Sobre el libro de F. List “Sistema nacional de economía política”

Karl Marx

Sobre el libro de F. List “Sistema nacional de
economía política”

(1845)

Publicado por primera vez en:
Beiträge zur
Geschichte der Arbeiterbewegung
, número 3/1972, 14.º año, Berlín,
pp. 425 – 446

La edición sigue la separata
Crítica de la
economía burguesa: Nuevo manuscrito de Marx y
discurso de Engels sobre F. List
, Berlín (Oeste), VSA 1972, pp.
7-43.

Marcación HTML: J.L.W. para el
Marxists’
Internet Archive

Que la conciencia de la muerte de la burguesía
ha penetrado ya incluso en la conciencia del burgués alemán,
hasta el punto de que el burgués alemán es lo bastante ingenuo como para confesar
él mismo esta
“tristeza”
. “Por eso es
también tan
triste
cuando se quiere hacer valer como motivo los males que en nuestros
días acompañan a la industria, para rechazar
la industria misma. Hay males mucho
mayores que una clase de

proletarios
; arcas del tesoro vacías – impotencia nacional
– servidumbre nacional – muerte nacional” p. LXVII

[1*]
. Es verdaderamente triste que el
proletariado ya exista y ya plantee exigencias y ya
infunda temor, antes de que el burgués alemán haya llegado siquiera
a la industria. En lo que concierne al proletario mismo, ciertamente
él encontrará su clase dichosa cuando la burguesía dominante tenga las arcas llenas y el poder nacional. El señor List
dice sólo lo que para la burguesía
es más
triste
. Y nosotros
confesamos que es muy triste para él que pretenda instaurar
el dominio industrial justo en el momento inoportuno en que la servidumbre de la mayoría engendrada por él se ha convertido
en un factum universalmente conocido. El burgués alemán es el
caballero de la triste figura
, que pretendía introducir
la caballería andante justo cuando surgían la policía y el
dinero. Un gran obstáculo (inconveniente) en el que se encuentra el
burgués alemán en su afán de riqueza industrial
es su
idealismo
anterior. ¿Cómo es que este pueblo del
“
espíritu
” se pone de repente a encontrar
en el calicot, el hilo de algodón, la self-acting mule el materialismo de
la maquinaria, en un montón de esclavos fabriles, en los
bolsillos llenos de los señores fabricantes los
bienes supremos de la humanidad? El hueco, ventoso y sentimental idealismo del burgués alemán, tras el que se oculta
el más mezquino y sucio espíritu de tendero,
tras el que se esconde el alma más cobarde, ha llegado a la época
en que necesariamente debe traicionar su secreto. Pero lo traiciona
de nuevo de un modo auténticamente alemán, exaltado. Lo
traiciona con vergüenza idealista-cristiana. Reniega de la riqueza en el momento de aspirar a ella. Disfraza de un modo enteramente idealista el materialismo sin espíritu, y sólo entonces se atreve
a darle caza. Toda la ... parte teórica del sistema listiano
no es más que un disfraz del materialismo industrial de la economía sincera revestido de frases ideales. Deja subsistir la cosa
en todas partes, pero idealiza la expresión. Seguiremos esto en detalle. Precisamente esta hueca fraseología idealista le da también por ello la
capacidad de desconocer los límites
reales
que se oponen a sus
piadosos deseos y de entregarse a las fantasías más insulsas. (¿Qué habría sido de la burguesía inglesa
y francesa si hubieran pedido primero permiso a una alta nobleza, a una benemérita burocracia y a las casas reinantes hereditarias para
introducir la “industria” con “fuerza de ley”?).

El burgués alemán es incluso religioso allí donde es
industrial. Teme hablar de los malos valores de cambio, tras los que
acecha, y habla de fuerzas productivas; teme hablar de competencia
y habla de una confederación nacional de las fuerzas productivas
nacionales; teme hablar de su interés privado
y habla del interés nacional. Si se considera el franco y clásico cinismo con que la burguesía inglesa
y francesa en sus primeros portavoces científicos de la economía nacional, al menos al comienzo de su dominio,
elevó la riqueza a dios y le sacrificó, a este Moloch, sin miramientos todo, incluso en la ciencia,
y si se considera en cambio la manera idealizante, sofística y
ampulosa del señor List, que en medio de la economía desprecia la riqueza de los “hombres justos”
y conoce fines superiores, se debe encontrar “también
triste” que hoy en día ya no sea día para
la riqueza. El señor List habla siempre en versos molosos.
Se hincha constantemente en un pathos pesado y
verboso, cuyo núcleo, en constante repetición, son los
aranceles protectores y las fábricas “teutonas”, cuyas
turbias aguas desembocan siempre en última instancia en el banco de arena.
Es constantemente sensible-suprasensible.

El filisteo idealizante alemán que quiere hacerse rico
tiene que crearse naturalmente primero una nueva teoría de la
riqueza que haga a ésta última digna de ser perseguida por él. Los burgueses de Francia e Inglaterra ven
acercarse la tormenta que aniquilará
prácticamente la vida
real
de lo que hasta ahora se llamaba riqueza, y el
burgués alemán, que aún no ha llegado a esta mala riqueza,
intenta una nueva interpretación “espiritualista” de la misma. Se crea una
economía “idealizante” que nada tiene en común
con la profana economía francesa e inglesa,
para justificar ante sí mismo y ante el mundo que él también quiere hacerse rico. El burgués alemán comienza su creación de la
riqueza con la creación de una economía nacional exaltada e
hipócritamente idealizante.

Cómo interpreta el señor List la historia y se comporta respecto a Smith
y su escuela

Tan sumiso como es el señor List ante la nobleza, las casas
reinantes hereditarias, la burocracia, tan “insolente”
se presenta contra la economía francesa e inglesa,
que ha traicionado cínicamente el
secreto
de la riqueza
y ha hecho imposibles todas las ilusiones sobre su naturaleza, tendencia y movimiento,
cuyo jefe de filas es Smith. El señor
List las engloba a todas bajo el nombre de “la escuela”.
Como, en efecto, al burgués alemán le interesan los aranceles protectores, todo el desarrollo de la
economía desde Smith no tiene para él naturalmente ningún sentido, porque los más destacados representantes de la misma tienen todos como presupuesto la actual
sociedad burguesa de la competencia y la libertad de comercio.

El filisteo alemán muestra aquí de múltiples modos su
carácter “nacional”.

1) No ve en toda la economía más que sistemas
urdidos en los gabinetes de estudio. Que el desarrollo de una
ciencia como la economía está relacionado con el movimiento
real de la sociedad, o es sólo su expresión teórica, el señor List no lo sospecha naturalmente. Teórico alemán.

2) Como su propia teoría (escrito) oculta un propósito
secreto, él sospecha en todas partes propósitos secretos. Como auténtico filisteo
alemán, el señor List, en lugar de estudiar la historia real, busca los secretos y malos propósitos de los individuos
y se precia mucho de su astucia para desentrañarlos
(descubrirlos). Hace grandes
descubrimientos del tipo de que Adam Smith con su teoría quiso
engañar al mundo y que el resto del mundo se dejó engañar por
él, hasta que el gran señor List lo liberó de su sueño, poco más o menos como un
consejero de justicia de Düsseldorf hizo pasar la historia romana por
una invención de los monjes medievales para fundar
la dominación de Roma. Pero, así como el burgués
alemán no sabe oponerse a su enemigo en general mejor
que colgándole una mácula moral, poniendo en entredicho su modo de pensar, buscando malos
motivos para su acción, en suma, poniéndolo en

mala fama
y lanzando contra él sospechas personales, así
el señor List lanza sospechas sobre los economistas ingleses y
franceses, cuenta chismes
sobre ellos, y así como el filisteo alemán no desprecia en el comercio la
más mínima gananciucha y escamoteo, así
el señor List no desprecia escamotear palabras de las citas
para hacerlas provechosas, pegar a sus propias y malas
fabricaciones la etiqueta de sus adversarios para desacreditarlas,
falsificándolas, o incluso inventar decididas
mentiras para desacreditar a su competidor.

Damos algunas pruebas del modo de proceder del señor
List.

Se sabe que los curas alemanes no creían poder asestar
a la Ilustración un golpe mortal más contundente
que contándonos la anécdota insulsa y la mentira
de que Voltaire en su lecho de muerte había abjurado de su doctrina.
También el señor List nos conduce al lecho de muerte de Smith y
nos informa de que allí se habría mostrado que no había hablado
con sinceridad de su doctrina.

Oigamos, no obstante, al propio señor List y su ulterior juicio
sobre Smith. Ponemos a su lado la fuente de su
sabiduría.

List

“Había yo recordado, tomándolo de la biografía de Dugald Stewart,
cómo ese gran espíritu no pudo morir tranquilo
hasta que todos sus manuscritos fueron quemados, con lo cual
(he) querido dar a entender cuán urgente es la sospecha
de que esos papeles contenían pruebas contra su sinceridad. p. LVIII. Había yo señalado cómo su teoría fue
utilizada por los ministros ingleses para echar arena a los ojos de otras
naciones en ventaja de Inglaterra.”
l.c. (LVIII, LIX) “La doctrina de Adam Smith es, en lo tocante a las
relaciones nacionales e internacionales, una mera
continuación del sistema fisiocrático. Como éste, ignora
la naturaleza de las nacionalidades,
y
presupone la paz eterna y la unión universal como existentes.”
p. 475.

