Artículos para The New Moral World por Frederick Engels, 1845

Rápidos progresos del comunismo en Alemania

The New Moral World No. 46, 10 de mayo de 1845

III

Estimado señor:

Habiendo estado imposibilitado, por algún tiempo y por ciertas causas, de escribirle sobre el estado de los asuntos en Alemania, prosigo ahora mis informes, esperando que interesarán a sus lectores y se sucederán con menos interrupción que hasta ahora. Me complace poder decirle que estamos haciendo los mismos rápidos y constantes progresos que hacíamos hasta mi último informe. Desde la última vez que le escribí, el gobierno prusiano ha considerado peligroso seguir apoyando las «Asociaciones para el beneficio de las clases trabajadoras». Han comprobado que en todas partes estas asociaciones se contagiaban de algo parecido al comunismo, y por ello han hecho todo cuanto estaba en su poder para suprimir, o al menos obstruir, el progreso de dichas asociaciones. Por otra parte, la mayoría de los miembros de esas sociedades, compuesta por burgueses, se hallaba completamente desorientada en cuanto a las medidas que podía adoptar para beneficiar a los trabajadores. Todas sus medidas —cajas de ahorro, primas y premios para los mejores obreros y cosas por el estilo— fueron inmediatamente demostradas por los comunistas como inútiles y expuestas a la risa pública. Así, la intención de la burguesía de engañar a las clases trabajadoras mediante la hipocresía y una filantropía fingida ha sido totalmente frustrada; y a nosotros nos brindó una oportunidad bastante rara en un país de gobierno policíaco patriarcal: de modo que las molestias del asunto han recaído sobre el gobierno y los hombres acaudalados, mientras nosotros hemos obtenido todo el provecho.

Pero no sólo se aprovecharon estas reuniones para la agitación comunista: en Elberfeld, centro del distrito manufacturero de la Prusia renana, se celebraron reuniones comunistas regulares. Los comunistas de esta ciudad fueron invitados por algunos de los ciudadanos más respetables a discutir sus principios con ellos. La primera de estas reuniones tuvo lugar en febrero y tuvo un carácter más privado. Asistieron entre cuarenta y cincuenta personas, entre ellas el fiscal general del distrito y otros miembros de los tribunales de justicia, así como representantes de casi todas las principales casas comerciales y fabriles. El Dr. Hess, cuyo nombre he tenido más de una vez ocasión de mencionar en sus columnas, abrió los debates proponiendo como presidente al señor Koettgen, comunista, a lo cual no se opuso nadie. A continuación, el Dr. Hess pronunció una conferencia sobre el estado actual de la sociedad y la necesidad de abandonar el viejo sistema de competencia, al que calificó de sistema de robo descarado. La conferencia fue acogida con muchos aplausos (la mayoría del auditorio era comunista); después de lo cual el señor Frederick Engels (que hace algún tiempo publicó en sus columnas algunos artículos sobre el comunismo continental) habló extensamente sobre la viabilidad y las ventajas del sistema de la Comunidad. También dio algunos pormenores sobre las colonias americanas y su propio establecimiento de Harmony, en apoyo de sus afirmaciones. Tras esto tuvo lugar una discusión muy animada, en la que defendieron el punto de vista comunista los oradores mencionados y varios otros; mientras que la oposición fue sostenida por el fiscal general, el Dr. Benedix, hombre de letras, y algunos más. La sesión, que comenzó hacia las nueve de la noche, se prolongó hasta la una de la madrugada.

La segunda reunión tuvo lugar una semana después, en el amplio salón del primer hotel de la ciudad. La sala estaba llena de los «respetables» del lugar. El señor Koettgen, presidente de la anterior reunión, leyó algunas observaciones sobre el estado y las perspectivas futuras de la sociedad, tal como las imaginan los comunistas, tras lo cual el señor Engels pronunció un discurso en el que demostró (como puede deducirse del hecho de que no se ofreció ni una palabra en respuesta) que el actual estado de Alemania era tal que no podía sino producir, en muy breve tiempo, una revolución social; que esta revolución inminente no podía ser conjurada mediante ninguna medida posible para fomentar el comercio y la industria manufacturera; y que el único medio para impedir semejante revolución —una revolución más terrible que cualquiera de las meras subversiones de la historia pasada— era la introducción y la preparación del sistema de la Comunidad. La discusión, en la que tomaron parte, por el lado comunista, algunos caballeros del foro que habían venido desde Colonia y Düsseldorf con ese propósito, fue de nuevo muy animada y se prolongó hasta pasada la medianoche. También se leyeron algunas poesías comunistas del Dr. Müller de Düsseldorf, que estaba presente.

