LA SITUACIÓN EN INGLATERRA "* El siglo xvi [Vorwárts!, núm. 70, 31 de agosto de 1844]

En apariencia, el siglo de la revolución ha pasado de largo por Inglaterra, sin producir grandes cambios en este país. Mientras en el conti. nente se derrumbaba todo el viejo mundo y una guerra mantenida a lo largo de veinticinco años purificaba la atmósfera de Europa, en Inglaterra todo seguía tranquilo y no se sentían amenazados ni el Estado ni la Iglesia. Y, sin embargo, desde mediados del siglo pasado Inglaterra ha sufrido una conmoción más grande que ningún otro país, conmoción tanto más fecunda en resultados cuanto más silenciosamente ha discurrido y que, por ello mismo, alcanzará sus metas prácticas, probablemente, antes que la revolución política francesa o la revolución filosófica alemana. La revolución inglesa es una revolución social, lo que quiere decir que tiene mayor amplitud y cala más hondo que cualquier otra. Ningún campo del conocimiento humano y de las relaciones humanas de vida, por alejado que se halle, ha dejado de contribuir a esta revolución, la cual, a su vez, le ha asignado el nuevo lugar que le corresponde. La revolución social es, cabalmente, la verdadera revolución, en la que necesariamente habrán de desembocar la revolución política y la filosófica. Pues bien, esta revolución social está en marcha en Inglaterra desde hace ya setenta u ochenta años y en camino ahora con rápi. do paso hacia su crisis.

El siglo xvi fue la aglutinación, la reunión de la humanidad, :saliendo de la dispersión y el aislamiento en que la había sumido el cristianismo; fue el penúltimo paso hacia el conocimiento y la liberación de la humanidad por sí misma, paso, sin embargo, que precisamente pol ser el penúltimo, se vio atado unilateralmente por la contradicción. El siglo xvi resumió los resultados de la historia anterior, que hasta entonces sólo se había manifestado aisladamente y bajo una forma for. tuita, y desarrolló su necesidad y su trabazón interna. Se ordenaron, clasificaron y agruparon por sus nexos causales los innumerables datos del conocimiento, hasta ahora confundidos y revueltos; el saber se convirtió en ciencia y las ciencias fueron aproximándose a su perfección; €s decir, se enlazaron de una parte con la filosofía y de otra parte con la práctica. Hasta el siglo xvi, no había existido ninguna ciencia propiamente dicha; el conocimiento de la naturaleza cobró forma científica a [209]

partir del siglo xvi, y en algunas ramas, unos cuantos años antes, Newton creó la astronomía científica gracias a la ley de la gravitación, la óptica científica surgió por medio de la refracción de la luz, la matemática científica nació gracias al principio del binomio y a la teoría del infinito, y la ciencia de la mecánica debió su nacimiento al conocimiento de la naturaleza de las fuerzas. Fue también en el siglo xv cuando asumió carácter científico la física; la química fue creada por Black, Lavoisier y Priestley; *1% la geografía se elevó a ciencia al determinarse la forma de la tierra y al emprenderse una serie de viajes, que ahora sí aportaron una indudable utilidad científica. Y otro tanto aconteció con la historia natural, gracias a Buffon y Linneo; y hasta la geología comenzó a salir poco a poco del torbellino de las hipótesis más o menos imaginativas en que se estaba hundiendo.

La idea de la Enciplopedia fue muy característica del siglo xvi. Obedecía a la conciencia de que todas estas ciencias se hallaban relacionadas entre sí, pero todavía no era capaz de establecer los enlaces necesarios, razón por la cual se limitaba a colocarlas las unas al lado de las otras, en una simple yuxtaposición. Lo mismo ocurre con la historia. Aparecen por vez primera las compilaciones de historia universal en numerosos volúmenes, de las que se hallan aún ausentes-la crítica y, sobre todo, la filosofía, pero que son ya, a pesar de todo, obras de historia universal, y no simples fragmentos de historia geográfica y cronológicamente limitados. La política se erigió sobre fundamentos humanos y la economía política fue reformada por Adam Smith. La cúspide de la ciencia del si. glo xvur fue el materialismo, el primer sistema de filosofía de la naturaleza y el corolario de aquella consumación de las ciencias naturales. La lucha contra la subjetividad abstracta del cristianismo empujó a la filo. sofía del siglo xvi hacia el polo de la unilateralidad contraria; a la subjetividad se contrapuso la objetividad, al espíritu la naturaleza, al espiritualismo el materialismo, a lo individual abstracto lo general abstracco, la sustancia. El siglo xvi fue el renacimiento del espíritu antiguo frente al espíritu cristiano. Renacieron el materialismo y la república, la filosofía y la política del mundo antiguo, y los franceses, representantes del principio antiguo dentro del cristianismo, se adueñaron por largo tiempo de la iniciativa histórica, Por tanto, el siglo xvim no resolvió la gran contradicción implícita en la historia desde sus comienzos y cuyo desarrollo es la historia misma: la contradicción entre sustancia y sujeto, naturaleza y espíritu, necesidad y libertad; pero sí hizo que se enfrentaran en toda su crudeza y perfectamente desarrollados los dos términos de la antítesis, lo que sentaba la necesidad de su superación. La consecuencia de este claro desarrollo final de la antítesis fue la revolución general, que se distribuyó entre las diversas nacionalidades y cuya inminente consumación será, al mismo tiempo, la superación de la antítesis de toda la historia anterior. Los alemanes, pueblo cristiano-espiritualista, vivieron una revolución filosófica; los franceses, el pueblo antiguo-materialista y, por tanto, político, tuvieron que llevar a cabo por la vía política la revolución; los ingleses, cuya nacionalidad es una mezcla de elementos alemanes y franceses, que albergan, por consiguiente, los dos términos de la antítesis, siendo por ello mismo más universales que cualquiera de los dos factores por separado, se han visto arrastrados, por tanto, a una revolución más universal, a una revolución social. Todo lo cual requerirá mayores explicaciones, ya que, hasta ahora, apenas ha sido tratada en nuestra filosofía de la historia la posición de las nacionalidades, por lo menos en la época moderna. Creo que puede darse por sentado que Alemania, Francia e Inglaterra son los tres países dirigentes de la historia contemporánea; y asimismo es evidente o se demostrará a su tiempo que los alemanes representan el principio cristiano-espiritualista, y los franceses el antiguo-materialista o, dicho en otros términos, que los primeros representan la religión y la Iglesia y los segundos la política y el Estado; lo que los ingleses representan en la historia moderna salta menos a la vista, pero es lo que más interesa para nuestros fines actuales, La nación inglesa fue integrada por germanos y romanos en una época en que ambas naciones se sepa. raban la una de la otra y apenas comenzaban a desarrollarse cada una de ellas en torno a uno de los dos términos de la antítesis. Los elementos germánicos y románicos se desarrollaron paralelamente, formando a la postre una nacionalidad que presenta las dos unilateralidades tajan. tes. El idealismo germánico pudo desarrollarse tan libremente, que incluso se trocó en su reverso, en la exterioridad abstracta; la posibilidad todavía legal de vender a las mujeres y los niños y el espíritu comercial de los ingleses en general deben, indudablemente, imputarse al elemento germánico. También el materialismo románico se trocó, a su vez, en el idealismo abstracto, en la interioridad y religiosidad; de ahí el fenómeno de la persistencia del catolicismo románico dentro del protestantismo germánico, la Iglesia de Estado, el papismo de los príncipes y el modo absolutamente católico de despachar la religión con formalidades. El carácter de la nacionalidad inglesa es la contradicción no resuelta, la mezcla de los más bruscos contrastes. Los ingleses son el pueblo más religioso de la tierra, y al mismo tiempo el más irreligioso; se torturan más que cualquier otra nación del mundo con el más allá y, sin embargo, viven como si la vida terrenal fuese para ellos lo uno y el todo; su perspectiva celestial no les impide en modo alguno creer a pie juntillas en el “infierno de quienes no ganan dinero”. De ahí la eterna inquietud interior de los ingleses que es el sentimiento de su incapacidad para resolver la contradicción y que los impulsa por sí mismos a la actividad. El sentimiento de la contradicción es la fuente de la energía, pero de una energía que se limita a exteriorizarse, y este sentimiento de la contradicción fue la fuente de la colonización, de la navegación, de la industria y, en general, de la enorme actividad práctica de los ingleses. Esta incapacidad para resolver la contradicción discurre a lo largo de toda la filosofía inglesa y la empuja al empirismo y el escepticismo. Por el hecho de que Bacon no acertara a resolver con su razón la contradicción de idealismo y realismo, había que considerar a la razón en general incapaz de hacerlo, rechazar en redondo el idealismo y ver en el empirismo el único medio de salvación. Y de la misma fuente brota la crítica de la capacidad de conocimiento del hombre y la corriente psicológica en la que se ha movido exclusivamente, desde el primer momento, la filosofía inglesa y que, por último, después de todos los intentos fallidos para resolver la contradicción, la da por insoluble, considerando la razón como insuficiente y buscando la tabla de salvación en la fe religiosa o en el empirismo. El escepticismo de Hume sigue siendo todavía hoy, en Inglaterra, la forma de todo filosofar irreligioso. No podemos saber, razona este modo de concebir, si existe o no un Dios; pero, suponiendo que exista, toda comunicación con él es imposible para nosotros, razón por la cual debemos organizar nuestra práctica como si no existiera. No podemos saber si el espíritu es distinto del cuerpo e inmortal; vivamos, pues, como si esta vida fuese la única nuestra y no nos atormentemos con cosas que están por encima de nuestra inteligencia En una palabra, la práctica de este escepticismo es cabalmente el materialismo francés; pero en la teoría metafísica no se remonta nunca sobre la incapacidad de una decisión definitiva.

