1 • EL EDITORIAL DEL NúMERO 179 DE LA "GACETA DE COLONIA" rss¡ [Rheinische Zeitung, núm. 191, lO de julio de 1842]

Hasta aquí habíamos reverenciado en la Gaceta de Colonia, ya que no al "periódico de la intelectualidad renana" por lo menos a un periódico renano inteligente. Nos inclinábamos a considerar sus "editoriales políticos" como un medio tan sabio cual bien escogido para hacer ahorre. cer la política al lector de modo que, por este camino, se lanzase con mayor nostalgia al lozano y atractivo reino de los anuncios, en el que bullen la industria y a veces incluso el ingenio, bajo el lema de per aspera ad astra,a o sea, traducido al lenguaje adecuado, por la política a las ostras. Pero el prudente equilibrio que la Gaceta de Colonia había sabido mantener hasta ahora entre la política y la publicidad se ha visto alterado últimamente por una clase de anuncios a los que podríamos llamar "los anuncios de la industria política". En los pri. meros momentos de inseguridad, no sabiendo dónde colocar este nuevo tipo de publicidad, nos encontramos con que un anuncio se convertía en artículo editorial y un editorial en anuncio; anuncio que, en el lenguaje del mundo político, recibe el nombre de "denuncia", pero que, cuando se paga se llama pura y simplemente un "anuncio". En el Norte, es cosumbre servir a los huéspedes exquisitos licores an. tes de una parva comida. Siguiendo esta costumbre, vamos a servir a nuestro huésped nórdico, antes de la comida, la bebida espiritu05a, con tanta mayor razón cuanto que en la comida misma, en el artículo muy "editorial" y bastante pobre del número 179 de la Gaceta de Co. lonia, no hallaremos ni rastro de "espíritu". Por eso, empezaremos sir. viendo una escena de los Coloquios de los dioses, de Luciano, que repro. duciremos siguiendo una traducción "asequible a todos", ya que entre nuestros lectores se encontrará por lo menos uno que no será heleno. "COLOQUIO DE LOS DIOSES" DE LUCIANO XXIV. Las quejas de Hermes HERMES Y LA MAYA HERMES: ¿Habrá en todo el cielo, amada madre, un dios más ajetreado q¡f ~? MAYA: ¡No digas eso, hijo querido!

HERMES: ¿Por qué no he de decirlo? ¿Acaso no estoy condenado a prestar o Por los caminos dificiles se va a los astros.

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DEL NúMERO 179 DE LA "GACETA DE COLONIA"

una serie de servicios, trabajando siempre solo y arrastrándome en las más diversas faenas de criado? Tengo que levantarme a primera hora, barrer el comedor, arreglar los cojines de la sala de consejos y, una vez puesto todo en orden, atender a Júpiter y pasarme el día entero trayendo y llevando sus mensajes, como correveidile. Apenas de regreso y cubierto todavia con el polvo del camino, me pongo a servir la ambrosía. Y lo peor de todo es que soy el único a quien los dioses no dejan en paz durante la noche: llegada ésta, tengo que acarrear ante Plutón las almas de los difuntos y prestar servicios subalternos ante el tribunal de los difuntos. Y, por si no bastasen las labores de día, debo practicar los e¡ercicios gimnásticos, hacer de heraldo en las asambleas del pueblo y ayudar a los oradores populares a estudiar sus discursos. Y, por último, destrozado por tantas ocupaciones, aún tengo que cuidarme de todo lo relacionado con los muertos." Pues bien, desde su expulsión del Olimpo, Hermes para no perder la costumbre, sigue ocupándose de realizar "faenas de criado" y de atender a todo el servicio de los muertos.

No sabemos si habrá sido Hermes o su hijo, el dios de las cabras, Pan, el autor del editorial publicado en el número 179; deiaremos que esto lo decida el lector, después de recordar que el Hermes de los griegos era el dios de la elocuencia y de la lógica. "Consideramos igualmente inadmisible difundir por medio de los periódicos o combatir en ellos puntos de vista filosóficos o religiosos." Al oír al viejo mascullar estas palabras, en seguida me di cuenta de que iba a recitar una tediosa letanía de frases oraculares; pero, reprimiendo mi impaciencia, no podía dar crédito a un hombre tan juicioso y, sin embargo, lo bastante libre de prejuicios para exponer en su propia casa su opinión sin el menor embarazo, y seguí leyendo. Pero, ¡oh, milagro!, este artículo, al que desde luego no se le puede acusar de mantener ningún punto de vista filosófico, muestra, por lo menos, la tendencia a combatir los puntos de vista filosóficos y religiosos. ¿De qué puede servirnos un artículo que niega el derecho a su propia existencia y echa por delante una declaración de incompetencia? El autor, soltándose la lengua, se encargará de contestarnos. Nos dice cómo deben leerse sus prólijos artículos. Se limita a servirnos una serie de fragmentos, dejando "a la sagacidad del lector" el cuidado de "ensamblarlos", que es el método más hábil para el tipo de anuncios que se propone hacer. Vamos a procurar realizar nosotros esa labor de "ensamblaje y combinación", y si el rosario que salga no resulta ser precisamente una sarta de rosas o de perlas, no se nos culpe a nosotros. El autor declara lo siguiente: "Un partido que se vale de estos medios" (es decir, de difundir y combatir en los periódicos puntos de vista filosóficos y religiosos) "revela, con ello, en nuestra opinión, que no obra honradamente y que no se propone tanto enseñar e ilustrar al pueblo como alcanzar otros fines de orden externo". Estos "fines de orden externo", que no habrán de quedar ocultos, / DEL NúMERO 179 DE LA ''GACETA DE COLONIA"

son los que necesariamente tiene que perseguir el articulo, al exponer esa opinión suya.

El Estado, se nos dice, tiene no solamente el derecho, sino también el deber de "prohibir que ejerzan su oficio los charlatanes no preparal dos". El autor se refiere a los adversarios de su punto de vista, pues !'l hace ya mucho tiempo que está de acuerdo consigo mismo en que él es un charlatán preparado.

Se trata, pues, de una nueva agudización de la censura en materia ·.¡ religiosa, de una nueva medida policiaca contra la prensa, cuando ésta comenzaba apenas a respirar.

