UNA CORRESPONDENCIA DE 1843 ?

M<arx> a R<uge>
A bordo de la barcaza para D., marzo de 1843

Me encuentro de viaje en Holanda. A juzgar por los periódicos
holandeses y franceses, Alemania se está haciendo el hazmerreír de todos
y lo va a ser aún más. Le aseguro que, por muy poco orgullo nacional
que se tenga, la vergüenza nacional se siente hasta en Holanda. Incluso
el último holandés es un ciudadano comparado con el primero de los
alemanes. ¡Y qué juicios los de los extranjeros sobre el gobierno
prusiano! La unanimidad es espantosa, nadie se hace ya ilusiones sobre
este sistema y su simple carácter. De modo que la nueva escuela ha
valido al fin para algo. El manto de gala liberal ha caído al suelo y el
despotismo más repugnante se halla expuesto en toda su desnudez ante
los ojos del mundo.

También esto es una revelación, si bien inversa. Es una verdad que
al menos nos confronta con la vaciedad de nuestro patriotismo y la mons-
truosidad de nuestro régimen político, y nos enseña a cubrirnos la cara
<de vergiienza>. Usted me va a preguntar con una sonrisa: ¿Y qué

2. El primer número de los Anuarios Francoalemanes se abre con un artículo
de Arnold Ruge, «Plan de los Anuarios Francoalemanes», al que sigue «Una
correspondencia de 1843». Esta correspondencia consta de 3 cartas de Marx —<que
serán las reproducidas a continuación—, 1 de Bakunin, 1 de Feuerbach y 3 cartas
de Ruge, a quien como figura central va dirigida toda la correspondencia, Las dos
primeras cartas de Marx a Ruge sirven ya para indicar la diferencia fundamental
que les separaba. Aún mayor es esta diferencia, si se compara el programa conte-
nido en la 3.* carta de Marx (especialmente infra, pág. 172) con el desarrollo en el
Plan de Ruge. El texto de las cartas de Ruge, Bakunin y Feuerbach es accesible en
castellano en la edición de J. M. Bravo, Karl Marx, A. Ruge. Los Anales francoale-
manes, Barcelona, 1970. En nuestra edición serán citados sólo algunos pasajes más
importantes de esas cartas.

12. — OME 5

hemos ganado con esto? Para una revolución no basta con la vergüenza.
Yo le respondo: la vergüenza es ya una revolución, es realmente la vic-
toria de la Revolución francesa sobre el patriotismo alemán que le
venció en 1813. La vergüenza es una forma de ira, ira contenida. Y si una
nación entera se avergonzara realmente, sería como un león replegándose
para saltar. Le reconozco que en Alemania ni siquiera hay vergúenza; al
contrario, estos miserables son aún patriotas. Pero ¿qué otro sistema iba
a poder arrancarles el patriotismo del cuerpo, de no ser el ridículo patrio-
tismo del nuevo caballero? ? Para éste la comedia del despotismo, que
representa con nosotros, es tan peligrosa, como lo fue en su tiempo
para los Estuardos y Borbones la tragedia.* E incluso si durante mucho
tiempo no se viese lo que es esta comedia, en cualquier caso sería ya
una revolución. El Estado es una cosa demasiado seria, como para que
se pueda hacer de él una arlequinada. Quizá se pudiera llevar un buen
rato a la deriva un barco de locos; pero no escaparía a su destino,
precisamente porque los locos no lo creerían. Ese destino es la revo-
lución, que se encuentra a nuestras puertas.

M<arx> a R<uge>
Colonia, mayo de 1843 *

Su carta, mi querido amigo, es una buena elegía, un treno que
corta la respiración; pero no tiene absolutamente nada de político.
Nunca desespera un pueblo; y, aunque su espera se basase por mucho

3. El «nuevo caballero» es Federico Guillermo IV de Prusia. En el artículo
programático que abría los Anuarios, Ruge se refería ampliamente a él y a Luis 1
de Baviera como el último intento posible de apuntalar románticamente el des-
potismo burocrático. En los artículos del ¡Adelante! Marx vuelve sobre la figura
de Federico Guillermo IV (infra, págs. 246-249).