Pero, como los ingleses llevan en sí los dos elementos que en el continente han desarrollado la historia, se han mostrado capaces de mante. nerse al paso con este movimiento aun sin estar muy en contacto con el continente, e incluso de adelantarse, a veces, a él. La revolución inglesa del siglo xvu fue exactamente el prototipo de la francesa de 1789. En el “Parlamento largo” * se distinguen fácilmente las tres fases que en Francia se manifestaron como la Asamblea constituyente, la Asamblea legislativa y la Convención nacional; el paso de la monarquía constitucional a la democracia, al despotismo militar, a la restauración y a la revolución del justo medio se destaca claramente en la revolución inglesa. Cromwell es Robespierre y Napoleón en una sola persona; los presbi. terianos, los independientes y los levellers?* corresponden a la Gironda, a la Montaña y a los hebertistas y los babevistas; el resultado político es bastante pobre tanto en uno como en otro caso, y todo el paralelismo, que aún podría llevarse más adelante y más a fondo, demuestra de pasada que la revolución religiosa y la irreligiosa, mientras se mantenga en el terreno de lo político, se reducen ambas, a la postre, a uno y lo mismo. Claro está que esta delantera que los ingleses le llevaron al continente no duró mucho tiempo y enseguida se compensó de nuevo; la revolución inglesa acabó en el justo medio y en el agotamiento de ambos partidos, mientras que la francesa aún no ha terminado ni podrá terminar antes de llegar al mismo resultado al que han arribado la revolución filosófica alemana y la revolución social de los ingleses. El carácter nacional inglés se distingue esencialmente tanto del alemán como del francés; lo que le caracteriza es la desesperada imposibilidad de superar la: contradicción y la consiguiente entrega total al a Convocado en 1640 por Carlos I, que durará, con algunos años de intervalo, hasta 1660. b Niveladores.

EL SIGLO XVIHM empirismo. También el puro germanismo ha trocado su abstracta interioridad en exterioridad abstracta, pero esta exterioridad jamás ha perdido el rastro de su origen y se ha mantenido siempre subordinada a la interioridad y al espiritualismo. Los franceses se inclinan también a lo material, a lo empírico; pero, como este empirismo es una tendencia nacional directa, y no la consecuencia secundaria de una conciencia nacional escindida en sí misma, se hace valer de un modo nacional y general, se manifiesta como actividad política. El alemán afirmaba los títulos absolutos de la legitimidad del espiritualismo, razón por la cual trataba de desarrollar los intereses generales de la humanidad en la religión y, más tarde, en la filosofía. El francés contraponía a este espiritualismo el materialismo como absolutamente legítimo y, en consecuencia, adoptaba el Estado como la forma perenne de estos intereses. Pero el inglés no tiene ninguna clase de intereses generales, ni puede hablar de ellos sin poner el dedo en la llaga de la contradicción, desespera de ellos y conoce sólo los intereses individuales. Cierto que esta subjetividad absoluta, esta dispersión de lo general en la multitud de lo individual, es de origen germánico, pero, como ya hemos dicho, se halla separada de su raíz y sólo actúa, por ello de un modo puramente empírico, y es esto cabalmente lo que distingue al empirismo social inglés del empirismo político francés. La actuación de Francia ha sido siempre nacional, conciente desde el primer momento de su totalidad y generali. dad; la de Inglaterra, por el contrario, ha sido la labor de individuos independientes y yuxtapuestos, el movimiento. de átomos inconexos, que rara vez cooperan como un todo, y además, cuando lo hacen, es solamente movidos por intereses individuales, y cuya ausencia de unidad se muestra precisamente ahora a la luz del día enla miseria general y en la fragmentación total.

