FEDERICO GUILLERMO IV, REY DE PRUSIA * [Einundzwanzig Bogen aus der Schweiz, octubre de 1842]

Entre los príncipes europeos cuya personalidad atrae también la aten. ción fuera de las fronteras de sus países se destacan, sobre todo, cuatro: Nicolás de Rusia, por la rectitud y la franqueza sin recato con que tiende hacia el despotismo; Luis-Felipe, que trata de adaptar a Maquiavelo a nuestro tiempo; Victoria de Inglaterra, modelo acabado de reina constitucional, y Federico Guillermo IV, cuyos designios, tal y como se han manifestado, claros e innegables, en los dos años de su gobierno, nos proponemos examinar de cerca aquí.

Pero no se crea que hablarán en nosotros el odio y el sentimiento de venganza de un partido postergado y aborrecido por él y oprimido y maltratado por sus funcionarios, la amarga furia acumulada bajo la censura y que ahora se aprovecha de la libertad de prensa para lanzar contra el rey historias de escándalos y los chismes que circulan por Berlín. No; el Mensajero alemán se ocupa de otras cosas. Sin embargo, ante las viles y deshonrosas adulaciones con que diariamente son tratados en los periódicos los príncipes y los pueblos alemanes, es absolutamente necesario que esos señores sean contemplados alguna vez desde otro punto de vista, que sus actos y sus intenciones, al igual que los de cualquier otro, sean enjuiciados sin miramiento alguno. En los años finales del reinado anterior,2 la reacción en el Estado comenzó a asociarse con la reacción eclesiástica. Ante el giro que tomaba la oposición frente a la libertad absoluta, tanto el Estado como al iglesia ortodoxa viéronse obligados a retornar a sus premisas y hacer valer con todas sus consecuencias el principio cristiano. De este modo, los ortodoxos protestantes volvieron al catolicismo, fase que encuentra sus representantes más consecuentes y más dignos en Leo y Krumma. cher y el Estado protestante retornó a la consecuente monarquía cristiano-feudal, que es, precisamente, la que Federico Guillermo IV aspira a poner en pie.

Federico Guillermo IV es en todo un producto de su tiempo, una figura que sólo es posible comprender en todo su alcance partiendo del desarrollo del espíritu libre y de su lucha contra el cristianismo. Este rey representa la consecuencia extrema del principio prusiano, que cobra cuerpo en él en su último esfuerzo por erguirse, pero también en su total impotencia frente a la libre autoconciencia. Con él termina la trayectoria en la idea de la Prusia anterior; ya no es posible que esta Prusia vuelva a ser una realidad y, si Federico Guillermo consigue poa El de Federico Guillermo 1H (1797-1840). [112]

FEDERICO GUILLERMO IV, REY DE PRUSIA 113 ner en práctica su sistema, Prusia tendrá que echar mano de un principio totalmente nuevo -——que sólo podrá ser el del espíritu: libre— o bien, si no tiene la fuerza necesaria para lanzarse a aquel progreso, se hundirá.