4. El 18 de Brumario comienza con las palabras: «Hegel dice en alguna parte
que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal se producen,
como si dijéramos, dos veces. Pero se olvidó de agregar: una vez como tragedia y
otra vez como farsa». (En realidad la idea de que lo trágico se repite como co-
media, es bien hegeliana: Fenomenología, VII, B, c.) Otra vez, infra, pág. 213.

5. A la carta anterior de Marx, Ruge había contestado polémicamente en sus-
tancia: «Su carta es una ilusión. Su valentía lo único que hace es desmoralizarme
cada vez más. ¿Así que vamos a tener una revolución política? ¿Nosotros, los coe-
táneos de esos alemanes? Amigo mío, usted cree lo que desea». «Reprócheme, si no
actúo mejor que los demás ... hábleme con aspereza; estoy resignado. Nuestro
pueblo carece de futuro.» (Ed. J. M. Bravo, págs. 46-47, 50.) La siguiente carta
de Marx responde sobre todo al último punto.

tiempo en la pura estupidez, al fin llegará tras muchos años el día en
que una súbita inteligencia haga realidad todos sus piadosos deseos.

Y con todo me ha contagiado usted. Su tema no se halla aún ago-
tado; voy a tratar de añadirle el último movimiento y, una vez termi-
nado, tiéndame la mano para volver a empezar ambos de nuevo. Dejad
que los muertos entierren y lloren a sus muertos. En cambio es envi-
diable ser los primeros que gusten en la Tierra la nueva vida. Que ésta
sea nuestra suerte.

Es cierto, el mundo viejo pertenece al filisteo. Pero no debemos
retroceder asustados ante este espantapájaros. Al contrario, tenemos
que mirarle fijamente a los ojos. Vale la pena estudiar a este señor
del mundo.

Claro que el señor del mundo sólo lo es como los gusanos, que
llenan un cadáver con su sociedad. La de estos señores no necesita por
tanto más que una serie de esclavos, y tampoco los propietarios tienen
por qué ser libres. Las tierras y la gente que poseen les dan el nombre
de señores en sentido eminente; pero no por eso son menos filisteos
que sus hombres.

Hombre debería significar ser racional; hombre libre debería signi-
ficar republicano. Esos superburgueses no quieren ser ninguna. de ambas
cosas. ¿Qué pueden aún ser y querer?

Lo que quieren, vivir y multiplicarse (y según Goethe nadie alcanza
a más), lo quieren también los animales. Lo único que a lo sumo añadiría
aún un político alemán es que el hombre además sabe que lo quiere,
y que el alemán es tan juicioso como para no querer ya nada más.

Habría que comenzar por volver a encender en el pecho de estos
hombres la consciencia de sí, la libertad. Sólo este sentimiento, desa-
parecido con los griegos y evaporado por el cristianismo en el azul del.
cielo, puede volver a convertir la sociedad en una comunidad de hom-
bres con el más alto de los fines: un Estado democrático.

En cambio los hombres que no se sienten tales se les multiplican a
sus señores como una cría de esclavos o una yeguada. El linaje de los
señores es el fin de toda esta sociedad. A ellos les pertenece este mundo,
que toman como es y se siente. También a sí mismos se toman como

6. Los estudiantes alemanes —en el siglo xvi sobre todo teólogos y por
tanto fieles israclitas— llamaban a sus caseros «filisteos». El contraste entre la ju-
ventud, tocada de ideología liberal, y los estamentos tradicionales era entonces es-
pecialmente fuerte. Desde entonces la palabra «Philister» quedó como sinónimo
de archiburgués estamentario («Spiessbúrger»), pacato y reaccionario. (El gran in-
dustrial y banquero burgués apenas era aún una figura dominante.)

son quedándose plantados allí donde les crecieron los pies: sobre los
pescuezos de estos animales políticos, ignaros de toda otra condición
que la de ser «sumisos, amables y dóciles».

