Artículos para The New Moral World por Frederick Engels

Progreso de la reforma social en el continente

The New Moral World No. 19, 4 de noviembre de 1843

Siempre me ha sorprendido en cierta medida, desde que conocí a los socialistas ingleses, encontrar que la mayoría de ellos están muy poco al corriente del movimiento social que se desarrolla en diferentes partes del continente. Y sin embargo, hay más de medio millón de comunistas en Francia, sin contar a los fourieristas y otros reformadores sociales menos radicales; hay asociaciones comunistas en cada rincón de Suiza, que envían misioneros a Italia, Alemania e incluso Hungría; y la filosofía alemana, tras un largo y penoso periplo, ha venido a desembocar por fin en el comunismo.

Así pues, los tres grandes países civilizados de Europa —Inglaterra, Francia y Alemania— han llegado todos a la conclusión de que una revolución completa de la organización social, basada en la comunidad de bienes, se ha convertido ahora en una necesidad urgente e inevitable. Este resultado es tanto más notable cuanto que ha sido alcanzado por cada una de las naciones mencionadas independientemente de las otras; hecho del que no puede haber prueba más contundente de que el comunismo no es la consecuencia de la posición particular de la nación inglesa, o de cualquier otra, sino que es una conclusión necesaria, que no puede evitar extraerse de las premisas dadas en los hechos generales de la civilización moderna.

Por consiguiente, debe parecer deseable que las tres naciones se entiendan entre sí, que sepan en qué medida están de acuerdo y en qué medida difieren; porque también ha de haber diferencias, debido al distinto origen de la doctrina de la comunidad en cada uno de los tres países. Los ingleses llegaron a la conclusión de manera práctica, por el rápido aumento de la miseria, la desmoralización y el pauperismo en su propio país; los franceses, políticamente, reclamando primero libertad e igualdad políticas y, al encontrar esto insuficiente, añadiendo a sus reivindicaciones políticas la libertad social y la igualdad social; los alemanes se hicieron comunistas filosóficamente, razonando a partir de primeros principios. Siendo este el origen del socialismo en los tres países, deben existir diferencias sobre puntos secundarios; pero creo que podré demostrar que estas diferencias son muy insignificantes y plenamente compatibles con los mejores sentimientos por parte de los reformadores sociales de cada país hacia los del otro. Lo que hace falta es que se conozcan entre sí; una vez conseguido esto, estoy seguro de que todos abrigarán los mejores deseos por el éxito de sus hermanos comunistas del extranjero.

I

FRANCIA

Francia es, desde la Revolución, el país exclusivamente político de Europa. Ninguna mejora, ninguna doctrina puede alcanzar importancia nacional en Francia si no se plasma en alguna forma política. Parece ser la tarea que la nación francesa ha de desempeñar en la etapa actual de la historia de la humanidad: atravesar todas las fases del desarrollo político y llegar, a partir de un comienzo meramente político, al punto en que todas las naciones, por todas las distintas vías, han de coincidir en el comunismo. El desarrollo de la conciencia pública en Francia lo muestra con claridad, y muestra al mismo tiempo cuál ha de ser la historia futura de los cartistas ingleses.

La Revolución Francesa fue la eclosión de la democracia en Europa. La democracia es, a mi entender —y lo mismo pienso de todas las formas de gobierno—, una contradicción en sí misma, una falsedad, nada más que hipocresía (teología, como la llamamos los alemanes), en el fondo. La libertad política es una libertad fingida, la peor esclavitud posible; la apariencia de libertad y, por tanto, la realidad de la servidumbre. Lo mismo ocurre con la igualdad política; por eso la democracia, como cualquier otra forma de gobierno, tiene que acabar por desmoronarse: la hipocresía no puede subsistir, la contradicción oculta en ella tiene que salir a la luz; hemos de tener o una esclavitud regular —es decir, un despotismo sin tapujos—, o verdadera libertad y verdadera igualdad —es decir, el comunismo. Ambas consecuencias se manifestaron en la Revolución Francesa; Napoleón estableció la primera y Babeuf la segunda. Creo que puedo ser breve en lo que respecta al babuvismo, ya que la historia de su conspiración, escrita por Buonarroti, ha sido traducida al inglés. La conjura comunista no triunfó porque el comunismo de entonces era de un tipo muy tosco y superficial, y porque, por otra parte, la conciencia pública no estaba aún lo suficientemente avanzada.

