LA FIESTA DE LAS NACIONES, EN LONDRES (Fiesta en homenaje a la proclamación de la República francesa, el 22 de septiembre de 1792)20 [Rheinische Jahrbiicher zur gesellschaftlichen Reform, . 1846, t. IL, pp. 1-19]

“¿Qué nos interesan las naciones? ¿Qué nos interesa la República fran. cesa? ¿No hace ya mucho tiempo que tenemos un concepto de lo que son las naciones, que cada una de ellas ocupa el lugar que le hemos asignado, que hemos colocado a los alemanes en la casilla teórica, a los franceses en la casilla política y a los ingleses en la de la sociedad civil? ¡Y sobre todo, la República francesa! ¿Qué hay que festejar en una fase de desarrollo superada desde hace ya mucho tiempo y que se ha cancelado a través de sus propias consecuencias? Si quieres informarnos de algo acerca de Inglaterra, procura hablarnos más bien de la última fase en que ha entrado el principio socialista, cuéntanos si el unilateral socia. lismo inglés sigue todavía: resistiéndose a ver cuán por debajo se halla de nuestra altura en el terreno de los principios y cómo sólo puede aspirar a representar un momento, que es, concretamente, un: momento ya superado,” >. o ¡Despacio, despacio mi querida Alemania! Las naciones en general y en particular la República francesa nos interesan muchísimo, La confraternización de las naciones llevada a cabo hoy. en todas partes por obra del partido extremo, proletario, frente al viejo egoísmo nacional nacido de la naturaleza y al hipócrita cosmopolitismo -egoísta privado de la libertad de comercio, vale más que todas las. teorías ale manas sobre el socialismo verdadero. Y La confraternización de las naciones bajo la "bandera de la moderna democracia, emanada de la Revolución francesa y desarrollada en el seno del comunismo francés y del cartismo inglés, demuestra que las masas y sus representantes saben mejor por qué suenas las campanas de las teo. rías de los alemanes. o “Pero, ¡no se trata para nada de eso! ¿Quién habla aquí de la confraternización llevada a cabo” etc., o de la democracia “emanada” etc.? Noso. tros hablamos de la confraternización de las naciones en sí y de por sí, de la confraternización de las naciones, de la democracia, de la demo. cracia pura y simple, de la democracia en cuanto tal. ¿Es que te has ol. vidado de Hegel?” * “Nosotros no somos romanos; fumamos tabaco.” 2% No hablamos del movimiento antinacional que ahora se desarrolla en el mundo; hablamos de la superación de las nacionalidades que se leva a cabo en nuestras [591]

cabezas por medio del pensamiento puro, con ayuda de la fantasía y a espaldas de los hechos. No hablamos de la democracia redl hacia la que marcha toda Europa y que es una democracia muy especial, distinta de todas las democracias anteriores; hablamos de otra democracia muy diferente, que representa el promedio de la griega, la romana, la americana y la francesa, en una palabra, del concepto de la democracia. No habla. mos de las cosas que pertenecen al siglo xrx y que son malas y perecederas; hablamos de las categorías, que son eternas y que ya existían “antes de que hubiesen brotado las montañas”. En resumen, no habla. mos de lo que hablamos, sino de algo completamente distinto. Para expresarlo en pocas palabras: cuando hoy se habla, entre ingleses y franceses o entre los alemanes que participan del movimiento prácti. co y no son puros teóricos, de democracia y de confraternización: de las naciones, no se piensa en nada meramente político. Semejantes fantasías sólo se dan en las cabezas de los teóricos alemanes y de unos cuantos extranjeros que no cuentan. En realidad, estas palabras tienen ahora un sentido social que borra su significado político. Ya la misma revolución era algo muy distinto de la lucha por tal o cual forma de gobierno, como tantas gentes se lo representan hoy en Alemania. El enlace de la mayoría de las insurrecciones de aquel tiempo con el azote del hambre, la importancia que se daba ya a partir del año 1789 al suministro de víveres a la capital y a la distribución de las subsistencias, la tasa máxima, y las leyes contra la acaparación de víveres, el grito de guerra de los ejércitos revolucionarios: “Guerre aux palais, paix aux chaumieres!” 2 el testimonio de la Carmagnole,?11 según la cual los republicanos debían tener, además du fer)? du coeur* y du pain,1 y cien detalles más harto conocidos revelan por sí solos, sin necesidad de entrar a fondo en una investigación de los hechos, que la democracia de aquel tiempo era algo muy distinto de una organización puramente política. Por lo demás, sabido es que la Constitución de 1793 22 y el terrorismo partieron de la iniciativa del partido que se apoyaba en el enfurecido proletariado, que el derrocamiento de Robespierre significó la victoria de la burguesía sobre los proletarios y que la conspiración de Babeuf en pro de la igual. dad puso de manifieso las últimas consecuencias de la democracia del 93, en la medida en que entonces era posible. La Revolución francesa fue desde el principio hasta el fin un movimiento social, y después de ella una democracia puramente política es un perfecto absurdo. La democracia es hoy día el comunismo. Otra clase de democracia sólo puede existir ya en las cabezas de visionarios teóricos, que no se preocupan para nada de los acontecimientos reales y para quienes los principios se desarrollan por sí solos, y no al calor de los hombres y de las circunstancias. La democracia se ha convertido en un principio proletario, en un principio de las masas. Puede que las masas no tengan una conciencia muy clara acerca de este significado, el único certero, de la palabra democracia, pero todas abrigan, por lo menos, la vaga intuia “¡Guerra a los palacios, paz a las cabañasl”. b Hierro, armas. € Corazón, es decir, valor, d Pan.

