[DOS DISCURSOS EN ELBERFELD]** [Rheinische Jahrbicher zur gesellschaftlichen Reform, 1845, t. L, pp. 45-62 y 71-81.

II Señores: vivimos, como acabáis de, oír y como todo el mundo sabe, en un mundo de libre competencia, Veamos, pues, un poco de cerca qué es la libre competencia y el orden sobre que descansa el mundo generado por este principio, . En la sociedad en que vivimos cada cual trabaja por su cuenta y para sí, cada cual. trata de enriquecerse por sus: propios. medios y nadie se cuida para nada de lo que hacen los demás. Nadie piensa en una organización racional mi en una distribución de los. diversos trabajos, sino que, por el contrario, cada uno procura disputarle la delantera al otro, aprovecharse de las ocasiones propicias que se le brindan para su particular beneficio, sin que tenga tiempo ni ganas para pararse a: recapacitar en que su propio y personal interés coincida, en el fondo, con el del resto de la sociedad. Cada capitalista lucha contra los otros capitalistas, cada obrero pelea con los otros obreros, y. todos los. capitalistas en bloque se hallan en guerra con los obreros en su. conjunto, lo:mismo que la masa obrera lucha necesariamente contra la masa capitalista. En esta guerra de todos contra todos, en este desbarajuste general y en esta mutua explotación reside la esencia de la sociedad burguesa actual... o Ahora bien, una economía .como esta, caótica y: desorganizada, necesariamente tiene que traer, a la larga, los más desastrosos resultados para la sociedad; el desorden que le sirve de base y el abandono del bienestar verdadero y general no pueden por menos, de ponerse «de manifiesto, más temprano o:más tarde, de un,modo escandaloso. La ruina de la modesta clase media,* el sector de la sociedad que servía de principal sostén a los Estados del. pasado siglo, es :la. primera consecuencia. de esta lucha. Diariamente comprobamos, en efecto, cómo esta clase. de la sociedad se ve abrumada. bajo el poder del capital; cómo, por ejemplo, los maestros sastres sueltos o los maestros ebanistas que trabajan por su cuenta pierden sus mejores clientes, desplazados por los almacenes de.ropa hecha o los almacenes de muebles, y cómo van convirtiéndose de pequeños capi. talistas y miembros de la clase poseedora en propietarios explotados, que trabajan por cuenta de otros, en miembros de la clase desposeída. La ruina de la clase media es una consecuencia a cada paso deplorada de nuestra tan ensalzada libertad industrial, un resultado necesario de las ventajas de que disfruta el gran capitalista sobre sus competidores de menos recursos, el signo más ostensible en que se manifiesta la tenden. [259]

cia del capital a concentrarse en pocas manos, “También esta tendencia del capital es reconocida por muchos; a todas horas y en todas partes se oyen quejas en el sentido de que la propiedad va acumulándose más y más, día tras día, en manos de menos personas, mientras la gran mayoría de la nación se empobrece sin cesar. Surge, así, el clamoroso contraste entre un puñado de ricos, de una parte, y de otra una muchedumbre de pobres, contraste que en Inglaterra y Francia se ha agudizado en proporciones amenazadoras, y también en nuestro país va cobrando ese antagonismo una virulencia cada día mayor. Y, mientras se mantenga en pie la base actual sobre que descansa la sociedad, será imposible poner coto a este proceso de enriquecimiento de unos pocos y de empobrecimiento de la gran masa; por el contrario, el contraste irá agudizándose más y más, hasta que, por último, la necesidad incontenible obligue a la sociedad a someterse a una reorganización basada en principios más racionales.

Pero no son éstas, ni mucho menos, todas las consecuencias que la libre competencia trae consigo. Como, en este régimen, cada cual produce y consume por su Cuenta, sin preocuparse gran cosa de la producción y el consumo de los demás, lega necesariamente, y muy pronto, el momento en que se acusa una clamorosa desproporción entre la producción y el consumo. La sociedad actual confía la distribución de los bienes producidos a los comerciantes, tenderos y especuladores, cada uno de los cuales, a su vez, persigue solamente su propio beneficio, y esto hace que la distribución de lo producido —sin hablar de la imposibilidad en que se hallan quienes nada poseen de procurarse una participación adecuada en el producto —adolezca de la misma desproporción. ¿Cómo puede el fabricante enterarse de la cantidad de sus artículos que encuentran salida en tal o cual mercado y, suponiendo que pudiera saberlo, de la cantidad que envían a cada uno de ellos sus competidores? Y aun resulta más difícil para el fabricante, que en la mayoría de los casos ignora incluso a dónde van a parar sus mercancías, averiguar el volumen de productos que colocarán en los mercados de que se trata sus competidores extranjeros. No sabe nada de esto, y ello le obliga a fabricar, lo mismo que sus competidores, al buen tuntún, con el único consuelo de que lo mismo hacen los demás. “No tiene otra pauta que el estado sin cesar fluctuante de los precios, que, tratándose de mercados alejados, son ya, al llegar a ellos sus mercancías, completamente distintos que en el momento en que fue escrita la carta informándole de ellos, y en el día en que la mercancía llega a su destino otros muy diferentes de aquel en que se embarcaron.

Ante esta falta de reglas que preside la producción, es perfectamente natural, por otra parte, que a cada paso se presenten paralizaciones O colapsos de la circulación, como es lógico más graves a medida que van progresando la industria y el comercio de un país. De aquí que sea Inglaterra, el país de industria más desarrollada, el que nos brinda también los ejemplos más palmarios de este fenómeno. El desarrollo del mecanismo circulatorio, los muchos especuladores y comisionistas que aquí han ido interponiéndose entre el fabricante productor y los verdaderos consumidores, hacen que al fabricante inglés le resulte mucho más difícil todavía que al alemán enterarse ni siquiera en mínima medida de las proporciones que median entre las existencias, la producción y el consumo. Afñiádase a esto que el productor inglés tiene que abastecer a casi todos los mercados del mundo sin que casi nunca sepa dónde van a parar sus mercancías, y se comprenderá que, dada la enorme capacidad de producción de la industria inglesa, sea muy frecuente el caso de que todos los mercados aparezcan, de pronto, abarrotados. Cuando eso ocurre, la circulación se paraliza, las fábricas trabajan sólo la mitad del tiempo o quedan paradas, se declaran una serie de quiebras, las existencias tienen que liquidarse al malbarato, y la crisis comercial acarrea la pérdida de gran parte del capital trabajosamente acumulado. Inglaterra ha vivido una serie de crisis comerciales de éstas desde comienzos del presente siglo, y en los últimos dos decenios ha conocido una cada cinco o seis años. Las últimas, las de 1837 y 1842, seguramente están presentes con toda claridad en el recuerdo de la mayoría de vosotros. Aunque nuestra industria fuese tan grandiosa y nuestros mercados se hallaran tan ramificados como la industria y el comercio -de Inglaterra, no cabe duda de que experimentariamos los mismos resultados, pero, sin llegar a ello, ya. ahora vemos cómo en nuestro país los efectos de la concurrencia en la industria y enel comercio se hacen sentir en una depresión general y permanente de todas las ramas de los «negocios, en un lamentable término medio entre la brillante prosperidad y la decadencia total, en un estado de moderado estancamiento, es decir, de estabilidad. ¿Cuál es la verdadera cáiisa de estós males? ¿A qué obedecen la ruina de la clase media, el clamoroso contraste entre la pobreza y la riqueza, las paralizaciones de la circulación y el consiguiente despilfarro del capital?. Sencillamente, a la dispersión: de los intereses. Cada cuál trabaja para sí y en provecho propio, sin preocuparse del bien de los demás, cuando es uña verdad palpable. y evidente por sí misma que el interés, el bien y la dicha de cada uno forman una unidad inseparable con los de sus semejantes. Todos debemos reconocer que nadie puede prescindir de los demás, que el mismo interés se encarga de unirnos y asociarnos a todos en una causa común y, sin embargo, aun reconociéndolo así, nuestros actos se dan de bofetones con esa verdad y organizamos nuestra sociedad como si nuestros intereses no fuesen armónicos, sino encontrados y hasta incompatibles entre sí. Ya hemos visto cuáles son las consecuencias de este error capital; pues bien, si queremos acabar con estas desastrosas consecuencias debemos corregir el error fundamental que las engendra, y eso es precisamente lo que el comunismo se propone.

