Justificación del corresponsal de ++ del Mosela

[Rheinische Zeitung, núm. 15 del 15 de enero de 1843]

[Rheinische Zeitung, núm. 17 del 17 de enero de 1843]

[Rheinische Zeitung, núm. 18 del 18 de enero de 1843]

[Rheinische Zeitung, núm. 19 del 19 de enero de 1843]

[Rheinische Zeitung, núm. 20 del 20 de enero de 1843]

[Rheinische Zeitung, núm. 15 del 15 de enero de 1841]

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Del Mosela, en enero. Los números 346 y 348 de la Rheinische Zeitung contienen dos artículos míos, uno de los cuales trata sobre la escasez de leña en el Mosela y el otro sobre la particular participación de los moselanos en la real orden del gabinete del 24 de diciembre de 1841 y en el más libre movimiento de la prensa que esta ha provocado. Este último artículo está bañado en toscas y, si se quiere, rudas tintas. Quien oye directamente y con frecuencia la despiadada voz de la miseria en la población que lo rodea, pierde fácilmente el tacto estético que sabe hablar en las imágenes más finas y modestas, y acaso considera incluso su deber político conducir públicamente por un momento ese lenguaje popular de la miseria que en su patria no tuvo ocasión de desaprender. Pero si de lo que se trata ahora es de probar la verdad de tales palabras, difícilmente podrá referirse la prueba al tenor literal, pues a este respecto todo resumen sería falso y sería, en general, imposible reproducir el sentido de un discurso sin repetir el discurso mismo. Así pues, si por ejemplo se afirmó: «Se tomó el grito de miseria de los viticultores por un graznido insolente», sólo podrá exigirse razonablemente que se haya trazado una ecuación aproximadamente correcta, esto es, que se acredite un objeto que contrapese en cierta medida la designación resumidora de «graznido insolente» y la convierta en una designación no inadecuada. Una vez suministrada esta prueba, ya no puede tratarse de la verdad, sino tan sólo de la precisión lingüística, y difícilmente podría emitirse un juicio que no fuera más que problemático acerca de los matices evanescentemente sutiles de la expresión lingüística. 

Las anteriores observaciones me son sugeridas por dos rescriptos del señor presidente superior von Schaper en el número 352 de la Rheinische Zeitung, de fecha: «Coblenza, 15 de diciembre», en los que, en relación con mis dos artículos arriba citados, se me imponen varias preguntas. La tardía aparición de mi respuesta está motivada, en primer lugar, por el contenido mismo de estas preguntas, puesto que un corresponsal de periódico comunica, según su leal saber y entender, la voz del pueblo que llega a sus oídos, pero de ningún modo tiene que estar preparado para exponerla de manera exhaustiva y motivada en detalle, en sus ocasiones y en sus fuentes. Prescindiendo de la pérdida de tiempo y de los muchos medios que un trabajo así requiere, el corresponsal de un periódico sólo puede considerarse como un pequeño miembro de un cuerpo muy ramificado en el que él ha elegido libremente una función, y si acaso uno describe más bien la impresión inmediata de un estado de miseria recibida de la opinión del pueblo, otro, que es historiador, discutirá su historia, el hombre de sentimiento la miseria misma, el economista político los medios para abolirla, cuestión esta que a su vez puede ser resuelta desde diversos lados, ora más localmente, ora más en relación con el conjunto del Estado, etcétera.

Así, con un vivo movimiento de la prensa, la verdad íntegra aparecerá en el fenómeno, pues si al principio el todo sólo sale a la luz como una destacación de los diversos puntos de vista particulares que discurren yuxtapuestos, ora intencionadamente, ora por azar, al final este trabajo de la prensa misma habrá preparado a uno de sus miembros el material a partir del cual creará entonces el todo único. Así, por medio de la división del trabajo, la prensa va tomando posesión paulatinamente de la verdad íntegra, no haciendo uno todo, sino haciendo muchos poco.

Otra razón de la tardanza de mi respuesta reside en que la redacción de la Rheinische Zeitung, tras el primer informe que le envié, solicitó aún varias aclaraciones complementarias, y asimismo, tras un segundo y un tercer informe, adiciones y este informe final, y por último, en parte me pidió que le comunicara mis fuentes, en parte se reservó hasta entonces la publicación de mis envíos, hasta que ella misma hubiera obtenido por otra vía la confirmación de mis indicaciones. |Al confirmar las anteriores indicaciones, observamos al mismo tiempo que las diversas cartas, que se interpretan mutuamente, hicieron necesaria una compilación por nuestra parte. La Red. de la Rh. Ztg.|

Mi respuesta aparece, además, de manera anónima. Sigo en ello la convicción de que la anonimia es consustancial a la prensa periodística, la cual hace de un periódico, de un lugar de reunión de muchas opiniones individuales, el órgano de un espíritu. El nombre separaría un artículo del otro tan firmemente como el cuerpo separa a las personas entre sí, y anularía por completo su determinación de ser sólo un miembro complementario. Por último, la anonimia hace más imparciales y más libres no sólo al hablante mismo, sino también al público, al no fijarse este en el hombre que habla, sino en la cosa que dice, al hacer de la personalidad espiritual, sin la perturbación de la persona empírica, la única medida de su juicio.

Pero así como silencio mi nombre, así en todas las indicaciones de detalle nombraré a funcionarios y municipios sólo cuando se citen documentos impresos que se hallen en el comercio librero, o cuando la mención del nombre sea del todo inofensiva. La prensa debe denunciar los estados de cosas, pero, según mi convicción, no debe denunciar a las personas, a no ser que un mal público no pudiera ser atajado de otro modo, o que la publicidad dominara ya toda la vida del Estado y, por tanto, hubiera desaparecido el concepto alemán de la delación.

Al final de estas observaciones introductorias, creo poder expresar la justa esperanza de que el señor presidente superior, después de leer mi exposición íntegra, se convenza de la pureza de mi intención y explique los posibles errores mismos por una visión falsa, no por una disposición maliciosa. Mi exposición misma debe probar si he merecido la dura acusación de calumnia, así como la del propósito de suscitar descontento y desagrado, incluso para el caso, que ahora realmente se produce, de una anonimia continuada; acusaciones que han de ser tanto más dolorosas cuanto que proceden de un hombre preeminentemente venerado y amado en la provincia del Rin.

Para una más fácil visión de conjunto, he dividido mi respuesta en las siguientes rúbricas:

La cuestión relativa a la distribución de leña.

La relación de la comarca del Mosela con la orden del gabinete del 24 de diciembre de 1841 y con el más libre movimiento de la prensa provocado por la misma.

Los males cancerosos de la comarca del Mosela.

Los vampiros de la comarca del Mosela.

Propuestas de remedio.

A.

La cuestión relativa a la distribución de leña

En mi artículo «Del Mosela, 12 de diciembre», número 358 de la Rheinische Zeitung, aduzco la siguiente circunstancia:

«El municipio de varios miles de almas al que pertenezco posee como propietario los más hermosos bosques, pero no logro recordar que los miembros del municipio hayan obtenido un disfrute inmediato de su propiedad mediante participación en la leña.»