ción de que en la democracia reside la legitimidad de la igualdad social. En el cálculo de las fuerzas de lucha comunistas podemos incluir tranquilamente a las masas democráticas. Y cuando se reúnen los parti dos proletarios de diversas naciones, tienen toda la razón en inscribir en sus banderas la palabra “democracia”, pues, exceptuando a los que no cuentan, en el año 1846 todos los demócratas europeos son más o menos claramente comunistas.

El rendir homenaje a la República francesa, pese al hecho de que haya sido ya “superada”, es un hecho perfectamente legítimo para los comunistas de todos los países. En primer lugar, los pueblos que fueron entonces lo bastante necios para dejarse arrastrar a la lucha contra la revolución deben a los franceses la reparación pública de demostrarles que de entonces acá han comprendido la estupidez cometida por ellos cuando se dejaron llevar de su lealtad de súbditos. En segundo lugar, todo el movimiento social europeo de hoy no es más que el segundo acto de la revolución, la preparación para el desenlace del drama iniciado en París en 1789 y que tiene actualmente por escenario a toda Europa. En tercer lugar, ya es hora de que nuestra cobarde, egoísta y mendicante época burguesa refresque la memoria de aquellos grandes años en que todo un pueblo dejó a un lado por un momento cuanto significaba cobardía, egoísmo y mendicidad, en que había hombres que tenían el valor de arrostrar la ilegalidad, que ante nada retrocedían y cuya férrea energía logró que desde el 31 de mayo de 1793 hasta el 26 de julio de 1794 no asomase la cara en Francia ningún cobarde, ningún tendero, ningún agiotista, en una palabra, ningún burgués. Verdaderamente, en una época como ésta, en que un Rothschild mantiene en pie la paz europea, en que un Kóchlin clama por aranceles protectores, un Cobden grita pidiendo libertad comercial y un Diergardt predica la redención de la hu. manidad pecadora mediante asociaciones que eleven el nivel de las clases trabajadoras, hace falta recordar a un Marat y un Danton, un Saint-Just y un Babeuf y el júbilo de las victorias de Jemappes y Fleurus.213 La verdad es que si esta época gigantesca y estos caracteres de bronce no siguiesen descollando en medio de nuestro mundo de tenderos, la humanidad tendría razón para desesperar y para echarse sin condiciones en brazos de los Kóchlin, los Cobden o los Diergardt, Por último, la confraternización de las naciones reviste hoy más que nunca un significado puramente social. Las quimeras de una República europea y de la paz eterna bajo la égida de la organización política se han vuelto tan ridículas como las frases de la unión de los pueblos bajo el manto de la libertad general de comercio. Y mientras que todos los sentimentalismos quiméricos de este jaez vam cayendo totalmente fuera de moda, los proletarios de todos los países, sin armar mucho ruido, comienzan a confraternizar realmente, bajo la bandera de la democracia comunista. Y los proletarios son, por otra parte, los únicos que de verdad pueden hacerlo, pues la burguesía tiene sus intereses propios y espe. ciales en cada país y no puede remontarse nunca por encima de la nacio. nalidad, porque los intereses son para ella la suprema mira; y los dos o tres teóricos, con sus bellos “principios”, no van a ninguna parte, ya que dejan en pie tranquilamente esos intereses contradictorios y en general todo lo existente, y sólo pueden hacer unas cuantas frases. Los proletarios, en cambio, tienen en todos los países los mismos intereses, los mismos enemigos y se enfrentan en todas partes a la misma lucha; la gran masa proletaria está ya, por naturaleza, al margen de los prejuicios nacionales, y toda su cultura y todo su movimiento son esencialmente de signo humanitario, antinacional. Solamente los proletarios pueden acabar con la nacionalidad; solamente el proletariado puesto en pie puede hacer que confraternicen las diferentes naciones. * Los siguientes hechos documentarán de un modo real y efectivo cuan. to dejo' dicho.