En la sociedad comunista, donde los intereses de los individuos no son antagónicos, sino que se hallan asociados, desaparece la competencia. En esa sociedad, como de suyo se comprende, no hay ya margen para que tales o cuales clases se arruinen, ni en general para la existencia de clases, como son hoy los pobres y los ricos. Y, al desaparecer en la producción y distribución de los bienes necesarios para la vida, el fin individual de enriquecerse por $u cuenta, desaparecen también, por si mismas, las crisis de la circulación. En la sociedad. comunista no ofrece: rá dificultad alguma conocer las exigencias. de :la producción y las del consumo. Sabiendo: cuánto necesita por término medio el individuo, será fácil calcular lo que hace falta para satisfacer las necesidades de cierto número de ellos, y como la producción, :en .esa sociedad, no estará ya en manos de unos cuantos particulares dedicados a enriquecerse, sino en manos de la: comunidad y de sus órganos de administración, resul. tará muy fácil regular la producción en consonancia con las necesidades. De este modo, en la organización comunista se pondrá remedio a los males más importantes del actual estado social. Pero, examinada la cosa más en detalle, vemos que no se reducen-a.eso los beneficios de este. tipo de organización, sino que se extienden, además, a la eliminación de toda otra serié “de inconvenientes, entre los cuales me limitaré a señalar aquí algunos de índole. económica.

No cabe duda de que la actual organización de la sociedad es, desde el punto de vista económico, la más irracional y la menos práctica que concebirse pueda. El antagonismo de intereses hace que se emplee de un modo que no reporta beneficio alguno a la: sociedad, una- gran cantidad de mano de abra, que una masa importante de capital se pierda innecesariamente, -sin reproducirse. Esto lo comprobamos ya. en las crisis comerciales; vemos, en ellas, cómo masas de productos que son fruto del láborioso esfuerzo de.los hombres, se. malbaratan a precios que representan una pérdida para el. vendedor; vemos cómo,..por efecto de la bancarrota, desaparecen entre las manos de.sus poseedores capitales tra bajosamente acumulados.

Pero entremos un poco más en el detalle del mecanismo circulatorio actual. Basta pensar en' todas las manos por las que tiene que pasar cualquier producto para llegar a las del verdadero consumidor, párense ustedes a pensar en el gran número de especuladores y traficantes ocio. sós que hoy se interponen entre el productor y el consumidor. Tomemos como ejemplo una bala de algodón producida en Norteamérica. Esta mercancía pasa de las manos del plantador a las del intermediario de cualquier estación del Misisipí, de donde navega, río abajo, hacia Nueva Orléans. Una vez aquí, es vendida por segunda vez —-puesto que el intermediario anterior se la había comprado ya al plantador—; digamos que ahora la compra el especulador, para venderla de nuevo al exportador. La bala de algodón se embarca, supongamos, con destino a Liverpool, donde ahora alarga la mano hacia ella y se la apropia un codi. cioso especulador. Éste la negocia, a su vez, a un comisionista, quien la adquiere, digamos, por cuenta de una firma alemana. La mercancía sigue así viaje, Rin abajo, hacia Rotterdam, pasando por nuevas y nuevas manos de expedidores y, tras una. decena de nuevos embarques y desembar. ques, llega por fin a poder, no del consumidor, ni mucho menos, sino del fabricante, quien la convierte en producto consumible y luego vende, DOS DISCURSOS EN ELBERFELD . 263 probablemente, el hilado al tejedor y éste el tejido al fabricante de estampados, quien lo negocia al almacenista al por mayor, de manos del cual pasa al comerciante al por menor, de quien por fin, al término de esta larga cadena, adquiere la mercancía” el consumidor. Pues bien, todo este ejército de intermediarios, especuladores,: almacenistas, exportadores, comisionistas, expedidores y comerciantes 'al por mayor y al por menor, que no añaden nada a la mercancía, quieren -todos vivir y enriquecerse «a. costa de ella —y viven y se lucran, en efecto, en la mayoría de los casos, ya que de otromodo no podrían existir... Ánte lo cual cabe preguntarse: ¿es que no hay un camino más sencillo y más barato para hacer llegar de los Estados Unidos a Alemania una bala de algodón y para que los productos fabricados con esta materia prima lleguen a poder del verdadero consumidor, que .este complicado mecanismo de las decenas de ventas y los centenares de trasiegos que obligan a la mercancía a peregrinar de-almacén en almacén? ¿No. es ésta una prueba palma: ria del derroche de 1 mano de obra inútil, impuesto por la dispersión de intereses?

En una sociedad racionalmente organizada no' hay lugar para semejante laberinto de los transportes. Con la misma facilidad: con que puede saberse cuánto algodón -o cuántos productos. de algodón —para seguir con este ejemplo— necesita determinada colonia, pueden los órgaños centrales de la administración: de un país saber «cuántos productos de esta clase necesitan todas las localidades y regiones de ese país. Una vez organizada esta estadística, cosa: que fácilmente puede hacerse en uno o dos años, el promedio del consumo anual sólo variará a tono con él aumento de la población. No será, por tanto, nada difícil determinar de antemano, en los plazos--adecuados, qué cantidad: de cada artículo se requerirá. para satisfacer las mecesidades del pueblo, a base: de lo: cual bastará con encargar directamente a la fuente de producción, en bloque, toda la cantidad necesaria, la cual será expedida y recibida directamente, sin intermediarios y sin más estacionamientos y trasbordos que los que realmente exija la naturaleza de las comunicaciones, ahorrándose así una gran cantidad. de mano-de obra. Y:no habrá: por qué pagar su parte a especuladores ni a comerciantes al por mayor y al por menor. “Pero no es esto todo, pues con ello no sólo dejará de perjudicar a la sociedad todo el tropel de especuladores e intermediarios, sino que, ahora, incluso la beneficiarán. ¿En efecto, mientras que actualmente reali. zan en perjuicio de todos los demás una-labor que en el mejor de los casos resulta supérflua y que, sin 'embargo, les procura el sustento y en muchos casos les permite amasar grandes riquezas; mientras que ahora esos elementos son, por tanto, directamente dañinos para la sociedad, en la sociedad reorganizada del futuro todos ellos quedarán con las ma. nos libres para emprender una actividad beneficiosa y podrán dedicarse a ocupaciones en las que se acrediten como miembros auténticos, y no puramente aparentes y mentidos, de la sociedad humana, esto es en verdaderos copartícipes de la actividad social. Como vemos, la sociedad actual, que hace a cada hombre enemigo de los demás, engendra así una guerra social de todos contra todos, que reviste necesariamente en algunos individuos, sobre todo en los carentes de cultura, una forma brutal, bárbaramente violenta, la forma del crimen. Para defenderse contra el crimen, contra el empleo abierto de la violencia, la sociedad necesita de un extenso y complicado organismo de autoridades administrativas y judiciales que reclama una cantidad enorme de trabajo inútil. También esto se simplificará extraordinaria. mente en la sociedad comunista, y —por muy peregrino que esto pueda parecer— precisamente por la razón de que, en esta sociedad, la admi. nistración no deberá velar solamente por determinados aspectos de la vida social, sino por la vida social en su conjunto, en todas y cada una de sus actividades y manifestaciones.