El mundo filisteo es el mundo animal de la política.” Y si tuviésemos
que reconocer como legítima su existencia, no nos quedaría otro reme-
dio que dar simplemente la razón al statu quo. Siglos de barbarie lo han
producido y desarrollado hasta su estado actual como un sistema conse-
cuente, cuyo principio es el mundo deshumanizado.* Por consiguiente
el más perfecto de los mundos filisteos, nuestra Alemania, tenía eviden-
temente que hallarse muy retrasado con respecto a la Revolución fran-
cesa, que reinstauró al hombre. Y un nuevo Aristóteles alemán, que
estuviese dispuesto a basarse en nuestra situación para escribir su
<«>Política<»>, tendría que encabezarla con la sentencia: «El
hombre es un animal social, pero completamente apolítico». En cuanto
al Estado, no podría explicarlo mejor que lo ha hecho ya el señor Zópfl,
autor del «Derecho político constitucional en Alemania». Según él se
trata de una «asociación de familias», que —seguimos nosotros—
pertenece por herencia y título propio a una familia suprema, llamada
dinastía. Cuanto más prolíficas se muestren las familias, tanto más feliz
la gente, tanto mayor el Estado, tanto más poderosa la dinastía. De ahí
también que en un despotismo corriente, como es el de Prusia, el sép-
timo hijo sea premiado con cien táleros imperiales.

Los alemanes son realistas tan sensatos, que sus deseos y pensa-
mientos más audaces nunca van más allá de la pura subsistencia. Esta
realidad, y ninguna otra, es la que aceptan sus señores. También éstos
son realistas. Se encuentran muy lejos de todo lo que sea pensar y de
toda grandeza humana, oficiales corrientes y terratenientes; pero no se
equivocan, tal y como son tienen razón, se bastan por completo para
explotar y dominar este mundo animal (dominación y explotación son
un solo concepto aquí como en todas partes). Y, cuando reciben el home-
naje de sus súbditos o dejan vagar su mirada sobre ese mar de cabezas
sin cerebro, ¿qué se les va a ocurrir más que el pensamiento de Napoleón
a la orilla del Beresina? Según se cuenta, exclamó ante su acompañante
señalando el hervidero de los que se ahogaban: «Voyez ces crapauds!»
Esta noticia malintencionada seguramente es una mentira; pero no por

7. La Crítica de la filosofía del estado de Hegel ha desarrollado el sentido
del calificativo «animal» en política (cfr. supra, pág. 103) Con un giro seme-
jante Hegel había hablado en la Fenomenología (V,cja) del «reino animal del es-
píritu».

8. Cfr. supra, págs. 102, 123, 127-128.

eso deja de ser verdad. El despotismo no tiene otro pensamiento que el
desprecio del hombre, la deshumanización del hombre; un pensamiento
que tiene sobre otros muchos la ventaja de ser a la vez un hecho.
El déspota siempre ve a los hombres envilecidos, ahogándose ante sus
ojos y por él en el fango de la vida vulgar; un fango en el que constan-
temente se reproducen como las ranas. Si esta idea se impone incluso a
hombres capaces de grandes fines, como Napoleón antes de que le diese
su locura dinástica, ¿cómo iba a ser idealista en esta realidad un rey
vulgar y corriente?

La monarquía no tiene otro principio que el hombre deshumanizado,
y despreciable. Y Montesquieu está muy equivocado, cuando hace del
honor ese principio. Con su distinción entre monarquía, despotismo y
tiranía sale del paso. Pero éstos no son más que nombres de u» concepto,
a lo sumo una diversidad de costumbres bajo el mismo principio. Allí
donde el principio monárquico se halla en la mayoría, los hombres se
encuentran en la minoría; donde se halla por encima de toda duda, no
hay hombres. ¿Por qué un hombre como el rey de Prusia —que no tiene
por qué sentirse problemático— no va a seguir simplemente su capricho?
¿Y qué pasará si lo hace? ¿Planes contradictorios? Bueno, pues no se
hace nada. ¿Impotencia de las diversas orientaciones? Así como así
no hay otra realidad política. ¿El ridículo y los apuros? No hay más
que un ridículo y un apuro: tener que descender del trono. Mientras el
capricho se halle en su sitio, tendrá razón. Ya puede ser tan voluble,
atolondrado, despreciable como se quiera; siempre bastará para gober-
nar a un pueblo que nunca ha conocido otra ley que el arbitrio de sus
reyes. Esto no quiere decir que un sistema descabellado y el desprestigio
dentro y fuera carezcan de consecuencias, no seré yo quien garantice
el barco de los locos; pero lo que sí aseguro es: el rey de Prusia será
un hombre de su tiempo, hasta que el mundo al revés deje de ser el
mundo real.