El siguiente reformador social francés fue el conde de Saint-Simon. Logró formar una secta, e incluso algunos establecimientos, pero ninguno prosperó. El espíritu general de las doctrinas saint-simonianas se parece mucho al de los socialistas de Ham Common, en Inglaterra, aunque en el detalle de los arreglos y las ideas haya una gran diferencia. Las singularidades y excentricidades de los saint-simonianos pronto se convirtieron en víctimas del ingenio y la sátira franceses; y en Francia, todo lo que una vez ha sido ridiculizado está inevitablemente perdido. Pero, aparte de esto, hubo otras causas para el fracaso de los establecimientos saint-simonianos. Todas las doctrinas de este partido estaban envueltas en las nubes de un misticismo ininteligible que, quizás al principio, atrae la atención del pueblo, pero que a la larga no puede sino defraudar sus expectativas. Sus principios económicos, además, no eran irreprochables: la parte de cada uno de los miembros de sus comunidades en la distribución del producto debía regularse, en primer lugar, por la cantidad de trabajo que hubiera realizado y, en segundo lugar, por la cantidad de talento que desplegara. Un republicano alemán, Boerne, respondió con razón a este principio que el talento, en vez de ser recompensado, debía considerarse más bien como una ventaja natural y que, por tanto, debía hacerse una deducción de la parte de los talentosos para restablecer la igualdad.

El saint-simonismo, después de haber excitado, como un brillante meteoro, la atención de los pensadores, desapareció del horizonte social. Ya nadie piensa en él, nadie habla de él; su tiempo ha pasado.

Casi al mismo tiempo que Saint-Simon, otro hombre dirigió la actividad de su poderoso intelecto hacia el estado social de la humanidad: Fourier. Aunque los escritos de Fourier no muestran esos brillantes destellos de genio que encontramos en Saint-Simon y en algunos de sus discípulos; aunque su estilo es rudo y muestra, en gran medida, el esfuerzo con que el autor forcejea constantemente por sacar a la luz sus ideas y por expresar cosas para las que no existen palabras en la lengua francesa, leemos sus obras con mayor placer y encontramos en ellas un valor más real que en las de la escuela precedente. También hay misticismo, y tan extravagante como el que más, pero puede uno cortarlo y echarlo a un lado, y quedará algo que no se encuentra entre los saint-simonianos: investigación científica, pensamiento frío, imparcial, sistemático; en suma, filosofía social; mientras que el saint-simonismo solo puede llamarse poesía social. Fue Fourier quien, por primera vez, estableció el gran axioma de la filosofía social: que, poseyendo cada individuo una inclinación o predilección por algún tipo particular de trabajo, la suma de todas esas inclinaciones de todos los individuos debe ser, en conjunto, una fuerza adecuada para satisfacer las necesidades de todos. De este principio se sigue que, si se deja a cada individuo seguir su propia inclinación, hacer y dejar lo que le plazca, las necesidades de todos quedarán satisfechas sin los medios coercitivos empleados por el actual sistema social. Esta afirmación parece audaz y, sin embargo, tal como Fourier la establece, es del todo inexpugnable, casi evidente por sí misma: el huevo de Colón. Fourier demuestra que todo el mundo nace con una inclinación por algún tipo de trabajo; que la ociosidad absoluta es un disparate, algo que nunca ha existido ni puede existir; que la esencia de la mente humana es estar activa por sí misma y poner el cuerpo en actividad, y que, por tanto, no hay necesidad de forzar a la gente a la actividad, como ocurre en el estado de sociedad actual, sino solo de dar a su actividad natural la dirección correcta. Prosigue demostrando la identidad del trabajo y el goce, y muestra la irracionalidad del sistema social actual, que los separa, convirtiendo el trabajo en una fatiga y colocando el goce fuera del alcance de la mayoría de los trabajadores; muestra además cómo, bajo un ordenamiento racional, el trabajo puede convertirse en lo que está destinado a ser: un goce, dejando a cada cual seguir sus propias inclinaciones.