"En nuestra opinión, lo que puede reprochársele al Estado no es una severi- .'J dad exagerada, sino más bien una excesiva transigencia." Pero, al llegar aquí, el articulista recapacita. Se da cuenta de que :_1· es peligroso hacer reproches al Estado; en vista de ello, se dirige a las autoridades, y su reproche contra la libertad de prensa se convierte en una repulsa contra los censores, a quienes acusa de quedarse "cortos" en la aplicación de la censura.

"También en esto se ha revelado hasta aquí, no por parte del Estado, ciertamente, sino por parte de 'algunas autoridades', una censurable lenidad en per· mitir a la nueva escuela filosófica los más indignos ataques dirigidos al cristianismo en las columnas de periódicos públicos y de otras publicaciones destinadas a un círculo de lectores no meramente científicos." El autor se detiene de nuevo y otra vez recapacita; recuerda que hace menos de ocho días encontraba en la libertad de censura demasiado poca libertad de prensa; ahora encuentra en la coacción de los censores demasiado poca coacción de censura. Hay que reparar el tropiezo.

"Mientras exista la censura, debe considerar como su deber más apremiante el atajar esos repugnantes excesos de una arrogancia pueril que en los últimos días han ofendido a nuestros ojos."

¡Ojos débiles! ¡Ojos débiles! "El ojo débil se siente ofendido por expresiones que sólo pueden ir dirigidas a la capacidad de captación de la gran masa."

Y, si la censura de manga ancha deja pacar "repugnantes excesos", ¡hay que pensar lo que ocurriría con la libertad de prensa! Si nuestros ojos no son lo bastante fuertes para soportar la "arrogancia" de la pren- ¡ sa censurada, ¿cómo podrían serlo para enfrentarse a la "valentía" de la ¡ prensa libre?

"Mientras exista la censura, debe considerar como su deber más apre-$ miante ... " ¿Y cuando haya dejado de existir? La frase no puede tej ner más interpretación que ésta: la censura debe considerar como su .,_ deber más apremiante seguir existiendo mientras pueda. ¡ Pero el autor vuelve a recapacitar: • ...

DEL NúMERO 179 DE LA "GACETA DE COLONIA"

22 3 "No es misión nuestra hacer las veces de acusador público, razón por la cual nos abastecemos de dar mayores detalles."

Realmente, este hombre es de una bondad angelical. Se abstiene de dar "mayores detalles" y sólo se propone probar y poner de manifiesto, a base de signos muy claros y ostensibles, lo que pretende con w punto de vista; emplea solamente palabras vagas, pronunciadas a media voz y sugeridoras; no es misión suya hacer las veces de acusador público; a él le basta con ser acusador secreto. Pero nuestro desventurado hombre se da cuenta, por última vez, de que su cometido consiste en escribir editoriales de carácter liberal y en presentarse como "amigo leal de la libertad de prensa"; se lanza, pues, a su última posición: "No podemos por menos de protestar contra un procedimiento que, a menos que sea consecuencia de una negligencia fortuita, no puede perseguir más finalidad que la de comprometer a los ojos de la opinión pública el libre movimiento de la prensa para dar un triunfo fácil a los enemigos que no se atreven a marchar hacia sus metas por caminos rectos."

La censura, viene a decir este sagaz defensor de la libertad de prensa, no es el leopardo inglés con la leyenda de 1 sleep, wake me not/,b pero ha abrazado este "funesto" camino para comprometer el libre movimiento de la prensa a los ojos de la opinión pública. ¿Acaso necesita verse todavía comprometido un movimiento de prensa que llama la atención de la censura hacia las "negligencias fortuitas" y que espera su renombre ante la opinión pública del "cortaplumas del censor"?

Este movimiento sólo puede llamarse "libre" en cuanto suele llamar. se también "libre", a veces, a la licencia del descaro, ¿y acaso no es el colmo de la incomprensión y la hipocresía el hacerse pasar por un defensor del libre movimiento de la prensa cuando se enseña, al mis. mo tiempo, que la prensa cae en el arroyo en el momento en que no la agarran del brazo dos gendarmes?

¿Y para qué necesitamos la censura y artículos editoriales como éste, si la misma prensa filosófica se compromete a los ojos de la opinión pública?

Claro está que el autor no pretende en modo alguno, según nos dice, coartar "la liberad de la investigación científica". "En nuestros días, se deja a la libertad científica, y con razón, el margen más amplio e ilimitado."

Pero, las siguientes palabras nos dicen cuál es el concepto que nuestro hombre tiene de la investigación científica: "Hay que distinguir nítidamente, a este propósito, entre lo que reclama la b Estoy dormido; ¡no me despiertes!

( DEL NúMERO 179 DE LA "GACETA DE COLONIA"

libertad de la investigación científica, con lo que sólo puede salir ganando el cristianismo, y lo que rebasa los límites de esa investigación." ¿Quien puede fallar acerca de los límites de la investigación científica más que la investigación científica misma? Según el editorial que comentamos, se le deben prescribir a la ciencia sus límites. El artículo editorial conoce, pues, una razón oficial que no aprende de la investigación científica, sino que enseña a ésta, que, como una providencia erudita, mide el espesor de cada cabello y puede convertir una barba científica en una barba universal. El artículo editorial cree en la inspiración científica de la censura. Pero, antes de seguir con estas "necias" explicaciones del artículo editorial acerca de la "investigación científica", veamos algunos botones de muestra de la filosofía de la religión del señor Hermes, de su "propia ciencia": "La relgión es el fundamento del Estado y la condición más necesaria de toda agrupación social que no vaya dirigida meramente a la consecución de cualquier fin externo."

Prueba: "En su forma más tosca de fetichismo infantil, eleva al hombre en cierto modo por encima de los apetitos de sus sentidos, que, si se dejase dominar exclusivamente por ellos, lo degradarían al plano animal, incapacitándolo para cumplir cualquier fin superior."

