hace uno ilusiones acerca de ello. Además. Sancho deja hipotéticamente en el aire el si la sublevación “prosperará” o no. No se acierta a ver cómo no debe “prosperar”, y menos aún cómo debe prosperar, pues cada uno de los sublevados ha de marchar por su propio camino, a menos que se interpongan condiciones profanas que impongan a los sublevados la necesidad de una acción común, lo que sería un hecho “político o social”, ya fuese inspirado por motivos egoístas, o no. Una nueva “andrajosa distinción”, basada una vez más en la confusión, es la que Sancho establece entre el “derrocar” lo existente y el “elevarse” por sobre ello, como si no se elevase por sobre ello al derrocarlo y no lo derrocara al elevarse por sobre ello, por lo menos en cuanto ello existe en él mismo. Por lo demás, ni con lo del “derrocamiento” ni con lo de “elevarse”, pura y simplemente, se dice nada; también en la revolución se da eso de elevarse, como Sancho puede comprobarlo por el hecho de que en la Revolución Francesa) fuese una consigna muy extendida la de Levons-nous! [¡Pongámonos de pie!].

“La revolución ordena” (!) “crear instituciones; la sublevación, en cambio, exige que nos pongamos de pie, que nos levantemos. Lo que preocupa a las mentes revolucionarias es el tipo de constitución que debe elegirse; todo el período político es un hervidero de luchas y de problemas constitucionales, y los talentos sociales revelan una inventiva extraordinariamente grande para cavilar instituciones de tipo social (falansterios (11), etc.). El sublevado, por el contrario, aspira a suprimir toda constitución”, pág. 422.

Que la Revolución Francesa) trajo consigo instituciones es un hecho; que la sublevación es un levantamiento de abajo arriba es también un hecho; asimismo lo es el que en la revolución y después de ella se lucha por instituciones; lo es también el que en ella se proyectan diferentes sistemas sociales, como lo es, asimismo, el que Proudhon ha hablado de anarquía. Partiendo de estos cinco hechos, amalgama Sancho su frase anterior.

Del hecho de que la Revolución Francesa trajo consigo “instituciones” concluye Sancho que la revolución lo “ordena” así. Del hecho de que la revolución política es una revolución política, en la que la transformación social cobra, al mismo tiempo, expresión oficial en forma de luchas constitucionales, deduce Sancho, fiel a su corredor en historia, que el objetivo de la lucha, en la revolución, fue el obtener la mejor constitución posible. Y a este descubrimiento empalma, por medio de la conjunción “y”, una mención de los sistemas sociales. En la época de la burguesía se ventilaban problemas constitucionales “y” también últimamente se han construido diferentes sistemas sociales. Tal es la cohesión de la frase anterior.

Que, hasta ahora, las revoluciones, dentro del régimen de la división del trabajo, tenían necesariamente que conducir a nuevas instituciones políticas se desprende de lo dicho más arriba en contra de Feuerbach; que la revolución comunista, al acabar con la división del trabajo, elimina por último las instituciones políticas, se desprende también de ello; y asimismo se desprende de lo allí dicho, finalmente, el que la revolución comunista no se atendrá ya a las “instituciones de tipo social” de “talentos sociales” de “inventiva extraordinariamente grande”.

¡Pero, “el sublevado aspira a suprimir toda constitución”! Él, el “libre por nacimiento”, que de antemano se halla desembarazado de todo, aspira, al final de sus días, a verse libre de la Constitución.)

Hay que hacer notar aún que diversas ilusiones anteriores de nuestro bonhomme han contribuido a dar vida a esta “sublevación” de Sancho. Entre otras, por ejemplo, la creencia de que los individuos que hacen una revolución se hallan unidos por un nexo ideal y que, al “desplegar sus banderas”, se limitan a levantar sobre el pavés un nuevo concepto, una idea fija, una manía, un espectro, lo sagrado. Sancho hace que se le quite de la cabeza este nexo ideal, con lo que, en su representación, los individuos revolucionarios se convierten en una banda sin orden ni concierto, que no puede hacer otra cosa que “sublevarse”. Ha oído decir, además, que la competencia es la guerra de todos contra todos, y esta frase, mezclada con su revolución profanada, forma el factor fundamental de su “sublevación”.

“Echándome a buscar una comparación ilustrativa, se me viene a las mientes, cuando menos lo esperaba, la fundación del cristianismo”, pág. 423. “Cristo”, se nos dice aquí, “no era un revolucionario, sino un sublevado, que se rebeló. De aquí que solamente le importara una cosa: «sed, pues, prudentes como las serpientes»” (ibíd.)

Para corresponder a lo que Sancho no “esperaba” y al “solamente”, era necesario que no existiera la segunda parte de la sentencia bíblica que se acaba de citar: “y sencillos, como las palomas” (Mat., 10, 16). Se hace comparecer aquí a Cristo, por segunda vez, como personaje histórico, para hacerle representar el mismo papel que más arriba se asignaba a los mongoles y a los negros. Y no sabemos, de nuevo, si Cristo ha de ilustrar la sublevación o la sublevación a Cristo. La credulidad cristiano-germánica de nuestro santo se concentra en la frase según la cual “Cristo cegó las fuentes de vida de todo el mundo pagano, con lo cual tenía que perecer sin más” (debiera decir: sin él) “el Estado existente”, pág. 424. ¡Qué marchita flor de retórica sagrada! Véase más arriba, “los Antiguos”. Por lo demás, credo ut intelligam [Creo, para comprender] , para poder encontrar “una comparación ilustrativa”.

Hemos visto a la luz de innumerables ejemplos cómo a nuestro santo sólo se le viene a las mientes, por doquier, la historia sagrada, y además precisamente en los momentos en que el lector “menos lo esperaba”. “Cuando menos lo esperaba”, se le viene de nuevo a las mientes incluso en el Comentario, donde Sancho, en la pág. 154, hace exclamar a “los recensores judaicos” de la antigua Jerusalén, en contra de la definición cristiana de “Dios es el amor”: “¡Ved, pues, cómo el Dios proclamado por los cristianos es un Dios pagano; si es el Dios del amor, es el Dios Amor, el Dios de los amores!” Pero, he aquí que, “cuando menos se esperaba”, el Nuevo Testamento fue escrito en griego, y la “definición” cristiana, en la versión griega, dice así: Dios es el amor [En griego, en el original] , 1.ª de S. Juan, 4, 16, mientras que el “dios Amor, el dios de los amores” se llama, en griego amor (sexual) [En griego, en el original]. Sancho tendría, pues, que explicarnos cómo los “recensores judaicos” se las arreglaron para convertir el amor (cristiano) [En griego, en el original] , en amor (sexual) . En este . pasaje del Comentario, nos encontramos con que, también “a título ilustrativo”, se compara a Cristo con Sancho, debiendo reconocerse, ciertamente, que existe entre ambos el parecido más asombroso, ya que uno y otro son “seres animados”, y por lo menos el gozoso heredero cree en su mutua existencia o bien en su individualidad única.. Que Sancho es el Cristo moderno constituye la “idea fija” a la que “apunta” ya toda la construcción histórica.

La filosofía de la sublevación, que se nos acaba de exponer en malas antítesis y en marchitas flores retóricas, no es, en última instancia, más que una fanfarrona apología del tipo de vida del parvenu (parvenu, advenedizo, que asciende, que se subleva). Todo sublevado encuentra frente a él, en su “acto egoísta”, un algo existente especial por encima de lo que aspira a colocarse, sin preocuparse para nada de las condiciones generales. Trata simplemente de desembarazarse de lo existente, en cuanto representa una traba para él; pero, por lo demás, procura, por el contrario, asimilárselo. El tejedor que “asciende” a fabricante, se desembaraza con ello de su telar, y lo abandona; por lo demás, el mundo sigue su marcha y nuestro “próspero” sublevado sólo formula a los demás el hipócrita postulado moral de convertirse también en parvenus, como él 2) Por donde todas las belicosas fanfarronadas de Stirner se reducen a conclusiones morales tomadas de las fábulas de Gellert y a interpretaciones especulativas de la miseria burguesa.

Ya hemos visto hasta aquí que la sublevación lo es todo, excepto un hecho. En la pág. 342 nos enteramos de que “el procedimiento consistente en tomar lo que se desea no es despreciable, sino que atestigua el hecho puro del egoísta uno consigo mismo”. Debiera decir, indudablemente: de los egoístas unidos los unos con los otros, ya que de otro modo el hecho de tomar lo que se desea se reduce al “procedimiento” bárbaro del ladrón o al procedimiento civilizado del burgués, y en el primer caso no prospera, mientras que en el segundo no es ninguna “sublevación”. Y hay que hacer notar que al egoísta uno consigo mismo que no hace nada corresponde aquí el hecho “puro”, un hecho que, ciertamente, sólo era de esperar de un individuo tan inactivo como éste.

De pasada, nos enteramos de lo que ha creado a la plebe y de antemano podemos asegurar que fue, una vez más, un “precepto” y la fe en este precepto, en lo sagrado, que aquí, para variar, se presenta como la conciencia del pecado: “Sólo el que el tomar lo que se desea sea un pecado, un delito, sólo este precepto crea una plebe..., la vieja conciencia del pecado en la única que tiene la culpa”, pág. 342. La creencia de que la conciencia es la culpable de todo es un precepto que convierte a Sancho en sublevado y a la plebe en pecadora.

Por oposición a esta conciencia del pecado, el egoísta se espolea y espolea a la plebe, animándola a tomar lo que desea, con las siguientes palabras:

“Si me digo: Mi propiedad llega hasta donde llega Mi poder, y si reivindico como propiedad todo aquello que Me siento lo bastante fuerte para alcanzar, etc.”, pág. 340.

Sancho se dice, pues, que quiere decirse algo, se anima a poseer lo que posee y expresa su relación real como una relación de poder, paráfrasis que en general, es secreto de todas sus baladronadas. (Véase Lógica). Y luego, él, que es en todo momento lo que puede ser y tiene también, por tanto, lo que puede tener, distingue entre su propiedad realizada, real, puesta en una cuenta corriente de capital, y su propiedad posible, su “sentimiento del poder” irrealizado, que hace que se le abone en cuenta a pérdidas y ganancias. Es una contribución a la contabilidad sobre la propiedad en sentido extraordinario.

Lo que significa este “decir” solemne lo delata Sancho en un pasaje ya citado: “Si yo me digo..., esto no pasa de ser también, en realidad, una vacua charlatanería”.

Y prosigue, en el mismo pasaje: “El egoísmo” dice “a la plebe de los desposeídos”, para “exterminarla”: “¡Alarga la mano y toma lo que necesitas!” pág. 341. Cuán “vacua” es en efecto, esta “charlatanería” lo vemos en seguida, por el ejemplo siguiente. “En el patrimonio del banquero veo tan poco de ajeno como Napoleón lo veía en los países de los reyes: Nosotros” (el “Yo” se convierte aquí, de pronto, en “Nosotros” “no sentimos el menor reparo en conquistarlo y Nos echamos también a buscar los medios necesarios para ello. Lo despojamos, pues, del espíritu de lo ajeno, del que Nos habíamos asustado”, pág. 369.

Cuán poco “despoja” Sancho al patrimonio del banquero “del espíritu de lo ajeno” lo demuestra él mismo inmediatamente con la bien intencionada propuesta que hace a la plebe para que “alargue la mano” y “lo conquiste”. “¡Que alargue la mano y vea lo que puede retener en ella!” No será el patrimonio del banquero, sino un papel inútil, el “cadáver” de este patrimonio, que no es el patrimonio mismo, “como un perro muerto no es ya un perro”. El patrimonio del banquero sólo es tal patrimonio dentro de las relaciones de producción y de intercambio existentes, y sólo puede ser “conquistado” dentro de las condiciones de estas relaciones y con los medios que a ellas corresponden. Y si Sancho decidiera atacar otros patrimonios, se convencería, probablemente, de que la situación no era mejor. Por donde, en fin de cuentas, el “hecho puro del egoísta uno consigo mismo” se reduciría a un equívoco extraordinariamente sórdido. “Hasta ese punto se llega con la quimera” de lo sagrado.

Después de haberse dicho lo que quería decirse, Sancho hace que la plebe sublevada diga lo que él le ha predicho. En efecto, para el caso de una posible sublevación, ha redactado de antemano una proclama con instrucciones sobre el modo de usarla, depositándola en todas las tabernas de aldea y distribuyéndola por todo el país. Esta proclama tiene la pretensión de ser publicada en las columnas del Hinkender Bote [El mensajero cojo (claudicante)] y en el almanaque del Ducado de Nassau. Momentáneamente, las tendances incendiaires [Tendencias subversivas] de Sancho se limitan al campo, a la propaganda entre los criados de las granjas y las mozas que cuidan del ganado, con exclusión de las ciudades, lo que prueba una vez más hasta qué punto “ha despojado” a la gran industria “del espíritu de lo ajeno”. Entre tanto, queremos comunicar aquí los mayores detalles posibles del citado documento, que no debe perderse, para “contribuir, en lo que de nosotros dependa, a la difusión de una bien merecida fama”, (Wig., pág. 191).

La proclama figura en las págs. 338 y ss. y comienza como sigue:

“¿Qué es lo que asegura vuestra propiedad, ¡oh privilegiados!?... El que Nosotros Nos abstengamos de entrometernos en ella; es decir, Nuestra protección... El que ejerzáis contra Nosotros la violencia”.

Primero, por el hecho de que nos abstenemos de entrometernos, es decir, por que nos hacemos violencia a nosotros . mismos, y luego por que vosotros nos hacéis violencia. Cela va à merveille [Esto anda a maravilla]. Sigamos.

“Si queréis contar con Nuestro respeto, compradlo por el precio que a Nosotros Nos parezca aceptable... Lo único que querernos es un precio digno”.

Primero, los “sublevados” quieren regatear para obtener un “precio aceptable”; luego convierten en criterio del precio la “dignidad” de éste. Primero, un precio arbitrario; luego, un precio sustraído a toda arbitrariedad, determinado por las leyes comerciales, por el costo de producción y la relación entre la oferta y la demanda.

“Respetaremos vuestra propiedad si lo compensáis debidamente... Clamaréis violencia si Nosotros tratamos de alargar la mano... Sin violencia jamás Nos apoderaremos de ellas” (de las ostras de los privilegiados)... “No queremos guitaros nada, absolutamente nada”.

Primero, os la “respetamos”, después os la quitamos y nos vemos obligados a recurrir a la “violencia”, y por último preferimos no quitaros nada. Os la respetamos en el caso de que vosotros mismos renunciéis a ella; pero, en un intervalo lúcido, el único que tenemos, nos damos cuenta, ciertamente, de que este “respetar” es un “alargar la mano” y emplear la “violencia”, mas nadie podrá reprocharnos, por lo menos, en fin de cuentas, que os hayamos “quitado” nada. Y de esto se trata.

“Nos torturarnos doce horas al día con el sudor de Nuestra frente, y Nos ofrecéis a cambio de ello unos cuantos centavos. ¡Pues bien, recibid exactamente lo mismo por vuestro trabajo!... ¡Nada de igualdad!”

Los mozos de labranza “sublevados” se revelan como autenticas “criaturas” stirnerianas.

“¿No queréis eso? Os imagináis que Nuestro trabajo queda abundantemente remunerado con aquel salario y el vuestro, en cambio, reclama un salario de muchos miles. Pero si no tasarais el vuestro tan alto y os dejarais valorar mejor el Nuestro, llegaríamos a realizar, en caso necesario, trabajos todavía más importantes de los que vosotros ejecutáis por los muchos miles de tálenos, y si vosotros sólo recibieseis un salario como el Nuestro, pronto os haríais más laboriosos, para percibir más. Si vosotros hacéis lo que Nos parece valer diez y cien veces más que Nuestro propio trabajo, ¡oh!” (¡oh, tú, leal y fiel servidor!), “también recibís a cambio de ello diez o cien veces más; y, a cambio de ello, Nosotros pensamos hacer también cosas que vosotros podáis remunerarnos más que con el jornal corriente”.

Primero, los sublevados se quejan de que su trabajo está mal retribuido. Y, a la postre, acaban prometiendo que sólo con un salario más elevado aportarán un trabajo que deberá remunerarse con “más que con el salario ordinario”. Luego, creen que llegarían a hacer cosas verdaderamente extraordinarias si se les pagase mejores salarios, a la vez que sólo esperan del capitalista realizaciones extraordinarias el día en que su “salario” se reduzca al nivel del de ellos. Finalmente, una vez que han llevado a cabo la hazaña económica de convertir en salario la ganancia, esta forma necesaria del capital, sin la cual perecerían tanto el capitalista como el obrero, realizan el milagro de pagar “cien veces más” “que su propio trabajo”, es decir, de ganar cien veces más que ellos. “'Tal es el sentido” de la frase anterior, si es que Stirner “piensa lo que dice”. Pero, si se trata simplemente de un error de estilo, si ha querido que los sublevados, como colectividad, ofreciesen cien veces más de lo que cada uno de ellos gana, ofrece al capitalista, sencillamente, lo que ya hoy tiene todo capitalista. Que el trabajo del capitalista, en unión de su capital, vale diez y hasta cien veces más que el de cada simple obrero, es claro y evidente. Por tanto, en este caso como en todos, Sancho deja las cosas en el mismo estado que antes.

“Llegaremos fácilmente a un acuerdo entre nosotros, una vez que convengamos en que nadie tiene por qué regalar nada Y, al otro. Y, enseguida, llegaremos incluso a pagar a los inválidos, a los ancianos y a los enfermos un precio adecuado para que no Nos abandonen porque sientan hambre y penuria, pues si queremos que vivan, es justo que compremos el cumplimiento de nuestra voluntad. Y digo que compremos, sin hablar para nada de una mísera limosna”.

Este episodio sentimental de los inválidos, etc., se propone demostrar que los mozos de labranza sublevados de Sancho se han “elevado” ya hasta esa altura de la conciencia burguesa en que no regalan ni quieren que nadie les regale nada y creen que la dignidad y el interés de ambas partes quedan garantizadas en cierta relación cuando esta relación se convierte en una compra.

Tras esta tonante proclama del pueblo sublevado en la imaginación de Sancho siguen las instrucciones para el uso, en forma de diálogo entre el terrateniente y sus jornaleros, comportándose esta vez el primero como Szeliga y los segundos como Stirner. En estas instrucciones para el uso, las huelgas inglesas y las coaliciones obreras francesas se construyen a priori a la manera berlinesa.

El portavoz de los mozos de labranza: “¿Qué es lo que tú posees?”

El terrateniente: “Poseo una finca de mil yugadas”.

El portavoz: “Y Yo soy tu mozo de labranza y en lo sucesivo sólo labraré tus tierras por un tálero de jornal”.

El terrateniente: “En ese caso, tomaré otro”.

El portavoz: “No encontrarás ninguno, pues Nosotros, los mozos de labranza, nos negaremos a trabajar, y ¡ay de aquél que se presente, prestándose a ganar menos! Y ahí tienes a la criada de servicio, que exige ahora otro tanto, y no encontrarás a ninguna por menos de ese precio”.

El terrateniente: “Pero, entonces, me hundiré en la ruina”.

Los mozos de labranza, hablando a coro: “¡No tan a prisa! Percibirás lo mismo que Nosotros. Y si no fuera así, te cederíamos lo necesario para que pudieras vivir como Nosotros. ¡Nada de igualdad!”

El terrateniente: “¡Pero, yo estoy acostumbrado a vivir mejor!”

Los mozos de labranza: “A eso no tenemos nada que objetar, pero no es eso lo que Nos preocupa; si puedes economizar más, magnífico. Pero, ¿acaso crees que Nosotros debemos alquilarnos por debajo del precio, para que tú puedas vivir mejor?”

El terrateniente: “Pero vosotros, gentes incultas, no necesitáis tanto”.

Los mozos de labranza: “Pues bien, tomamos algo más para poder procurarnos la cultura de la que, al parecer, estamos necesitados”.

El terrateniente: “Pero, si así echáis por tierra a los ricos, ¿quién va a proteger las artes y las ciencias?”

Los mozos de labranza: “La masa se encargará de ello. Poniendo en un fondo común nuestras aportaciones, reuniremos una bonita suma. Por lo demás, vosotros los ricos sólo compráis los libros de peor gusto, unas cuantas imágenes de Vírgenes plañideras y algunas que otras ágiles piernas de bailarinas”.

El terrateniente: “Oh, la desdichada igualdad!”

Los mozos de labranza: “No, mi buen viejo señor, no hablemos de igualdad. Nosotros sólo queremos valer aquello de que seamos dignos, y si vosotros sois dignos de más debéis valer también más. Lo único que queremos es un precio digno y pensamos mostrarnos dignos del precio que Nos paguéis”.

Al final de esta obra maestra dramática, Sancho confiesa que “la unanimidad de los mozos de labranza” es, ciertamente, una unanimidad “exigida”. No se nos dice cómo se logra ésta. Nos enteramos únicamente de que los mozos de labranza no se proponen modificar en modo alguno las condiciones de producción y de intercambio existentes, sino sencillamente arrancar al propietario de la tierra tanto como él gasta más que ellos. A nuestro bien intencionado bonhomme le tiene sin cuidado el que esta diferencia en los gastos, al ser distribuida entre la masa de los proletarios, sólo representaría una bagatela para cada uno de ellos y no mejoraría ni en lo mínimo su situación. A qué fase de la agricultura pertenecen estos heroicos jornaleros se pone de manifiesto inmediatamente de terminar el drama, cuando los vemos convertirse en “criados domésticos”. Viven, por tanto, en un régimen de patriarcado, en el que la división del trabajo se halla todavía muy poco desarrollada y en el que, por lo demás, toda la conspiración tiene necesariamente que “alcanzar su propósito final” haciendo que el terrateniente lleve al cabecilla al pajar y descargue sobre sus espaldas unos cuantos azotes, mientras que en los países civilizados el capitalista pone fin a la cosa suspendiendo el trabajo por algún tiempo y mandando a los jornaleros a “pasear”. Cuán prácticamente procede Sancho en la estructura de toda su obra de arte y hasta qué punto se mantiene dentro de los límites de lo verosímil, lo indica, aparte de la peregrina ocurrencia de poner por obra un turnout [Huelga] (de los jornaleros. la coalición de las “cria. das de servicio”. ¡Y qué simpleza hace falta para creer que el precio de compra del trigo en el mercado mundial va a atenerse a las exigencias de salario de estos jornaleros perdidos en . la Pomerania Ulterior), en vez de regirse por la relación entre la oferta y la demanda! Y algo que produce el efecto de un verdadero trallazo es la sorprendente incursión de los mozos de labranza en el campo de la literatura, en la última exposición de pintura y en la afamada bailarina de la hora, sorprendente incluso después de la inesperada pregunta del terrateniente sobre las cuestiones del arte y la ciencia. Los jornaleros se tornan en la gente más amable del mundo tan pronto como empiezan a hablar de literatura, y el acosado terrateniente olvida incluso, por un momento, la ruina que lo amenaza, para poner de manifiesto su devoción por el arte y la ciencia. Por último, los sublevados le aseguran su honestidad y lo tranquilizan con la declaración de que no les mueve ningún interés mezquino, ninguna tendencia subversiva, sino que obran bajo el acicate de los más puros motivos morales. Sólo aspiran a un precio digno y aseguran con la mano sobre el pecho, por su conciencia y su honor, que se mostrarán dignos, a su vez, del precio más alto, cuando se les pague. La sola y única finalidad de todo el asunto es asegurar a cada uno lo suyo, lo que honesta y legítimamente le corresponde, el “disfrute honradamente ganado con su trabajo”. Que este precio depende de la situación del mercado de trabajo y no de la sublevación moral de unos cuantos mozos de labranza dotados de cierta cultura literaria, es, naturalmente, un hecho cuyo conocimiento no podía exigirse de esa buena gente.

