HISTORIA DE LAS LEYES INGLESAS SOBRE EL TRIGO [Telegraph fiir Deutschland, núm. 193, diciembre de 1845]

Hasta mediados del siglo pasado, Inglaterra exportaba casi todos los años cereales y muy rara vez necesitaba importar del extranjero este grano. Pero la cosa cambia a partir de aquel momento. De una parte, el precio del trigo, necesariamente bajo aquellas condiciones, y de otra los elevados precios de-la carne hicieron que muchas tierras de. labranza se convirtieran en terrenos de pastos, en tanto que la industria y con ella el censo de la población, mediante el invento de importantes máquinas, experimentaban un auge hasta entonces desconocido. De este modo, Inglaterra se vio obligada primero a renunciar a sus exportaciones de trigo y luego a importar ella misma grano del extranjero. La guerra contra Francia, mantenida a lo largo de veinticinco años, durante la revolución, entorpeció las importaciones y obligó a Inglaterra a atenerse en mayor o menor medida a los productos de su propio suelo. Estos obstáculos que la guerra oponía a la importación equivalían en cuanto a sus efectos a los aranceles protectores. Los precios del trigo aumentaron y aumentó también la renta de la tierra, en la mayoría de los casos al doble y en ocasiones hasta quintuplicar el importe anterior. Consecuencia de ello fue que volvieran a dedicarse al cultivo cerealista una gran parte de las tierras recientemente convertidas en pastizales. Gracias a este incremento de sus rentas, los propietarios de tierras de Inglaterra —que, dicho sea de paso, vienen a ser como unos doscientos lores y unos 60 000 sires y squires sin aquel título de nobleza— viéronse inducidos a una vida disipada y a un pugilato de lujo que ya no bastaban a cubrir sus rentas, por mucho que éstas hubiesen aumentado. Las fincas se cargaron rápidamente de deudas.

Al eliminarse los obstáculos con que tropezaban las importaciones, después de la paz de 1814, bajaron los precios del trigo y los arrendatarios no podían ya realizar el costo de producción de su grano debido a las elevadas rentas. Para salir de esta situación, no había más que dos soluciones. O los terratenientes rebajaban sus rentas o se sustituían los aranceles protectores que hasta ahora habían venido rigiendo, de hecho, por otros aranceles reales y efectivos. Como es natural, los terratenientes, que, además de dominar la Cámara de los Lores y el gobierno, disponían (antes de la ley de reformas) de un poder casi ilimitado en la Cámara de los Comunes, optaron por la segunda solución e implanta. ron, en 1815, las leyes sobre el trigo, en medio de los clamores de pro- [ 586 ]

testa de las clases medias y del pueblo, que en aquel entonces marchaba todavía detrás de ellas, y bajo la protección de las bayonetas. La primera ley sobre el trigo, la de 1815, prohibía categóricamente la importación de grano, mientras el precio del trigo en Inglaterra se cotizara por debajo de 80 chelines el quarter. Podría importarse libremente trigo si el precio excedía de este precio o a partir de él. Esta ley no respondía a los intereses de la población industrial ni a los de la población agrícola, y por esta razón, siete años más tarde, se introdujo en ella una modificación. Sin embargo, esta modificación no llegó a poner. se en práctica, porque en los años siguientes los precios del trigo se mantuvieron constantemente bajos, sin alcanzar nunca la altura necesa ria para que pudiera importarse trigo del extranjero. A pesar de las reformas introducidas en la ley y de las investigaciones llevadas a cabo por varios comités parlamentarios, los arrendatarios se. guían sin poder cubrir su costo de producción, hasta que, por último, Huskisson y Canning inventaron la famosa Sliding.scale 1% elevada luego a ley por sus sucesores en el ministerio. Con arreglo a esta escala, la tasa de importación aumentaba al bajar el precio del trigo en el país y disminuía al subir. De este modo, se trataba de asegurar al arrendatario inglés un precio tan alto y constante para su trigo que le permitiera sa. tisfacer cómodamente la elevada renta del suelo. Pero tampoco esto sirvió de nada. El sistema hacíase cada vez más insostenible, las clases medias, que desde la ley de reformas dominaban la Cámara de los Comunes, oponíanse cada día más enérgicamente a.las leyes cerealistas y sir Robert Peel sé vio obligado a rebajar los aranceles protectores, ya un año antes de su entrada en el ministerio, .