Dicho en otros términos, solamente Inglaterra tiene una historia social. Sólo en Inglaterra los individuos :en cuanto tales, sin la conciencia de representar principios generales, fomentan el desarrollo nacional y lo llevan hacia su remate. Sólo aquí actúa la masa en cuanto masa, en gracia a sus propios intereses individuales; sólo aquí se han trocado los principios en intereses, antes de haber podido influir sobre la histo. ria. Los franceses y los alemanes van marchando también poco a poco hacia la historia social, pero aún no la tienen. También en el continente ha habido pobreza, miseria y opresión social, aunque esto no ha llegado a influir en el desarrollo nacional; pero la miseria y la pobreza de la clase obrera de la Inglaterra de hoy tienen una significación nacional y, más que eso, histórico-universal. El momento social, en el continente, se halla todavía completamente soterrado bajo el factor político, aún no se ha separado de él, mientras que en Inglaterra el momento político ha ido viéndose paulatinamente superado por el social y puesto al servicio de éste. Toda la política inglesa es, en el fondo, de carácter social y si allí los problemas sociales se manifiestan bajo formas políticas es, simplemente, porque Inglaterra no se ha sobrepuesto aún al Estado, porque tiene que valerse de la política como un recurso necesario, Mientras el Estado y la Iglesia sean las únicas formas bajo las cuales se realizan las determinaciones generales de la esencia humana, no podrá hablarse de historia social. De ahí que ni la Antigiiedad ni la Edad Media pudieran revelar desarrollo social alguno: fue la Reforma, el primer intento, todavía tímido y tosco, de reacción contra la Edad Media, la que produjo el primer viraje social, la transformación de los siervos en trabajadores “libres”. Pero tampoco este viraje ejerció una influencia perdurable sobre el continente, y hasta podemos afirmar que sólo se impuso en él con la revolución del siglo xv11, mientras que en Iñglaterra, gracias a la Reforma, los siervos se convirtieron en los vilains, los bordars, los cottars “17 y, con ellos, en una clase de trabajadores libres, y el siglo:xvir no hizo más que desarrollar las consecuencias de esta transfor. mación. Por qué esto sólo sucedió en Inglaterra, se explica más arriba. [Vorwárts!, núm. 71, 4. de septiembre de 1844]

La Antigiiedad, que aún no sabía nada de los derechos del sujeto y cuya concepción del mundo era toda ella esencialmente abstracta y general, sustancial, no podía por ello mismo existir sin esclavitud. La con. cepción del mundo cristiano-germánica representaba como principio fundamental, frente a la antigiiedad, la subjetividad abstracta, la interioridad, el espiritualismo. Pero'esta subjetividad, precisamente por ser abstracta, unilateral, podía trocarse inmediatamente en su reverso y engendrar, en vez de la libertad del sujeto, su esclavitud. La interioridad abstracta se trocaba, así, en abstracta exterioridad, en la negación y la enajenación del hombre, y la primera consecuencia del nuevo principio era la restauración de la esclavitud bajo una forma distinta, menos escandalosa, pero por ello mismo más hipócrita y más inhumana: la de la servidumbre.

La disolución del sistema feudal, la reforma política, es decir, el reconocimiento aparente de la razón y, por tanto, la consumación real de la sinrazón, abolía aparentemente esta servidumbre, pero en réalidad la convertía en una servidumbre más inhumana y más general que antes. Venía a proclamar, en primer lugar, que en lo sucesivo la humanidad ya no se mantendría en cohesión por medios políticos, es decir, mediante la coacción, sino mediante el interés, es decir, por medios socidles, sentando con este nuevo principio la base para el movimiento social. Pero, aunque con ello negaba al Estado, por otra parte volvía a restaurarlo, devolviéndole el contenido hasta ahora usurpado por la iglesia e imprimiendo con ello un. nuevo desarrollo al Estado a lo largo de la Edad Media nulo y privado de contenido. De las ruinas del feudalismo emergía así el Estado cristiano, que era la consumación de la situación cristiana del mundo, en su aspecto político; mediante la elevación del interés a principio general, esta situación cristiana del mundo se consumó en otro aspecto. En efecto, el interés es esencialmente subjetivo, egoísta, interés individual y, en cuanto tal, la cúspide suprema del principio cristiano-germánico de la subjetividad y la individualización. La consecuencia de la elevación del interés a nexo de la humanidad es, necesariamente, mientras el interés siga siendo, cabalmente, un interés directamente subjetivo y sencillamente egoísta, la dispersión general, la concentración de los individuos en sí mismos, el aislamiento, la conversión de la humanidad en un montón de átomos que se repelen los unos a los otros; y esta individualización es, a su vez, la consumación del estado cristiano del mundo. Pero, mientras permanezca en pie la enajenación fundamental, la propiedad privada, el interés tiene que seguir siendo, necesariamente, el interés individual y su dominación se impondrá por fuerza como la dominación de la propiedad. La disolución de la servidumbre feudal hizo del “pago al contado el único nexo de la humanidad”. De este modo se entroniza la propiedad, el elemento natural, carente de espíritu, frente al elemento humano y espiritual; y, en última instancia, para llevar a cabo esta enajenación, se erige en dueño y señor del mundo al dinero, la abstracción vacua y enajenada de la propiedad. El hombre deja de ser esclavo del hombre y se convierte en esclavo de la cosa; se consuma la inversión de las relaciones humanas; la servidumbre del moderno mundo de los traficantes, la venalidad desarrollada, universal y “perfecta, es más inhumana y más vasta que la servidumbre de la gleba del feudalismo; la prostitución resulta más inmoral y más bestial que el jus primae noctis.* El estado cristiano del mundo no puede llevarse ya más allá; no tiene más remedio que derrumbarse y dejar el puesto a un estado humano y racional. El Estado cristiano no es más que la última forma posible de manifestarse el Estado en general, con la cual tiene necesariamente que desaparecer el Estado en cuanto tal. La disolución de la humanidad en una masa de átomos aislados y que se repelen entre sí representa ya de por sí la destrucción de todo interés corporativo, nacional y particular y el último paso necesario hacia la libre y espontánea asociación de la humanidad. La consumación de la enajenación en el imperio del dinero representa un paso inevitable, si el hombre ha de recobrarse, como está ya ahora a punto de hacerlo, En Inglaterra, la revolución social ha llevado ya tan allá estas conse. cuencias de la disolución del sistema feudal, que la crisis llamada a destruir el orden cristiano del mundo no puede estar ya lejana; más aún, que es posible predecirlo con precisión, si no en años y cuantitativamente, sí de un modo cualitativo; en efecto, esta crisis deberá producirse tan pronto como se deroguen las leyes sobre el trigo y se implante la Carta del Pueblo,"* es decir, tan pronto como la aristocracia de la mobleza sea desplazada por la aristocracia del dinero y ésta, a su vez, sea derrotada por la democracia de los trabajadores.