Una semana después tuvo lugar una tercera reunión, en la que el Dr. Hess volvió a disertar y, además, se leyeron de un texto impreso algunos pormenores sobre las comunidades americanas. La discusión se repitió antes de la clausura de la reunión.

Algunos días más tarde se difundió por la ciudad el rumor de que la policía disolvería la próxima reunión y se arrestaría a los oradores. El alcalde de Elberfeld, en efecto, se presentó al dueño del hotel y amenazó con retirarle la licencia si en el futuro se permitían reuniones semejantes en su casa. Los comunistas se comunicaron de inmediato con el alcalde acerca del asunto y recibieron, el día anterior a la siguiente reunión, una circular dirigida a los señores Hess, Engels y Koettgen, en la que el gobierno provincial, con una tremenda profusión de citas de leyes antiguas y escritas, declaraba ilegales dichas reuniones y amenazaba con «ponerles fin por la fuerza» si no se abandonaban. La reunión tuvo lugar el sábado siguiente; el alcalde y el fiscal general (que había estado ausente tras la primera reunión) se presentaron, respaldados por una tropa de policías armados llegados por ferrocarril desde Düsseldorf. Naturalmente, en tales circunstancias no se pronunciaron discursos públicos: la reunión se ocupó de bistecs y vino, y no dio a la policía ningún pretexto para intervenir.

Estas medidas, sin embargo, no pudieron sino servir a nuestra causa: quienes aún no habían oído hablar del asunto se veían ahora inducidos a pedir información al respecto, por la importancia que le atribuía el gobierno; y muchos de los que habían asistido a la discusión ignorantes o burlándose de nuestras propuestas, regresaron a casa con un mayor respeto por el comunismo. Este respeto fue en parte producido también por la respetable manera en que fue representado nuestro partido; casi todas las familias patricias y acaudaladas de la ciudad tenían a uno de sus miembros o parientes presentes en la gran mesa ocupada por los comunistas. En resumen, el efecto que estas reuniones produjeron en el ánimo público de todo el distrito fabril fue realmente admirable; y pocos días después quienes habían defendido públicamente nuestra causa se vieron asediados por un gran número de personas que pedían libros y periódicos para hacerse una idea de todo el sistema. Tenemos entendido que próximamente se publicará la totalidad de las actas.

En cuanto a la literatura comunista, se ha manifestado una gran actividad en este ramo de la agitación. El público literalmente anhela información: devora todos los libros que se publican en esta línea. El Dr. Püttmann ha publicado una colección de ensayos, que contiene un excelente trabajo del Dr. Hess sobre la miseria de la sociedad moderna y los medios de remediarla; una descripción detallada del penoso estado de los trabajadores de Silesia, con una historia de los disturbios de la primavera pasada; otros artículos descriptivos del estado de la sociedad en Alemania; y, por último, un relato de las comunidades americanas y de Harmony (a partir de las cartas del señor Finch y de la de «Uno que ha silbado tras el arado»), por F. Engels. El libro, aunque perseguido por el gobierno prusiano, ha tenido una rápida venta en todas partes. Se han fundado varias publicaciones periódicas mensuales: el Westphalian Steamboat, publicado en Bielefeld por Lüning, que contiene ensayos populares sobre socialismo e informes sobre el estado de los trabajadores; el People’s Journal de Colonia, con una tendencia socialista más decidida; y el Gesellschaftsspiegel (Mirror of Society), en Elberfeld, del Dr. Hess, fundado expresamente para la publicación de hechos característicos del estado actual de la sociedad y para la defensa de los derechos de las clases trabajadoras. También se ha fundado una revista trimestral, la Rheinische Jahrbücher (Rhenish Annals), del Dr. Püttmann; el primer número se halla ya en prensa y será publicado en breve.