El artículo editorial llama al fetichismo la "forma más tosca" de la religión. Concede, pues, lo que aun sin su consentimiento saben todos los hombres de la "investigación científica", es decir, que "el culto a los animales" es una forma religiosa más altd que el fetichismo, ¿y acaso el culto a los animales además de degradar al hombre por debajo de animal, no hace de éste el dios del hombre? ¡Y no digamos el "fetichismo"! ¡Una erudición verdaderamente barata! El fetichismo, lejos de elevar al hombre por sobre los apetitos, es, por el contrario, "la religión de los apetitos de los sentidos". La fantasía de los apetitos hace creer al adorador del fetiche que una "cosa inanimada" abandonará su carácter natural para acceder a sus apetitos. Por eso el tosco apetito del fetichista destruye al fetiche cuando éste deja de ser su más sumiso servidor.

"En aquellas naciones que han adquirido una importancia histórica superior, el florecimiento de la vida de su pueblo coincide con el máxmo desarrollo de sn sentido religioso y la decadencia de su grandeza y de su poder con la deca· dencia de su cultura religiosa."

Para obtener la verdad, no hay más que invertir los términos de la afirmación; el autor vuelve la historia del revés. No cabe duda de q. Grecia y Roma fueron, entre los pueblos del mundo antiguo, los países., en que alcanzó su grado más alto la "cultura histórica". El apogeo interior de Grecia coincide con el periodo de Pericles y el exterior con el de Alejandro. En tiempo de Pericles, los sofistas y Sócrates, a qtllen ·-· l DEL NúMERO 179 DE LA "GACETA DE COLONIA"

22S: se puede llamar la filosofía encarnada, el arte y la retórica desplazaron a la religión. El periodo de Alejandro fue el periodo de Aristóteles, quien rechazaba la eternidad del espíritu "individual" y al Dios de las religiones positivas. ¡Y no digamos Roma! Basta leer a Cicerón. Las filosofías epicúreas, estoicas y escépticas eran las religiones de los romanos cultos de los tiempos en que Roma llegó al apogeo de su ca. rrera. Si al perecer los Estados antiguos desaparecen las religiones de los antiguos Estados, no hacen falta más explicaciones, pues la "verdadera religión" de los antiguos era el culto de "su nacionalidad", de su "Estado". No fue el derrumbamiento de las antiguas religiones el que echó por tierra a los Estados antiguos, sino que, a la inversa, los Estados antiguos, al desaparecer, arrastraron consigo a las religiones antiguas. ¡Y una ignorancia tan grande como la del artículo editorial en cuestión se erige en "legislador de la investigación científica" y quiere dictar "decretos" a la filosofía 1 "Todo el mundo antiguo tenia, por tanto, que hundirse cuando, con los pro· gresos logrados por los pueblos en su desarrollo científico, se descubrieron también, necesariamente, los errores sobre los que descansaban sus concepciones religiosas." Así, pues, todo el mundo antiguo, según el artículo editorial, se derrumbó porque la investigación científcia puso de manifiesto los errores de las antiguas religiones. ¿Es que el mundo antiguo no se habría derrumbado si la investigación hubiese silenciado los errores de las religiones, si el autor de este artículo editorial hubiera podido aconsejar a las autoridades romanas que censuraren los escritos de Lucrecio y de Lucia no?

Por lo demás, nos permitiremos enriquecer con una nota la erudición del señor Hermes. [Rheinische Zeitung, núm. 193, 12 de julio de 1842]

En el momento mismo en que se acercaba el ocaso del mundo antiguo, apareció la escuela de Alejandría, la que se empeñaba en probar a la fuerza "la eterna verdad" de la mitología griega y su total coincidencia "con los resultados de la investigación científica". También el emperador Juliano profesaba esta tendencia de quienes creían que podían hacer desaparecer el espíritu de los nuevos tiempos con sólo cerrar los ojos para no verlo. Pero el resultado sigue siendo el mismo en Hermes. En las religiones antiguas, "la débil intuición de lo divino" se hallaba "envuelta en la espesísima noche del error", razón por la cual no podía hacer frente a las investigaciones científicas. En el cristianismo sucede todo lo contrario, como inferirá cualquier máquina de pensar. Es cierto, dice Hermes, que "los más altos resultados de la investigación cientlfica sólo han servido, hasta ahora, para confirmar las verdades de la religión cristiana". / DEL NúMERO 179 DE LA ''GACETA DE COLONIA"

Aun prescindiendo de que todas y cada una de las filosofías del pasado, sin excepción, han sido acusadas por los teólogos de pecar contra la religión cristiana, incluso la del devoto Malebranche y la del inspirado Jacobo Bóhme y de que Leibniz fue acusado de "Lówenix" (descreído) por los campesinos de Braunschweig y de ateo por el inglés Clarke y los demás partidarios de Newton; aun prescindiendo de que el cristianismo, según afirma la parte más capaz y más consecuente de los teólogos protestantes, no puede armonizarse con la razón, porque la razón "secular" y la razón "eclesiástica" se contradicen entre sí, lo que ya Tertuliano expresaba en términos clásicos cuando decía: wrum est, quía absurdum est;c prescindiendo de todo eso, ¿cómo se podría probar la coincidencia de la investigación científica con la religión, como no sea obligando a la investigación científica a disolverse en la religión mientras se la deja marchar por su propio camino? Por lo menos, otra coacción que no fuese ésta no constituiría prueba alguna. Claro está que os resultará fácil profetizar si de antemano os negáis a reconocer como investigación científica lo que no caiga bajo vuestro punto de vista; pero, ¿qué ventaja creéis que tienen vuestras afirma. ciones sobre la del brahmán indio que prueba la santidad de los Vedas,l89l reservándose para sí el derecho exclusivo de leer estos libros? Sí, dice Hermes, "investigación científica". Pero, toda investigación que contradiga al cristianismo se queda "a mitad de camino" o "sigue un camino falso". No cabe argumentación más cómoda. La investigación científica, "tan pronto como 'vea claro' el contenido de lo descubierto, jamás dirá nada contrario a las verdades del cristiamismo", pero, al mismo tiempo, el Estado debe velar porque no se llegue a "ver claro", ya que la investigación no debe dirigirse nunca a la capacidad de asimilación de la gran masa, es decir, no debe ser nunca clara y popular ante sí misma. Debe mantener una actitud modesta y guardar silencio, aunque se vea atacada en todos los periódicos de la monarquía por investigadores que nada tienen que ver con la ciencia. El cristianismo excluye la posibilidad de "toda nueva caída", pero la policía debe velar con la más extrema severidad por que los periodistas inclinados a la filosofía no caigan en el pecado. El error se revelará como tal por sí mismo, en la lucha con la verdad, sin necesidad de que lo reprima la fuerza externa; pero el Estado deberá facilitar esta lucha de la verdad, privando a los mantenedores del "error", no de su libertad interior, de que él no puede despojarlos, pero sí de la posibilidad de esta libertad, de la posibilidad de la existencia. El cristianismo está seguro de su victoria, pero no está, según Hermes, tan seguro de ella como para renunciar a la ayuda de la policía. Si de antemano se afirma que es un error y debe ser tratado como tal cuanto sea contrario a vuestra fe, ¿en qué se distinguen vuestras pre&< ¡ tensiones de las de un mahometano o de las de cualquiera otra rel~ ~ gión? ¿Es que la filosofía, para no contradecir a las verdades fundamenta- - ¡ les del dogma, tiene que abrazar distintos principios en cada país, con ¡ e Es verdad, porque es absurdo.

