SOBRE ALEMANIA *** Carta 1 [The Northern Star, núm. 415, 25 de octubre de 1845]

Al Redactor del Northern Star Estimado señor: Correspondiendo a sus deseos, inicio con esta carta una serie de artículos sobre la situación actual en mi país natal. Para que mis ideas acerca de este tema resulten claramente inteligibles y tengan un fundamento, comenzaré con algunas palabras de introducción sobre la historia de Alemania a partir del acontecimiento que ha conmovido hasta sus cimientos la moderna sociedad. Me refiero a la Revolución francesa. La vieja Alemania era conocida entonces con el nombre de Sacro Romano Imperio 185 y estaba formada por una multitud de pequeños Estados, Reinos, Electorados, Ducados, Archiducados y Grandes Archiducados, Principados, Condados, Baronías y Ciudades libres del Imperio, cada uno de cuyos Estados era independiente de los demás y se hallaba sometido únicamente al poder (suponiendo que existiese alguno, cosa que no ocurría desde hacía ya unos cuantos siglos) del emperador y de la Dieta imperial. La independencia de estos pequeños Estados iba tan allá que, en todas las guerras contra “el enemigo jurado” (que era, naturalmente, Francia) algunos de ellos se aliaban con el monarca francés y empuñaban abiertamente las armas contra su propio emperador. La Dieta, formada por embajadores de todos aquellos pequeños Estados bajo la presidencia del Canciller imperial y cuya misión consistía en poner coto a los poderes del emperador, se hallaba reunida de un modo permanente, pero sin llegar jamás a resultado alguno, por muy insignificante que él fuera. Pasaba el tiempo en discutir cuestiones de ceremonial de lo más baladíes, por ejemplo la de si el embajador de tal o cual príncipe (que no era, tal vez, otro que el preceptor de su hijo, secundado por un viejo lacayo de librea o por un montero jubilado) debía o no tener precedencia sobre la embajada del barón tal o cual o si el representante de una Ciudad imperial debió o no adelantarse a saludar al de otra, y así por el estilo. Era una enmarañada mescolanza de cien mil privilegios, pero que éstas reputaban cuestión de honor defender, a los que no estaban dispuestos a renunciar y por los que libraban las más encarnizadas batallas, [568]

CARTA 1 569 Estos pleitos y otros igualmente importantes absorbían el tiempo y la atención de la sabia Dieta imperial, sin dejar a tan honorable corporación un solo minuto libre para poder ocuparse de los intereses de los súbditos. En estas condiciones, se explica que se hallaran a la orden del día el desorden y la confusión. El Imperio, interiormente dividido tanto en tiempo de guerra como en los periodos de paz, sufrió desde la época de la Reforma hasta 1789 una serie de guerras intestinas, en cada una de las cuales vemos a Francia aliada al partido que ocupa el bando contrario al del débil y vulnerable emperador, lo que hace que se alce naturalmente, en cada guerra, con la parte del león. Así fue como se separaron del Imperio, anexionados por Francia, primero la Borgoña, luego los tres Obispados de Metz, Tolón y Verdún, enseguida el resto de la Lorena y, por último, algunas partes de Flandes y Alsacia. Así fue como Suiza se proclamó independiente del Imperio*% y así también como Bélgica pasó bajo el cetro de la Corona española por un legado de Carlos V; y hay que decir que todos estos países no salieron perdiendo nada al desgajarse de Alemania.

A este proceso incontenible de ruina del Imperio en lo exterior se unía el desorden interior más grande que imaginarse pueda. Cada pequeño príncipe era para con sus súbditos un vampiro, un déspota cruel, El Imperio no se ocupaba ya para nada de los asuntos interiores de sus Estados; lo único que hizo fue organizar un tribunal judicial (la Cámara de Justicia de Wetzlar)*87 encargado de entender de las quejas y los recursos entablados por los súbditos contra sus soberanos, pero era tal el ardor que este tribunal ponía en desempeñar su cometido, que jamás se tuvo noticia de que llegara a fallar un solo proceso, : Es casi increíble a que extremos de crueldad y de despotismo llegaban los arrogantes príncipes contra sus súbditos. Estos príncipes, atentos sólo a sus placeres y a sus orgías, transferían sus poderes omnímodos a los ministros y funcionarios de sus gobiernos, quienes podían estrujar y pisotear al desventurado pueblo, a condición únicamente de colmar las arcas del tesoro de su señor y de abastecer inagotablemente de bellezas femeninas las cámaras de su harén. También la nobleza, cuando no era independiente, sino que rendía vasallaje a un rey, un príncipe o un obispo, trataba al pueblo a zapatazos y exprimía al trabajo de sus siervos la mayor cantidad posible de dinero, pues la servidumbre de la gleba era todavía, en la Alemania de aquel tiempo, una institución generalizada. Y tampoco existía mi asomo de libertad en las Ciudades del Imperio llamadas “libres”, en las que gobernaban, si cabe, todavía más tiránica. mente el burgomaestre y el cabildo, primero electivo, pero cuyos cargos se hicieron, con el tiempo, como el del regente, tan hereditarios y personales como la Corona imperial. Nada igualaba a la infame conducta de esta pequeña aristocracia burguesa de las ciudades, y la verdad es que no se creería a qué extremos había llegado la situación de Alemania hace unos cincuenta años, si no vivieran todavía muchos que recuerdan perfectamente aquellos tiempos y la realidad no apareciera confirmada, además, por cientos de testimonios documentales. ¿Y el pueblo? ¿Qué decía el pueblo a todo esto? ¿Y qué hacía? La burguesía, los burgueses ávidos de dinero, encontraban en aquella situación de permanente embrollo una fuente de lucro, como pescadores en río revuelto. Se dejaban de buena gana oprimir y vejar, sabiendo que podrían vengarse de este trato de un modo digno de ellos, haciéndoselo pagar con creces a sus enemigos: su venganza consistía en defraudar a sus opresores. Unidos al pueblo, habrían podido derrocar a los viejos señores y fundar sobre muevas bases el Imperio, como en parte lo había hecho la burguesía inglesa de 1640 a 1688 y como a la sazón preci. samente se disponía a hacerlo la burguesía francesa. Pero, no; decididamente, la burguesía alemana no tenía los arrestos necesarios para ello, ni pretendió jamás tenerlos; sabía que Alemania era un estercolero, en el que se había instalado cómodamente, porque ella era un montón de basura más y se sentía a gusto, rodeada por todas partes de inmundicia. Por su parte, el pueblo trabajador no vivía peor que en la actualidad, exceptuando a los campesinos, que en su mayor parte eran entonces siervos de la gleba y no podían hacer nada sin la ayuda de las ciudades, ya que tenían que dar albergue a ejércitos de mercenarios, encargados de ahogar el menor conato de revuelta, .