No puedo, por supuesto, seguir a Fourier a través de toda su teoría del trabajo libre, y creo que esto bastará para mostrar a los socialistas ingleses que el fourierismo es un tema muy digno de su atención.

Otro de los méritos de Fourier es haber mostrado las ventajas —más aún, la necesidad— de la asociación. Bastará con mencionar este punto, pues sé que los ingleses son plenamente conscientes de su importancia.

Hay, sin embargo, una incongruencia en el fourierismo, y muy importante además, y es su no abolición de la propiedad privada. En sus falansterios, o establecimientos asociativos, hay ricos y pobres, capitalistas y trabajadores. La propiedad de todos los miembros se pone en un fondo común, el establecimiento mantiene comercio, industria agrícola y manufacturera, y los ingresos se reparten entre los miembros: una parte como salarios del trabajo, otra como recompensa por la habilidad y el talento, y una tercera como beneficios del capital. Así, después de todas las hermosas teorías de la asociación y el trabajo libre; después de un buen montón de declamación indignada contra el comercio, el egoísmo y la competencia, ¡tenemos en la práctica el viejo sistema competitivo sobre un plan perfeccionado, una bastilla de la ley de pobres sobre principios más liberales! Ciertamente, aquí no podemos detenernos; y los franceses tampoco se han detenido aquí.

El avance del fourierismo en Francia fue lento, pero regular. No hay muchísimos fourieristas, pero cuentan entre sus filas con una parte considerable del talento hoy activo en Francia. Victor Considérant es uno de sus escritores más brillantes. Tienen también un periódico, el Phalange, que antes se publicaba tres veces por semana y ahora a diario.

Como los fourieristas están ahora representados también en Inglaterra por el Sr. Doherty, creo que he dicho bastante acerca de ellos, y paso a ocuparme del partido más importante y más radical de Francia: los comunistas.

Dije antes que todo cuanto en Francia pretenda tener importancia nacional ha de ser de naturaleza política, o no prosperará. Saint-Simon y Fourier no tocaron en absoluto la política, y sus proyectos, por tanto, no pasaron a ser propiedad común de la nación, sino mero tema de discusiones privadas. Hemos visto cómo el comunismo de Babeuf surgió de la democracia de la primera revolución. La segunda revolución, la de 1830, dio origen a otro comunismo, más poderoso. La «gran semana» de 1830 fue realizada por la unión de las clases medias y trabajadoras, los liberales y los republicanos. Una vez cumplida la obra, las clases trabajadoras fueron despedidas y los frutos de la revolución fueron apropiados por las clases medias exclusivamente. Los obreros organizaron varias insurrecciones por la abolición del monopolio político y la instauración de la república, pero siempre fueron derrotados; las clases medias no solo contaban con el ejército a su favor, sino que además formaban ellas mismas la guardia nacional. Durante este tiempo (1834 o 1835) surgió una doctrina nueva entre los obreros republicanos. Vieron que, aun después de triunfar en sus planes democráticos, seguirían siendo juguete de sus líderes más talentosos y mejor instruidos, y que su condición social, causa de su descontento político, no mejoraría con cambio político alguno. Remitieron a la historia de la gran revolución y se aferraron con avidez al comunismo de Babeuf. Esto es todo cuanto se puede afirmar, sin riesgo de error, acerca del origen del comunismo moderno en Francia; el asunto se discutió primero en las calles oscuras y los callejones atestados del suburbio parisino de Saint-Antoine, y poco después en las asambleas secretas de los conspiradores. Quienes saben más sobre su origen ponen buen cuidado en guardarse ese conocimiento para sí, a fin de evitar el «brazo fuerte de la ley». Sin embargo, el comunismo se extendió rápidamente por París, Lyon, Toulouse y las demás grandes ciudades manufactureras del reino; diversas asociaciones secretas se sucedieron unas a otras, entre las cuales la de los «Travailleurs Égalitaires», u Obreros Igualitarios, y la de los «Humanitarios», fueron las más importantes. Los Igualitarios eran más bien un «grupo rudo», semejante a los babuvistas de la gran revolución; se proponían convertir el mundo en una comunidad de trabajadores, suprimiendo todo refinamiento de la civilización, la ciencia, las bellas artes, etcétera, por considerarlos lujos inútiles, peligrosos y aristocráticos, prejuicio que derivaba necesariamente de su total ignorancia de la historia y de la economía política. Los Humanitarios se distinguieron particularmente por sus ataques al matrimonio, la familia y otras instituciones semejantes. Tanto unos como otros, al igual que dos o tres partidos más, tuvieron muy corta vida, y la gran masa de las clases trabajadoras francesas adoptó muy pronto las doctrinas expuestas por el Sr. Cabet, «Père Cabet» (Padre C.), como se le llama, y que en el continente son conocidas bajo el nombre de comunismo icariano.