Poniendo fin al antagonismo entre el individuo y la colectividad, oponiendo a la guerra social la paz social, cercenando la raíz misma del cri. men, no tendrá ya razón de ser la mayor parte, la parte inmensamente mayor de las funciones que actualmente desempeñan las autoridades ad. ministrativas y judiciales. Ya en la actualidad vemos cómo los delitos inspirados por la pasión van viéndose desplazados cada vez más por los nacidos del cálculo, del interés, cómo disminuyen los delitos contra las personas, al paso que aumentan los delitos contra la propiedad. Si los progresos de la civilización se encargan por sí mismos de ir suavizando las explosiones violentas de la pasión, ya en la sociedad actual, que se halla en pie de guerra, ¡cuánto más no sucederá así en la sociedad comunista, en la que reinará la paz! Los delitos contra la propiedad desaparecerán por sí mismos, faltos de base, cuando cada cual cuente con lo necesario para la satisfacción de sus necesidades materiales y sus impul. sos espirituales, cuando se borren la diferencias y gradaciones sociales. La justicia criminal se extinguirá por muerte natural, y con ella la justicia civil, que casi sólo entiende, en realidad, de casos relacionados con el derecho de propiedad o, por lo menos, de transgresiones nacidas en el fondo del estado social de guerra en que vivimos. En la nueva sociedad, los litigios serán raras excepciones y no, como ahora, consecuencias naturales de la hostilidad general, y allí donde surjan podrán zanjarse fácilmente por la vía del arbitraje sin necesidad de jueces.

También las autoridades administrativas encuentran ahora su fuente principal de actividades en el continuo estado de guerra en que vive la sociedad: la policía y toda la administración no hacen, en realidad, otra cosa que velar por que la guerra se mantenga velada y bajo formas indirectas, por que no degenere en la violencia abierta, en el crimen. Pero, así como es infinitamente más fácil mantener la paz que Circunscribir la guerra dentro de ciertos límites, es infinitamente más fácil administrar una sociedad comunista que una sociedad basada en la competencia. Y si ya ahora la civilización ha enseñado a los hombres a buscar su interés en el mantenimiento del orden público, de la sociedad pública y el interés público, haciendo con ello que resulten supérfluas en buena parte la policía, la justicia y el gobierno, ¡con cuánta mayor razón no ocurrirá esto en una sociedad en la que se elevará a principio fundamental la comunidad de intereses, en la que el interés público se confundirá con el interés individuall Lo que ya ahora ocurre a pesar de la organización social, ocurrirá entonces con mayor razón y en mu. cho mayor medida, cuando las instituciones sociales, en vez de estorbarlo, por el contrario, lo fomenten y lo apoyen. “También por este lado podemos contar, en consecuencia, con un incremento considerable de la mano de obra, mediante el rescate de la que ahora sustrae a la so. ciedad el orden vigente.

Una de las instituciones más costosas, de que la sociedad actual no puede prescindir, son los ejércitos permanentes, que privan a la nación de la parte más vigorosa y más útil de sus brazos y la obligan a alimen. tar y sostener a esta parte improductiva de la población. Por el presupuesto de nuestro propio Estado sabemos lo que nos cuesta sostener un ejército permanente: veinticuatro millones al año y doscientos mil brazos de los más vigorosos arrebatados a la producción, En la sociedad comunista a nadie se le ocurrirá pensar en un ejército permanente, ¿Para qué serviría? ¿Para velar por la paz interior, dentro del país? En esa sociedad, nadie se sentiría tentado, como hemos visto, a atentar contra la paz. El temor a las revoluciones no es más que la consecuencia del antagonismo de intereses; donde los intereses de todos coinciden y se armonizan, no hay razones para ese temor. ¿Para una guerra de agresión? Pero, ¿cómo podría una sociedad comunista emprender un ataque guerrero, a sabiendas de que la guerra la obligaría a sacrificar hombres y capitales, a cambio de obtener, cuando más, una o dos provincias rebeldes, que sólo servirían, por tanto, para introducir la perturbación en el orden social? ¿Para una guerra defensiva? Esta clase de guerra no requiere un ejército permanente, ya que será fácil hacer que todo miembro apto de la sociedad, además de desempeñar sus ocupaciones propias, se adiestre en el ejercicio real, no ostentoso, de las armas en la medida necesaria para asegurar la defensa del país. Y no debe perderse de vista, además, que el miembro de una sociedad así, en caso de guerra —guerra que, por otra parte, sólo podría darse contra naciones anticomunistas—, defendería a su verdadera patria, a su verdadero hogar y pelearía, por tanto, con un entusiasmo, una tenacidad y una valentía ante las que se vería aventado como la paja por el viento el amaestramiento mecánico, cuartelario, de cualquier ejército moderno. Basta pensar en las maravillas de heroísmo realizadas por los ejércitos revolucionarios de 1792 a 1799, a pesar de que sólo luchaban por una ilusión, por una patria ficticia, para darse cuenta de cuál sería la fuerza de aquel ejército, que se batiría, no por una ilusión, sino por una tangible realidad. Por tanto, la masa enorme de mano de obra que los ejércitos sustraen ahora a los pueblos civilizados sería reintegrada al trabajo, con una organización comunista; no produciría simplemente lo que consumiera, sino que suministraría a los almacenes de la sociedad una cantidad mucho mayor de productos de la necesaria para su sustento, Un despilfarro todavía peor de mano de obra lo causa, en la sociedad actual, el modo como los ricos explotan su posición social. Y, al decir esto, no quiero referirme a ese ostentoso lujo, inútil y hasta ridículo, que nace sólo del afán de distinguirse y que «absorbe una gran cantidad de mano de obra. Basta entrar en la casa, en el santuario de un rico, para convencerse del necio, insensato derroche de trabajo inútil que representa la cantidad de personas destinadas, en esas mansiones, a servir a uno solo, ocupadas en trivialidades o, cuando: mucho, en faenas que sólo -se explican por el aislamiento. de los ricos entre las cuatro paredes de su morada. Pues, ¿qué hacen, en qué se ocupan todo ese tropel de doncellas, cocineros,. lacayos, cocheros, criados, jardineros y demás servi dumbre «consagrada a: los ricos? ¡Cuán:pocas horas del día se hallan ocupados en álgo para hacer realmente grata la vida a sus señores, para facilitar a éstos el libre desarrollo. y'el ejercicio de su naturaleza humana y. de sus fuerzas innatas y cuánto tiempo, en cambio, tienen que dedicar a labores explicables tan sólo: por la mala organización de nuestra sociedad, tales como.el adornar la trasera dela. carroza, estar atentos a los. caprichos de sus. amos, cargar .con. los perros falderos y otras ridiculeces por el estilo! En la «sociedad racionalmente organizada, en la que cada cual podrá vivir sin rendir tributo a los caprichos de les ricos y sih dejarse tampoco seducir por ellos, en esta sociedad, podrá emplearse también, naturalmente, en provecho de todos y en el de la sociedad el trabajo. que actualmente se disipa en la servidumbre del lujo. - La acción de la libre competencia «determina también directamente, en la sociedad :actual, otro despilfarro de mano: de-obra, al: dejar sin tra. bajo a gran múmero de obreros que desearían trabajar, pero que no pue. den encontrar trabajo, La sociedad en. la que vivimos no cuenta con-la organización! necesaria para: enterarse de cómo se emplea realmente la mano.de obra, ya que deja al arbitrio. de cada cual el buscarse su fuente de ingresos, y-esto explica como la cosa más natural del mundo por qué, al distribuirse los' trabajos real: o. aparentemente útiles, cierto número de obreros quedan con las manos vacías. Y sucede así con tanta mayor razón cuanto que la lucha dela competencia espolea a cada individuo a poner en tensión sus fuerzas hasta el máximo, a valerse de todas las ventajas que se le ofrecen, a sustituir la mano de obra cara por otra más barata, para lo que la creciente civilización brinda nuevos y nuevos medios; dicho en otras palabras, «en esta sociedad cada cual tiene necesariamente que esforzarse en quitar el pan a otros, en desplazar el trabajo de otros, de una“u otra manera.