Los siglos xvi y xvir habían sentado todas las premisas de la revolución social, disuelto la Edad Media, establecido el protestantismo soe Derecho de pernada, cial, político y religioso, creado las colonias, la potencia marítima y el comercio de Inglaterra y dado vida, junto a la aristocracia, a una ascendente y ya bastante poderosa clase media. Después de los trastornos del siglo xvr1, las relaciones sociales fueron plasmándose y adquiriendo la forma fija que conservarían hasta los años de 1780 o 1790. Había entonces tres clases de terratenientes: los terratenientes nobles, que eran todavía la única aristocracia intacta del reino, la cual arrendaba sus fincas parceladas y consumía sus rentas en Londres o viajando; los terratenientes no nobles o country gentlemen “ adornados generalmente con el título de squires,* que vivían en sus fincas, en el campo, arrendaban sus tierras y disfrutaban así frente a sus arrendatarios y a los demás habitantes de la comarca de la superioridad aristocrática que en las ciudades se les negaba por razón de su descendencia plebeya, su falta de cultura y su carácter aldeano. Esta clase ha desaparecido totalmente, en la actualidad. Han pasado a la historia los viejos squires que descollaban con patriarcal autoridad entre los labradores de la comarca y que desempeñaban las funciones de consejeros y jueces de paz, todo en una pieza; sus descendientes se llaman la aristocracia inglesa sin título, rivalizan en cuanto a cultura y refinamiento, derro. che y talante aristocrático con la nobleza, que no les lleva ya mucha ventaja, y lo único que les liga a sus toscos y rústicos antepasados es la propiedad de la tierra.

La tercera clase de terratenientes eran los yeomen, propietarios de pequeñas parcelas, cultivadas por ellos mismos, generalmente a la buena de Dios, es decir, a la vieja y descuidada manera de sus ascendientes. También esta clase ha desaparecido de Inglaterra; la revolución social se ha encargado de expropiarla, dándose así la curiosa circunstancia de que, por los mismos años en que en Francia se parcelaba por la fuerza la gran propiedad, en Inglaterra la gran propiedad de la tierra atrajera y devorara las parcelas. Junto a los yeomen aparecían los pequeños arrendatarios, que, por lo general, además de cultivar la tierra se dedicaban a la industria doméstica textil, también estos elementos han desapare. cido de la Inglaterra de hoy; actualmente, casi toda la tierra se halla reunida en pocas y grandes fincas y se arrienda así. La competencia de los grandes arrendatarios ha desplazado del mercado y empobrecido a los pequeños arrendatarios y a los yeomen, convirtiéndolos en jornaleros agrícolas y tejedores dependiendo de un salario y engrosando con ellos las masas cuya afluencia hace crecer las ciudades con tan asombrosa rapidez.

Así, pues, en otro tiempo los campesinos llevaban una vida tranquila y apacible, una vida honrada y llena de temor de Dios; vivían sin grandes cuidados, pero, al mismo tiempo, sin moverse mucho, sin intereses generales, sin cultura, sin actividades espirituales; se hallaban todavía en la etapa prehistórica. Y la situación de las ciudades tampoco difería gran cosa de esto. Solamente Londres era un importante centro comercial; de Liverpool, Hull, Bristol, Manchester, Birmingham, Leeds y d Gentlemen rurales, e Caballeros.

Glasgow apenas si valía la pena hablar. Las principales ramas industriales, la de hilados y la de tejidos, tenían casi siempre su asiento en el campo o, por lo menos, fuera de las ciudades, en sus alrededores. La fabricación de objetos de metal y la alfarería no habían superado aún la fase artesanal de desarrollo. En estas condiciones, ¿qué vida podía haber en las ciudades? La insuperable simplicidad del sistema electoral eximía a los ciudadanos de toda preocupación política; las gentes eran, nominalmente, whigs o tories, pero sabían perfectamente que, en el fondo, resultaba indiferente que fuesen una cosa u otra, ya que carecían de derecho a votar. Pequeños comerciantes, tenderos y artesanos integraban la vecindad de las ciudades y llevaban la conocida vida de los pequeños vecinos, que tan inconcebible resulta para los ingleses de hoy. Las minas apenas se explotaban todavía; los yacimientos de hierro, cobre y cinc aguardaban tranquilos bajo tierra y el carbón sólo se empleaba para fines domésticos. En una palabra, Inglaterra se hallaba todavía, en aquel entonces, en la misma situación, bastante mala, por cierto, en que todavía se hallan actualmente la mayor parte de Francia y sobre todo Alemania, en un estado de apatía antediluviana hacia todo lo que fuese interés general y espiritual; en la infancia social, en la que no se conocen todavía la sociedad, ni la vida, ni la conciencia, ni la actividad. Este estado de cosas es de facto la continuación del feudalismo y de la ausencia medieval de todo pensamiento y sólo se le supera al aparecer el moderno feudalismo, con la división de la sociedad en poseedores y desposeídos. El continente se halla todavía, como hemos dicho, profun. damente sumido en este estado de cosas; los ingleses lucharon contra él desde hace ochenta años y lo superaron desde hace cuarenta, Y si la civilización es una cuestión de práctica, una cualidad social, no cabe duda de que los ingleses son el pueblo más civilizado del mundo. En 1760 subió al gobierno Jorge TI, expulsó a los whigs, que habían gobernado casi ininterrumpidamente desde Jorge 1 y que, por esta razón, como es natural, habían gobernado de un modo absolutamente conservador, y sentó las bases para el monopolio de los tories, que viene durando desde 1830, El gobierno recobró con ello su verdad interior; en una época políticamente conservadora de Inglaterra, era absolutamente justo que gobernase el partido conservador. El movimiento social absorbió a partir de ahora las fuerzas de la nación y relegó a segundo plano el interés político; más aún, lo destruyó, pues desde ahora toda política interior no es más que socialismo recatado, la forma que revisten los problemas sociales para hacerse valer de un modo general, nacional. En 1763 comenzó el Dr. James Watt, de Greenock, a ocuparse de la construcción de la máquina de vapor, a la que dio cima en 1768. En 1763, mediante la introducción de principios científicos, sentó Josiah Wedgwood las bases para la alfarería inglesa. Gracias a sus esfuer. zos se transformó en una zona industrial —las potteries— una faja yerma de territorio en Staffordshire, que en la actualidad ocupa a 60 000 personas y que ha desempeñado importantísimo papel en el movimiento político-social de los últimos años.

