[CARTAS DESDE INGLATERRA]

LAS CRISIS INTERNAS [Rheinische Zeitung, núm. 343, 9 de diciembre de 1842]

Londres, 30 de noviembre- ¿Es posible e incluso probable una revolución en Inglaterra? Esta pregunta lleva en sí el porvenir del país. Si se lo preguntáis a un inglés, os demostrará con mil razones a cada cual más poderosas que en Inglaterra no se puede ni hablar de revolución. Os dirá que, si bien es cierto que el país se halla por el momento en situación crítica, cuenta gracias a su riqueza, a su industria y a sus instituciones con los recursos y los caminos necesarios para salir del trance, sin convulsiones violentas; que su Constitución tiene la suficiente flexibilidad para sobreponerse a los choques más violentos de las luchas de principios y a todos los cambios impuestos por las circunstancias, sin poner en peligro los fundamentos sobre los que descansa el país. Os dirá que hasta las clases más bajas del pueblo saben perfectamente que en una revolución saldrían perdiendo todos, ya que cualquier perturbación del orden público traería consigo una paralización de los negocios, con una desocupación general y el azote del hambre, como secuelas obligadas. En una palabra, os hará tantos y tan claros y convincentes razonamientos, que, después de oírle, acabaréis pensando que la situación de Inglaterra no es en rea. lidad tan mala como parece y que por el continente circulan acerca de. las condiciones de este país ideas bastante fantásticas, que estallan como pompas de jabón cuando se tiene un conocimiento un poco preciso de la realidad. ]

Este punto de vista es, en verdad, el único en que es posible colocarse cuando se abraza la posición inglesa nacional de la práctica directa, de los intereses materiales; es decir, cuando se dejan a un lado las ideas sugeridoras, cuando se mira a la superficie de las cosas sin entrar en el fondo de ellas o se pierde de vista el bosque por mirar a los árboles. El que los llamados intereses materiales no pueden nunca aparecer en la historia como fines independientes y orientadores, sino que esos intereses sirven siempre conciente o inconcientemente, a un principio, que es el que guía los hilos del progreso histórico, es algo que en Alemania se comprende enseguida, pero que no es fácil hacer comprender a un británico empedernido. De ahí que sea algo imposible [119]

el que un Estado como Inglaterra, cuyo exclusivismo y cuya autarquía políticos han acabado manteniéndolo en unos cuantos siglos de atraso con respecto al continente; un Estado que sólo conoce de la libertad el elemento del libre arbitrio y que se halla metido hasta el cuello en la Edad Media; que un Estado así, no acabe necesariamente chocando con un desarrollo espiritual que es, sin duda alguna, más avanzado. ¿O acaso no es esto el cuadro que presenta la situación política de Inglaterra? ¿Hay algún país del mundo en que el feudalismo se mantenga tan indemne, en que se halle en vigor sin menoscabo alguno, y no sólo de hecho, sino también en la opinión pública? ¿Acaso la tan ensalzada libertad inglesa consiste en algo más que en la arbitrariedad puramente formal que da a cada cual, dentro de los límites legales vigentes, el derecho a hacer o dejar de hacer lo que se le antoje? No hay más que observar las leyes que en Inglaterra rigen. Un embrollo de intrincados y contradictorios preceptos, que han hecho de la jurisprudencia una pura sofística, que la justicia no acata jamás, porque no se acomodan a nuestro tiempo y que permiten que un hombre honrado se vea condenado como delincuente por el más inocente de los actos, aunque otra cosa digan la opinión pública y su sentimiento jurídico. ¿Acaso la Cámara de los Comunes no: es una corporación designada por el soborno y colocada totalmente de espaldas al pueblo? ¿Acaso el parlamento no pisotea constantemente la voluntad del pueblo? ¿Ejerce la opinión pública en las cuestiones generales la menor influencia sobre el gobierno? ¿No se limita su poder simplemente al caso conereto, al control de la justicia y de la administración? Son todas cuestiones que el más empedernido de los ingleses no negará en redondo y ¿se pretende que semejante estado de cosas se mantenga en pie? Pero, dejemos a un lado lo que se refiere a los problemas de principio. En Inglaterra, por lo menos entre los partidos que actualmente se disputan el poder, entre los whigs* y los tories,*, no se conocen las luchas en torno a principios; se conocen solamente los conflictos acerca de intereses materiales, Nada más justo, por tanto, que se haga también justicia a este aspecto. Inglaterra es por naturaleza un' país pobre que, fuera de su situación geográfica, sus minas de hierro y sus yacimientos carboníferos, cuenta solamente con unas cuantas jugosas praderas y que, aparte de esto, no posee ninguna otra fertilidad ni riqueza natural alguna. Tiene que vivir, por tanto, atenida al comercio, a la navegación y a la industria, y es ésta, en efecto, la que le ha permitido colocarse a la altura en que ahora se halla. Ahora bien, cuando un país abraza este camino, no tiene más remedio, pues así lo exige la naturaleza de las cosas, que marchar constantemente por la vía del fomento de la producción industrial, con objeto de conservar el nivel en que se halla, pues cualquier estancamiento equivaldría a un retroceso.