Estos rebeldes de la Pomerania Ulterior) son tan modestos, que, a pesar de su “unanimidad”, que les da poder para cosas muy distintas, se resignan a seguir siendo jornaleros y su suprema aspiración consiste en percibir “un tálero de salario”. De ahí que, lógicamente, no sean ellos quienes catequicen al terrateniente, sino el terrateniente quien los catequice a ellos.

El “seguro valor” y el “vigoroso sentimiento de si mismo del criado” se revelan también en el lenguaje “seguro” y “vigoroso” que hablan tanto él cómo sus compañeros. “Tal vez, Yo; la masa se encargará de ello; una bonita suma; mi buen viejo señor; de más”. Ya antes, en la proclama, se decían cosas parecidas: “pensamos; probablemente; tal vez; acaso”. Tal parece como si también los mozos de labranza cabalgaran sobre el famoso Clavileño.

Toda la ruidosa “sublevación” de nuestro Sancho se reduce, pues, en última instancia, a un turnout, pero a un turnout en sentido extraordinario, en sentido berlinés. Mientras que, en los países civilizados, los turnouts reales forman siempre una parte secundaria del movimiento obrero, porque la unión general de los obreros entre sí trae consigo otras formas de movimiento, Sancho intenta presentar el turnout caricaturizado a la manera pequeñoburguesa como la forma última y suprema de la lucha histórico-mundial.

Las olas de la sublevación nos arrojan ahora, por fin, a las playas de la tierra prometida, donde manan la leche y la miel, donde todo auténtico israelita se halla sentado a la sombra de su higuera y donde el reino milenario del “entendimiento” ha comenzado ya.

III.

LA ASOCIACIÓN

Al hablar de la sublevación, hemos agrupado primeramente las baladronadas de Sancho, asistiendo luego al desarrollo práctico del “hecho puro del egoísta consigo mismo”. Al tratar de la Asociación), seguiremos el camino contrario: primeramente, examinaremos las instituciones positivas, para comparar después con ellas las ilusiones que nuestro santo se forja acerca de estas instituciones.

1. LA PROPIEDAD SOBRE LA TIERRA

“Si no queremos seguir dejando a los terratenientes en posesión de la tierra, sino apropiárnosla Nosotros, debemos unirnos con este fin, formar una asociación, una société” (sociedad), “que se constituya en propietaria; si lo logramos, aquéllos dejarán de ser dueños de la tierra”. El “suelo” se convertirá, entonces, “en propiedad de los conquistadores... Y estos individuos, como masa colectiva, dispondrán de la tierra no menos arbitrariamente que el individuo aislado o el llamado propriétaire [Propietario (terrateniente)]. Seguirá subsistiendo, pues, la propiedad, y subsistirá también de un modo «exclusivo», en cuanto la humanidad, esta gran sociedad, excluirá de la propiedad al individuo y, si acaso, sólo le arrendará, le cederá en salario, un pedazo de ella. ...Y así seguirán manteniéndose las cosas. Aquello en que quieran participar todos se le arrebatará al individuo que desea poseerlo él solo, se convertirá en bien común. Cada cual participará de ello como de un bien común, y esta participación será su propiedad. Ya en nuestras viejas condiciones, una cosa perteneciente a cinco herederos es un bien común de éstos; la quinta parte de sus rentas es propiedad, de cada uno”, págs. 329, 330.

Una vez que nuestros valientes sublevados forman una asociación, una sociedad y conquistan, bajo esta forma, un pedazo de tierra, esta “société”, esta persona moral, “se constituye en propietaria”. Y, para que no haya duda ni confusión, se nos dice inmediatamente que “esta sociedad excluirá de la propiedad al individuo y, si acaso, sólo le arrendará, le cederá en salario, un pedazo de ella”. De este modo, San Sancho se asimila a sí mismo y a su “asociación.” la idea que él se forma del comunismo. El lector recordará que Sancho, en su ignorancia, imputaba a los comunistas el querer convertir a la sociedad en suprema propietaria, que entrega a los individuos sus “bienes” en feudo. Viene luego la perspectiva que Sancho abre a sus batallones de “participar del bien común”. Más adelante, el mismo Sancho dice, también en contra de los comunistas: “Lo mismo si el patrimonio pertenece a la colectividad, que Me concede una parte, que si corresponde a poseedores individuales, pesa sobre Mí la misma coacción, ya que Yo no puedo disponer ni de lo uno ni de lo otro” (razón. por la cual su “masa colectiva” le “arrebata” precisamente aquello de que no quiere que disponga él sólo y le hace sentir, así, el poder de la voluntad colectiva). En tercer lugar, volvemos a encontrarnos aquí con la “exclusividad” que tantas veces reprocha a la propiedad burguesa, por donde “a él no le pertenece ni siquiera el mísero punto sobre el cual gira”. Lejos de ello, tiene solamente el derecho y el poder de encorvarse sobre ese punto como un siervo de la gleba. En cuarto lugar, Sancho se apropia el régimen feudal, que, con gran disgusto de su parte, descubre en todas las formas de sociedad existentes y proyectadas. La “sociedad” conquistadora se comporta, sobre poco más o menos, como las “asociaciones” de los germanos semisalvajes que conquistaron las provincias romanas e instauraron en ellas un tosco régimen feudal, fuertemente impregnado aún del viejo sistema tribal. Esta “sociedad” concede al individuo “en salario” un pedacito de tierra. En la fase en que se encuentran Sancho y los germanos del siglo VI, el régimen feudal presenta todavía, ciertamente, grandes puntos de coincidencia con el régimen del “salariado”. Por lo demás, se comprende de suyo que la propiedad tribal, a la que Sancho reintegra aquí todos los honores, no tardará en disolverse de nuevo en las condiciones actuales. El propio Sancho se da cuenta de ello, al exclamar: “Y así seguirán manteniéndose las cosas” y al demostrar por último, mediante su gran ejemplo de la casa perteneciente a cinco herederos, que no se propone en modo alguno colocarse fuera de nuestras viejas condiciones. Todo su plan de organización de la propiedad de la tierra no tiene más fin que la de llevarnos de nuevo, por medio de un rodeo histórico, a la enfiteusis pequeñoburguesa y a la propiedad familiar de las ciudades imperiales alemanas.

Lo único que Sancho se asimila de nuestras viejas condiciones, es decir, de las vigentes en la actualidad, es el absurdo jurídico de que los individuos o propriétaires disponen “arbitrariamente” de la propiedad de la tierra. En la “asociación”, esta supuesta “arbitrariedad” será mantenida en pie por parte de la “sociedad”. A la “asociación” le tiene sin cuidado lo que suceda con la tierra, a tal punto que la “sociedad” “quizá” arriende parcelas a los individuos, quizá no. Todo esto es de todo punto indiferente. Sancho no puede saber, ciertamente, que una determinada organización de la agricultura lleva consigo una determinada forma de actividad, la inclusión en una determinada fase de la división del trabajo. Pero cualquier otro que no sea él se da cuenta de que los pequeños labradores vasallos propusetos aquí por Sancho distan mucho de hallarse en condiciones de que “cada uno de ellos llegue a ser un Yo omnipotente” y de que su propiedad sobre la andrajosa parcela que trabajan está muy lejos de corresponder a la tan ensalzada “propiedad sobre todo”. En el mundo real, las relaciones entre los individuos dependen de su modo de producción, razón por la cual el “quizá” de Sancho echa quizá por tierra toda su asociación. Pero “quizá”, o, mejor dicho, indudablemente, expresa ya aquí Sancho su verdadera concepción acerca de las relaciones dentro de la asociación, a saber: la concepción de que las relaciones egoístas descansan sobre lo sagrado.

Sancho nos revela aquí la primera “institución” de su asociación futura. Los sublevados, que aspiraban a “suprimir toda constitución”, “se constituyen a sí mismos”, “optando” por una “constitución” de la propiedad privada. Como vemos, Sancho tenía razón cuando no cifraba grandes esperanzas en las nuevas “instituciones”. Y vemos, al mismo tiempo, que ocupa un puesto descollante entre los “talentos sociales” y posee “una inventiva extraordinariamente grande para cavilar instituciones de tipo social”.

2. ORGANIZACIÓN DEL TRABAJO

“La organización del trabajo se refiere solamente a aquellas labores que otros pueden hacer por Nosotros, como son, por ejemplo, el matar el ganado, cultivar las tierras, etc.; los demás trabajos siguen siendo egoístas, ya que nadie puede sustituirte, por ejemplo, como compositor musical, como pintor, etc. Nadie podría suplir a Rafael en sus trabajos. Éstos son trabajos de un individuo único, que sólo este Único podía ejecutar, mientras que aquellos otros pueden llamarse trabajos humanos” (en la pág. 356 se los identifica con los de “utilidad común”), “porque lo propio en ellos es de poca monta, razón por la cual puede educarse para ejecutarlos casi a todos los hombres”, pág. 355.

“Es siempre conveniente que Nos pongamos de acuerdo acerca de los trabajos humanos, para que no absorban, como bajo la competencia, todo nuestro tiempo y nuestro esfuerzo. ...Pero, ¿para quién se trata de ganar tiempo? ¿Para qué necesita el hombre disponer de más tiempo que el que le hace falta para renovar sus fuerzas de trabajo desgastadas? En este punto, el comunismo guarda silencio. ¿Para qué? Para estar contento consigo mismo como del Único, después de haber hecho lo que le correspondía como hombre”, págs. 356, 357.

“Mediante el trabajo, puedo desempeñar las funciones de presidente, de ministro, etc.; estos puestos sólo exigen una cultura general, una cultura accesible a cualquiera... Pero, si cualquiera puede ocupar estos puestos, sólo es la capacidad única del individuo, la propia y exclusiva de él, la que les da, por así decirlo, vida y significación. El hecho de que desempeñe su cargo, no como un hombre vulgar y corriente, sino poniendo en ello las dotes de su unicidad no se le paga, al remunerarle solamente sus servicios como funcionario o ministro. Si os ha servido a satisfacción y queréis seguir conservando esta capacidad satisfactoria del Único, no debéis pagarle simplemente como a un hombre que se limita a desempeñar funciones humanas, sino como a alguien que hace algo único”, págs. 362, 363.

“Si puedes procurar placer a miles, serán miles los que te paguen por ello, puesto que dependerá de ti el dejar de hacerlo, razón por la cual deben comprar tus actos”, pág. 351.

“No se puede imponer una tasa general sobre mi unicidad, como se impone sobre lo que hago en cuanto hombre. Solamente esto último puede sujetarse a una tasa. Imponed, pues, una tasa general para los trabajos humanos, pero no hagáis perder su mérito a vuestra unicidad”, pág. 363.

Como ejemplo de la organización del trabajo en la asociación, se cita aquella panadería pública de que ya hemos hablado. Estos establecimientos públicos son necesariamente verdaderas maravillas, en medio de la vandálica parcelación que más arriba se da por supuesta.

Primeramente, hay que organizar el trabajo humano, acortándolo, para que luego el hermano Straubinger, al retirarse de trabajar temprano, pueda “estar contento consigo mismo como del Único” (pág. 357), mientras que en la pág. 363 el “disfrute” del Único consiste en su remuneración extraordinaria. En la pág. 363, la manifestación de vida del individuo no viene después del trabajo humano, sino que el trabajo humano puede ejercerse como único y reclama, entonces, un suplemento de salario. De otro modo, el Único, a quien no le interesa precisamente la unicidad, sino la alta remuneración, podría guardarse la cualidad de Único en el ropero y, a despecho de la sociedad contentarse con representar el hombre vulgar y corriente, divirtiéndose así. Según la pág. 356, el trabajo humano coincide con el trabajo de utilidad común, pero, según las págs. 351 y 363, el trabajo único se acredita precisamente por el hecho de ser un trabajo de utilidad común o de ser, por lo menos, útilmente remunerado de un modo extraordinario.

La organización del trabajo en la asociación consiste, pues, en separar el trabajo humano del trabajo único, en establecer una tasa para el primero y en regatear en torno a un suplemento de salario para el segundo. Este suplemento de salario es, a su vez, doble: uno para la ejecución única del trabajo humano, y otro para la ejecución única del trabajo único, lo que viene a complicar enormemente la contabilidad, tanto más por cuanto lo que ayer era un trabajo único (por ejemplo, el hilar hebra de algodón núm. 200) se convierte hoy en un trabajo humano, y puesto que la ejecución única de trabajos humanos exige una constante autosoplonería en interés propio y una soplonería general en interés público. Por tanto, todo este plan tan importante de organización se reduce a una asimilación totalmente pequeño-burguesa de la ley de la oferta y la demanda, hoy vigente y que todos los economistas exponen. Sancho puede encontrar ya explicada en Adam Smith y tasada en el norteamericano Cooper la ley con arreglo a la cual se determina el precio de aquellos trabajos que él llama únicos, por ejemplo, el de una bailarina o el de un médico o abogado prestigiosos. Los economistas modernos explican a base de esta ley los elevados salarios de lo que ellos llaman travail improductif [Trabajo improductivo] y los bajos salarios de los jornaleros, así como las desigualdades del salario en general. Por donde volvemos a arribar, con la ayuda de Dios, a la competencia, pero a la competencia ya muy venida a menos, tan venida a menos, que Sancho puede proponer una tasa, una fijación del salario por medio de la ley, como en los siglos XIV y XV. Y vale la pena advertir, además, que la idea puesta aquí sobre el tapete por Sancho es presentada también como algo completamente nuevo por el señor Mesías Dr. Georg Kuhlmann, de Holstein.

Lo que aquí llana Sancho trabajos humanos es, dejando a un lado sus fantasías burocráticas, lo mismo que generalmente se entiende por trabajo mecánico y que el desarrollo de la industria va confiando cada vez más a las máquinas. Es cierto que en la “asociación” y en la organización de la propiedad territorial expuesta más arriba, las máquinas constituyen una imposibilidad, razón por la cual los campesinos vasallos conscientes de esto prefieren ponerse de acuerdo acerca de sus prestaciones. Por lo que se refiere al “presidente” y al “ministro” Sancho, this poor localized being [Este pobre ser localmente limitado] , como dice Oven, juzga ateniéndose a lo que directamente le rodea.

Como de costumbre, tampoco aquí tiene suerte Sancho con sus ejemplos prácticos. Dice que “nadie puede sustituirte, por ejemplo, como compositor musical, como pintor, etc. Nadie podría suplir a Rafael en sus trabajos”. Sancho podría saber, sin embargo, que la mayor parte del Réquiem de Mozart no fue compuesto y acabado por Mozart mismo, sino por otro Mozart, y que muy pocos de los frescos de Rafael fueron “ejecutados” por Rafael en persona.

Sancho se imagina que los llamados organizadores del trabajo pretenden organizar la actividad total de cada individuo, cuando son precisamente ellos quienes distinguen entre el trabajo directamente productivo, que es el que debe organizarse, y el trabajo que no es directamente productivo. Y en estos trabajos no se trata, como Sancho se figura, de que cada cual pueda trabajar sustituyendo a Rafael, sino de que todo aquel que lleve dentro un Rafael pueda desarrollarse sin trabas. Sancho se imagina que Rafael pintó sus cuadros independientemente de la división del trabajo que en su tiempo existía en Roma. Si compara a Rafael con Leonardo da Vinci y el Tiziano, podrá ver hasta qué punto las obras de arte del primero se hallaban condicionadas por el florecimiento a que entonces había llegado Roma bajo el influjo de Florencia, como más tarde las del tercero por el desarrollo, totalmente distinto, de Venecia. Rafael, ni más ni menos que cualquier otro artista, se hallaba condicionado por los progresos técnicos del arte logrados antes de venir él, por la organización de la sociedad y la división del trabajo dentro de su localidad, y finalmente por la división del trabajo en todos los países con los que su localidad mantenía relaciones de intercambio. El que un individuo como Rafael desarrolle su talento depende enteramente de la demanda, la que, a su vez, depende de la división del trabajo y de las condiciones de cultura de los hombres, que de ello se derivan.

Stirner se halla, aquí, muy por debajo de la burguesía, cuando proclama la unicidad del trabajo científico y artístico. Ya ahora se ha considerado necesario organizar estas actividades “únicas”. Horace Vernet no habría tenido tiempo de pintar ni la décima parte de sus cuadros si los hubiese considerado como trabajos “que sólo este Único podía ejecutar”. La gran demanda de vaudevilles y novelas en París ha determinado una organización del trabajo para la producción de estos artículos, que suministra cosas siempre mejores que sus competidores “únicos” en Alemania. En astronomía, gente como Arago, Herschel, Enke y Bessel han considerado necesario organizarse para poner en común sus observaciones, habiendo llegado desde entonces a algunos resultados provechosos. Y en historiografía sería absolutamente imposible para el “Único” llegar a aportar algo, y hace ya mucho tiempo que los franceses han ganado aquí la delantera a otras naciones, gracias también a la organización del trabajo. Por lo demás, se comprende que todas estas organizaciones, basadas en la división moderna del trabajo, conducen siempre a resultados extraordinariamente limitados y sólo representan un progreso cuando se las compara con el limitado aislamiento en que hasta aquí venían manteniéndose las cosas.

Hay que señalar especialmente, además, que Sancho confunde la organización del trabajo con el comunismo y hasta se asombra de que “el comunismo” no conteste a sus objeciones acerca de esta organización. Del mismo modo podría un muchacho aldeano de Gascuña quejarse de que Arago no sepa decirle en cuál de las estrellas ha establecido su corte el buen Dios.

La concentración exclusiva del talento artístico en individuos únicos y la consiguiente supresión de estas dotes en la gran masa es una consecuencia de la división del trabajo. Si, incluso en ciertas condiciones sociales, cada cual pudiera llegar a ser un pintor magnífico, esto no excluiría, ni mucho menos, el que cada cual fuese un pintor original, con lo que también en este punto quedaría reducida a un puro absurdo la distinción entre el trabajo “humano” y el trabajo “único”. En todo caso, en una organización comunista de la sociedad desaparece la inclusión del artista en la limitación local y nacional, que responde pura y únicamente a la división del trabajo, y la inclusión del individuo en este determinado arte, de tal modo que sólo haya exclusivamente pintores, escultores, etc., y ya el nombre mismo expresa con bastante elocuencia la limitación de su desarrollo profesional y su supeditación a la división del trabajo. En una sociedad comunista, no habrá pintores, sino, a lo sumo, hombres que, entre otras cosas, se ocupan también de pintar.

La organización sanchesca del trabajo pone claramente de manifiesto hasta qué punto todos estos caballeros filosóficos de la sustancia se contentan con simples frases. La subsunción de la “sustancia” en el “sujeto”, acerca de lo que pronuncian frases tan solemnes, la reducción de la “sustancia”, que domina el “sujeto”, a un mero “accidente” tic este sujeto, se revela simplemente como “vacua charlatanería”. Por eso se abstienen sabiamente de entrar en la división del trabajo, en la producción material y en el intercambio material, que son precisamente los que encuadran a los individuos en determinadas relaciones y actividades. Para ello, sólo se trata, en términos generales, de inventar nuevas frases en torno a la interpretación del mundo existente, frases que se convierten tanto más seguramente en grotescas fanfarronadas cuanto más creen colocarse por encima de este mundo y ponerse en contraposición con él. Y de ello tenemos un deplorable ejemplo en el propio Sancho.

3. EL DINERO

“El dinero es una mercancía; es, además, un medio esencial o un poder, pues impide que el patrimonio se fosilice, lo mantiene líquido y lo hace circular. Si conoces un medio de cambio mejor, perfectamente, pero pronto se convertirá también en dinero”, pág. 364.

En la pág. 353 se llama al dinero “propiedad móvil o circulante”.

En la “asociación” se mantiene, pues, en pie el dinero, esta propiedad puramente social, despojada de todo lo individual. Hasta qué punto se halla Sancho prisionero de las concepciones burguesas lo revela su búsqueda en pos de un medio de cambio mejor. En primer lugar, presupone, pues, que es necesario un medio de cambio, cualquiera que él sea, y en segundo lugar no conoce más medio de cambio que el dinero. El que un barco o un ferrocarril que transportan mercancías sean también, medios de cambio no le preocupa en lo más mínimo. Por tanto, para no hablar simplemente del medio de cambio, sino específicamente del dinero, se ve obligado a incluir las demás determinaciones del dinero, a saber: la de que es el medio de cambio de circulación general, la de que mantiene líquida toda la propiedad, etc. Con lo cual se introducen también las determinaciones económicas que Sancho no conoce y que constituyen precisamente el dinero; y, con ellas, todo el estado de cosas actual, la economía de clase, la dominación de la burguesía, etc.

Sin embargo, se comienza ofreciéndonos algunos elementos acerca del -muy original- desarrollo de las crisis monetarias.

Surge el problema: “¿De dónde sacar el dinero?... No se paga con dinero, que puede escasear, sino con el patrimonio, lo único que nos permite ser pudientes... No es el dinero lo que os causa daños, sino vuestra impotencia para apoderaros de él”. Después de lo cual viene el consejo moral: “Poned en acción vuestro poder, concentraos y no os faltará el dinero, vuestro dinero, dinero de vuestro cuño... Haz de saber que tendrás tanto dinero como poder tengas, pues valdrás lo que tú sepas hacerte valer”, págs. 353, 364.

En el poder del dinero, en la sustantivación del medio general de cambio tanto frente a la sociedad como frente a los individuos, se manifiesta con la mayor claridad la sustantivación de las relaciones de producción y de intercambio en general. Por tanto, Sancho, como de costumbre, no sabe nada de la concatenación entre las relaciones monetarias y la producción general y el intercambio. Como buen burgués, retiene tranquilamente el dinero, como era de esperar, por lo demás, a la vista de su organización del trabajo y de su organización de la propiedad territorial. El poder material del dinero, que se manifiesta de un modo estridente en las crisis monetarias y que agobia al pequeño burgués, “deseoso de comprar”, bajo la forma de la carencia permanente de dinero, es también un hecho económico extraordinariamente desagradable para el egoísta uno consigo mismo. Este se desembaraza de sus apuros expresando a la inversa la concepción usual del pequeño burgués y creando con ello la apariencia de que la posición de los individuos ante el poder del dinero es asunto que depende puramente de la voluntad o la acción personal. Y este giro afortunado le permite después pronunciar ante el pequeño burgués asombrado y ya de suyo descorazonado ante la carencia de dinero, un sermón moral apoyado en la sinonimia, la etimología y la paráfrasis, saliendo así al paso de todos los problemas embarazosos acerca de las causas de la crisis monetaria.