• ,., DEL NúMERO 179 DE LA ''GACETA DE COLONIA"

arreglo al dicho "al cambiar los países cambian las costumbres"; es que en un país tiene que creer que 3 X 1 = l, en otro que las mujeres carecen de alma y en otro, digamos, que en el cielo se bebe cerveza? ¿No existe una naturaleza general humana, como existe una naturaleza ge. neral de las plantas y de los astros? La filosofía no pregunta qué es lo vigente, sino qué es lo verdadero; pregunta qué es lo verdadero para todos los hombres y no para algunos solamente; sus verdades metafísicas no se detienen ante las fronteras de la geografía política; sus verdades políticas saben muy bien dónde comienzan las "fronteras", para confundir el horizonte ilusorio de la especial concepción del mundo y del pueblo con el verdadero horizonte del espíritu humano. Hermes es el más endeble de todos los defensores del cristianismo. Su única prueba en pro del cristianismo es la larga existencia de la religión cristiana. ¿Acaso no existe hasta el día de hoy la filosofía de Tales y no existe precisamente a la hora actual, según Hermes, con mayores pretensiones y mayor opinión acerca de su importancia que nunca?

¿Y cómo prueba Hermes, por último, que el Estado es un Estado "cristiano", que, en vez de ser una agrupación libre de hombres mo. rales, es una agrupación de creyentes, y que en vez de aspirar a la realización de la libertad, aspira a la realización del dogma? "Todos nuestros Estados europeos tienen por fundamento el cristianismo." ¿También el francés? En el artículo 3 de la Carta [1101 no dice que "todo cristiano" o "solamente los cristianos", sinn que "tous les fram;ais sont également admissibles aux emplois civiles et müitaires" ,d Y también en el Derecho nacional prusiano, Parte Il, título XIII leemos lo siguiente: "El deber primordial del soberano del Estado consiste en mantener la paz y la seguridad interiores y exteriores y de proteger contra la violencia y la perturbación los bienes de cada uno." Y según el § l el soberano reúne en sí todos los "derechos y debe. res del Estado". No se dice que sea deber primordial del Estado el reprimir los errores heréticos y el velar por la salvación en la otra vida. Y si realmente algunos Estados europeos se basan en el cristianismo, ¿corresponden estos Estados a su concepto y podemos decir que la "pura existencia" la sola situación dé a ésta, derecho a existir? Así es, desde luego, con arreglo a la concepción de nuestro Hermes, quien recuerda a los partidarios del nuevo hegelianismo "que, a tenor de las leyes vigentes en la mayor parte del Estado, un matrimonio no consagrado por la Iglesia debe considerarse concubinato y perseguirse y castigarse corno tal por la policía".

Por tanto, si "un matrimonio no consagrado por la Iglesia", celebra. d Todos los franceses son igualmente aptos para desempeñar cargos civiles y militares. DEL NúMERO 179 DE LA "GACETA DE COLONIA"

do junto al Rin y al amparo del Código Napoleón, debe considerarse "matrimonio", y, en cambio, tiene carácter de "concubinato'' si se celebra junto al Spree,e el castigo "policiaco" será, en este caso, un buen argumento para "filósofos", que ven aquí el derecho y allí el desafuero y para los que el concepto científico, moral y racional del matrimonio debe buscarse en el Derecho nacional prusiano y no en el Código francés. Esta "filosofía de los castigos policiacos" podría convencer en cualquier otro sitio, pero no en Prusia. Por lo demás, el § 12, parte 11, título 1 se encarga de decirnos cuán poco profesa el Derecho nacional prusiano la tendencia de los matrimonios "sagrados": "Sin embargo, no perderá su validez civil el martimonio que, siendo lícito con arreglo a las leyes nacionales, no recabe u obtenga la dispensa de las au· toridades eclesiásticas."

También aquí vemos cómo el matrimonio se emancipa, en parte, de las "autoridades eclesiásticas" y se distingue entre su validez civil y su validez ante la "Iglesia".

Huelga decir que nuestro filósofo cristiano de Estado no profesa una opinión muy "alta" acerca de esta institución.

"Como nuestros Estados no son simplemente corporaciones jurídicas, sino que son, al mismo tiempo, verdaderos establecimientos educaívos, aunque su acción se extienda a un círculo más amplio que los dedicados a la educación de las jóvenes generaciones", etc., "toda la educación pública" "tiene como fundamente el cristianismo." La educación de los muchachos de nuestras escuelas se basa tanto en los antiguos clásicos y en las ciencias en general como en el catecismo. Según Hermes, el Estado no se distingue de una escuela de párvulos por el contenido, sino por la magnitud, por el hecho de que su "acción" tiene un radio más extenso.

Pero la verdadera educación "pública" del Estado consiste más bien en la existencia racional y pública del Estado mismo; ésta educa a sus miembros al hacer de ellos miembros del Estado, al convertir los fines individuales en fines generales, los toscos impulsos en inclinaciones morales, la independencia natural en libertad espiritual, al hacer que el individuo se goce en la vida del todo y el todo en las intenciones del individuo. En cambio, el artículo editorial hace del Estado, no una asociación l;, de hombres libres que se educan mutuamente, sino un tropel de adultos destinados a ser educados desde arriba y a pasar de unas aulas más "estrechas" a otras más "amplias".