Tal era la situación de Alemania, a fines del siglo pasado. El país era todo él una masa viviente de putrefacción y repelente envilecimiento. Nadie se sentía a gusto. La industria, el comercio y la agricultura del país habían descendido casi a cero; los campesinos, los industriales y los comerciantes gemían bajo la doble opresión de un gobierno que les chupaba la sangre y de los malos negocios; por su parte, la nobleza y los príncipes veían que sus rentas no podían incrementarse, por mucho que estrujaran a sus súbditos, que marchaban al paso de sus crecientes gastos. Todo andaba a contrapelo, y un malestar general reinaba en el país entero. No existía cultura, ni existían medios para influir sobre la conciencia de las masas, ni prensa libre, ni un espíritu colectivo, ni siquiera un comercio extenso con otros países; todo era vileza y egoísmo; un repugnante, bajo y mezquino espíritu de tendero había penetrado hasta el tuétano del pueblo. Todo era caduco y se desmoronaba, se precipitaba hacia la ruina, sin que existiera ni la más leve esperanza de que pudiera producirse un cambio favorable; la nación no tenía fuerza ni siquiera para barrer del camino los cadáveres malolientes de las instituciones fenecidas. La única esperanza de que las cosas cambiaran y mejoraran se cifraba en la literatura patria. Este ignominioso siglo político y social fue, al mismo tiempo, la época grande de la literatura alemana. Alrededor del año 1750 nacieron casi todos los grandes espíritus del país, los poetas Goethe y Schiller, los filósofos Kant y Fichte y menos de veinte años después el último gran metafísico + alemán, Hegel. 'Todas las obras notables producidas por esta época respiran un espíritu de hostilidad y rebeldía contra la sociedad alemana vigente. El Gótz de Berlichingen de a Metafísico es, aquí, sinónimo de filósofo, el que estudia los problemas situados fuera de la esfera de la realidad. Goethe es el homenaje dramático del poeta a la memoria de un rebel. de. Y en Los bandidos de Schiller se exalta a un joven de la nobleza que declara la guerra sin cuartel a toda la sociedad. Pero estas obras eran el fruto de la juventud de sus autores; con los años, los poetas fueron renunciando a toda esperanza; Goethe acabó limitandose a escribir versos satíricos llenos de encono y Schiller habría caído en la desesperación si no hubiera podido refugiarse en la ciencia y, principalmente, en la gran historia de la antigiiedad griega y romana. Los dos pueden ser. virnos de ejemplo de lo sucedido con los demás. Hasta las mejores y más descollantes cabezas de la nación renunciaron a. cifrar cualquier esperanza en el futuro de su pueblo, De pronto, la Revolución francesa, como un trueno, estalló en medio de este caos llamado Alemania. El efecto fue tremendo. El pueblo, poco ilustrado y demasiado habituado desde antiguo a ser maltratado por los tiranos, no se movió. Pero la burguesía y la parte más sensible de la nobleza saludaron a la Asamblea Nacional y al pueblo de Francia con un grito de jubilosa aprobación. No hubo entre los cientos o miles de poetas alemanes que a la sazón vivían uno solo que dejase de cantar la fama del pueblo francés. Pero este entusiasmo era un entusiasmo a la manera alemana, es decir, puramente metafísico: recaía exclusivamente sobre las teorías de los revolucionarios franceses. Tam pronto como estas teorías se vieron relegadas a segundo plano por la fuerza y la plenitud de los hechos; tan pronto como se hizo imposible en la práctica el acuerdo entre la corte y el pueblo de Francia, a pesar de la alianza teórica sellada a base de la teórica Constitución de 1791; tan pronto como el pueblo hizo valer prácticamente su soberanía mediante el “10 de agosto” 188 y cuando, además, esta teoría fue reducida totalmente al silencio el 31 de mayo de 1793, al ser derrocados los girondinos,18% aquel entusiasmo de Alemania se trocó en un odio fanático contra la revolución. El entusiasmo habría debido tributarse solamente, como es natu. ral, a hechos como el de la noche del 4 de agosto de 1789,1% en que la nobleza renunció a sus privilegios, pero los buenos alemanes estaban muy lejos de pensar en hechos como éste, cuyas consecuencias prácticas diferían mucho de las conclusiones a que podían llegar los teóricos bien intencionados. Los alemanes no quisieron jamás aprobar estas “consecuencias, harto serias y desagradables, como bien sabemos, para muchos partidos. Y así, toda la masa que al principio mostró un cálido entusiasmo por la revolución, se convirtió ahora en su peor adversario. Y, como es natural, la servil prensa alemana le servía las noticias más deformadas de lo que sucedía en París, colocaba su viejo y tranquilo basurero sacro romano por encima de la conmocionada actividad de un pueblo que sacudía con vigoroso ademán las cadenas de la esclavitud y lanzaba su reto a la misma cara de todos los déspotas, aristócratas y curas. Pero los días del Sacro Romano Imperio estaban contados. Los ejércitos revolucionarios franceses marcharon hasta el mismo corazón de Alemania, desplazaron al Rin la frontera de Francia y predicaron por todas partes, a su paso, la libertad y la igualdad. Expulsaron en tropel a los nobles, los obispos, los priores y a todos aquellos pequeños príncipes que durante tanto tiempo habían desempeñado su papel de fantoches en la historia. Se dedicaron a talar, como los colonos en las selvas del lejano Oeste de los Estados Unidos. A su paso victorioso se derrum-. baba, como se disipan las nubes ante el naciente sol, toda la maleza antediluviana de la sociedad “cristiano-germánica”. Cuando más tarde el enérgico Napoleón tomó en sus manos la obra revolucionaria e identificó la revolución con su persona —aquella revolución ahogada por la burguesía ávida de dinero después del 9 Termidor de 1794—; 19 cuando Napoleón, la democracia con “una cabeza”, como hubo de llamarle un escritor francés, ordenó a sus ejércitos invadir, una y otra vez, toda Alemania, la sociedad ““cristiano.germánica” se vino a tierra definitivamente. Frente a Alemania, Napoleón no fue aquel déspota arbitrario que pintaban sus enemigos; en Alemania, Napoleón era el representaante de la revolución, la voz que proclamaba sus principios y el brazo que destruía la vieja sociedad feudal. Cierto que procedió despóticamente, pero su despotismo no llegaba ni a la mitad del que habrían empleado y realmente empleaban donde quiera que podían actuar los diputados de la Convención; y no digamos aquel de que hacían gala, generalmente, los príncipes y los nobles a quienes él, Napoleón, lanzó a mendigar.