La crisis monetaria consiste, ante todo, en que todos los “poderes” se ven de pronto depreciados con respecto al medio de cambio y pierden el “poder” sobre el dinero. La crisis se da precisamente cuando ya no se puede pagar con su “poder”, sino que hay que pagar con dinero. Y esto, a su vez, no se produce porque haya escasez de dinero, como se imagina el pequeño burgués, juzgando la crisis con arreglo a su miseria privada, sino porque se plasma la diferencia específica entre el dinero, como la mercancía general, la “propiedad móvil y circulante”, y todas las demás mercancías especiales, que de pronto dejan de ser propiedad circulante. No podemos detenernos a desarrollar aquí las causas de este fenómeno, para complacer a Sancho. Sancho, por el momento, consuela a los pequeños tenderos carentes de dinero y desconsolados, haciéndoles ver que no es el dinero la causa de la falta de dinero y de toda la crisis, sino su incapacidad para tomarlo donde lo encuentren. Si alguien ingiere arsénico, no se crea que es éste el culpable de su muerte, sino sencillamente la incapacidad de su constitución para digerir el arsénico. Y, aunque Sancho había empezado determinando el dinero como un poder esencial, y además específico, como el medio general de cambio, como el dinero en sentido ordinario, al darse cuenta de las dificultades a que le llevaría esto, vira en redondo y, para suscitar la apariencia del poder personal, declara que todo poder es dinero. La dificultad, cuando surge la crisis, consiste precisamente en que “todo poder” deja de ser “dinero”. Por lo demás, esto se reduce a la práctica del burgués, que se presta a aceptar en pago “todo poder” mientras es dinero y sólo pone dificultades citando resulta difícil convertir este “poder” en dinero, momento a partir del cual ya no lo reconoce como un “poder”. La dificultad, en la crisis, estriba precisamente, además, en que vosotros, pequeños burgueses, a quienes aquí se dirige Sancho, ya no podéis hacer circular el dinero de vuestro propio cuño, es decir, vuestros cheques y letras de cambio, sino que se exige de vosotros moneda contante, que vosotros ya no podéis acuñar y en la que nadie ve que ha pasado por vuestras manos. Finalmente, Sancho vuelve del revés la divisa burguesa: vales tanto como dinero tienes, diciendo: tienes tanto dinero cuanto vales, con lo que no hace cambiar nada, sino que induce simplemente a la apariencia del poder personal, expresando con ello la trivial ilusión burguesa de que cada cual es culpable de no tener dinero. De este modo, Sancho se desembaraza de la fórmula clásica: L'argent n'a pus de niaître [El dinero no tiene dueño] .y puede, ahora, subir al púlpito y gritar:

“¡Poned en acción vuestro poder, concentraos, y no os faltará el dinero!” “je ne connais pas de lieu à la burrse où se fasse le transfert des bonnes intentions” [No conozco ningún lugar en la Bolsa donde se negocien las buenas intenciones]. Le bastaría con añadir: procuraos crédito, knowledge is power [Saber es poder] , cuesta más trabajo adquirir el primer tálero que el último millón, sed ahorrativos y no gastéis más de lo que tenéis, y sobre todo no pululéis demasiado, etc., para que no se os vean las dos orejas de burro en lugar de una sola. En este hombre, para el que cada cual es aquello que puede ser y hace lo que puede hacer todos los capítulos acaban en postulados morales.

El régimen del dinero, en la asociación stirneriana, es, pues, el régimen del dinero existente, expresado a la manera paliativa y bonachona-entusiasta del pequeño burgués alemán.

Una vez que Sancho se ha mostrado ante el mundo, así, con las orejas de su rucio, Szeliga-don Quijote se yergue en toda su talla, para, con un solemne discurso sobre la moderna caballería andante, en el que convierte al dinero en Dulcinea del Toboso, armar en masa a los fabricantes y comerciantes como caballeros, es decir, como caballeros de industria. Pero este discurso persigue, además, la finalidad secundaria de demostrar que el dinero, por ser un “medio esencial”, es también “esencialmente, una hija”.[6] Extiende el brazo derecho, y dice:

“Del dinero dependen la suerte o la desgracia. En el período burgués, es un poder porque se le corteja como a una muchacha” (guardadora de puercos, per appos. Dulcinea) “con la que nadie se casa indisolublemente. Todo el romanticismo y el espíritu caballeresco del cortejar a un objeto anhelado revive de nuevo en la competencia. El dinero, el objeto anhelado, es raptado por los atrevidos caballeros de industria”, pág. 364.

Sancho tiene ahora una razón profunda para explicarse por qué el dinero, en el período burgués, es un poder: lo es, en primer lugar, porque de él dependen la suerte o la desgracia; y, en segundo lugar, porque es una muchacha. Y ya sabe, además, por qué puede perder su dinero: porque nadie se casa indisolublemente con una muchacha. Ahora ya sabe el pobre diablo qué terreno pisa.

Szeliga, después de armar así caballero al burgués, convierte del modo siguiente al comunista en burgués, y concretamente en marido burgués:

“Quien tiene suerte, se lleva a su casa la novia. El andrajoso tiene suerte y se la lleva a su casa, a la sociedad, y destruye su virginidad. En su casa, ya no es la novia, sino la mujer, y con su virginidad pierde su nombre de familia. Como ama de casa, la virgen dinero se llama trabajo, pues trabajo es el nombre del marido. Pasa a ser propiedad de éste. Y, para llevar hasta el final la metáfora, tenemos que la criatura nacida del trabajo y el dinero es otra muchacha” (“esencialmente, hija”), “una muchacha soltera” (¿acaso se le ha pasado nunca por las mientes a Szeliga que una muchacha pueda nacer ya “casada” del vientre de su madre?), “es decir, dinero” (después de haber demostrado, como se ha hecho más arriba, que todo dinero es “una muchacha soltera”, se comprende como la evidencia misma que “todas las muchachas solteras” son “dinero”), “es decir, dinero, pero con la descendencia cierta del trabajo, que es su padre” (toute recherche de la paternité est interdite) [Se prohibe toda investigación de la paternidad]. “La forma del rostro, la efigie, presenta ahora otro cuño”, págs. 364, 365.

Esta historia de boda, de entierro y bautizo demuestra por sí misma convincentemente que es, “esencialmente, hija” de Szeliga, y además, hija de “descendencia cierta”. Su último fundamento debe buscarse, sin embargo, en la ignorancia de su antiguo mozo de cuadra Sancho. Así se revela claramente en el final de la frase, donde vemos al orador de nuevo angustiosamente preocupado por el “cuño” del dinero, con lo que delata claramente que sigue considerando el dinero metálico como el medio de circulación más importante. Si se hubiese preocupado por estudiar un poco más de cerca las condiciones económicas del dinero en vez de trenzarle una hermosa corona verde de doncella, sabría que, para no hablar de los títulos y valores del Estado, las acciones, etc., la mayor parte del medio circulante está formada por los cheques y letras de cambio, mientras que el papel moneda representa una parte relativamente muy pequeña de él y el dinero metálico una parte menor aún. En Inglaterra, por ejemplo, circula quince veces más dinero en cheques y letras de cambio y billetes de banco que en moneda metálica. Y el mismo dinero metálico se determina puramente por el costo de producción, es decir, por el trabajo. Salía, pues, sobrando aquí todo el largo proceso de filiación cavilado por Stirner. Las solemnes reflexiones que urde Szeliga en torno a un medio de cambio basado en el trabajo y distinto, sin embargo, del dinero actual y que cree haber descubierto en los comunistas, sólo demuestran, una vez más, la simpleza con que nuestra noble pareja cree a pies juntillas en todo lo que lee.

Al cabalgar de nuevo hacia su casa después de esta caballeresca y “romántica” campaña en pos “de una esposa”, no llevan consigo a la “dicha”, ni menos aún a “la novia”, y menos que nada al “dinero”, sino que se llevan a lo sumo un “andrajoso” al otro.

4. EL ESTADO

Hemos visto cómo Sancho mantiene en su “asociación” la forma actual de la propiedad sobre la tierra, la división del trabajo y el dinero tal y como estas condiciones viven en la representación de un pequeño burgués. A primera vista se comprende que, partiendo de estas premisas, Sancho no podía prescindir del Estado.

En primer lugar, su propiedad recién adquirida debe adoptar la forma de una propiedad garantizada, jurídica. Ya lo hemos oído: “Aquello de que todos quieren participar será sustraído al individuo que quiere poseerlo él solo” (pág. 3341. Aquí, se impone, por tanto, la voluntad colectiva frente a la del individuo aislado. Como cualquiera de los egoístas unos consigo mismos puede hallarse en desacuerdo con los otros y entrar, por consiguiente, en contradicción con ellos, es necesario que la voluntad colectiva cobre también expresión frente a la del individuo aislado “y esta voluntad se llama la voluntad del Estado” (pág. 357). Las determinaciones de esta voluntad serán, entonces, las determinaciones jurídicas. Y la ejecución de esta voluntad colectiva hará necesarias, a su vez, medidas represivas y un poder público. “Las asociaciones multiplicarán, así, en este asunto” (en la propiedad) “los medios del individuo y asegurarán su propiedad atacada” (garantirán, pues, la propiedad garantizada, es decir, la propiedad jurídica, es decir, la propiedad que Sancho no pose `incondicionalmente”,, sino que le concede “en feudo” la “Asociación”), pág. 342.

Con las condiciones de la propiedad se sobreentiende que se restaura todo el derecho civil, y el propio Sancho nos expone, por ejemplo, la teoría del contrato ajustándose por entero al sentido de los juristas, como signe:

“No tiene tampoco importancia alguna el que Yo renuncie de por Mí a tal o cual libertad, por ejemplo mediante un contrato”, pág. 409. Y, para “asegurar” los contratos “atacados”, no tendrá tampoco “importancia alguna” el que, a su vez, se someta a los tribunales de justicia y a todas las consecuencias actuales de un proceso civil.

Con lo cual, “saliendo poco a poco de las tinieblas y de la noche”, nos vamos acercando de nuevo a las condiciones existentes, sólo que a través de la enana representación pequeño burgués alemán.

Sancho confiesa:

“Por lo que se refiere a la libertad, no existe una diferencia esencia entre el Estado y la asociación. Tampoco ésta puede nacer y subsistir sin que se limite de muy diversos modos la libertad, lo mismo que el Estado es incompatible con la libertad omnímoda. La restricción de la libertad es siempre inevitable, pues no es posible desembarazarse de todo; no se puede volar como un pájaro, simplemente porque se quiera volar, etc.... La asociación entrañará todavía no pocas privaciones de libertad y de libre arbitrio, pues su fin no es precisamente la libertad, ya que, por el contrario, sacrifica ésta a la propia individualidad, aunque solamente a ella”, págs. 410, 411.

Prescindiendo por el momento de esa cómica distinción entre libertad y propia individualidad, tenemos que Sancho, en su asociación, sacrifica su “propia individualidad” por medio de las instituciones económicas, sin quererlo. Como auténtico “creyente en el Estado” sólo ve una limitación allí donde comienzan las instituciones políticas. Deja subsistente la vieja sociedad, y con ella la sumisión de los individuos a la división del trabajo, con lo que no puede sustraerse al destino de que la división del trabajo y la ocupación y la situación de vida que ésta le asignen le imponga una “propia individualidad” aparte. Si, por ejemplo, le toca en suerte trabajar como oficial cerrajero en Willenhall, la “propia individualidad” que se le imponga consistirá en una deformación de los huesos de la cadera, que le producirán una “pata de atrás”; y si “el fantasma del título de su Libro” tiene que ganarse la vida como hilandera junto al huso, su “propia individualidad” consistirá en el anquilosamiento de las rodillas. Y, aun suponiendo que nuestro Sancho conserve su viejo oficio de campesino vasallo, el que le había asignado ya Cervantes y que ahora declara que es su propia profesión, la que él profesa, le corresponderá, por virtud de la división del trabajo y de la separación de la ciudad y el campo, la “propia individualidad” de verse excluido de todo intercambio mundial y, por consiguiente, de toda cultura, y convertido en una simple bestia local.

De este modo, Sancho pierde en la asociación, malgré lui [A pesar de él]. , su propia individualidad por obra de la organización social, si es que, por una vez excepcionalmente, interpretamos este concepto en el sentido de la individualidad. Y el hecho de que renuncie, además, a su libertad por medio de la organización política es algo perfectamente consecuente y viene a demostrar más claramente todavía hasta qué punto tiende a asimilarse el estado actual en la asociación.

La diferencia esencial entre la libertad y la propia individualidad es, por tanto, la que media entre el estado actual y la “asociación”. Ya hemos visto cuán esencial es esta diferencia. Es posible que la mayoría de su asociación no se preocupe tampoco de esta diferencia, sino que deje que ella le decrete el “desembarazamiento”, y si esto no le tranquiliza, le demostrará con su propio “libro”, en primer lugar, que no existen esencias, sino que las esencias y las diferencias esenciales son “lo sagrado”; en segundo lugar, que la asociación, con arreglo a “la naturaleza de las cosas” y al “concepto de las relaciones”, no tiene por qué preguntar por nada; y, en tercer lugar, que no afecta para nada a su propia individualidad, sino simplemente a su libertad para manifestarla. Le demostrará, tal vez, si “espera a suprimir toda constitución”, que sólo limita su libertad cuando le mete en la cárcel, cuando le condena a ser apaleado, o cuando le arranca una pierna, que él es partout et toujours [Siempre y dondequiera] “él mismo”, siempre y cuando pueda exteriorizar la vida de un pólipo, de una ostra o aunque sólo sea la de un cadáver de rana galvanizado. Ella se encargará de fijar por su trabajo, como más arriba hemos visto ya, una “determinación de precio”, sin “consentir una valorización realmente libre” (!) “de su propiedad”, ya que con ello sólo limita su libertad, pero no su propia individualidad, cosas todas que Sancho, en la pág. 338, reprocha al Estado. “¿Qué puede, pues, hacer” el siervo campesino Sancho? Atenerse a sí mismo y “no preguntar para nada por” la asociación (Ibíd.). Y le insinuará, por último, cuantas veces se queje de las trabas que se le imponen, que mientras pueda considerar las libertades como manifestaciones de su propia individualidad, podrá también tomarse la libertad de considerar las manifestaciones de su propia individualidad como libertades.

Así como, más arriba, la diferencia entre el trabajo humano y el trabajo único no era, como hemos visto, más que una lamentable asimilación de la ley de la oferta y la demanda, tenemos que la diferencia entre la libertad y la propia individualidad no es, ahora, más que una lamentable asimilación de las relaciones entre el Estado y la sociedad civil, como dice M. Guizot, entre la liberté individuelle y el pouvoir public [La libertad individual y el poder público]. . Tanto es así, que en lo que sigue puede copiar casi al pie de la letra a Rousseau:

“El convenio en virtud del cual cada cual tiene que sacrificar una parte de su libertad” no se establece “en modo alguno en aras de algo general, ni siquiera en aras de otro hombre”, sino que “Yo sólo Me avengo a él en Mi propio interés. Y, por lo que se refiere al sacrificio, no sacrifico más que lo que no hallo en Mi poder; es decir, no sacrifico absolutamente nada”, pág. 418. Esta cualidad la comparte el siervo campesino uno consigo mismo con cualquier otro siervo campesino y, en general, con todo individuo que jamás haya vivido sobre la tierra. Acerca de esto puede consultarse también la obra de Godwin, Political Justice. Sancho, dicho sea de pasada, parece poseer la propia individualidad de creer que en Rousseau los individuos celebran su contrato en aras de lo general, cosa que a Rousseau jamás se le pasa por las mientes.

Sin embargo, todavía le queda un consuelo.

“El Estado es sagrado..., pero la asociación... no lo es”. Y en ello reside “la gran diferencia entre el Estado y la asociación”, pág. 411. “Toda la diferencia se reduce, pues, a que la “asociación” es el Estado moderno real y efectivo, mientras que el “Estado” es la ilusión stirneriana del Estado prusiano, que Sancho confunde con el Estado en general.

5. LA SUBLEVACIÓN

Sancho se fía tan poco, en fin de cuentas, en sus sutiles distinciones entre el Estado y la asociación, entre lo sagrado y lo no sagrado, entre lo humano y lo único, entre la propia individualidad y la libertad, etc., que tiene que recurrir a la ultima ratio [último recurso] del egoísta uno consigo mismo, a la sublevación. Pero, esta vez no se subleva contra sí mismo, como antes pretextaba hacerlo, sino contra la asociación. Se reservaba el ver claro acerca de todos los puntos al llegar a la asociación, acerca de la sublevación como de los demás.

“Si no estoy de acuerdo con la comunidad, me rebelo en contra de ella y defiendo mi propiedad”, pág. 343.

“Si no prospera” la sublevación, la asociación “lo excluirá (encarcelándolo, desterrándolo, etc.) “, págs 256, 257.

Sancho trata de asimilarse aquí los droits de l'homme [Derechos del hombre] de 1793, entre los que figura el derecho a la insurrección, un derecho humano que, naturalmente, produce amargos frutos para quien lo ejerce con arreglo a su “propio” modo de ver.

Toda la asociación de Sancho se reduce, pues, a lo siguiente. Mientras que más arriba, en la crítica, sólo enfocaba las condiciones existentes por el lado de la ilusión, al llegar a la asociación trata de compenetrarse con estas condiciones en su contenido real, haciendo valer este contenido frente a las ilusiones anteriores. Pero, en este intento, nuestro ignorante maestro de escuela, como es natural, tenía que fracasar estrepitosamente. Intenta por una vez y a título de excepción, asimilarse “la naturaleza de las cosas” y “el concepto de la relación”, pero sin conseguir “despojar del espíritu de lo extraño” a ninguna cosa ni a ninguna relación.

Y ahora, habiendo conocido ya la asociación bajo su forma real, sólo nos resta detenernos a examinar las ideas quiméricas que acerca de ella se forma Sancho, es decir, la religión y la filosofía de la asociación.

6. RELIGIÓN Y FILOSOFÍA DE LA ASOCIACIÓN

Volvemos a comenzar por el punto de que más arriba arrancábamos para estudiar la asociación. Sancho emplea dos categorías: la de la propiedad y la del patrimonio. Las ilusiones acerca de la propiedad corresponden, fundamentalmente, a los datos positivos referentes a la propiedad territorial; las relativas al patrimonio, a los datos sobre la organización del trabajo y al régimen del dinero en la “asociación”.

A) LA PROPIEDAD

Pág. 331. “El mundo Me pertenece”. Interpretación de su derecho enfitéutico sobre la parcela.

Pág. 343. “Soy propietario de todo aquello que necesito”: paráfrasis paliativa de que sus necesidades son su fortuna y de que lo que necesita como campesino siervo está condicionado por su situación. Del mismo modo afirman los economistas que el obrero es propietario de todo aquello que necesita en cuanto obrero. Véase en Ricardo el razonamiento acerca del salario mínimo.

Pág. 343. “Pero, ahora, todo Me pertenece a mí”. Tonada musical que acompaña a su tasa sobre el salario, a su parcela, a su crisis permanente de dinero y a su exclusión de todo aquello que la “sociedad” no quiere que posea él solo. Es la misma frase con que nos encontramos en la pág. 327, expresada así: “Sus bienes” (es decir, los del otro) “son Míos, razón por la cual Yo actúo como propietario en la medida de Mi poder”. Este altisonante allegro marciale va convirtiéndose del siguiente modo en una suave cadencia, en la que poco a poco acaba sentándose sobre el trasero, que es la suerte habitual de Sancho.

Pág. 331: “El mundo Me pertenece. ¿Acaso decís vosotros” (los comunistas) “otra cosa cuando afirmáis, a la inversa, que el mundo pertenece a todos? Todos son Yo y siempre Yo, etc.” (por ejemplo, “Robespierre, por ejemplo, Saint-Just, etc.”.

Pág. 415: “Yo soy Yo y tú eres Yo, pero... este Yo, en el que todos son iguales, es solamente Mi pensamiento, una generalidad” (lo sagrado). La variante práctica de este tema la encontrarnos en la ……………………..

pág. 330, donde los “individuos”, como una masa colectiva” (es decir, todos) se enfrentan a los “individuos sueltos” (es decir, Yo, a diferencia de todos) como poder regulador.

Estas disonancias se armonizan, pues, finalmente, en el aquietador acorde final según el cual lo que Yo no poseo es, en todo caso, propiedad de otro “Yo”. Así, pues, la “propiedad sobre todo” no es más que la interpretación de que cada cual posee una propiedad exclusiva.

Pág. 336. “Pero la propiedad sólo es Mi propiedad cuando la poseo incondicionalmente. Como Yo incondicional, poseo propiedad, ejerzo un comercio libre”. Y ya sabemos que cuando en la asociación no se respetan la libertad de comercio y la incondicionalidad, con ello sólo se atenta contra la libertad, y no contra la propia individualidad. La “propiedad incondicional” es un suplemento congruente de la propiedad “asegurada”, garantizada, dentro de la asociación.

Pág. 342. “En opinión de los comunistas, la propietaria debe ser la comunidad. A la inversa, Yo soy propietario y sólo me entiendo con los otros acerca de Mi propiedad”. En la pág. 329, veíamos cómo la socicité se constituye en propietaria”, y en la pág. 330 cómo “excluirá de su propiedad a los individuos”. Veíamos, en fin de cuentas, cómo se implanta el régimen de los feudos tribales, el más tosco punto de arranque del feudalismo. Según la pág. 416, “feudalismo = carencia de propiedad”, razón por la cual, en la mismísima página, “la propiedad es reconocida en la asociación, y solamente en la asociación”, y esto por la razón suficiente de que “ya no se recibe de nadie en feudo lo que es de uno” (ibíd.). Es decir, en el régimen feudal anterior “la esencia” era el señor feudal.; en la asociación es la société. De donde, por lo menos, se desprende que Sancho ejerce una propiedad “exclusiva”, aunque no “garantizada”, ni mucho menos, sobre la “esencia” de la historia anterior.

En relación con la pág. 330, según la cual todo individuo queda excluido de aquello que la sociedad no considera conveniente concederle como algo exclusivo suyo, y con el régimen del Estado y el derecho de la asociación, se halla la …………………………………………………….

pág. 369: “Sólo será propiedad jurídica y legítima de otro, aquello que tú consideres conveniente que lo sea. Si dejas de considerarlo conveniente, perderá su legitimidad para ti, y te reirás del derecho absoluto sobre ello”. Con lo que documenta el hecho asombroso de que lo que rige como derecho en la asociación no necesita ser legítimo para él -un indiscutible derecho humano-. Y si en la asociación rige la institución de los viejos parlamentos franceses, que tanto ama Sancho, podrá incluso hacer constar en el greffe [Cancillería del juzgado] su voluntad en contrario debidamente protocolizada, teniendo con ello el consuelo de que no puede uno “desembarazarse de todo”.

Las tesis anteriores parecen hallarse en contradicción consigo mismas, entre sí y con la realidad de la asociación. La clave del misterio se contiene, sin embargo, en la ya citada ficción jurídica de que allí donde se ve excluido de la propiedad de otros, se limita a ponerse de acuerdo con éstos.Y esta ficción se desarrolla más en detalle en las frases siguientes:

Pág. 369. “Esto” (es decir, el respeto a la propiedad ajena) “termina allí donde, aun cediendo a otro aquel árbol, como puedo ceder a otro, por ejemplo, mi bastón, etc., no lo considero, sin embargo, de antemano, como ajeno a Mí, es decir, como sagrado. Lejos de ello,... sigue siendo Mi propiedad en la medida en que lo cedo a otro, es y sigue siendo Mío. En el patrimonio del banquero no veo nada ajeno”.

Pág. 328. “No me retiro tímidamente ante tu propiedad y ante vuestra propiedad, sino que la considero siempre como propiedad Mía, en lo que no necesito respetar nada. ¡Haced vosotros lo mismo con lo que Yo llamo Mi propiedad! Con esta concepción, nos será más fácil entendernos entre nosotros”.

Si Sancho, con arreglo a los estatutos de la asociación, es tratado “a culatazos” cuando alarga la mano para apoderarse de la propiedad ajena, dirá que su “propia individualidad” consiste en alargar la mano, pero la asociación decretará que Sancho se ha tomado una “libertad”. Y si Sancho es “libre” de alargar la mano, la asociación, en virtud de su “propia individualidad”, ordenará que lo apaleen por ello.