Por otra parte, se ha declarado la guerra a aquellos filósofos alemanes que se niegan a sacar consecuencias prácticas de sus meras teorías y sostienen que el hombre no tiene otra cosa que hacer que especular sobre cuestiones metafísicas. Los señores Marx y Engels han publicado una refutación detallada de los principios defendidos por B. Bauer; y los señores Hess y Bürgers están ocupados en refutar la teoría de M. Stirner: — Bauer y Stirner son los representantes de las últimas consecuencias de la filosofía alemana abstracta y, por tanto, los únicos adversarios filosóficos importantes del socialismo —o mejor dicho, del comunismo, ya que en este país la palabra socialismo no significa sino las diversas, vagas, indefinidas e indefinibles imaginaciones de quienes ven que es preciso hacer algo y, sin embargo, no pueden decidirse a recorrer todo el camino del sistema de la Comunidad.

Se hallan también en prensa la Crítica de la política y de la economía política del Dr. Marx; La situación de las clases trabajadoras en Gran Bretaña del señor F. Engels; Anecdota, o una colección de artículos sobre el comunismo; y dentro de pocos días se iniciará una traducción de las mejores obras francesas e inglesas sobre el tema de la reforma social.

A consecuencia del miserable estado político de Alemania y de los procedimientos arbitrarios de sus gobiernos patriarcales, apenas hay oportunidad de otra cosa que no sea una conexión literaria entre los comunistas de las distintas localidades. Las publicaciones periódicas, principalmente los Rheinische Jahrbücher, ofrecen un centro para quienes, por medio de la prensa, defienden el comunismo. Los viajeros mantienen cierta conexión, pero esto es todo. Las asociaciones son ilegales, e incluso la correspondencia es insegura, ya que los «gabinetes secretos» han desplegado últimamente una inusitada actividad. De esta manera, sólo por los periódicos hemos recibido noticias de la existencia de dos asociaciones comunistas en Posen y en las montañas de Silesia. Se dice que en Posen, capital de la Polonia prusiana, un grupo de jóvenes se había constituido en sociedad secreta, basada en principios comunistas y con la intención de apoderarse de la ciudad; que el complot fue descubierto y su ejecución impedida: eso es todo lo que sabemos del asunto. Sin embargo, es seguro que han sido arrestados muchísimos jóvenes de familias aristocráticas y acaudaladas polacas; que desde entonces (hace más de dos meses) todos los puestos de guardia han sido duplicados y provistos de cartuchos con bala; y que dos jóvenes (de 12 y 19 años respectivamente), los hermanos Rymarkiewicz, han desaparecido y las autoridades aún no los han capturado. Gran número de los prisioneros son jóvenes de entre 12 y 20 años. La otra pretendida conspiración, en las montañas de Silesia, se dice que fue muy extensa y también con fines comunistas: se informa que pretendían tomar la fortaleza de Schweidnitz, ocupar toda la cordillera y, desde allí, hacer un llamamiento a los sufridos trabajadores de toda Alemania. Hasta qué punto esto es verdad, nadie es capaz de juzgarlo; pero en esa desdichada región también se han efectuado arrestos basados en las declaraciones de un espía de la policía; y un rico fabricante, el señor Schlöffel, ha sido trasladado a Berlín, donde ahora se halla bajo proceso, como supuesto jefe de la conspiración.

Las asociaciones de comunistas alemanes de las clases trabajadoras en Suiza, Francia e Inglaterra continúan muy activas; aunque en Francia y en algunas partes de Suiza tienen mucho que sufrir por parte de la policía. Los periódicos anuncian que unos sesenta miembros de la asociación comunista de Ginebra han sido expulsados de la ciudad y del cantón. A. Becker, uno de los más inteligentes comunistas suizos, ha publicado una conferencia pronunciada en Lausana, titulada «¿Qué quieren los comunistas?», que pertenece a lo mejor y más vigoroso de este género que conocemos. Me atrevo a decir que merecería una traducción al inglés, y me alegraría que alguno de sus lectores estuviera suficientemente familiarizado con la lengua alemana para emprenderla. Se trata, por supuesto, sólo de un pequeño folleto.

Espero continuar mis informes de vez en cuando, y quedo, etc.

Un viejo amigo suyo en Alemania

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