El Estado a que aspira Federico Guillermo IV es, según él mismo dice, el Estado cristiano. La forma bajo la que se manifiesta el cristianismo cuando queremos analizarlo científicamente, es la teología. La esencia de la teología, sobre todo en nuestro tiempo, consiste en suavizar y esfumar las antítesis absolutas. Ni el más consecuente cristiano podría emanciparse totalmente de las condiciones de nuestro tiempo; la época en que vive le obliga a aceptar ciertas modificaciones al cristianismo; lleva en sí ciertas premisas que, al desarrollarse, podrían conducir al ateísmo. Y así surge aquella forma de la teología que ha encontrado su analizador en B. Bauer y que penetra toda nuestra época con su mentira interior y su hipocresía. A esta teología corresponde, en el terreno del Estado, el actual sistema de gobierno de Prusia. No cabe duda de que Federico Guillermo 1V tiene un sistema, un sistema ro. mántico: perfectamente desarrollado y que es una consecuencia necesaria del. punto de vista en que él se sitúa, pues quien desee organizar un Estado partiendo de esa. concepción debe tener necesariamente en el caletre más de dos o tres ideas sueltas e inconexas. - La esencia teológica de este sistema sería; pues, lo que provisionalmente habría que desarrollar. . o El rey de Prusia, en su intento de llevar a sus últimas consecuencias el principio de la legitimidad, no sólo se suma a la Escuela histórica del derecho,** sino que lleva todavía más adelante su programa, hasta llegar casi a la “Restauración” de Haller.*5 En primer lugar, para realizar el Estado cristiano, tiene que imbuir las ideas cristianas al Estado burocrático racionalista que se. había hecho casi pagano, tiene que elevar el culto y tratar de fomentar la participación en sus actos. Así lo hizo, en efecto. Tal fue la finalidad de las medidas encaminadas a estimular la asistencia a la Iglesia, en particular por parte de los funcionarios; la más rigurosa observancia de la fiesta dominical, el propósito de hacer más rigurosos los requisitos para el divorcio; la depuración de las facultades de Teología, que en parte ya ha comenzado; el peso de una fe vigorosa, que se echa en la balanza y que gravita más en ella que los conocimientos, en los exámenes teológicos; la provisión de muchos cargos con personas entre las que se da preferencia a los creyentes, y muchos otros hechos conocidos de todo el mundo. Todos ellos pueden servir para ilustrar con cuánta fuerza aspira Federico Guillermo IV a introducir de nuevo el cristianismo directamente en el Estado, a ajustar las leyes del Estado a los preceptos de la moral bíblica. Pero esto no es más que lo primero, lo más inmediato. El sistema del Estado cristiano no puede detenerse aquí. El paso ulterior es la separación de la Iglesia del Estado, paso que va más allá del Estado protestante. El rey es en éste el summus episcopus,b que reune en su persona la más alta autori. b Obispo supremo, o sea el jefe de la Iglesia nacional evangélica. 114 FEDERICO GUILLERMO IV, REY DE PRUSIA dad eclesiástica y secular; el objetivo más alto de esta forma de Estado es la fusión del Estado y la Iglesia, tal como Hegel la proclama. Pero así como todo el protestantismo es una concesión a la secularidad, así también lo es el episcopado del príncipe. Es una confirmación y una justificación de la primacía pontificia, en cuanto que reconoce la necesidad de una cabeza visible de la Iglesia; pero, de otra parte, acata como el poder supremo absoluto al poder secular, terrenal, a la autoridad suma del Estado, supeditando a él el poder de la Iglesia. No es que se equiparen los dos poderes, el temporal y el religioso, sino que se considera el primero como sometido al segundo. En efecto, el príncipe ya era prín. cipe antes de ser investido summus episcopus, y siguió siéndolo antes que nada, sin mezcla de carácter teocrático. La otra cara de la medalla es, claro está, que el príncipe reúne ahora en su persona todo el poder, así el terrenal como el celestial, y personifica, como un dios sobre la tierra, la cúspide del Estado religioso, Pero, como toda subordinación contradice al espíritu cristiano, es absolutamente necesario que el Estado, para hallarse en consonancia con las exigencias del cristianismo, reconozca a la Iglesia su independencia con respecto a él. Ahora bien, este retorno al catolicismo €s imposible, y asimismo es irrealizable la emancipación absoluta de la Iglesia, a menos de menoscabar con ello los pilares fundamentales del Es. tado; por tanto, no hay más remedio que buscar un sistema intermedio. Esto es, en efecto, lo que ya ha hecho Federico Guillermo 1V en relación con la iglesia católica, y por lo que a la iglesia protestante se refiere, hay hechos claros como la luz del sol reveladores de cómo piensa en este punto, y entre ellos hay que citar, especialmente, la supresión del deber de permanécer unidos * y la exención de los viejos luteranos de la presión a que se hallaban sujetos. Ahora bien, en la confesión protestante se da una circunstancia muy peculiar. No hay en ella una cabeza visible, aparece dividida en muchas sectas y, así, el Estado protestante sólo puede dejarla en libertad al considerar como corporaciones a las distintas sectas, concediéndoles libertad absoluta en sus propios asuntos. El príncipe, sin embargo, no renuncia a su episcopado, sino que se reserva el derecho de confirmación y, en general, la soberanía, al tiempo que, de otra parte, reconoce el cristianismo como un poder situado por encima del suyo y se inclina también, consecuente con esto, ante la iglesia. De este modo, no sólo permanecen en pie, a pesar de su aparente solución, todas las contradicciones en que se mueve el Estado protestante, sino que se opera, además, una mezcla con los principios del Estado católico, la cual no tiene más remedio que provocar una extraña confusión o carencia de principios. Y esto no es teológico.

