Artículos para *The New Moral World* por Frederick Engels, 1843

Progreso de la Reforma Social en el Continente

Alemania y Suiza

*The New Moral World*, nº 21, 18 de noviembre de 1843

Alemania tuvo reformadores sociales ya en tiempos de la Reforma. Poco después de que Lutero empezase a proclamar la reforma de la Iglesia y a agitar al pueblo contra la autoridad espiritual, los campesinos del sur y del centro de Alemania se alzaron en una insurrección general contra sus señores temporales. Lutero siempre declaró que su objetivo era retornar al cristianismo primitivo en la doctrina y en la práctica; los campesinos adoptaron exactamente la misma posición y exigieron, por lo tanto, no solo la práctica eclesiástica, sino también la social del cristianismo primitivo. Consideraban que un estado de villanía y servidumbre como aquel en que vivían era incompatible con las doctrinas de la Biblia; una caterva de barones y condes altaneros los oprimía, los despojaba y los trataba a diario como a su ganado; no tenían ley que los protegiera y, en caso de tenerla, no había quien la hiciera cumplir. Semejante estado contrastaba enormemente con las comunidades de los primeros cristianos y con las doctrinas de Cristo, tal como aparecen en la Biblia. De modo que se alzaron y emprendieron una guerra contra sus señores, que no podía ser sino una guerra de exterminio. Thomas Münzer, un predicador al que pusieron a la cabeza, emitió una proclama llena, por supuesto, de los disparates religiosos y supersticiosos de la época, pero que contenía, entre otros, principios como estos: que, según la Biblia, ningún cristiano tiene derecho a poseer propiedad alguna exclusivamente para sí; que la comunidad de bienes es el único estado adecuado para una sociedad de cristianos; que a ningún buen cristiano le está permitido ejercer autoridad o mando sobre otros cristianos, ni detentar cargo alguno de gobierno o poder hereditario, sino que, por el contrario, así como todos los hombres son iguales ante Dios, también deben serlo sobre la tierra. Estas doctrinas no eran más que conclusiones extraídas de la Biblia y de los propios escritos de Lutero; pero el Reformador no estaba dispuesto a llegar tan lejos como el pueblo; a pesar del coraje que había mostrado frente a las autoridades espirituales, no se había librado de los prejuicios políticos y sociales de su época; creía tan firmemente en el derecho divino de príncipes y terratenientes a pisotear al pueblo como creía en la Biblia. Además, necesitaba la protección de la aristocracia y de los príncipes protestantes, y así escribió un panfleto contra los amotinados, no solo desvinculándose de ellos por completo, sino también exhortando a la aristocracia a aplastarlos con la máxima severidad, como a rebeldes contra las leyes de Dios. «¡Matadlos como a perros!», exclamó. El panfleto entero está escrito con tal animosidad, más aún, con tal furia y fanatismo contra el pueblo, que constituirá siempre una mancha en el carácter de Lutero; muestra que, si bien había iniciado su carrera como un hombre del pueblo, ahora estaba enteramente al servicio de sus opresores. La insurrección, tras una guerra civil sangrientísima, fue sofocada y los campesinos fueron reducidos a su antigua servidumbre.

Si exceptuamos algunos casos aislados, de los que el público no hizo caso alguno, desde la guerra de los campesinos hasta una fecha muy reciente no ha existido en Alemania ningún partido de reformadores sociales. La atención pública, durante los últimos cincuenta años, estuvo demasiado ocupada con cuestiones de naturaleza meramente política o meramente metafísica: cuestiones que debían ser resueltas antes de que la cuestión social pudiera discutirse con la calma y el conocimiento necesarios. Hombres que se habrían opuesto decididamente a un sistema de comunidad, de habérseles propuesto, estaban sin embargo allanando el camino para su introducción.