Usted sabe que sigo de cerca la trayectoria de este hombre <, Fede-
rico Guillermo IV>. Ya entonces, cuando no disponía aún de otro
Órgano que el «Semanario político de Berlín», me di cuenta de su valor
y naturaleza. Ya cuando el homenaje de pleitesía en Königsberg con-
firmó mi sospecha de que en él todo iba a ser una cuestión puramente
personal. Su corazón y su ánimo los proclamó como la futura Constitu-
ción del patrimonio Prusia, su Estado; y realmente en Prusia el rey es el
sistema. Él es la única persona política. Su personalidad determina
en cualquier caso el sistema. Lo que haga o le hagan hacer, lo que
piense o lo que se dice que ha dicho, es lo que hace o piensa el Estado

en Prusia. De modo que realmente es de agradecer que el actual rey lo
haya declarado sin rodeos.

Sólo en un punto se estuvo equivocado un cierto tiempo: en la
importancia que se dio a los deseos y pensamientos que pudiera mani-
festar el rey. Éstos no iban a cambiar en nada las cosas; el filisteo es el
material de que está hecha la monarquía y el monarca no será nunca
más que el rey de los filisteos. Mientras ambas partes sigan siendo lo
que son, el rey no podrá convertirse ni a sí mismo ni a su gente en
hombres libres, reales.

El rey de Prusia ha intentado transformar el sistema con una teoría
que, ciertamente, su padre <, Federico Guillermo 111,> no tuvo en
esa forma. Es sabida la suerte que ha corrido el intento. El fracaso ha
sido total. Muy lógico. Una vez que se ha alcanzado el mundo animal
de la política, ya se ha llegado al tope de la reacción y no hay otro
avance posible que abandonar su base para pasar al mundo humano de
la democracia.

El rey viejo no quería extravagancias. Era un filisteo y no pretendía
ser tenido por una mente cultivada. Sabía que un Estado de lacayos y
propiedad del rey sólo necesita una existencia prosaica y tranquila.
El rey joven era más vivo y despejado; concebía con mucha más grandeza
la omnipotencia del monarca, limitado solamente por su corazón y su
entendimiento. Le asqueaba el Estado rancio y anquilosado de lacayos
y siervos. Quería vivificarle, impregnándole hasta el fondo con sus
deseos, sentimientos e ideas. Y él, en su Estado, podía exigirlo, con
sólo que fuese factible. De ahí sus discursos y efusiones liberales. No la
ley muerta, la plenitud y vida del corazón regio gobernaría a todos sus
súbditos. Todos los corazones y mentes los quería poner en movimiento
para los deseos de su corazón y para sus planes largo tiempo alimentados.
El primer movimiento se produjo. Pero los otros corazones no latieron
como el suyo y los sojuzgados no podían abrir la boca sin hablar de la
supresión de la vieja dominación. Los idealistas, esos desvergonzados
que quieren hacer hombre al hombre, tomaron la palabra y, mientras que
el rey fantaseaba en alemán antiguo, pensaron que podían filosofar en
alemán moderno. Ciertamente esto fue algo inaudito para Prusia. Por un
momento el viejo orden de las cosas pareció resolverse por completo,
más aún las cosas comenzaron a transformarse en hombres y, por más
que en las Cortes esté prohibido mentar nombres, incluso hubo hom-
bres renombrados. Pero ésta era una agitación impropia de alemanes,