¡Y esta teoría de la educación y la tutela es sostenida aquí por ul amigo de la libertad de prensa que, llevado del amor a estas bellezas, - advierte "el descuido de la censura", que sabe describir en el lugar adee El rlo de Berlín. • ·f DEL NúMERO 179 DE LA "GACETA DE COLONIA"

cuado "la capacidad de captación de la gran masa" -(es posible que la capacidad de captación de la gran masa le parezca últimamente a la Gaceta de Colonia tan precaria porque la masa se ha desacostumbrado de captar las ventajas de este "periódico no filosófico")- y que aconseja a los eruditos que mantengan una opinión en escena y otra entre bastidores!

Y, como ha hecho con su punto de vista rebajado acerca del Estado, puede documentar ahora su punto de vista bajo acerca "del cristianismo". "Todos los artículos periodísticos del mundo no llegarán jamás a convencer a una población que en su conjunto se siente bien y feliz de que se halla en una situación desventurada."

¡Y cómo! ¡El sentimiento material del bienestar y la dicha ofrece mayor resistencia a los artículos periodísticos que la certeza beatificante de la fe, que triunfa de todo! Hermes no entona el himno que dice que "Nuestro Dios es una ciudadela inexpugnable". ¡El verdadero espíritu creyente de la "gran masa" debiera hallarse más expuesto al orín corrosivo de la duda que la refinada cultura cosmopolita de los "pocos"! "Incluso de las incitaciones a la rebelión" teme Hermes, "en un Estado bien ordenado" menos que en una "Iglesia bien ordenada", que, además, dirija en toda verdad el "espíritu de Dios". ¡Hermoso creyente! Vea. mos ahora cuál es la razón. ¡Que los artículos políticos son inteligibles para la masa, mientras que los artículos filosóficos resultan incomprensibles para ella! Finalmente, si ponemos la indicación del último artículo: "Las medidas a medias que en los últimos tiempos se han adoptado contra el joven hegelianismo", en relación con el honrado deseo de que las últi. mas empresas de los hegelianos puedan no acarrear "consecuencias demasiado perjudiciales'' para ellos, comprenderemos las palabras de Cornwall en el Rey Lear. Ignora la lisonja, es hombre honrado Y franco, para quien sólo existe la verdad.

Si se la acoge de buena gana, está muy bien; Si se la rechaza, no dejará de ser veraz. Conozco perfectamente A esta clase de granujas, que bajo su rectitud Ocultan mayores astucias y mayores fraudes Que veinte cortesanos juntos, Consumados en el arte de la adulación y el servilismo.[91] Creeríamos injuriar a los lectores de la Gaceta Renana si los considerásemos satisfechos con el espectáculo más bien cómico que serio de ver reducido a sus debidas proporciones a un ex-liberal, a un "hombre joven de otro tiempo";[92l diremos, por ello, unas cuantas palabras acerca de "la cosa misma". Mientras nos dedicábamos a polemizar contra el artículo editorial en cuestión, nos parecía que no estaba bien interrumpirle en la tarea de destruirse a sí mismo. 2 30 DEL NúMERO 179 DE LA "GACETA DE COLONIA"

[Rheinische Zeitung, núm. 19 5, 14 de julio de 1842]

Se formula, ante todo, la pregunta: "¿Debe la filosofía tratar los asuntos religiosos también en artículos periodísticos?" A esta pregunta puede contestarse haciendo su crítica. La filosofía, especialmente la filosofía alemana, muestran cierta tendencia a la soledad, al retraimiento sistemático, a la desapasionada introspección, se enfrenta de antemano como algo extraño al carácter abierto y decidido, el cual sólo goza comunicándose. La filosofía, captada en su desarrollo sistemático, es impopular y su trama secreta en sí misma se le revela al ojo del profano como una manipulación tan exagerada como poco práctica; es algo así como un profesor en artes de magia, cuyas conjuraciones suenan a algo solemne porque no se las comprende. La filosofía, como corresponde a su carácter, no ha sido nunca el primer paso encaminado a trocar el ascético manto del sacerdote por el ligero ropaje convencional de los periódicos. Pero los filósofos no brotan como los hongos de la tierra, sino que son los frutos de su tiempo y de su pueblo, cuya savia más sutil, más valiosa y más invisible circula en las ideas filosóficas. Es el mismo el espíritu que construye los sistemas filosóficos en el cerebro de los filósofos y el que tiende los ferrocarriles por las manos de los obreros. La filosofía no se halla fuera del mundo, como el cerebro no se halla fuera del hombre, por el hecho de no encontrarse en el estómago; pero es cierto que la filosofía se halla con el cerebro en el mundo antes de pisar con los pies en el suelo, mientras que muchas otras esferas humanas radican con los pies en la tierra y cosechan con las manos los frutos del mundo, antes de intuir que también la "cabeza" es de este mundo o que este mundo es el mundo de la cabeza.

Toda verdad era filosofía es la quintaesencia espiriutal de su tiempo y, así, llegará necesariamente el día en que la filosofía se mantenga en contacto y en intercambio con el mundo real de su tiempo, no sólo interiormente, por su contenido, sino también exteriormente, por su modo de manifestarse. La filosofía dejará, entonces, de ser un determinado sistema frente a otros, para convertirse en la filosofía en general frente al mundo, en la filosofía del mundo actual. Los elementos formales demostrativos de que la filosofía ha alcanzado esta significación, de que es el alma viva de la cultura, de que la filosofía se ha hecho mundana y el mundo se ha hecho filosófico, han sido en todos los tiempos los mismos; cualquier libro de historia que abramos pondrá ante nuestros ojos, repetidos con estereotípica fidelidad, los más sencillos ritos que marcan con rasgos indelebles su entrada en los salones y en los despachos de los párrocos, en las salas de redacción de los periódicos y en,f las antecámaras de las cortes, en el odio y en el amor de los hombres de su tiempo. La filosofía es introducida en el mundo por el griterío de sus enemigos, que delatan la infección interior con su llamada angustiosa de auxilio contra el incendio de las ideas. Este griterío d~ , .