La realidad es la siguiente. En la asociación se mantiene, como hemos visto, la propiedad burguesa, y especialmente la propiedad pequeñoburguesa y de los pequeños campesinos. Lo único que cambia es la interpretación, la “concepción”, razón por la cual Sancho hace siempre hincapié en aquello que “se considera”. El “acuerdo” se establece haciendo que esta nueva filosofía de la consideración gane consideración en la asociación toda. Esta filosofía consiste, en primer lugar, en considerar que toda relación, ya la establezcan las condiciones económicas o la imponga la coacción directa, es una relación de “acuerdo”; en segundo lugar, en imaginarse que toda propiedad ajena es siempre cedida a los demás por nosotros mismos y que sólo la conservan mientras nosotros tengamos el poder necesario para arrebatársela, y si nunca llegamos a adquirir este poder, tant mieux [Tanto mejor] ; en tercer lugar, en que Sancho y su asociación se garanticen en teoría la ausencia mutua de respeto, mientras que, en la práctica, la asociación, por medio del palo, llega a un “acuerdo” con Sancho, y, por último, en que este “acuerdo” no pase de ser una frase, ya que todo el mundo sabe que los demás sólo se prestan a él con el designio secreto de echarlo de nuevo por tierra a la primera ocasión que se presente. Yo veo en tu propiedad, no la tuya, sino la Mía; y como todo Yo hace lo mismo, resulta que todos ellos ven en esto lo general, con lo que habremos llegado a la interpretación moderna, filosófico-alemana, de la propiedad privada usual, especial y exclusiva.

A la filosofía de la asociación sobre la propiedad pertenecen, además, entre otras, las siguientes mansas, que se derivan del sistema de Sancho:

Pág. 342, que en la asociación puede adquirirse la propiedad por la falta de respeto; pág. 351, que “todos nos hallamos dentro del todo” y que Yo “no tengo más que alargar la mano hasta donde pueda”, mientras que la asociación toda se cuenta entre las siete vacas flacas de Faraón, y finalmente, que Sancho “abriga pensamientos” que “se hallan en su Libro”, lo que, en la pág. 374, se canta en la incomparable oda dirigida a sí mismo e imitada de las tres odas de Heine a Schlegel: “¡Tú, que abrigas pensamientos como los que se hallan en Tu Libro, absurdos!” Tal es el himno que Sancho se decreta provisionalmente a sí mismo y acerca del cual la asociación se pondrá más tarde “de acuerdo” con él.

Por último, se entiende aún sin necesidad de llegar a un “acuerdo”, que la propiedad en sentido extraordinario, de la que hemos hablado ya en la fenomenología, es aceptarla en la asociación, en función de pago, como “propiedad móvil” y “circulante”. Acerca de los hechos simples, tales como el de que Yo siento simpatías, de que hablo con otros, de que Me han amputado (o arrancado) una pierna, la asociación llegará a un acuerdo, en el sentido de que “el sentimiento de quienes lo sienten es también lo Mío, una propiedad”, pág. 387; de que también los oídos y las lenguas de otros son Mi propiedad, y de que son Mi propiedad, asimismo, las relaciones mecánicas. De este modo, el acaparamiento, en la asociación, consiste, fundamentalmente, en que todas las relaciones se convierten, por medio de una fácil paráfrasis, en relaciones de propiedad. Este modo nuevo de expresos “males.” que ya ahora hacen estragos constituye “un medio o patrimonio esencial” en la asociación y compensará venturosamente el déficit inevitable de medios de vida, gracias al “talento social” de Sancho.

B) EL PATRIMONIO

Pág. 216: “Conviértase cada uno de vosotros en un todopoderoso Yo!”

Pág. 353: “¡Piensa en el acrecentamiento de tu patrimonio!”

Pág. 420: “¡Velad por el valor de vuestras dotes!”

“¡Mantened su precio alto!”

“¡No os prestéis a darlas por menos de lo que valen!”

“¡No os dejéis convencer de la falta de valor de vuestra mercancía!”

“¡No permitáis que se burlen de vosotros con un precio irrisorio!”

“¡Imitad a los valientes!”, etc.

Pág. 420: “¡Valorizad vuestra propiedad!”

“¡Valorízate!”

Estas pequeñas sentencias morales, que Sancho aprendió de un traficante judío andaluz cuando enseñaba a su hijo normas de vida y comerciales, y que ahora va sacando de sus alforjas, forman el patrimonio principal de la asociación. La base de todas estas sentencian es la gran sentencia de la pág. 351: “Todo lo que puedas hacer (vermagst), es tu patrimonio (Vermögen)” [Vermögen = patrimonio; vermögen = poder, poder hacer]. Esta sentencia, o no tiene ningún sentido, es decir, un sentido puramente tautológico, o es una completa necedad. Es tautología, cuando dice: puedes lo que puedes. Necedad, cuando trata de expresar el patrimonio núm. 2, el patrimonio “en sentido ordinario”, el patrimonio comercial, basándose además en esta etimología. La colisión estriba precisamente en que se atribuye a mi patrimonio algo que éste no puede hacer, por ejemplo, la capacidad de hacer versos y de hacer de estos versos dinero. Se espera y exige de mis medios algo completamente distinto del producto propio y peculiar de ellos, es decir, un producto que depende de condiciones ajenas y que no tiene absolutamente nada que ver con mis posibilidades. En la asociación, esta dificultad se resuelve mediante la sinonimia etimológica. De este modo, nuestro egoísta maestro de escuela especula con un puesto preeminente en la asociación. Por lo demás, esta dificultad es sólo aparente. Es la máxima usual medular y moral del burgués: anything is good to make money of [Todo es bueno para sacar dinero de ello] , que Sancho desarrolla aquí con su estilo grandilocuente.

C) MORAL, COMERCIO, TEORIA DE LA EXPLOTACIÓN

Pág. 352. “Os comportáis egoístamente cuando no os consideráis los unos a los otros ni como poseedor ni como andrajoso o como trabajador, sino como una parte de vuestro patrimonio, como sujetos utilizables. Entonces, no suministráis nada para su haber ni al poseedor o propietario ni al que trabaja, sino solamente a aquél a quien utilizáis. ¿Puede sernos útil un rey?, se preguntan los norteamericanos, y contestan: ni él ni su trabajo valen un centavo para Nosotros”.

Por el contrario, en la pág. 229, reprocha al período burgués: “En vez de tomarme tal y como soy, sólo se tienen en cuenta Mi propiedad, Mis cualidades y se concierta conmigo una alianza matrimonial solamente en gracia a lo que Yo poseo. Es como si se concertase un matrimonio con lo que Yo tengo, y no con lo que Yo soy”. Es decir, sólo se toma en cuenta lo que Yo soy para los otros, lo que en Mí puede utilizarse; se Me trata como sujeto utilizable. Sancho escupe en la sopa del “período burgués”, para luego tragársela toda él solo en la asociación.

Cuando los individuos de la sociedad actual se consideran unos a otros como poseedores, como trabajadores y, si Sancho quiere, como andrajosos, esto sólo quiere decir que se tratan unos a otros como sujetos utilizables, hecho que sólo un individuo tan poco utilizable como Sancho puede poner en duda. El capitalista que “considera como trabajador” al obrero, sólo lo torna en consideración porque necesita obreros; y otro tanto hace el obrero con el capitalista, del mismo modo que los norteamericanos, en opinión de Sancho (sería bueno que nos dijera de qué fuente ha tomado este hecho histórico) no necesitan un rey por la razón de que no pueden utilizarlo como obrero. Es un ejemplo más que Sancho escoge con su torpeza característica y que demuestra precisamente lo contrario de lo que él se propone demostrar.

Pág. 395. “Tú no eres para mí otra cosa que un alimento que Yo ingiero, lo mismo que Yo soy ingerido y consumido por ti. Sólo mantenemos el uno con el otro una relación: la de la utilizabilidad, la utilidad y el uso”.

Pág. 416. “Nadie es para Mí una persona respetable, tampoco el prójimo, sino solamente, como otros seres” (!), “un objeto por el que siento o no siento simpatía, un objeto que me interesa o no me interesa, un sujeto utilizable o no utilizable”.

La relación de “utilización”, que será en la asociación la única relación entre los individuos, se parafrasea al mismo tiempo y se convierte en el mutuo “ingerirse como alimento”. También los “cristianos consumados” de la asociación participan naturalmente en la cena eucarística, aunque no se comen en ella los unos a los otros.

Hasta qué punto esta teoría de la mutua explotación, desarrollada por Bentham hasta la saciedad, pudo concebirse a comienzos de este siglo como una fase del siglo anterior, lo pone ya de manifiesto Hegel en la Fenomenología. Consúltese en esta obra el capítulo titulado “La lucha del Siglo de las Luces contra la superstición”, donde la teoría de la utilizabilidad se expone como el resultado final de la Ilustra ción. La aparente necedad que reduce todas las múltiples relaciones entre los hombres a una sola relación, la de la utilizabilidad, esta abstracción aparentemente metafísica, brota del hecho de que, dentro de la moderna sociedad burguesa, todas las relaciones aparecen prácticamente encuadradas dentro de una sola, que es la relación abstracta del dinero y el comercio. Esta teoría surgió con Hobbes y Locke, simultáneamente con la primera y la segunda revolución inglesa, los primeros golpes con los cuales la burguesía conquistó para sí poder político. Claro está que en los escritores económicos era ya antes una premisa tácita. La ciencia en que tiene su verdadero asiento esta teoría de la utilidad es la economía; cobra su verdadero contenido en los fisiócratas, por haber sido éstos los primeros que resumieron sistemáticamente la economía. Ya en Helvecio y en Holbach nos encontramos con una idealización de esta teoría, que corresponde por entero a la actitud de oposición de la burguesía francesa antes de la revolución. Holbach explica todas las actividades de los individuos en sus relaciones mutuas como una relación de utilidad y utilización, entre otras, por ejemplo, el lenguaje, el amor, etc. Las relaciones reales que aquí se dan por supuestas son, por tanto, el lenguaje, el amor, determinadas manifestaciones de determinadas cualidades de los individuos. Estas relaciones no encierran, según la teoría a que nos estamos refiriendo, el sentido propio y peculiar de ellas mismas, sino que son expresión y manifestación de una tercera relación que se desliza por debajo de ellas y que es la relación de utilidad o de utilización. Y esta transcripción deja de ser algo carente de sentido y arbitraria tan pronto como aquellas relaciones no valen para los individuos en función de ellas mismas, como su propia manifestación, sino más bien como formas o disfraces, no de la categoría de la utilización, en modo alguno, sino de un tercer fin o de una tercera relación real, que recibe el nombre de relación de utilidad. El carnaval en el lenguaje sólo tiene sentido cuando es expresión inconsciente o consciente de un carnaval real. Y, en este caso, la relación de utilidad encierra un sentido perfectamente determinado, a saber, el de que yo hago algo útil para mí al menoscabar a otro (exploitation de l'homme par l'hommne) [Explotación del hombre por el hombre] ; además, en este caso, la utilidad que yo extraigo de una relación es algo totalmente ajeno a esta relación, como veíamos ya más arriba al hablar del patrimonio, en que se exigía de todo patrimonio un producto ajeno a él, relación determinada por las condiciones sociales, que es precisamente la relación de utilidad. Esto es lo que realmente ocurre con el burgués. Para él, solamente una relación, la relación de explotación, vale por ella misma; todas las demás, sólo valen en cuanto pueden ser absorbidas por aquélla, e incluso en los casos en que se encuentra con relaciones que no pueden subordinarse directamente a la de explotación, las supedita a ellas, por lo menos, en el plano de la ilusión. La expresión material de esta utilidad es el dinero, el representante de los valores de todas las cosas, de los hombres y las relaciones sociales. Por lo demás, a primera vista se ve que la categoría “utilizar” se abstrae de las relaciones reales de intercambio en que me hallo con los otros individuos, y en modo alguno de la reflexión y la mera voluntad y que luego, a la inversa, aquellas relaciones se hacen pasar por la realidad de esta categoría abstraída de ellas mismas, lo que es un método de proceder perfectamente especulativo. Exactamente del mismo modo y con el mismo derecho exponía Hegel todas las relaciones como relaciones del espíritu objetivo. La teoría de Holbach no es, pues, otra cosa que la ilusión filosófica, históricamente legitima, acerca de la burguesía, que en aquel momento comenzaba a ascender en Francia y cuyo afán de explotación podía interpretarse todavía como el afán de los individuos por desarrollarse plenamente en un intercambio libre ya de las viejas trabas feudales. Y no cabe duda de que la emancipación, enfocada desde el punto de vista de la burguesía, es decir, la competencia, era, en el siglo XVIII, la única manera posible de abrir ante los individuos una nueva trayectoria de desarrollo más libre. La proclamación teórica de la conciencia congruente con esta práctica burguesa, de la conciencia de la mutua explotación como la relación general entre todos los individuos, representaba, asimismo, un progreso audaz y abierto, una ilustración profanatoria sobre el ropaje político, patriarcal, religioso y sentimental de la explotación bajo el feudalismo; un ropaje que correspondía a la forma que la explotación revestía en aquel entonces y que, sobre todo, los escritores de la monarquía absoluta se habían ocupado de sistematizar.

Aún cuando Sancho, en su “Libro”, hubiese hecho exactamente lo mismo que Helvecio y Holbach en el siglo pasado, aún seguiría siendo ridículo el anacronismo. Pero, ya hemos visto que, en vez del egoísmo burgués activo, nos sirve su fanfarrón egoísmo uno consigo mismo. El único mérito que se le debe reconocer le corresponde contra su voluntad y sin que él lo sepa: es el mérito de ser la expresión del pequeño burgués alemán de hoy que aspira a llegar a ser burgués. Era perfectamente lógico que, actuando en la práctica de un modo tan mezquino, tan tímido y tan vacilante, “el Único” se vengase de ello presentándose ante el mundo de un modo no menos fanfarrón, gritón e insolente, entre sus representantes filosóficos; lo mismo que encaja perfectamente en las condiciones de los burgueses el que no quieran saber nada de su charlatán teórico y que él no quiera saber nada de ellos, el que no se muestren de acuerdo entre sí y el que él se vea obligado a predicar el egoísmo uno consigo mismo; tal vez Sancho se percate, ahora, de cuál es el cordón umbilical que une su “asociación” con la Asociación Aduanera) (Zollverein).

Los progresos de la teoría de la utilidad y de la explotación, sus diferentes fases, aparecen perfectamente coordinados con las diferentes fases de desarrollo de la burguesía. En Helvecio y en Holbach, esta teoría no llegó a pasar nunca, en cuanto a su contenido real, de transcribir el modo de expresarse de los escritores de la época de la monarquía absoluta. Era otro modo de expresarse, en el que se revelaba más que el hecho mismo el deseo de reducir todas las relaciones a la relación de explotación, de explicar el intercambio por las necesidades materiales y los modos de satisfacerlas. El problema estaba planteado. Hobbes y Locke tenían a la vista tanto el desarrollo anterior de la burguesía holandesa (ambos habían vivido algún tiempo en Holanda) como las primeras acciones políticas por medio de las cuales la burguesía de Inglaterra había logrado salir de su aislamiento local y provincial y una fase ya relativamente desarrollada de la manufactura, del comercio marítimo y de la colonización; principalmente Locke, quien escribía coincidiendo con el período inicial de la economía inglesa, con el nacimiento de las sociedades anónimas, de la banca inglesa y de la dominación marítima de Inglaterra. En ellos, y sobre todo en Locke, la teoría de la explotación aparece todavía directamente vinculada con el contenido económico. Helvecio y Holbach tenían ante sí, además de la teoría inglesa y del desarrollo anterior de la burguesía de Holanda e Inglaterra, a la burguesía francesa, que luchaba aún por desarrollarse libremente. En Francia, principalmente, el espíritu comercial general del siglo XVIII, se extendía bajo la forma de la especulación a todas las clases. Ya por aquel entonces se ocupaba toda Francia de los apuros financieros del gobierno y de los correspondientes debates sobre las cargas fiscales. Añádase a esto que París era, en el siglo XVIII, la única ciudad cosmopolita, la única en que se mantenía un intercambio personal entre individuos de todas las naciones. Estas premisas, unidas al carácter más universal de los franceses en general, dieron a la teoría de Helvecio y Holbach su peculiar matiz general, pero al mismo tiempo la despojaron del contenido económico positivo con que todavía nos encontramos entre los ingleses. La teoría, que entre los ingleses era la simple comprobación de un hecho, se convierte entre los franceses en un sistema filosófico. Esta generalidad despojada del contenido positivo, tal como se presenta en Helvecio y Holbach, difiere esencialmente de la totalidad preñada de contenido que sólo habrá de presentarse en Bentham y en Mill. La primera corresponde a la burguesía combativa y todavía no desarrollada; la segunda, a la burguesía ya desarrollada y dominante. El contenido de la teoría de la explotación, descuidado por Helvecio y Holbach, fue desarrollado y sistematizado, a la par que por el segundo, por los fisiócratas; pero, como éstos se basaban en las condiciones económicas, todavía no desarrolladas, de Francia, donde aún subsistía el régimen feudal que hacía de la propiedad de la tierra el factor fundamental, siguieron prisioneros de las concepciones feudales en el sentido de considerar la propiedad territorial y el trabajo agrícola como la [fuerza productiva] que condicionaba toda la organización de la sociedad. El desarrollo ulterior de la teoría de la explotación corrió, en Inglaterra, a cargo de Godwin y principalmente de Bentham, quien fue reincorporando poco a poco el contenido económico que los franceses habían abandonado, a medida que, tanto en Inglaterra como en Francia, se hacía valer la burguesía. El libro de Godwin, Polítical Justice [Justicia política] , fue escrito durante el período del Terror y las obras principales de Bentham se escribieron durante y después de la Revolución Francesa y del desarrollo de la gran industria en Inglaterra. Por último, en James Mill la teoría de la utilidad aparece ya, en definitiva, totalmente fundida con la economía.

La economía, que antes era estudiada, bien por los financieros, los banqueros y los comerciantes, es decir, en general, por gente que se ocupaba directamente de las condiciones económicas, bien por hombres de cultura general como Hobbes. Locke y Hume, que veían en ella una rama del saber enciclopédico, fue elevada por los fisiócratas al pleno de una ciencia especial y tratada a partir de ellos en concepto de tal. Como ciencia especial, se asimiló las demás relaciones, las políticas, las jurídicas, etc., en la medida en que las reducía a relaciones de tipo económico. Pero sólo consideraba esta absorción de todas las relaciones como uno de los aspectos de éstas, dejándolas en pie, por lo demás, con su propia y especial significación, al margen de la economía. La absorción total de todas las relaciones existentes por la relación de utilidad, la exaltación incondicional de esta relación de utilidad al contenido único de todas las demás sólo aparece al llegar a Bentham, en el momento en que, después de la Revolución Francesa) y del desarrollo de la gran industria, la burguesía entró en escena ya no como una clase especial, sino como la clase cuyas condiciones son las condiciones de toda la sociedad.

Una vez agotadas las paráfrasis sentimentales y morales que formaban entre los franceses todo el contenido de la teoría de la utilidad, ya sólo quedaba para el desarrollo ulterior de esta teoría, el problema de saber cómo había que utilizar, explotar a los individuos y a las condiciones. Entre tanto, la economía se había encargado de dar respuesta a esta pregunta; el único progreso posible consistía en introducir el contenido económico. Fue el progreso que llevó a cabo Bentham. Pero ya la economía había manifestado, para entonces, que las condiciones fundamentales de la explotación se hallaban determinadas, a grandes rasgos, por la producción misma, independientemente de la voluntad de los individuos y que éstos se encontraban ya con ellas, listas y acabadas. A la teoría de la utilidad no le quedaba, pues, más margen de especulación que la posición de los individuos ante estas grandes condiciones, la explotación privada por parte de los individuos del mundo con el que se encontraban. Acerca de esto se entregan a largas reflexiones morales Bentham y su escuela. Y esto asigna también un horizonte limitado a toda la crítica del mundo existente por la teoría de la utilidad. Aprisionada en las condiciones de la burguesía, sólo podía criticar las condiciones heredadas de una época anterior y que se interponían ante el desarrollo de la burguesía. He aquí que la teoría de la utilidad, aún desarrollando el entronque de todas las condiciones existentes con las condiciones de orden económico, sólo pueda hacerlo de un modo limitado. La teoría de la utilidad ostentaba desde el primer momento el carácter de la teoría de la utilidad común; pero este carácter sólo adquirió su plenitud de contenido al introducirse en él las condiciones económicas, especialmente la división del trabajo y el intercambio. Con la división del trabajo, las actividades privadas del individuo redundan en beneficio común; la utilidad común de Bentham se reduce a la misma utilidad común que en general se hace valer en la competencia. Mediante la incorporación de las condiciones económicas de la renta del suelo, la ganancia y el salario, se incorporaban las condiciones determinadas de explotación de las distintas clases, ya que el tipo de explotación depende de la situación de vida del explotador. Hasta ahora, la teoría de la utilidad había podido enlazarse a determinados hechos sociales; en lo sucesivo, su modo de examinar el tipo de explotación se perderá en frases de catecismo. El contenido económico va convirtiendo poco a poco la teoría de la utilidad en una simple apología del orden existente, en la demostración de que, en las condiciones existentes, las relaciones actuales entre los individuos son las más beneficiosas de todas y las que más benefician a la comunidad. Y éste es el carácter que dicha teoría presenta en todos los economistas modernos.

Mientras que, vista así, la teoría de la utilidad tenía, por lo menos, la ventaja de indicar el entronque de todas las condiciones existentes con los fundamentos económicos de la sociedad, en Sancho pierde todo contenido positivo, al abstraerse de todas las condiciones reales, para limitarse a la simple ilusión que el burgués individual se hace acerca de la “habilidad” con que cree explotar al mundo. Por lo demás, hay que decir que Sancho sólo en muy pocos lugares se atiene a la teoría de la utilidad, ni siquiera bajo esta forma diluida; el egoísmo uno consigo mismo, es decir, la ilusión acerca de esta ilusión del pequeño burgués, llena casi todo el “Libro”, como hemos visto. Y en Sancho, hasta esos pocos pasajes a que nos referimos acaban esfumándose, como veremos.

D. LA RELIGIÓN

“En esta comunidad” (con otra gente) “no veo absolutamente nada más que una multiplicación de Mi poder, y sólo la mantengo en la medida en que es Mi fuerza multiplicada”, pág. 416.

“Ya no Me humillo ante ninguna potencia y reconozco que todas las potencias son solamente Mi poder, que debo inmediatamente sojuzgar tan pronto como amenazan en convertirse en un poder contra Mí o sobre Mí; cada una de ellas sólo debe ser uno de Mis medios para imponerme”.

“Veo”, “reconozco”, “debo sojuzgar”, “sólo debe ser uno de mis medios”. Qué significan estos postulados morales y en qué medida corresponden a la realidad, ya lo hemos visto al tratar de la misma “asociación”. Con esta ilusión acerca de su poder guarda también estrecha relación la otra, la de que en la asociación se destruye la “sustancia” (véase el “liberalismo humano”) y de que las relaciones entre los miembros de la asociación no llegan a cobrar nunca una forma fija con respecto a los individuos sueltos.

“La asociación, la agrupación, esta reunión siempre fluida de todo lo que existe... Cierto es que también por medio de la asociación nace una sociedad, pero sólo a la manera como a través de un pensamiento nace una idea fija... Cuando una asociación cristaliza en la sociedad, deja de ser una agrupación, pues la agrupación es un constante agruparse; es el convertirse en algo agrupado, el cadáver de la agrupación o de la asociación, la sociedad... La asociación no se mantiene unida por un vínculo natural ni por un vínculo espiritual”, págs. 294, 408, 416.