Ferrier,
F.L.A. “Du gouvernement
considéré dans ses rapports avec le commerce.”
París 1805;

“¿Es posible que Smith, acumulando tantos falsos
raciocinios en favor de la libertad de comercio,
fuera sincero?...

Smith tenía el propósito secreto de difundir en Europa principios
que, bien lo sabía él, al ser adoptados entregarían a su país el mercado mundial”. (p. 385,386.)

“Está uno incluso autorizado a creer que Smith no
siempre había enseñado la misma doctrina; y cómo explicar de otro modo las angustias
que en su lecho de muerte le hicieron sentir el temor
de que los manuscritos de sus lecciones le
sobrevivieran”. p. 386.

Le reprocha a Smith el haber sido commisario de aduanas.
“Smith ha razonado casi siempre como los economistas
(fisiócratas), sin tomar en consideración la separación de los
intereses de las diferentes naciones y en el supuesto de que
en el mundo no existiría más que una sola sociedad. Dejemos
todos esos proyectos de Unión.” p. 381, p. 15.

El señor Ferrier era inspector de aduanas bajo Napoleón y
amaba su oficio.

La economía de J. B.
Say
es concebida como una
especulación desgraciada por el señor List. Enseguida
comunicaremos su completo juicio sobre la vida de Say.
Antes, aún, un ejemplo del modo en que él copia a otros
escritores y al copiarlos los falsifica para
golpear a sus adversarios.

List

“Say y
MacCulloch
parecen no haber visto o leído de este
libro” (el de Antonio Serra de Nápoles) “más que
el título; ambos lo echan a un lado con desdén, con la observación: trata sólo del dinero, y ya
el título demuestra que el autor había estado preso en el error de
considerar los metales nobles como únicos objetos de la riqueza.
Si hubieran leído más” etc. p. 456.

Conde
Pecchio
:

“
Historia de la economía política en
Italia”
etc., París 1830/11/. “Los extranjeros
buscaban despojar a Serra del mérito de haber sido el primer fundador
de los principios de esta ciencia” (de la economía
política). “Lo que acabo de decir no puede
en modo alguno aplicarse al señor Say,
quien, aunque reprochando siempre a Serra el no haber considerado
más que la materia del oro y la plata como riquezas, no por ello
le cede la gloria de haber sido el primero que dio a
conocer (connaître) la potencia productiva de la industria... Mi queja se dirige al señor Mac
Culloch... Si el señor Mac Culloch hubiera leído un poco más que el
título” etc. p.76,77.

Se ve cómo el señor List falsifica
deliberadamente
a Pecchio, a quien copia,
para poner en mala fama al señor Say. No son menos falsas las notas biográficas que
comunica sobre Say.

El señor List dice de él: “Primero comerciante, luego fabricante,
después político desgraciado, Say recurrió a la economía
política como se recurre a una nueva empresa cuando la vieja
no quiere marchar ya... El odio contra el sistema continental, que
le destruye su fábrica, y contra su autor, que lo
había expulsado del Tribunado, lo determinó a tomar el partido
de la libertad absoluta de comercio.” p. 488,489. ¡De modo que
Say tomó el sistema de la libertad de comercio porque su fábrica fue arruinada por
el sistema continental! Pero ¿y si escribió su
“Traité d'économie politique”
antes de poseer una fábrica? ¡Say tomó el sistema
de la libertad de comercio porque Napoleón lo expulsó del Tribunado! ¿Y si escribió el libro
siendo tribuno? ¿Y si Say, quien según el señor List era
un hombre de negocios desgraciado que veía en la literatura sólo
un ramo de negocio, desempeñó desde su primera juventud un papel
en el mundo literario francés?

¿De dónde ha sacado el señor List sus novedades? De la “Noticia histórica
sobre la vida y las obras de J.-B. Say” de
Charles Comte
, antepuesta al “Cours
Complet d'économie politique”.
[2*]
¿Qué informa
esta noticia? Ésta contiene, en cambio, lo contrario de todas sus afirmaciones.
Oigamos: J.-B. Say fue destinado por su padre, un
comerciante, al comercio. Su inclinación, sin embargo, lo arrastraba a la
literatura. Publicó en 1789 un folleto a favor de la
libertad de prensa. Escribe desde el comienzo de la Revolución en colaboración con el
“Courrier de Provence” que publicaba Mirabeau.
Fue empleado asimismo en las oficinas del ministro
Claviere. Su inclinación “por las ciencias morales y políticas”, así como la bancarrota de su padre, lo determinaron
a abandonar por completo el comercio y hacer del cultivo
de las ciencias su única ocupación.
En 1794 fue redactor jefe de la “Décade
philosophique, littéraire et politique”. Napoleón
lo nombró en 1799 miembro del Tribunado. El ocio que le
dejaba su función de tribuno lo aprovechó para elaborar
el “Traité politique”, que publicó en 1803.
Fue expulsado del Tribunado porque era uno de
los pocos que se atrevían a hacer oposición. Se le
ofreció un lucrativo puesto en las finanzas; lo rechaza,
aunque estando chargé de six enfants et n'ayant presque point de
fortune...,
[3*]
no habría podido desempeñar las funciones
ofrecidas sin concurrir a la ejecución
de un sistema que juzgaba funesto para
Francia. Instaló una hilandería de algodón
etc.

Si la mácula que el señor List le cuelga aquí a Say ha surgido
de la falsificación, no lo es menos el elogio
que dispensa al hermano del mismo, Louis Say. Para demostrar que
Louis Say
comparte la opinión listiana, falsifica
un pasaje del mismo. El señor List dice p. 484:

“Según su” (de Louis Say) “opinión,
la riqueza de las naciones no consiste en los bienes materiales y
en su valor de cambio, sino en la
capacidad de producir
estos bienes continuamente
”

Según el señor List, las siguientes son las propias palabras de Louis Say:

El Louis Say del señor List

“La richesse ne consiste pas dans les choses qui satisfont
nos besoins ou nos goûts, mais dans le pouvoir d'en jouir
annuellement”
[4*]
. Études sur la richesse des
nations"
[5*]
p. 10.

El verdadero Louis Say

“Quoique la richesse ne consiste pas dans les choses qui
satisfont nos besoins ou nos goûts, mais dans le revenu ou dans
le pouvoir d'en jouir annuellement...”
[6*]
p.9-10

Say no habla, pues, de la capacidad de producir,
sino de la capacidad de gozar, de la
capacidad que da la “renta” (revenu) de una
nación; de la desproporción entre la creciente
fuerza productiva y la renta de una nación en general y
de todas las clases en particular han surgido precisamente las teorías más hostiles al señor List, como,
por ejemplo, las de Sismondi y Cherbuliez. Damos ahora un ejemplo de la ignorancia del señor List en
el juicio de la escuela. Dice de Ricardo (List. A las
fuerzas productivas):

“En general, la escuela desde Adam Smith ha sido desgraciada en sus
investigaciones sobre la naturaleza de la renta.
Ricardo y después de él Mill, MacCulloch y otros son de la opinión,
la renta se paga por la productividad natural
inherente a las tierras. El primero ha
fundado sobre esta concepción todo un sistema... Puesto que (empero) él sólo
tenía ante los ojos las condiciones inglesas, incurrió en la
errónea opinión de que esos prados y campos ingleses, por
cuya supuesta capacidad productiva natural
se pagan actualmente tan hermosas rentas, fueron en
todo tiempo los mismos prados y campos.”
p. 360.

Ricardo
dice:

“Si el plus del producto que constituye la renta del suelo es
una ventaja, entonces sería de desear que todos los años las
máquinas de nueva construcción fueran menos productivas que las
viejas; esto daría a las mercancías producidas una plusvalía en
todo el país; se pagaría una renta a todos los que
poseen las máquinas más productivas.” “La renta del suelo
sube tanto más rápido cuanto más disminuyen las fuerzas productivas
de las tierras disponibles. La riqueza del país crece donde, mediante los perfeccionamientos en la
agricultura, se pueden multiplicar los productos sin aumento proporcional del
trabajo y donde, en consecuencia, el crecimiento
de la renta del suelo es muy lento.” pp. 77 y 80-82. Ricardo.
De los principios de la economía política etc., París 1835,
t.I.
[7*]
.