En 1764 inventó James Hargreaves, en Lancashire, la spinning-jenny, una máquina que, movida por un solo obrero, permite a éste hilar dieci. seis veces más cantidad de algodón que el viejo artefacto de rueda, En 1768, un barbero de Preston, en Lancashire, Richard Arkwright, inventó la spinning-throstle, la primera máquina de hilar, calculada ya desde el primer momento para ser movida por la fuerza mecánica. Esta máquina producía el llamado water-twist, o sea el torzal empleado como cadeneta para tejer.

En 1776 inventó Samuel Crompton en Bolton, Lancashire, la spinningmule, mediante la combinación de los principios mecánicos empleados en la jenny y en la throstle. La mule, al igual que la jenny, hila el muletwist, es decir, lo que sirve de materia prima al tejedor; las tres máquinas indicadas se destinan a trabajar el algodón. En 1787 inventó el Dr. Cartwright el telar mecánico, el cual, sin embargo, habría de sufrir aún varios perfeccionamientos, hasta que, por último, pudo ponerse en práctica en 1801. : Estos inventos estimularon el movimiento social. Su consecuencia inmediata fue el nacimiento de la industria inglesa, comenzando por la elaboración industrial del algodón. La jenny abarató la producción de la hebra y la ampliación del mercado que esto hizo posible; imprimió su primer impulso a la industria; pero, no obstante esto, apenas afectó al aspecto social, al modo de explotación de la industria. Fueron los mecanismos de Arkwright y Crompton y la máquina de vapor de Watt los que pusieron en marcha el movimiento, los que crearon el movimiento fabril. Surgieron primeramente pequeñas fábricas movidas por caballos o por la fuerza hidráulica, que no tardaron en ser desplazadas por otras mayores, impulsadas por agua o por vapor. La primera hilandería a vapor fue instalada en Nottinghamshire por Watt, en 1785; vinieron luego otras, y el nuevo sistema no tardó en generalizarse. La extensión de la industria de hilados a vapor, como todas las demás' reformas industriales simultáneas y posteriores, se llevó a cabo con enorme rapidez. La:importación de algodón en rama, que en 1770 no había pasado de cinco millones de libras al año, ascendió a 54 millones de libras (en 1800) y a 360 millones en 1836. El telar de vapor se puso en práctica ahora e imprimió nuevo impulso al progreso industrial; todas las máquinas experimentaron innumerables pequeños perfeccionamientos, muy importantes en su conjunto, y cada nuevo perfeccionamiento ejercía favorable influjo sobre la extensión de todo el sistema industrial. Fueron revolucionadas todas las ramas de la industria al. godonera; el estampado progresó enormemente gracias al empleo de auxiliares mecánicos y, al mismo tiempo, mediante el empleo de los colo. rantes y el blanqueado, como consecuencia de los progresos de la quí. mica; la fabricación de tejidos de punto se vio arrastrada también por el torrente vertiginoso; desde 1809 comenzaron a fabricarse por medio de máquinas tejidos finos de algodón, tul, encajes, etc. No dispongo aquí de espacio para seguir detalladamente, a través de su historia, los progresos de la industria algodonera; me limitaré a indicar los resultados, que son realmente impresionantes, si los comparamos con lo que era la industria antediluviana, con sus 4 millones de libras de algodón, su rueda de hilar y su cardadora y su telar manuales, En 1833 se elaboraron en el reino británico 10 264 millones de madejas de torzal, con una longitud que equivale a más de 5000 millones de millas de longitud, y se estamparon 350 millones de varas de telas de algodón; funcionaron 1 300 fábricas de hilados y tejidos de algodón, en las que trabajaban 237 000 operarios de la industria textil; se hallaban en funcionamiento más de 9 millones de husos, 100000 telares a va. por y 240000 movidos a mano, 33000 telares de tejido de punto y 3 500 máquinas de bovineta; 33 000 caballos de fuerza de vapor y 11 000 de fuerza hidráulica sirvieron de fuerza motriz para la elaboración del algodón y como millón y medio de personas vivían, directa o indirecta. mente, de esta rama industrial, Lancashire se nutre exclusivamente y Lanarkshire en su mayor parte del trabajo de hilar y tejer algodón; Not. tinghamshire, Derbyshire y Leicestershire son los principales centros de las ramas secundarias de esta industria. Desde 1801 se ha multiplicado por ocho la cantidad de mercancías de algodón exportadas; el volumen de las consumidas dentro del país ha aumentado en proporción todavía mayor.

[Vorwárts!, núm. 72, 7 de septiembre de 1844]

El impulso dado a la industria algodonera no tardó en extenderse a las demás ramas industriales. Hasta entonces, la rama principal para ganarse la vida era la industria de la lana; esta industria fue desplazada ahora por la del algodón, pero en vez de disminuir de volumen se extendió también. En 1785 se quedó ociosa, sin trabajar, la lana acumulada du. rante tres años: los hilanderos no podían elaborarla mientras sólo dis. pusieran para ello de la rueca. Empezaron a aplicarse también a la lana con éxito completo después de introducir en ellas algunas modificaciones las máquinas de hilar algodón, y a partir de ahora la industria de la lana experimentó el mismo rápido auge que conocemos de la del algodón. La importación de lana en bruto ascendió de 7 millones de libras (en 1801) a 42 millones (en 1835). En este último año funcionaban 1 300 fábricas de hilados y tejidos de lana, con un total de 71 300 obreros, sin contar una gran masa de tejedores manuales que trabajaban a domicilio y de impresores, tintoreros, blanqueadores, etc., etc., que vi. vían también indirectamente de la industria lanera. Los centros princi. pales de esta rama industrial son el West-Riding de Yorkshire y el “Oc. cidente de Inglaterra” (principalmente, Somumersetshire, Wiltshire, etc.).