Fue entre la clase obrera alemana donde la reforma social volvió a ser, en los últimos tiempos, tema de discusión. Teniendo Alemania comparativamente poca industria manufacturera, la masa de las clases trabajadoras está constituida por artesanos que, antes de establecerse como pequeños maestros, viajan durante algunos años por Alemania, Suiza y, muy a menudo, también por Francia. Un gran número de trabajadores alemanes va y viene, pues, continuamente a París y desde allí, y no puede por menos que familiarizarse allí con los movimientos políticos y sociales de las clases obreras francesas. Uno de estos hombres, Wilhelm Weitling, natural de Magdeburgo, en Prusia, y simple oficial de sastre, resolvió establecer comunidades en su propio país.

Este hombre, a quien ha de considerarse como el fundador del comunismo alemán, después de unos pocos años de estancia en París, se trasladó a Suiza y, mientras trabajaba en algún taller de sastre en Ginebra, predicaba su nuevo evangelio a sus compañeros de trabajo. Formó asociaciones comunistas en todos los pueblos y ciudades de la orilla suiza del lago de Ginebra, y la mayoría de los alemanes que allí trabajaban se hicieron favorables a sus ideas. Habiendo preparado así el espíritu público, publicó un periódico, *Young Generation*, para una agitación más amplia del país. Este periódico, aunque escrito solo para obreros y por un obrero, fue desde el principio superior a la mayoría de las publicaciones comunistas francesas, incluso al *Populaire* del padre Cabet. Muestra que su redactor tuvo que trabajar muy duro para obtener ese conocimiento de la historia y de la política del que un escritor público no puede prescindir y del que una educación descuidada le había dejado privado. Muestra, al mismo tiempo, que Weitling se esforzaba siempre por unir sus variadas ideas y pensamientos sobre la sociedad en un sistema completo de comunismo. *Young Generation* se publicó por primera vez en 1841; al año siguiente, Weitling publicó una obra: *Garantías de la armonía y de la libertad*, en la que daba una reseña del viejo sistema social y los esbozos de uno nuevo. Quizá en algún momento ofrezca algunos extractos de este libro.

Habiendo establecido así el núcleo de un partido comunista en Ginebra y sus alrededores, se fue a Zúrich, donde, como en otras ciudades del norte de Suiza, algunos de sus amigos habían comenzado ya a actuar sobre el ánimo de los trabajadores. Empezó entonces a organizar a su partido en esas ciudades. Bajo el nombre de «clubes de canto» se formaron asociaciones para la discusión de la reorganización social. Al mismo tiempo, Weitling anunció su intención de publicar un libro: *El Evangelio de los pobres pecadores*. Pero aquí la policía interfirió en sus actividades.

En junio del año pasado, Weitling fue detenido; sus papeles y su libro fueron confiscados antes de que salieran de la imprenta. El ejecutivo de la República nombró una comisión para investigar el asunto e informar al Gran Consejo, los representantes del pueblo. Este informe se imprimió hace unos meses. De él se desprende que existían muchísimas asociaciones comunistas en todas partes de Suiza, compuestas en su mayoría por trabajadores alemanes; que Weitling era considerado el líder del partido y recibía periódicamente informes sobre los progresos; que mantenía correspondencia con asociaciones similares de alemanes en París y Londres, y que todas esas sociedades, estando compuestas por hombres que cambiaban muy a menudo de residencia, eran otros tantos seminarios de esas «doctrinas peligrosas y utópicas», que enviaban a sus miembros más antiguos a Alemania, Hungría e Italia, imbuyendo de su espíritu a todo trabajador que caía a su alcance. El informe fue redactado por el Dr. Bluntschli, hombre de opiniones aristocráticas y fanáticamente cristianas, y todo él está escrito más como una denuncia partidista que como un informe oficial y sereno. El comunismo es denunciado como una doctrina sumamente peligrosa, subversiva de todo el orden existente y destructora de todos los sagrados vínculos de la sociedad. Al piadoso doctor, además, le faltan palabras suficientemente fuertes para expresar sus sentimientos ante las frívolas blasfemias con que esas personas infames e ignorantes tratan de justificar sus perversas y revolucionarias doctrinas mediante pasajes de las Sagradas Escrituras. Weitling y su partido son, a este respecto, exactamente iguales que los icarianos de Francia, y sostienen que el cristianismo es comunismo.

