La reciente matanza de Leipzig

Friedrich Engels

La reciente matanza de Leipzig —

El movimiento obrero alemán

Escrito entre el 8 y el 11 de septiembre de 1845

del inglés

[“The Northern Star”, núm. 409, del 13 de septiembre de 1845]

La matanza de Leipzig, que ustedes han comentado en su último número y sobre la cual publicaron hace unas semanas un extenso informe, sigue atrayendo la atención de los periódicos alemanes. Esta matanza, sólo superada en vileza por la de Peterloo, es con mucho la más infame canallada que el despotismo militar ha urdido jamás en nuestro país. Cuando el pueblo gritaba: “¡Viva Ronge, abajo el papado!”, el príncipe Juan de Sajonia —dicho sea de paso, uno de nuestros muchos príncipes versificadores y escribidores, que ha publicado una pésima traducción del “Infierno” del poeta italiano Dante—, ese “infernal” traductor, pues, intentó añadir gloria militar a su fama literaria urdiendo una campaña de lo más alevosa contra las masas desarmadas. Ordenó al batallón de fusileros, al que había mandado llamar la autoridad, que se dividiera en varias secciones y ocupara los accesos al hotel donde Su “Alteza Real” literaria había establecido su cuartel general. Los soldados obedecieron, apiñaron a la gente en un pequeño anillo y avanzaron contra ella en dirección a la entrada del hotel; y esa inevitable penetración de las personas en la sagrada entrada de la residencia real, provocada precisamente por la acción militar ordenada por el príncipe Juan, fue el pretexto que se tomó para disparar contra la multitud; ¡con esa misma circunstancia han intentado los periódicos gubernamentales justificar la descarga! Y esto no es todo; la gente fue apretujada entre las distintas secciones, y el plan de Su Alteza Real se ejecutó mediante un

fuego cruzado sobre las masas inermes; adondequiera que se volviesen, las recibían repetidas descargas de fusilería; y si los soldados, que eran más humanos que el príncipe Juan, no hubieran tirado en su mayoría por encima de las cabezas, se habría producido una espantosa carnicería. La indignación que ha provocado esta canallada es general; los súbditos más leales, los partidarios más fervientes del orden actual la comparten y se apartan con repugnancia de estos hechos. El asunto tendrá un efecto muy fuerte en Sajonia, la parte de Alemania que, más que todas las demás, ha mostrado siempre una inclinación a las
palabras,
mientras se necesitaban amargamente los hechos. Los sajones, con su pequeño gobierno constitucional, con su locuaz parlamento, sus diputados liberales, sus curas liberales e ilustrados, etc., eran en el norte de Alemania los representantes del liberalismo moderado, del whiggismo alemán, y con todo ello más esclavos del rey de Prusia que los mismos prusianos. Cualquier cosa que decidiera el gobierno prusiano, el ministerio sajón tenía que ejecutarla; más aún, recientemente el gobierno prusiano no se ha tomado siquiera la molestia de dirigirse al ministerio sajón, sino que se ha dirigido directamente a las autoridades inferiores sajonas, ¡como si no se tratara de funcionarios sajones, sino de los suyos propios! ¡Sajonia está gobernada desde Berlín, no desde Dresde! Y con toda su charla y su fanfarronería, los sajones saben muy bien que la mano plomiza de Prusia pesa lo suficiente sobre ellos. A toda esa charla y esa fanfarronería, a toda esa presunción y esa autocomplacencia que quisieran hacer de los sajones una nación particular en oposición a Prusia, etc., la matanza de Leipzig les pondrá fin. Los sajones tienen que comprender ahora que se hallan bajo el mismo régimen de dominación militar que todos los demás alemanes, y que, a pesar de toda la constitución, las leyes liberales, la censura liberal y los discursos liberales del rey, la ley marcial es la única ley que existe realmente en su pequeño país. Y aún hay algo más que contribuye a que este asunto de Leipzig extienda el espíritu de rebelión en Sajonia: pese a toda la palabrería de los liberales sajones, la mayoría del pueblo sajón apenas empieza a hablar; Sajonia es un país industrial, y entre sus tejedores de lino, sus calceteros, sus hilanderos de algodón, sus encajeros, sus mineros del carbón y del mineral reina desde tiempos inmemoriales una miseria espantosa. El movimiento proletario que, desde las sublevaciones de Silesia, la llamada batalla de los tejedores en junio de 1844, se ha extendido por toda Alemania, no ha pasado sin dejar huella en Sajonia. Hace algún tiempo hubo en diversos lugares disturbios entre los obreros de la

construcción ferroviaria y también entre los estampadores de percal, y es más que probable que el comunismo, aunque hasta ahora no pueden aducirse pruebas positivas de ello, progrese aquí entre los obreros como en todas partes; y cuando los obreros sajones entren en el campo de combate, seguro que no se conformarán con palabras como sus patronos, los “burgueses” liberales.

Permítanme que llame su atención un poco más sobre el movimiento de la clase obrera en Alemania. La semana pasada predijeron ustedes en su periódico una revolución gloriosa para nuestro país —no una como la de 1688—. En esto tienen toda la razón, sólo que quiero corregir, o más bien definir con mayor claridad, su observación de que es la juventud de Alemania la que llevará a cabo semejante cambio. A esa juventud no hay que buscarla en la burguesía. El acto revolucionario partirá en Alemania del seno de la clase trabajadora. Es cierto que en nuestra burguesía hay un número considerable de republicanos e incluso de comunistas, así como de jóvenes que, si ahora se produjera un levantamiento general, serían muy útiles en el movimiento; pero esas personas son “burgueses”, hacedores de ganancias, fabricantes de profesión; ¿y quién nos garantiza que no estén desmoralizados por su profesión, por su posición social, que les obliga a vivir del trabajo de otros hombres y a engordar como chupasangres, como “explotadores” de la clase obrera? Y en la medida en que sigan siendo proletarios por su convicción, aunque sean burgueses por su profesión, su número será infinitamente pequeño en comparación con el número real de los miembros de la burguesía que, por su interés, se aferran al orden existente y cuya única preocupación es llenarse los bolsillos. Por fortuna, no contamos en absoluto con la burguesía. El movimiento de los proletarios se ha desarrollado con una velocidad tan asombrosa que, en uno o dos años, podremos pasar una gloriosa revista a los demócratas y comunistas salidos de la clase obrera —pues en este país, democracia y comunismo son del todo idénticos en lo que concierne a la clase obrera—. Los tejedores silesios dieron la señal en 1844; los estampadores de percal y los obreros ferroviarios bohemios y sajones, los estampadores berlineses y, de hecho, los obreros industriales de casi todas las regiones de Alemania respondieron con huelgas y rebeliones parciales; estas últimas fueron provocadas casi siempre por las prohibiciones legales de las asociaciones. El movimiento se ha apoderado ahora de casi todo el país y prosigue su marcha de manera tranquila pero constante, mientras la burguesía gasta su tiempo con la agitación por las “constituciones”,

la “libertad de prensa”, los “aranceles protectores”, el “catolicismo alemán” y la “reforma de la Iglesia protestante”. Aunque todos estos movimientos burgueses no carecen por completo de méritos, no afectan en lo más mínimo a las clases trabajadoras; ellas tienen su propio movimiento: un movimiento de cuchillo y tenedor <eine Messer und Gabel-Bewegung>. Más sobre esto en mi próxima carta.