El 10 de agosto del presente año se celebró en Londres una fiesta aná. loga para conmemorar un triple aniversario: el de la revolución de 1792, el de la proclamación de la Constitución de 1793 y el de la fundación de la “Asociación democrática” por la fracción más radical del partido del movimiento inglés, en 1838-39, Esta fracción, la más radical de todas, estaba formada por cartistas, proletarios, como de suyo se comprende, pero que veían claramente de antemano y trataban de acelerar la meta del movimiento cartista. Mientras que a la masa de los cartistas sólo les preocupaba, por aquel entonces, la entrega del poder a la clase obrera y pocos habían tenido tiempo de reflexionar acerca del empleo de este poder, los miembros de esta asociación, que desempeñó importante papel en la agitación de la época, tenían criterio unánime acerca del asunto: eran, ante todo, republi. canos, y republicanos que abrazaban como profesión de fe la Constitución del año 93, que rechazaban todo contacto con la burguesía, incluso con la pequeña burguesía, y abrazaban la tesis de que los oprimidos tienen derecho a emplear contra sus opresores todos los recursos que éstos em-. pleen en contra de ellos. Pero no se detenían aquí; no eran solamente republicanos, sino comunistas, y comunistas que repudiaban toda religión. La asociación se deshizo con la agitación revolucionaria de 1838.39; pero su actuación no fue estéril y contribuyó mucho a fortalecer la energía del movimiento cartista y a desarrollar los elementos comunistas que existían dentro de él. Ya en esta fiesta del 10 de agosto se proclamaron tanto principios comunistas como cosmopolitas; * junto a la igualdad política, se proclamó también la igualdad social y se propuso con gran entusiasmo un brindis por los demócratas de todas las naciones. Ya antes de esto se habían hecho en Londres intentos encaminados a reunir a los radicales de las diversas naciones; estos intentos se estrellaron ora contra las disensiones internas de los demócratas ingleses y la ignorancia de los extranjeros acerca de ellas, ora contra diferencias de principio entre los dirigentes de partidos de diversas naciones. Es tan grande el obstáculo que para toda unión representa la diferencia de e Aquí, como un poco más adelante, se emplea la palabra cosmopclita en el sentido de “libre de limitación y de prejuicio nacionales”. nacionalidad, que incluso los extranjeros establecidos en Londres desde hace varios años, a pesar de la simpatía que sienten por la democracia inglesa, apenas se habían enterado del movimiento realizado ante sus mismos ojos, del estado real de las cosas, confundían a los radicales burgueses con los radicales proletarios y trataban de englobar amistosamente en una misma reunión a los más enconados enemigos. Y los ingleses viéronse empujados en parte por esto y en parte por los recelos nacionales a choques parecidos, tanto más fáciles cuanto que el éxito de semejantes tratos dependía necesariamente del mayor o menor entendimiento que se lograra entre unos cuantos miembros del comité que se hallaban a la cabeza y que apenas se conocían personalmente entre sí. En inten. tos anteriores, estos individuos habíán sido elegidos con el mayor desacierto posible, lo cual hacía que la unión volviera a fracasar cuantas veces se intentaba. Sin embargo, la necesidad de esta confraternización se sentía con demasiada fuerza. Y cada fracaso servía de incentivo para un nuevo intento. No importaba que algunos de los portavoces democráticos de Londres se sintieran cansados; enseguida venían otros a sustituirlos. En el pasado agosto se establecieron nuevos contactos, que esta vez no fracasaron,** y se dicidió aprovechar una fiesta ya anunciada con otro motivo para el 22 de septiembre con el fin de proclamar públi. camente la alianza de los demócratas de todas las naciones residentes en Londres. .

En esta asamblea se congregaron ingleses, franceses, alemanes, ita. lianos, españoles, polacos y suizos. Y también Hungría y Turquía enviaron una persona cada una. Las tres grandes naciones de la Europa culta, ingleses, alemanes y franceses, tomaron la palabra y se hallaban represen. tados muy dignamente. La presidencia la desempeñó, naturalmente, un inglés, Thomas Cooper, “el cartista”, que pasó cerca de dos años en la cárcel por haber tomado parte en la insurrección de 1842 y que escribió allí una epopeya por el estilo del “Childe Harold”, muy elogiada por los críticos ingleses,215 > Fue orador central en la sesión de la noche, por parte de los ingleses, George Julian Harney, codirector del Northern Star desde hace dos años. El Northern Star es el órgano del cartismo, fundado por O'Connor en 1837 y que desde entonces. aparece bajo la dirección conjunta de. J. Hobson y Harney; uno de: los mejores periódicos de Europa desde todos los. puntos de vista, junto al cual yo sólo colocaría algunos pequeños perió. dicos obreros de París, principalmente la Union.21%6 Harney es un auténtico proletario, que intervino en el movimiento desde su temprana juventud, uno de los principales miembros de la citada asociación democrática de 1838-39 (fue él quien presidió “la fiesta del 10 de agosto) y, con Hobson, sin disputa el mejor escritor inglés, como en su momento oportuno pienso demostrar a los alemanes. Harney tiene una clara conciencia de cuál es la meta del movimiento europeo y se halla totalmente a la altura de los principios, aunque no sepa nada de las teorías alemanas acerca del socialismo verdadero. A él le cabe el mérito principal en la organización de esta fiesta cosmopolita; no ha rehuido esfuerzo para reunir a las diferentes nacionalidades, eliminando malos entendidos y dando de lado a las diferencias personales.