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DEL NúMERO 179 DE LA "GACETA DE COLONIA"

sus enemigos tiene para la filosofía el mismo significado que el primer vagidv del niño para el oído angustiosamente atento de la noche: es el vagido vital de sus ideas, que han envuelto la vaina jeroglífica del sistema, para salir del cascarón convertidas en ciudadanas del mundo. Los coribantes y los cabiros [va¡ que, con su griterío, anuncian atronadoramente al mundo el nacimiento del hijo de Zeuz, empiezan vol. viéndose contra el partido religioso de los filósofos, en parte porque el instinto inquisitorial sabe atenerse de modo más seguro a este lado sentimental del público y, en parte, porque el público, del que forman parte también los adversarios de la filosofía, sólo puede rozar con sus tentáculos ideales la esfera ideal de la filosofía, y el único círculo de ideas en cuyo valor cree el público casi tanto como en los sistemas de las necesidades materiales es el círculo de las ideas religiosas; y finalmente, porque la religión no polemiza contra un sistema filosófico determinado, sino en general, contra la filosofía de los determinados sistemas. La verdadera filosofía del presente no se distingue por este destino de las verdaderas filosofías del pasado. Este destino constituye más bien la prueba que la historia debía a su verdad.

Desde hace seis años, los periódicos alemanes vienen redoblando, ca. lumniando, desfigurando y adocenando las cosas en contra del partido religioso de la filosofía.l94l La Gaceta General de Augsburgo ha lanzado el desafío y apenas hay una sola obertura en que no se toque el tema de que la filosofía no merece ser tratada por la dama sabia, de que es una quimera de juventud, un artículo de moda de tertulias de gentes decepcionadas, a pesar de lo cual no hay modo de quitárselo de enci. ma y se redobla el tambor una y otra vez, pues, en sus desafinados conciertos antifilosóficos, la Gaceta de Augsburgo no sabe tocar más instrumento que el monótono tambor. Todos los periódicos alemanes, desde el Semanario Político Berlinés y el Corresponsal de Hamburgo [961 hasta los periódicos provincianos como la Gaceta de Colonia, resonaban con el eco de Hegel y Schelling, Feuerbach y Bauer, los Anales Alemanes,[96l etc. Hasta que, por último, al público le entró la curio. sidad de ver al Leviatán en persona, con tanta mayor razón cuanto que en artículos semioficiales se amenazaba con prescribir a la filosofía desde los despachos de las cancillerías su legítimo esquema, y ese fue precisamente el momento en que la filosofía hizo acto de presencia en los periódicos. La filosofía guardó largo tiempo silencio ante la infatuada superficialidad que en algunas frases periodísticas se jactaba de haber hecho esfumarse como pompas de jabón los fatigosos estudios del genio, los laboriosos frutos de una abnegada soledad, los resultados de aquellas luchas, invisibles, pero difíciles y sostenidas, de la contempla. ción; la filosofía había, incluso, protestado contra los peri6dicos como terreno inadecuado, pero llegó, por último, la hora en que la filosofía no tuvo más remedio que romper el silencio, se hizo corresponsal perio. dístico y, como los charlatanes proveedores de periódicos se dieron en seguida cuenta -¡inaudita diversión!- de que la filosofía no era alimenDEL NúMERO 179 DE LA "GACETA DE COLONIA" to adecuado para el público lector de periódicos, no pudieron por me. nos de llamar la atención del gobierno, haciéndole ver que el llevar a las columnas de la prensa los problemas filosóficos y religiosos no era honrado ni contribuía a ilustrar al público, sino que sólo servía para la consecución de fines externos.

¿Qué cosas peores y más frívolas podía la filosofía decir de la reli. gión y de sí misma de las que ya vuestro griterío periodístico le ha. bía imputado desde hacía largo tiempo? No tiene más que repetir lo que vuestros capuchinos antifilosóficos han predicado de ella en miles y miles de sermones de controversia, y con ello habrá dicho lo peor. Pero la filosofía se expresa acerca de los temas religiosos y filosóficos de otro modo que vosotros os habéis expresado con respecto a ella. Vo. sotros habláis sin estudiar los problemas, y ella habiéndolos estudiado; vosotros apeláis al afecto, ella al entendimiento; vosotros maldecís, ella enseña; vosotros prometéis el cielo y la ti(jma, y ella sólo promete la verdad; vosotros exigís que se crea en vuestra fe, ella no exige que se crea en sus resultados, sino que se contraste la duda; vosotros ame. drentáis, y ella aquieta. La filosofía, en verdad, conoce del mundo lo bastante como para saber que sus resultados no son halagadores ni para el afán de goce ni para el egoísmo del mundo celestial ni del te. ~ rrenal; pero el público, que ama por sí mismo la verdad y el conocí. ' miento, sabe indudablemente contrastar su capacidad de juicio y su mo. Í ral con el discernimiento y la moral de escribas a sueldo, ignorantes, ~ serviles e inconsecuentes.

j· Cierto es que algunos podrán por su miserable pobreza de entendí. miento o de intenciones, tergiversar la filosofía, pero ¿acaso no creéis vosotros, los protestantes, que los católicos tergiversan el cristianismo, no le reprocháis a la religión cristiana Jos lamentables días de los si. glos xvm y XIX o la Noche de San Bartolomé y la Inquisición? Hay pruebas evidentes de que el odio de la teología protestante contra los filósofos proviene, en gran parte, de la tolerancia de la filosofía hacia la confesión especial en cuanto tal. A Feuerbach y a Strauss se les ha echado más en cara el que consideren como cristianos los dogmas ca. tólicos que el que declaren que los dogmas del cristianismo no pueden ser reconocidos como dogmas de la razón.

Pero el hecho de que algunos individuos no digieran la moderna fi. losofía y mueran de indigestión filosófica no prueba nada en contra de la filosofía, como no podría aducirse en contra de la mecánica el he. cho de que de vez en cuando estalle la caldera de una locomotora, ha. ciendo volar por los aires a unos cuantos pasajeros. El problema de si deben tratarse en los periódicos asuntos filosóficos y religiosos se reduce a su propia carencia de ideas. Si esta clase de problemas, convertidos en problemas periodísticos,~ teresan al público, es que se han convertido en problemas del día, y en .. este caso no hay que preguntar si deben ser tratados, sino dónde y cómo deben tratarse, si en el seno de las familias, en los hoteles, las escue. las y la iglesia, pero no por la prensa, por los adversarios de la ii. ' .