El señor presidente superior observa al respecto:

«Un proceder tal, en desacuerdo con las disposiciones legales, sólo podría motivarse por circunstancias muy especiales»,

y exige a la vez, para examinar el estado de hecho, la mención del nombre del municipio.

Confieso con franqueza: por una parte, creo que un proceder que no está en acuerdo, esto es, que está en contradicción con las leyes, difícilmente podría motivarse por circunstancias, sino que debería seguir siendo siempre ilegal; por otra parte, no puedo encontrar ilegal el proceder por mí descrito.

La instrucción promulgada a consecuencia de la ley del 24 de diciembre de 1816 y de la real orden del gabinete del 18 de agosto de 1835, publicada en el suplemento al Boletín Oficial número 62 del real gobierno de Coblenza (de fecha: «Coblenza, 31 de agosto de 1839»), sobre la administración de los bosques municipales y de institutos en los distritos gubernativos de Coblenza y Tréveris, determina en el § 37 literalmente lo siguiente:

«En relación con la valorización del material que se produce en los bosques, rige como regla que debe enajenarse tanto cuanto sea necesario para cubrir los costos forestales (impuestos y gastos de administración).»

«Por lo demás, depende de los acuerdos de los municipios si el material debe enajenarse en pública subasta para cubrir otras necesidades municipales o si debe distribuirse total o parcialmente, gratuitamente o por una tasa determinada, entre los miembros del municipio. Sin embargo, rige como regla que la leña de fuego y de aperos se distribuya en especie, y la madera de construcción, en tanto no se emplee para edificios municipales o para apoyo a miembros particulares en caso de daños por incendio, etc., se venda en pública subasta.»

Esta instrucción, promulgada por un antecesor del señor presidente superior de la provincia del Rin, me parece probar que la distribución de la leña de fuego entre los miembros del municipio no está ni ordenada ni prohibida por la ley, sino que es meramente una cuestión de conveniencia, tal como yo también, en el artículo cuestionado, sólo discutí la conveniencia del proceder. Según esto, podría desaparecer el motivo por el cual el señor presidente superior exigía saber el nombre del municipio, puesto que ya no se tratará de la investigación de una administración municipal, sino sólo de la modificación de una instrucción. Pero no tengo inconveniente en autorizar a la redacción de la Rheinische Zeitung para que, a petición especial del señor presidente superior, nombre el municipio en el que no recuerdo distribución alguna de leña, ya que con ello no se delata a la junta municipal, y el bien del municipio sólo puede ser fomentado.

[Rheinische Zeitung, núm. 17 del 17 de enero de 1843]

B.

La relación de la comarca del Mosela con la orden del gabinete del 24 de diciembre de 1841 y con el más libre movimiento de la prensa provocado por la misma

El señor presidente superior observa, en relación con mi artículo «Bernkastel, 10 de diciembre, en el número 346 de la Rheinische Zeitung», en el que establezco la afirmación de que el moselano ha acogido con entusiasmo, antes que todos, la mayor libertad otorgada a la prensa por la real orden del gabinete del 24 de diciembre del año anterior, debido a su situación particularmente atribulada, lo siguiente:

«Si este artículo ha de tener un sentido, tiene que haberle estado vedado desde entonces al moselano discutir pública y francamente su estado de miseria, las causas del mismo, así como los medios para remediarlo. Dudo que esto sea así. Pues, dados los esfuerzos de las autoridades por procurar remedio al reconocido estado de miseria de los viticultores, nada pudo haberles sido más grato que la discusión más abierta y franca posible de las condiciones allí reinantes.» «El señor autor del artículo arriba citado me obligaría, por tanto, mucho si tuviera la bondad de señalar especialmente los casos en que, también antes de la aparición de la real orden del gabinete del 24 de diciembre del año anterior, una discusión pública y franca del estado de miseria de los habitantes del Mosela haya sido impedida por la autoridad.»

Más abajo observa el señor presidente superior:

«Por lo demás, que, como dice el artículo mencionado al comienzo, el grito de miseria de los viticultores haya sido considerado durante mucho tiempo en altas instancias como un graznido insolente, creo poder declararlo ya de antemano una falsedad.»

Mi respuesta a estas preguntas seguirá el siguiente curso. Intentaré probar:

1. que en primer lugar, haciendo completamente abstracción de las facultades de la prensa antes de la real orden del gabinete del 24 de diciembre de 1841, de la peculiar naturaleza del estado de miseria en el Mosela se desprende necesariamente la necesidad de una prensa libre;

2. que, aun cuando no haya habido impedimentos especiales a la «discusión franca y pública» antes de la aparición de la susodicha orden del gabinete, mi afirmación no pierde nada de su exactitud y la participación preferente de los moselanos en la real orden del gabinete y en el más libre movimiento de la prensa provocado por ella sigue siendo igualmente comprensible;

3. que realmente circunstancias especiales impidieron una discusión «franca y pública».

Dentro de toda la conexión se mostrará entonces en qué medida mi afirmación: «El estado desolado de los viticultores fue puesto en duda durante mucho tiempo en altas instancias y su grito de miseria fue considerado como un graznido insolente», es una verdad o una falsedad.

ad 1. En la investigación de las condiciones estatales se está con demasiada facilidad tentado de pasar por alto la naturaleza objetiva de las relaciones y de explicarlo todo a partir de la voluntad de las personas que actúan. Pero existen relaciones que determinan tanto las acciones de los particulares como las de las autoridades particulares, y que son tan independientes de ellos como el método de la respiración. Si uno se sitúa desde un principio en este punto de vista objetivo, no presupondrá de manera excepcional ni la buena ni la mala voluntad en una ni en otra parte, sino que verá actuar relaciones donde a primera vista sólo parecen actuar personas. Tan pronto como se demuestre que una cosa es hecha necesaria por las relaciones, ya no será difícil averiguar bajo qué circunstancias externas debió efectivamente entrar en la vida y bajo cuáles no pudo entrar en la vida, aunque su necesidad ya existiera. Esto se podrá determinar aproximadamente con la misma seguridad con que el químico determina bajo qué circunstancias externas sustancias corpóreas afines han de contraer una combinación. Creemos por tanto dar a nuestra exposición, mediante la prueba de que «de la peculiaridad del estado de miseria en el Mosela se sigue la necesidad de una prensa libre», una base que se eleva por encima de todo lo personal.

El estado de miseria de la comarca del Mosela no puede ser considerado como un estado simple. Habrá que distinguir siempre al menos dos lados, el estado privado y el estado estatal, pues tan poco como la comarca del Mosela se halla fuera del Estado, tan poco se halla su estado de miseria fuera de la administración del Estado. Sólo la relación de ambos lados entre sí constituye el estado real de la comarca del Mosela. Ahora bien, para averiguar el modo y manera de esta relación, comunicamos una conversación auténtica y documentada entre los órganos recíprocos de ambos lados.