El brindis pronunciado por Harney decía así: “¡A la solemne memoria de los sinceros y virtuosos republicanos franceses de 17921 ¡Porque la igualdad a que ellos aspiraban, por la que vivieron, trabajaron y murieron, resurja pronto en Francia y extienda su égida a toda Europa!” Acogido con una doble o triple ovación, Harney dijo: “Hubo un tiempo en que una fiesta como ésta habría atraído sobre nosotros no sólo el desprecio, las chanzas, la burla y la persecución de las clases privilegiadas, sino también la violencia de un pueblo ofuscado e inculto, de un pueblo que, siguiendo las doctrinas de sus curas y de sus gobernantes, veía en la Revolución francesa algo espantoso e infernal, algo que se recuerda con horror y de que se habla con repugnancia. Recordaréis -—por lo menos, bastantes de vos: otros — que no hace todavía mucho tiempo cuando pedíamos en nuestra patria la derogación de una ley mala o la aprobación de otra buena, enseguida se nos acusaba de jacobinos'. Si se exigía la reforma del parlamento, la rebaja de los impuestos, la educación nacional o cualquier otra cosa que oliera- a progreso, podíamos estar seguros de que de nuevo se conjuraría y se agitaría el fantasma de la “Revolución francesa”, del “régimen del terror y toda esa sangrienta fantasmagoría, para asustar a los niños grandes de pantalones largos y de barba que todavía no han aprendido a pensar por cuenta propia. (Risas y aplausos.) ”Los tiempos han cambiado; pero dudo que hayamos aprendido ya a leer como es debido la historia de aquella gran revolución. Sería muy fácil para mí declamar aquí, con ocasión de este brindis, algunos seductores sentimientos en tomo a la libertad, la igualdad y los derechos humanos, a la coalición de los monarcas europeos y a las hazañas de Pitt y de Braunschweig; podría hablar largamente de todo esto y arrancar tal vez aplausos por un discurso pronunciado en tono muy liberal, pero sin tocar al verdadero problema. Pues el gran problema real que la Revolución francesa tenía que resolver era la destrucción de la desigualdad y la implantación de instituciones que asegurasen al pueblo francés la felicidad de que hasta ahora se han visto privadas las masas en todos los tiempos. ”Si enjuiciamos con arreglo a esta piedra de toque a las personalidades que desfilaron por la revolución, las comprenderemos y valoraremos certeramente. Tomemos, por ejemplo, a Lafayette, como representante del constitucionalismo, y conste que fue tal vez el mejor y más honesto hombre de todo el partido. Pocas personas habrán llegado a gozar de tanta popularidad como Lafayette. En su juventud, se embarcó para América y tomó parte en la lucha de los norteamericanos contra la tiranía de los ingleses. Después de la conquista de la independencia norteamericana, regresó a Francia y poco después fue uno de los primeros en el movimiento de la revolución que ahora sacudía a su propio país. Ya viejo, volvemos a encontrarlo como el hombre más popular de Francia, donde después de los Tres días 20% es erigido en verdadero dictador y con sólo una palabra nombra a reyes o los quita del trono. Lafayette llegó a gozar en Europa y América del favor popular en mayor medida que ninguno de sus contemporáneos; favor popular que habría merecido si en su actuación posterior hubiera sabido mantenerse fiel al fervor revolucionario de los primeros días. Pero Lafayette no fue nunca amigo de la igualdad (Gritos de ¡No! ¡No!). ”Es verdad que en los primeros momentos se despojó de su título y renunció a sus privilegios feudales, y en este sentido todo marchaba bien. Al frente de la Guardia nacional era el ídolo de la burguesía, dictaba incluso sus inclinaciones a la clase obrera y fue considerado durante algún tiempo como el paladín de la revolución. Pero se quedó inmóvil cuando había llegado la hora de marchar hacia adelante. El pueblo no tardó en comprender que con la destrucción de la Bastilla y la abolición de los privilegios feudales, con la humillación del rey y de la aristocracia, no se había conseguido más que acrecentar el poder de la burguesía. Y el pueblo no estaba contento con esto, (Aplausos.) Exigía libertad y derechos para sí, exigía lo que nosotros exigimos: una verdadera y plena igualdad. (Crandes aplausos.) "Cuando Lafayette se dio cuenta de esto, se hizo conservador, dejó de ser revolucionario. Fue él quien propuso la aprobación del estado de guerra para legitimar con ello el fusilamiento y la matanza del pueblo en cuanto surgiera algún tumulto, en una época, además, en que el pueblo padecía hambre; y, al amparo de este estado de guerra, Lafayette dirigió personalmente el ametrallamiento del pueblo cuando, el 17 de julio de 1791, se congregó en el Campo Marte con intención de dirigirse desde allí a la Asamblea Nacional, después de la huida del rey a Varennes, para pronunciarse ante la asamblea contra la reposición del tránsfuga como jefe del Estado. Más tarde, osó Lafayette amenazar a París con su espada y conminar a los clubes populares con.su. clausura por la fuerza. Después del 10 de agosto,188 intentó mover a sus soldados a que marchasen contra París, pero los soldados, mejores patriotas que él, se negaron, en vista de lo cual el general huyó y volvió la espalda a la revolución. ”Y, sin embargo, Lafayette era, sin duda alguna, el mejor entre todos los constitucionales. Pero ni