El resultado del proceso de Weitling satisfizo muy poco las expectativas del gobierno de Zúrich. Aunque Weitling y sus amigos fueron a veces muy poco cautelosos en sus expresiones, la acusación de alta traición y conspiración contra él no pudo sostenerse; el tribunal de lo criminal lo condenó a seis meses de prisión y a destierro perpetuo de Suiza; los miembros de las asociaciones de Zúrich fueron expulsados del cantón; el informe se comunicó a los gobiernos de los demás cantones y a las embajadas extranjeras, pero los comunistas de otras partes de Suiza apenas sufrieron interferencias. El procesamiento llegó demasiado tarde y fue demasiado poco secundado por los demás cantones; no contribuyó en nada a la destrucción del comunismo y hasta le fue favorable, por el gran interés que despertó en todos los países de lengua alemana. El comunismo era casi desconocido en Alemania, pero con esto se convirtió en objeto de atención general.

Además de este partido, existe en Alemania otro que propugna el comunismo. El primero, siendo un partido enteramente popular, sin duda unirá muy pronto a todas las clases obreras de Alemania; el partido al que ahora me refiero es un partido filosófico, no vinculado en su origen a los comunistas franceses ni a los ingleses, y surgido de esa filosofía de la que, desde hace cincuenta años, Alemania ha estado tan orgullosa.