En el cuarto cuaderno de las «Comunicaciones de la Asociación para el Fomento de la Viticultura en el Mosela y el Sarre en Tréveris» se halla una negociación entre el Ministerio de Finanzas, el gobierno de Tréveris y la directiva de la citada asociación. La asociación había establecido, en una representación dirigida al Ministerio de Finanzas, entre otras cosas también un cálculo del rendimiento de los viñedos. El gobierno de Tréveris encargó del dictamen sobre el escrito, que también allí había llegado, al jefe de la oficina del catastro de Tréveris, el inspector de impuestos v. Zuccalmaglio, quien para ello, como dice el propio gobierno en un escrito, parecía tanto más adecuado cuanto que «en la época de la determinación de los rendimientos catastrales de los viñedos del Mosela había tomado parte activa». Contraponemos ahora simplemente, en sus pasajes más contundentes, el dictamen oficial del señor v. Zuccalmaglio y la réplica de la directiva de la Asociación para el Fomento de la Viticultura.

El informante oficial:

El cálculo del rendimiento bruto de una yugada de viñedo durante los últimos diez años, de 1829 a 1838, establecido en el escrito de petición a partir de los municipios pertenecientes a la tercera clase de impuesto sobre el vino, tiene como base:

1. el crecimiento en una yugada,

2. el precio a que se ha vendido un fuder de vino en otoño.

Pero el cálculo carece de todas las premisas acreditadas como exactas, pues:

«Sin intervención y control oficiales no es posible ni a un particular ni a una asociación obtener noticias fidedignas por vía privada sobre la ganancia de vino de todos los propietarios particulares durante un período en un gran número de municipios, porque precisamente puede estar en el interés de muchos propietarios ocultar aquí todo lo posible la verdad.»

La réplica de la directiva de la asociación:

«Que la oficina del catastro defienda con todas sus fuerzas el procedimiento catastral no nos extraña: sin embargo, el razonamiento que sigue a continuación es difícil de comprender», etc.

«El señor jefe del catastro intenta demostrar con cifras que los rendimientos catastrales son en todas partes los correctos: dice también que el período decenal que hemos adoptado no puede probar aquí nada», etc., etc. «No entramos en cifras, ya que, como muy juiciosamente antepone al comienzo de sus observaciones, nos faltan para ello las comunicaciones oficiales; tampoco lo consideramos necesario, pues todo su cálculo y su razonamiento apoyados en la oficialidad nada pueden probar contra los hechos por nosotros establecidos.» «Incluso si concedemos que los rendimientos catastrales eran perfectamente correctos en el momento de su determinación, que eran incluso demasiado bajos, no se nos puede rebatir con éxito que, en la actual y lamentable transformación de las cosas, ya no pueden servir de base.»

El informante oficial:

«No se muestra, pues, en ninguna parte un hecho que autorice a la suposición de que los rendimientos catastrales de los viñedos estimados en el último tiempo sean demasiado altos; en cambio, bien podría demostrarse fácilmente que los viñedos estimados en época anterior en los distritos rurales y urbanos de Tréveris y en el distrito de Sarreburgo están tasados demasiado bajos, tanto en sí y por sí como en comparación con los demás cultivos.»

La réplica de la directiva de la asociación:

«Quien implora ayuda se siente dolorosamente herido cuando, a su fundada queja, se le responde que en una determinación los rendimientos catastrales podrían más bien resultar más altos que más bajos.»

«Por lo demás» —observa la réplica—, «tampoco el señor informante, pese a toda su descalificación de nuestros datos, ha podido refutar o plantear de otro modo casi nada en lo relativo a los ingresos, por lo que sólo ha intentado obtener otros resultados en lo relativo a los gastos.»

Queremos ahora contraponer, en lo concerniente al cálculo de gastos, algunas de las controversias más contundentes entre el señor informante y la directiva de la asociación.

El informante oficial:

«ad Posición 8 debe observarse particularmente que el desbroce de los sarmientos usuales, o el llamado desniete, es una operación que sólo ha sido introducida por pocos propietarios de viñedos en los últimos tiempos, pero que en ninguna parte, ni en el Mosela ni en el Sarre, puede ser considerada como perteneciente al modo de cultivo usual del país.»

La réplica de la directiva de la asociación:

«El desbroce y el removido —opinó el señor jefe del catastro— no habrían sido introducidos hasta hace poco tiempo por pocos propietarios de viñas», etc. Pero esto no es así.

«El viticultor ha reconocido que, si no se quiere sucumbir del todo, no hay que dejar nada sin intentar que pueda mejorar en algo la calidad del vino. Este espíritu debe ser cuidadosamente fomentado para la prosperidad del país, en lugar de reprimirlo.»

«¿Y a quién se le ocurriría rebajar los costos de cultivo de las patatas porque hay campesinos que las abandonan a su suerte y a la bondad de Dios?»

El informante oficial:

«Los costos consignados en la Posición 14 para el tonel no pueden ser tomados aquí en consideración en absoluto, ya que, como ya se ha observado, en los precios del vino enumerados no están incluidos los costos del recipiente o del tonel. Si al vender el vino se vende también el tonel, como es la regla, entonces al precio del vino se le añade todavía el precio de costo por este, con lo cual los toneles son reembolsados de nuevo.»

La réplica de la directiva de la asociación:

«Donde se vende vino, el tonel se va con él, sin que ni de lejos pueda hablarse, ni siquiera fuera posible, de su reembolso. Los pocos casos en que los hosteleros de esta ciudad compran sin tonel no pueden tomarse en consideración para el conjunto.» «No sucede con el vino como con otras mercancías que hasta la venta yacen en el almacén, pero luego son embaladas y expedidas a costa del receptor; ahora bien, dado que la compra de vino lleva consigo tácitamente el tonel, es evidente que el precio de este tiene que ser incluido en los costos de producción.»

El informante oficial:

«Si se corrige el crecimiento indicado en el anexo según las comprobaciones oficiales al respecto, y en cambio se acepta el cálculo de costos incluso en todas sus partes como correcto, y sólo se omiten del mismo el impuesto sobre la tierra, el impuesto sobre el mosto y los costos del tonel, es decir, las Posiciones 13, 14 y 17, resulta lo siguiente:

El rendimiento bruto asciende a

53 táleros 21 grosches de plata 6 pfennigs

Los costos sin 13, 14 y 17

39 táleros 05 grosches de plata 0 pfennigs

Por tanto, rendimiento neto

14 táleros 16 grosches de plata 6 pfennigs.»

La réplica de la directiva de la asociación:

«El cálculo como tal es correcto, pero no así el resultado. Nosotros no hemos calculado con números supuestos, sino con números que representan importes reales, y hemos encontrado que, si de 53 táleros de desembolso real se deducen 48 táleros de ingreso real y exclusivo, quedan 5 táleros de pérdida.»