él ni su partido tienen nada que ver com nuestro brindis, pues ni siquiera de nombre eran republicanos. Pretextaban reconocer la soberanía del pueblo, a la par que dividían a este mismo pueblo en ciudadanos activos y pasivos, limitando el derecho de voto a los contribuyentes, que eran, para ellos, los ciudadanos activos. En una palabra, Lafayette y los constitucionales eran simplemente whigs, poco mejores, suponiendo que lo fueran algo, que las gentes que nos han llevado a nosotros de la oreja con su propuesta de reformas. (Aplausos.) ”Tras ellos vinieron los girondinos, que son los hombres a quienes generalmente se presenta como a “republicanos sinceros y virtuosos". Yo no puedo compartir este criterio. No podríamos negarles el tributo de nuestra admiración por sus talentos, por la elocuencia que adornaba á los caudillos de este partido y a la que se asociaba en algunos, como Roland, una integridad inquebrantable, en otros, como madame Roland, un heroico espíritu de. sacrificio y en otros, finalmente, como Barbaroux, un fogoso entusiasmo. Y no podemos —por lo menos, así me acontece a mí— hablar sin profunda emoción de la espantosa y prematura muerte de madame Roland o del filósofo Condorcet. Pero, con todo ello, no eran los girondinos los hombres de quienes podía el pueblo esperar su redención de la esclavitud social. Que había entre ellos gentes valerosas no puede dudarse ni por un instante, y asimismo debemos conceder que eran sinceros en sus convicciones. Tal vez podamos creer que muchos de ellos cayeron más como inocentes que como culpables, pero refiriéndonos solamente a quienes dieron su vida, pues si hubiésemos de juzgar a todo el partido por los que sobrevivieron al llamádo régimen del terror, tendríamos que llegar a la conclusión de que jamás ha existido una ralea más vil. "Estos girondinos supervivientes ayudaron a destruir la Constitución de 1793, introdujeron la Constitución aristocrática de 1795, se conjuraron con otras fracciones aristocráticas para exterminar a los auténticos republicanos y ayudaron, por último, a poner a Francia bajo el despotismo militar del usurpador Napoleón. (Gritos de protesta.) Ha sido muy ensalzada la elocuencia de los girondinos; pero nosotros, demócratas inconmovibles, no podemos admirarlos simplemente porque fueran elocuentes, pues en ese caso, si obrásemos así, tendríamos que tributar los más altos honores al corrompido y aristocrático Mirabéau. Cuando el pueblo puesto en pie por la libertad, rompiendo las cadenas de catorce siglos de esclavitud, abandonó sus casas para derrotar a los conspira: dores emboscados dentro del país y a los ejércitos invasores concentrados sobre las fronteras necesitó, para vencer, de algo más que de los elocuentes discursos y las sutiles teorías de la Gironda. El grito del pueblo era: “¡Pan, acero e igualdad". (Aplausos.) Pan para sus familias hambrientas, acero contra las cohortes del despotismo, igualdad como meta de su acción y pago de sus sacrificios. (Grandes aplausos.) Los girondinos, en cambio, veían en el pueblo solamente, para decirlo con las palabras de Thomas Carlyle, “masas explosivas buenas para tomar Bastillas”, a las que sé utiliza como instrumento y se trata como a €sclavos. Los girondinos 'oscilaban entre la monarquía y la democracia y trataban eñ' vano de burlar la eterna igualdad por medio de una transacción. Cayeron, y merecían caer. Los abatieron los hombres enérgicos, los barrió el pueblo. Entre las diversas fracciones de la Montaña, sólo considero dignos de mención a Robespierre y sus: amigos. (Grandes aplausos.) La gran masa: de la Montaña la formaban los bandoleros, atentos sólo a arrebatar el botín de la revolución y a quienes nada se les daba del pueblo, que con su trabajo, sus sufrimientos y su: valentía había llevado hacia adelante la revolución. Estos desesperados, después de emplear duránte algún tiempo el lenguaje de los amigos de la igualdad y de luchar al lado de éstos contra los constitucionales y los girondinos, mostraron su verdadera faz de enemigos mortales y: abiertos de la igualdad, tan pronto llegaron al poder. Fue este partido el que derrocó y asesinó a Robespietre y condenó a morir a Saint-Just, Couthon y todos los amigos de aquel legis: lador incorruptible, Y, no contentos con haber exterminado a los amigos de la igualdad, éstos sicarios acumularon contra ellos las más infames calumnias y no tuvieron empacho en acusar a sus víctimas de los crímenes “cometidos por ellos mismos. Bien sé que aún se sigue considerando como de mal gusto no ver en Robespierre un monstruo, pero yo creo que pronto: llegará el día en que se vindicaráñ el carácter y la personalidad de este hombre extraordinario. 'No voy a deificar a Robespierre ni a proclamarlo como un hombre perfecto, pero sí quiero decir que lo tengo por uno de los poquísimos dirigentes revolucionarios del pueblo que conocían y sabían aplicar los medios necesarios: para acabar con la injusticia política y social. (Grandes aplausos.) ”No dispongo de tiempo para hablar del inflexible Marat y de Saint-Just, brillante personificación de la caballerosidad republicana; ni tengo tiempo tampoco para enumerar las excelentes medidas legislativas que caracterizaron el enérgico gobierno de Robespierre. Pero llegará, vuelvo «a decirlo, el día en que se hará justicia a su nombre. (Aflausos.)