Entre tanto, la oposición contra las leyes sobre el trigo habíase organizado. La clase media industrial, a la que el encarecimiento del trigo había obligado a subir los salarios a sus obreros, se decidió a poner toda la carne en el asador para acabar a todo trance con estas leyes que tanto aborrecía y que eran el último vestigio del viejo imperio de los intereses agrícolas, a la par que facilitaban al extranjero la competencia con la industria inglesa. , . : A fines del año 1838, algunos de los fabricantes más poderosos: de Manchester crearon una asociación contra las citadas leyes que no tardó mucho tiempo en extenderse por los contornos y en otras zonas fabriles bajo el nombre de Liga Anticerealista,73 procediendo a abrir suscripciones, a fundar un periódico (el Anti-Bread-Tax Circular) ,?08 a enviar de un lado a otro oradores pagados para tomar parte en los actos públicos y 2 emplear todos los recursos de agitación usuales en Inglaterra para la consecución de su fin. Durante los: primeros años de su existencia, que coincidieron con un periodo cuatrienal de paralización de los negocios, la Liga mantuvo una actuación sumamente violenta. Pero, a comienzos del año 1842,: al trocarse la paralización en una manifiesta crisis co. mercial que precipitó a la clase obrera del país en la miseria más pavo. rosa, se lanzó a una labor de agitación resueltamente revolucionaria. Eligió como divisa la frase del profeta Jeremías: “Los golpes de la espada son menos terribles que los golpes que descarga el hambre”. El periódico de la Liga invitaba al pueblo, con palabras inequívocas, a sublevarse y amenazaba a los terratenientes con “la pica y la tea incendiaria”. Los agitadores ambulantes de la Liga recorrían todo el país, predicando en un lenguaje que en nada desmerecía del empleado por el periódico. Ce. lebrábase mítin tras mítin, llovían sobre el parlamento petición tras peti. ción y, al inaugurar sus sesiones, se reunió muy cerca del parlamento un congreso paralelo de diputados de la Liga. Y cuando, a pesar de toda esta agitación, Peel se negó a derogar las leyes cerealistas, limitándose a modificarlas, el congreso de la Liga formuló la siguiente declaración: . “E] pueblo no tiene ya nada que esperar del gobierno; sólo debe confiar en sí mismo; es necesario paralizar de una vez por todas los resortes de la máquina de gobierno; ha terminado la hora de hablar y comenzado la hora de obrar; hay que esperar que el pueblo no vuelva a verse condenado al hambre en beneficio de una aristocracia ociosa, y si todos los demás recursos fracasan, sólo hay un medio para obligar al gobierno a ceder: lanzar al pueblo” (declaraba este congreso de representantes de los primeros fabricantes y funcionarios municipales de las grandes ciudades fabriles del país) “a los distritos agrícolas donde se ha engendrado todo el pauperismo; pero el pueblo no deberá presentarse allí como un tropel de fpaupers desamparados, sino como una fuerza dispuesta a alojarse en los cuarteles de un enemigo mortal.” El gran recurso de los fabricantes, mediante el cual proyectaban reunir en veinticuatro horas una asamblea de 500 000 hombres en el hipódromo de Manchester y poner en pie una insurrección contra las leyes sobre el trigo era el cierre de las fábricas.

[Telegraph fiir Deutschland, núm. 194, diciembre de 1845]