El informante oficial:

"Pero si no obstante no puede desconocerse que la penuria en el Mosela ha aumentado considerablemente en comparación con el período anterior al nacimiento del Zollverein, que incluso en parte hay que temer un verdadero empobrecimiento, entonces la razón de ello ha de buscarse – exclusivamente en los rendimientos antes demasiado elevados de la misma."

"Por el cuasi monopolio que antaño existía en el Mosela en el comercio del vino, y por los años vinícolas favorables que se sucedieron rápidamente en 1819, 1822, 1825, 1826, 1827 y 1828, se había formado allí un lujo nunca conocido. Las grandes sumas de dinero en manos del viticultor lo indujeron a comprar viñedos a precios descomunales, a plantar nuevos viñedos con costos excesivos en distritos que ya no eran aptos para la viticultura. Todos querían convertirse en propietarios, y así se contrajeron deudas que antes podían cubrirse fácilmente con un buen año, pero que ahora, con las coyunturas adversas que se han presentado, han de aplastar por completo al viticultor caído en manos de los usureros."

"«Una consecuencia será que el cultivo del vino se limitará a los mejores lugares y volverá a pasar, como antes, más a manos de ricos terratenientes, para lo cual se presta principalmente por los grandes adelantos que ello exige, los cuales están en condiciones de soportar años adversos y poseen, no obstante, medios suficientes para mejorar el cultivo y obtener un producto que pueda competir con el de los países del Zollverein ahora abiertos. Ciertamente, esto no podrá producirse en los primeros años sin grandes calamidades para la clase viticultora más pobre, que también en gran parte se ha convertido en propietaria durante el precedente período favorable; sin embargo, hay que tener en cuenta siempre que el estado anterior era antinatural y que ahora se venga del imprudente. El Estado... no podrá sino limitarse a facilitar en lo posible la transición a la población actual mediante los medios apropiados para ello.»"

La réplica de la dirección de la asociación:

"«En verdad, quien apenas teme la pobreza en el Mosela, aún no la ha visto en su forma más espantosa, bajo la cual se ha afincado ya del todo entre la población moralmente buena, incansable y laboriosa de esta comarca, y se extiende más y más cada día; y que no se diga aquí, como hace el señor inspector catastral, que la culpa es del empobrecido mismo; no, el viticultor precavido como el negligente, el laborioso como el indiferente, el acaudalado como el desprovisto, todos yacen más o menos postrados, y cuando se ha llegado al punto de que incluso los viticultores acomodados, laboriosos y ahorrativos tengan que decir: no podemos alimentarnos más, entonces la causa ha de buscarse sin duda fuera de ellos.»"

"«Es verdad que los viticultores en los tiempos favorables adquirieron fincas a precios más altos que de ordinario y que —calculando que sus medios, tal como se les presentaban, bastarían para ir saldando todo poco a poco— contrajeron deudas; pero cómo se puede llamar a esto lujo, que es prueba de la actividad y laboriosidad de estas gentes, y decir que el estado actual de los viticultores procede de que el estado anterior fue antinatural y ahora se venga del imprudente, eso sigue siendo incomprensible.»"

"«El señor inspector catastral afirma que, seducidas por los tiempos desacostumbradamente favorables, las gentes que antes ni siquiera habían sido propietarias, según él, habrían aumentado desproporcionadamente la masa de viñedos, y que ahora sólo en la reducción de los viñedos hay que buscar la salvación.»"

"«Pero ¡qué insignificante es el número de aquellos viñedos que podrían destinarse al cultivo de cereales y hortalizas, en comparación con la masa de los que, aparte del vino, sólo pueden producir setos y matorrales! Y ¿no ha de merecer siquiera el intento la población, ciertamente muy respetable, que por la viticultura está aglomerada en una superficie de tierra relativamente tan pequeña y ha luchado tan varonilmente contra la desgracia, de si su existencia podría prorrogarse mediante alivios hasta que circunstancias más favorables le permitan levantarse nuevamente y volver a ser para el Estado lo que antes fue para él, a saber, una fuente de ingresos como difícilmente podrá hallarse una segunda en igual superficie de suelo, sin contar las ciudades?»"

El informante oficial:

"«Pero que esta penuria de los viticultores más pobres sea ahora aprovechada por los terratenientes más ricos para, mediante una representación chillona del anterior estado feliz en contraste con el actual menos favorable, pero todavía siempre remunerador, procurarse toda clase de alivios y ventajas, es cosa muy comprensible.»"

[«Rheinische Zeitung» N.º 18 del 18 de enero de 1843]

La réplica de la dirección de la asociación:

"«Debemos a nuestro honor y a nuestra conciencia interna el precavernos contra la acusación de que utilizamos la penuria de los viticultores más pobres para procurarnos, mediante representaciones chillones, toda clase de ventajas y alivios.»"

"«No, lo juramos, y esto bastará, así lo esperamos, para justificarnos: toda intención egoísta nos fue ajena y en todo el paso no tuvimos otra mira que llamar la atención del Estado, mediante una exposición abierta y veraz de las condiciones de los pobres viticultores, sobre lo que, de seguir extendiéndose la penuria, ha de resultar peligroso para él mismo. Quien conozca la transformación que la presente y triste situación de los viticultores ha producido ya hasta ahora en sus relaciones domésticas e industriales, incluso en lo tocante a la moralidad, en un avance progresivo, a ése debe horrorizarle el porvenir, si piensa en la persistencia e incluso en el aumento de tal penuria.»"

Ante todo, habrá que admitir que el gobierno no podía estar decidido, sino que tenía que oscilar entre la opinión de su informante y la opinión contraria de los viticultores. Si se considera además que el informe del Sr. v. Zuccalmaglio data del 12 de diciembre de 1839 y la respuesta de la asociación del 15 de julio de 1840, se sigue que hasta ese momento la opinión del señor informante, si no la única, debió de ser por lo menos la opinión dominante del colegio gubernamental.

¿Cuál es, pues, la relación de la administración con el estado de penuria del Mosela? El estado de penuria del Mosela es, a la vez, un estado de penuria de la administración. El constante estado de penuria de una parte del Estado (y un estado de penuria que, habiendo sobrevenido casi inadvertidamente desde hace más de un decenio, se ha ido desarrollando primero paulatinamente, luego de manera incontenible hasta su punto culminante y se halla en un crecimiento cada vez más amenazador, bien puede llamarse constante), un tal estado de penuria constante es una contradicción de la realidad con las máximas administrativas, así como, por otra parte, no sólo el pueblo, sino también el gobierno, consideran la prosperidad de una comarca como una confirmación fáctica de la administración. Pero la administración, por su esencia burocrática, no puede ver las causas de la penuria en la región administrada, sino sólo en la región natural y privado-burguesa, que se encuentra fuera de la región administrada. Aun con la mejor voluntad, con la más celosa humanidad y la más vigorosa inteligencia, las autoridades administrativas no pueden resolver, más allá de colisiones momentáneas y pasajeras, una colisión constante entre la realidad y las máximas administrativas, pues ni está en la tarea de su puesto, ni la mejor voluntad es capaz de romper una relación esencial o, si se quiere, una fatalidad. Esta relación esencial es la relación burocrática, tanto dentro del cuerpo administrativo mismo como en sus vínculos con el cuerpo administrado.