He aquí por qué, en toda “sociedad civilizada, encontramos tanta gente privada! de trabajo, a la que le gustaría trabajar, pero que no encuentra ocupación y cuyo número es bastante mayor de lo que generalmente se cree, Esa gente se ve obligada a prostituirse bajo la forma que sea, a barrer las calles, a estarse plantada en las esquinas, a malvivir prestando pequeños servicios, a ganarse malamente la vida como buhoneros, vendiendo por las casas toda suerte de pequeñas mercancías o, como esta misma noche hemos visto nosotros que hacían dos o tres pobres mucha: chas, a recorrer los lugares tocando la guitarra, cantando y bailando, expuestas a todos los insultos y las desvergonzadas proposiciones, con tal de ganar unas cuantas monedas. ¡Y cuántas son, por último, las que se ven en el trance de entregarse a la prostitución, en el sentido directo de la palabra! El número de estas desventuradas que no tienen un pedazo de pan que llevarse a la boca y a quienes no queda otro camino que degradarse de un modo o de otro, es muy grande —nuestrós centros de beneficencia lo saben bien—, y no hay que olvidar que la sociedad tiene que alimentar, mejor o peor, a toda esta gente, aunque no le repor. te beneficio alguno. Ya que la sociedad tiene que cargar con su sustento, debiera velar también por que estas gentes privadas de trabajo se ganaran la vida honradamente. Pero la sociedad actual, basada en la competencia, no puede hacerlo, A la vista de todo esto —y aún podría citar toda otra multitud de ejemplos—, se comprenderá que la sociedad áctual dispone de una plé. tora de mano de obra, que sólo aguarda a una organización racional y a una distribución debidamente ordenada para ponerse en acción con el mayor provecho para todos. Por eso pueden ustedes juzgar cuán poco fundamento tiene el temor de que una justa distribución de las activi. dades sociales echaría sobre los hombros de cada individuo una carga tal de trabajo, que le impediría ocuparse de ninguna otra cosa. Por el contrario, hay que suponer que cuando se implante esa organización se reducirá a la mitad el tiempo que ahora acostumbra a trabajar cada Cual, aunque sólo sea por el hecho de que entonces podrá emplearse la mano de obra que actualmente se halla ociosa o no encuentra el em. pleo adecuado.

Pero las ventajas que brinda la organización comunista, al sacar ren. dimiento de la mano de obra que actualmente se despilfarra, no son, ni mucho menos, las más importantes. La fuente mayor de ahorro de mano de obra se halla en la asociación de las fuerzas individuales para formar la fuerza colectiva social y en la organización que descansa sobre esta concentración de fuerzas antes enfrentadas.

En este punto, quiero adherirme a las propuestas del socialista inglés Robert Owen, por ser las más prácticas y las más elaboradas de todas. Owen propone que, en vez de las ciudades y aldeas actuales, con sus viviendas sueltas y que se entorpecen unas a otras, se levanten grandes palacios sobre una superficie cuadrada de unos 1 650 pies de largo rodeados de grandes jardines y en los que podrían vivir cómodamente de dos a tres mil personas. No cabe duda de que estos edificios, ofreciendo a sus moradores las comodidades de las mejores viviendas actuales, saldrían mucho más baratos y serían mucho más fáciles de construir que todo el cúmulo de viviendas individuales, en su mayoría pésimas, que el sistema actual ayuda a levantar para una muchedumbre de gentes, cada cual por su lado. Con este sistema, desaparecerán sin incomodidad alguna todas esas habitaciones vacías de las casas ricas o que sólo se usan, cuando más, una o dos veces al año, y se ahorrará, asimismo, un gran espacio en la construcción: bodegas, sótanos, etc, Pasando ahora al detalle de la economía doméstica, veremos mejor todavía cuáles son las ventajas de la comunidad. Una economía desor. ganizada y dispersa como la actual representa un despilfarro enorme de material y de trabajo, por ejemplo en lo que se refiere a la calefacción. Actualmente, hay que tener una estufa en cada cuarto, encenderla, cebarla y vigilarla; llevar el combustible a cada sitio y retirar las cenizas de todas las estufas, una por una. ¡Cuanto más sencillo, más cómodo y más barato resultaría un sistema común de calefacción a base de tubos de vapor, por ejemplo, alimentados por una gran caldera central, como el que ya en la actualidad funciona en algunos grandes locales sociales, fábricas, iglesias, etc.! Y otro tanto podría decirse del alumbrado por gas, que ahora resulta muy costoso, entre otras cosas, por el hecho de que hasta los tubos más delgados deben empotrarse bajo tierra y de que toda la instalación necesita ser enormemente larga, por razón del gran espacio que hay que iluminar en nuestras ciudades, cuando con la organización que se propone podría concentrarse todo en un área de 1650 pies"cuadrados sin necesidad de disminuir por ello el número de mecheros y sin que, por tanto, el resultado fuese inferior, sino tal vez superior al de cualquier ciudad mediana de nuestros días.

