Artículos para The New Moral World de Frederick Engels

The Times sobre el comunismo alemán

Al Editor de The New Moral World

Señor: — Al ver el artículo de The Times sobre los comunistas en Alemania, reproducido en The New Moral World, pensé que sería mejor no dejarlo pasar sin algunos comentarios que quizás usted considere dignos de ser insertados.

Hasta ahora, The Times gozaba en el continente de la reputación de ser un periódico bien informado, pero unos cuantos artículos más como ese sobre el comunismo alemán destruirán muy pronto esa opinión. Cualquiera que posea el más mínimo conocimiento de los movimientos sociales en Francia y Alemania percibirá de inmediato que el autor del artículo aludido habla de un tema del cual es completamente ignorante. Ni siquiera sabe lo suficiente como para poder exponer los puntos débiles del partido que ataca. Si quería denigrar a Weitling, podría haber encontrado en sus escritos pasajes mucho más adecuados a su propósito que los que traduce. Si tan solo se hubiese tomado la molestia de leer el informe de la comisión de Zúrich que afirma haber leído, pero que evidentemente no ha leído, habría hallado abundante material para la calumnia, montones de pasajes tergiversados reunidos expresamente con ese fin. Resulta muy curioso, después de todo, que los propios comunistas deban suministrar a sus adversarios armas para el combate; pero, apoyados sobre la ancha base de la argumentación filosófica, pueden permitírselo.

El corresponsal de The Times empieza describiendo al partido comunista como muy débil en Francia, y duda de si la insurrección de 1839 en París fue promovida por ellos o, lo que él considera muy probable, por el «poderoso» partido republicano. Mi bien informado informante del público inglés, ¿considera usted muy débil a un partido que cuenta con alrededor de medio millón de varones adultos? ¿Sabe usted que el «poderoso» partido republicano en Francia está, y ha estado durante estos últimos nueve años, en un estado de completa disolución y decadencia creciente? ¿Sabe usted que el periódico National, órgano de ese «poderoso» partido, tiene una circulación más limitada que cualquier otro periódico de París? ¿Es necesario que yo, un extranjero, le recuerde la suscripción republicana para el fondo irlandés de la derogación [de la Unión], promovida por el National el verano pasado, y que ascendió a menos de cien libras esterlinas, aunque los republicanos manifestaban una simpatía considerable hacia los partidarios irlandeses de la derogación? ¿No sabe usted que la masa del partido republicano, las clases trabajadoras, hace tiempo que se separaron de sus partidarios más ricos y no solo se unieron al partido comunista, sino que lo establecieron, mucho antes de que Cabet comenzara a defender el comunismo? ¿No sabe usted que todo el «poder» de los republicanos franceses consiste en la confianza que tienen en los comunistas, los cuales desean que se establezca una república antes de empezar a poner en práctica el comunismo? Parece que ignora todas estas cosas, y sin embargo debería conocerlas para formarse una opinión correcta del socialismo continental.

En cuanto a la insurrección de 1839, no considero que tales hechos honren a ningún partido; pero sé, por partes que participaron activamente en esta émeute, que fue tramada y ejecutada por los comunistas.

El bien informado corresponsal prosigue afirmando que

«las doctrinas de Fourier y de Cabet parecían ocupar más las mentes de algunos personajes literarios y científicos que ganar el favor general del pueblo».

De Fourier esto es verdad, como tuve ocasión de mostrar en un número anterior de este periódico; ¡pero Cabet! Cabet, autor de casi nada más que pequeños folletos, — Cabet, a quien siempre se llama Padre Cabet, nombre que no es probable que le den «personajes literarios y científicos» — Cabet, cuyo mayor defecto es la superficialidad y la falta de consideración por las justas reivindicaciones de la investigación científica — Cabet, editor de un periódico calculado para la información de aquellos que solo saben leer — ¡que las doctrinas de este hombre ocupen la mente de un profesor de la universidad de París, como Michelet o Quinet, cuyo orgullo es una profundidad más profunda que el misticismo? Es demasiado ridículo.

Luego, el corresponsal habla de la célebre reunión nocturna alemana de Hambach y Steinholzli, y expresa su opinión

«de que esta tenía un carácter más político que social revolucionario».