La industria del lino tenía antiguamente su centro principal en Trlan. da. A fines del siglo pasado se instalaron, en. Escocia, las primeras fábricas para la elaboración de esta hebra. La maquinaria era todavía, sin embargo, muy rudimentaria; el material oponía dificultades, que reclamaban importantes modificaciones en las máquinas, El primero que las perfeccionó fue el francés Girard (en 1810); pero donde primero adquirieron importancia práctica estos perfeccionamientos fue en Inglaterra. El empleo del telar de vapor al lino vino más tarde, y a partir de este momento se elevó con enorme rapidez la fabricación de telas de lino, a pesar de la competencia que le oponía el algodón. Los puntos centrales eran Leeds en Inglaterra, Dundee en Escocia y Belfast en Irlanda. Solamente Dundee importó en 1814 3000 y en 1834 19000 toneladas de fibra de lino. La exportación de lino de Irlanda, donde todavía se mantienen las actividades textiles a mano al lado de los tela. res movidos a vapor, aumentó de 1800 a 1825 en unos 20 millones de yardas, casi todos los cuales pasaron a Inglaterra, para ser exportados desde aquí; la exportación de todo el reino británico a países extranjeros experimentó de 1820 a 1833 un aumento de 27 millones de yardas; en 1835 funcionaban 347 fábricas de lino, de ellas 170 en Escocia; en ellas trabajaban un total de 33000 obreros, sin contar los numerosos artesanos irlandeses. La industria de la seda comenzó a adquirir importancia en 1824, con la abolición de los gravosos aranceles aduaneros; a partir de entonces se ha duplicado la importación de seda en bruto y el número de fábricas ha auméntado a 266, con un total de 30000 obreros. Los principales centros de esta rama industrial son Cheshire (Macclesfield, Congleton y su comarca), Manchester y, en Escocia, Paisley. La industria del tejido de cintas tiene su centro en Coventry (Warwickshire). Estas cuatro ramas industriales dedicadas a la elaboración de hilados y tejidos experimentaron, así, una revolución total. El trabajo domici. liario fue sustituido por el trabajo colectivo en grandes fábricas; el trabajo manual dejó el puesto a la fuerza motriz del vapor y al funcionamiento de las máquinas. Gracias a la maquinaria, un niño de ocho años podía rendir ahora más que antes veinte hombres adultos; seiscientos mil obreros fabriles, la mitad de los cuales son niños y más de la mitad mujeres, realizan el trabajo de ciento cincuenta millones de trabajadores manuales. Pero todo esto no es más que el inicio de la revolución industrial, Ya hemos visto cómo la tintorería, el estampado y el blanqueado se han extendido mediante los progresos de la industria textil y ayudados por la mecánica y la química. Desde el empleo de la máquina de vapor y del cilindro metálico en la estampación, un solo hombre realiza el trabajo de doscientos, y la aplicación del cloro en vez del oxígeno, en el blanqueado, reduce a un par de horas una operación que antes requería dos meses. De este modo, la influencia de la revolución industrial se extendió a los procesos realizados sobre el producto después de las ope. raciones de hilar y tejer; pero aún fue más importante la repercusión de la nueva industria sobre el material. La máquina de vapor vino a asignar su verdadero valor a los inagotables yacimientos carboníferos de Inglaterra; se pusieron en explotación nuevas minas de hulla y se explotaron con redoblada energía los anteriores, La fabricación de máquinas EL SIGLO XVII! 221 de tejer y de telares fue convirtiéndose cada vez más en una nueva rama industrial, llegando a una perfección no igualada por ninguna otra nación. Las máquinas se fabricaban por medio de máquinas, y una división del trabajo llevada hasta sus últimos detalles permitió alcanzar la precisión y exactitud que acreditan a la maquinaria inglesa. A su vez, la fabricación de maquinaria repercutió sobre la industria extractiva de hierro y de cobre, que aunque recibió su principal impulso de otro lado, no dejó de verse sacudida por el acicate inicial del viraje llevado a cabo por Watt y Arkwright.

Las consecuencias del impulso industrial, una vez recibido, son incalculables. El movimiento de una rama industrial se comunica a todas las demás. Las nuevas fuerzas creadas reclaman, como hemos visto, alimento; la población obrera de nueva creación determina nuevas relaciones de vida y nuevas necesidades. Las ventajas mecánicas de la fabricación reducen el precio del producto y abaratan, por tanto, la satisfacción de las necesidades de la vida, haciendo descender con ello el salario; todos los demás productos pueden adquirirse a menor precio y el mercado para su venta se extiende, como es lógico, en proporción a su abaratamiento. El ejemplo de los recursos mecánicos ventajosamente empleados va imitándose poco a poco en todas las ramas industriales y, al elevarse el nivel de la civilización como inevitable consecuencia de todos los perfeccionamientos industriales, se crean nuevas necesidades, surgen nuevas ramas de fabricación y se introducen, con ello, nuevos perfeccionamientos. La revolución operada en la industria textil del algodón revolucionó necesariamente toda la industria, y si no podemos siempre seguir la aplicación de la fuerza motriz en las ramas más alejadas del sistema industrial, es simplemente por culpa de la escasez de datos estadísticos e históricos. Pero en todas partes vemos comprobado cómo el resorte propulsor del progreso es la introducción de los recursos mecánicos y de los principios científicos, en general. La más importante rama industrial de Inglaterra, después de los hi. lados y tejidos, es la industria metalúrgica. Esta industria tiene sus centros principales en Warwickshire (Birmingham) y Staffordshire (Woverhampton). Pronto se recurrió en esta industria a la fuerza de vapor y, gracias a ella y a la división del trabajo, se han reducido en tres cuartas partes los costos de producción de los artículos de metal. De 1800 a 1835 se ha cuadruplicado la exportación de esta clase de mercancía. En el primero de estos dos años se exportaron 86 000 quintales de artículos de hierro y un volumen igual de géneros de cobre; en el segundo año, la exportación fue de 320000 quintales de mercancías de hierro y 210 000 de artículos de cobre y latón. Y es ahora cuando comienza a cobrar importancia la exportación de hierro en barras y de hierro fundido; en 1800 se exportaron 4 600 toneladas del primero; en 1835 el volumen exportado ascendió a 92000 toneladas en barras y a 14 000 de hierro fundido.

La cuchillería inglesa se fabrica toda en Sheffield. El empleo de la fuerza de vapor, principalmente para afilar y pulir las hojas, la transformación del hierro en acero, que adquiere importancia a partir de ahora, y el método de fundición del acero recién inventado, provocaron también una revolución total en esta industria. Solamente Sheffield consume anualmente 500 000 toneladas de carbón y 12000 toneladas de hierro, de ellas 10 000 de hierro importado del extranjero (principal. mente, de Suecia).