¡Y qué despilfarro de espacio, material y trabajo no supone la preparación de las comidas, con esta economía dispersa en que vivimos, en la que cada familia se ve obligada a cocinar por separado su pequeña porción de alimentos, a comprar sus cacerolas y a sostener su cocinera propia, yendo a buscar sus vituallas al mercado, a la tienda, a la carnicería y a la panadería! Bien podemos suponer que con una organización colectiva de la preparación y el servicio de los alimentos se ahorrarían dos terceras partes del trabajo que actualmente se invierte en estas atenciones y que la tercera parte restante se ejecutaría mejor y más atentamente que ahora. Por último, las faenas domésticas. No cabe duda de que los edificios colectivos que se preconizan podrían limpiarse y mantenerse en excelente estado, procediendo también a organizar y reglamentar estos trabajos, con un esfuerzo infinitamente menor que el que ahora supone mantener en debidas condiciones las doscientas o trescientas casas separadas en las que actualmente viven quienes en una sociedad organizada se congregarían en dichas moradas comunes. Hemos apuntado solamente algunas de las infinitas ventajas que en el terreno económico reportaría la organización comunista de la sociedad humana. No podemos, en unos cuantos momentos y en pocas palabras, esclarecer ante vosotros nuestro principio y razonarlo convenientemente en todos sus aspectos. Ni es ése tampoco nuestro propósito. Sólo aspiramos, ya que no podemos hacer otra cosa, a aclarar algunos puntos y 2 incitar al estudio de estos problemas a quienes no se hallan aún fami. liarizados con ellos. En las palabras de esta noche, confiamos en haberos hecho ver, por lo menos, que el comunismo no contradice la naturaleza, a la mente ni al corazón, ni es tampoco una teoría nacida simplemente de la fantasía y sin arraigo alguno en la realidad, Se pregunta cómo puede esta teoría ponerse en práctica, qué clase de medidas pueden [proponerse para dar paso a su implantación. Caben diversos caminos para marchar hacia esa meta. Los ingleses probablemente comenzarán creando unas cuantas colonias y dejando a cada cual en libertad de incorporarse o no a ellas; los franceses, en cambio, preferirán tal vez implantar el comunismo por la vía nacional. En cuanto a los alemanes, no es fácil saber el camino que seguirán, ya que en Ale. mania el movimiento social es algo nuevo. Por el momento, me limitaré a señalar, entre los posibles caminos preparatorios, uno solo del que en los últimos tiempos se ha hablado mucho: me refiero a la aplicación de tres medidas que necesariamente darán como resultado el comunismo en la práctica.

La primera de ellas consistiría en la educación general de todos los niños sin excepción a costa del Estado; un tipo de educación igual para todos y mantenida hasta el momento en que el individuo sea capaz de desenvolverse por su cuenta como miembro de la sociedad. Esta medida representaría simplemente un acto de justicia hacia nuestros hermanos carentes de recursos, pues no cabe duda de que todo hombre tiene derecho a contar con los medios necesarios para el pleno desarrollo de sus capacidades y de que la sociedad delinque por partida doble contra el individuo cuando hace de la ignorancia una secuela necesaria de la pobreza. Huelga detenerse a demostrar que la sociedad sale más beneficiada cuando quienes la forman son gentes cultas que cuando son individuos ignorantes y zafios, y si un proletariado culto no se prestaría jamás —así hay que esperarlo, indudablemente— a permanecer en él estado de sojuzgamiento en que se halla nuestro actual proletariado, no es menos cierto que solamente de una clase obrera dotada de cultura puede espetarse la serenidad y la cordura necesarias para transformar pacíficamente la sociedad. Ahora bien, que tampoco un proletariado inculto está dis. puesto a seguir como actualmente se halla lo demuestran los disturbios ocurridos en Silesia y en Bohemia,1** por lo que a Alemania se refiere, para no hablar de otros pueblos.

La segunda medida sería la total reorganización de la beneficencia, agrupando a todos los ciudadanos indigentes en colonias en las que se les dedique a trabajos agrícolas e industriales y se organice su trabajo en provecho de toda la colonia. Hasta ahora, los capitales de la beneficencia pública se han destinado a préstamos con interés, es decir, que sólo sirven para procurar a los ricos nuevos medios con que explotar a los desposeídos. Ya es hora de que dichos capitales se utilicen realmente en beneficio de los pobres, de que se invierta en favor de éstos el rendimiento de estos capitales en su totalidad, y no solamente el tres por ciento de sus intereses, de que se ofrezca un ejemplo grandioso de asociación del capital y el trabajo, De este modo, se utilizará la mano de obra de todos los indigentes en beneficio de la sociedad y se conver. tiría a estos elementos desmoralizados y oprimidos en hombres dotados de moral, independientes y activos, colocándolos en condiciones que pronto envidiarían los trabajadores aislados y que iría preparando la reor. ganización total de la sociedad, Las dos medidas anteriores requieren dinero. Para reunirlo y, al mis. mo tiempo, hacer cambiar todo el sistema de los impuestos que actual. mente se perciben y a los que se da una distribución tan injusta, se propone en el plan de reformas presentado un impuesto general y progresivo sobre el capital, cuya tasa aumentará con la cuantía de éste. De este modo, todos contribuirían a soportar las cargas de la administración pública en la medida de sus posibilidades, sin que éstas recayeran principalmente, como hasta ahora ocurre en todos los países, sobre los hormnbros de quienes poseen menos recursos. El principio de la tributación es, en el fondo, un principio puramente comunista, pues en todos los países se invoca la llamada propiedad nacional en apoyo del derecho a cobrar impuestos. Una de dos: o la propiedad privada es sacrosanta, en cuyo caso no existirá propiedad nacional y el Estado carecerá del derecho a cobrar impuestos, o el Estado se halla realmente asistido de este derecho, y entonces no será sacrosanta la propiedad privada, sino que se hallará por encima de ella la propiedad de la nación y el verdadero propictario será el Estado. Este último principio es el que generalmente se reconoce, y en realidad lo único que nosotros pedimos es que se le tome en serio, que se proclame al Estado propietario general y que, como tal, administre la propiedad pública en beneficio de toda la sociedad. Y el primer paso que para ello se debe dar es implantar un régimen de tributación basado exclusivamente en la capacidad de cada uno para pagar impuestos y en el verdadero interés público, Como veis, no se trata, ni mucho menos, de implantar la comunidad de bienes de la noche a la mañana y en contra de la voluntad de la nación, sino, ante todo y sobre todo, de señalar el fin y los medios y los caminos para la consecución de esta meta. Y que el principio comunista será el principio del mañana lo garantiza no sólo la trayectoria por la que marchan todas las naciones civilizadas, sino asimismo también la rapidez con que avanza la disolución de todas las instituciones sociales hasta ahora vigentes; lo garantiza la sana arzón humana y, sobre todo, el corazón humano. : [0]