La revolución política de Francia fue acompañada por una revolución filosófica en Alemania. Kant la inició derribando el viejo sistema de la metafísica leibniziana que, a fines del siglo pasado, se había introducido en todas las universidades del continente. Fichte y Schelling comenzaron la reconstrucción, y Hegel completó el nuevo sistema. Jamás, desde que el hombre empezó a pensar, ha existido un sistema filosófico tan comprehensivo como el de Hegel. Lógica, metafísica, filosofía de la naturaleza, filosofía del espíritu, filosofía del derecho, de la religión, de la historia: todas quedan unidas en un solo sistema, reducidas a un solo principio fundamental. El sistema parecía del todo inatacable desde fuera, y así era; solo fue derribado desde dentro, por quienes eran hegelianos ellos mismos. No puedo, desde luego, exponer aquí un desarrollo completo ni del sistema ni de su historia, por lo que debo limitarme a las siguientes observaciones. El progreso de la filosofía alemana desde Kant hasta Hegel fue tan consecuente, tan lógico, tan necesario —si se me permite decirlo—, que ningún otro sistema fuera de los que he nombrado podía subsistir. Existen dos o tres, pero no encontraron atención alguna; fueron tan ignorados que nadie les hizo siquiera el honor de derribarlos. Hegel, pese a su enorme erudición y a la profundidad de su pensamiento, estaba tan absorto en cuestiones abstractas, que descuidó liberarse de los prejuicios de su época —una época de restauración de los viejos sistemas de gobierno y de religión—. Pero sus discípulos tenían puntos de vista muy diferentes sobre estos asuntos. Hegel murió en 1831, y ya en 1835 apareció la *Vida de Jesús* de Strauss, la primera obra que mostraba un cierto progreso más allá de los límites del hegelianismo ortodoxo. Siguieron otras; y en 1837 los cristianos se alzaron contra lo que llamaban los nuevos hegelianos, denunciándolos como ateos y reclamando la intervención del Estado. El Estado, sin embargo, no intervino, y la controversia continuó. Por aquel entonces, los nuevos hegelianos, o jóvenes hegelianos, eran tan poco conscientes de las consecuencias de su propio razonamiento que todos negaban el cargo de ateísmo y se llamaban a sí mismos cristianos y protestantes, aunque negaban la existencia de un Dios que no fuera hombre y declaraban que la historia de los Evangelios era pura mitología. Solo hasta el año pasado, en un folleto del autor de estas líneas, se concedió que el cargo de ateísmo era justo. Pero el desarrollo prosiguió. Los jóvenes hegelianos de 1842 fueron declarados ateos y republicanos; la revista del partido, los *Deutsche Jahrbücher*, era más radical y abierta que nunca; se fundó un periódico político, y muy pronto toda la prensa liberal alemana estuvo por completo en nuestras manos. Teníamos amigos en casi todas las ciudades importantes de Alemania; suministrábamos a todos los periódicos liberales la materia necesaria, y por ese medio los convertíamos en nuestros órganos; inundábamos el país de folletos, y pronto gobernábamos la opinión pública en todas las cuestiones. Una relajación pasajera de la censura de prensa añadió no poco vigor a este movimiento, del todo novedoso para una parte considerable del público alemán. Periódicos publicados con autorización de un censor gubernamental contenían cosas que, incluso en Francia, habrían sido castigadas como alta traición, y otras que en Inglaterra no se habrían podido pronunciar sin que un proceso por blasfemia fuese su consecuencia. El movimiento fue tan súbito, tan rápido, tan enérgicamente impulsado, que tanto el gobierno como el público se vieron arrastrados por él durante algún tiempo. Pero este carácter violento de la agitación probaba que no se apoyaba en un partido fuerte entre el público y que su fuerza nacía solo de la sorpresa y la consternación de sus adversarios. Los gobiernos, recobrando el sentido, le pusieron fin mediante una opresión sumamente despótica de la libertad de expresión. Folletos, periódicos, revistas y obras científicas fueron suprimidos por docenas, y el estado de agitación del país no tardó en amainar. Huelga decir que una intromisión tan tiránica no detendrá el progreso de la opinión pública ni extinguirá los principios defendidos por los agitadores; la persecución entera ha resultado absolutamente inútil para los poderes gobernantes; porque, si no hubieran sofocado el movimiento, lo habría frenado la apatía del público en general, un público tan poco preparado para cambios radicales como el de cualquier otro país; y aun cuando ello no hubiese sido así, la agitación republicana habría sido abandonada por los propios agitadores, que al desarrollar cada vez más las consecuencias de su filosofía se han vuelto comunistas. Los príncipes y gobernantes de Alemania, en el preciso momento en que creían haber aplastado para siempre el republicanismo, vieron surgir el comunismo de las cenizas de la agitación política; y esta nueva doctrina les parece aún más peligrosa y temible que aquella por cuya aparente destrucción se regocijaban.

Ya en el otoño de 1842, algunos miembros del partido sostenían la insuficiencia del cambio político y declaraban que, en su opinión, una revolución social basada en la propiedad común era el único estado de la humanidad acorde con sus principios abstractos. Pero ni siquiera los dirigentes del partido, como el Dr. Bruno Bauer, el Dr. Feuerbach y el Dr. Ruge, estaban entonces preparados para ese paso decisivo. El periódico político del partido, la *Rheinische Zeitung*, publicó algunos artículos en favor del comunismo, aunque sin el efecto deseado. El comunismo, no obstante, era una consecuencia tan necesaria de la filosofía de los nuevos hegelianos, que ninguna oposición podía sofocarlo, y en el curso del presente año sus iniciadores han tenido la satisfacción de ver cómo un republicano tras otro se sumaba a sus filas. Además del Dr. Hess, uno de los redactores de la ahora suprimida *Rheinische Zeitung* y que fue, de hecho, el primer comunista del partido, ahora hay otros muchos: el Dr. Ruge, redactor de los *Deutsche Jahrbücher*, la revista científica de los jóvenes hegelianos, suprimida por resolución de la Dieta alemana; el Dr. Marx, otro de los redactores de la *Rheinische Zeitung*; Georg Herwegh, el poeta cuya carta al rey de Prusia fue traducida el pasado invierno por la mayoría de los periódicos ingleses, y otros; y esperamos que el resto del partido republicano se pase también con el tiempo.