Napoleón aplicó a otros países, en forma de guerra, el régimen del terror, que en Francia había cumplido su misión, y hay que decir que en Alemania este “régimen del terror” respondía a una apremiante necesidad. Napoleón liquidó el Sacro Romano Imperio y redujo el número de pequeños Estados alemanes, mediante la formación de otros más extensos. Llevó su Código a los países conquistados; un Código infinitamente superior a todos los vigentes y que reconocía como principio la libertad. Obligó a los alemanes, que hasta entonces sólo habían vivido para sus intereses privados, a emplear sus fuerzas al servicio de una gran idea, basada en intereses sociales de orden. superior. Y esto fue, precisamente, lo que soliviantó en contra suya a los alemanes. Con medidas que rescataban a los campesinos de la opresión del feudalismo, concitó su cólera, porque esas medidas afectaban a la raíz misma de sus prejuicios y costumbres inveteradas. Y a la burguesía la enfureció con disposiciones que echaban los cimientos para la industria alemana. La prohibición de importar mercancías inglesas y la guerra contra Inglaterra,*92 fueron la causa de que la burguesía alemana comenzase a fabricar mercancías; pero el veto contribuía, al mismo tiempo, a encarecer el café y el azúcar, el tabaco y el rapé, causa más que suficiente, como es natural, para provocar el descontento de los tenderos patriotas alemanes. Sus cabezas, por lo demás, no podían comprender ninguno de los grandes planes de Napoleón. Lo maldecían, porque arrastraba a sus hijos a aquellas guerras alimentadas con el dinero de la aristocracia y la burguesía inglesas; y saludaban como amigos precisamente a aquellas clases inglesas que eran las verdaderas causantes de las guerras, que se lucraban con ellas y que engañaban no solamente en CARTA 1 573 la guerra, sino también después de ella, a los alemanes que les servían de instrumento. Le maldecían, porque querían seguir viviendo aferrados a sus estrechas y míseras costumbres, sin temer que preocuparse más que de sus mezquinos intereses, sin tener nada que ver con las grandes ideas ni las empresas colectivas. Y cuando, por último, Napoleón fue derrotado en Rusia, aprovecharon la ocasión que se les brindaba para sacudirse el férreo yugo del gran conquistador.

La “gloriosa guerra de liberación” de 1813-14 y 1815, el “periodo más glorioso de la historia alemana”, etc., como se le ha llamado, fue una lo. cura que, en el futuro, seguirá haciendo subir los colores a la cara de todos los alemanes honrados e inteligentes todavía durante muchos años.19% Es verdad que reinaba, en aquel tiempo, un gran entusiasmo, pero ¿quiénes eran los entusiastas? Eran, ante todo, los campesinos, la más estúpida clase humana sobre la tierra, una clase que, aferrada a sus prejuicios feudales, se levantó en masa, dispuesta a morir antes que ne. garse a seguir obedeciendo a quienes llamaba sus señores, como antes sus padres y sus abuelos, dispuesta de buen grado a ser pisoteada y tra. tada a latigazos. Eran los estudiantes y la juventud en general, que veían en aquella guerra una guerra librada por un principio e incluso una guerra religiosa, convencidos de que se les llamaba a luchar no sólo por el principio de la legitimidad, que ellos llamaban su nacionalidad, sino por algo todavía más alto: por la Santa Trinidad y por la misma exis. tencia de Dios. En todos los poemas, llamamientos y proclamas de aquel tiempo se presenta a los franceses como representantes del ateís. mo, de la impiedad y la depravación y a los alemanes como los paladines de la religión, la devoción y la rectitud. Eran, en tercer lugar, unos cuantos hombres ilustrados, que mezclaban a estas ideas algunos conceptos relacionados con la “libertad”, la “Constitución” y la “libertad de prensa”; pero estos hombres formaban una minoría insignificante. Y eran, por último, los hijos de los industriales, comerciantes, especuladores, etc., que luchaban por el derecho de comprar en los mercados más baratos y de tomar café sin mezcla de achicoria. Claro está que no proclamaban sus miras abiertamente, sino envueltas y recatadas bajo las expresiones del entusiasmo imperante, bajo banderas tales como las de la “libertad”, el “gran pueblo alemán”, la “independencia nacional”, etc. Estos fueron los hombres que derrotaron a Napoleón, con ayuda de los rusos, los ingleses y los españoles.

En mi próxima carta, pasaré a hablar de la historia de Alemania des. de el derrocamiento de Napoleón. Permítaseme añadir, para poner en su punto el juicio que más arriba se expone acerca de este hombre extraordinario, que cuanto más tiempo gobernaba más acreedor se hacía a su suerte final. No voy a reprocharle su ascensión al trono, pues hay que reconocer que no permitían otro derrotero mi el poder de la burgue. sía francesa, la cual jamás se ha preocupado del interés público, con tal de que se desenvuelvan favorablemente sus intereses privados, ni la indiferencia del pueblo, quien no veía que la revolución representara para él ninguna ventaja definitiva y al que sólo podía despertarse por medio del entusiasmo bélico. Pero su gran error consistió en enlazarse con las viejas dinastías contrarrevolucionarias, al casar con la hija del emperador de Austria; en tratar de sellar un compromiso con la vieja Europa, en vez de borrar hasta el último rastro de ella; en aspirar al honor de ser el primero entre los monarcas europeos, lo que le obligaba a poner su corte, dentro de lo posible, a la altura de la de éstos. Descendió, así, al nivel de los demás monarcas, recabando para él el honor de que se le considerara como el igual de los reyes tradicionales e inclinándose ante el principio de la legitimidad. En estas condiciones, era natural que los legitimistas 1% expulsaran de su sociedad al usurpador. 15 de octubre de 1845.

Carta II [The Northern Star, núm. 417, 8 de noviembre de 1845]

Al Redactor del Northern Star.

Estimado señor: Después de haber descrito, en mi primera carta, la situación de Ale. mania antes de la Revolución francesa y en el curso de ella y durante la dominación napoleónica, y habiendo visto también cómo y por obra de qué partidos fue derrocado el gran conquistador, reanudo el hilo de mi relato para exponer lo que Alemania ha hecho de su independencia nacional después de esta “gloriosa restauración”.