Señores: en nuestra última reunión se me reprochó que tomara mis ejemplos e ilustraciones casi exclusivamente de países extranjeros, y sobre todo de Inglaterra. Se me dijo que Inglaterra y Francia no nos interesan, que nosotros vivimos en Alemania y que de lo que se trata es de demostrar la necesidad y la excelencia del comunismo para nuestro país. Otro reproche que se nos ha hecho es que no hemos razonado suficientemente la necesidad histórica del comunismo. Así es, en efecto, y no podía ser de otro modo. Y es que una necesidad histórica no se puede probar tan rápidamente como la congruencia de dos triángulos; es algo que sólo puede demostrarse mediante el estudio y el examen a fondo de amplias premisas. Quiero, sin embargo, esforzarme hoy por salir al paso de esos dos reproches; trataré de probar que el comunismo es, para Alemania, sino una necesidad histórica, por lo menos una necesidad económica. Examinemos, ante todo, la situación social que actualmente prevalece en Alemania. Que hay en nuestro país mucha pobreza es cosa conocida. Silesia y Bohemia han hablado por sí mismas. De la miseria reinante en las comarcas del Mosela y de Effel ha informado 152 por extenso la Rheinische Zeitung [Gaceta Renana”]. La región de los Montes Metalíferos conoce una extrema penuria desde tiempo inmemorial. Y no andan mejor la cosas en el Senne y en los distritos textiles de Westfalia. De todas las regiones de Alemania llegan quejas, y no podía esperarse otra cosa, Nuestro proletariado es numeroso, y necesariamente tiene que serlo y, para comprenderlo, basta con echar un vistazo a la situación social de nuestro país.

La existencia de un proletariado numeroso en los distritos industriales responde a la naturaleza misma de las cosas. La industria no puede exis. tir si no cuenta con un gran número de obreros que se hallen totalmente a su disposición, que trabajen exclusivamente para ella y renuncien a todo otro medio de vida, ya que las actividades industriales, en un ré. gimen de competencia, excluyen toda otra posible ocupación. De ahí que encontremos en todas las zonas industriales un proletariado demasiado numeroso y demasiado ostensible para que nadie pueda negarlo. En los distritos agrícolas, por el contrario, no existe ni puede existir —afirman muchos— tal proletariado. Pero sí existe, y no puede ser de otro modo. La existencia del proletariado es necesaria en las regiones en que impera la gran propiedad sobre la tierra; las grandes haciendas necesitan contar con jornaleros y jornaleras, no pueden existir sin proletarios. Y la aparición de una clase desposeída “es, asimismo, inevitable en las zonas en que la propiedad sobre la tierra se halla parcelada; las _ fincas pueden dividirse hasta llegar a cierto grado, a partir del cual cesa la división; y como sólo pueden recibir tierra una o dos personas de cada familia, las demás se convierten necesariamente en proletarios, en trabajadores desposeídos. Además, la división de las tierras se lleva, general. mente, hasta un punto en que las parcelas son demasiado pequeñas para sostener a una familia, lo que da como resultado la formación de una clase de gentes que, como ocurre con la pequeña clase media de las ciudades, ocupan una posición intermedia entre la clase poseedora y la desposeída, que, impedida por lo que posee de abrazar otra ocupa. ción, no pueda sin embargo vivir con ello. En esta clase reina también una gran miseria.

El necesario incremento numérico y constante de este proletariado lo aseguran el progresivo empobrecimiento de las clases medias, al que yo me refería por extenso hace ocho días y la tendencia del capital a concentrarse en pocas manos. Creo que no es necesario volver ahora sobre estos puntos; me limitaré a observar que estas causas del nacimiento e incremento constantes del proletariado seguirán en pie y engendrarán las mismas consecuencias mientras se mantenga el régimen de la competencia. Bajo cualesquiera condiciones, el proletariado no sólo seguirá existiendo, sino que se extenderá, además, continuamente y representará un poder cada vez más amenazador dentro de nuestra sociedad, mientras cada cual produzca por su propia cuenta y en oposición a todos los demás. Pero el proletariado llegará a alcanzar un grado tal de poder y de conciencia en que ya no se resignará a seguir soportando el peso de todo el edificio social, que gravita constantemente sobre sus hombros, sino que reclamará una distribución más armónica de las cargas y los derechos sociales; y, cuando ese momento llegue —si es que entre tanto no cambia la naturaleza humana—, se hará inevitable la revolución social. Es este un problema en el que hasta ahora no se han parado a pensar nuestros economistas. Ellos no se preocupan de la distribución, sino solamente de la creación de la riqueza nacional. Abstraigámonos, sin embargo, por un momento, del hecho de que la revolución social es, como hemos demostrado, el resultado de la competencia y examinemos de momento las formas concretas bajo las que se presenta la competencia y las diferentes posibilidades económicas que para Alemania representa cada una de ellas. Alemania —o, para decirlo más exactamente, la Liga aduanera alema. na 15%— cuenta, por el momento, con unos aranceles de aduanas que representan una solución intermedia. Nuestros aranceles son demasiado bajos como aranceles protectores y demasiado altos para la libertad de comercio. Caben, pues, tres soluciones: implantar la libertad comercial completa, proteger nuestra industria mediante aranceles bastante altos o, por último, mantener en pie el sistema actual. Veamos cada uno de estos tres Casos.

Si proclamamos la libertad de comercio y suprimimos los aranceles aduaneros, se armuinará toda nuestra industria, exceptuando algunas ramas. Se vendría a tierra, en ese caso, la industria de hilados de algodón, la industria mecánica textil, la mayoría de las ramas de la industria del algodón y de la lana, ramas importantes de la industria de la seda y la casi totalidad de la extracción y la fundición del hierro. Los obreros repentinamente privados de pan en todas estas ramas se verían desplazados en masa a la agricultura y a los restos de la industria, brotaría por todas partes el pauperismo, la crisis aceleraría la centralización de la propiedad en unas cuantas manos y, a juzgar por los sucesos de Silesia, esta crisis traería necesariamente como consecuencia una revolución social. La segunda solución es la implantación de aranceles protectores. Últimamente, estos aranceles son el hijo predilecto de la mayoría de nuestros industriales, razón por la cual debemos examinarlos un poco de cerca. El señor List ha reducido a sistema los deseos de nuestros capitalistas,16* y a este sistema, que casi todos los capitalistas alemanes profesan como un credo, me atendré yo aquí. El señor List propone aranceles progresivos, hasta que lleguen a ser lo bastante elevados para asegurar al fabricante el mercado interior; una vez que alcancen este punto, deberán mantenerse en él durante algún tiempo, para ir descendiendo después, hasta que, por último, al cabo de determinado número de años, cese toda protección.

Supongamos por un momento que este plan se ponga en práctica y se decreten los aranceles protectores. Se elevará el nivel de la industria, el capital que aún se halla ocioso se lanzará a las empresas industria. les, crecerá la demanda de obreros, aumentando con ella los salarios, se vaciarán las casas para pobres y se logrará, por lo menos en apariencia, un estado de gran prosperidad. Este estado de cosas durará hasta que nuestra industria se extienda lo bastante para poder abastecer el mercado interior. No podrá extenderse más, pues si no puede imponerse en el mercado interior sin un régimen de protección, menos todavía podrá penetrar en los mercados neutrales, luchando contra la competencia de fuera.