que los servidores del antiguo despotismo se encargaron pronto de
sofocar. +

Tampoco fue difícil poner en manifiesto conflicto los deseos del rey
con las intenciones de los idealistas; el primero, enamorado de un gran
pasado lleno de curas, caballeros y siervos; los otros, que no quieren
sino las consecuencias de la Revolución francesa, o sea en última instan-
cia como siempre la república y el orden de la humanidad libre en vez
del de las cosas muertas. Cuando este conflicto ya se había hecho bien
tajante e incómodo y el colérico rey se hallaba lo suficientemente indig-
nado, se presentaron ante él sus servidores, que antes habían llevado
tan fácilmente la marcha de las cosas y le dijeron: el rey no hace bien
en incitar a sus súbditos a palabras inútiles, no podemos gobernar a la
clase de los hombres que hablan. También el Señor de todos los rusos
de atrás <(«Hinterrussen»)> se había inquietado por el movimiento
en las cabezas de los rusos de acá <(«Vorderrussen»)> ? exigiendo la
vuelta a la tranquilidad del antiguo estado de cosas. Y lo que vino fue
una nueva edición de la vieja proscripción de todos los deseos y pensa-
mientos del hombre sobre derechos y deberes humanos, es decir: la
vuelta al rancio y anquilosado Estado de lacayos, en que el esclavo sirve
en silencio y el dueño de la tierra y de la gente no hace más que
dominar en el mayor silencio posible gracias a una servidumbre bien
adiestrada, obediente y silenciosa. Ninguno de los dos puede decir lo
que querría: ni los unos que quieren ser humanos, ni el otro que hom-
bres no le hacen falta en sus tierras. El silencio es por tanto la única
fuente de información. «Muta pecora, prona et ventri oboedientia.»

Tal ha sido el fallido intento de acabar desde dentro con el Estado
del filisteo. Lo que de él ha salido en limpio es la evidencia ante todo
el mundo de que el despotismo necesita la brutalidad y le es imposible
ser humano. Una situación brutal sólo puede sostenerse a base de bruta-
lidad. Y aquí pongo punto final a nuestra común tarea de examinar sin
contemplaciones al filisteo y su Estado. No me va a decir usted ahora
que tengo el presente en demasiada estima; si con todo no desespero
de él, es sólo porque lo desesperado de su misma situación me llena de
esperanza. No me estoy refiriendo, en absoluto, a la incapacidad de los
señores ni a la indolencia de los servidores y súbditos, que dejan que
todo vaya como a Dios le plazca; y sin embargo ya la conjunción de

9. El nombre latino de los prusianos es «Borussi», que Marx lee aquí «Vor-
derrussi»: «vorder» (en alemán ante, de acá), «russi» (rusos); consecuentemente a
los rusos —el pueblo despotizado por excelencia para la tradición ilustrada y anti-
santaaliancista— les llama «Hinterrussi»: «hinter» (detrás, del otro lado, trasero),
«russi». El señor de los rusos-traseros se inquieta por el movimiento entre los
rusos-cabezas. Trasero ruso y cabeza prusiana forman una familia homologable.

estos dos aspectos bastaría para provocar una catástrofe. Sólo quiero
llamarle la atención sobre el hecho de que los enemigos del filisteísmo,
en una palabra todos los hombres que piensan y sufren, han llegado a
un acuerdo para el que antes carecieron absolutamente de medios;
y que incluso el sistema pasivo de reproducción de los antiguos súbditos
está alistando día a día los reclutas que servirán a la nueva humanidad.
Pero todavía más rápido que el aumento de la población, el sistema del
trabajo y el comercio, de la propiedad y la explotación de los hombres
lleva a una ruptura de la sociedad actual, que el antiguo sistema es
incapaz de curar; y es que de curar y producir no sabe nada, sino sólo
existir y consumir. La existencia de la humanidad doliente que piensa y
de la humanidad pensante oprimida no puede ser ni'ingerida ni digerida
por el mundo animal de filisteísmo, que sólo consume pasiva e incons-
cientemente.

Por nuestra parte, tenemos que sacar a la luz del día todo lo que
es el viejo mundo y configurar positivamente el nuevo. Cuanto más
tiempo dejen los acontecimientos a la humanidad pensante para refle-
xionar, y a la humanidad doliente para reunirse,” tanto más perfecto
saldrá a luz el producto que el presente lleva en su seno.

M<arx> a R<uge>,
Kreuznach, septiembre 1843 "

Me alegra verle decidido y con el pensamiento vuelto hacia el
futuro, a una nueva empresa, después de haber estado usted tan retros-

10. Esta primera alusión al proletariado con la paráfrasis «humanidad do-
liente» parece una transcripción sociológica de Feuerbach: «Un ser libre de mi-
seria carece de fundamento. Sólo lo que puede sufrir merece la existencia. Sólo es
divino el ser doliente. Un ser sin dolor es un ser sin ser. Un ser sin dolor se
reduce a un ser sin sentidos, sin materia.» (Feuerbach TIL, pág. 233; Aportes,
pág. 76.) .