Según la doctrina de Ricardo, la renta, lejos de ser la consecuencia
de la fuerza productiva natural inherente al suelo,
es más bien una consecuencia de la improductividad cada vez mayor
del suelo, consecuencia de la civilización y del
progreso de la población. Mientras el suelo más fértil está aún disponible
en cantidad ilimitada, no existe según él
ninguna. La renta es determinada, pues, por la relación
de la población con las tierras disponibles. La doctrina de Ricardo, que
sirve de base teórica a toda la Anti-Cornlaw-League en Inglaterra y al movimiento contra las rentas
en los Estados libres de Norteamérica, tenía que ser falsificada por el señor List, suponiendo que la conociera
por algo más que de oídas, ya por la sola razón de que
demuestra cuán proclives son los “ciudadanos libres, poderosos y ricos” (p. LXVI) a trabajar “afanosamente” en pro
de la “renta del suelo” y a llevarles (a los
terratenientes) la miel del panal (p.
LXIV). La doctrina de Ricardo sobre la renta del suelo no es más que la
expresión económica de una lucha a vida o muerte del
burgués industrial contra el terrateniente. El señor
List nos instruye sobre Ricardo más adelante en estos términos:

“En la actualidad, la teoría del valor de cambio ha caído hasta tal punto en
la impotencia, ... que Ricardo... pudo decir: Determinar las leyes
según las cuales el producto del suelo se distribuye entre los
terratenientes, arrendatarios y trabajadores, ésa es la
tarea principal de la economía (política).” p. 493.

Las observaciones necesarias al respecto se harán en el lugar adecuado.

La cima de la infamia la alcanza el señor List en su juicio
sobre Sismondi:

List

“Él” (Sismondi) “quiere, por ejemplo, que al
espíritu inventivo se le ponga freno y bozal.” p. XXEX

Sismondi

“No es contra las máquinas, no es contra los descubrimientos,
no es contra la civilización contra quienes se dirigen mis objeciones,
lo son contra la
organización moderna de la
sociedad
. Organización que, a la vez que despoja al hombre del trabajo
de toda otra propiedad que la de sus brazos,
no le da ninguna garantía contra una competencia cuyo
víctima necesaria será. Suponed a todos los hombres participando igualitariamente
entre sí del producto del trabajo al que han concurrido,
y todo descubrimiento en las artes será entonces en todos los
casos posibles un beneficio para todos ellos.” Nouveaux pricipes d'économie politique. París
1827, t.II.
[8*]
, p.433.

Si el señor List lanza sospechas morales contra Smith y Say, sólo
sabe explicarse la teoría del señor Sismondi a partir de sus dolencias

corporales
. Dice:

“El señor de Sismondi ve con el ojo corporal todo lo
rojo negro, del mismo defecto parece estar afectada su mirada espiritual en
cuestiones de economía política.” p.
XXIX.

Para apreciar toda la bajeza de esta expectoración,
es necesario conocer el lugar de donde el señor List ha tomado su nota.
Sismondi en sus “Études sur l'économie
politique” dice, al hablar de la devastación de la Campaña
de Roma: “Los ricos tintes de la Campaña de Roma
... desaparecen por completo ante nuestros ojos, para
los que el rayo rojo no existe.” p. 8 (reimpresión de Bruselas
1838, t.E), Lo explica diciendo que “el
encanto que seduce a todos los demás viajeros a Roma”,
estaba destruido para él, y que “por ello tenía un ojo tanto más
abierto para el real y lamentable estado de los
habitantes de la Campaña”.

Si el señor de Sismondi no veía los tintes de un rojo celeste que
iluminan mágicamente para el señor List toda la industria, veía
en cambio el
gallo rojo
sobre los tejados (caballetes)
de estas fábricas. Tendremos ocasión más adelante de considerar (considerar) el juicio de List de que “los escritos del señor de Sismondi en lo tocante
al comercio internacional y la política comercial carecen de todo
valor” (p. XXIX).

Si el señor List explica el sistema de Smith por su
ambición personal de gloria (p. 476) y por su oculto
espíritu de tendero inglés, el sistema de Say por su sed de venganza y como un
negocio, con Sismondi desciende al punto de explicar su sistema a partir de
dolencias en la constitución corporal de Sismondi.

4. La originalidad del señor List

Es altamente característico del señor
List el que, pese a toda su fanfarronería,
no tenga un sólo principio

presenta, lo cual no hace mucho que antes que él no sólo por los defensores del sistema prohibitivo, sino incluso por los escritores de la “escuela” inventada por el señor List —si Adam Smith es el punto de partida teórico de la economía nacional, su verdadero punto de partida, su verdadera escuela es la “sociedad burguesa”, cuyas diversas fases de desarrollo pueden seguirse con precisión en la economía— habrían sido planteado. Sólo las ilusiones y las frases idealizantes (lenguaje) pertenecen al señor List.

Consideramos importante demostrarlo al lector en detalle y tenemos que reclamar su atención para este aburrido trabajo. De ello obtendrá la convicción de que el burgués alemán llega post festum, que le es tan imposible continuar la economía nacional agotada por los ingleses y franceses como lo sería para éstos aportar algo nuevo al movimiento de la filosofía en Alemania. El burgués alemán sólo puede ya añadir sus ilusiones y frases a la realidad francesa e inglesa. Pero así como le es imposible dar un nuevo desarrollo a la economía nacional, más imposible aún le es continuar en la práctica el desarrollo de la industria, desarrollo casi agotado sobre las bases existentes de la sociedad.

5. Limitamos, pues, nuestra crítica a la parte teórica del libro de List, y concretamente sólo a sus principales descubrimientos.

¿Cuáles son los principios cardinales que el señor List ha de demostrar? Preguntemos por el fin que quiere alcanzar.

1) El burgués quiere aranceles protectores del Estado para acaparar poder estatal y riqueza. Pero como no tiene a su disposición la voluntad del Estado, como en Inglaterra y Francia, y no puede, por tanto, dirigirla arbitrariamente según su voluntad, sino que ha de ponerse a suplicar, tiene que presentar al Estado, cuya actividad (modo de obrar) quiere regular conforme a sus intereses, tiene que presentar su exigencia al Estado como una concesión que él hace al Estado al pedirle concesiones. Así, pues, hace demostrar al Estado por boca del señor List que su teoría se distingue de todas las demás en que él permite al Estado una intervención y regulación de la industria, que tiene de su perspicacia económica la más alta opinión y sólo le ruega que dé rienda suelta a su sabiduría, naturalmente con la reserva de que esta sabiduría se limite a conceder “enérgicos” aranceles protectores. Presenta su exigencia de que el Estado actúe conforme a su interés como un reconocimiento de que el Estado tiene derecho a inmiscuirse en el mundo de la sociedad burguesa.

2) El burgués quiere enriquecerse, hacer dinero; pero al mismo tiempo tiene que entenderse con el idealismo hasta ahora reinante en el público alemán y con su propia conciencia. Demuestra, pues, que no persigue los bienes materiales, no espirituales, sino un ser espiritual, la infinita fuerza productiva, en lugar del malo y finito valor de cambio. Este ser espiritual trae consigo, ciertamente, la circunstancia de que el “burgués” llene sus propios bolsillos, en esta ocasión, con valores de cambio mundanos. Puesto que el burgués piensa enriquecerse principalmente mediante “aranceles protectores”, y puesto que los aranceles protectores sólo pueden enriquecerlo en la medida en que ya no son los ingleses, sino el propio burgués alemán quien explota a sus compatriotas, y además los explota más de lo que eran explotados desde fuera, ya que los aranceles protectores exigen un sacrificio de valores de cambio por parte de los consumidores (en su mayoría los obreros, que han de ser desplazados por las máquinas, todos aquellos que perciben un ingreso fijo, como los empleados, los rentistas de la tierra, etc.), el burgués industrial tiene que demostrar que, lejos de perseguir bienes materiales, no quiere otra cosa que el sacrificio de valores de cambio, de bienes materiales por un ser espiritual. En el fondo, se trata, pues, sólo de autosacrificio, de ascetismo, de grandeza de alma cristiana. Es una pura casualidad que A traiga el sacrificio y B se meta el sacrificio en el bolsillo. El burgués alemán es demasiado desinteresado para pensar en su ventaja privada, que casualmente se encuentra vinculada con el sacrificio. Pero si se encontrase que una clase, cuyo permiso el burgués alemán cree necesitar para su emancipación, no puede subsistir junto con aquella teoría espiritual, entonces hay que abandonar ésta aquí y hacer valer, en oposición a la escuela, precisamente la teoría de los valores de cambio.

3) Puesto que todo el deseo de la burguesía se reduce, en resumen, a llevar el sistema fabril a un florecimiento “inglés” y a convertir el industrialismo en regulador de la sociedad, es decir, a producir la desorganización de la sociedad, el burgués tiene que demostrar que no le preocupa más que la armonización de toda la producción social, la organización social. Restringe el comercio exterior mediante aranceles protectores; la agricultura, afirma, alcanza rápidamente su máximo florecimiento gracias a la manufactura. La organización de la sociedad se resume, pues, en las fábricas. Ellas son las organizadoras de la sociedad, y el régimen de la competencia que instauran es la más hermosa confederación de la sociedad. La organización de la sociedad que crea el sistema fabril es la verdadera organización de la sociedad.

Ciertamente tiene razón la burguesía cuando concibe en general sus intereses como idénticos, del mismo modo que el lobo, en cuanto lobo, tiene un interés idéntico (el mismo) con sus congéneres, por mucho que sea interés de cada uno que sea él, y no el otro, quien se arroje sobre la presa.