El Estado protestante, por medio de Altenstein y Federico Guillermo III y a través del proceso seguido al arzobispo de Colonia," ha proclamado el principio de que un católico consecuente no puede ser un ciudadano útil del Estado. Este principio, cuya aplicación resume toda la historia de la Edad Media, no rige solamente para el Estado FEDERICO GUILLERMO IV, REY DE PRUSIA 115 protestante, sino para cualquier Estado, en general. Quien haga de todo su ser y de toda su vida simplemente una escuela de preparación para entrar en el cielo no puede interesarse en lo terrenal, que es lo que el Estado pide de sus ciudadanos. El Estado pretende serlo de todos los individuos que a él pertenecen; no reconoce sobre sí ningún otro poder y se presenta como la autoridad absoluta. El católico, en cambio, reconoce como lo absoluto a Dios y a su institución, que es la Iglesia, razón por la cual no puede situarse sin una reserva interior en el terreno del Estado. Y esta contradicción es insoluble. Incluso el Estado católico tiene que someterse a la Iglesia, en lo que a los católicos se refiere, si no quiere que éstos se aparten de él; imaginémonos, pues, con cuánta mayor fuerza no se apartarán del Estado no católico. En este respecto, el proceder del gobierno anterior era perfectamente consecuente y fundamentado; el Estado sólo puede dejar intangible la confesión católica en la medida en que ésta se someta a las leyes vigentes. Claro que esta situación no podía dar satisfacción-a un Estado cristiano. Pero, ¿qué podía hacerse? El Estado protestante no podía ser menos que los católicos Hohenstaufen y, dada la altura de conciencia a que se habían elevado el Estado y la Iglesia, sólo cabía llegar a una solución definitiva mediante el sometimiento del uno o de la otra, sometimiento que habría representado la propia negación de quien lo aceptara. El asunto habíase convertido en un problema de principios, y ante los principios debían pasar a segundo plano los casos concretos, en cuanto tales, ¿Qué hizo, en este trance, Federico Guillermo IV? Obrando de un modo verdaderamente teológico, sacrificó los incómodos principios, se atuvo exclusivamente al caso dado, que al margen de los principios pasaba a ser un caso embrollado, y trató de quitárselo de en medio recurriendo a la mediación. Y, como la curia no cedió, fue el Estado el que salió de la pelea con el ojo hinchado. He aquí, reducida a su verdadero contenido, la famosa y gloriosa solución dada a los disturbios de Colonia. Las mismas contradicciones provocadas por Federico Guillermo TV en cuanto a la posición del Estado ante la Iglesia fueron las que el rey trató también de suscitar en otros aspectos de la vida del Estado, aunque aquí superficialmente encubiertas. En este punto, podía apoyarse en las teorías ya existentes de la Escuela histórica del derecho y no tropezaba, por tanto, con graves dificultades. “El curso de la historia habíase encargado de imponer en Alemania el principio de la monarquía absoluta, de destruir los derechos de: los viejos estamentos feudales y de elevar al monarca al rango de: un dios dentro del Estado. En el período de 1807 a 1812 habían sido, además, resueltamente atacados y en parte quitados de en medio los restos de la Edad Media. Y, por mucho del pasado que luego. se restaurase, la legislación de aquel tiempo y el derecho nacional formulado bajo el influjo de la Hustración habrían de ser los fundamentos de la legislación prusiana. Este estado de cosas no podía por menos de resultar insostenible. De ahí que Federico Guillermo IV se apoyara en todos los vestigios de la 116 FEDERICO GUILLERMO IV, REY DE PRUSIA Edad Media que encontró. Se favoreció a la nobleza surgida de los mayorazgos y se la reforzó, además, mediante nuevos privilegios, otorgados bajo la condición de que se fundaran mayorazgos nuevos, se consideró y se trató al estamento de la burguesía como a tal estamento aparte, separado de la nobleza y de los campesinos y que representaba el comercio y la industria; se favoreció la separación de las corporaciones, la independencia de algunos oficios y su asimilación al régimen gremial, etc, “Todos los discursos y actos del rey revelan de antemano su predilección por el régimen “corporativo, y nada demuestra mejor que esto su punto de vista medieval, Esta coexistencia de corporaciones privilegiadas, que pueden actuar en sus asuntos internos con cierta libertad e independencia, cada una de las cuales se halla unida a las otras por los mismos intereses, pero que, al mismo tiempo, se combaten y tratan de engañarse mutuamente; esta dispersión de las fuerzas del Estado hasta llegar a la total disolución de éste, tal y.como lo vemos en el Imperio alemán, constituye uno de los rasgos más esenciales de la Edad Media. Pero de suyo se comprende que Federico Guillermo TV.mo se propone, ni. mucho menos, llevar el Estado cristiano hasta estas últimas consecuencias. Cree, ciertamente, que él ha sido Hamado a instaurar. el Estado verdaderamente cristiano, pero lo que en realidad quiere sólo es su: apariencia teológica, el esplendor y el brillo, no la: miseria, la penuria, el desorden y la autonegación del Estado cristiano; quiere solamente, para decirlo en una palabra, una Edad Media moderada; del mismo*modo que el papa León sólo aspira al brillante culto, a la incubación de iglesias, etc., del catolicismo, pero no al catolicismo en su totalidad, con pelos y señales.