El punto de vista desde el cual he contemplado todos estos aconte cimientos es diametralmente opuesto al que suele adoptarse; sin embargo, mi manera de ver las cosas se ve confirmada al pie de la letra por los acontecimientos ocurridos en: el siguiente periodo de la historia alemana. Si la guerra contra Napoleón hubiese sido realmente una guerra de la libertad contra el despotismo, habría traído como consecuencia el que todas las naciones sojuzgadas por Napoleón. habrían proclamado, después del derrocamiento, de éste, los principios de la igualdad y disfrutado de las bendiciones consiguientes. Pero no ocurrió así, sino al contrario. De parte de Inglaterra, la guerra fue iniciada por la aterrada aristocracia y sostenida por la plutocracia, que veían en ella, gracias a los repetidos empréstitos y al incremento de la deuda pública, una fuente de enormes ganancias y que, además, encontraron en la guerra el camino para llegar a los mercados sudamericanos, inundándolos de mercancías inglesas, y para adueñarse de las colonias francesas, españolas y holandesas que más podían ayudarles a llenar todavía más sus bolsillos. La guerra les brindaba la ocasión de poner en práctica por la vía despótica CARTA Il - 575 el principio de “Britannia, rule the waves”+ disputando a su antojo el paso al comercio de cualquier otra nación cuya concurrencia amenazara con poner en peligro el propio incontenible enriquecimiento. Por último, la aristocracia y la plutocracia inglesas trataban de afirmar su derecho a obtener enormes ganancias abasteciendo a los mercados europeos, a despecho del sistema continental de Napoleón.