6) Es característico, en fin, de la teoría del señor List, como de toda la burguesía alemana, el que para defender sus deseos de explotación se vea obligada en todas partes a refugiarse en frases “socialistas”, a aferrarse, pues, violentamente a una ilusión refutada hace tiempo. Mostraremos en algunos pasajes que las frases del señor List, si se sacan las consecuencias, son comunistas. Estamos ciertamente muy lejos de reprochar al señor List y a su burguesía alemana el comunismo, pero esto nos ofrece una nueva prueba de la debilidad interior, la mentira y la infame hipocresía del burgués “bonachón” e “idealista”. Ofrece asimismo la prueba de cómo el idealismo no es en su práctica otra cosa que la ilusión desconsiderada e irreflexiva de un materialismo repugnante. Es, en fin, característico que la burguesía alemana comience con la mentira con que la francesa y la inglesa terminan —después de haber llegado a la situación de tener que disculparse, de tener que excusar su existencia—.

7) Puesto que el señor List distingue la economía nacional cosmopolita, como él la llama, anterior, de su economía política nacional, en que la una se basa en los valores de cambio y la otra en las fuerzas productivas, hemos de comenzar con esta doctrina. Y puesto que, además, la confederación de las fuerzas productivas ha de representar a la nación en su unidad, hemos de considerar también esta doctrina antes de aquella distinción. Estas dos doctrinas constituyen la base real de la economía nacional diferenciada de la economía política.

No se le puede ocurrir en modo alguno al señor List que la organización real de la sociedad es un materialismo sin espíritu, un espiritualismo individual, el individualismo. No se le puede ocurrir en modo alguno que los economistas nacionales no han hecho sino dar a este estado social una expresión teórica adecuada. De lo contrario, tendría que volverse contra la actual organización de la sociedad, en lugar de volverse contra los economistas nacionales. Los acusa de no haber encontrado una expresión embellecedora para una realidad desoladora. Por eso quiere, en todas partes, dejar esta realidad tal como es y cambiar sólo la expresión. En ninguna parte critica la sociedad real; como buen alemán, critica la expresión teórica de esta sociedad y le reprocha que exprese la cosa y no la imaginación de la cosa.

La fábrica se convierte en una diosa, la de la fuerza manufacturera. El fabricante es el sacerdote de esta fuerza.

II. La teoría de las fuerzas productivas y la teoría de los valores de cambio

1) La doctrina del señor List sobre las “fuerzas productivas” se limita a los siguientes principios capitales:

a) “Las causas de la riqueza son algo completamente distinto de la riqueza misma;” “La fuerza para crear riquezas es infinitamente más importante que la riqueza misma,” (p. 201)

b) List está muy lejos de rechazar la teoría de la economía cosmopolita, sólo que es de la opinión de que también la economía política ha de ser científicamente desarrollada. (cf. p. 187)

c) “¿Cuál es, pues, la causa del trabajo?” — “¿Qué es lo que impulsa a estas cabezas y a estos brazos y manos a la producción, y qué es lo que da eficacia a estos esfuerzos? ¿Qué otra cosa puede ser sino el espíritu que anima a los individuos, sino el orden social que fecunda su actividad, sino las fuerzas naturales cuya utilización está a su disposición?” (p. 205)

6) Smith “cayó en el extravío de explicar las fuerzas espirituales a partir de las relaciones materiales”, (p. 207)

7) “Aquella ciencia que enseña cómo se despiertan y nutren las fuerzas productivas y cómo se reprimen o destruyen.” (ibíd.)

8) Ejemplo entre los 2 padres de familia, religión cristiana, monogamia, etc. (cf. p. 208-209)

9) “Se pueden fijar los conceptos de valor y de capital, de ganancia, de salario, de renta de la tierra, descomponerlos en sus partes integrantes, especular sobre lo que podría influir en su ascenso y descenso, etc., sin tener en cuenta para nada las relaciones políticas de las naciones”, (p. 211)

Transición a

10) Las manufacturas y las fábricas, madres e hijas de la libertad burguesa (cf. p. 212)

11) Teoría de las clases productivas e improductivas. Las primeras “producen valores de cambio, éstas producen fuerzas productivas...” (p. 215)

12) El comercio exterior no debe juzgarse solamente según la teoría de los valores, (cf. p. 216)

13) “La nación debe sacrificar fuerzas [...] materiales [...] para adquirir fuerzas espirituales o sociales”, (ibíd.) Aranceles protectores para el fomento de la fuerza manufacturera, (cf. p. 217)

14) “Si, por lo tanto, mediante los aranceles protectores se aporta un sacrificio de valores, éste queda compensado por la adquisición de fuerzas productivas, que aseguran a la nación no sólo para el futuro una suma infinitamente mayor de bienes materiales, sino también la independencia industrial para el caso de guerra.” (ibíd.)

15) “En todas estas relaciones, sin embargo, lo más depende del estado de la sociedad en que se ha formado el individuo, de si florecen las artes y las ciencias...” p. 206.

2) El señor List está tan preso en los prejuicios económicos de la vieja economía —está más preso, como veremos, que los otros economistas de la escuela— que para él “bienes materiales” y “valores de cambio” coinciden por completo. Pero el valor de cambio es completamente independiente de la naturaleza específica de los “bienes materiales”. Es independiente tanto de la cualidad como de la cantidad de los bienes materiales. El valor de cambio desciende cuando la cantidad de los bienes materiales aumenta, aunque sigan teniendo la misma relación con las necesidades humanas. El valor de cambio no tiene nada que ver con la cualidad. Las cosas más útiles, como el saber, carecen de valor de cambio. El señor List debería, pues, haberse dado cuenta de que la conversión de los bienes materiales en valores de cambio es obra del orden social existente, de la sociedad de la propiedad privada desarrollada. La supresión del valor de cambio es la supresión de la propiedad privada y de la adquisición privada. El señor List es, por el contrario, tan ingenuo como para conceder que con la teoría de los valores de cambio se pueden “fijar los conceptos de valor y capital, ganancia, salario, renta de la tierra, descomponerlos en sus partes integrantes, especular sobre lo que podría influir en su ascenso y descenso, etc., sin tener en cuenta para nada las relaciones políticas de las naciones”, p. 211.

Así pues, sin tener en cuenta la “teoría de las fuerzas productivas” y las “relaciones políticas de las naciones” se puede “fijar” todo esto. ¿Qué se fija con ello? La realidad. ¿Qué se fija, por ejemplo, con el salario? La vida de los obreros. Con ello se fija además que el obrero es el esclavo del capital, que es una “mercancía”, un valor de cambio, cuyo nivel más alto o más bajo, alza o baja, depende de la competencia, de la oferta y la demanda; se fija con ello que su actividad no es una exteriorización libre de su vida humana, sino más bien un regateo de sus fuerzas, una enajenación (regateo) de capacidades unilaterales de ésta al capital, en una palabra, que es “trabajo”. Pero olvídese esto ahora. El “trabajo” es la base viva de la propiedad privada, la propiedad privada como fuente creadora de sí misma. La propiedad privada no es otra cosa que trabajo objetivado. No sólo hay que atacar la propiedad privada como estado de cosas, sino la propiedad privada como actividad, como trabajo, si se quiere asestarle el golpe mortal. Es uno de los mayores malentendidos hablar de trabajo libre, humano, social, de trabajo sin propiedad privada. El “trabajo” es, por esencia, la actividad no libre, inhumana, asocial, condicionada por la propiedad privada y creadora de la propiedad privada. La supresión de la propiedad privada sólo se convierte, por tanto, en realidad cuando es concebida como supresión del “trabajo”, una supresión que, naturalmente, sólo ha sido posible a través del trabajo mismo, es decir, a través de la actividad material de la sociedad, y que de ningún modo ha de concebirse como el intercambio de una categoría por otra. Una “organización del trabajo” es, por consiguiente, una contradicción. La mejor organización que el trabajo puede recibir es la organización actual, la libre competencia, la disolución de todas las anteriores organizaciones aparentemente “sociales” del mismo.

Por consiguiente, si el salario puede “fijarse” según la teoría de los valores, si con ello se “fija” que el hombre mismo es un valor de cambio, que la inmensa mayoría de las naciones es una mercancía que puede determinarse sin tener en cuenta las “relaciones políticas de las naciones”, ¿qué prueba esto sino que esta inmensa mayoría de las naciones no tiene que tener en cuenta las “relaciones políticas”, que éstas son para ellas una pura ilusión, que una doctrina que en la realidad desciende a este sucio materialismo, que hace de la mayoría de las naciones una “mercancía”, un “valor de cambio” y la somete a las condiciones enteramente materiales del valor de cambio, es una infame hipocresía y una embellecimiento (patraña) idealista cuando, frente a otras naciones, mira con desdén el malo “materialismo” de los “valores de cambio” y pretende ocuparse únicamente de las “fuerzas productivas”? Si, además, la relación de capital, renta de la tierra, etc., puede “fijarse” sin tener en cuenta las “relaciones políticas” de las naciones, ¿qué prueba esto sino que el capitalista industrial, el rentista de la tierra, son determinados en sus acciones, en su vida real, por la ganancia, por los valores de cambio, y no por la consideración de las “relaciones políticas” y las “fuerzas productivas”, y que su parloteo sobre civilización y fuerzas productivas no es más que un embellecimiento de tendencias egoístas y estrechas?