Otra de las consecuencias naturales que se siguen de las premisas de todo Estado industrial es que éste, para proteger la fuente de su a Liberales, b Conservadores.

riqueza, necesita alejar de sus mercados, mediante aranceles prohibi. tivos, los productos de otros países. Y, como la industria interior eleva los precios de sus propios productos al imponer altos aranceles a los productos extranjeros, ello entraña también la necesidad de elevar continuamente los impuestos aduanales para dar de lado a la competencia de fuera, en consonancia con el principio establecido. Por donde se abriría aquí, de uno y otro lado, un proceso hasta el infinito, con lo que se revelaría ya por este solo hecho la contradicción que va implícita en el concepto del Estado industrial. Pero si empleamos aquí estas categorías filosóficas no es ni siquiera para poner de manifiesto las coritradicciones entre las que Inglaterra se debate. No son los industriales ingleses los únicos llamados a manifestarse acerca de los dos aumentos a que acabamos de referirnos, el de la producción y el de los aranceles de importación. Acerca de ello tiene que dar su opinión también, en primer lugar, el extranjero, que posee a su vez una industria y no tiene por qué dejarse convertir en canal de desagie para los productos ingleses; y pueden hablar también los consumidores británicos, los cuales no deben resignarse a esa subida de los aranceles hasta el infinito. “Y éste es precisamente el punto en que actualmente se ha. lla el desarrollo del Estado industrial en Inglaterra. El extranjero no quiere recibir los productos ingleses, porque produce lo que necesita, y los consumidores ingleses, por su parte, exigen unánimemente la abo.- lición de los aranceles prohibitivos. De lo anteriormente expuesto se desprende que Inglaterra se enfrenta, así, ante un doble dilema, que el Estado industrial por sí solo no es capaz de resolver; y, para convencerse de ello, basta, además, con mirar directamente a la realidad. Para referirnos ante todo a los aranceles aduaneros, en la misma Inglaterra se reconoce que, en casi todos los artículos, las cualidades inferiores las suministran mejor y más baratas las fábricas alemanas v francesas; y lo mismo ocurre con multitud de artículos en los. que los ingleses marchan a la zaga del continente. Si se levantasen los impuestos aduanales, Inglaterra se vería inmediatamente inundada por esos productos, con lo que se asestaría un golpe de muerte a la industria 'inglesa. De otra parte, ahora se ha declarado libre en Inglaterra la exportación de maquinaria y, como en lo tocante a'la fabricación de máquinas Inglaterra no encuentra hasta ahora competencia alguna, la importación de maquinaria inglesa pondrá al continente en condiciones cada vez mejores para poder competir con Inglaterra, Además, el sistema prohibitivo ha arruinado los ingresos del Estado inglés, razón por la cual no habrá más remedio que abolirlo. En estas condiciones, ¿dónde encontrar una salida para el Estado industrial?

[Rheinische Zeitung, núm. 344, 10 de diciembre de 1842]