Tales fueron las causas redles de la larga guerra, si nos fijamos en las clases en cuyas manos se hallaba por entonces el gobierno de Inglaterra. En cuanto al pretexto de que la Revolución francesa hacía peligrar los principios fundamentales de la Constitución inglesa, no hace más que poner de manifiesto qué delicada obra de artificio debía de ser aquella “Suprema realización de la razón humana”. Por lo que se refiere a Es. paña, la guerra comenzó como una defensa del principio de la legítima sucesión al trono y del despotismo inquisitorial del: clero. Los princi. pios de la Constitución de 1812 fueron introducidos más tarde para que sirvieran de acicate al pueblo en la prosecución de la lucha, a pesar de que los principios mismos provenían de Francia. Italia no había llegado a colocarse nunca entre las fuerzas antinapoleónicas, pues sólo beneficios había recibido de Napoleón, a quien debía incluso su propia existencia nacional. Lo mismo sucedía con Polonia. En cuanto a Alemania, ya he expuesto en mi primera carta lo que debía al conquistador, El derrocamiento de Napoleón fue considerado por todas las potencias vencedoras como la derrota de la Revolución francesa y el triunfo de la legitimidad. Trajo como consecuencia, como es natural, la restauración de dicho principio en el interior, al principio bajo el ropaje de frases sentimentales como las de “Santa Alianza”,195 “paz eterna”, “bien público”, “confianza mutua entre príncipe y súbditos” , etc., etc, “y más tarde, ya sin recato, por medio de las bayonetas y la cárcel. La impoten. cia de los vencedores quedó suficientemente demostrada por el hecho elocuente de que, a la postre, el pueblo francés vencido, al que se le impuso una dinastía odiada por él y sostenida por 150 000 mosquetes extranjeros, siguiera inspirando, a pesar de todo, tal respeto a sus enemigos victoriosos, que se le otorgó una Constitución relativamente li. beral, al paso que las demás naciones, pese atodos sus esfuerzos y a sus jactanciosas frases de libertad, no consiguieron otra cosa que buenas palabras, arrastradas por el viento. La derrota de la Revolución “francesa fue festejada por el ametrallamiento de los republicanos del sur de Francia, por las llamas de las hogueras de la Inquisición y la restauración del despotismo interior en España e Italia.y por las leyes de la mordaza y el “Peterloo” 1% en Inglaterra. Enseguida veremos que, en Alemania, los acontecimientos tomaron el mismo o parecido rumbo. El reino de Prusia fue el primero de todos los Estados alemanes que declaró la guerra a Napoleón, Lo gobernaba a la sazón Federico Guillermo 1H, llamado “el Justo”, uno de los mayores mentecatos que jamás haya ocupado un trono. Había nacido para sargento e inspector b “Britania, gobierna los mares”? (verso de una conocida canción que exalta las ambiciones imperialistas de Inglaterra). de botones de uniforme. Hombre libertino, exento de pasiones y, al mismo tiempo, predicador moral; incapaz de hablar más que en tiempo infinitivo, sólo su hijo llegó a superarlo como redactor de proclamas; en él no alentaban más que dos sentimientos: el del miedo y el de la arrogancia de caporal. Durante la primera parte de su reinado, su estado de espíritu dominante era el miedo a Napoleón, que lo trataba con la magnanimidad del desprecio y que le restituyó la mitad de su reino, sencillamente porque no le merecía la pena quedarse con ella. Este miedo fue el que lo indujo a consentir que gobernara en su nombre un partido de reformadores a medias —los Hardenberg, Stein, Schón, Scharnhorst y otros—, el cual introdujo una organización más liberal, abolió los deberes hereditarios de los súbditos, convirtió los servicios feudales en rentas o en sumas fijas amortizables en veinticinco años y, sobre todo, implantó una organización militar que confería al pueblo un poder enorme y que, más temprano o más tarde, sería utilizada en contra del gobierno. Aquellos hombres adoptaron también los “preparativos” para una Constitución que todavía, sin embargo, no ha entrado en vigor. Pronto veremos el giro que la derrota de la Revolución francesa impri. mió a los acontecimientos de Prusia, Después de poner a buen seguro al “monstruo Corso”, se reunió in. mediatamente, en Viena, un gran congreso de grandes y pequeños déspo. tas con el fin de repartirse el botín y la presa y de determinar hasta qué punto debían restablecerse las condiciones prerrevolucionarias. Se com. praron y vendieron, se dividieron y fusionaron estas o las otras naciones, según el patrón de los intereses y las miras de sus dominadores. Sólo tres potencias de las allí representadas sabían lo que querían: Inglaterra, que se proponía mantener en pie y extender su predominio comercial, quedándose con la parte del león en el despojo de las colonias y debilitando a todos los demás; Francia, que no estaba dispuesta a sacrificar nada, sino que, lejos de ello, trataba de reducir la parte de los otros, y Rusia, que ambicionaba extender su poder y su territorio a costa de los demás. Los otros se dejaban llevar de sentimentalismos y mezquinos egoísmos, alegando incluso, un ridículo desinterés, Consecuencia de ello fue que Francia echase a perder el juego a los grandes Estados alemanes, que Rusia obtuviera la mejor parte de Polo. nia y que Inglaterra extendiera su poderío marítimo más todavía por la paz que por la guerra e impusiera su predominio en todos los mercados continentales, lo que en nada beneficiaba al pueblo inglés, pero permitía, en cambio, obtener enormes riquezas a la burguesía del país. Los Estados alemanes, que sólo pensaban en su amado principio de la legitimidad, recibieron una nueva bofetada y perdieron con la paz todo lo que habían ganado en la guerra. Alemania siguió dividida en 38 Estados, cuya segmentación cerraba el paso a todo progreso interior y hacía que Francia pesase más que ella. Los Estados alemanes siguie. ron siendo el mejor de los mercados para los productos ingleses y un magnífico campo para que la burguesía de Inglaterra se enriqueciera. Esta clase de la sociedad inglesa se jacta a cada paso de la generosidad con que desembolsaba enormes sumas para alimentar la guerra contra Napoleón; pero, aun admitiendo que fuera ella misma, y no el pueblo trabajador, la llamada a pagar en la realidad aquel dinero, su generosidad era muy relativa, pues de lo que se trataba era, pura y simplemente, de abrir de nuevo a sus mercancías los mercados continentales. Y el negocio fue tan ventajoso, que las gamancias obtenidas por la burguesía inglesa desde la firma de la paz, solamente en Alemania, bastarían para reponer más de seis veces aquellos desembolsos. Generosidad realmente magnífica la de esta burguesía que, después de desembolsar a título de regalo las sumas necesarias para sostener la guerra, se recobra después de lo desembolsado a razón de seis por uno. Cabe preguntarse si se habrían mostrado tan dispuestos aquellos señores a gastar el dinero de sus arcas caso de que, al terminar la guerra, se hubiese creado la situación contraria; es decir, si Alemania hubiese inundado con sus mercaderías a Inglaterra, en vez de convertirse, como se ha convertido, en presa comercial de unos cuantos capitalistas ingleses. Lo cierto es que Alemania fue engañada a diestro y siniestro; todo el mundo la burló, pero más que nadie quienes se llamaban sus amigos y aliados. Yo, por mi parte, no tomaría esto muy a pecho, sabiendo que nos acercamos a una reorganización de la sociedad europea en la que ya no serán posibles tales ardides, de una parte, ni de otra semejante debilidad; pero me proponía, con lo dicho, demostrar dos cosas: la primera, que el fraude cometido contra los déspotas alemanes no ha beneficiado a los ingleses ni a ningún otro pueblo, sino única y exclusiva. mente a otros déspotas o, cuando más, a una clase especial, cuyos intereses son antagónicos a los del pueblo; la segunda, que la primera acción realizada por los déspotas alemanes, una vez restaurados, sólo sirvió para poner de manifiesto su total y absoluta incapacidad. Dicho esto, veamos el rumbo que tomaron los asuntos internos de Alemania. Ya hemos visto quiénes fueron los elementos que aplastaron a la Revolución francesa, con ayuda del dinero inglés y de la barbarie rusa. Estos elementos aparecían divididos en dos campos: de una parte, los exaltados portavoces de la vieja sociedad “cristiano-germánica”, los campesinos y la fogosa juventud, impulsados por el fanatismo de la servidumbre, de la nacionalidad, de la legitimidad y de la religión; de otra parte, los hombres sobrios y fríos de la burguesía, que “querían vivir tranquilos” para poder ganar y gastar dinero, sin verse molestados por la insolente injerencia de los grandes acontecimientos históricos. Este segundo sector se dio por satisfecho después de haber conseguido la paz. y el derecho a comprar en los mercados más baratos, a tomar café sin: mezcla de achicoria y a vivir al margen de todos los asuntos políticos. En cambio, los “cristiano-germanos” se convirtieron ahora en activos puntales de los gobiernos restaurados a hicieron cuanto estaba en su mano por hacer retroceder la historia hasta el año 1789. Quienes deseaban que el pueblo alcanzara algunos de los frutos de sus propios esfuerzos fueron lo bastante fuertes para trocar sus consignas en el grito de combate de 1813 pero no para convertirlas en la práctica de 1815, Lograron algunas hermosas promesas, constituciones, libertad de prensa, etc., y eso fue todo. En la práctica, las cosas se dejaron cuidadosamente tal y como estaban, Se limpió de las huellas del “despotismo extran. jero”, dentro de lo posible, la parte de Alemania en que habían dejado su rastro los franceses y sólo conservaron sus instituciones francesas las provincias de la orilla izquierda del Rin. El Gran Elector de Hesse fue tan allá, que llegó incluso a restablecer las coletas de sus soldados, que las impías manos de los franceses habían tenido la osadía de cortar. En una palabra, Alemania ofrecía, al igual que los demás países, el espectáculo de una desvergonzada reacción, pero ésta se manifestaba solamente en una actitud de temor y pacatería, sin que se mostrase si. quiera en aquel grado de energía con que en Italia, en Francia y en Inglaterra se daba la batalla a los principios revolucionarios. Los distintos Estados alemanes practicaban ahora entre sí el mismo sistema de fraude al que Alemania había sido sometida en el Congreso de Viena. Para debilitar el poder de los diversos Estados, Prusia y Austria les impusieron una especie de Constituciones bastardas que menoscababan la fuerza de los gobiernos sin conferir el menor poder al pueblo ni siquiera a las clases burguesas. En Alemania, constituida en una Confederación de Estados, cuyos embajadores, delegados exclusivamente por los gobiernos, integraban la Dieta confederal, no había por qué temer que el pueblo llegara a ser demasiado fuerte, ya que todos y cada uno de los Estados se hallaban vinculados por los acuerdos de la Dieta, que eran ley para toda Alemania, sin necesidad de someterlos para ello a la aprobación de ninguna clase de asamblea representativa. Y en la Dieta confederal era cosa sobreentendida que llevaban la batuta, sin cortapisas, Prusia y Austria; simplemente con que amenazaran a los príncipes de menor cuantía con retirarles su apoyo en la lucha con sus asambleas representativas, les infundían pánico y los movían incondicionalmente a obediencia, Recurriendo a estos medios, gracias a su poder arrollador y porque eran, en realidad, los verdaderos representantes del principio del que derivaban su autoridad todos los demás príncipes ale. manes, lograron Prusia y Austria imponerse como los regentes absolutos de Alemania. Lo que pudiera hacerse o suceder en cualquiera de los pequeños Estados carecía en la práctica de eficacia. Las luchas entabladas por la burguesía liberal permanecían estériles, mientras quedaran cir. cunscritas a los pequeños Estados del Sur de Alemania; para que cobra. sen importancia, era necesario que la burguesía de Prusia despertara de su letargo. Y como sería difícil afirmar que Austria forme parte del mundo civilizado, ya que se limita a vegetar tranquilamente bajo su paternal despotismo, tenemos que es Prusia el Estado alrededor del cual gira como en torno a su centro la moderna historia de Alemania y que, por tanto, puede considerarse como el barómetro para pulsar los movimientos de la opinión pública.