Por lo que se refiere al “vínculo natural”, existe, a pesar de la “aversión” de Sancho, en el régimen de los campesinos siervos, y la organización del trabajo, etc., se da en la asociación ni más ni menos que el “vínculo espiritual” en la filosofía de Sancho. Por lo demás, nos basta con remitirnos a lo que hemos dicho ya en diferentes lugares y todavía en la asociación acerca de la sustantivación de las relaciones con respecto a los individuos, basada en la división del trabajo.

“En una palabra, la sociedad es sagrada y la asociación es tuya propia: la sociedad se sirve de ti, mientras que tú te sirves de la asociación”, etc., pág. 418.

E. INDICACIONES ADICIONALES SOBRE LA ASOCIACIÓN

Mientras que hasta ahora no veíamos más posibilidad de entrar en la “asociación” que la de la sublevación, por el comentario nos enteramos ahora de que la “asociación de los egoístas” existe ya en cientos de miles de ejemplares, como un aspecto de la sociedad burguesa vigente y de que podemos ingresar en ella sin necesidad de ninguna sublevación ni de ningún “Stirner”. Sancho nos muestra luego “tales asociaciones en la realidad. Fausto se encuentra en medio de tales asociaciones, cuando exclama: ¡Aquí, soy hombre” (!), “aquí puedo serlo, el propio Goethe nos lo dice, negro sobre blanco” (“pero humano se llama lo sagrado, véase Goethe” y cfr. “el Libro”)... “Si Hess se fijara atentamente en la vida real, tendría ante sus ojos cientos de miles de tales asociaciones egoístas, unas que desfilan rápidamente y otras que perduran”. Luego, Sancho hace que se congreguen delante de las ventanas de Hess “niños” a jugar y que “unos cuantos buenos conocidos” se lo lleven a la taberna y nos lo presenta reunido con su “amante”. “Claro está que Hess no advertirá en estos ejemplos triviales cuán significativos son y cómo se diferencian como el cielo de la tierra de la sociedad humana fraternal de los sagrados socialistas”. (Sancho contra Hess, Wigand, págs. 193, 194). Y, del mismo modo, en la pág. 305 “del Libro”, “la agrupación para fines e intereses materiales” se presenta como una asociación voluntaria de egoístas.

Así, pues, la asociación se reduce aquí, de una parte, a las asociaciones burguesas y a las sociedades anónimas y, de otra parte, a las sociedades recreativas de la burguesía, a los picnics, etc. Es sabido que las primeras pertenecen por entero a la época actual, y otro tanto ocurre con las segundas, como no es menos sabido. Sería bueno que Sancho se fijara en las “asociaciones” de una época anterior, en las del período feudal, por ejemplo, o en las de otras naciones, las de los italianos, los ingleses, etc., incluyendo las de los niños, para darse cuenta de la diferencia. Con esta nueva interpretación de la asociación, no hace más que confirmar su anquilosado conservadurismo. Sancho, que recoge toda la sociedad burguesa en su institución pretendidamente nueva, en la medida en que le resulta agradable, no hace más que corroborar aquí, una vez más, a posteriori, que en su asociación la gente puede divertirse, y divertirse, además, a la manera tradicional. Como es natural, nuestro bonhomme no se para a pensar cuáles son las condiciones que existen independientemente de él y que le permiten o le impiden “acompañar en la taberna a unos cuantos buenos conocidos”.

La idea que aquí encontramos stirnerianizada de oídas, a la manera berlinesa, y que consiste en disolver toda la sociedad en grupos voluntarios, pertenece a Fourier. Lo que ocurre es que, en Fourier, esta idea tiene como premisa una transformación total de la sociedad y se basa en la crítica de las “asociaciones” existentes, que tanto admira Sancho, y de todo su aburrimiento. Fourier pone estos intentos actuales de divertirse en relación con las condiciones de producción y de intercambio existentes y polemiza contra ellas; Sancho, lejos de criticarlos, trata de trasplantarlos con pelos y señales a su nueva institución del “entendimiento”, llamada a hacer feliz a la humanidad, con lo que no hace más que demostrar, una vez más, hasta qué punto se halla prisionero de la sociedad burguesa existente.

Por último, Sancho pronunció la siguiente oratio pro domo [Discurso en defensa propia, discurso por [su propia] casa (por sus intereses personales)] , es decir, en pro de la “asociación”:

“¿Es una asociación de egoístas una asociación en la que la mayoría se deja estafar en sus intereses más naturales y más manifiestos? ¿Se asocian los egoístas allí donde el uno es esclavo o siervo del otro?... Sociedades en las que las necesidades de unos se satisfacen a costa de otros, en las que, por ejemplo, los unos pueden satisfacer la necesidad de descanso haciendo que los otros trabajen hasta el agotamiento... Hess... identifica estas sus «sociedades egoístas» con la asociación stirneriana de los egoístas”, pág. 192, 193.

Sancho expresa, como se ve, el piadoso deseo de que en su asociación, basada en la explotación mutua, todos los miembros sean igualmente poderosos, igualmente astutos, etc., para que cada cual pueda explotar a los demás exactamente en la misma medida en que es explotado por ellos y para que ninguno sea “estafado” en sus “intereses más naturales y más manifiestos” o pueda “satisfacer sus necesidades a costa de otros”. Tomemos nota, aquí, de que Sancho reconoce “intereses” y “necesidades” “naturales y manifiestos” de todos, es decir, intereses y necesidades iguales. Y recordemos, al mismo tiempo, la pág. 456 del Libro, donde se nos dice que “el lucrarse a costa de otro” es “un pensamiento moral predicado por el espíritu gremial” y que, para el hombre que haya recibido una “educación sabia” constituye “una idea fija, contra la que no le protege ninguna libertad de pensamiento”. Sancho “ha recibido sus pensamientos de lo alto, y se atiene a ellos” (ibid.). Este poder igual, con arreglo a su postulado de que cada cual sea “omnipotente”, es decir, de que todos sean mutuamente impotentes, constituye un postulado perfectamente consecuente y coincide con el sueño sentimental del pequeño burgués de un mundo basado en el lucro, en el que cada cual salga aventajado. O bien nuestro santo prevé de golpe y porrazo una sociedad en la que cada cual pueda satisfacer sin impedimento alguno sus necesidades, sin hacerlo “a costa de otros”, en cuyo caso la teoría de la explotación se convertirá, una vez más, en una paráfrasis carente de sentido para expresar las relaciones reales entre unos y otros individuos.

Después que Sancho, en su asociación”, ha “devorado” y consumido a los otros, convirtiendo así el intercambio con el mundo en el intercambio consigo mismo, pasa de este autodisfrute indirecto al directo, devorándose a sí mismo.

F. MI AUTODISFRUTE

La filosofía que predica el disfrute es tan antigua, en Europa, como la escuela cirenaica. Como los griegos en la antigüedad, entre los modernos son los franceses los adelantados en esta filosofía, y lo son por la misma razón que aquéllos, es decir, porque su temperamento y su sociedad los capacitan más que a otros pueblos para el disfrute. La filosofía del disfrute no ha sido nunca más que el lenguaje ingenioso empleado por ciertos círculos sociales que gozan del privilegio de disfrutar. Aun prescindiendo del hecho de que el modo y el contenido de su disfrute se hallan condicionados siempre por toda la contextura del resto de la sociedad y padecen de todas las contradicciones de ésta, esta filosofía se convirtió en una simple frase al pretender asumir un carácter general y proclamarse como la concepción de vida de la sociedad en su conjunto. Degeneró, así, para convertirse en una edificante prédica moral, en el sofístico embellecimiento de la sociedad existente, o se trocó en lo contrario de lo que era, al declarar como disfrute un involuntario ascetismo.

La filosofía del disfrute surgió en la Época Moderna con el derrumbamiento del feudalismo y la transformación de la nobleza feudal de la tierra en la optimista y despilfarradora nobleza cortesana de la monarquía absoluta. En esta nobleza, cobra todavía más bien la forma de una concepción de vida directa y candorosa, que se expresa y manifiesta en memorias, poemas, novelas, etc. Sólo se convertirá en una verdadera filosofía en manos de algunos escritores de la burguesía revolucionaria, que, de una parte, compartían la formación y el modo de vida de la nobleza cortesana, mientras que de otra participaban del modo general de pensar de la burguesía, basado en las condiciones más generales de esta clase. De ahí que fuera aceptada por ambas clases, aunque desde puntos de vista totalmente diversos. Mientras que, en la nobleza, este lenguaje se limitaba todavía por entero al estamento y a las condiciones de vida de éste, la burguesía lo generalizó, refiriéndolo a todo individuo sin distinción, con lo que hacía abstracción de las condiciones de vida de estos individuos, y por ende se convertía la teoría del disfrute en una insípida e hipócrita doctrina moral. Y cuando, más tarde, por obra del desarrollo posterior, fue derrocada la nobleza y la burguesía entró en conflicto con su término opuesto, el proletariado, la nobleza se hizo devotamente religiosa y la burguesía se volvió, en sus teorías, solemnemente moral y rigorista o cayó en la hipocresía a que más arriba nos referíamos, si bien, en la práctica, la nobleza no renunciaba en modo alguno al disfrute y entre la burguesía adoptaba, incluso, el disfrute una forma económica oficial, bajo el nombre de lujo.

El entrelazamiento del disfrute de los individuos, en todas las épocas, con las relaciones de clase y las condiciones de producción y de intercambio en que viven y que engendraron aquellas relaciones; la limitación del disfrute anterior, situado fuera del contenido real de vida de los individuos y en contradicción con él; el entronque de toda filosofía del disfrute con el disfrute real que tiene ante sí, y la hipocresía de una filosofía así, referida a todos los individuos sin distinción: todo esto, sólo podía descubrirse, naturalmente, a partir del momento en que fue posible entrar a criticar las condiciones de producción y de intercambio del mundo anterior; es decir, cuando la contradicción entre la burguesía y el proletariado había hecho brotar las concepciones comunistas y socialistas. Con lo cual caía por tierra toda moral, tanto la moral del ascetismo como la del disfrute.

Nuestro insípido y moral Sancho cree, naturalmente, como se desprende de todo el Libro, que todo depende de encontrar otra moral, una concepción de la vida que a él se le antoja nueva, del “meterse en la cabeza” unas cuantas “ideas fijas”, para que todos se sientan felices de vivir y puedan disfrutar de la vida. Por eso el capítulo sobre el autodisfrute podría, a lo sumo, reproducir, predicarnos una vez más, bajo una nueva etiqueta, las mismas frases y sentencias, con las que tantas veces ha “disfrutado” ya él por sí mismo. Lo único original en ello consiste en que diviniza todo disfrute y lo traduce al lenguaje filosófico, al darle el nombre de “autodisfrute”. Mientras que la filosofía hedonista del siglo XVIII expresaba, por lo menos, en forma ingeniosa una vida alegre y descocada real y existente, toda la frivolidad de Sancho se limita a emplear expresiones tales como las de “consumir” y “disipar”, a valerse de imágenes como las de “la luz” (aunque más debiera decir la bujía) y a invocar reminiscencias tomadas de las ciencias naturales como aquellas de que la planta “absorbe el aire del éter” o de que “los pájaros cantores se tragan escarabajos”, u otras que se reducen a afirmaciones falsas, como la de que una bujía se consume a sí misma. En cambio, disfrutamos aquí, una vez más, de toda su solemne seriedad ante “lo sagrado”, del que se nos dice que, hasta aquí, ha echado a perder el autodisfrute de los hombres como “misión... destino... objetivo”, “ideal”. Sin entrar, por otra parte, en las formas más o menos sucias en las que el Yo, en el “autodisfrute”, puede ser algo más que una simple frase, no tenemos más remedio que hacer ver una vez más al lector, con toda la brevedad posible, las maquinaciones de Sancho contra lo sagrado, con las pequeñas modulaciones de este capítulo.

“Misión, destino, objetivo, ideal” son, para repetirlo en pocas palabras, o bien:

l) la representación de las tareas revolucionarias que tiene ante sí, materialmente hablando, una clase oprimida; o bien,

2) simples frases idealistas, que pueden ser también la expresión consciente adecuada de las actividades de los individuos, que la división del trabajo convierte en negocios independientes; o bien,

3) la expresión consciente de la necesidad en que en todo momento se ven los individuos, clases o naciones de afirmar su posición por medio de una actividad muy determinada; o bien,

4) las condiciones de existencia de la clase dominante, expresadas idealmente en las leyes, en la moral, etc. (y condicionadas, a su vez, por el desarrollo anterior de la producción), a las que sus ideólogos dan teóricamente, con mayor o menor conciencia, su propia sustantividad y que en la conciencia de los individuos concretos de esta clase pueden representarse como misión, etc., y oponerse a los individuos de la clase dominada como norma de vida, bien como embellecimiento o conciencia de la dominación, bien como medio moral de ella. En este caso como en todos, los ideólogos vuelven necesariamente las cosas del revés y ven en su ideología tanto la fuerza engendradora como el fin de todas las relaciones sociales, cuando en realidad no son más que la expresión y el síntoma de éstas.

De nuestro Sancho sabemos que profesa una fe inquebrantable en las ilusiones de estos ideólogos. En vista de que los hombres, según las diferentes posiciones que ocupan en la vida, se forman diferentes representaciones acerca de si mismos, es decir, acerca del hombre, Sancho cree que estas diferentes representaciones han creado las diferentes posiciones de vida y que, por tanto, los fabricantes al por mayor de estas representaciones, los ideólogos, dominan el mundo. Cfr. pág. 433.

“Los seres pensantes dominan en el mundo”, “el pensamiento gobierna el mundo”; “los curas o los maestros de escuela” “se meten en la cabeza las más diversas cosas”, “conciben un ideal humano” al que los demás tienen que atenerse (pág. 442). Sancho conoce, incluso, al pie de la letra la conclusión por virtud de la cual los hombres fueron sometidos a las manías de los maestros de escuela y se sometieron a ellas, en su estupidez: “Desde el momento en que es concebible para Mí” (para el maestro de escuela), “es posible para los hombres, y siendo posible para los hombres, debieran ser tales; tal era su misión y, en última instancia, sólo con arreglo a esta misión, a título de llamados a ella, se debe tomar a los hombres. ¿Y la conclusión que viene después? La de que el hombre no es el individuo, sino un pensamiento, un ideal: el hombre-género, la humanidad”, pág. 441.

Todos los conflictos en que se ven envueltos los hombres por sus condiciones reales de vida, consigo mismos o con otros, se le antojan a nuestro maestro de escuela Sancho conflictos en que se ven envueltos los hombres con las ideas acerca de la vida “del hombre”, ideas que ellos mismos se han metido en la cabeza o que les han metido en la cabeza los maestros de escuela. Si se quitasen esas ideas de la cabeza, ¡“cuán felices” podrían “vivir estas pobres criaturas”, qué “saltos” podrían dar, mientras que ahora se ven obligadas a “bailar al son que les tocan los maestros de escuela y los amaestradores de osos”! (pág. 435). (El más lamentable de estos “amaestradores de osos” es Sancho, que sólo se conduce por la nariz a sí mismo). Si los hombres, por ejemplo, no se hubiesen metido en la cabeza casi siempre y en todas partes, lo mismo en China que en Francia, la idea de que padecen superpoblación, ¡con qué superabundancia de víveres no se encontrarían inmediatamente estas “pobres criaturas”!

Sancho intenta colocarnos de nuevo aquí su vieja historia del imperio de lo sagrado en el mundo, so pretexto de una digresión sobre posibilidad y realidad. Para él es posible, en efecto, todo lo que un maestro de escuela se mete en la cabeza acerca de mí, siéndole fácil a Sancho, así, demostrar que esta posibilidad no tiene más realidad que en su cabeza. Su solemne afirmación de que “tras la palabra posibilidad se ocultaba la incomprensión más preñada de consecuencias de miles de años” (pág. 441) demuestra hasta la saciedad cuán imposible le resulta esconder detrás de palabras las consecuencias de su abundante incomprensión de milenios.

Esta disertación sobre “la coincidencia de lo posible y lo real” (pág. 439), de lo que los hombres podrían llegar a ser y lo que son, disertación que se halla en tan buena armonía con sus apremiantes exhortaciones anteriores acerca de que hay que hacer valer sus capacidades, etc., le lleva, sin embargo, a algunas digresiones acerca de la teoría materialista de las circunstancias, que en seguida nos detendremos a examinar en detalle. Pero, antes, queremos poner otro ejemplo de su retorcimiento ideológico. En la pág. 428, identifica el problema de “cómo puede adquirirse la vida” con el de “cómo establecer en si” “el verdadero Yo” (o también “la vida”). Y, según la misma pág., con su presuntamente nueva filosofía moral ya no hay por qué seguirse “preocupando por la vida” y se comienza a “gozar” de ésta. Y nuestro Salomón expresa todavía más “elocuentemente” la fuerza maravillosa de esta su supuestamente nueva filosofía moral en la siguiente pequeña máxima: “Considérate como más poderoso de lo que te proclaman y tendrás más poder; considérate como más y tendrás más”, pág. 483.Véase más arriba, en la “asociación”, la manera de Sancho de adquirir propiedad.

Pasemos ahora a su teoría de las circunstancias.

“El hombre no tiene una misión, pero tiene fuerzas que se manifiestan allí donde están, puesto que su ser consiste exclusivamente en su manifestación y no pueden permanecer inactivas, ni más ni menos que no podría la vida misma... Cada cual usa en todo momento tanta fuerza como posee” (“valorizaos, imitad a los valientes, conviértase cada uno de vosotros en un todopoderoso Yo”, etc., decía más arriba Sancho)... Es cierto que las fuerzas se tornan más vivas y se multiplican, principalmente mediante una resistencia hostil o una ayuda amistosa; pero, a partir del momento en que se comprueba que no se las pone en acción, puede uno estar seguro también de su inexistencia. Podemos hacer brotar fuego de una piedra, pero sin golpearla no saltarán las chispas; del mismo modo vemos que el hombre necesita de un impulso. Por eso también, puesto que las fuerzas se muestran siempre activas por sí mismas, resultaría superfluo y absurdo el ordenar que fuesen empleadas... La fuerza no es más que una palabra más simple para expresar la manifestación de la fuerza”, págs. 436, 437.

El “egoísmo uno consigo mismo”, que a su antojo hace que actúen o permanezcan pasivas sus fuerzas y sus capacidades, aplicándoles el jus utendi et abutendi, se derrumba súbita e inesperadamente aquí. Al llegar aquí, las fuerzas se ponen, de pronto, a actuar por sí mismas, independientemente, sin preocuparse ni en lo mínimo de los “antojos” de Sancho, por el solo hecho de existir; obran como fuerzas químicas o mecánicas, independientemente del individuo que las posee. Averiguamos, además, que una fuerza no existe cuando se echa de menos su manifestación, aunque esto se corrige al decir que la fuerza necesita de un impulso, para poder manifestarse. No sabemos en qué sentido se decidirá Sancho ante la ausencia de una manifestación de fuerza, si en el sentido de que falta la fuerza o de que falta el impulso. En cambio, nuestro investigador único de la naturaleza nos informa de que “podemos hacer brotar fuego de una piedra”, ejemplo que, como todos los de Sancho, no puede haber sido elegido más desgraciadamente. Sancho, como un sencillo maestro de escuela rural, cree que, al golpear el pedernal, el fuego brota de la piedra, donde hasta entonces se hallaba oculto. Pero, cualquier estudiante de cuarto año de bachillerato podría decirle que, al emplear este método de hacer fuego mediante el frotamiento del acero y el pedernal, método ya desde hace largo tiempo olvidado en todo país civilizado, se desprenden partículas de acero, y no de pedernal, que son las que mediante el dicho frotamiento se inflaman; que, por tanto, “el fuego”, que para Sancho no es una relación entre ciertos cuerpos y otros ciertos cuerpos, especialmente el oxígeno, relación que se produce al llegar a determinados grados de calor, sino una cosa independiente, un “elemento”, una idea fija, "lo sagrado"; que este fuego, no brota ni de la piedra ni del acero. Sancho habría podido decir, con la misma razón: podemos hacer brotar del cloro la ropa blanqueada, pero si falta el “impulso”, es decir, la ropa sin blanquear, no “brotará” nada de eso. En relación con esto, queremos registrar, para el “autodisfrute” de Sancho, un hecho anterior de la ciencia “única” de la naturaleza. En la oda al delito, leemos:

“¿No oyes rugir el lejano trueno
y no ves cómo el cielo guarda silencio,
lleno de presentimiento, y se oscurece?”

(pág. 319 del Libro).

El trueno ruge y el cielo guarda silencio. Sancho sabe, pues, de otro lugar en que el trueno ruge, fuera del cielo; además, Sancho observa el silencio del cielo por medio de su sentido de la vista, portento en que, desde luego, nadie se aventura a imitarle. O bien Sancho oye el trueno y ve el silencio, cosa que puede suceder simultáneamente. Ya hemos visto cómo Sancho, en los “fantasmas”, hace que las montañas representen el “espíritu de lo sublime”. Aquí, hace representar al cielo silencioso el espíritu del presentimiento.

Por lo demás, no se comprende por qué Sancho se enfurece tanto aquí contra “el ordenar que las fuerzas fuesen empleadas”. Esta orden podría ser, sin duda, el “impulso” que falta, “impulso” que, si bien no da resultado con respecto a la piedra, puede darlo en otros casos, con la eficacia de que el propio Sancho puede convencerse sin más que fijarse en cualquier batallón de soldados que haga la instrucción. Que la “orden” es un “impulso” incluso para sus pequeñas fuerzas se desprende sin más del hecho de que es, para él, una “piedra de escándalo”. La conciencia es también una fuerza, que según la doctrina que acabamos de escuchar, “se muestra siempre activa por sí misma”. Según esto, Sancho no debiera esforzarse, por tanto, en modificar la conciencia, sino, a lo sumo, el “impulso” que actúa sobre ella; de lo que resultaría que Sancho habría perdido el tiempo al escribir todo su libro. Pero, en este caso, no cabe duda de que considera sus prédicas morales y sus “preceptos” como un “impulso” suficiente.

“El hombre llega a ser siempre lo que puede llegar a ser. Puede ocurrir que un poeta innato se vea obligado por circunstancias desfavorables a no lograr colocarse a la altura de su tiempo y a crear grandes obras de arte, previos los grandes estudios necesarios para ello; pero sí hará versos, lo mismo si es mozo de labranza que si tiene la suerte de vivir en la corte de Weimar. Un músico innato hará música, ya sea en todos los instrumentos” (esta fantasía de “todos los instrumentos” se la ha suministrado Proudhon. Véase “el Comunismo”) “o solamente en la zampoña” (el maestro de escuela se acuerda, naturalmente, de las églogas de Virgilio). “Una mente nacida para filosofar se acreditará como filósofo universitario o como filósofo aldeano. Y, por último, un imbécil innato, será siempre una mente limitada. Y no cabe duda de que las cabezas innatamente limitadas forman indiscutiblemente la clase más numerosa de los hombres. ¿Por qué no han de manifestarse en la especie humana las mismas diferencias que se dan innegablemente en toda especie animal?”, pág. 434.