El burgués dice: Hacia el interior, naturalmente, no debe hacerse ningún quebranto a la teoría de los valores de cambio; la mayoría de la nación debe seguir siendo un mero “valor de cambio”, una “mercancía”, una mercancía que tiene que ponerse ella misma en venta, que no es vendida, sino que se vende a sí misma. Frente a vosotros los proletarios, e incluso entre nosotros recíprocamente, nos consideramos como valores de cambio, rige la ley del regateo general. Pero frente a las otras naciones, ahí tenemos que interrumpir esta ley. Como nación, no podemos regatearnos con otros. Ahora bien, puesto que la mayoría de las naciones ha caído en manos de las leyes del regateo “sin tener en cuenta” las “relaciones políticas de las naciones”, aquella proposición no tiene otro sentido que éste: nosotros, los burgueses alemanes, no queremos ser explotados por los burgueses ingleses del modo en que vosotros, los proletarios alemanes, sois explotados por nosotros y en que nosotros nos explotamos mutuamente entre nosotros. No queremos exponernos a las mismas leyes del valor de cambio a las que os exponemos a vosotros. Hacia el exterior, no queremos seguir reconociendo las leyes económicas que hacia el interior reconocemos. ¿Qué quiere, pues, el filisteo alemán? Quiere ser hacia el interior burgués, explotador, pero no quiere ser explotado hacia el exterior. Se infla hacia el exterior como “nación” y dice: no me someto a las leyes de la competencia, eso va contra mi dignidad nacional; como nación, soy un ser por encima del regateo. —

La nacionalidad del obrero no es francesa, no es inglesa, no es alemana; es el trabajo, la esclavitud libre, el regateo de sí mismo. Su gobierno no es francés, no es inglés, no es alemán; es el capital. Su aire patrio no es el aire francés, no es el alemán, no es el inglés; es el aire de la fábrica. El suelo que le pertenece no es el suelo francés, no es el inglés, no es el alemán; se encuentra a unos cuantos pies bajo tierra. —

Hacia el interior, el dinero es la patria del industrial. ¿Quiere, por tanto, el filisteo alemán que las leyes de la competencia, del valor de cambio, del regateo pierdan su fuerza en las barreras aduaneras de su país? ¿Quiere reconocer el poder de la sociedad burguesa sólo en la medida en que ello corresponde a su interés, al interés de su clase? ¿Quiere no ser víctima de un poder al que él sacrifica a otros, y se sacrifica a sí mismo dentro de su país? ¿Quiere mostrarse hacia el exterior y ser tratado como un ser distinto de lo que es y actúa hacia el interior? ¿Quiere dejar subsistir la causa y suprimir uno de sus efectos? Le demostraremos que el regateo de sí mismo hacia el interior tiene como consecuencia necesaria el regateo hacia el exterior, que la competencia, que hacia el interior es su poder, no puede impedir convertirse en su impotencia hacia el exterior, que el sistema estatal, que él somete hacia el interior a la sociedad burguesa, no puede protegerlo hacia el exterior contra la acción de la sociedad burguesa. Por mucho que el burgués individual luche contra los demás, el burgués tiene, como clase, un interés común, y esta comunidad, así como hacia el interior está dirigida contra el proletariado, hacia el exterior está dirigida contra los burgueses de otras naciones. A esto lo llama el burgués su nacionalidad.

2) Es ciertamente posible considerar la industria desde un punto de vista completamente distinto del sucio interés del regateo, bajo el cual no sólo la consideran el comerciante individual, el fabricante individual, sino recíprocamente las naciones fabricantes y comerciantes de hoy. Puede considerársela como el gran taller en el que el hombre se apropia por vez primera de sí mismo, de sus propias fuerzas y de las fuerzas naturales, se objetiva, se crea las condiciones para una vida humana. Cuando se la considera así, se hace abstracción de las circunstancias dentro de las cuales la industria actúa hoy, dentro de las cuales existe como industria; no se está en la época industrial, se está por encima de ella; no se la considera según lo que hoy es para el hombre, sino según lo que el hombre de hoy es para la historia humana, lo que es históricamente; no se reconoce la industria como tal, su existencia actual, sino que se reconoce en ella la fuerza que, sin conciencia de ella y contra su voluntad, reside en ella, la fuerza que la aniquila y que constituye la base para una...

…existencia humana. (Que cada pueblo recorra en sí mismo este desarrollo sería una opinión tan necia como que cada pueblo habría de recorrer el desarrollo político de Francia o el desarrollo filosófico de Alemania. Lo que las naciones han hecho como naciones, lo han hecho para la sociedad humana; todo su valor consiste sólo en que cada una (nación) ha recorrido, para las otras, una determinación principal (punto de vista principal) dentro de la cual la humanidad ha realizado su desarrollo, y, por tanto, una vez elaboradas la industria en Inglaterra, la política en Francia, la filosofía en Alemania, están elaboradas para el mundo, y su significación histórico-universal, así como la de las naciones, ha cesado con ello.) El reconocimiento es entonces, al mismo tiempo, el conocimiento de que ha llegado su hora de ser suprimida o de superar las condiciones materiales y sociales dentro de las cuales la humanidad, como esclava, tuvo que desarrollar sus capacidades. Pues tan pronto como ya no se ve en la industria el interés del tráfico mercantil, sino el desarrollo del hombre, se hace del hombre, en lugar del interés del tráfico mercantil, el principio, y se da a lo que en la industria sólo podía desarrollarse en contradicción con ella misma, la base que está en consonancia con lo que ha de desarrollarse. Pero el miserable que se queda en el estado actual, que sólo quiere elevarlo a una altura que aún no ha alcanzado en su propio país y mira con envidia a otra nación que lo ha alcanzado, ¿tiene este miserable el derecho de vislumbrar en la industria otra cosa que el interés del tráfico mercantil? ¿Puede decir que a él sólo le importa el desarrollo de las capacidades humanas y la apropiación humana de las fuerzas de la naturaleza? Es la misma vileza que cuando el capataz de esclavos se jacta de blandir el látigo sobre su esclavo para que el esclavo tenga el placer de ejercitar su fuerza muscular. El filisteo alemán es el capataz de esclavos que blande el látigo de los aranceles protectores para dar a su nación el espíritu de la «educación industrial» y enseñarle a jugar con sus fuerzas musculares.

La escuela sansimoniana nos ha dado un instructivo ejemplo de adónde conduce atribuir a la industria actual el poder productivo que la industria crea contra su voluntad y sin conciencia, y confundir ambas cosas, la industria y los poderes que la industria llama a la vida inconsciente e involuntariamente, pero que sólo devienen poderes humanos, poder del hombre, tan pronto como se suprime la industria. Es la misma insensatez que si el burgués quisiera atribuirse el mérito de que su industria cree el proletariado y en el proletariado el poder de un nuevo orden mundial. Las fuerzas naturales y las fuerzas sociales que la industria conjura (llama) a la vida se hallan exactamente en la misma relación con ella que el proletariado. Hoy son todavía sus esclavos, en los cuales él no ve más que portadores (instrumentos) de su egoísta (sucia) avidez de ganancia; mañana rompen sus cadenas y se muestran como portadores de un desarrollo humano que lo hace saltar a él por los aires con su industria, que sólo había adoptado la sucia envoltura que él tenía por su esencia, hasta que el núcleo humano ha ganado fuerza suficiente para hacerla estallar y aparecer en su propia figura; mañana hacen estallar las cadenas mediante las cuales él (el burgués) las separa del hombre y las transforma así de una auténtica ligazón social en cadenas de la sociedad (las caricaturiza). –

La escuela sansimoniana celebraba en ditirambos el poder productivo de la industria. Ella arrojaba los poderes que la industria llama a la vida en el mismo saco que la industria, es decir, que las condiciones de vida actuales de estos poderes. Estamos ciertamente muy lejos de poner a los sansimonianos en el mismo nivel que a un hombre como List o el filisteo alemán. El primer paso para romper el hechizo industrial fue abstraer de las condiciones, de las cadenas del dinero, en las que hoy actúan sus poderes, y considerarlos por sí mismos. Fue el primer llamamiento a los hombres para emancipar su industria del tráfico mercantil y concebir la industria actual como una época de tránsito. Los sansimonianos tampoco se detuvieron en esta interpretación. Pasaron a atacar el valor de cambio, la organización de la sociedad actual, la propiedad privada. Pusieron la asociación en lugar de la competencia. Pero el error original se vengó en ellos. No sólo aquella confusión los arrastró al delirio de vislumbrar en el sucio burgués a un sacerdote, sino que, tras las primeras luchas exteriores, recayeron en la vieja confusión (delirio), pero ahora, cuando precisamente en la lucha se revelaba la antítesis de los dos poderes que habían confundido, de manera hipócrita. Su celebración de las fuerzas productivas de la industria se había convertido en celebración de la burguesía, y el señor Michel Chevalier, el señor Duvergier, el señor Dunoyer se han empotrado a sí mismos y a aquélla en la picota ante toda Europa – donde aún los huevos podridos que la historia les arroja al rostro se transforman, por la magia de la burguesía, en huevos de oro – al conservar el uno las viejas frases, pero dándoles el contenido del régimen burgués actual; el segundo, practicando él mismo el tráfico mercantil en grande y presidiendo el tráfico de los periódicos franceses, y el tercero, convirtiéndose en el apologista más furibundo del estado actual y superando en desvergüenza (inhumanidad) a todos los economistas ingleses y franceses anteriores. – El burgués alemán y el señor List empiezan con lo que la escuela sansimoniana terminó, con la hipocresía, el engaño y las frases.