Por otra parte, el particular viticultor tampoco puede desconocer que su voto puede estar empañado, intencionada o inintencionadamente, por el interés privado, de modo que no puede presumirse incondicionalmente su verdad. Comprenderá también que en el Estado existen muchos intereses privados dolientes, cuya remoción no puede hacer abandonar o modificar las máximas administrativas generales. Si además se afirma el carácter general de un estado de penuria, si se afirma que la prosperidad está amenazada de tal modo y en tal medida que el sufrimiento privado se convierte en sufrimiento estatal, y su eliminación en un deber del Estado consigo mismo, entonces esta afirmación de los administrados parece inadecuada frente a la administración, ya que será la administración quien mejor juzgue hasta qué punto está amenazado el bien del Estado, y ha de presumirse en ella una comprensión más profunda de la relación del todo y sus partes que en estas partes mismas. Se añade que el individuo, e incluso muchos individuos, no pueden hacer pasar su voz por voz del pueblo; más bien, su exposición conservará siempre el carácter de escrito privado de queja. Y si, por último, la convicción de los particulares que se quejan fuera incluso la convicción de toda la comarca del Mosela, la comarca del Mosela misma, como parte administrativa y como parte territorial singular, asume frente a su propia provincia y frente al Estado la posición de un particular, cuyas convicciones y deseos han de medirse primero con la convicción general y el deseo general.

Para resolver la dificultad, la administración y los administrados necesitan, pues, por igual, un tercer elemento, que sea político sin ser oficial, que no parta, por tanto, de supuestos burocráticos; que sea igualmente burgués sin estar inmediatamente envuelto en los intereses privados y en su apremio. Este elemento complementario, de cabeza ciudadana y corazón burgués, es la prensa libre. En el ámbito de la prensa, la administración y los administrados pueden criticar por igual sus principios y exigencias, pero ya no dentro de una relación de subordinación, sino con igual validez ciudadana, ya no como personas, sino como potencias intelectuales, como razones del entendimiento. La «prensa libre», así como es producto de la opinión pública, produce también la opinión pública, y es la única capaz de convertir un interés particular en interés general, la única capaz de hacer del estado de penuria de la comarca del Mosela objeto de la atención general y de la simpatía general de la patria, la única capaz de mitigar la penuria ya por el hecho de distribuir entre todos la sensación de la penuria.

La prensa se relaciona con las condiciones del pueblo como inteligencia, pero se relaciona con ellas también como ánimo; por eso su lenguaje no es sólo el lenguaje inteligente del juicio que flota por encima de las relaciones, sino, a la vez, el lenguaje afectivo de las relaciones mismas, un lenguaje que en los informes oficiales no se puede ni se debe exigir. La prensa libre, finalmente, lleva la penuria popular en su propia forma, no atravesada por medios burocráticos, a las gradas del trono, ante un poder frente al cual desaparece la diferencia entre administración y administrados y ya sólo hay ciudadanos que están igualmente cerca e igualmente lejos.

Así pues, si la prensa más libre fue hecha necesaria por el peculiar estado de penuria del Mosela, si fue aquí una necesidad violenta porque era una necesidad real, parece que no hicieron falta trabas excepcionales a la prensa para producir esta necesidad, sino que, más bien, habría hecho falta una libertad de prensa excepcional para satisfacer la necesidad existente.

Ad. 2. La prensa acerca de los asuntos del Mosela es, en todo caso, sólo una parte de la prensa política prusiana. Por ello, para indagar su estado antes de la tantas veces mencionada orden del gabinete, será necesario echar una rápida mirada al estado de toda la prensa prusiana antes del año 1841. Dejemos hablar a un hombre de convicción reconocidamente leal:

«Silenciosa y tranquilamente», se dice en Prusia y Francia de David Hansemann, segunda edición, Leipzig 1834, p. 272, «silenciosa y tranquilamente se desarrollan las ideas generales y las cosas, de modo tanto más inadvertido en Prusia, cuanto que la censura no permite ninguna discusión a fondo de las cuestiones políticas e incluso de las cuestiones económico-políticas concernientes al Estado en los periódicos prusianos, por muy decente y mesurada que sea la redacción; por discusión a fondo sólo puede entenderse aquella en la que se permite exponer las razones y las contrarrazones; casi ninguna cuestión económico-política puede discutirse a fondo si no se examinan también las relaciones de la misma con la política interior y exterior, pues semejantes relaciones se dan en pocas, quizá en ninguna cuestión económico-política. No se trata aquí de si este ejercicio de la censura es conveniente, ni de si la censura, según la condición del gobierno en Prusia, puede ejercerse de otro modo que de esta manera; baste decir que así es.»

Si se considera además que ya el § II del Edicto de Censura del 19 de diciembre de 1788 reza:

«Pero la intención de la censura no es de ningún modo impedir una investigación decente, seria y modesta de la verdad, ni imponer de otro modo a los escritores coacción alguna inútil y molesta»;

si se encuentra en el Artículo II del Edicto de Censura del 18 de octubre de 1819 las siguientes palabras:

«La censura no impedirá ninguna investigación seria y modesta de la verdad, ni impondrá a los escritores coacción indebida»;

si se compara con ello las palabras iniciales de la Instrucción de Censura del 24 de diciembre de 1841:

«Para liberar desde ahora a la prensa de restricciones inadmisibles, no comprendidas en la Suprema Intención, Su Majestad el Rey, mediante una Suprema Orden de Gabinete dirigida al Real Ministerio de Estado [...], se ha dignado desaprobar expresamente toda coacción indebida de la actividad literaria y [...] autorizarnos para instruir de nuevo a los censores a fin de que observen adecuadamente el Artículo II del Edicto de Censura del 18 de octubre de 1819»;

y si se recuerda finalmente las siguientes palabras:

«El censor puede muy bien permitir una discusión franca incluso de los asuntos internos. – La innegable dificultad de hallar los límites correctos al respecto no debe desalentar el empeño de satisfacer la verdadera intención de la ley, ni inducir a esa ansiedad que con demasiada frecuencia ha dado ya lugar a malentendidos sobre la intención del gobierno»;

así, después de todas estas manifestaciones oficiales, la cuestión de por qué, a pesar del deseo de las autoridades de oír discutir las condiciones del Mosela con la mayor franqueza y publicidad posibles, tuvieron lugar trabas de censura, parece transformarse más bien en la cuestión más general de por qué, a pesar de la «intención de la ley», de la «intención del gobierno» y, finalmente, de la «Suprema Intención», la prensa, según confesión propia, ¡tenía aún que ser liberada en el año 1841 de «restricciones inadmisibles», y la censura, en el año 1841, tenía que ser recordada respecto del Artículo II del Edicto de 1819! Con respecto a la comarca del Mosela en particular, aquella cuestión se formularía, no en el sentido de qué trabas de prensa especiales tuvieron lugar, sino más bien de qué favores de prensa especiales habían excepcionalmente animado esta discusión parcial de las condiciones internas a convertirse en una discusión lo más franca y pública posible.