Una vez más elige Sancho sus ejemplos con insigne torpeza. Aun prescindiendo de su disparate de los poetas, músicos y filósofos innatos, este ejemplo sólo demuestra, de una parte, que los poetas, etc., innatos siguen siendo lo que eran ya al nacer, a saber: poetas, etc., y, de otra parte, que los poetas, etc., innatos, al devenir, al desarrollarse, pueden llegar a no ser, bajo el influjo de “circunstancias desfavorables”, lo que podían haber llegado a ser. Por tanto, visto en un aspecto, su ejemplo no prueba absolutamente nada y, en el otro aspecto, prueba exactamente lo contrario de lo que se propone demostrar, y visto en ambos aspectos a la vez, demuestra que Sancho, ya sea por nacimiento o por obra de las circunstancias, figura entre “la clase más numerosa de los hombres”. Con lo que revela, triste consuelo, que es una “cabeza limitada” única.

Sancho vuelve a vivir aquí la aventura del salutífero bálsamo que don Quijote preparó a base de romero, vino, aceite y sal y del que Cervantes, en el capítulo XVII, nos dice que Sancho, después de ingerirlo, se revolvió por espacio de dos horas, entre ansias y bascas, trasudores y desmayos y desaguándose por entrambos canales de su cuerpo. El brebaje materialista que nuestro valiente escudero ingiere para su autodisfrute, le vacía de todo su egoísmo, en el sentido extraordinario de la palabra. Veíamos más arriba cómo Sancho, frente al “impulso”, perdía de pronto toda su solemnidad y renunciaba a su “poder”, como en su tiempo los magos egipcios ante los piojos de Moisés; y volvemos a presencias aquí dos nuevos ataques de pusilanimidad, en los que también él se inclina ante “las circunstancias desfavorables” y acaba, incluso, por último, reconociendo su organización física originaria como algo que se achaparra, sin que él intervenga para nada en ello. ¿Qué le queda ahora que hacer a nuestro egoísta en quiebra? Su organización originaria no depende de él; no puede controlar las “circunstancias” ni el “impulso” bajo el cual se desarrolla esta organización; “tal y como es en cada momento, es él” y no “su criatura”, sino la criatura de la acción mutua entre sus dotes innatas y las circunstancias que actúan sobre ellas; todo esto concede Sancho. ¡Oh, desventurado “creador”! ¡Oh, la más desventurada de las “criaturas”!

Pero, la mayor de las desventuras sucede al final. Sancho, no contento con que se hayan contado ya desde hace mucho tiempo los tres mil azotes y trescientos en ambas sus valientes posaderas [En español, en el original] , tiene que resignarse, por último, a recibir un rudo golpe por el hecho de proclamarse un creyente en la especie. ¡Y qué clase de creyente! Primeramente, atribuye a la especie la división del trabajo, imputándole a ella el hecho de que unos sean poetas, otros músicos y otros maestros de escuela; en segundo lugar, le achaca los defectos físicos e intelectuales de que adolece “la clase más numerosa de los hombres” y la hace responsable de que, bajo la dominación de la burguesía, la mayoría de los individuos sean iguales a él. Según su concepción acerca de las cabezas limitadas innatas, habría que explicar también la actual difusión de la escrofulosis diciendo que “la especie” encuentra un placer especial en hacer que las constituciones escrofulosas innatas formen “la clase más numerosa de los hombres”. Los más vulgares materialistas y médicos estaban ya muy por encima de semejantes simplezas mucho antes de que el egoísta uno consigo mismo recibiera de la “especie”, de las “circunstancias desfavorables” y del “impulso” la “misión” de hacer su début ante el público alemán. Del mismo modo que, hasta aquí, Sancho había explicado todo el empequeñecimiento de los individuos, y por tanto de sus relaciones, partiendo de las . ideas fijas de los maestros de escuela, sin preocuparse para nada del origen de estas ideas, ahora explica este empequeñecimiento partiendo del simple proceso natural de la procreación. No piensa ni remotamente en que la capacidad de desarrollo de los hijos se rige por el desarrollo de los padres y en que todos estos fenómenos de raquitismo que se dan bajo las condiciones sociales que han regido hasta aquí son un producto histórico y pueden, por tanto y por la misma razón, eliminarse históricamente. Hasta las mismas diferencias naturales de la especie, tales como las diferencias de raza, etc., de las que Sancho no habla para nada, pueden y deben eliminarse históricamente. Sancho, que con este motivo echa una mirada de reojo a la zoología y descubre, al hacerlo, que “las cabezas innatamente limitadas” forman la clase más numerosa no sólo entre las ovejas y los bueyes, sino también entre los pólipos y los infusorios, que no tienen cabeza; Sancho ha oído hablar tal vez de que también las razas animales pueden ennoblecerse y, por medio del cruce de razas, llegar a producir especies más perfectas, tanto para el disfrute de los hombres como para su propio autodisirute. “¿Por qué no habría” Sancho de sacar de aquí una conclusión con respecto a los hombres?

Con este motivo, queremos “intercalar episódicamente” las “variaciones” de Sancho en torno a la especie. Y veremos, a este propósito, que adopta ante la especie exactamente la misma actitud que ante lo sagrado; cuanto más se indigna contra ella, más cree en ella.

Núm. I. Ya hemos visto cómo la especie engendra la división del trabajo y los fenómenos de raquitismo producidos bajo las circunstancias sociales existentes hasta ahora, y de tal modo que la especie, en unión de sus productos, se concibe como algo inmutable bajo cualesquiera circunstancias e independiente del control de los hombres.

Núm. II. “La especie se realiza ya por medio de las dotes; por el contrario, lo que tú hagas de estas dotes” (debiera decir, a tono con lo que precede: lo que las “circunstancias” hagan de ellas) “es tu realización. Tu mano se realiza plenamente en el sentido de la especie, pues de otro modo no sería mano, sino, digamos, zarpa... Tú haces de ella lo que y como quieres que sea y como puedes hacerlo”, págs. 184, 185, Wig.

Sancho repite aquí lo que en otra forma queda dicho en el núm. I.

Hasta aquí, hemos visto, pues, cómo la especie trae al mundo todas las dotes físicas y espirituales, la existencia inmediata de los individuos y, en germen, la división del trabajo, independientemente del control y de la fase histórica de desarrollo de los individuos.

Núm. III. La especie permanece como “impulso”, lo que no es sino la expresión general de las “circunstancias” que determinan el desarrollo del individuo originario, engendrado a su vez por la especie. Es aquí, para Sancho, exactamente el mismo poder misterioso que los demás burgueses llaman la naturaleza de las cosas y a la que achacan todas las relaciones, independientes de ellos en cuanto burgueses y cuya concatenación, por tanto, no comprenden.

Núm. IV. La especie, como lo “humanamente posible y la “necesidad humana”, constituye la base de la organización del trabajo en la “asociación stirneriana”, donde, asimismo, lo posible para todos y las necesidades comunes a todos se conciben como un producto de la especie.

Núm. V. Ya hemos visto el papel que el entendimiento desempeña en la asociación, pág. 462: “Si se trata de hacerme entender y de comunicarme, no puedo, ciertamente, hacer otra cosa que emplear los medios humanos que se hallan a mi disposición, ya que, al mismo tiempo, soy hombre” (id est, un ejemplar de la especie). He aquí, pues, el lenguaje, como producto de la especie. Si Sancho habla alemán y no francés no lo debe en modo alguno a la especie, sino a las circunstancias. Por lo demás, el carácter natural del lenguaje, en todo lenguaje moderno desarrollado, queda abolido, en parte por la historia del desarrollo del lenguaje en base a los materiales anteriores, como ocurre en las lenguas latinas y germánicas, en parte por el cruce y la mezcla de naciones, como en el inglés, y en parte por la concentración de los dialectos de una nación para formar la lengua nacional, teniendo como base la concentración económica y política. Que los individuos llegarán a tomar en su día plenamente bajo su control este producto de la especie, se comprende de suyo. En la asociación se hablará la lengua como tal, la lengua sagrada, la lengua de lo sagrado, el hebreo, y concretamente en el dialecto arameo, que era el que hablaba la “esencia encarnada” de Cristo. Esto “se nos ha ocurrido” aquí sin que Sancho lo esperara, “sencillamente por que nos ha parecido que podía contribuir al esclarecimiento de lo demás”.

Núm. VI. En las págs. 277, 278, averiguamos que “la especie se manifiesta en pueblos, ciudades, estamentos, en diversas corporaciones” y, por último “en la familia”, razón por la cual, consecuentemente, hasta aquí ha “hecho la historia”. Por tanto, aquí se presenta toda la historia anterior, incluyendo la desventurada historia del Único, como producto de la “especie”, y ello por la razón suficiente de que esta historia se resume, a veces, bajo el nombre de historia de la humanidad, es decir, del género humano.

Núm. VII. Hasta aquí, Sancho ha atribuido a la especie más que ningún mortal antes de él, lo cual resume ahora en la siguiente tesis: “La especie es nada... la especie es simplemente algo pensado” (espíritu, espectro, etc.), pág. 239. Finalmente, la “nada” de Sancho, idéntica a lo “pensado”, no significa nada, pues es ella misma “la nada creadora”, y la especie crea, como hemos visto, muchísimo, razón por la cual puede muy bien ser “nada”. Además, Sancho nos dice en la pág. 456: “Por el ser no se justifica absolutamente nada; lo pensado es ni más ni menos que lo no pensado”.

A partir de la pág. 448 devana Sancho una hebra de 30 páginas de largo para hacer brotar el “fuego” del pensamiento y de la crítica del egoísta uno consigo mismo. Pero ya hemos vivido demasiadas manifestaciones de su pensamiento y de su crítica para que vayamos a servir aquí todavía al lector la sopa de convento de Sancho. Bastará con que le presentemos una cucharada.

“¿Creéis acaso que los pensamientos vuelan alrededor de vosotros libres como pájaros, de tal modo que cualquiera pueda apoderarse de los que le plazcan y hacerlos valer contra Mí como su propiedad intangible? Lo que vuela en torno es todo Mío”, pág. 457.

Sancho se arroja aquí como cazador furtivo contra becadas imaginarias. Ya hemos visto cuántos de los pensamientos que vuelan en torno ha atrapado en su red. Se hacía la ilusión de apoderarse de ellos con sólo verterles sobre la cola la sal de lo sagrado. Esta enorme contradicción entre su propiedad real sobre los pensamientos y su ilusión en torno a ella puede servir de ejemplo clásico y plástico de toda su propiedad en el sentido extraordinario de la palabra. Es cabalmente este contraste lo que forma su autodisfrute.

6. EL CANTAR DE LOS CANTARES, O EL ÚNICO

Cessem do sabio Grego, e do Troiano,
As navegaçöes grandes que fizeram;
Calle-se de Alexandro, e de Trajano
A fama das victorias que tiveram...
…………………………………………
Cesse ludo o que a Musa antigua canta,
Que outro valor mais alto se alevanta.
E vos, Spreïdes minhas
Dai-me huma furia grande, e sonorosa,
E náo de agreste avena, on frauta ruda;
Mas de tuba canora, e bellicosa
Que o peito accende, e o côr ao gesto muda…[7].

¡Dadme, oh ninfas del Spree, un canto digno de los héroes que en vuestras orillas combaten contra la sustancia y contra el hombre, un canto que se extienda por el mundo entero y resuene en todas las tierras, pues se trata de cantar al hombre que ha hecho

Mais do que promettia a força humana [Más de lo que prometía la fuerza humana],

más de lo que la simple fuerza “humana” era capaz de realizar, del hombre que edificara

Novo reino que tanto sublimara [Nuevo reino, que tanto sublimara],

que ha sabido levantar un nuevo reino en un pueblo remoto, a saber, el reino de la “asociación”; trátase del

-tenro, e novio ramo florescente
De huma arvore de Christo, mais amada,
[… tierno y nuevo ramo floreciente / De un árbol de Cristo, el más amado]

del delicado y nuevo brote floreciente de un árbol amado y predilecto de Cristo, que es

… certissima esperança
Do augmento da pequenha Christiandade
[certísima esperanza / De aumento de la pequeña Cristiandad][8]

la más cierta esperanza de incremento de la pusilánime Cristiandad; trátase, en una palabra, de algo “hasta ahora nunca vista”, ¡del “Único”!

Todo lo que figura en este nunca visto Cantar de los. Cantares del Único ya lo hemos encontrado antes en “el Libro”. Sólo por razones de buen orden mencionamos aquí este capítulo; para poder proceder convenientemente, nos hemos reservado hasta ahora algunos puntos y recapitularemos brevemente otros.

El “Yo” de Sancho recorre una metamorfosis completa. Lo hemos encontrado ya como egoísta uno consigo mismo, como siervo campesino, como tratante en pensamientos, como infeliz competidor, como propietario, como esclavo a quien le arrancan una pierna, como el Sancho zarandeado entre el nacimiento y las circunstancias y bajo otras cien formas y figuras diferentes. Aquí se despide de nosotros como el “inhumano”; bajo la misma divisa con la cual lo hemos visto entrar en el Nuevo Testamento.

El hombre real es solamente el... inhumano”, pág. 232.

Es ésta una de las mil y una ecuaciones bajo las que Sancho presenta su leyenda de lo sagrado.

El concepto hombre no es el hombre real.

El concepto hombre = el hombre.

El hombre = el hombre no real.

El hombre real = el no-hombre

“El hombre real es solamente el inhumano”.

Sancho trata de explicar el carácter inofensivo de esta tesis por medio de los siguientes giros:

“No es ciertamente difícil decir crudamente lo que es el inhumano; es un hombre [...] que no corresponde al concepto de lo humano. La lógica llama a esto un juicio contradictorio. ¿Acaso se podría enunciar el juicio de que alguien puede ser hombre sin ser hombre si no se admitiese la hipótesis de que el concepto de hombre puede separarse del hombre y el ser del fenómeno? Se dice: tiene toda la apariencia de un hombre, pero no lo es. Durante una larga serie de siglos, los hombres han enunciado este juicio contradictorio y, más aún, durante esta larga serie de siglos sólo ha habido inhumanos. ¿Qué individuo se ha ajustado nunca a su concepto?”, pág. 232.

La quimera, que aquí vuelve a tomarse como base, de nuestro maestro de escuela acerca del maestro de escuela, que se forma un ideal “del hombre” y “se lo mete en la cabeza” a los demás: tal es el texto fundamental “del Libro”.

Sancho llama una hipótesis al que el concepto y la existencia, la esencia y el fenómeno “del hombre” puedan separarse, como si él no expresara ya en las mismas palabras la posibilidad de la separación. Tan pronto como dice concepto, dice algo distinto de la existencia; al decir esencia, dice algo distinto del fenómeno. Y no son estos predicados los que contrapone entre sí, sino que ya ellos son los predicados de una contraposición. El único problema sería, pues, el de saber si podría clasificar algo bajo estos puntos de vista; y, para entrar en él, Sancho habría necesitado entrar a considerar las relaciones reales entre los hombres, que en estas relaciones metafísicas reciben otros nombres. Por lo demás, lo que el propio Sancho nos dice acerca del egoísta uno consigo mismo y de la sublevación, demuestra cómo es posible hacer que estos puntos de vista difieran entre sí, y lo que nos dice acerca de la propia individualidad, de la posibilidad y la realidad en el “autodisfrute”, cómo es posible hacer, a un tiempo, que coincidan y que difieran.

El contradictorio juicio de los filósofos según el cual el hombre real no es hombre, es solamente, dentro de la abstracción, la expresión más amplia y más universal de la contradicción universal que de hecho existe entre las condiciones y las necesidades de los hombres. La forma contradictoria de esta tesis abstracta corresponde enteramente al carácter contradictorio de las condiciones de la sociedad burguesa, llevadas hasta su máxima agudización. Exactamente lo mismo que el juicio contradictorio de Sancho acerca de su medio: son egoístas y no lo son, corresponde a la contradicción de hecho entre la existencia de los pequeños burgueses alemanes y las tareas que las condiciones les imponen y que moran en ellos mismos como piadosos deseos y apetencias. Por lo demás, los filósofos no han declarado que los hombres sean inhumanos porque no se ajusten al concepto de hombre, sino porque su concepto de hombre no se ajusta al verdadero concepto de hombre o porque no tienen la verdadera conciencia del hombre. Tout comme chez nous [Exactamente igual que entre nosotros] en el “Libro”, donde Sancho declara también que los hombres son no egoístas, sencillamente porque no poseen la verdadera conciencia del egoísmo.

La tesis, absolutamente inofensiva, de que la representación del hombre no es el hombre real, de que la representación que nos formamos de una cosa no es la cosa misma; esta tesis que vale también para la piedra y la representación de la piedra y con arreglo a la cual Sancho debiera decir que la piedra real sólo es la no-piedra, no habría merecido siquiera una mención, por razón de su enorme trivialidad y de su irrefutable certeza. Pero la conocida figuración de Sancho de que, hasta ahora, los hombres sólo se han visto arrastrados a toda suerte de desdichas por el imperio de las representaciones y los conceptos le permite volver a anudar a esta tesis sus viejos corolarios. La vieja opinión de Sancho de que basta con quitarse de la cabeza algunas ideas para quitar del mundo las condiciones de que han nacido estas ideas, se reproduce aquí bajo la forma de que basta con quitarse de la cabeza la idea hombre para destruir con ello las condiciones reales que hoy se llaman inhumanas, ya sea este predicado de “inhumano” el juicio del individuo que se halla en contradicción con sus condiciones o el juicio de la sociedad normal, dominante, acerca de la clase anormal, dominada. Exactamente lo mismo que una ballena, al verse trasplantada del agua salada al Kupfergraben [Canal de Berlín], si tuviese conciencia, declararía como contraria a la naturaleza de la ballena esta situación determinada por las “circunstancias desfavorables”, a pesar de que Sancho pudiera demostrarle, por el contrario, que era una situación ballenácea, propia de su naturaleza, por ser su situación, la de la ballena; exactamente lo mismo juzgan los hombres en ciertas circunstancias.

En la pág. 185, formula Sancho esta gran pregunta: “¿Pero, cómo poner diques al inhumano, que, sin embargo, se contiene en todo individuo? ¿Cómo hacer para no poner en libertad al inhumano al mismo tiempo que al hombre? Todo el liberalismo tiene un enemigo mortal, un antagonismo insuperable, como Dios tiene al diablo; el hombre tiene a su lado siempre al inhumano, al egoísta, al Único. El Estado, la sociedad, la humanidad son incapaces de domeñar a este demonio”.

“Y cuando se hayan cumplido los mil años, Satanás será soltado de su prisión y se irá a seducir a los pueblos que están en los cuatro ángulos de la tierra, a Gog y Magog, a fin de juntarlos para la guerra... Subieron a la superficie de la tierra y cercaron el campamento de los santos y la ciudad amada”. Apocalipsis de San Juan, 20, 7-9,

El problema, tal y como el propio Sancho lo entiende se reduce a su vez a un puro absurdo. Se imagina que, hasta ahora, los hombres se han formado siempre un concepto acerca del hombre, liberándose luego en la medida necesaria para realizar en sí mismos este concepto; que la medida de la libertad alcanzada por ellos en cada momento se hallaba determinada por la representación que en cada caso se formaban del ideal del hombre, sin que pudiera faltar, naturalmente, el que en cada individuo quedara flotando un residuo que no correspondiera a este ideal y que, por tanto, en cuanto “inhumanos” no llegaran a liberarse o sólo se liberaran malgré eux [a pesar de ellos]. En la realidad, las cosas ocurrían, naturalmente, de otro modo: los hombres sólo se liberaban en la medida en que se lo prescribía y se lo consentía, no su ideal del hombre, sino las condiciones de producción existentes. Sin embargo, todas las liberaciones anteriores tuvieron como base fuerzas de producción limitadas, cuya producción insuficiente para toda la sociedad sólo permitía un desarrollo siempre y cuando los unos satisficieran sus necesidades a costa de los otros y, por tanto, los unos -la minoría- obtuvieran el monopolio del desarrollo, al paso que los otros -la mayoría-, mediante la lucha continua en torno a la satisfacción de las necesidades más apremiantes, se veían excluidos por el momento (es decir, hasta la creación de nuevas fuerzas revolucionadoras de la producción) de todo desarrollo. De este modo, la sociedad, hasta aquí, ha venido desarrollándose siempre dentro de un antagonismo, que entre los antiguos era el antagonismo de libres y esclavos, en la Edad Media el de la nobleza y los siervos y en los tiempos modernos es el que existe entre la burguesía y el proletariado. Y esto es lo que explica, de una parte, el modo “inhumano”, anormal, con que la clase dominada satisface sus necesidades y, de otra parte, las limitaciones con que se desarrolla el intercambio y, con él, toda la clase dominante, de tal modo que estas limitaciones con que tropieza el desarrollo no consisten solamente en la exclusión de una clase, sino también en el carácter limitado de la clase excluyente y en que lo “inhumano” se da también en la clase dominante. Esta llamada “inhumanidad” es, asimismo, un producto de las actuales condiciones, ni más ni menos que la “humanidad”; es su aspecto negativo, la rebelión, no basada en ninguna nueva fuerza revolucionaria de producción, contra las condiciones dominantes que descansan sobre las fuerzas de producción existentes y el modo de satisfacción de las necesidades que a ellas corresponde. La expresión positiva llamada “Humana” corresponde a las condiciones dominantes determinadas, de acuerdo con cierta fase de la producción y al nodo de satisfacer las necesidades por ella condicionadas, del mismo modo que la expresión negativa, la “inhumana”, corresponde a los diarios intentos nuevos provocados por esta misma fase de la producción y que van dirigidos a negar dentro del modo de producción existente estas condiciones dominantes y el modo de satisfacción que en ellas prevalece.

Para nuestro santo, estas luchas que se libran en el plano de la historia universal discurren como una simple colisión entre San Bruno y “la masa”. Cfr. toda la crítica del liberalismo humano, especialmente pp. 192 y ss.

Por consiguiente, con sus simples frasecillas acerca de lo inhumano y del quitárselo de la cabeza del hombre, con lo que desaparecerá también lo inhumano y no existirá ya medida alguna para los individuos, nuestro simplista Sancho no llega, en última instancia, a resultado alguno. Reconoce el raquitismo v el avasallamiento a que intelectual y socialmente se ve condenado un individuo bajo la acción de las condiciones existentes, como la individualidad y el modo de ser propio de este individuo; reconoce tranquilamente, como un conservador cualquiera, estas condiciones, después de haberse desembarazado de toda preocupación al quitarse de la cabeza las ideas de los filósofos acerca de ellas. Y del mismo modo que aquí declara que el carácter fortuito así impuesto al individuo constituye su propia individualidad, más arriba (cfr. la Lógica) hacía abstracción en su Yo, no sólo de todo carácter fortuito, sino incluso de toda individualidad en general.

Y este resultado “inhumanamente” grandioso es el que Sancho canta en el siguiente Kirieleison, que pone en boca de “lo inhumano”:

“Yo era despreciable, porque buscaba Mi Yo mejor fuera de Mí mismo;

Yo era lo inhumano, porque soñaba con lo humano;

Me asemejaba a esas gentes devotas hambrientas de su Yo verdadero, pero que son siempre pobres pecadores;

Sólo pensaba en Mí en comparación con otro;

No lo era todo en todo, no era el Único.

Pero, ahora, he dejado de representarme como lo inhumano;

He dejado de medirme y dejar que Me midan por el hombre;

He dejado de reconocer algo por encima de Mí mismo;

He sido lo inhumano, pero ya no lo soy; ahora, soy el único”. ¡Aleluya!

Sin entrar a ver aquí más en detalle cómo “lo inhumano”, lo que, dicho sea de pasada, se sitúa en el estado humorístico de ánimo necesario “volviendo la espalda” “a sí mismo y al crítico” San Bruno; “cómo lo inhumano”, decimos, se “representa” aquí o no se “representa”, advertiremos que el o lo “Único” se califica aquí en el sentido de que debe, por la milésima vez, quitarse lo sagrado de la cabeza, con lo que, como debemos también repetir nosotros por milésima vez, todo sigue igual que antes, prescindiendo de que eso no pasa de ser un piadoso deseo.