De la segunda mitad del siglo pasado data también el consumo de mercancías de hierro fundido, que en los últimos años ha adquirido la importancia que actualmente tiene. El alumbrado de gas (introducido prácticamente a partir de 1804) ha creado una enorme demanda de tubería de hierro fundido; los ferrocarriles, los puentes, la maquinaria, etc., hán intensificado más aún esta demanda. En 1780 se descubrió el pudelado, o sea la conversión del hierro colado en dulce, por medio del calor y la eliminación del carbono, lo que dio nueva importancia a las minas inglesas de hulla. Hasta entonces, por falta de carbón de leña, los ingleses habían tenido que importar todo el hierro dulce. A partir de 1790 se hicieron a máquina los clavos y desde 1810 los tornillos; en 1760 inventó Huntsman, en Sheffield, la fundición del acero; se crearon máquinas para el estirado del alambre y, en general, se introdujo en toda la industria del hierro y el latón una gran cantidad de nuevas máquinas, fue desplazado el trabajo manual y se implantó, en cuanto lo permitió la naturaleza de la cosa, el sistema fabril. Consecuencia necesaria de todo esto fue la expansión de la minería. Hasta 1788, todo el mineral de hierro se fundía por medio del carbón vegetal, lo que hacía que la extracción de dicho mineral se viese limi. tada por la escasez de combustible. A partir de 1788 se comenzó a emplear cok (carbón azufrado) en vez de carbón de leña, con lo que en seis años se sextuplicó el volumen de la extracción anual de mineral de hierro. En 1740 se extrajeron 17 000 toneladas al año, en 1835 el volumen de extracción era ya de 553000 toneladas. La explotación de las minas de cinc y de cobre se triplicó, desde 1770. Pero, junto a las minas de hierro, las más importantes de Inglaterra son las de hulla. No es posible calcular las proporciones enormes en que se extendió la extracción de carbón de hulla desde mediados del siglo anterior. La gigantesca masa de carbón consumida actualmente por las innumerables máquinas de vapor que trabajan en fábricas y minas, por los hornos de forja, los altos hornos y las fundiciones, así por la calefacción privada, con una población doble de la de antes, no guarda ni la más remota proporción con la cantidad de hulla que se consumía hace unos ochenta o cien años. Sólo la fundición del hierro en bruto consume tres millones de toneladas al año (a razón de veinte quintales la tonelada). La creación de la industria trajo como consecuencia inmediata el mejoramiento de los medios de comunicación. En el siglo pasado, los caminos de Inglaterra eran tan malos como los de cualquier otro país, y lo siguieron siendo hasta que el famoso MacAdam erigió sobre principios científicos la construcción de calzadas, dando con ello un nuevo impulso al progreso de la civilización. De 1818 a 1829 se construyeron en Inglaterra y Gales nuevas calzadas con una extensión total de 1 000 millas inglesas, sin contar los pequeños caminos, trazados o renovados casi todos con arreglo a los principios de MacAdam. Las autoridades encargadas de las obras públicas construyeron en Escocia, desde 1803, más de 1 000 puentes; en Irlanda, se tendieron caminos a través de las vastas extensiones cenagosas del sur, en las que se refugiaba una raza semisalvaje de bandoleros. De este modo, se abrieron al comercio casi todos los rincones del país que hasta ahora permanecían al margen de toda comunicación con el mundo; principalmente, los distritos de Gales de habla celta, las mesetas de Escocia y del sur de Irlanda viéronse obliga. dos así a entrar en contacto con el mundo exterior y a abrir las puertas a la civilización que se les imponía.

En 1755 se abrió en Lancashire el primer canal digno de mención; en 1759, comenzó el duque de Bridgewater a horadar su canal de Worsley a Manchester. Desde entonces, se han construido canales con una longitud total de 2 200 millas; además de estos canales, Inglaterra cuenta con 1800 millas de ríos navegables, la mayor parte de los cuales han sido abiertos a la navegación en los últimos tiempos. Desde 1807 se emplea la fuerza de vapor para mover los barcos, y el primer vapor británico (1811) ha ido seguido por la construcción de otras 600 unidades del mismo tipo. En 1835 entraban y salían en los puertos británicos hasta 550 barcos movidos a vapor, El primer ferrocarril público se construyó en 1801, en Surrey, pero este nuevo medio de comunicación no llegó a imponer su importancia hasta la apertura de la línea de Liverpool a Manchester (en 1830). Seis años más tarde, funcionaban ya 680. millas inglesas de ferrocarriles y cuatro grandes líneas, las de Londres a Birmingham, Bristol y Southampton y la de Birmingham a Manchester y Liverpool. Desde entonces, la red ferroviaria se ha extendido a toda Inglaterra; Londres es el nudo de nueve líneas de ferrocarril y en Manchester confluyen cinco.f Esta revolución operada en la industria inglesa sirve de base a todas las relaciones modernas de Inglaterra y es la fuerza propulsora de todo el movimiento social. Su primera consecuencia ha sido, como veíamos más arriba, colocar el interés por encima de los hombres, señoreándolos. El interés se ha adueñado de las fuerzas industriales de nueva creación, y las explota para sus' propios fines; por la ingerencia de la propiedad privada, estas fuerzas que en justicia pertenecen a la humanidad, se convierten en monopolio de unos cuantos capitalistas ricos y en medio de sojuzgamiento de la masa. El comercio se ha hecho cargo de la industria, convirtiéndose con ello en todopoderoso y en lazo de la humanidad; todas las relaciones personales y nacionales han sido absorbidas por las relaciones comerciales y, lo que tanto vale, la propiedad, la cosa, se ha erigido en dueña y señora del mundo. 1 Los anteriores datos estadísticos han sido tomados, en su mayoría, de la obra Progress of the Nation [““Progreso de la nación””] de G, Porter, funcionario del Board of Trade [Departamento de Comercio] en el gobierno whig, y también de fuentes oficiales, [Vorwárts!, núm. “73, 11 de septimbre de 1844]