Pero ahora, piensa el señor List, la industria interior será, por lo menos, suficientemente fuerte para necesitar de menos protección y ya será posible comenzar a reducir los aranceles. Concedamos esto, por un momento. Se procede a rebajar las tarifas aduaneras. Si no a la primera, a la segunda o tercera reducción arancelaria, la protección disminuirá hasta el punto de que la industria extranjera —digamos concretamente la inglesa— podrá competir en el mercado alemán con la nuestra. El señor List desea, incluso, que eso ocurra. Pero, ¿cuáles serán las consecuencias? Que la industria alemana, a partir de ese momento, tendrá que afrontar, como propias, todas las fluctuaciones y todas las crisis de la inglesa. Tan pronto como se vean abarrotados de mercancías inglesas los mercados de ultramar, los ingleses harán lo que ya están haciendo ahora y lo que el señor List relata con verdadero enternecimiento: lanzarán todas sus exis. tencias al mercado de Alemania, el más cercano, y volverán a mandar, con ello, la Liga aduanera al “desván de los trastos viejos”. Consecuencia de ello será que la industria inglesa volverá a florecer, ya que tendrá como mercado el mundo entero, que no podrá prescindir de sus mercancías, mientras que la industria alemana no será indispensable ni siquiera para el mercado propio, tendrá que afrontar la competencia de los ingleses en su propia casa y padecerá del exceso de mercancías inglesas lanzadas durante la crisis a los mercados de sus clientes. Y, en. tonces, nuestra industria apurará hasta las heces el cáliz de los peores periodos de crisis de la industria inglesa, pero sin disfrutar más que en una medida muy pequeña de sus periodos de prosperidad; en una palabra, estaremos exactamente tan mal como ahora estamos. Resultado final: toda la industria se verá entonces abocada al mismo resultado depresivo en que al presente se hallan las ramas semiprotegidas; se hundirán una empresa tras otra, sin que surjan otras nuevas; nuestra maquinaria envejecerá, sin que estemos en condiciones de reponerla por otra nueva y perfeccionada; el estancamiento se trocará en retroceso y, según la propia afirmación del señor List, decaerán una rama industrial tras otra y, por último, se hundirán totalmente. Nos encontraremos, como consecuencia de ello, con un numeroso proletariado, obra de la gran industria y carente ahora de medios de vida y de trabajo; y podemos estar seguros de que, cuando esa hora llegue, este proletariado exigi r1á de la clase poseedora que se le dé trabajo y se le alimente. Eso es lo que ocurrirá si se rebajan los aranceles. Supongamos ahora que no se rebajan, sino que se mantienen tal como están, aguardando a que la competencia interna entre los fabricantes interiores se tome ilusoria, para proceder luego a su rebaja. La consecuencia de ello será que la industria alemana se verá paralizada, tan pronto se halle en condiciones de abastecer el mercado interior. No serán necesarias nuevas empresas, puesto que las existentes bastan para las necesidades del mer. cado, y no podrá pensarse en nuevos mercados, como ya se ha dicho, mientras la industria interior reclame protección. Ahora bien, una industria que no progrese en extensión no puede tampoco perfeccionarse. Permanecerá necesariamente estacionaria hacia afuera y hacia adentro. No existirá, para ella, el perfeccionamiento de la maquinaria. No podrá des. terrar las viejas máquinas ni encontrará, para las nuevas, empresas que puedan aplicarlas. Y como, mientras tanto, otras naciones marchan ha. cia adelante, el estancamiento de nuestra industria se trocará en un nuevo retroceso. - Los ingleses, gracias a su progreso, no tardarán en pro. ducir con la baratura necesaria para poder competir en nuestro propio mercado con nuestra industria atrasada, a pesar de los aranceles protec. tores, y como en la lucha de la competencia, como en toda lucha, vence el más fuerte, nadie dude que acabaremos siendo derrotados. Y se producirá, así, el mismo resultado señalado más arriba: el proletariado artificialmente creado exigirá de los poseedores lo que éstos mo podrán conceder mientras sean exclusivamente eso, poseedores, y estallará la revolución social.

Queda todavía por examinar otro posible caso, el caso muy inverosí. mil de que los alemanes consigan llevar a nuestra industria, por medio de los aranceles protectores, a un punto en que pueda competir con los ingleses sin necesidad de protección. Supongamos que así ocurra: ¿Cuáles serían, en ese caso, las consecuencias? "Tan pronto como comenzáramos a competir con los ingleses en los mercados extranjeros neutra. les, se desataria una lucha a vida o muerte entre nuestra industria y la inglesa. Los ingleses apelarían a todas sus fuerzas para desalojarnos de los mercados antes abastecidos por ellos; no tendrían más remedio que hacerlo, ya que se verían atacados en su fuente de vida, en su punto más neurálgico. Y no cabe duda de que conseguirían derrotarnos, ya que disponen de grandes recursos y cuentan con las ventajas de una industria secular. Se las arreglarán para mantener nuestra industria circunscrita a nuestro propio mercado, manteniéndola con ello estacionaria, con lo que volveremos a encontrarnos en la misma situación que acabamos de describir. Alemania permanecerá estancada, los ingleses avanzarán y nuestra industria, abocada a una decadencia inevitable, no estará en condiciones de mantener al proletariado artificialmente creado por ella, lo que acarreará la revolución social, Pero, supongamos que llegamos a vencer a los ingleses en los merca. dos neutrales y les arrebatamos un canal de salida tras otro, ¿qué habría. mos conseguido, en este caso punto menos que imposible? En el mejor de los supuestos recorreríamos por segunda vez la misma trayectoria industrial en que Inglaterra nos ha precedido, para llegar, más tarde o más temprano, a donde ahora se encuentra Inglaterra, o sea en vísperas de una revolución social. Pero lo más probable sería que las cosas marcharan más de prisa. Las continuas victorias de la industria alemana acabarían necesariamente arruinando a la inglesa y no harían, con ello, más que acelerar el levantamiento en masa del proletariado, que ya ahora, sin necesidad de eso, amenaza a los ingleses. El hambre, que no tardaría en presentarse, empujaría a los obreros ingleses a la revolución y, tal como las cosas están ahora, esa revolución social repercutiría poderosamente sobre los países del continente, especialmente sobre Francia y Alemania, repercusión tanto más intensa cuanto más numeroso fuera el proletariado artificial creado en Alemania por una industria forzada. La revolución se convertiría inmediatamente en europea y ven. dría a perturbar muy desagradablemente los sueños de nuestros fabri. cantes en torno al monopolio industrial de Alemania. La posibilidad de una coexistencia pacífica de las dos industrias, la inglesa y la alemana, se estrella contra el régimen de la competencia. Repito que toda industria tiene necesariamente que avanzar si no quiere marchar hacia atrás y perecer; y para poder avanzar tiene que extenderse, conquistar nuevos mercados, crecer constantemente mediante la creación de nuevas empresas. Y como, desde que China se ha abierto al comercio de fuera, ya no es posible conquistar nuevos mercados, sino solamente perfeccionar la explotación de los existentes, lo que quiere decir que la expansión de la industria, en el futuro, será más lenta que hasta ahora, Inglaterra estará todavía menos dispuesta que hasta aquí a tolerar ún competidor. Para proteger su propia industria, necesita tener a raya a la de todos los demás países; para Inglaterra, la afirmación de su monopolio industrial no es simplemente una cuestión de mayores o menores ganancias, sino una cuestión vital. La lucha de la competencia entre las naciones es ya de suyo mucho más enconada y más resuelta que entre los individuos, porque se trata de una lucha concentrada, de una lucha de masas, que sólo puede terminar con el triunfo decidido de uno y la derrota aplastante de otro de los contendientes. De ahí que semejante lucha entre los alemanes y los ingleses, cualquiera que fuese su resultado, no beneficiaría nia nuestros industriales ni a los de Inglaterra, sino que traería necesariamente consigo, como queda dicho, una revolución social.