En julio, comenzaron a mejorar los negocios. Aumentaron los pedidos y los fabricantes comprendieron que la crisis se arercaba a su fin. El pueblo, sin embargo, seguía agitando y la miseria cundía por doquier; si había de hacerse algo, no había tiempo que perder. De pronto, un fabricante de Stalybridge, en un mómento en que, al mejorar las ventas, era de esperar un alza de salarios, rebajó los jornales de sus obreros, obligándolos a lanzarse a la huelga a defender sus ya bajos salarios. Los obreros, a quienes se daba de este modo la señal para la insurrección, pararon todas las fábricas de la ciudad y sus contornos, sin encontrar para ello grandes dificultades, pues los fabricantes (todos ellos patrones afiliados a la Anti-CornLaw League), en contra de su costumbre, les facilitaron la tarea. Se celebraron mítines obreros presididos por los mismos propietarios de las fábricas, con el fin de atraer la atención del pueblo hacia las leyes .sobre el trigo. l El 9 de agosto de 1842, cuatro días después del comienzo de la insurrección, los obreros marcharon sobre Manchester, donde no encontraron la menor resistencia, y pararon todas las fábricas del distrito. El único fabricante que les hizo frente fue un elemento conservador, ene. migo de la Liga. La insurrección se extendió a todos los distritos fabri. les, sin que en parte alguna le opusieran resistencia las autoridades municipales (de las que, como es sabido, depende todo en Inglaterra, en semejantes casos), todas ellas miembros de la Liga contra las leyes cerealistas. : Hasta aquí, todo iba a pedir de boca para la Liga. Solamente en un punto habían fallado sus cálculos. El pueblo, al que ellos habían empujado a la insurrección para imponer la derogación de las leyes sobre el trigo, no se preocupaba en lo más mínimo de estas leyes. Reclamaba, en cambio, dos cosas: los salarios de 1840 y la Carta del Pueblo.” Al darse cuenta de esto, la Liga se volvió en contra de sus aliados. Todos sus miembros se juramentaron para enrolarse como alguaciles especiales y formaron un nuevo ejército destinado a reprimir la insurrección, al servicio del gobierno a quien consideraban como enemigo. Pron. to se puso fin, así, a la involuntaria insurrección popular, que no estaba preparada para esto, Las leyes sobre el trigo siguieron en vigor y tanto la clase media como el pueblo se enriquecieron con una enseñanza más. La Liga, queriendo aportar una prueba palmaria de que el fracaso de la insurrección no le había asestado un golpe mortal, abrió en 1843 una nueva y grandiosa campaña pidiendo a sus miembros que reuniesen entre todos un fondo de 50 000 libras esterlinas para sus atenciones, suma que lograron con creces en el plazo de un año. Pronto reamudó sus actividades de agitación, pero no tardó en verse obligada a buscarse un nuevo público. No cesaba de jactarse de que, a partir de 1843, ya no tenía nada que hacer en los distritos fabriles y podía concentrarse en las zonas agrícolas, Pero la cosa tenía un cariz muy distinto, Después de la insurrección de 1842, la Liga ya no podía celebrar asambleas públicas en los distritos fabriles sin verse literalmente insultada y golpeada por el pueblo, furioso por la infame traición de que había sido objeto, y sin que sus oradores se viesen ignominiosamente arrojados de la tribuna. Por eso se veía obli. gada, si quería difundir sus doctrinas, a ir a las regiones agrícolas del país. Y hay que reconocer que aquí sí contrajo algunos méritos, al provocar entre los arrendatarios una especie de sentimiento de vergijenza por la supeditación en que hasta entonces los habían tenido los terratenientes y al hacer a la clase agraria accesible a los intereses generales, rompiendo su aislamiento.

En 1844, animada por el éxito de las colectas anteriores, suscribió una nueva contribución por un total de 100 000 libras esterlinas. Al día si. guiente, se reunieron en Manchester los fabricantes y aportaron en media hora 12 000 libras. En noviembre de 1844 se habían juntado 82 000 libras esterlinas, de las que se habían gastado ya 57 000. Y, pocos meses después, inauguraron en Londres una exposición que habría de aportar también grandes sumas a la Liga. Si indagamos cuáles son los motivos de este colosal movimiento que desde Manchester se ha extendido por toda Inglaterra y que ha arrastrado a la mayoría de la clase media, pero que —lo repetimos— no ha despertado ni un átomo de simpatía entre la clase obrera, vemos en él que se destaca, en primer lugar, el interés privado de la clase media industrial y comercial de la Gran Bretaña. Se trata, para esta clase, de un sistema de la más grande importancia, que le asegura para toda una eternidad, o así al menos lo cree ella, el monopolio mundial del comercio y la industria, al permitirle abonar salarios tan bajos como los pagados por sus competidores, y aprovecharse de todas las ventajas que supone para Inglaterra una delantera de ochenta años en la explotación de la moderna industria. Desde este punto de vista, pues, es solamente la clase media, pero no el pueblo, quien se: beneficia con la derogación de .las leyes: sobre el trigo. a E po, En segundo lugar, vemos que la clase: media reclama esta medida como una ley complementaria de la ley de reformas. Esta ley, qué introdujo el censo electoral y abolió los viejos privilegios electorales de deter- .minados individuos y corporaciones, llevó: al poder, en principio, a la clase media adinerada; pero, en realidad, siguió teniendo una importante supremacía en el parlamento la clase de los: terratenientes, que directamente enviaba a él 143 representantes por los condados e indirectamente a casi todos los diputados de las pequeñas ciudades, aparte de los representantes tories de las ciudades grandes. Esta mayoría en favor de los intereses agrarios llevó a Peel y a los tories al gabinete en 1841. . La derogación de las leyes sobre el trigo asestaría el golpe de gracia al poder de los terratenientes en la Cámara de los Comunes y, con ello, de hecho, en toda la legislatura. Proclamaría la potencia suprema del capital en Inglaterra, pero al mismo tiempo sacudiría en sus cimientos a la Constitución inglesa; despojaría a una parte esencial del cuerpo legislativo, es decir, a la aristocracia de la tierra, de toda riqueza y de todo poder y ejercería así una influencia sobre el porvenir de Inglaterra mayor que muchas otras medidas de carácter político. Pero también por este lado llegamos a la conclusión de que la derogación de las leyes cerealistas no aportaría al pueblo beneficio alguno.