De ahí también que Federico Guillermo no sea tampoco, en sus aspiraciones (¡Dios nos libre!), absolutamente violento y antiliberal; no, él quiere dejar a su Prusia todas las libertades posibles, pero todas ellas bajo la forma de la falta de libertad, del monopolio y el privilegio. Este rey no es un adversario resuelto de la prensa libre; quiere otorgar la libertad de prensa, pero también como un monopolio del estamento preferentemente científico. No se propone abolir o denegar la representación; lo que no quiere es que estén representados los ciudadanos en cuanto tales; labora por implantar una representación de los estamentos, como en parte se ha decretado ya con respecto a los estamentos provinciales de Prusia. En resumen; Federico Guillermo IV no reconoce los derechos generales, los derechos del hombre y del ciudadano, sino solamente los derechos corporativos, los monopolios y los privilegios. Y está dispuesto a otorgar gran cantidad de estos derechos, todos los que pueda, siempre y cuando que su poder absoluto no se vea limitado por los preceptos positivos de la ley. Y tal vez aún más. Tal vez abrigue en secreto, a pesar de las declaraciones de Breslau y Kúónigsberg,*8 la intención de coronar la obra, una vez realizada en suficiente medida su política teológica, mediante el otorgamiento de una constitución por estamentos de corte medieval, atando con ello las manos a quienes le FEDERICO GUILLERMO IV, REY DE PRUSIA 117 sucedan en el trono y que tal vez puedan hallarse animados de otras intenciones. No cabe duda de que sería ésta una política consecuente; lo que resta por ver es si su teología se lo consiente. Ya hemos visto cuán vacilante e insostenible, cuán inconsecuente es de por sí este sistema; su introducción en la práctica tiene necesariamente que provocar nuevas vacilaciones e inconsecuencias. El frío Estado burocrático prusiano, el sistema de control, la chirriante máquina estatal, no quiere saber nada de ese bello, brillante y confiado roman. ticismo. Por término medio, el pueblo se halla todavía en un nivel de cultura política demasiado bajo para poder penetrar en lo que se esconde detrás de este sistema del rey cristiano. Sin embargo, el odio a los pri. vilegios de la nobleza y a las arrogancias del clero de todas las confesiones tienen raíces demasiado hondas para que Federico Guillermo IV no fracase en sus planes, si los aborda de un modo completamente abierto. De ahí que haya seguido, hasta ahora, un camino de sondeos para pulsar a la opinión pública, reservándose siempre la posibilidad de retirar una medida demasiado escandalosa. De ahí también el mé. todo de echar por delante a sus ministros, para poder desautorizarlos cuando las medidas resulten excesivamente violentas, procedimiento en lo que sólo una cosa puede sorprendernos: que haya ministros prusianos que se presten a ello, sin presentar inmediatamente la dimisión. Tal ha sido, en efecto, el triste papel que se hizo representar a Rochow y dentro de poco le tocará el turno a Eichhorn, a pesar de que no hace mucho el rey lo declaró hombre de honor y tributó un aplauso a sus actos. : De no haber recurrido a estos medios teológicos, hace ya mucho tiempo que Federico Guillermo YV habría perdido el amor de su pueblo, que hasta ahora sólo ha conservado gracias a su carácter abierto y jovial, a sus dotes de. amabilidad, a su don de gentes y a sus chistes, que, a lo que parece, no perdonan nia las mismas testas coronadas. Se cuida mucho de que no se trasluzcan al exterior los lados demasiado escandalosos e incluso inevitables de su sistema; por el contrario, se expresa como si no quisiera más que la magnificencia, el esplendor y la libertad y sólo se entusiasma, al parecer, por loque en su sistema es más liberal que el actual régimen de tutela prusiana; en aquello en que es menos liberal, se mantiene prudentemente retraído. Además, aunque adjudique al constitucionalismo al uso los honrosos adjetivos de ordinario y superficial, procura emplear esta terminología en sus discursos con gran habilidad, no sabemos si para expresar sus ideas o para ocul. tarlas, Y exactamente lo mismo hacen los modernos teólogos media. dores, quienes gustan también de emplear giros políticos, creyendo con ello acomodarse a las exigencias de los tiempos. Bruno Bauer califica esto, lisa y llanamente, de hipocresía.