Así pues, puede considerarse que el comunismo filosófico ha arraigado para siempre en Alemania, a pesar de los esfuerzos de los gobiernos por sofocarlo. Han aniquilado la prensa en sus dominios, pero sin resultado; los partidos del progreso se aprovechan de la prensa libre de Suiza y de Francia, y sus publicaciones circulan en Alemania tan extensamente como si se imprimieran en el propio país. Todas las persecuciones y prohibiciones han resultado ineficaces, y así será siempre; los alemanes son una nación filosófica y no abandonarán, no pueden abandonar el comunismo, tan pronto como se funde en sólidos principios filosóficos: sobre todo si se deriva como conclusión inevitable de su propia filosofía. Y ésta es la tarea que nos incumbe ahora. Nuestro partido ha de probar que todos los esfuerzos filosóficos de la nación alemana, desde Kant hasta Hegel, o bien han sido inútiles —peor que inútiles—, o bien han de desembocar en el comunismo; que los alemanes tendrán que rechazar a sus grandes filósofos, cuyos nombres enarbolan como gloria de su nación, o tendrán que adoptar el comunismo. Y esto se probará; a este dilema se verán arrastrados los alemanes, y apenas cabe duda de qué lado de la cuestión adoptará el pueblo.

En Alemania hay mayor probabilidad de que se establezca un partido comunista entre las clases cultas de la sociedad que en ningún otro lugar. Los alemanes son una nación muy desinteresada; si en Alemania el principio entra en colisión con el interés, el principio acallará casi siempre las pretensiones del interés. El mismo amor al principio abstracto, el mismo desprecio por la realidad y el interés propio, que han llevado a los alemanes a un estado de nulidad política, esas mismas cualidades garantizan el éxito del comunismo filosófico en ese país. Parecerá muy singular a los ingleses que un partido que se propone la destrucción de la propiedad privada esté compuesto principalmente por quienes la poseen; y, sin embargo, éste es el caso en Alemania. Sólo podemos reclutar nuestras filas entre aquellas clases que han disfrutado de una educación bastante buena; es decir, entre las universidades y entre la clase comerciante; y en ninguna de las dos hemos encontrado hasta ahora dificultades considerables.

En cuanto a las doctrinas particulares de nuestro partido, coincidimos mucho más con los socialistas ingleses que con ningún otro partido. Su sistema, como el nuestro, se funda en principios filosóficos; ellos luchan, como nosotros, contra los prejuicios religiosos, mientras los franceses rechazan la filosofía y perpetúan la religión arrastrándola consigo al proyectado nuevo estado de la sociedad. Los comunistas franceses sólo pudieron ayudarnos en las primeras etapas de nuestro desarrollo, y pronto descubrimos que sabíamos más que nuestros maestros; pero aún tendremos que aprender mucho de los socialistas ingleses. Aunque nuestros principios fundamentales nos proporcionan una base más amplia, en la medida en que los hemos recibido de un sistema filosófico que abarca todas las ramas del saber humano, en todo lo que atañe a la práctica, a los hechos del estado actual de la sociedad, encontramos que los socialistas ingleses nos llevan una gran delantera y han dejado muy poco por hacer. Puedo decir, además, que he conocido a socialistas ingleses con los que coincido en casi todas las cuestiones.

No puedo dar aquí una exposición de este sistema comunista sin alargar desmesuradamente estas páginas; pero me propongo hacerlo en breve, si el redactor del *New Moral World* me concede el espacio necesario. Concluyo, por lo tanto, afirmando que, a pesar de las persecuciones de los gobiernos alemanes (según tengo entendido, en Berlín se está procesando al Sr. Edgar Bauer por una publicación comunista; y en Stuttgart otro caballero ha sido encarcelado por el novedoso delito de «correspondencia comunista»), a pesar de ello, digo, se están dando todos los pasos necesarios para llevar a cabo una eficaz agitación en pro de la Reforma Social, para fundar una nueva revista y asegurar la circulación de todas las publicaciones que defiendan el comunismo.