"La prueba más firme del verdadero carácter de Robespierre reside, para mí, en el duelo general que por él sintieron los demócratas sinceros que sobrevivieron a su muerte, incluso muchos que, ignorantes de sus intenciones, se habían dejado arrastrar por quienes aceleraron su caída y que luego, cuando ya era tarde, se arrepintieron amargamente de su torpeza. Uno de ellos fue Babeuf, el autor de la famosa conspiración que lleva su nombre. Esta conspiración proponíase como fin implantar una verdadera República de la que quedara desterrado el egoísmo individualista (aplausos), en la que dejaran de existir la propiedad privada y el dinero, fuentes de todos los males (aplausos), en la que la felicidad de todos debería descansar sobre el trabajo común y el mismo disfrute para to: dos. (Grandes aplausos.)

"Estos hombres gloriosos persiguieron su gloriosa meta hasta: la muerte. Babeuf y. Darthé sellaron sus convicciones con su sangre y Buonarroti perseveró a través de años de cárcel, de miseria y de vejez en su defensa de los grandes principios que esta noche venimos a proclamar aquí. Asimismo debo mencionar a los heroicos diputados Romme, Soubrany, Duroy, Duquesnoy y sus com. pañeros, que, condenados a muerte por los traidores aristócratas de la Convención, en presencia y para infamia: de sus asesinos, se dieron la muerte uno a uno, con un solo puñal, transmitido de mano en mano. ”Todo lo anterior es la glosa de la primera parte de nuestro brindis. La segunda parte requiere de mí muy pocas palabras, ya que acerca de ella hablarán mejor que yo los demócratas franceses aquí presentes. "La afirmación de que los principios de la igualdad experimentarán una gloriosa resurrección no puede suscitar la menor duda; en realidad, han resucitado ya, no sólo bajo la forma del republicanismo, sino también bajo la del comunismo, pues toda Francia, según creo saber, se halla cubierta actualmente de sociedades :comunistas; pero dejo el desarrollar este punto a cargo de mi amigo el Dr. Fontaine y de sus compatriotas. No puedo, en cambio, dejar de expresar mi alegría al tener. con nosotros a' tan honorables demócratas. Su voz se encargará de convenceros esta noche de cuán absurdas son las baladronadas del partido belicista francés contra el pueblo de Inglaterra. (Aplausos.) Nosotros, rechazamos con la mayor energía estas antipatías nacionales; despreciamos, sentimos repugnancia por los cebos de barbarie de frases como las de “enemigos naturales”, “enemigos inveterados” y “gloria nacional”. (Grandes aplausos.) Odiamos todas las guerras, con excepción de aquellas que un pueblo se ve obligado a librar contra la opresión interior o la invasión extranjera. (Aplausos.) Más aún, rechazamos la palabra “extranjero', que debe ser desterrada de nuestro diccionario democrático. (Grandes aplausos.) Ya pertenezcamos a la rama inglesa, francesa, italiana o alemana de la familia europea, la joven Europa” debe ser nuestro nombre colectivo, y bajo esta bandera lucharemos en común contra la tiranía y la desigualdad”. (Gran ovación.)

Después que un comunista alemán * hubo entonado la. Marsellesa, se levantó Wilhelm Weitling a pronunciar el segundo brindis: “¡Por la joven-Europa! ¡Por que los demócratas de todas las naciones, desechando para siempre los celos y antipatías nacionales del pasado, se unan en una falange fraternal para acabar con la tiranía y llevar al triunfo en todas partes a la libertad!” Wieitling, aclamado con gran entusiasmo, dio lectura -—por no hablar fluidamente el inglés— al siguiente discurso: “¡Amigos míos! Esta asamblea es un testimonio del sentimiento común que inflama los pechos de todos los hombres, del sentimiento de la fraternidad universal. ¡Sí! Aunque, como consecuencia de nuestra educación, tengamos que £ Joseph Moll.