Sobre el contenido interno y el carácter de la literatura política y de la prensa diaria antes de la mencionada orden de gabinete, informan con la mayor claridad probablemente las siguientes palabras de la Instrucción de Censura:

«Por este camino cabe esperar que también la literatura política y la prensa diaria reconozcan mejor su destino, se apropien de un tono más digno y desdeñen en lo sucesivo especular con la curiosidad de sus lectores mediante comunicaciones de correspondencias insustanciales tomadas de periódicos extranjeros, etc., etc. ... Es de esperar que con ello se despierte una mayor participación en los intereses patrios y se eleve así el sentimiento nacional.»

Según esto, parece resultar que, si bien ninguna medida especial impidió una discusión franca y pública de las condiciones del Mosela, el estado general de la prensa prusiana misma tenía que ser un obstáculo insuperable tanto para la franqueza como para la publicidad. Si resumimos los pasajes citados de la Instrucción de Censura, ésta dice que: la censura era sobremanera ansiosa y una barrera externa de una prensa libre; que junto con ello marchaba a la par la limitación interna de la prensa, la cual había renunciado al valor e incluso al empeño de elevarse por encima del horizonte de la novedad; que, finalmente, en el pueblo mismo se habían perdido la participación en los intereses patrios y el sentimiento nacional, es decir, precisamente los elementos que no sólo son las potencias creadoras de una prensa franca y pública, sino también las condiciones dentro de las cuales únicamente puede actuar una prensa franca y pública y encontrar un reconocimiento popular, reconocimiento que constituye la atmósfera vital de la prensa, sin la cual languidece sin salvación.

Así pues, si medidas de las autoridades pueden crear una prensa no libre, en cambio está fuera del poder de las autoridades, dado el no-ser-libre del estado general de la prensa, asegurar a cuestiones especiales una discusión lo más franca y pública posible, puesto que incluso palabras francas que acaso llenaran las columnas de los periódicos sobre objetos singulares no sabrían suscitar una participación general, esto es, no sabrían proporcionarse una verdadera publicidad.

Se añade lo que certeramente observa Hansemann: que quizá en ninguna cuestión económico-política dejan de darse las relaciones con la política interior y exterior. La posibilidad de una discusión franca y pública de las condiciones del Mosela presupone, pues, la posibilidad de una discusión franca y pública de toda la «política interior y exterior». Ofrecer ésta estaba tan poco en poder de autoridades administrativas individuales que, más bien, sólo la voluntad inmediata y decididamente expresada del Rey mismo podía intervenir aquí de manera determinante y duradera.

Si la discusión pública no era franca, la discusión franca no era pública. Se limitaba a oscuras hojas locales, cuyo horizonte visual no rebasaba naturalmente, y según lo anterior no podía rebasar, el círculo de su difusión. Para caracterizar tales discusiones locales, damos algunos extractos de diversas anualidades del Gemeinnütziges Wochenblatt de Bernkastel. En la anualidad de 1835 se dice:

«En otoño de 1833, una persona forastera hizo en Erdén 5 ohmios de vino. Para completar la carretada, compró 2 ohmios más por el precio de 30 táleros. El tonel costó 9 táleros, el impuesto del mosto 7 táleros 5 silbergroschen, el acarreo de la vendimia 4 táleros, el alquiler de la bodega 1 tálero 3 silbergroschen, el salario del tonelero 16 silbergroschen; en consecuencia, sin contar los gastos de cultivo, un desembolso neto de 51 táleros 24 silbergroschen. El 10 de mayo se vendió el tonel de vino a 41 táleros. Aún hay que hacer notar que este vino es bueno y no ha sido vendido por apremio, ni ha caído en manos usureras.» (pág. 87.) «El 21 de noviembre se subastaron en el mercado de Bernkastel 3/4 de ohmio de vino de 1835 a 14 silbergroschen –catorce silbergroschen–, y el 27 del mismo mes, 4 ohmios con tonel de carretada a 11 táleros, debiendo hacerse notar todavía que el pasado día de San Miguel el tonel de carretada fue comprado por 11 táleros.» (pág. 267, ibídem.)

En fecha 12 de abril de 1836, un anuncio similar.

Pueden figurar aquí aún algunos extractos de la anualidad de 1837:

«El 1 de este mes se adjudicó en Kinheim, en pública subasta ante notario, un joven viñedo de cuatro años de aproximadamente 200 cepas, provisto de sus correspondientes estacas, en estado de cuenta corriente, a 1 y 1/2 pfennig la cepa. En 1828, la misma cepa costaba allí 5 silbergroschen.» (pág. 47.) «Una viuda de Graach hizo hacer su vendimia por la mitad del producto, y por su parte le tocó un ohmio de vino, que enajenó por 2 libras de mantequilla, 2 libras de pan y 1/2 libra de cebollas.» (en el n.º 37, ibídem.) «El 20 de este mes se subastaron aquí forzosamente: 8 carretadas de vino de 1836 de Graach y Bernkastel, en parte de los mejores pagos, y 1 carretada de vino de 1835 de Graach. Se obtuvieron en total 135 táleros 15 silbergroschen (con el tonel), por consiguiente, una carretada con otra cuesta aproximadamente 15 táleros. Sólo el tonel puede haber costado 10-12 táleros. ¿Qué le queda ahora al pobre viticultor para sus gastos de cultivo? ¿No es posible, pues, que se remedie esta horrible penuria?!! (Enviado por un corresponsal)» (n.º 4, pág. 30.)

Se encuentra aquí, pues, sólo una narración simple de hechos que, acompañada a veces de un breve epílogo elegíaco, podrá acaso estremecer por su sencillez sin afeites, pero difícilmente podría siquiera aspirar al carácter de una discusión franca y pública de las condiciones del Mosela.