Después del derrocamiento de Napoleón vivió el rey de Prusia algunos de sus años más venturosos. Cierto que por todas partes lo engañaban. Lo había engañado Inglaterra, lo había engañado Francia y lo CARTA Il 579 engañaban a cada paso y a todas horas sus mismos amigos amadísimos, el emperador de Austria y el zar de Rusia; pero él, llevado de las efusiones de su corazón, ni siquiera lo advertía: no podía caberle en la cabeza la posibilidad de que hubiera en el mundo bribones de esa ralea, capaces de engañar a Federico Guillermo 111 “el Justo”. Se hallaba feliz. Napoleón había sido derrocado. Ya no sentía miedo, Insistió en el artículo 13 del Acta Federal Alemana,1% en el que se prometía una Constitución para cada Estado. Insistía en otro artículo de la misma Acta sobre la libertad de prensa. Más aún, el 22 de mayo de 1815 lanzó, incluso, una proclama que comenzaba con estas palabras, en las que se mezclaban prodigiosamente su jubiloso sentimiento de dicha y su arrogancia de sargento: “¡Se creará una representación popular!” El si. guiente paso consistió en ordenar que se creara una comisión encargada de elaborar una Constitución para su pueblo. Y todavía en 1819, cuando ya se daban en Prusia síntomas revolucionarios, cuando la reacción ha. cía estragos en toda Europa y había alcanzado su máxima madurez el fruto glorioso del Congreso, hubo de declarar el monarca prusiano que en lo sucesivo no se decretaría ningún empréstito público sin el con. sentimiento de las futuras asambleas representativas del reino, Desgraciadamente, este periodo de dicha no habría de durar mucho tiempo. El miedo a Napoleón no tardó en ser desplazado en el ánimo del monarca por el miedo a la revolución. Pero de esto hablaré en mi siguiente carta.

Solamente dos palabras me restan para poner fin a ésta. Cuando en cualquier reunión democrática inglesa se propone un brindis en honor de los “patriotas de todos los países”, podemos estar seguros de que figura entre ellos Andreas Hofer. Ahora bien, después de todo lo que he dicho acerca de los enemigos de Napoleón en Alemania, ¿podemos con. siderar el nombre de Hofer digno de figurar entre los aclamados por los demócratas? Hofer era un aldeano estúpido, ignorante y fanático, cuyo entusiasmo no era otro que el entusiasmo de la Vendée,198 el entusiasmo por “la Iglesia y el emperador”. Es verdad que luchó valerosamente, como pelearon también con bravura los de la Vendée contra los republicanos. Pero, ¿por qué luchó? Por el despotismo paternal de Viena y de Roma. Pedimos a los demócratas ingleses que, por el honor del pueblo alemán, dejen en paz de aquí en adelante al béato Andreas Hofer. Alemania puede ostentar mejores patriotas que él, ¿Por qué, si se quiere honrar a alguno, no citar el nombre de Thomas Miinzer, la famosa figura que acaudilló la insurrección campesina de 1525 y que era, éste sí, un verdadero demócrata, en la medida en que podía serlo alguien, en aquel tiempo? ¿Por qué no ensalzar a Georg Forster, el Thomas Paine alemán, quien hasta el último momento apoyó en París la Revolución francesa en contra de todos sus connacionales y murió en el cadalso? ¿U otra multitud de nombres de alemanes que lucharon por realidades, y no por ilusiones? Fines de octubre de 1845.

Carta III [The Northern Star, núm. 438, 4 de abril de 1846]

Al Redactor del Northern Star.

Estimado señor: Realmente, debo disculparme con usted y con sus lectores por haber dejado transcurrir tanto tiempo sin reanudar la serie de cartas que estoy escribiendo para este periódico acerca del tema que figura a la cabeza. Sin embargo, puede usted estar seguro de que solamente la necesidad de consagrar unas cuantas semanas exclusivamente al movimiento alemán ha podido apartarme de la grata tarea que he asumido de informar a la democracia inglesa acerca de la situación imperante en mi propio país. Tal vez sus lectores recordarán más o menos las afirmaciones contenidas en mi primera y segunda cartas. Exponía en ellas cómo, desde 1792 hasta 1813 se vieron afectadas en su raíz por la acción delos ejércitos franceses las viejas y putrefactas condiciones reinantes en Alemania: cómo Napoleón fue derrocado por la alianza sellada entre los señores feudales o aristócratas y los burgueses o clases medias industriales de Europa; cómo, en los tratados de paz subsiguientes, los príncipes alemanes fueron engañados por sus aliados e incluso por la Francia vencida; cómo surgieron la Confederación alemana y la situación política actualmente reinante en Alemania, y cómo Prusia y Austria, induciendo a los Estados menores a otorgar Constituciones, se convirtieron en los dueños y señores exclusivos de Alemania. Dejando a un lado a Austria, país semibárbaro, llegamos a la conclusión de que es Prusia el campo de batalla en el que, en definitiva, habrá de ventilarse la futura suerte de Alemania.

Decíamos en nuestra carta anterior que Federico Guillermo III, rey de Prusia, después de sobreponerse al miedo a Napoleón y de vivir un par de años felices, curado del miedo, encontró otro fantasma que le infundía terror: “la revolución”. Veremos ahora de qué modo se introdujo “la revolución” en Alemania. A partir de 1815, después del derrocamiento de Napoleón, que, como reiteradamente hemos puesto de manifiesto, los reyes y aristócratas de la época identificaron totalmente con el aplastamiento de la Revolución francesa, de la revolución sin más, como ellos la llamaban, empuñaba las riendas del poder en todas partes el partido contrarrevolucionario, Los aristócratas feudales gobernaban en todos los gabinetes, desde Londres hasta Nápoles y desde Lisboa hasta San Petersburgo. Pero la burguesía, que había pagado los gastos de la operación y había ayudado a realizarla, reclamaba su participación en el poder. A la burguesía no le inteCARTA 11 581 resaba, ni mucho menos, que se impusieran y ocuparan el primer plano los gobiernos restaurados. Lejos de imponerse los intereses de la bur.- guesía, por todas partes se veían postergados e incluso abiertamente desconocidos. La votación en 1815 de la ley inglesa sobre el trigo 1** es el ejemplo más palmario de un hecho común a toda Europa; y eso que la burguesía, en Inglaterra, era más fuerte ahora que en cualquiera otra época anterior. Por doquier se habían desplegado el comercio y las manufacturas, incrementando la riqueza de la bien cebada burguesía; su creciente prosperidad manifestábase en su creciente espíritu especulativo y en su progresiva demanda de confort y artículos de lujo. No era posi. ble, por tanto, que la burguesía se resignara calladamente a verse gobernada por una clase que venía rodando por el camino de la decadencia desde hacía varios siglos y que había podido retornar momentáneamente al poder gracias precisamente a la burguesía. La lucha entre la burguesía y la aristocracia era inevitable, y comenzó casi al día siguiente de la paz.