Apenas sé por dónde empezar para exponer los disparates de esta frase. En primer lugar, las «reuniones nocturnas» son completamente desconocidas en el continente: no tenemos reuniones de cartistas con antorchas ni asambleas nocturnas de rebequistas. La reunión de Hambach se celebró a plena luz del día, a la vista de las autoridades. En segundo lugar, Hambach es un lugar de Baviera, y Steinholzli está en Suiza, a unos centenares de millas de Hambach; sin embargo, nuestro corresponsal habla de la «reunión de Hambach y Steinholzli». En tercer lugar, ambas reuniones estuvieron separadas por una distancia considerable, no solo en el espacio, sino también en el tiempo. La reunión de Steinholzli tuvo lugar varios años después de la otra. En cuarto lugar, estas reuniones no solo parecían tener un carácter meramente político, sino que en realidad lo tenían; se celebraron antes de que los comunistas apareciesen en escena.

Las fuentes de las que nuestro corresponsal obtuvo su inestimable información fueron «el informe de la comisión (de Zúrich), los escritos comunistas publicados e inéditos descubiertos en el arresto de Weitling, y la investigación personal». Ahora bien, se desprende claramente de la ignorancia de nuestro corresponsal que nunca leyó el informe; es evidente que los «escritos comunistas publicados» no pudieron ser «descubiertos» en el arresto de nadie, ¡pues el mero hecho de su «publicación» destruye toda posibilidad de un «descubrimiento»! ¡Seguramente el procurador general de Zúrich no se habría jactado del «descubrimiento» de libros que cualquier librero habría podido suministrarle! En cuanto a los escritos «inéditos», por cuya supresión se inició el proceso, los senadores de Zúrich habrían sido en verdad inconsecuentes si, como nuestro corresponsal parece creer, ¡los hubieran publicado luego ellos mismos! No hicieron tal cosa. De hecho, en todo el informe de nuestro corresponsal no se produce nada que pudiera haber obtenido de esta fuente y de la investigación personal, salvo los dos hechos novedosos: que los comunistas alemanes obtuvieron su doctrina principalmente de Cabet y Fourier, a quienes atacan —como nuestro corresponsal habría podido leer en el mismo libro del que cita tan extensamente (Garantías de Weitling, pág. 228)—; y que «consideran como sus cuatro evangelistas a Cabet, Proudhon, Weitling, y... y... ¡Constant!». Benjamin Constant, el amigo de Madame de Staël, murió hace largo tiempo y jamás pensó en nada relacionado con la reforma social. Evidentemente, nuestro corresponsal se refiere a Considérant, el fourierista, editor de la Phalange, hoy Démocratie Pacifique, quien no está en modo alguno vinculado con los comunistas.

«La doctrina comunista es actualmente más negativa que positiva»

e inmediatamente después de emitir esta aseveración, nuestro corresponsal la degüella al exponer, en doce párrafos, un esbozo de las disposiciones propuestas por Weitling para un nuevo estado social, disposiciones que son enteramente positivas y ni siquiera mencionan la destrucción del sistema social presente.

Estos extractos, sin embargo, se presentan de manera muy confusa, lo que demuestra que nuestro corresponsal, en varios casos, no logró dar en el punto vital de la cuestión y ofreció en su lugar detalles más bien insignificantes. Así, omite exponer el punto principal en que Weitling es superior a Cabet: a saber, la abolición de todo gobierno por la fuerza y por la mayoría, y el establecimiento en su lugar de una mera administración que organice las diferentes ramas del trabajo y distribuya sus productos; omite la propuesta de nombrar a todos los funcionarios de esta administración, y en cada rama particular, no por mayoría de la comunidad en general, sino únicamente por aquellos que tengan conocimiento del tipo particular de trabajo que el futuro funcionario ha de desempeñar; y, una de las características más importantes del plan, que los nominadores deben seleccionar a la persona más idónea mediante algún tipo de ensayos premiados, sin conocer al autor de ninguno de esos ensayos; los nombres deben permanecer sellados y solo debe abrirse el pliego que contenga el nombre del competidor ganador; obviando así todos los motivos personales que podrían sesgar el ánimo de los electores.

En cuanto al resto de los extractos de Weitling, dejo a los lectores de este periódico juzgar si contienen la materia despreciable que nuestro corresponsal cree ver en ellos, o si no defienden, en la mayoría de los casos, cuando no en todos, los mismos principios y propuestas para cuya propagación fue fundado este periódico. En cualquier caso, si The Times desea volver a comentar el comunismo alemán, haría bien en procurarse otro corresponsal.

Soy, señor, su seguro servidor,

F. Engels

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