Hemos visto, pues, lo que Alemania puede esperar, en todos y cada uno de los casos posibles, tanto -de la libertad comercial como del sistema proteccionista. Sólo queda por examinar otra posibilidad económica, a saber: la de que Alemania siga manteniéndose en la posición intermedia en que actualmente se halla. Pero ya hemos visto cuáles serían las consecuencias de semejante actitud. Acabarán pereciendo necesariamente, una rama tras otra de nuestra industria, los obreros industriales se quedarían sin pan y, cuando el hambre llegara a cierto límite, se lanzarían a una revolución contra las clases poseedoras. De este modo, vemos confirmado en el detalle lo que yo comenzaba diciendo acerca de la competencia en general: que la consecuencia inevitable de las relaciones sociales existentes es, bajo cualesquiera condicio. nes y en todos los casos, una revolución social. Con la misma certeza con que podemos desarrollar un nuevo axioma partiendo de los princi. pios matemáticos dados, podemos inferir, a base de las relaciones económicas existentes y de los principios de la Economía política, una revolución social inevitable. Pero, fijémonos un poco más de cerca en esta revolución. ¿Bajo qué forma se presentará, cuáles serán sus resultados, en qué se distinguirá de las violentas conmociones anteriores? Una revolución social, señores, es algo completamente distinto de las revoluciones políticas hasta ahora conocidas; no va dirigida, como éstas, contra la propiedad del monopolio, sino contra el monopolio de la propiedad; una revolución social, señores, es la guerra abierta de los pobres contra los ricos. Y no cabe duda de que una lucha así, una lucha en la que se ponen en acción, abiertamente y sin recato, todos los resortes y todas las causas que en los con. flictos anteriores permanecían velados y ocultos, amenaza con tomar un cariz más violento y más sangriento que cuantas la han precedido. Esta lucha puede conducir a uno de dos resultados. O las fuerzas que se rebelan atacan solamente a la manifestación y no a la esencia misma, a la forma y no a la realidad, o abordan la realidad y atacan al mal en su raíz, En el primer caso, dejarán en pie la propiedad privada y se limitarán a cambiar su distribución, con lo que se mantendrán las causas que han determinado el estado de cosas actual y que, tarde o temprano, conducirán a otro parecido y provocarán necesariamente una nueva revolución. Ahora bien, ¿es posible que ocurra esto? ¿Ha existido alguna vez una revolución que no haya logrado realmente sus aspiraciones? La revolución inglesa impuso tanto los principios religiosos como los principios políticos cuya violación por parte de Carlos 1 la provocaron; la burguesía francesa, por su parte, en su lucha contra la monarquía y la nobleza, consiguió cuanto se proponía, acabó con todos los abusos que la empujaron a sublevarse. ¿Por qué la sublevación de los pobres va a deponer las armas antes de haber acabado con la pobreza y con las causas que la engendran? Ello no es posible, señores; el admitir semejante cosa iría en contra de toda la experiencia histórica. Y tampoco nos permite dar eso por posible el estado actual de cultura de los obreros, sobre todo en Inglaterra y Francia. Sólo queda, pues, la segunda alternativa, la de que la futura revolución social ataque también las causas reales de la pobreza y la miseria, de la ignorancia y el crimen; que lleve a cabo, por tanto, una verdadera revolución social, Deteneos ahora, señores, a considerar cuáles son las ideas que mueven a los obreros, en aquellos países en que también el obrero piensa; fijaos en las diversas fracciones del movimiento obrero de Francia, y decid si no son todas ellas comunistas. 1d a Inglaterra y escuchad las propuestas que se hacen a los obreros para mejorar su situación y ved si no responden todas al principio de la propiedad común. Estudiad todos los sistemas de reforma social, a ver cuántos encontráis que no sean comu. nistas. De todos los sistemas importantes que hoy se conocen, sólo hay uno no comunista, el de Fourier, quien se fija más en la organización social de la actividad humana que en la distribución de sus productos. Son todos hechos que justifican la conclusión de que una futura revolución social desembocaría en la implantación del principio comunista, sin dejar lugar apenas a otra posibilidad.

Y si las conclusiones a que llegamos, señores, son acertadas; si la revolución social y el comunismo práctico constituyen el resultado necesario de las condiciones existentes, es claro que debemos preocuparnos, ante todo, de las medidas por medio de las cuales podemos prevenir una transformación violenta y sangrienta del régimen social. Para conseguir esto, sólo hay un medio: la pacífica implantación o, por lo menos, la preparación pacífica del comunismo. Por tanto, si no queremos una solución sangrienta del problema social, si no queremos que la contradicción cada día mayor entre la cultura y la situación en que viven nuestros proletarios se agudice hasta el máximo, hasta llegar a un estado de cosas en el que, a juzgar por todas nuestras experiencias acerca de la naturaleza humana, se encarguen de resolver tajantemente esta contradicción la violencia brutal, la desesperación y el espíritu de venganza; si no queremos que tal cosa ocurra, debemos ocuparnos seria e imparcialmente de la cuestión social y poner cuanto esté de nuestra parte para humanizar la situación de nuestros modernos ilotas. Tal vez algunos de vosotros penséis que no es posible elevar a las cla. ses actualmente humilladas sin rebajar la situación de quienes ocupan ahora un lugar más alto; a quienes así piensen les diremos que se trata de crear para todos los hombres en general una situación de vida en la que cada cual pueda desarrollar libremente su naturaleza humana y mantener relaciones humanas con sus semejantes, sin temor a que nadie pueda perturbar esa situación de vida por la violencia; les diremos que lo que algunos individuos deberán sacrificar, para lograr esto, no es el goce verdaderamente humano de la vida, sino una apariencia de goce engendrada por un falso orden social, algo que va en contra de la razón y del corazón de quienes actualmente gozan de esas aparentes ventajas. Lejos de pretender destruir la vida verdaderamente humana, digna del hombre, con todas sus condiciones y necesidades, lo que queremos es, por el contrario, establecerla. Y si, aun prescindiendo de esto, os parais a pensar de verdad en las consecuencias a que necesariamente llevará el actual estado de cosas, en el laberinto de contradicciones y trastornos a que nos conduce, encontrareis que vale la pena estudiar seriamente y a fondo la cuestión social. Si hubiera logrado convenceros de ello, consideraría plenamente lograda la finalidad de mi exposición.