Por lo que se refiere al estado y régimen de las finanzas bajo el reinado de Federico Guillermo IV, éste no ha podido atenerse a la lista civil establecida por su padre y en la que se proponía legalmente que se asignasen 2 millones y medio de táleros anuales de las rentas de los 118 FEDERICO GUILLERMO IV, REY DE PRUSIA dominios de la corona para el sostenimiento del rey y de su casa, destinando el resto de dichas rentas, en unión de los demás ingresos, a las atenciones del Estado. Podría echársele en cara al rey que, aún tomando en cuenta sus ingresos privados, gasta más de 2 millones y medio, pero hay que tener en cuenta que de ellos tienen que salir o debieran salir las rentas de otros príncipes. Biilow-Cummerow se ha encargado de demostrar que la rendición de cuentas del Estado prusiano, para llamarla así, es puramente ilusoria. En realidad, la administración de los ingresos del Estado constituye un secreto. Apenas vale la pena hablar de la tan decantada condonación de impuestos, que, por otra parte, hace ya mucho tiempo que habría podido establecerse bajo el reinado anterior, si al anterior rey no le hubiese dado miedo aceptar la necesidad de un aumento de las contribuciones.

Creo que, con lo expuesto, queda dicho bastante acerca de Federico Guillermo IV. Huelga decir que, dado. su carácter indudablemente apacible y siempre y cuando que. no se trate de cuestiones relacionadas con su teoría, este rey procura sinceramente hacer lo que la opinión pública espera de él y lo que realmente considera como bueno y conveniente.

Cabe preguntarse si llegará a poder aplicar algún día su sistema. A esta pregunta podemos, por fortuna, contestar negativamente. De un año a esta parte, es decir, desde que se inició la que se supone ser una mayor libertad de prensa, que, por el momento, vuelve a ser la menos libre de todas, se advierte en el pueblo prusiano un auge que no guarda relación alguna con la insignificancia de aquella medida. La presión de la censura mantiene encadenadas en Prusia una masa tan extraordinaria de fuerzas, que la más leve suavización de ese régimen provoca una reacción sumamente fuerte por parte de ellas, En Prusia, la opinión pública va concentrándose cada vez más en dos objetivos: una Constitución representativa y, sobre todo, la libertad de prensa. Haga lo que haga el rey, no tendrá, a la: postre, más remedio que otorgar esta libertad y, una vez decretada la libertad de prensa, no pasará un año sin que se logre la.Constitución. Ahora bien, cuando exista una representación, será imposible prever la marcha que haya de seguir Prusia. Una de las primeras consecuencias de ello será la cancelación de la alianza con Rusia, si es que el rey no se ve obligado a dar antes al traste con este corolario de sus principios. Á esta primera consecuencia seguirán. otras muchas, pues la situación actual de Prusia presenta gran semejanza con la de Francia antes..., pero creo que vale más que me abstenga de toda suerte de consideraciones precipitadas, F. O.