La burguesía debe su poder exclusivamente al dinero, razón por la cual sólo puede elevarse al poder político convirtiendo el dinero en criterio único y determinado de calificación de una legislación de su país. Por ello, tiene necesariamente que convertir todos los privilegios feudales y todos los monopolios políticos de las épocas pasadas en el único gran privilegio y monopolio del dinero. De ahí que la dominación política de las clases burguesas se manifieste bajo una forma esencialmente libe. ral. Estas clases destruyen todas las viejas diferencias entre los diversos estamentos coexistentes dentro de un país, todos los privilegios y franquicias arbitrarios; se ven obligados a erigir el principio electoral en base de gobierno, a reconocer la igualdad como principio, a emancipar la prensa de las trabas de la censura monárquica y a instituir el tribunal del jurado, para desembarazarse de la clase de los jueces, como clase especial, que forma un Estado dentro del Estado. Hasta aquí, los bur. gueses pueden pasar perfectamente por demócratas. Pero todas estas reformas son implantadas por ellos solamente en cuanto los anteriores privilegios personales y hereditarios se ven sustituidos en su conjunto por el privilegio único del dinero. De este modo, el principio electoral queda suplantado por el censo de la propiedad, que equivale a reservar a las clases burguesas el derecho de elegir y ser elegido. Por donde la libertad se ve de nuevo eliminada, reducida a la simple “libertad ante la ley”, lo que no significa otra cosa que la igualdad a despecho de la desigualdad de ricos y pobres, la igualdad dentro de los límites de la fundamental desigualdad existente; lo que equivale, para decirlo de otro modo, simplemente a bautizar la desigualdad con el nombre de igualdad. La libertad de prensa, por ejemplo, es de por sí un privilegio burgués, pues la imprenta requiere dínero y compradores para el papel impreso, que, a su vez, necesitan tener dinero para pagarlo. Como es también un privilegio burgués el tribunal del jurado, ya que se vela cuidadosamente por evitar que en los bancos de los jurados se sienten quienes no estén consideradas como “personas respetables”.

He considerado necesario hacer estas pocas observaciones en torno al problema del gobierno burgués, para ilustrar dos hechos. El primero es que en el periodo de 1815 a 1830 el movimiento esencialmente democrático de las clases trabajadoras permaneció más o menos supeditado en todos los países al movimiento liberal de la burguesía, El pueblo trabajador, a pesar de representar un grado de progreso más alto que la burguesía, no alcanzaba a reconocer todavía la total diferencia que mediaba entre liberalismo y democracia, entre la emancipación de las clases burguesas y la de las clases trabajadoras; no podía llegar a reconocer la diferencia entre la libertad del: dinero y la libertad del hombre, antes de que se liberase políticamente el dinero, antes de que la burguesía se convirtiera en clase dominante exclusiva. He ahí por qué los manifestantes de Peterloo no pedían solamente el sufragio universal, sino que reclamaban también la derogación de la ley sobre el trigo; de ahí que los proletarios de París lucharan en 1830, como los de Londres amenazaron luchar en 1831, por los intereses políticos de la burguesía. La burguesía era en todas partes de 1815 a 1830, el sector más poderoso del partido revolucionario, del que salían, por tanto, los dirigentes de éste. Las cla. ses trabajadoras constituyen, necesariamente, un instrumento en manos de la burguesía, mientras ésta es por sí misma una clase revolucionaria o progresiva. Y a ello se debe el que, en este caso, el movimiento específico de las clases trabajadoras revista siempre una importancia puramente secundaria. Pero, desde el momento mismo en que la burguesía adquiere el poder político total; desde el momento en que todos los intereses feudales y aristocráticos se vienen a tierra ante el poder del dinero; desde el momento en que la burguesía deja de ser una clase progresiva y revolucionaria, para convertirse en una fuerza estacionaria, la clase obrera asume la dirección, y su movimiento se convierte en. movimiento nacional. Si hoy se derogaran las leyes sobre el trigo, la Carta se convertiría mañana en la cuestión cardinal de Inglaterra, el movimiento cartista cobraría mañiana mismo la fuerza, la energía, el entusiasmo y la perseverancia que constituyen la garantía del éxito. El segundo hecho que yo quería ilustrar con unas cuantas observaciones acerca del gobierno burgués se refiere exclusivamente a Alema.- nia. Los alemanes son una nación de gentes teóricas, poco versadas en la práctica; ello explica por qué aceptaron como verdades sagradas las argucias usuales preconizadas por la burguesía francesa e inglesa. Las cla. ses burguesas alemanas se daban por contentas con que les dejaran tranquilamente explotar su pequeño negocio privado, que resultó ser demasiado “de vía estrecha”, Donde quiera que se les otorgaba una Cons. titución se jactaban de su libertad, pero procurando no entrometerse apenas en los negocios políticos del Estado; y donde no gozaban de li. bertad alguna sentíanse satisfechos de no tener que molestarse en elegir diputados y leer sus discursos. El pueblo trabajador no contaba con aquella gran palanca que en Francia e Inglaterra lo había puesto sobre sus pies —las grandes manufacturas— ni con su consecuencia obligada, que era la dominación de la burguesía. De ahí que se mantuviera tran. quilo. Por su parte, los campesinos se sentían oprimidos en las partes de Alemania en que las modernas instituciones francesas habían sido de nuevo suplantadas por el viejo régimen feudal, pero este descontento necesitaba para estallar en una rebelión abierta, otro acicate. De ahí que el partido revolucionario alemán, de 1815 a 1830, estuviera formado solamente por teóricos. Se reclutaba en las universidades y militaban en él exclusivamente estudiantes.

Se había reputado imposible introducir de nuevo en Alemania el viejo sistema de 1789. Las nuevas circunstancias de los tiempos obligaron a los gobiernos a implantar un sistema nuevo, peculiar de Alemania. La aristocracia estaba dispuesta a gobernar, pero era demasiado débil; la burguesía no tenía ganas de gobernar ni sentía la fuerza necesaria para ello; pero ambas clases juntas eran lo bastante fuertes para mover al gobierno a hacer ciertas concesiones. De ahí que la forma de gobierno fuese una especie de monarquía bastarda. La Constitución sirvió, en algunos Estados, para crear una apariencia de garantía a que podían acogerse la burguesía y la aristocracia; en los demás existía con carácter general un gobierno burocrático, es decir, una monarquía que, al parecer, garantiza los intereses de la burguesía mediante una buena admi. nistración, pero una administración encabezada por aristócratas y cuyas actividades se mantienen, dentro de lo posible, recatadas a los ojos del público. Resultado de ello es el nacimiento de una clase especial de funcionarios administrativos, en cuyas manos se concentra el poder principal y que se mantiene en oposición frente a todas las otras clases. Pero esta forma de gobierno no satisfacía ni a los “aristócratas”, “germano-cristianos”, “románticos”, “reaccionarios”, ni a los “liberales”. Por esta razón, se aliaron en contra de los gobiernos y fundaron las corporaciones estudiantiles secretas. De la fusión de estas dos sectas —pues no se las puede llamar partidos— surgió aquella camarilla de liberales bastardos que. en sus ligas secretas soñaban con un emperador alemán adornado de corona y cetro, revestido de púrpura y con todos los demás aditamentos de la pompa mayestática, sin olvidar una larga barba roja o gris, y rodeado de unas. cortes estamentales en las que aparecerían lindamente separados el clero, la nobleza, los burgueses y los campesinos. Era la más grotesca mezcla de feudal brutalidad y moderno fraude burgués que concebirse pueda. Pero cabalmente lo que cumplía a aquellos estudiantes, quienes necesitaban entusiasmarse a toda costa, con lo que fuese y a costa de lo que fuera. Sin embargo, estas ridículas mascaradas, unidas a las revoluciones que estallaron en España, Portugal e Ttalia,200 a las acciones de los carbonarios en Francia 2% y a los movimientos de reforma en Inglaterra,?02 infundieron tal pánico a: los monarcas, que éstos llegaron a perder la razón. Federico Guillermo 1II tenía ahora su fantasma, “la revolución”, nombre bajo el cual se agrupaban y resumían todos estos diversos - movimientos, en parte y a veces contradictorios entre sí.