11. Tras una brillante correspondencia de Bakunin y Feuerbach Ruge había
escrito a Marx en tono decidido y emprendedor: «La única forma de proceder con
nuestro pasado es romper clara y tajantemente con él ... La filosofía de Hegel
pertenece al pasado. Lo que queremos fundar en París es un órgano con el que
juzgarnos escueta pero inexorablemente a nosotros mismos y a la misma Alema-
nía. Esto es lo único que puede constituir una regeneración real, un principio
nuevo, una nueva toma de postura, una liberación de la burda esencia del nacio-
nalismo y un claro contragolpe a la brutal reacción... Yo me encargaré del aspecto
comercial del asunto, Contamos con usted. Escríbame qué le parece el adjunto
plan del nuevo periódico.» (Ed. J. M. Bravo, pág. 65.)

pectivo. De modo que en París, la vieja maestra de la filosofía —«absit
omen!»— y nueva capital del mundo nuevo. Lo que es necesario, ter-
mina ocurriendo. Por tanto no dudo de que se puedan remontar todas
las dificultades, por más que conozca su peso.

Tenga o no tenga éxito la empresa, en cualquier caso a finales
del presente mes me hallaré en París; aquí hasta el aire que se respira
hace de uno un siervo y en Alemania no veo ninguna posibilidad de
una actividad libre.”

En Alemania todo es reprimido por la fuerza, una verdadera anarquía
del espíritu, el régimen de la idiotez misma ha irrumpido y Zurich obe-
dece las órdenes de Berlín.* Por tanto cada vez está más clara la nece-
sidad de buscar un nuevo centro para las cabezas realmente pensantes
e independientes. Estoy convencido de que nuestro plan responde a una
demanda real y necesidades reales tienen que poder ser satisfechas.
Por tanto no tengo ninguna duda de la empresa, siempre y cuando se
emprenda en setio.

Aún casi mayores que las dificultades externas parecen las dificul-
tades internas: sobre el «de dónde» no hay ninguna duda; pero tanto
mayor es la confusión sobre el «a dónde». No sólo se ha desencadenado
una anarquía general entre los reformadores, sino que todos debemos
confesarnos que carecemos de una idea precisa sobre lo que tiene que
pasar. Por otra parte en esto precisamente consiste la ventaja de la
nueva tendencia; nosotros no anticipamos dogmáticamente el mundo,
sino que queremos encontrar el mundo nuevo a partir de la crítica
del viejo. Hasta ahora los filósofos habían tenido lista en sus pupitres
la solución de todos los enigmas, y el estúpido mundo exotérico no
tenía más que abrir su morro, para que le volasen a la boca las palomas
ya guisadas de la Ciencia absoluta. Ahora la filosofía se ha mundanizado.

12. «La represión contra la G<aceta> R<enana> la veo como un progreso
de la conciencia política y por tanto abandono el asunto. Además la atmósfera se
me había hecho tan irrespirable... ¡Qué malo es tener que hacer servicios de es-
clavo incluso para <conseguir> la libertad y luchar con agujas en vez de con
mazas. Me he cansado de tanta hipocresía, estupidez, autoridad bruta, y de nues-
tras insinuaciones, acomodaciones, guiños y verbalismo. De modo que el gobierno
<, al suprimir la Gaceta Renana, > me ha devuelto la libertad. ... En Alemania
soy incapaz ya de emprender nada. Aquí se falsea uno a sí mismo.» (Carta a
Ruge, 25-1-1843.)

13. En el verano de 1843 habían sido perseguidos en Zurich Wilhelm Weitling
(cfr. infra, pág. 240, nota 7) y sus compañeros, y secuestrados nada más aparecer El
Cristianismo al descubierto de Bruno Bauer (cfr. infra, nota 95, pág. 410) y los 21 plie-
gos desde Suiza, editados por Georg Herwegh (cfr. infra, pág. 178), quien pocos
meses antes había sido expulsado ya de la ciudad.

La demostración más evidente de ello la da la misma conciencia filosófica,
afectada por el tormento de la lucha no sólo externa sino también inter-
namente. No es cosa nuestra la construcción del futuro o de un resul.
tado definitivo para todos los tiempos; pero tanto más claro está en mi
opinión lo que nos toca hacer actualmente: criticar sin contempla-
ciones todo lo que existe; sin contemplaciones en el sentido de que la
crítica no se asuste ni de sus consecuencias ni de entrar en conflicto
con los poderes establecidos.