emplear lenguas distintas para comunicarnos unos a otros este sentimiento común, aunque el intercambio de este sentimiento se vea entorpecido por las diferencias de idioma y aunque nuestros enemigos comunes empleen y manejen miles de prejuicios para alzar obstáculos ante una mejor inteligencia, ante la fraternidad general, nada ni nadie, a pesar de todos los obstáculos, podrá desarraigar este poderoso y amoroso sentimentalismo (aplausos), este sentimiento que acerca a quien sufre a sus hermanos de sufrimiento y a quien lucha por un mundo mejor a sus hermanos de lucha. (Aplausos.) También fueron herma- "nos nuestros de lucha aquellos hombres cuya revolución festejamos aquí esta noche; también ellos obraron movidos por los mismos sentimientos que aquí nos reúnen y que tal vez un día nos llevarán a nosotros a una lucha semejante y esperemos que victoriosa. (Grandes aplausos.)

»En los tiempos agitados, cuando corren grave peligro los privilegios de nuestros enemigos interiores, éstos se apresuran a exportar nuestros prejuicios más allá de las fronteras de nuestra patria natural y hacernos creer que las gentes que viven al otro lado de ellas son contrarias a nuestros intereses comunes. ¡Tremendo fraude! Si nos paramos a pensar tranquilamente en ello, enseguida nos damos cuenta de que nuestros más cercanos enemigos están entre nosotros misios, en nuestro propio seno (Voces de “¡Así es!” y aplausos.) No es al enemigo de fuera a quien debemos temer; este pobre enemigo es tratado igual que nosotros; lo mismo que nosotros, tiene que trabajar para miles de granujas ociosos; y al igual que nosotros, echa mano de las armas contra cualquier sociedad humana, sencillamente porque le obligan a ello el hambre y la ley, porque a ello le empujan sus pasiones, alimentadas por la ignorancia. Quienes dominan a las naciones nos dicen que nuestros hermanos son crueles y rapaces; pero nadie más rapaz que quienes nos gobiernan, quienes nos adiestran en el manejo de las armas y nos incitan a la guerra y nos empujan a ella en defensa de sus propios privilegios. (Aplausos.) ¿O acaso son nuestros intereses comunes los que imponen la guerra? ¿Es acaso interés de las ovejas verse empujadas por los lobos a desgarrarse en lucha contra otras ovejas dirigidas también por lobos? (Grandes aplausos.)

"No; ellos mismos son muestros más rapaces enemigos, ellos, que nos han arrebatado todo lo que era nuestro, para disiparlo en sus placeres y en sus ocios. (Aplausos.) Nos han arrebatado lo nuestro, pues todo lo que ellos derrochan es fruto de nuestro trabajo y debiera pertenecer a quienes lo producen, a sus mujeres y a sus hijos, a sus ancianos y sus enfermos. (Grandes aplausos.) Pero, ved cómo todo nos es robado por su astucia, para entregarlo a una banda de ociosos devoradores de los bienes ajenos. (Aplausos.) ¿Acaso es posible que el enemigo extranjero nos despoje de más de lo que nos arrebatan nuestros propios enemigos de fronteras adentro? ¿Acaso es posible que nuestro pueblo sea todavía más asesinado por extranjeros de lo que lo es por nuestras implacables gentes adineradas, que nos roban con sus juegos de bolsa, sus tráficos de moneda y sus especulaciones, con su sistema monetario y sus bancarrotas, sus monopolios, sus rentas eclesiásticas y territoriales, que nos arrebatan por todos esos medios lo indispensable para satisfacer las necesidades de nuestra vida y causan la muerte de millones de hermanos trabajadores nuestros, a quienes no dejan ni siquiera patatas bastantes para que no se mueran de hambre? (Grandes aplausos.) ”¿No está, por tanto, bastante claro que quienes lo son todo gracias al dinero y sin el dinero no serían nada son los verdaderos enemigos de los trabajadores en todos los países y que no hay entre todos los hombres más enemigos del género humano que los enemigos de quienes trabajan? (Aplausos.) ¿Es posible LA FIESTA DE LAS NACIONES acaso que en tiempo de una guerra política se nos robe y se nos asesine más que ahora, en lo que se llama tiempo de paz? Por tanto, los prejuicios nacionales, el derramamiento de sangre y la rapiña son atizados simplemente en gracia a la gloria guerrera. ¿Qué podemos nosotros salir ganando con esa estúpida gloria? (Aplausos.) ¿Qué tenemos nosotros que ver con eso, si a ello se oponen nuestros intereses y nuestros mejores sentimientos? (Aplausos.) ¿No somos nosotros quienes pagamos las costas de ellos? (Aplausos.) ¿No tenemos que trabajar y desangramos para eso? (Nuevos aplausos.) ¿Qué interés podemos nosotros tener en todos esos despojos de territorios y derramamientos de sangre, como no sea el de volver las armas, para dirigirlas contra la aristocracia de todas las naciones, incubadora del robo y el asesinato? (Gran ovación.) ”Es esta aristocracia y solamente ella, siempre la misma, la que roba y asesina sistemáticamente. Los