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losofía, tampoco por los filósofos; si deben abordarse en el turbio lenguaje de las opiniones privadas pero no en el lenguaje diáfano del entendimiento público; en ese caso, debe preguntarse si debe llevarse a las columnas de la prensa lo que vive en la realidad; no se trata ya del contenido especial de la prensa, sino del problema general de si la prensa ha de ser una verdadera prensa, es decir, una prensa libre. De la primera cuestión queremos separar totalmente la segunda: "¿Deben los periódicos, en un Estado que se llama cristiano, tratar filosó. ficamente la política?"

Si la religión se convierte en una cualidad política, en un tema político, no hace falta pararse a demostrar que los periódicos no sólo pueden, sino que deben tratar de temas políticos. De antemano se comprende que la sabiduría del mundo, la filosofía, tiene más derecho a preocuparse del reino de este mundo, del Estado, que la filosofía del otro mundo, que es la religión. Aquí, no se plantea el problema de si debe o no filosofarse acerca del Estado, sino el de si se debe filosofar en torno a este tema bien o mal, de un modo filosófico o antifilosófico, con prejuicios o sin prejuicios, consciente o inconscientemente, consecuente o inconsecuentemente, de un modo racional o semirracional. Si convertís la religión en teoría del derecho del Estado, hacéis con ello de la religión misma una especie de filosofía.

¿Acaso no ha sido el cristianismo el primero en separar la Iglesia del Estado?

Leed la obra de San Agustín De civitate dei o estudiad a los demás Padres de la Iglesia y el espíritu del cristianismo y, una vez que lo hayáis hecho, volved y decidnos cuál es el "Estado cristiano", si el Estado o la Iglesia. ¿O acaso vuestra vida práctica no da a cada paso un mentís a vuestra teoría? ¿Acaso consideráis ilícito acudir ante los tribunales de justicia cuando os creéis estafados? Y, sin embargo, el apóstol escribe que es ilícito. ¿Y ponéis la mejilla derecha cuando os golpean en la izquierda, o denunciáis al agresor por injurias de hecho? Y, sin embargo, el Evangelio prohíbe obrar así.

¿No reclamáis que rija en este mundo un derecho racional, no protestáis contra toda ele. vación de los impuestos, no os indignáis cuando os sentís víctimas del menor atentado contra vuestra libertad personal? Y, sin embargo, se os ha dicho que los padecimientos en esta vida no son nada al lado de la gloria en la otra, que el sufrimiento pasivo y la beatitud en la esperanza son virtudes cardinales.

¿Acaso no versan sobre la posesión de bienes materiales la mayor parte de vuestros procesos y la mayor parte de las leyes civiles? Y, sin embargo, está escrito que vuestros tesoros no son de este mundo. ¿O acaso, cuando decís que hay que dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios, no consideráis como rey y emperador de este mundo, no sólo al Becerro de Oro, sino también y en la misma medida, por lo menos, a la libre razón? Pues bien, la "acción de la libre razón" es lo que llamamos filosofía.

Cuando se forjó con la Santa Alianza una federación cuasi religiosa / DEL NúMERO 179 DE LA "GACETA DE COLONIA'' de Estados y se quiso que la religión se convirtiera en el escudo de armas de los Estados europeos, el Papa, con profundo sentido y la más certera consecuencia, se negó a sumarse a esta Liga santa, por entender que la confederación general cristiana de los pueblos es la Iglesia, y no la diplomacia, no la Liga de los Estados seculares. El Estado verdaderamente religioso es el Estado teocrático; y el príncipe de este Estado tiene que ser, como en el Estado teocrático judío, el Dios de la religión, el propio Jehová, o el representante de Dios, el Dalai Lama, como en el Tibet, o bien, por último, como en su último escrito lo exige acertadamente Corres de los Estados cristianos, to. dos ellos deben someterse a una Iglesia que sea una "Iglesia infalible", pues donde, como en el protestantismo, no existe una cabeza soberana de la Iglesia, el poder de la religión no es otra cosa que la religión del poder, el culto de la voluntad del gobernante.

Cuando un Estado abarca varias confesiones iguales en derechos no puede ser un Estado religioso sin ser una transgresión de las confesiones religiosas particulares, una Iglesia que condene como herejes a los fieles de la otra confesión, que condiciona a la fe todo pedazo de pan, que hace del dogma el vínculo entre los individuos y la existencia cívica dentro del Estado. Preguntad a los habitantes católicos de la "pobre y verde Erín"/ preguntad a los hugonotes anteriores a la revolución francesa, y veréis que ellos no apelaban a la religión, porque su religión no era ya la religión del Estado, sino a los "derechos de la humanidad", y la filosofía es la que interpreta los derechos de la humanidad, la que exige que el Estado sea el Estado de la naturaleza humana. Pero, dice el racionalismo a medias, el racionalismo limitado, escéptico y al mismo tiempo teológi-::o, ¡el espíritu cristiano general debe ser el espíritu del Estado, prescindiendo de las diferencias entre las confesiones! El separar de la religión positiva el espíritu general de la religión constituye la más grande irreligiosidad, la arrogancia del entendimiento terrenal; el separar a la religión de sus dogmas e instituciones es lo mismo que si se afirmara que el espíritu general del derecho debe imperar en el Estado, prescindiendo de las leyes concretas y de las instituciones del derecho positivo. Si vosotros creéis estar tan por encima de la religión que os consideráis autorizados a separar el espíritu general de ésta de sus disposiciones positivas, ¿por qué reprocháis a los filósofos el que establezcan consecuentemente y no a medias esta misma separación, el que llamen espíritu general de la religión, no al espíritu cristiano, sino al espíritu humano? Los cristianos viven en Estados de d1ferente signo constitucional, unos en repúblicas, otros en monarquías absolutas, otros en monarquías constitucionales. El cristianismo no tiene por qué fallar acerca de la bondad de esta o la otra Constitución, pues para él todas las Consti41ciones son iguales; su enseñanza tiene que ser la de la religión: acatad • la autoridad, pues toda autoridad viene de Dios. Por tanto, no es del f Irlanda.