De ahí que no esté a favor de plantar una bandera dogmática, al
contrario: tenemos que tratar de ayudar a los dogmáticos para que se
den cuenta del sentido de sus tesis. Así, en concreto, el comunismo es
una abstracción dogmática (y no entiendo por comunismo cualquier
comunismo imaginario y posible, sino el comunismo realmente existente,
tal y como lo enseñan Cabet, Dézamy, Weitling, etc.).* Este comunismo
no es en sí mismo más que una variante refinada del principio huma-
nístico, infectada por su antítesis, la realidad privada. Por tanto la
supresión de la propiedad privada y el comunismo no son en modo
alguno idénticos, y no ha sido casual sino necesario el que hayan
brotado otras doctrinas socialistas opuestas, como las de Fourier,
Proudhon, etc.; el mismo comunismo no es sino una forma particular,
parcial de realizar el principio socialista.

En cuanto al principio socialista en su totalidad, no es a su vez
sino un aspecto, referente a la realidad del verdadero ser humano. Con la

14. Cfr. un primer desarrollo de esta idea en forma muy hegeliana, en la
nota 2 de la tesis doctoral de Marx,

15. Marx distingue aquí (con Moses Hess en su artículo Socialismo y comu-
mismo) entre socialismo (de carácter científico) y comunismo (forma ruda e ignara
de socialismo, referida sobre todo a la tradición de Babeuf). Los Manuscritos de
París establecerán además otra segunda forma de comunismo como «humanismo
cumplido» y cabal (infra, pág. 378), y en La ideología alemana (MEW III, pági-
nas 207-211; OME 7) el comunismo, en concreto el de Cabet, es tratado con
simpatía. Por último el Manifiesto del Partido Comunista (1848) se identifica con
el comunismo. 40 años más tarde, en el prólogo de 1888 al Manifiesto, Engels ha
explicado este desplazamiento del sentido de la palabra «comunismo». Según él,
en 1847 una parte de los obreros se había dado cuenta de que no sólo la política
sino la sociedad debían ser revolucionados. «Se trataba de un comunismo aún
basto, sin pulir, puramente instintivo. Pero daba en el clavo y tenía la suficiente
fuerza entre la clase trabajadora como para producir en Francia el comunismo
utópico de Cabet, en Alemania el de Weitling. De modo que en 1847 el socialismo
<-—Louis Blanc, Proudhon—> era un movimiento de la clase media, el comu-
nismo un movimiento de la clase trabajadora. El socialismo era, por lo menos en el
continente, presentable en sociedad; con el comunismo ocurría exactamente lo con-
trario.»

misma razón tenemos que ocuparnos del otro aspecto, de la existencia
teórica del hombre; es decir, que tenemos que someter a nuestra crítica
la religión, la ciencia, etc. Además queremos influir sobre nuestros con-
temporáneos, más precisamente sobre nuestros contemporáneos alemanes.
La cuestión es cómo hacerlo. Dos hechos son innegables: que la religión
por una parte y la política por la otra son los objetos que más interesan
hoy a los alemanes. Con ellas tal y como son es con lo que hay que
por ejemplo < Étienne Cabet> en el Voyage en Icarie.

La razón ha existido siempre; pero no siempre en forma racional.
De modo que el crítico puede empalmar con todas las formas de la
conciencia teórica y práctica, y desarrollar a partir de las propias formas
de la realidad existente una verdadera realidad como imperativo y fin
último. Por lo que toca a la vida real, precisamente el Estado político
— incluso allí donde todavía no cumple conscientemente las exigencias
socialistas— encierra en todas sus formas modernas las exigencias de
la razón. Y no se queda ahí. Supone en todo la razón como realizada.
Pero también se contradice constantemente entre su definición ideal y
sus presupuestos reales."