pobres no son más que sus instrumentos forzados e ignorantes, reclutados del seno de cada nación, los que más se nutren de prejuicios nacionales, quienes querrían ver a todas las demás naciones sojuzgadas por la suya. Pero, traedlos a estas asambleas y veréis cómo se entienden, cómo se dan la mano. Si antes de darse una batalla los amigos de la libertad pudieran hablar ante las filas de sus hermanos, éstos no pelearían; antes al contrario, se abrazarían como lo que son, como hermanos. ¡Oh, si pudiéramos celebrar una asamblea como ésta en pleno campo de batalla, qué pronto acabaríamos con todos los intereses sanguinarios y vampirescos que nos oprimen y nos desangran! (Grandes aplausos.) Tales son, amigos míos, las expresiones de ese sentimiento universal cuya llama, condensada en el foco de la fraternidad general, enciende un fuego de entusiasmo que no tardará en hacer que se derritan todas las montañas de hielo que durante tanto tiempo se han interpuesto entre los brazos de los hermanos,” (Weitling volvió a su asiento bajo una atronadora ovación.) Hizo luego uso de la palabra el Dr. Berrier-Fontaine, viejo republicano, que se había destacado ya en la Société des droits de Phommes en los primeros años del régimen burgués, en París, que se vio encartado en el proceso de abril de 1834,27 evadiéndose en 1835 de la cárcel de Santa Pelagia con el resto de los acusados (véase la Historia de los diez años, de Louis Blanc) y que más tarde siguió militando en el partido revolucionario de Francia y mantuvo relaciones amistosas con el Padre Cabet. También este orador fue recibido con grandes aplausos. He aquí sus palabras: “¡Ciudadanos! Mi discurso será necesariamente breve, pues hablo muy mal el inglés. Me produce una indescriptible satisfacción ver que los demócratas ingleses aclaman a la República francesa. Me siento de todo corazón identificado con los nobles sentimientos expresados aquí por el señor Julian Harney. Puedo aseguraros que el pueblo francés jamás ha pensado en considerar al pueblo inglés como enemigo suyo. Si algunos periodistas franceses escriben contra el gobierno inglés, sus palabras no van dirigidas contra el pueblo de Inglaterra. El gobierno inglés es odiado en toda Europa porque no es el gobierno de Inglaterra, sino el de la aristocracia inglesa. (Áflausos.) Los demócratas franceses, lejos de sentirse enemigos del pueblo inglés, quieren por el contrario confraternizar con él. (Grandes aplausos.) Los republicanos de Francia no han luchado por Francia solamente, sino por toda la humanidad; aspiraban a implantar la igualg Sociedad de los derechos del hombre. dad y difundir sus beneficios por el mundo entero. (Grandes aplausos.) Declaraban a todos los hombres hermanos suyos y luchaban solamente contra los aristócratas de otras naciones. (Aplausos.) Puedo aseguraros, ciudadanos, que los principios de la igualdad han resucitado ya a una nueva vida. El comunismo avanza en toda Francia con pasos agigantados, Asociaciones comunistas se ex tienden por todo el país, y confío en que pronto podremos asistir a una gran confederación de los demócratas de todas las naciones, para asegurar el triunfo del comunismo republicano a todo lo largo y todo lo ancho de Europa.” (Una gran ovación tubricó las últimas palabras del Dr. Fontaine.) Después de acompañar el brindis a la “joven Europa” con tres sonoros vivas y “un viva más”, se brindó por Thomas Paine, por los demócratas caídos de todos los países y después por los de' Inglaterra, Escocia e Irlanda, por los cartistas deportados Frost, Williams, Jones y Ellis y por "O'Connor, Duncombe y los demás propagandistas de la “Carta del Pueblo” y, finalmente, se dedicaron tres vivas al Northern Star. Se ento. naron cantos democráticos en todos los idiomas (el único que no aparece es el alemán) y se puso fin a la fiesta dentro: del espíritu. más fraternal. He aquí una asamblea de más de mil demócratas de casi todas las naciones europeas, que se congregaron para festejar un. acontecimiento ajeno, al parecer, al comunismo: la fundación de la República francesa. No se había establecido convenio alguno para reunir determinado público, y nada parecía indicar que en los discursos fuera a decirse nada que no encajara en lo que los cartistas de Londres entienden por demo. cracia. Podemos, pues, suponer que la mayoría de los reunidos representaba bastante bien a la masa de los proletarios cartistas londinen. ses. Pues bien, ésta asamblea adoptó, como se ha visto, los principios comunistas y aclamó el nombre del comunismo con unánime entusias. mo. Esta reunión del cartismo fue una fiesta comunista y los propios ingleses reconocen que “hacía años que no se veía en Londres un entusiasmo' como el que reinó en esta velada”. ¿Acaso no tengo razón, pues, al afirmar que la democracia es, hoy día, el comunismo?

F. Engels.