Nos encontramos aquí por vez primera con el Único.

Sancho, a quien se arma caballero con el acompañamiento de la anterior letanía, se apropia ahora su nuevo nombre caballeresco. Sancho adquiere su unicidad quitándose de la cabeza “al hombre”. Con ello, “deja de pensarse solamente en comparación con otro” y de “reconocer algo por encima de él”. Se convierte en algo incomparable. Nos encontramos de nuevo aquí con la vieja manía de Sancho de que las representaciones, las ideas, “lo sagrado”, que aquí se presenta bajo la forma “del hombre”, son el único tertium comparationis [Tercer término de comparación], el único nexo entre los individuos, y no sus necesidades. Se quita una representación de la cabeza, y se convierte con ello en único.

Para poder ser “único” en su sentido, necesita ante todo demostrarnos su carencia de toda premisa.

Pág. 470: “Tu pensamiento no tiene como premisa el pensamiento, sino a ti mismo. Entonces, ¿te presupones a ti? Sí, pero no a Mí, sino Mi pensamiento. Antes de Mi pensamiento soy Yo. De donde se sigue que a Mi pensar no precede un pensamiento o que Mi pensamiento carece de toda premisa. Pues la premisa que Yo soy para Mi pensamiento no es una premisa hecha por el pensar, una premisa pensada, sino que es el propietario del pensamiento y demuestra solamente que el pensamiento no es otra cosa que la propiedad”.

“Le concederemos, sin más” que Sancho no piensa antes de pensar y que él y cualquier otro es, en este respecto, un pensador sin premisa. Y asimismo se le concede que no tiene ningún pensamiento como premisa de su existencia, es decir; que no fue hecho por pensamientos. Si Sancho hiciera durante un momento abstracción de todo su bagaje de pensamientos, cosa que no parece que debiera serle difícil, dada la pobreza de ese bagaje, quedaría en pie tan sólo su Yo real, pero su Yo real dentro de las condiciones reales del mundo que para él existen. Se habrá desembarazado con ello, por un instante, de toda premisa dogmática, pero a cambio de esto comenzarán para él, a partir de ahora, las premisas reales. Y estas premisas reales son también las premisas de sus premisas dogmáticas, que reaparecen con las reales, quiéralo él o no, tan pronto como no cuente con otras premisas reales y también, al mismo tiempo, con otras dogmáticas o tan pronto como no reconozca materialmente las premisas reales como las premisas de su pensamiento, con lo que las premisas dogmáticas dejarán de existir inmediatamente y de un modo general. Así como su desarrollo anterior y su medio berlinés le han trazado hasta ahora la premisa dogmática del egoísmo uno consigo mismo, esta premisa seguirá adherida a él a pesar de que se imagine exento de premisas, mientras no llegue a superar sus premisas reales.

Como auténtico maestro de escuela, Sancho aspira siempre al famosísimo “pensamiento exento de premisas” de Hegel, es decir, el pensamiento sin premisas dogmáticas, que es también, en Hegel, un piadoso deseo simplemente. Y se imaginaba que podía llegar a captarlo por medio de un sutil golpe de mano y llegar incluso a superarlo, lanzándose a la caza del Yo exento de premisas. Pero tanto el uno como el otro se le escapan de las manos.

En vista de lo cual Sancho trata de probar suerte de otro modo.

Págs. 214 y 215. ¡”Agotad” la reivindicación de la libertad! “¿Quién debe ser libre? Tú, Yo, Nosotros. Libre de qué? De todo lo que no sea Tú, Yo, Nosotros. Yo soy, pues, el meollo... ¿Qué queda en pie si Yo Me libero de todo cuanto no sea Yo? Quedo solamente Yo y nada más que Yo”.

“¡Con que eso era, pues, lo que el perro tenía dentro!
¿Un escolástico errante? La cosa me mueve a risa”.[9]

“Todo lo que no sea Tú, Yo, Nosotros” es, naturalmente, una vez más, una representación dogmática, como el Estado, la nacionalidad, la división del trabajo, etc. Una vez criticadas estas representaciones, cosa que Sancho cree realizado ya por “la crítica”, naturalmente por la Crítica crítica, se cree desembarazado también del Estado, la nacionalidad y la división del trabajo reales. El Yo, que es aquí “el meollo” del asunto, “lo que el perro tenía dentro”, “libre de todo lo que no soy Yo”, es, pues, de nuevo aquel Yo exento de toda premisa de que hablábamos más arriba, con todo aquello de que no ha sido liberarlo.

Pero, si Sancho enfocase por una vez esta “liberación” no en el sentido de liberarse simplemente de las categorías, sino en el de liberarse de las trabas reales, vería que esta liberación presupone un cambio común a él y a una gran cantidad de situaciones parecidas y determina un estado nuevo del mundo, común también con otras. Después de esta liberación, quedará en pie todavía, evidentemente, su “Yo”, pero como un Yo totalmente cambiado, que tiene de común con otros una situación cambiada del mundo, que es precisamente la premisa común a él y a otros de su libertad y de la de éstos, con lo cual se viene por tierra la unicidad, la incomparabilidad y la independencia de su “Yo”.

Pero Sancho intenta seguir todavía un tercer camino:

Pág. 237: “Lo ignominioso para ellos no está en que se excluyan” (el judío y el Cristiano), “sino en que esto sólo ocurra a medias. Si pudieran ser totalmente egoístas, se excluirían por entero”.

Pág. 273. “Se concibe la significación de la antítesis de un modo demasiado formal y tenue cuando sólo se trata de disolverla. Esta antítesis merece por el contrario, ser agudizada”.

Pág. 274: “Sólo dejaréis de seguir disimulando vuestra antítesis si la reconocéis íntegramente y cada cual se afirma como único de los pies a la cabeza... La última y más resuelta antítesis, la del único frente al único, se halla en el fondo por encima de eso que se llama antítesis... Como único que eres, nada tienes de común con el otro ni nada, por tanto, que te separe de él o te lo haga hostil... La antítesis desaparece en la perfecta... separación o unicidad”.

Pág. 183: “Yo no quiero distinguirme de otros por nada especial; no Me mido tampoco por otros... Yo quiero serlo todo y tenerlo todo cuanto Yo pueda ser y tener. ¿Qué Me importa el que otros sean o tengan algo semejante? Nunca podrán ser ni tener lo mismo, algo igual. En nada merma lo suyo, como no mermo en nada lo que tiene la roca por el hecho de llevarle la ventaja del movimiento. Si ella pudiera tenerlo, lo tendría. Para no menoscabar en nada a los demás hombres hay que sentar el postulado de no poseer ningún privilegio... No se debe considerarlos como «algo especial», por ejemplo, como judío o cristiano. Tampoco Yo Me tengo por algo especial, sino por único. Presento, sin duda, semejanzas con otros; pero esto sólo se refiere a la comparación o a la reflexión; en realidad, Yo soy incomparable, único. Mi carne no es su carne, Mi espíritu no es su espíritu. Y si los reducía a todos a las generalidades «carne» y «espíritu», esos son vuestros pensamientos, que nada tienen que ver con Mi Carne y con Mi espíritu”.

Pág. 234: “Son los egoístas los que empujan a la ruina a la sociedad humana, pues éstos ya no se relacionan entre sí como hombres, sino que se enfrentan egoístamente como un Yo frente a un Tú totalmente distinto de Mí y hostil a Mi”.

Pág. 180: “Como si el uno no buscase siempre al otro, como si el uno no debiera acomodarse al otro cuando necesita de él. Pero la diferencia está en que, entonces, el individuo se une al individuo, mientras que antes se ligaba a él por medio de un nexo”.

Pág. 178: “Sólo cuando sois únicos podéis relacionaros unos con otros como lo que realmente sois”.

Queda completamente descartada, como vemos, la ilusión de Sancho acerca del comercio entre los individuos “como lo que realmente son”, acerca de “la unión de unos individuos con otros”, en una palabra, acerca de la “asociación”. Hagamos notar simplemente que si en la asociación cada cual sólo consideraba y trataba al otro como su objeto, como su propiedad (cfr. pág. 167 y la teoría de la propiedad y la explotación), el gobernador de la ínsula Barataria provee en el Comentario (Wig., pág. 157) en contra de ello y reconoce que también el otro se pertenece a sí mismo, es su propio, su único y también en calidad de tal se convierte en objeto de Sancho, aunque ya no en propiedad suya. En su desesperación, sólo se salva del desastre gracias a la inesperada ocurrencia de “olvidarse en esto de sí mismo, en un dulce autoolvido”, disfrute “de que goza miles de veces a cada hora” y que le endulza todavía más la dulce conciencia de que “no ha desaparecido del todo”. Por donde se llega, una vez más, al viejo chiste de que cada cual es para sí y para los otros.

Veamos ahora el modo de analizar las grandilocuentes frases de Sancho para descubrir por debajo de ellas su modesto contenido.

Las pomposas frases acerca de la “antítesis” que debe ser agudizada y llevada a su extremo y acerca de lo “especial” por lo que Sancho no quiere distinguirse, se reducen a uno y lo mismo. Sancho quiere o cree más bien querer que los individuos se relacionen entre sí en un plano puramente personal, que en sus relaciones no se interfiera un tercer término, una cosa (cfr. la competencia). Este tercer término es, aquí, lo “especial” o la antítesis especial, no absoluta, es decir, la posición de unos individuos con respecto a otros, condicionada por las relaciones sociales actuales. Sancho no quiere, por ejemplo, que dos individuos se enfrenten en “antítesis” como burgués y proletario, protesta contra lo “especial” que “distingue” al primero con respecto al segundo; quiere convertir esta antítesis en una relación puramente personal entre dos simples individuos. No se para a pensar que, dentro de la división del trabajo, las relaciones personales siguen desarrollándose necesaria e inevitablemente hasta convertirse y plasmarse en relaciones de clase, razón por la cual toda su fraseología se reduce a un simple piadoso deseo, que aspira a realizar exhortando a los individuos de estas clases a quitarse de la cabeza la idea de su “antítesis” y de sus “privilegios” “especiales”. En las frases de Sancho transcritas más arriba se trata únicamente de lo que la gente piensa de sí y de lo que él piensa de ella, de lo que ella quiere y de lo que quiere él. Bastará cambiar ese punto de vista y ese querer para acabar con la “antítesis” y lo “especial”.

Incluso lo que distingue a un individuo como tal de otro, es hoy, al mismo tiempo, un producto de la sociedad y necesariamente tiene que hacerse valer, a su vez, en su realización, como un privilegio, como ya hacíamos ver a Sancho en relación con la competencia. Además, el individuo en cuanto tal, de por sí considerado, se ve subsumido bajo la división del trabajo, aislado, empequeñecido, determinado por ella.

¿A qué tiende, en el mejor de los casos, Sancho al agudizar la antítesis y abolir lo especial? A que las relaciones de los individuos deben ser su comportamiento y sus distinciones mutuas sus autodistinciones (al modo como mi Yo empírico se distingue de otro). Ambas cosas son, o bien, como en Sancho, una transcripción ideológica de lo existente, pues las relaciones entre los individuos no pueden ser, bajo cualesquiera circunstancias, otra cosa que su comportamiento mutuo, ni sus diferencias pueden ser sino sus autodistinciones. O bien se trata, simplemente, del buen deseo de que pudieran comportarse y diferenciarse unos de otros de tal modo que su comportamiento no se sustantive como una relación social independiente de ellos, que sus diferencias mutuas pudieran no adoptar el carácter material (independiente de la persona) que han adoptado y seguirán adoptando diariamente.

Los individuos siempre y en todas las circunstancias “han partido de sí mismos”, pero como no eran únicos en el sentido de que no necesitaran mantener relación alguna los unos con los otros, como sus necesidades y, por tanto, su naturaleza, y el modo de satisfacerlas los relacionaba entre sí (relaciones sexuales, intercambio, división del trabajo), necesariamente tenían que entrar en relaciones. Y como, además, no entraban en intercambio como puros Yos, sino como individuos en una determinada etapa de desarrollo de sus fuerzas productivas y sus necesidades, y en un intercambio que, a su vez, determinaba la producción y las necesidades, tenemos que era cabalmente el comportamiento personal, individual, de los individuos, su comportamiento mutuo en cuanto tales individuos, lo que creaba y volvía a crear diariamente de nuevo las relaciones existentes. Entraban en intercambio unos con otros como lo que eran, partían “de sí mismos”, siendo indiferente la “concepción de vida” que profesaran. Esta “concepción de vida”, incluso la tan torcida de los filósofos, sólo podía ser determinada siempre, naturalmente, por su vida real. Y, en este punto, se puso de manifiesto, evidentemente, que el desarrollo de un individuo se halla condicionado por el desarrollo de todos los demás con quienes se halla en intercambio directo e indirecto y que las distintas generaciones de individuos que mantienen relaciones mutuas tienen entre sí una conexión; que los que vienen después se hallan condicionados en su existencia física por quienes los han precedido, ya que recogen las fuerzas de producción y las formas de intercambio por ellos acumuladas, determinándose de ese modo en sus propias relaciones mutuas. En una palabra, se revela que se opera un desarrollo y que la historia de un individuo no puede en modo alguno desligarse de la historia de los individuos precedentes y simultáneos, sino que, por el contrario, se halla determinada por ésta.

El trueque del comportamiento individual en lo contrario de lo que es, un comportamiento meramente material, la distinción entre la individualidad y la casualidad por los individuos mismos constituye, como ya hemos demostrado, un proceso histórico y adopta, en las distintas fases de desarrollo, formas distintas, cada vez más agudas y más universales. En la época actual, la dominación de las formas materiales sobre los individuos, la opresión de la individualidad por la casualidad ha cobrado su forma más aguda y más universal, imponiendo con ello una tarea muy determinada a los individuos existentes. Plantea ante ellos la tarea de sustituir la dominación de las relaciones y de la casualidad sobre los individuos por la dominación de los individuos sobre la casualidad y las relaciones. No formula, como Sancho se lo imagina, el postulado de que “Yo Me desarrolle”, lo que todo individuo venía haciendo ya sin necesidad de que Sancho se lo aconsejara, sino que preceptúa más bien la liberación de un modo de desarrollo muy determinado. Esta tarea impuesta por las condiciones actuales coincide con la tarea de organizar de un modo comunista la sociedad.

Ya hemos puesto de manifiesto más arriba que la abolición de la independencia de las relaciones frente a los individuos y de la supeditación de la individualidad a la casualidad, de la subsunción de sus relaciones personales bajo las relaciones generales de clase, etc., está condicionada por la supresión de la división del trabajo. Y hemos hecho ver, asimismo, que la abolición de la división del trabajo se halla condicionada, a su vez, por el desarrollo del intercambio y de las fuerzas productivas hasta un ámbito tal de universalidad, que la propiedad privada y la división del trabajo se conviertan en una traba para ellos. Y hemos puesto de relieve, igualmente, que la propiedad privada sólo puede abolirse bajo la condición de un desarrollo omnilateral de los individuos, precisamente porque el intercambio y las fuerzas productivas con que se encuentren sean omnilaterales y sólo puedan asimilarse por individuos dotados de un desarrollo también omnilateral, es decir, en el ejercicio libre de su vida. Hemos puesto de manifiesto que los individuos actuales necesitan abolir la propiedad privada, porque las fuerzas de producción y las formas de intercambio se han desarrollado ya con tal amplitud, que bajo el imperio de la propiedad privada se convierten en fuerzas destructivas y porque el antagonismo entre las clases se ha visto empujado a su máxima culminación. Finalmente, hemos hecho ver que la abolición de la propiedad privada y de la división del trabajo es ya la unión misma de los individuos sobre la base establecida por las fuerzas de producción actuales y por el intercambio universal.

Dentro de la sociedad comunista, la única donde el desarrollo original y libre de los individuos no es una frase, este desarrollo está condicionado precisamente por la cohesión de los individuos, cohesión que se da, en parte, en las premisas económicas mismas y, en parte, en la necesaria solidaridad del desarrollo libre de todos y, finalmente, en el modo universal de manifestarse los individuos sobre la base de las fuerzas de producción existentes. Aquí se trata, pues, de individuos que han llegado a una determinada fase de desarrollo histórico y no, ni mucho menos, de individuos casuales cualesquiera, y esto aun prescindiendo de la necesaria revolución comunista, que es, a su vez, una condición común para su libre desarrollo. La conciencia de los individuos acerca de sus relaciones mutuas es también, naturalmente, otra muy distinta y no será, por tanto, ni el “principio del amor” o el dévoûment ni tampoco el egoísmo.

La “unicidad”, entendida en el sentido del desarrollo original y del comportamiento individual, tal como lo exponíamos más arriba, no sólo presupone, pues, cosas muy distintas de la buena voluntad y la conciencia honesta, sino cabalmente, lo contrario de las fantasías de Sancho. En él, no es otra cosa que un embellecimiento de las relaciones existentes, una consoladora gota de bálsamo para la pobre alma impotente, que se ha vuelto miserable en medio de la miseria.

Y lo que decimos de la “unicidad” puede aplicarse también a la “incomparabilidad” de Sancho. Él mismo recordará, suponiendo que no haya “desaparecido” totalmente “en el dulce autoolvido”, que la organización del trabajo, en la “asociación stirneriana de los egoístas”, no descansaba solamente sobre la comparabilidad, sino también sobre la igualdad de las necesidades. Y no presuponía solamente necesidades iguales, sino también una igual manifestación, de tal modo que uno pudiera sustituir a otro en el “trabajo humano”.Y el salario extraordinario del “Único”, que corona sus éxitos, ¿sobre qué descansa sino sobre el hecho de que su prestación pueda compararse con la de otros y pagarse mejor en dinero por razón de su superioridad? ¿Y cómo puede, en general, Sancho hablar de incomparabilidad cuando deja subsistir la comparación práctica sustantivada que es el dinero, se subordina a él y se deja, al compararse con otros, medir por esta medida universal? Hasta qué punto da él mismo el mentís a su incomparabilidad es evidente. Nada más fácil que llamar determinaciones de la reflexión a la igualdad y la desigualdad, la semejanza y la desemejanza. También la incomparabilidad es una determinación de la reflexión, que tiene como premisa la actividad del comparar. Para demostrar cómo la comparación no es una determinación de la reflexión puramente arbitraria, nos bastará aducir un ejemplo, el del dinero, el constante tertium comparationis de todos los hombres y de todas las cosas. Por lo demás, la incomparabilidad puede tener diversos significados. El único que aquí interesa, el de la “unicidad” en el sentido de originalidad, presupone que la actividad del individuo incomparable dentro de una esfera determinada se distingue de por sí de la actividad de otros iguales. Una cantante incomparable es la Persiani, precisamente porque es una cantante y puede compararse con otras, y precisamente por oídos capacitados para llegar al conocimiento de su incomparabilidad mediante una comparación basada en la conforma-ción normal y en la cultura musical. El canto de la Persiani es incomparable con el croar de la rana, a pesar de que también en este caso podría establecerse una comparación, pero esta comparación mediaría entre ser humano y rana, y no entre la Persiani y esa rana única. Solamente en el primer caso cabe hablar de comparación entre individuos, ya que en el segundo la comparación recae sobre la especie o sobre una propiedad de ésta. Un tercer caso de incomparabilidad, la del canto de la Persiani con la cola de un cometa, lo dejamos al “autodisfrute” de Sancho, pues sabemos cuánto goza con los “juicios contradictorios”; pero, hasta esta absurda comparación tiene una realidad en el carácter absurdo de las condiciones actuales. El dinero es la medida común de todas las cosas, hasta de las más heterogéneas

Por lo demás, la incomparabilidad de Sancho se reduce, a su vez, a la misma frase que la unicidad. Los individuos no deben medirse ya por un tertium comparationis independiente de ellos, sino que la comparación debe trocarse en su autodistinción, id est en el libre desarrollo de su individualidad, por el consabido procedimiento de quitarse de la cabeza las “ideas fijas”.

Sancho sólo conoce, por otra parte, la comparación de los literatos y estrategas de cervecería, la que lleva al grandioso resultado de que Sancho no es Bruno ni Bruno es Sancho. No conoce, en cambio, naturalmente, las ciencias que sólo han alcanzado importantes progresos por medio de la comparación y la fijación de diferencias dentro de las esferas respectivas y en las que la comparación presenta un impor-tante carácter general, la anatomía comparada, la botánica y la lingüística comparadas, etc.

Grandes naciones, los franceses, los norteamericanos, los ingleses, se comparan constantemente entre sí, en el terreno práctico y en el teórico, en el plano de la competencia y en el de la ciencia. Y los pequeños tenderos y filisteos, como los alemanes, que temen a la concurrencia, se agazapan detrás del rótulo de la incomparabilidad, que su fabricante de etiquetas filosóficas les suministra. Sancho pone el veto a tolo lo que sea compara-ción, y no sólo en interés de esa clientela, sino en el suyo propio.

En la pág. 415 dice Sancho: “Nadie es Mi igual”, y en la pág. 408 se pre-senta el intercambio con “Mis iguales” como la disolución de la sociedad en el comercio: “El niño prefiere el comercio con sus iguales a la sociedad”.

Sin embargo, emplea a veces la expresión de “Mi igual” y “lo mismo” en el sentido de “la misma cosa”, por ejemplo en el pasaje de la pág. 183 citado más arriba: “No pueden ser ni tener lo mismo, la misma cosa”. Con lo cual adopta su definitivo “nuevo rumbo”, el que habrá de emplear principalmente en el Comentario.

La unicidad, la originalidad, el desarrollo “propio” de los individuos, que según Sancho, por ejemplo, no se da en todos los “trabajos humanos”, a pesar de que nadie negará que un instalador de estufas no instala nunca la estufa del “mismo” modo que otro; el desarrollo “único” de los individuos, que según el mismo Sancho no se opera en las esferas religiosas, políticas, etc. (véase la “Fenomenología”), a pesar de que nadie negará que de cuantos creen en el Islam ninguno cree del “mismo” modo y cada cual adopta, por tanto, en este punto, una actitud “única”, del mismo modo que de todos los miembros de un Estado ninguno se comporta hacia él del “mismo” modo que los demás, por la sencilla razón de que es él y no el otro quien se comporta; la famosa “unicidad”, que se distingue de la “mismeidad”, de la identidad de la persona, hasta el punto de que Sancho casi ve en los individuos existentes hasta aquí solamente “ejemplares” de una sola especie y se resuelve, por tanto, aquí, en la identidad policíacamente comprobada de una persona consigo misma, en el hecho de que el individuo es él mismo, y no el otro. Por donde el Sancho que había partido a la conquista del mundo se derrumba hasta convertirse en escribiente de una oficina de pasaportes.

En la pág. 184 del Comentario expone Sancho con gran unción y auto-disfrute que él no se sacia por el hecho de que el emperador del Japón coma, ya que sus intestinos y los del emperador del Japón son “intestinos únicos”, “incomparables”, id est, no son los mismos. Pero si Sancho cree haber derogado con ello las condiciones sociales anteriores o incluso las leyes naturales, hay que decir que su simpleza es demasiado grande y proviene simplemente del hecho de que los filósofos no han expuesto las relaciones mutuas entre estos individuos idénticos consigo mismos y las leyes naturales como las relaciones mutuas entre estos determinados cuerpos.