Un cierto número de encarcelamientos y procesos sumarios ahogaron esta “revolución” en Alemania; las bayonetas francesas en España y las austriacas en Italia aseguraron por poco tiempo la superioridad de los monarcas legítimos y los derechos divinos. Durante algún tiempo, la Santa Alianza salvaguardó incluso el derecho divino del Gran Turco a colgar y descuartizar a sus súbditos griegos; pero este caso era demasiado flagrante, y al cabo los griegos fueron autorizados a evadirse del yugo de los turcos.?08 Por último, los tres días de París ?0* dieron la señal para una explosión general del descontento de la burguesía, de la aristocracia y del pueblo en toda Europa. La revolución aristocrática de Polonia 2% fue sofocada; las clases burguesas de Francia y Bélgica lograron asegurarse el poder político; la burguesía inglesa alcanzó también esta meta, gracias a la ley de reformas; 72 fueron ahogadas las insurrecciones de Italia, en parte sostenidas por el pueblo, en parte burguesas y en parte nacionales. En Alemania, numerosos movimientos e insurrecciones proclamaron una nueva era de agitación popular y de agitación burguesa, El nuevo y violento carácter de la agitación liberal mantenida en Alemania de 1830 a 1834 ponía de manifiesto que las clases burguesas habían tomado ahora el asunto en sus manos. Sin embargo, como Alemania se hallaba escindida en numerosos Estados y cada uno o casi cada uno de ellos tenía sus aduanas y sus aranceles, estos movimientos no se hallaban ni podían hallarse informados por una comunidad de intereses. La burguesía alemana quería llegar a ser políticamente libre, no para arreglar los asuntos públicos en consonancia con su interés, sino porque se avergonzaba de ocupar una posición tan servil, con respecto a los franceses y los ingleses. Su movimiento requería la base sustancial que había asegurado el éxito del liberalismo en Francia e Inglaterra; su interés por el asunto tenía mucho más de teórico que de práctico; era la suya, sobre poco más o menos, lo que se llama una actitud desinteresada. Los burgueses de Francia en 1830 distaban mucho de eso. Laffitte dijo, al día siguiente de la revolución: “Ahora, gobernaremos nosotros, los banqueros”; y así lo siguen haciendo, en efecto, hasta el día de hoy. También la burguesía inglesa sabía perfectamente lo que quería, al implantar el censo de diez libras esterlinas. Pero las clases burguesas alemanas estaban formadas, como queda dicho, por negociantes de vía estrecha, admiradores de la “libertad de prensa” y del “tribunal del jurado”, de las “garantías constitucionales para el pueblo”, de los “derechos del pueblo”, la “representación popular” y otras cosas por el esti. lo, en las que veían fines y no medios, todo lo cual hacía que tomasen las sombras por realidades y no obtuviesen absolutamente nada. Sin embargo, este movimiento de la burguesía fue suficiente para poner en práctica varias docenas de revoluciones, dos o tres de las cuales alcanzaron algunos éxitos: una gran cantidad de mítines, una avalancha de charlatanería y elocuencia periodística y el comienzo debilísimo de un movimiento democrático entre los estudiantes, los obreros y los campesinos. No entraré aquí en los detalles, bastante fatigosos, de este charlatanesco y estéril movimiento. Donde quiera que se lograba algo importante, como ocurrió en Baden con la libertad de prensa, intervenía la Dieta confederal y ponía fin al asunto. Toda la farsa terminó con una repetición de las detenciones sumarias de los años 1819 y 1823 y con una coalición secreta de todos los príncipes alemanes, formada en 1834 por acuerdo de una conferencia de delegados en Viena, para poner coto a Cualquier ulterior progreso del liberalismo. Los acuerdos de esta conferencia se han hecho públicos hace algunos años.206 Desde 1834 hasta 1840 desapareció en Alemania todo movimiento político. Los agitadores de aquellos años fueron encarcelados o se diseminaron por el extranjero, a donde se vieron obligados a huir. La lucha contra la censura, cada día más rigurosa y contra la creciente apatía e indiferencia de las clases burguesas fue llevada adelante ahora por quienes durante los tiempos de la agitación no se habían desprendido de su timidez burguesa. Los dirigentes de la oposición parlamentaria seguían pronunciando sus discursos en las Cámaras, pero los gobiernos encon. traban los medios y caminos necesarios para asegurarse los votos de las mayorías. No se deparó ocasión alguna para poner en pie en Alemania un movimiento público, cualquiera que él fuese; los gobiernos hacían y deshacían a su antojo.

Las clases burguesas de Prusia no tomaron apenas parte alguna en todos estos movimientos. Por su parte, el pueblo trabajador manifestaba su descontento en numerosas revueltas a lo largo de todo el país, pero estas acciones carecían de un fin determinado y resultaban, por tanto, perfectamente estériles. La apatía de los prusianos representaba la fuerza más poderosa de la Confederación alemana. Esa apatía ponía de mani. fiesto que aún no había llegado, en Alemania, la hora para un movi miento general de la burguesía.

En mi siguiente carta * pasaré a hablar del movimiento de los seis últimos años, siempre y cuando logre reunir los materiales necesarios para caracterizar el espíritu de los gobiernos alemanes a la luz de algunos de sus propios hechos, comparados con los cuales los llevados a cabo por el noble ministro del Interior de Inglaterra resultan inocentes y de una pureza angélical,207 20 de febrero de 1846.

Un corresponsal de Alemania.

e Esta carta no llegó a redactarse.