3) La tiranía industrial de Inglaterra sobre el mundo es el dominio de la industria sobre el mundo. Inglaterra nos domina porque la industria nos domina. Sólo podemos liberarnos de Inglaterra hacia el exterior si nos liberamos de la industria hacia el interior. Sólo podemos matar su dominio de la competencia si superamos la competencia dentro de nuestras fronteras. Inglaterra es poderosa sobre nosotros porque hemos hecho de la industria un poder sobre nosotros. Que el orden social industrial es el mejor mundo para el burgués, el orden más adecuado para desarrollar sus «capacidades» como burgués y la capacidad de explotar a los hombres como a la naturaleza, ¿quién refutará esta tautología? Que todo lo que hoy se llama «virtud», virtud individual o social, es para la ganancia del burgués, ¿quién lo refuta? ¿Quién refuta que el poder político es un medio de su riqueza, que incluso la ciencia y los goces espirituales son sus esclavos? ¿Quién refuta que para él todo es excelente? ¿Que todo se ha convertido para él en medio de la riqueza, en una «fuerza productiva de la riqueza»?

4) La economía actual parte del estado social de la competencia. El trabajo libre, es decir, la esclavitud indirecta que se ofrece a sí misma en venta, es su principio. Sus primeros enunciados son la división del trabajo y la máquina. Pero éstos sólo pueden alcanzar su máximo despliegue en las fábricas, como la propia economía actual confiesa. La economía política actual parte, pues, de las fábricas como su principio creador. Supone las condiciones sociales actuales. No necesita, por tanto, extenderse en prolijidades sobre la fuerza manufacturera.

Si la escuela de la teoría de las fuerzas productivas, yuxtapuesta y separada de la teoría de los valores de cambio, no ha dado una «formación científica», lo ha hecho porque tal separación es una abstracción arbitraria, porque es imposible y tiene que quedarse en frases generales.

5) «Las causas de la riqueza son algo completamente distinto de la riqueza misma. La fuerza de crear riquezas es infinitamente más importante que la riqueza misma.» (p. 201) La fuerza productiva aparece como un ser infinitamente más sublime por encima del valor de cambio. La fuerza reclama el lugar de la esencia interior, el valor de cambio el de la apariencia engañosa. La fuerza aparece como infinita, el valor de cambio como finito; aquélla como inmaterial, éste como material, y todas estas antítesis las encontramos en el señor List. En el mundo material de los valores de cambio entra, por consiguiente, el mundo suprasensible de las fuerzas. Si la vileza de que una nación se sacrifique por valores de cambio, el sacrificio humano por cosas, salta a la vista, en cambio las fuerzas parecen ser seres espirituales autónomos – fantasmas – y puras personificaciones, deidades, ¿y acaso no se puede exigir al pueblo alemán que sacrifique los malos valores de cambio por fantasmas? Un valor de cambio, el dinero, parece siempre un fin exterior, pero la fuerza productiva parece un fin que surge de mi propia naturaleza, un fin en sí mismo. Lo que yo sacrifico pues en valores de cambio es algo exterior a mí; lo que gano en fuerzas productivas es mi propia autoganancia. – Así lo parece cuando uno se contenta con la palabra o, como alemán idealizante, no se preocupa por la sucia realidad que se oculta tras esta palabra ampulosa.

Para destruir el halo místico que transfigura la «fuerza productiva», basta con abrir la primera estadística que se tenga a mano. Allí se habla de fuerza hidráulica, fuerza de vapor, fuerza humana, fuerza de caballo. Todas ellas son «fuerzas productivas». ¿Es un gran reconocimiento para el hombre figurar como «fuerza» al lado del caballo, el vapor, el agua? En el sistema actual, si una espalda encorvada, una dislocación de los huesos, un desarrollo unilateral y una ganancia de fuerza de ciertos músculos, etc., te hacen más productivo (más capacitado para el trabajo), entonces tu espalda encorvada, tu dislocación de los miembros, tu movimiento muscular unilateral son una fuerza productiva. Si tu carencia de espíritu es más productiva que tu rica actividad espiritual, entonces tu carencia de espíritu es una fuerza productiva, etc., etc. Si un negocio monótono te hace más apto para el mismo negocio, entonces la monotonía es una fuerza productiva.

¿Es que al burgués, al fabricante, le importa acaso que el obrero desarrolle todas sus capacidades, ejercite su capacidad de producción, se ejercite a sí mismo humanamente y, por tanto, ejercite al mismo tiempo lo humano? Dejemos que responda el Píndaro inglés del sistema manufacturero, el señor Ure:

«El propósito constante y la tendencia de todo perfeccionamiento en el mecanismo es, en realidad, hacer completamente superflua la industria del hombre o disminuir su precio, sustituyendo la industria de las mujeres y los niños a la industria del obrero adulto, o el trabajo de obreros toscos (inhábiles) al del artista diestro.» (Philosophie des manufactures etc. París 1836, t. I, [9*] p. 34.) «La debilidad de la naturaleza humana es tan grande que, cuanto más diestro es el obrero, tanto más voluntarioso e intratable se vuelve y, por consiguiente, menos apto es para un sistema mecánico... El gran quid del fabricante actual es, por tanto, reducir la tarea de sus obreros, mediante la combinación de la ciencia con sus capitales, a ejercer su supervisión, etc.» l. c., t. I, p. 30.

Fuerza, fuerza productiva, causas

«Las causas de la riqueza son algo completamente distinto de la riqueza misma.» (List, p. 201) Pero si el efecto es diferente de la causa, ¿no debe estar ya contenido inclusivamente en la causa el carácter del efecto? Ya la causa tiene que llevar la determinación que el efecto muestra después. La filosofía del señor List llega a saber que causa y efecto son «algo completamente distinto». Un hermoso reconocimiento del hombre, que lo rebaja (quiere rebajar) a una «fuerza» para crear riqueza. El burgués no ve en el proletario al hombre, sino la fuerza de crear riqueza, una fuerza que luego puede comparar también con otras fuerzas productivas, el animal, la máquina, y, según la comparación le sea desfavorable, la fuerza cuyo portador es un hombre tendrá que ceder el puesto a la fuerza cuyo portador es un animal o una máquina, gozando (poseyendo) aquél siempre el honor de florecer como «fuerza productiva».

Si designo al hombre como «valor de cambio», ya reside en la expresión que las condiciones sociales lo han transformado en una «cosa». Si lo trato (como) «fuerza productiva», pongo en lugar del sujeto real otro sujeto, le introduzco subrepticiamente otra persona, él ya sólo existe como causa de la riqueza.

Toda la sociedad humana se convierte en una máquina para crear riqueza. La causa no es en modo alguno más sublime que el efecto. El efecto es sólo la causa abiertamente expresada.

List hace como si en todas partes le importaran las fuerzas productivas por sí mismas, con independencia de los malos valores de cambio.

Ya obtenemos una aclaración sobre la esencia de las actuales «fuerzas productivas» por el hecho de que, en el estado actual, la fuerza productiva no sólo consiste en hacer más eficaz el trabajo del hombre o más exitosas las fuerzas naturales y las fuerzas sociales, sino que consiste igualmente en hacer el trabajo más barato o más improductivo para el obrero. La fuerza productiva está, pues, determinada de antemano por el valor de cambio. Es igualmente un aumento d. [...]

(III. Fragmentos del capítulo III)

Sobre los problemas de la renta de la tierra

[...] /22/ desaparece la renta de la tierra. Estos altos precios del trigo tienen que ser deducidos de las ganancias de los señores industriales – Ricardo es tan razonable como para suponer que el salario no puede ser comprimido más. La consiguiente disminución de las ganancias y el aumento del salario – en la medida en que el obrero tiene que consumir siempre una cierta porción de trigo, por caro que esté; su salario nominal crece por tanto con la subida del precio del trigo, sin crecer realmente, e incluso cuando disminuye realmente –, mediante la subida de los precios del trigo, elevan los costes de producción de los industriales, les dificultan con ello la acumulación y la competencia, paralizan, en una palabra, la fuerza productiva del país. El mal valor de cambio que, en la renta de la tierra, es puesto en el bolsillo de la propiedad territorial con el mayor perjuicio (sin utilidad alguna) para la fuerza productiva del país, tiene pues que ser sacrificado al bien común de una u otra manera – libre comercio de cereales, traslado de todos los impuestos a la renta de la tierra, o también mediante la apropiación formal de la renta de la tierra, es decir, de la propiedad territorial por el Estado (esta consecuencia la han extraído, entre otros, Mill, Hilditch, Cherbuliez).