El imperio de la propiedad necesariamente tenía que volverse ante todo contra el Estado y disolverlo o, por lo menos, ya que no puede prescindir de él, minarlo. Adam Smith comenzó esta obra de socavamiento simul. táneamente con la revolución industrial, al publicar en 1776 su Investigación sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones, creando con ello la ciencia de las finanzas. Hasta él, la ciencia financiera era exclusivamente nacional; la economía política era simplemente una rama del Estado, supeditada como tal a éste; Adam Smith puso el cosmopolitismo al servicio de los fines nacionales y elevó la economía política a naturaleza y meta del Estado. Redujo la política, los partidos, la religión, todo, a categorías económicas, reconociendo con ello la propiedad como la esencia y el enriquecimiento como el fin del Estado. De otra parte, William Godwin (en su obra Political Justice, 1793) 18 apoyó el sistema político republicano, estableció al mismo tiempo que Bentham el principio de la utilidad, con lo que se llevó a sus legítimas consecuencias el postulado republicano que dice Salus publica suprema lex,2 y atacó a la esencia misma del Estado con su afirmación de que el Estado es un mal. Godwin concibe todavía el principio utilitario, en términos completamente generales, como el deber del ciudadano de vivir solamente en función al bien general, despreciando todo interés individual; Bentham, por el contrario, desarrolla la naturaleza esencialmente moral de este principio al convertir el interés individual, coincidiendo con la tendencia nacional simultánea, en base del interés general, al reconocer la identidad de ambos intereses en la tesis, desarrollada principalmente por su discípulo Mill, de que el amor del prójimo no es sino un egoísmo ilustrado, sustituyendo el “bien general” por la mayor felicidad para el mayor número posible de gentes. Bentham incurre aquí, llevado de su empirismo, en el mismo error que Hegel comete en la teoría; no toma en serio la superación de las antítesis, convierte el sujeto en predicado, somete el todo a la parte y lo vuelve, así, todo del revés. Nos dice, primero, que el interés general y el individual son inseparables, para atenerse después, de un modo unilateral al craso interés individual exclusivamente; su tesis no es más que la expresión empírica de la otra tesis según la cual el hombre es la humanidad, pero, por expresarla empíricamente, no confiere los derechos del género al hombre libre, autoconciente y obra de sí mismo, sino al hombre tosco, ciego y prisionero de contradicciones. Convierte la libre concurrencia en esencia de la moral, regula las relaciones humanas con arreglo a las leyes de la propiedad, de la cosa, es decir, ajustándose a las leyes naturales, lo que hace de ella la consumación del viejo estado cristiano, natural, del mundo, la cúspide de la enajenación, pero no el comienzo del nuevo estado de cosas que el hombre conciente de sí mismo tiene que crear con plena libertad. No se remonta sobre el Esta8 Justicia política, h La salud pública es la ley suprema. do, pero priva a éste de todo su contenido, sustituye los principios polí. ticos por principios sociales, convierte la organización política en forma del contenido social y lleva la contradicción hasta su cúspide más alta. A la par con la revolución industrial surgió el partido democrático. En 1769 fundó J. Horne la Society of the Bill of Rights, en la que por vez primera desde la república volvieron a ser discutidos los principios democráticcs. Lo mismo que en Francia, los demócratas eran todos ellos hombres formados filosóficamente, pero no tardaron en darse cuenta de que las gentes de las clases altas y medias eran contrarios a ellos y de que sólo la clase obrera daba oídos atentamente a sus principios. No tardaron en encontrar un partido, que en 1794 era ya bastante fuerte, pero no todavía lo suficiente para poder actuar más que por medio de sacudidas. De 1797 a 1816 no se habló para nada de él; volvió a mostrarse muy activo durante los agitados años de 1816 a 1823, pero de nuevo se sumió en la inactividad hasta la revolución de Julio. Á partir de entúnces, ha conservado su importancia junto a los viejos partidos y siguió desarrollándose, como veremos, de una manera progresiva y regular. El resultado más importante del siglo xvim fue para Inglaterra la creación del proletariado por obra de la revolución industrial. La nueva industria reclamaba una masa de obreros constantemente dispuesta para las innumerables nuevas ramas del trabajo; obreros, además, como hasta entonces no se habían conocido. Hasta 1780, Inglaterra contaba tedavía con pocos proletarios, como se desprende necesariamente de la situación social de la nación, descrita más arriba. La industria concen. tró el trabajo en las fábricas y las ciudades; la asociación del trabajo industrial y el trabajo agrícola resultaba, ahora, imposible y la nueva cla. se obrera tenía que atenerse exclusivamente a su trabajo. Lo que hasta entonces había sido la excepción pasó a ser la regla y, poco a poco, fue extendiéndose también fuera de las ciudades. El cultivo de la tierra en pequeñas parcelas se vio desplazado por los grandes arrendatarios y se creó así una nueva clase de jornaleros agrícolas. Se triplicó o cuadruplicó la población de las grandes ciudades, y casi toda esta nueva afluencia de población estaba formada por simples obreros. La extensión de la minería requería, asimismo, gran número de nuevos trabajadores, que vivían también exclusivamente de su salario.

Paralelamente con esto, la clase media iba pasando a ser, resuelta. mente, una aristocracia. Gracias al movimiento industrial, los fabrican. tes multiplicaron su capital a una velocidad prodigiosa; también los comerciantes recibieron su parte, y el capital creado por esta revolución suministró los medios con que la aristocracia inglesa pudo combatir la revolución francesa.

Resultado de todo este movimiento ha sido que Inglaterra aparezca actualmente escindida en tres partidos: el de la aristocracia agrícola, el de la aristocracia del dinero y el de la democracia obrera. Estos son los únicos partidos de Inglaterra, los únicos resortes que aquí se mueven; cómo se mueven es lo que trataremos de exponer tal vez en un próximo artículo. LA SITUACIÓN EN INGLATERRA Y La Constitución inglesa orwárts!, núm. 75, 18 de septiembre de 1844]

En el artículo anterior exponíamos los principios de los cuales hay que partir para enjuiciar la posición actual del reino británico en la historia de la civilización, así como los datos necesarios sobre el desarrollo de la nación inglesa, datos inexcusables para ese fin, pero poco conocidos en el continente; podemos ahora, después de haber argumentado nuestras premisas, entrar sin más en el tema de nuestro trabajo. La situación de Inglaterra les ha parecido hasta ahora envidiable a todos los demás pueblos de Europa y lo es, en efecto, para todo el que se detenga en la superficie de las cosas y sólo las vea con los ojos del político. Inglaterra es un imperio mundial en el sentido en que hoy puede existir un imperio así y como, en el fondo, han sido también todos los imperios mundiales, pues tampoco los imperios de Alejandro y de César fueron, como el inglés, otra cosa que la dominación de pueblos civilizados sobre bárbaros y colonias. Ningún otro país del mundo puede medirse con Inglaterra en cuanto a riqueza y poder, y este poder y esta riqueza no se hallan, como se hallaban en Roma, en manos de un déspota, sino que pertenecen a toda la parte culta de la nación. En Inglaterra ya no existen, desde hace años, el temor al despotismo ni la lucha contra el poder de la corona; Inglaterra es, sin disputa, el país más libre, es decir, el menos vasallo del mundo, sin excluir a los Estados Unidos, y a ello se debe el que el inglés culto goce de un grado de independencia innata del que no podría jactarse ningún francés, y no digamos los alemanes. Las actividades políticas, la libertad de prensa, el dominio sobre los mares y la gigantesca industria de Inglaterra han desarrollado de un modo tan completo casi en cada individuo la energía inherente al carácter inglés y la resuelta capacidad de iniciativa, unida a la más serena reflexión, que también en este punto van los pueblos continentales muy a la zaga de los ingleses. La historia del ejército y de la marina ingleses registra brillantes victorias, y desde el siglo xvmi Inglaterra apenas ha avistado cerca de sus costas a un solo enemigo. Con la literatura inglesa sólo pueden rivalizar los griegos antiguos y los alemanes; en filosofía, puede vanagloriarse, por lo menos, de dos grandes nombres —los de Bacon y Locke— y en las ciencias empíricas de otros [226]