Por lo que respecta al mercado para los productos ingleses, Alemania y Francia han declarado con bastante claridad que no están dispuestas a seguir sacrificando su industria para hacerle un favor a Inglaterra. Por lo demás, la industria alemana, sobre todo, ha cobrado un auge tal, que ya no tiene por qué temer a la inglesa. Inglaterra ha perdido el mercado continental. Sólo le restan los de América y sus propias colonias, siendo éstos los únicos en que sus leyes de navegación * la protegen de la competencia extranjera. Pero las colonias distan mucho de ser lo sufi. cientemente grandes para poder consumir: todos los productos de la inmensa industria inglesa, y de las demás partes vemos cómo esta industria es desplazada cada vez más por la alemana y la francesa. Claro está que este desplazamiento no se debe precisamente a las culpas de la industria inglesa, sino que es imputable al sistema prohibitivo, que eleva hasta un nivel desmedido los precios de todos los artículos de primera necesidad, y con ellos los salarios, Y, a su vez, estos salarios encarecen enormemente los productos ingleses en comparación con los de la industria continental. De este modo, Inglaterra no puede sustraerse ahora a la necesidad de restringir su industria. Y, sin embargo, este objetivo es algo tan irrealizable como. el paso del sistema prohibitivo al libre comercio. Pues si es cierto que la industria enriquece a un país no lo es menos que crea, a la par con ello, una clase de indigentes, de gentes absolutamente pobres, que viven de la mano a la boca y que aumenta vertiginosamente; clase que, una vez creada, ya no puede hacerse desaparecer, porque no llega a adquirir nunca una posesión estable. Y a esta clase pertenecen la tercera parte, casi la mitad de los ingleses. La más pequeña paralización en el comercio quita el pan de la boca a gran parte de esta clase y una crisis comercial importante condena al hambre a la clase entera. ¿Qué camino les queda a estas gentes, al presentarse tales condiciones, sino el de sublevarse? Ahora bien, su volumen hace de esta clase, hoy, la más poderosa de Inglaterra, y ¡ay de los ricos ingleses el día en que adquiera la conciencia de ello!

Hasta ahora no la ha adquirido, es cierto. El proletario inglés intuye apenas su fuerza, y el fruto de esta intuición fue la rebelión del pasado verano.” En el continente no se ha sabido apreciar el carácter de este movimiento. Por lo menos, se dudaba si podía tomarse la cosa en serio. Para quien había tenido ocasión de ver las cosas en la realidad, distaba mucho de poder reconocerse la seriedad del asunto. En primer lugar, todo había nacido de una pura ilusión: por el simple hecho de que algunos fabricantes intentaran rebajar los salarios se creyeron en peligro, sin que hubiera razón alguna para ello, todos los obreros de los distritos algodoneros, carboníferos y siderúrgicos. Además, saltaba a la vista la carencia de organización, de preparación y de dirección. Los paros no respondían a finalidad alguna y los huelguistas distaban todavía más de estar acordes en cuanto a su manera de proceder. De ahí que hasta la más leve resistencia por parte de las autoridades los hiciese vacilar y que no fuesen capaces de sobreponerse al respeto a la ley, Y cuando los cartistas tomaron las riendas del movimiento y proclamaron la Carta del Pueblo "* ante las masas reunidas, era ya demasiado tarde. La única idea orientadora que flotaba ante el espíritu de los obreros y de los cartistas, a quienes en rigor pertenece esta idea, era la de una revolución por la vía legal, que es una contradicción en sí misma, una imposibilidad práctica, cuya realización tenía que fracasar. Ya la primera medida, común a todos, la paralización de las fábricas, era una medida violenta e ilegal. Dada la falta de fundamento de toda la em. presa, habría podido ser sofocada desde el primer momento, si las autodades, a quienes la cosa pilló desprevenidas, no hubiesen dado pruebas de la misma perplejidad y carencia de recursos. Las fuerzas militares y policíacas, aunque escasas, fueron bastantes para mantener a raya al pueblo. En Manchester pudo verse cómo miles de obreros eran contenidos en las plazas por cuatro o cinco dragones, cada uno de los cuales ocupaba una salida, La consigna de la “revolución legal” había paralizado todos los áni. mos. La cosa se esfumó, pues cada obrero volvió al trabajo después de gastarse sus ahorros: y cuando ya no tenía nada que comer. Sin embar. go, algo ha reportado de ganancia para-los pobres; nos referimos a la conciencia de que una revolución por medios pacíficos constituye una imposibilidad y de que sólo la remoción por la violencia de las condi. ciones antinaturales existentes, el derrocamiento radical de la aristocracia nobiliaria e industrial, mejorará la situación material de los proletarios. El respeto a la ley, “característico y peculiar del inglés, los hace retraerse todavía de :esta revolución violenta; pero, dada la situación de Inglaterra, tal como queda descrita más arriba, no podrá por menos de producirse en breve plazo una penuria general de los proletarios, y entonces el miedo a la muerte por hambre será más fuerte que el respeto a la ley. Esta revolución será inevitable para Inglaterra; pero como, en toda Inglaterra se refiere, serán los intereses y no los principios los que se encargarán de comenzar y llevar a cabo la revolución; sólo partiendo de los intereses podrán desarrollarse los principios, lo que vale tanto como decir que la revolución no será aquí política, sino social.