Esta espantosa consecuencia de la fuerza productiva manufacturera para la propiedad territorial no podía el señor List, naturalmente, comunicarla a la nobleza territorial alemana. Injuria por eso a Ricardo, que ha revelado verdades tan desagradables, y le pone en la boca la opinión inversa, la de los fisiócratas, según la cual la renta de la tierra no es más que una prueba de la fuerza productiva natural del suelo, y lo falsea.

List

«En general, la escuela no ha sido afortunada, desde A. Smith, en sus investigaciones sobre la naturaleza de la renta. Ricardo y después de él Mill, MacCulloch y otros son de la opinión de que la renta (se) paga por la capacidad productiva natural /48/ inherente a las fincas. El primero ha fundado todo un sistema sobre esta opinión, etc. Pero como él (sólo) tenía ante los ojos las condiciones inglesas, cayó en la errónea opinión de que estos prados y campos ingleses, por cuya supuesta capacidad natural de rendimiento se pagan actualmente rentas tan hermosas, han sido en todo tiempo los mismos prados y campos» (p. 360).

Ricardo

«Si el excedente del producto que constituye la renta de la tierra es una ventaja, sería de desear que todos los años las máquinas nuevamente construidas fuesen menos productivas que las viejas; esto daría un plusvalor a las mercancías producidas en todo el país; se pagaría una renta a todos los que poseen las máquinas más productivas.» («Des principes de l'économie politique» etc., París 1835, t. I, p. 77.) «La riqueza del país crece allí donde, mediante mejoras /48/ en la agricultura, se pueden aumentar los productos sin un aumento proporcional del trabajo, donde, pues, la renta de la tierra sólo aumenta gradualmente.» (ibíd., p. 81-82.)

El señor List no se atreve, pues, frente a una alta nobleza, a mantener el juego de sombras de las «fuerzas productivas». Quiere engatusarla con «valores de cambio» y, por tanto, denigra a la escuela de Ricardo, quien no enjuicia la renta de la tierra desde el punto de vista de la fuerza productiva, ni a ésta desde el punto de vista de la gran industria fabril moderna. El señor List es así un doble mentiroso. Sin embargo, no debemos hacer al señor List ninguna injusticia en este punto. En una gran fábrica de Wurtemberg (si no nos equivocamos, Koechlin), el propio rey de Wurtemberg participó con una gran suma. Particularmente en las fábricas de Wurtemberg y, más o menos, también en las de Baden, la nobleza territorial ha participado considerablemente mediante acciones. Aquí, pues, la nobleza no está interesada pecuniariamente en la «fuerza manufacturera» como propietaria territorial, sino como ella misma burguesa y fabricante, y [...] [...] /24/ tiva» y la «continuación y constancia de la obra» de toda una generación – el enmascarado comunista List enseña esto también – corresponde, pues, también a la generación como propiedad hereditaria, y no a los señores industriales. (véase p. ej. Bray [10*]). La alta renta de la tierra en Inglaterra ha sido asegurada a los landlords (propietarios) sólo mediante la ruina de los arrendatarios y la reducción de los jornaleros agrícolas a una miseria irlandesa (verdaderos mendigos). Todo esto a pesar de las leyes de cereales. Aparte de que incluso los rentistas de la tierra se vieron a menudo obligados a condonar a los arrendatarios un tercio, la mitad de la renta. Desde 1815 se han aprobado 3 leyes de cereales diferentes para elevar y alentar a los arrendatarios. Hubo durante este período 5 comités parlamentarios establecidos para probar la existencia del estado de necesidad de la agricultura e investigar otras causas del mismo. De un lado, la continua ruina de los arrendatarios, pese a la total o máxima compresión posible del salario (explotación completa de los jornaleros agrícolas); del otro, la frecuente imposición a los propietarios territoriales de renunciar a una parte de la renta, prueban por sí mismos que ni siquiera en Inglaterra – a despecho de todas las manufacturas – se han producido grandes rentas de la tierra. Pues no se puede considerar económicamente como renta de la tierra cuando una parte de los costes de producción es extraída, mediante contratos y otras relaciones situadas fuera de la economía, del bolsillo del arrendatario para el bolsillo del rentista de la tierra. Si el propietario territorial cultivase él mismo su tierra, se guardaría mucho de colocar una parte de la ganancia usual del capital de explotación bajo la rúbrica «renta de la tierra».

Por los escritores del siglo XVI, del XVII e incluso de los dos primeros tercios del siglo XVIII, la exportación de cereales de Inglaterra es considerada aún como su principal fuente de riqueza. La vieja industria inglesa – cuya rama principal era la industria lanera, cuyas ramas menos importantes elaboraban los materiales suministrados principalmente por ella misma – estaba completamente subordinada a la agricultura. Su principal materia prima era producto agrícola inglés. Que, por tanto, fomentara la agricultura, se entiende por sí mismo. Más tarde, cuando surgió la industria fabril propiamente dicha, ya se sintió en poco tiempo la necesidad de derechos sobre el trigo. Pero permanecieron nominales. El rápido aumento de la población, mucho suelo fértil que aún estaba por roturar, los inventos elevaron naturalmente también, en un principio, la agricultura. Le benefició especialmente la guerra contra Napoleón, que constituyó para ella un sistema prohibitivo formal. Pero en 1815 se mostró cuán poco había crecido realmente la «fuerza productiva» de la agricultura. Se alzó un clamor general entre propietarios territoriales y arrendatarios, y se promulgaron las actuales leyes de cereales. Pertenece a la esencia de la industria fabril moderna, en primer lugar, enajenar la industria del suelo autóctono, al elaborar principalmente materias primas extranjeras y basarse en el comercio exterior. Pertenece a su esencia hacer crecer la población en una proporción a la que, bajo la propiedad privada, no corresponde la explotación del suelo. Pertenece además a su esencia, cuando genera las leyes de cereales, como lo ha hecho hasta ahora siempre en Europa, transformar a los campesinos en los proletarios más miserables, mediante la alta renta y la explotación fabril de la propiedad territorial. Si, por el contrario, logra impedir las leyes de cereales, entonces deja fuera de cultivo una masa de suelo, somete los precios del cereal a contingencias exteriores y desposee completamente al país, al hacer depender sus medios de subsistencia más necesarios del comercio, y disuelve la propiedad territorial como fuente autónoma de propiedad. Esto último es el fin de la Anti-Corn-Law-League en Inglaterra y del movimiento anti-renta en Norteamérica, pues la renta de la tierra es la expresión económica de la propiedad territorial. Los tories advierten, por tanto, constantemente del peligro de hacer depender a Inglaterra, para sus medios de subsistencia, por ejemplo de Rusia.

La gran industria fabril – naturalmente países enteros que tienen aún inmensas extensiones de tierra por roturar, como Norteamérica, y los aranceles protectores no aumentan en modo alguno la extensión del suelo, no cuentan aquí – tiene absolutamente la tendencia a... la fuerza productiva del suelo, tan pronto como su explotación ha alcanzado un cierto nivel, a...

... como, por otro lado, el cultivo fabril de la agricultura tiene la tendencia a desplazar a los hombres y —todo ello, naturalmente, dentro de ciertos límites— a transformarlos en tierras de pastoreo, de modo que en lugar del hombre aparece el ganado.

La teoría ricardiana de la renta de la tierra se reduce, en pocas palabras, a esto: La
renta de la tierra
no contribuye en nada a la
productividad del suelo. Su aumento es, por el contrario, la
prueba de que la fuerza productiva del suelo disminuye. Pues
está determinada por la relación entre las tierras
explotables, la población y el grado de civilización
en general. El precio del cereal está determinado por los
costos de producción del suelo más estéril cuyo cultivo
(labranza) exige la necesidad de la población. Si hay que
refugiarse en suelos de calidad inferior, o si hay que emplear
porciones de capital con menor rendimiento en la misma parcela,
el terrateniente del suelo más improductivo vende su producto tan
caro como el cultivador del peor suelo. Se embolsa la
diferencia entre los costos de producción de este último suelo y del
más fértil. Así pues, cuanto más suelo improductivo se pone en
cultivo, o cuanto más improductivas (estériles) porciones segunda, tercera
del capital se emplean en la misma parcela,
cuanto más disminuye, en una palabra, la fuerza productiva relativa del
suelo, tanto más sube la renta. Imaginada
la tierra universalmente fértil, [...]

IV. El señor List y Ferrier

Ferriers, sous-inspecteur des douanes bajo
Napoleón, libro: “Du gouvernement considéré dans ses
rapports avec le commerce”, París 1805, es el escrito que
el señor List ha copiado. No hay ni una sola idea fundamental en
su libro que no esté dicha aquí, y mejor dicha.