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', -~' ·'·' .~ .t ·j 1, DEL NúMERO 179 DE LA "GACETA DE COLONIA"

2 3 5 cristianismo, sino de la propia naturaleza, de la propia esencia del Estado de lo que tenéis que partir para decidir acerca del derecho de la Constitución del Estado; no de la naturaleza de la sociedad cristiana, sino de la naturaleza de la sociedad humana.

El Estado bizantino era el verdadero Estado religioso, pues los dogmas eran para él cuestión de Estado, pero el Estado bizantino era el peor de los Estados. Los Estados del "antiguo régimen,. eran los Estados más cristianos de todos, pero eran, a pesar de ello, Estados que descansaban sobre la "voluntad del monarca".

Hay un dilema al que no puede sustraerse el "sano" sentido común: O el Estado cristiano responde al concepto del Estado como realización de la libertad racional, en cuyo caso le bastará con ser un Estado racional para ser un Estado cristiano y bastará con desarrollar el Estado partiendo de la razón de las relaciones humanas, obra que lleva a cabo la filosofía.

O el Estado de la libertad racional no puede desarrollarse partiendo del cristianismo, en cuyo caso vosotros mismos reconoceréis que este desarrollo no va implícito en la tendencia del cristianismo, ya que éste no quiere un Estado malo, y el Estado que no sea la realización de la libertad racional es un Estado malo. Como quiera que contestéis a este dilema, necesariamente tendréis que reconocer que el Estado no puede construirse partiendo de la reli. gión, sino partiendo de la razón de la libertad. Sólo la más crasa ignorancia puede sostener la afirmación de que esta teoría, la sustantivación del concepto del Estado, es una ocurrencia momentánea de los filósofos de nuestros días.

La filosofía no ha hecho en política nada que no haya hecho dentro de sus respectivas esferas la física, la matemática, la medicina o cualquier otra ciencia. Bacon de Verulamio declaró que la física teológica era una virgen consagrada a Dios, condenada a la esterilidad, emancipó a la física de la teología y logró así, hacerla fecunda. Del mismo modo que no preguntáis a vuestro médico si es creyente, no tenéis por qué preguntárselo al político. Inmediatamente antes y después de los días del gran descubrimiento de Copérnico sobre el verdadero sistema solar, se descubrió la ley de gravitación del Estado, se encontró la gravedad en él mismo y, a la par que los diferentes gobiernos europeos trataban de aplicar este resultado, con la primera superficialidad de la práctica, en el sistema del equilibrio de los Estados, Maquiavelo y Campanella, primero, y después Hobbes, Spinoza y Hugo Grocio, hasta llegar a Rousseau. Fichte y Hegel, comenzaron a ver el Estado con ojos humanos y a desrrollar sus leyes partiendo de la razón y de la expe. riencia, y no de la teología, del mismo modo que Copérnico no se dejó detener porque se dijera que Josué había ordenado que el sol se parara sobre la cabeza de Gadeón y mandado detener el curso de la luna en el valle de Ajalón. La filosofía moderna no ha hecho más que llevar adelante la labor ya iniciada por Heráclito y Aristóteles. Vuestra polémica no va dirigida, por tanto, contra la razón de la filosofía novísima, sino contra la filosofía siempre nueva de la razón. Cierto es DEL NúMERO 179 DE LA "GACETA DE COLONIA"

que la ignorancia, que ha descubierto tal vez ayer o anteayer, por vez primera, en la Gaceta Renana o en la Gaceta de Konigsberg,[911 las antiquísimas ideas acerca del Estado, considera las ideas de la historia como ocurrencias que han brotado de la noche a la mañana en la mel;!- te de tales o cuales individuos, porque estas ideas son nuevas para ella y han aparecido para ella de pronto; no se da cuenta de que asume ella misma el viejo papel de aquel doctor de la Sorbona que se consideraba obligado a atacar públicamente a Montesquieu porque éste era tan frívolo como para declarar que la cualidad suprema del Estado era la cualidad política, en vez de las virtudes de la Iglesia; no se da cuenta de que asume el papel de Joachim Lange cuando denunciaba a Wolff porque su teoría de la predestinación provocaría la deserción de los soldados y, con ella, el relajamiento de la disciplina militar y, por último, la disolución del Estado; pierde de vista, finalmente, que el Derecho nacional prusiano nació precisamente de la escuela filosófica de este mismo Wolff y del Código francés de Napoleón; no nació del Antiguo Testamento, sino de la escuela de las ideas de Voltaire, Rous. seau, Condorcet, Mirabeau, Montesquieu y de la Revolución francesa. La ignorancia es un demonio, y mucho nos tememos que urda todavía no pocos dramas; no en vano los más grandes poetas griegos la representaron como un destino trágico en aquellas espantosas tragedias de las casas reinantes de Micenas y Tebas.

Ahora bien, si los anteriores maestros filosóficos del derecho del Estado construían el Estado partiendo de los impulsos y del orgullo ya de la sociabilidad, o partiendo también de la razón, pero no de la razón de la sociedad, sino de la razón del individuo, el punto de vista más ideal y más fundamentado 6-c: la novísima filosofía se construye partiendo de la idea del todo. Considera el Estado como el gran organismo en que debe realizarse la libertad jurídica, moral y política y en que el individuo ciudadano del Estado obedece en las leyes de éste sola. mente a su propia razón, a la razón humana. Sapíenti sat.g Y, para terminar, dirigiremos todavía unas cuantas palabras filosóficas de despedida a la Gaceta de Colonia. Ha sido muy juicioso de su parte el apropiarse un liberal "de otro tiempo''. La manera más cómoda de ser a un tiempo libreal y reaccionario consiste en ser lo sufí. cientemente hábil para dirigirse a los liberales del más reciente pasado, que no conocen otro dilema que el de Vidocq: "o preso o carcelero". Y más juicioso todavía es que el liberal de ayer combata a los libera. les de hoy. Sin partidos no hay desarrollo, ni progreso sin división. Confiamos en que el artículo editorial del núm. 179 inaugurará para la Gaceta de Colonia una nueva era, la era del carácter. g Al conocedor, pocas palabras le bastan.

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