Ahora bien, si una parte singular e incluso una parte numerosa de una población se ve afectada por una desgracia llamativa y espantosa, y nadie discute la desgracia, nadie la trata como un fenómeno digno de ser pensado y hablado, entonces tienen que concluir que los demás o no pueden hablar o no quieren hablar, porque consideran ilusoria la importancia atribuida al asunto. Pero el reconocimiento de su desgracia, esta participación espiritual en la misma, es una necesidad incluso para el viticultor más inculto –, aunque sólo concluya que, donde todos piensan, muchos hablan y pronto algunos actuarán también. Si realmente hubiera sido lícito discutir libre y abiertamente las condiciones del Mosela, con todo, no sucedió, y es claro que el pueblo sólo cree en lo real, no en la prensa franca que puede existir, sino en la prensa franca que existe realmente. Así pues, si el moselano había ciertamente sentido su penuria antes de la aparición de la Suprema Orden de Gabinete, ciertamente la había oído poner en duda, sólo que no había tenido noticia de una prensa pública y franca, y en cambio veía, después de la aparición de esta orden de gabinete, cómo esta prensa brotaba, por así decirlo, de la nada, entonces su conclusión de que la real orden de gabinete era la única causa de este movimiento de prensa, en el cual el moselano, por las razones antes expuestas, tomaba una parte preeminente porque estaba inmediatamente condicionada por una necesidad real, parece haber sido al menos una conclusión muy popular. Por último, parece que, aun prescindiendo de la popularidad de esta opinión, un examen crítico llegará al mismo resultado. Las palabras iniciales de la Instrucción de Censura del 24 de diciembre de 1841, las cuales declaran

«que Su Majestad el Rey se ha dignado desaprobar expresamente toda coacción indebida de la actividad literaria y, reconociendo el valor y la necesidad de una publicidad franca y decente ... etc.»,

estas palabras iniciales aseguran a la prensa un reconocimiento real especial, por tanto, una significación estatal. Que una palabra real sea capaz de surtir un efecto tan significativo y haya sido saludada por el moselano mismo como una palabra de fuerza mágica, como un remedio universal contra todos sus padecimientos, eso parece poder atestiguar únicamente la convicción genuinamente monárquica de los moselanos y su gratitud, no mesurada, sino desbordante.

[«Rheinische Zeitung» n.º 20 del 20 de enero de 1843]

ad 3. Hemos intentado mostrar que la necesidad de una prensa libre surgió necesariamente de la peculiaridad de las condiciones del Mosela. Hemos mostrado además que la realización de esta necesidad habría sido impedida antes de la aparición de la Suprema Orden de Gabinete, si no por agravaciones especiales de la prensa, ya por el estado general de la prensa diaria prusiana. Mostraremos, por último, que realmente se opusieron de manera hostil circunstancias especiales a una discusión franca y pública de las condiciones del Mosela. También aquí tenemos que destacar ante todo el punto de vista rector de nuestra exposición y volver a reconocer el poder de las relaciones generales en la voluntad de las personalidades actuantes. No debemos ver en las circunstancias especiales que impidieron una discusión franca y pública de las condiciones del Mosela más que la encarnación fáctica y la apariencia manifiesta de las relaciones generales antes desarrolladas, a saber, de la posición peculiar de la administración frente a la comarca del Mosela, del estado general de la prensa diaria y de la opinión pública, y, por último, del espíritu político dominante y de su sistema. Si estas relaciones eran, como parece, los poderes generales, invisibles y coercitivos de aquella época, entonces apenas será necesaria la indicación de que tenían que actuar también como tales, que tenían que traducirse en hechos y manifestarse como acciones singulares, aparentemente arbitrarias. Quien abandona este punto de vista objetivo se enreda unilateralmente en amargas sensaciones contra personalidades en las que le salió al encuentro la dureza de las circunstancias de la época.

Entre las trabas de prensa especiales habrá que contar no sólo dificultades de censura singulares, sino, en igual medida, todas las circunstancias especiales que hicieron superflua la censura, porque no dejaron surgir ni siquiera tentativamente un objeto de censura. Allí donde la censura entra en colisiones llamativas, continuas y duras con la prensa, se puede concluir con bastante seguridad que la prensa ya ha ganado en vivacidad, carácter y certidumbre de sí misma, pues sólo una acción perceptible engendra una reacción perceptible. En cambio, allí donde la censura no está porque la prensa no está, aun existiendo la necesidad de una prensa libre, esto es, apta para ser censurada, hay que buscar la censura previa en circunstancias que ya hicieron retroceder al pensamiento en sus formas más modestas.

No puede ser nuestro propósito ofrecer una exposición completa, ni siquiera aproximada, de estas circunstancias especiales; ello equivaldría a querer describir la historia de la época desde 1830, en lo que toca a la comarca del Mosela. Creemos haber cumplido nuestra tarea si demostramos que la palabra franca y pública, en todas las formas, en la forma del discurso oral, en la forma del escrito, en la forma de la imprenta, tanto de la imprenta aún no censurada como de la ya censurada, entró en conflicto con trabas especiales.

El malestar y el desaliento que, de todos modos, quiebran aquella fuerza moral que forma parte de la discusión pública y franca en una población doliente, fueron nutridos especialmente por las condenas judiciales hechas necesarias a raíz de múltiples denuncias «por injurias a un funcionario en el servicio o en relación con su servicio».

Un procedimiento de esta índole vive aún en el fresco recuerdo de muchos viticultores del Mosela. Un ciudadano, particularmente querido por su bondad, le dijo en tono de broma a la criada de un Landrat, el cual la noche anterior, en alegre compañía, con motivo de la celebración del cumpleaños del rey, había hecho frecuentes honores a la copa: «Su señor anoche estaba algo achispado». Fue llevado por esta inocente expresión públicamente ante el tribunal de policía correccional de Tréveris, aunque, como se sobreentiende, fue absuelto.

Hemos elegido precisamente este ejemplo porque al mismo se enlaza necesariamente una simple reflexión. Los Landräte son los censores en sus respectivas ciudades de distrito. Ahora bien, la administración del Landrat, con inclusión de las esferas oficiales a ella subordinadas, será el objeto más prominente, por ser el más próximo, de la prensa local. Si ya de por sí es difícil juzgar en causa propia, incidentes de la índole arriba mencionada, que documentan una representación mórbidamente excitable de la intangibilidad de la posición oficial, tienen que hacer ya de la mera existencia de la censura del Landrat una razón suficiente para la inexistencia de una prensa local franca.

Veamos, pues, cómo el discurso oral, franco y modesto, prepara el camino al tribunal correccional de policía; la forma escrita de la palabra libre, la petición, que aún dista mucho de la publicidad de la prensa, logra el mismo éxito correccional-policial. Así como allí se opone al lenguaje franco la intangibilidad de la posición oficial, aquí se le opone la intangibilidad de las leyes provinciales.

Mediante una «Orden de gabinete» del 6 de julio de 1836, en la que, entre otras cosas, se dice que el rey envía a su hijo a la provincia del Rin para que tome conocimiento de sus condiciones, algunos campesinos del distrito gubernativo de Tréveris se sintieron movidos a solicitar a su «diputado provincial» que les redactara una petición para el príncipe heredero. Al mismo tiempo, indicaban los distintos puntos de queja. El diputado provincial |Valdenaire|, con el fin de aumentar la importancia de la petición mediante un mayor número de peticionarios, envió un mensajero a los alrededores y consiguió así las firmas de 160 campesinos. La petición decía lo siguiente:

«Por cuanto los abajo firmantes, habitantes del distrito de ..., distrito gubernativo de Tréveris, hemos sido informados de que nuestro buen rey nos envía a Su Alteza Real el príncipe heredero para atender a nuestra situación, y a fin de ahorrar a Su Alteza Real la molestia de escuchar las quejas de muchos particulares, encargamos por la presente a nuestro diputado provincial, el señor ..., que exponga con toda sumisión a Su Alteza Real, hijo del mejor de los reyes, el príncipe heredero de Prusia, lo siguiente:

1. Que si no podemos dar salida a nuestros productos sobrantes, especialmente en ganado y vino, nos resulta imposible pagar los impuestos, demasiado elevados en todas las circunstancias, por lo cual se desea una reducción considerable de los mismos, pues de lo contrario tendremos que dejar hacienda y bienes a los agentes del fisco, como demuestra el anexo; (contiene una orden de pago de un agente del fisco por 1 reichstaler, 25 groschen de plata y 5 pfennig).