A partir de este conflicto del Estado político consigo mismo se
puede desarrollar toda la verdad social. Lo mismo que la religión
resúme las luchas teóricas de la Humanidad, el Estado político resume
sus luchas prácticas. O sea, que el Estado político expresa, dentro de los
límites de su forma, «sub specie rei publicae», todas las luchas, apeten-
cias y verdades sociales. Por tanto en modo alguno se halla por debajo
de la «hauteur des principes» el que la crítica verse sobre las cuestiones
políticas más especiales, como la diferencia entre el sistema estamentario
y el representativo; * lo que esta cuestión expresa, sólo que política-
mente, es la diferencia entre la preponderancia del hombre y la de la
propiedad privada. Es decir, que el crítico no sólo puede, sino que debe
abordar estas cuestiones políticas (cuestiones que en opinión de los
socialistas radicales se hallan por debajo de toda dignidad). Al desa-
rrollar la superioridad del sistema representativo sobre el estamentario,
el crítico interesa prácticamente a un gran partido <, el liberal>.
Al elevar el sistema representativo de su forma política a su forma
general, haciendo valer su verdadero significado de fondo, obliga además

16. El manuscrito de Kreuznach había desarrollado extensamente esta idea,
acusando a la dialéctica de Hegel de acomodar los «presupuestos reales» a la
«definición ideal» (supra, págs. 48-50, 70, 77, 79-80, 95).

17. Cfr. supra, págs. 56-57, 76-157.

a este partido a superarse a sí mismo, ya que su victoria significa a
la vez su desaparición.

Nada nos impide por tanto ni basar nuestra crítica en la crítica
de la política, en la toma política de partido, o sea en luchas reales, ni
identificarla con ellas. De modo que no nos enfrentamos al mundo
doctrinariamente con un principio nuevo: ¡Aquí está la verdad! ¡De
ródillas! Nosotros, partiendo de los principios del mundo, desarro-
llamos ante sus ojos nuevos principios. No le decimos: deja tu lucha,
es sólo una estupidez; nosotros tenemos la verdadera consigna de la
lucha. Sólo le mostramos por qué lucha propiamente; y la conciencia
es algo que tiene que asumir, por más que se resista.

La reforma de la conciencia consiste sólo en hacer al mundo cons-
ciente de su propia conciencia, en conseguir que despierte de los sueños
que se hace sobre sí mismo, en explicarle sus propias acciones. Nuestro
objetivo se reduce a que las cuestiones religiosas y políticas tomen la
forma humana de la consciencia de sí. Así lo ha hecho ya Feuerbach
en su crítica de la religión.”

Nuestro lema será por tanto: reforma de la conciencia no mediante
dogmas sino por el análisis de la conciencia mística, confusa para sí
misma, sea en forma religiosa o política. Lo que se mostrará es que el
mundo posee hace tiempo el sueño de algo que sólo necesita ser cons-
ciente para ser poseído realmente. Lo que se* mostrará es que no se
trata de hacer cruz y raya con el pasado, sino de realizar sus pensa-
mientos. Lo que se mostrará finalmente es que la Humanidad no está
empezando un nuevo trabajo, sino acabando conscientemente su antiguo
trabajo.

La tendencia de nuestra revista la podemos resumir por tanto así:
que nuestro tiempo llegue a entenderse a sí mismo en sus luchas y
deseos (filosofía crítica). Es un trabajo por el mundo y por nosotros y

18. La fe en la fuerza de las ideas, entonces general, no era sólo cosa del
idealismo alemán o de la tradición ilustrada, representada dentro del «socialismo»
por Fourier; también la compartían desde luego Feuerbach, aquí citado, y Moses
Hess. Pero en éstos la idea es (conforme a la tradición del idealismo alemán)
«acción» intelectual. Ella es la matriz de toda la realidad y por consiguiente el
mismo mundo económico cosificado es reducido expresamente a la acción humana.
Como decía Hess al final de la Filosofía de la acción (un texto bien conocido por
Marx), «la propiedad material es la consciencia del Espíritu convertida en idea
cosificada. El Espíritu no comprende espiritualmente el trabajo, la elaboración, la
proyección exterior de sí mismo, como su libre acción, como su propia vida, sino
como algo materialmente distinto». Los Manuscritos de París, al encontrar el tra-
bajo como realidad verdadera de la propiedad privada, precisarán, desidealizándola
potencialmente, esta idea de Hess. (Cfr. infra, págs. 347-348, 370-374.)

_ a 3 N

MO a a ARA

sólo puede ser obra de una unión de fuerzas, Se trata de una confesión
y nada más. Para que a la Humanidad le sean perdonados sus pecados,
le basta con llamarlos por su nombre.