Este bosquejo de la historia del comunismo en Francia muestra, en cierta medida, cuál debe ser la diferencia entre el comunismo francés y el inglés. El origen de la reforma social en Francia es político; se constata que la democracia no puede dar la igualdad real, y se recurre, por tanto, al sistema de la comunidad. La mayor parte de los comunistas franceses son, pues, además republicanos; desean un estado social de comunidad bajo una forma republicana de gobierno. Ahora bien, no creo que los socialistas ingleses opusieran objeciones serias a esto; porque, aunque son más partidarios de una monarquía electiva, los sé demasiado ilustrados para imponer su tipo de gobierno a un pueblo totalmente contrario a él. Es evidente que intentarlo sumiría a ese pueblo en desórdenes y dificultades mucho mayores que los que se derivarían de su propio modo de gobierno democrático, aun suponiendo que este fuera malo.

Pero hay otras objeciones que podrían hacerse a los comunistas franceses. Pretenden derrocar por la fuerza al actual gobierno de su país, y lo han demostrado con su política continua de asociaciones secretas. Esto es cierto. Ni siquiera los icarianos, aunque declaren en sus publicaciones que aborrecen las revoluciones violentas y las sociedades secretas, dejan de asociarse de este modo, y aprovecharían gustosos cualquier oportunidad para instaurar una república por la fuerza. Se objetará a esto, me atrevo a decir, y con razón, porque, en todo caso, las asociaciones secretas son siempre contrarias a la prudencia común, en la medida en que exponen a los partidos a persecuciones legales innecesarias. No me inclino a defender semejante línea de conducta, pero hay que explicarla, dar razón de ella; y ello se logra plenamente por la diferencia del carácter nacional y del gobierno francés e inglés. La constitución inglesa ha sido, desde hace unos ciento cincuenta años, sin interrupción, la ley del país; todo cambio se ha efectuado por medios legales, por formas constitucionales; por consiguiente, los ingleses han de tener un fuerte respeto por sus leyes. Pero, en Francia, durante los últimos cincuenta años, una alteración forzada ha seguido a la otra; todas las constituciones, desde la democracia radical hasta el despotismo abierto, toda clase de leyes fueron, tras una corta existencia, desechadas y reemplazadas por otras; ¿cómo puede entonces el pueblo respetar sus leyes? Y el resultado de todas estas convulsiones, tal como ahora está establecido en la constitución y las leyes francesas, es la opresión de los pobres por los ricos, una opresión mantenida por la fuerza: ¿cómo puede esperarse que los oprimidos amen sus instituciones públicas, que no recurran a los viejos ardides de 1792? Saben que, si son algo, lo son por enfrentar la fuerza con la fuerza, y no teniendo, en el momento actual, otro medio, ¿por qué habrían de vacilar un instante en aplicarlo? Se dirá, además: ¿por qué no establecen los comunistas franceses comunidades, como han hecho los ingleses? Mi respuesta es: porque no se atreven. Si lo hicieran, el primer experimento sería sofocado por los soldados. Y aun si se les permitiera hacerlo, de nada les serviría. Siempre he entendido que el establecimiento de Harmony no era sino un experimento, destinado a mostrar la posibilidad de los planes del Sr. Owen, si se ponían en práctica, para forzar a la opinión pública a una idea más favorable de los proyectos socialistas encaminados a aliviar la miseria pública. Pues bien, de ser ese el caso, semejante experimento sería inútil en Francia. Mostrad a los franceses, no que vuestros planes son practicables, porque eso los dejaría fríos e indiferentes. Mostradles que vuestras comunidades no pondrán al género humano bajo un «despotismo férreo», como dijo el señor Bairstow, el cartista, en su reciente discusión con el señor Watts. Mostradles que la libertad real y la igualdad real solo serán posibles bajo ordenamientos comunitarios, mostradles que la justicia exige tales ordenamientos, y entonces los tendréis a todos de vuestro lado.