2. Que Su Alteza Real no juzgue nuestra situación por las manifestaciones de innumerables empleados —demasiado bien remunerados—, pensionados, dietarios, civiles y militares, rentistas y comerciantes, que en las ciudades viven a bajo precio un lujo a costa de nuestros productos, tan desvalorizados, mientras que en la pobre choza del campesino endeudado no se encuentra nada de eso, lo que constituye para él un contraste indignante. Donde antes había 27 empleados con 29.000 táleros, hay ahora 63 funcionarios, sin contar los pensionados, con 105.000 táleros de sueldo.

3. Que nuestros funcionarios comunales sean elegidos directamente por los municipios, como antes.

4. Que las oficinas de declaración aduanera no permanezcan cerradas durante horas en el curso del día, sino que estén abiertas a todas horas, para que el campesino que, sin culpa alguna, se retrase unos minutos, no tenga que helarse cinco o seis horas, o incluso toda la noche, en el camino, o abrasarse durante el día, puesto que el funcionario debe y tiene que estar siempre dispuesto para el pueblo.

5. Que lo que, conforme al § 12 de la ley del 28 de abril de 1828, renovada por el Boletín Oficial del Gobierno Real del 22 de agosto último, ha sido prohibido bajo pena, arar a 2 pies del borde de la cuneta en las carreteras, sea levantado y se permita a los propietarios arar toda su tierra hasta la cuneta de la calzada, para que ésta no sea arrebatada a los propietarios por los guardacaminos.»

Los más sumisos súbditos de Vuestra Alteza Real.

(A continuación, las firmas.)

Esta petición, que el diputado provincial quería entregar al príncipe heredero, fue recibida por otra parte con la promesa expresa de hacerla llegar a Su Alteza Real. Jamás llegó respuesta alguna; pero, en cambio, los tribunales iniciaron una persecución contra el diputado provincial, como autor de una petición en la que se expresaba una «osada e irrespetuosa censura contra las leyes provinciales». A consecuencia de esta querella, el diputado provincial fue condenado en Tréveris a seis meses de prisión y al pago de las costas; pero esta pena fue modificada por el tribunal de apelación en el sentido de que sólo se mantuviera el punto relativo a las costas de la sentencia en cuestión, y ello porque la conducta del inculpado no había estado del todo libre de imprudencia y, por tanto, él había dado lugar al proceso. En cambio, el contenido de la petición misma no se considera en modo alguno punible.

Si se considera que la petición en cuestión, en parte por el objetivo del viaje del príncipe heredero y en parte por la posición del inculpado como diputado provincial, debía convertirse en un acontecimiento particularmente importante y decisivo en todos los alrededores y excitar en alto grado la atención pública, sus consecuencias no habrán provocado precisamente una discusión pública y franca de las condiciones del Mosela, ni habrán hecho probables los deseos de las autoridades al respecto.

Llegamos ahora al verdadero obstáculo a la prensa, a la denegación de censura, la cual, según las indicaciones anteriores, debía figurar entre las rarezas en la misma medida en que el intento de una discusión censurable de las condiciones del Mosela figuraba entre las rarezas.

A un acta del tribunal de jurados, en la que junto a algunas palabras barrocas se hallan también algunas palabras francas, le fue denegada la autorización de impresión por la censura del Landrat. La deliberación tuvo lugar en el tribunal de jurados, pero el acta del consejo había sido redactada por el alcalde. Sus palabras iniciales rezan:

«¡Señores míos! La tierra a orillas del Mosela, entre Tréveris y Coblenza, entre la Eifel y el Hunsrück, es exteriormente del todo pobre, porque vive únicamente de la viticultura y a ésta le han asestado el golpe de gracia los tratados comerciales con Alemania; pero dicha tierra es también espiritualmente pobre», etc.

Que, finalmente, una discusión pública y franca, una vez superados todos los obstáculos indicados y llegada excepcionalmente a las columnas del periódico, era tratada como una excepción y posteriormente aniquilada, lo atestiguará igualmente un hecho. Un artículo publicado hace varios años por el profesor de ciencias camerales Kaufmann, de Bonn, «sobre el estado de penuria de los viticultores del Mosela, etc.», en la Rhein- und Mosel-Zeitung, después de haber circulado durante tres meses en diversas hojas públicas, fue prohibido por el Gobierno Real, prohibición que sigue subsistiendo de hecho aún hoy.

Con esto creo haber respondido suficientemente a la pregunta sobre la relación de la región del Mosela con la Orden de gabinete del 10 de diciembre, con la instrucción de censura del 24 de diciembre basada en ella y con el movimiento de prensa más libre habido desde entonces. Resta aún motivar mi afirmación: «El estado desolador de los viticultores había sido largamente puesto en duda en las altas esferas, y su grito de miseria tenido por un chillido insolente». Se podrá descomponer la frase en cuestión en dos partes: «El estado desolador de los viticultores había sido largamente puesto en duda en las altas esferas» y: «Su grito de miseria había sido tenido por un chillido insolente».

La primera frase, creo, no necesitará ya prueba alguna. La segunda frase: «Su grito de miseria había sido tenido por un chillido insolente» no puede interpretarse sin más, como hace el señor alto presidente, a partir de la primera frase: «Su grito de miseria había sido tenido por un chillido insolente en las altas esferas». No obstante, también esta interpolación puede ser válida, siempre que se tome «en altas esferas» y «en esferas oficiales» como equivalentes.

Que de un «grito de miseria» de los viticultores se podía hablar no sólo en sentido figurado, sino en el sentido propio de la palabra, se habrá desprendido de las comunicaciones anteriores. Que a este grito de miseria, por una parte, se le reprochara su falta de legitimación, considerándose la descripción de la penuria misma como una exageración estridente, surgida de motivos egoístas y mezquinos, y que, por otra parte, la queja y la súplica de esta penuria se entendieran como una «osada e irrespetuosa censura contra las leyes provinciales», estas premisas las han demostrado un informe del Gobierno y un procedimiento criminal. Que, además, un gritar exagerado, que desconoce las circunstancias fácticas, llevado al extremo por malos motivos y que implica una osada censura contra las leyes provinciales, es idéntico a un «chillido», y por cierto a un «chillido insolente», debería ser, cuando menos, una afirmación no traída por los pelos ni buscada con deshonestidad. Que, por tanto, finalmente, se pudiera sustituir una parte por la otra, parece deducirse simplemente como consecuencia lógica.