Es famosa la expresión clásica dada por Leibniz a esta vieja tesis (que figura a la cabeza de todo manual de física como la teoría de la impene-trabilidad de los cuerpos): “Opus tamen est ut quœlibet monas differat ab alia quacunque, n-e que enim unquam dantur in natura duo etnia, quorum unum exasse conveniat cum altero” [Sin embargo, una mónada se diferencia necesariamente de cualquier otra, ya que nunca existen en la naturaleza dos seres exactamente iguales]. (Principia Philos. seu Theses, etc.). La unicidad de Sancho queda reducida aquí a una cualidad que comparte con cualquier pulga cualquier grano de arena.

El mayor de los mentís con que pudría acabar la filosofía sería el presentar como uno de los más grandes descubrimientos la conciencia, al alcance de cualquier patán o de cualquier sargento de policía, de que Sancho no es Bruno, presentando como una verdadera maravilla el hecho de esta diversidad.

He aquí cómo el “grito crítico de alegría” de nuestro “virtuoso del pensar” se ha convertido en un miserere acrílico.

Al final de todas estas aventuras, nuestro escudero “único” recala de nuevo en el puerto de su tranquila calaña de siervo. “El espectro que se alza en la portada de su Libro” sale, “jubiloso”, a su encuentro. Y lo primero que pregunta es cómo se encuentra el rucio.

- Mejor que su amo, le contesta Sancho.

- Doy gracias a Dios de que me haya hecho tanto bien; pero ahora cuén-tame, amigo mío, lo que te ha valido tu puesto de escudero. ¿No me traes un vestido nuevo?

- No traigo nada de esto -contesta Sancho-, sino “la nada creadora, la nada de la que YO mismo, como creador. lo saco todo”; es decir, todavía me verás de Padre de la Iglesia y de arzobispo de una ínsula, y no de las de por ahí, sino la mejor que pueda hallarse.

- Quiéralo así el cielo, mi tesoro, y a poder ser pronto, pues harto lo necesitamos. Mas decidme, qué es eso de ínsulas, que no lo entiendo?

- No es la miel para la boca del asno, respondió Sancho. A su tiempo lo verás, mujer. Desde ahora sólo te sabré decir, así de paso, que no hay cosa más agradable como el honor de buscar aventuras como un egoísta uno consigo mismo y escudero del Caballero de la Triste Figura. Bien es verdad que las más que se hallan no son de aquellas que “llegan a su último propósito”, “de modo satisfactorio para los apetitos humanos (“tal como el hombre querría”)[En español, en el original], porque de ciento que se encuentran, las noventa y nueve suelen salir aviesas y torcidas. Sélo yo de experiencia, porque de algunas he salido manteado, y de otras molido; pero con todo, es linda cosa, pues se satisface, desde luego, la “única” aspiración, que es la de vagabundear por toda la historia, la de citar todos los libros del gabinete de lectura de Berlín, la de tener un refugio etimológico nocturno en todas las lenguas, la de falsear hechos políticos en todos los países, la de retar fanfarronamente a todos los dragones y avestruces, trasgos, demonios del campo y “fantasmas”, batirse con todos los filósofos y Padres de la Iglesia y, al ajustar las cuentas, pagar con su propio cuerpo. (Cfr. Cervantes, I. cap. LII.)

2.[10]

COMENTARIO APOLOGÉTICO

A pesar de que Sancho. a su debido tiempo y en el estado de su humillación (Cervantes. Caps XXVI y XXIX, opuso diversos “reparos” al propósito de alcanzar un beneficio eclesiástico, al final y teniendo en cuenta las nuevas circunstancias y su posición preparatoria anterior como muñidor de una devota cofradía (Cervantes. cap. XXI) se decidió a “quitarse de la cabeza” aquellos reparos. Lo vemos ahora convertido en arzobispo de la ínsula Barataria y en cardenal y ocupando en su calidad de tal, con solemne gesto y arzobispal decoro, uno de los primeros sitiales en nuestro concilio. Concilio al que ahora retornamos, tras el largo episodio “del Libro”.

Es cierto que encontramos ahora al “hermano Sancho” muy cambiado, en su nueva dignidad y posición en la vida. Representa a la ecclesia triumphans [Iglesia triunfante], por oposición a la ecclesia militans [ Iglesia militante], en cuyas filas se hallaba antes. Las belicosas fanfarrias “del Libro” han dejado puesto ahora a una solemne seriedad y en vez del “Yo” habla aquí “Stirner”. Lo cual demuestra cuánta verdad se contiene en el dicho francés según el cual il n'y a qu'un pas du sublime au ridicule [De lo sublime a lo ridículo no hay más que un paso]. Desde que es Padre de la Iglesia y emite pastorales, Sancho ya sólo se llama “Stirner”. Ha aprendido de Feuerbach esta manera única del “autodisfrute”, pero, desgraciadamente, no le cuadra mejor que a su rucio el tocar el laúd. Y cuando habla de sí en tercera persona, todo el mundo se da cuenta de que Sancho el “creador”, a la manera de los suboficiales prusianos, da a su “criatura” el tratamiento de “Él”, sin que se le deba confundir en modo alguno con César. Y la impresión resulta todavía más cómica por el hecho de que Sancho, simplemente para competir con Feuerbach, comete esta inconsecuencia. El “autodisfrute” que Sancho siente al dárselas aquí de grande hombre se convierte, malgré lui [A pesar de él] en disfrute de otros.

Lo que de “especial” hace Sancho en su Comentario, en la medida en que no lo hemos “agotado” ya en el episodio, consiste en ofrecer una serie de variaciones en torno a los conocidos temas, ya prolijamente tratados en el “Libro”. La música de Sancho, que, como la de los sacerdotes de Visnú, sólo conoce una nota, se eleva, al llegar aquí, unos cuantos tonos. Pero sus efectos soporíferos siguen siendo, naturalmente, los mismos. Así, por ejemplo, la antítesis entre lo “egoísta” y lo “sagrado” nos es servida, ahora, bajo las muestras de hostelería de lo “interesante” y lo “no interesante”, que luego se convierten en lo “interesante” y lo “absolutamente interesante”, innovación que, por lo detrás, sólo puede ser interesante para los aficionados al pan sin fermentar o pan ázimo. Claro está que, tratándose de un pequeño burgués “culto” de Berlín, no vamos a tomarle a mal ese retorcimiento literario de lo interesado en lo interesante. Todas las “ilusiones” creadas, con arreglo a la manía favorita de Sancho, por los “maestros de escuela”, aparecen aquí simplemente “como dificultades - reparos”, “creados solamente por el espíritu” y que “la pobre gente que se ha dejado imponer esos reparos” “se ve obligada a superar” mediante su “ligereza de espíritu,” (el famoso quitarse de la cabeza)... (pág. 162). Tras lo cual, viene una digresión sobre si los “reparos” deben quitarse de la cabeza mediante el “pensamiento” o la “falta de pensamientos” y un adagio críticomoral, donde Sancho se lamenta, en acordes de tono menor: “El pensamiento no debe verse ahogado por el júbilo” (pág. 162).

Para tranquilidad de Europa, principalmente de la agobiada old merry and young sorry England [Vieja alegre y joven preocupada Inglaterra], tan pronto como Sancho se encuentra algo a gusto en su chaise percée [Silla horadada, retrete, servicio] obispal, dieta desde ésta la siguiente benévola carta pastoral: “A Stirner no le preocupa para nada la sociedad burguesa, y no se propone en modo alguno extenderla de modo que absorba el Estado y la familia” (pág. 189), según lo cual debemos sentir estimación por los señores Cobden y Dunoyer.

Como buen arzobispo, Sancho recurre inmediatamente a la policía eclesiástica y dirige a Hess, en la pág. 193, una reprimenda por incurrir en confusiones “atentatorias contra la policía” y tanto más imperdonables cuanto mayores son los esfuerzos que nuestro Padre de la Iglesia se impone constantemente para asegurar la identidad. Y, para demostrar al mismo Hess, que “Stirner” posee también el “heroísmo de la mentira”, esta cualidad ortodoxa del egoísta uno consigo mismo, canta en la pág. 188: “Pero Stirner no dice en absoluto, como le hace decir Hess, que todo el error de los egoístas anteriores consiste, simplemente, en que no tenían conciencia de su egoísmo”. Cfr. la “Fenomenología” y todo el “Libro”. La otra cualidad del egoísta uno consigo mismo, la credulidad, la prueba en la pág. 162, donde “no discute” a Feuerbach que “el individuo sea comunista”. Otro acto de ejercicio de su poder policiaco consiste en que, en la pág. 154, aplica la palmeta de la censura a todos los que hicieron críticas literarias de su “Libro” por “no haber entrado a fondo en el egoísmo, tal como Stirner lo concibe”. Todos ellos cometieron, en efecto, el error de creer que se trataba del egoísmo real, cuando de lo que se trataba era solamente de la concepción “stirneriana” del egoísmo.

El Comentario apologético demuestra una vez más la capacidad de Sancho para ser Padre de la Iglesia por el hecho de comenzar con una hipocresía.

“Una breve réplica resultará provechosa, tal vez, si no a los mencionados críticos, por lo menos a algunos otros lectores”, pág. 147.

Sancho se las da aquí de desinteresado y afirma que sacrifica su costoso tiempo en “provecho” del público, a pesar de asegurarnos por doquier que sólo persigue su propio provecho y a pesar de que aquí sólo aspira a salvar su pelleja de Padre de la Iglesia.)

Con esto queda despachado lo “especial” del Comentario. Lo “único”, que sin embargo se encontraba ya “en el Libro”, pág. 491, lo hemos conservado en páginas anteriores, no tanto “en provecho de algunos otros lectores” como en el propio provecho de “Stirner”. Una mano lava a la otra, de donde incuestionablemente se sigue que “el individuo es comunista”.

Uno de los problemas más difíciles para los filósofos es el descender del mundo del pensamiento al mundo real. La realidad inmediata del pensamiento es el lenguaje. Y como los filósofos han proclamado la independencia del pensamiento, debieron proclamar también el lenguaje como un reino propio y soberano. En esto reside el secreto del lenguaje filosófico, en el que los pensamientos encierran, como palabras, un contenido propio. El problema de descender del mundo de los pensamientos al mundo real se convierte así en el problema de descender del lenguaje a la vida.

Como hemos visto, la sustantivación de los pensamientos y de las ideas es una consecuencia de la sustantivación de las condiciones y las relaciones personales de los individuos. Y hemos visto, asimismo, que el hecho de que los ideólogos y los filósofos se ocupen sistemáticamente y de un modo exclusivo de estos pensamientos es una consecuencia de la división del trabajo, y la filosofía alemana, concretamente, una consecuencia de las condiciones pequeñoburguesas de vida de Alemania. Los filósofos no tendrían más que reducir su lenguaje al lenguaje corriente, del que aquél se abstrae, para darse cuenta y reconocer que ni los pensamientos ni el lenguaje forman por sí mismos un reino aparte, sino que son, sencillamente, expresiones de la vida real.

Sancho, que sigue a los filósofos a pies juntillas, tiene necesariamente que ponerse a buscar, como ellos, la piedra filosofal, la cuadratura del círculo y el elixir de la eterna juventud, una “palabra” que posea, como tal palabra, la fuerza milagrosa de transportarlo del reino del lenguaje y del pensamiento a la vida real. Sancho ha quedado tan contagiado de su largo trato con don Quijote, que no se da cuenta de que esta “tarea” que se asigna, esta “misión” que se propone no es, a su vez, otra cosa que una secuela de la fe en sus gruesos libros filosóficos de caballerías.

Sancho comienza exponiéndonos una vez más, la dominación de lo sagrado o de las ideas en el mundo, ahora bajo la forma nueva de la dominación del lenguaje o del palabrerío. Pues el lenguaje se convierte, naturalmente, en palabrerío tan pronto como se sustantiva.

En la pág. 151, Sancho llama al mundo actual “un mundo fraseológico, un mundo en cuyo principio era el Verbo”. Y describe así, más de cerca, los motivos de su cacería en pos de la palabra mágica: “La especulación tendía a encontrar un predicado de alcance tan general que lo abarcase todo... Pero, para que el predicado lo abarque todo, cada cual tiene que aparecer en él como sujeto, es decir, no simplemente como lo que es, sino como el que es”, pág. 152. Y como la especulación “buscaba” tales predicados, a los que Sancho llamaba antes misión, determinación, vocación, destino, especie, etc., los hombres reales se “buscaban” hasta ahora “en la palabra, en el logos, en el predicado”, pág. 153. En la medida en que, hasta aquí, dentro del lenguaje, se quería distinguir a un individuo de otro simplemente como una persona idéntica, se empleaba el nombre. Pero Sancho no se da por contento con el nombre corriente, sino que, habiéndole impuesto la especulación la tarea de encontrar un predicado tan general que abarque a cada cual como sujeto, se pone a indagar el nombre filosófico, abstracto, el “nombre” colocado por encima de todos los nombres, el nombre de los nombres, el nombre como categoría, que por ejemplo distinga a Sancho de Bruno y a ambos de Feuerbach con tanta nitidez y precisión como sus propios nombres y que, sin embargo, se ajuste a los tres tan exactamente como a todos los demás hombres y seres corporales, innovación ésta que sembraría la más grande de las confusiones en todas las letras de cambio, contratos matrimoniales, etc., y que destruiría de golpe y porrazo todas las oficinas notariales y del registro civil. Este nombre maravilloso, esta palabra mágica, que en el lenguaje es la muerte de éste, el puente de los asnos hacia la vida y el más, alto escalón de la escalera china hacia el cielo, es: el único. Las maravillosas propiedades de esta palabra mágica se cantan en las siguientes estrofas:

“El único se propone ser solamente el último y agonizante predicado de Ti y de Mí, solamente aquel predicado que se trueca en la opinión,
un predicado que ya ha dejado de serlo,
un predicado que enmudece, un predicado mudo”, pág. 153.

“En él” (en el único), “lo fundamental es lo inexpresado”, pág. 149.

Es “algo indeterminado” (ibíd.).

“Apunta a su contenido fuera o más allá del concepto” (ibíd.).

Es “un concepto indeterminado y no puede hacerse determinado por medio de otros conceptos”, pág. 150.

Es el “bautismo” filosófico de los nombres profanos, pág. 150.

“El Único es una palabra carente de pensamiento,
No tiene ningún pensamiento por contenido”.

“Expresa a alguien” “que no puede existir por segunda vez y que, por consiguiente, no puede tampoco ser expresado;

Pues si pudiera ser expresado realmente y en su totalidad, existiría por segunda vez, existiría en la expresión”, pág. 151.

Después de haber cantado en los términos que quedan transcritos las cualidades de esta palabra, ensalza en las siguientes antistrofas los resultados obtenidos mediante el descubrimiento de sus fuerzas mágicas:

“Con el Único termina el reinado de los pensamientos absolutos” (pág. 150).

“Es la clave de bóveda de nuestro mundo fraseológico”, pág. 151.

“Es la lógica que acaba como frase”, pág. 153.

“En el Único, puede la ciencia transmutarse en vida,
Por cuanto en ella el lo se convierte en el, y
además, en un el que no se busca ya en la palabra, en el logos, en el predicado”, pág. 153.

Es cierto que en sus críticos literarios ha conocido Sancho la amarga experiencia de que también el Único puede “fijarse como concepto”, “que es lo que hacen los adversarios” (pág. 149), que son hasta tal punto los adversarios de Sancho, que ni siquiera sienten la esperada fuerza mágica de la palabra mágica, sino que cantan más bien, como en la ópera: ¡Ce n'est. pas ça, ce n'est pas ça! [No es eso, no es eso] Y Sancho se revuelve con especial furia y gran solemnidad contra su don Quijote Szeliga, en quien el equívoco presupone una “rebelión” franca y abierta y un total desconocimiento de su posición de “criatura”: “Si Szeliga se hubiera dado cuenta de que el Único, por ser una frase o una categoría ya totalmente carente de contenido, no es ya, por ello mismo, una categoría, lo habría reconocido, tal vez, como el nombre de lo que para él carece todavía de nombre”, pág. 179. Sancho reconoce, pues, expresamente aquí que tanto él como su don Quijote tienden hacia la misma meta, con la única diferencia de que Sancho cree haber descubierto el verdadero lucero de la mañana, mientras que don Quijote permanece todavía en la oscuridad, como

sobre el embravecido océano
flota el mundo insondable.[11]

Dice Feuerbach. Filosofía del Futuro, pág. 49: “El ser, basado en un conjunto de cosas inexpresables es, a su vez, por ello mismo, algo inéspresable. Es, sí, lo inexpresable. Allí donde terminan las palabras, es donde comienza a revelarse el misterio del ser”. Sancho ha encontrado el tránsito de lo expresable a lo inexpresable, ha encontrado la palabra que es a un tiempo algo más y algo menos que una palabra.

Como hemos visto, todo el problema de pasar del pensamiento a la realidad y, por tanto, del lenguaje a la vida sólo existe en la ilusión filosófica, es decir, sólo tiene razón de ser para la conciencia filosófica, que, naturalmente, no puede ver claro acerca de su naturaleza y del origen de su divorcio aparente de la vida. Este gran problema, en la medida en que asomaba en las cabezas de nuestros ideólogos, tenía necesariamente que acabar en que uno de estos caballeros andantes se lanzase a la aventura de encontrar una palabra que, en cuanto tal palabra, formara la transición que se buscaba; que dejase, como palabra, de ser una simple palabra; que, de un modo misterioso y supralingüístico, se saliese como palabra de los marcos del lenguaje para recaer sobre el objeto real por ella designado; en otros términos que desempeñara entre las palabras la misma misión que en la fantasía de los cristianos desempeña entre los hombres el hombre-dios redentor. La cabeza más hueca y más pobre entre los filósofos tenía que “llevar a término” la filosofía proclamando su ausencia de pensamientos como el fin de la filosofía y con ello, como la entrada triunfal en la vida “corpórea”. Su carencia filosófica de pensamientos era ya por sí misma fin de la filosofía, como su lenguaje inefable el fin de todo lenguaje. El triunfo de Sancho se hallaba condicionado, además, por el hecho de ser, de todos los filósofos, el (1t.ze menos sabía de las condiciones reales, razón por la cual las categorías filosóficas han perdido en él el último resto de relación con la realidad y, por tanto, el último resto de sentido.

Y ahora, devoto y leal escudero Sancho, cabalga sobre tu rucio hacia tu autodisfrute único. “consume” a tu “Único” basta la última letra del nombre, a ese héroe cuyas hazañas, títulos y valentía ha cantado ya Calderón:

El Unico -

El generoso adalid,
El gallardo caballero,
El ilustre paladín.
El siempre fiel cristiano,
El almirante feliz
De África, el rey soberano
De Alexandría, el cadí
De Berbería, de Egipto el Cid,
Morabito y gran señor
de Jerusalén.[12]

Y, “para terminar, no sería inoportuno” “recordar” a Sancho, el Gran Señor de Jerusalén, la “crítica” que Cervantes hace de Sancho y que figura en el Don Quijote, cap. XX, pág. 171 de la edición de Bruselas de 1617 (Cfr. Comentario, pág. 194).

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[1] Sigue un pasaje totalmente comido por los ratones, que probablemente diría así: [esto no depende de lo que Tú quieras o dejes de querer, sino de las condiciones empíricas en que vives]. A lo que el egoísta "profano", el burgués, podría replicarle:

Si tú, Jacques le bonhomme, tratas de predicarme que [Yo soy no-Yo, que yo]

[2] San Max justifica aquí por entero el "conmovedor ejemplo" feuerbachiano de la hetera y la amada. En el primer caso, el hombre "escucha" solamente su carne o la de ella, mientras que en el segundo se escucha enteramente a él o a ella. V. Wigand, págs. 170, 171. (Nota de Marx y Engels).

[3] Traducción de "d… Kammern", juego de palabras entre "deutsche Kammern" (Cámaras alemanas) y "dreckige Kamnern" (retretes).

[4] Montaña del Harz, en Alemania, donde, según la leyenda, las brujas, celebran su aquelarre.

[5] Verso de Heine, "Viaje al Harz"

[6] Cfr.La Sagrada Familia, pág. 266. (Nota de Marx y Engels).

Cesen del sabio griego, y del troyano,
Las hazañas por mar que ellos hicieron;
Cállense de Alejandro y de Trajano
La fama de los triunfos que tuvieron...
……………………………………….
Cese todo lo que la antigua Musa canta,
Que otro valor más alto se levanta.
Y vosotras, Spreídas mías...
Dadme un aliento grande y bien ruidoso,
Mas no de agreste caña y voz quebrada,
Sino clarín sonoro y belicoso
Que el pecho enciende en viva llamarada.
[8] Cfr. Camoëns, Lusiadas, I, 1-7 (Nota de Marx y Engels)

[9] Cita del Fausto de Goethe

[10] En el manuscrito, 7

[11] Maestro Kuonrat von Wurzeburc, Diu guldin Smitee, V. 143 (Nota de Marx y Engels).

[12] Versos citados en español en el original

FINAL DEL CONCILIO DE LEIPZIG

Después de haber arrojado del Concilio a todos sus opositores, San Bruno y San Sancho, llamado también Max, sellan una eterna alianza, rompiendo a cantar el siguiente dueto y meneándose amistosamente la cabeza el uno al otro, como dos mandarines.

San Sancho
“El crítico es el verdadero portavoz de la masa... es su príncipe y su caudillo en la guerra de liberación contra el egoísmo” (el Libro, pág. 187).

San Bruno
“Max Stirner es el conductor y el caudillo de los cruzados” (contra la crítica). “Al mismo tiempo, el más capaz y el más valiente de todos los combatientes” (Wig., pág. 124).

San Sancho
“Pasamos ahora a citar al liberalismo político y social ante el foro del liberalismo humano o crítico” (id est de la Crítica crítica) (el Libro, pág. 163).

San Bruno
“Ante el Único y su propiedad sucumben el liberal político, que trata de romper la voluntad obstinada, y el liberal social, que aspira a destruir la propiedad. Uno y otro caen bajo el cuchillo crítico” (es decir, el cuchillo robado a la Crítica) del “Único” (Wig., pág. 124).

San Sancho
“Ante la crítica ningún pensamiento se halla seguro, pues ella es el mismo espíritu pensante... La Crítica o, mejor dicho, El” (es decir, San Bruno) (el Libro, págs. 195, 199).

San Bruno
(interrumpiéndole con signo de denegación)
“Pero el liberal crítico... no quiere sucumbir [bajo] la crítica, porque Él mismo es [el crítico]” [Wig., pág. 124].

San Sancho
“La crítica y solamente la crítica se halla a la altura de los tiempos... Entre las teorías sociales, la crítica es indiscutiblemente la más acabada de todas... En ella encuentra su plasmación más pura el principio de amor del cristianismo, el verdadero principio social, y se hace el último experimento posible para curar al hombre de su exclusivismo [y] de la tendencia a rechazar ese principio: es una lucha contra el egoísmo bajo su forma más simple y, por tanto, más dura” (el Libro, pág. 177).

San Bruno
“Este Yo es... la consumación y el punto culminante de una época pasada de la historia. El único es el último refugio en el mundo antiguo, el último rincón desde donde puede lanzar sus ataques” contra la Crítica crítica... “Este Yo es el más exaltado, poderoso y vigoroso egoísmo del mundo antiguo” (id est del cristianismo). “... Este Yo es la sustancia en su más dura dureza” (Wig., pág. 124).

Tras este coloquio intimo, los dos grandes Padres de la Iglesia ponen fin al Concilio. Después, se estrechan silenciosamente la mano, el único “se olvida de sí mismo en dulce autoolvido”, aunque sin “desaparecer completamente” por ello, y el Crítico “sonríe” tres veces y “sigile” luego “su camino, incontenible, seguro de su victoria y ya victorioso”.

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