Ferrier era funcionario de Napoleón. Defendía el
sistema continental. No habla de
sistema proteccionista
,
sino de
sistema prohibitivo
. Está muy lejos
de hacer frases sobre una
unión
de todos los pueblos
o sobre la
paz eterna
en el interior. Por supuesto,
tampoco tiene aún frases socialistas. Daremos
un breve extracto de su libro para ilustrar al lector sobre
la fuente secreta de la sabiduría listiana. Si
el señor List
falsea a
Louis Say
para poder convertirlo en su
aliado, en cambio no cita nunca a
Ferrier, a quien ha copiado por doquier. Quería
conducir al lector por una pista falsa.

Ya hemos citado el juicio de Ferrier sobre Smith.
Ferrier se adscribe además, más honestamente, al antiguo
sistema prohibitivo.

Intervención del Estado. Economía de las naciones

“Hay una economía y un derroche
(prodigalité) de las naciones, pero una nación sólo es
derrochadora o económica en sus relaciones con

otros
pueblos”. (Ferrier) p. 143.

“Es falso que la aplicación más ventajosa de un
capital para quien lo posee sea por necesidad también la
más ventajosa para la industria… lejos de que
el interés de los capitalistas se halle unido al interés general,
está casi siempre en oposición (con) él.”
p. 168, 169.

“Existe una economía de las naciones, pero muy
diferente de la smithiana. Consiste en no comprar producciones
extranjeras sino mientras pueda pagarlas con las propias.
Consiste a veces en prescindir de ellas absolutamente”. p. 174, 175.

Las fuerzas productivas y el valor de cambio

“Los principios que Smith ha dado (puesto, posés)
sobre la economía de las naciones tienen todos como
fundamento la distinción entre el trabajo productivo y el
improductivo... Esta distinción es esencialmente falsa.
No hay trabajo improductivo.” p. 141

“Él” (Garnier) “no ha visto en la plata más que el

valor
de la plata, sin reflexionar sobre su

propiedad
que tiene, como plata, de hacer más activa
la circulación y, por consiguiente, de multiplicar los productos de la
labor.” (p. 18) “Si los gobiernos
buscan, pues, prevenir la salida del dinero... no es
a causa de su
valor
... sino”, porque
“el
valor
que por él se restituye no puede producir en la
circulación los mismos efectos..., porque no puede
determinar en cada transición una nueva creación.”
p. 22, 23. “La palabra riqueza, aplicada al
dinero que circula como dinero, debe entenderse de las
reproducciones que facilita,… y en este sentido
se enriquece un país cuando aumenta su dinero, porque con
este aumento del dinero crecen todas las
fuerzas productivas

del trabajo”, p. 71. “Cuando se dice que
un país puede gastar (dépenser) la renta de dos mil millones,...
se entiende que tiene los
medios
de sostener con estos
2 mil millones una circulación en valores 10, 20, 50 veces
mayor o, lo que es lo mismo, que puede
producir
estos valores. Ahora bien, estos

medios de producción
que debe al dinero, se llaman
riqueza.” p. 22.

Se ve: Ferrier distingue el
valor de cambio
que
tiene el dinero de la
fuerza productiva
del dinero. Aparte
de que él llame riqueza a los medios de producción en general,
nada había, de todos modos, más fácil que aplicar a todos los capitales
la diferencia que Ferrier establece
entre el valor y la
fuerza productiva
del dinero.

Pero Ferrier va aún más lejos, defiende el
sistema prohibitivo en general alegando que asegura a las naciones sus

medios de producción
:

“Así, las prohibiciones son útiles cada vez que
facilitan a las naciones los
medios
de subvenir a sus
necesidades... Comparo una nación
que compra en el exterior con su dinero mercancías que ella misma
puede fabricar, aunque menos buenas, con un jardinero que,
descontento con las frutas que cosecha, se comprara otras más
suculentas a su vecino, dándole a cambio sus instrumentos de jardinería”, p. 288. “El
comercio exterior es ventajoso cada vez que tiende a acrecentar los

capitales productivos
. Es
desfavorable cuando, en vez de multiplicar los capitales,
exige su enajenación”, p. 395-396.

Agricultura, manufactura, comercio

“¿Debe el gobierno
favorecer el comercio y las fábricas
con preferencia a la agricultura? Esta cuestión es aún una de
aquéllas sobre las que los gobiernos y los
escritores no pueden ponerse de acuerdo”. p. 73.

“Los progresos de la industria y el comercio están ligados
a los de la civilización, de las artes, de las
ciencias, de la navegación. El gobierno, que no puede casi nada
por la agricultura, puede casi todo por la
industria. Si la nación tiene costumbres o usos
capaces de detener su desarrollo, debe emplear todos sus medios
para combatirlos.” p. 84.

“El verdadero medio de alentar la agricultura es alentar
las manufacturas.” p. 225.

“Su dominio” (el de la industria, por la cual entiende el señor
Ferrier la manufactura) “no está limitado ni en sus
progresos ni en sus medios de perfeccionamiento... Vasto como
la imaginación, móvil y fecundo como ella, su
poder creador no tiene más límites que los del
espíritu humano mismo, del cual recibe cada día un nuevo éclat.” p. 85.

“La verdadera fuente de la riqueza para una
nación agrícola-manufacturera es la
reproducción
y el
trabajo.
Ella
debe
dar a sus capitales esta aplicación
y pensar en transportar y vender sus propias mercancías,
antes de poder ocuparse de transportar y vender las
de los otros.” p. 186.
“Sobre todo al comercio interior, que precedió largamente al intercambio
de pueblo a pueblo, hay que atribuir este crecimiento en la riqueza
del hombre”, p. 145.

“Según el propio Smith, de 2 capitales, uno colocado en el
interior y el otro en el extranjero, el
primero da a la industria del país 24 veces más soutien y
estímulo.” p. 145-146.

Pero el señor Ferrier comprende al menos que el comercio interior
no puede subsistir sin el exterior. Íd. (p. 146)
“Dejad que algunos particulares de Inglaterra hagan venir 50 000 piezas de terciopelo,
y ganarán mucho dinero en este comercio
y colocarán muy bien sus mercancías. Pero reducen la
industria nacional y dejan a 10 000 obreros sin
pan”, p. 170, cf. p. 155, 156.

El señor Ferrier llama la atención, como List, sobre la diferencia
entre las ciudades manufactureras y comerciales y las ciudades
meramente consumidoras, cfr. p. 91, pero es al menos tan
honrado que remite al propio Smith. Remite al
Tratado de Methuen
[11*]
tan apreciado por el señor List
y a la sutileza aplicada por
Smith al enjuiciarlo. p. 159. Ya hemos
oído cómo su juicio sobre Smith en general coincide casi
literalmente con el juicio de List. Véase
igualmente sobre el
comercio de transporte
p. 186 et passim.

La diferencia entre Ferrier y List es que el uno
escribe en favor de una empresa histórico-universal —del
sistema continental—, y el último en favor de una mezquina,
pusilánime burguesía. Se admitirá que
in nuce todo el señor List está contenido en los e[xtractos] citados
de Ferrier. Si a esto se añaden las frases que
él toma de la evolución de la
economía política operada desde Ferrier,
no le queda más que la hueca

idealización
, cuya fuerza productiva consiste en palabras
—y la [...] hipocresía del burgués alemán que aspira a la dominación.

Notas de los editores

[1*]
F. List: Das nationale System der politischen
Ökonomie 1. Band: Der internationale Handel, die
Handelspolitik und der deutsche Zollverein, Stuttgart/Tübingen
1841

[2*]
Cours complet d'économie politique
pratique. Volume compliméntaire. Mélanges et
correspondance d'economie politique: ouvrage posthume de J. -B.
Say, publié par Charles Comte, son gendre, París 1833.

[3*]
tenía que mantener a seis hijos y apenas estaba en condiciones de…

[4*]
„La riqueza no consiste en las cosas que satisfacen nuestras necesidades o nuestras inclinaciones, sino en la facultad de poder gozarlas durante todo el año“.

[5*]
L.Say: Etudes sur la richesse des nations et
réfutation des principales erreurs en Economic politique,
París 1836.

[6*]
„Aunque la riqueza no consiste en las cosas que satisfacen nuestras necesidades o nuestras inclinaciones, sino en la renta o en la facultad de poder gozarlas durante todo el año. “

[7*]
D. Ricardo: Des principes de l'économie
politique et de l'impot. Traduit de l'anglais par Constancio avec
des notes explicatives et critiques par J.-B. Say. Seconde
édition, T. 1, París 1835

[8*]
J, -C. -L. Simonde de Sismondie: Nouveaux
principes d'économic politique ou de la richesse dans ses
rapports avec la population, Seconde édition, T. 2, París
1827.

[9*]
A. Ure: Philosophie des manufactures, ou
économic industrielle. Traduit sous les yeux de 1'auteur, T.
I, París 1836

[10*]
J. F. Bray: Labour's wrong and labour's
remedy; or, the age of might and the age of right, Leeds 1839.

[11*]
Tratado comercial anglo-portugués de 1703 (llamado así por el diplomático inglés Methuen)