Pero volvamos a las doctrinas sociales de los comunistas icarianos. Su «libro sagrado» es el Voyage en Icarie (Viaje a Icaria) del Padre Cabet, quien, dicho sea de paso, fue anteriormente fiscal general y miembro de la Cámara de Diputados. Las disposiciones generales para sus comunidades difieren muy poco de las del Sr. Owen. Han incorporado en sus planes todo lo racional que encontraron en Saint-Simon y Fourier; y, por tanto, son muy superiores a los antiguos comunistas franceses. En cuanto al matrimonio, concuerdan perfectamente con los ingleses. Se hace todo lo posible por asegurar la libertad del individuo. Los castigos han de ser abolidos y reemplazados por la educación de los jóvenes y por un tratamiento mental racional de los adultos.

Es, sin embargo, curioso que, mientras los socialistas ingleses se oponen por lo general al cristianismo y tienen que sufrir todas las preocupaciones religiosas de un pueblo realmente cristiano, los comunistas franceses, que forman parte de una nación célebre por su incredulidad, sean ellos mismos cristianos. Uno de sus axiomas favoritos es que el cristianismo es comunismo, «le Christianisme c'est le Communisme». Tratan de demostrarlo con la Biblia, el estado de comunidad en que se dice que vivieron los primeros cristianos, etc. Pero todo esto solo muestra que estas buenas gentes no son los mejores cristianos, aunque se titulen así; porque si lo fueran, conocerían mejor la Biblia y encontrarían que, si bien unos pocos pasajes de la Biblia pueden ser favorables al comunismo, el espíritu general de sus doctrinas le es, no obstante, totalmente opuesto, lo mismo que a toda medida racional.

El auge del comunismo ha sido saludado por la mayoría de las mentes eminentes de Francia; Pierre Leroux, el metafísico; George Sand, la valiente defensora de los derechos de su sexo; el abate de Lamennais, autor de las Palabras de un creyente, y muchísimos otros, se inclinan más o menos hacia las doctrinas comunistas. El escritor más importante, sin embargo, en esta línea es Proudhon, un joven que publicó hace dos o tres años su obra: What is Property? (Qu'est-ce que la Propriété?), donde daba la respuesta: «La propriété c'est le vol», la propiedad es un robo. Esta es la obra más filosófica, de parte de los comunistas, en lengua francesa; y, si deseo ver algún libro francés traducido a la lengua inglesa, es este. El derecho de propiedad privada, las consecuencias de esta institución, la competencia, la inmoralidad, la miseria, están aquí desarrollados con una fuerza de entendimiento y una verdadera investigación científica como nunca después he encontrado reunidas en un solo volumen. Además de esto, hace observaciones muy importantes sobre el gobierno, y habiendo probado que toda clase de gobierno es igualmente objetable, ya sea democracia, aristocracia o monarquía, que todos gobiernan por la fuerza; y que, en el mejor de los casos posibles, la fuerza de la mayoría oprime la debilidad de la minoría, llega, por último, a la conclusión: «Nous voulons l'anarchie!» Lo que queremos es la anarquía; el gobierno de nadie, la responsabilidad de cada uno ante nadie más que ante sí mismo.

Sobre este tema habré de extenderme más cuando llegue a los comunistas alemanes. Solo tengo que añadir ahora que los comunistas icarianos franceses se calculan en alrededor de medio millón, sin contar mujeres y niños. Una falange bastante respetable, ¿no es verdad? Tienen un periódico mensual, Le Populaire, editado por el Padre Cabet; y, además de este, P. Leroux publica una revista, la Independent Review, en la cual se defienden filosóficamente los principios del comunismo.

F. Engels

Mánchester, 23 de octubre de 1843